«The ladies’ hearts began to melt,
Subdued by blows their lovers felt;
So Spanish heroes, with their lances,
At once wound bulls and ladies’ fancies.»[33]

La expulsión de los moros y la consiguiente disminución de los hábitos caballerescos, hizo que estos torneos cayeran en desuso. A la gentil Isabel I le disgustó tanto la fiesta de toros que vió en Medina del Campo, que hizo todo lo posible por prohibirlas; pero fueron inútiles sus esfuerzos, porque la fiesta y la monarquía estaban condenadas a morir juntas. La subida al trono de Felipe V inundó la Península de franceses. Las muñecas de París consideraron a los españoles y sus toros bárbaros y brutales, y sus artistes, desde entonces hasta hoy, prefieren el bœufgras de los bulevares a rebaños enteros de magras vacas ibéricas. Así el espectáculo que había resistido a la influencia de la reina y a las bulas de los Papas cedió ante el despotismo de la moda. Los empelucados cortesanos abandonaron la liza, que era mirada fríamente por los Borbones, mientras que el pueblo, tenaz y enemigo—entonces como ahora—de los franceses y de las innovaciones, siguió aferrado a los deportes de sus antepasados. Pero ya se había dado un golpe de gracia a la fiesta: el arte antes practicado por los caballeros degeneró en la vulgar carnicería de toreros mercenarios que no luchaban por el honor, sino por bajo lucro; y así, al convertirse en la diversión del vulgo, pronto perdió todo prestigio caballeresco. Del mismo modo las fiestas de nuestros caballeros antepasados han degenerado en los vulgares boxeos de rufianes pugilistas.

Acosar en cualquier forma a los toros es algo irresistible para las bajas clases españolas, que desprecian los daños que puedan sufrir sus cuerpos y, lo que es peor, sus capas. La hostilidad contra el cornúpeto es innata y va creciendo conforme crecen, hasta formar (puesto que los hombres no son sino niños crecidos), una segunda naturaleza. Los golfillos en la calle juegan al toro, como los ingleses al paso; y llevan la representación con todas las reglas del arte, como hacen los chicos de las escuelas cuando luchan. Pocos serán los jóvenes españoles que, estando en el campo, vean pasar una manada de vacas sin que se despierte su afición y empiecen a provocar a los animales agitando ante ellos las capas, y de aquí viene la suerte que se llama el capeo. En los pueblos en que no pueden permitirse el gasto de una corrida de toros, se contentan con novillos de un año y con embolados, o toros cuyos cuernos van protegidos por una bola. Estos inocentes pasatiempos son mirados con desprecio por la afición, pues como no hay exposición de la vida ni para los hombres ni para los animales, encuentran soso el tal espectáculo, que es una pura ficción. Gritan pidiendo toros de muerte, pues sólo la vista de la sangre calma su excitación. Desprecian la imitación de la corrida, del mismo modo que un gastrónomo la sopa de tortuga hecha con ternera, o un veterano un simulacro.

En los distritos menos poblados de Andalucía el poco ganado que se lleva al matadero va atado con largas cuerdas, y así puede ser toreado por los jovenzuelos de los pueblos que no pueden permitirse el lujo de corridas de toros formales. El gobernador de Tarifa solía permitir que en ciertos días se dejara un toro en libertad por las calles, y la diversión de los habitantes de la ciudad consistía en cerrar las puertas de sus casas y colocarse en las rejas para ver los apuros de los incautos o forasteros que se veían perseguidos por él en las estrechas callejas, sin medio de escapar. Aunque se perdían muchas vidas en esa diversión, un gobernador de nuestro tiempo, llamado Dalmau, que era un bienhechor del pueblo, perdió toda la popularidad de que gozaba por intentar abolirla. Cuando un Borbón, Felipe V, visitó por primera vez la plaza de Madrid, el populacho le pidió a gritos: ¡Toros, dadnos toros, señor! Se cuidaban muy poco de la ruina de la monarquía; pero cuando el intruso José Bonaparte ocupó el puesto de Rey de España, todas las discusiones del pueblo se limitaban a si prohibiría o no las corridas de toros. Y hoy, como siempre, el grito de la capital es: Pan y toros, que es lo que constituye los gajes de la moderna Corte, como en la antigua Roma fué Panem et Circenses. El ceño y el enojo nacional con que fué recibido Montpensier cuando su casamiento, se mitigó por un momento cuando los españoles notaron su fingida admiración por el espectáculo tauromáquico. Nada ha progresado más con las recientes grandes mejoras que ha habido en España, que las corridas de toros—se han hundido conventos, se han destruído iglesias, pero todos los días se construyen nuevas plazas de toros. La difusión de los conocimientos útiles y entretenidos como medio de promover la mayor felicidad del mayor número, ha obtenido de esta manera la mejor consideración de los patriotas y hombres de Estado que presiden los destinos de España; el toro es dueño del terreno que pisa. Este último y representativo resto de la nacionalidad española desafía al extranjero y a su civilización; es un fait acompli, que pisotea la charte, aunque el honrado Rey ciudadano jure que desde el momento actual es ya una vérité.

No hay duda en España del día y la hora a que comienzan las corridas, que suelen ser el lunes de Pascua por la tarde, cuando ha pasado el calor del mediodía.

La plaza es una cosa completamente distinta de las plazas de Londres, esos recintos de desmedrados y ennegrecidos arbustos, cercados con empalizadas de hierro para proteger a las niñeras aristocráticas del contacto con la plebe. Es algo más clásico y más divertido al mismo tiempo. La plaza de Madrid es muy espaciosa: tiene unos 1.100 pies de circunferencia y caben en ella 12.000 espectadores. Desde el punto de vista arquitectónico, esta plaza de la corte es inferior a muchas de provincias: no hay en ella el menor intento arquitectónico, ni de pilastras, ni de columnas vitruvianas; nada que recuerde el Coliseo romano: el exterior es desnudo y liso, como hecho de propósito; el interior está lleno de bancos de madera y no es mucho mejor que un matadero; en realidad, no es otra cosa, y tiene aquello un aire utilitario y homicida, que demuestra el espíritu antiestético godo-hispánico, que no siente la necesidad de ninguna manifestación artística, y sólo desea contemplar espectáculos de sangre y de muerte. No tiene necesidad de estimulantes externos; la réalité atroce, como observa un extranjero sensible, «les basta, pues es la diversión del salvaje y lo sublime para las almas vulgares».

El recinto está perfectamente ideado para ver, y éste es un espectáculo enteramente para los ojos. El abierto local está completamente iluminado por la luz del sol, que es siempre más brillante que el gas o que las bujías. El interior está tan falto de adorno como el exterior, y tiene un aspecto realmente mezquino cuando está vacío; alrededor de la arena hay unos bancos de madera para las clases humildes, y sobre ellos, una hilera de palcos para las damas y los caballeros elegantes; pero apenas la plaza se llena de gente, desaparece toda la mezquindad y adquiere una apariencia verdaderamente soberbia.

Al penetrar en la plaza, cuando está llena, el extranjero se encuentra transportado a diez y ocho siglos atrás, a la Roma de los Césares, y en verdad que es realmente espléndido el espectáculo de esta asamblea de miles de españoles con sus trajes típicos, la novedad de espectáculo, que asociamos con nuestros estudios clásicos, y realzados por el azul del cielo que se extiende sobre ella como un dosel. Hay algo en estas diversiones al aire libre à l’antique que impresiona hondamente a los frioleros ciudadanos del Norte, donde el clima contribuye tan poco a la felicidad del individuo. Todos los buenos aficionados bajan al redondel y se mezclan con el populacho, para ocupar los sitios en donde estén más cerca de los toros y los toreros. Lo «clásico» es sentarse al lado de una de las entradas, lo cual permite al elegante mostrar sus bordadas polainas y el buen corte de su pierna. Aquí es donde se critica científicamente la calidad del toro y los buenos lances y el comportamiento del torero.

El redondel tiene un dialecto especial suyo, ininteligible para la mayor parte de los mismos españoles, pero que expresa con intención muy exacta los chistes de los aficionados andaluces, análogamente a lo que ocurre con la jerga y tecnicismo de nuestros boxeadores. Generalmente, los periódicos dan al siguiente día cuenta muy detallada de la corrida, describiendo científicamente cada lance en un estilo imposible de traducir, pero que, redactado por un Boz español, es de lo más deleitoso para todo el que puede entenderlo; la nomenclatura laudatoria o de vituperio se determina con la más exacta precisión de lenguaje, y los más delicados matices de carácter se distinguen con la sutileza de las subdivisiones frenológicas. El fundamento de esta jerga es germanía gitana, metáforas y palabras de doble sentido, y dominarla no es cosa fácil. A un distinguido diplomático y filólogo tauromáquico, a quien nos enorgullecemos en llamar nuestro amigo, le era difícil a menudo comprender el sentido exacto de ciertos términos sin consultarlos con el difunto duque de San Lorenzo, que mantenía con igual dignidad su carácter de embajador español en Londres y de torero en Madrid, y que era un diccionario viviente de caló. Pero que ningún estudiante desista ante las dificultades, pues finalmente verá compensado su esfuerzo cuando pueda saborear por completo la sal andaluza con que están sazonadas las revistas, aunque debamos confesar que no tiene mucho de ática. Que no escatime ni el tiempo ni los esfuerzos; no hay calzada real para Euclides; y la vida, dicen los españoles, es demasiado corta para aprender el arte del toreo. Esto quizá parezca extraño, pero los señores ingleses piensan otro tanto de la caza de la zorra.

Las corridas de toros se anuncian por medio de carteles multicolores, que se pegan en todas las paredes. Lo primero que debe hacerse es procurarse con tiempo un buen sitio mandando por un boletín de sombra; y como lo importante es evitar el resplandor y el calor, los mejores sitios están al norte, o sea en la sombra. El tránsito del sol por la plaza, el progreso zodiacal hacia Tauro es, sin duda, la observación astronómica mejor calculada de España. La línea de sombra en la arena se marca por una gradación de precios. Tanto éstos como las localidades están detallados en los anuncios con los nombres de los toreros y los colores de las diferentes ganaderías.

El día antes de la corrida, los toros destinados al espectáculo son conducidos a la ciudad, llevándoles a pastar a un prado cercano, reservado para ellos. Los buenos aficionados no dejan de salir a caballo a ver el ganado, lo mismo que los entendidos en caballos van a Tattersall el domingo por la tarde, en lugar de acudir a los oficios divinos. Según Pepe Hillo, que era hombre muy práctico y el primero que arregló al estilo moderno la plaza, de la que era su más brillante ornamento, y en la que murió lleno de gloria, «la afición a los toros es innata en el hombre, especialmente en el español, en cuyo glorioso pueblo siempre ha habido corridas desde que hubo toros, porque los españoles son más valientes que los demás hombres, lo mismo que sus toros son más bravos que los demás toros». Ciertamente, estos animales que se han criado en llanuras enormes completamente en libertad, tienen que ser más salvajes que los de John Bull, pero en cuanto a belleza y fuerza, serían rechazados en una exposición inglesa de ganado: un toro inglés de raza, con su cuello ancho y sus cuernos cortos, daría buena cuenta de los caballos y los toreros de España; sus «lanzas» no serían de menos efecto que las bayonetas de nuestros soldados, o las picas de nuestros braceros, de los que se calcula por los economistas que tres y tres octavos de ellos comen más carne y hacen más obra que cinco y cinco octavos de igual material extranjero. Digamos de paso que la correcta palabra castellana para nombrar los cuernos del toro es astas, del latín hastas, lanzas. La palabra cuernos no se debe usar nunca entre la buena sociedad española, porque su significación figurada puede implicar grave ofensa a los presentes: las alusiones a las calamidades comunes no se deben hacer nunca ante oídos bien educados: en cambio, entre gente vulgar es lo más corriente nombrar las cosas por sus impropios nombres y hasta gritarlos, como en tiempo de Horacio: Magnâ compellens voce cucullum.

No todos los toros sirven para la plaza y sólo se escogen los más fieros, a los que se prueba varias veces desde que son muy jóvenes; los mejores son los de Utrera, cerca de Sevilla, y de los mismos prados donde aquel ganadero, el viejo Gerión, criaba aquellos bueyes maravillosos que a los cincuenta días reventaban de gordos y que fueron «retirados» por el invencible Hércules. El señor Cabrera, Gerión moderno, sintió tanta amistad, o tanto miedo, por José Buonaparte, que le ofreció cien toros como una hecatombe para alimentar a sus tropas, que, más valientes y hambrientas que Hércules, no hubieran vacilado en seguir el ejemplo del semidiós.

El toro manchego, pequeño, de mucho poder, y vivo, se considera como la raza española original: a ella pertenecía Mancheguito, el favorito del vizconde de Miranda, un noble taurómaco de Córdoba, que solía entrar en el comedor, pero un día mató a un huésped, y entonces lo mataron, a pesar de la insistencia del vizconde, que tuvo que rendirse ante las órdenes terminantes del príncipe de la Paz.

A Madrid suelen llevarse los toros criados en la vega del Jarama, cerca de Aranjuez, que son célebres, de tiempo inmemorial. De aquí salió aquel Harpado, el magnífico bruto de la magnífica balada mora de Gazul, que indudablemente fué escrita por un torero experto y en el mismo lugar; los versos brillan de luz y de color local como un Velázquez, y son tan minuciosamente exactos como un Paul Potter, mientras que la «corrida de toros» de Byron es la invención de un poeta extranjero y está llena de pequeñas inexactitudes.

El encierro, o sea la conducción de los toros a la plaza, es una faena peligrosa: van rodeados de bueyes mansos por un camino especial, resguardado por los dos lados y conducidos a toda velocidad por vaqueros expertos armados de pica. Es un espectáculo excitante, original y pintoresco, y los pobres que no pueden permitirse el lujo de asistir a la corrida, arriesgan sus vidas y sus capas para tener los primeros lugares y el albur de un achuchón en passant.

