No parece claro que tomados en conjunto los sufrimientos del animal predominen sobre su felicidad. El toro vaga por amplios pastos, pasando una juventud y una madurez libres de trabajos, y al morir en la plaza sólo anticipa en pocos meses la suerte del prisionero, ultracansado y mutilado buey.
En España, donde no abundan los capitales y la persona y la propiedad no tienen seguridades (males que no están completamente corregidos por las últimas reformas democráticas), nadie quiere aventurarse a la especulación de la cría de ganado en gran escala, pues la retribución es muy remota, sin la segura demanda y la venta que las corridas proporcionan; y como sólo una pequeña parte de los animales que se crían reúnen las condiciones necesarias, el resto y las hembras se destinan al arado o al matadero y pueden venderse más baratos por el beneficio que proporcionan los toros. Algunos hacendistas españoles demostraron que en la plaza se estropeaban muchos animales buenos; pero su teoría cayó por la base al verse que, cuando las corridas de toros se suprimieron, disminuyó notablemente el abasto de ganado. Una cosa semejante ocurre con la cría del caballo, aun cuando en menor escala; sin embargo, los que se venden para la plaza no habría quien los comprase para ningún otro uso. Con respecto a la pérdida de vidas humanas, en ninguna parte vale menos un hombre que en España, y más regidores ingleses resultan muertos indirectamente por las tortugas, que picadores andaluces directamente por los toros; y en cuanto al tiempo, estos espectáculos son casi siempre en día de fiesta, en que aun los industriosos britanos se embriagan de vez en cuando en tabernas, y los perezosos españoles se dedican invariablemente a fumar al sol en dolce far niente. La concurrencia, además, de espectadores ociosos, previene la ociosidad de las numerosas clases empleadas directa o indirectamente en preparar y realizar este costoso espectáculo.
Es una filosofía pobre y falta de lógica el juzgar las costumbres extranjeras por los propios hábitos, prejuicios y opiniones convencionales; un extranjero frío, sin preparación y calculador llega libre de los lazos de asociaciones anteriores y critica y se fija en minucias que pasan inadvertidas para los naturales del país en su entusiasmo por el conjunto. Se horroriza con detalles a que los españoles han llegado a acostumbrarse tanto como las enfermeras de hospital, cuyas más finas y simpáticas emociones de piedad han quedado embotadas con la repetición.
Es cosa dificilísima el cambiar antiguos usos y costumbres a los que estamos habituados desde nuestros primeros años y que han llegado a nosotros unidos a recuerdos queridos. Tardamos en convencernos de que pueda haber algo malo o que pueda causar daño en tales prácticas; nos molesta mirar cara a cara los hechos evidentes y nos aterra una deducción que requeriría el abandono de una diversión que hemos mirado como inocente, y que nosotros, así como antes nuestros padres, no hemos tenido escrúpulo en permitirnos. Los niños, l’age sans pitié, no paran mientes en la crueldad, ya sea de echar perros a los toros o de coger nidos, y los españoles son llevados a las corridas desde su infancia, cuando son demasiado ingenuos para especular sobre cuestiones abstractas, sino que asocian con la plaza todas sus ideas de galardón por su buena conducta, de gala y de día de fiesta. En un país donde las diversiones son pocas, sienten el contagio del placer, y, guiándose por el instinto de imitación, aprueban lo que ven aprobado por sus padres. Después de la fiesta vuelven a sus casas lo mismo que salieran de ellas, juguetones, tímidos o serios, sin que sus sentimientos sociales y cariñosos hayan sufrido lo más mínimo: ¿dónde son los lazos filiales o paternos más afectuosamente alimentados que en España? ¿Y dónde están las nobles cortesías de la vida, el amable, considerado y digno comportamiento tan manifiestos como en la sociedad española?
Las sucesivas sensaciones que experimentan la mayoría de los extranjeros son admiración, compasión y cansancio físico. Lo primero se comprende fácilmente, como también que los novicios no pueden contemplar los sufrimientos de los caballos sin sentir compasión: «En realidad, era más una lástima que un entretenimiento», escribía el heraldo de Lord Nottingham. Pero estos sentimientos los provocan los animales que se ven obligados a sufrir heridas y muerte; los hombres rara vez interesan tanto, pues como se exponen voluntariamente al peligro, no tienen derecho a quejarse. Estos héroes de clase modesta son aplaudidos, están bien pagados y el riesgo que corren es más aparente que real; nuestros sentimientos británicos de juego limpio nos hace más bien estar del lado del toro que lucha desigualmente, pues respetamos la valentía de su inferioridad. Ese debe de ser siempre el efecto que se nota en los que no están educados y habituados a tales escenas.
Así Tito Livio cuenta que, cuando el espectáculo de los gladiadores fué introducido en Asia por los romanos, produjo más bien susto que agrado, pero que pasándoles de los simulacros a las luchas reales, llegaron a gustar tanto de ellas como los mismos romanos. La sensación predominante en nosotros fué de aburrimiento al ser la misma cosa repetida y repetida, y ya excesivamente. Pero eso ocurre con todo en España, donde las procesiones y las profesiones son interminables. Plinio, el joven, que no era un aficionado, se quejaba de la monotonía de lo que bastaba con verlo una vez; justamente como el doctor Johnson, después de presenciar una carrera de caballos, observaba que no había una prueba más evidente de la escasez de los placeres humanos que la popularidad de tal espectáculo. Pero la vida de los españoles es uniforme, y sus sensaciones, como no están embotadas por la saciedad, son intensas. Para ellos las corridas de toros son siempre nuevas y excitantes, pues cuanto más se cultiva la afición, mayor es la capacidad adquirida para gozar de sus encantos; ven mil detalles de belleza en el carácter y en la conducta de los combatientes, que escapa a la mirada superficial e indocta de los no iniciados.
