Cuanto menos se observe y se diga acerca de las cosas de España, de los pingajos que ahora cuelgan de su antes altiva bandera, en la que nunca se pone el sol, más fácilmente, piensan ellos, se zurcirán porque: «Sanan cuchilladas, mas no malas palabras».
Y que ningún autor se imagine que por imparciales que sean sus observaciones, presentando a España tal cual es, y sin decir nada maliciosamente, pueda nunca complacer a un español; su orgullo y amor propio son tan grandes como la presunción y vulgar fachenda del americano: ambos son morbosamente sensibles y susceptibles y les perturba la idea de pensar que el mundo entero, que no se cuida para nada de ellos, no piensa en otra cosa y que conspiran conjuntamente contra ellos por envidia, celos o ignorancia; «veo que no nos entienden ustedes». La verdad, a no ser que tenga la forma de un cumplido, se la considera como una enorme calumnia y se la persigue como un embuste y una falsedad, desde el Estrecho hasta el Bidasoa; y un buen ejemplo es la historia de Napier. El español, que difícilmente se acostumbra a una prensa libre, o, más bien, licenciosa, y a la propensión de escarabajo con que en Inglaterra y en América hurga esa prensa en las cloacas de la vida privada y en las gangrenas de la pública, se disgusta de que se cuenten pormenores y le parece que los extranjeros no responden a la hospitalidad con que son recibidos. Considera, y con justicia, que no es prueba de buena crianza, de corazón o de inteligencia, el buscar defectos más bien que bellezas, y setas venenosas más bien que violetas; y desprecia a esos cicateros que ven motas más bien que luces en los bellos ojos de Andalucía. Las producciones de los extranjeros, sobre todo las de aquellos que viajan y escriben de prisa, tienen que adolecerse de la celeridad y de las fuentes de que han salido. Los que no conocen bien el idioma ni están en relación con la buena sociedad española, tienen necesariamente que ponerse en contacto con la vida y las costumbres de la clase más baja, y así resulta que sus informaciones son las que les proporcionan los postillones, posaderos y demás gentualla, que pueden ser divertidas para los que gusten de eso, pero que proporcionan opiniones bien pobres para discurrir sobre lo que más honre a un país, y datos poco sólidos para juzgar de su situación efectiva. ¿Cómo podía a nosotros gustarnos que los españoles se guiaran para juzgar a Inglaterra y los ingleses por los calendarios de Newgate, las narraciones de los cocheros o los anales de las cervecerías?
Siendo como son muchas las cosas dignas de estudio en España, no pocas de las cuales sólo allí pueden verse, bueno será advertir las que no han de encontrarse, pues no hay cosa que haga perder más tiempo que el darse uno cuenta de eso por sí mismo después de perder el tiempo y el esfuerzo. Los que quieran ver arsenales bien provistos, librerías, restaurantes, instituciones literarias o de caridad, canales, ferrocarriles, túneles, puentes colgantes, maquinaria, ómnibus, fábricas, politécnicos, cervecerías y semejantes instrumentos y pertenencias de un alto estado de civilización política, social y comercial, harán bien en no moverse de su casa. En España no hay administración de peajes, ni tribunales trimestrales, ni tribunales de justicia, de acuerdo con la significación real de la palabra, ni ruedas de castigo, ni consejos parroquiales, ni presidentes, directores, jueces extraordinarios del tribunal de cancillería, ni comisarios de beneficencia, ni mítines contra el tabaco y el alcohol, ni sociedades para ayudar a los misioneros, ni para ayudar a las paridas y reciénnacidos; nada, en suma, que valga la pena de atraer la atención de un curial algo distinguido, a menos que sienta cierta predilección por el estudio de la ley de quiebras. España no es país para el economista político, salvo como un ejemplo de la decadencia de la riqueza de las naciones, y como un buen tema para estudiar los errores que deben evitarse, así como para teorías experimentales y planes de reforma y mejora. En España impera la Naturaleza, que la ha dotado pródigamente con su suelo y su clima magníficos, dones que los españoles parece como que han tratado de inutilizar durante los últimos cuatro siglos con su culpable negligencia de discursos y banquetes agrícolas y no distribución de premios a los verracos y garañones más grandes y a los labradores con más familia.
El terrateniente de la Península es poco más que un hierbajo del suelo; nunca ha observado ni apenas permitido que otros observen el gran partido que podría y debería sacarse de las cosas; parece como si hubiera puesto a España en manos de la curia; tal es la general dilapidación. El país es casi una tierra incógnita para los geólogos, naturalistas y todas las demás ramas de ólogos y de alistas. Por todas partes es allí el material tan superabundante, como deficientes los braceros y artesanos. Todas estas interesantes ramas de investigación, sanas y agradables por ser estudios al aire libre, que ponen al aficionado en contacto directo con la naturaleza, ofrecen a los autores noveles deseosos de originalidad, asuntos más dignos que las viejas historias de bandidos, toreros y ojos negros. Los aficionados a lo romántico, lo poético, lo sentimental, lo artístico, lo arcaico, lo clásico, en una palabra, a las líneas bellas y sublimes, encontrarán tanto en el pasado como en el presente de España bastantes asuntos al recorrer con lápiz y cuaderno esta nación singular suspendida entre Europa y Africa, entre la civilización y la barbarie; este país de los verdes valles y las montañas peladas, de las inmensas llanuras y las quebradas sierras; aquellos jardines paradisíacos llenos de vides, olivos, naranjos y áloes; aquellos vastos eriales, silenciosos, sin caminos, sin cultivos, herencia de la abeja silvestre; y al huír de la insulsa uniformidad, de la pulida monotonía de Europa, la aromática frescura de este original e inmutable país, donde la antigüedad le pisa los talones al presente, donde el paganismo le disputa el altar al cristianismo, donde los excesos y el lujo reinan junto a las privaciones y la pobreza, donde la negación de todo sentimiento generoso y humanitario va de la mano con las más heroicas virtudes, donde las violentas pasiones africanas conviven y emparejan con la más fría crueldad, y donde la ignorancia y la erudición se presentan en violento y notable contraste.
«Allí—dice la «Guía» en un estilo que cualifica a su autor para escribir en el álbum más elegante y mejor editado—puede el anticuario escudriñar los conmovedores monumentos de miles de años, los vestigios de las empresas fenicias, de la magnificencia romana, de la elegancia árabe, en aquel depósito de costumbres antiguas, en aquel almacén de todo lo olvidado y desvanecido; allí puede admirar los monumentos clásicos, casi sin paralelo en Grecia o Italia, y aquellos mágicos palacios de Aladino, creación de la fantasía y el esplendor árabes, privilegio exclusivo de España, con el que encanta al insulso europeo. Allí el sentimental puede espaciarse en la poesía de su decadencia, que desarma a la envidia y que, perdido su alto puesto, conserva la dignidad de un monarca destronado que, sin queja, sabe respetarse a sí mismo, último consuelo del noble innato que no le arrancará la suerte adversa; allí el artista puede extasiarse ante las obras maestras del arte ideal italiano de Rafael y Ticiano, que se esforzaron en decorar los palacios de Carlos, el gran emperador contemporáneo de León X; podrá admirar a las criaturas de Velázquez y de Murillo, cuyos cuadros sólo en España pueden verse realmente; allí podrá el artista dibujar la traza ceñuda de los castillos, la pompa y magnificencia de las catedrales, donde se adora a Dios de manera tan digna de su gloria como puedan alcanzar las artes y riquezas del hombre mortal; allí puede gozar de la melancolía de los claustros góticos, de los torreones feudales, del inmenso Escorial, del pétreo alcázar de la imperial Toledo, de las soleadas torres de la soberbia Sevilla, de las eternas nieves y de la deliciosa vega de Granada; allí el geólogo podrá trepar por montañas de mármol y por sierras preñadas de minerales; el botánico podrá elegir, en los invernaderos naturales, infinidad de plantas desconocidas, sin rival en color y con el aroma del dulce melodía; allí todos, sabios e ignorantes, escucharán las típicas canciones, el rasgueo de la guitarra y el repiqueteo de las castañuelas, o contemplarán el alegre fandango o la emocionante corrida de toros; todos podrán alternar con el alegre, amable y sobrio campesino, libre, varonil e independiente, al mismo tiempo que cortés y respetuoso; todos podrán convivir con el noble, digno, altivo y pundonoroso español, y disfrutar de su amable y cortés vanidad, admirando a sus mujeres, de ojos negros, tan francas y naturales, a las que la voz de todos los tiempos y de todos los pueblos ha concedido la palma de los atractivos y a las que Venus ha donado su mágico cinturón de gracia y de hechizos; allí... pero bastante es lo dicho para emprender un viaje en el que, como Don Quijote dijo, «ocasión tendremos, hermano Sancho, de meter manos hasta los codos en verdaderas aventuras».
Y no andaba equivocado el hidalgo manchego al atribuir un cierto carácter aventurero a los que buscan en España conocimientos útiles y agradables, pues los naturales acostumbran, y no sin razón, a compararse a sí mismos y a su país a tesoros escondidos; pero también les gusta invertir los términos y atacar a cualquier industrioso extranjero que los desentierre, como Le Sage hizo con el alma de Pedro García. No hay nada que en toda la extensión de la Península sea más sospechoso que un extranjero dibujando o tomando notas; todo el que lo ve sacando planos, mapeando el país—que esas son las expresiones que se usan al hablar del más sencillo dibujo al lápiz—supone que es un espía, o un ingeniero y, desde luego, que no está allí con buenas intenciones. Las clases bajas, a semejanza de los orientales, dan un sentido vago y misterioso a esta conducta, para ellos ininteligible; y en cuanto ven a alguien dedicado a los trabajos antedichos le conducen ante las autoridades civiles o militares, y, de hecho, en los sitios apartados, en cuanto llega un desconocido, es objeto de vigilancia por todo el mundo, dado lo raro de la ocurrencia. Una cosa parecida sucede en Oriente, donde se supone que los europeos son enviados por sus Gobiernos, pues ni ellos ni los españoles pueden comprender que una persona sufra molestias y gaste dinero, cosa que ningún natural del país hace, con el único objeto de conocer un país extraño, por instrucción o placer. Cuando se hace alguna pregunta o se demanda alguna información sobre cosas que, según ellos, no son dignas de estudio, puede tenerse la seguridad de que los datos que se obtengan serán falsos o, por lo menos, falseados por los que los proporcionen, que en todas partes sólo desean adular al que manda, sea civil o militar. Los españoles dan poca o ninguna importancia a los panoramas, las ruinas, la geología, las inscripciones, etc., etc.; están habituados a verlas a diario y, por tanto, no se explican que pueda tenerla para los extranjeros; juzgan a los demás por sí. En España es raro el individuo que dibuja, y el que lo hace es considerado como profesional y utilizado por los demás.
Una de las peores cosas que los franceses dejaron en España fué la desconfianza por el individuo que lleva lápiz y cuaderno. Antes de su invasión enviaron agentes y espías que, con el aspecto de viajeros, estudiaban el país, y después, despojándose de la piel de cordero, guiaron a los lobos al saqueo y a la destrucción. El anciano prior de la Merced de Sevilla nos decía, al enseñarnos los bastidores y los estuches de donde los Soult y Compañía «mudaron» los Murillos y los vasos sagrados: ¿Lo creerá usted?, entre los ladrones reconocí a un individuo, que se reía burlonamente de mí, al cual, algún tiempo antes de la llegada de los invasores, yo mismo había enseñado nuestros tesoros. «¡Tonto de mí, que tomé a aquel gabacho por un hombre honrado!» No obstante, este digno individuo estaba condecorado con la legión de honor de Bonaparte, el cual, lo primero que pensaba, según su libro de notas, hacer en Inglaterra, después de conquistarla, era llevarse el vaso de Warwick, según Denon[26], que también había desvalijado a los egipcios, le dijo a sir E. Tomason. Nosotros, los ingleses, que a pesar de los deseos de muchos reales folicularios no hemos recibido ninguna visita en nuestras «opulentas tiendas», no podemos comprender bien los sentimientos de los que aun tienen viva la herida y sufren las consecuencias de la expoliación. El gato castellano, que ya ha sido escaldado, huye aún del agua fría.
Por esto hay que excusar en cierto modo a las autoridades españolas, particularmente en los sitios poco frecuentados, cuando se inquietan al ver a un extranjero que fisgonea. Su primera impresión, como ocurre en Oriente, es que puede ser un francés, y de aquí su escama, su temor y su intranquilidad. En Sevilla, en Granada y en otros lugares donde hay abundancia de artistas extranjeros, se les suele permitir tomar apuntes, aunque mirándoles con cierto menosprecio; pero en las comarcas aisladas, aun el que sólo contempla las estrellas, es objeto de una vigilancia extremada por el elemento oficial. El seguramente estará tan ajeno de los ominosos sentimientos y siniestros temores que despierta, como el inocente cuervo lo estaba de la significación que los romanos augures atribuían a su vuelo; y pocos antiguos augures podían rivalizar con los alcaldes españoles de hoy en cuanto a rápidas sospechas y a percepción del mal, sobre todo cuando no hay mal ninguno.