A la tarde siguiente la multitud acude en tropel a la plaza de toros. No hay que preguntar por el camino: basta con lanzarse a la corriente, que en estas cosas le arrastrará seguidamente consigo. No hay nada que pueda compararse a la alegría y brillantez del público español que va ansioso y engalanado a la corrida. No se moverían más de prisa si fuesen corriendo de algún peligro. Las calles y los alrededores de la plaza aparecen llenos de gente, ofreciendo al extranjero ese espectáculo, pues la verdadera España se ve y se estudia mejor en las calles que en los salones. Ahora, al viajero inglés no puede caberle duda de que se encuentra fuera de su casa y en un nuevo mundo; alrededor de él todo es una perfecta bacanal; todas las clases están confundidas en una corriente de seres humanos, un cruel pensamiento inflama todos los corazones y un mismo corazón late en diez mil pechos; cualquier otro asunto está olvidado; el amante abandona a su amada si ella no quiere acompañarle; el médico y el abogado renuncian a sus enfermos, a sus escritos y a sus honorarios; la ciudad dormida se despierta, y todo es vida, ruido y movimiento, donde al día siguiente reinará calma y el silencio de la muerte; la inclinada línea de la calle de Alcalá, que a diario es ancha y triste, como la plaza de Portland, constituye en ese momento la aorta de Madrid, y resulta estrecha para la enorme circulación; va entonces llena de una masa densa, de abigarrados colores, que culebrea como una pintada serpiente que va en busca de su presa. ¡Qué polvo y qué baraúnda! La alegre multitud lo es todo, y, como el coro griego, siempre está en escena. ¡Qué típicos los trajes de la gente del pueblo!, pues sus superiores sólo van a la moda del bulevar o del último figurín inglés. ¡Cuánta manola! ¡Cuánto amarillo y rojo! ¡Qué de flecos y volantes! ¡Qué enjambre de pintorescos vagabundos arremolinándose alrededor de las calesas, cuyos salvajes caleseros corren al lado de ellas dando latigazos, gritando y blasfemando! Esta clase de vehículos, de forma y de color napolitanos, están ¡ay! llamados a sacrificarse en aras de la civilización, para sustituírlos con el vulgar ómnibus y el coche de punto.

La plaza es el foco de un fuego que sólo con sangre puede extinguirse: lo que las reuniones públicas y los banquetes son para los ingleses, las revistas y las «razzias» para los galos, y la misa o la música para los italianos, es la absorbente corrida de toros para los españoles de todas clases, sexos y condiciones, pues su alegría es muy contagiosa; y, sin embargo, una espina asoma entre estas rosas; cuando el deslumbrante resplandor y el ardiente sol africano calcinan la tierra y los cielos, enardece a hombres y animales hasta la locura, una rabiosa sed de sangre asoma a los fulgurantes ojos y a la irritable y pronta navaja, y la pasión del árabe triunfa de la frialdad del godo. La excitación sería terrorífica, de no ir encauzada al placer; y no hay ciertamente sacrificio, aun el de la castidad, ni renuncia, aun la de la comida, que no se sientan dispuestos a hacer para encontrar dinero con que asistir a la corrida: es el lazo con que el diablo coge a muchas almas masculinas y femeninas.

Los hombres van lujosamente vestidos con sus galas de majo; las señoras se ponen mantillas blancas de encaje, y cuando se sofocan, parecen, como decía el humorista andaluz Adriano, salchichas envueltas en papel blanco; todas lucen su abanico, que es tan necesario como lo fuera en tiempo de los romanos. Los venden a la puerta de la plaza por una bicoca, y está hecho de papel basto pegado a un mango de caña o de palo, y los morenos galanes los regalan como una delicada atención para el cutis de sus trigueñas queridas; mientras que las clases más modestas, especies de salamandras, soportan en esta ocasión el fuego mejor que en la guerra, y preferirían achicharrarse vivos a lo auto de fe que perder estas tórridas fiestas.

Las plazas, como los mataderos del continente, están situadas en las afueras de la población, tanto con objeto de disponer de más terreno, cuanto porque cuando se conduce a los toros por entre calles es muy fácil estropearlos, a semejanza de lo que ocurre en la City en los días de mercado, como no ignora el alcalde de Londres.

Las localidades ocupadas por la chusma se llenan más rápidamente que nuestras galerías de a peseta y los «dioses» que las ocupan son igualmente ruidosos e impacientes. La ansiedad de los inmortales quiere matar el tiempo y el espacio y hace felices a los aficionados. Ahora su majestad el público reina triunfante, y ésta es la única reunión pública—fuera de las de las iglesias—que se permite; pero aún aquí, como en el continente, brillan las odiosas bayonetas, y el piquete de soldados recuerda que las diversiones inocentes no son libres, y que los cobardes déspotas siempre temen traiciones y estratagemas, incluso en el momento en que no hay en todo el mundo sino la idea de divertirse. Todas las clases sociales se confunden en una masa humana homogénea; su buenhumor es contagioso; todos dejan en casa penas y preocupaciones, y entran con un corazón alegre y un propósito de divertirse que desafía las inquietudes; las pullas y los chistes, no de los más finos, se cruzan de un lado para otro con elocuencia más enérgica que falta de adornos; se habla de las cosas y de las personas como para asustar a los perifrásticos gongoristas; hay una perfecta libertad de lenguaje, y todo se hace de un modo parlamentario, sin que nadie se sienta ofendido. Sólo están tristes los que no han entrado; los repudiados quedan fuera rechinando los dientes como las tristes sombras del otro lado de la Estigia, escuchando ansiosamente los alegres gritos de los tres veces bienaventurados que se encuentran dentro.

En Sevilla se reserva un escogido palco de sombra, a la derecha del de la presidencia, como sitio de honor para los canónigos de la Catedral, que asisten con traje talar; y se procura que los días de corrida sean aquellos en que no tienen ningún oficio importante que les impida asistir. El clero español ha sido siempre enemigo declarado del teatro, al que no asiste nunca; pero ni la crueldad ni el desenfreno de la plaza han despertado jamás el celo de los más elegidos o de los más fanáticos; por lo menos nuestros puritanos arremetieron contra las luchas de osos con perros, lo que indujo al caballero Hudibras a defenderlas; y nuestros metodistas denunciaron el acoso de toros con perros, que fué patronizado por el honorable W. Windham, en el memorable debate de 24 de mayo de 1802 sobre Mr. Dog Dent. El clero español concede todo el debido respeto a los bulls[34] tanto papales como cuadrúpedos, y no les gusta que se les hable de ese asunto, sobre el que generalmente contestan: Es costumbre; siempre se ha practicado así; son cosas de España; que son, en resumen, las respuestas que dan los españoles cuando una cosa es incomprensible para los extranjeros, y que ellos no pueden o no quieren explicar. En vano escribió San Isidoro un capítulo contra el anfiteatro; a su capítulo no le importa; en vano, Alfonso el Sabio prohibió que asistiera el clero a él. El sacrificio del toro ha figurado siempre en la religión romana antigua y en la española, antigua y moderna, en la cual se incluye entre las obras de caridad, puesto que contribuye a sostener a los enfermos y heridos; por esta razón todos los morenos paisanos de San Ignacio de Loyola se adhieren a la doctrina jesuítica de que el fin justifica los medios.

