LIBRO III.

LA VUELTA DEL AUSENTE.


I.

LA CAIDA DE LA TARDE.

Pues que ya sabemos tanto como el que más acerca del gallardo jinete que cruzaba por lo alto de la Sierra cuando levantamos el telon para dar principio al presente drama, tiempo es de que corramos en su seguimiento hasta alcanzarlo, á fin de entrar con él, despues de ocho años de misteriosa ausencia, en la morisca Ciudad que fué su cuna.

Restábale apénas una hora de sol á aquel esplendoroso dia, en el momento que nuestro héroe logró salir del laberinto de cumbres y barrancos que forma allí la gran cordillera, y descubrió á lo léjos el ámplio horizonte de su país nativo, su llana campiña, sus verdes viñedos y oscuros olivares y las conocidas siluetas de los remotos cerrajones que delimitan la comarca.—La Ciudad querida, la señora de todo aquel territorio, quedaba aún oculta detras de los arcillosos cerros que al oeste le sirven de dosel, bajo el cual duerme hace siglos su muerte histórica; pero ya era fácil distinguir (sobre todo, teniendo anterior idea de su situacion) la enhiesta aguja de la Torre de la Catedral y el Torreon del Vijía de la Alcazaba árabe, derruido pocos años despues...

El Niño de la Bola detuvo su caballo para contemplar aquel nunca olvidado panorama... La más viva emocion se leia en su semblante, ménos duro y altivo que cuando la melancolía de la ausencia y las lecciones del mundo no habian trabajado aún su brioso corazon... Quitóse reverentemente el sombrero, por vía de salutacion á sus lares patrios, y lanzó un hondo suspiro, como quien llega al término de largos afanes.

—Señorito... ¿Está usted malo?—le preguntó el arriero al verle de aquel modo.

Manuel no respondió: púsose el sombrero apresuradamente, y metió espuelas al caballo, como para librarse de tan importuno testigo.

Media hora despues, cuando ya caia el sol al occidente, el malagueño volvió á alcanzar al desdeñoso personaje, el cual se habia parado de nuevo, en lo alto de la larguísima y enrevesada cuesta por donde se baja desde la última meseta de la montaña á la extendida vega de la Ciudad, y contemplaba desde allí las Cuevas, el Barrio de Santa María, las Huertas y hasta la antigua casa de sus mayores, que se distinguia entre todas por un erguido cipres que la coronaba...—Aquel edificio atraia muy particularmente su ansiosa atencion...—¡Ignoraba el desventurado que allí no vivia ya nadie! ¡Ignoraba todo lo que habia ocurrido durante su ausencia!...

Pero no adelantemos noticias que harto pronto llegarán á vuestro conocimiento...

Manuel siguió andando, muy despacio esta vez, tan luégo como se le incorporó el arriero con las cargas; y, ya fuese arrepentido de no haber contestado á la última afectuosa pregunta del pobre hombre, ya por distraerse de sus propios pensamientos, entabló conversacion con él, diciéndole:

—¿Ha estado usted en alguna ocasion mucho tiempo seguido léjos de Málaga?

El espolique se inflamó de júbilo al verse interrogado, y, en un abrir y cerrar de ojos, habia respondido todo lo siguiente:

—¿Que si he estado?—¡Ya me figuraba yo que ahí era donde á usted le dolia!—¡Usted debe de venir del fin del mundo, y por eso le ha hecho tanta operacion el descubrir su tierra!—Yo estuve primero dos años en el Moro... (no crea usted que en Presidio, sino por mi gusto), y luégo he servido al Rey, digo á Cristina, hasta que me dieron la absoluta, despues que tomamos el Puente de Luchana, donde fuí herido...—¿Dice usted que si sé lo que son fatigas?—¡Pregúnteselo usted á la pobrecita de mi madre, en quien pensaba á todas horas aquella pícara Noche-buena, llamada tambien la Noche-triste, en que Espartero ganó á Bilbao!...—¡Figúrese usted que yo la pasé desangrándome, sobre la nieve, en el mayor desamparo y soledad!...—Pero, ¿que dice este loro?

—«Soledad»...—habia repetido el loro con todas sus letras.

Manuel sonrió por primera vez en todo aquel viaje, y preguntó al arriero, en vez de responderle:

—¿No ha estado usted nunca en la Ciudad á que nos dirigimos?

—No, señor; no he estado; pero sé que es muy buena, aunque muy peleadora...—¡Ya se ve! Usted habrá nacido en ella, y luégo se iria á las Indias á buscar fortuna...—¡La de todos!—Si alguna vez vuelve usted á embarcarse para allá, pregunte en Málaga por Frasquito Cataduras (que es como el mundo me conoce), y lléveme consigo, aunque sea de criado; pues lo que es con la arriería no llegaré nunca á salir de capa de raja...

Manuel no escuchaba ya al malagueño, sino que habia vuelto á hacer alto, más conmovido que la vez anterior...—Oíase á lo léjos el alegre repique de unas campanas cuyo són habia reconocido sin duda el jóven... Ello es que su rostro expresaba un regocijo, una ternura, una afliccion de gozo (si vale hablar así), que á cualquier otro hombre le hubiera hecho derramar lágrimas...

—¡Vamos, señorito! ¡repórtese usted! (exclamó el arriero.)—Si teme usted algo, aquí estoy yo, y ahí llevamos cuatro escopetas...

—¡Desgraciado de tí (interrumpió Manuel), si le cuentas á álguien que me has visto de este modo!—En cambio, si callas, yo te pagaré bien tu silencio...—Soy enemigo de que se conozcan mis debilidades...—Conque vamos andando.

La verdad era que el vehemente jóven no podia ya con el peso de su alma, visto lo cual y que no habia modo de correr y adelantarse en aquella dificultosísima cuesta, resolvió seguir hablando con el arriero, á fin de no volver á oirse á sí propio en presencia de tan indiscreto observador.

—Esas campanas que repican (díjole, pues, con afectada naturalidad) son las de Santa María de la Cabeza, y anuncian que mañana, primer Domingo de Abril, habrá, como todos los años en tal dia, una gran funcion en aquella parroquia...—¡Qué alborozo respirará ahora mismo todo el barrio!—Alguna persona conozco yo que dirigia en su niñez esos jubilosos repiques...—¡Cómo pasa el tiempo, sin que las cosas dejen de ser las mismas!—¡Verás qué hermosa Procesion sale de allí mañana á la tarde! ¡la Procesion del Niño de la Bola!—Y, si te detienes en la Ciudad pasado mañana, podrás ir á la Rifa, á las Cuevas, donde siempre ocurren buenos lances...—Allí se puja todo: el baile, los abrazos, la felicidad..., la vida del alma..., el destino de las criaturas...—Pero ya se ha puesto el sol..., y la cuesta es ménos pendiente...—Vamos aprisa, á fin de pasar el vado del rio ántes de que oscurezca; pues sentiria que se mojasen esas cargas...

Y como, en efecto, la bajada fuese ya más fácil, Manuel metió espuelas al caballo, y pronto se encontró solo, en la llanura, ó sea en unas dilatadas alamedas que allí pregonan la proximidad del citado rio...—La Ciudad distaba todavía bastante; pero aquello era ya en cierto modo estar bajo sus muros...

Habia comenzado á oscurecer, y el dulce misterio de tal hora, la amenidad del sitio, la húmeda frescura del aire, en cuya primaveral fragancia reconoceria el aroma de los árboles, plantas y hierbecillas entre que se habia criado; el armonioso rumor, igual siempre, y para él tan familiar, que alzan allí, en aquella estacion del año, al caer las sombras de la noche, los más humildes cantores del Creador del mundo, ora desde las empantanadas aguas, ora desde los adolescentes trigos, todo sumergió á Manuel en una profunda paz moral, muy diferente de la ventura, pero mejor consejera del alma que el esperanzado deseo...—Estúvose, pues, parado algunos minutos en aquella tranquila márgen del Rubicon de su pobre historia, como dando reposo al fatigado espíritu ántes de las supremas emociones que le aguardaban, ó acaso preguntándose friamente si, en lugar de encaminarse hácia la dicha, se dirigiria hácia un total infortunio...—¿Viviria Soledad? ¿Le habria sido fiel, ella que nada le habia prometido nunca?—¿Habria habido algun hombre capaz de tomarla por esposa?—¿Viviria el terrible anciano? ¿Seguiria negándose á toda transaccion?—¿Se atreveria Soledad en este caso á unirse con el hijo de D. Rodrigo Venegas, despues de la espantosa escena de la Rifa? ¿Le amaba á tal extremo? ¿Le habia amado alguna vez?—¿Qué aguardaba al proscrito, á la vuelta de su largo destierro? ¿Horribles dolores? ¿Crueles desengaños? ¿Renovadas luchas? ¿Escenas de sangre? ¿Su propia muerte, por término de tantas angustias y fatigas?

La llegada del arriero con las cargadas bestias sacó al jóven de aquel estado de culminante inquietud, no ménos amargo, aunque de distinta índole, que el de Diego Marsilla cuando lo detuvieron los facinerosos casi á la vista de Teruel...

Pasaron el rio nuestros caminantes, y entraron en los largos callejones, guarnecidos de olorosos panjiles y de zarzas, espinos y otras especies de setos, que conducen, á traves de muchos pagos de viña, á las puertas de la Ciudad...; y, ya estarian como á quinientos pasos de ella, cuando, al cruzar por delante de cierta solitaria Ermita, precedida de un porche, que allí se alza desde tiempo inmemorial, oyóse una voz de mujer que decia:

—Manuel: ¿eres tú?—Hazme el favor de oir una palabra...