«Who to be sure of Paradise,
Dying put on the robes of Dominick,
or in Franciscan think to pase unseen»[17].

A las mujeres, en nuestra época, las vestían de monjas, llevando también el escapulario de la Virgen del Carmen, que ella dió a Simón Stock, asegurándole que ninguno que muriese con él podría nunca sufrir las penas eternas. Estas graves costumbres, tan generalizadas en España, indujeron a un extranjero de espíritu muy exacto a observar que no moría en España nadie más que los frailes y las monjas. En este cálido país, el entierro sigue inmediatamente a la muerte, y no puede ser de otro modo, pues la descomposición de los cadáveres es muy rápida. Los oficios de difuntos se suelen hacer de una manera un poco indecorosa. Antes se enterraba en las iglesias o en los patios anejos a ellos; pero esta costumbre se suprimió por razones de higiene. Entonces se edificaron unos cementerios públicos, que producen, por lo menos, un cuatro por ciento de interés, en las afueras de las ciudades, donde se ven largas filas de sepulturas abiertas ansiosamente para los que pueden comprarlas, y una fosa grande para los pobres. En este camposanto, la muerte nivela a todos, cosa que no deja de ser dura para los que han construído y dotado capillas, con objeto de asegurarse una sepultura entre sus antepasados. Y, sin embargo, no protestaron de la medida ni se preocuparon gran cosa de los sepulcros arruinados y de las rotas efigies de sus «abuelos tallados en alabastro»; la verdadera oposición la hicieron los curas, que perdían ingresos, y, en consecuencia, aseguraron a su grey que no había resurrección posible para unos cuerpos enterrados en esos nuevos depósitos.

Sea ello como quiera, el cuerpo es conducido en un ligero féretro, acompañado de sus amistades masculinas y colocado luego su nicho sin ninguna otra oración o ceremonia. Las mujeres que mueren poco tiempo después de su boda y antes de que las horas nupciales hayan terminado su danza, suelen ser enterradas con el vestido de novia y cubiertas de flores, como en las recomendaciones que para la hora de su muerte daba la reina Catalina de Aragón a su doncella, en la obra de Shakespeare El rey Enrique VIII:

«When I am dead, good wench,
Let me be used with honour; strew me o’er
With maiden flowers, that all the world may know
I was a chaste wife to my grave»[18].

En estos entierros se abre la caja al ir a ponerla en la sepultura, para satisfacer la indecorosa curiosidad de la gente, y luego, por toda la ciudad, se habla del modo cómo iba vestido el cadáver, y se discute si el entierro fué o no muy lucido. El sitio reservado para los niños que mueren antes de los siete años está aparte del de las personas mayores. Su temprana muerte debe mirarse en España más bien como una alegría que como una pena, pues los amados de los dioses mueren jóvenes, y los epitafios son una mezcla de dolor y de satisfacción. El párvulo fué arrebatado a la gloria:

«There is beyond the sky a heaven of joy and love,
And holy children, when they die, go to that world above»[19].

Pero como la naturaleza es en todas partes la misma, hemos visto a más de una madre sollozando junto a la tumba de su hijito, y adornándola con rosas y limpiándola de los hierbajos que crecieron en ella. El cuerpo de los pequeñuelos suele ser llevado al cementerio por niños de la misma edad del muerto, vestidos de blanco, y se arrojan sobre el cadáver flores, bellas como ellos, y que, también como ellos, se marchitan y mueren pronto. Los padres vuelven a casa suspirando por el hijo perdido, su cuna queda vacía, no se oye más su llanto, sus juguetes están donde él los dejara, y todo recuerda el cruel vacío que el dolor no puede llenar aunque

«Stuffs out its vacant garments whith its form»[20].

Los cadáveres de la gente pobre, vestidos con los trajes que usaron en vida, son llevados al cementerio en angarillas, a hombros de cuatro individuos, en la manera que describía Marcial: «no van encerrados en inútiles ataúdes», sino que los conducen como al hijo de la viuda de Nain. Algunas veces hemos visto las horribles angarillas a la puerta de una casa, y tenían en la madera la huella de un cuerpo humano, impresa seguramente por los cientos de cargas que se habrían llevado anteriormente. Estos cadáveres son sepultados en la fosa como los de los perros, y muchas veces, desnudos, pues los supervivientes o sepultureros les despojan de sus andrajos. Aquellas gentes tan pobres que no pueden pagar ni los derechos más baratos, cuando pierden un hijo suelen colocarlo en un cesto a la puerta del cementerio. Una vez vimos a un español embozado que paseaba tristemente por el camposanto de Sevilla, y, cuando abrieron la fosa común, sacó de debajo de su andrajosa capa el cadáver de un niño, lo echó al hoyo y desapareció. Y así, medio mundo vive sin saber cómo muere el otro medio.

En las clases acomodadas la verdadera ceremonia del entierro comienza después de dar tierra al cuerpo. El primer paso es hacer una visita para dar el pésame dentro de los tres días de ocurrida la desgracia. La familia está reunida en la mejor habitación de la casa y sentados en sillas, colocadas al fondo de ella, a un lado los hombres y a otro las mujeres. Cuando entran una señora y un caballero, aquélla da la mano a todas las otras señoras, una tras otra, y después se sienta junto a ellas en la silla vacante más próxima; el caballero se inclina ante cada uno de los hombres presentes, los cuales se levantan de su asiento y le devuelven la cortesía con gran gravedad y dando muestras de profunda aflicción. Al saludar a los más interesados en la desgracia, cada uno de los visitantes le saluda con esta frase: Acompaño a usted en su sentimiento, y, mientras tanto, todo el mundo permanece silencioso como si fuera una reunión de enterradores. Después de estar sentados con ellos el tiempo adecuado, se retiran cada uno en la misma forma en que han entrado.

A los pocos días se envía una esquela, en nombre de todos los parientes, participando la muerte a los amigos de la familia y rogando la asistencia a los funerales; estas invitaciones van encabezadas con una cruz, que se llama El Cristus. Antes de la invasión francesa, que no sólo derribó los muros de los conventos, sino que también atacó a las creencias religiosas, se imprimían muchos libros y se escribían muchas cartas encabezadas con este signo. En nuestra época, muchos médicos de Sevilla lo ponían en sus recetas, pues el Cardenal Arzobispo había concedido un cierto número de años de indulgencias a todo los que santificaran con esta señal sus recetas, aunque fueran de sena y ruibarbo. En las esquelas mortuorias, debajo de la cruz, se ponen las letras R. I. P. A., que significan «Requiescat in pace. Amén». El día indicado, y a la hora precisa, se reunen las personas que acuden al duelo en la casa mortuoria, y, desde allí, se dirigen a la iglesia. Todos van vestidos de riguroso luto, y antes de los progresos de la civilización y de los paletos, no llevaban capas; y como esto les hacía estar a todos más incómodos que a San Bartolomé sin la piel, era considerado como una prueba de verdadero dolor a los manes del difunto. El quitarse la capa en España es una muestra de respeto, equivalente a quitarse el sombrero entre ingleses. Cuando la comitiva llega a la iglesia es recibida por los sacerdotes, y se celebra la ceremonia con toda solemnidad ante un catafalco cubierto con un paño mortuorio, colocado ante el altar y rodeado de candelabros con velas de cera. Cuando termina el oficio, todos los concurrentes saludan al duelo, que está siempre colocado en sitio aparte, y así termina la tragedia. Los padres no llevan luto por los hijos pequeños, lo cual es una reminiscencia de la superioridad patriarcal romana del cabeza de familia, al cual, si muere, se le rinden todas las muestras de respeto imaginables. La forma y el tiempo del luto están escrupulosamente prescritos y son observados rigurosamente, incluso por los parientes lejanos, que se retraen de toda clase de diversiones:

«None bear about the mockery of woe
To public dances or to private show»[21].

Recuerdo la muerte de una amable y venerable marquesa en Sevilla, precisamente días antes del Carnaval, cuya principal preocupación en sus últimos momentos era el pensar en las muchas jóvenes de su familia que se verían privadas de asistir a los bailes y mascaradas, y ellos, por su parte, estaban interesadísimos en su salud y rogaban ansiosamente a la Virgen que prolongase la vida de la señora siquiera sólo fuese por unas pocas semanas.

El triste noviembre trae consigo otras solemnidades fúnebres, muy en armonía con la caída de las secas y amarillas hojas, que Homero compara con las generaciones de la humanidad mortal. La noche antes del 1.º de noviembre, o sea de la fiesta de Todos los Santos, en España se pasa en vela, y es la indicada para los misterios y adivinaciones, pues en ella las impacientes mozas casaderas acostumbran sentarse en el balcón para ver si pasa o no pasa la imagen de los destinados para maridos suyos. El primero del citado mes se dedica a todos los santos, y el 2 a las almas del purgatorio, llamándosele el día de los difuntos, y es rigurosamente observado, en particular por los que han perdido algún pariente o amigo durante el año, ¡y cuán pocos se exceptúan! Desde el amanecer todas las campanas lanzan al viento un lúgubre tañido para recordar a los que no han de acudir ya a sus llamadas, y se visitan los cementerios. En Sevilla se solían ver largas procesiones de mujeres vestidas de negro, que, con lámparas encendidas, montadas en unos palos, andaban lentamente dando vueltas, musitando rezos melancólicos, y volvían al anochecer, formando una larga hilera de brillantes luces. Las sepulturas son visitadas durante el día por los que toman un triste interés en los ocupantes, y se colocan lámparas y coronas de flores en testimonio de cariño, y se rocían con agua bendita, cada gota de la cual tiene la virtud de librarles de alguna de las llamas del purgatorio. Estas pintorescas costumbres recuerdan a la vez el Eed es Segheer del Cairo moderno, el feralia de los romanos, el Νεμεσια de los griegos; aquí están las ofertas de flores de Electra, el funes assensi de los griegos, y las antorchas funerales de los paganos, en vano prohibidas a los cristianos españoles por su antiguo Concilio de Illiberis. En Navarra y provincias del noroeste de España se hacen ofertas de pan y de trigo, que se llaman robos y que son lo mismo que los dones ofrecidos por el descanso de las almas de los difuntos por la gente piadosa de la antigua Roma.

Como en el día citado el cementerio se convierte en el sitio de recepción pública, muy a menudo parece más bien un alegre paseo de moda que un acto triste y religioso. La liviandad de los meros curiosos y de la multitud contrasta violentamente con la tristeza de los realmente acongojados. Pero la vida en este mundo se impone a la muerte y la alegría sigue de cerca al dolor; el sitio está lleno de mendigos, que apelan a la orden del día e importunan todos los piadosos recuerdos, pidiendo por el alma del llorado muerto. Fuera de los tristes muros todo es vida y alegría, pues hay un ruidoso comercio de dulces, castañas y chucherías, un estrépito de coches y caballos y un torrente y baraúnda de juramentos de los que cuidan de ellos, que seguramente no será del agrado de las benditas ánimas del purgatorio, por las que todas las clases españolas manifiestan tanto interés y cariño.

Ya hemos visto cómo se da tierra al cuerpo del ortodoxo castellano; en cuanto al alma, si va al purgatorio, se considera desde luego salvada, pues es seguro su admisión en el Paraíso al expirar el término de castigo, es decir, «cuando está purificada de los crímenes cometidos en carne humana», como dice el fantasma en Hamlet, que no había olvidado su Virgilio. Si el docto objeta a un clérigo español que todo eso es pagano, se le contestará que puede ir más lejos y pasarlo peor. Tratándose de un verdadero católico, este plazo de trabajos forzados puede ser mucho más corto, pues esto puede hacerse por medio de misas, de las cuales pueden decirse todas las que se quieran, pagándolas previamente. El vicario de San Pedro tiene las llaves que siempre abre las puertas a los que ofrecen el áureo don con que Caronte fué sobornado por Eneas; y así, nada hay más fácil para un creyente rico y juicioso, suponiendo que crea al Papa contra la Biblia, que ir derecho al cielo; tampoco los pobres son completamente relegados al olvido, como puede verse por la infinidad de días de indulgencia que es fácil ganarse visitando cualquier altar de España practicando las más falsas rutinas. Lo único extraño es cómo cualquier creyente puede dejar de asegurarse el escapar de este presidio espiritual sin tener que ir a él para nada, o, por lo menos, sólo como un formalismo.

