Hace cerca de treinta años que perpetró Porfirio Díaz la infame carnicería de Veracruz, en la madrugada del 25 de Junio de 1879.—Ni los veracruzanos, ni los mexicanos en lo general, han podido olvidar esa fecha luctuosa, y ni con sus pretensiones de paternalismo, sus mentiras é hipocresías, ha logrado Porfirio Díaz, cual otro Macbeth, borrar de su mano la sangre y la responsabilidad de ese crimen proditorio, que lo coloca en la historia al lado de Caracalla.
El tan ponderado “gobierno de la paz” de ese paternal verdugo, ha atraído sobre su cabeza el odio y el desdén de los veracruzanos, que lo desprecian con todas las energías de su alma.
Hace dos años publicaron los periódicos noticias de la ejecución de varios presos políticos, perpetrada por Estrada Cabrera, el Presidente de Guatemala. Los periódicos mexicanos se expresaron muy duramente contra Estrada Cabrera, y parecía que gozaban al publicar largos artículos sobre el asunto. Entonces oí de boca de varios mexicanos esta aseveración:—“Los periódicos están acusando hoy á Estrada Cabrera exactamente de los mismos crímenes que ha cometido Porfirio Díaz en mayor escala, no una sola vez, sino continuamente y hasta el momento actual. Esa indignación contra Estrada Cabrera es una denuncia indirecta de la política del General Díaz; pues, como no tenemos libertad de prensa, nos vemos obligados á expresar nuestras opiniones por medio de rodeos.”
Voy á reproducir parte de una carta escrita por una distinguida dama mexicana, en la que se reflejan los sentimientos de sus compatriotas más inteligentes. Hablando de las ejecuciones de Guatemala, dice:
“Ahora, por estar los ánimos tan indignados contra el Presidente de Guatemala y que se compadece tan hondamente á los cuatro valientes que murieron asesinados de una manera tan vil, viene á mi mente, por la analogía que encuentro en ello, el famoso 25 de Junio, de Veracruz, y me pregunto si en México, en aquel entonces, el ejecutor de esa infamia no inspiró la repulsión que ahora inspira Estrada Cabrera; y también me digo, que para este último podría caber la disculpa de la influencia poderosa del ejemplo, que al tratar de tomar de modelo á nuestro cínico autócrata, se deslumbró por el éxito asombroso de los crímenes de éste y pensaría que, al cabo de algunos años, como ha pasado aquí, tendría todos los honores, todo el incienso de una divinidad terrestre, y que imponiéndose por el terror, llegaría, como su vecino, á la apoteosis en vida. Yo insisto que en los males que afligen á Guatemala, tiene su parte de culpa el déspota nuestro.”
En el primer período de Porfirio Díaz, (1876-1880) reinaban en México la intranquilidad y el desafecto. Díaz no había cumplido sus tan pregonadas promesas del plan de Tuxtepec, y, en el fondo, las cosas estaban poniéndose peor de lo que se encontraban antaño. El caso equivalía á saltar de la sartén para caer en el fuego.
El resultado fué una conspiración para derrocar á Díaz y traer la “Restauración” del poder lerdista. Los principales caudillos de esa conspiración fueron el General Escobedo, el General Bonifacio Topete, los Coroneles Lorenzo Fernández, Carlos Fuero, José B. Cueto, y algunos otros jefes.[36]
Esos caudillos conspiraron con poca habilidad y mal éxito.
En los comienzos el gobierno usó de cierta lenidad para con los conspiradores; pero llegó un momento en que creyó necesario castigar y aterrorizar á sus enemigos.
La policía, en virtud de la denuncia que hizo uno de los conspiradores, cateó la casa de Don Felipe Robleda, y encontró, bajo una alfombra, los documentos relativos á la conspiración y la lista de los comprometidos en ella. El General Díaz envió la lista de los conspiradores al Gobernador de Veracruz, Luis Mier y Terán, ordenándole que aprehendiese á los comprendidos en ella. Terán aprehendió á los que estaban á mano, y telegrafió al Presidente anunciándoselo. Porfirio Díaz le contestó de un modo lacónico: “FUSÍLALOS EN CALIENTE”.
En ese telegrama no se ordenaba un juicio previo, ni siquiera una investigación para establecer la culpabilidad; sino que se daba sencillamente la orden de matar en el acto.
