XV.
SAN JUAN DE LOS PASTORES

A la mañana siguiente, cuando salieron del ventorro de Los dos Caminos, amanecía. El cielo, bajo y gris, se disolvía en una lluvia fina y tenue. A la hora de salir de la venta, la llovizna se convirtió en chaparrón, y Aracil y María se guarecieron debajo de un puente echado sobre un arroyo.

Al acercarse a la orilla a cobijarse bajo el puente se encontraron con dos hombres de aspecto vagabundo, que descansaban sentados en la arena.

Les saludó Aracil, contestaron ellos con indiferencia al saludo, y, reunidos, esperaron a que escampara la lluvia. En esto aparecieron en la orilla del río los dos guardas que habían estado la noche anterior en el ventorro de Los dos Caminos, y uno de ellos, dirigiéndose a los vagabundos, les dijo:

—¡Hala! Fuera de aquí.

—Las orillas de los ríos no tienen dueño—murmuró el viejo, con acento irritado.

—Pues esto es de mi amo—replicó el guarda—, y haga usted el favor de marcharse de aquí.

—Así se trata a la gente honrada—exclamó el viejo con tono enfático—. Así va España. Pues sepa usted que yo, a pesar de venir a recogerme debajo del puente, soy un hombre conocido, sí, señor, y hasta ilustre...; soy Musiú Roberto del Castillo.

—¿Y a mí qué me cuenta usted?—dijo el guarda, con una grosería bestial—. Basta de conversación, y fuera de aquí.

—Bueno; ahuecando—dijo el pequeño.

Los dos vagabundos se levantaron; el uno tomó su zurrón y el otro un fardel de lienzo en la mano, y salieron de debajo del puente y echaron a andar en medio de la lluvia.

—¿No se puede estar aquí?—preguntó Aracil con voz agria.

—Sí, ustedes pueden quedarse.

Aracil no quería deber ningún favor a aquella gente grosera y despótica, y cuando el chaparrón amenguó un poco, sacó los caballos de la orilla del arroyo, ayudó a montar a María y se pusieron los dos en camino.

—¡Qué canallas!—exclamó Aracil—. ¡Qué ganas tiene todo el mundo de ser déspota! ¿Eh?

—Sí. Es una cosa antipática.

—Si yo fuera como esa gente pobre, todos los días tiraría una tapia y mataría un guarda. Al cabo de diez años de este sistema la tierra sería de todos.

—Aracil empezaba a sentirse bravucón. Hablando de estas cosas iban al paso, cuando notaron que comenzaba a variar y a elevarse el suelo. Entraban en terreno más agrio y riscoso. A un lado y a otro se veían enormes peñascos de granito, algunos colocados sobre otros, como grandes dólmenes. Iba tomando el campo aire de sierra. En la dirección de Madrid se veía una inmensa planicie; había salido el sol entre nubes y refulgía su luz en los campos verdes, y se destacaban las hondonadas en sombra, como pinceladas obscuras.

Estaban contemplando la vasta llanura cuando por una senda llegaron a la carretera los dos vagabundos del puente. El viejo vestía un levitón largo, una gorra y una bufanda, lo que le daba un aspecto extravagante para andar por el campo; el otro, bajito, afeitado, con una barba de diez o doce días, llevaba una chaqueta raída, un pantalón azul de mecánico, un gorro redondo, que antes debió de pertenecer a un soldado de caballería, alpargatas blancas y un fardelillo en la mano.

—Qué brutos han estado esos guardas con ustedes—dijo Aracil—; no tenían derecho a echar a nadie de allí.

—Aquí no importa nada tener derecho o no—dijo vivamente el viejo, con acento extraño.

—¿Van ustedes lejos?—preguntó Aracil.

—A la feria de La Adrada—contestó el pequeño—. Este señor es francés, y va luego a Portugal a embarcarse para América.

—|Ah! Es francés.

María creyó que su padre tenía ganas de entrar en conversación con aquel hombre, y, por lo bajo, murmuró:

—Papá.

—¿Que?

—No hables en francés con este hombre.

—Aracil miró a su hija, extrañado, viendo que había comprendido su intención, y luego, dirigiéndose al viejo, le preguntó:

—¿De manera que es usted francés?

—No, señor; soy español, vendo específicos; pero, como he estado mucho tiempo en Argelia, me llaman todos Musiú Roberto del Castillo, o el Musiú.

—Y ¿qué específicos vende usted?

—Todos de mi invención. Tengo un elixir para las tenias.

—Hombre, ¿y de qué se compone?—preguntó Aracil, en tono de chunga.

—Aunque se lo dijera no lo comprendería usted, buen hombre.

El doctor botó en la silla; hubiese entablado una discusión con el inventor del elixir, para reírse de él, pero tuvo prudencia, y dejó que el Musiú lo tomará por un palurdo y lo despreciara.

—También tengo unos polvos para el cáncer—agregó el inventor.

—Quizá de arsénico—repuso Aracil.

—¡Ca! Hombre, no diga usted disparates—y el Musiú se echó a reír a carcajadas—. El arsénico es un veneno, hombre.

—Pero un veneno puede ser medicina—argulló Aracil.

—¡Calle usted, hombre! ¡Calle usted!—replicó el Musiú—; vale más que no hable usted de lo que no entiende.

Aracil, picado con las contestaciones del viejo, se dirigió al joven, y le dijo:

—La verdad es que esos guardas son muy brutos y no saben tratar a la gente.

—Pues éstos son canela fina al lado de algunos otros.

—¿Hay otros más brutos todavía?

—¡Uf! ¡Ya lo creo! Ya ve usted, yo soy el Ninchi; no sé si habrá usted oído mi nombre en los periódicos, porque me han llevado algunas veces de quincena por blasfemo. Pues bien: hace un año me pescaron unos guardas subido a una tapia cogiendo fruta, y me dieron una paliza de órdago. Ya ve usted, me han dejado manco—y el Ninchi mostró el brazo anquilosado e inútil.

—Y, ahora, ¿no podrá usted hacer nada?—preguntó María.

—Nada. No sé cómo no me mataron. ¡Me dieron una de palos! Verdad es que yo soy más fuerte de lo que parezco.

—Pero es una salvajada—dijo Aracil.

—Así va España; así va esta desgraciada nación—saltó diciendo Musiú Roberto del Castillo.

—El Musiú es un sabio—dijo el Ninchi, con ironía; luego añadió—: Si nos dieran ustedes unas perras para tomar algo aquí—y señaló un ventorrillo—, nos harían un favor.

Aracil le dió unos cuartos al Ninchi, y éste y el Musiú quedaron en el ventorro, y el doctor y su hija siguieron su camino.

Arreciaba la lluvia, y los viajeros se desviaron de la carretera, y se encaminaron, por una senda, a un pueblo que se veía a poca distancia.

—¿Qué pueblo es éste?—preguntó Aracil a un zagalillo, que volvía con unas cabras.

—Chapinería.

Llegaron a la posada y entraron en la cocina. La ventera, una mujer gorda, embarazada, de mal genio, hablaba con una comadre, sin mirarle a la cara. Aracil y su hija se secaron a la lumbre y pidieron de comer. La posadera, con muy mal gesto, les hizo la comida, consistente en un guisado de patatas, y comieron al mismo tiempo que un zapatero remendón y vagabundo, que andaba de pueblo en pueblo echando medias suelas.

En esto entró en la cocina un hombre charlatán y sabihondo, algún notable del pueblo, y, a las primeras de cambio, dijo con orgullo que era masón y socialista. El hombre, curioso como un diablo, después de interrogar al zapatero, quiso seguir su interrogatorio con Aracil, pero éste le contestó secamente que era guarda de la Casa de Campo, y que iban de viaje.

Después, aunque seguía lloviendo, advirtió a María que iban a continuar.

El charlatán masón y socialista dijo, para que le oyeran, que todos los guardas de las posesiones reales tenían más orgullo que don Rodrigo en la horca, y Aracil, haciéndose el ofendido, pagó la cuenta y salió de la posada.

Dejaron Chapinería, volvieron a tomar la carretera y cruzaron por un pueblecillo bastante bonito, llamado Navas del Rey. A la salida del pueblo, un soldado joven de la Guardia civil les saludó amablemente, y quedó contemplando a María con gran entusiasmo.

—¡Has hecho estragos en la benemérita!—dijo Aracil, irónicamente, a su hija.

—Sí; me parece que sí—contestó ella, riendo.

Comenzaron a bajar una gran cuesta, entre dos vertientes cubiertas de pinares. El cielo, violáceo en una zona y plomizo en otra, se presentaba amenazador; las masas de pinos se ensanchaban sombrías y negruzcas en las laderas del monte. Por la carretera, cubierta de pinocha, pasaba alguno que otro carro de bueyes, cargado de maderas; una nube pizarrosa se extendió por el cielo. Comenzó a llover; el camino se puso resbaladizo y peligroso; luego, el tiempo se cerró definitivamente.

Bajaron despacio la cuesta, que trazaba varias curvas en espiral, hasta llegar, ya caída la tarde, a un ventorro largo y estrecho, construído con piedras gruesas, que se levantaba junto a un arroyo. El ventorro se llamaba de San Juan de los Pastores.

Dejaron Aracil y su hija los caballos, y se metieron en la cocina, al lado del fuego, que despedía un humazo que impregnaba las ropas y hacía llorar. Un zagal, con los pies desnudos, renovó unas rajuelas de tea que ardían en una hornacina labrada en la pared, de piedra, y la luz se extendió más fuerte por la negra cocina.

Se habían acogido en el ventorro unos cuantos pastores trashumantes, y María y Aracil los estuvieron contemplando. Uno de ellos era un tipo flaco, aguileño, con aire triste de antiguo siervo. Venía de Extremadura con su rebaño, y marchaba a Castilla.

Llevaba como zagal a su hijo, un chiquillo enfermizo, rubio y delgado, con un tipo de príncipe. Éstos dos pastores melancólicos, los dos montañeses, con sus ojos azules claros y su porte soñador, aristocrático, se distinguían en medio de los otros, plebe de la llanura, de nariz chata y pómulos salientes.

Entrada la noche, se presentó el ventero con cuatro guardianes de los pinares. El ventero era de Torrelodones, alto, jaquetón, de bigote negro. Le llamaban el Mellado; hablaba en un tono muy chusco, entre desdeñoso y agresivo, y decía a cada paso: «¡Mardita sea la pena!» El Mellado era hablador, y dijo que había sido amigo de Frascuelo, por lo cual ya creía que entendía más de toros que nadie. Los guardianes también tenían su opinión en cuestiones de tauromaquia, y hubo entre ellos y el Mellado una larguísima discusión acerca de todos los maletas y novilleros de Madrid; se hicieron cábalas acerca del porvenir de estos futuros toreadores, y María tuvo el gusto de oír por primera vez el nombre del Polaca, del Mondonguito, del Guaja Chico, del Patata y de otra porción de superhombres desconocidos para ella.

Por si uno de estos era mejor que otro se entabló una agria discusión entre el Mellado y uno de los guardianes, y éste se permitió decir al ventero que era un blanco.

—A mí no me dice eso nadie—gritó el Mellado, con tono trágico—, porque por menos que eso mato yo a un hombre.

—¡Qué has de matar tú! ¡Boceras!—saltó la mujer—. Anda, que hay que ver si se encuentra sitio para el rebaño de estos pastores.

El Mellado no debía ser tan fiero como quería dar a entender, pues, dejando la discusión, salió de la cocina con el farol, y volvió al poco rato.

Después de comer, el ventero brindó con el pajar a María y al doctor, y él, con los guardianes de los pinos, se dedicó a jugar a la brisca y a seguir hablando de toros.

María y Aracil se tendieron en el pajar. Había ratas allí y se las oía correr por el suelo. María, asustada, temía que algún animal de aquellos le mordiera. Desvelada con tal preocupación, estuvo con los ojos abiertos, pensando en las mil peripecias que todavía les reservaría el viaje, y después de cavilar mucho se quedó dormida.