Un alemán exacto y laborioso calculó que un hombre activo, gastando tres chelines en coche, podía ganar en una hora, visitando varios altares privilegiados en Semana Santa, veintinueve mil seiscientos treinta y nueve años, nueve meses, trece días y tres minutos y medio de disminución de las penas del purgatorio. Estas mercedes fueron ofrecidas por los curas españoles en Sud América, en más grande estilo, adecuado a aquel colosal continente; por una misa sencilla en San Francisco de Méjico, el Papa y los prelados concedieron treinta y dos mil trescientos diez años, diez días y seis horas de indulgencias. Ello constituye un buen medio de sacar dinero; como dice una autoridad en asuntos mejicanos: «yo no daría esta sencilla institución de las misas por las ánimas benditas, por el poder de tributación que posea cualquier gobierno, puesto que no se necesita ningún recaudador y la contribución se paga con la mejor voluntad del mundo, porque, ¿quién no paga para librar a un pariente o a un amigo del fuego eterno?»

El purgatorio ha sido siempre una verdadera mina de oro de Golconda para Su Santidad, pues aun los más pobres tienen un albur, puesto que las personas caritativas pueden librar ánimas anónimas del purgatorio obteniendo un auto de habeas animam, esto es, pagándole al cura una misa. Para esto hay días especiales señalados en el almanaque y que conoce cualquier mozo de posada; pero, además, en las puertas de las iglesias se pone un cartelito con el letrero: Hoy se saca ánima. Por lo general, estos días son más numerosos en primavera, sin duda porque en invierno no es tan molesto estar cerca del fuego.

¡Pobres protestantes, que, no pagando el dinero de San Pedro, han cometido un nuevo acto de herejía, y el peor de todos, el que Roma nunca podrá olvidar! Estos rebeldes sólo pueden esperar salvarse por su fe y sus frutos las buenas obras; deben arrepentirse de sus amados pecados y comenzar una nueva vida, pues para ellos no hay cordón de San Francisco que les saque, si cayeron al pozo, ni rosario de Santo Domingo que les traslade, prontamente, a toda velocidad, del tormento a la felicidad eterna.

Fuera del seno del Vaticano, sus almas no tienen redención, y dentro de las fronteras de España, difícilmente correrán los cuerpos mejor suerte, si muriesen en aquel ortodoxo país, donde los más avanzados liberales difícilmente tolerarían que se enterrasen los cadáveres de los herejes de negra sangre, pues el trigo no crecería al lado de sus tumbas. Hasta hace poco tiempo, en los puertos de mar se solía enterrar a los protestantes en un hoyo abierto en la playa, más allá de la línea de la marea baja; pero hasta esta concesión a los infieles ofendió a los pescadores semimoros que, en verdaderos creyentes y perseguidores, temían que sus lenguados se envenenaran; a pesar de lo cual no hay marinero ni sacerdote que se niegue a aceptar una moneda inglesa, porque dicen que: El dinero es muy católico.

Afortunadamente, las cosas han mejorado algo en estos últimos años, con respecto a los protestantes, y puede ser un consuelo para los enfermos que son enviados a España para cambiar de clima y que sean exigentes, el saber, en caso de ocurrirles una desgracia, que se permiten ahora cementerios protestantes en Cádiz, Málaga y otras pocas capitales. La historia de la concesión es curiosa, y que nosotros sepamos, nunca se ha contado. En tiempos de Felipe II, los luteranos eran peor tratados que los perros: si se les cogía vivos se les quemaba por orden del Santo Tribunal, y si muertos, los arrojaban al muladar. Cuando en 1622 envió nuestro cobarde Jaime I su pacífica y mal juzgada misión, por la cual se libraba a España de ulteriores humillaciones, Mr. Hole, el secretario del embajador lord Digby, murió en Santander. No se permitió que fuese enterrado y se colocó el cadáver en una caja y se echó al mar; pero apenas se marchó Su Excelencia, «los pescadores», según escribe Somers, «temiendo que mientras el cadáver de un hereje estuviese en el agua no tendrían pesca», lo sacaron, y «el cuerpo de nuestro hermano y compatriota fué abandonado en el campo para pasto de las aves de rapiña». En el tratado de 1630, el artículo 31 determina lo que ha de hacerse con los bienes de los ingleses que mueran en España, pero no dice nada de sus cuerpos. «Estos, dice un comentador de Rymer, tienen que quedar apestando en campo abierto, con el fin de que los perros los encuentren con seguridad». Cuando Mr. Wáshington, paje de Carlos I, murió en Madrid, en la época en que su señor estaba allí, Howell, que estaba presente, dice que, sólo como un favor especial al pretendiente de la Infanta, se permitió que el cadáver fuese enterrado en el jardín de la embajada, al pie de una higuera. Algunos años después, en 1650, fué asesinado Ascham, el enviado de Cromwell, y su cuerpo fué enterrado en un hoyo, sin ninguna ceremonia; pero el Protector era hombre con el cual no se podía jugar y que conocía perfectamente cómo debía tratar a un Gobierno español, siempre pusilánime y fanfarrón, del cual no se consigue nada con amabilidad y cortesía—cualidades que toma por debilidad—y, en cambio, concede inmediatamente lo que se le exige atemorizándole. Entonces exigió que se estipularan y determinaran las condiciones en que se debía enterrar debidamente a sus súbditos, y el jactancioso Gobierno español accedió inmediatamente, figurando en el tratado de Carlos II, en 1664, y concediéndose después, en 1667, con sir Ricardo Fanshawe.