Nueve individuos fueron fusilados, á saber: Jaime Rodríguez, el Dr. Ramón Albert Hernández, Antonio P. Ituarte, Francisco Cueto, Luis Alva, Lorenzo Portilla, Vicente Capmany, J. A. Rubalcaba, y Juan Caro.
En el “Juan Panadero”, periódico de Guadalajara, de fecha 13 de Julio de 1879, encuentro un artículo que, á semejanza de nuestros periódicos amarillos, trae los siguientes títulos:
LA BACANAL DE SANGRE. — ASESINATOS COMETIDOS POR TERÁN. — NUEVE ASESINADOS. — OCHO VIUDAS. — TREINTA Y SIETE HUÉRFANOS. — DETALLES HORROROSOS.
En una nota dicen los editores:
“En ella (correspondencia de Veracruz) verán hasta dónde puede llegar el salvajismo de los actuales usurpadores del poder y el odio profundo, el desprecio sin igual con que ven la vida del hombre y las garantías individuales en tratándose de los constitucionalistas. De hoy en adelante Tuxtepecano y asesino serán una misma cosa si Don Porfirio cobija bajo su manto á los verdugos de Veracruz y deja impunes sus atentados.”
Voy á limitarme á extractar del mismo periódico algunos párrafos, para dar idea de cómo fué ejecutada la orden del Presidente Díaz:
Llegados al cuartel, Terán—identificó la persona de Capmany,—y le dijo:
—¿Es Vd. Don Vicente Capmany?
—Sí, contestó el marino con entereza.
—Pues voy á fusilarlo á Vd. de orden del Presidente.
—Se va á cometer un asesinato, contestó Capmany, porque no hay razón para ello, pues no me acusa mi conciencia de ningún delito.
—¡Cállese Vd.! ¡A ver, fusilen á ese hombre! profirió Terán.
—Señor, ¿podré escribir algunas cartas antes de morir? Pido sólo diez minutos.
—¡Fusílenlo en el acto!, rujió Terán, sediento de sangre.
Salió Terán del cuartel del 23 y fué al del 25. Llamó á Rubalcaba y á Caro, oficiales que estaban de guardia, y á Loredo y á Rosello, oficiales del mismo cuerpo, y los llevó al cuartel del 23. Una vez allí, dió orden de fusilar á los cuatro, sin más trámite ni forma de proceso...
El último, mal amarrado, se desató y echó á correr, y la escolta hizo fuego sobre él, matando á un soldado que estaba de imaginaria, é hiriendo á dos más.
La hiena llamó á don Antonio Ituarte, joven de 28 á 30 años.
—¿Es Vd. Don Antonio Ituarte?
—Bien me conoce Vd., respondió impasible la víctima.
—Ya le he dicho á Vd. dos veces que se ausentara de la población, y que á la tercera vez que lo llamara lo fusilaría.
—Es cierto.
—Pues voy á fusilarlo en el acto.
—Está bien.
Marchó Ituarte al suplicio; pero antes se volvió á Terán y le dijo:
—¡Asesino!
Llegó su vez á Cueto.
—¿Es Vd. Don Francisco Cueto?
—Lo sabe Vd. tan bien como yo.
—¡Fusílenlo! prorrumpió Terán.
—Creo, dijo Cueto, que si soy culpable de algún delito, se me debe juzgar antes. ¿De qué se me acusa?
—Está Vd. conspirando.
—En ese caso que se me consigne á un juez, que debe ser el Juez de Distrito.
—Aquí no hay más juez que yo, ni más ley que lo que mando. Fusílenlo.
Llegó su vez á Don Luis Alva.
—¿Me va Vd. á fusilar también, cristiano?—preguntó á Terán, con quien llevaba amistad íntima.
—Y en el acto lo voy á hacer.
—Pero ¿está Vd. loco? ¿No cree Vd. que ha corrido demasiada sangre? ¿Qué culpa tengo yo? ¿Cuál es mi delito?
—¡Silencio!—vociferó Terán.—Vd. conspira y es preciso que muera.
—Supongo que tendrá Vd. las pruebas de lo que dice.
—No necesito más pruebas que mi conciencia.
