Como fué nuestro destino el viajar por la Península cuando Fernando VII era rey de las Españas y José María (a cuyo solo nombre aun tiemblan allí los viejos y las mujeres) era el amo de Andalucía, nos encontramos en un momento muy propicio para estudiar la filosofía de los bandidos españoles, y nuestras especulaciones se beneficiaron por haber tenido la fortuna de conocer al mismo temible jefe, del cual, como de muchos de sus inteligentes compañeros, sólo podemos contar amabilidades y valiosas informaciones, a las que quedamos profundamente agradecidos.

Históricamente hablando, España nunca ha gozado de buena fama en este asunto de los caminos; en la antigüedad, realmente, no tiene una reputación definida, pero en toda época los extranjeros son los que la han acusado. Los romanos, a quienes no costó gran trabajo invadirla, fueron hostilizados por los guerrilleros indígenas, esas bandas indisciplinadas que sostenían esa lucha de guerrillas que siempre ha hecho Iberia. Molestados por estos tiradores sin disciplina llamaron a todos los españoles que les resistían latrones, como más tarde los invasores franceses, por las mismas razones, los llamaron ladrones o bandidos, por no llevar uniforme, como si el usar un casco impuesto por un general que se dedique al saqueo, pudiera convertir a un pillo en un hombre honrado, o el no llevarlo significara que era un ladrón el noble patriota que defendiera su propia hacienda y su país, sin tener en cuenta que, como dicen los franceses l’habit ne fait pas le moine, y que aunque la mona se vista de seda, mona se queda, replican los españoles.

Los hombres armados han sido siempre la plaga de España, tanto en tiempo de paz como en guerra: el estar en contra de la humanidad parece como que es instintivo en todos los descendientes de Ismael, y, particularmente, en esta rama quijotesca, cuyos caballeros andantes o reformadores a caballo han sido no pocas veces ladrones disfrazados. Durante la guerra contra Buonaparte, la Península hervía en insurrectos, muchos de ellos impulsados de un sentimiento de lealtad a su rey, de indignación por su religión ultrajada y de odio arraigado al gabacho. Buenos servicios prestaron los Minas y Compañía a la causa de su legítimo rey; pero otros utilizaban sus patrióticos oficios como capa para cubrir su instintiva pasión por el saqueo y el libertinaje, y antes de que el país se viera libre de invasores, eran ya un enemigo formidable para todos los partidos. El duque de Wéllington, con su sagacidad característica, vió desde luego, al concluír victoriosamente la lucha, lo difícil que sería arrancar este «fruto nacido de un árbol injerto en patriotismo». De matar a un francés, a saquear a un extranjero, no había más que un paso para estos verdugos patriotas, entre los cuales se contaban todos los descontentos y los que no pudiendo cavar la tierra se avergonzaban de mendigar. El mal disminuyó bastante en los últimos años del reinado de Fernando VII; primeramente, porque murieron muchos de los viejos, y, además, por las mejorías introducidas en la sociedad, que hicieron desaparecer, o poco menos, estas ocupaciones fuera de la ley, del mismo modo que el cultivo del campo ahuyenta a las alimañas. Estos males, que quedan anulados por la tranquilidad interior y los continuos esfuerzos de las autoridades, aumentan en los tiempos de revueltas, los cuales, como la tormenta, hace levantar el vuelo a los petreles, prestan actividad a la parte peor de la sociedad, creando una especie de caquexia civil, como está ocurriendo en Irlanda.

Otra fuente era, por no decir es, Gibraltar, este foco de contrabando y cuna del contrabandista, que es la prima materia del ladrón y el asesino. La absoluta ignorancia financiera de los gobiernos españoles les llama para corregir los errores del ministro de Hacienda: trovata la legge, trovato l’inganno. Los reglamentos fiscales son tan ingeniosamente absurdos, complicados y vejatorios, que el honrado comerciante encuentra molestias y entorpecimientos allí donde el estafador halla mil facilidades. Los excesivos derechos sobre las cosas necesarias a la gente puede compararse, en el caso del tabaco en Andalucía, con lo que ocurre con éste y otros artículos en las costas de Kent y de Sussex; en ambos países el azote del fisco conduce a perturbaciones de orden público, perjuicios al comerciante honrado y pérdida de renta al Tesoro, haciendo al mismo tiempo perezosos, feroces y rateros a campesinos que, con otro sistema más prudente, serían trabajadores y virtuosos. En España el eludir estas leyes se considera como un engaño a quienes tratan de engañar a la gente; los campesinos favorecen con toda su alma al contrabandista, como hacen en Inglaterra con el cazador furtivo. Hay curas montañeses cuyos rebaños son todos de esa casta, que en sus sermones hablan del contrabando como un crimen convencional, no moral, y, como otras personas, decoran las rinconeras de sus casas con una figura de barro pintada del pecador con un traje completo de majo. El mismo contrabandista, lejos de considerarse rebajado, goza de la reputación que corresponde al éxito en las aventuras personales ante un público orgulloso de las proezas individuales: es el héroe del escenario español, y cuando aparece vistiendo todas sus galas y trabuco al brazo cantando la conocida romanza Yo, que soy contrabandista..., causa las delicias de todos los espectadores, desde el Estrecho al Bidasoa, sin exceptuar a los mismos empleados de Aduana.

El prestigio de tales representaciones teatrales, al igual de Los Bandidos, de Schiller, es bastante para que todos los estudiantes de Salamanca deseen echarse al camino. El contrabandista es el Turpin, el Macheath de la realidad y algo semejante a aquellos héroes de las viejas baladas y teatros ingleses, que han desaparecido a causa de los cercados, las comunicaciones rápidas y el empedrado (pues nada más odioso para un salteador de caminos que el gas y las barreras de portazgo) más que por miedo a la cárcel. Los escritos de Smollet y los relatos de los peligros corridos por muchos que aun viven en Hounslow Heath y Finchley Common, pintan costumbres que hace poco han desaparecido de entre nosotros y que en España se han modificado más recientemente aún. El verdadero contrabandista es bien recibido en todos los pueblos; es como el noticiero y el medio de entenderse unos con otros: lleva té y charla para el cura, cigarros y dinero para el juez, cintas e hilos para las mujeres; va vestido espléndidamente, lo cual es siempre un atractivo para los ojos moroiberos; es valiente y resuelto—«nadie más que el bravo merece la hermosa»—; buen jinete y tirador; conoce palmo a palmo los rincones del país, tanto los bosques como los ríos, los montes como las llanuras; en una palabra, está admirablemente educado para andar por los caminos, para hacer la vida que Froissart llamaba, hablando del celebrado Amerigot Tetenoire, «hermosa y santa», y para él no es mucho más difícil quitarle la bolsa a un individuo en medio de la carretera que robar las rentas del rey.

Muchas son las circunstancias que concurren a hacer popular esta profesión entre las clases bajas. El atractivo del poder, la demostración de osadía y valor, la idea de llegar a hacerse rico fácilmente, tan sugestiva siempre para las naciones medio civilizadas, que prefieren exponer su vida una hora para obtener alguna ganancia que trabajar penosamente durante años; el aparato, el lujo, las canciones, las francachelas, las sonrisas de las bellas y todo el encanto de la vida de libertad y de camaradería son cosas que tienen un encanto irresistible para los pueblos enérgicos, luchadores y de rica imaginación.

El contrabando fué el origen de la profesión de José María, que llegó a los más altos puestos en ella, ni más ni menos que «Napoléon le Grand» y «Jonathan Wild the Great» en las suyas respectivas, y, principalmente, como dice Fielding de su héroe, por su capacidad para el mal y por creer que la honradez es una corrupción de honosty, las cualidades de un asno (ονος). Pero es un gran error creer que hay siempre hombres capaces de ser capitanes de una cuadrilla formidable: la naturaleza no es pródiga en la producción de tales ejemplares de peligrosa grandeza. Y así como pueden pasar siglos antes de que caiga sobre el mundo el azote de otro Alarico, Buonaparte o Wild, también pueden pasar años antes de que España tenga otro José María.

