DE CÓMO SE CASÓ ANTONIO ARREGUI.
—Meses, años, lustros (ó, por lo ménos, un lustro y parte de otro) pasaron sin que volviese á haber noticias del mal llamado Niño de la Bola...—Digo más: hasta hace dos horas y media, no ha sabido nadie en la Ciudad si era muerto ó vivo, si habia logrado enriquecer ó estaba en la miseria, ni qué zona, clima ó region del globo presenciaba su gigantesca lucha con el Hado...
—Pero ¿por qué no escribia?—interrogó la madrileña, cuyo interes hácia aquel drama de carne y hueso, tan apropiado á los gustos literarios de entónces, se comprenderá fácilmente.
D. Trajano respondió en el acto:
—¡Tampoco escribió Diego Marsilla á Isabel de Segura en la comedia que está hoy tan de moda y que tanto entusiasma á usted!—Además (y dejándonos de comparaciones), el hijo de mi infortunado amigo no era hombre de hacer las cosas á medias, y, por lo tanto, explícase muy bien que le repugnara dar cuenta y razon de su paradero y del estado de sus fondos... Semejante oficiosidad hubiera equivalido á hallarse presente y ausente á un propio tiempo; de donde se habria debilitado el prestigio que siempre acompaña y da mayor estatura á todo lo arcano y misterioso;—doctrina artístico-literaria que se me ocurre en el calor de la improvisacion, y respecto de la cual, oh bella Marquesita, nosotros los clásicos convenimos con ustedes los románticos...
—Adelante,—repuso la veterana deidad, mirando con tentadora indulgencia al retoñado viejo.
—Ni ¿á qué escribir tampoco? (prosiguió el señor de Mirabel.)—Sus tremebundas amenazas no podian ménos de estar vivas en la memoria de estos naturales, y repetirlas era como presuponer el propio interesado que álguien pudiese echarlas en olvido.—En cuanto á escribir á la misma Soledad, hubiera sido perder el tiempo lastimosamente, dado que el astuto y vigilante D. Elías habria interceptado todas las cartas... Mas, áun prescindiendo de tal consideracion, ¿qué podia Manuel decir á la jóven?—¿Que no le olvidara? ¿que lo quisiese? ¿que lo aguardase hasta su regreso?—¡Harto sabe usted, mi querida doña Luisita, que esas cosas no se piden; y hasta me aventuro á añadir que el suplicarlas es contra-producentem!...—Ergo no debe acusarse al hijo de mi amigo (como se le ha acusado aquí esta noche) por no haber escrito á nadie durante su prolongada ausencia...—¡Yo, en su caso, hubiera hecho lo mismo!
—¡Tú, Mirabel! (exclamó la jubilada esposa del anciano jurisconsulto.) ¡Repara en lo que dices! ¿Te vas á comparar ahora con ese muchacho?
—¡Déjame, Tecla! Tú no entiendes de estos achaques, considerados bajo su aspecto artístico...—replicó D. Trajano con tal autoridad, que su pobre mujer se arrepintió de haber abierto la boca.
Los tertulianos indígenas cerraron por su parte los ojos, como dando á entender que ellos no se atreverian en ningun caso á hacer observaciones á aquella especie de Salomon con tupé y patillas, y mucho ménos delante de la sobrehumana forastera.
En cuanto á Pepito, habia salido á buscar noticias, por indicacion de toda la tertulia, poco ántes de que D. Trajano comenzase su relacion.
—¡Pues sí! (continuó victoriosamente el neopagano.) Manuel procedió como era debido dejando rodar el mundo y pasar el tiempo, á fin de que cada cual obrara secundum se, naturaliter y sin presion exterior ó extrínseca.—¡Lo contrario hubiera sido mantener un estado de cosas violento y falso, de muy mal agüero como prolegómeno de posibles nupcias!—Conque dejemos esto, y pongamos sobre el tapete á Soledad; pues veo, mi querida Luisa, que está usted deseando saber cómo la adorada por el Niño de la Bola pudo casarse con otro hombre, ó cómo hubo hombre que se atreviese á casarse con ella...
—¡C’est ça!—respondió vivamente la cortesana.
—Dice que «así es»... (advirtió el afrancesado, dirigiéndose á su habitual tertulia.)—Pues señor... (añadió luégo:) Soledad estuvo muy mala cerca de un año, despues de la partida del osado Venegas, y, durante aquel tiempo, su padre no pensó más que en cuidarla, hasta que, dichosamente, en fuerza de mimos y desvelos, y de traer médicos de todas partes, consiguió hacerle recobrar la salud.—Dedicóse entónces D. Elías por sí, ó por medio de terceras personas, á buscarle marido, procurando que ni ella ni su madre lo notaran; pero, dicho sea en honra y gloria del amador ausente, nadie se prestó á disputarle el corazon, ó la mano, de su elegida, y eso que el antiguo usurero (me valdré de sus expresiones) daba á la muchacha enterrada en onzas, y se la ofreció áun á sujetos de medianísima clase y sin ningunos bienes de fortuna; y eso tambien que la tal muchacha seguia siendo un primor de belleza, de quien todos estaban suficientemente enamorados.—Realizábase, en suma, aquel diabólico plan del hijo de mi amigo «de hacerse amo de los valientes de la poblacion, como medio infalible de llegar á serlo de Soledad»; pues excusado es decir que no todos los que se negaban á casarse con la millonaria lo hacian tanto por devocion amistosa á Manuel, como por miedo á las amenazas y juramentos que profirió al marcharse...—En cuanto á lo demas, si algunos interpelaban á D. Elías Perez sobre los sentimientos de su hija (para el caso de que se decidieran á pretenderla), todos oian una misma contestacion:
—«Ese es cuidado mio» (les respondia el viejo con la mayor calma).—Cuente usted con su conformidad.
«¡Asómbrese usted, Luisita!...—(Y no salga esto de aquí, señores, pues voy á revelar un hecho que conocen muy pocos, y que á mí me contó el mismo riojano, un dia que vino á consultarme acerca de otros asuntos,—y yo no quiero enemistades con entes como el que tengo que nombrar ahora...)—¡Asómbrese usted, digo! Una sola persona; el jóven más feo y más cobarde de la Ciudad; una especie de Cuasimodo sin belleza de alma que contrastase con la deformidad de su cuerpo... (¡Observará usted que tambien yo conozco á Víctor Hugo!...); un bicho malo y descreido, á quien todos trataban y tratan á puntapiés, por más que no pueda negársele algun ingenio y mucha (aunque detestable) ilustracion; un tal Vitriolo, en fin, mancebo de la botica que habrá visto usted en la Plaza, fué quien se atrevió, no ya á secundar indicaciones del usurero (que nunca se las hizo, tal vez por no considerarlo criatura humana), sino á tomar la iniciativa y dirigir una carta á Soledad y otra á su padre presentando su candidatura á la mano de la gentil doncella.—Alegaba el mísero, con la mayor formalidad del mundo, la belleza de su alma, la elevacion de su talento, su cultura (¡que el muy necio calificaba de superior á la de todo el vecindario!), su carencia de vicios, su laboriosidad, su despreocupacion en materias religiosas y políticas, y, sobre todo, la circunstancia de no temer ni poco ni mucho al valenton llamado el Niño de la Bola.
»Dicho se está que el padre y la hija despreciaron aquellas cartas, tomándolas como una broma de mal género; pero el jóven, viendo que no obtenia respuesta, se propasó á hablar personalmente del asunto con D. Elías; y éste, que en ocasiones sacaba á relucir un genio de todos los diablos, le contestó llenándolo de improperios y de sangrientas burlas, y diciéndole para terminar:
—«¡Líbrete Dios, sierpe venenosa, de volver á mandar cartas á mi hija; pues si ella se contentó dias pasados con obligar á un perro á comerse tu ridícula declaracion de amor, yo te obligaré á tí á tragarte los demas papeles que tengas la avilantez de dirigirle!»
Vitriolo se puso más verde de lo que era, y respondió con una risa que espantó á Caifás:
—«¡Pobre perro! ¡Procuren ustedes que no rabie!—Mi carta de amor, guardada en tal estuche, no podrá ménos de convertirse en verdadero ácido sulfúrico.»
