Suena adentro ruido de grillos, cárcel y presos, y dicen, sin salir afuera:
GARAY.
Abre aquí, Alcaide; que nos comen chinches.
SOLAPO.
Abra aquí, so Alcaide; que nos comen garrapatas.
PAISANO.
Sáquenos á mear, seor Alcaide.
Salen Garay y Solapo y Paisano, con grillos en los pies, y guitarras.
GARAY.
Loado sea Dios, que veo el cielo de Cristo.
SOLAPO.
Loado sea Dios, que veo el nubífero.
PAISANO.
Loado sea Dios, que veo el Sempiterno.
SOLAPO.
Seores mios, todos con guitarras, ¿qué es esto?
PAISANO.
Ya sabrá voacé que compuse sobre aquella letrilla, que dice: Cantando reniego.
GARAY.
¿Que voacé compuso?
PAISANO.
Sí, seor.
GARAY.
Yo tambien.
PAISANO.
¿Y voacé y todo? Pues escuche voacé la mia.
(Tañen, y canta Paisano.)
PAISANO.
Alta mar esquiva,
de tí doy querella:
siete años anduve
por fuerza en galeras,
ni comí pan tierno,
ni la carne fresca;
siempre anduve en corso,
nunca salté en tierra,
sino en una isla
llamada Cerdeña;
¡y agora en prision,
que es la mayor pena!
La mayor que siento
son celos de aquella
Beltrana la brava,
que fue la primera
que me hinchó este gusto,
y la faltriquera.
Alzóla Goróseo,
llevóla á Antequera,
y al padre ordinario
la entrega y empeña;
y alguno que canta,
«cantando reniega.»
(Dicen todos á una.)
TODOS.
¡Bueno, víctor, bueno!
GARAY.
Agora va la mia, escuchen voacedes.
Peor es la mia,
porque es otra queja:
estoy sentenciado
á diez de galeras,
del fiscal padrastro.
Mi Dios me defienda
de los soplavivos
y la corchetea,
de los centenarios,
verdugo y la penca;
y alguno que canta,
«cantando reniega.»
TODOS.
¡Víctor, bueno, víctor!
SOLAPO.
Agora, pues, vaya la mia; escuchen voacedes.
Peor es la mia,
que es otra querella
que tienen conmigo
presos de la trena.
Cuchillos de cachas,
taladro y barrena,
el ojo avizor
todo el hombre tenga;
porque si acometen,
tengamos defensa
y mis camaradas
hagan resistencia.
Suenen los valientes
de la cárcel fuera.
Y alguno que canta,
«cantando reniega.»
Suena ruido dentro de presos y grillos, á modo de pendencia, y salen afuera, unos por una parte, y otros por otra, riñendo con almaradas y cuchillos; y saldrá el Alcaide, y ellos huirán dentro. Y quedan solos Barragan, el Paisano y el Alcaide.
ALCAIDE.
¿Qué ruido es éste? Por vida del Rey, que he de pasar alguno á la otra cárcel, ó que ha de dormir en el cepo.
BARRAGAN.
Cuando voacé haga pasar alguno á la otra cárcel, hay aquí hombres que no se les da ésta.
(Da una castañeta.)
PAISANO.
Cuando voacé haga pasar alguno á la otra cárcel, hay aquí alguno que no se le dará nada; y voto á Cristo, que ha de soterrar alguno algun puñal, que no se le saque del cuerpo otro que Dios.
ALCAIDE.
Por vida de quien soy, que si yo puedo, que no ha de haber en mi cárcel horro de ladrones.
PAISANO.
Seor Alcaide, que todos hurtamos, todos entendemos de la manifatura, estender la cerra, y meter el dinero en la faltriquera, y decir: «No hay para qué[42].»
ALCAIDE.
¿Qué es esto, Barragan? ¿Ya tomais vos las mañas del Paisano?
BARRAGAN.
Á lo menos, no dirá voacé, seor Alcaide, que no hay en la cárcel hombre mas pacífico que yo y el señor Paisano.