El ladrón en grande es un aristócrata de primer orden en su clase: es el capitán de una cuadrilla metódicamente organizada, de ocho o catorce hombres, bien armados y montados en buenos caballos, que le siguen y obedecen sin discutir. El mando y la disciplina son formidables, y como son fuertes y rara vez atacan si no están seguros de su superioridad, y con emboscada y por sorpresa, cuando tienen todo en su favor, es inútil generalmente la resistencia, que sólo conduce a resultados fatales. Nunca se debe, por salvar un maletín, correr el riesgo de ser enviado al Erebo; por lo tanto, lo mejor es someterse desde luego y de buen talante a la intimación, que no admite negativa, de abajo, boca a tierra. Los que puedan disponer de una veintena de duros, cuya pérdida no arruina a nadie, rara vez serán maltratados; la entrega franca y de buen grado previene los malos tratos y hasta asegura ciertas consideraciones durante la desagradable operación; porque, después de todo, como solía decir míster Cribb, las pistolas y los sables son poca defensa comparados con las buenas palabras. El español, por naturaleza bien educado y caballero, responde siempre al llamamiento de cualidades que él cree son el orgullo de su nación; respeta la sangre fría, con la cual los valientes, aun cuando sean bandidos, siempre simpatizan. ¿Y por qué un hombre ha de perder su presencia de ánimo y quizá la vida a causa de unos cuantos duros? Estas grandes figuras del bandidaje no dejan de tener cierta magnanimidad, como sabía perfectamente Cervantes; prueba de ello, su pintura de Roque Guinart, cuya conducta con sus víctimas y su proceder con sus camaradas cuadra perfectamente, como sabemos con certeza, con la observada por José María, y era completamente análogo a los mismos rasgos de carácter del bandido italiano Ghino de Tacco, inmortalizado por Dante, así como los de nuestro Robin Hood y los guardabosques de Diana. Como eran fuertes podían permitirse el lujo de ser generosos y compasivos.

No obstante estas seguridades morales, y aun cuando sólo sea para una mayor seguridad, un inglés, cuando viaje por comarcas expuestas, hará bien en llevar una provisión decente de duros que llenen una buena bolsa, que pese bien en la mano, y que es la suma aproximada que el bandido español piensa que un natural de nuestro proverbialmente rico país debe llevar consigo en sus viajes.

Es admirable la facilidad que tienen para calcular por el equipaje y el aspecto del individuo el dinero que puede llevar encima el que viaja. Si la suma no es tan crecida como suponen, se ofenden grandemente, al verse robados de los gajes regulares a que se consideran con derecho, según tradicionales costumbres de los caminos. A la persona que va completamente sin dinero se hace, generalmente, en ella un buen escarmiento, pour encourager les autres, dándole una buena paliza o dejándole completamente en cueros, según la antigua costumbre de los ladrones de Jericó. El viajero tiene que llevar algún reloj; uno con una brillante cadena dorada y colgantes es lo más indicado; y no llevarlo, le expone a más indignidades que la bolsa vacía, porque el dinero puede haberlo gastado, pero la ausencia del reloj supone la intención premeditada de que no se lo roben, y esto es para el ladrón la más injustificable tentativa para defraudarle de sus derechos.

Los ladrones españoles van armados por lo general con un trabuco que cuelgan del arzón de la silla, de perilla muy alta, que lleva una cubierta de lana azul o blanca, como un símbolo de su deseo de esquilar al prójimo. Quizá se haya concedido la orden del Toisón de Oro a algunos extranjeros como recompensa a haber aliviado a España del peso de su independencia y de algunos Murillos. El traje que usan la mayoría de ellos es muy rico y de lo más fantástico que puede imaginarse; por la indumentaria son la envidia y el modelo de las clases bajas, que van ataviadas a la moda de los contrabandistas o de los toreros; en una palabra, como el majo o elegante de Andalucía, región que es la cuna y asiento de todo el que aspira a ejercer alguna de las profesiones indicadas. La segunda clase de bandidos—omitiendo otras menos importantes, como los salteadores, que se reúnen en grupos de tres o cuatro para acometer de improviso al viajero desprevenido—son los rateros. No están especialmente instruídos en la profesión, ni organizados de modo regular, sino que aprovechan las ocasiones que se les presentan para dar un golpe; y como la ocasión hace al ladrón, después de haber realizado alguna ratería vuelven tranquilamente a la ocupación u oficio que antes ejercieran.

El raterillo es un salteador en pequeño que nunca ataca más que al individuo que va solo y sin defensa, y el cual, después de todo, si le roban, debe culparse a sí propio, pues no se debe nunca hacer caer a un español en la tentación de realizar una hazaña de esta clase. El pastor que guarda un rebaño, el labrador que va arando la tierra, el viñador en su viña, todos llevan su escopeta, al parecer para protegerse a sí mismos, la cual les proporciona medios sobrados de ataque contra los que no llevan más defensa que sus piernas y su buena fe. Estos ladronzuelos de ocasión son extremadamente corteses con los viajeros que van armados y apercibidos: les saludan quitándose el sombrero con mucho respeto y los obsequian con un «Buenos días tenga su merced», o «Vaya usted con Dios», tan sencillo e inocente como podría oírse en una bucólica, en un bailable de ópera o en cualquier otra exacta representación de la vida rural. Estos rateros son despreciados profundamente por los ladrones de alta categoría, como ocurría con los políticos de su clase antes de que los partidos fuesen traicionados por los tránsfugas que, con colas o sin ellas, desertaban al campo enemigo. El ladrón en grande desprecia a su vil competidor de igual manera que un doctor en Medicina y miembro del Colegio de médicos desprecia a un curandero que se atreve a cobrar honorarios y a matar sin licencia. Aun cuando despreciables, estos rateros son muy peligrosos, pues, careciendo de la nobleza de sentimientos que llevan consigo el poder y la fuerza, tienen la cobardía y la crueldad de los débiles, y de aquí que muchas veces asesinan a sus víctimas, porque los muertos no hablan.

La diferencia entre estos bribones de alta y baja estofa se puede comprender mejor comparando al Napoleón de la guerra con el Napoleón de la paz. El Corso era el ladrón en grande: guerreó con la Humanidad, permitió a sus secuaces el pillaje y el saqueo, haciendo la cueva y el almacén de todos los bienes del continente; pero lo hizo abierta y valerosamente, ganándolo con su brazo y con su espada, y el valor y la audacia son cualidades demasiado bellas y raras para no inspirar admiración, siquiera en algunas ocasiones no está bien aplicada. Luis Felipe es un ratero que, escondiendo sus intenciones con el disfraz de la amistad y la buena fe, trabaja callada y astutamente para conseguir sus avarientos y ambiciosos fines, y valiéndose de malas artes, mientras besa a la reina, la saca del bolsillo una corona.

Conviene hacer constar, para los efectos de la Historia, que en la época en que España estaba, o se decía que estaba, plagada de rateros y bandidos, había, como es natural, remedio para ello, pues, según dicen los españoles, todo tiene arreglo menos la muerte; y claro está que, como el mal era muy grande, es natural que existiesen igualmente medios para combatirlo. Si las cosas hubieran llegado al extremo que puede deducirse de algunos exagerados relatos, hubiese sido imposible toda clase de tráfico de mercancías y viajeros en la Península. Las diligencias, protegidas por el Gobierno, eran atacadas muy rara vez, y los que se valían de otros medios de comunicación, y lo pedían a las autoridades, rara vez dejaban de llevar la suficiente escolta. Había un cuerpo organizado para este objeto que se llamaba de Miqueletes, derivado, según se dice, de un Miguel de Prats, satélite armado del famoso o infame César Borgia. En Cataluña se les llama Mozos de Escuadra, y son la moderna Hermandad que constituían la antigua policía rural armada de España. Se componía de jóvenes escogidos y activos, que hacían el servicio a pie, a las órdenes de los poderes militares, e iban ataviados con un traje entreverado de militar y de majo. Llevaban polainas negras, en vez de amarillas, y chaquetas azules ribeteadas de rojo. Iban bien armados, con escopeta, y una canana a la cintura donde llevaban las municiones (cosa mucho más práctica que nuestra caja de cartuchos); una espada, una cuerda para poder atar a los presos y una pistola, que llevaban en la espalda, metida en la faja. Este cuerpo hacía perfecta pareja con los ladrones, entre los cuales se escogían algunos de sus individuos, pues la condición usual para obtener el indulto es alistarse a fin de extirpar a sus antiguos compañeros: poner a un ladrón para coger a otro ladrón; y así los renegados, en unión de los Miqueletes honrados, perseguían a la mala gente, como los guardabosques a los cazadores furtivos. Los ladrones los temían y respetaban: una escolta de diez o doce Miqueletes podía aventurarse a resistir no importa qué número de bandidos, quienes, por otra parte, rara vez atacan cuando saben que han de resistirles; y al atravesar lugares sospechosos, estas escoltas tomaban, con arte especial, todo género de precauciones, enviando destacados individuos al frente y a los flancos. Ocupaban al marchar un buen trecho de terreno, teniendo cuidado de no ir nunca más de dos juntos, y no alejándose unos de otros a mayor distancia de un tiro de fusil; regla que bueno será que recuerde todo el que viaje, para obligar a observarla en caso de sospecha. Los raros ejemplos en que ingleses, especialmente oficiales de la guarnición de Gibraltar, han sido víctimas de robos, han tenido por causa el olvido de esta precaución. Si todo el grupo camina unido, es mucho más fácil sorprenderlo y cogerlo como en una red.