CAPÍTULO XXII

CUANDO la fijada y tan deseada hora llega, la Reina o el corregidor ocupan el puesto de honor en un espléndido palco central, después de haber expulsado previamente a la chusma del redondel, operación que se llama el despejo y que resulta muy divertida, por la resistencia que el populacho ofrece a ser sacado de allí. Luego, a una señal convenida, comienza el espectáculo con un desfile de lidiadores, precedidos por alguaciles, o sea policías vestidos a la antigua usanza española y que son los encargados de detener a cualquiera que trate de infringir las severas leyes porque se rige el espectáculo. Detrás van los picadores, a caballo, con las picas. Sus originales sombreros de ala ancha van adornados con cintas de colores, y la chaquetilla, de seda con bordados, contrasta por su ligereza con la pesada protección de las piernas, forradas de hierro y cuero, que les da el desgarbado aspecto de un postillón francés; pero esa precaución es necesaria para defenderlas de los cuernos del toro. Siguen luego los chulos, ataviados como Fígaro en la ópera, y llevan además capas de seda de alegres colores. Los matadores van detrás de ellos, y, cerrando el cortejo, un tiro de mulas, ricamente enjaezadas, destinado a arrastrar a los toros muertos fuera del redondel. En cuanto a los toreros, al que muere en la plaza, si no puede confesarse, se le niega el entierro en sagrado. Como suelen proceder del populacho, son muy supersticiosos, y van cargados de reliquias, talismanes y otros amuletos papales. Un cura, sin embargo, está de guardia con los sacramentos, para el caso de que haya que dar Su Majestad a un torero herido mortalmente.

Después de saludar a las autoridades, se retiran todos y suena el clarín fatal; entonces el presidente echa la llave de la puerta por donde ha de entrar el toro, a uno de los alguaciles, que debe recogerla en el sombrero. Cuando la puerta se abre, el digno funcionario galopa todo lo que puede, entre los silbidos y gritos de la multitud, no porque monte como un ministril, sino por la instintiva enemistad con que la chusma distingue al servidor de la ley, igual que los pajarillos gustan de chillarle a un halcón; y más de mil amables corazones le desean que el toro le alcance y le cornee. Mientrastanto, el brillante ejército de lidiadores se derrama como una granada que revienta, y ocupa sus respectivos sitios, con la misma regularidad con que los hacen nuestros jugadores de cricket.

Y en este punto comienza el verdadero espectáculo, que consta de tres actos. Cuando se levanta el telón es un momento muy emocionante; todos los ojos están pendientes de la primera aparición del toro en este escenario, porque nadie puede decir cómo ha de comportarse. Al darle salida de su negra celda parece al principio pasmado de la novedad de su situación; arrancado de sus pastos, prisionero y expuesto al público, atolondrado por el ruido, mira un instante alrededor, a la muchedumbre, al resplandor y a los pañuelos que se agitan, ignorante del destino que inevitablemente le aguarda. En el morrillo lleva clavada una cinta, la divisa, que es la marca del ganadero, y el picador trata de arrancársela para ofrecérsela como trofeo a su novia. El toro está condenado a muerte sin remisión, ya se porte bien, ya se resista desesperadamente; toda la tragedia tiende y se precipita a este desenlace, que aunque obscuramente bosquejado de antemano, como en una tragedia griega, no disminuye el interés, puesto que todos los cambios y suertes intermedios son inciertos; de ahí la excitación sostenida porque la acción puede pasar, en un instante, de lo sublime a lo ridículo, de la tragedia a la farsa.

Apenas el toro recobra sus sentidos, cuando su furia espléndida, semejante a la de Aquiles, enciende todos sus miembros, y con cerrados ojos y abatidos cuernos se precipita contra el primero de los tres picadores, que están colocados a la izquierda, junto a las tablas, o sea, la barrera de madera que rodea el anillo. El jinete se mantiene sobre su tembloroso Rocinante, con la pica bajo el brazo derecho, tan firme y valiente como Don Quijote. Si el animal no es muy bravo, la afilada punta detiene su acometida, porque recuerda bien esta garrocha con que le han educado e impuesto disciplina los vaqueros, y un picador hábil aprovecha este momento para volver el caballo a la izquierda y librarse del bruto. Los toros, aun cuando irracionales, saben al momento si sus enemigos son valientes y diestros, y les disgustan particularmente las picas. Si huyen y no dan cara al picador, se les grita como a viles malhechores que quieren defraudar al público, y se les insulta llamándoles «cabras» o «vacas», cosa al parecer muy ofensiva para ellos; estos criminales son, además, fuertemente apaleados cuando pasan cerca de la barrera por bosques de palos que el populacho lleva ya a prevención; el que usan los majos para ir a los toros es especialmente típico y se llama la chivata; tiene de cuatro a cinco pies de largo y termina en un bulto o porra; la empuñadura es ahorquillaba, y en ella se mete el pulgar; va pelado o pintado, en anillos alternados, negros y blancos o rojos y amarillos. La gente baja se conforma con un vulgar garrote, pero prefiriendo siempre los que tienen un nudo al final, para que el golpe que con él se dé sea más eficaz. Este instrumento se llama porro, por ser pesado y grueso.

Y en verdad que esta paliza no parece inmerecida, pues las cualidades que ennoblecen la tauromaquia son el valor, la destreza y la energía, y, cuando faltan, la carnicería con todos sus incidentes repugnantes resulta repulsiva para el extranjero; pero para él sólo, pues las emociones más suaves de piedad y compasión, que rara vez mitigan ningún asunto de la dura Iberia, están aquí completamente desterradas del corazón de los naturales; entonces sólo tienen ojos para las manifestaciones de destreza y de valor, y apenas si advierten esos crueles incidentes que embargan y horrorizan al extranjero, el cual, por su parte, también está ciego para aquellas excelencias que redimen el espectáculo y en las que sólo está puesta la atención de los espectadores. Ahora se ha vuelto la tortilla para el extranjero, cuya imaginación estética puede ver la poesía y belleza de los pintorescos harapos y las derruídas aldeas españolas, y está ciego para la pobreza, miseria y falta de civilización, que es lo único a que atiende el español de las clases cultas, en cuya alma exaltada resplandecen los futuros bienestares que le proporcionará el algodón.

Cuando el toro sale de la acometida del primer picador, pasa por los otros dos, que le reciben con la misma cordialidad. Si el animal es dominado por la destreza y valor de los picadores, se celebra la victoria del hombre con atronadores aplausos, y si, por el contrario, vence al jinete y al caballo, entonces—pues la distribución de elogios y censuras se hace con la más perfecta justicia—las aclamaciones son para el fiero señor de la arena y se grita con entusiasmo: ¡Bravo toro! ¡viva el toro!, deseándole una larga vida los miles de espectadores, que saben que ha de morir antes de veinte minutos.