Sin embargo, nada figura en ninguna parte relativo a este asunto hasta 1796, en que lord Bute compró terreno para enterrar a los ingleses más allá de la puerta de Alcalá, en Madrid. Durante la guerra, cuando toda la Península era un cementerio para nuestros compatriotas, un digno señor madrileño se apropió esta parcela de terreno, no para sepultura suya precisamente, sino para cultivarlo bien y provechosamente. En 1831, míster Addington hizo algunas averiguaciones, encontrando los documentos que acreditaban la compra del terreno indicado en la Contaduría de Hipotecas que la atrasada España tiene y que no posee la avanzada Inglaterra. El intruso fué desposeído, aunque con grandes protestas por su parte. Antes de la época de lord Bute, los ingleses eran enterrados de noche, sin ceremonia de ninguna clase, en el jardín del Convento de los Recoletos, y cuando el terreno adquirido por lord Bute tuvo valor, los piadosos frailes quisieron cambiarlo por el rincón que en un jardín tenían los ingleses; pero el trato no pudo hacerse, por la reciente ley que prohibía los enterramientos dentro de las ciudades.

El campo comprado por lord Bute está ahora sin cercar y sin cuidar; afortunadamente, no se ha utilizado mucho, pues en los últimos treinta años sólo han muerto en Madrid quince protestantes. En noviembre de 1831, Fernando VII resolvió al fin esta grave cuestión, dando un decreto en el cual se concedía permiso para construír cementerios protestantes en todas las poblaciones en que residiese cónsul o un agente inglés cualquiera, aunque en las condiciones más degradantes. El primero que se hizo, en virtud de este decreto, firmado por el hombre que fué repuesto en el trono por la muerte de treinta mil ingleses, fué obra de míster Mark, nuestro cónsul en Málaga, el cual cercó un espacio de terreno en la parte este de la ciudad, colocando sobre la puerta una lápida con el decreto en cuestión, y encima una cruz como si clamara a los sentimientos dominantes en los españoles: su lealtad y su religión. Los malagueños no salían de su asombro al ver el símbolo de la cristiandad sobre la última morada de los perros luteranos, y exclamaban: «¡También estos judíos usan la cruz!» Hay que recordar que el término judío es el colmo del desprecio para un español. El primer cuerpo que se enterró en este primer cementerio fué el de míster Boyd, fusilado por el cruel Moreno con el desgraciado Torrijos y sus rebeldes compañeros.

Capítulo XIX

NINGÚN buen aficionado al Quijote encontraría completa una pintura del cirujano español si no se mencionara al barbero, aun cuando sólo fuese a la ligera. Aunque los nombres de los dos doctos profesores han sido durante largo tiempo casi sinónimos en España, es mucho más preferible el barbero, por ser sus heridas mucho menos peligrosas y su conversación más agradable. El y el cura formaban la pacífica tertulia del Caballero de la Mancha, como el boticario y el vicario solían formar la de la mayor parte de nuestros señores provincianos de Inglaterra. Por lo tanto, que todos los que lleguen a Sevilla, ya sea un Adonis francés, barbudo como un leopardo, a pesar de su juventud, o una de nuestras bellas lectoras, igualmente libre de los dolores y penalidades del afeitado diario, hagan inmediatamente una peregrinación al santuario de San Fígaro. Su tienda (que como otras legendarias curiosidades locales hay que temer sea apócrifa) está situada junto a la catedral, y es tan famosa como la casa de Dulcinea, en el Toboso, o la torre de Gil Blas, en Segovia: tal es el mágico poder del genio. Cervantes y Le Sage han dado forma, cuerpo y albergue a las aéreas creaciones de su imaginación, como Mozart y Rossini, llenando el mundo con sus melodías, han hecho que en las orillas del Guadalquivir repercutan sus dulces invenciones.

Pero, incluso para los que no tienen música en sus almas, el tránsito de doctores a barberos es armonioso en un país donde las barbas fueron largo tiempo honradas como emblema del valor y la caballerosidad, y el afeitado fué el precursor de la cirujía; y aún hoy mismo, la tienda del barbero está mucho mejor surtida de instrumentos cortantes y de pacientes que muchos hospitales de España. Diremos antes algo de las negras patillas de la morena España. No hay que confundirlas con los antiguos mostachos, palabra clásica, pero ahora rara, que los estudiantes salmantinos derivaban de μυστἁξ, el labio superior, y que hoy se llama bigote, el cual también tiene etimología extranjera, pues es una corrupción del alemán bei gott, y se formó en las circunstancias que vamos a contar, porque los apodos, que se pegan como sanguijuelas, sobreviven muchas veces a la historia que los origina. Los caballeros del séquito de Carlos V, que usaban estos tremendos atributos de la masculinidad, juraban como condenados y se daban un tremendo pisto, con mayor tremendo disgusto de sus camaradas españoles, que tenían una gran opinión de sí mismos y sentían olímpico desprecio por todos sus aliados extranjeros. Estos extraños mostachos impresionaron sus ojos, como los más extraños sonidos que salían de debajo de ellos impresionaron sus oídos, y como tenían un sentido muy fino del ridículo y un acierto completamente oriental y de chico de escuela para escoger los apodos, aplicaron el sonido a la substancia y bautizaron el formidable adorno peludo con el nombre de bigotes. Este proceso de la formación de palabras es muy conocido de los filólogos, quienes saben perfectamente que, en muchas ocasiones, una parte esencial de una cosa es tomada por el todo. Por ejemplo, el decir sombrero en conversación corriente en España equivale metafóricamente a grande de España, como woolsack (asiento del gran canciller en la Cámara de los Lores) es en Inglaterra sinónimo de la dignidad de Lord Chancellor. Es, pues, natural que los incultos soldados, al oír un lenguaje que no entendían, señalaran a sus enemigos a manera de reproche con aquellas palabras que, al oírlas constantemente, imaginan que deben constituír los fundamentos de la hostil gramática. Así nuestras tropas llamaban a los españoles los Carajos, por sus terribles juramentos y terribles huídas. También los listos franceses designaban con el nombre de les godams a aquellos «estúpidos» de chaquetas coloradas a quienes nunca podían vencer, pero continuaron dando ese significativo nombre a sus vencedores hasta que éstos les enseñaron muy cortésmente el camino más corto para atravesar los Pirineos y volverse a su casa.

