I.—Los alferazgos y sus excesos; prestes y la práctica de curar el cuerpo.—II.—Particularidades del carnaval.—III.—La khespía.—IV.—La chicha y su fiesta en Cochabamba; educación de la mujer cochabambina. La chicha, licor nacional.—V.—Lo que fué la fiesta de la Cruz en La Paz. Phuma-cancha y el sihuay-sahua.—VI.—Los altares del Corpus.—VII.—La víspera y el día de San Juan Bautista.—VIII.—Los compadrazgos.—IX.—El taripacu.—X.—Varias supersticiones complementarias y lo que se entiende por arujaña.
La persona que quiere conmemorar el día del santo titular o patrono de la capilla o pueblo de donde es domiciliario, o que con ese objeto es nombrado por su párroco, por haberle llegado el turno, se inviste del cargo el mismo día del santo, o después que su antecesor ha finalizado con las obligaciones que se impuso el año anterior. Al recién designado que toma, desde luego, el título de alferez le corresponde celebrar la fiesta al año entrante. El número de estos alfereces, varía en razón de la mayor o menor popularidad que rodea al santo por sus milagros. Hay ocasiones, cuando la efigie tiene prestigio de milagrosa, que se reciben hasta quince personas, otras, no pasan de uno, y éste se compromete, sólo porque la costumbre no desaparezca del lugar.
El nombrado, apenas lo aclaman el párroco y los asistentes, se dirige a su casa, conduciendo el guión de la iglesia, acompañado de su familia, compadres y amigos, y allí es felicitado y motivo de ceremoniosas atenciones, pasadas las cuales se disuelve el grupo. Desde entonces aquél no tiene otra preocupación que pasar bien su fiesta: trabaja noche y día, acopia víveres, hace sus viajes, se fatiga y suda incesante, todo por tener dinero y por que llegada su fiesta, se realice ella con pompa inusitada, de tal suerte, que digan en el pueblo que fué la más solemne y la mejor de cuantas se sucedieron en la comarca.
Próximo el esperado día, el alferez visita al cura, trayéndole regalos y sus derechos que suelen ser de diez a cuarenta bolivianos, que se los paga en el acto. La víspera obsequia ceras al templo y alguna especie al santo, lo que llama obra. Estos objetos son conducidos con gran ostentación, por individuos que se ponen en fila, llevando cada acompañante, colgada de la mano una cera adornada o en el regazo flores. El párroco los recibe en el templo, mostrándose muy ceremonioso y presumido; arreglan en seguida el altar del santo y visten a este con sus mejores ropas. Más tarde hace el clérigo las vísperas y después, en el atrio del templo o en la casa del alfarez, comienzan a beber licores, aunque sin excederse mucho.
Al siguiente día, desde la mañana, empiezan a servirse tazas de bebidas calientes mezcladas con abundante aguardiente, de tal manera que cuando llega el momento de asistir a la misa el alferez se halla achispado, pero no al extremo de no poder asistir a esa ceremonia religiosa, lo cual a suceder, habría causado gran escándalo en el pueblo. Asiste a la misa vestido de su mejor traje, y seguido de su comitiva. El cura lo coloca en lugar preferente y le presta durante su estadía en el templo las deferencias prescritas por el ritual. Si hay procesión lleva el guión y terminadas las solemnidades de iglesia, vuelve a su casa en medio de acompañantes, entre quienes nunca faltan el cura, el corregidor y demás funcionarios de la localidad.
Constituídos en la morada del alferez, se reanuda la borrachera interrumpida. Las copas de bebidas alcohólicas son vaciadas a menudo; el brevaje o ponche desprendiendo acre vapor de aguardiente, va siendo renovado en las tazas con frecuencia. Los aynis, se presentan a medida que pasan las horas, con arcos y obsequios de víveres. Con mayores o menores presentes, concurren también los tíos o laris y los tollkas o parientes y compadres y los que hacen su cumplido por primera vez. Al atardecer, el alferez con su cortejo de borrachos, sale en pandilla, a recorrer la plaza y mostrarse al público, haciendo rueda en las esquinas y constante rebullicio en todas partes. De regreso a la casa y durante las primeras horas de la noche se entregan los concurrentes a un furioso baile y a beber, en cada descanso o intermedio, tazas de bebida caliente, vasos de chicha, alcoholizándose al extremo de que, cuando llega la hora de dormir, todos, hombres y mujeres, se encuentran completamente embriagados, no faltando quienes se hallan roncando en sus mismos asientos.
Apagadas las luces, comienzan, los que holgar aún pueden, por apoderarse y poseer a las primeras mujeres que se les vienen a las manos y que las encuentran tan acaloradas y dispuestas como ellos lo están. Esto, que se conoce con la gráfica palabra de gateo, consideran las clases populares tan natural que nadie extraña ni se da por ofendido de ello. Ninguna idea de profanación al santo, cuyo día se solemniza, cruza por la mente de los actores y contiene su ejecución en esas bacanales litúrgicas. La fuerza de la costumbre, sostenida por una devoción sensual y desenfrenada, hace que esos actos sean de uso corriente y tengan el carácter de sabroso complemento a la fiesta religiosa. Al otro día, todos despiertan en sus propias camas, como si nada hubiera ocurrido durante la noche; repiten la diversión con más entusiasmo y mayores apetitos alcohólicos que el día anterior; y así siguen días consecutivos, hasta agotar provisiones, resistencia, salud y no poder ya más.
En la importante y extensa provincia de Chayanta, como en toda población de aborígenes, cada indio que valer quiere, está obligado a pasar la fiesta llamada de tabla, porque entre los naturales, quien no se encarga de esa celebración, siquiera por una vez, en el curso de su existencia, es despreciado por los demás y mirado como ser inferior a sus congéneres. Los curas han conseguido inculcar esta idea en el cerebro indígena con sus constantes prédicas y amigables exhortaciones. «Perro es y no gente, repiten con frecuencia y en cualquier circunstancia o acto público, quien no festeja al patrono de su pueblo». Los que han llenado tan onerosa función les apoyan, por egoísmo y deseo de no ser los únicos arruinados por la fiesta.
Finalizados los preparativos, como se tiene dicho, visitan al cura la víspera, llevándole sus derechos que son quince bolivianos, además obsequios de papas, pan, cebollas, trigo pelado y cordero desollado. El cura les da la propina o ttinka, consistente en una botella de alcohol y entrega al alferez el guión de la iglesia. Los indios se retiran borrachos de la casa cural, haciendo algazara y gritando por la plaza y calles, cer, cer con lo que dan a entender que se refieren al cerro de Potosí. Este cerro lo tienen como a su Achachila, aunque terrible para ellos y generoso para los blancos. Los recuerdos del período colonial, no se han borrado de la memoria de los indios.
Después de haberse llevado a cabo la procesión acostumbrada del santo, el cura presta su caballo al alferez, el que montado sobre él recorre por dos veces la plaza, vestido de general o coronel, con el guión en la mano y entre los relinchos y aclamaciones de los curiosos, música de los bailarines y el toque de campanas. Es necesario que caiga de su cabalgadura una o dos veces, para que con los golpes que recibe enardezca más y más el entusiasmo de la concurrencia, que, para mejor hacerlo, comisiona a uno de los suyos para que espante al rocin sacerdotal, con un pollo vivo que le entrega. De trecho en trecho, cuando el ginete no cae, desmonta de su cabalgadura y con los acompañantes se ponen a beber aguardiente y a bailar alrededor del guión. Terminado el paseo ecuestre, se retira borracho y magullado a su estancia, acompañado de sus cofrades. Las mujeres se encuentran obligadas a conducirlo cargado sobre sus espaldas, desde la salida del pueblo hasta su casa, alternándose las cargadoras, momento a momento y a medida que se cansan. Es el único gaje que goza el alferez, en pago de las muchas molestias y gastos que le han proporcionado.
Se denomina preste al individuo que ha manifestado su voluntad para celebrar el aniversario de alguna fiesta religiosa. Para el efecto el interesado, que comúnmente es una mujer obrera o chola, comienza por enviar uno o dos meses antes de la fiesta, tarjetas de recuerdo a las personas que se han comprometido a prestarle su ayuda o cooperación pecuniarias, según la lista formada en su oportunidad. Entre estas, las hay de diversas condiciones; las llamadas de foco, son las que se han encargado de costear cierto número de focos de luz eléctrica, lámparas o ceras, quienes al recibo de la tarjeta, envían la cantidad respectiva de dinero; otras que han anunciado que pagarán la banda de música, ya sea para la víspera o misa, también mandan su cuota las que deben abonar las vísperas, igualmente remiten la suya, la del sermón, el precio que ha de costar, y así cada cual cumple su oferta. Las que mayores sumas erogan entre estas colaboradoras, son las que se han obligado a cancelar al párroco la novena, trecena o quincena que hará rezar a los fieles, ya sea en la mañana o en la noche, por lo que son siempre dos las que se encargan. Estas convienen directamente con el clérigo y avisan a la preste para que asista al acto. En la mañana y durante la misa, se entrega a la preste una cera ardiendo, lo que la llena de satisfacción y orgullo, porque todas las miradas se dirigen a ella y para ella son todas las atenciones.
A las encargadas de esta parte del festival, así como a la que aspira a recibirse de preste y lo ha manifestado, les envían de visita la efigie de un Niño Jesús, en bulto, muy ataviado, con sombrerito y calzados relucientes de plata, traje de raso, adornado con bordado y alamares de oro, bastoncito de este metal, quien permanece en cada una de ellas dos o tres días, pasados los cuales es recogido con igual solemnidad con que se le trajo, habiendo quedado, con su presencia, cerrado el compromiso, con el sello de una imposible retractación.
El día antes de la fiesta se reparten invitaciones para que concurran tanto a las vísperas como a la misa solemne que ha de celebrarse en la mañana siguiente, acompañándolas, para determinadas mujeres, consideradas meritorias y de respeto, bracerillos de plata, vulgarmente calificados de sahumerios, con la mira de que los traigan con carbones encendidos y alimentados con materias aromáticas, a fin de que el humo que hagan, perfume a la santa imagen, en su trayecto, de la casa al templo y en su regreso.
La víspera en la noche, acomódase la preste con su comitiva en el atrio del templo y allí les hace beber ponches y tazas de té con abundante alcohol mientras la música entona aires nacionales, truenan a menudo los cohetes y estallan fuegos artificiales.
A la misa concurre aquélla bien trajeada y adornada de joyas de oro, ocupando en el templo el lugar de preferencia. Terminada la ceremonia, se presenta al público llevando en las manos al Niño Jesús y sigue su camino a la cabeza de su comitiva en medio del humo aromático, que desprenden los bracerillos.
La preste apenas llega a la casa, es objeto de calurosas felicitaciones y enhorabuenas de costumbre. A continuación se destapan botellas y comienza el servicio no interrumpido de copas de licores alcohólicos. A las dos de la tarde, achispados y alegres, pasan a ocupar su asiento, junto a la larga mesa enmantelada limpiamente y cubierta de carnes friambradas, panes, tortas, pasteles, biscochuelos, galletas, pastillas de chocolate, confites y abundantes botellas de vino, pisco, cerveza, y toman las once o lunch, como se estila calificar tan copiosa alimentación. Al final del agazajo, nombran, por votación, a la persona que debe celebrar la fiesta al año entrante, e inmediatamente le colocan delante al Niño Jesús la aclaman y echan con mixtura y le ponen una banda tricolor. En caso de excusa o resistencia para aceptar el nombramiento se busca otra persona. Y, cuando nadie quiere aceptar, suelen traer una gran torta cortada en tajadas, habiendo introducido ocultamente en una de ellas el bastón del Niño y las distribuyen a los asistentes. Quien descubre en su rebanada el bastón, es elegida, ya no, según ellos, por acto humano, sino por el mismo Dios, lo que la hace aceptar el nombramiento sin titubeos, con cierta docilidad, que pone en claro, que el mandato concuerda con su voluntad y gusto. A raíz del hecho y sin dar tregua al entusiasmo y nerviosa agitación que despertara él, se forma la lista de las personas que se prestan a ayudar a la nueva preste con alguno de los gastos o funciones ya enunciadas, lista que se la entregan después de revisada y cuidadosamente enmendada.
Satisfechos los ánimos con la designación de la sucesora, y los estómagos con abundantes alimentos, regocijada la sangre en las venas con las bebidas, abandonan los asistentes la mesa y principia el ruidoso baile, el cual sólo se interrumpe para volver a ocupar de nuevo la mesa a la hora del yantar y ahitos de comidas y licores, regresan después a la sala del baile a continuar con la danza y el bureo hasta horas avanzadas de la noche.
Al día siguiente se presentan nuevamente los invitados del día anterior, ansiosos de comentar los incidentes que hubiesen sucedido en la noche y de repetir el jolgorio a pretexto de curar el cuerpo. Esta frase inventada y religiosamente practicada por los alcohólicos se ha convertido en la memoria popular en artículo de fe, que sirve de disculpa a los que se embriagan días consecutivos. «La mordedura del perro se cura con la lana del mismo animal», dicen estos y continúan desgastando sus fuerzas y sus organismos con tantas libaciones y placeres.
La noche del segundo o tercer día, acompañan a su casa a la nueva preste, llevando siempre al Niño Jesús, que es el encargado de presidir, en todos estos correteos báquicos, donde se reproduce el consumo de licores. De esta manera, en una y otra parte, siguen las gentes del pueblo derrochando su salud y dinero, hasta enfermarse de veras, y sólo entonces se pone punto final al pasado regocijo.
De prestes pasan también los indios, con la diferencia de que los gastos son menores a los realizados por el cholo, o a los que realizan en los alferazgos. La principal fiesta que demanda enormes gastos, es la de la Virgen de Copacabana, y, a quien desempeña la función de preste en aquella, se le tiene en mucha cuenta.
El interés de ser recompensado en alguna forma por la imagen religiosa festejada y la de darse importancia, influyen grandemente en los cholos, más que la devoción o algún ideal místico, el que ocupa lugar muy secundario en su ánimo y miras, para que no se arredren en aceptar y desempeñar tan honrosos cargos, así como impulsan al indio para ello, el deseo de divertirse, embriagarse a sus anchas, y el de satisfacer su pedantesca vanidad. Soy gente, pregona y repite en toda ocasión, el indio que fué alferez o preste, y desde que pasa su fiesta, anda orgulloso y orondo.
Ninguna fiesta ha llegado a adaptarse tanto al carácter de la raza, hasta tomar un aspecto indígena en sus manifestaciones, como el carnaval. Las clases populares, sin exclusión de sexos y edades, la esperan con ansias, se ejercitan con anticipación en las danzas; acopian de antemano provisiones de boca y licores para celebrarla con el mayor entusiasmo posible.
Llegado el domingo de Carnaval, el deseo de gozar se apodera de todos los corazones; una corriente de alegría comienza a hormiguear en los espíritus, aumentando de intensidad, y a medida que avanzan las horas, que se consumen bebidas y se propaga el entusiasmo y la zambra.
En la mayor parte de las ciudades y pueblos, se usa harina de maíz o trigo acondicionada en pequeños cartuchos para arrojarse y empolvarse unos a otros, el rostro, la cabeza y todo el cuerpo. Los indios se echan con flores y confites, con la denominación de chayahua, y se golpean las espaldas con el fruto del membrillo o la lucma, embutidos en unos aparatos colgantes, tejidos de hilos de lana de colores diversos y pintorescos, llamados huichi-huichi.
El domingo, trajeados con sus mejores vestidos entran a bailar sus khachuas a la plaza del pueblo, seguidos de sus mujeres y después de haberse regocijado bastante, se retiran a sus estancias a continuar la diversión los siguientes días del carnaval, quedando en el pueblo, alguna que otra pandilla de indios moradores de las proximidades, que penetran a bailar a la plaza, de tarde en tarde.
En la ciudad de Oruro se singulariza la entrada de carnaval, ingresando a la población el domingo, cada tropa de bailarines, acompañada de un cargamento de camas, y petacas, aseguradas en mulas, cubiertas las cargas de vajilla de plata y enseres nuevos de cocina, y colocado en la cima, un niño, perro y mono. Los organizadores o jefes de cada comparsa, comprometidos a fomentar la borrachera, vienen en traje de camino detrás de las cargas, caballeros sobre bestias bien enjaezadas y en monturas chapeadas con plata, espuelas del mismo metal, cual si vinieran de larga distancia, acompañados de sus mujeres que también visten de viaje. Se dirigen a la plaza, seguidos de comparsas de pintorescos bailarines; de aquí continúan al templo, donde el sacerdote que los espera, recibe algunas ofrendas y les da su bendición. Cumplida esta ceremonia en la que se mezclan íntimamente, lo pagano con lo religioso, se retiran a sus casas a entregarse a la diversión más desenfrenada.
Con todo eso, quieren significar, que durante el año se han fatigado, han trabajado mucho para adquirir aquellos objetos, y que ahora llegan cansados para gozar del fruto de sus esfuerzos; que son portadores de la alegría: viajeros que hacen su parada en la vida para divertirse y, después de agotados sus dineros, volver a la dura labor del trabajo cotidiano.
El domingo de tentación, acostumbraban salir en el día al campo las familias que deseaban rematar la fiesta, y regresaban en la noche formando pandillas de bailarines, al son de bandas de música, cada mujer cubierta con alguna prenda de vestir del varón, de cuyo bracero venía agarrada, y este con las enaguas de su pareja, puestas al cuello, llevando su sombrero en la cabeza. Ambos entraban entonando alegres cantares que finalizaban con el estribillo: a pesar de todo—hoy y mañana—¡viva la nación boliviana!
La mujer casada sólo podía entregar sus enaguas y sombrero a su esposo y la soltera a quien tenía compromisos de amor con ella o era su amante, no eran arbitrarias y sin sentido prácticas semejantes.
Algunas veces, durante el día, no faltaba alguien en el campo que, para amenizar la fiesta hacía de cura y comenzaba a casar a las solteras con los solteros, a las viudas con los viudos, en medio de estrepitosos aplausos, risas y alusiones picantes. Los novios carnavalescos, apenas recibían la zurda bendición del falso clérigo, se hacían deferencias, terminando algunos por cortejar deveras a su supuesta esposa y tratarla con más soltura y confianza. Estos matrimonios en broma, solían convertirse en verdaderos o ser comienzos de concubinatos.
En los pueblos de provincia, los funcionarios indios acostumbran visitar a sus autoridades el martes de carnaval, llevándoles muchos obsequios y en seguida vestir al sub-prefecto y a su esposa, si la tuviera, o alguna otra mujer que le den por pareja, o al corregidor y a su compañera, con trajes indígenas y sacarlos a la plaza a bailar con ellos, en correspondencia a las atenciones y servicios que le han prestado durante el año.
En muchos pueblos se llevan a cabo carreras de caballos el miércoles de ceniza, en las que arrancan sortijas y concluyen la diversión colocando un gallo vivo en reemplazo de la sortija, el que es disputado por los más diestros ginetes, colmándose de aplausos al que a toda carrera de su caballería se lleva consigo el bípedo, y después finalizan el día guerreándose entusiastas con peras y duraznos.
En la generalidad de los pueblos se despide el carnaval la tarde del domingo de tentación, haciendo que un grupo de personas disfrazadas de viejos, encorbados y con inmensas jibas conduzcan guitarras e instrumentos músicos destemplados, botellas vacías y vasijas rotas y se dirigen a las afueras de la población, en medio de un bullicio ensordecedor, gritos, vociferaciones de muchachos y personas alegres, o que exteriorizan su contento a voces y allí, en el sitio de costumbre, descarguen los objetos, templen las guitarras y acompañándolas con los otros instrumentos, hagan oír aires nacionales, y dancen contentos, interrumpiéndose sólo cuando tienen que servirse copas de algún licor embriagador, lo que se repite a menudo. Momentos después resuenan carcajadas frenéticas, crece el clamoreo, los bailes se suceden unos a otros y en el auge de la fiesta asalta a alguno la idea de que este carnaval será tal vez el último que pase, porque presiente su muerte. La idea se propaga. Los ánimos se ponen sombríos porque todos se ponen en el mismo trance: la risa se paraliza en los labios de muchos; se acuerdan de sus sufrimientos; pugnan por salir las lágrimas de los ojos y terminan algunos por llorar.
En las mayores diversiones del indio, del cholo y del mestizo, apenas se marean, nunca faltan los ayes de pesar, arrancados por el recuerdo de su vida miserable o de sus desgracias. En su naturaleza está ese algo tierno, triste, intensamente agriado y lastimado por los hombres y las cosas, que de súbito rompe con el olvido y se abre camino y nublando sus horas de regocijo estalla en sollozos. El Momo indígena es llorón. La mueca del dolor, condensación de honda amargura de siglos de sufrimiento, no desaparece por completo de su rostro risueño por grande que sea su alegría.
La noche del viernes santo, es costumbre hurtar alguna especie o llevarse a la joven con quien se tiene compromisos de amor. Este acto llamado khuespicha, que quiere decir despojo o liberación, es una práctica que los indios la han tenido desde una época inmemorial, y que la han seguido ejecutando después de la conquista española, con la circunstancia de haber buscado para efectuarla la noche del viernes santo, en que suponen muerto a Cristo. Esta combinación de la fiesta pagana del indio con la celebrada por la iglesia a la muerte del Salvador, ha debido ser obra de algún indio hábil que supo encubrir sus verdaderos alcances con preocupaciones cristianas.
El indio cuando algo pierde en aquella noche, ni se molesta ni lo busca, se conforma con lo sucedido: me han khespiado, repite y culpa a su falta de pericia y cuidado el haber sido víctima de otro más listo que él.
Esa noche, sabe ya que deben sustraerle y de antemano se halla en vela, no desprendiendo la vista de sus cosas ni de sus hijas, si las tiene crecidas. Es una lucha entre el propietario y padre con el que intenta arrebatarle furtivamente algo. En esta contienda, vence el más avisado y astuto y pierden los tontos. Al siguiente día, cuando nada le ha sucedido, el indio se alegra y cree haber triunfado de las asechanzas de quienes trataron de hacerle daño entre broma y broma y se ríe del khespiador que marró el golpe.
La chicha es el maíz divinizado, dicen hiperbólicamente los partidarios de este Soma indígena, y a ella le atribuyen el don de atraer la dicha, dar plenitud y vigor a la vida, ahuyentando los pesares. La chicha constituye una ambrosía apetecida y de uso habitual para las clases populares. La ofrecen a sus dioses, hacen parte de su culto, escancian en sus fiestas y sin ella no comprenden cómo se pueda existir en la tierra.
Este licor proviene en la harina de maíz maztizada o amazada y secada al sol, que con el nombre de Mukcu, es elaborada en fábricas especiales denominadas Chacas[35], en las que a fuerza de conocimiento se hace el arrope, que es diluído en depósitos apropiados que contienen de antemano agua tibia y en los que se deja bien tapados para su fermentación.
Alguna vez cuando se desea que la chicha tenga bastante fuerza alcohólica y sea agradable al paladar, se la cierra en cántaros, introduciendo adentro gallinas y palomas peladas, cabezas de corderos y de vaca desolladas, y después de taparlos bien, se entierran los cántaros en el suelo, donde con la fermentación llegan a deshacerse todas esas especies y la chicha a ser tan fuerte que un vaso de ella embriaga. Tal bebida especial se la distingue con el nombre de itila.
Si en estado de fermentación la chicha se enturbia y no puede clarificarse, o como dicen las del oficio, rebota la borra a la superficie, es señal de que morirá la dueña o alguien de su familia.
Cuando el licor se halla en sazón, para consumirlo pretextan los dueños que harán celebrar una misa de salud, o a la Virgen o algún santo de su devoción, bajo cuyos auspicios piensan dar comienzo al consumo. Es imposible que levanten las tapas de los cántaros sin ejecutar antes alguna otra ceremonia religiosa, a falta de misa, ni se sirvan las primeras copas sin ponerles una cruz y exclamar: que se comience en buena hora...
El día de la misa se agregan los que elaboraron la chicha al cortejo de los invitados y en séquito concurren al templo. La dueña del áureo líquido, suele ser una chola robusta de anchas caderas, pechos abultados y rostro simpático, la que se pone a la cabeza de los suyos y risueña los conduce a la iglesia, alguna vez seguida de una pequeña banda de músicos, que tocan alegres aires nacionales y de una partida de muchachos que hacen reventar cohetes. Presiden la comitiva dos cholas jóvenes, elegante y pintorescamente trajeadas, que llevan en las manos, acondicionada en paños limpios, bien almidonados y planchados el busto o cuadro de la Virgen o santo, bajo cuyo patrocinio consumirán la chicha.
Al llegar a la puerta del templo se arrodillan, aparentando un fervor religioso que está muy lejos de sentir sus corazones turbados por las alegrías que le esperan; recitan ligeramente una breve oración y persignándose varias veces franquean el umbral del santo recinto. Las conductoras de la efigie, la colocan sobre el altar y haciendo varias genuflexiones se retiran. Empieza la misa, acompañada con la música traída o con la del órgano del templo, infundiendo en los asistentes cierto pesar que se manifiesta en sus rostros contritos y melancólicos. A la conclusión de la misa, el sacerdote se desprende del altar, pone el manípulo sobre la cabeza de los que le han hecho celebrar y después de expresar algunas breves palabras les da su bendición.
Regresa el séquito a la casa de la patrona de la fiesta, con el mismo bullicio de muchachos, cohetes y música. La propietaria saca un vaso de chicha de la primera tinaja que se abre, y se la presenta arrodillándose a la Virgen o santo, cuya protección invoca, y que tiene su altar improvisado con ramos de flores, cintas de diversos colores y velas encendidas, después de humedecer los labios de la imagen con gotas del líquido, invita a los concurrentes a beberlo ya sin temor ninguno, porque los requisitos que la preocupación popular le exigía han sido cumplidos religiosamente.
Desde ese momento se enarbola en la puerta el pendón, consistente en una banderita de color o un muñeco colgado, que sirve de anuncio para la venta de la chicha. Circulan los vasos llenos del rubio licor; se compran unos, e invitan otros; mientras la música sigue tocando sus aires.
A cierta hora la dueña convida a los asistentes varios platos de picantes, que comúnmente son de cuys, gallinas, o asados con bastante ají molido. Esto no lo hace con el objeto de que les sirva principalmente de alimento, sino que les incite a beber más chicha. El ají es considerado como poderoso excitante.
Todo el que pasa por la puerta es llamado a participar de la fiesta. Se encuentran al servicio del establecimiento, por lo común, algunas jóvenes majas, encargadas de atraer varones, enlabiarlos, dándoles esperanzas de que cederán a sus insinuaciones y galanteos, a fin de que estos paguen los gastos del consumo de la chicha, para corresponderlas.
La chola cochabambina nace, por lo regular, en la chichería, crece, desarrolla y vive para la chichería; sus horas plácidas o tristes se desenvuelven allí y allí, después de una existencia borrascosa entrega su último aliento. «Ella es lanzada al mundo en condiciones de completa indefensión e impreparación para la lucha de la vida», dice un escritor nacional y continúa: «No exige ninguna escuela profesional. Ningún rol útil es abierto por la acción fiscal o municipal para hacer actuar las aptitudes de las mujeres de las clases trabajadoras sobre un plano de independencia, de producción y de dignidad. Las escuelas reciben a las muchachas en su infancia, las enseñan a leer, a rezar, a cantar y a vestirse de encajes y llevar flores para el día de exámenes. En seguida las echan a la calle. Después de ese florido paréntesis de la escuela, la muchacha del hogar obrero, entra de lleno en las rudezas de la vida ordinaria. Aprende a soportar las palizas del padre, toda vez que este se emborracha. Cuando ella misma no hace chicha y sirve de atracción a los parroquianos que al atardecer se recogen en las tabernas, va a buscar chicha en el barrio para que su madre y su padre se embriaguen. La vida es penosa, agria... Solamente las borracheras y el fandango sirven para amenizarla. Llegan los días de fiesta, los carnavales, los días de los santos. Detrás de las caras escuálidas de todos los santos del calendario, la gente adora a Baco, rollizo e inyectado. Baco es dios absoluto y esencial. El Baco nacional difiere mucho del sonriente Dionisio griego, fresco como un efebo, coronado de yedra y con los ojos verdes, brillantes de vida y seducción. Nuestro Baco no ha nacido como el dios griego del racimo de uvas, entre las alegrías de la vendimia y del aire libre. Surge de la taberna, a puerta cerrada, bajo el aire infecto y denso, entre los picantes y fermentos de la chicha. De este modo, el Baco cochabambino, es sucio e hirsuto. Su caballera es grasienta y su nariz colorada y velluda. Y así, en vez de las aladas ménades y bacantes, que rodeaban a Dionisio, nuestro culto a Baco, que es el culto nacional por excelencia, pide el sacrificio de la inocencia, de la limpieza, de la juventud, de la hacendosidad y de todas las virtudes femeninas»[36].
Pero ¡ah! ese culto al dios nacional, ha de ser difícil de arrancar por completo de las costumbres del cholo y del indio. El uso y abuso de la chicha está arraigado fuertemente en los hábitos populares. El procedente de la raza khechua, sobre todo, desespera por esa bebida, y en Cochabamba, rara será la persona que pase el día sin consumir siquiera un vaso de tan preciado líquido. Cuando mucho se les censura, lo hacen ocultamente.
Los moralistas, desde aquel célebre Gobernador Viedma, que apellidaba a la chicha asqueroso brevaje, no cesan de reprobar su consumo; sin embargo, a despecho de sus apasionadas críticas, sigue aumentando su fabricación y expendio de día en día. ¿A qué se debe esto? ¿Será que en la naturaleza humana existe una propensión invencible a buscar el agregado del licor, para enervar las penas o acrecentar las alegrías? Pueda ser que así sea; pero, de lo que no cabe duda es que cada nación, cuando tiene costumbres definidas, posee su licor propio: el alemán la cerveza, el francés el vino y el inglés el whisky. La chicha es el licor nacional de Bolivia, el único llamado a contrarrestar el consumo del alcohol y demás licores destilados, una vez que la elaboración, internación y expendio de estos se encuentra permitido, y de impedir por lo mismo, que el país se sumerja en un mar de alcohol, como teme el citado periodista.
La fiesta de la Invención de la Santa Cruz fué en tiempos pasados una de las más ruidosamente celebradas. Duraba tres días, siendo la noche del tres de mayo grande el entusiasmo y mayor el desenfreno de la muchedumbre. En la ciudad de La Paz, se desenvolvía ella en la región denominada antiguamente Cusisiñapata, altura para alegrarse, y después en Caja del Agua, con cuya denominación se conoce hoy, a donde afluían en las noches, las pandillas de disfrazados, bailando al son de orquestas entusiastas, poseídas de loca alegría, seguidas de un público que no lo estaba menos.
A media noche, en aquel sitio, todos los asistentes parecían atacados de locura colectiva y se entregaban a los excesos de la lubricidad, acicatados por el alcohol, la chicha y al amparo de extraños disfraces, donde femeninas enaguas ocultaban a un apuesto galán y la púdica doncella cubría con elegante frac o levita, la blancura impoluta de su cuerpo; donde frailes o clérigos aparentado el papel de robustas hembras hacían danzar a sus barraganas vestidas de hombres.
Era una fiesta dionisiaca realizada en homenaje a la Cruz. Caballeros, religiosos y plebeyos, en franca promiscuidad, dominados por la misma fiebre de divertirse, embriagarse y satisfacer sus apetitos sensuales, se sentían hermanos en aquellos fugaces momentos y bebían licores, danzaban frenéticos y se entregan a cuantos placeres les brindaba la ocasión propicia.
No era raro que la blanca y pudorosa niña, perteneciente a una casa de abolengo sonoro, se estremeciese amorosa entre los brazos de algún pobre, pero robusto gañan de su servidumbre y que el jefe de ella ofreciese rendido su corazón a su sirvienta, si bien tosca en sus maneras, de carnes frescas y turgentes.
Cuando las sútiles palideces del alba aproximaban por las plateadas cumbres del Illimani las parejas acopladas por la casualidad se separaban y las pandillas cansadas y en medio de las extridentes risas de las mujeres de los roncos gritos de los hombres, volvían a sus casas.[37]
En la ciudad de Potosí se realizaba otra fiesta semejante a la anterior en el fondo, aunque reducido a una clase social y distinta en la forma, denominada Phuna Cancha, también nocturna y consagrada a Baco y a Venus indígenas. «Las criadas y doncellas de labor—dice Brocha Gorda—se escapan atraidas por el imán de lo misterioso y lo desconocido, por el incentivo del peligro a que los inducía el demonio, desplegando a su vista todo un panorama de concupiscencia.
«Allí iban cuantas muchachas lograban tomar la puerta y se perdían generalmente en sus orgías las preciosas flores que hicieron decir a un poeta:
Igual vértigo de lujuria y embriaguez que en la fiesta anterior se apoderaba de los concurrentes a esta última, cesando su furor únicamente con la claridad del nuevo día.
Con la misma o mayor libertad desenfrenada se festejaba la Cruz en las demás poblaciones. Hoy la fiesta ha decaído por completo y de ella no se conserva en algunos pueblos sino la costumbre de dirigirse recíprocamente esa noche frases injuriosas, con el aditamento de Sihuay-sahua. Uno al encontrarse con otro le llama ladrón y en seguida repite, Sihuay-sahua, y todo queda remediado: es una especie de carnaval en que se insultan impunemente.
Esta costumbre de reñir con semejante añadidura, que atenúe y disculpe la ofensa debe ser rezago de tiempos inmemoriales.
En años no muy alejados del tiempo presente el Corpus Christi, se celebraba en todos los pueblos de la República con solemnidades y prácticas singulares. Seis días antes de la fiesta comenzaban los nombrados el año anterior a levantar altares, armándolos en los lugares de costumbre, debiendo ser colocado cada palo con gran algazara de la concurrencia que acudía a prestar su colaboración a los interesados. El altarero desde ese día estaba obligado a proporcionar abundante chicha y licores para el consumo de los operarios e invitados que honraban el acto con su presencia.
Terminada la armazón del altar, el que tenía que ser lo más elevado posible, la forraban interiormente con sábanas y géneros de colores, adornándola en seguida con espejos, plata labrada, flores y cintas, colocando en el centro el sitial donde debía descansar el Santísimo, el día de la procesión.
En la base del altar existía un hueco, donde dormían en las noches los cuidadores y bebían ponches los invitados o compadres del propietario. Era costumbre que durante el tiempo que permaneciese el altar, los dueños debían convidar en las mañanas, mazamorras de harina de maíz que las servían humeantes y haciendo burbujas en los platos, a consecuencia de pequeñas piedras planas y caldeadas que soltaban en ellos, el momento de invitarlas a los visitantes. Este plato de lagrado de los concurrentes, se llama kalapari. Tras él se servían tazas de té y ponches.
El día de Corpus, los altareros y acompañantes, casi siempre se encontraban achispados, y en ese estado asistían a la procesión del Santísimo. Pasada ella, invitaban aquellos fruta, maní, cañas dulces, pastas con el nombre de tagua-taguas, aloja, chicha y aguardiente. Este día era de comer fruta. Las personas amigas se preguntaban en las visitas o en la calle: ¿Está usted invitado a tomar fruta?—No.—En ese caso la esperamos en casa.
La fiesta duraba hasta la octava, día en que, apenas pasaba la nueva procesión del Santísimo, se desataban los altares con igual bullicio y gritos con que se habían formado y después de efectuada la operación, cada concurrente conducía en hombros y bailando a la casa del altarero, algún objeto perteneciente al altar.
En la casa del altarero seguía la fiesta con más entusiasmo días consecutivos, hasta cuando las provisiones se encontrasen próximas a ser consumidas; entonces salían los asistentes con el dueño de la casa, cada cual con un atado a la espalda, en actitud de viajar y se dirigían en alegres pandillas, seguidos por una banda de músicos, fuera de la población a despedir el Corpus, y después de haberse divertido en el campo, regresaban en la noche a sus casas. Sólo desde ese momento cesaba la fiesta.
Los altares los hacían muy elevados con la preocupación de que ellos, cuando muriesen, les servirían de escalas en la otra vida, para subir con más presteza al cielo.
Otra particularidad de la fiesta era la presencia de un personaje llamado la dama de Corpus que era un hombre disfrazado de mujer, que visitaba las casas y andaba por las calles haciendo contorsiones y ridiculizando a las del sexo femenino, provocando la risa y la hilaridad de los presentes. La mayor injuria, que en aquellos tiempos, se podía dirigir a una mujer melindrosa, o de muchos humos y pretensiones, era llamarla dama de Corpus.
San Juan Bautista, suponen que es el santo bajo cuyo amparo se descubren los secretos del porvenir y se obtiene el acrecentamiento de los bienes. Se conmemora su fiesta, encendiendo la víspera en la noche grandes fogatas delante de las casas en honor del santo, para que este no se olvide de sus moradores y haga que su hacienda progrese y sus ganados, si los tienen, se conserven exentos de enfermedades y se multipliquen con profusión.
Los indios queman, a su vez, en el campo, la paja y los arbustos secos de los cerros, produciendo incendios enormes, que suelen abarcar grandes extensiones de terreno. Conceptúan que el fuego, en esta noche, lejos de destruir definitivamente la vegetación y esterilizar el suelo, posee la virtud, concedida por el Santo, de hacerla rebrotar con más lozanía y exuberancia y que los pastos nuevos tengan mayor vigor y fuerza nutritiva. Mantienen la convicción de que el fuego de San Juan, limpia la tierra para que al poco tiempo, se cubra de verde césped y se engalane de fraganciosas flores.
Esa noche, se ilumina el suelo de una luz rojiza y por doquiera se ven levantarse en el campo inmensas columnas de fuego, que hacen pesada la atmósfera por el mucho humo y calor de que se halla impregnada.
Desde la víspera hasta las doce del siguiente día acostumbran las gente echarse indistintamente con agua y bañarse sin reparo alguno. El fuego y el agua son los dos elementos que se ponen en acción durante la fiesta. El agua de San Juan, por más helada que sea y por mucho que haga frío esa noche, no resfría ni produce ninguna enfermedad en el cuerpo del que ha sido empapado.
Rara será la persona del pueblo que ese día no se lave la cabeza y asee su cuerpo con abundante agua. También acostumbran cortarse los cabellos porque dicen, que vuelven a crecer más abundantes, lustrosos y bellos.
La víspera y el día de San Juan, no hay casa donde no se consulte un oráculo o se haga preguntas al destino, derramando en una vasija de agua, estaño (chaantaca) o plomo (malla) derretidos y según la forma en que se enfrían las partículas, preven el porvenir de la persona a la que va dedicado el acto. Si el metal vaciado adquiere la forma de monedas, dicen que tendrá fortuna, si de una espada, que será militar, si de un libro que será abogado o escritor; si en forma de hoyo que morirá; si de un puñal, que será asesinado, si de flores que tendrá dichas, si de dos seres humanos unidos, que se casará, si de hilos enredados, que tendrá pleitos.
Ponen también papelitos escritos y doblados en un cajón o sombrero, con inscripciones afirmativas y negativas de lo que deseen saber, e invocan en seguida la intervención del Santo, después de agitarlos, sacan o dejan uno, que es el que decide la suerte. Asimismo, baten la clara de un huevo y según la espuma que hace presagian sobre lo que debe suceder.
En cualquier forma que se haga, la creencia general, es que esa noche se descubren siempre los arcanos del destino; se sorprenden siempre los verdaderos sentimientos ocultos en el corazón humano. El enamorado, el esposo engañado, el que busca fortuna, el negociante, el agricultor, la joven soltera que desea saber su porvenir, todos los que aquella noche y día han hecho su pregunta a la suerte, sorprenden el camino por donde los guiará el destino o la verdad de lo que ansiaban conocer.
Con agua y fuego celebran a San Juan y éste les corresponde, levantando por un momento el velo que cubre los misterios de lo desconocido.
En los últimos jueves anteriores al carnaval y que se llaman jueves de compadres y de comadres, visitaban los tales a sus protectores en la mañana, llevándoles muchos obsequios, con el nombre de taripacu, cubrían de flores los pisos de las habitaciones del compadre, de los corredores y pasillos, coronándoles a él y su esposa de guirnaldas de frescas y olorosas flores. Estos en correspondencia les hacían beber licores y los agazajaban durante el día.
Generalmente el taripacu, solía efectuarse a las cinco de la mañana, hora en que los compadres se presentaban en la casa del individuo al que trataban de cumplimentarlo, acompañados de músicos y haciendo tronar cohetes.
Esta costumbre, como muchas otras, va camino a la decadencia; pocas veces se ven ya taripacus.
Además de los compadrazgos religiosos, existen otros emanados de las preocupaciones sociales, en los que no intervienen los curas, pero que crean vínculos entre los contrayentes y dan origen a que éstos intimen sus relaciones y se tomen muchas confianzas. Por lo común, este género de compadrazgos, se forman entre jóvenes solteros de ambos sexos, que deseosos de estrecharse más, se valen de ese pretexto, que disimule sus amores ante las miradas de extraños.
En la fiesta de Todos los Santos, acostumbran realizarlos, enviando con la sirvienta, a la niña de su predilección un muñequito de rostro infantil, y de muy coloradas mejillas, bien ataviado, o a la casa de un pariente de aquella para que se lo bautice. La persona que pone el nombre es el compadre de la dueña del muñequillo. También ocurre lo contrario que el galán haga bautizar con la señora de sus pensamientos el muñeco: entonces ésta es la comadre.
En las clases populares se sigue la práctica de que cuando llega el natalicio de un niño o niña, los padres eligen una persona, que la víspera del cumpleaños o el mismo día, le ponga al interesado un rosario en el cuello y al siguiente le lleve a misa y después de hacer que el cura le dé su bendición, de regreso a la casa, le saca el rosario con muchas ceremonias, recomendándole que sea un buen ahijado; le regala algún dinero o especie y desde ese momento lo tienen los padres del niño como a su compadre, y el ahijado lo respeta, más que a su padrino de bautismo, llamándole jarakasiri auqui, o sea padrino de desate.
El primer recorte que se hace a un niño del cabello con que ha nacido, acto que se llama rutu-chico, también crea compadrazgos. El día señalado visten decentemente al niño, lo peinan y distribuyen su cabellera en multitud de trenzas y llegado el momento de la fiesta, cada invitado toma una trenza y la recorta y después deposita una suma de dinero en el plato que se halla junto al niño. Pelada la cabeza de éste, invitan los padres licores y manjares a los concurrentes, y se baila a continuación con gran entusiasmo.
Antiguamente existía otra costumbre que ha desaparecido, denominada sucullu, la que consistía en sacar un niño en su cuna o pañales a la plaza y ponerle allí. «Puesto allí—dice Bertonio—venían los mozos de la casa que traían la sangre de las vicuñas, metida en la panza de éstas, con que el tío o lari untaba la cara del niño cruzándole la nariz de un carrillo a otro, y después repartía la carne de las vicuñas a las madres que habían traído allí su niños, para esta ceremonia, porque de ordinario juntaban para esto todos los niños que habían nacido aquel año y solía hacer esto en acabando de coger sus papas, cuando los cristianos celebramos la fiesta de Corpus christi. Añadían a todo esto el vestir a los niños una camiseta negra, que tenía entretejidos tres hilos colorados, una en el medio y dos a los lados de alto a bajo, y por delante y de atrás. Lo mismo hacían con las niñas de aquel año, solamente se diferenciaban en el nombre porque se llamaban huampaña: y en los hilos colorados que eran muchos y entretejidos no de alto a bajo, sino al derredor, y caían en medio de su urquesillo o bayeta, un poco más abajo de donde se faja las mujeres grandes; aunque las niñas de aquella edad no usan de faja o huakca que llaman.»[39] En este acto se hacía ofrecimiento del niño o niña a la huakca preferida. Esta era una fiesta de familia que creaba vinculaciones.
Otro género de taripacus, lo realizan los indios en días anteriores y posteriores a la Navidad, hasta el Año Nuevo, en que se cambian los funcionarios indígenas, llevando de regalo a sus compadres blancos, al son de música, corderos, hasta un novillo joven, cubierto el cuerpo de monedas y de cintas, y varios productos del país. El agazajado recibe los obsequios y les hace beber abundante aguardiente.
También hacen taripacus a las iglesias introduciendo largas pilas de ceras o espermas, adornadas con cintas de diversos colores, seguidos los del obsequio por una banda de música y haciendo reventar petardos y bombas criollas. El sacerdote los recibe en la puerta del templo, pone en la cabeza del principal y de su familia el manípulo, los hace rociar con agua bendita y después de darles su bendición, manda que todo se entregue al sacristán.
Los indios que deben celebrar la fiesta de Navidad, llamados huaranis, por entregárseles la vara de la autoridad para este objeto, conducen la víspera en la noche, al templo o capilla un arco de madera adornado con cintas multicolores, banderillas, plata labrada y espejos; arco que es colocado delante del altar mayor y al alojamiento o casa del alferez, a la danza, usando instrumentos de cuerda y viento. Cada alferez tiene un grupo o comparsa de bailarines.
Pasada la hora de las doce el día de la Navidad, se reunen las comparsas con objeto de proceder a la lucha a honda. Esta lucha es presidida por el alcalde o jilakata, de quién solicitan permiso los duelistas, que ejecutan el acto al son de música. Sólo pueden tomar parte en la lucha los jóvenes casados.
Se colocan dos indios, guardando una distancia de ocho metros entre sí; uno de ellos le da la espalda al otro y este comienza a propinarle una serie de hondazos, que despiden peras. La misma operación repite a su vez el otro. La destreza consiste en que las peras hagan blanco en el occipital del contrario, y la mayor parte de ellos son diestros hondeadores; de manera que las seis peras que a cada uno le corresponde arrojar a su antagonista, dan en el blanco, cayendo la pera con el choque en menudos pedazos.
El veintisiete concluye la fiesta con la acostumbrada despedida o cacharpaya.
La víspera de Navidad acostumbran fabricar los hijos de los indios y mestizos dedicados a la agricultura, figuras de barro, que representan corderos, toritos, llamas y cerdos, llevándolas al templo, y colocándolas en el altar del niño Jesús. Al siguiente día, después de pasada la misa, es que han recibido aquellas figuras la bendición del párroco, las recogen y acomodan sobre las puertas, en el espacio formado por los aleros con objeto de que el ganado que poseen se conserve incólume o que se acreciente; y si no lo tienen que les conceda Dios el adquirirlos. Suponen que tales figuras tienen la virtud de favorecer las intenciones de sus obreros y en ese sentido no omiten adornarlos de flores en la fiesta que les dedican.
Cuando a la persona que está dormida, se le pone sobre el pecho el zapato correspondiente al pie izquierdo del que ejecuta el acto, revela los secretos que tiene contra éste.
Las personas que se lavan de una misma agua, se aborrecen.
La mano izquierda escuece para recibir dinero y la derecha para pagar.
No hay que consentir que nos rasquen la palma de la mano, porque atraen y se llevan el dinero que debíamos ganar o recibir.
No deben quemarse las prendas de vestir cubiertas de piojos, porque el fuego tiene la particularidad de hacer que aquellos parásitos, se propaguen rápidamente en el cuerpo de la persona a la que pertenecen las especies quemadas.
Las patatas no pueden cocerse en la comida cuando la cocinera ha resuelto retirarse de la casa.
No hay que agitar en la noche tizones encendidos, haciendo círculos en el aire, porque se atrae a los ladrones.
Los que han nacido en el invierno, pueden detener o desvanecer las nubes cargadas de lluvia, con sólo soplarlas desde la tierra con fuerza.
Cuando el perrito faldero se alegra, es para que haya dinero en la casa.
Si al salir fuera de la casa se atraca en el empedrado el bastón, debe regresarse porque algo malo le ocurrirá a quien insista en continuar su camino.
Tropezar con un remolino de viento, es para tener pelea con alguien.
Cae de la boca lo que tratamos de comer cuando alguien se acuerda de nosotros.
Se siente zumbido en el oído derecho para tener noticias malas y calor en las orejas, cuando hablan mal de nosotros.
El bostezo dado inadvertidamente es seña de aburrimiento con el que se está.
No debe pegarse con escoba sino se quiere hacer desgraciada a la persona que sufre los golpes.
El que recoge cosas viejas de los basureros nunca tendrá fortuna.
No se debe barrer la casa tarde o en la noche, porque se ahuyenta la buena suerte.
El que tiene costumbre de defecar en su dormitorio será siempre desgraciado.
El equivocarse en una oración que se sabía bien de memoria es de mal augurio.
La avaricia hace crecer verrugas en las nalgas.
El que toma el sobrante de un líquido, que queda en el vaso, sabe los secretos de quien la ha dejado.
Cuando el hombre sirve platos de comida en la mesa, siguen con hambre los concurrentes. Para que queden satisfechos, es necesario que les distribuya la mujer.
No se debe señalar con el dedo en cuerpo propio el lugar en que recibió otro una herida causada por alguna arma blanca o de fuego, porque puede repetirse en el mismo sitio el hecho.
No hay que mirarse de noche en el espejo porque suele mostrarse el diablo.
Cuando se golpea el rostro, tampoco debe mirarse inmediatamente en el espejo, porque sale el cardenal con mayor fuerza.
El viudo o viuda, son los únicos que pueden limpiar el hollín de las cocinas, porque cuando lo hace un soltero o soltera, se augura que en el matrimonio que realice, nunca conservará con vida a su consorte.
Los cabellos de la mujer comienzan a caer cuando los manosea el hombre.
La mosca penetra en la copa de licor, cuando el que deba servirse tiene que embriagarse.
Quien pasa por debajo de una escalera tendrá algún disgusto doméstico.
Para evitar los brujeríos, aconsejan ponerse las enaguas al revés los días martes y viernes.
La persona que encuentra nueve granos de arvejas en una sola vaina, tendrá buena suerte en lo que se propone hacer.
En el comienzo de una faena o en el estreno de algún objeto, nunca se debe desconfiar de su buen éxito, o decir que durará poco o traerá inconvenientes el objeto estrenado, porque se predice y se atrae el mal sin pensarlo, a lo que llaman arjaña. Al menos rechazan y motiva un disgusto, el pronosticar mal de una persona. Temen que por haberse dicho en mala hora se cumpla el vaticinio. Suponen que en el curso del tiempo hay momentos buenos y malos, que influyen decisivamente sobre el resultado de lo que se desea, dice o hace.