Hay que advertir que los ladrones españoles han sido muy tímidos para atacar a los viajeros ingleses, sobre todo si han visto que estaban prevenidos. Los bandidos no gustan de luchar, y mucho menos sin ventaja; pues como tienen la cabeza poco segura, odian el peligro que puede conducirles a mal lugar; no tienen valor caballeresco, ni más nociones abstractas de lo que es una lucha leal que las que pueda tener un turco o un tigre, que son bastante poco civilizados para desperdiciar una ocasión. Por lo tanto, no se aventuran si suponen que su enemigo ha de defenderse, como suele ocurrir con los ingleses. Aborrecen con especialidad los fusiles y la pólvora ingleses, que, sin disputa, son infinitamente superiores a los españoles. Aun cuando tres o cuatro ingleses no tuvieran, en realidad, nada que temer, yendo una señora era mejor llevar una escolta de Miqueletes, que tenían mucha vista y conocían, por las huellas de los caballos y otras señales que escapan a los observadores superficiales, la presencia del peligro.

Además eran infatigables, y marchaban junto a un carruaje día y noche, desafiando el frío y el calor, el hambre y la sed. Como estaban pagados por el Gobierno no tenían derecho, en rigor, a ninguna remuneración de parte de los viajeros a quienes escoltaban; pero era costumbre dar a cada uno un par de pesetas diarias y un duro al que hacía de jefe. Se les regalaban algunas fruslerías, como unos cuantos cigarros, una bota o dos de vino, un poco de arroz y bacalao para la cena; el ejercicio avivaba su apetito, y ellos estaban siempre dispuestos a hacer honor a sus amos, bebiendo a su salud y a su bolsa, y protegiendo ambas.

Aquellas personas indígenas o extranjeras que no podían conseguir o permitirse los gastos de una escolta, podían aprovechar alguna oportunidad para unirse a otros viajeros que la llevaran. Es admirable la rapidez con que corría la noticia de que había una escolta para una partida, y cómo se engrosaba ésta con individuos sueltos que aprovechaban la ocasión. Como todos iban armados, cuanto más numeroso era el grupo, era a la vez más fuerte y, por lo tanto, los riesgos menores. Si no se tropezaba con nadie que viajase escoltado, entonces se aguardaba el paso de tropas que protegían los envíos que hacía el Gobierno, de dinero, tabaco o cosas semejantes. Si no se presentaba ninguna de estas oportunidades, se unían todos los que pensaban viajar, formando verdaderas caravanas, costumbre muy oriental y que tomó carta de naturaleza en España, con tanta más facilidad cuanto que era y es casi imposible viajar solo, pues los otros se unen a uno: los grupos pequeños se unen a los mayores y más fuertes, que siguen el mismo camino sin consultarles y sin preocuparse de que les parezca bien o mal. Los arrieros son los más sociables y aficionados a la compañía y no tienen inconveniente incluso en variar de itinerario, con tal de ir en unión de unos o de otros. La caravana va engrosando como una bola de nieve, aun cuando suele ser siempre considerable en el momento de partir, pues los arrieros y dueños de coches, conocidos todos, se comunican unos a otros el número de los que han de ir con cada uno de ellos.

Viajar por caminos extraviados en un coche de colleras, y especialmente si se lleva un carro con equipajes, es cosa muy expuesta a los robos. Cuando la caravana llega a los pueblos pequeños, en seguida corre la voz, y si se dice que van extranjeros, suponen que van cargados con el oro y el moro.

La llegada de un convoy de esta naturaleza es un acontecimiento cuya noticia se extiende como la pólvora, y congrega a toda la «gente maleante», holgazanes y vagabundos, que ejercen de espías y están al habla con sus cofrades; además, la balumba del equipaje, el ruido de las colleras y el charlar de los hombres, se ven y se oyen desde lejos, y no se escapa a los ladrones, si los hay, que estarán escondidos en alturas o escondrijos, bien provistos de anteojos y de largas y finas narices, que, como dice Gil Blas, huelen las monedas en los bolsillos de los viajeros, mientras que la lenta marcha y la imposibilidad de la fuga hacen de un convoy semejante una fácil presa para jinetes bien montados.

Todo lo anteriormente dicho respecto a los peligros reales o imaginarios se refiere, naturalmente, a viajes por caminos de herradura, o a través de provincias poco visitadas y por las cuales no cruzaban los coches del servicio público. Sin embargo, siendo tales comarcas reputadas como las peores, tenían la ventaja de verse libre de las partidas organizadas, por la misma razón de que era poca la gente que pasaba por ellas, y, por lo tanto, no iban a estar ocupadas por bandidos, los cuales son como las arañas, que sólo tienden sus telas donde hay una buena provisión de moscas. La masa de la gente humilde en España se preocupa poco de los bandoleros ni de los revolucionarios, pues tienen poco que perder y pasan inadvertidos, tanto para los unos como para los otros. Sus andrajos son su salvaguardia: un hermoso clima los cobija, un fértil suelo los alimenta; dormitan tranquilamente en medio de su pobreza (la mejor protección que siempre hubo en España), o rasguean la guitarra entonando coplas en alabanza de la bolsa vacía. Los mejor acomodados tienen que mirar por sí mismos; pues como la ley es insuficiente, han de protegerse a sí o sus propiedades, o administrar la justicia por su mano para obtener satisfacción de entuertos, lo cual, en castellano neto, se llama vengarse. Un propietario irlandés arma a sus servidores y levanta altas paredes que rodeen su demesne—un señor inglés emplea guardas para proteger a sus faisanes—; del mismo modo, en las comarcas sospechosas, un hidalgo español protege su persona alquilando hombres armados, que se llaman escopeteros, nombre que puede aplicarse a casi todos los españoles. Esta costumbre de ir armado en el campo y de trabar conocimiento con el fusil desde muy pronto, es la razón principal de que a la menor alarma se formen con toda facilidad numerosas agrupaciones de hombres, que los españoles llaman soldados: en todas partes se encuentra la materia prima: un hombre con un mosquete. Bagajes, comisariado, pagos, raciones, uniforme y disciplina, cosas más bien europeas que orientales, podrán encontrarse en cualquier ejército mejor que en el español. Esto explica la facilidad con que la nación española se levanta tan magnánimamente en armas y que, después de ataques aislados y una lucha de guerrillas, desaparezcan de pronto al experimentar un revés: cada hombre en su casa como es tradicional que ocurra en Oriente, y eso con o sin proclama previa. Estos escopeteros, ladrones en ocasiones también, viven del robo o de evitarlo, porque también hay su honor entre los bandidos; los lobos no se comen unos a otros, como no estén muy a la cuarta pregunta. Estos individuos, naturalmente, tratan de alarmar a los viajeros en exagerados relatos de peligro, y de ogros y de antros, con objeto de que no prescindan de sus servicios. Y no faltan inocentes que se traguen todas las invenciones, y anoten, como cosa verídica, los mil embustes que les cuentan mientras los presentes se burlan de ellos a sus espaldas; pero, como dice el refrán, en luengas vías, luengas mentiras.

