«¡Oh Anticyris tribus caput insanabile!»[11]

Pero volvamos a los locos españoles y a los manicomios. Su aspecto era tristísimo y desagradable para el cuerdo, y degradante para el loco. Los locos furiosos imploraban una «limosna» de los extranjeros, pues sus compatriotas no les daban más que piedras. No deja ciertamente de haber una especie de locura en la furiosa energía y el intenso anhelo de todos los mendigos españoles; y en los que están en los manicomios, aun cuando hayan perdido todas sus facultades, queda viva y despierta la natural propensión a pedir, sin duda alguna porque es la más indestructible y como el «sentido común» del país.

Por lo general, en los manicomios había algún enfermo cuyo estado de miseria agravada le hacía objeto de una curiosidad malsana. En Toledo, en 1843, los guardianes (palabra que también se usa para los que guardan fieras), siempre llevaban a los extranjeros a la jaula o cubil de la mujer de un célebre capitán general de Cataluña, categoría superior a la de Lord-Lieutenant de Irlanda. Se le permitía revolcarse desnuda en lodo, y aquello se enseñaba como un caso raro. Los moros, por lo menos, no encierran a sus inofensivas locas, que pasean desnudas por las calles, y a los locos los encierran como santos cuya inteligencia ha volado al cielo. Los antiguos médicos iberos, de acuerdo con Plinio, creían que la locura se curaba con la hierba vettonica, y la hidrofobia, con un cocimiento de cynorrhodon o escaramujo, por ser inadecuado al paladar canino. Los españoles modernos parece como que sólo desean, por ignorancia, obscurecer todo momento de lucidez en un delirio uniforme.

Los hospicios estaban, en la época en que los vimos últimamente, tan mal dirigidos como los manicomios. Se les llama Casas de expósitos o la Cuna, como si fuera la cuna y no el sepulcro de los pobrecitos niños. En casi todas las capitales de provincia hay uno de estos asilos; los principales se asientan en las ciudades levíticas, pues ellos son el resultado natural del celibato del clero rico, tanto regular como secular. La Cuna en nuestros tiempos podría definirse como un lugar donde los inocentes son martirizados y al que los padres desnaturalizados llevan a sus hijos para que los vayan matando de hambre lentamente. El primer hospicio lo fundó en Milán, en 787, un sacerdote llamado Dateo. El de Sevilla, que vamos a describir, fué fundado por el clero de la catedral, y lo dirigían y administraban doce individuos, seis clérigos y seis seglares, de los cuales pocos se ocupaban de él como no fuera para aumentar el número de sus asilados. El hospicio está situado en la calle de la Cuna; junto a una ranura, preparada para los donativos de la caridad, hay un mármol con una inscripción en latín, que dice este verso de los Salmos: «Cuando mi padre y mi madre me abandonen, me recogerá el Señor».

Hay un pequeño postigo en el muro que se abre cuando llaman a él para admitir a los inocentes hijos del pecado, y, durante la noche, vela siempre un ama para encargarse de los niños cuyos padres ocultan su culpa en la obscuridad.

«Toi que l’amour fit par un crime,
et que l’amour défait par un crime à son tour,
funeste ouvrage de l’amour,
de l’amour funeste victime».

Muchos de los niños que llevan están moribundos, y los dejan allí para evitarse los gastos del entierro; otros van casi desnudos, y muy pocos son los que llegan vestidos con todo lo necesario. Estos últimos suelen ser vástagos de gente de clase alta que quieren ocultarlos por algún tiempo. Con ellos suelen llegar cartas rogando al ama que tenga cuidado con un niño que seguramente será recogido en su día, y también acompañan algún distintivo o señal por el que pueda ser reconocido e identificado, siguiendo en esto las costumbres de la antigüedad. Todos los detalles referentes a los niños expósitos se consignan en un libro que es un triste recordatorio de los crímenes y remordimientos humanos.

Aquellos niños que son reclamados pagan unos seis peniques por cada día que han estado en el hospicio; pero no se presta mucha atención a las recomendaciones de cuidado, ni a la promesa de reclamación, porque los españoles no se fían mucho unos de otros. Como no lleve el niño la indicación del nombre que ha de ponérsele, se le bautiza generalmente con el del santo del día en que fué admitido. El número de expósitos en este hospicio era muy grande, aumentando a medida que la pobreza se extendía, mientras que los fondos destinados a su sostenimiento disminuían por la misma razón. La Semana Santa y la Navidad tienen un gran influjo en la población de estos establecimientos, pues nueve meses después de estas fiestas, en que la gente se pasa la noche arrodillándose ante reliquias e imágenes, es decir, en enero y en noviembre, el número diario de entradas aumenta en una proporción de quince a veinte.

Siempre hay un exceso de amas de cría en la Cuna, pero, por lo general, son las de malas condiciones, que no pueden encontrar colocación en casas particulares; usualmente cada una tiene a su cargo tres niños. Algunas veces, cuando una mujer decente quiere ponerse a criar y, por lo tanto, tiene interés en que no se le retire la leche, se va a la Cuna; el pobre niño a quien amamanta engorda un poco; pero luego, cuando le falta aquel plus de alimento, vuelve a estropearse y se muere. Las amas que hay fijas alimentan a los niños, no con arreglo a las necesidades de éstos, sino teniendo en cuenta el número. Algunos niños son enviados a madres que han perdido sus hijos, para que los críen, y cobran unas diez pesetas al mes; los niños así criados son los que tienen más probabilidades de vida, pues ninguna mujer que ha sido madre y ha dado el pecho a su hijo, sería capaz de dejar morir de hambre a un niño que tuviera a su cargo. Las amas de la Cuna conocen el hambre muy de cerca, y aun cuando no se quedaran sin leche, o ésta no se les volviera de malas condiciones con la alimentación que reciben, nunca podrían satisfacer a los hambrientos pequeñines. La proporción de los muertos era terrible: parecía aquello un sistema organizado de infanticidio. La muerte es un bien para el niño y un ahorro para el establecimiento; y si la vida de un hombre no tiene mucho valor en España, menos la ha de tener la de un niño abandonado. La manera que tenían los griegos y los romanos de exponer a los niños a una muerte inmediata, era menos cruel que la muerte lenta de estos osarios españoles. Esta Cuna, cuando la visitamos por última vez, estaba dirigida por un sacerdote vulgar, que, como buen español, era un mal administrador y malversaba los fondos. Se hizo rico, como el visitador de Gil Blas, en Valladolid, mirando por la hacienda de los pobres y huérfanos. Sus departamentos bien alhajados y su rollizo aspecto, hacían un triste contraste con la condición de sus consumidos administrados. Éstos estaban en grupos, separados los enfermos de los sanos; aquéllos colocados en una gran estancia, en un tiempo salón de actos, cuyo techo dorado y de hermosas proporciones contrastaba con la presente miseria. Los niños estaban echados en filas en sucios colchones, a lo largo del suelo, sin asistencia y sin cuidado alguno. Sus cabezas grandes, sus cuellecitos flacos, sus ojos hundidos y sus caritas amarillas, tenían el tinte de la muerte. Traídos al mundo sin culpa ni deseo por su parte, su vida se extinguía apenas empezada, mientras su madre estaba lejos pensando: «Cuando haya llorado bastante por su nacimiento lloraré por su muerte».

Los de alguna más salud estaban en cunas, apareados a lo largo de una gran habitación, con el hambre retratada en sus mejillas y en sus ojos. Al penetrar en aquel recinto hería los oídos el grito agudo de las infelices criaturas, que, como estaban mal alimentadas, lloraban siempre y no tenían un momento de tranquilidad. Su existencia empieza con el primer sollozo de la cuna, como dice Rioja; pero todos lloran al venir al mundo y muchos se marchan de él sonriendo. Algunos, los que acababan de ingresar y no habían mamado de sus madres lo suficiente, estaban alegres y de buen color y dormían tranquilos, inconscientes de su suerte y de lo que les reservara el porvenir.

De doce, uno solía sobrevivir para holgazanear por el hospicio, mal vestido, mal alimentado y peor enseñado. Los chicos eran destinados al ejército; las chicas, al servicio doméstico, o a algo peor si la voz pública no calumniaba al cura director. Se criaban egoístamente y sin ningún afecto; sin noción de lo que es amabilidad y cariño, sus jóvenes corazones se cierran apenas abiertos: «el mundo no les protege, ni las leyes tampoco». En sus cabezas aprendía el barbero a afeitar, y todos eran visitados por los pecados de sus padres. No teniendo a nadie que los quiera y que se ocupe de ellos, se vengan de su abandono odiando a la humanidad. Su única preocupación consistía en pensar quién pudiera ser su padre y en si serían reclamados algún día y llegarían a ser ricos. Algunos, por excepción, eran adoptados por personas cariñosas que no tenían hijos, y que se interesaban por uno de los desgraciados cuneros; pero si uno de estos niños adoptados era reclamado por sus padres, tenían que entregarlo. Townshend cita una costumbre completamente oriental que se conserva en Barcelona: cuando las muchachas están en edad de casarse se pasean en procesión por las calles, y todo el que desee elegir a alguna de ellas para su mujer puede hacerlo «tirándola su pañuelo». Esta costumbre española se conserva todavía en Nápoles.

Así era la Cuna de Sevilla cuando la visitamos la última vez. Ahora, según hemos oído decir, con gran placer por nuestra parte, está admirablemente dirigida bajo un patronato de señoras que, aquí como en todas partes, son las mejores guardianas del hombre en su primera o segunda infancia, por no decir nada de todas las edades intermedias.

Nuestros lectores tendrán que convenir con nosotros en compadecer a los desgraciados que se ponen enfermos en España, pues la dolencia que tengan irá seguida de peores síntomas en la persona del médico del país, y si la opinión que de éstos tienen sus compatriotas es cierta, no les salvará ni el mismo Esculapio. Los facultativos de Madrid llevan poca ventaja a sus colegas de provincias, y aun son a veces más dañinos que ellos, puesto que siendo médicos de la mismísima corte, el paraíso en la tierra, son, según corresponde, superiores a los médicos del resto del mundo, de los que, como es natural, no tienen que aprender nada. Están, pues, un siglo atrasados, por lo menos, con respecto a sus congéneres de Inglaterra. En las naciones y en los individuos suele haber una idea falsa de las excelencias propias cuando no se tiene suficiente conocimiento de los méritos de los demás y, por lo tanto, se carece de términos de comparación; y esto es tanto más fuerte entre los menos informados y los que menos salen de su rincón. Así ocurre que, a pesar de todas las deficiencias de que iremos hablando, la presunción de la clase médica española es aún mayor que la de la militar, si es que esto es posible; unos y otros han matado a millares. Se consideran los mejores espadachines, médicos y cirujanos del mundo y los más indicados para manejar las tijeras de las Parcas. Sería una pérdida de tiempo el tratar de disipar esta fatal ilusión, y seguramente al consejero mejor intencionado se le tomaría por envidioso, malévolo e imbécil, porque ellos creen que su ignorancia es la suma perfección. Los extranjeros tienen muy pocas probabilidades de éxito entre ellos, y ni aun los mismos del país que han hecho fuera sus estudios encuentran facilidades para implantar sistemas nuevos. Sus compañeros formarían liga contra ellos por considerarles innovadores perjudiciales, no los llamarían nunca en consulta (la rama más lucrativa de la profesión), y entretanto, los confesores envenenarían los oídos de mujeres (que son las que gobiernan a los hombres), previniéndolas del peligro que correrían sus almas si sus cuerpos eran curados por un judío, o hereje, o extranjero; términos sinónimos para ellos.

Esto no obsta para que, como en los tribunales de justicia y otras muchas cosas en España, todo resulte admirablemente en el papel, pues las formas, reglas y sistema son perfectos en teoría. Los colegios de médicos y cirujanos dirigen la vida científica; los profesores son miembros de infinitas academias y sociedades; se dan conferencias, se sufren exámenes y se expiden certificados de suficiencia debidamente sellados y firmados. El Galeno de nuevo cuño sale provisto de una licencia para matar; pero lo que falta desde el comienzo hasta el fin, al paciente y al médico, es la vida. El médico sabe, no obstante, de memoria todos los aforismos antiguos, y discursea tan elocuente y plausiblemente sobre cualquier caso como los ministros puedan hacerlo en las Cortes. Ambos improvisan magníficas teorías y opiniones, para las que su espléndida lengua les proporciona palabras que parecen llenas de pensamiento. Pero lo que es deficiente es la educación clínica, en que el caso se trae ante el estudiante aplicando el tratamiento conveniente, y, como consecuencia, las muertes casuales son más frecuentes que las curas.

La disección es repulsiva y contraria a sus prejuicios, totalmente orientales, y, por tanto, los alumnos, en vez de hacer experiencias en individuos, estudian con grabados, diagramas, preparaciones y esqueletos. En España, lo mismo que en todos los pueblos de la antigüedad, y hoy en Oriente, está muy generalizada la creencia de que el tocar un cuerpo muerto contamina; y, además aun no está vencida la objeción levantada por el clero de que huele a impiedad el mutilar un cuerpo hecho a imagen y semejanza de Dios. Si me lee algún médico podrá recordar que Vesalius, el padre de la anatomía moderna, fué condenado por la Inquisición, a la hoguera, en tiempo de Felipe II, por haber hecho una operación. El rey lo envió en peregrinación a los Santos Lugares para que expiase su pecado; en el camino naufragó y murió de hambre en Zante.

No es de extrañar, pues, que con una educación semejante, la práctica de la medicina esté anticuada y conserve todos los prejuicios clásicos y orientales y sea necesariamente muy limitada. En casos de fracturas graves, heridas de bala, los médicos suelen desahuciar al paciente casi al momento, aun cuando sigan visitándole y cobrando honorarios, hasta que la muerte le libra de sus muchos sufrimientos. En los males crónicos y de menos importancia, son menos peligrosos; porque como los remedios no hacen daño ni provecho, la naturaleza obra sola y en muchos casos cura. En enfermedades e inflamaciones agudas rara vez tienen éxito, pues aun cuando son aficionados al empleo de la lanceta, la utilizan con miedo y se asombran de la decisión de los ingleses en ciertos casos en que a ellos sólo se les ocurre encogerse de hombros, invocar a los santos y pronunciar un pedantesco discurso sobre la imposibilidad de emplear en la Católica España, donde el sol es brillante y el aire templado, el mismo sistema que en la fría, húmeda, brumosa y herética Inglaterra.

La mayor parte de los españoles acomodados que pueden permitirse ese lujo, tienen su médico de cabecera y su confesor, pareja que cuida de los cuerpos y de las almas de todos los de la casa, les dan conversación y comparten con ellos el puchero, la bolsa y el tabaco. Ellos dominan al marido por medio de la mujer y los hijos, no permitiendo que sean infringidos sus privilegios exclusivos. La etiqueta es la vida de los españoles, y algunas veces su muerte, como todos sabemos (aunque los españoles juren que todo es una mentira de los franceses) después de haber oído decir de Felipe III que se dejó morir antes que alterar la etiqueta de la Corte. Cuentan que una vez estaba sentado muy cerca del fuego, y aun cuando se quemaba materialmente, no se le ocurrió ni por un momento cometer la inconveniencia de que el rey de España se moviese sólo de su sitio, y al rogar a los que estaban presentes que le separaran el asiento, ninguno se permitió la libertad de hacerlo hasta que llegó el encargado de este servicio. En el caso de una enfermedad repentina en cualquier familia, a menos que el médico de cabecera se halle presente, ningún otro se atreverá, aun cuando haya sido llamado, a tomar iniciativa alguna hasta que el Esculapio de la casa llegue. Un médico inglés, amigo nuestro, tuvo ocasión de salvar la vida de un señor, por llegar en el momento en que sufría un ataque de apoplejía, con la boca llena de espuma y luchando con la muerte, con la particularidad de que en el cuarto inmediato estaba otro médico sentado tranquilamente en la camilla fumando al lado del brasero y charlando con las señoras de la casa, pero sin asistir al enfermo, porque no era el médico de la familia. Nuestro amigo sacó instantáneamente 30 onzas de sangre del brazo del paciente, sin que ninguno de los presentes se moviese de su sitio. ¡Apolo le salvó la vida! El mismo médico fué llamado casualmente para ver a una persona que tenía una inflamación en la córnea; preguntando, supo que el individuo había consultado a varios médicos y que por todo remedio le habían recetado baños de mar, leche de burras y caldo de culebra de Chiclana. Nuestro amigo, el hereje, trató la enfermedad con cáusticos, y cuando en la consulta que se celebró dió cuenta de su sistema, los médicos indígenas se horrorizaron y asombraron, y más aun creció su asombro cuando vieron que el enfermo se puso bueno en una semana.

Es regla general que, al ser llamados por primera vez para ver a un enfermo, le miren con mucha atención, muevan la cabeza delante de las mujeres y aumenten la importancia del mal; procedimiento muy acertado para todo el mundo, pues, como todos los médicos, si no curan, matan al enfermo; si se da el primer caso, su mérito es tanto mayor cuanto más grave sea la enfermedad, y en el segundo, su responsabilidad es menor, pues el mal se considera superior a la ciencia humana. Los médicos prolongan con la mayor naturalidad la asistencia, y, como cosa rara, puede observarse que sienten la necesidad de obrar unidos; así que, en cuanto el de cabecera considera la dolencia un poco grave, pide una junta. Todos sabemos lo que es una junta española en asuntos de paz o de guerra, y una de esta clase no tiene por qué ser mejor ni peor que las demás: en ellas no se hace nada, y si se hace algo se hace mal. En estas juntas, en las que se suelen reunir de tres a siete médicos, según el bolsillo del paciente, cada uno de ellos ve al enfermo, le toma el pulso, le dirige algunas preguntas y luego se retira al cuarto inmediato, donde se reúnen todos para discutir el caso, proporcionando en muchas ocasiones al enfermo la satisfacción de oír lo que dicen. El Protomédico preside; y mientras todos encienden los cigarros, el médico de cabecera explica la enfermedad, comenzando su relato por la historia del enfermo, su constitución, la dolencia y las medicinas que se le han propinado. Después, cada uno de los presentes, por orden de edades, expresa su opinión, hablando a menudo durante media hora, y, por último, el que preside hace un resumen y algunos comentarios a lo dicho por todos. El final suele ser que se sigue con el mismo tratamiento, o se introducen ligeras modificaciones; pero lo seguro es que al día siguiente se celebre una nueva junta, en la que los honorarios son caros, pues cada uno de los que acuden en consulta cobran de tres a cinco duros. A menudo la consulta dura muchas horas, convirtiéndose al fin en una enfermedad crónica.

Debemos decir, para hacer justicia a estos hábiles doctores, que, como cuerpo, son muy cuidadosos en el vestir: el aspecto exterior, por no decir la elegancia en el vestir, encumbra a los ojos de muchos una profesión que es de crédito moral muy incierto. Y por la misma razón, ¡qué cuidado en el traje, qué brillante la botonadura de la camisa de los violinistas extranjeros cuando vienen a Inglaterra! El digno doctor andaluz de nuestra familia española, hombre de mucha ciencia, como podrían atestiguarlo dos de sus pacientes que ahora descansan en paz, no hacía visitas si no iba vestido de punta en blanco. También el matador, cuando sale a la plaza, se atavía con su mejor traje de majo. Este cuidado especial de la persona se debe en parte a la moro-ibera afición a la ostentación, y en parte, a profundos principios de Galeno y a un alto concepto de los deberes de su cargo. Las autoridades de la antigüedad recomendaban a los doctores que se presentaran ante los enfermos rodeados de todo aquello que pudiese hacer buena impresión para ser recibidos a la cabecera del enfermo como mensajeros de buenas nuevas y como ministros de la salud, no de la muerte, pues consideraban que un atavío solemne despertaba ideas tristes en el enfermo. Un traje color de ala de cuervo, unido a un aspecto académico y lúgubre, son nuncios de tristeza y luto que nadie, ni en plena salud, gusta de contemplar, y el efecto que tales facies hippocratica produce en un desgraciado enfermo cuyo estado es desesperado, puede ser fatal.

Las recetas de estos elegantes caballeros suelen ser más anticuadas que sus levitas, siendo la más corriente de todas no hacer nada, sino devengar honorarios, y que la naturaleza obre por sí sola; y así, los que son jóvenes y fuertes y no sufren dolencias muy graves, son mimados por la Naturaleza y se curan por su vis medicatrix, que, cuando no se la estorba, suele producir curas maravillosas.

El Sangrado puede atestiguar que un español, de cualquier sexo que sea, está mejor hecho que un reloj, puesto que su maquinaria tiene dentro fuerza y condiciones para regular sus propios movimientos y reparar los accidentes; y por esta causa, el relojero no tiene necesidad de desarmarlo, bastándole en la mayoría de los casos con ponerle un poco de grasa o limpiarlo para que marche perfectamente. Los remedios que se suelen emplear, cuando llega el caso, son sencillos, y son buscados más bien entre los vegetales de la superficie de la tierra que entre los minerales en sus entrañas. Las recetas externas se reducen a cataplasmas en el vientre, sinapismos en los pies, fomentos de agua de malvavisco y de manzanilla, y el cura. Los internos, tisanas, leche de almendras o de burras, cocimientos de arroz, etc., etc., se siguen unos a otros con tanta regularidad, que el novato no tiene más que repetir los pasajes médicos de las sátiras de Horacio. En ningún país, sin embargo, se puede esperar mejor que se curen las enfermedades, por aquello de que todo tiene remedio menos la muerte. Si, por desgracia, el enfermo muere, se culpa a la enfermedad y al médico. Es posible que la costumbre de los antiguos iberos fuese, después de todo, la más atinada: sacaban al enfermo a la puerta de la calle, y a todo el que acertaba a pasar le preguntaban su parecer, y las recetas que daban podían surtir tanto efecto como los santos, las reliquias, el caldo de lagarto o la leche de burras:

And, doctor, do you really think
that asses’ milk I ought to drink?
It cured yourself, I grant, is true
but then’t was mothers’s milk to you[12].

Además, aun cuando los médicos sepan y quieran recetar con arreglo a los adelantos de la ciencia, es casi imposible que encuentren los medicamentos, como no sea en las ciudades más grandes, pues las boticas suelen estar como la famosa de Romeo, con los estantes llenos de frascos vacíos. El comercio de drogas no es libre, y no puede haber más que un número limitado de farmacéuticos, examinados, por supuesto, y con su licencia, aun cuando ésta puede obtenerse por dinero. Ninguno de ellos expenderá una medicina fuerte sin una receta firmada por un médico local; todo es un monopolio. Las drogas corrientes están adulteradas en la mayoría de los casos, o no las hay; pero, como ocurre con sus arsenales y su despensa, nunca lo confesará el boticario, pues en su casa hay de todo, y si no tiene lo necesario para componer la receta que se desea, finamente lo substituye por otra cosa, y, como las indicadas son inofensivas en el noventa por ciento de los casos, no pueden producir grandes trastornos.

Esto no es cosa nueva: Quevedo, en las Zahurdas de Plutón, presenta a un juez de faz amarillenta que azotaba a los boticarios españoles por hacer exactamente lo mismo. Porque «sus tiendas—decía el juez amarillento, sermoneando al mismo tiempo que les zurraba—, no se habían de llamar boticas, sino armerías de los doctores, donde el médico toma la daga de los lamedores, el montante de los jarabes y el mosquete de la purga maldita, demasiada, recetada a mala sazón y sin tiempo». Pero éstas y otras cosas parecidas se han hecho siempre impunemente, pues, como Plinio dice, ningún médico ha sido nunca ahorcado por asesino. Una ventaja del poco crédito de médicos y boticarios, es que la masa general de la gente no se preocupa mucho de sí ni de sus dolencias, y así, escapan a las puramente imaginarias, que son las que más atormentan y las más difíciles de curar; porque ¿quién puede dar con la medicina apropiada para un mal que no existe? De esta poca fe en los remedios resulta el que se toman poquísimos, y, por lo tanto, las boticas son tan escasas en España como las librerías. No se ven por las noches globos encarnados, verdes o azules, que iluminen los escaparates, pudiendo asegurarse que en una ciudad poco importante de Inglaterra se encontrarían más farmacias que en la capital de España. Bien es cierto que en Madrid no es corriente el comer plum pudding, diluído con sidra agria y crema coagulada.

Muchas de las recetas de España se refieren a cosas de la localidad, como un manantial, una hierba, un animal, los aires de determinada comarca, los baños éstos o aquéllos; todo lo cual, sin embargo, se dice que es muy peligroso, si no se consulta previamente al médico del lugar en que radica el remedio. Baste con un ejemplo entre mil: cerca de Cádiz está Chiclana, donde invariablemente envían los médicos a todos los enfermos que no pueden curar, es decir, al noventa y cinco por ciento de ellos, para que tomen los baños de mar, que es la gran receta después de una tanda de días de leche de burras; y si esto falta, entonces se le da al enfermo un caldo hecho con una larga e inofensiva culebra, que abunda en los aromáticos desiertos cercanos a Barrosa. Hemos olvidado el nombre genérico de estos valiosos reptiles de Esculapio, uno de los cuales debería coger vivo uno de nuestros naturalistas y criarlo en el Regent’s Park, o por lo menos, comparar su anatomía con la de las exquisitas víboras que contribuyen, como ya dijimos, a que sean tan sabrosos los cerdos de Montánchez.

No podemos abstenernos de hablar de otra prescripción. Muchos de los asesinatos que se cometen en España, pueden llamarse más propiamente homicidios, pues rara vez son premeditados, y dependen muy especialmente de la facilidad que tienen las gentes para sacar la navaja, que las clases bajas siempre llevan consigo, como las avispas su aguijón. Siempre la tienen a mano cuando la sangre se calienta y antes de que empiece ningún proceso refrigeratorio. Así, en los casos en que un inglés desarmado cierra el puño, un español abre su navaja. Este instrumento ruin es fatal en pendencias de celos, cuando las clases bajas encienden su cólera en la antorcha de las Furias, y no atienden a más razón que la navaja. Y entonces la puñalada va a su sitio, pues así como los Sangrados son torpes y desconocen casi en absoluto la anatomía y el modo de manejar el escalpelo, el común de las gentes sabe a la perfección maniobrar con la navaja y el sitio en que debe asestar el golpe; y no suelen errar, pues la herida, aunque no sea tan profunda como un pozo ni tan ancha como la puerta de una iglesia, «lleva lo suyo». Generalmente, las dan a la manera traicionera de sus antepasados los iberos y orientales; y si es posible un navajazo «por bajo de la quinta costilla», es lo suficiente. La hoja, como su congénere el cuchillo de Arkansas o de Bowie de los yanquis, puede perfectamente sacar las tripas de un hombre, o atravesarlo de parte a parte, de modo que se pueda mirar a través de su cuerpo. El número de muertos en romerías y ferias excede, seguramente, del que arroja la mayor parte de las batallas españolas, aunque no se suela decir una palabra en los periódicos, porque son considerados como cosa corriente, y aun los crímenes, que harían que se publicara hoja doble en nuestros diarios, en el continente apenas se mencionan, pues los extranjeros ocultan lo que nosotros publicamos sin rebozo.

En casos menores de flirteo en los que el culpable no quiere hacer un castigo ejemplar, sino solamente dejar un recuerdo, suelen dar un navajazo en la cara del contrario, diciendo al mismo tiempo, ya estás señalao. Esto recuerda el winkel quarte, la herida en la cara, que es la única salida de un estudiante alemán para salvar su honor cuando le llaman ein dummer junge, un pollo estúpido:

«Und ist die quart gesessen
So ist der touche vergessen»[13].

Las expresiones: Mira que te pego, mira que te mato, son bromitas cariñosas de las que dice una maja a su majo, y, cuando sólo amenazan con la señal en la cara, dicen en Sevilla: Mira que te pinto un jabeque (que es también el nombre del afilado falucho mediterráneo). «Se burla de las cicatrices el que nunca sintió una herida»[14], pero aquellos o aquellas que han recibido un jabeque, avergonzados del estigma y no atreviéndose a mostrarse en público, sienten la natural ansiedad por recobrar la fama y la piel, cosa que sólo puede lograrse con un cosmético, panacea universal. En tiempos de Felipe IV se decía que lo mejor para hacer desaparecer esas superfluas señales era la grasa de gato, y Don Quijote afirmaba que solamente se curaban los arañazos hechos por las mujeres o los felinos con aceite de Apariccio.

Con los adelantos de las ciencias se sustituyeron aquellos medios por el unto del hombre o grasa humana. Nuestro amigo don Nicolás Molero, cirujano muy práctico de Sevilla, nos decía que antes de la invasión francesa preparaba él este específico, vendiéndolo a peso de oro; pero que habiendo sido después adulterado por empíricos sin conciencia, se había desacreditado. La receta del bálsamo de Fierabrás ha hecho romperse la cabeza a los comentaristas del Quijote, pero a nosotros nos ahorró trabajo la amabilidad de don Nicolás que puso a nuestra disposición la fórmula de esta pommade divine o, mejor dicho, mortal. «Cójase a un hombre de buena salud que haya sido muerto violentamente (cuanto más reciente la muerte, mejor), quítesele el sebo que envuelve el corazón, el cual se derritirá después a fuego lento, y clarificándolo se le coloca en un sitio fresco hasta el momento de usarlo. Los numerosos días de fiesta y ceremonias religiosas de España, que reunen a multitud de personas, combinados con el sol, el vino y las mujeres, han asegurado siempre una provisión de sujetos escogidos.

En España, como en otras partes, la manía del médico es una diversión muy cara, que las clases pobres y más numerosas, de los distritos rurales especialmente, se permiten con rareza. Las gentes, lo mismo que las mulas, están rara vez enfermas y sólo se meten en la cama para morirse. Claro está que en el partido hay un médico con el que están igualados, y cuando muere, su vacante se anuncia en los periódicos oficiales y va otro a reemplazarle. Sus modestísimos honorarios les son pagados en dinero y en especie, tanto en trigo, y tanto en metálico; el principio a que se atiende es al de la baratura y, como en nuestra nueva ley de pobres, es preferido el que contrate al mayor número de personas por la cantidad más pequeña. Sus igualados declinan a veces el prestar entera confianza en su ciencia o en su maña y consultan con más frecuencia al barbero o curandero, porque en la ortodoxa España siempre hay algún charlatán donde quiera que se trate de manejar la espada, la pluma, la lanceta o el rosario. Los hechizos, conjuros, reliquias, encantamientos, etcétera, etc., a que se recurre, son si no medievales, por lo menos muy poco cristianos. Pero la farmacopea espiritual de esta patria de Fígaro es demasiado interesante para que vaya a la cola de ningún capítulo.

Capítulo XVIII

EL reverendo doctor Fernando Castillo, estimable autor y maestro español, hace notar, en su luminosa vida de Santo Domingo, que, como España ha sido tan espléndidamente dotada por el cielo con un hermoso clima, un suelo fértil y un número extraordinario de santos, sus habitantes sienten inclinación a la pereza y hacen poco aprecio de tan raras ventajas. Ciertamente, no se dedican con tanto afán como en otras tierras menos favorecidas a cavar y labrar la tierra; pero el reproche de que nunca se sienten Hércules en ningún trabajo y de que no sacan el mayor partido posible de Santiago en cualquier importante dilema, es excesivamente severo; pues en caso de enfermedad no hay sitio en que más se confíe en las salvadoras virtudes de las reliquias y en los conjuros de los benditos frailes.

Como de sobra saben nuestros cultos lectores, la práctica de la medicina en la antigüedad, como ocurre hoy entre los orientales, tenía más de exótica que de científica. Cuando en las enfermedades se veía un castigo divino por los pecados, era tenido por un malvado el que solicitaba el auxilio humano; por esto se vituperó a Asa, y, por la misma razón, los musulmanes y los españoles se resignan con su suerte, desconfiando, y con razón, de sus médicos: «¿Soy yo un dios para matar o para dar la vida?» En las ciudades grandes hay ya gentes que en estos días de progreso se someten a la curación según el sistema europeo; pero en los pueblos pequeños y escondidos—y hablamos por repetidas experiencias personales—no ha desaparecido ni con mucho la antigua y buena confianza en las reliquias y en los conjuros, y aun cuando el doctor Sangrado y Felipe III, cuyos decretos sobre materia médica adornan aún las ordenanzas españolas, deploren la introducción de la perturbadora química, la terapéutica mineral es aún letra muerta en muchos sitios, pues la Iglesia ha trasladado la eficacia de la fe de los asuntos espirituales a los temporales y a las heridas de fusil. Aun Ponz, el Lysons de España, se aventura a asombrarse (y aun no estaba la Inquisición abolida) del número de imágenes de San Lucas, que, según él, no fué un escultor, sino un médico, de donde probablemente provenía su eficacia curativa. Los antiguos iberos eran grandes herbolarios y consideraban que todo el que tenía en su casa una planta determinada estaba a salvo de ciertas enfermedades, como el que tiene hoy una palma bendita está libre del rayo. También empleaban una bebida compuesta de cien hierbas, que llamaban centum herbæ o bebida de cien hierbas, con la cual, lo mismo que con las píldoras vegetales de Morison, se curaban todas las enfermedades, y era tan agradable al paladar, que se bebía en los banquetes, cosa que no ocurre ciertamente con las medicinas de hoy; además, según Plinio, curaban la gota con harina y las inflamaciones de la garganta colgando al cuello verdolagas. Hoy en España los curas y curanderos hacen conjuros y maleficios, del mismo modo que Ulises detenía cantando la salida de sangre; una medalla de Santiago cura la fiebre; un pañuelo de la Virgen, la oftalmía; un hueso de San Magín sirve para todos los casos en que está indicado el mercurio; un huesecillo de San Justo suple en Segovia la pérdida del sentido común; la Virgen de Oña acabó con las lombrices de los Reales Infantes, y la faja de la de Tortosa ayudó al parto a las Reales Infantas. Todo aldeano murciano cree que no le alcanzará ninguna enfermedad a él, ni a su ganado, si lo toca con la cruz de Caravaca, que los ángeles bajaron del cielo y la pusieron sobre una vaca colorada. Cuando visitamos Manresa la última vez, el digno individuo que enseñaba la cueva en que Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, hizo penitencia durante un año, se procuraba una rentita vendiendo piedras pulverizadas de la cueva, que los fanáticos tomaban en los casos en que un médico inglés recetaría polvos de Dover[15]. Cada provincia, por no decir cada pueblo, tiene su santo y su reliquia particular, altamente venerados en la jurisdicción y muy poco fuera de ella, pues, al parecer, su eficacia le ha sido concedida por Santiago, como la Reina Victoria concede autoridad a sus magistrados, para ejercerla solamente dentro de los límites de la provincia. Zaragoza está muy bien dotada de favorecedores: a un pedazo del hígado de Santa Engracia acuden los pacientes necesitados de píldoras mercuriales; el aceite de sus lámparas, que no ennegrece los techos, cura los lamparones, o sea los tumores en el cuello, mientras que el que arde ante la Virgen del Pilar, o imagen de la Virgen que bajó del cielo sobre un pilar, restituía las piernas perdidas. El cardenal de Retz cita en sus Memorias el caso de un hombre con piernas de palo que las tiró porque le crecieron las suyas cuando se frotó con el aceite de la lámpara; y este portentoso milagro fué durante largo tiempo celebrado por el deán y el capítulo, tal como se merecía, con un día especial de fiesta, pues el aceite de Macasar no puede hacer mucho más. Esta imagen esculpida es en este momento un objeto de adoración popular, y la veneración que despierta puede aun disputársela con la que experimentan por el tabaco y el dinero: son innumerables los mendigos cojos, ciegos, lisiados de toda especie que se apiñan alrededor de su altar, como la triste humanidad antigua, para la que los médicos no encontraban remedio, se apretaba alrededor del de Minerva; y hay que confesar que se ven curas verdaderamente maravillosas.

Naturalmente que todo lo dicho es un resto de la superstición y el obscurantismo medievales, y es muy probable que la clase médica de Madrid y otras grandes ciudades, y sobre todo los que han hecho sus estudios en París, no tengan una gran fe en estos remedios espirituales, ni probablemente en ningunos otros puramente españoles; pero su eficacia médica está probada en docenas de historias de provincias españolas que felizmente poseemos, todas las cuales han pasado por la prueba escrutiñadora de la censura eclesiástica, y han sido aprobadas como no conteniendo nada contrario al Credo de la Iglesia de Roma, ni a las buenas costumbres; ni puede permitirse que una Iglesia que declara ser siempre una la misma, y la única verdadera, pueda, cuando le convenga, volverse la espalda a sí misma y negar sus propias drogas y doctrinas. Todo lo que se cuenta aquí era perfectamente evidente bajo el reinado de Fernando VII, y cualquiera que sea la idea que los doctores en Medicina o Filosofía puedan tener acerca de España, lo cierto es que, sobre todo en los distritos rurales a los que no ha llegado aún la civilización extranjera, se tiene mucha más fe en los milagros que en las medicinas.

Nosotros hemos visto muchas veces en las calles a niños pequeños vestidos de frailes franciscanos—Cupidos con cogulla—, cuyos piadosos padres habían hecho la promesa de llevarlos vestidos con el hábito de la Orden, con tal de que su santo fundador protegiese a los angelitos contra el sarampión o los trastornos de la dentición. Es corriente ver a mujeres y aun señoras de la mejor sociedad que hacen promesa de llevar, durante un año, un traje religioso, que se llama el hábito, o con una insignia en las mangas en señal de idéntica protección. En nuestra época ocurrió un caso que divirtió a todas las tertulias de Sevilla, que maliciosamente atribuían la rápida mejoría que una paciente, soltera y muy bella, de la alta sociedad, experimentó de una aparente hidropesía, a causas no por entero sobrenaturales. Don Ricardo, decían a menudo sus amigos de igual edad y rango, «usted que es extranjero, vaya y pregúntele a la querida Esperanza por qué lleva el hábito de la Virgen del Carmen; y luego vuelva a contarnos lo que le dice, y sabrá por nosotros la verdad». ¡Vaya, vaya, don Ricardo, usted es muy majadero!, contestaba la penitente si sospechaba quiénes eran los autores y cuál el motivo de la embajada.

Entre los antiguos, la gente piadosa erigía templos a Minerva médica o a Esculapio, del mismo modo que los españoles levantan altares a Nuestra Señora de los Remedios, o a San Roque, cuya intervención pone «más fuerte que una roca», proverbio inventado en su honor por nuestros antepasados, quienes, antes de la Reforma, confiaban igualmente en él; y ambos pensaban, si hay que dar crédito a Cicerón, que estos patronos hacían tanto, por lo menos, como el médico. ¡Pobre humanidad, tan paciente y crédula que aun se traga charlatanerías médicas como éstas, y que continuará haciendo lo mismo, aunque uno de los difuntos se levantase de su tumba para condenar el absurdo tratamiento que le costara la vida a él y a otros muchos!

Sin embargo, a manera de compensación, la salvación del alma ha sido considerada en España tan importante como en Inglaterra la salud del cuerpo. Estas reliquias, conjuros y amuletos, equivalen a nuestras medicinas, y es maravilloso que nadie en la Gran Bretaña sea condenado a muerte en este mundo, o que en la Península se condene nadie a perder el otro: probablemente las penitencias no han sido en ninguno de los casos completamente específicas. Sea como quiera, es lo cierto que en España los conventos e iglesias son mucho más numerosos y mejor acondicionados que los hospitales; los almacenes de reliquias están mucho más provistos de huesos y ensalmos que los museos anatómicos y las boticas; y después que un español ha sido herido, matado de hambre o ejecutado, acude a su lado un tropel de santos médicos, que, seguramente, no hubieran dado un paso para salvar todo un ejército de compatriotas cuando están en vida; en cambio, ¡cuántas monedas se recogen ahora para pagar misas que libren su alma del purgatorio!

Procura, sin embargo, amable lector protestante, no morirte en España, como no sea en Cádiz o en Málaga, donde, si quieres ser enterrado cristianamente, hay acomodo para los herejes; y si estimas la vida, evita el estar aun enfermo en Madrid; pero si te echa la mano la Facultad, haz testamento a toda prisa, pues si la opinión que sobre sus propios médicos tienen los españoles es cierta, no te salvará de los cuervos ni el mismo Esculapio; huye, pues, de los médicos españoles como de perros rabiosos, y tira sus medicinas apenas vuelvan la espalda.

En España todos tienen sus patronos y protectores a quienes acudir en momentos de apuro. Los reyes—que Dios guarde—tienen la prerrogativa de una patrona especial: la Virgen de Atocha de Madrid, a la cual visitan, con el resto de la real familia, cada domingo del año, cuando están en buena salud. Apenas caía el soberano gravemente enfermo y los médicos de la Corte no sabían lo qué hacer, como algunas veces ocurre aun en Madrid, se llevaba la imagen a la cámara real; de esto puede dar fe el caso de Felipe III, descrito por Bassampièrre: «Los médicos desesperan desde esta mañana, en que se ha acudido a los auxilios espirituales y se ha trasladado a palacio la imagen de Nuestra Señora de Atocha». El rey murió tres días después de llevar la imagen.

Aun cuando ni el médico ni el cura crean completamente en la eficacia de amuletos y reliquias, acuden gustosamente a ellos, por que si la cosa marcha mal, ¿cómo puede esperarse que un simple mortal triunfe si fallan los remedios sobrenaturales? Todos los cargos que en un caso desgraciado se podrían hacer quedan destruídos, atribuyendo la muerte a la voluntad de Dios. Además, si una reliquia no cura, tampoco puede matar, como se sabe que puede ocurrir con los calomelanos. Este principio interruptivo, distinto de los remedios humanos, está admitido por la Iglesia en las rogativas por los enfermos; y donde la fe es sincera, aun las reliquias deben ofrecer un poderoso cordial médico-moral, obrando sobre la imaginación y prestando confianza al enfermo. Este consuelo le está negado al pobre protestante, ni aun a un recién convertido anglicano, porque, realmente, para creer en la eficacia de un hueso monjil, se necesita haber aprendido la lección en la misma cuna. Su substitutivo en los países luteranos in partibus infidelium se encuentra en el láudano, las novedades y la chismografía, siendo esta última el gran específico, por medio del cual sir Henry mantenía la vida de innumerables señoras, con gran desesperación de los hijos, que pagaban su pensión de viuda, desde marquesas hasta baronesas. ¡Y qué profundo agrado produce el amable cuchicheo! «No tiene idea Su Señoría del interés que Su Alteza Real la... se toma por la salud de Su Señoría». La forma del restaurativo moral puede variar según el clima, las creencias, las costumbres, etc., etc., pero sólo a la substancia es a lo que el médico filosófico debe mirar. Debe tocarse aquella cuerda, sea la que fuere, a la que el pulso del paciente responda; y si se consigue curarle, poco importan los medios que para ello se hayan empleado.

Una palabra sobre la obstetricia española. En este país no hay afición a los médicos para asistencias a partos, y la comadre trae generalmente al mundo a los españoles dejando obrar a la naturaleza, y con la ayuda de manteca de puerco, botadura muy apropiada para un niño, que, si sobrevive hasta la edad de la razón, gustará seguramente del tocino. Se envuelve luego al recién nacido como si fuera una momia egipcia y se tiene un cuidado especial en preservarlo del aire, del jabón y del agua; se le cuelga al cuello un amuleto contra el mal de ojo, o una medalla de la Virgen, para asegurar la buena suerte; y así, desde la cuna, se inculcan ideas en los niños sobre los errores que deben evitar y sobre las defensas en que debe resguardarse, que no olvidarán después en toda su vida. Sin entrar en más detalles acerca de los niños, puede decirse que este sistema de asistencia contribuye mucho a la escasa población de la Península. Los partos son también con frecuencia desgraciados. En casos normales la comadre sirve perfectamente, pero en cuanto surge la menor complicación pierde la cabeza y también a la parturienta; en estos difíciles momentos, como en las operaciones críticas de la cocina, es cuando un artista varón es preferible.

Las Reinas e Infantas de España gozan de especiales ventajas. El Paladio de la ciudad de Tortosa es la cinta que la Virgen, acompañada de San Pedro y San Pablo, trajo ella misma bajando del cielo a un sacerdote de la Catedral en 1178, acontecimiento en honor del cual se dice todavía una misa el segundo domingo de octubre. Este gracioso presente fué declarado auténtico en 1617, por Pablo V, y para justificar su infalibilidad, obra toda clase de milagros, principalmente en casos de obstetricia. También se saca para defender a la ciudad en cualquier momento de calamidad pública; pero no valió de nada cuando el ataque de Suchet. Esta cinta, más famosa que el ceñidor de Venus, fué llevada en 1822, en solemne procesión, a Aranjuez, por orden de Fernando VII, con objeto de facilitar el parto de las dos infantas; y así como Lucina, cuando se la invocaba debidamente, favorecía a las mujeres que estaban con los dolores de parto, Sus Altezas Reales fueron igualmente saliendo felizmente del caso, y uno de los niños que entonces nacieron es el marido de Isabel II. Para las mujeres humildes de Castilla, cuando estaban embarazadas, procuraron un remedio espiritual los canónigos de Toledo, que tomaban el más vivo interés en la mayor parte de los casos. La entrada principal de la Catedral tenía trece escalones, y toda mujer que los subiera y los bajara, podía estar segura de que llegaría al final de su embarazo pronto y bien. No es maravilla, por lo tanto, el que, cuando el número de escalones se redujo a siete, todas las mujeres, solteras y casadas, lo tomaran muy a mal. Todas estas cosas de España tienen un sabor marcadamente oriental; hoy los moros tienen un cañón en Tánger, con el cual fué hundido un barco cristiano, y las mujeres deben pasar sobre este artefacto guerrero para salir bien del paso. En todas las edades y en todos los países en que la ciencia de la obstetricia no ha hecho mucho progreso, es natural que se recurra a medios espirituales para contrarrestar los peligros inevitables del momento del parto. En Italia la panacea era el cinturón de Santa Margarita, una cosa parecida a la cinta de Tortosa, que sacaban los frailes siempre que se presentaba un caso difícil. Y se suponía que beneficiaba al bello sexo, porque cuando el demonio quiso comerse a Santa Margarita, la Virgen le ató con su faja y se amansó como un cordero. Esta faja dió también a luz otras fajas, y en el siglo XVII se habían multiplicado tan extraordinariamente, que un viajero afirmaba que «si se uniesen todas unas a otras, llegarían hasta Londres»; pero la historia natural de las reliquias es demasiado conocida para que insistamos sobre ella.

Hacer referencia a médicos españoles sin tener que apuntar alguna muerte, sería tan raro como una cacería con buenos sabuesos en la que no se cobrara ninguna pieza, bien que en el momento crítico no gusten los médicos de estar presentes, al contrario de lo que les ocurre a los cazadores. El médico, en el momento en que las terribles Parcas se mezclan en el asunto, escurre el bulto dejando el campo libre al cura; de aquí el dicho español: «cuando empieza el cura, acaba el médico». En el Quijote se dice que tan pronto como el barbero tomó el pulso al pobre caballero, le advirtió que atendiera a su alma y enviara por el confesor; y hoy, cuando un hidalgo castellano se mete en la cama, sus amigos le persiguen con la misma tonada, y a menudo no se hace esperar la catástrofe. Lord Bacon, grande en sabios ejemplos y sentencias, pedía que su muerte le viniese de España, porque así tardaría en el viaje; pero no sabía que el caballero vestido de negro era una excepción en las proverbiales lentitud y tardanza, característica de sus compatriotas. Como los enfermos se mueren pronto, la ley del país[16] condena a la multa de diez mil maravedises al médico que no dispone en su primera visita que el paciente se confiese, pues el principal objeto en la enfermedad es, como dice el preámbulo, curar el alma; y así ocurre en Italia, donde Gregorio XVI publicó en 1845 tres decretos, uno condenando los ferrocarriles, otro prohibiendo las reuniones científicas, y un tercero ordenando a todos los médicos abandonar la asistencia de los enfermos que no hubieran enviado a buscar al cura y comulgado después de su tercera visita. En España, la primera pregunta que en nuestro tiempo se dirigía a un enfermo no era si, realmente, se arrepentía de sus pecados, sino si había adquirido la bula; y si la respuesta era negativa o si su vieja nodriza se había olvidado de comprar una, se le negaban los últimos sacramentos al infeliz moribundo.

Digamos una palabra sobre esta maravillosa bula, que desarma a la muerte de su aguijón, y que, aun cuando la mayoría de nuestros lectores no tengan la menor noticia de ella, juega un papel más importante en la vida española que el toro en la plaza. En ninguna parte se observa el ayuno con más rigor que aquí, donde la Cuaresma representa el Ramadán del mahometano. Para evitar contravenciones, los creyentes de buen apetito acudieron a la paternal indulgencia de su Santo Padre en Roma, que en consideración a que era necesario que los cruzados españoles estuviesen lo bastante aguerridos para aplastar más eficazmente a los infieles, concedió a San Fernando el permiso para que sus ejércitos pudieran comer carne durante la Cuaresma, con tal de que hubiese alguna, pues dicho sea en honor de la administración militar española en general, pocas tropas hay que ayunen más regular y religiosamente. El día feliz en que se proclama la llegada de esta grata bula que anuncia la comida, se celebra con repique de campanas, como si se tratara de una boda. En provincias, los alcaldes y las corporaciones van a la Catedral con toda solemnidad, asombrando a la multitud y divirtiendo a los señores con la resurrección de las carrozas, las mazas y atavíos antiguos y abigarrados, con los que estas sombras de un antiguo poder y dignidad tienen la esperanza de subrayar su insignificancia individual y colectiva. Una copia de esta preciosa bula no puede, naturalmente, conseguirse de balde, y como hay que pagarla, y al contado, constituye una de las rentas públicas más saneadas. Aun cuando lo que se recauda por este concepto debería ser aplicado a las cruzadas, Fernando VII, el rey católico y único soberano poseedor de una renta semejante, nunca contribuyó con un ochavo para ayudar a los griegos cristianos en su reciente lucha con los infieles turcos.

Estas bulas o, mejor dicho, esta clase de papel moneda se preparan con el mayor cuidado, y constituían uno de los artículos más provechosos de manufactura española. Se temía una guerra marítima con Inglaterra, no tanto por atención a las ayunadoras almas trasatlánticas, como por el temor a perder, como ha demostrado el doctor Robertson, los varios millones de dólares y de plata enviados desde América a cambio de estos tesoros espirituales. Se imprimían en Sevilla, en el convento de dominicos de Porta Cœli; pero Soult, que ahora parece que está volviéndose beato, quemó esta puerta del cielo con sus pasaportes y sus imprentas. Las bulas sólo sirven para el año en que se expenden; doce meses después, quedan anticuadas e inútiles. Hay, entonces, dice exactamente Blanco White, porque muchas veces lo hemos visto, «una prodigiosa prisa de comprar las nuevas por todos los que quieren la felicidad de sus almas y no descuidan la holgura y satisfacción de sus estómagos». Todos los años hay que tomar una nueva, como si se tratase de una licencia de caza, antes de que los españoles se aventuren a recrearse con ave o cuadrúpedo, y con razón pueden estar contentos de que no les cueste tres libras y pico, como las licencias, pues por la suma de dos reales, hombre, mujer y niño, pueden obtener la gracia del clero y de la cocina; pero al cazador furtivo puede acontecerle grandes males, pues la cadena perpetua es una broma al lado de la perdición que aguarda a su alma. Este certificado es pedido por el confesor o guardador de conciencia cuando le coge en la trampa de la enfermedad, y si no la tiene, el fallo es seguro, pues no puede alegar ignorancia de la ley, ya que hay fijada una postdata y requisitos en todas las noticias de jubileos, indulgencias y demás ventajas para el purgatorio, que están fijadas en las puertas de las iglesias; y su lenguaje es tan cortés y perentorio como el de nuestros papeles de contribuciones: Se ha de tener la bula si se espera conseguir algún alivio mitigando las penas del purgatorio, cosa que la mayor parte de los españoles muy vivamente desean; de aquí viene la frase corriente usada por cualquiera al cometer un pecadillo en otras materias: tengo mi bula para todo. La posesión de este documento actúa sobre todas las comodidades corporales como la soda en la indigestión, pues, realmente, lo neutraliza todo, excepto la herejía.

Como es barata, un vecino protestante, aunque no crea por completo en sus salvadoras cualidades, hará bien en comprar una en obsequio a la tranquilidad de conciencia de sus débiles hermanos, pues en esta religión de formas y de prácticas externas se siente más horror por los rígidos españoles al ver comer carne a un inglés durante un día de vigilia, que si hubiera quebrantado los diez mandamientos. La cantidad que la nación cobra por estas bulas es muy importante, aun cuando quedan muy mermadas antes de que al final se paguen a la Hacienda, pues algo de la miel libada por tantas abejas se le pega a las alas. Y el puesto de jefe encargado de la bula es más productivo que el de aduanas o impuestos de los países infieles.

Pero volvamos al moribundo: si tiene la bula se le da el viático con toda solemnidad. Se conduce al Señor en procesión, con gran acompañamiento de personas que llevan luces, cruces, campanillas e incienso, y, como la casa queda abierta al público, se unen a la comitiva todos los desocupados que la encuentran al paso. El espectáculo es siempre imponente, como debe ser, considerando que se cree que el mismo Dios está presente. Y es particularmente llamativo el Domingo de Resurrección, cuando se lleva el Sagrado Viático a todos los enfermos que no han podido ir a comulgar a la parroquia. Este día el sacerdote va bajo un vistoso palio y en el mejor carruaje de la ciudad; y mientras todos, al pasar él, se arrodillan ante la hostia que conduce, él sonríe interiormente, pensando en el dominio que tiene sobre sus prosternados vasallos; las calles se adornan como para el paso triunfal de un rey vencedor; las ventanas se cuelgan con terciopelo y tapices, y los balcones están ocupados por el bello sexo, adornado con sus mejores galas, que arroja bellas flores al paso de la procesión y más bellas sonrisas durante todo el resto de la mañana a sus adoradores de la calle, cuya múltiple adoración está embargada por las divinidades femeninas.

Morir sin sacramentos es la mayor calamidad que puede suceder a un español, puesto que no puede salvarse mientras que se le enseña que hay en esos actos una propia virtud protectora independiente de ninguna diligencia por parte suya. El viático se suele dar cuando se han perdido ya todas las esperanzas humanas, y la excitación, el calor, el ruido y la confusión, rara vez dejan de matar al ya exhausto paciente. Después, cuando la vida ha salido perezosamente con la última boqueada, se coloca el cuerpo en la capilla ardiente, que es un cuarto dispuesto como una capilla, y despojado de todos los adornos y muebles. Cuando se trata de una familia rica, se habilita para este momento una habitación del cuarto bajo, y en ella se coloca un altar y varias filas de candelabros con velas alrededor del féretro. Entonces se permite entrar a la gente en la cámara mortuoria, aun cuando se trate del rey: así vimos a Fernando VII, en su lecho de muerte, completamente vestido, con el sombrero puesto y el bastón en la mano. Esta exposición pública es una especie de pesquisa judicial; antes, como hemos podido observar en varias ocasiones, se vestía al difunto con un hábito de fraile, con los pies descalzos y las manos cruzadas sobre el pecho; la sombra sepulcral que la capucha daba a las muertas y plácidas facciones, producía casi siempre un solemne e indefinible sentimiento en el corazón de los espectadores, y era como si hablasen a los vivos un lenguaje que no podía ser incomprendido.

Los hábitos de lana de las órdenes mendicantes eran los más populares, por la idea que había de que si eran viejos, estaban demasiado saturados de olor de santidad para las viles narices del demonio; y como uno andrajoso valía a menudo al fraile más de media docena nuevos, la venta de los hábitos viejos era negocio para el piadoso vendedor y comprador; los de San Francisco eran siempre los preferidos, porque en las visitas trienales de este santo al purgatorio, conocía su enseña y se llevaba al cielo a los que lo ostentaban. Por una idea semejante pobló Milton su sombrío limbo con lobos cubiertos con pieles de oveja: