II.

LA REALIDAD.

Manuel refrenó el potro, y, á la luz de la lámpara que alumbraba aquel humilde Santuario, vió, de pié, á la entrada del dicho porche, separado del interior de la Ermita por unos barrotes de madera, la imponente figura de una mujer alta y vestida de negro, que añadió, al verlo detenerse:

—¿Conque eres tú?—¡Gracias á la Vírgen Santísima! ¡Temí que hubieses echado por otro camino!

—Sí, señora... Yo soy... (respondió Manuel, lleno de asombro.)—¿Y usted? ¿quién es?—Yo quiero reconocer esa voz...

—Soy la madre de Soledad...—repuso la mujer con dulzura.

Oir el jóven esta frase y estar en el suelo fué una misma cosa.

—¡La señá María Josefa! (exclamó vivamente conmovido.) Espere usted un momento, señora.—Oye tú, arriero: sigue adelante, y espérame á la entrada de la Ciudad...—¡Cuidado con hablar ni una palabra!

El malagueño siguió andando, muerto de curiosidad por saber algo de lo mismo que se le prohibia decir, y Manuel ató su cabalgadura á uno de los viejísimos álamos blancos que entónces rodeaban la Ermita, en cuya especie de atrio penetró al fin aceleradamente, diciendo con afectuosa voz:

—¿Usted aquí? ¿Usted esperándome? ¿Qué significa esto? ¿Qué ocurre? ¿Cómo ha sabido usted que yo llegaba?

—Por D. Trinidad Muley... (contestó la que ya debemos llamar vieja, cogiendo las manos de Manuel y llevándoselas á la cara para que tocase su llanto.)—Pero no acuses al señor Cura por haberme revelado tu secreto... ¡Era preciso que yo lo supiera!—Además, él no guarda misterios conmigo... ¡Sabe lo que te quiero!... ¡lo que te he querido desde que murió tu padre!—Ven; siéntate aquí... ¡Tenemos que hablar mucho, y estoy cayéndome!...

Así diciendo, la buena mujer acercó el jóven á uno de los asientos de cal y ladrillo que decoran todavía aquel porche y que sirven de lugar de descanso á los paseantes y á los devotos.

Manuel estaba estupefacto, ó, por mejor decir, perdido en un mar de diferentes y encontradas conjeturas...—Sentóse, pues, sin atreverse á preguntar más, de miedo á desvanecer los últimos sueños de su esperanza... Pero, viendo que su interlocutora no acertaba tampoco á explicarse, dijo al fin con trabajosa resignacion:

—Algo muy bueno ó muy malo ocurre, cuando usted ha salido á recibirme de esta manera...—No quiero ponerme en lo peor, y comienzo por admitir lo que sería la felicidad para todos...—¿Ha venido usted á aconsejarme que no éntre en la Ciudad en són de guerra, visto que su esposo de usted transige, ó podria transigir conmigo, si yo me acomodase á guardar tales ó cuales miramientos?—¡Respóndame con entera franqueza!—¡Ah! ¡Se calla usted!...—¡Luego no es eso lo que ha venido á pedirme!

—No, Manuel... No es eso... (repuso la atribulada madre.)—Lo que yo he venido á pedirte (y perdona que te hable de tú; pero así te hablé cuando eras muchacho, y ¡bien sabe Dios que siempre te he querido como á un hijo!...); lo que yo vengo á suplicarte es que te vuelvas... ¡que no entres en la Ciudad!—¡Te lo ruego, por lo que más ames en el mundo!

Manuel respondió sarcásticamente:

¡Por lo que más ame en el mundo!...—¡Qué contradiccion y qué escarnio! ¿Cuántos amores cree usted que tengo yo?—¡Que me vuelva! ¡Que no éntre en la Ciudad!...—¡Eso es muy fácil decirlo; pero pídale usted á un rio que vuelva á la montaña, y verá qué caso le hace!...—En fin: ¿á qué cansarnos? Ya estoy al cabo de lo que usted tenía que decirme: que D. Elías sigue negándose á todo: que estamos como al principio: que tendré que luchar...—¡Pues lucharé cuanto sea necesario!...

—Tampoco es eso, Manuel...—Mi marido no se opone ya á nada...

—¡Ah! ¡D. Elías transige!... (exclamó el jóven, lleno de sorpresa y de alegría.) Pues, entónces, ¿qué nos detiene? ¿qué puede importarnos el resto del mundo?—Yo vengo dispuesto á todo... Yo le daré satisfaccion cumplida al pobre anciano... ¡Conozco que aquel dia estuve demasiado cruel!—Además, le traigo su millon...—Aquí lo tengo, en letras sobre Málaga...—¡Mi padre, al verme pagar esta deuda, bendecirá mi union con Soledad!...—¡Ah, señora!... Acabo de nombrar al alma de mi vida... ¡Hábleme usted de ella! ¡Hace ocho años que no tengo noticias suyas!...—Dígame usted que me quiere todavía...; que ella es la que ha vencido á su padre...—¡Se calla usted tambien!—Señora: tenga usted mejores entrañas... ¡Sáqueme de esta horrible angustia!—¿Qué sucede? ¿Qué ha pasado durante mi ausencia?