Los que hayan leído la admirable obra The Bible in Spain[27], recordarán que su autor Borrow estuvo a punto de ser fusilado por haberle tomado por Don Carlos, evitándolo la milagrosa intervención del alcalde de Corcubión, el cual, si todavía vive, debe de ser un ave fénix de los alcaldes, y evidentemente digno de observación, pues era un lector del «gran Baintham», o sea nuestro ilustre Jeremías Bentham, al que los reformistas españoles pidieron una constitución de papel, sin conocer a punto fijo el significado de la palabra o de la cosa, ni si estaba hecha de algodón o de pergamino. Otro de los que mejor han escrito acerca de la Península y sus curiosidades, lord Carnarvon, también estuvo expuesto a sufrir la misma suerte por confundirle con don Miguel; el capitán Widdrington, hombre amabilísimo y honorable por todos conceptos, fué detenido por suponerle agente de Espartero; y nuestra modesta persona ha tenido la suerte de ser llevada a un cuerpo de guardia por dibujar unas ruinas romanas, y el honor de ser tomado por Curius Dentatus, un caimán, o por Julio César, pues no hay absurdo ni ignorancia, por inconcebible que sea, demasiado grande para los golillas locales, que casi nunca se inclinan a nada que tenga sentido, y cuando dejan hablar al miedo, son tan sordos a los dictados del sentido común o de la humanidad como si fueran víboras o bereberes; y aquí como en Oriente, aun los mejor intencionados pueden ser tomados por espías y cortárseles las barbas, como se hizo con los emisarios del rey David. En todas las clases sociales está arraigado el odio al extranjero, y en vez de observarle razonablemente y tratar de averiguar lo que realmente sea, tergiversan sus actos y palabras más inocentes, dándoles el sentido que se amolda a sus absurdos prejuicios, hasta que cualquier nonada se convierte en sus cabezas en pruebas más firmes que el mismo Evangelio. Hay que reconocer, sin embargo, que cuando las autoridades se convencen de que el extranjero es un inglés con intenciones pacíficas, nadie les iguala en cortesía y amabilidad, y, sobre todo, si son de clase humilde, miran con curiosidad los dibujos; las clases más altas no prestan atención, en parte por cortesía y en parte por el principio oriental de nil admirari, que ocultando la inferioridad y la ignorancia, es prueba al mismo tiempo de buena crianza.
Sacar dibujos de una población fortificada está terminantemente prohibido en España. Hay tal ignorancia en todo lo referente a artes gráficas, que no saben distinguir entre un apunte artístico y un plano; todo lo consideran dibujo y, como tal, pecaminoso. Un cuartel o un fuerte sólo se puede observar muy a la ligera, y, naturalmente, no hay que hablar de aventurarse a esbozar el más ligero apunte de él o sus cercanías; y si alguno se arriesga a ello, incluso siendo una señora, se expone a ser arrestado o a ser tratado groseramente. Por lo tanto, bueno será que nadie, sea o no artista, muestre la menor curiosidad por las cosas o los edificios militares, ya que, por otra parte, no merecen la pena y no se pierde nada con ello. En nuestra época, las tropas estaban perfectamente desorganizadas: si tenían zapatos carecían de calcetines; si disponían de fusiles, no abundaban los pedernales; si se les daba pólvora, faltaban las balas; en suma, nada había conforme a los reglamentos. Ni siquiera los botones del uniforme de los oficiales estaban nunca en fila; y en cuanto a los números, unos los llevaban hacia arriba, otros hacia abajo y otros de lado; bien es cierto que la uniformidad es una cosa europea, pero no oriental. En estos momentos, en que la Iglesia se muere de hambre, en que las viudedades no se pagan y la bancarrota reina en el país, al que se esquilma para sostener al ejército, cuyas espadas son las que apoyan a la burocracia odiada, las fuerzas de la Guardia Real y las bandas pretorianas no saben marcar el paso ni guardar la fila. Aun cuando todas estas cosas sean muy tristes para los ordenancistas, pensando en artista no podemos menos de lamentar la dificultad de obtener apuntes de estos fuertes medio hundidos y de las ciudadelas desmanteladas, en donde cada bisoño merece figurar en un cuadro con más derecho que el comandante del castillo de Windsor, emparejado con su querida de barquiña corta, digna por entero del pincel de Murillo.
El mejor medio para quien quiera estudiar y publicar sus observaciones en España, es procurarse un pasaporte o salvoconducto, en el cual se especifique claramente el objeto de sus investigaciones. Dirigiéndose al embajador inglés en Madrid se obtiene sin dificultad alguna, y si se trata de una persona conocida no tiene necesidad de acudir tan lejos; el capitán general de la región se los proporcionará, seguramente. Como estos salvoconductos están escritos en español, todos, altos y bajos, los pueden leer, y así no habrá las dificultades que surgen con los expedidos por nuestros embajadores y aun por nuestro Ministerio de Estado, que, para honra de sí mismos y de la nación, dan a los ingleses pasaportes escritos en francés, de donde nace entre españoles la sospecha de que el portador es un gabacho, cosa poco agradable en España. Entre los recuerdos que aun conservamos de nuestra estancia en la Península, figura un pasaporte firmado por nuestro amable protector el temible conde de España, refrendado por los no menos temidos Quesada y Sarsfield, en el cual se disponía, en claro y escogido castellano, que todas las autoridades mayores y menores, civiles o militares, ayudaran o facilitaran al portador el estudio de las curiosidades y monumentos de España.
Estos autócratas se hacían obedecer más que el mismo Fernando, en sus respectivos distritos, lo cual nos hace recordar a los pachás de Oriente, que son las verdaderas autoridades, tanto civiles como militares, en las comarcas que tienen a sus órdenes; y como no sólo administran la ley, sino que la ajustan a sus propias comodidades, de hecho resulta que ellos la hacen y la conculcan, y todos los que bajo ellos tienen alguna autoridad imitan a sus superiores en todo lo que pueden. Estas cosas de España se llevan con una gravedad verdaderamente oriental, lo mismo por parte de los superiores que por la resignación de los gobernados; los pasaportes firmados por estos grandes hombres eran obedecidos por todas las autoridades subordinadas, tan ciegamente como un firmán oriental; el solo hecho de que un extranjero tenga un salvoconducto del capitán general, pronto es conocido por todo el mundo, y, para usar una frase oriental, «hace que su cara se emblanquezca»; sirve como carta de recomendación y, en realidad, es la mejor de todas, puesto que va dirigida a las autoridades de cada pueblo o ciudad, que, como verdaderos jeques, son mirados por todos sus inferiores con la misma deferencia con que ellos miran a los que están por encima de ellos. La importancia de la persona recomendada se estima por la de la persona que la recomienda: tal recomendación, tal recomendado. Y para completar este cuadro de la oriental España, estos tres déspotas omnipotentes, que desafiaban las leyes divinas y humanas, que hacían dados de los huesos de sus enemigos y copas de sus cráneos, han sido todos asesinados y enviados a dar cuenta de todos los pecados que pesaban sobre su alma. En las monarquías no absolutas, los ministros que se exceden pierden sus puestos; en España y Turquía, las cabezas; y, sin duda, los primeros son los más severamente castigados.
Los que deseen observar el hombre español, que, con la mujer española, constituyen el estudio verdaderamente humano, observarán que una clave para descifrar este singular pueblo, apenas es europea, pues esta Berbería cristiana es como un terreno neutral, colocado entre el sombrero y el turbante, y aun muchos de ellos afirman que el Africa comienza en los Pirineos. Sea como quiera, lo cierto es que España, civilizada primeramente por los fenicios, y largamente dominada por los moros, conserva rastros indelebles de ambas dominaciones. Midiéndola, pues, así como a sus hombres y mujeres, por un patrón oriental, se verá cómo se explican muchas cosas que extrañan y repugnan a los usos y costumbres europeas. Pero bueno será no dejar traslucir lo que se piensa a este respecto, pues es de lo que más les ofende. El bello sexo está dispuesto, para desvanecer esta opinión, a prescindir incluso de la clásica mantilla, así como los hidalgos a despojarse de la majestuosa capa romana, ofreciendo la antigua indumentaria como sacrificio en aras de la civilización y a la manía de presentarse igual que el mundo elegante en Hyde Park o en los Campos Elíseos.
Otro rasgo marcadamente oriental es el poco amor a las Bellas Artes y la sobra de Αφιλοχαλια que los antiguos atribuían a los verdaderos iberos. Esto se nota en la general indiferencia y abandono en que tienen las obras árabes, que, en lugar de destruírlas, debieran haberlas conservado bajo fanales, pues son atractivos privativos de la Península. La Alhambra, la perla y la piedra imán de Granada, es para ellos poco más que una casa de ratones, en lo cual casi han llegado a convertirla a fuerza de siglos de incuria. Pocos son los españoles que van a visitarla que comprendan el interés y devoción que despierta en los extranjeros; del mismo modo contempla el beduino las ruinas de Palmira, tan insensible a la belleza presente como a la poesía del pasado. Triste cosa es que los españoles no sepan apreciar la Alhambra, pero igual ocurre con los asiáticos, que no tienen otra preocupación que la del día en que viven y que no se cuidan poco ni mucho del pasado ni del futuro y sólo piensan en sí mismos y en el día de hoy; y así la gran masa de españoles que, aunque no use turbantes, carece de órganos para venerar y admirar nada que no tenga relación con la primera persona y el tiempo presente del verbo, conservan, además, en sus pechos un sedimento de odio hacia los moros y sus obras, y consideran casi como herética la preferencia que los extranjeros muestran hacia los trabajos de los infieles, en lugar de admirar los de los buenos católicos, opinión que pone de manifiesto su mal gusto por no saber apreciar las cosas y su vandalismo por esforzarse en mutilar lo que los moros se esforzaron en adornar. Los deliciosos cuentos de Wáshington Irving y la admiración de los peregrinos europeos han avergonzado últimamente a las autoridades, inspirándoles sentimientos más conservadores con respecto a la Alhambra, siendo este celo extemporáneo tan peligroso como el anterior abandono, pues como quieren «reparar y embellecer» con criterio de sacristán, se corre el mismo peligro con estas «restauraciones» que con las funestas limpiezas de los cuadros de Murillo y Ticiano, del Museo de Madrid, que están borrando sus más bellas líneas. Y aun este tardío aprecio es algo interesado. Así Mellado, en su última Guía, se lamenta de que no se haga caso de la Alhambra, de la cual habla sin gran entusiasmo, y sugiere la idea de que un libro describiéndola detalladamente, sería una segura especulación, pues los ingleses son muy aficionados a visitarla; convirtiendo de este modo la poesía del maravilloso palacio árabe en prosaica cuestión española de perras y de pesetas.
Conviene, sin embargo, que el viajero piense que muchas de las cosas que para él tienen los arrebatadores y tentadores encantos de la novedad, se miran por el apagado y saciado ojo del natural del país con una familiaridad que engendra menosprecio; están hastiados ¡oh, fatal aburrimiento! hasta de lo bello. «¡Ay!—decía el ermitaño de Montserrat a un extranjero que miraba extasiado por primera y última vez el panorama que desde allí se divisa—esto no tiene ningún atractivo para mí; hace veintinueve años que estoy viendo este mismo paisaje desde que sale el sol hasta que se pone». Pero sordent domestica, como dice Plinio: nada ni nadie es admirado debidamente en su propia casa, desde el día en que Mahoma, el verdadero profeta, no pudo convencer a su mujer y a su criado de que él estaba revestido de un poder sobrenatural. ¿Es de admirar, pues, que las ruinas y cosas viejas sean despreciadas por los moro-españoles o que sus guías (digámoslo así) extravíen y confundan al extranjero? Cosas son éstas imposibles de evitar, dado el caso de que pocos escritores viajan dentro de su país, y menos aún, fuera de él; y como carecen de términos de comparación, no pueden apreciar las diferencias, ni saber cuáles son los deseos y las necesidades de un extranjero; así es que paisajes, trajes, ruinas, usos y costumbres, ceremonias, etcétera, que han visto desde su niñez, son pasados por alto sin mencionar siquiera, siendo así que por su anacronismo para el extranjero, es exactamente lo que más desearía que se le señalara y explicase. Pero frecuentemente los naturales desprecian o se avergüenzan de esas mismas cosas que más interesan y encantan al extranjero, al cual muestran las cosas modernas más bien que las viejas, enseñando especialmente sus malas copias de Europa, con preferencia a sus cosas originales, tan ricas, y con tal aroma racial, haciéndolo nada más que con las costumbres y trajes de la gente baja, que felizmente aun no está contagiada del sarampión del pulimento francés; así, cuando desentierran alguna moneda antigua, la limpian el precioso moho dos veces milenario, porque imaginan que de esa manera la hacen más fácilmente vendible; pero ellos, en cambio, se dispensan de esa limpieza, tanto, que Carlos III, al fracasar en una de sus laudables tentativas para mejorarlos y modernizarlos, comparaba a sus amados súbditos a los chicos díscolos que lloran y patalean cuando la madre quiere lavarlos.
No hay país en el mundo que pueda rivalizar con España, cuyo seco clima, por lo menos, es conservador, en recuerdos de antaño, en torres y torreones, en casas señoriales, en balcones volados, tan viejos, que parece que van a desplomarse a las hondonadas o torrentes sobre los cuales cuelgan. Aquí pueden verse todas las formas y colores de la pobreza pintoresca; las enredaderas trepan por todas las grietas e irregularidades de los muros, mientras abajo las náyades chapotean bañando sus rojas y amarillas vestiduras en los dorados y gloriosos rayos del sol. ¡Qué cuadro para todo el que no sea natural del país! Pero éste no ve ninguna de las maravillas de la luz y la sombra, los reflejos, los colores y las líneas: es ciego a todas las bellezas, y sólo está atento a los andrajos y a los estragos del tiempo; casi sospecha que el dibujo que se haga o la admiración que se muestre por un contrabandista o un torero pueda ser un insulto, y que si se toman apuntes es sólo para mostrar luego en Inglaterra lo que monsieur Guizot llamaba (y nunca se le olvidará) las «brutales» cosas de España. Por lo tanto, mientras uno admira sinceramente encantado y con razón sus fajas y sus zamarras, ellos se esfuerzan en enseñarle su ridículo traje bulevardero; o cuando uno se sienta ante una ruinosa muralla romana, o ante un desmoronado arco árabe o un templete gótico, ellos le ruegan que deje aquellas vejeces y contemple el último flamante aborto de la Real Academia, fríamente correcto y clásicamente insípido, para poder admirar un ejemplar que acreditará a España de hacer las cosas como se estila en Charing Cross.
Sin que eso suponga que se haya de seguir el consejo de los españoles de mejor intención que gusto, nadie que quiera hacer averiguaciones debe despreciar la compañía de persona que pueda favorecer su objeto, aun cuando vaya provisto de un salvaconducto del Capitán General y de una roja guía Murray. Las informaciones orales que pueden obtenerse de los españoles, no son muy amplias que digamos; estos indolentes semi-orientales, miran siempre con recelo al extranjero, contestan con medias palabras a sus preguntas, le ponen mil dificultades, o, como tienen gran imaginación, ponderan o disminuyen el mérito de las cosas, según convenga a sus intenciones o a sus sospechas. Las expresiones nacionales: ¡Quién sabe! No se sabe, suelen ser el preludio de No se puede.
Estas dificultades son infinitamente mayores cuando un extranjero tropieza con un empleado, por modesto que sea, pues la primera idea de estos golillas es sospechar algo malo y negarse a todo. «No», suele ser siempre la primera respuesta, y aun cuando se lleve un permiso especial, no puede tenerse la certeza de ser bien recibido. Es menester conquistar al guardián, que aquí, como en todas partes, considera como de su propiedad y fuente de propinas los objetos confiados a su custodia: muchas veces, después de haber recorrido una buena distancia sufriendo el calor y el polvo para ver una iglesia, un museo, una biblioteca, y de llamar y esperar durante largo tiempo, le dicen a uno secamente que está cerrado, que no se puede ver, que no es día de visita, que hay que volver al día siguiente; y si es el día indicado, le dirán que no es la hora, que es muy temprano o demasiado tarde; y es posible que la mujer diga que su marido ha salido a misa o a la plaza, o que está comiendo o durmiendo la siesta; o si no ocurre nada de esto, y el marido está en casa y despierto, el buen hombre jurará que su mujer ha perdido la llave, «como siempre hace». Y si con estas u otras excusas no consigue nada, y uno insiste, le asegurarán que allí no hay nada digno de verse, o le preguntarán qué interés tiene en verlo. Por regla general nadie debe dejarse convencer de no visitar cualquier cosa que sea, porque un español de la clase alta le dé su opinión de que no vale la pena, pues tratará de convencerle a uno de que Toledo, Cuenca y otras poblaciones que no tienen igual en toda la Cristiandad, son feas y odiosas ciudades viejas; se avergüenza de ellas a causa de sus calles tortuosas y estrechas, que no están tiradas a cordel, como Pall Mall y la rue de Rivoli. En realidad, su única idea de una ciudad civilizada es un vulgar grupo de anchas calles rectangulares, construídas y pintadas uniformemente, como soldados en parada, adoquinadas y alumbradas con gas, por las cuales se paseasen los españoles, vestidos lo mismo que los ingleses, y las españolas, como las francesas; maravillas todas que cualquier extranjero puede contemplar en su propia casa sin tomarse la molestia de ir tan lejos y que no merecen seguramente la pena, pues, cuando más, llegan a ser una imitación vulgar, sin gracia, historia, nacionalidad, color ni carácter, salvo el de una utilitaria comodidad o vulgar conveniencia, buena para políticos y contratistas, pero mortal y destructora para el hombre del lápiz y el cuaderno.
Para conseguir visitar las cosas dignas de verse en España, conviene observar algunas escasas y sencillas reglas que casi nunca fallan: primera, ser perseverante; no retroceder nunca; no recibir nunca una respuesta si es negativa; no perder nunca la calma ni los modales corteses; y, por último, hacer oír el tintineo del dinero; si el jefe o personaje es inexorable, indagar privadamente quién es el infeliz subordinado que guarda la llave, o la vieja que barre el cuarto, y entonces enviar un discreto mensajero diciendo que se pagará el servicio, sin decir «nada a nadie». Así se podrá siempre ver lo que se quiere, aun donde con una orden oficial no se consiga. Cuando fuimos por primera vez a Madrid, novatos aún en las cosas de España, tuvimos especial empeño en visitar a diario una galería real que no estaba abierta al público más que ciertos días de la semana. Consultamos nuestro grave dilema a un sensato y experimentado diplomático, y la respuesta del oráculo fué la siguiente: «Sin duda, si usted lo desea, me dirigiré al señor Salmon (ministro de la Gobernación en aquella época), pidiéndole el permiso como un favor personal a mí. Pero vamos a ver, ¿cuánto tiempo piensa usted permanecer aquí?» «Tres o cuatro semanas». «Bueno, pues entonces, cuando ya haga un buen mes que usted se haya marchado, recibiré una cortés y prolija epístola de Su Excelencia lamentando profundamente no haber encontrado en los archivos de su Ministerio un caso en que se haya concedido una petición de esa índole y el verse obligado a responder negativamente, ante el temor de sentar un precedente. Lo que le aconsejo a usted es que le dé un duro al conserje y que repita la suerte siempre que los goznes de la puerta parezca que vayan a enmohecerse y necesiten aceite». El consejo fué tomado, igual que la propina, y las puertas prohibidas se abrieron, tan regularmente, que, al final, hasta conocían el ruido de nuestros pasos. El oro es el sésamo español. Mediante él penetró Soult en Badajoz; por su fuerza, Luis Felipe echó a Espartero e impuso a Montpensier. El oro, el brillante oro rojo, es el remedio soberano que en España resuelve casi todas las dificultades, incluso algunas que resistieron a la fuerza, pues allí las cabezas tercas pueden ser guiadas por una paja de oro, pero no forzadas por una barra de hierro. La mágica influencia de una propina se extiende por el país, donde todo es venal, hasta la misma justicia. Aquí, todo el que tiene algún asunto que sacar adelante empieza a trabajarlo por la base y no por la cúspide, como hacemos en Inglaterra. Para asegurar el éxito hay que engrasar todas las ruedas de la maquinaria oficial. Un pretendiente sensato y discreto soborna desde el portero hasta el ministro, sin olvidar ninguno de los secretarios, según su orden y regulando la cantidad según la categoría e influencia de cada uno. Si olvidáis al portero, éste no pasará vuestra tarjeta, o dirá que el señor Mon está fuera, o que volváis mañana, el tópico eterno; si es el escribiente el que no está interesado, dará carpetazo a vuestra petición o influirá con su jefe en contra de ella. En negocios de gran importancia política, el soberano, él o ella, tiene su parte, y por esto fué Calomarde tanto tiempo el que manejó al amado Fernando y a sus consejeros. Era el ministro que entregaba a la corona más dinero: «Señor, con economía y honradez he conseguido ahorrar 50.000 libras, de las cantidades cobradas en mi departamento, las cuales tengo el honor de poner a la disposición de V. M.»—«Muy bien, mi bueno y leal ministro, toma un cigarro.» Este Calomarde que empezó su carrera como lacayo, contrabandeó en el timo cristinista, por medio del cual Isabel lleva ahora la corona de Don Carlos. El tunante fué recompensado concediéndosele el título de conde de Santa Isabel, que luego ha sido conferido al hijo de monsieur Bresson, como delicada recompensa por los trabajos de Su Señoría en la transmisión de dicha corona a Luis Felipe; pero los españoles son unos ásperos humoristas.
En Oriente, el ejemplo del Sultán y del Visir es seguido por cada uno de los pachás, y hasta por el último animal que tenga la más pequeña autoridad; la enfermedad del picor en la palma de la mano es endémica y epidémica; todos, altos y bajos, necesitan dinero y no quieren pasar por la vergüenza de mendigarlo ni exponerse a los peligros del salteador de caminos. La pobreza pública es el azote del país, y todos los empleados se excusan con la terrible necesidad, viejo argumento de quien no tiene respeto a la ley. Sin embargo, hay que perdonar en parte esta rapacidad que, con muy pocas excepciones, prevalece, teniendo en cuenta que los sueldos, casi siempre cortos, se pagan generalmente con retraso, y que los servidores públicos, por lo común, pobres diablos, aseguran que se ven obligados a cobrarse, poniéndose de acuerdo para defraudar al Gobierno, en lo que no sienten escrúpulos, pues todos saben que es injusto y que puede soportarlo; y como todos son igualmente culpables, difícilmente se admite que haya en eso delito. Cuando el robo y el agio están a la orden del día, los pícaros se protegen unos a otros, como ocurre en Suiza entre los que tienen bocio. Un hombre que no hace su agosto cuando está empleado, no se le cree honrado, sino tonto; es preciso que cada uno coma de su oficio, y como el sueldo es pequeño y poco seguro, no se desperdicia tiempo ni ocasión de llenar la bolsa; así la pobreza y la voluntad aunan sus esfuerzos.
Podemos presentar como ejemplo un individuo que ejercía un alto cargo en una de las principales ciudades de Andalucía. En una ocasión en que entramos en su despacho, acertaba a salir de él una persona envuelta en su capa; la mesa del gran hombre estaba llena de onzas de oro, que él trasladaba a un cajón con gran complacencia, deleitándose en la hermosa redada: «¡Cuántas onzas, Excelencia!—le dijimos». «Sí, amigo mío—replicó—no quiero comer más patatas». Este caballero, que había estado cesante durante la constitución de Riego, las había pasado muy duras, y aprovechaba el tiempo tomando prudentes precauciones para evitar en lo futuro parecidas calamidades. Su sistema era perfectamente conocido en toda la ciudad, en donde la gente decía con la mayor sencillez: «está atesorando», cosa que hubieran hecho todos si se hubiesen encontrado en las mismas afortunadas circunstancias. Los ricos y honestos ingleses no deben, por tanto, juzgar con demasiada dureza estas malas mañas y a estos extraños camaradas con quienes los españoles, más pobres, tienen que convivir: «Donde no hay abundancia no hay observancia, y honra y provecho no cabe en mi saco o techo»; y allí la virtud sucumbe muchas veces a manos de la pobreza, empujados a ello por más de medio siglo de desgobierno, con la ruina y desolación de la invasión francesa y las discordias civiles por añadidura.
Pero volvamos a las cosas dignas de verse en España. Feliz podía considerarse en nuestro tiempo el viajero que, incluso dispuesto a dar propinas abundantes, tropezase con un bibliotecario que supiese qué libros había en la biblioteca, o con un cura que pudiese darle cuenta de los cuadros que había en su iglesia: si se le preguntaba por el cuadro de Murillo respondía encogiéndose de hombros o con un seco no hay; de haber preguntado por el «bendito Santo Tomás», quizá le hubiese señalado, por ser el asunto y no el pintor lo que había que saber para el servicio del culto. Este beatífico estado de ignorancia es tan agradable para el cerebro español como el dolce far niente lo es para el cuerpo. Todo lo que supone molestia, turba la felicidad suprema que consiste en ahorrar esfuerzo. Podríamos llenar un capítulo entero con ejemplos que, de no habernos ocurrido a nosotros mismos, creeríamos que eran burdas invenciones. El no responder a las preguntas más sencillas o no dar datos de las cosas más comunes, es tan corriente, que al principio creíamos que era por miedo a la cárcel o por un resto de reserva inquisitorial, más bien que por una ignorancia satisfecha y de buena fe; pero un largo trato y experiencia nos hizo convencernos de que poca gente es más comunicativa que las clases bajas españolas, especialmente con un inglés, al que revelan sus secretos privados y familiares: su falta de conocimiento se aplica más bien a las cosas que a las personas.
Si se va a visitar a un español y, no encontrándole en casa, se pregunta al criado o criada por el número de la casa para escribirle, seguramente la contestación es: «Yo no sé, señor, nunca me lo han preguntado, ni lo he mirado. Vamos afuera y lo veremos. ¡Ah!, es el número 36.» Una vez queríamos enviar un encargo de Mérida a Madrid, y preguntamos al ventero, barrigón, de negras patillas: «¿Qué día sale su galera para la Corte?» «Todos los miércoles; pierda el señor cuidado»—contestó—. «¡Qué disparate!—replicó su trigueña y ojialegre mujer—, por qué le dices esa mentira a ese caballero? La galera sale los viernes, señor».—Durante la disputa de esta pareja tan bien avenida, quiso mi buena suerte que acertase a llegar el mayoral, el cual nos dijo que los días de viaje eran los jueves, y por fin supimos a qué atenernos. Esto ocurrió en provincias, pero también se puede presentar un ejemplo de algo semejante ocurrido en la capital, cerebro y corazón de las Castillas. «Señor, tenga usted la bondad—dijimos una vez a un grave y pomposo burócrata que despachaba los billetes para la diligencia a Toledo—tenga la bondad de reservarme un billete para el lunes siete». «Creo que se equivoca usted de fecha—respondió muy cortésmente porque habíamos empezado prudentemente el negocio regalándole un buen habano—: el lunes es ocho del mes corriente». Como no era así, sacamos un almanaque que por casualidad llevábamos en el bolsillo y se lo enseñamos para que se convenciera: «Es verdad, señor—dijo el hombre tranquilamente, después de examinarlo con atención—, bien sabía yo que llevaba razón; este almanaque está impreso en Sevilla—lo cual era verdad—, pero aquí estamos en Madrid, y eso es otra cosa». En esta idea de la diferencia solar y de la preeminencia de la Corte, debe recordarse que el sol, al ser creado, lució primeramente sobre la vecina ciudad adonde iba la diligencia, y que aún en el siglo pasado se consideraba una herejía en Salamanca decir que no giraba alrededor de España. Desgraciadamente se ha pasado allí más tiempo que en las metáforas o en las conferencias astronómicas. España no es un país para los hombres de cálculo; aquí lo que debe ocurrir, y lo que ocurrirá seguramente en otras partes, según Cocker y la doctrina de las probabilidades, es precisamente lo que no sucederá nunca. Sólo puede uno fiarse de un hecho aritmético si lleva consigo una mediana certeza: representando los sucesos por números, puede tenerse la seguridad de que dos y dos darán por resultado tres unas veces, y quizá cinco otras, y siempre hay una diferencia de uno con respecto de cuatro, cuando dos y dos deben de ser siempre cuatro. Hay otra regla cierta con respecto a los números oficiales españoles; por ejemplo, si se dice: «cinco mil muertos y heridos» o «se entregarán cinco mil duros», deben rebajarse dos ceros y a veces hasta tres si se quiere tener el número aproximado.
