A la luz pabilosa de una vela de sebo se veía un cuarto sucio y negro, en donde andaban perdidos, sin poder encontrarse, un arcón, una mesa travesera de aspa y dos camas con colchas rojas. En el techo se veían las vigas alabeadas, pintadas de azul. En la pared, encalada y llena de desconchaduras, colgaba un espejo pequeño, deslustrado y negruzco, y varias estampas religiosas.
María y Aracil discutieron lo que debían hacer. Tenían encima dos peligros: uno la declaración en Jaraíz, en donde podían trabucarse e incurrir en contradicciones y hundirse y hundir también a Isidro el guarda; el otro peligro era la delación del Musiú, que viéndose cogido podía denunciarles.
Decidieron, en vista de las posibilidades que había de echarlo todo a perder, huír de noche en busca de la estación más próxima, que era Casatejada. Allí tomaría Aracil el tren de Portugal, y para no ir juntos y no infundir sospechas, María esperaría en el pueblo y saldría al día siguiente.
—La cuestión es que no nos vigilen—dijo María—. Convídale a Lesmes, el alguacil, que debe estar abajo.
Fué el doctor a la cocina, habló con los arrieros y con el hombrecillo que les había traído a la posada, dijo que se iba a quedar unos días en Jaraíz, contó unos cuantos chascarrillos y se hizo amigo de todos.
María, mientrastanto, se enteró bien de cómo se abría la puerta de la casa; había una cadena de un lado a otro, y el postigo tenía un cerrojo pequeño, que chirriaba. Después subió al cuarto que les habían destinado y exploró los alrededores. Cerca corría un pasillo con una ventana, que caía sobre un callejón formado por dos tapias de piedras toscas.
A un lado del corredor, en un desván, se guardaban azadones, rastrillos, bieldos y espuertas hechas de tomiza.
Este desván estaba cerrado por una puerta carcomida, que se sujetaba con un gancho.
Cenaron en la cocina; hablaron con animación y alegría, para no infundir sospechas.
Después de la cena, Aracil y María subieron a su cuarto, que estaba próximo a la escalera, y dejaron la puerta abierta. Observaron, desde arriba, hacia dónde ponían los arrieros las enjalmas de las mulas, que les servían de camas, y vieron que todos las colocaban hacia la parte de adentro, lo más lejos de la puerta. El camino estaba, pues, libre.
Las dos grandes dificultades consistían en bajar la escalera y en abrir la puerta sin ruido, sin que se despertara nadie. Sacar la yegua de la cuadra era tarea imposible, y se decidieron a dejarla.
Estuvieron en el cuarto una hora o más a obscuras, hasta que no se oyó en la casa el menor ruido. María se quitó los zapatos y Aracil las botas.
—Vamos.
Salieron a la escalera. Esta era tan vieja, que crujía al más leve paso. Padre e hija fueron bajando las escaleras de puntillas, deteniéndose a veces, alarmados. El estallido de las tablas les hacía quedar inmóviles, con el corazón palpitante. Llegaron al portal. María escuchó un momento la respiración de los arrieros, y avanzó con sigilo hacia la puerta. Luego tiró del cerrojo, que chirrió fuertemente.
—¿Quién anda ahí?—dijo uno de los arrieros.
María cogió de la mano a su padre y le hizo echarse atrás.
—¿Pasa algo?—volvió a preguntar el arriero.
María y Aracil quedaron un momento inmóviles; luego fueron retrocediendo poco a poco y volvieron a subir las escaleras. Era difícil salir por la puerta sin que lo notara nadie. María le habló a su padre de la ventana del pasillo.
—Vamos a verla.
Fueron sin hacer ruido; la ventana tendría una altura de cinco a seis metros sobre el callejón. Aracil se quitó la faja. Llegaba hasta cerca del suelo, pero no había dónde sujetarla; las maderas eran débiles y carcomidas.
—¿Cómo podríamos sujetar esto?—murmuró Aracil.
María entró en el desván donde se guardaban útiles de labranza, y vino con el palo de un azadón.
—¿Si lo pusiéramos así, atravesado en la ventana? ¿Eh?
—Sí; podría servir.