—Tranquilízate, hijo mio... ¡Me asusta verte así! (respondió la pobre mujer, llorando de nuevo.)—Yo te lo diré todo, si me juras volverte..., si me juras no entrar en la Ciudad...—¡Oh, no pongas esa cara!... ¡No te irrites!...—¡Dios mio! ¿Para qué querrá este hombre saber desventuras? ¿Para qué querrá ser tan desgraciado como yo?

—¡Hable usted, señora, por los clavos de Cristo, y, sobre todo, no me diga más que me vuelva!—¡Eso es un sacrilegio, cuando vengo de pasar ocho años de expatriacion y de lucha, y acabo de andar miles de leguas, pensando siempre en llegar adonde ya he llegado!—¡Hable pronto, ó monto á caballo, y voy á su casa de usted á averiguar por mí mismo el horror que trata de ocultarme!...—Pero me equivoco... me atormento demasiado... ¡No es posible que Soledad haya muerto!...—Lo que sin duda ocurre es que su marido de usted pretende algo muy difícil... algo absurdo...—¿Digo bien? ¿No es eso?—Pues no se apure usted... Todo se arreglará con calma y moderacion...

La señá María Josefa vaciló todavía unos instantes, hasta que al fin murmuró sordamente:

—Vuelvo á decirte que mi marido no pretende nada.—¡Mi marido ha muerto!

—¡Loado sea Dios! (exclamó el Niño de la Bola con la feroz solemnidad de una implacable justicia.)—¡Si hay otro mundo despues de este, ya habrá sido vengado mi padre!—Perdono al autor de todas mis desgracias...

—Tambien te perdono yo á tí (repuso la triste viuda) esa crueldad con que recibes la noticia de una de mis penas, y te suplico que no sigamos adelante...—¡Véte, Manuel! ¡Véte por donde has venido, y no quieras saber más desdichas!

El jóven se levantó horrorizado al oir estas últimas palabras.

—¡Dios de Israel! (gritó con un acento de dolor más que humano:) ¡Mi desventura es cierta! La tierra se abre bajo mis plantas... El cielo se hunde sobre mi frente... El mundo ha llegado á su fin...—¡Soledad ha muerto!

—¿Qué dices, desventurado? (replicó la madre, llena de pavor.) ¡Morir mi hija!...—¡Oh!... no lo creas... ¡Tu pobre corazon te engaña una vez más!—¡Entónces hubiera muerto yo tambien! ¡Entónces no estaria aquí!...—Vamos... ¡ven!... siéntate... ¡cálmate!—¡Me estás asesinando con tantas locuras como te ocurren!

Manuel exhaló un hondo suspiro, como despertando de un espantoso sueño, y, dejándose caer en los brazos de la anciana, tartamudeó con infinita dulzura:

—¡Soledad vive!...—¡Oh! ¡cuánto he padecido en breves momentos!—Dios se lo perdone á usted...

Y quedó como aletargado de felicidad.

—¡Esto es querer!—murmuró sentidamente la angustiada viuda.

—¡Soledad vive, y D. Elías ha muerto! (añadió el jóven al cabo de unos segundos.)—¡D. Elías, mi implacable enemigo, el enemigo de ella, el enemigo de usted misma!...—¡Cuán felices podemos ser ahora!—¿Cree usted, mi buena madre, que yo ignoraba el cariño y la proteccion que me dispensó usted siempre?—¡Pues lo sabía! ¡D. Trinidad Muley me enteraba de todo!...—¡El buen D. Trinidad, mi amigo, mi tutor, mi segundo padre!...

—Hoy le he hablado... (se apresuró á exponer la señá María Josefa.) Y él, lo mismo que yo, opina que debes...

—¡No vuelva á decírmelo! (profirió el jóven, acariciándola.) ¿Qué manía es esa? ¿Por qué hablarme de que no éntre en la Ciudad, cuando la suerte lo ha arreglado todo de manera que podemos ser enteramente dichosos?—¿Que nuevo obstáculo se opone á ello? ¡Alguna cavilacion del bueno del señor Cura, ó algun infundado recelo de usted!—¿Creen ustedes acaso que Soledad no me quiere?—¡Pues sí me quiere, aunque ella misma les haya dicho lo contrario!—Lo sé yo.—Lo sabe mi alma...—¡Verá usted, enseguida que me mire, en seguida que me hable, cómo su alma es mia!...—¡Yo la conozco!... Ella oculta sus sentimientos; pero nuestro cariño se parece al sol; que, aunque se nubla en apariencia, siempre arde lo mismo...—¡Ah, señá María! Yo soy ya otro hombre. Soy bueno; soy pacífico...—¡No en balde se da la vuelta al mundo, como yo se la he dado dos veces! ¡No en balde se vive tanto y de tan diversos modos como yo he vivido!—Así es que todos mis sentimientos é ideas han cambiado en estos ocho años, ménos mi amor á Soledad y el cuidado de la honra de mi apellido...—¡Oh! ¡cuánto he batallado con la suerte en África, en la India, en Filipinas y en ambas Américas!—¡Y cómo me ha favorecido la fortuna! Ya soy más rico que fué mi padre en sus buenos tiempos... En Málaga he dejado un capital... En el maletin del caballo traigo arrobas de oro y de piedras preciosas...—He sido General en la América del Sur... He vencido Caciques indios, que es como quien dice Reyes, y yo mismo he podido tambien ser Rey de aquellas tribus salvajes...—No cuente usted nada de esto; pues nadie lo creeria...—¡Le traigo á Soledad unos regalos!...—¡Y tambien á usted!...—¡Al mismo D. Elías le destinaba un magnífico presente!...

—¡Malhaya sea el dinero! ¡Él tiene la culpa de todo!—rezó fatídicamente la madre, cuyos ojos, clavados en el suelo, seguian derramando lágrimas amarguísimas, en tanto que Manuel, sentado junto á ella y casi abrazándola, le contaba, con aquella inocente ingenuidad de niño, cómo habia logrado conquistar el vellocino de oro...

—¡Malhaya sea el dinero! digo yo tambien... (respondió el jóven con cierta acritud.)—Pero no empiezo á decirlo ahora... Lo he dicho siempre; y, si me fuí á recorrer el mundo en busca de más oro del que nuestra Sierra podia darme, ¡usted sabe en qué consistió!—Por lo demas, el caudal que yo traigo ha sido ganado honradamente en los campos de batalla, como los tesoros de muchos Reyes de Europa.—¡Yo soy siempre el hijo de D. Rodrigo Venegas!...—En fin, vámonos á la Ciudad...—El arriero me está aguardando...—Yo la acompañaré á usted con el caballo del diestro, y, si usted lo permite, esta misma noche hablaremos con su hija y quedará arreglado todo en cuatro palabras...—¡Vamos!... señora...—No perdamos un tiempo precioso...

Y, así diciendo, el jóven se puso de pié, como resuelto á marcharse en seguida.

La señá María Josefa no se levantó, sino que hundió el rostro entre las manos y comenzó á gemir desconsoladamente, exclamando con desgarrador acento:

—¡Ay Dios mio! ¡Ay Dios mio de mi alma! ¿Qué va á ser de nosotros?—¡Esto es una perdicion!—¡Pobre hija de mi vida!

Manuel se quedó frio como el mármol, y un sudor de muerte corrió por su descompuesto semblante.

—Señora... (tartamudeó al fin.) ¡Hablemos claros!—¿Qué nueva infamia ha ocurrido durante mi ausencia?—¡Dígamelo pronto, ó voy yo mismo á averiguarlo á la ciudad!...

—¡Manuel! ¡Manuel! (clamó la pobre anciana.) ¡Á la ciudad no! ¡Vámonos á otra parte!... á donde tú quieras... ¡Yo te acompañaré hasta el fin del mundo! Yo pasaré contigo lo que me reste de vida... Yo seré para tí una madre cariñosa... una madre tiernísima...

—Pero, ¿y Soledad? (gritó frenéticamente el Niño de la Bola.) ¿Qué haremos de Soledad? ¿Qué ha sido de ella?—¡Pronto! ¡pronto! ¡sin discurrir más mentiras!

—No sé... No me lo preguntes...—¡Soledad no merece nuestro cariño!—La abandonaremos...—Yo misma no la veré ya más...—Anda... ¡Vénte, hijo mio!...—Llama á ese hombre, y vámonos á América, á Portugal, á Filipinas, á donde tú dispongas...

—¿Y Soledad? (repitió Manuel con tal violencia, que la madre retrocedió espantada.) ¿Qué ha hecho usted de su hija? ¿Con quién se quedará Soledad?

Hubo un instante de silencio, durante el cual se oyó el tempestuoso latido de aquellos dos corazones.

Manuel fué el primero que recobró aliento para seguir marchando hácia el abismo, y dijo con la pavorosa tranquilidad del que se suicida.

—Nada tiene usted ya que explicarme...—Soledad se ha casado.

La madre cayó de rodillas por toda contestacion, y tendió hácia el jóven las manos cruzadas, como pidiendo indulto.

Reinó otra vez un funerario silencio.

Venegas permaneció algunos instantes bajo el peso de las ruinas que acababan de caer sobre su alma. ¡Todo un mundo se habia hundido en ella!—El coloso tuvo un momento, nada más que un momento, la suprema ilusion de creerse inferior á su desventura, y acaso imaginó tambien esta vez, como la triste noche que siguió al entierro de su padre, que habia muerto y sido sepultado...

Pero no tardó en rehacerse la fiera bajo los escombros de su juventud malograda, saliendo de entre ellos mucho más horrible que del terremoto que puso fin á su niñez: lanzó un tremendo alarido, que hizo temblar y botar espantado al noble bruto que le aguardaba allí cerca, y, agachándose hácia la horrorizada víctima que yacía á sus plantas, díjole con enronquecida voz:

—¿Quién? ¿Quién ha sido? ¿Quién se ha casado con mi mujer? ¿Cómo se llama el temerario?—Ni ¿qué me importa su nombre?—¡Morirá, sea quien fuere! ¡Morirá, aunque se esconda en el centro de la tierra!—De esto no hay más que hablar: ¡es cosa decidida!...—Pero dime, vieja infame, embustera, llorona, peor mil veces que el escorpion con quien estuviste casada: ¿cómo has podido consentir que Soledad?... ¿Qué has hecho para reducirla?... ¿Cómo se ha prestado ella?...—¡Ah! ¡la hipócrita! ¡la impúdica! ¡la vil criatura que yo tomaba por un ángel!... ¡Casarse con otro hombre! ¡Qué horror! ¡Qué asco! ¡Qué miseria!—¡Todos sois de una misma casta de reptiles; el padre, la madre, la hija!

—¡Ella es inocente!—respondió la anciana, irguiéndose poco á poco ante aquellos bárbaros insultos.

—¡Morirá!—pronunció Manuel, extendiendo el brazo como si jurara.

—Su padre fué quien la obligó á casarse... Ella no queria... ¡Te lo juro por lo más sagrado!...

—¡Morirá!—repitió Manuel implacablemente.

—¡Ántes morirás tú mil veces, dragon de los infiernos! (gritó al fin la madre, levantando la cara hasta rozar con la del jóven.) ¡Estás enfrente de una madre resuelta á todo, á matar, á morir, á llorar hasta que se ablande tu alma de piedra, á servirte de criada... á todo, ménos á ver padecer á su hija..., ménos á ver sin padre al nieto de su corazon!...—Ya lo sabes, monstruo...—Puedes tomar el camino que gustes...

Una carcajada histérica y salvaje estalló del pecho de Manuel y se dilató por los silenciosos campos.

—¡La desvergonzada ha tenido un hijo!... (rugió luégo convulsivamente.) ¡Un hijo de cualquiera!—¡Cómo se multiplican estos bicharracos!—¡Cuántos, cuántos tengo que matar, comenzando por usted, que es la abogada de todos ellos!...—¡Rece usted el credo, señá María!

La anciana dió un agudo chillido, creyéndose muerta; y, como no pudiese escapar, volvió á caer de rodillas, y se abrazó á los piés del insensato.

—¡Así! ¡Así! ¡Á mis plantas!... (exclamó éste con satánico regocijo.)—¡Oiga usted en esa postura mis instrucciones, á ver si, complaciéndome en todo, conquista usted una conmutacion de pena!—Ahora no le habla á usted ese traidorzuelo que se ha amancebado con su hija... ¡Ahora le hablo yo, el verdadero marido de Soledad!...—Dígale usted á ese hombre que se marche de la casa en que ya está de más, á donde yo tengo que ir esta noche, no sé si á besar á mi mujer, ó á pegarle, ántes de matarla...—Dígale usted que por la mañana temprano lo buscaré á él donde quiera que se agazape; para lo cual iré siguiendo con el olfato su pista de acobardada garduña ó de zorro ladron, y lo mataré como quien mata un insecto...—Dígale á Soledad que he llegado; que eche su hijo á la Inclusa, y me espere bien vestida hasta que yo vaya á verla ó le mande recado de que la espero...—Dígale que yo... que Manuel Venegas... que el Niño de la Bola...—¡Oh! ¡No le diga nada!...—¡Ay Dios mio!... ¡Se me va la cabeza!... ¡Yo me vuelvo loco!...—¡Aire! ¡Aire!—¡Pobre Soledad mia! ¡Soledad de mi alma! ¡Soledad! ¡Soledad!

Y, gritando de esta manera, sollozando ó riendo, pero sin derramar ni una lágrima, salió tambaleándose de la Ermita, montó á caballo, y desapareció fuera de camino, por en medio de los oscuros sembrados, como si huyese á un mismo tiempo de las tierras en que habia estado ausente tantos años y de la Ciudad á cuyas puertas acababa de ser herido de muerte.