«Y, dicho esto, se volvió á su casa, donde estuvo enfermo dos ó tres meses.
»He contado á usted esta anécdota, para que forme juicio del extremo á que llegaron las cosas por la obstinacion del prestamista en casar á Soledad con cualquiera que no fuese Manuel Venegas, y tambien para que se haga usted cargo de lo humillada y afligida que estaria por dentro la Dolorosa en la difícil situacion que le habia creado la desventura...—Por lo demas, nuestra heroína seguia en apariencia lo mismo que siempre; serena, impasible, callada en todo lo relativo á Manuel, afectuosísima y zalamera con el embobado don Elías, acompañándolo á la iglesia y á paseo, gastándole cada año un dineral en vestidos y joyas, y contestando con frias sonrisas de lástima á los jóvenes que osaban dirigirle alguna galantería...—¡Dios me perdone si me equivoco; pero, en mi concepto, aquella muchacha tan hermosa y tan rica, estaba como indignada al ver que ningun hombre se atrevia á arrostrar la muerte por ella!
»De este modo pasaron seis años.—D. Elías Perez, agobiado por la edad y los sinsabores, se acercaba al sepulcro, y su desesperacion no tenía límites al pensar que dejaba célibe á Soledad y que el odiado Venegas podria regresar el dia ménos pensado y darle la mano de esposo. Ocurriósele entónces la idea de marcharse con su familia á otro país, donde no gravitaran sobre los ánimos las inolvidables amenazas del Niño de la Bola y le fuese posible hallar marido para la heredera de sus millones...—¡Pero ya era tarde! Un tenaz reuma no le consentia moverse... Estaba postrado en el lecho para no levantarse más.
»Como ni D. Elías ni la Dolorosa tuvieron nunca amigos ni confidentes, diferenciándose en esto de los héroes del teatro, sábese muy poco de las conversaciones que mediarian en aquel tiempo entre el padre y la hija, y sobre los verdaderos sentimientos de ésta. Sólo la madre (á quien la jóven trataba con el mismo despego y poca confianza que el riojano, cual si tampoco le perdonase el haber servido honradamente en calidad de criada al que seguia sirviendo humildísimamente en calidad de consorte); sólo la señá María Josefa, digo, habia logrado cogerles algunas expresiones; y, con referencia á ella, se asegura que D. Elías exclamó varias veces durante su larga enfermedad:
—«¡Hija mia! ¡cásate ántes de que yo me muera!»
»Y que la jóven le contestaba siempre:
—«¿Con quién? ¿con Vitriolo?—¡Ese es el único que me solicita!»
»Á lo cual solia poner la madre esta coleta, cuando hablaba del asunto con sus paniaguadas, ántes de que apareciese en escena Antonio Arregui:
—«¡Ya se ve! La muy picarilla conoce que está defendida por la sombra del que se marchó, á quien todos temen ver llegar de un momento á otro; y, por eso, y porque le gusta su papel de niña mimada, no le lleva la contraria á su padre.—¿Para qué, si nadie ha de pretenderla?—Mi hija quiere con toda su alma á Manuel; pero tiene mucho talento y mucha serenidad; pone todo su orgullo en no descubrir sus aficiones de ningun género, y no gusta de comprometerse á nada ni con nadie.—¡Yo no he conocido persona de más espera!»
»Muy digno de estudio me parece este comentario materno, clave y norma del carácter y de la conducta posterior y futura de Soledad; y usted, Marquesita, que tan aficionada es al análisis de los sentimientos, no podrá ménos de reconocer detras de esas palabras un corazon mucho más femenino que los que se empeñan en colocar los románticos dentro del corsé de las mujeres...
—¡Mirabel! ¡por Dios! ¡Que hay señoras!—no pudo ménos de exclamar la esposa del clásico.
—¡Tecla! ¡por la Vírgen! (replicó el preopinante:) Yo hablo de literatura..., y la marquesa me comprende...—¿No es verdad, Luisita?
—Ya discutiremos... (respondió la doctora, haciendo un malicioso mohin á la mujer del abogado, para que no la odiase.) Ahora estoy deshecha por ver á usted llegar á lo que los historiadores llaman nuestros dias...