Las mujeres españolas, contra las que se desatan en invectivas los emborronadores de cuartillas, se sustraen al aburrimiento por el constante y siempre despierto afán de ser admiradas. No van a esas fiestas por predilección abstracta ni pasifaica; las llevan a los toros antes de que aprendan a leer, ni sepan lo que es amor. No sabemos que esto las haya hecho especialmente crueles, salvo algunas viejas y malvadas hembras de la clase baja. Las más jóvenes y sentimentales gritan y se afectan extraordinariamente en todos los verdaderos momentos de peligro, a pesar de su larga familiaridad. Su principal objeto al ir a la plaza no es, después de todo, ver los toros, sino dejarse ver ellas y sus trajes. Las de clases más finas se tapan la cara con el abanico para no ver los incidentes más penosos, y no demuestran falta de sensibilidad. Las de la clase baja, por lo general, permanecen tan serenas como las de otros países en las ejecuciones u otras escenas semejantes, donde acuden en tropel con los chicos en brazos. Las mujeres inglesas son un caso aparte. Han oído condenar las corridas de toros desde su infancia, y van a ellas, ya mayores, llevadas principalmente por curiosidad a un espectáculo del que tienen la confusa idea de que el placer se mezcla en él al dolor. La primera impresión es agradable; sus mejillas encendidas traicionan una satisfacción que casi se avergüenzan de confesar; pero en cuanto la sangrienta tragedia comienza, se echan a temblar, molestas y desencantadas. Pocas pueden presenciar más de un toro y menos aún son las que vuelven a acudir a la plaza:
Es muy probable que una mujer española puesta en las mismas circunstancias, obrase de manera semejante y que si presenciase por primera vez una lucha de boxeo, recibiera también una impresión desagradable. Pero sea de ello lo que quiera, está lejos de nosotros y de nuestros amigos esa fingida filosofía, que sacaría la consecuencia de que en sus bellos ojos, que disparan los dardos de Cupido, brillaría una sonrisa menos por haber visto esas más piadosas banderillas.
UNA vez presenciada una corrida de toros, el espectáculo de España, los que sólo deseen pasar el tiempo agradablemente pueden hacer refrendar sus pasaportes para Nápoles. En España, una agradable vida de campo, según nosotros la entendemos, no es una cosa posible, y lo que la sustituye es una existencia provisional de beduíno, que si es divertida para corto tiempo, es insoportable a la larga. No es mucho mejor la vida en las provincias; las del interior tienen un aspecto de convento, muerto y anticuado, que deja helada a una persona briosa y viva. Los mismos artistas, después de tomar sus apuntes, se sienten inclinados al suicidio para ahuyentar al aburrimiento, el dios de la localidad. Madrid mismo es una ciudad poco sociable, de segundo orden e inhospitalaria; una vez visto el Museo, ido al teatro y dadas unas vueltas por el eterno Prado, cuanto más pronto sacuda el viajero el polvo de sus zapatos, mejor para él. Los puertos de Levante, como son más frecuentados por los extranjeros, resultan un poco más cosmopolitas, alegres y divertidos; pero, hablando en términos generales, las diversiones públicas son cosa casi desconocida en este país medio moro. La tranquila contemplación del humo del cigarro, y el dolce far niente de una tranquila indolencia, acompañada de calmoso palique, les basta. Mientras para otras naciones el carecer de placeres es una desgracia, para el español es un placer no tener la desgracia de hacer esfuerzo alguno; la existencia es la mayor felicidad para él, y, en cuanto a trabajar, sólo desea hacer hoy lo mismo que hizo ayer y lo que hará mañana, es decir, nada. Así se pasa la vida en una soñolienta y negligente rutina, con la sola seria excepción de los asuntos de amor; dejadle, dejadle tranquilo y fumando. Cuando despierta, la alameda, la iglesia, los toros y las citas son sus principales diversiones, y éstas se gozan más que en ninguna parte, en las provincias del sur, la tierra también del cante y del baile, de los soles y los ojos brillantes y de las mujeres de pie pequeño.
El teatro, que en otras partes constituye un medio tan importante para que el forastero pase la noche, está en una gran decadencia en España, a pesar de que, como nadie hace nada, ni está cansado de negociar y de ganar dinero durante el día, parece que debería ser, precisamente, lo que hiciera falta; pero es demasiado caro para la pobreza general. Además, los que durante cuarenta años han tenido verdaderas tragedias en su casa, les falta esa superabundancia de felicidad que está dispuesta a pagarse el lujo de ver las penas ficticias de los demás.