El verdadero mostacho español, tal como lo llevaban los legítimos don Whiskerandoses[22], hombres de capas y bolsas más escasas que barbas y tizonas, hace mucho tiempo que ha sido cortado como los rabos de las pelucas de nuestros monarcas y ministros. Pero sus méritos quedan conservados en metáforas más durables que esa obra maestra en bronce, con la que Mr. Wyatt, ebrio de Fidias, ha adornado al rey Jorge y a Charing Cross. Así, pues, un hombre de mucho bigote significa en España ser un personaje de muchas pretensiones, un mozo liberal y bien plantado; todo lo contrario, en suma, a un santito con respecto al vino, a las mujeres o a la teología. Los primitivos mostachos españoles han sido, del mismo modo que los rabos de las pelucas inglesas, inmortalizados por las bellas artes e insuperablemente pintados por Velázquez, que con su creador pincel no necesitaba rizarlos con tenacillas. Retorcidos por puro iracundo y marcial instinto, se les llamaba bigotes a la Fernandina, y su rápido crecimiento era atribuído a la eterna humareda del cañón enemigo, en la que nadie podía evitar que sus valerosos propietarios hurgasen con sus caras. En estos tiempos de degeneración ha disminuído este lujo, a menos que la Historia de la Guerra de la Península, de Napier, esté escrita, como dicen los españoles, con un espíritu de envidia y de celos hacia sus heroicos ejércitos, que, solos, abatieron las águilas invencibles de Austerlitz.

Así como entre los egipcios la jerarquía de los dioses y sacerdotes se manifestaba por la forma de llevar cortada la barba, en España se distingue el militar, el paisano y el clérigo por sus formas, claramente determinadas. La carlista o imperial, como llamamos al mechón de pelos en la mitad del labio inferior (palabra derivada o del rey Carlos o del emperador, su tocayo), se llamaba en España el perrillo[23], al que se le cortaba la cola, que aunque va muy bien en los animales o en los bronces, no casaba del todo con la elegancia castellana.

En la época medieval de la grandeza de España no se usaban patillas, sino barba; y como entre los orientales y antiguos, era considerada como atributo de sabiduría y cualidades militares; el cortarlas suponía un insulto y una injuria, poco menos que la decapitación, y se llevaba este pundonor hasta más allá de la tumba. El cadáver sentado del Cid—así lo cuenta su historia—dió de puñadas a un judío que tuvo la osadía de tirar al viejo león de la barba; la cual, como saben todos los filósofos naturales, tiene vida independiente y crece, quiera o no quiera el dueño, y esté vivo o muerto. Cuando los insolentes galos tiraron de estos colgantes ornamentos de los ancianos senadores romanos, éstos, que habían presenciado con imperturbable dignidad cómo el mariscal Breno robaba sus cuadros y sus vajillas, no pudieron tolerar este último y más grande ultraje. El cambio natural de los tiempos y de la moda hizo que perdiera valor la barba española, que, siendo llevada solamente por los frailes mendicantes y por los chivos, fuese considerada como poco distinguida, siendo substituída entre los caballeros por el bigote a la italiana, colocándose entonces el honor español debajo de la nariz, ese sensitivo centinela.

Hallándose una vez el famoso duque de Alba necesitado de dinero, ofreció uno de sus bigotes como garantía para un préstamo, y un solo bigote fué considerado como garantía suficiente por los Rothschilds del día, que recordaban demasiado bien qué difícilmente había escapado su antecesor, para reírse de nada relacionado con la barba de un héroe; nous avons changé tout cela. Ahora, todos los judíos unidos de París y de Londres no darían seguramente un céntimo por ninguno de los aditamentos capilares de Narváez o de Espartero, ni aun cuando a ellos se añadieran los mostachos reglamentarios de Montpensier y un manojo de legítimas barbas borbónicas, garantizadas.

El uso del bigote en España es obligatorio para los militares, la mayor parte de cuyos generales—su nombre es legión—cuidan tiernamente de sus perillas, temiendo a la navaja tanto como a la espada. Cuando el infante Don Carlos escapó de Inglaterra, la dificultad mayor fué hacerle quitar el bigote, pues casi hubiera preferido perder la cabeza como su real tocayo inglés. Cuando el valeroso Drake quemó en Cádiz la flota de Felipe, llamó sencillamente a esta acción nelsoniana «chamuscar las barbas al rey de España». Zurbano consideraba suficiente castigo para algunos traidores vascos cortarles los bigotes y dejarlos luego en libertad, como ratones sin rabo, pour encourager les autres. Y, ciertamente, es una privación. Así, Majaval, el pirata asesino, que por la gloriosa ambigüedad de las leyes inglesas no fué ejecutado en Exeter, cuando llegó a Barcelona ofreció en acción de gracias a la libradora Virgen la barba que le había crecido en la prisión.

Muchos paisanos y comerciantes españoles, a imitación de los Calicots transpirenaicos, que usan mostachos en tiempo de paz y lentes en tiempo de guerra, les dejan crecer de tal manera, que Fernando VII fulminó un Real decreto con objeto de amputarles de la faz de la Península, del mismo modo que la Sublime Puerta está descolando a sus verdaderos creyentes: tal es el progreso de la moderna e imberbe civilización. La intención de cortar las capas de Madrid por poco cuesta la corona a Carlos III, y este desmochador decreto de su amado nieto fué obedecido como generalmente se obedecen los decretos en España: durante un mes menos veintinueve días; pues estos decretos, como los tratados solemnes, las constituciones, los certificados de mercancías, etc., se usan más principalmente para encender los cigarros. Pero ahora que los moro-españoles tienen a gala imitar el verdadero lustre parisiense, el aire nacional va así desapareciendo, con gran pesadumbre y desdoro del pobre Fígaro.

En cuanto a su tienda y hogar, nadie puede dejar de encontrarle sin necesidad de cicerone, pues el exterior se distingue desde lejos por los emblemas de su antigua y honrosa profesión: primeramente, y ante todo, hay colgado a la puerta un reluciente y metálico yelmo de Mambrino, con una primorosa hendedura semicircular, cortada en su reborde, donde se coloca el cuello del paciente durante la operación del enjabonamiento, que se hace siempre con la mano y muy copiosamente. Junto a la bacía cuelgan enormes muelas, que en cualquier museo inglés pasarían por colmillos de elefantes, y por los de San Cristóbal en las iglesias españolas, donde la anatomía comparada es rechazada como herética en asuntos de reliquias, y es cosa extraña (y ningún teólogo español pudo nunca darnos la razón de ello) que este santo no sea el «patrón especial» contra los dolores de muelas; de éstos, Santa Apolonia es la calmante patrona. Al lado de esos molares se exhiben terribles emblemas flebotómicos y rudas representaciones de sangrías; pues en España, tanto en la iglesia como fuera de ella, la pintura sustituye a la imprenta para los muchos que tienen ojos pero no pueden leer. La pértiga del barbero, con su pintado vendaje, que servía de apoyo para mantener extendido el brazo, no se ve en el umbral de los fígaros españoles, porque la sangría se hace generalmente en los pies, pues así se supone que se mantiene el equilibrio de la circulación. Las muestras suelen representar un pie de mujer, elegido, sin duda, por el artista por ser objeto, y muy razonablemente, de gran devoción en España, aun cuando también tiene en ello influencia la tradición, pues antes se solía sangrar con regularidad a las morenas, como aun se hace con las terneras, para lograr blancura en la carne y hermosear el cutis; y como era costumbre que, con ocasión de la sangría, el novio restaurase a la agotada paciente por medio de un regalo, las bolsas de los galanes llevaban el mismo paso que el agotamiento venoso de las señoras de sus pensamientos. Los Sangrados españoles, sean o no profesionales, han sido siempre muy partidarios del derramamiento de sangre inocente, y pocos pueblos en el mundo son más cuidadosos de la pureza genealógica de su sangre ni más aficionados a verterla como si fuera agua, tanto la de las propias venas como la de los demás; y digamos una palabra de este vital fluido, con el que se riega demasiado a menudo la desgraciada España durante sus discordias intestinas.

Si los anatomistas iberos no descubrieron su circulación, los reyes de armas han adornado su blasón, como nosotros a nuestros almirantes, con todo el primor del colorido heráldico. Sangre azul es el licor de los semidioses que corre por las venas de los grandes y de los más nobles, cuyo orgullo consiste en ser «un verdadero hidalgo, sin mezcla de sangre de judíos o de moros», alarde que, al igual de muchos otros, necesita confirmación, pues en la mano de cualquier mujer está el contaminar la sangre de Carlomagno; y la naturaleza, que no puede ser mixtificada, ha estampado en sus semblantes la muestra del origen híbrido, y particularmente de estos mismos y aborrecidos linajes; y de este tinte de celestial azul proviene el llamar de sangre azul en España a la flor y nata del universo, a la haute volée, que se encumbra sobre los vulgares mortales. La sangre roja es la que corre por las venas de los hidalgos pobres y los segundones, y apenas se la tiene en cuenta, a no ser por las madres juiciosas que tienen hijas casaderas. La sangre, la sangre ordinaria es la roja arcilla que colorea la mejilla del labrador y del plebeyo; y posee o debe poseer una incompatibilidad perfecta con el fluido mejor coloreado y una propiedad anti-amalgamadora, como el aceite o como el vinagre. Hay más diferencia, según dice Salario, entre esas sangres que entre el vino rojo y el del Rin. Pero estos y otros sueños son metáforas heráldicas, pues el rosado torrente, burlándose de heraldos y reyes de armas, corre inversa y perversamente; en las venas del fornido arriero la sangre es lava de salud y energía, mientras que en el memo barón o marqués se estanca en el torpe letargo de un colapso azul. Su noble sangre está virtualmente más empobrecida que sus rentas nominales, pues la operación de transmitir sangre saludable de unas venas jóvenes a un cuerpo viejo, tan practicada en otras partes, es demasiado refinamiento para la sangre azul y los Sangrados españoles; el fino fluido no se enriquece nunca con la adiposa heredera de un magistrado ni la decaída cepa genealógica es renovada por el dorado injerto de la hija única de un banquero. Los insignificantes grandes de España permitieron tranquilamente que Cristina hollase sus libertades patrias, y sólo protestaron cuando los hijos que ella tuvo del plebeyo Muñoz se interpusieron entre ellos y su nobleza, siendo, pues, indiferentes ante la degradación del trono y ridículamente puntillosos para los prejuicios de su clase. Esas damas peninsulares que tienen la sangre azul y la cabeza en blanco, son igualmente difíciles en lo que se refiere a la mezcla de ella, aunque sea por el himeneo; se cuenta que habiendo ocurrido que una de ellas mezclara, en un momento de debilidad, su color azul con otro algo pardusco, alegó en excusa que lo había hecho por salvar su reputación. «¡Qué disparate, señora mía!», fué la respuesta de su bella confidente; «diez bastardos no hubieran empañado tanto el brillo de vuestro linaje como un hijo legítimo habido en un matrimonio tan desigual».

Pero volvamos a nuestros colores: la sangre negra es la ruin pez, infernal vileza que se encuentra en los esqueletos de los moros, judíos, gentiles, luteranos y otros herejes combustibles, cuyos cuerpos quemaba el Santo Tribunal por el bien de sus almas. Es más; en el caso de los hebreos se supone que, además, esta sangre negra hiede; de donde viene el que los judíos fueran llamados por los doctos latinistas putos, quia putant; y no se puede negar que en Gibraltar los hijos de Israel no huelen a rosas, aunque para narices heterodoxas o no heráldicas no huelan menos mal los creyentes frailes españoles. Recientemente se ha asignado el color negro a la sangre de los enemigos políticos, y la constante panacea de todos los Sangrados militares ha sido un abundante «derramamiento de vil sangre negra». ¡Cómo se tocan los extremos! Así esta aristocracia del color que en la vieja y despótica España se sitúa en las venas, la coloca la joven y republicana América en la piel, porque, ¿cuál será el libre y sencillo yanqui que reconozca un hermano en un negro?

Pero volvamos a nuestro Fígaro. Es muy difícil confundir su tienda con otra, pues aparte de las señales exteriores que anuncian las finas artes que se practican dentro, su umbral es el punto de reunión de todos los desocupados, así como de los que desean limpiar sus caras del espeso rastrojo que en ellas ha crecido durante tres días. La barbería ha sido, desde los tiempos de Salomón y de Horacio, el centro de las noticias y de la murmuración, de la sátira y del epigrama, como lo fué la tienda de Pasquino, el sastre, en Roma. Es el círculo de las gentes humildes que se sitúan aquí y escuchan, liados en sus capas como romanos, a algún lector de la Gaceta que, con su cigarro, representa a la moderna civilización, y se consuela con vanos humos. Es asimismo un cuadro de escándalo, pues todo el que haya vivido íntimamente algún tiempo entre españoles sabe lo aficionados que son a despellejar al vecino en cuanto vuelve la espalda, y que a veces las gentes bajas usan cuchillos más afilados aún que sus lenguas. También acuden jugadores que, sentados en el suelo con cartas de color de tierra, siguen las peripecias del juego, como si de él dependiera la vida, cosa que algunas veces ocurre, pues nunca falta un guapo que llegue y, apoderándose de las cartas, diga: Aquí no se juega más que con mi baraja. Si los jugadores se acobardan, cada uno le da una perra chica; pero si uno de los desafiados es un espíritu rebelde, suele retarle diciendo: Aquí no se cobra el barato sino con un puñal de Albacete. Si el otro acepta el reto, contesta: Vamos allá; y entonces se acaba el juego y todos se disponen a presenciar un écarté más interesante. Se han dado casos, cuando un bribón se encuentra con otro, de atarse los dos pies, que avanzan para luchar, y haber esgrimido el cuchillo y la capa durante un cuarto de hora antes de asestar el golpe. El cuchillo se empuña firmemente, apoyando el pulgar en línea recta contra la hoja, y calculándolo según sea para cortar o para pinchar.

La palabra barato significa propiamente la propina que se da al mozo que trae una baraja nueva. Se deriva del árabe baara, «don voluntario»; por corrupción, baratero viene a significar un don involuntario. El término legal inglés barratry se deriva del medieval barrateria, que quería decir fullería en el juego. Cervantes sabía muy bien que baratar, en español antiguo, era cambiar de mala fe, escamotear, vender una cosa por menos de su valor, y por eso llamó ínsula Barataria al imaginario gobierno de Sancho. El baratero es una cosa peculiar de España, donde se da mucha importancia al valor personal, y los hay en todos los regimientos, en las cárceles, en los barcos y hasta entre los galeotes.

El interior de la barbería es, igualmente, una cosa de España. Su vecina puede jactarse de ir a la cabeza de Europa en las artes del peinado y de esquilar a los perros de agua; pero Fígaro se ríe de su civilización y no hay gato que tenga las orejas y el rabo mejor afeitados que el suyo.

Las paredes de su sala de operaciones están pulcramente blanqueadas; en una percha se ven colgados su capa y su sombrero de catite; la anaquelería está adornada con pintadas figuras de yeso de pintorescos truhanes, ataviados con todos los trajes andaluces: bandidos, toreros y contrabandistas, todos los cuales, especialmente los últimos, son más populares que cualquier enlevitado ministro. Animan las paredes toscas estampas de bailes de fandangos, milagros y corridas de toros, que deleitan tanto a las clases populares españolas; son muy aficionadas, como las nuestras, para las notabilidades del pugilismo y de los deportes. Y a menudo tampoco falta el retrato de su morena. Junto a éstas se ven imágenes de la Virgen (pues en España la religión se mezcla a todo), y los santos patronos, con pilitas de agua bendita y alumbrados constantemente por una lamparita de aceite. Antiguamente ningún barbero empezaba un trabajo, bien fuese sangrías, o afeitar, o sacar una muela, sin hacer la señal de la cruz. Santificados de esta manera, los utensilios para su arte están en perfecto orden; su espejo, jabón, toalla, correa, y la guitarra, que con la navaja constituyen el género barbero. Decía Don Quijote de estos notables que eran, o guitarristas, o copleros; o inventan coplas, o acompañan a los cantantes con la guitarra. Por eso Quevedo, en las Zahurdas de Plutón, castiga a los malos fígaros colgando cerca de ellos una guitarra, que les atormenta por no poder tocarla y se aleja cuando quieren cogerla.

Pocos son los españoles que se afeitan solos; lo consideran demasiado mecánico, y, como los orientales, prefieren la «navaja alquilada»; y como eso tiene que pagarse, es raro el que se permite el lujo de afeitarse a diario. Don Quijote advertía a Sancho, cuando fué a gobernar la ínsula, que se afeitara por lo menos un día sí y otro no, si quería tener apariencia de caballero. La palidez típica de los españoles se acentúa más por el contraste con las cerdas negras de la cara. El fígaro de hoy se viste con arreglo a la moda, en que aparece en los escenarios transpirenaicos; siguiendo los buenos consejos de Galeno, tiene cuidado de no alarmar a sus pacientes con un traje lúgubre. A su alrededor no hay nada negro ni que recuerde la sepultura: va lleno de borlas, tejuelos, colorines y bordados; a cada paso dice agudezas y cuchufletas; nunca está quieto; siempre inquieto, miente y enjabona, hace la barba o una zapateta, acá y acullá y en todas partes: Fígaro la, Fígaro qua. Si tiene un momento libre de rapar barbas o de liar pitillos, descuelga la guitarra y canta la seguidilla de moda, desechando así las preocupaciones, que son enemigas de la música alegre. Desempeña sus deberes profesionales mucho mejor que su rival el cirujano, y al mismo tiempo no descompone el cuadro si toma parte en una función de aficionados, pudiéndose decir que representan más funciones los barberos en Sevilla que en muchos teatros de Europa.

Según reza el proverbio: Los barberos, o locos o parleros, y por eso, el autócrata andaluz Adriano contestó cuando le preguntaron cómo quería que le afeitaran: «en silencio». El común de los mortales tiene que soportar la charla del fígaro mientras le sirve, sin ni siquiera poder responder, pues no es cosa fácil sostener una conversación sentado en el sillón de la barbería con las mejillas enjabonadas y las narices entre un índice y un pulgar. Según se dice, los barberos españoles aprenden su oficio en la cabeza de los hospicianos, y a aquel de que hablaba Marcial nada escapó de sus manos, a no ser un cauto macho cabrío. Los experimentos en las venas y en la boca de los pacientes son muchas veces cómicos, pero otras son bastante serios, como podemos afirmar por triste experiencia propia, pues tuvimos la poca precaución de dejar en España dos muelas de juicio como reliquias, recuerdos y trofeos de la implacable hazaña de Fígaro. No nos queda ya sino recordar su existencia y que eran de más valor que las perlas de las orejas de Cleopatra que disolvía en sus gazpachos. «Una boca sin muelas decía Don Quijote, es peor que un molino sin piedra». Y el caballero tenía razón.

Capítulo XX

DESPUÉS de tratar de los medios más aceptados en España para viajar, vivir y ser enterrado, es natural que nuestros amables lectores deseen averiguar qué atractivo especial puede inducir a personas que viven con cierta holgura a aventurarse en esta tierra de pasa-trabajos, en la que, donde menos se piensa, saltan las ratas, no la liebre. «Lo digno de observación» es algo muy difícil de explicar, porque, ¿quién puede proveer a la infinita variedad de gustos, a las diferencias por las cuales la naturaleza da a cada carácter lo que la conviene? ¿Y quién se atrevería a decidir cuando los doctores no se ponen de acuerdo, como siempre les ocurre, en cuestión de gustos, ya que cada cual tiene su manera de ver las cosas y sus manías y predilecciones? No hay, pues, que decir que todo el mundo es un yermo ni empeñarse en hallar cizaña donde se crían flores. El buscar lo bueno es el camino más seguro de llegar a la excelencia, y el no apreciarlo donde está, es síntoma seguro de mediocridad. El esfuerzo constante por refinarse acostumbra a pensar, y, por la larga contemplación del bello mundo externo, se sorprenden trozos del bello mundo interno, y los pocos escogidos pueden permitirse una ojeada de los esplendores ocultos para el gran vulgo, que tiene ojos, pero no ve, y que apenas si observa las cosas de la naturaleza externa hasta que se le dice qué es lo que debe mirar, dónde se encuentra y cómo debe contemplarlo, con lo que se les concede un nuevo sentido, una segunda vista.

¡Felices cien veces aquellos que han perdido las telillas de los ojos y que, en lugar de mirar puerilmente, han aprendido realmente a ver! Para ellos brota limpia, pura y abundante, una fuente de placeres desconocidos, según la proporción en que comprendan las formas, bellezas y colores infinitos con que la Naturaleza adorna cada una de sus obras, aunque sus más puros goces se revelan a los iniciados como premio reservado a los que se dirigen a su altar con sencillez de espíritu y se entregan a su adoración con toda su alma, su corazón y su entendimiento.

Con estas caritativas intenciones fué con las que nuestro buen amigo John Murray ideó primero las Guías, y luego las escribió él mismo, enseñando a los demás cómo mojar la pluma para escribir esos libros rojos, que enseñan a hombres, mujeres y niños lo que han de observar para acabar con los laquais de place, y anular a los autores de excursiones de verano. Pocos señores de los que publican notas de sus rápidos viajes por la Península mejoran sus superficiales diarios con estudios profundos de los que suelen tratar las Guías; resbalando, como golondrinas, por la superficie y persiguiendo insectos, ni atienden, ni distinguen las joyas que se esconden allá abajo, en el fondo; ven toda la paja y la escoria que flota en la superficie y apuntan en sus cuadernos todo lo que está podrido en España. De aquí la semejanza de algunas de sus obras; libros y bandidos se parecen unos a otros, llegando así los escritores y los lectores a encontrarse encerrados dentro de un círculo vicioso. Nada molesta tanto a los españoles como ver volúmenes y volúmenes acerca de ellos y de su país escritos por extranjeros que sólo han echado una rápida ojeada sobre un aspecto del asunto, y ése, precisamente, el que más avergüenza a los españoles, y lo consideran menos digno de atención. Este entrometimiento continuo en los defectos de la tierra, para hablar luego de ellos, ha aumentado el desagrado que sienten hacia la tribu del Curioso impertinente. Bien conocen ellos, y bastante lo sienten, la decadencia de su país; pero, igual que los hidalgos pobres, que sólo pueden enorgullecerse del pasado, ocultan con ansiedad estos secretos de familia hasta a sí mismos, y mucho más a la curiosidad de aquellos que casualmente son superiores a ellos, si no por la sangre, por las riquezas materiales. El temor de ser descubiertos agudiza su innata suspicacia, cuando un extranjero desea «observar» y examinar sus defectuosos arsenales e instituciones, confundiendo lo bueno y lo malo y anotándolo todo como Pablo Fisgón[24].