Demostrado quedó el entusiasmo fervoroso de los ingenios valentinos de la XVII centuria hacia las obras del ilustre Manco, reproduciéndolas é imitándolas para que llegaran á conocimiento de todos.
En el siglo XVIII, en que decaen completamente las letras castellanas y aparece la crítica histórico-literaria, en gran parte cultivada por sabios valencianos, sobre todo desde la publicación del Norte crítico, del Padre Jacinto Segura (Valencia, 1733), y en que se da principio á una verdadera revisión de valores, cayendo en completo descrédito los ditirambos y acres censuras de pasados tiempos, y se depura el mérito de las obras literarias con un criterio altamente científico, no podían faltar los estudios encaminados á demostrar las infinitas bellezas y algunos yerros que se hallan esparcidos en las inmortales obras del príncipe de nuestros ingenios.
Así, vemos que nuestro Mayáns, en 1725, después de reconocer el mérito excepcional de Cervantes, le censura por sus transposiciones, en que, imitando á los latinos, "hacía algo extravagante su lenguaje"; pero sin dejar de reconocer que fuera de este ligero defecto, que se encuentra con más frecuencia en La Galatea, fué el más eminente de nuestros escritores.
Algunos años más tarde (1737), y hablando del estilo de Cervantes, decía el mencionado crítico: "Ojalá que el que hoy se usa en los asuntos más graves fuese tal. En él se ven bien distinguidos y apropiados los géneros de hablar. Sólo se valió Cervantes de voces antiguas para representar mejor las cosas antiguas. Son muy pocas las que introdujo nuevamente, pidiéndolo la necesidad. Hizo ver que la lengua española no necesita de mendigar voces extranjeras para explicarse cualquiera en el trato común. En suma, el estilo de Cervantes en esta Historia de Don Quixote es puro, natural, bien colocado, suave, y tan enmendado, que en poquísimos escritores españoles se hallará tan exacto. De suerte que es uno de los mejores textos de la lengua española."
No fueron todo elogios los que don Gregorio tributara á Cervantes. Le censuró en diversas ocasiones: en unas, por las inverosimilitudes de la fábula, y en otras, por sus descuidos en la cronología, aduciendo argumentos de gran severidad crítica, y en que á la postre sólo demuestran la falibilidad de las obras humanas.
Mucho más benévolo que Mayáns se mostró nuestro primer historiador literario, el reverendo jesuíta Padre Juan Andrés y Morell, quien en su obra Dell'origine, progressi e stato attuale d'ogni letteratura (Parma, 1782-1794), traducida al castellano por su hermano don Carlos, é impresa en Madrid, 1784-1806, al tratar de las novelas de Cervantes, dice: que "si con la publicación de su Don Quixote desterró todos los libros de caballerías, con la producción de sus novelas extinguió el esplendor de todas las otras. Los argumentos de estas novelas españolas no tienen tanto interés como los de algunas de los franceses modernos; pero la conducción de la fábula, la pintura de los caracteres, la expresión de los afectos y la propiedad del estilo, es todo tan superior en Cervantes que en él parece que siempre se oye la voz de la naturaleza, y en los modernos se ve casi por todas partes la afectación y el estudio.
"Cervantes, sin distraerse en observaciones sobrado individuales, toca todas aquellas circunstancias que ponen los hechos á más clara luz y que sirven para preparar bien los accidentes; las aventuras se suceden espontáneamente, y según el orden natural de los humanos acontecimientos; las narraciones son claras y precisas, y se hacen verosímiles con la distinción de los tiempos, de los lugares y de las personas, con la exposición de las causas y de los efectos, y con aquellas oportunas reflexiones que hacen ver la conexión de las cosas y dan mayor peso, evidencia é interés á las narraciones; las personas que se introducen hablan y obran como corresponde al carácter propio de su esfera y condición..."[263].
Otro valenciano ilustre, también jesuíta, expulso como el anterior, el Padre Antonio Eximeno (Valencia, 1729; Roma, 1808), publicó en 1806 la Apología de Miguel de Cervantes sobre los yerros que se le han notado en el Quixote, tratando de justificar los descuidos que notaron en la obra maestra de Cervantes los críticos Mayáns y don Vicente de los Ríos. En esta obra mostró Eximeno la admiración que sentía por el autor del Quijote.
Con nueva crítica, y desde un punto de vista completamente original, analizó la obra del discípulo de Hoyos el insigne catedrático, librero y editor valenciano, don Vicente Salvá. En un curioso trabajo titulado ¿Ha sido juzgado el "Don Quijote" según esta obra merece? (Valencia, 1840), hace peregrinas afirmaciones acerca de la novela sin par y sostiene la teoría de que "el objeto de Cervantes no fué satirizar la esencia y fondo de los libros caballerescos, puesto que aumentó su número, sino purgarlos de los disparates é inverosimilitudes que expresó por boca del Canónigo en los capítulos XLVII y XLVIII de la parte primera".
Algunos años más tarde se opuso á esta teoría el docto catedrático de Literatura de esta Universidad don José Vicente Fillol, quien afirmó en su Literatura española (Valencia, 1872), que si el propósito de Cervantes hubiera sido el que afirmara Salvá, "el resultado hubiera distado mucho del propósito, pues lo cierto es que desde entonces se acabó la manía perniciosa de la caballería andante, y con ella los libros que servían para perpetuarla".
Finalmente, y como modelo de crítica cervántica, insertaremos el acertado juicio del sabio catedrático valenciano don Saturnino Milego é Inglada, que resume y compendia todo cuanto puede decirse del hijo ilustre de la antigua Compluto:
"Como artista pertenece Cervantes á su siglo; como pensador, á la posteridad. Conocedor discreto del corazón humano, sabe herir sus más delicadas fibras y arrancarle ecos profundos, sorprendiendo sus secretos. Educado en la ruda escuela de la desgracia, testifica una experiencia que encanta por la melancólica suavidad con que se impone. Cervantes, discreto y prudente al lado de los soberbios, agudo y festivo sin atropellar las leyes del decoro y de la conveniencia, morigerado y sufrido, devora las mortales ansias de sus acerbas postrimerías, solo y olvidado.
"Así son los genios: inmensos receptáculos donde se condensan las ideas, los dolores, las alegrías, las creencias y las esperanzas de toda una edad. Faros brillantes, guían nuestras almas mostrándonos lo porvenir, huyendo de las tinieblas de lo que fué, irradiando resplandores luminosos á manera de aurora que anuncia toda nueva florescencia: Homero, Esquilo, Dante, Tasso, Cervantes, Shakespeare, Molière, Fidias, el Giotto, Rafael, Murillo, según la expresión feliz de un crítico eminente, son flores terrenas que nutren la savia en su doble corriente histórica y contemporánea. Nacen á la luz en el momento en que debieron nacer; su aparición es inevitable fatalismo, el genio anticipado llámase locura, excentricidad, extravagancia; sus obras triunfan, sin embargo, de la indiferencia, de la envidia y del odio, prolongándose á través de las generaciones."
De este modo elocuente han juzgado los sabios valentinos la inmensa labor del regocijo de las Musas y han testimoniado su profundo respeto y admiración sin límites hacia el mejor escritor de nuestra amada España.
FIN DE "EL CERVANTISMO EN VALENCIA"