Verdaderamente, el drama en España, como otras muchas cosas, fué creación accidental de un período; protegido por Felipe IV, tan amigo de diversiones, floreció al calor de su sonrisa, languideció al verse privado de ella, y luego no tuvo fuerza para resistir la firme hostilidad del clero, que se opuso a este rival de sus propios espectáculos religiosos y melodramas eclesiásticos, de los que había nacido el teatro enemigo. No son aún raros los primitivos misterios medievales, pues los hemos visto representar en Pascua de Resurrección; de vez en cuando los sagrados asuntos gravemente profanados para ojos protestantes, son contemplados complacidamente por los naturales con fe demasiado sincera y sencilla para permitir ni siquiera una sospecha del gran absurdo; pero en todas partes de España ha sido materializado lo espiritual, y lo divino rebajado hasta lo humano en las iglesias y fuera de ellas; el clero atacó a la escena, negando, al morir, el entierro en sagrado a los actores, a los que, durante su vida, no les permitía llamarse «don», el amado título de todos los españoles. Naturalmente, como en esta nación en que tanto se estima a sí propio la gente, nadie es capaz de abrazar una profesión menospreciada, si puede evitarlo, pocos han querido ser declarados oficialmente vagabundos, y tampoco ha salido de entre ellos ningún Garrick ni Siddons capaz de acabar con los prejuicios por sus virtudes públicas y privadas.
Todavía en este mismo siglo XIX había confesores de familias que prohibían a las mujeres y a los niños aun el pasar por las calles donde están enclavados «estos templos de Satanás». Y los frailes mendicantes se colocaban por la noche a las puertas de los teatros para advertir a los temerarios el insondable abismo a que se dirigían, del mismo modo que nuestros metodistas distribuyen el día del Derby, en las barreras, folletos contra las carreras. En 1823, los frailes de Córdoba consiguieron que se cerrara un teatro porque las monjas de un convento frontero decían que veían al diablo y sus secuaces bailar fandangos en el tejado. Aunque, a su vez, los frailes han sido arrojados de las tablas españolas, el drama nacional ha hecho su salida casi al mismo tiempo que ellos. El teatro antiguo y clásico fué el espejo de la naturaleza española y en él se reflejaron sus usos y costumbres. Su objeto era más bien divertir que instruír, y como la literatura, su hermana en la exposición de la nacionalidad existente, ponía en acción lo que las novelas picarescas describían detalladamente. En ambas, el vanidoso hidalgo era el héroe; envuelto en su capa, con sus largos bigotes y ceñida la espada, taconeaba en el escenario, galanteaba y peleaba como correspondía a un viejo castellano, de los que Carlos V había hecho el terror y el modelo de Europa. Entonces España, lo mismo que una belleza afortunada, tenía un orgulloso placer en mirarse al espejo; pero hoy, que las cosas han cambiado, se avergüenza al contemplar la imagen de sus arrugas y cabellos blancos; su bandera es un andrajo, sus vestidos están rotos y se estremece con la humillación de la verdad. Si aparece en el teatro es para revivir días pasados, para resucitar al Cid, al Gran Capitán, a Pizarro; así, eludiendo el presente y rememorando el ayer glorioso, abriga la esperanza de un porvenir brillante. Así, pues, las comedias que representan cosas y costumbres modernas son rechazadas por el patio y la cazuela como vulgares y fuera de tono; es más, aun a Lope de Vega sólo se le conoce ahora de nombre; sus comedias son relegadas de las tablas a los estantes de las librerías; y eso, en su mayor parte, fuera de España. Ha pagado el pecado evidente de su localismo nacional y de haber pintado a los hombres como una variedad española, más bien que como una especie universal. Reinó en la escena, pero su hora ha pasado; mientras que su contemporáneo, el bardo de Avon, que representó a la humanidad y a la naturaleza humana, la misma en todos los momentos y en todas partes, vive en el corazón humano tan inmortal como el principio en que se basa su influencia.
En las antiguas comedias españolas, las escenas imaginarias estaban tan llenas de intrigas como la vida real; el honor era entonces el punto principal, las mujeres estaban encerradas celosamente en verdaderos harenes y el llegar hasta ellas, cosa fácil hoy, constituía la dificultad para los amantes. La curiosidad de los espectadores estaba como sobre ascuas para ver cómo los amantes podrían encontrarse y salir del consiguiente embrollo. Estos enredos y laberintos eran los más propios para un pays de l’imprévu, donde las cosas suceden siempre al revés y contra todo cálculo lógico. La acción del drama español estaba tan llena de acción y de energía como el francés de monótonas descripciones y declamaciones. Los Borbones, que acabaron con las corridas de toros típicas, arruinaron también el drama nacional; una inundación de unidades, de reglas, de altisonantes contrasentidos y convencionalismos se desbordó sobre los asombrados y asustados Pirineos, y el teatro, como la plaza de toros, empezó a ser víctima de los que, en su idea unilateral de la civilización, sólo reconocían un género de bondad, que era la que veían a través de los gemelos del Palais Royal. Calderón fué calificado de ser tan bárbaro como Shakespeare, y los que les condenaban no entendían una palabra de ninguno de los dos. Y ahora, de nuevo, con esta segunda irrupción de los Borbones, Francia ha llegado a ser el modelo de esa misma nación, de la que sus Corneilles y Molières hurtaron muchas plumas que les ayudaron a remontarse a la fama dramática. Ahora España se ve reducida al triste recurso de copiar a su discípula de ayer las mismas artes que ella antaño enseñara, y sus mejores comedias y farsas no son sino pobres versiones de Monsieur Scribe y otros escritores de vaudeville. Su teatro, como todo lo demás, ha caído en una pálida copia de su dominante vecina, y está igualmente desprovisto de originalidad, de interés y de nacionalidad.
De España también copió Europa la distribución del nuevo teatro; los primeros eran sencillamente patios cubiertos a la usanza de los clásicos de Thespis. El patio se convirtió en la platea, donde no se permitía la entrada a las mujeres. Los ricos tomaban asiento en las ventanas de las casas que daban a él, y, como casi todos en España tienen rejas de hierro, de aquí vino la frase francesa loge grillé que se aplicaba a un palco particular. En el centro de la casa, sobre el patio, se levantaba una especie de galería ancha y baja que se llamaba la tertulia, nombre que en aquel tiempo se solía dar al sitio de reunión de los eruditos, entre los cuales en aquel tiempo estaba de moda citar a Tertuliano. Las mujeres, excluídas del patio, tenían un sitio reservado para ellas, en el cual no podían entrar los hombres, costumbre basada en la separación de sexos gótico-árabe. Este lugar, reservado al elemento femenino, se llamaba la cazuela o la olla, sin duda por la mezcla o bodrio de clases, y también solían decirle la jaula de las mujeres o el gallinero. Todas iban allí vestidas de negro y con mantilla, lo mismo que a la iglesia. A primera vista aquel obscuro conjunto de negras trenzas, lustroso cabello y más negros ojos, parecía como la galería de un convento de monjas; aquello era, sin embargo, un símil de disimilitud, porque, apenas había en la representación escénica un momento de pausa, se levantaba tal arrullar y graznar en aquel enjambre de tórtolas, tales ojeadas, tal revoloteo de mantillas, crujir de sedas, telegráficas señales de abanicos y eléctrica comunicación con los señores de abajo, que contemplaban con ansiosas miradas el moreno racimo de aquella viña tan inasequiblemente colocada allá arriba fuera de su alcance, que de hecho rechazaba toda idea de reclusión, de tristeza o de mortificación. Esta cazuela, única y pintoresca, acaba de desaparecer ahora en Madrid, porque como no se usa en Covent Garden ni en Le Français, podía parecer anticuada y antieuropea.
Los teatros de España son muy pequeños, aun cuando se les llama coliseos, y mal dispuestos; el guardarropa y los adornos son tan escasos como los de los espectadores, sin exceptuar siquiera a Madrid. Cuando están llenos, los olores son ultracontinentales, y se parecen a los que predominan en París cuando el pueblo acude a una representación gratuita; y en los teatros españoles no se usa un incienso neutralizador, como hace el prudente clero en sus iglesias. Si se analizara la atmósfera por Faraday, se encontrarían en la misma proporción el humo de tabaco añejo y el tufo de ajo fresco. El alumbrado, excepto en las raras ocasiones en que el teatro, según dicen, se ilumina, está justamente proyectado para hacer la obscuridad visible, y no había manera de ver en el gallinero, hacia al que en vano se alzaban los ojos y anteojos de los zorros del patio.
La tragedia española, incluso cuando declama el Cid, es pesada; su lenguaje altisonante; la declamación campanuda, francesa y afectada, y la pasión queda hecha andrajos. Los sainetes o farsas son burdos, aunque divertidos, y están perfectamente representados; los verdaderamente nacionales van desapareciendo, pero los que aun se ven están llenos de sarcasmo, sátira, intriga, chispa e ingenio, a que tan aficionados son los españoles; como que no hay pueblo tan profundamente dramático y serio en la venta, en la plaza, en la iglesia y en todas partes. Los actores, al representar estas farsas, dejan de ser cómicos y la escena resulta una de la vida real; generalmente hay un gracioso, favorito del público, de la especie de los Liston y de los Keeley, que está en excelentes términos con el patio, que hace y dice lo que quiere, que mete en el diálogo sus propios chistes y que provoca una carcajada apenas se presenta.
La orquesta no tiene importancia ninguna; los españoles son muy aficionados a lo que ellos llaman música, lo mismo vocal que instrumental; pero que es oriental y muy distinta de las exquisitas melodías y representaciones de Italia o Alemania. Del mismo modo, aunque ellos han bailado sus rudas canciones desde tiempo inmemorial, no tienen la menor idea de la gracia y elegancia del baile francés, y en cuanto se atreven con él, resultan ridículos, pues son malos imitadores de sus vecinos, lo mismo en cocina que en idioma o que en trajes; en realidad, un español deja de ser un español en la misma proporción en que es un afrancesado; imitan al saltamontes en sus saltos y chirridos y tienen un genio natural para la jota y el bolero. El mayor encanto de los teatros españoles es el baile nacional, incomparable, inimitable y único, y sólo para ser bailado por andaluces. Es la salsa de la comedia, la esencia, la crema, la sauce piquante de los espectáculos nocturnos; se intenta describirlo en todos los libros de viajes—porque ¿quién puede describir el sonido o el movimiento?—, pero es preciso verlo. Por aburrido que esté el teatro, por seria que sea la comedia o divertida la tragedia, el sonido de las castañuelas despierta al más indiferente; el agudo e inquietante repiqueteo se oye entre bastidores y el efecto es instantáneo: resucita a un muerto; paraliza las lenguas de innúmeras mujeres; on n’écoute que le ballet. Se levanta el telón y la brincadora pareja aparece por opuestos lados, como dos amantes separados que, después de larga busca, se vuelven a encontrar, y parece como si el público no existiera para ellos y sólo vivieran el uno para el otro. El brillo del fino traje del Majo y la Maja parece inventado para este baile: el centelleo del oro y de la filigrana prestan más ligereza a sus movimientos; la saya trasparente y que dibuja la forma de la mujer, realza el encanto de la línea armónica que gustosamente ocultaría, y no tiene cruel corsé que aprisione su serpentina flexibilidad. Se detienen, se inclinan un momento hacia adelante, probando la flexibilidad de sus miembros y de sus brazos; rompe la música, vuélvense tiernamente el uno hacia el otro y despiertan a la vida. ¿Qué ejercicio puede hacer resaltar mejor los siempre variables encantos femeninos, y los perfiles de las formas varoniles, que este baile fascinador? El acompañamiento de las castañuelas da ocupación a los levantados brazos. Los franceses dicen: C’est la pantomime de l’amour. El enamorado joven persigue a la esquiva y coqueta moza; ¿quién describirá sus requerimientos, la tímida retirada de ella, su ávida persecución, como Apolo, tratando de alcanzar a Dafne? Ya se miran uno a otro, ya dirigen la vista al suelo; tan pronto es todo vida, amor, movimiento, como después sigue una pausa y se quedan inmóviles y como clavados en tierra. Este baile triunfa de todo, pues lleva consigo una verdad que venga a cualquier descontentadizo. ¡Lejos, pues, la estudiada gracia de la danseuse francesa, bella, pero artificial, fría y egoísta, como el aleteo de su amor, comparada con el apasionado abandono de las hijas del sur! En este baile no hay nada indecente; nadie se cansa de verle, o tanto peor para él, y, si algún defecto se le encuentra, es el ser demasiado corto, porque, como Molière dice: «Un ballet ne saurait être trop long, pourvu que la morale soit bonne, et la métaphysique bien entendue». A pesar de esta profundísima observación, el clero toledano, por un exceso de celo, quería abolir el bolero, pretendiendo que era inmoral. Se permitió que a manera de testimonio, los bailarines diesen «una representación» ante el tribunal: cuando empezaron a bailar, los señores magistrados mostraron síntomas de intranquilidad, y, por último, desechando togas e informes, se lanzaron, como si les hubiera picado la tarántula, a hacer una cabriola, absolviendo a los acusados, pero condenándoles a pagar las costas.
Este baile nacional, aunque es adorado por los extranjeros, empieza ¡ay! a ser despreciado por esas mal aconsejadas señoras que van a los palcos con sombreros franceses en vez de mantillas españolas. Se supone que el baile no es europeo o civilizado, y el mejor albur para su supervivencia, es que está positivamente de moda en los escenarios de Londres y París. Entre la gente del pueblo, sin embargo, todos los bailes nacionales están muy arraigados. Las diferentes provincias, del mismo modo que tienen lenguaje y costumbres diferentes, tienen también sus peculiares danzas locales, que, del mismo modo que sus vinos, bellas artes, reliquias, santos y salsas, sólo pueden ser verdaderamente saboreados en sus propios sitios de origen.
Los bailes de sociedad de las clases elevadas de España se diferencian muy poco de los de otros países, y ninguno de los dos sexos se distingue por su gracia especial en ellos, aun cuando les tienen gran afición. Sin embargo, todavía no se piensa que sea una prueba de buen tono el bailar tan mal como sea posible y con un gran aire de aburrimiento que parece apéndice obligado del llamado mundo alegre. Como de estos bailes se excluye todo lo que tiene carácter nacional, carecen del más mínimo interés para los que no sean los actores. Un baile improvisado viene a ser el obligado remate de las tertulias de invierno, en el cual no se da gran importancia ni a la música, ni al traje, ni a la medida exacta de los pasos. Aquí los bailes populares ingleses, los rigodones franceses y los valses alemanes están a la orden de la noche; todo lo español brilla por su ausencia, exceptuando, naturalmente, la «abundante falta» de buena música, luz, vestido y comida, cosas que nunca preocupan a la concurrencia, pues los frugales y parcos españoles, fáciles de contentar, gozan con corazón de estudiantes de la realidad de día de fiesta, que siendo ya por sí mismo un placer suficiente, no necesita de artificiales encarecimientos.
El bailar es para las mujeres españolas una novedad, introducida por los Borbones; antes se consideraba degradante, lo mismo que ocurría entre los romanos y los moros. Las bailarinas se alquilaban para divertir a los moradores del harén cristiano y no había que pensar que se mezclaran ni dieran la mano a ningún hombre; en la actualidad, tampoco las mujeres españolas dan la mano a los hombres: el choque es demasiado eléctrico; sólo se las dan con sus corazones, y para siempre.
Las clases humildes, que son un poquito menos escrupulosas, y para las cuales, por bendición de Santiago, el maestro de baile extranjero no está fuera del país, son partidarias de los primitivos bailes y tonadas de sus orientales antepasados. Sus acompañamientos son el «arpa y tamboril», la guitarra, el pandero y las castañuelas. La esencia de estos instrumentos es que produzca un sonido cuando se les golpea. Tan sencillo como puede parecer el tocar las últimas, sólo puede conseguirse con un oído muy fino, unos dedos muy ágiles y una gran práctica. Estas delicias de las gentes están siempre en sus manos; la práctica les hace perfectos, y muchos de los ejecutantes, moreno como un moro, rivaliza aún con los «palillos» de un etíope; se ponen a ello antes que al alfabeto, pues aun los golfillos de la calle empiezan a aprender castañeteando los dedos, o sonando una contra otra dos conchas o pedazos de pizarra, al son de la cual danzan; pues en realidad, después del ruido, parece cosa esencial las piruetas como válvulas de seguridad ilustrativas de lo que Cervantes describe como el brincar del alma, explosión de risa, inquietud del cuerpo y azogue de los cinco sentidos. Es el rudo deporte de la gente que baila por necesidad de movimiento, la satisfacción de la juventud, la salud y la alegría de aquellos para quienes la vida constituye por sí misma una bendición, y que, como cabritos retozones, dan así salida a la ligereza de su corazón y de sus miembros. Sancho, manchego legítimo, después de contemplar las extrañas tumbas y zapatetas que daba su señor en traje de baile algo incorrecto, confiesa su ignorancia de tan complicada danza, pero sostiene que para un zapateo no hay quien pueda vencerle. Tan inmutables como los instrumentos son las aficiones bailatorias de los españoles; hace tres mil años, dicen los historiadores, todas las noches cantaban y bailaban, o más bien gritaban y saltaban, y lejos de constituír eso una fatiga para ellos, bailaban toda la noche a manera de descanso.
Los gallegos y asturianos conservan, entre muchas de sus danzas y tonadas aborígenes, una salvaje y pírrica cabriola, que bailan con palos en las manos, igual que los bailes célticos, y que es la mismísima danza guerrera que Aníbal ejecutó en los solemnes funerales de Graco. Los pasos de esta contradanza son intrincados y belicosos, y requieren, como se decía de las representaciones ibéricas, mucha soltura de piernas, cosa en que los flacos, fibrosos y activos españoles son todavía notables. Estas son las danzas morris importadas de Galicia por nuestro John of Gaunt, que las creía moriscas (moorish). Aun las bailan los aldeanos con sus trajes domingueros y al son de las castañuelas, la gaita y el pandero. Generalmente están dirigidos por un maestro de ceremonias, o lo que es equivalente, un bufón vestido de colores, Μωρος, que puede ser la etimología de la palabra morris.
Estas comparsas de campesinos fueron las que se pagaron en Vitoria para que diesen la bienvenida a los hijos de Luis Felipe; son las mismas que a menudo hemos nosotros presenciado gratis y formadas por ocho hombres que tocaban las castañuelas al compás de un pífano y un tamboril, mientras que un bastonero, o director de la banda, vestido de colores charros, como un arlequín, dirigía la rústica danza; alrededor se agrupaban payesas y aldeanas vestidas con ajustados corpiños, pañuelos en la cabeza, el cabello colgando en trenzas y el cuello cubierto con cuentas azules y de coral; los hombres llevaban recogidos los largos rizos con pañuelos encarnados y bailaban en camisa, con las mangas arremangadas y sujetas con cintas de colores, que cruzaban por el pecho y la espalda, mezcladas con escapularios y pequeñas estampas de santos; llevaban calzones blancos, anchos como las bragas de los valencianos, y como éstos, iban calzados con alpargatas o sandalias de cáñamo sujetas a la pierna con cintas azules; las figuras de la danza eran muy intrincadas y consisten en círculos, vueltas y saltos, y a cada cambio se acompañan con gritos de ¡viva! Estas comparsas son indudablemente una reminiscencia de los originales espectáculos iberos, en los cuales, como en los espartanos y en los de los indios salvajes, siempre se conserva, aun en los recreos, el principio guerrero. Los bailarines llevaban el compás chocando las espadas con los escudos; y cuando uno de los campeones quería mostrar su menosprecio hacia los romanos, ejecutaba ante ellos una irrisoria pirueta. ¿Se acordaron de esto en el baile de que hablamos en Vitoria?
Pero en España a cada momento se encuentra uno transportado a la antigüedad, y así tenemos que en las mismas orillas del Betis se ven aún aquellas bailarinas de la libertina Gades, que se exportaban a la antigua Roma, con el atún en escabeche, para delicia de los malvados epicúreos y horror de los buenos padres de la Iglesia primitiva, que las comparaban, y quizá con justicia, con las cabriolas ejecutadas por la hija de Herodías. Sus danzas fueron prohibidas por Teodosio, porque, según San Crisóstomo, en ellas nunca le faltaba al diablo una pareja. La conocida estatua del museo de Nápoles llamada la Venus Calípiga, es la representación de Telethusa o alguna otra danzarina de Cádiz.
Sevilla es hoy en esto lo que en la antigüedad fué Gades; nunca falta allí alguna venerable bruja gitana que prepare una función como se llama a estos bonitos espectáculos, tomando la palabra de las ceremonias pontificales, pues en tiempos, Italia era la que ponía la moda en España, como hoy la impone Francia. Estas fiestas son de pago, pues la raza gitanesca, como dice Cervantes, sólo vino a este mundo para ser anzuelo de bolsas. Las callis de jóvenes son muy bonitas, y además son muy zalameras y trafican en negocios muy apetitosos, pues profetizan oro a los hombres y maridos a las mujeres.