—Entonces no tiene Vd. prueba alguna, cristiano, porque no tiene conciencia.
Al oir esto, Terán le dió un empellón:
—¡Fusilen á este hombre!—exclamó...
Dijo Terán:
—Es Vd. un lerdista y á éstos nada se les otorga.
—Acuérdese Vd. señor, que los lerdistas le han perdonado la vida cuando lo han aprehendido con las armas en la mano.
—Póngase una mordaza á ese hombre y fusílenlo.
En ese momento llegó al cuartel el Juez de Distrito, Lic. Rafael de Zayas Enríquez, á quien fueron algunos vecinos á despertar, y á rogarle que fuera á ver cómo impedía semejantes asesinatos. El señor Zayas Enríquez corrió al cuartel, medio desnudo, y tuvo un fuerte altercado con Terán, quien le dijo:
—¡Usted tiene la culpa de todo esto!
—¡Yo!—exclamó Zayas estupefacto.
—Sí, Vd., porque en otra vez que le consigné á Capmany y á Portilla no los condenó á presidio.
—Porque yo soy un hombre honrado, señor Terán, que no condeno sin tener pruebas legales; no soy asesino ni esbirro, sino Juez de Distrito; porque yo estoy para cumplir y hacer cumplir las leyes, no para barrenarlas.
—Pues lo hecho se queda hecho.
—Espero que aquí concluya esta bacanal de sangre.
Según sabemos, el señor Zayas impidió que siguiera la matanza, pues parece que Suárez y Galinié debían seguir á los anteriores.
Amaneció el día 25. Un rumor sordo circulaba en la población. Varias señoras, acompañadas de parvadas de niñitos, andaban por las calles, deteniendo á los transeúntes y preguntándoles por sus deudos.
—¿Qué sabe Vd. de Lorenzo?—preguntaba la esposa de Portilla, medio loca, á todo el que hallaba á su paso, sin que nadie se atreviese á darle la triste nueva.
La esposa de Cueto perdió el juicio, y se teme por su vida; la madre de la víctima se hallaba en Orizaba, en agonía.
La población está de duelo; Terán no se atrevía á salir del cuartel. La población entera se hallaba en las calles adyacentes del cuartel, y fué preciso traer un destacamento de la policía, armado con rifles, para contener á la muchedumbre.
Se nos dice que el Lic. Zayas Enríquez, en nombre de la Masonería, pidió el cadáver de Cueto y el de Capmany, ambos hermanos; pero la fiera sanguinaria, no contento con haberles arrancado la vida, se quería cebar en los muertos, y negó los cadáveres, que fueron enterrados en la fosa común, en un lugar ignorado, conducidos en un carretón, acompañados de la policía.
En la actualidad reside en la ciudad de New York un caballero mexicano, Don Rafael de Zayas Enríquez, que se expatrió voluntariamente de México, á causa de las condiciones políticas del país y de las persecuciones de parte de José Ives Limantour, á quien había combatido en discursos públicos y en la prensa. Este caballero, que es abogado, historiógrafo y escritor de gran talento, vino á New York para poder escribir con libertad sobre las condiciones actuales de México.
Después de un año de labor, concluyó un libro intitulado: “Porfirio Díaz”, que es una revista psicológica y filosófica de la vida del Presidente. Es una crítica hábil y sutil, pero no sincera, pues no dice la verdad. Sólo aquí y allá hace una finta hacia ella, como con un florete, pero solamente juega con el arma, como si tuviese temor. Quizás tiene la aprehensión del peligro, y teme que el largo brazo de Porfirio Díaz le alcance traidoramente, aun en esta tierra de libertad.
Es muy probable que sepa lo que pasó hace unos dos años. Entonces apareció en el “World” de New York, un artículo criticando á Porfirio Díaz y á José Ives Limantour, subscribiéndolo “Un Mexicano”. Pocos días después, dos caballeros mexicanos indagaron el nombre del autor de ese artículo anónimo, ofreciendo dinero por el informe, lo que fué rehusado por la administración del “World”, por ser contrario á las prácticas periodísticas americanas. Los referidos caballeros se despidieron disgustados, pero no sin proferir amenazas contra el incógnito autor.