Como estamos haciendo historia, habremos de añadir que los grandes bandidos, como José María, facilitan pasaportes en muchas ocasiones. Este verdadero soldado de la raza de Deloraine estaba mal avenido con las letras, pero, aun cuando apenas sabía poner su nombre, rubricaba[6] como cualquier otro español que ejerciera algún mando, o el mismo Fernando VII. Su rúbrica, verdadero salvoconducto, era una colección de garrapatos que hubiera podido dar crédito a Alí Pachá. Un íntimo amigo nuestro, alegre gastrónomo y dignidad de Sevilla, que se dirigía a los baños de Carratraca para reponerse del abuso de las ricas ollas y del valdepeñas, y que no tenía maldita la gana, como el abad gotoso de Bocaccio, de verse sometido al régimen médico bandolero, se procuró un pase de José María y tomó uno de sus secuaces para que le sirviese de escolta, y nos le describía como su santito, como su ángel guardián.

A propósito de esta creencia en la protección espiritual y sobrenatural, diremos que casi todo el mundo usa, con gran fe, alguna reliquia, un rosario, un escapulario o una medalla de la Virgen. La duquesa de Abrantes, no hace mucho tiempo, colgó del cuello de su torero favorito una medalla de la Virgen del Pilar, escapando aquél, por tanto, ileso. Pocos son los soldados españoles que van a la guerra sin llevar amuletos de esta clase, a los que suponen el poder de detener las balas y desviar el fuego como un pararrayos, y quizá lleven razón, en vista de los pocos que mueren en el campo de batalla. En los tiempos románticos de España no se podía verificar un duelo o un torneo sin que precediese una declaración de los combatientes de que no llevaban encima reliquia ni amuleto alguno. Nuestro amigo José María atribuía su constante buena suerte a una imagen de la Virgen de los Dolores de Córdoba que llevaba siempre junto al peludo pecho. Entre la clase baja de España puede ser frecuentemente conocido el pueblo de origen de cada uno por los adornos piadosos que lleva consigo. Escogen sus amuletos entre los santos o reliquias más venerados en la comarca y que se estiman más milagrosos. Así, tenemos que la imagen del «Santo Rostro», de Jaén, se usa en todo el reino de Granada, así como en toda Murcia, la Cruz de Caravaca; y el rosario de la Virgen es común a toda España. La siguiente prueba milagrosa de sus salvadoras virtudes estaba frecuentemente pintada en los conventos: Un ladrón fué muerto por un viajero y enterrado en el campo mismo; algún tiempo después, pasando sus compañeros por aquel sitio, oyeron una voz que les llamaba; abrieron la fosa y, con gran sorpresa, lo encontraron vivo y sano. Y era que, al ser muerto, llevaba un rosario colgado al cuello, y, entonces, Santo Domingo (fundador de esta devoción) intercedió con la Virgen para que lo salvara. Esta confianza en la Virgen no es sólo española; los bandidos italianos llevan siempre un pequeño corazón de plata de la Madonna, y esta extraña mezcla de ferocidad y superstición es uno de los rasgos más terribles de su carácter. San Nicolás, el inglés «Old Nick», es en todos los países el patrón de los estudiantes, ladrones, o como Shakespeare los llama, «escribanos de San Nicolás». «Guarda tu cuello del verdugo, pues sé que adoras a San Nicolás como lo haría un hombre falso»; y como el Santu Diavolu, Santu Diavoluni, que es el santo apropiado para los bandidos sicilianos.

San Dimas, «el buen ladrón», es un santo muy conocido en Andalucía, donde, según dicen, tiene muchos discípulos. Una escultura muy célebre de Montañés, en Sevilla, es la llamada El Cristo del Buen Ladrón, de Sevilla, en cuyo título se subordina al Salvador. Los ladrones españoles han sido siempre muy buenos católicos. En Rinconete y Cortadillo, de Cervantes, cuyo Monipodio parece haber servido de modelo a Boz para Fagin, se coloca un platillo delante de una imagen de la Virgen, en el que cada ladrón va depositando su óbolo, y uno de ellos dice que «roba para servir a Dios y a los hombres honrados». Sus mendicantes confesores de las montañas, animados de un piadoso amor a los duros cuando han de ser gastados en misas expiatorias, consideran el acto de pagarles en buenos doblones como una devolución tan loable, un arrepentimiento tan sincero, que dan derecho al contrito culpable a una amplia absolución, a la indulgencia plenaria y a toda la protección de la Santa Iglesia. A pesar de lo cual se sabe que estos desagradecidos «buenos ladrones» no tienen el menor escrúpulo en desvalijar a sus directores espirituales si los encuentran en un camino.

Pero volvamos al poder de estos talismanes. Nosotros mismos nos colgamos, en nuestra zamarra, una medalla de plata de Santiago de las que se venden a los peregrinos en Compostela, y llegamos a Sevilla después de una larga excursión sin que nos ocurriera el menor contratiempo, ni tuviéramos que sufrir más robo que el de los venteros y el de nuestro fiel escudero, cosa que fué completamente atribuída por el dignatario de que hablamos antes a la protección que el patrón de las Españas otorga siempre a todo el que lleva su insignia, la cual protege al portador de ella de la misma manera que el distintivo de un barquero del Támesis le libra de una leva forzosa.

El relato de la ejecución de uno de la partida de José María, que nosotros presenciamos, será un final propio de todo lo que llevamos dicho sobre este asunto, y un acto de justicia hacia nuestras bellas lectoras por estas noticias sobre la perturbación del orden público y por la mala compañía en que las hemos introducido. José de Rojas, más conocido (pues generalmente tienen un apodo) por el mote de El Veneno, a causa de sus virtudes viperinas, fué sorprendido por unos cuantos soldados; les resistió desesperadamente; y cuando cayó al suelo con la pierna herida por una bala, mató al soldado que corría a prenderle. Cuando le llevaron a la cárcel ofreció denunciar a sus compañeros si le prometían no ahorcarle. Se aceptó la oferta y se le envió con bastante fuerza a buscar a sus compañeros; y era tal el terror que le tenían, que todos se rindieron, pero de ningún modo a él, y fueron perdonados. El Veneno fué después encausado por todos sus crímenes anteriores, juzgado y condenado, sin que le valiera de nada alegar que había hecho indirectamente lo que prometió para que le dejaran vivo; pues tales juicios son en España una pura fórmula para dar un aire de legalidad a una sentencia de antemano pronunciada. Las autoridades se mostraron conformes con la condena.

Kept the word of promise to the ear
But broke it to the hope[7].

Y como El Veneno no tenía ni amigos ni dinero, con lo que Ginés de Pasamonte untó la mano de la justicia y salió libre, la sentencia tuvo naturalmente que cumplirse. Los tribunales de justicia y la cárcel de Sevilla están situados cerca de la plaza de San Francisco, que ha sido siempre el sitio de las ejecuciones públicas. El día anterior al que debía verificarse, nada indicaba lo que había de ocurrir allí a la mañana siguiente; todo lo relativo a estas lúgubres ceremonias es visto con repugnancia por los españoles, y no precisamente por el horror abstracto al derramamiento de sangre—que en otras naciones induce a las gentes de humilde condición a aborrecer a los ejecutores de la justicia, como las tribus aladas pequeñas aborrecen a las aves de rapiña—, sino más bien por un antiguo prejuicio oriental de contaminación, y porque todos los empleados en estos menesteres se les considera como infames, y pierden su casta y limpieza de sangre. El patíbulo se levanta siempre por la noche, silenciosa y ocultamente, y al día siguiente aparece tétrico y aislado para afrentar al sol y entristecer el despertar de Sevilla. Cuando el reo es noble, la plataforma, que de ordinario es de tabla, se cubre con bayeta negra. La operación de ahorcar en un pueblo tan poco mecánico y con ninguna patente de invención especial para el caso, se solía hacer de una manera grosera y cruel. Los miserables culpables eran arrastrados por la escalera del patíbulo, por el verdugo, el cual se montaba sobre sus hombros y se lanzaba al espacio con sus víctimas, y mientras los dos se balanceaban en el aire, se ocupaba aquél, con dedos de araña, en manosear el cuello de los desdichados, hasta que le parecía que estaban bien muertos, y después, deslizándose por los cuerpos, se dejaba caer al suelo. La horca fué graciosamente abolida por Fernando VII, El Deseado; este padre de su pueblo decretó que en lo sucesivo los que se hicieran acreedores a la pena de muerte fueran ejecutados por el garrote, modo de hacer pasar a un mundo mejor a aquellos de sus súbditos que lo mereciesen, que está más en consonancia con el dogal de los orientales.