—Pues continúo...—Y tú, mujer, no te escandalices de cosas abstractas...—¡Yo no estoy discurriendo aquí como hombre, sino como artista!—Conque voy á terminar en breves momentos.
«La vez primera que administraron el Viático á D. Elías Perez, es decir, tres meses ántes de su defuncion (tambien ha contado esto la señá María Josefa), se abrazó el viejo á Soledad convulsivamente y le dijo con infinita angustia:
—»¡Júrame que nunca te casarás con Manuel Venegas!
—»Yo no haré más que lo que usted me ordene,—respondió Soledad.
—»Pero yo me puedo morir... yo me estoy muriendo... ¡Júrame que, cuando cierre los ojos!...
—»Entónces haré lo que me ordene mi madre...—interrumpió la jóven.
—»¡Tu madre es una imbécil! (gritó el usurero) ¡tu madre es cómplice de aquel bandido!—¡Júrame, por lo tanto, que, aunque ella te lo ordene, no te casarás con el que hoy me mata!...
—»Padre, yo no juro... ¡Eso es pecado...! (replicó Soledad gravemente.)—Pero, en lo demas, yo obedeceré siempre á mi padre y á mi madre, como lo manda Dios en la misma Ley que prohibe jurar su santo nombre en vano...
—»¡En vano! ¡en vano! (repitió el moribundo.)—¡Ah, gran hipócrita!—Tú piensas reirte de mí despues que me entierren... ¡Tú eres una ingrata, que te complaces en amargar la agonía del padre que tanto te ha idolatrado, que tanto dinero ha consumido en darte gusto, y que ya no puede servirte de nada!...
—»Yo soy una hija obediente á mis padres y á Dios...—¡á Dios sobre todas las cosas!... (exclamó la jóven seráficamente.)—Por eso no juro ni juraré, aunque usted me insulte de esta manera...
—»¡Pues, entónces, no puedo morirme todavía! (repuso el anciano con asombrosa naturalidad.) Quita de en medio todos esos jarabes, y dáme de comer.—¡Mañana estaré bueno! ¡Tu rebelion me ha resucitado! Siento en mi máquina una energía nueva con que ni tú ni yo contábamos hace poco...—¡Me has dado, cuando ménos, un año y un dia de vida, que es el tiempo que necesito para utilizar tu obediencia!
—»Usted mandará...
—»¡Ya lo creo que mandaré!—Mañana mismo entrarás de novicia en un convento, y, si durante el noviciado no puedo casarte, de mañana en un año serás monja profesa, y yo bajaré tranquilo al sepulcro, despues de legar todos mis bienes á los hospitales de la Rioja...—¿Qué tienes ahora que decir?
—»Que mañana me trasladaré al convento,—respondió Soledad, besando á su padre.»
»No se puso bueno el riojano al otro dia, ni halló fuerzas para dejar el lecho ninguna de las veces que lo intentó, ni habia de levantarse más, segun que ya he dicho; pero la verdad es que se mejoró bastante despues de aquella conversacion; tanto, que los mismos médicos que lo habian mandado administrar, lo declararon fuera de inminente peligro y hasta muy capaz de vivir todavía mucho tiempo, si no se presentaba una nueva crísis.—En cuanto á Soledad, no hay que decir que al dia siguiente entró en el convento.—¡El padre y la hija estaban cortados por una misma tijera!
»Formando cábalas andaban las gentes sobre las reservas mentales de la Dolorosa, á quien acá mismo juzgábamos esperanzada en que su padre moriria ántes de un año, y resuelta de todos modos á no profesar en tiempo alguno; pues hacerse monja era cerrar á Manuel Venegas todos los caminos, hasta el del adulterio...
—¡Mirabel!... ¡yo no te he oido nunca hablar así! (interrumpió doña Tecla:)—¡Esto pasa ya de castaño oscuro!...
—Porque nunca he tenido que hablarte de psicología ni de fisiología... (respondió el académico.)—Pero la marquesa me comprende...
—Vamos... vamos... ¡amigo mio! (expuso la forastera). Doña Tecla tiene razon... ¡Déjese usted de esos estudios, y sáqueme de penas de una vez!...