El palo era bastante más largo que la anchura de la ventana; la cuestión era que no se escurriese. Ataron la faja al centro del astil y vieron que se sujetaba muy bien.
—Vamos allá. Baja tú primero—dijo Aracil—; yo tendré cuidado con que no se escurra el palo.
María sacó el cuerpo fuera de la ventana y se agarró a la faja; Aracil fué sosteniéndola desde arriba, y la muchacha llegó al suelo sin hacerse daño.
El doctor iba a descolgarse, pero pensó que, al soltar la faja, el palo del azadón, bastante pesado, caería en el interior del pasillo y produciría un gran ruido.
—¿Qué pasa?—dijo María.
—Espera un momento.
Aracil sacó su pañuelo, lo rompió en dos tiras y ató con ellas el palo del azadón en los pernios de las ventanas.
—Pero, ¿qué hay? ¿Por qué no bajas?
—Espera. Hazme el favor.
Cuando concluyó de sujetar el palo se echó fuera de la ventana y se descolgó sin dificultad.
Siguiendo el callejón, entre dos tapias de piedra, salieron a la calle.
La luna brillaba en el cielo y asomaba su faz blanca por encima de un tejado; su luz dividía la calle en una zona obscura y otra muy clara; en ésta se veían las fachadas torcidas, ruinosas, con balcones viejos y derrengados, y se pintaban en ellas sombras negras y dentelladas de los aleros grandes y de los saledizos. Las piedras del suelo se dibujaban con fuerza. Arrimándose a las paredes, Aracil y María avanzaron por la zona de sombra, cortada a trechos por la luz que entraba por los callejones.
Una mujer abrió un balcón y echó una palangana de agua. Después vieron a un sereno envuelto en la capa, con el chuzo, cuyo acero brillaba a la luz de la luna, que cantó la hora melancólicamente.
Salieron de la aldea; a ratos rompían el silencio de la noche los aullidos tristes de los perros. Al pasar por delante de una casa aislada, les salió al encuentro un perrazo, que lanzaba un ladrido estruendoso. Aracil sacó el revólver y lo amartilló. El perro siguió ladrando y amagando morder, hasta que abandonó la partida, gruñendo.
El camino para Jaraíz estaba bien indicado; el encontrar después el de Casatejada sería, indudablemente, más difícil. A la hora u hora y media de salir de Cuacos, llegaron a Jaraíz. No entraron en el pueblo; pasaron por delante de una fragua iluminada.
—Espérame un momento—dijo Aracil—, preguntaré aquí.
Quedó sola María en el camino, y al poco rato volvió el doctor.
—Vamos bien—dijo.
Siguieron el camino. La claridad tenue de la luna iluminaba el campo yermo, desnudo y seco; un mastín, a lo lejos, atronaba el aire con sus ladridos. Padre e hija comenzaban a rendirse; se sentaban a veces en los riberos a descansar.
Era más de media noche cuando llegaron delante de un arenal, surcado por un río caudaloso. Brillaba sobre la arena, como si fuera de azogue; la claridad indecisa de la luna rielaba en sus aguas, y salía de él un murmullo misterioso y confuso.
Anduvieron los fugitivos por la orilla a ver si encontraban algún puente o alguna barca, pero no hallaron ni una cosa ni otra. ¿Qué hacer? El río, siniestro, ancho, silencioso, parecía una gran serpiente dormida en la arena. El verlo tan brillante les espantaba; el detenerse allí les podía perder.
—Este río es el Tiétar, y debe ser poco profundo—dijo Aracil—; el que por aquí venga el camino y no haya puente demuestra que esto es un vado.
—Vamos a verlo.
Se descalzaron los dos y fueron entrando en el río. Al principio no había apenas fondo, pero a los ocho o diez metros comenzaba a subir el agua muchísimo.
—Hay que volver—dijo Aracil.
—Y ¿qué haremos?
Era muy difícil contestar a esta pregunta. El río llevaba bastante corriente; perdiendo el pie y no sabiendo nadar, podía suceder una desgracia.
—Esperemos a ver si aclara un poco—murmuró Aracil, desalentado.
Se tendieron a la orilla del río. Estaban los dos rendidos, febriles, mudos. En esto se oyó a lo lejos el galopar de un caballo.
—Viene alguien—exclamó el doctor, sobresaltado—. ¿Será la Guardia civil? Entonces, estamos perdidos.
Al entrar el jinete en el arenal del ancho cauce del río, dejó de oírse el ruido de las herraduras del caballo; pero, en cambio, se fué haciendo cada vez más próximo el choque de los arneses y de las correas en el silencio de la noche.
No era la Guardia civil, sino un hombre solo, que venía en un caballo blanco. El hombre no debía conocer el camino, porque quedó desconcertado al encontrarse delante del río, sin puente para pasar; miró más arriba y más abajo de la orilla, y se decidió a meterse en el agua.
—¡Eh, buen hombre!—le dijo Aracil.
—¿Qué hay? ¿Quién me llama?
—¿Podría usted pasarnos en el caballo?
—No puede ser; tengo prisa.
—Se le pagaría lo que fuera.
—No quiero perder tiempo.
El hombre se dispuso a atravesar el río a caballo, y como para darse ánimos, cantó:
—¡Vaya, salga lo que saliere!—dijo Aracil—. Agárrate a mí, María. ¡Fuerte!
El doctor se cogió con las dos manos a la cola del caballo, y María, a la cintura de su padre. Avanzaron en el río. El agua fué subiendo, subiendo; les llegó al cuello; el doctor y su hija sintieron el espanto de la muerte próxima; luego el agua comenzó a bajar, el caballo dió una sacudida y se desasió de las manos del doctor, y éste y María se encontraron dentro del río, con agua hasta media pierna. Fácilmente ganaron la orilla opuesta. El hombre del caballo picó espuelas y se alejó de allí al trote.
Aracil y María salieron con las ropas chorreando agua y temblando por la humedad y el frío. María tiritaba estremecida, y su padre, asustado, sin pensar ya en la huída, intentó encender fuego; casi todas las cerillas que llevaba estaban mojadas; algunas, sin embargo, servían, y pudieron hacer una hoguera y secarse un poco las ropas.
El alba comenzaba a apuntar en el horizonte, y el velo azafranado de la aurora se esparcía por la tierra cuando Aracil y María volvieron a comenzar la marcha. Al amanecer cruzaron la vía del tren. A la claridad gris de la mañana, en medio de campos de trigo, se veía un pueblo. Una estrella brillaba en el Oriente; comenzaban a cacarear los gallos.
Iban por el camino, muertos de cansancio, cuando de pronto oyeron gritar:
—¡Aracil! ¡María!
Se volvieron, sobrecogidos. Delante de ellos, a caballo, estaban Venancio y Gray.
—Vamos—dijo el inglés—; a montar.
Subió Aracil a la grupa del caballo de Gray, y a María la levantó Venancio hasta sentarla en el arzón delantero, y al trote llegaron a la carretera. Allí esperaba un automóvil rojo y un hombre. Encargó el inglés a éste que llevara los caballos al pueblo; en el coche montaron Venancio, Aracil y María. El inglés dió al manubrio para poner en movimiento el motor, luego subió a su asiento, soltó el freno, y el automóvil comenzó a marchar de una manera vertiginosa.
Explicó Venancio al doctor y a su hija que por la mañana habían sabido por un propio, enviado por Iturrioz, que estaban en Cuacos, y este propio, que era el Ninchi, les vió al pasar el Tiétar, aunque no les reconoció. Al decirles que se había encontrado en el camino y cerca del río con un hombre y una mujer, el inglés y él supusieron si serían ellos.
Aracil contó lo ocurrido en Cuacos, y pensando que quizá en aquella hora se habrían dado cuenta ya de su fuga, experimentó una gran angustia.
Comenzó a hacerse de día; la luna se ocultaba; algunas estrellas parpadeaban aún en el cielo; la sierra de Gredos comenzó a aparecer azul, entre nieblas blancas, como una muralla almenada; luego se derramó el sol por el campo, quedaron jirones de nubes sobre los picachos angulosos de la sierra, y poco después la montaña desapareció como por encanto...
El inglés conocía muy bien el camino que habían de seguir; bajaron hasta Trujillo, y seis horas más tarde entraban en Portugal.