En el primer pueblo de la frontera portuguesa se detuvieron y pararon en una posada. María experimentaba un gran malestar y sentía los pies como si le estuvieran ardiendo.
—¿Qué tienes?—le dijo su padre.
—No sé.
Cuando intentó descalzarse, no pudo: tenía hinchado los pies; Aracil le cortó los zapatos; luego, para arrancarle las medias, hubo que hacerle mucho daño, y María aguantó el dolor sin quejarse.
—¡Qué valiente!—dijo Venancio, enternecido.
—¡Oh! Mucho, mucho—exclamó el inglés, lleno de asombro.
Tenía María los piececitos tumefactos, hinchados y llenos de sangre. El inglés llevaba unas pastillas de sublimado, que se disolvieron en agua, y Aracil lavó y vendó los pies de su hija. Al concluír de vendarle, el doctor, que estaba arrodillado, besó a María en la pierna, con gran efusión, llorando.
Ella tendió los brazos a su padre, y estuvieron los dos un momento abrazados.
No había tiempo que perder. Entre Aracil y Gray llevaron a María al coche, y Venancio se despidió de ellos.
—Yo tengo que volver a Madrid.
Aracil le dió los papeles de Isidro el guarda, encargándole que se los entregara lo más pronto posible, y María le dijo que le diera las gracias y le contara cómo habían pasado la frontera. Venancio abrazó a su sobrina y dió la mano al doctor y al inglés, que siguieron su camino, internándose en Portugal.
El inglés tenía un amigo y paisano, dueño de unas minas, en cuya casa se acogerían.
—Ahora tomaremos hacia Coimbra, adonde llegaremos al caer de la tarde, y por la noche estaremos ya donde vive mi amigo.
Al principio, la carretera marchaba entre grandes alcornoques, con la parte baja del tronco descortezada y rojiza; luego el paisaje se iba haciendo más suave y más verde. Cruzaron extensos pinares. En la base de los pinos, y debajo de sus heridas elípticas, se veían vasos de arcilla, que iban recogiendo la resina de color de cera. Pasaba todo a los lados del automóvil de una manera vertiginosa: casas, bosques, árboles, caminos.
Aracil iba como en un sueño; el cansancio y el aire le dejaban amodorrado; María sentía una gran pesadez en la cabeza, y temblaba, con escalofríos.
Pasaron al anochecer por Coimbra, y ya entrada la noche, llegaron a un pueblo muy pequeño, con una plaza grande con árboles. El automóvil se detuvo frente a una casa, con las ventanas iluminadas. Salió un mozo a la puerta, y el inglés le preguntó por su amigo.
—¿Está?
—Sí. Pero ahora tiene una comida.
—Bueno, que salga.
—Es que me ha dicho el señor...
—Nada, dile que salga.
El mozo volvió al poco rato con el dueño de la casa, un inglés de unos cuarenta años, joven, calvo y rojo, a quien Gray explicó lo que pasaba.
—Está bien. Está bien—dijo el minero. Abrió el automóvil y dió la mano al doctor para que bajara; luego, sin más ceremonia, tomó a María en brazos y se la entregó a Gray, que fué subiendo con ella las escaleras hasta una habitación del primer piso.
—Estos señores son unos parientes míos que se van a quedar aquí unos días—dijo el minero a la criada, chapurrando el portugués; luego, dirigiéndose al mozo, advirtió—: Acompaña a este señor a colocar el automóvil—. Ahora—añadió, inclinándose ante María—perdonen ustedes, porque tengo una comida con unos portugueses que quieren venderme unas minas.
Y el inglés se fué; María, Aracil y la criada se quedaron en un cuarto grande y destartalado. María, ayudada por la muchacha, se acostó en una cama dura y pequeña, y Aracil se tendió en un sillón.