—¡Es usted muy amable, Luisita, en no reclamar contra unas interrupciones que lamento profundísimamente..., bien que, en medio de todo (yo soy justo), hagan honor á la castidad de mi digna esposa!... (replicó D. Trajano, dando el último golpe á su pobre mujer con este fulminante cumplido, que arrancó una indefinible sonrisa á la no tan lisonjeada madrileña.)—Decia, pues (continuó el impertérrito oráculo), que tal rumbo llevaban las cosas, cuando, á los pocos dias de entrar Soledad en el convento (¡véase lo que es el destino de los mortales!), llegó á esta Ciudad otro riojano, con carta de recomendacion para D. Elías, á fin de que éste le ayudase con sus consejos y buenas relaciones á establecer, al pié de la vecina Sierra, una fábrica de paños, movida por agua...
»D. Antonio Arregui se llamaba el recien llegado, y era un hombre como de treinta años de edad; de buena presencia; muy circunspecto y formal en su trato; poco amigo de conversaciones inútiles; bastante rico, aunque muchísimo ménos que el prestamista; de inmejorables sentimientos, bien que no brillante en sus manifestaciones, y dedicado por completo al trabajo y á los negocios.—Añádase que era soltero.
»¡D. Elías habia encontrado su hombre!—Comenzó, pues, por hospedarlo en su casa: puso en juego á todos sus deudores para que le ayudasen y protegiesen en cuanto se le fuera ofreciendo: le regaló, á título de paisano suyo y antiguo amigo de sus parientes, el terreno necesario para la Fábrica: obligóle á ir al Convento varias tardes á visitar á su hermosa hija, dándole encargos y comisiones para ella; y, cuando consideró que el buen industrial estaba ya en sazon de caer espontáneamente en el lazo que iba á presentarle, refirióle un dia con habilidad suma las que llamó «cuitas de su vejez y desventuras de su casa, que le tenian postrado en aquel lecho y acabarian por matarle muy pronto», ó sea la historia de la horrible presion que un mala cabeza, llamado el Niño de la Bola (lenguaje suyo), estaba ejerciendo sobre él y sobre su pobre hija, porque eran débiles y no contaban con un brazo que los defendiera en aquella egoista Ciudad, donde no se perdonaba á nadie el delito de ser forastero...; presion que habia llegado hasta el punto de impedir que la jóven se casase con personas muy dignas, y de obligarla, por último, á pensar en hacerse monja, sin vocacion alguna á la vida del claustro, pero como único arbitrio para eludir su ridícula y peligrosa situacion; «todo ello (concluyó diciendo D. Elías), en virtud del miedo cerval que causan á un pueblo entero, á una Ciudad de doce mil habitantes, las criminales amenazas de una especie de facineroso cuyo paradero se ignora hace muchos años, y que probablemente habrá ya muerto en un patíbulo...»
»Arregui, que era riojano y descendiente de navarros, y no daba por ende cabida en su sereno corazon á los supersticiosos respetos y temores á que tanto se presta la imaginacion andaluza (yo soy tambien andaluz, mi querida Luisita; pero desciendo de portugueses), quedóse maravillado con lo que acababa de oir; tomó informes de personas sensatas, y se convenció de que todo era cierto; y, como, por otra parte, se habia prendado de la belleza, afabilidad y discrecion de la Dolorosa desde que la visitó por primera vez (no comprendiendo que tan encantadora criatura, llamada á heredar no pocos millones, se enterrase en vida entre las cuatro paredes de un convento), llegóse pocos dias despues al lecho del anciano, y le dijo con su gravedad acostumbrada:
»Yo no soy valiente de oficio; pero no le temo á ningun hombre, sobre todo cuando la razon está de mi parte y puedo contar con el amparo de la Ley y de los tribunales de Justicia. Tampoco soy rico, si se me compara con usted; pero tengo tan pocas necesidades que, con mi caudal y con mi amor al trabajo, me sobra para no necesitar ajenos millones.—¡Lo que yo necesito, como paisano de usted, profundamente agradecido á sus bondades, y como muy enamorado que estoy de su linda hija, es poner término al vergonzoso estado que pesa sobre ustedes!—Tengo, pues, la honra de pedir á usted la mano de Soledad, sin desprecio ni desafío, pero tambien sin temor alguno, á las amenazas del famoso Niño de la Bola.
»D. Elías estrechó en sus brazos á Antonio Arregui; le besó las manos y la cara; le apellidó hijo de su alma y de su corazon; lloró de agradecimiento y de alegría, y, acto seguido, llamó á su martirizada mujer (que lo habia oido todo detras de la puerta), y le mandó que fuese inmediatamente en busca de su hija; pero que ántes abrazase á su yerno.
»La señá María Josefa llevaba ya muchos dias de presentir aquel golpe, y áun de desearlo; pues á la pobre madre le era más duro vivir sin la única prenda de su corazon y pensar que al cabo del año de noviciado la perderia definitivamente, que arrostrar los desastres á que pudiera dar motivo aquel casamiento, el dia del retorno (para muchas gentes improbable, y para ella infalible) del tremendo Manuel Venegas.—¡Lo que la infortunada queria era ver á su hija á todas horas; que no se la quitasen; que no siguiera sepultada en un claustro!—Abrazó, por consiguiente, al fabricante con cierto júbilo, procurando acallar los aciagos presentimientos que la conmovian con siniestros vaticinios, y marchó desalada en busca de Soledad, á quien no habia visto desde la tarde anterior.
»Carezco de datos para referir puntualmente las escenas que se sucedieron en la alcoba de D. Elías cuando la jóven regresó del Convento. La señá María Josefa ha sido muy diplomática en este punto, y se ha limitado á decir que los ruegos, el llanto y las órdenes de aquel extenuado padre que, casi desde el féretro, le recordaba la prometida obediencia y le amenazaba con la maldicion de Dios y la suya... (á este coloquio no asistió Antonio Arregui), así como la grave y noble actitud que mostró luégo el digno industrial, cuyo circunspecto semblante expresaba un amor que no retrocedia ante la muerte, pero que sería humilde esclavo del menor de los caprichos de su dulce dueño... (¡Improbe amor! ¿quid non mortalia pectora cogit?), decidieron al fin á la Dolorosa á sacrificar las gratuitas esperanzas de Manuel Venegas,—«al cual (son expresiones trasmitidas por la madre) nada tenía ofrecido, ni nunca habia dirigido la palabra...»
»Pronunció, pues, la esfinge el anhelado sí..., y pronunciólo (dicho sea en verdad) con gran admiracion y espanto de todo el pueblo, y áun de nosotros mismos... Pronunciólo muy tranquila y valerosamente, segun unos; á costa de una formidable convulsion, segun otros...—¡Ello es que lo pronunció (mal que le pese á la escuela romántica), y que ipso facto ocupó Antonio Arregui el trono de esta pendenciera Ciudad, vacío desde la marcha del Niño de la Bola!
»Ni faltó quien dijera entónces—y yo lo creí—que la taimada y misteriosa doncella estuvo conteniéndose hasta que su prometido se marchó al otro dia á las obras de la fábrica, y que entónces fué cuando estallaron sus nervios con tal ímpetu que se la dió por muerta durante muchas horas..., sin embargo de lo cual, no bien le advirtieron que habia regresado Antonio, recobró el imperio sobre sí misma y se le mostró sosegada, apacible y hasta sonriente...—Fenómenos son estos, mi querida Luisita, que muchas veces han servido para explicar ulteriores conflictos en varios matrimonios;—como, por ejemplo, la súbita felonía de mujeres que se casaron gustosas en apariencia y que, no obstante, abrigaban en el pecho la sierpe de otra pasion inextinguible, destinada á morder un dia al confiado marido en mitad del corazon y de la honra...—Pero yo cometeria una ligereza impropia de mi carácter, si aventurara en este punto (y con relacion al caso presente) juicios ó prejuicios tanto más temerarios cuanto que nada real y positivo se sabe ni se ha sabido nunca acerca de los sentimientos de la Dolorosa, y prefiero volver lisa y llanamente á mi pobre y concienzudo relato.
»Diré, pues, en las ménos palabras posibles, á fin de no fatigar al concurso, que á las pocas semanas de concertarse aquel matrimonio, comenzaron á publicarse las amonestaciones; que, durante su lectura, todos tenian clavados los ojos en la puerta de la Iglesia, esperando ver entrar al Niño de la Bola, en el ademan trágico y solemne del novio de Lucía, á desmentir y ahogar al honrado sacerdote que pregonaba tales nupcias; que, afortunadamente, no ocurrió semejante escándalo, ni ninguna otra novedad, y que de este modo llegó, como todo llega en el mundo, el dia prefijado para la boda.
»Boda he dicho, y no la hubo...—Verificóse el casamiento de noche, en la alcoba de D. Elías, cuya vida estaba otra vez en mucho riesgo, pero que no consintió se aplazase el acto ni una sola hora.—Nadie asistió á él, más que el cura de aquella feligresía y los testigos...—Yo fuí uno de ellos...; y nunca lo fuera para presenciar horrores como los que allí iban á suceder.—¡No bien acabó la ceremonia nupcial, y miéntras la desposada socorria á su madre, que habia perdido el conocimiento y caido en tierra, oyóse un gran suspiro en el antiguo lecho del padre del Niño de la Bola, desde el cual acababa de ejercer D. Elías Perez el oficio de padrino de aquel enlace, y vimos que el viejo usurero estaba dando las boqueadas!—Apénas hubo tiempo de que el Cura le leyese la recomendacion del alma en el propio libro que habia servido poco ántes para leer á los novios la Epístola de San Pablo...—D. Elías espiró inmediatamente...; y (¡oh miseria humana! ¡oh sarcasmo del destino! ¡oh leccion de los Hados!) aquellas mismas velas, encendidas para que sirviesen como de antorchas de Himeneo á la sacrificada hija, fueron blandones fúnebres que alumbraron el lecho mortuorio del padre tirano que ha dado márgen al conflicto en que hoy se encuentran tantos y tan sensibles corazones...»
D. Trajano Perícles se enjugó el sudor, al terminar aquel sublime esfuerzo de elocuencia, en que, sin pensarlo, rindió cierto culto al romanticismo; y luégo añadió, por vía de clásico desahogo:
—«Á los nueve meses justos y cabales Soledad dió á luz un hermoso niño.»
—¡Gracias á Dios! (no pudo ménos de exclamar la forastera.)—Pues, señor, me declaro partidaria acérrima del Niño de la Bola.—La razon está de su parte.—Soledad no tiene corazon, ni lo ha tenido nunca...
—Creo que confunde usted las especies... (respondió D. Trajano.) Lo que no tiene Soledad es un corazon de heroína de novela; y mucho ménos un corazon de hombre.—Su corazon es pura y simplemente de mujer...
—¡Está destornillado!—dijo doña Tecla, sonriendo en cierto modo á sus tertulios, como pidiéndoles que perdonasen á su marido.
—Pues entónces digamos que tiene un corazon de mujer que no sabe amar...—añadia entretanto la madrileña.
—Diga usted más bien (replicó D. Trajano) «un corazon que ama hasta cierto punto»...—Yo no tengo duda de que Soledad ha querido siempre á Manuel Venegas.—Creo más... (ahora que no nos oye mi mujer...) Creo que lo quiere todavía...—Pero la hija del usurero no nació para heroína; no nació para defenderse por sí propia: nació para que otros la defendieran ó la conquistasen.—Ella contaba sin duda con que el temido Niño de la Bola venciese á todos los enemigos de su amor, tanto á su padre como á los pretendientes que pudieran sobrevenir... Parecíase á esas princesas de los cuentos orientales, que se dejan ganar como un premio por el contrincante más listo en descifrar charadas y enigmas, y se casan con él, aunque no sea muy de su gusto.—Indudablemente, nuestra princesa, esto es, la Dolorosa, hubiera preferido que Manuel saliese vencedor... Indudablemente lo amaba... Pero el pobre se descuidó, el pobre tardó en regresar de las Indias, el pobre no habia contado con que vinieran á esta Ciudad forasteros como Antonio Arregui, poco sensibles á vagas amenazas..., y la obediente jóven, con más ó ménos dolor y con peores ó mejores reservas mentales, dejóse conquistar y llevar por D. Elías, por el Fabricante, por la fatalidad, por el destino..., bien que á condicion de hacer luégo de su capa un sayo...—¡Así procedieron en todos tiempos las hembras creadas por Dios, ya que no las creadas ó falsificadas por los poetas y los novelistas! ¡Así procedió nuestra primera madre en el Paraíso terrenal, cuando, segun leemos en el Génesis...!
Por fortuna, llamaron en esto á la puerta de la calle; que, si no, ¡sabe Dios el vapuleo que habria dado el jurisconsulto á las pobres hijas y nietas de Eva, inclusas las más guapas que figuran en las historias!
—¡Ahí está Pepito! (exclamó la prima del Marqués:) Él nos traerá noticias frescas...
Lo primero resultó cierto; pero no así lo segundo. Pepito entró efectivamente en el salon, empinado y tieso para ganar estatura, y saludando á todos, aunque sin ver más que á la forastera, como la mariposa no ve más que la llama; mas ¡ay!, en cuanto á lo demas, todas las noticias que habia recogido en la calle eran negativas.
Sacábase de ellas en sustancia que Manuel Venegas no habia penetrado aún en la Ciudad, ni sabía nadie por dónde andaba;—que D. Trinidad Muley, cansado de recorrer el campo en su busca, y teniendo que madrugar para la gran funcion del otro dia (Misa y sermon con Señor Manifiesto, Comunion general, etc., etc.), se habia retirado á dormir hacía pocos instantes;—que la casa de Antonio Arregui (sita en distinto barrio que el ya vacío palacio de los Venegas) estaba cerrada como un sepulcro; pero no así la dispuesta para alojar al Niño de la Bola, por cuyos abiertos balcones se veian muchas luces, como si allí hubiera un muerto de cuerpo presente;—y, en fin, que hasta los Serenos, únicas personas que ya andaban por las calles, temian que á la tarde siguiente ocurriese alguna desgracia durante la Procesion del verdadero Niño de la Bola, á la cual no dejaria de asistir ninguno de los tres personajes principales del drama: Soledad, por el bien parecer, á fin de que no se dijera que le habia impresionado el regreso de su antiguo amador; Manuel Venegas, á convertir en hechos sus juramentos y amenazas de antaño, y Antonio Arregui á evitar que le creyeran huido y le infamaran con la fea nota de cobarde...—Es decir: los tres ¡por consideracion al público!
—¡Pues hay que ir á esa Procesion!—exclamó en el acto la forastera.
—Balcones tengo reservados al efecto, desde que no podian preverse estas baraundas... (respondió D. Trajano.)—Iremos á casa de uno de mis labradores...
—¡No faltaré!—dijeron los ojos de Pepito, quien no podia concebir que Manuel Venegas fuese más interesante que un hijo de las Musas.
—¡Y tambien habrá que ir pasado mañana á la Rifa! (continuó implacablemente la madrileña.) El Niño de la Bola no podrá ménos de presentarse en aquel sitio á cumplir su juramento de bailar con la Dolorosa...—¡Deseando estoy conocerlos á los dos!
—Cuente usted con palco principal, ó sea con la cueva del Mayordomo de la Cofradía,—repuso D. Trajano, saludando á la prima del Marqués.
Y, como en aquel momento diese las once el reloj de música que habia en el recibimiento, la tertulia se levantó en masa, despidiéndose todos hasta la tarde siguiente, en la Procesion; con lo que la forastera se retiró á su cuarto, á soñar con no sé qué prestamistas de Madrid; Pepito se fué á su desvan, á componer versos eróticos á la forastera; los tertulios innominados y mudos se marcharon á descansar del trabajo de haber nacido, y el elocuente señor de Mirabel cayó bajo el brazo secular de su esposa.
Descansemos nosotros tambien el resto de la noche, poniendo para ello fin al Libro Tercero; pues la gravedad de los sucesos que ocurrieron al otro dia y en el subsiguiente exige que, ántes de relatarlos, demos tregua á la pluma, paz á la imaginacion, y algun reposo á la natural zozobra del que leyere.