La escena del baile es generalmente el barrio de Triana, que viene a ser el Transtevere de la ciudad y cueva de toreros, contrabandistas, pilletes y gitanos, cuyas mujeres son las premières danseuses en estas ocasiones, en las que los hombres nunca intervienen. La casa elegida es usualmente una mansión medio árabe que es un verdadero cuadro donde la ruina, la pobreza y la miseria se mezclan con columnas de mármol, higueras, fuentes y parras; la compañía se reúne en algún soberbio salón, cuyo dorado artesonado árabe—salvado del saqueo—descansa sobre paredes blanqueadas; hay en el recinto algunos, pocos, bancos de madera, en donde se sientan las dueñas e invitados, en los cuales se atiende más a la cantidad que a la calidad; probablemente ni el público ni sus trajes serían admisibles en Mansion House[41]; pero aquí el pasado triunfa sobre el presente; el baile, que es muy semejante al ghowasee de los egipcios, y al nautch de los indios, se llama el olé entre los españoles y el romalís entre sus gitanos; el alma y la esencia de él consiste en la expresión de cierto sentimiento, que no es ciertamente de carácter muy sentimental o correcto. Las mujeres, que parecen no tener huesos, resuelven el problema del movimiento continuo, disfrutando sus pies relativamente de un privilegio, pues todo el cuerpo toma parte en la pantomima y tiembla como la hoja del álamo; la flexibilidad y la figura de Terpsícore de una joven andaluza, sea gitana o no, ha sido designada, según dicen los entendidos, por la naturaleza como el marco adecuado para su voluptuosa imaginación.
Sea ello como quiera, el comentador clásico y erudito citará a cada momento a Marcial, etc., al contemplar el inalterable balanceo de los brazos, levantados en alto como para recoger una lluvia de rosas, el taconeo y los movimientos serpentinos y tremolantes. Una excitación contagiosa embarga a los espectadores, que, como los orientales, llevan con medida cadencia el compás con las manos, y, en las pausas, aplauden con gritos y palmoteos. Las damiselas, animadas con los aplausos, continúan sus violentos movimientos hasta que tienen que suspenderlo completamente rendidas; entonces se reparte vino, anisado y alpisteras, y la fiesta, que dura hasta la madrugada, muchas veces termina con alguna cabeza rota, que se llama aquí «la cuenta del gitano». Estas danzas, para muchos de los habitantes del frío Norte son más notables por la energía que por la gracia, y no tienen en ellas menos trabajo las piernas que todo el cuerpo, las caderas y los brazos. La vista de este inalterable pasatiempo de la antigüedad, que excita a los españoles hasta el frenesí, producen más bien disgusto a un espectador inglés, probablemente por alguna mala organización nacional, pues como Molière dice: L’Angleterre a produit des grands hommes dans les sciences et les beaux arts, mais pas un grand danseur—allez lire l’histoire.—Aun cuando estas danzas puedan parecer indecentes, las ejecutantes son inviolablemente castas, y por lo menos, en cuanto toca a los huéspedes no gitanos, son más frías que el granizo; y estas muchachas bailan ante los aprobadores ojos de sus padres y hermanos, que estarían dispuestos a matar a quien atentase contra la virtud de sus hermanas.
En los intermedios lúcidos entre el baile y el anisado, la caña, que es la verdadera gaunía o canción árabe, se administra como un calmante por algún hirsuto artista, sin faralaes, botonaduras, diamantes o guantes de cabritilla, cuyas coplas, tristes y melancólicas, siempre empiezan y terminan con un ¡ay!, un suspiro o grito en tono muy elevado. Estas melodías morunas, reminiscencias de otros tiempos, se conservan mejor en pueblos serranos de cerca de Ronda, donde no hay caminos para los miembros del conservatorio napolitano de la Reina Cristina; pues donde quiera que la Academia impone su autoridad e impera la ópera italiana, ¡adiós canciones populares! Hoy en día, la ópera exótica se cultiva en España por la clase alta, porque como está de moda en París y Londres, se mira como una muestra de la civilización de 1846. Aunque el público, en el fondo de su honrado corazón, se aburra en la ópera más que en otro sitio, la cosa se da por maravillosa, por ser tan cara, tan selecta y tan fuera del alcance del vulgo. Evitadla, sin embargo, en España, bellas lectoras, pues estos cantantes de segundo orden no son dignos de sostener la partitura a los de vuestro querido Haymarket.
La verdadera ópera de España está en la tienda del barbero o en el patio de la venta; en realidad, la buena música, sea armoniosa o científica, vocal o instrumental, rara vez se oye en esta tierra, a pesar del eterno cantar y del arañar de guitarra en que allí se está. Las mismas misas, tal como se cantan en las catedrales, desde la introducción del piano y del violín, tienen carácter muy poco solemne y devoto. El violín desilusiona, pues el mismo Murillo cuando planta las tripas de un violín bajo el mentón de un querubín en las nubes estropea el sentimiento angélico. Pero que nadie desprecie las canciones e instrumentos típicos de la Península, pues la excelencia en música es multiforme, y mucha de ella, tanto en nombre como en substancia, es convencional. Prueba de ello es una melancólica balada cantada por un coro de sin trabajo ante las entusiasmadas masas callejeras de la vieja Inglaterra, o un aire de gaita, tocado en el Ross-shire, que encanta a los montañeses de Escocia, que repiten a gritos la melodía, pero espanta a los milanos. Déjese, también, a los españoles disfrutar de lo que ellos llaman música, aunque los extranjeros melindrosos la condenen como ibérica y oriental. A ellos les gusta así y la quieren a su manera, con su compás y su tonada, a despecho de Rossini y de Paganini. Ellos—no los italianos—son escuchados por una encantada audiencia semi-mora, con atención profundamente oriental y melancólica. Como su amor, su música, que es su sustento, son asuntos serios; a pesar de lo cual, la canción melancólica, la guitarra y el baile, son, en este momento, la alegría de la pobreza indolente, el reposo del que trabaja bajo un sol abrasador. El pobre olvida sus fatigas, sans six sous et sans souci; y hasta llega a olvidarse de comer, como Claro, el amigo de Plinio, que perdió su cena—aceitunas y gazpacho—por correr tras una bailarina gaditana.
En las ventas y en los patios, a pesar de la ruda labor del día y de la escasa comida, en cuanto se oye el rasgueo de la guitarra y el repiqueteo de las castañuelas, parece como si la gente sintiera nueva vida correr por sus venas. Lejos de notar la fatiga pasada, la del baile parece que les refresca, y muchos cansados viajeros lamentarán los nocturnos retozos de sus ruidosos y saltarines compañeros de pupilaje. Apenas terminada la cena, cuando après la panse la danse, algún musculoso ejecutante masculino, verdadera antítesis de Farinelli, vocea sus coplas, chillando sus prosaicos versos con toda la fuerza de sus pulmones, o arrastrando melancólicamente su balada como el zumbido de una gaita del Lincolnshire, y tanto en uno como en otro caso, con inminente peligro para su tráquea y para todos los órganos acústicos no españoles. Porque, verdaderamente, repitiendo la áspera crítica que hace Gray de la Gran Opera francesa, diremos que consiste sólo en des miaulements et des hurlements effroyables, mêlés avec un tintamare du diable. Pero, lo mismo que en París, también aquí, en España, el auditorio está enajenado, los oídos de todos los hombres se ponen a tono, como si hubiesen tragado coplas, y todos hacen coro al final de cada verso; esta «banda particular», como entre los de sangre azul, suple la falta de conversación y convierte un silencio estúpido en atención científica—ainsi les extrêmes se touchant. En toda reunión de españoles—militares, paisanos, arrieros o ministros—siempre hay alguno que sepa tocar la guitarra, mejor o peor, como Luis XIV, a quien, según Voltaire, sólo le habían enseñado esto y bailar. Godoy, el Príncipe de la Paz, uno de los peores de la multitud de ministros malos que han desgobernado España, cautivó primero a la real Mesalina por su habilidad en el rasgueo de la guitarra; así, González Bravo, editor de El Guirigay, de Madrid, llegó a la Presidencia del Consejo y se atrajo a la virtuosa Cristina, que, apaciguada por la dulce música de este averiado Anfión, olvidó sus libelos contra ella y el señor Muñoz. Puede predecirse de las Españas, que cuando estos rasgueos enmudezcan todo habrá acabado, pues la expresión hebrea por la nec plus ultra desolación de una ciudad oriental es «la cesación de la alegría de la guitarra y del pandero».
En España, en donde quiera y como quiera que se oyen los tentadores acordes, en seguida se reúne un grupo de todos sexos y edades, al que atrae la musiquilla como a un enjambre de abejas. La guitarra forma parte integrante del español y de sus canciones; se la echa a la espalda con una cinta, lo mismo que se ve en las pinturas egipcias de hace cuatro mil años. Los ejecutantes, casi nunca son músicos expertos: se contentan con tañer la guitarra, rasgueando las cuerdas con toda la mano, o floreando, y golpeando la caja con el pulgar, en lo cual son muy expertos. Alguna vez, en las ciudades, surge un individuo que domina más este ingrato instrumento, pero el intento resulta mal.
La guitarra no se presta bien a las palabras italianas y a las melodías primorosas, que nunca hacen felices ni a los oídos ni a los corazones españoles; pues a semejanza de la lira de Anacreonte, por muy a menudo que cambie la cuerda, el amor, el dulce amor, es su único tema. La gente ajusta la tonada a la canción, que muchas veces son improvisadas tanto la una como la otra. Balbucean la cadencia, por no decir los versos; pero su espléndido idioma se presta a una gran prodigalidad de palabras, trátese de verso o prosa, y ni uno ni otro son muy difíciles, ya que el sentido común no es un expediente necesario para su composición; de manera que el lenguaje ayuda al fértil ingenio de los indígenas; las rimas se pasan por alto a voluntad o se mezclan caprichosamente con asonantes, que sólo consisten en la repetición de las mismas vocales, sin cuidar de las consonantes, y aún eso, que difícilmente contenta a un oído extranjero, no siempre se observa; un cambio de entonación o unos golpecitos de más o de menos en la caja, hacen el avío, vencen todas las dificultades, constituyen una ruda prosodia e inducen a la música, del mismo modo que los ademanes llevan al baile y a las coplas que se cantan bailando, y que cuando se oyen inspiran recíprocamente el deseo de castañetear los dedos y de bailar el zapateado, como si se tuviera el mal de San Vito; y no nos dejarán mentir los que aun tengan en los oídos las habas verdes, de León, o la cachucha, de Cádiz.
Las letras destinadas a poner toda esta zambra en movimiento no están escritas para los fríos críticos británicos. Lo mismo que los sermones, sólo son para hablados, y nunca debe sometérselas a la desencantadora prueba de la letra de molde; y aun las que son francamente serias, y no sólo para pretexto del baile, son escuchadas por los presentes, acordándolas a lo que les pide el oído, anticipándose al asunto y respondiéndole, e influídos en todo momento por sus prejuicios. Lo mismo ocurre con un público británico alucinado por la ópera, que, siendo sensible para otras cosas, tolera, no obstante, los dislates que en ella se dicen: