I.—Lo que se hace en los barbechos.—Días aciagos, fases de la luna y estaciones.—II.—Ceremonias para sembrar. Prácticas para evitar las heladas y sequías.—Los eclipses y presagios malos.—III.—Formalidades para recoger las cosechas.—La cosecha y desgrane del maíz.—IV.—Ceremonias en la delimitación y toma de posesión de los terrenos.—V.—La cchalla.—VI.—Efectos del cambio de traje en el indio.
El terreno destinado para el cultivo del año, llamado yapu, motiva en el agricultor indígena una constante preocupación, al menos, si nunca o rara vez ha sido sembrado, en cuyo caso lo denomina puruma y khallpa cuando no ha descansado. De la puruma se encariña tanto, que la visita con frecuencia, contemplándola con ansias de enamorado y cifrando en los dones de su fertilidad acumulada todas sus esperanzas y anhelos. Muestra el sitio a sus allegados y poseído de amor filial intenso a su sembradío, les dice, que allí, en su seno privilegiado duermen papas del tamaño de cabezas humanas. Cuando celebra alguna fiesta lo primero que hace es ir al terrazgo querido, ir a su yapu, rociarlo con aguardiente antes de haberse servido, y dirigiéndose a la Pacha-Mama, exclama: ¡Oh tierra! ¡mi verdadera madre! Tu hijo soy y como a tal, concédeme buenos y abundantes frutos: has que tu ubérrimo seno sea pródigo esta vez más, y recompensa los trabajos y desvelos de quién sólo fía en tu inagotable fecundidad.
Cuando está cercano el día de la siembra recoge todas las yerbas que crecen en el labrantío, las amontona y espera que sequen y apenas se hallan en estado, les prende fuego, invocando al hacerlo, puesto de rodillas, la protección de la Pacha-Mama. Según la dirección que da el aire al humo predice sobre el resultado de la próxima cosecha.
El momento en que por primera vez ha de penetrar el arado en el suelo, el indio que debe efectuarlo, se destoca el sombrero, levanta la vista al cielo, pide el favor de sus deidades, y después hinca la reja y rasga la corteza terrestre.
Antes de comenzar las faenas agrícolas, consulta en el almanaque, si el día no está marcado de aciago. En caso de que lo esté, suspende el trabajo hasta mejores días; pero si lo lleva a cabo a pesar de ello, está siempre temeroso de que será mala su cosecha.
En los calendarios de los primeros tiempos de la República, se leían los siguientes párrafos, de los que se guiaban los agricultores y los que no lo eran:
«Memoria de los días crimaterios y malos que tiene el año, con los cuatro Lunes.
«Juicio hecho por un grande Astrólogo de París, que dice que el año tiene treinta y dos días malos, y tanto que las personas, que en tales días cayeron enfermas, tarde o nunca se levantarán; y si se levantasen serán y vivirán con dolores; si en tales días se casan, la mujer no será leal, ni se querrán bien, y siempre vivirán inquietos y pobres. Si en tales días se ausentaran, no volverán con honra, ni negociarán a lo que fueron, y vivirán en grandes peligros de sus personas. En tales días no compren ni vendan, ni hagan tratos y contratos, que así lo prueba su juicio, porque no son buenos para conseguir. Siendo estos treinta y dos días tan malos, hay entre ellos, tres que son adversísimos sobre manera para todos, y en particular para sangrías, heridas y caídas. Tienen peligro de muerte, si en tales días sucede cualquiera de estas cosas, y son el 15 de Marzo, 18 de Agosto y 18 de Septiembre; los lunes son los cuatro siguientes más peligrosos, para tener actos carnales con las mujeres, por la mala generación que en ellos se consigue. El primer lunes de Abril, en el cual se abrazó Sodoma y Gomorra. El primero de Agosto en el cual nació Caín que mató a su hermano Abel. El primero de Septiembre en el cual nació Judas Iscariote, que vendió a Nuestro Señor Jesucristo y el cuarto de Septiembre, en el cual nació Herodes, que mató a los inocentes.
Enero 1, 2, 3, 4, 5, 6, 11, 15 y 20.
Febrero 1, 7 y 8.
Marzo 15, 16 y 20.
Abril 7 y 15.
Mayo 7, 17 y 15.
Junio 6.
Julio 13 y 15.
Agosto 1, 18 y 20.
Septiembre 15 y 18.
Octubre 6.
Noviembre 15 y 17.
Diciembre 6 y 7.»[19]
En los almanaques que circulaban en las provincias en una sola hoja, estaban marcados esos días con una raya negra y con una cruz griega los que eran de doble aciago. Las personas que no los tenían, se prestaban de las poseedoras, para sacar copias. Así ha podido trasmitirse hasta hoy, una vez que los actuales almanaques no contienen ya esas anotaciones.
También siguen en las labranzas las fases de la luna, a la que dan doble nombre, llamándola Pfajjsi, cuando la consideran como satélite de la Tierra y Ati, cuando la tienen como a divinidad. Jayri, es la palabra que emplean para designar la conjunción. Khanauri o huahua-pfajjsi, la luna nueva; Alantiri o hayppu sunaka, la creciente. A la luna llena denominan Urtta pfajjsi. A la menguante en general Khantati sunaka; a la de un día, Huahua iqui misturi pfajjsi; a la de dos o tres días Jaccha jake iqui misturi pfajjsi; y según las horas de la noche dicen, Chica, a la de media noche, Jakoquipata volteada, Jila huallpa aru del primer canto del gallo; Khantati pfajjsi, luna que sale antes del amanecer; Intimpi misturi pfajjsi, que sale con el sol.
Los agricultores prefieren efectuar sus siembras cuando la luna está en cuarto menguante; en la creciente dicen que las plantas se van en ramas y hojas y dan poco fruto.
Las cosechas las hacen en luna nueva o llena, con la idea de que entonces se obtienen frutos grandes y pesados.
Los brujos, tampoco actúan cuando la luna brilla en el firmamento con majestuoso resplendor: esperan que ella se esconda y la obscuridad cubra la tierra, para entregarse a sus operaciones ocultistas.
Para el indio no hay propiamente sino tres estaciones: Jallu-pacha, tiempo lluvioso en que germinan las plantas; Juipfi-pacha, o thaya-pacha, tiempo de heladas y fríos, en el que cosechan y hacen chuño, y lupi-pacha, el estío. A esta última estación le dan también el nombre de Auti-pacha, tiempo seco, dividiéndola en dos períodos: Jaccha-auti, que es por Corpus Christi, hasta dos meses después, y en jiskca auti que comprende los meses de Septiembre y Octubre. Dan la misma denominación de auti-pacha, al tiempo de hambre. Al equinoccio, llama arumampi urumpi chicasiri pacha, es decir, tiempo de igual duración en la noche y en el día.
Cuando la luna nueva se presenta con los cuernos encendidos, color fuego, dicen que el mes será seco y caluroso, si pálidos y planteados, que será lluvioso.
No debe lavarse la ropa sucia en menguante porque se deshila, agujerea o envejece prematuramente.
Los cabellos crecen cuando se lava la cabeza en cuarto creciente.
La madera de los árboles cortados en la creciente se apolilla pronto.
Para que no falte dinero en el bolsillo, hay que mostrar medio real a la luna nueva, apenas sale y se la ve, diciéndole: luna hermosa llena mi bolsa, y conservarlo a todo trance y no gastarlo en el mayor apuro.
Escogen para la siembra, lo mismo que hicieron para roturar el terreno, una fecha que no sea señalada como aciaga, porque de estarlo supónese que la semilla será destruída por los gusanos que ese día, según los campesinos, se hallan en movimiento.
Los días de la siembra se presenta a los toros adornadas las espaldas de enjalmas que contienen monedas antiguas de plata y pequeños espejos, y de frenteras vistosas. En el yugo que une la pareja de aradores, ponen dos banderitas en los extremos y una en el centro. Mientras abren surcos en el terreno arde un montón de boñiga seca, para que con su humo ahuyente los espíritus malos.
Al dar comienzo a la faena claman a sus huacas para que proteja la sementera y aleje la sequía y heladas; vierten chicha en el surco humeante, recién abierto y después arrojan en él, coca mascada. Las jóvenes suelen entonar sus cantares o jayllitas, diciéndolas unas y respondiendo otras, al seguir al labrador que conduce la yunta, derramando a la vez en el surco abono y semilla. Si ese momento cruza por el aire un cóndor o una águila, prorrumpen los concurrentes en un grito de alegría y presagian que la cosecha será buena.
Todo el tiempo de la siembra no dejan de invocar a sus huacas, para que les mande abundantes y sazonados frutos y que las lluvias no escaseen, ni hayan heladas. Los blancos suelen recitar oraciones a los santos con igual objeto.
Terminada la siembra, si la parte labrada es de maíz, colocan en el centro una piedra larga, que se asemeja a una mazorca y que es la Mama Sara, encargada de impedir la presencia de la Mekala y dar una copiosa cosecha; si es de papas u otras raíces, ponen otra piedra empinada con el nombre de kompa, que tiene la misma misión y la de evitar ladrones. El agricultor rara vez o casi nunca se olvida ejecutar tales ceremonias.[20]
Durante el tiempo en que germinan los frutos, el indio vive inquieto y temeroso de que sobrevenga algún mal temporal. En las mañanas contempla la forma en que se posan las nubes en los picos de la cordillera andina; si tienen la de un sombrero, augura que caerá una granizada en la tarde, como en efecto sucede. En las noches se halla examinando el cielo y cuando se convence de que habrán heladas y se suspenderán las lluvias, tal vez cuando más necesiten sus sementeras, se apodera de él un profundo abatimiento. Apela, cuanto antes, a las brujerías: si el mal tiempo es causado por las heladas, adora las estrellas, prende fogatas en las alturas, lleva las plantas averiadas al templo y hace celebrar misas, a la vez, que no cesa de implorar a la Pacha Mama y a sus huacas; si lo motiva, la sequía, rinde fervoroso culto a las lagunas, ríos y represas de agua. Va a las balsas que se forman en las cumbres de los montes, las adora y después trae el agua de allí para rociar alguna parte de sus sembrados, suponiendo que con este acto volverán las lluvias.
En esos días, en que las heladas y el calor abrasan sus sementeras, matan los gérmenes y sepultan en frío sueño, tal vez definitivo las semillas, su atribulado espíritu se entrega por completo a la dirección de los brujos, y cuando éstos, no alcanzan a remediar el mal, duda de que procedan con sinceridad y les atribuye connivencias con sus enemigos; haber sido sobornado por éstos, y en trance tan difícil y desesperado como él se encuentra termina por ejecutar, por su cuenta, actos de hechicería. Toda la comarca se presenta entonces como habitada por una población de alucinados, en espera de algo maravilloso que deba suceder, y en la tensión de ánimo que domina a sus moradores, lo más insignificante que ocurre, les parece señales favorables de sus divinidades o augurios fatales, que empeorarán su aflictiva situación.
En aquellos días viven los desgraciados indígenas, tristes, en constantes sobresaltos, sin apartar la vista de sus sembrados, derramando lágrimas sobre la tierra que ayer humedecieron con su sudor, y que hoy, a medida que aumentan los calores van covirtiéndose en desolados campos. Los yatiris, laykas y thaliris son consultados a menudo, no cesando éstos a su vez de investigar el porvenir, en la coca y en el vientre de los animales que con ese objeto matan, los cuales sean perros, corderos, cuys, o gallinas, deben ser siempre de color negro. Cogen a los sapos y los exponen en rocas áridas, o los encierran en ollas para que viéndose en esa dura situación clamen al cielo por agua; revuelven los hormigueros y obligan a cuanto animal vive bajo de la tierra a que salga fuera. También acostumbran hacer que los niños completamente desnudos suban a los cerros y alturas, llevando velas encendidas y cruces, gritando en coro: Misericordia Señor... Agua por amor de Dios...
Si el mal tiempo persiste y pierden las esperanzas de recoger sus cosechas, los más cierran las puertas de sus casas y tapiandolas con adobes, emigran a las ciudades en busca de trabajo y alimentos; si, por el contrario, mejora el tiempo, la alegría es general: las jóvenes cubren sus sombreros con las primeras flores y entonan cantos; los indios jóvenes tocar, sus kenas y pinquillos, mientras los viejos rodean y agasajan respetuosos al brujo, que ha acertado para que, según ellos, se produzca aquel cambio feliz.
Por lo común mantienen la idea, desde el principio de la cosecha, de que cuando caen aguaceros a principios del mes de agosto, el año agrícola será lluvioso y abundante en productos; cuando no, que será seco y escaso. Además, bajo el nombre de cabañuelas, acostumbran calcular los agricultores la mayor o menor humedad de los meses posteriores a agosto, levantado indistintamente una piedra del campo, durante los primeros siete días de este mes. Si la piedra levantada el primer día tiene humedad, dicen que en septiembre lloverá, si no, que será seco. Al siguiente día que corresponde a octubre hacen el mismo pronóstico, continuando en los días restantes, adjudicados a los meses sucesivos, en igual forma.
Los eclipses son siempre considerados por los indios como presagios de grandes calamidades que, sin duda alguna, tienen que sobrevenir, más o menos tarde sobre el país. Por esta creencia, tan arraigada en ellos, un eclipse los apena tanto, que para conjurar el peligro que les amenaza, ocurren a la intervención de sus hechiceros. El momento en que se realiza el eclipse, sacan al patio platos y utensilios de plata, llenos de agua, levantan el grito al cielo, cual si alguien los maltratara; castigan a los muchachos y a los perros, para que con sus chillidos y ladridos espanten el espíritu malo que trata de devorar a la luna y privarles de ese benéfico astro de la noche. Suponen los indios que sin ese bullicio estrepitoso, la luna no despertaría de su letargo y sería víctima cómoda de aquél.
Las mujeres dan a luz mellizos, cuando el año será estéril y, para conjurar el mal, suelen matar, en secreto una de las criaturas, o enterrarla viva. Este es uno de los pocos casos en que el indio se desprende de un niño, sea su hijo o ageno. En esta raza son muy raras las acusaciones de filicidio, porque las mujeres se muestran incapaces de dar muerte a un hijo suyo, sea que éste provenga de un comercio ilícito o de legítima unión. La razón es obvia: los hijos no constituyen desventaja, en ninguna forma, en las casas indígenas, por las múltiples ocupaciones pastoriles y agrícolas que los hacen necesarios. A los cuatro o cinco años el hijo es, por lo general, el pastor del pequeño rebaño que provee a la familia de la carne para vender o sustentarse, de la lana que ha de servir para su vestido y de la leche para formar quesos. Desde la adolescencia, hasta que llega a la mayoridad, ayuda a sus padres o a los que lo criaron, en la labranza del campo. Un miembro más que sobreviene en la familia indígena, no es una carga para ésta, sino una esperanza de alivio.
No permiten que las mujeres preñadas o que están menstruando pasen por las sementeras, porque temen que al ejecutarlo, absorvan con sus órganos genitales predispuestos para la fecundación o ya fecundados, la virtud productiva de la tierra y que, a causa de ello, resulten escasos y débiles los frutos que se recojan en la cosecha próxima.
Cuando caen rayos, hay que hacer una cruz en el suelo y poner en el centro un huevo para que cesen aquellos.
Para que la granizada se suspenda, se deben aprisionar los granizos y maltratarlos, y cesa la tempestad.
Soplando el humo del incienso a la tempestad, se suspende ésta.
Las polillas corretean en las paredes agitando sus alas para que llueva.
El agua corriente se entibia, para que llueva.
La alegría de los puercos anuncia lluvia.
Los sapos se retiran del río, cuando está próxima a estallar la tempestad, temiendo que la avenida que entre los arrastre lejos.
Los días en que se efectúan las cosechas son de fiesta y alegría para los agricultores. Concurren al lugar, llevando consigo chicha y coca. Al principio de la faena piden a la Pacha-Mama que la cosecha sea buena y abundante. Derraman algunas gotas de aguardiente y tiran algunos pedazos de coca mascada y dan comienzo a su labor. En el escarbe de papas y otros tubérculos, acostumbran formar sobre el mismo campo, pequeños hornos, construídos provisionalmente con terrones y cuando se encuentran caldeados, introducen en su interior papas escogidas y, después de acondicionarlas con moldes de queso o trozos de carne, derrumban el horno encima de esos objetos, para que se cuezan dentro de él.
Después de un rato, más o menos largo, según sea el cálculo que se haga para el conocimiento de aquellas especies, se las extrae y en seguida colocándolas sobre manteles o lienzos extendidos en el suelo, se sientan de cuclillas o se recuestan, en rueda, en su rededor y comienzan a servirse de los productos cocidos, los cuales han sido antes rociados con la sangre de los corderos que degollaron con ese objeto, reinando entre los asistentes la mayor alegría. En cuatro puntos opuestos de la rueda, se sitúan indios que tocan flautas que llevan poritos en la extremidades inferiores y a las que se llama pululus. Tal ceremonia se realiza con el fin de no ahuyentar el alma de los frutos, que debe continuar vivificando ese terreno para que al año próximo, se manifieste más pródigo en sus dones.
Terminada la merienda, arrastran a los dueños sobre cueros por encima del terreno escarbado y concluído el acto, dan vueltas bailando, y, en cierto momento, se paran cuatro de los más caracterizados, con la vista fija al oriente e imprecan la protección del sol. Pasada esta ceremonia, sigue la danza en rueda de los dueños de la cosecha y de sus invitados; beben abundante chicha y licores, retirándose en la noche a sus hogares, completamente embriagados.
En el imperio incaico los labradores tenían una danza especial denominada jaylli. La realizaban llevando hombres y mujeres instrumentos de labranza: «los hombres con sus Tactllas, que son sus arados»—dice el P. Cobo—«y las mujeres con sus Atunas, que son unos instrumentos de palo a manera de azada de carpintero, con que quebrantan los terrenos y allanan la tierra».[21]
En la cosecha de cebada, trigo o de quinua, extienden los cereales en el mismo terreno del que han sido cortados o arrancados y cuando se encuentran secos, la cebada debe servir de alimento a los animales, si la recogen en los depósitos, y si está destinada a dar grano, lo mismo que la quinua, la desgranan a golpes de palo, para lo que se colocan en filas paralelas los indios necesarios, armados de largos palos, ligeramente encorbados, los cuales caen sobre las parvas guiados por la diestra mano de sus tenedores, quienes descargan los golpes con regularidad, produciendo un sonido seco y acompasado. El trigo se siega con la hoz y se trilla en la era, echando las gavillas bajo las patas de los caballos trilladores. La selección del grano se obtiene lanzando al aire paletadas de la mies desgranada, la que con el viento que hace, al caer en el suelo queda separada del polvo y partículas de tallos y hojas machacadas con las pisadas.
En las haciendas acostumbran cosechar el maíz, apartando las mazorcas de la caña y desnudándolas de sus envolturas y recogidas en una manta, que llevan amarrada al pescuezo por dos de sus extremos.
Llenada la manta de mazorcas, se echan a la espalda y la derraman en un montón, que todos los ocupados en esta tarea van formando del total que ha producido el terreno. Las mujeres se dedican a separar las panojas de buen grano de las que tienen menudo o podrido, haciendo otros montones.
Terminada la recolección del producto, miden en costales o grandes canastos, con capacidad para recibir varias cargas, y así se cercioran de la cantidad que se ha cosechado.
Se cuentan cuidadosamente las mazorcas de la primera porción que se ha medido, y con el nombre de muestra, se guardan para que después sirvan, a su vez, de medida para recibir el producto seco y desgranado.
Entregado el maíz a un cuidador, especialmente nombrado, con el título de Camani, lo extiende éste en un canchón apropiado, que se le denomina tendal, donde permanece hasta secar por completo.
Llegando el día designado para el desgrane, se reunen en el tendal los colonos de la hacienda, acompañados de su familia, allegados y ayudantes; cuentan las panojas de la muestra, y las desgranan en algún costal o cajón, el cual después sirve de medida para recibir la cosecha y ver si se halla conforme con la cantidad que se ha entregado al Camani.
Cada colono, formando con los suyos un grupo independiente, coloca en el centro un cuero seco de vaca, pone encima las mazorcas, y hace que el más robusto del círculo, que comúnmente es algún joven, calzado de sandalias de cuero duro o zapatos de grandes tacones, comienza a pisotear las panojas, haciendo que con los repetidos golpes que da, se desprenden los granos y vayan siendo arrojados a los extremos las raspas y los marlos. Vaciados los cueros, vuelven a rellenarlos inmediatamente dos indios ágiles que hacen de repartidores, sin que el zapateo cese hasta que el montón de mazorcas se haya agotado. Las mujeres se encargan de apartar los últimos granos, que no hayan podido ser separados por el contacto de los pies.
El día aquel es convertido por los indios en festivo, durante él beben abundante chicha y comen de lo mejor que tienen en su cosecha; sólo ese día, en homenaje a la Pacha-Mama, que se ha mostrado bondadosa, se permiten guisar sus conejos, gallinas y corderos. Ese día, realmente gozan y se divierten los agricultores, penetra una racha de verdadera alegría en sus corazones.
Las papas grandes, o que tienen distinta forma de las demás y que se llaman llallahuas, así como las panojas de gran tamaño, o compuestas de dos o tres unidas, las tienen cual portadoras de buen agüero y las colocan en sitios de preferencia, con el nombre de tomincos, prestándoles muchas reverencias, como si fueran cosas divinas.
Las clases populares dan mayor importancia a la delimitación y posesión judiciales de sus terrenos que a los títulos de propiedad, razón por la que cuando se realiza alguna de esas diligencias, observan multitud de ceremonias que les den solemnidad y sea lo actuado imperecedero en la memoria de los asistentes.
En los casos de delimitación, deslindes, recorrida de mojones, concurre comúnmente, numeroso público y los indios antes de colocar el mojón, o en el límite reconocido por las partes interesadas, estiran a un niño que tenga vinculaciones con éstos, y le dan de azotes en nalga pelada, encargándole en cada latigazo, que se acuerde y grave en la memoria que en ese punto fué castigado y en seguida ponen la señal. El indiecito, con semejante recomendación, nunca se olvida del lugar ni de lo ocurrido y cuando llega a la vejez, siempre repite: «este es límite de estos terrenos, porque aquí me azotaron», y sus afirmaciones en juicio, son al respecto precisas, llenas de detalles y reunen las condiciones requeridas para una plena prueba, dando a los jueces mucha luz en caso de litigio. En la colocación de cada señal o Achachi, siguen el mismo procedimiento, hasta que, después de concluídas las diligencias se entregan a una franca diversión.
En las posesiones ministradas personalmente por los jueces, las solemnidades y gastos son mayores. El interesado acopia desde días antes, abundantes provisiones de comer y bebidas; llegado el día de la operación, conducen al juez con muchos miramientos al lugar en que debe verificarse el acto, y éste, a su vez, asume un aspecto tan grave y da tanta importancia a su persona, que despierta no vivo interés en los concurrentes. Ordena al actuario o secretario de su juzgado, lea los obrados que sean pertinentes, la solicitud del peticionario, el decreto que le ha cabido: pregunta si las partes y colindantes han sido notificados con ese decreto y si no ha habido oposición al acto; y en seguida, tomando de la mano al interesado le da posesión del terreno, consistiendo ella, en hacerle revolcar en el suelo, mientras los asistentes le arrojan piedras pequeñas, tierra, flores y yerbas. El actuante, aunque algunas veces con contusiones en el cuerpo, se levanta alegre y satisfecho, porque supone que no son los presentes los que le han lastimado, sino el suelo, que al recibirlo como a dueño le ha prodigado duras caricias.
El indio y el cholo, por más que estén en posesión real y efectiva de un terreno, sin ser molestados por nadie, nunca creen ser sus propietarios, sino han aprehendido, o no media una posesión judicial. Esta diligencia es de vital importancia para ellos, y la consideran como la única que pueda realmente dar vida a su derecho y orillar dificultades posteriores; en una palabra, la posesión lo es todo para ellos.
En semejante función, que toma las proporciones de una solemne fiesta de familia, no se arredran ante cualquier gasto ni se detienen en ocultar el placer y orgullo que en hacerlo experimentan.
No habiéndose conocido entre los indios, antes de la conquista, la facultad de adquirir por compra-venta, la propiedad de cosas muebles o inmuebles, también fué por lo mismo, desconocida la práctica de agasajar al vendedor y a los que intervienen en la venta, o sea la práctica del alboroque o robla, la que fué introducida, juntamente con aquella en las costumbres del indio pero éste, lejos de concretar la manifestación a los presentes, la convirtió en una ceremonia para dar gracias a la Pacha-Mama por la adquisición, y en seguida, recién atender a los concurrentes.
El alboroque indígena, conocido con la denominación aymara de cchalla o cchallaña [rocíamiento o rociar], consiste en que el comprador de algún objeto, terreno o casa, en momentos de posesionarse de lo que ya es suyo, invite al vendedor, a los amigos y parientes, a beber copas de aguardiente, festejando la compra y antes de que nadie se sirva, derrama alguna porción de la aguardiente de su copa en el suelo, pidiendo a la Pacha-Mama, que la compra sea con éxito, y se lo consume en seguida el resto. Igual cosa hacen algunos asistentes caracterizados y respetables. Antes de realizar esa invocación y rociar el suelo con aguardiente, es imposible que ninguno beba el contenido de la copa que tiene en la mano.