Un animal valiente no se acobarda por una herida de una pulgada, sino que, acorneando al caballo en el flanco, se anima y cobra coraje con el «bautismo de sangre», progresando en su carrera de honor, de sangre y de gloria. Los picadores están muy mal montados por lo general, pues los caballos los proporciona al más bajo precio posible un contratista, el cual corre el riesgo, sean muchos o pocos los que se matan. Son, en realidad, la única cosa que se economiza en este lujoso espectáculo, y son unos pencos propios solamente para la perrera de un señor inglés o para el carruaje de un pair extranjero. Esta circunstancia aumenta el riesgo en que se halla el jinete, pues en los combates antiguos se utilizaban caballos sumamente ligeros y vivos que, rápidos como el relámpago, al menor contacto escapaban a la mortal acometida. Los pobres caballejos, que no verían tranquilos acercarse la muerte, llevan los ojos vendados como los criminales al dirigirse al lugar de la ejecución y no pueden ver la fatal acometida del cuerno que ha de acabar con su vida de miseria.

Los picadores sufren tremendas caídas: el toro, muchas veces, da en el suelo con caballo y jinete juntos, y cuando sus víctimas caen con estrépito al suelo, sacia su furia en sus postrados enemigos. El picador, siempre que puede, procura caer del lado contrario al en que esté el toro, y de este modo el caballo le sirve de barrera y de muralla entre él y el toro. Cuando ocurren estas mortales luchas en que la vida pende de un hilo, en todas las cabezas que pueblan el anfiteatro pueden verse reflejados la ansiedad, la impaciencia, el miedo, el horror y la satisfacción en los agresivos rostros: si la felicidad consiste en la cualidad, intensidad y concentración de sentimientos más que en la duración de ellos, y así es en efecto, estos momentos de excitación son mucho más preciosos que años enteros de plácido, insípido y uniforme estancamiento. Estos sentimientos alcanzan un grado máximo de excitación cuando el caballo, enloquecido por las heridas y el terror, sumergido en la lucha mortal, con sus rojas cicatrices veteando su cuerpo cubierto de espuma y de blancuzco sudor, huye del furioso toro, que sin cesar le persigue y acornea; en este punto es cuando se pone de relieve el valor, la presencia de ánimo y la maestría del diestro y sereno picador. Es realmente un lastimoso espectáculo el ver a los pobres y lacerados caballos pisoteándose las entrañas, y, sin embargo, sacando valientemente ilesos a sus jinetes. Pero, así como en los sacrificios paganos, los palpitantes intestinos, temblorosos de vida, eran los presagios más propicios (¿con qué no nos familiarizará un hábito precoz?), del mismo modo a los españoles no les afecta más la realidad que a los italianos el abstracto tanti palpiti, de Rossini.

Cuando el miserable caballo está muerto, es sacado a rastras, marcando su paso con un reguero de sangre en la arena, como los lechos de los ríos en las llanuras áridas de Berbería se señalan por una roja franja de floridas adelfas. En estos terribles momentos, todas las simpatías están de parte del picador: los hombres se ponen en pie, las mujeres gritan; pero pronto se tranquiliza todo; y el picador, si está herido, se le saca fuera y se le olvida, porque a muertos y a idos, no hay amigos; nadie le echa de menos; otro le reemplaza, la batalla sigue con encarnizamiento, las heridas y la muerte están a la orden del día, y como surgen nuevos incidentes, no hay lugar para la lástima ni para la reflexión. Recordamos haber visto en Granada a un matador terriblemente acorneado por un toro; le sacaron de la plaza como muerto e inmediatamente ocupó su puesto su hijo, con la misma sangre fría con que un vizconde hereda los estados y el título del conde, su padre. Carnerero, el músico, murió tocando el violín en un baile, en Madrid, el año 1838, y ni los demás músicos ni los bailarines se detuvieron un momento. El valor de los picadores es grande. Francisco Sevilla, en una ocasión, había sido derribado por el toro y se hallaba caído debajo de su caballo agonizante, y cuando el toro le embistió, agarró al bicho por las orejas, y volviéndose al público, se echó a reír; pero, en realidad, los largos cuernos del toro no le permiten fácilmente acornear a un hombre que está en el suelo; generalmente le olfatea y no permanece largo tiempo ocupado con su víctima, porque su atención es desviada por los brillantes capotes de los chulos, que acuden instantáneamente al quite. Con todo, puede asegurarse que pocos picadores, aunque sean de bronce, tiene una costilla sana en su cuerpo. Cuando uno es retirado aparentemente muerto, pero vuelve inmediatamente montado en un nuevo caballo, la atronadora ovación del público domina el mugido de mil toros. Pero si se diera el caso de que el herido no volviese, n’importe, pues por muy cortejado que esté fuera de la plaza, ahora se le considera como al gladiador entre los romanos, poco menos que a una bestia, o algo así como a un esclavo bajo la perfecta igualdad y derechos del hombre de la república modelo.

Al pobre caballo se le aprecia aún menos y es de todos los actores el que más vivo interés despierta a los ingleses, verdaderos aficionados y criadores del noble animal, y por mucho que esté habituado a las corridas de toros, nunca podrán reconciliarse con sus sufrimientos y malos tratos. Los corazones de los picadores están tan desprovistos de sentimiento como sus piernas forradas de hierro; sólo piensan en sí mismos y tienen un tacto exquisito para conocer cuándo es o no mortal una herida. Por consiguiente, si la cornada ha herido algún órgano vital, apenas el enemigo se dirige contra una nueva víctima, el picador experimentado desmonta tranquilamente, recoge la silla y las bridas, y, andando torpemente, se retira pidiendo como Ricardo otro caballo[35]. Cuando se despoja de estos avíos al pobre animal, tiene un aspecto de lo más derrotado, tambaleándose de aquí para allá como un borracho hasta que el toro le acomete de nuevo y le tumba; entonces queda moribundo e ignorado en la arena, o si se le presta atención, es sólo para servir de mofa al populacho; y al estremecerse su cola en las agonías de la muerte, se oye decir en tono de guasa: ¡Mira, mira qué cola! Estas palabras y esta escena las tenemos aún grabadas profundamente por ser las primeras que impresionaron nuestros inexperimentados ojos y oídos en la primera embestida del primer toro de nuestra primera corrida. Cuando estábamos contemplando la escena, totalmente abstraídos del mundo, sentimos que nos tiraban de los faldones de la levita, como un sollo voraz cuando pica en el anzuelo, y era que había pescado, o más bien me había pescado una venerable bruja cuya rápida percepción había adivinado en mí a un novato, a quien su benevolencia impulsaba a aleccionar, pues aun en las cenizas viven los fuegos habituales; un brillante y fiero ojo fulguraba lleno de vida en una cara arrugada y muerta, a la que las malas pasiones habían surcado como a las laderas agostadas por la lava de un volcán apagado, y desecada, como gato emparedado muerto de hambre, en huesos cubiertos de pellejo de la que, con perdón sea dicho, el sexo había desaparecido. Si la herida recibida por el caballo no es instantáneamente mortal, el sangriento boquete es taponado con estopa y la fuente de la vida atascada por unos minutos. Si la ijada sólo está parcialmente rota, se empujan para dentro los salientes intestinos—no hay operación de hernia que se realice la mitad de bien por los cirujanos españoles—y se cose la raja con una aguja y bramante. Así se prolonga la existencia para que sufra nuevas torturas y se ahorran unos cuantos duros para el contratista; pero ni la muerte ni las laceraciones excitan la menor piedad, al contrario, cuanto más sangriento y fatal es el espectáculo se le considera más brillante. Y es inútil protestar, o preguntar por qué los heridos pacientes no son piadosamente matados en seguida; el utilitario español no gusta de ver interrumpido el orden del espectáculo y estropeado por lo que considera como remilgos extranjeros y como simplezas. ¡Qué, eso no vale ná!; eso en el caso de que condescienda a responder a vuestros disparates con algo que no sea un encogimiento de cortés menosprecio. Pero los gustos nacionales son diferentes. «Señor—decía un regidor al doctor Johnson—, por pretender escuchar vuestros largos discursos y daros una breve respuesta me he tragado dos pedazos de tocino crudo sin tomarles el gusto. Os ruego, pues, que me dejéis gozar de mi actual felicidad en paz y en gracia de Dios.»

El toro es el héroe del espectáculo, pero como Satán en el Paraíso perdido, está predestinado: nada puede salvarle del destino que le aguarda, sea bravo o sea cobarde. Los pobres bichos tratan en vano algunas veces de escapar, y tienen refugios favoritos a los que escapan, o bien saltan la barrera, entre los espectadores, originando una gran guasa y alboroto, derribando a aguadores y elegantes, poniendo en fuga a guardias y a viejas y proporcionando un infinito deleite a los que se sientan tranquilamente en los palcos, porque, como dice Bacon: «es un placer estar en la ventana de un castillo y ver una batalla y sus riesgos allá abajo». Los toros que demuestran esta cobarde actividad son insultados: suenan gritos de fuego y perros, y son condenados a que les lancen los perros. Como los perros españoles no son ni con mucho tan denodados como los agresores ingleses de toros, tardan más en su cometido y muchos de ellos son destrozados.

«Up to the stars the growling mastiffs fly
And add new monsters to the frighted sky[36]

Cuando, por fin, el pobre bruto es vencido se le hiere en el espinazo, como si sólo fuera bueno para el matadero, por ser un buey paisano y no un toro militar. Todos estos procedimientos son considerados como mortales insultos; y cuando más de un toro muestra esta condición cobarde, frustrando más altas expectativas, se levanta entonces al grito de: ¡Cabestros a la plaza!, lo cual es una mortal afrenta para la empresa, pues supone que ha presentado animales más propios del arado que del circo. La indignación del populacho es terrible, pues si queda defraudado en su deseo de ver correr la sangre de los toros, querrá lamer la de los hombres.

Algunas veces el toro es molestado con figurones rellenos de paja con los pies emplomados, que se levantan cada vez que los derriba. Un autor antiguo dice que en tiempo de Felipe IV «algunas veces se montaba a un villano sobre un penco exponiéndole así a la muerte». Otras veces, para divertir al populacho, se saca al ruedo un mono atado a una pértiga. Este arte de atormentar ingeniosamente es considerado por ciertos enérgicos filosimios extranjeros como un homicidio injustificable; y lo cierto es que todos estos episodios son despreciados como irregulares hors d’œuvres por la verdadera afición.

Al cabo termina el primer acto, cuya duración varía mucho. Algunas veces es de lo más brillante, pues ha salido toro que ha matado una docena de caballos y ha limpiado la plaza. Entonces se le adora, y conforme anda de un lado para otro, dando resoplidos, dueño y señor por donde quiera que pisa, es el único objeto de adoración de diez mil aficionados. A la señal del presidente y sonido de una trompeta, comienza el segundo acto con las habilidades del chulo, palabra que en árabe significa un chaval, un tíovivo, como en nuestras ferias. El deber de esta división ligera, de estos guerrilleros, es apartar al toro del picador cuando estos están en peligro, cosa que hacen con sus capotes de colores; su destreza y agilidad son sorprendentes, pues se deslizan sobre la arena como relucientes colibríes, sin tocar apenas la tierra. Van vestidos con calzón corto y sin polainas, como Fígaro en la ópera del Barbero de Sevilla. Llevan el cabello recogido por detrás en un moño y metido en la antiguamente universal redecilla—el mismo reticulum—de que tantos ejemplos se ven en los viejos vasos etruscos. Ningún torero llega al final de su carrera sin haber antes sobresalido en su aprendizaje; entonces aprenden cómo atraerse al toro, la manera cómo éste embiste y cómo se dan los quites. El momento más peligroso es cuando los chulos se aventuran hasta el medio de la plaza y el toro les persigue hasta la barrera. Tiene ésta un pequeño estribo sobre el cual apoyan el pie para saltar al otro lado, y ya dentro de la barrera hay una estrecha abertura por la que se escurren. Es maravilloso cómo escapan y se libran por un pelo; a veces van seguidos tan de cerca por el toro, que parece verdaderamente como si los cuernos de éste le ayudasen a saltar la barrera. En la segunda parte, los chulos son los únicos actores; su papel consiste en colocar a cada lado del cuello del animal unos dardos puntiagudos que se llaman banderillas, y están adornados con papel cortado de diferentes colores; alegre ornato que oculta su crueldad. Los banderilleros van derechos al toro cogiendo las flechas por el mango y dirigiendo las puntas al toro; y justamente cuando el animal se agacha para cornear a sus enemigos se las clavan en el cuello y se escapan a un lado. Esta suerte parece más peligrosa de lo que es en realidad, pero requiere mucha vista y pies y manos muy ligeros. Las banderillas deben ponerse justamente en el mismo sitio a cada lado del cuello. Cuando están bien puestas dicen los españoles que son buenos pares, y los franceses con su instinto peluquero llaman a esto coiffer le taureau.

Algunas veces los dardos van provistos de petardos, que, merced a una pólvora detonante, explotan en el momento que se clavan en el cuello; por eso se les llama banderillas de fuego. El sufrimiento del tostado y torturado animal le hace saltar y brincar como un cordero juguetón, con gran alegría del populacho, mientras que el fuego, el olor del pelo chamuscado y de la carne asada, que nuestros gastronómicos vecinos llamarían un bifsteck à l’espagnole, les recuerda débilmente a muchos morenos y ceñudos curas las altas atracciones de su antiguo anfiteatro, el auto de fe.

Por fin suena la última trompeta, la plaza se despeja y el matador, el ejecutor, el hombre de la muerte, queda solo con su víctima: al aparecer dirige un discurso al presidente y tira la montera al suelo. En la mano derecha lleva un estoque toledano; en la izquierda flamea la muleta o engaño, que no debe ser (así se lo oímos decir a Romero) ni tan grande como el estandarte de una hermandad, ni tan pequeño como el pañuelo de una señora, sino que debe tener, aproximadamente, una vara en cuadro. Es siempre encarnada, porque es el color que más excita al toro y disimula la sangre. Siempre hay un matador de reserva, para caso de accidente, cosa que puede suceder en la corrida de toros mejor organizada.

Al quedarse solo el matador concentra sobre sí toda la atención de la multitud, que antes compartía con los demás combatientes, como ocurría con los antiguos espectáculos de gladiadores en Roma. Se adelanta hacia el toro con objeto de atraerle hacia él o, hablando en buenos términos técnicos, para citarlo a la jurisdicción del engaño; en buen inglés, emplazarlo, o, como en nuestros partidos se diría, «meter la cabeza en el Supremo»[37]. Y este juicio es casi tan horrible, pues el matador está en careo con su enemigo, en presencia de testigos inexorables, curia y jueces, que preferirían ver al toro matarle dos veces, que no que él matase al toro contrariamente a las reglas y prácticas de los precedentes judiciales y taurómacos. En estos breves, pero penosos momentos, el matador aparece generalmente pálido y ansioso, y no es para menos, pues su vida pende de un hilo, pero presenta una fina imagen de firme voluntad y de concentración de energía moral. Séneca dijo muy bien que el mundo ha visto tantos ejemplos de valor en los gladiadores como en los Catones y Escipiones.

El matador procura darse cuenta rápidamente del carácter del animal, y examina con ojo más perspicaz que Spurzheim sus protuberancias de combatividad, destructividad y otros órganos amables, y no tiene mucho tiempo que perder en esta investigación, en la cual un error sería fatal, pues uno de los dos ha de morir, y puede suceder que ambos. Aquí, como dice Falstaff, no hay azotes, excepto en la cabeza. A menudo, aun el bruto parece comprender que ha llegado el último momento, y se detiene al verse cara a cara en mortal duelo con un solo adversario. Como quiera que sea, el contraste es sorprendente. El matador va vestido con un traje propio para un baile, sin más escudo que su habilidad, y como si aquello fuera un entretenimiento. En él todo es sangre fría; en el animal, todo furia; y hay que aprovechar el tiempo, porque entonces el conocimiento es poder, y si el bruto pudiera razonar, el hombre escaparía difícilmente. Mientras tanto, los espectadores se hallan poseídos de más furor aún que el pobre toro, que ha sufrido una larga tortura y se ha visto excitado continuamente. En este instante, es un magnífico modelo para Paul Potter; los ojos echando fuego, las hinchadas narices rugiendo furiosamente, el cuerpo cubierto de sudor y de espuma o cubierto de un sangriento barniz que brota de sus abiertas heridas. ¡Mira qué hermoso cuerpo lleno de sangre!—exclamaba la digna vieja, que, como antes dijimos, era lo bastante amable para hacer resaltar ante nuestra vista inexperta los más escogidos trozos del festín, las perlas de mayor precio.

Hay varias clases de toros, cuyo carácter varía casi tanto como el de los hombres: unos son bravos y codiciosos; otros, tardos y pesados; otros, recelosos y cobardes. El matador juega y entretiene al toro hasta que descubre su disposición. El principio fundamental consiste en la manera de atacar del bruto, en cómo agacha la cabeza y cierra los ojos antes de cornear; el secreto para dominarle está en distinguir si toma la ofensiva o si está a la defensiva. Los que no tienen miedo y se lanzan al trapo de repente, cerrando los ojos, son los más fáciles de matar; los que son marrulleros y casi nunca atacan rectamente, sino que se paran, escurren el cuerpo, y se tiran al bulto y no a la muleta, son los más peligrosos. El interés de los espectadores es más vivo cuanto mayor es el peligro.

Aun cuando no es corriente que ocurran desgracias (nosotros no hemos visto matar a ningún torero a pesar de haber presenciado la muerte de varios centenares de toros), la cosa no es imposible. En Tudela, un toro que había matado diez y siete caballos, a un picador llamado Blanco y a un banderillero, saltó la barrera y allí mató a un campesino e hirió a varios. Los periódicos encabezaban sencillamente la noticia: «Ocurrieron accidentes». Pepe Hillo, que había sufrido treinta y ocho cogidas, murió, como Nelson, una muerte heroica. Le mataron el 11 de mayo de 1801. Tuvo el presentimiento de lo que le iba a suceder, pero dijo que tenía que cumplir con su deber.

El matador tiene que ser decidido y ágil. No debe dejar que el toro vaya al trapo más de dos o tres veces: la tensión moral de la multitud es demasiado fuerte para soportar una faena larga; y demuestra su impaciencia con exclamaciones y ruidos, tratando por todos los medios posibles de irritarle, haciéndole perder la presencia de ánimo y quizá la vida. En circunstancias parecidas, a Manuel Romero, que había asesinado a un hombre, le gritaban: ¡A la plaza de la Cebada!, pues el populacho aborrece a todo el que da la más pequeña muestra de miedo y no afronta la muerte con serenidad.

Hay muchos modos de matar un toro: el mejor de todos es cuando se le mata recibiendo, y la espada, que se mantiene quieta y sin avanzarla, entra justamente en la cruz; para ello son esenciales una mano firme, vista y nervio, pues para nada es la verdadera afición tan exigente como para la exactitud y primor de la colocación de esta herida mortal. No siempre cae el toro a la primera estocada, pues si no está bien puesta, da en hueso y es lanzada al aire al sacudir el bicho el testuz. Cuando el golpe es certero, la muerte es instantánea, y el toro, vomitando sangre, cae a los pies de su vencedor. Es el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza bruta; todo lo que era fuego, furia, pasión y vida, cae en un instante, inmóvil para siempre. Entonces aparece el alegre tiro de mulas, vistosamente enjaezado con banderitas y resonante de cascabeles, y el toro muerto es arrastrado a un rápido galope, que siempre hace las delicias del populacho. El matador limpia entonces la sangre caliente del estoque y con admirable sangre fría saluda al público, que le arroja los sombreros (generalmente bastante viejos) a la plaza, cumplido a que contesta devolviéndolos. Cuando España era rica, caía a la plaza una lluvia de oro o a lo menos de plata, pero ces beaux jours là sont passés, gracias a sus amables vecinos. Sin embargo, el indigente español da todo lo que puede y deja al torero añorar el resto. Como los sombreros en España representan la grandeza, estos castoreños, carne y hueso de ellos, se arrojan como símbolos de sus generosas almas y corazones; y nadie que no sea un mercachifle se fija en menudos detalles de valor o de condición.