El mismo Señor de Zayas Enríquez era Juez de Distrito de Veracruz cuando la famosa noche del 24 al 25 de Junio. Conoce como nadie todos los detalles del asunto. ¿Por qué no publicó la verdad, en vez de procurar paliar la responsabilidad del Presidente Díaz, cuando sabe que el único responsable fué el mismo Díaz, y no Terán, quien sólo representa el papel de un vil instrumento?
Cuando estos acontecimientos, el gobierno de Díaz se alarmó profundamente ante el horror y la indignación que había provocado ese acto salvaje, y tuvo la impudencia de asegurar oficialmente que los presos habían atacado á los soldados dentro del cuartel, y que éstos, en cumplimiento de sus deberes militares, hicieron fuego sobre sus agresores, matándolos.
En ese período Porfirio Díaz miraba con cierto respeto la opinión pública, y por eso encubrió el crimen con el manto de la calumnia, á fin de salvar á Terán de todo castigo, y para librar su propia frente del estigma de ASESINO.
Para probar lo absurdo de la calumnia, fueron exhumados por el mismo Señor de Zayas Enríquez, los cadáveres de los asesinados, y se evidenció que cada uno de ellos tenía, además de varias heridas en el cuerpo, un agujero en el cráneo, el tiro de gracia, que sólo se da á los ajusticiados. Unicamente en uno faltaba esa herida, y eso fué porque, á causa de otra herida en el corazón, sucumbió instantáneamente la víctima.
Todos los detalles de la exhumación fueron publicados en un libro impreso por los abogados defensores de Mier y Terán, en 1879. El gobierno recogió todos los ejemplares, y probablemente sólo queda uno, el que por fortuna tuve en mis manos.
Sabía Porfirio Díaz que mientras existiese en México uno ó más generales que ambicionasen la presidencia de la República, su dorado ensueño de un poder continuo, con él como arcángel, no podía ser practicable, sino más bien un asunto de los más azarosos.
Como su popularidad había recibido un rudo golpe, con motivo de los asesinatos de Veracruz, y carecía aún del poder suficiente para imponer todas las elecciones en todos los Estados, por medio de las bayonetas de sus soldados, recurrió al método de los cobardes; el de asesinar á sus rivales por medio de “accidentes”, ó valiéndose de algún loco ó fanático que alimentase odios contra la víctima designada, ó simplemente utilizando á un asesino asalariado.
El General Corona era una de las personalidades más populares y atrayentes entre los generales de la guerra de Intervención. Era bravo, inteligente, franco y leal. Durante el primer período del Presidente Díaz fué enviado á España como Ministro de México, y allí, como en todas partes, donde se presentó, llegó á ser el favorito de los españoles. Sin embargo, como ambicionaba la presidencia, encontró un buen pretexto para solicitar su regreso á México en la actitud que respecto á él asumió la Reina de España. El General Corona fué uno de los jefes que contribuyó á la toma de Querétaro, y con tal motivo aparecía indirectamente responsable del fusilamiento del Emperador Maximiliano. La Reina de España era austriaca y pertenecía á la familia de los Habsburgos, y, en una recepción oficial, corrió un desaire al General Corona.
Cuando éste regresó á México, fué nombrado Gobernador del Estado de Jalisco, el más importante de la República por lo que respecta á riqueza y á población.
Resultó Corona un excelente gobernante, y fué el primero que abolió en su Estado el sistema de las “alcabalas” ó de aduanas interiores, que á la sazón existía en el país, de Estado á Estado, y aun de ciudad á ciudad, complicando la administración fiscal y fomentando el contrabando.
Su prestigio, como gobernador y como candidato á la presidencia, crecía de modo tan alarmante que Porfirio Díaz temió por su propia supremacía, y, á fin de conjurar peligro inminente y de aplacar la ambición de Corona, le prometió la presidencia para el próximo período, previendo algún “accidente” que eliminase al rival.
Una noche, cuando el General Corona entraba en el Teatro, acompañado de su esposa y de sus hijos, fué asaltado y muerto á puñaladas por un indio de la clase baja. Huyó rápidamente el asesino, dando vuelta á la primera esquina de la calle, y allí, por una extraña “coincidencia”, le partió el corazón á puñaladas un agente de la policía montada, y recibió también lesiones de parte de un agente de la policía de á pie. Intensifica la peculiaridad de esta “coincidencia” el hecho de que el policía que apuñaleó al asesino, estaba acompañado por un piquete de policías que no pudo haber presenciado el asesinato del General Corona y que, sin embargo obró exactamente como si lo hubiese visto. No trataron de cogerlo vivo, sino de matarlo prontamente, por aquello de que hombre muerto no habla. De propósito se hizo circular el rumor de que el asesino se había suicidado.