El Veneno fué puesto en capilla, como es costumbre, el día antes de su ejecución, lugar y momento en que se le procuran al reo todos los últimos consuelos de la religión. La capilla era una habitación reducida de la cárcel, y de un aspecto por todo extremo melancólico en aquella mansión del dolor, que tal es una cárcel en España, hoy lo mismo que cuando la describiera Cervantes, que la conocía por triste experiencia. Una verja de hierro partía el corredor que llevaba a la capilla. El paso estaba cubierto con individuos de una caritativa hermandad que se dedica a asistir a los ajusticiados y que pedían limosna a todos los presentes para aplicar luego misas en sufragio del alma del criminal. Allí había grupos de oficiales y de rollizos padres franciscanos que fumaban y charlaban, y, de tiempo en tiempo, lanzaban ansiosas miradas a la suma recolectada que había de beneficiar a sus cuerpos tanto como al alma del condenado. La frivolidad de aquellas gentes formaba un gran contraste con la melancolía del interior. Una pequeña puerta se abría en la capilla, sobre la cual se podían escribir las palabras de Dante:

Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate!

En este recinto había una mesa con un crucifijo, una imagen de la Virgen y dos velas de cera. Junto a ella hacía centinela un soldado, con un sable desenvainado, y otro guardaba la puerta con su fusil al brazo. En un rincón de esta habitación obscura había un jergón, donde El Veneno estaba echado, encogido como una serpiente y cubierto hasta la boca con una manta a rayas, que no dejaba al descubierto más que su encrespada cabellera y sus ojos chispeantes, que se movían sin cesar en sus órbitas. Cuando se acercaron a él, se levantó de un salto y se sentó en una silla. Estaba casi desnudo; un rosario de cuentas le colgaba sobre su descubierto pecho y contrastaba con las cadenas que oprimían sus miembros. La superstición le puso sus grillos al nacer, y al morir le ponía sus esposas la ley. La expresión de su rostro, aun cuando baja y vulgar, era de las que, una vez vistas, difícilmente se olvidan: una mirada cabizbaja de criminal empedernido; su cetrino color parecía más cadavérico aún con la media luz, y la barba negra sin afeitar, creciendo vigorosamente sobre la cadavérica faz, le hacía más imponente. Se mostraba conforme con su suerte y repetía como una máquina algunas frases que le decían los frailes. Su situación, probablemente, era más triste para el espectador que para él mismo, pues en él había cierta indiferencia ante la muerte, nacida más bien de ignorancia de su terrible significación que de un alto valor moral; era una especie de Bernardino de Shakespeare, «un hombre que recibe la muerte con la misma frialdad que un profundo sueño, sin cuidado, sin preocupación, sin temor a lo pasado, a lo presente ni a lo porvenir, insensible a la mortalidad e irremediablemente mortal».

A la mañana siguiente la triple fila de los viejos balcones, azoteas y todo el área de la mora y pintoresca plaza estaban ocupados por gente de la clase baja; los hombres, arrebujados en sus capas—era una mañana de diciembre;—las mujeres, con sus mantillas; muchas, con niños en brazos, que llevaban a que en los comienzos de su vida presenciaran el fin de ella. Las clases altas no sólo no asisten a las ejecuciones, sino que evitan toda alusión a ellas, pues las consideran como una prueba de barbarie; pero los humildes, para quienes las conveniencias sociales tienen poca importancia, no pierden la ocasión de satisfacer su curiosidad malsana contemplando estas escenas de terror, que indudablemente tienen una influencia especial en las mujeres, pues se sienten impelidas de modo irresistible a ser testigos de escenas repugnantes y de sufrimientos que no soportarían por nada del mundo. Ellas, como los niños, tienen gran afición a lo espeluznante, lo mismo en la realidad que en la ficción. Para los hombres era como una tragedia que acaba con la muerte, muerte que llama la atención de todos, que antes o después han de seguir el mismo camino[8]. Ellos desean ver cómo se porta el criminal, simpatizan con él si se muestra sereno y animoso y le desprecian al menor síntoma de debilidad. Alrededor del patíbulo se abrió un cuadro con filas de soldados formados, en el que se permitía la entrada a los oficiales y a los religiosos. Conforme se iba aproximando la hora fatal, la multitud empezaba a dar muestras de impaciencia, quejándose de lo lentamente que el tiempo pasaba; este tiempo que para ellos no tenía importancia alguna y que tan precioso era para el desgraciado cuyos momentos estaban contados.

Cuando al fin el reloj de la catedral dió la fatal hora, la multitud, en un general movimiento de expectación se alzó de puntillas, y todos se empujaban unos a otros para colocarse mejor. Aun transcurrieron diez minutos, pues el reloj de la cárcel iba atrasado de intento, con objeto de que, dado el caso de que se concediese indulto al reo, pudiese llegar a tiempo. Por fin, también sonó este reloj y todas las miradas se dirigieron a la puerta de la cárcel, por donde salió el reo acompañado de algunos franciscanos, pues había elegido los de esta Orden para que le auxiliasen en sus últimos momentos, privilegio que se concede siempre al criminal. Iba éste cubierto con una hopalanda de bayeta amarilla, color que indica el crimen o el asesinato, y es siempre con el que se representa a Judas Iscariote en las pinturas españolas. Marchaba penosamente en su último viaje, medio sostenido por los que le rodeaban y deteniéndose muchas veces para besar el crucifijo, que un fraile sostenía, aunque más bien, para prolongar la existencia—¡amada vida!—siquiera fuese un momento. Cuando al fin tuvo que llegar al patíbulo se arrodilló en los escalones, umbral de la muerte; los reverendos que le auxiliaban le taparon con sus mantos, y su última confesión fué oída en lo invisible. Después subió a la plataforma acompañado por un solo fraile, se dirigió a la multitud con desfallecido aliento y palabras entrecortadas, y le dijo que moría arrepentido, que merecía el castigo que se le imponía y que perdonaba al verdugo. «Mi delito me mata y no ese hombre». «Ese hombre» es una expresión despreciativa, casi un insulto: el sentimiento dominante del español se mostraba a la hora de la muerte contra el degradado funcionario. Después, el criminal exclamó: «¡Viva la fe!» «¡Viva la religión!» «¡Viva el rey!» «¡Viva el nombre de Jesús!», gritos a los que no contestó ninguno de los que lo oían. En el momento de la muerte, gritó: «¡Viva la Virgen Santísima!», y, entonces, de todas las bocas salió la misma exclamación. ¡Tan profunda es la devoción a la Virgen y tan tibia su relativa indiferencia hacia su rey, su fe y su Salvador! Mientrastanto el verdugo, un hombre joven vestido de negro, se ocupaba en los detalles de la fúnebre operación. El fatal instrumento es muy poco complicado: el reo se sienta en un banquillo, con la espalda apoyada en un poste alto y fuerte, al cual se sujeta una especie de collar de hierro, que le rodea el cuello y está dispuesto de modo que se junte con el poste al apretar un potente tornillo. El verdugo ató tan fuerte los desnudos brazos y piernas de Veneno, que se le hincharon y pusieron negros—precaución que no está de más, pues el padre de este funcionario fué muerto por un criminal en el momento de la ejecución. El fraile que asistía a Veneno era un hombre corpulento y finchado, que se ocupaba más de quitarse el sol de la cara que de su misión espiritual. El bandido se sentó con un retorcimiento de agonía y castañeteando los dientes. Cuando todo estuvo dispuesto, el verdugo tomó con ambas manos la palanca del tornillo, reunió todas sus fuerzas para un vigoroso esfuerzo muscular, y, a una señal convenida, apretó el férreo collar, en tanto que el ayudante cubría con un negro pañuelo la cara del ajusticiado; un crispamiento de sus manos y una palpitación de su pecho fueron los únicos signos visibles del tránsito del alma del ladrón. Después de una pausa de algunos momentos, el verdugo miró cautelosamente por debajo del pañuelo, y después de dar otra vuelta a la palanca, se lo quitó, lo dobló, se lo metió en el bolsillo y se dispuso a encender un cigarro.

—with that air of satisfaction
Which good men wear who’ve done a virtuous action.»[9]

La cara del muerto estaba ligeramente crispada, la boca abierta, los ojos desencajados y vueltos. Al pie del cadalso colocaron un féretro negro, con dos faroles colgados de unos palos y un crucifijo; y también una mesa pequeña y una bandeja, en la que se seguían depositando limosnas para pagar a los curas que dijesen misas por su alma. El populacho, después de haber discutido sobre los crímenes del muerto y haber criticado a las autoridades, a los jueces y al verdugo, por su manera de ejecutar (era la primera vez que lo hacía), se fué dispersando poco a poco, con gran contento de los plateros de la vecindad, que empezaron a atreverse a abrir los escaparates, porque hasta aquel momento habían confiado más en las barras y los cerrojos que en el ejemplo que las gentes estaban presenciando. El cadáver permaneció en el patíbulo hasta la caída de la tarde, hora en que, metido en un carro de la basura, fué conducido por el pregonero fuera de la jurisdicción de la ciudad, a una explanada llamada «La mesa del Rey», donde los cuerpos de los ajusticiados son descuartizados—«buen plato para la mesa del Rey»—. Allí el verdugo y sus secuaces tajaron y picaron al difunto con ese inimitable desprecio de la anatomía, por el que tanto ellos como los cirujanos españoles son igualmente famosos:

«Le gambe di lui gettaron in una fossa;
Il Diavol ebbe l’alma i lupi l’ossa.»[10]

Capítulo XVII

DESPUÉS de tratar de los venteros españoles, nos fué cosa fácil hablar de los ladrones, y no es más difícil pasar de este tema al de los médicos. Aquéllos, al menos, ofrecen una cortés alternativa, puesto que piden «la bolsa o la vida», mientras que los médicos, en la mayor parte de los casos, se quedan con ambas; pero por no vestirse de modo tan pintoresco, ni ejercer su oficio de manera tan dramática, no gozan de tanta reputación en Europa como los bandoleros. Por el contrario, mientras todos los que han escrito y escriben sobre la Península nos advierten que debemos guardarnos de los ladrones que se ocultan en las encrucijadas de los caminos, nadie nos pone en guardia contra el Sangrado, cuyo arte es más mortífero que la insolación, tan corriente en Castilla. ¡Desgraciado del que caiga en sus manos! Ya puede ir previniendo que tomen medida de su sepultura, pues, como suelen decir, tomar el pulso es pronosticar al enfermo la losa. Probablemente, por conocer bien a esta clase de gente, vino, o fué enviado a Madrid, desde París, monsieur Orfila, cuando se casó Montpensier con la Infanta, con la esperanza de librar a su hermana mayor la reina, a la «inocente» Isabel, de la lanceta, de las fatales lancetas indígenas—una bienintencionada interferencia del extranjero, dicho sea de paso, que ofendió a la facultad española y que rechazó unánimemente; y tampoco fueron recibidas con el agradecimiento que se merecían las previsoras advertencias de este eminente toxicólogo, o investigador de materias venenosas, con respecto a la administración de medicinas.

Aunque en otro tiempo los hospitales y casas de misericordia de España estuvieron magníficamente dotados, hoy no queda nada del antiguo esplendor para la pobre y doliente humanidad. Administradores y mangoneadores entraron a saco en sus bienes, y han acabado con todo. Los depositarios de las rentas para beneficencia se ven sin defensa alguna contra la avaricia oficial, y, siendo cuerpos sociales, carecen de la santidad de los intereses privados, que todo el mundo defiende. De aquí vino que el codicioso privado, Godoy, empezara la expoliación, apoderándose de los fondos y dando, en cambio, garantías gubernamentales que, naturalmente, pronto no tuvieron valor alguno. Luego vino la invasión francesa y la conspiración de los déspotas militares. La guerra civil hizo lo restante, y ahora que se han suprimido los conventos, la falta se nota mucho más, pues antes, en las comarcas arrinconadas, los frailes socorrían a los pobres y procuraban medicinas a los enfermos. En general, y salvo raras excepciones, los hospitales y las Casas de Misericordia están muy lejos de ser un modelo en España, y las de locos y de expósitos, a pesar de algunas mejoras introducidas recientemente, dan poco crédito a la ciencia y a la caridad.

Los bajos, brutales y feroces Sangrados de España han sido objeto de las burlas de escritores del país y extranjeros, que han dicho muchas verdades. La expresión vulgar para indicar la gran mortalidad de sus clientes es decir mueren como chinches. Esta indiferencia por la vida, esta falta de atención al sufrimiento humano y este atraso en la ciencia de curar son enteramente orientales; pues aun cuando la ciencia, en general, haya salido de Este a Oeste, la Medicina y la Cirugía no tienen ese origen. En Oriente, como en España, han sido ciencias de segundo orden, y los que se dedicaban a ellas eran considerados como gente de condición inferior, obstáculo enorme en la Península, donde el hombre prefiere morir a ejercer una profesión que pueda enturbiar el brillo de su honor personal. El cirujano de los moros españoles solía ser un despreciado y aborrecido judío, lo que creaba una tradicional repugnancia hacia la profesión. El médico era de casta algo superior, pero, lo mismo que el botánico y el químico, era más fácil hallarle entre los infieles que entre los cristianos. Así Sancho el Graso tuvo que ir a Córdoba en busca de asistencia. Y todavía en España, como en Oriente, todos aquellos cuya profesión es condenar a muerte a seres vivientes, están casi excomulgados socialmente: el carnicero, el torero, el verdugo, por ejemplo. El soldado, que acuchilla, ocupa puesto preeminente en aquella sociedad; el médico, que cura, el más bajo. El doctor en Medicina, a quien el infalible Papa consulta y el Rey autócrata obedece, sólo tiene entrada en las buenas casas en caso de enfermedad, y vuelven a cerrársele las puertas en el momento en que la salud se recupera; pero él sabe vengarse de los que le desprecian; y si todos los españoles son temibles con el cuchillo, el cirujano lo es muy especialmente. Madrid puede llamarse con razón la Corte de la Muerte, y el Escorial es muestra palmaria de ello con la prematura muerte de las personas reales, y eso que es de suponer que ellas congreguen en torno suyo la más refinada y escrupulosa asistencia, tanto médica como teológico-terapéutica, que la capital puede proporcionar; pero el tránsito de la realeza es breve, especialmente en el caso de las mujeres e infantes, y el resultado es innegable en estas estadísticas de la muerte; la causa de ello está en el clima y en el doctor, que, como se ayudan mutuamente, puede honradamente dejárseles que decidan entre sí la cuestión de la relativa excelencia de cada uno.

El médico español es rehuído no solamente por prejuicios antiguos, y porque es considerado peligroso como una serpiente de cascabel, sino también por los celos que la gente de iglesia siente hacia una profesión rival, creyendo que, si fuesen bien mirados, podrían tener que partir con ellos los legados y secretos que tan fácilmente se obtienen en el lecho de muerte, cuando el cuerpo y la inteligencia han perdido su vigor. Además, un médico y un confesor españoles miran al enfermo desde diferentes puntos de vista: el médico sólo piensa o debería pensar en salvarle en este mundo; el confesor trata de librarle de los tormentos del otro; ambos emplean todos los medios a su alcance para conseguir su objeto, aun cuando, en muchos casos, no es aventurado asegurar que ni uno ni otro tienen mucha fe en ellos: la práctica espiritual no cambia, porque la misma novedad, que es una herejía en religión, no se cree sea favorable en ninguna otra cosa. Así, las Universidades, gobernadas por eclesiásticos, convencieron al pobre fanático de Felipe III para que dictara una ley prohibiendo el estudio de todo sistema nuevo de medicina y exigiendo los textos de Galeno, Hipócrates y Avicena. Letrados y hombres para quienes el sol había detenido su carrera, rechazaron las ciencias exactas y la filosofía experimental como peligrosas innovaciones que, según ellos, hacían de cada médico un Tiberio que, por ser aficionado al estudio de las matemáticas, en donde todo necesita demostración, era poco respetuoso con los dioses y diosas del Panteón; y así, en 1830, atemorizaron al tímido Fernando VII (cuya semejanza con Tiberio nada tenía que ver con Euclides), diciéndole que las escuelas de Medicina formaban materialistas, herejes, ciudadanos reyes, liberales, insurrectos y revolucionarios. Convencido el amado monarca, cerró las Universidades, si bien, en cambio, y como compensación, fundó una escuela de tauromaquia: los hombres pueden ser destrozados impunemente, pero es muy conveniente que los toros mueran con todas las reglas del arte y los honores de la ciencia.

La poca consideración social al médico es muy clásica: en Roma eran esclavos libertos, y sólo fueron elevados a la categoría de ciudadanos en tiempo de César, que quiso atraerse a estos ministros de las terribles Parcas cuando la población de la capital era muy reducida a causa de la excesiva emigración: acto de favor que puede tener dos fines, pues Adriano VI (maestro del español Carlos V) aprobó que hubiese en la Ciudad Eterna quinientos individuos que practicasen la Medicina, pues, de lo contrario, «la multitud de seres vivientes se hubiera devorado entre sí». Con todo, cuando le llegó a él su turno de ser eliminado, el pueblo, agradecido, obsequió con una serenata a su cirujano, llamándole el «salvador de la patria». En nuestros días sólo un médico era admitido en Sevilla entre la gente de sangre azul, o buena sociedad, cuando gozaban de salud fuerte y antiflebotómica; y a todos los extraños les informaba a manera de excusa el exclusivista anfitrión, de que el doctor era de casa conocida, dándole así entrada en el mundo su persona y no su profesión. Y mientras hay una porción de aventureros que ostentan un título, ni al más liberal dispensador de mercedes se le ocurre dar un título a su médico, honor que es algo más que el de par de Francia y menos que una baronía médica de Inglaterra. Estos prejuicios de casta hacen que los médicos no frecuenten más sociedad que la suya, que, como no se recetan unos a otros, no es ni desagradable ni peligrosa. En Sevilla se reunía una tertulia de ellos en la botica de Campelos, y puede decirse que era una bandada de aves de mal agüero que graznaban sobre la salud general que afligía a la ciudad y que rogaban a Dios, como Sangrado en Gil Blas, que por favor divino sobreviniesen pronto muchas enfermedades. El que este nido de cornejas estuviese atestado o vacío era el mejor barómetro para conocer la salubridad de la bella capital de Bética; y mientras nosotros vivimos allí lo consultamos a menudo con ansiedad, pues por mucho que la gente se burle de los médicos cuando están rebosantes de salud, cuando la enfermedad trae al médico se acaban todas las bromas, y entonces todo el mundo les hace mucho caso, aun en España, por preferir ese mal a otros y por miedo al confesor y al sepulturero.

En ningún país son los pobres muy aficionados al hospital, y en España, además del orgullo natural, que hace retraerse en todas partes a muchos enfermos de establecimientos admirablemente montados, aquí un fundado temor aleja al paciente, que prefiere morir de muerte natural. Además, por el hecho de ser pobres, es menos evidente para los directores que para los pacientes la necesidad que en absoluto tengan éstos de vivir, pues, como dicen los maltusianos, no hay en la mesa de la naturaleza sitio vacante para los que no pueden pagar; y así ocurre que los directores del hospital no se apresuran a ofrecer mesa y cama a los solicitantes; la muerte de un paciente es ahorro de dinero y trabajo, cosa muy digna de tener en cuenta en un país en donde el primero escasea y el segundo tiene muy pocos partidarios, y en donde un hombre sano vale poco y uno enfermo, aun menos. Por otra parte, los médicos no siempre adquieren fama por obrar curas, como podríamos demostrar con varios casos de mujeres y herederos en general; así, si en los hospitales de la Península sólo mueren la mitad de los enfermos, se piensa que es una gran suerte; además, los muertos no abren el pico, y los vivos cantan grandes alabanzas por haber escapado milagrosamente: El médico lleva la plata, pero Dios es el que sana. Los sepultureros, en cambio, viven atareados y satisfechos, como los de Hamlet y como, en general, lo están todos los enterradores cuando tienen entre manos un trabajo que les producirá ganancia. Cavan profundamente en la silenciosa tierra la profunda fosa, de la cual no volverá a salir el viajero. Cantan y bromean mientras echan polvo sobre el polvo y entierran el corpus delicti, y con él los desatinos del médico. En este momento todos quedan satisfechos, excepto el difunto: el hombre de la lanceta queda contento, porque la desagradable prueba del delito desaparece de la vista; los obreros de la pala y el azadón, porque aquello les proporciona el sustento, y, una vez terminado el entierro, unos y otros ponen en práctica el proverbio español: Los muertos a la huesa y los vivos a la mesa.

En ninguna época han dado los españoles gran importancia a su vida, y mucho menos a la de los demás, pues no es pueblo de buenas entrañas. La familiaridad con el dolor hace insensibles aun a las personas empleadas en nuestros hospitales, porque todo el que vive por la muerte sólo siente por los vivos cariño de sepulturero, y le importa tanto la poesía de la salud inocente como a míster Giblet un cordero domesticado. Y son cosas estas muy difíciles de mejorar en España, donde todo contribuye a educar a hombres y mujeres en una gran indiferencia hacia la sangre: las heridas, la sangre y la carnicería de los toros, los gritos de muera de las multitudes y de pásele por las armas, los decretos draconianos y mil otras prácticas de los poderes públicos; por esta razón, el bisturí o puñalada fatal del cirujano son mirados como cosas de España. La filosofía de la indiferencia general por la vida en este país, que es casi el fatalismo oriental, en la multitud de ejecuciones y la general resignación ante el derramamiento de sangre, dependen en gran parte de que para muchos la vida no es en el mejor caso sino una lucha por la existencia, y así, al jugársela, sólo arriesgan moneda pequeña, y cuando uno desaparece, los demás viven mejor en cierto modo; de aquí el que cada uno mire sólo por sí y por el día presente, y après moi le déluge: el último mono se ahoga; o como decimos nosotros: que el diablo cargue con el último.

El abandono de los hospitales que habían estado bien dirigidos y administrados, ha repercutido en los españoles. Los que se dedican a la carrera de Medicina carecen de las ventajas de estudiar clínica y observar los casos difíciles resueltos por maestros expertos. Recientemente se ha procurado en algunas ciudades de importancia, sobre todo en las costas, introducir reformas y mejoras; pero la socaliña oficial y la rutina ignorante figuran aún entre los males que no tienen cura en España. En 1811, cuando el ejército inglés estaba en Cádiz, un médico llamado Villarino, empujado por algunos de nuestros indignados cirujanos, llevó a las Cortes el asunto del mal estado de los hospitales españoles. Se nombró una comisión, y ésta redactó un lastimoso informe, aún existente, en el que se puso de manifiesto que los fondos destinados a sostenimiento y asistencia de los enfermos se quedaban entre las manos de los administradores y demás empleados. El resultado de ello fué el que podía esperarse: que las autoridades se unieron y persiguieron a Villarino, tachándole de revolucionario, consiguiendo que no se hiciere caso de sus palabras. El superintendente de ese establecimiento era el famoso Lozano de Torres, que mató de hambre al ejército inglés después de Talavera, y que, según las palabras del duque de Wéllington, era «un ladrón y un mentiroso». Después de este escándalo la regencia le nombró gobernador de Castilla la Vieja, y Fernando VII, en 1817, le hizo ministro de Justicia.

Como edificios, los hospitales son, por lo general, muy grandes, pero el espacio está en ellos tan poco habitado como en las vastas llanuras de Castilla. En Inglaterra se necesitan salas para los enfermos; en España, enfermos para las salas. Los nombres de algunos de los hospitales mayores están muy bien elegidos; el de Sevilla, por ejemplo, se llama de La Sangre y de Las cinco llagas, que están esculpidas en el arco de entrada como racimos de uvas. Sangre es un nombre fatal para este reino del Sangrado, cuya lanceta, lo mismo que la navaja española, no da cuartel. En materia de vida o de muerte, este establecimiento se parece a los arsenales de España, en donde en el momento preciso siempre falta de todo. Su dispensario presentaba, como la tienda del boticario de Shakespeare, una colección de cajas de píldoras vacías.