Como decía el perspicaz y práctico duque de Wéllington, es muy difícil conocer a fondo a los españoles: allí, ni las mujeres, ni los hombres, ni los soles, ni los relojes marchan nunca al unísono; allí, como en un concierto holandés, cada cual elige su tono y su diapasón, y cada uno de los que forman la orquesta trata de ser el primer violín. Todo esto es cosa tanto más corriente cuanto que los españoles, como los irlandeses, toman a broma las equivocaciones, tonterías, faltas de puntualidad, informalidades e inconsecuencias con las que los puntuales hombres de negocios ingleses y alemanes se vuelven locos. Formados de contradicciones y viviendo en el pays de l’imprévu, donde la excepción es la regla, donde las fuerzas motoras son el accidente y el impulso momentáneo, las gentes se dejan llevar buenamente, y, sobre todo en colectividad, obran como mujeres y niños. Una chispa, una nimiedad, pone en acción a las impresionables masas y nadie puede prever el suceso más sencillo, ni hay un español que intente mirar más allá del momento, de la situación actual, ni pueda predecir lo que traerá el mañana, cosas que deja para el extranjero que no le entiende a él. Paciencia y barajar es su lema, y «pacientemente» esperan lo que salga de las vueltas de la baraja.
Una cosa hay, sin embargo, que todos saben con exactitud, una pregunta a la que todos pueden responder, y providencialmente se refiere al asunto más digno de observación para cualquier extranjero: ¿Cuándo y a qué hora son los toros? Y esto siempre se sabe, a pesar del aviso que aparece en los carteles: «si el tiempo no lo impide», pues aun cuando este espectáculo suele ser en verano, época en que la lluvia y las nubes son un mito, las prudentes autoridades desconfían hasta del bendito sol y sospechan de sus procedimientos como si estuvieran irregulados por un relojero castellano.
HACE ya largo tiempo que nuestros honrados John Bulls sienten más predilección por sus homónimos españoles, que por los perpetrados por el Papa o los que hacen en la Verde Erin[28]; ver una corrida de toros ha sido el enérgico objeto de la curiosidad ilustrada desde que nuestros viajeros han tomado y publicado dibujos españoles. Tan pronto como el príncipe Carlos I perdió su corazón en Madrid, su presunto suegro obsequió a él y a su hermosa adorada con uno de estos encantadores espectáculos; acontecimiento que sería para la posteridad de feliz recordación—pensaban los historiógrafos de entonces—, ya que hubo en él gran carnicería de hombres y de animales; los anales de aquel suceso serán siempre las joyas de cualquier biblioteca taurómaca que aspire a ser completa.
Estos deportes, que recuerdan los sangrientos juegos del circo romano, sólo pueden verse ahora en España, donde el pasado alterna con el presente y a cada momento se tropieza con un hueso o una reliquia de antigüedad bíblica o romana. Omitiremos los detalles referentes a la semejanza estrechísima de estos combates con los de las edades clásicas, tanto en lo que se refiere a los espectadores como a los actores, por ser de mayor interés para el erudito que para la generalidad de los lectores, y los que tengan curiosidad por conocerlos los encontrarán en un artículo que publicamos hace algunos años en la Quarterly Review, núm. CXXIV. Y como la naturaleza humana no cambia, los hombres colocados en ciertas e idénticas circunstancias llegarán, sin previo conocimiento o comunicación, a casi iguales resultados; el elegante pasatiempo de alancear y matar toros públicamente y sin ayuda fué probablemente inventado por los moros, o más bien por los moros españoles, pues nada de esto fué nunca costumbre en Africa, ni ahora ni en tiempos pasados. El árabe musulmán, al ser transplantado a un país cristiano y europeo, se amoldó en muchas cosas a los usos y costumbres de las gentes con quienes convivía, así como introdujo ampliamente el elemento oriental que llevaba consigo, en sus vecinos godo-hispánicos. La mora Andalucía es aún el cuartel general del arte tauromáquico, y todo el que quiera conocer a fondo este arte, la ciencia española par excellence, deberá comenzar estudiando en la escuela de Ronda para doctorarse luego en la Universidad de Sevilla, el Bullford[29] de la Península.
Dicho sea de paso, nuestra expresión de lucha y pugilato bull-fight (pelea, lidia de toros) es una inadecuada y vulgar traducción del reputado título castellano Fiestas de Toros. Los dioses y diosas de la antigüedad se conciliaban por el sacrificio de hecatombes: el mugido de las víctimas regalaba sus divinos oídos, la purpúrea sangre era muy agradable a sus ojos, y los asados solomillos engordaban a los sacerdotes, mientras el gran espectáculo y la muerte deleitaba a la hambrienta asamblea. En España, la Iglesia de Roma, cuidadosa siempre de sus intereses, dispuso, en servicio propio, una ceremonia á la vez provechosa y popular[30]: consagró la carnicería aliándola al altar, beneficiándose de esta dócil asistenta para obtener fondos con que erigir conventos. Aun en la última centuria se publicaron bulas papales en favor de las órdenes mendicantes autorizándolas a celebrar cierto número de Fiestas de Toros, siempre que las ganancias se dedicaran a las obras de su iglesia; y para aumentar la venta en las puertas, se concedían con las entradas, a manera de bonificación, indulgencias y la facultad de sacar ánimas del purgatorio, siendo el número de años proporcionado a los precios de los asientos para este espectáculo, santificado por sus piadosos fines. Del mismo modo, en la taurobolia de la antigüedad, se absolvía de sus pecados al que fuese rociado con sangre de toro. Los pastores protestantes, que, con mucha razón, temen y desconfían de las bulas papales, las reemplazan por bazares y tómbolas de caridad cuando la capilla de moda necesita un nuevo tejadito azul de pizarra. Además, aun cuando las corridas de toros no se den con un fin religioso, siempre benefician a la caridad: ellas constituyen la renta más saneada de los hospitales públicos, contribuyendo a un tiempo a sostenerlos y poblarlos, pues la circulación venosa del populacho sediento de sangre y abrasada bajo un sol de fuego, y la subsecuente mezcla de sexos, abrir de botellas y navajas, ocasiona más muertes entre los caballeros y las señoras del mundo español que entre las cornudas e hípicas víctimas del anfiteatro.
Es una idea vulgar, y muy equivocada, que en España hay tantas corridas de toros como bandidos; es precisamente lo contrario, porque puede decirse que son consideradas como el placer estético más refinado; una cosa semejante a la Opera italiana en Inglaterra, y ambos son espectáculos bastante caros; bien es verdad que, entre nosotros, sólo la crema del mundo patrocina a los artistas de Haymarket, y en España, por el contrario, todos, grandes y pequeños, altos y bajos, gozan con las corridas de toros. Cada una de éstas cuesta de 5.000 a 7.500 pesetas, y aun más cuando se dan fuera de Andalucía o Madrid, que son los sitios que pueden permitirse pagar una cuadrilla permanente; en otras poblaciones, los toreros y los toros tienen que ir por expresos y desde largas distancias. Por esta causa las corridas ocurren, como las apariciones celestiales, pocas veces y muy separadas; se reservan para las fiestas principales del trono y del altar, para la verdadera devoción de los fieles en los días de los santos patronos y de la Virgen, y también en los acontecimientos de la Corte, como bodas de los reyes, coronación, etc., etc. En este caso se llaman Fiestas reales, quitándoseles el carácter religioso, aunque dándoles mayor importancia y aparato. El espectáculo es realmente de gran pompa, etiqueta y magnificencia, y ha reemplazado a los Autos de fe, ofreciendo a la más católica reina y a sus súbditos las más grandes ocasiones de sentirse enajenados que el limitado poder de goce que tienen los mortales puede permitirse en este mundo, lleno de zozobras y pesadumbres.
Estas Fiestas reales sólo se celebran en Madrid, y en ellas se conservan las antiguas costumbres españolas y árabes de que tan espléndidas descripciones se encuentran en los romances. La plaza principal de la capital, convertida en plaza, es el sitio elegido para el espectáculo. Las ventanas de las altas y curiosas casas se utilizan como palcos, y aparecen adornadas con damascos y terciopelos. La familia real ocupa, bajo un dosel, uno de los balcones de la casa del centro. Allí vimos a Fernando VII presidiendo en la corrida celebrada con motivo del juramento de fidelidad de las Cortes a su hija[31]. Allí estaba, sentado en el mismo sitio en que se había sentado Carlos I dos siglos antes, custodiado por el mismo cuerpo de alabarderos y presenciando el mismo espectáculo. En estas fiestas reales, los toros son rejoneados por caballeros de la nobleza, vestidos y armados a la antigua buena usanza española, como acostumbraban antes de que la fatal ascensión de los Borbones aboliese el traje, las costumbres y la nacionalidad de Castilla. Estos caballeros, vestidos a la moda de los Felipes, y montados en briosos corceles árabes, los mejores de su raza, atacan al fiero animal con una lanza corta, el arma tradicional de los iberos. Los que toman parte en el combate, han de ser hidalgos de nacimiento y tener cada uno por padrino un grande de España de primera clase, que pasa ante el rey en un espléndido carruaje de seis caballos y va escoltado por grupos de lacayos vestidos de griegos, romanos, moros, o de manera fantástica. No es fácil conseguir estos caballeros en plaza, que están expuestos a serios peligros, aun cuando hay toreros de oficio que les auxilian y cubren su retirada.
En 1833, una hermosa dama dió el nombre de su marido y dueño sin previo consentimiento de éste, como caballero en plaza, y al procurarle esta agradable sorpresa, cuentan que, para explicar su conducta, decía: «O matan a mi marido, y en ese caso me casaré de nuevo, o saldrá ileso y le concederán una pensión». Pero parece ser que le salieron fallidos estos admirables cálculos; ¡tal es la instabilidad de las cosas humanas! El terror de este infortunado héroe malgré lui, al que se había impuesto esta caballeresca misión, al verse expuesto a los cuernos del toro y del dilema por obra y gracia de su cara mitad, era altamente ridículo. Si hubieran sido otros cuernos, pase, ¡pero éstos! Fué herido al primer ataque, sobrevivió, pero no consiguió pensión alguna, pues a poco murió Fernando y son pocas las pensiones que se pagan en la Península desde que ha sido dotada de Constitución, Libertad y Gobierno representativo.
Recordamos ahora otra anécdota en la que también figura una dama, que seguramente será del agrado de nuestras bellas lectoras. La tomamos de una auténtica crónica antigua: «No dejaré de mencionar lo que ocurrió en presencia de Carlos I, de feliz memoria, que, siendo príncipe de Gales, se encaminó a la Corte de España, ya fuese para casarse con la Infanta, o con otro objeto que yo no puedo determinar. El caso es que las comedias, juegos y fiestas (entre las que figuraban las de toros en Madrid) que en su honor se organizaron, fueron lo más decorosas y magníficas posible para el más soberbio y majestuoso entretenimiento de tan espléndido príncipe. En una de ellas, después de haber matado tres toros, y saliendo el cuarto, aparecieron cuatro caballeros ataviados espléndidamente; a poco, una garrida dama, suntuosamente vestida, acompañada de personas de calidad y de tres o cuatro pajes, salió a la plaza y la recorrió a pie. Quedaron atónitos los espectadores, de que una persona del sexo débil se arrogase la inaudita intrepidez de exponerse a las furias del animal más fiero que puede verse, y que ya había vencido y medio matado a dos hombres forzudos, de gran valor y destreza. Incontinenti el toro se dirigió al rincón en que la dama y sus acompañantes se habían detenido: ella (después que los demás huyeron) sacó impasiblemente su daga, y agarrando al toro por un cuerno se la clavó muy diestramente en el morrillo, no necesitando más para realizar a la perfección su designio; después de lo cual, volviéndose hacia el balcón del Rey, le rindió pleitesía y se retiró grave y solemnemente».
En la jura de 1833 se mataron noventa y nueve toros: con uno más, la hecatombe hubiera sido completa. Esta carnicería al por mayor se ha repetido este año con motivo del casamiento de la misma inocente Isabel[32], que no parece sino que los faustos sucesos de su vida son sentencias de muerte para los cuardrúpedos. Los toros en España representan el mismo papel que los banquetes de coronación en Inglaterra. En aquel hambriento y ascético país los toros se matan, pero no se comen, hecho singular que no escapó al sabio Justino en sus observaciones sobre las antibanqueteadoras coronadas testas de la vieja Iberia.
Estas típicas corridas de toros antiguas eran por extremo peligrosas y mortíferas; pero como el valor era considerado cosa de honra, no faltaban nunca caballeros que expusieran la vida en presencia de las crueles damas de sus pensamientos. Matar al monstruo de no ser muerto por él, ha sido, desde antes de Hudibras, el camino más seguro para conseguir el amor de las mujeres, que admiran más precisamente aquellas cualidades de que ellas carecen: