Capítulo VI
Desdoblamiento de la vida social

I.—Supersticiones referentes al embarazo, nacimiento y crianza de los niños.—II.—En la enfermedad y muerte de éstos.—III.—Relativas al amor sexual: la práctica de musurar.—IV.—Amores y matrimonios indígenas.—V.—Ideas predominantes en los concubinatos y matrimonios de la chola y de la india.

I

Desde el momento en que la mujer siente haber concebido (a cuyo acto llama hacutatha, si es en matrimonio, hacutaracatha, si fuera de él, o también hapitatha y hapihuarkhatatha, respectivamente) evita comer garbanzos, por temor de que su hijo nazca cabezón. Igual cosa presume que le sucederá si no anda mucho y lleva vida sedentaria.

La mujer preñada o hapi[26] no debe ver un cadáver, ni manejar animales muertos, ni consentirlos próximos a ella, sino quiere dar a luz un hijo aquejado de raquitismo o sea larphata.

El parto no reviste entre los indios aquel solemne significado que tiene para las mujeres de razas superiores y civilizadas. Apenas la india siente los dolores, se retira a su casa, si el tiempo le alcanza, y allí realiza el alumbramiento, cuando no lo verifica al aire libre, por haber sido sorprendida en el campo, y llevando en brazos al recién nacido se recoge al hogar. En los más de los casos, pare sin recibir auxilios de ninguna persona extraña. A los dos o tres días del hecho, alguna vez, al día siguiente, se la ve trabajando cual si no hubiera estado de parto; de la única región del cuerpo que cuida es de las plantas de los pies, que las abriga para no resfriarse.

Durante el alumbramiento se acostumbra poner bajo la almohada de la enferma y sin que ésta sepa, una tijera abierta en cruz y se clava en la puerta un cuchillo, con objeto de que no hagan daño al recién nacido los malos espíritus. También se pone un cuchillo o tijera junto a la criatura para dejarle sola en una habitación.

La placenta deberá enterrarse bien lavada y cubierta de flores, en paraje donde no llegue el sol, para evitar irritaciones en la matriz de la madre o enfermedades al párvulo. Añaden cuando ha sido varón el recién nacido, útiles de labranza o albañilería, pedazos de papel o de madera para que sea un buen agricultor o albañil, o un pequeño libro para que sea doctor o cura. Si es niña, dedal, aguja, o tijera de papel y figuras de enseres de cocina, para que sea una mujer hacendosa y buena madre de familia. Tienen por cosa cierta que la Pacha-Mama al recibir en su seno aquel objeto con tales agregados, concede lo que le piden.

El nacimiento de mellizos, pachahuahuas o pachachahatahuahuas lo tienen de mal agüero, como se dijo en otra parte. Al primero de los niños que sale a luz, llaman uisa, al segundo caka. Si son mujeres, a la primera, ahualla, a la segunda hispalla.

El que se entretiene en contar las estrellas tendrá numerosa prole.

Los esposos que no tienen descendencia y crían y miman un perro, apenas notan que les nacerá un hijo, matan el perro para que este no pida a San Roque la muerte del recién nacido, a fin de no verse privado del cariño que le profesaban sus amos.

La criatura que nace muy desarrollada está destinada a morir pronto.

Un niño se enferma de los ojos, cuando alguna persona le ha dirigido miradas de odio o con ánimo de dañarle. Esta enfermedad llaman miqui.

El párvulo que llora y grita el momento que se le bautiza, vivirá hasta la vejez; si se orina durante la ceremonia, es señal de que morirá antes del año, así como cuando no llora en ese acto. Si tiene los piesecitos siempre fríos, también denota que no vivirá muchos meses; igual resultado anuncia la costumbre de morder el pezón del pecho de su madre al lactar, o la de comer tierra.

Para que un niño viva hay que criarlo con camisa de mujer.

No debe comer frijoles la que hace lactar, porque se le secará la leche en los pechos.

La abundancia de liendres en la cabeza de un niño es señal de que será huérfano.

Si a la madre que se encuentra fuera de su casa, le sale leche de sus pechos, es porque su niño está llorando y la reclama.

Cuando una criatura se atora la madre debe darle tres palmadas en el pecho e inmediatamente cesa el accidente.

La criatura que se besa las extremidades de los pies tardará en andar.

A la madre le duelen los pechos para que el hijo que hace lactar se enferme.

No debe rascarse la planta de los pies a los niños porque les da gusanera en el estómago.

Las criaturas lloran mucho en la noche cuando han sido agitados o llevados por el viento sus pañales en el día.

El niño que se chupa los dedos hace caer el cabello de su madre. Sucede lo mismo cuando ha fallecido, durante el período en que entran en putrefacción sus manecitas.

La madre que desea tener abundante leche debe hacer hervir chuño y tomar su caldo con frecuencia.

II

Se dice que un niño está catjata, es decir, agarrado, cuando se enferma a consecuencia de una caída, de haber llorado en el campo, o de haberse asustado, accidentes en los que creen que parte de su alma se ha desprendido con la conmoción del cuerpecito y quedándose a vagar en esos puntos, pugnan por reunirse a la otra, que sufre por ello. El tratamiento que siguen en estos casos, para curarlo, consiste en darle de comer un poco de tierra levantada del paraje donde ha ocurrido el hecho, y si esto no es bastante y sigue llorando, llaman al brujo o hechicera para que lo cure, quien, desde el primer momento manifiesta que su ánima se ha quedado en el lugar donde ha caído, llorado o asustádose, y que para su sanidad conviene recogerla. Con éste objeto hacen de los pañales o vestidos del niño enfermo un envoltorio, que tiene la forma de una criatura arropada, el que es conducido en brazos por aquél, quien, además, lleva consigo, confites, mixtura, figuritas de estaño y se dirige al sitio en que tuvo lugar el accidente, acompañado de algunas personas. Allí el brujo o hechicero azota el envoltorio, reconviniéndole, cual si hablara con un ser viviente, porque ha permitido que su anima lo abandone, y llama en seguida a ésta, con las palabras: Anima de mi niño querido vente; ánima adorada de mi niño vuélvete; ánima idolatrada de mi niño vámonos a casa. Tu cuna está dispuesta, tus pañales calientes, te espera el tierno regazo de tu pobre madre que llora por verte a su lado, que se desespera por estrecharte contra su pecho y que no sufras más el hambre y frío que reinan en estos desiertos y tristes lugares...

En seguida entierran en el sitio las especies que trajeron, ofreciéndolas a la Pacha-Mama y regresan a la carrera, haciendo acostar el envoltorio inmediatamente que llegan, junto al niño enfermo, con la seguridad de que este sanará debido a todo lo que se ha realizado en obsequio a él.

El niño pone el oído al suelo, en actitud de escuchar, cuando su madre está nuevamente embarazada y aquel siente que el feto llora y le llama.

Cuando la mujer se embaraza de una criatura de sexo contrario al que hace lactar, morirá éste; pero si ambos son del mismo sexo el hecho no le causará efecto mortal.

La cabecera de la cama debe ponerse hacia el norte para que un niño duerma tranquilo.

Al niño que acostumbra orinarse en la cama, en las noches, debe hacérsele mear sobre brasas, o sobre un pedazo de adobe caliente y que el vapor que se desprende, llegue a sus partes genitales y queda curado.

El hipo en los niños es señal de crecimiento; en los jóvenes y viejos, augurio de embriaguez.

Cuando un niño tiene que ser trasladado, de una casa a otra, hacen que el momento de conducirlo definitivamente, golpee la persona que lo lleva, con dos piedrecitas, llamando el ánima de aquel y rogándole que se venga íntegramente, porque sin ese procedimiento pueda quedar alguna fracción de ella y motivarle una enfermedad.

El niño que llora en su cumpleaños, anuncia que será de carácter cobarde cuando crezca.

El cabello con el que han nacido, debe cortarse a los niños para que no se críen soberbios.

El primer diente que bota un niño, debe colocarse en el agujero de un ratón para que tenga una buena dentadura.

Para hacer olvidar el cariño de un niño hay que lavar alguna especie sucia de la persona a quien quiere y hacerle beber esa agua.

Al niño que se amartela, hay que sacarlo de la casa, llevando consigo excremento de llama o cordero y algunas piedrecitas, y conducirlo a la vera de un río y obligar al paciente a que tire al agua una a una las piedrecitas y excrementos y la corriente se llevará la dolencia lejos.

El niño que corretea llevando las manos atrás, está destinado a morir, porque prepara sus alas para volar al cielo.

El que se frota mucho la nariz, manifiesta que adolece de gusanera.

El párvulo que nace muerto debe ser arrojado al río o quemado, para que su alma no vaya al limbo a sufrir.

La que hace lactar una niña, se niega a dar su pecho a un varón, porque supone que esto causará la muerte de aquella.

En ciertos casos, atribuyen la enfermedad del niño a un espíritu maligno, llamado Larilari[27] que ha logrado apoderarse de su cuerpo, y para ahuyentarlo y hacer que sane, queman kkoa con añil en la habitación del enfermo, suponiendo que con el fuerte humo que debe producirse abandonará a su víctima. Dicen que el Larilari se hace visible en forma de un gato de pelaje colorado, que trepa a los árboles y de allí silba a los incautos, y los atrae. Apenas los ve próximos al árbol, baja rápido, y al escapar va a rozarse precisamente con ellos, inoculándoles el momento de pasar una enfermedad, cuyos síntomas son: ojos inyectados en sangre; cuerpo amorotado y decaimiento completo del organismo.

Las equímosis y manchas de sangre que resultan en el cadáver del niño, ya sea a causa de haberse producido una congestión pulmonar, o por otro motivo explicable, le culpan al larilari, quien aprovechando del descuido de la madre o de las encargadas de atender al enfermo, dicen, que maltrató y azotó su cuerpecito, hasta ocasionarle la muerte, según lo manifiestan esas señales.

El niño que duerme con los ojos abiertos morirá en temprana edad.

El que no se halla bautizado, se encuentra propenso a que le caiga el rayo.

La criatura moribunda sufre mucho y su agonía se dilata, mientras la madre está presente o la tiene en su regazo. Para morir tranquila y pronto, necesita no ver a su madre.

También el niño tiene una larga agonía, cuando espía las faltas de sus padres. Muere apacible si no las tienen y recibe oportunamente la bendición de su padrino.

Cuando dos niños que son parientes o pertenecen a personas amigas, que viven en una misma casa, mueren simultáneamente, dicen que se han puesto de acuerdo para marcharse juntos al otro mundo.

Los ojos del cadáver de un párvulo, permanecen abiertos, cuando debe seguirle su hermano o algún niño de su edad, en quien fijó la vista el momento de espirar.

La mortaja no debe ser adquirida ni puesta al pequeño cadáver por la misma madre, sino por la madrina o terceras personas. A quien infrinje esta costumbre le sucederá algo malo.

Los retazos que sobran de la mortaja de un párvulo, deben encerrarse en su ataud o enterrarse en su sepultura, porque, cuando algún pedazo queda en la casa, atrae desgracias.

Personas extrañas acostumbran añadir a la mortaja como adorno, una cinta o cordón, con objeto de que el alma del pequeñuelo que se convierte en ángel, les arroje desde lo alto un extremo de aquel cordón, para asirse de él y subir al cielo, cuando ellas mueran y llegue la ocasión de querer ascender allí.

Las especies sucias pertenecientes al finado, no deben lavarse mientras esté presente el cadáver, sino después de los tres días de su entierro, a fin de que su alma no pene, por la suciedad que ha dejado, y se presente con frecuencia a sus padres, en sueños.

Cuando muere un niño no debe llorarse porque se obstaculiza la rápida subida de su alma al cielo. El llanto de la madre conmueve al mismo Dios, quien ordena al alma de la criatura vuelva al mundo a consolarla y a secar sus lágrimas. En ese sentido, en vez de ascender al cielo baja y vaga en la tierra, clamando porque su madre tenga hijos que ocupen su lugar y la consuelen. Por eso la madre que llora mucho por un hijo muerto, tiene a la larga una numerosa prole.

Al niño que sana de una enfermedad no debe cortársele las uñas inmediatamente después de su convalescencia, porque vuelve el mal.

Para que sane por completo hay que darle de beber, en leche, la ceniza de un mechón de sus cabellos.

El niño tiene hambre voraz e insaciable cuando tiene que morir uno de sus padres, con cuyo fallecimiento se le calmará.

Sobre la cabeza del niño no debe ponerse plato, fuente ni objetos cóncavos, porque se entorpece su crecimiento y se hace de pequeña estatura.

III

En la época del celo, dicen que el lagarto lleva atravesada en la boca un pedazo de paja, y sigue así a la hembra. El amante desdeñado deberá apropiarse de esa paja y envolver con ella un cabello de la mujer deseada y logrará que ésta cambie inmediatamente de sentimientos hacia él, haciendo que su aversión se trueque en ardiente amor y se le entregue por completo.

La mujer que no quiere ser abandonada por su amante le da en alguna bebida la sangre de su menstruación.

Para que la pasión se torne en odio, ingieren en alguna bebida, partículas del excremento de la persona que se quiere hacerla aborrecer y la dan a la que deba experimentar el cambio.

El cariño de una mujer también se obtiene poniendo bajo su cama ciertos amuletos, formados de plumas, conchas o piedras de color que se envuelven, en alguna especie suya.

La mujer que se halla acosada por un hombre, puede librarse de ser poseída por éste, con sólo partir o doblar el topo o prendedor con el que se asegura el manto, o tenerlo en la mano envuelto en un extremo de él; con esto hará que los bríos de su perseguidor desfallezcan y se muestre repentinamente impotente para abusar de ella.

No debe contraerse matrimonio el día domingo, para que no abunden las desgracias en el nuevo hogar.

Cuando el momento, o después de la ceremonia del desposorio, se cae al suelo el anillo de compromiso, a uno de los novios, augura que morirá éste muy pronto. Si durante ella, o en el festín que celebran los novios, se rompe algún objeto destinado para el uso particular de éstos, denota que no habrá armonía entre ellos y que se separarán más o menos tarde.

Para triunfar en el corazón de un esposo o amante y poseerlo por completo, hay que azotar la nalga pelada de la rival, con uno de los zapatos que se usa. Se debe a esta superstición que la mujer del pueblo, haga esfuerzos en una riña, para derribar a su contraria al suelo y levantándole la falda y los refajos, sacarse un zapato de los pies y descargarle en nalga desnuda uno o dos golpes.

Los jóvenes que desean saber la clase de mujer que les corresponderá por esposa, consultan al brujo, quien escarba un sitio particular, si en él encuentra cabellos blancos, dice que se casarán con vieja, si negros con moza y si castaños con muchacha.

Para descubrir el cariño de la persona de quien se halla uno enamorado, acostumbran sacar de la calavera de los cuys, un par de huecesitos con forma de animalillos, que llaman zorros, y echarlos en un vaso de chicha, si después de beber el líquido encuentran los huecesitos unidos, dicen que ambos se quieren, o bien que los sentimientos de aquella persona son fingidos. Este acto llaman simpasiña.

También hacen iguales consultas los jóvenes, con cordeles que revuelven en los dedos.

El amante que se retira vuelve a la casa de la mujer, de quien trata de apartarse, cuando ésta ha clavado tras de la puerta de su dormitorio, el calzado viejo perteneciente al pie derecho de aquél. Creen que con este acto ha quedado apresada una parte de su ser, que lo atraerá forzosamente al hogar desdeñado.

Los enamorados indígenas acostumbran pellizcar a sus parejas, si estas soportan el dolor que les causa el acto, y les responden con iguales pellizcos, suponen que están correspondidos.

El indio nunca besa a su enamorada; el beso, como manifestación de amor es desconocido en esta raza. Lo que hace, en los momentos de cariñosa intimidad, es agarrarla de las sienes con la palma de sus manos y frotarla con su barbilla la frente, causándole con este alago, llamado musuraña, una placentera sensación de voluptuosidad. La joven, cuanto más quiere a su galán más a menudo le presenta su frente para recibir tal caricia.

IV

El amor sexual es, entre los indios, libre, instintivo y desligado de trabas que lo coarten y de educación que lo dignifique.

El hombre posee a la joven soltera, casi siempre por la violencia; la fuerza y no la voluntad es la que prima en esos actos, sin motivar escándalo, ni atraer la cólera de los padres de la ofendida. Ninguna importancia dan a la virginidad de la mujer; por el contrario, la virginidad conservada por mucho tiempo, la consideran deprimente, como signo de haber sido despreciada por los hombres. Morirás doncella, dice la casada a la joven a quién trata de injuriar. La idea de llegar a la vejez y morir virgen, horroriza a la india: cree ésta que si tal cosa sucediera, su existencia resultaría, sin objeto e inútil. El amor, repiten, dignifica a la hembra, porque la hace cumplir su misión en la tierra, que es la de tener hijos y perpetuar la especie...

Semejante criterio proviene de la condición excepcional en la que está colocada la mujer en la economía doméstica, que le hace ver claro su destino. Desde muy niñas se crían en agreste libertad, dedicadas al pastoreo del ganado en campos apartados o desiertos, junto a varones que se ocupan de las mismas tareas, con quienes se establecen relaciones estrechas de compañerismo, que dan lugar a que, presenciando juntos el frecuente ayuntamiento de los ganados, sientan despertarse precozmente en su naturaleza los instintos sexuales, y excitados por la ociosidad y el trato familiar y libre, se vean impulsadas a satisfacerlos, estando aún en la adolescencia.

Además, nunca han considerado las mujeres, desde los tiempos precolombianos, que fuera reprensible el dedicarse a carnales entretenimientos, cuando están solteras y no tienen amantes que las cohiban hacerlo. «También sorprende, dice Lorente, su manera de pensar [la del indio] sobre la castidad de las mujeres. Tenían en poco la de las solteras y solía ser estimada en más la que había sido más licenciosa. Tal vez procedían así porque en las mujeres de trato libre, y estimadas por eso de la muchedumbre, creían ver mujeres hacendosas que les ayudarían en sus faenas. Lo cierto es que concediendo tanta libertad a las solteras, condenaban a muerte a la casada que era convencida de adulterio».[28] «Andan vestidos de ropa de lana ellos y sus mujeres—dice por su parte Cieza de León—las cuales dicen que, puesto que antes que se casen pueden andar sueltamente, si después de entregada al marido, le hace traición, usando de su cuerpo con otro varón, la mataban»[29]. Igual opinión tiene Garcilaso de la Vega, que dice: «Demás de esta burlería, consentían en muchas provincias del Collao, una gran infamia; y era, que las mujeres antes de casarse podían ser cuan malas quisiesen de sus personas, y las más disolutas se casaban más aina, como que fuese mayor calidad haber sido malísimas.»[30]

Debido a esa manera de pensar tradicional, la india casada o aynoni, es muy fiel a su esposo o ayno; en tanto que la soltera o huarmikkala es liviana, sin que ello sea un obstáculo para que se case. Con la chola ocurre lo mismo; se matrimonia después de haber tenido contacto con varios hombres. La diferencia está, en que la chola, si bien no tiene el concepto de la india sobre la virginidad, la cual, su pérdida la trasluce y la tiene a honra, cuando aún no es concubina o sipasi de alguien, tampoco es en aquella un inconveniente, para que no pueda contraer matrimonio[31].

Dividían las jóvenes o tahuakos, en cuatro categorías. A las hermosas llamaban paco-hakhllas; a las de mayor belleza, hanko-hakhllas; a las medianas huayrurus y al común de mozas, hahua-tahuakos.

El indio joven o huayna, que se ha enamorado de una joven y es correspondido por ésta a cuyo estado psicológico llaman huayllusiña, es decir, amarse tiernamente, para diferenciar del munasiña que significa quererse, pero en un sentido general, busca la ocasión para tener precisamente comercio ilícito con ella antes de casarse. Entre los indios el concubinato precede siempre al matrimonio. Y el concubinato lo inicia el varón obligando a la mujer a seguirle, con objeto de recobrar alguna prenda de vestir que le ha arrebatado al final de una entrevista. Es de uso entre ellos que la mujer vaya en pos de su enamorado sólo en este caso, siendo imposible que lo haga, sino ha ocurrido tal cosa, aunque esté ardiendo en deseos de hacerlo y nadie la coharte en su libertad. Conocedor el indio de esta costumbre, apenas nota que su enamorada cede a sus insinuaciones, le quita violentamente el sombrero o el manto y se aparta apresurado. La joven entre risueña y aparentando enfado va siguiéndole hasta donde aquél cree conveniente pararse y esperarla, que es en un sitio regularmente solitario y cubierto a las miradas indiscretas.

Cuando se disgustan, la mujer le echa en cara ese acto, diciéndole: yo no te quise, tu abusaste de mi persona por la fuerza, y me hiciste tuya contra mi voluntad...

Los padres del indio que trata de contraer matrimonio se dirigen a la casa de la novia, llevando consigo aguardiente y un atadito de coca. Después de manifestar a los padres de ésta sus pretensiones, les invitan el aguardiente que han traído, quienes si aceptan la invitación y beben el aguardiente, lo que efectúan tras de muchos ruegos, se suponen que asienten a la petición; si por el contrario, se niegan a beber, es señal de que la rechazan, retirándose en seguida en este caso. A continuación de las copas de aguardiente viene el atadito de coca que los peticionarios alcanzan a los dueños de casa; si lo reciben y abren, está resuelta favorablemente la petición; entonces, el padre de la novia toma algunas hojas de la sagrada planta y les alcanza a los padres del novio, expresándoles que sea en buena hora el matrimonio, que haya armonía entre los futuros contrayentes, y que lleguen a tener bienes y sea el hombre el que domine su comarca. Reparte a los asistentes algunas hojas más y después el resto se lo guarda para devolver la manta o tari, al día siguiente vacía y atada de un modo especial. En el inesperado caso de retractación, el envoltorio es devuelto tal como fué recibido.

La ceremonia de la petición, conocida con la palabra sartasiña, es común entre los indios y mestizos, con la diferencia de que estos últimos no hacen uso de la coca. Generalmente suele degenerar el acto, cuando avienen las partes, en una orgía desenfrenada, en la que los concurrentes no se percatan de embriagarse por completo ni de cometer acciones las más licenciosas.

En el nombramiento de padrinos cuidan mucho de que estos sean de moralidad reconocida, trabajadores y buenos esposos, porque suponen que sus ahijados seguirán sus pasos. Los padrinos, dicen, son como la luz que alumbra y guía a aquellos en el sendero de la vida y si esa luz es mala, forzosamente andarán mal. Aseguran que entre padrinos y ahijados hay una correlación mental, que no debe olvidarse. Los últimos imitan siempre a los primeros, o disculpan sus faltas con los de estos.

Hasta hace poco tiempo, acostumbraban los indios mandar a la casa del cura a las indiecitas que debían contraer matrimonio próximamente, con objeto de que se las instruyera en el rezo con algunas prácticas religiosas, las cuales, conocidas con la denominación de depositadas, lejos de aprender nociones de moralidad, eran corrompidas por el cura, que abusando de la candidez y sencillo espíritu de estas, las hacían víctimas de sus lúbricos instintos, cuando no las abrumaban con fuertes trabajos, por lo que, en buena hora, llegó a suprimirse tal práctica.

Verificado el matrimonio, se distribuyen entre los padres de los novios, éstos y los padrinos los días en que cada cual hará su estival. Regularmente comienzan los novios, siendo este día el celebrado con mayor solemnidad. A mediodía vienen todos los parientes de aquellos, entre quienes, los tíos y cuñados con el nombre común de laris, y los parientes de la mujer de tollkas[32], son los que se distinguen en traer consigo para obsequiar a los recién desposados, una o dos cargas de algún producto del país, o un cordero y aun un torito; obsequios que en su caso están obligados a devolver a sus favorecedores. Después concurren los aynis, comprendiéndose en esta palabra a los obligados a corresponder a los contrayentes con algún objeto o dinero, lo que en otra ocasión lo recibieron uno de ellos o de ambos. Conducen los aynis, dinero con el nombre de arcos, que varía entre diez, quince, veinticinco y treinta pesos fuertes, acondicionados en alguna fruta o charola bien adornada. Fuera de estos hay otros, que sin estar obligados traen sus arcos, con objeto de que les devuelvan los novios en su oportunidad, cuando tengan alguna fiesta, quienes se convierten, respecto a estos, en aynis. La deuda contraída en esta forma la consideran sagrada y es imposible que dejen de satisfacerla.

La finalidad perseguida con este sistema de entrega de especies y valores, sujetos a una devolución tardía, es dar a los recién casados, un corto capital, para que puedan subvenir a las múltiples necesidades del hogar que establecen. Los conductores traen sus especies al son de un tambor y pitu, o flauta indígena, cuyos agudos y alegres aires tienen por objeto principal llamar la atención del público.

Los novios permanecen en el día sin apartarse el uno del otro, ya sea que se encuentren sentados, hagan atenciones o se levanten a recibir los obsequios. Cuando uno de ellos siente alguna necesidad corporal, participa a su consorte; ambos acompañados de los padrinos salen fuera y después de llenar su objeto, regresan siempre juntos. La preocupación es que no deben separarse ni un solo instante para que así vivan en su nuevo estado y que la infidelidad no turbe con sus ásperos y disolventes sinsabores la paz y armonía del hogar que se forma bajo tan felices auspicios.

La fiesta que se desarrolla durante el día es bulliciosa y de excesiva embriaguez. Los más cuando llega la noche se encuentran en estado de no poderse tener ya en pie. El momento en que deben recogerse a dormir los novios, la madre del esposo conduce a su nuera o yojjccha, hasta el dintel de la puerta del dormitorio, desde donde se hace cargo la madrina. Al novio lo acompañan hasta el mismo linde, el suegro, y lo entrega al padrino, todos juntos, con un par de velas encendidas en la mano, penetran a la habitación, dan una vuelta el lecho nupcial, apagan las luces y mientras dura la oscuridad, dice el padrino, dirigiéndose a sus ahijados: Hijos míos, así como se han apagado estas velas, ha terminado vuestra vida libre de solteros, ahora otra luz, la luz sagrada del himeneo alumbrará vuestra existencia futura, si vosotros la alimentáis siempre con vuestro recíproco cariño, con el trabajo y la mutua protección que os prestéis, ella nunca se oscurecerá y seréis felices, sino Dios os compadezca.

En seguida prenden nuevamente las velas, se despiden los padres y demás acompañantes, quedando los padrinos solos con sus ahijados. El padrino desviste al novio y lo acuesta; la madrina hace lo mismo con la novia, después, recomendándoles que sean esposos ejemplares y tengan numerosa prole, se retiran cerrando la puerta por fuera. Junto a ella, los concurrentes a la boda hacen reventar cohetes y comienzan los hombres a gritar que el nuevo vástago que nazca sea varón, y las mujeres que sea del sexo femenino.

La fiesta se realiza al día siguiente en la casa de los padres y el tercer día en la de los padrinos. Prácticas son estas de las que no pueden prescindir, sin causar murmuraciones en la comarca.

Correspondiendo a los padrinos de sus afanes y gastos, los recién casados, cuando aquellos invisten alguna función pública, están obligados a visitarlos a medio año, al son de tambor y flauta, llevándoles algunos obsequios y haciéndoles beber ese día. Llaman este cumplido chicancha.

Las vinculaciones que se forman con motivo de los padrinazgos y compadrazgos, son fuertes en las clases populares, estando comúnmente obligados los ahijados a seguir las opiniones políticas de sus padrinos o compadres, o siquiera ayudarlos y servirlos cuantas veces estos se les exijan.

En las discordias matrimoniales, son los padrinos, los que intervienen para zanjar las diferencias que se suscitan y devolver la tranquilidad y armonía en el hogar de los ahijados, con sus amonestaciones autorizadas; si a pesar de los consejos se desquicia el matrimonio, los padrinos se enojan con el culpable y no vuelven a dirigirle la palabra y se constituyen en protectores de la inocente.

V

Desde el momento que la mujer del pueblo o india se compromete a ser concubina o se matrimonia con un hombre, cree que éste no sólo dispone de su persona sino también de su existencia. La chola y la india son por lo regular sobrias, laboriosas y económicas; se absorven en los quehaceres de la casa y cuando el hombre descuida el sostenimiento de la familia, ellas se arbitran recursos y con su diligencia, evitan que sus hijos perezcan de hambre; no se abaten en los trances más difíciles; miden las dificultades y las vencen mediante los esfuerzos de su poderosa voluntad. Sabia y previsora se muestra la Providencia al haber dado por compañera a un ser tan defectuoso como el cholo, una criatura abnegada y hacendosa como la chola, sin cuya cooperación sería imposible la subsistencia de la familia en esta clase.

Admirable es la resignación de la mujer plebeya para soportar las privaciones, causadas por la conducta disipada de su hombre, y las violencias y malos tratos que la prodiga, y cuanto más vicioso y violento es, mayor apego manifiesta por él. La chola prefiere siempre al peor entre los que se presentan a ser sus concubinarios; está en su naturaleza decidirse por quien no merece la pena de sacrificarse. Ella se compromete gustosa, con el mal entretenido, con el petardista, con el matón, y el soldado, por lo menos si produce en su ánimo la ilusión de la fuerza, del abuso y del mayor encanto masculino, antes que con el hombre de bien; prefiere una vida desordenada a las ventajas de un hogar normal. Es partidaria convencida de la unión libre, y cuando alguien le pregunta, por que no se casa, responde risueña: porque es mejor estar unida al hombre que se quiere por su propia voluntad y no por haberlo dispuesto el cura... De cien cholas, son casadas cuando más cuarenta, y de estas viven separadas de sus esposos la mitad. No dan gran importancia al matrimonio ni las atrae. El concubinato tiene entre las cholas mayor fuerza de vinculación, porque les representa la poesía de la vida, el triunfo del amor, causándoles por lo mismo, más respeto que el contrato establecido con arreglo a los ritos eclesiásticos o leyes civiles. Los casados se separan fácilmente, porque pronto se hastían con la rigidez moral, con el monótono cumplimiento de sus deberes y el prosaísmo de este estado, pero los amancebados con mucha dificultad. Están convencidas de que sus hombres tienen derecho de pegarlas, de darles malos tratos y de que las puñadas y puntapies, hacen parte de las caricias del amor. Después de una pelea, exclaman conformes: soy su chola: tiene mi amante derecho de pegarme, porque me quiere me pega, y condensan esa conducta brutal, en el conocido adagio: donde no hay makacu, no hay munacu, es decir: donde no hay palos, no hay amor. Lo raro en la chola y en la india es que las palizas producen el efecto de infundir en ellas un profundo cariño al esposo o al amante que las prodiga y hacerlas preferir cualquier sufrimiento antes que la separación.

Nacida la chola de la promiscuidad del blanco con la india, en esos momentos libres en que la fuerza de transformación étnica de la especie, hace olvidar toda distinción y miramientos impuestos por la cultura y triunfar los instintos animales, se distingue en sus ideas por la ausencia de concepciones morales, en sus sentimientos por el apasionamiento, en sus juicios por la parcialidad y en sus caprichos por el ardimiento con que los hacen triunfar a todo trance.

Ha heredado de la india su fortaleza y del blanco su audacia. Desempeña en la casa y fuera de ella, cuantas ocupaciones se le ofrezcan, sin arredrarse ante ninguna labor ardua, con tal de aliviar sus necesidades o las de su prole y ganar dinero. Ella es vivandera, mercachifle, tejedora, cocinera, lavandera, etc., etc., parece llevar sobre sus espaldas la carga de todo un pueblo, como dice un escritor chileno. Es por lo común de facciones toscas, aunque no faltan bonitas. Estos tipos agraciados suelen resultar de un feliz cruzamiento.

«Visten ordinariamente una falda roja, azul, verde o café, superpuesta sobre otras muchas que le hacen verse como si llevara bajo su ropa una crinolina. Estas faldas son cortas, llegan poco más abajo de la rodilla y dejan ver las piernas bien torneadas cubiertas por botas de caña muy larga y pretenciosa. El pie es breve, gordo, de empeine eminente. Sobre la cabeza llevan un minúsculo sombrero de pita, muy blanco y revestido de cierta materia que lo hace brillante. Dos trenzas descienden bajo de él, hasta las espaldas. Toda chola luce hermosos pendientes, joyas antiguas y rudas, en las cuales, viejas perlas albean con raros orientes. Sobre sus hombros ostentan chales multicolores, los unos rojos, o azules, los otros verdes o amarillos, los más de simple dibujo escocés, semejantes a los rebozos de nuestras mujeres del pueblo...

«En los días de fiesta su tocado es muy primoroso. Para entonces los chales de seda bordados de color celeste, lila o azul, las joyas macizas, las botas de seda rosa, las enaguas con encajes prolijos y costosos, y el jubón de felpa... Ella cree que el summum de la elegancia es vestir faldas abultadas, de colores fuertes y tan cortas que dejan ver la caña entera de las botas caladas y aún un poco de la media rosada o celeste».[33]

En su traje, que es una transición entre el vestido de la blanca y el de la india, descubre la chola su gracia decorativa, su amor a atavíos polícromos, que hagan más atrayentes las exuberancias de sus carnes sensuales y llenas de vida. Es coqueta por inclinación natural y frágil por temperamento; gusta agradar y ser cortejada, y cuando alguna vez ama de veras es de pasiones ardientes. Nada le importa atropellar con tal de poseer y vivir con el bien amado de su corazón. A sus hijos consagra los cariños más vehementes, y ninguna fatiga ahorra para criarlos y darles educación, por que después no se avergüencen de su origen.

Las cholas sobresalen, además, por su decir sin trabas ni pelos en la lengua. En las riñas tienen particular gracia para insultar a su contrincante en lenguaje pintoresco, recargado de figuras retóricas e ingeniosas que mueven más a risa que a disgusto cuando se las escucha.

La mujer en la familia india, sin embargo de que trabaja a la par de su marido, ocupa un lugar secundario, sin derecho para observar los contratos, o lo que hace éste. Supone que la intervención de la mujer hace que cualquier negocio salga mal. En una hacienda, cuando muere el propietario y queda el fundo a cargo de su viuda, los colonos comienzan a desalentarse y todos piensan, que se harán bajo ese dominio afeminados y cobardes. A la mujer no le conceden capacidad para dar un buen consejo, ni realizar con acierto ninguna cosa, y cuando notan que merced a ella han salido bien en un asunto, se desentienden y es imposible que el indio reconozca esa verdad. Más que compañera, sirve a su marido, como esclava; cultiva sus campos, mientras él pasa la vida entregado a indolente ociosidad o se alquila como jornalero; le prepara la comida y cría a los hijos. Cuando viaja, ella es quien va a pie, tras de su marido, caballero en el asno. Al incesante trabajo con que abruma a su mujer, se agrega el trato brutal que le da pegándola cada vez y con mayor rigor cuando está borracho, en cuyo estado la empeña de los cabellos, la golpea de la cara y cuerpo con mucha rudeza. Esta falta de benevolencia, lejos de entibiar el afecto de la mujer hacia su hombre, la hace encariñarse más de él, como se ha dicho, porque supone que los maltratos son manifestaciones del profundo amor que le profesa. El que no es celoso y no pega no tiene cariño, por su mujer, dicen, y temen más la indiferencia, que la consideran precursora del desapego y olvido que las zurras cuando alguien la favorece el momento que la está pegando su marido o concubinario, se molesta contra éste y generalmente le reprocha por su intervención.

El indio es implacable en sus celos y castiga duramente a su mujer cuando sospecha de ella. «Tienen sobre este punto, supersticiones singulares», dice Haenke. «Cuando van de viaje, curiosos de saber las ofensas que su mujer les hace, dejan en un paraje extraviado un montoncito de piedras, las que a la vuelta buscan con cuidado en el sitio que marcaron, cuentan las piedras y, si les faltan algunas, eso les indica otras tantas culpas en la consorte. Otros ponen, en algún agujero de pared o piedra un poco de coca mascada o trapo liado con ella, y si cuando vuelven hallan el trapillo fuera de su agujero y desatado es señal que les ha ofendido su mujer, y llueven palos y golpes sobre la desdichada».[34]

El indio es comúnmente monógamo, cuando tiene una mujer distinta de la propia, abandona a ésta o la mata, y vive con aquella. Los archivos judiciales registran frecuentes casos en este orden. Nunca cohabita con dos mujeres a la vez, ni sus facultades económicas le alcanzan para ello. Además, el indio que tal hace, es malmirado y aún repudiado por los de su clase.

El padre o jefe de la casa ejerce la patria potestad en una forma absoluta sobre los hijos, sin que la mujer tenga derecho para contrariar sus determinaciones. Los indios son tan apegados a su prole, que sólo se desprenden de ella, cuando no tienen con qué alimentarla, y mientras pasen los momentos de crisis, para después recogerla de cualquier modo. El hijo representa en la familia indígena un factor económico, ayudando a sus padres, desde tierna edad, en las faenas agrícolas y en apacentar el ganado, como en otra parte se dijo. Las viudas y solteras con hijos, se casan más pronto que las que no los tienen. Las mujeres que no conciben, son profundamente despreciadas por los hombres. La esterilidad constituye una verdadera desgracia en la india.

Entre las preocupaciones dominantes en los matrimonios indígenas, llama la atención la que tienen los recién casados, de no querer prestar dinero a intereses por más que lo tengan, bajo el pretexto de que siendo reciente su unión, apenas cuentan lo necesario para vivir. Mantienen la idea de que, dando ese capital a otros, lo que debían ganar los prestamistas en su nuevo estado, se los lleva un extraño. Al principio debe trabajarse, dicen, y sólo lo que se ha ganado debe darse a crédito.

Desgraciado del que quebranta este precepto: el marido se hará flojo y la fortuna se disipará sin saberse cómo.

A un hombre le duele la muela sin estar picada, cuando su esposa o concubina le es infiel.

El líquido proveniente de haberse hecho hervir un casco de mula, o que contiene raspaduras de este objeto, esteriliza a la mujer que lo bebe.

La mujer que acostumbra sentarse en las puertas hace mucho hablar mal de su persona.

No se debe prestar dinero, cobrar ni pagar deudas de noche, porque la fortuna huye del que lo hace.

Al hombre soltero que mantiene relaciones ilícitas con mujer casada o viceversa, les sale mal todo, porque se vuelven aciagos, o sea kchenchas.

La mujer que se amanceba con un sacerdote se convierte, en la otra vida, en mula, y en esta, cuando su alma se desprende del cuerpo, toma siempre la forma de mula, y la de sus hijos de candeleros, de los cuales el diablo se sirve para darse luz en sus fechorías.

El que causa un grave daño, es empujado por los espíritus vengadores, al encuentro del castigo en un momento denominado hora de burro, en que su entendimiento se ciega y obra en forma inexplicable para sí y para los que se interiorizan del hecho. La hora de burro persigue a los malafes.