Como tan juiciosamente dijo Ignacio Mariscal, refiriéndose al asesinato del General Barillas, ex-presidente de Guatemala, á quien mataron dos muchachos guatemaltecos, en la ciudad de México, el 17 de Abril de 1907, por orden del General Lima, Ministro de la Guerra de Guatemala, “en esta clase de crímenes, por lo difícil que es su comprobación, basta con el fallo de la opinión pública que declara al presidente Cabrera asesino del General Barillas.”
Pues bien, la opinión pública en México señala al General Díaz como el asesino del General Corona, del General García de la Cadena, y del General Martínez.
García de la Cadena fué otro de los generales ambiciosos. Fué bastante temerario para decir la verdad al Presidente Díaz. Comprendió su error cuando era ya demasiado tarde. Estaba vigilado día y noche, pero fingió estar enfermo y no recibía á nadie, y su misma esposa cocinaba y le llevaba los alimentos. Pero, á pesar de todas esas precauciones, no percibieron que la criada que tenían era una espía puesta por Porfirio Díaz. El General García de la Cadena burló al jefe de la policía hasta el punto de que, cuando este digno caballero fué á dar el parte diario al General Díaz, diciéndole que García de la Cadena continuaba enfermo, el Presidente le informó de cuándo y cómo se había escapado, y dónde se le podría encontrar.
En efecto, se había fugado de México, pero había sido aprehendido cerca de Zacatecas, cuando se trasbordaba de un tren á otro, y fué asesinado por una cuadrilla de verdugos asalariados. Esta eliminación fué cargada á la cuenta de los bandidos.
La destrucción del General Martínez se llevó á cabo de un modo idéntico al del caso del General Barillas, ó, para hablar con más propiedad, el asesinato del General Barillas fué la imitación del asunto de Martínez.
El General Barillas era un refugiado político que emigró de Guatemala á causa de su ambición presidencial. En este caso el General Lima fué el instrumento utilizado por el Presidente Cabrera, pues Morales, el asesino de Barillas declaró ante la justicia mexicana que “la orden de matarlo viene de ‘más alto’, del gobierno, y yo tenía miedo de lo que pudiera sucederme en caso de que desobedeciese.”[37].
El General Martínez, á más de ser un soldado y un revolucionario, era doctor en medicina, y había acompañado al General Díaz en la revolución de Tuxtepec. Riñó con el Presidente, y con ese motivo se fué á viajar por Europa. A su regreso se estableció en Nuevo Laredo, Texas, donde se dedicó al ejercicio pacífico de su profesión de médico. Una noche fué llamado ostensiblemente para asistir á un enfermo, y en el camino fué acechado y asesinado por un negro, el que inmediatamente cruzó el río, pasando al territorio mexicano.
En este caso el General Bernardo Reyes fué el General Lima del Presidente Díaz. Un Mayor, llamado L. J. González, organizó la emboscada, y según Demetrio Salazar (yerno del General Pacheco, Ministro é íntimo amigo del Presidente Díaz) el mismo día en que se perpetró el asesinato del General Martínez, el referido Mayor envió un telegrama al General Reyes, Gobernador del Estado de Nuevo León, en el que le decía: “Cumplido su encargo”.
Ambos casos forman un paralelo, con la diferencia de que no se ocuparon en el asunto de Martínez, por ignorarse que el asesinato era de carácter político, mientras que al asesinato de Barillas la prensa de México y la Prensa Asociada le dieron una publicidad universal. Lo secreto de los procedimientos usados por Porfirio Díaz, sólo permite que se vean algunas facetas de su conducta política, y estas de las que le son favorables, y en ello consiste que lo consideren los no iniciados como un gran estadista y benefactor de su país. Cabrera, por lo contrario, á causa de la publicidad de sus actos, es execrado como el moderno Nerón. Pero Cabrera se excusa pretendiendo que no hace más que imitar al General Díaz, para quien sólo tiene la más sincera admiración.