La cchalla, es repetida con mayor solemnidad, cuando se refiere a la adquisición de fundos, el martes de carnaval, para cuyo día, hacen sus invitaciones y preparativos en más grande escala, debiendo efectuarse la fiesta en el paraje adquirido. Allí después de cubrir de flores, mixturas y confites el suelo y de hacer reventar cohetes, rociarlo de bebidas, se sirven licores, bailan y se embriagan con exceso.
Sin estos requisitos, efectuados con toda pompa y entusiasmo, suponen que la compra no será duradera ni feliz; que la Pacha-Mama, no se mostrará benévola con el nuevo propietario.
Asimismo, hacen extensiva la cchalla a los propietarios que estrenan casas nuevas, quienes efectúan la fiesta, para que aquellas duren o no se rajen las paredes.
El indio que abandona su traje para vestir a la moda de los blancos, se convierte en enemigo de su raza.
El indio no cree que el acto se reduce a una simple alteración del indumento, sino que, en el alma de que lo ha efectuado cambian por completo, desde ese momento, las ideas y sentimientos que abrigaba referentes a su raza, a la vez, que abandona sus ocupaciones habituales. El labrador, dice, desaparece con el vestido. Y, así es. Apenas el aborigen se trajea a la moda europea, huye de las labores agrícolas, desconoce a sus padres, reniega de su raza y se pone frente a ella; obedece las sugestiones de los mestizos y blancos para ultrajarla y perseguir a sus miembros, toda vez, que se le presentan ocasiones de hacerlo. El indio trasfigurado es el peor verdugo de los suyos.
Los padres del niño, que ha experimentado esa mudanza de traje, apenas lo ven vestido a la manera del blanco, se conmueven hondamente aún lloran; pero después se consuelan con la esperanza de que para él ha concluído el porvenir de sufrimientos, de angustias y de melancolía que pesa sobre los naturales, y de que su vida gozará de garantías que ellos no tuvieron.
El campo ya no retiene al indio; la ilusión de vivir mejor y más tranquilo en las ciudades influye para que huya de su casa y cambie de ocupaciones. Los labradores disminuyen visiblemente y aumentan los cholos, que adquieren cualquier profesión o se dedican a cualquier labor que no sea la agricultura. El aborigen cesa de ser labrador apenas cubre sus carnes con telas cortadas y confeccionadas a la usanza de sus opresores, adquiere con prontitud costumbres y maneras exóticas, detestando las suyas; pero su cambio, por muchos que sean sus esfuerzos se reduce a exterioridades, porque en el fondo permanece siempre indígena. ¿Acaso no vemos a diario mostrarse al indio letrado con todos los caracteres de su raza? El hecho mismo de compartir con el mestizo y aplaudir la destrucción de cuanta huella pudiera quedar, en las costumbres populares que le recuerden su origen y a sus progenitores, es propio de su índole presuntuosa, que le hace renegar de su pasado, por temor, sólo por temor, de que lo pudiese avergonzar ante el extranjero, cuando éste, si se preocupa de él es para estudiarlo etnográficamente o para explotar su ignorancia y vanidad. El vestido hace del indio, cholo, y lo aparta del hogar paterno y del cultivo de la tierra, que para sus mayores constituyó la única delicia apetecible en este mundo; y de cholo a titularse caballero, no hay sino un paso, que el indio lo salta con rapidez, cuando es industrioso, económico y aspirante. Muchos descendientes de estos indios metamorfoseados suelen ocupar puestos públicos, ya de jueces, diputados, o de funcionarios administrativos, desempeñando los cargos con acierto, brillo y competencia. El indio posee aptitudes singulares para la abogacía e intriga política, que favorecen sus aspiraciones.
¡Raro destino de una raza, cuya evolución social depende, en gran parte, de la tijera de un sastre!
El que estrena vestido, debe festejarse invitando aguardiente a sus amigos, si quiere, que su ropa dure. Este acto se conoce con el nombre vulgar de remojo y se halla muy generalizado.
El hombre no debe abrigarse con la falda o zagalejo de la mujer, porque se afemina.
La ropa no hay que tratar con torpeza, porque no sabe comer para que tenga resistencia.