ALCAIDE.
Pues sois la principal causa de la pendencia, ¿y decís eso?
PAISANO.
Calle, seor Alcaide, que no sabe nada, aunque perdone: ésta no era pendencia, era un juguete y una manera de retozo; déme voacé, que ésta fuera pendencia redomada, que en entendiéndolo los dos cónsules que estamos aquí, no hubiera cirujano en Sevilla que no estuviera en la cárcel ocupado, devanando tripas y remendando asaduras.
ALCAIDE.
¡Vean aquí éstos de la braveza, y vienen despues á parar como los melones de invierno! Agora bien, yo quiero tener mi cárcel quieta: dénme las manos, iré á tomar las de los otros.
BARRAGAN.
So Alcaide, advierta voacé, que yo y el seor Paisano tenemos alguna carga desta pesadumbre; pero aclárome que, en la calle y en la libertad, cada uno volverá por su persona.
ALCAIDE.
Digo que en el navío y cárcel, ni en cuerpo de guardia, no hay hombre cargado, que esto lo he sido por mis pecados; que yo tambien he sido carga de muladar.
PAISANO.
Calle, seor Alcaide, que no sabe nada; tiempla muy á lo viejo. Basta agora la mano de amigos; pero en saliendo del purgatorio desta cárcel al cielo de la calle, todo hombre, avizor: porque ha de haber el punto de almarada, como barbas.
ALCAIDE.
Agora bien, esténse quietos y sosegados.
(Váse.)
PAISANO.
¿Quién tiene bueyes, para quitar esta pesadumbre?
BARRAGAN.
En mi rancho los hay. ¡Hola, Coplilla!
Sale Coplilla, pícaro.
COPLILLA.
¿Qué manda voacé?
BARRAGAN.
Daca el libro real, impreso con licencia de su magestad.
COPLILLA.
Véle aquí.
BARRAGAN.
¡Qué á mano le tenias, ladron! ¿Quién tiene granos que jugar?
PAISANO.
Seis granos tengo, y esos juego.
(Pónense á jugar.)
BARRAGAN.
Alcé voacé por mano.
PAISANO.
Yo la doy.
BARRAGAN.
Ahí la gano.
PAISANO.
Váyase voacé, y deje que barahe, que quiero quitar esos encuentros.
BARRAGAN.
Alcé voacé.
PAISANO.
Sácola.
BARRAGAN.
Meto el corazon y las barbas, en saliendo suerte, de lo que fuere, ¿y dice eso?
PAISANO.
¡Ah, sotas putas! Á la despedida.
Sale Garay con la ropilla de Solapo, que se la ha ganado, y sale Solapo con él.
SOLAPO.
Seor Garay, voacé tiene obligacion de jugar hasta ganarme las prendas que me quedan; y si no, dígalo el seor Paisano, que es de los taures de la prima.
PAISANO.
¿Voacé jugó?
GARAY.
Seor, sí.
PAISANO.
¿Ganóse?
GARAY.
Sí, seor.
PAISANO.
Pues dé la sentencia el seor Barragan, que es hombre que á todos los hombres del mundo les puede meter la baraha en la boca.
BARRAGAN.
Á pagar de mi dinero, está obligado voacé á jugar con él hasta dejarle en carnes como Adan.
SOLAPO.
Pues vayan las prendas que me quedan.
GARAY.
Si esto me gana, me voy á mi rancho, y me cubro la delantera con una hoja de higuera.
Sale el Alcaide y el Escribano.
ALCAIDE.
Paisano, aquí os vienen á notificar una sentencia; pésame, que es de muerte.
ESCRIBANO.
Oid, hermano, lo que os quiero notificar.
PAISANO.
Barahe voacé, y quite esos encuentros.
ESCRIBANO.
¿Oye lo que le digo, hermano?
PAISANO.
Aguarde voacé; que mas me va en esto que en esotro.
ESCRIBANO.
¡Y si bien lo supiésedes! Señores, vuesas mercedes sean testigos cómo el juez que entiende de su causa le condena á muerte.