Hace justamente un año que telegrafiaron á México la noticia de que algunos huelguistas de Orizaba, Estado de Veracruz, habían pillado y quemado una tienda; pero que después que las tropas enviadas por el gobierno habían fusilado á algunos de los agresivos obreros, se había restablecido la tranquilidad. Sin embargo, circulaban en la ciudad rumores de haberse cometido actos horrorosos por los soldados, de orden del Presidente. Sólo después de minuciosas investigaciones, pude obtener los detalles de todo el asunto.
La huelga de Orizaba fué de capitalistas y no de obreros. Había entonces unas 92 fábricas de hilados y tejidos en el país, las que pagaban, en junto, más de dos y medio millones de pesos, anualmente, de contribución al gobierno. Los propietarios de las fábricas consideraron excesivas las contribuciones, y resolvieron provocar una huelga, para estar en aptitud bien de cerrar sus fábricas é imponer la ley á los obreros ó bien de aguijonear á los obreros de modo que, desesperados, provocasen una revolución que trajese un nuevo orden de cosas.
Después de los fusilamientos de Orizaba, recibió “El Diario” la visita de un individuo que pretendía ser uno de los caudillos de los obreros, quien quería indagar si estábamos dispuestos á apoyar una conspiración de éstos, pues que “El Diario” había estado de parte de ellos durante la huelga, cuando todos los demás periódicos habían tomado la defensa de los propietarios de las fábricas.
Este individuo reveló un terrible complot, que consistía en destruir por medio del fuego y de la dinamita todas las fábricas que funcionaban en México, si los propietarios no se prestaban á un arreglo razonable, “El Diario” contestó que no quería ni podía fomentar semejante idea; que el periódico tenía por objeto publicar noticias, y no incitar revoluciones ni alentar para la destrucción de la propiedad.
Este incidente demuestra á qué grado de amargura y de desesperación habían llegado aquellos hombres, que ya sugerían actos de perversidad semejante.
La huelga se inició de la siguiente manera: la unión dió la orden á una fábrica de Puebla de parar el trabajo; dicha unión recibía ayuda pecuniaria de los obreros de Orizaba, quienes entonces trabajaban. Los propietarios de la fábrica de Puebla se quejaron á los propietarios de las de Orizaba, y estos caballeros cerraron sus fábricas, cortando de esa manera la fuente de recursos á los obreros de Puebla. Con esta táctica se obligó á la unión de Puebla á capitular, y, una vez conseguido, los propietarios de Orizaba volvieron á abrir sus fábricas.
Pero entonces surgió otra dificultad, pues la unión de Orizaba exigió mejores condiciones antes de volver á los talleres, y como fué negada la pretensión, volvióse á declarar la huelga. Entre tanto los obreros enviaron una comisión al Presidente, solicitando su ayuda y su influencia para llegar á un arreglo satisfactorio. Porfirio Díaz les prometió ayudarlos, y para el efecto, envió una comisión á Orizaba, la que convocó una reunión de obreros, en un teatro, y les ofreció que si volvían á sus talleres, se les otorgaría su demanda.
Aceptaron los huelguistas la condición, y volvieron al trabajo.
A la mañana siguiente, algunas de las mujeres fueron á la tienda de un francés llamado Garcin, quien vendía á crédito á los obreros de las fábricas, vituallas y otros efectos, los que ellos pagaban con los vales que, en vez de dinero, les distribuían los fabricantes. Cuando esas mujeres concurrieron á la tienda, el tal Garcin comenzó á insultarlas, á ellas y á sus familias, con un lenguaje indecente y vil. Las mujeres regresaron á sus hogares y relataron á sus maridos lo que había pasado, estimulándolos á la venganza. Enfurecidos por las humillaciones, el hambre, los sacrificios llevados á cabo por la causa de la huelga, esos hombres encontraron que su copa rebosaba ya de hiel, y su cólera se desbordó contra el individuo que había vertido la última gota que hizo que la copa se desbordara. Se volvieron indómitos, y aguijoneados por las mujeres, que los acusaban de cobardía, atacaron el establecimiento de Garcin, lo saquearon y lo quemaron. La policía no tuvo dificultad para aquietar y dispersar á la turba, y merced á la intervención del Jefe Político, Don Carlos Herrera, que estaba muy bien quisto en Orizaba, los obreros fueron persuadidos á regresar tranquilamente á sus labores.