Cuando un toro no acude al trapo fatal, o implora perdón, se le condena a una muerte infamante, pues ningún verdadero español ruega por su vida ni perdona la de su enemigo, cuando está en su poder; entonces se pide a gritos la media luna, y la petición implica un insulto; su uso es equivalente al de fusilar a los traidores por la espalda. Esta media luna es exactamente el antiguo y cruel instrumento oriental para desjarretar al ganado; además, es el mismo y viejo bidente ibérico, o sea, una afilada media luna de acero colocada en un largo palo. El cobarde golpe se asesta por detrás, y cuando el pobre animal queda lisiado por rotura de los tendones, de las piernas y se arrastra agonizante, un asistente le clava la aguda puntilla en la médula espinal, que es la manera corriente que tiene el carnicero de matar el ganado en España. Todas estas viles operaciones están consideradas como inferiores a la dignidad de un matador, algunos, sin embargo, matan al toro clavándole la punta de la espada en la vértebra, y como la difícil operación es cosa peligrosa, no resulta degradante.

Tal es la lidia de un toro, que se repite ocho veces con otros tantos, aumentando la excitación del público con cada concesión; después de un corto lapso, el nuevo toro despierta nuevos deseos y el fiero deporte se renueva y sólo la noche puede terminarlo. Es más, a menudo cuando la realeza está presente, se pide a gritos un noveno toro, que siempre es graciosamente concedido por el signo de concesión del monarca, que es un tirón de su real oreja; en realidad, el populacho es aquí el autócrata, y su majestad la multitud no sufriría una negativa. La corrida termina cuando el día muere, como un delfín, y la cortina del cielo colgada sobre el sangriento espectáculo está color de carne y teñida de carmesí; este glorioso final se ve en toda su perfección en Sevilla, cuya plaza, por no estar terminada, queda abierta del lado de la catedral, lo cual proporciona un fondo moro al pintoresco primer término. En ciertas ocasiones se decora este lado con banderas. Cuando el flameante sol se pone sobre la roja torre de la Giralda, enciende sus bellas proporciones como si fuera una columna de fuego, la fresca brisa vespertina se levanta y las lánguidas banderas ondean triunfalmente sobre el fenecido espectáculo; entonces, cuando todo ha terminado, como con todas las cosas humanas ocurre, la congregación parte, con algún menor decoro que al salir de la iglesia; y todos se apresuran a sacrificar el resto de la noche a Baco y a Venus, rindiendo un pasajero homenaje al cuchillo, si los críticos difieren demasiado calurosamente respecto al mérito de alguna suerte de la corrida.

Para concluír: las opiniones de los hombres, como la Cámara de los Comunes en 1802, están divididas acerca de los méritos de las corridas de toros: los Wilberforces[38] aseguran (especialmente los extranjeros, que, no obstante, rara vez dejan de autorizar la plaza con su presencia) que se embotan los mejores sentimientos; que la pereza, el desorden, la crueldad y la ferocidad se fomentan a expensas de una gran cantidad de vida humana y animal con esos pasatiempos; los Windhams sostienen que la lealtad, el valor, la presencia de ánimo, la resistencia al dolor y el desprecio a la muerte se inculcan en esta fiesta, y mientras que en el teatro es todo ficticio y en la ópera todo afeminamiento, el espectáculo nacional es varonil y todo verdad, y repitiendo las palabras de un panegirista indígena, «eleva el alma a aquellos grandiosos actos de valor y heroísmo que durante muchos siglos han hecho de los españoles la nación mejor y más valiente del mundo».

La eficacia de tales deportes para mantener el espíritu marcial queda negada por la degeneración de los romanos, precisamente en los momentos en que los espectáculos sangrientos estaban más en boga. Y tampoco puede decirse que sean la valentía y la humanidad las características colectivas de los aficionados españoles, sin que por esto queramos nosotros decir que las riñas y homicidios, y las palizas y muertes de mujeres puedan achacarse a las corridas, cuya influencia moral ha sido exagerada y mal interpretada. No puede negarse que sea una cosa cruel y perfectamente de acuerdo con la inherente e inveterada ferocidad del carácter ibero, pero ello es más bien efecto que causa, aunque indudablemente con cierta acción recíproca; y es muy discutible si la corrida de toros original no tenía más tendencia a humanizarse que los juegos olímpicos. Ciertamente la Fiesta real de las edades feudales, combinaba las ideas de religión y lealtad, y los combates caballerescos, llevaban en sí un fino sentimiento de honor personal y de respetuosa galantería para la mujer, que eran desconocidos de los refinados griegos y los guerreros romanos; y muchos de los rasgos más hermosos del carácter español han degenerado desde la cesación de la lucha original, que era mucho más sangrienta y fatal que lo es hoy.

Cuando se critican las corridas de toros, los españoles siempre sacan a relucir nuestro boxeo como justificación de aquéllas, como si el tu quoque fuera una razón; pero bueno será decir en descargo nuestro que las luchas de boxeadores están desaprobadas por las gentes buenas y respetables, y anatematizadas legalmente como perturbadoras del orden público; aun cuando degradadas por la bestial borrachera, la brutal vulgaridad, el ruinoso juego y las apuestas, de que la plaza española está libre, pues a nadie se le ha ocurrido aún apostar si un toro matará o no tantos caballos; nuestras luchas, sin embargo, están basadas en un espíritu de juego limpio, que no suele ser el principio fundamental de la política púnica, la guerra o los toros en España. En este país, la plaza está protegida por la Iglesia y el Estado, sobre quienes en justicia debe recaer la responsabilidad de las malas consecuencias que pueda traer consigo. La representación es dirigida con gran ceremonial, combinando muchos elementos poéticos, bellos y sublimes, tanto que un autor español dice con gran orgullo: «Cuando la innúmera asamblea está honrada por la presencia de nuestros augustos monarcas, queda el mundo pasmado de admiración ante el majestuoso espectáculo que ofrece el pueblo más feliz de la tierra, gozando con arrobamiento de un espectáculo peculiar suyo, y rindiendo a sus idolatrados soberanos el debido homenaje de la más verdadera y más acrisolada lealtad»; y es imposible negar el magnífico coup d’œil que presenta la plaza, y en tan difíciles circunstancias hay que apartar la mirada para no ver ciertos penosos detalles que se pierden en la poética ferocidad del conjunto, porque el interés de la tragedia de la muerte real es innegable, irresistible y completamente absorbente.

Los españoles parece que no se dan cuenta de la crueldad de los detalles que resultan más molestos para el extranjero. Están acostumbrados a ellos, ni más ni menos que nosotros a las sangrientas carnicerías que desfiguran nuestras alegres calles, y que producirían indecible desagrado si se las viese por primera vez. En la plaza reina el mismo espíritu que en las cacerías, ese residuo del salvaje, y la humanidad nunca ha sido muy amable ni tierna de corazón para los sufrimientos de los animales, cuando está bajo la influencia de los instintos destructores. En Inglaterra no se siente ninguna compasión por la caza: ave, pescado o carne; ni por los bichos: armiño, milano o cazador furtivo. El objeto del deporte es la muerte; la diversión está en que dé juego, en que sea una buena batida, como se llama a la prolongación de los sufrimientos del animal en el tierno vocabulario de los Nemrodes; los sufrimientos de la agonía no se miden por el tamaño de la víctima, y además al toro se le liberta pronto de sus padecimientos, sin exponerle nunca a los miles de muertes lentas de la pobre liebre herida; no debemos, pues, ver el toro en el ojo ajeno y no ver la zorra en el propio, ni