PAISANO.
¿Á quién? ¿Á mí?
ESCRIBANO.
¡No, sino á mí!
PAISANO.
¡Digo la parte!
ESCRIBANO.
Oid, hermano, lo que os vengo á notificar.
PAISANO.
Veamos esta barahunda. ¿Qué buenas pascuas nos viene á notificar?
(Lee el Escribano la sentencia en voz alta.)
ESCRIBANO.
«Fallo que por la culpa que contra Paisano resulta, le debo condenar, y condeno, á que, de la cárcel do está, sea sacado públicamente en un asno de albarda, y un pregonero delante que manifieste su delito; y sea llevado por las calles acostumbradas, y de allí sea llevado á la plaza, donde estará una horca hecha; y della será colgado del pescuezo, donde naturalmente muera. Y nadie sea osado á quitarle sin mi licencia. Y mando, so pena de la vida, etc.»
PAISANO.
¿Quién dió esta sentencia?
ESCRIBANO.
El juez que entiende de vuestra causa.
PAISANO.
Puédelo hacer, que es mi juez. Mas dígale voacé que sea tan honrado, que nos veamos en el campo solos, él con su fallo y yo con una espada de siete palmos; veamos quién mata. Estos juecicos, en tiniendo un hombre embanastado como besugo, luego le fallan, como espada de la maesa: «Fallo que debo de condenar, y condeno, que sea sacado por las calles acostumbradas, en un asno de albarda... que todo lo diga.» ¡Válgate el diablo, sentencia de pepitoria! ¿no es mejor decir que muera este hombre, y ahorrar de tanta guarnicion?
ESCRIBANO.
Por Dios, que estoy por ponello asi, visto tanta desvergüenza.
ALCAIDE.
Váyase vuesa merced, señor Escribano, y no haga caso desta gente desalmada.
GARAY.
Señor Paisano, llámele voacé, y dígale que apela.
PAISANO.
Á él digo: ¡ah, seor Escribano! venga acá voacé.
ESCRIBANO.
¿Qué quereis, hermano?
PAISANO.
¿Cómo se va voacé, despues que queda un hombre cargado hasta las entrañas? Ponga ahí voacé que apelo treinta veces.
ESCRIBANO.
Con una basta. ¿Y para quién diremos que apelais?
PAISANO.
Apelo para Dios, que si yo apelo para esos señores padres de la audiencia, remediadores de los fallos, pienso que no tendré ningun remedio.
ESCRIBANO.
Señor Alcaide, oiga vuesa merced una palabra al oido.
(Háblale al oido, y váse.)
PAISANO.
Ea, ¿qué se quiere hablar al oido?
ALCAIDE.
Hermano, esto va muy de rota; el Escribano me ha notificado que os suba á la enfermería, y que os ponga el hábito de la Caridad.
PAISANO.
¿Y no se puede hacer otra cosa, señor Alcaide?
ALCAIDE.
No, hermano; llamad á vuestro procurador, y decid que apelais, por si esos señores os oyeren, que yo me holgaré en el alma.
PAISANO.
Pues, señor Alcaide, voacé me haga merced de que no se me ponga el hábito de la Caridad que sacó el ahorcado del otro dia, que estaba viejo y apolillado, y no me le he de poner por ninguna cosa: que ya que haya de salir, quiero salir como hombre honrado, y no hecho un pícaro; que antes me quedaré en la cárcel.
ALCAIDE.
Yo os daré gusto en eso.
PAISANO.
Y voacedes me harán merced de visitarme en la enfermería, y decirme las ledanías que se suelen decir á los presos honrados; y de camino avisarán á la Beltrana, á ver si tiene remedio esta desgracia. Me recomiendo, reyes mios: no haya lloros, lágrimas ni barahundas, que me voy á poner bien con el Sempiterno.
(Vánse el Paisano y el Alcaide.)
SOLAPO.
Por Dios, seor Barragan, que si el Paisano muere, que no queda hombre que sepa dar un antubion de noche. ¿Digo algo, seor mio?
BARRAGAN.
Por cierto, seor Solapo, que si Paisano muere, que pierde Barragan el mayor amigo del mundo; porque era grande archivo y cubil de flores[43] para pobretos. Oiga lo que faltará si muere: la corónica de los jayanes, murcios, madrugones, cerdas, calabazas, águilas, aguiluchos, levas, chanzas, descuernos, clareos, guzpátaros, traineles[44];
y al fin, para desconsuelo
que nos aumenta el dolor,
faltará un difinidor
al trato airado y al duelo.
GARAY.
No queda hombre honrado en todo el mundo, en faltando el Paisano.
Sale Torbellina y Beltrana, mujeres de la casa, con mantos doblados y mandiles blancos, y su Procurador con ellas.
BELTRANA.
Déjame, hermana, con este ladron de Procurador; que yo le arañaré toda la cara.
TORBELLINA.
Ténte, hermana, mal haya yo; y vamos á lo que importa.
BELTRANA.
¡Ay, hermana, que yo me tengo la culpa: que me he dejado engañar deste ladron de Procurador; pues me ha traido engañada, diciendo que habia de meter un escrito; y agora le mete, agora le saca; y está el Paisano condenado á muerte! Déjame que le haga rajas entre estas manos.
PROCURADOR.
Ténte, mujer de los diablos; que te quebraré la cabeza con estas escribanías.
BELTRANA.
¡Ay, hermana! ¿Qué es esto? ¡Jesus, que me muero!
(Desmáyase.)
TORBELLINA.
Téngala, señor Procurador; mire que se ha desmayado.
PROCURADOR.
Ténte, mujer de los diablos: ¿aun no basta tener el pleito á cuestas, sino servir de rodrigon?
Sale el Paisano, vestido de ahorcado, y una cruz en la mano, y el Alcaide con él.
ALCAIDE.
Ea, Paisano, llamad á Dios, que os ayude en este trance.
BELTRANA.
¡Ay, sentenciado de mis ojos! ¿qué es esto?
ALCAIDE.
¡Hola! ¡hola!
(Mucha grita dentro.)
DENTRO.
¡Hola! ¡hola!
ALCAIDE.
¿Quién ha dejado entrar aquí estas mujeres? Echaldas fuera; si no, por vida de quien soy, que las deje presas.
BELTRANA.
¡Ay, sentenciado de mi ánima y de mi vida!
(Llora.)
PAISANO.
¿Quién me ha traido aquí estas ayudas de costa de mal morir?
TORBELLINA.
¿Qué es esto, Paisano de mis ojos?
(Llora.)
PAISANO.
¿Quién ha traido aquí estos teatinos infernales?
BELTRANA.
¡Ay, que se acaba ya mi regocijo!
TORBELLINA.
¡Ay, que no tendremos quien nos consuele ya en nuestras borrascas y naufragios!
PAISANO.
Hoios, bujarras; no me esteis ladrando á las orejas.
ALCAIDE.
Salíos allá fuera noramala.
PAISANO.
Beltrana, no me digas nada. El alma te encargo, pues el cuerpo te ha servido en tantas ocasiones; y una de tus amigas (no lo hagas tú por el escándalo que puede haber), cuando estuviere ahorcado, me limpiará el rostro, porque no quede feo como otros probetos. Y me traerás un cuello almidonado y mas de la marca, y advierto, con bolo y puntas, y todo negocio; que quiero ver, antes que deste mundo vaya, quién hace esta denunciacion.
BELTRANA.
Aun hasta en la muerte fue limpio mi amor; yo apostaré que no ha habido mejor ahorcado en el mundo.
TORBELLINA.
¡Oh, qué de envidiosos ha de haber!
PAISANO.
Seora Torbellina, voacé será testigo ó testiga, lo que mejor le pareciere, cómo á esta mujer la hago heredera de todos mis bienes, muebles y raices, de mi calabozo. Item, de cuatro ó cinco platos y escudillas, taladro, barreno, un candelero de barro, una sarten y un asador. Item, una manta y un jergon, servicio y pulidor.
Quien te lo quitare, hija,
la mi maldicion le caiga.
TORBELLINA.
Muy bueno ha andado el seor Paisano.
PAISANO.
Beltrana, antes que deste mundo vaya, te quiero dejar acomodada. Solapo es mi amigo, háme pedido que te hable; es hombre que pelea y peleará, y te defenderá. En rindiendo yo el alma, le entregarás tú el cuerpo.
BELTRANA.
Hermano de mi vida, eso hiciera yo muy de buena gana por mandármelo tú; pero tengo dada la palabra á otro.
PAISANO.
Pues, badana, ¡aun no he salido de este mundo, y das la palabra á otro! No te lograrás; ¿tú no ves que éste es desposorio clandestino?
ALCAIDE.
Ea, echad esas mujeres de ahí, vayan noramala.
(Vánse las mujeres.)
PAISANO.
Seor Procurador, ¿qué haremos si este juez me quisiese ahorcar tan de repente, sin oirme mi apelacion?
PROCURADOR.
Calle, que no hará. No tenga pena de nada dello, que nunca el derecho quedó sin él; y pluviese á Dios que le ahorcase, que yo le haria...
PAISANO.
¿Y si me ahorcase?
PROCURADOR.
Pues, señor Paisano, déjese ahorcar; que aquí quedo yo.
PAISANO.
¡Mejor puñalada le den!
(Cantan dentro la letanía, y responden todos.)
ALCAIDE.
Eso me parece que es lo que importa: vuestros amigos son, que os vienen á decir las ledanías.
PAISANO.
En la muerte se echan de ver los que son amigos.
Salgan todos los que pudieren, en órden de figurillas, con velas encendidas en las manos, y cantando las letanías.
PAISANO.
Vénme aquí cercado de grajos gallegos.
GARAY.
Hable el seor Barragan, que es mas honrado y mas antiguo.
BARRAGAN.
Yo no haré: hable el seor Solapo.
SOLAPO.
Asi me vea en aquella calle con libertad, que no digo palabra: hable el seor Cuatro.
CUATRO.
El Cuatro no lo hará: hable el seor Garay.
GARAY.
Garay no lo hará, no hay que decir.
PAISANO.
No es éste tiempo de rumbos ni alborotos. Hable el mas cercano opositor á esta cátedra de la muerte, y guárdensele sus preeminencias.
SOLAPO.
Por no perder la costumbre antigua que se tiene con los presos honrados, digo asi, que en estos luctos echará de ver voacé que lo sienten sus camaradas. Plega á Dios lo seamos en el cielo. Y mal haya el diablo, que dos sentencias tengo de muerte, ¿por qué no vino la otra, para acompañar á voacé?
PAISANO.
Oh, ¡qué desgraciado ando! ¡Mal haya el diablo, que nos fuéramos de venta en venta, echando una y otra: que fuera para mí de gran contento ir acompañado de un par de consortes como vuesa merced!
SOLAPO.
Y ¡el corchete que prendió á voacé! Si yo salgo, no digo nada.
PAISANO.
Ese corchete es oficial ventoso, hizo su oficio; voacé me hará merced de soterralle un puñal en las entrañas, y con esto iré muy contento desta vida.
BARRAGAN.
So Paisano, consuélese voacé con que la justicia lo hace; que otro no podia con voacé en el mundo. Y ésta puede dar pesadumbre á voacé y á todo el mundo. Voacé déjelos, que no digo nada.
PAISANO.
Ninguno en socolor de amigo piense cargarme en este despidimiento. Quiero saber si es cargo lo que dijo el seor Barragan, en decirme que la justicia me puede dar pesadumbre.
GARAY.
No es carga lo que dijo Barragan; esto á pagar de mi honra.
PAISANO.
Esa vaya en aumento. Y pues que toma á cargo lo de los testigos, me hará merced voacé de cortar al uno las orejas y al otro las narices, y á los demás borrajarles las caras con una daga; y con esto iré contento para la otra vida.
ESCARRAMÁN.
Voacé tenga la muerte como ha tenido la vida, pues ninguno se la hizo que no se la pagase.
PAISANO.
Aun bien que voacé es testigo de lo que yo he peleado en esta vida, y muertes que tengo á cargo; sin mancos ni perniquebrados, que éstos no han tenido número.
ESCARRAMÁN.
Y si al bajar lloraren las personas, no las vuelva el rostro ni sea predicador en el sitio desta desgracia, que es hijo de vecino de Sevilla, y no ha de mostrar punto de cobardía.
PAISANO.
No hay que tratar deso, ni decir: «Madres las que teneis hijos, mirad cómo los adotrinais y enseñais; que todo es borrachería y barahunda.»
ESCARRAMÁN.
Y al verdugo que apretó tanto las cuerdas á voacé, que le hizo decir lo que no habia hecho, si yo salgo, no digo nada.
PAISANO.
Ese verdugo, ¿me hará voacé merced de vendimialle la vida con otro verdugo?
ESCARRAMÁN.
Eso haré yo de muy buena gana.
CUATRO.
Mucha pesadumbre me ha dado la Beltrana, que en mi presencia se arañó la cara.
PAISANO.
Crea voacé que ha sentido la mujer en el alma esta pesadumbre que me quiere dar la justicia, pues se arañó el retablo.
CUATRO.
Díjome que cuando voacé pasase por Gradas, volviera el rostro; que mas preciaria verle con una soga á la garganta, que con una cadena de oro de cuatro vueltas.
PAISANO.
Créolo yo, que ha sido mujer de gran ser, amiga del esparto: acostábala yo con soga de esparto, llámanla sus amigas la Espartera; y asi tiene metido el esparto en las entrañas.
CUATRO.
Y al Secretario, si yo salgo, no digo nada. Pero esto para mí y voacé: este hombre que mató voacé ¿era hombre de cuenta?
PAISANO.
Era un probete, boquirubio. Pensó que era yo algun lanudo, fuése derribando en segunda; ya sabe voacé qué suelo hacer con la de ganchos: desvío y doyle, y allá va el probete, que se venia á la boca de leon, siendo cordero.
CUATRO.
Seor Paisano, no haga de la cruz daga; que es indecencia.
PAISANO.
No habia mirado en tanto.
Sale el Alcaide y músicos, y las mujeres.
ALCAIDE.
Albricias, Paisano; que ya os oyen esos señores.
PAISANO.
¿Ya me oyen? No son cuerdos.
BELTRANA.
Parece que no te has alegrado con la nueva tan buena.
PAISANO.
Hay causa para ello.
BELTRANA.
¿Qué causa puede ser, hígados de perro?
PAISANO.
Has de saber que me huelgo por tí, que quedabas huérfana y sola; y pésame por estos señores, que tenian hecho ya el gasto de cera y lutos. Y no sé con qué gana tengo de andar por la cárcel.
BELTRANA.
Ea, que no faltará otra ocasion.
PAISANO.
Seor Alcaide, tome voacé esta cruz, y póngala en el altar para otra ocasion que se me ofrezca. Y voacedes se regocijen y alegren, y gástese todo mi rancho.
(Tañen, cantan y bailan.)
BELTRANA.
Pues que ya está libre
mi sentenciado,
gástese mi saya
y lo que he ganado.
Gástese mi rancho todo,
aunque me quede sin rancho,
pues mi navío y rodancho
á tan buen gusto acomodo.
Sacúdase el polvo y lodo;
y el Mellado y Garrampies
gocen de aqueste interés,
por su valor esforzado.
MÚSICOS.
Pues que ya está libre
mi sentenciado, etc.
BELTRANA.
Díganla luego á la Helipa
las nuevas desta sentencia,
y gástense en mi presencia
dos jamones y una pipa;
y beba, pues participa
deste bien tan soberano.
MÚSICOS.
Pues que ya está libre
mi sentenciado, etc.
(Éntranse con chacota y grita, con que se da fin.)
FIN DE ESTE ENTREMES.