Todo volvió á quedar tranquilo; los responsables del asalto y del incendio de la tienda fueron aprehendidos.
“El Diario” fué el único periódico que se atrevió á decir la verdad de lo ocurrido, y en un editorial declaró que toda la responsabilidad del motín recaía sobre Garcin. Ese individuo se precipitó á la oficina del “Diario” y tuvo la impudencia de ofrecer $5,000 por que se escribiese otro artículo que lo rehabilitase. Su pretensión fué desechada cortesmente.
La opinión pública estaba en favor de los huelguistas, y todo el mundo creyó que el asunto había terminado definitivamente con la aprehensión de los amotinados. Pero, á pesar de que todo se hallaba en calma, y de que los obreros habían vuelto pacíficamente á las fábricas, el Presidente Díaz, de un modo repentino é inesperado, dió orden al General Rosalino Martínez, Subsecretario de la Guerra, de que bajase á Orizaba con el Coronel Ruiz (ex-bandido y verdugo oficial de Porfirio Díaz) y con unos cuantos cientos de soldados. Téngase en cuenta que todo y todas estaban en la tranquilidad más perfecta, que los obreros no habían vuelto á hacer nada con el objeto de crear nuevos desórdenes.
Y, no obstante esto, los dos verdugos oficiales, el General Rosalino Martínez y el Coronel Ruiz, se dirigieron precipitadamente á Orizaba, y una vez allí, apostaron sus soldados en las fábricas, detrás de las paredes y los pilares, y cuando hombres y mujeres entraban en las diferentes fábricas, para desempeñar sus labores, rompieron los soldados un asesino fuego de fusilería, segando aquella indefensa y desamparada masa humana como si se tratase de perros rabiosos.
El ruido fué espantoso, el tumulto indescriptible, el clamoreo de desesperación de los heridos es superior á toda pluma y á toda palabra humana. Aquello fué un verdadero pandemonium; no el de una batalla, sino el de una cruel, implacable cacería de hombres, á sangre fría; el asesinato de hombres, mujeres y niños, inocentes, desamparados é inermes.
El tronar de los fusiles, el humo, el polvo levantado por las balas perdidas, la sangre que á torrentes corría de las anchas heridas; los cuerpos tendidos y diseminados por todas partes, con las cabezas casi desprendidas, los sesos salpicando paredes y suelo, todo eso constituía un cuadro que enfermaba, que indignaba, y que no tiene ejemplo en la historia de la civilización.
No satisfechos aún, el General Martínez y el Coronel Ruiz ordenaron á sus soldados que completasen la victoria, y continuó la asesina fusilería en las calles y á través de las ventanas de las casas de los obreros que en ellas habían logrado refugiarse, prosiguiéndose en ellas la carnicería sobre inocentes mujeres y niños.
Órdenes complementarias se dieron á los Rurales para que cazaran á los que habían logrado ganar el campo, persiguiéndolos hasta las montañas. Pero los Rurales, á quienes se utiliza para toda clase de empresas escabrosas, se negaron á obedecer la orden de fusilar á hombres y mujeres indefensos.
Rosalino Martínez y el Coronel Ruiz dieron entonces la orden de que fusilaran también á los Rurales.
El número de víctimas ascendió de 650 á 700.
En la noche de ese día horripilante, fueron recogidos los cadáveres de los asesinados, hacinándolos en furgones del ferrocarril, y llevados á Veracruz. El maquinista que debía conducir el tren, era un americano, quien se negó rotundamente á desempeñar semejante comisión, por lo que fué necesario buscar otro menos supersticioso, y más conciliador. En Veracruz fueron lanzados al mar los cadáveres, para que sirviesen de pasto á los tiburones, que tanto abundan en la bahía.
Este fué el rasgo final de la más brutal, de la más cobarde y de la más salvaje de cuantas orgías de sangre se registran en los anales de la humanidad. Aquello fué la saturnal insensata del cuchillo, la libidinosa rabia de un déspota impotente, cobarde, viejo y sádico.