Capítulo III
Supersticiones relacionadas con plantas, animales y objetos.

I.—Empleo de la coca y de la vela; suposiciones sobre la Misa y algo de psicología indígena.—II.—Preocupaciones al edificar las casas.—III.—Referencias al cóndor, al puma, jaguar, zorrino, zorro, arañas, feto de llama, chinchol, reptiles, gato, perro, gallinas y ruiseñor.—IV.—Huakanquis, mullus, illas y la piedra bezoar.—V.—Forma y figuras para causar daños, animales domésticos que lo evitan.—Empleo del hunto y sus diferentes aplicaciones.—Resultado del consumo de las carnes de vizcacha, cóndor, gato, de la sangre de toro y de las comidas saladas.—El buho, la lechuza y las mariposas nocturnas.—VI.—Empleo del tabaco y del cigarro.

I

Las hojas de la coca (Erythroxilon peruvianum), son las que sirven a los hechiceros para efectuar gran parte de sus sortilegios y augures, desempeñando entre los indios el mismo papel que los naipes entre los blancos, en casos semejantes. Por medio de la coca que arrojan sobre un tendido preparado para el objeto, descubren los robos y las cosas reservadas.

El hombre que desea saber las infidencias las acciones ignoradas y aun las intenciones de su esposa o concubina, o estas las de aquél, ocurren al hechicero, quien después de muchos ruegos y dádivas, les da un atado de coca preparado de antemano, para que de cualquier modo pongan en contacto con el cuerpo de la persona, cuyos secretos tratan de sorprender. Realizada la instrucción, devuelven el atado al brujo quien en presencia del interesado o interesados hace ciertas ceremonias y bruscamente sacude el atado, desparramando las hojas de coca por el suelo, y por la situación en que se han colocado ellas, hace sus conjeturas, o da sus respuestas.

Para tener noticias de un ausente, de su salud, o del estado en que se hallan sus negocios, derrama la coca sobre sus vestidos o especies que ha usado, extendidos en el suelo. El requisito exigido por el brujo es que la acción de la coca se efectúe sobre alguna cosa que pertenezca o haya recibido el calor continuo del cuerpo de la persona, materia del brujerío; por cuyo motivo prefieren para ese objeto su ropa vieja, no lavada; porque, creen que encierra muchos secretos y posee la cualidad atribuída de trasmitir al que la ha envejecido, cual conductor eléctrico, y hacerle soportar cuánto bueno y malo se hace en ella, o descubrir al que investiga lo que desea saber. En la ropa, dicen, que se aparta y queda algo del espíritu de quien se la ha puesto, que permanece en comunicación mental y directa con éste, de lo que no se da cuenta el individuo. La vida, según la creencia indígena, se reduce al constante desgaste del ente que anima el cuerpo que va abandonándolo, ya en una u otra forma, ya rápida o lenta, hasta que llega la muerte, que para el indio no es sino el desprendimiento del último resto del ser de una persona, que va a reunirse con las demás partes esparcidas en el espacio, que nunca dejaron de estar en relación, ni desvinculadas las unas de las otras, para volver a reintegrarse en el mismo todo incorpóreo y compacto. A este ser, se llama ajayu, que equivale a la idea del alma.

La coca mascada sirve de amuleto para determinados brujeríos y también se emplea para ofrendarla a los ídolos y huacas. Asimismo, la usan en los viajes como preservativo contra el hambre, la sed y el cansancio; para respirar sin fatiga al subir las cuestas y en las cumbres, de enrarecida atmósfera.

Echando el zumo de la coca con saliva en la palma de la mano, tendiendo los dedos mayores de ella, conforme cae por ellos, predicen y juzgan el suceso que se consulta, si será malo o bueno.

La coca se pone amarga en la boca, cuando tiene que acaecer una desgracia a quien la mastica, a su familia, o salir mal en la comisión que se le encomienda.

Encontrar en un montoncito de coca o entre varios, una hoja doble, es para tener dinero.

Probablemente legada por los españoles, es la costumbre de hacer presagios por la forma de arder de la vela que se enciende, ya sea a la imagen de un santo o para alumbrarse en la noche. Cuando la llama flamea mucho y el pábilo se encorva, sin hacer ceniza y su cebo se chorrea, es señal de mal augurio, y de bueno si arde recta y apacible, cubriéndose el pábilo de ceniza blanca. En ambos casos aconsejan no permitir que se consuma toda la vela, sin quedar un pedazo de cabo en el asiento, a fin de que no se reagrave la desgracia en el primer caso y en el segundo, se produzca un efecto contrario al deseado.

También acomodan en un pequeño plato cubierto de sebo tres mechas y hacen sus presagios por el movimiento de las luces o combinando el flameo de éstas.

La luz de la vela o mecha que está ardiendo se oscurece de un momento a otro sin causal ostensible que la motive, cuando el alma de alguna persona de la casa, que debe morir, se coloca entre la luz y la vista de los espectadores.

La llama flamea a saltos cuando alguno de los presentes tiene que viajar.

No debe permitirse que ardan tres velas, a la vez, en una habitación, porque es de mal agüero. En todo, el número tres es antipático al indio.

El que quiere causar daño, enciende la vela por la parte del asiento y la coloca volcada de abajo para arriba, dedicándosela y haciendo votos porque se verifique en alguien lo que persigue.

Es característico en el indio la idea de que cualquiera cosa usada en sentido contrario al habitual, se convierte en maleficio o amuleto, según las circunstancias. Es así cómo suponen que se puede dañar aún con la misma Misa, a lo que llaman misjayaña, en sentido de aniquilar con la Misa, celebrando con el misal acomodado cabizbajo en un atril y sirviéndose el clérigo el vino en el hueco que tiene el cáliz en su asiento y con los ornamentos puestos al revés.

Su espíritu suspicaz y profundamente pesimista, de todo duda y en todo supone más posible el mal que el bien. Parece que los ojos del indio no tuvieran vista sino para percibir el lado obscuro de las cosas, y su corazón sensibilidad, sólo para sentir las penas. Comprende más presto los proyectos siniestros que los alegres o benéficos. Camina en el mundo lleno de decepciones y poseído de un terrible miedo. En cada paso que da teme encontrarse con un enemigo que le dañe, o con alguien que gratuitamente le perjudique en sus intereses, y en cada acto que ejecuta por propia voluntad espera siempre un resultado desfavorable. La duda y el miedo entraban su libre albedrio, de tal manera que, imposibilitan a que se desenvuelva su ser en toda su plenitud; la duda y el miedo han carcomido las raíces de su voluntad. Debido a ello es que tenga mayor confianza en los consejos del brujo, que en su impulso propio. La fe en lo maravilloso es signo de la debilidad y atraso intelectual de una raza. Se busca al hechicero cuando no se comprende lo que se ha de hacer, ni se cuenta con el valor del esfuerzo propio. Tal sucede en esta raza infeliz. La tristeza de la pobre existencia de sus componentes, se refleja aún en la mustia fisonomía de ellos, en la miserable condición en la que viven, y en su candidez para acatar los sortilegios o hechizos, para dejarse conducir sumisos por quienes se creen dispensadores de lo sobrenatural.

II

Para colocar los cimientos de un edificio los indígenas acostumbran derramar chicha en el hueco abierto con ese fin, enterrando en una esquina un conejo blanco y algunas monedas. Si el que construye es rico, se da el lujo de sepultar una llama tierna. Esta ofrenda denominada cuchu, es el tributo que se paga a la Pacha-Mama, para que tenga duración la casa que se edifica, para que se muestre propicia con los que la habiten, y no se enoje por el atrevimiento que han tenido en cavar la superficie del suelo para los cimientos. Dicen los indios que la capa terrestre es la vestidura de aquella deidad, y el que la rasga, la ofende y lastima con esa herida.

Cuando los muros se encuentran terminados, se fija el día en que se ha de techar la casa, y como este acto lo consideran de suma importancia, se proveen los dueños, con la anticipación debida, de chicha, aguardiente y otros licores, los cuales deben ser abundantes, para que abastezcan a todos los asistentes durante la fiesta proyectada. Llegado el día, concurren los parientes y amigos del propietario, llevando consigo botellas de bebidas alcohólicas. Desde los primeros momentos comienza el consumo de las bebidas, en copas que no cesan de circular de mano en mano; lo que no obsta para que las mujeres se impongan la tarea de formar manojos de paja, que los hombres entusiastas arrojan al techo. A esta ocupación, realizada con grande algazara y gritos, se creen obligados todos los asistentes, causando resentimientos su excusa inmotivada.

Concluída la techa, que debe ser siempre el mismo día en que se dió comienzo, se presentan los compadres del propietario, al son de los golpes de un tambor y de las agudas notas de una flauta, trayendo cruces, botellas de licores y viandas. Las cruces deben estar adornadas con figuras de víboras, colocadas diagonalmente, con objeto de que sirven para proteger la nueva casa de las descargas del rayo. Estos reptiles son tenidos por los indios como dioses tutelares y sus antepasados, los de Tiahuanacu, adoraban una culebra enroscada.

Los indios compadres traen, además, legumbres, cuys y flores, que obsequian a los dueños, a quienes les adornan los sombreros con flores. En seguida, colocan las cruces en la cumbre del nuevo techo, sahumando el interior de la casa con ají, para purificar el aire nocivo y ahuyentar el espíritu malo. Después se entregan a un juego bárbaro, llamado achokalla, el que consiste en hacer corretear a una persona, azotándola con los retazos de cordel de paja o cchahuara, que han sobrado. Este sobrante enovillado, lo arrojan a la tijera más firme, teniendo una punta en la mano y con la otra amarran al dueño y lo suspenden y azotan. Otro tanto hacen con varias personas. Algunos se van con estos cordeles atados al pescuezo, aparentando bailar.

Finalizados tales actos se entregan al jolgorio. Estando embriagados y hartos de comidas, comienzan a bailar, haciendo grandes ruedas en el patio, hasta que terminan por salir a la plaza en rigle, jaleando y zapateando ruidosamente. Esta costumbre de salir a ostentar en público su alegría, la conceptúan indispensable y de buen tono, y cuando la han omitido creen haber verificado la techa de manera triste y desapercibida.

Al día siguiente los que trajeron cruces, van de casa en casa, al rayar el día, con manojos de paja encendida, al son de música y estallidos de cohetes, en busca de los principales concurrentes del día anterior, los hacen levantar de cama y los llevan a la nueva casa, de donde se dirigen al aposento de los dueños, los azotan y hacen que se vistan y les sirven tazas de ponche y continua la borrachera. Los propietarios y asistentes se complacen en recibir los azotes, porque suponen, que en razón de los dolores, estará la duración de la casa. A medio día tiran a la taba haciendo que los perdidos costeen las bebidas. Semejantes diversiones suelen durar muchos días e importar demasiado a los interesados.

La casa nueva se come al propietario si éste se olvida de ofrendar a la Pacha-Mama antes de habitarla. No debe alquilarse una casa por diez años, porque la propiedad ya no vuelve a poder de su dueño.

III

El cóndor, el puma, el jaguar y la llama, eran los totems de los antiguos kollas. Al presente sólo prestan múltiples reverencias a los tres primeros, siendo imposible que los cazen; invocándoles, por el contrario, protección en sus empresas cuando los ven. La llama, ya no es tomada en cuenta por los indios; si bien, en épocas pretéticas adoraban una llama blanca, hoy el animal de este color, sólo lo emplean para ofrecerlo en sacrificio al rayo.

El zorrino (Mephitis suffocans) que es un pariente de la comadreja y que se le conoce con el nombre de añathuya, es tenido por animal completamente de mal agüero, y el que siente el olor fétido que exhala el líquido que expele por sus glándulas situadas cerca del ano, espera, con seguridad que le sobrevendrá alguna desgracia y coincidencias no faltan. Al individuo perseguido por contínuos infortunios y que sale mal en todo, lo suponen orinado por aquel nefasto animal.

El zorro indígena o kamake (Canis Azarae), es considerado comúnmente, como animal funesto, y cuando el indio o mestizo lo ven de improviso, o momento en que están formando algún plan, o al comienzo de algún negocio, escupen rabiosos al suelo, lanzan una dura interjección, le muestran los puños cerrados en amenaza, pero después, se apodera de ellos el desaliento; la desconfianza principia a dominarlos.

La influencia del zorro en las determinaciones de aquellos componentes étnicos es de gran peso, y sólo vuelve la esperanza a sus corazones cuando han logrado matarle, entonces se reaniman, dicen que la felicidad les sonríe, porque la mala suerte se ha cumplido en quien la presagiaba. El historiador Santiváñez refiere, el caso siguiente: «Cuéntase que pocos días antes de la victoria de Ingavi, un zorro que había penetrado en la torre de la iglesia de Calamarca, royendo la correa atada al badajo de una de las campanas, produjo un repique extraño. Alarmado el sacristán con esta novedad, acudió al campanario para averiguar la causa y se encontró con el animal que le había remplazado en su oficio. Salió inmediatamente de la torre dejando cerrada la puerta, y dió aviso a los vecinos, que acudieron armados de palos y mataron al intruso campanero. Terminada la ejecución, uno de los concurrentes que la daba de augur, pues nunca falta augures en las aldeas, tomó la palabra y dijo: «Este zorro representa a Gamarra y su muerte anuncia que este caudillo ha de perecer en el campo de batalla».

«Añádese que los indios que andaban un tanto desalentados con la superioridad del enemigo, cobraron aliento con este augurio y se dirigieron en tropel al cuartel general, a participar del botín de la próxima victoria».[14]

Efectivamente el general Gamarra fué derrotado y murió en el campo de batalla.

Al zorro lo tienen también por muy astuto y antojadizo. Cuentan de él, que una vez, se enamoró de la Luna y con objeto de verla de cerca, logró subir al cielo y la abrazó y besó tanto, que dejó estampadas las manchas que hasta ahora se notan en su brillante faz.

Cuando el zorro se para y fija mucho en una persona, es para que a esta le ocurra una desgracia.

Los que pretenden ser listos y hábiles ladrones, toman la sangre del zorro. También comen su carne, para ganar de las pulmonías.

Por los muchos daños que ese animal causa a los pastores, devorando las crías de corderos, llamas y aun de vacas, lo buscan con ahinco, no excusando medio alguno para capturarlo y darle muerte. Antes acostumbraban sorprenderlo en su madriguera y por medio del humo hacerlo salir afuera y matarlo a palos, o asfixiarlo allí mismo. Como tiene mucha pachorra para andar, suelen enredarle los pies con lihuiñas y matarlo. Otras veces cazan zorros envenenando las carnes para que se las coman y mueran.

Pero tienen mucho cuidado en no perseguir de noche al zorro, porque dicen que este animal es muy querido por el Huasa-Mallcu, quien le hace servir de su perro, y que suele favorecerlo en casos de peligro convirtiendo a todas las piedras y prominencias de terreno en zorros, que rodean a sus perseguidores y los enloquecen.

La mina en la que se cría un zorro irá mal en su explotación.

El zorro es centro de un ciclo de narraciones indígenas, en las que el ingenio y la inventiva de los indios campean a sus anchas. En todas ellas, el zorro sale siempre airoso, merced a la astuta malicia con que procede y a los múltiples recursos que, inagotables, brotan de su solapado y artero ingenio. Ya engaña a la mujer casada durante la ausencia del marido, dándose modos para representar a éste; ya seduce a la oveja más gorda y de vellón coposo y blanco que hay en la majada, y la conduce por riscosos lugares para devorarla a su gusto, y después cuenta a sus compañeras que aquella habita en praderas matizadas de verde y jugoso pasto y duerme en mullido y abrigado lecho; ya engaña a los perros que vigilan el aprisco, con promesas que nunca las cumple. Veces hay en que celebra sus esponsales con la cuidadora del rebaño y cuando ha satisfecho su voracidad la deja burlada. El zorro es temido por el indio, a la vez que en sus veladas es objeto de alusiones divertidas y picantes.

La araña o cusicusi, representa la alegría y cuando la encuentran casualmente, al menos si es blanca, la tienen como buen presagio. Desde los tiempos remotos a la araña se ha empleado como instrumento para las brujerías. «También usan para las suertes de unas arañas grandes, dice Polo de Ondegardo, que las tienen tapadas con unas ollas, y les dan allí de comer, y cuando viene alguno a saber el suceso de lo que ha de hacer, efectúa primero un sacrificio el hechicero y luego destapa la olla y si la araña tiene algún pie encogido ha de ser el suceso malo, y si tiene todos extendidos el suceso será bueno».[15]

Débese a esta preocupación que los indios en la actualidad, apenas notan una araña, lo primero en que se fijan es en los pies para de la situación en que se encuentran deducir sus presagios.

El armadillo o quirquincho, lo emplean para ejercitar sus venganzas, derramando sobre su escamosa concha azufre molido, combinando con los cabellos, o suciedad pertenecientes al individuo que tratan de hacer daño; cuyo rostro y cuerpo, dicen que, desde ese momento, se cubren de granos y aun de escoriaciones.

Poner cara, llaman el volver un lado del rostro de una persona, de blanca o rubia, en color negro, por medio de sapos, que crían con ese objeto y a causa de haber traicionado aquél a sus compromisos de amor.

La bestia se inquieta y se espanta, cuando se aproxima a ella un ladrón, o una persona que tiene que morir pronto, o cuando algún fantasma o espíritu maléfico la persigue, o cuando las piedras, pastos y arbustos se han tornado ante su vista en otros animales.

Al ginete, cuya bestia tropieza o se cae al franquear la puerta de su casa, o en presencia de su rival o enemigo, le irá mal en los negocios que proyecta, o en sus asuntos con aquel.

Los que se ponen en los ojos las legañas del perro, ven almas en las noches oscuras.

El feto del gato atrae la mala suerte en la casa donde se entierra, o produce la enfermedad del dueño de ella.

El feto de la llama, al revés de lo que ocurre con el de gato, atrae riquezas y es mayor su bondad si lo entierran inmediatamente después de sacarlo del vientre de la madre.

El chinchol o pfichitanca (Zonotrichia pileata) pía constante en la cumbre del techo de una casa cuando alguien tiene que llegar; mas, si el momento en que se está formando mentalmente algún proyecto, o se está conviniendo algún negocio, silba o canta estridente, es presagio de que fracasará lo que se piensa o proyecta.

Sorprender peleando dos animales es para tener disgusto o reyerta, particularmente si son canes.

El ser cruzado en el trayecto que se atraviesa por una víbora o culebra, o algún otro reptil, presagia desgracia.

Cuando las golondrinas vuelan junto a la tierra o al agua, rozando con las alas la superficie del agua o del suelo, anuncian fuertes ventarrones.

Cuando los patos se estiran y atesan las plumas con el pico denotan vientos; si se ponen contentos y aletean con frecuencia indican lluvias. También es señal de un próximo aguacero el sentir punzadas en los callos del pie.

Cuando los gallinazos graznan presagian huracanes.

Cuando el gato corretea, anuncia lluvia, si maulla constantemente en el techo, sin querer descender, o tiene frecuentes luchas con otros gatos, es para que fallezca alguien de la casa.

El canto de la gallina es de pésimo augurio, atrae y arraiga la mala suerte. De aquí dimana el conocido dicho «desgraciada la casa en la que canta la gallina», refiriéndose a la familia, en la que domina la mujer al hombre y asume la dirección de ella.

El perro ladra delante de un individuo y quiere embestirle, cuando éste tiene costumbre de robar; siendo imposible que permanezca quieto y callado delante de un ladrón.

El silbido del cuy anuncia la muerte de algún individuo de la casa.

Cuando el ruiseñor o gilguero cantan de noche, presagian que habrá riña al siguiente día.

IV

Se llaman huakanqui, mullo e illa a los fetiches, talismanes y amuletos empleados por los brujos y hechiceros, para hacer aficionar y rendir mujeres y hombres a la voluntad de enamorados corazones; para tener fortuna, para evitar o causar daños, entre los cuales, los más apreciados son los de procedencia callahuaya.

Hay huakanquis, como el conocido con la denominación de huarmi-munachi, o mejor dicho, huarmimpi-munayasiña, que son tan populares que pocos ignoran su aplicación. Este famoso talismán lo venden los Callahuayas y tienen la figura de un hombre y una mujer en acto carnal o abrazados, o la forma de un falo. Los huakanquis los fabrican de huesos, metal o de alabastro blanco, del cual decían que había caído del cielo con el rayo, que era quien engendraba o traía esa piedra a la tierra.

También tienen la calidad de huakanquis las uñas del tigre, los huayrurus, pequeños puños cerrados de hueso, y otros objetos modelados en formas caprichosas, a los cuales les atribuyen la virtud de hacer afortunado a quien los posee.

Mullu, es la piedra o hueso colorado con que hacen gargantillas. Les dan la propiedad de amuletos y también de talismanes. Estos fetiches se confunden con los huakanquis.

Illa, según Bertonio, es cualquier cosa que uno guarda para provisión de su casa, como chuño, maíz, plata, ropa, y aun joyas. Al presente se da este nombre a las monedas antiguas o retiradas de la circulación, que se conservan en las bolsas y monetarios, con objeto de que atraigan dinero y no permitan que esos útiles, estén desprovistos de plata.

Con la misma palabra illa, se designa en aymara la piedra bezoar que se encuentra en los intestinos de la taruka [cervus antisiensis] y aun de las vicuñas y que en kechua se llama kiku, a la que atribuía muchas virtudes, tales como evitar algunas desdichas al que lo llevaba y la de curar ciertas enfermedades. Hablando de las vicuñas, dice el Obispo de La Paz, doctor Antonio de Castro y Castillo: «se estiman por la lana y por las piedras bezoares, que sacan del estómago de ellas donde las crían y muchas veces las despiden ellas mismas, cuando llegan a estar grandes y tienen tal instinto, que sienten el despedirlas y cavando la tierra las entierran y es de notar que cuando las hallan los indios, ya despedidas, enterrándolas en el mismo estiércol, con el calor crecen, se ponen de más maduro y perfecto color, aunque en largo tiempo, y en las partes que hay salitre, no las crían de ninguna manera, porque el salitre las deshace».[16] A las piedras bezoar las conservaban algunos como amuletos y otros los reverenciaban como a Konopas.

El uso de talismanes data desde épocas anteriores a la conquista, y no se ha podido impedir su continuación con las prédicas de los religiosos, ni con el avance de una cultura adelantada. Polo de Ondegardo da los siguientes detalles al respecto: «Es cosa usada en todas partes tener, o traer consigo una manera de hechizos, o nóminas de Demonio, que llaman (Huacanqui) para efecto de alcanzar mujeres, o aficionarlas, o ellas a los varones. Son estos huacanquis hechos de plumas de pájaros, o de otras cosas diferentes, conforme a la invención de cada provincia. También suelen poner en la cama del cómplice, o de la persona que quieren atraer o en ropa, o en otra parte donde les parezca que pueden hacer efecto, estos huacanquis y otros hechizos semejantes hechos de yerbas, de conchas de la mar, o de maíz o de otras cosas diferentes. También las mujeres suelen quebrar sus topos, o espinas con que hacen las mantas o llicllas, creyendo que por esto el varón no tendrá fuerza para juntarse con ellas, o la que tiene se la quitará luego: y hacen otras cosas diferentes para este mismo fin. También los varones y las mujeres hacen otras diferentes supersticiones, o de yerbas o de otras cosas, creyendo que por allí habrá efecto en la generación, o en la esterilidad si la pretenden».[17]

Pertenecen al mismo orden de huakanquis las figuritas talladas, que representan llamitas, zorros o aves, y tienen por objeto desenvolver en los que las llevan consigo, las cualidades que distinguen a esos animales, cuando no preservarles de la desgracia o hacer que vengan riquezas.

Aunque nunca matan propiamente con hechizos, suelen algunos brujos aprovecharse de alguna enfermedad que aqueja a su cliente, como la tisis, para decir que está hechizado, que de noche, durante su sueño, la hechicera, de la que se han valido sus enemigos, tomando la forma de un horrible vampiro, le chupa la sangre del cuerpo; y así cuando muere atribuyen la causa a ese hecho. El remedio que aconsejan para librarse de la brujería, es sobornar al que la realiza o buscar otros brujos de mayor poder, o sino se puede conseguir la sanidad por medio de esos recursos quemar vivo al brujo o hechicera, que han motivado y continúan reagravando el mal.

V

Suponen que formando la imagen de un enemigo de papas o maíz en seguida atravesándola de cierto modo, en alguna parte del cuerpo, con espinas, o deformándola, y conservándola así, se obtiene que el hechizo le atraiga desgracias, o que el miembro señalado en la efigie, sufra una visible alteración, ya resultando en una pantorrilla gruesa y la otra delgada, o ya un brazo gordo y el otro descarnado, o un ojo grande y el otro pequeño, o una oreja larga y la otra encogida, o un órgano corriente y el otro entorpecido, dañado o debilitado en sus funciones normales.

Para que un individuo adquiera el vicio alcohólico, modelan también un muñeco de brea, que se le parezca y poniéndole en una mano una capita de estaño y en la otra una botellita, y envolviéndolo con retazos de hilos de colores, lo arrojan fuera de la población, en paraje silencioso y poco frecuentado.

Un matrimonio o concubinato se disuelve, ocultando en la puerta de calle de la casa donde viven los perseguidos, dos pajarillos ahorcados con hilos retorcidos y colocados con los picos en direcciones opuestas.

Con el mismo objeto, o con el de producir el odio y la separación entre dos personas que se quieren, amarran juntas dos figuras semejantes con cerdas de gato y las entierran con un sapo vivo al lado.

Otras veces atraviesan algún miembro del cuerpo de un sapo o lagarto vivo, y envueltos con los cabellos o lienzo, pertenecientes a la persona que desean causarle mal, lo entierran, de tal suerte, que muera después de haber sufrido por algún tiempo. Con esta brujería creen que la persona aludida tiene que sentir alguna dolencia, en la misma parte del cuerpo, en que el sapo o lagarto está padeciendo y que es segura su muerte, si no se arranca la espina del animal y se le pone en libertad.

También fabrican figuras de barro, yeso o cera, parecidas a la persona enemiga, o pintan la cara de un ratón o gato a su semejanza, y en seguida vistiéndoles con las ropas o géneros de su uso, las cuelgan, para escupirlas, insultarlas y maltratarlas, hasta destruirlas, si son objetos inanimados, o matarlos si son animales. Esta superstición data de una época muy antigua. El P. Cobo la consigna en su obra. «Para que viniese a mal o muriese el que aborrecían», dice: «vestían con su ropa y vestidos alguna estatua que hacían en nombre de aquella persona, y la maldecían colgándola de alto y escupiéndola; y así mismo hacían estatuas pequeñas de cera o de barro o de masa y las ponían en el fuego, para que allí se derritiese la cera, o se endureciere el barro o masa, o hiciese otros efectos que ellos pretendían, creyendo que por este modo quedaban vengados y hacía mal a sus enemigos».[18]

En los casos de robo acostumbran arrojar cuatro reales de plata en una olla que contenga tinta negra, acompañando el acto con una maldición al culpable, a fin de que pague su delito, con el ennegrecimiento de su rostro.

El hunto o cebo de llama, alpaca o vicuña, lo usan como agente principal y de gran eficacia en los brujeríos, ya quemando delante de las huacas y konopas, y según las direcciones y densidades del humo que se ha producido, hacer los vaticinios, ya también, y esto es lo más ordinario, formando del cebo, un muñeco que tenga las apariencias de la persona a la que se desea hacer daño, al cual, lo queman, con la mira de que el alma, inteligencia o voluntad de aquella, se reduzca, según los casos a la nada, o se amengüe por completo, tornándose en amente, en abúlico, o en individuo sin talento ni sentimientos. Cuando la figura representa un individuo, suelen mezclar el cebo con harina de maíz; si es a un blanco con la de trigo.

Con esta grasa, que acomodan junto a los tallos de la paja, ceñida con hilos de colores hacen encantamientos con los caminos, para que, quien haya ido por ellos ya no regrese.

Además, creen que pasando con una ligera capa de hunto a los huakanquis y mullus de hueso, piedra o metal, estos conservan sus virtudes, en las mismas condiciones que al salir de manos del brujo.

Es muy común criar animales domésticos con el objeto principal de que las brujerías hechas por los enemigos, recaigan sobre ellos, sin herir a sus dueños. Proviene de aquí, que toda vez que un animal muere repentinamente, o se encuentra aquejado de una enfermedad desconocida, atribuyan al hechicero que ha fallado en su ataque, haciendo una víctima distinta a la perseguida, merced a la probable intervención de la Pacha-Mama, de algún otro ídolo, o del santo de su devoción, que desvió el terrible efecto del maleficio.

El uso de la carne de viscacha creen que envejece muy pronto, a la persona que la consume; la de cóndor, que da longividad, por lo que la apetecen los indios, sin embargo de su mal gusto. Del gato dicen que tiene siete vidas y con objeto de que esa resistencia vital atribuída, les sea trasmitida, las personas aprensivas, no pierden ocasión de comer su carne. La sangre del toro la beben aún tibia, inmediatamente de degollarlo, con preferencia, la que fluye del pecho, porque están convencidos, de que con ella tendrán el vigor y la fuerza del buey.

A las comidas saladas atribuyen la propiedad de envejecer rápidamente; a las con escasa sal o sin ella la de dilatar la juventud.

El buho y la lechuza son tenidos como pájaros de mal agüero, y según se manifiestan hacen sus presagios. Cuando el estridente canto de cualquiera de los dos, se escucha en la noche, dicen que llama el alma de quien habita por donde pasa. Si alguna de estas aves fatídicas se cierne con sus alas obscuras y suavemente se posa en el techo, por una vez, que sobrevendrá desgracias a sus moradores, o que morirá uno de estos si lo frecuenta o hace por ahí su nido; si cae o tropieza con una persona, que afligirá muy pronto una epidemia a la comarca.

Como se dijo en otra parte, los brujos las domestican o disecan, para hacerlas servir en sus operaciones.

Las mariposas nocturnas son consideradas igualmente de mal agüero por los dueños en cuya morada se presentan. Las llaman alma kkepis, o sea cargadores de almas, y tienden siempre a matarlas, cuando las ven, a fin de que la suerte reservada a las personas sufran estos insectos.

Las bestias domésticas, anuncian la muerte de alguno de sus dueños, espantándose ante su presencia.

A la gallina comedora de huevos se cura de su defecto introduciendo su pico en el fuego o atravesando con una pluma la nariz.

La casa en la que procrean mucho las palomas, domina la mala suerte.

VI

El tabaco ha sido desde la antigüedad, planta muy apreciada por los brujos. Usaban sus hojas en inhalaciones y zahumerios, aspirando el humo por las fosas nasales y la boca y cuando caían en un estado de éxtasis y arrobamiento, hacían sus predicciones o se adormecían, y después de volver en sí, contaban cuanto suponían haber visto en ese estado.

Al presente, usan los laykas, al principio de sus operaciones, y los thaliris, para simular su estado cataléptico.

El tabaco convertido en cigarro se emplea, con objeto de preparar al cliente, o como amuleto, fumando los viernes y martes en la noche. El humo del cigarro en tales noches, destruye o enerva los efectos de cualquier brujerío.

Al supaya conceptúan los laykas gran vicioso a la coca y al cigarro, por cuyo motivo, en sus operaciones piden siempre esas dos cosas al que va a consultarles, para ofrecer a aquél.

El cigarro que se apaga en medio uso, lo tienen de mal agüero y repiten la siguiente estrofa:

Cigarro que se apagó,
no lo vuelvas a encender.
Mujer que te olvidó,
No la vuelvas a querer.

La insistencia en estos casos, creen que trae más males que bienes. «Insistir en el vicio, cuando el destino se opone», dicen, «es buscar su ruina».