El gran hospital de Madrid se llama el general, y la asistencia médica en él corre parejas con la ayuda de algunos generales españoles, tales como Lapeña y Venegas, que en el momento preciso abandonaron en absoluto a Graham en Barrosa, y al Duque en Talavera. Por supuesto que en ello no hay nada nuevo, pues, como el viejo proverbio dice, socorros de España, o tarde o nunca. En casos de batallas y muertes repentinas, en paz y en guerra, los españoles profesionales, militares y médicos, son muy buenos para asistir a ellas, dando a esta palabra únicamente la acepción de estar presentes, sin mezclarse para nada en su marcha. Y esto ocurre cuando se reparten golpes, no sólo con los médicos, sino con toda la nación española: si un hombre cae herido en la calle, se desangrará seguramente, a menos que las autoridades lleguen a tiempo de levantar el cuerpo y curar las heridas; los demás—excepción hecha de los ingleses, y hablamos por experiencia—pasarán de largo, y no ciertamente por miedo a la sangre ni odio al asesinato, sino por el horror que el español siente a la sola idea de verse mezclado en las redes de La Justicia, cuyos funcionarios detienen a todo el que interviene o está presente, como sospechoso o como testigo; y cuando uno cae en las garras de la justicia española puede estar seguro que no saldrá de ellas hasta dejarse el último céntimo.

Las escuelas y los hospitales, especialmente en las ciudades del interior, carecen de toda clase de adelantos mecánicos y modernos descubrimientos, y los pocos que los tienen, son de manufactura francesa y de segundo orden. Cosa parecida ocurre con los libros de medicina y las obras técnicas: todo lo que hay es copiado y malo; se ha visto que es mucho más fácil traducir y copiar que inventar, y por eso en la medicina española, lo mismo que en arte y literatura, hay muy poca originalidad: todo es adaptación de las ideas de otros, o una adaptación de la ciencia antigua y de la ciencia árabe. Muchos de sus términos médicos, así como muchas de sus drogas, son puramente árabes (jalea, elixir, jarabe, rob, sorbete, julepe, etc.) y denuncian el origen de los conocimientos, pues no hay nada tan seguro para averiguar las fuentes de donde se ha tomado una ciencia como estudiar su lenguaje y fraseología. Cuando los españoles se apartan del camino seguido por sus antepasados es para adoptar un tímido velo francés. Las pocas publicaciones modernas de medicina son traducciones de sus vecinos, y la escasa existencia de medicamentos de sus boticas se ha hecho más peligrosa e inútil con los productos de los cúralotodo de París. Es una verdadera desgracia para la Península que todo lo que se conoce de los trabajos que hace la pensadora y escrupulosa Alemania y la decidida y práctica Inglaterra haya de pasar por el alambique de la traducción francesa, y el original queda así doblemente estropeado, y la sagrada causa de la verdad y de los hechos es demasiado frecuentemente sacrificada a la gálica manía de suprimir los dos por el honor de su propio país. No es de extrañar, pues, que los médicos españoles desconozcan casi en absoluto las obras, las operaciones y los inventos modernos, y que sus textos de consulta se limiten a Galeno, Celso, Hipócrates y Boerhaave. Los nombres de Hunter, Harvey y Astley Cooper les son tan desconocidos como los últimos descubrimientos de Herschel: la luz de estos planetas tan distantes no ha podido aún llegar hasta ellos.

Ahora, el Colegio de San Carlos, o sea la Escuela de Medicina de Madrid, confía mucho en poder enseñar la obstetricia por medio de figuras de cera: bien es verdad que aprender una ciencia práctica sobre el papel no es exclusivo en España de la clase médica. La gran escuela naval de Sevilla está dedicada a San Telmo, el cual, reuniendo en sí los atributos de Cástor y Pólux, aparece en las tormentas en el palo maestro en forma de luces para socorro de los marineros, y en cuanto empieza a sentirse el viento, sople de donde quiera, ya están las tripulaciones de rodillas rogando a este Hércules marino, en vez de recoger las velas y empuñar los remos. Nuestros marineros, que sienten afición al mar con todas sus consecuencias, como no tienen ningún San Telmo que les socorra en el mal tiempo (aun cuando aquel artillero algo irreverente del Victoria llamara al héroe de Trafalgar San Nelson), arriman el hombro y realizan el milagro por sí mismos: aide toi, et le ciel t’aidera. En nuestros tiempos, los guardiamarinas aprendían el arte de la navegación en una sala con un modelo de navío de tres puentes que estaba sobre una mesa, con lo cual tenían la gran ventaja de no estar expuestos al mareo. El infante don Antonio, almirante de la Marina española, estaba paseando en el Retiro, junto al estanque, cuando alguien le propuso embarcarse en una lancha, y él respondió excusándose: «Desde que vine de Nápoles a España no me he arriesgado nunca a embarcarme». Por contado que en esto, como en otras muchas cosas, hay un criterio distinto a orillas del Támesis y a las del Betis; y así ocurre que junto al Hospital de Greenwich, una gran fragata flotante, grande como la vida, es la escuela de la que salen los que a diario recuerdan que los veteranos del Cabo de San Vicente y de Trafalgar supieron «cumplir con su deber», siendo la evidencia de las victorias de ayer una garantía para la realización de sus esperanzas, basándose el futuro en el pasado.

Con los cuarteles, cárceles, arsenales y fortalezas, los establecimientos dedicados a las miserias corporales, son poco dignos de verse, y el extranjero que pueda hará bien en evitarlos, pues, seguramente, encontrará en su país ejemplares mejores. Para dar más fuerza a esta afirmación, presentaremos una ligera descripción de alguno que tuvimos ocasión de ver hace unos pocos años. Los manicomios en España se llaman casas de locos, palabra que se deriva del árabe locao; y, como sus congéneres del Cairo, estaban tan mal dirigidos, que no parecía sino que los directores hacían méritos para ingresar en ellos. La locura, indudablemente, trastornaba al mismo tiempo la inteligencia de los enfermos y endurecía las entrañas de los que les cuidaban, y la inversión absurda de los escasos fondos producía un resultado verdaderamente desastroso. No había ni asomo de clasificación, cosa por cierto nada corriente en España. El maniático, el loco furioso y el tranquilo estaban revueltos en confusión de suciedad y miseria: allí gritaban dirigiéndose insultos los unos a los otros, se les encadenaba como a fieras y se les trataba peor que a criminales, pues las pasiones de los más furiosos eran exacerbadas con el salvaje látigo. Ni siquiera había una cortina para excusar las necesidades de aquellos seres humanos reducidos a la condición de animales: todo era público, hasta el trance de la muerte, dándose el caso de que el último suspiro de algún sin ventura se mezclase con la risa histérica de los espectadores. En casos especialísimos, el cuerpo de alguno de aquellos cuya inteligencia estaba perdida, se encerraba en una celda aislada, sin más compañía que su aflicción. Algunos de éstos, al entrar allí, llevados por sus parientes para quitarlos de enmedio, no estaban locos; pero tardaban poco en estarlo, pues la soledad, la pesadumbre y el hierro acaban con los cerebros. Estos establecimientos, que los naturales del país deberían ocultar por vergüenza, eran los que primeramente enseñaban a los extranjeros, en particular a los ingleses, pues como nos consideran a todos como locos, creen que es una cosa muy natural que nos encontremos a gusto entre nuestros iguales.

Los españoles, de acuerdo en esto con muchos otros habitantes del continente, tienen la creencia de que a todo inglés intrépido le falta un sentido, y fundan esta creencia en varias observaciones, alguna de las cuales no deja de ser razonable. Ven que en todo caso prefieren los usos, dichos y hechos ingleses a los suyos, y esto, ante los ojos de un español y de un francés, es señal evidente de chifladura. Además, nuestros compatriotas dicen la verdad en sus boletines, usan toallas y rasuran a diario los pelos superfluos. Y aparte detalles de excentricidad de menos importancia, ¿no son los naturales de Inglaterra, Escocia e Irlanda los reos de tres actos, que cualquiera de ellos les calificaría como locos de atar, si el ministro de Justicia diese un decreto de lunatico inquirendo? ¿No se han desangrado en dinero y hombres por España en el campo de batalla, en la Bolsa y en los ferrocarriles?