LIBRO IV.

LA BATALLA.


I.

EL CUARTEL GENERAL DE VITRIOLO.

Amaneció al fin aquel memorable domingo en que habia de tener comienzo la ruda batalla de treinta y seis horas que riñeron definitivamente el Bien y el Mal en torno de Manuel Venegas y dentro de su atormentado corazon;—batalla empeñadísima y desastrosa, en que tomaron parte más ó ménos activa, directa y justiciable todos los habitantes de la Ciudad, ó sea todos los individuos del gran Jurado que solemos llamar «el público

Vitriolo habia citado la noche anterior á su gente «para el toque de diana, en la puerta de la botica», y allí estaban, en efecto, desde el amanecer, los que más atras denominamos «mozalvetes muy mal criados, bien que algo instruidos en materias asaz delicadas»..., de que era apóstol y cabeza el pasante de farmacéutico.

Tambien se encontraban en aquel centro ordinario de noticias (y excelente acechadero en tal mañana para seguir las operaciones de Manuel Venegas, cuyo domicilio distaba pocos pasos) otras muchas personas de distinta edad, clase y condicion, todas ellas muy afanadas en averiguar ó referir lo último que se sabía relativamente á los pavorosos sucesos que se veian llegar..., que eran infalibles..., que hasta se aguardaban con impaciencia..., y contra los cuales no dejaria de tronar todo el mundo ni de proceder activamente la Justicia, luégo que se hubiesen consumado. Las mismas criadas que iban á la compra se acercaban á aquella gran tertulia al aire libre y metian su baza en la conversacion, indicando lo que debia hacer cada personaje, «si tenía honor y vergüenza»... Las más sisadoras y alegres de cascos eran las más implacables y terribles, y repetian punto por punto los juramentos y amenazas que el Niño de la Bola pronunció hacía ocho años, terminando toda su arenga con la frase sacramental de: «¡Ahora veremos si hay hombres!»—El propio Alcalde, persona muy digna, discurria allí con la mayor seriedad, sobre si Manuel mataria á Antonio aquella tarde, ó lo dejaria para el dia siguiente en la Rifa, inclinándose á que sucederia lo primero.—Un Familiar del Obispo, todavía simple diácono, aunque ya iba para viejo, pero que comenzaba á tener fama de gran teólogo, habíase aproximado á la reunion, como por casualidad, y no perdia palabra de lo que en ella se decia, sin que áun hubiese despegado los labios por su parte...—En fin, hasta nuestro antiguo amigo, aquel Capitan retirado que ofreció dos pagas á Manuel Venegas la tarde de la célebre Rifa, hallábase entre los curiosos, á pesar de sus setenta y ocho inviernos y gloriosísimos achaques...

El único que faltaba para completar la asamblea era su presidente nato, el dueño de la casa, el insigne Vitriolo, encerrado hacía media hora en la trasbotica con una especie de bruja, antigua deudora arruinada por D. Elías Perez y actual paniaguada de casa de Soledad; la misma, segun creemos, que la noche anterior fué allí por medicinas para la señá María Josefa.—Los sectarios del farmacéutico, presumiendo sin duda los importantísimos asuntos que podian tratarse en aquella encerrona, guardábanse muy bien de interrumpirla, y, por el contrario, explicaban á los demas concurrentes la ausencia de su maestro, diciéndoles que se hallaba confeccionando un medicamento de todos los demonios para un pueblecillo de las cercanías.—Habíase visto, sin embargo, á Vitriolo salir á la botica á tomar dinero del cajon, y, por cierto, que miéntras esto hacía, todos creyeron notar que estaba más feo, más pajizo y más excitado que de costumbre...

Entretanto, ya se habian dado, y repetido, y comentado hasta la saciedad, muchas y muy interesantes noticias á la puerta del Establecimiento.—Sabíase, por ejemplo, que Manuel Venegas entró al fin en su casa la noche anterior, cerca ya de la madrugada, con el caballo jadeando, destrozada la ropa y sin sombrero, cual si volviese de un espantoso combate: que este combate debió de ser consigo mismo, pues muchos regadores lo habian visto galopar sin rumbo cierto por los sembrados de la vega y por remotos olivares y viñas, como si lo persiguieran invisibles fantasmas: que habia hablado con algunos guardas de campo, y dádoles mucho dinero cuando se le quejaban de los destrozos que hacía, oyendo, en cambio, de boca de aquellas gentes, toda la historia de lo ocurrido en la Ciudad durante su ausencia: que, tan luégo como dejó el caballo, salió otra vez á la calle, á pié, embozado en una larga manta, y se dirigió al barrio de San Gil, donde el sereno lo vió pasearse delante de la cerrada vivienda de Antonio Arregui, y áun llamar á la puerta... (¡qué horror!), sin que de adentro respondiesen á sus repetidos aldabonazos... (¡qué ignominia!), hasta que, ya clareando la aurora, tomó la vuelta de su casa y penetró en ella; con lo que inmediatamente se cerraron sus puertas y balcones, como cerrados seguian en aquel momento...

Lo del horror y lo de la ignominia fueron exclamaciones involuntarias..., del Teólogo la primera, y del Capitan la segunda...

En apoyo del concepto de éste, bien que desvirtuando su oportunidad, agregó entónces un padre de familias:

—¿De qué os asombrais, caballeros? ¡Antonio Arregui es un cobardon, que no se ha atrevido á pasar la última noche en su casa, ni áun en el pueblo!... ¡Antonio Arregui huyó vergonzosamente ayer tarde, al tener noticias de que llegaba el Niño de la Bola!—Yo mismo lo ví salir á caballo, rio arriba, á cosa de las cuatro y media, y por cierto que iba muy furioso...

—¡Pues añada usted (expuso una criada) que esta es la hora en que no ha regresado todavía!...—¡Yo vengo del Mercado, y no está en él, como todas las mañanas, haciendo la compra para sus operarios de la Sierra!...

—Señores, ¡seamos justos!... (exclamó un comerciante, de orígen burgalés:) ¡Antonio Arregui es incapaz de huir!... Si se marchó ayer tarde, fué porque recibió aviso de que... algun mal intencionado, sin duda..., habia roto por varios sitios la acequia que mueve los batanes de su fábrica... Pero á aquella hora nadie sabía en el pueblo que ese Niño de la Bola se hallase tan cerca, ni tan siquiera que estuviese en el mundo.

—¡Lo sabía D. Trinidad Muley! ¡Lo sabía la señá María Josefa!—prorumpieron varios vecinos.

—¡Pues no lo sabía él!... (replicó el comerciante.) Yo le ví al marchar, y sólo pensaba en sus destruidas acequias...—En fin; apuesto doble contra sencillo á que, tan luégo como se entere de lo que ocurre, lo tenemos de vuelta en la poblacion, resuelto á no dejarse avasallar por nadie...—¡Yo conozco á los riojanos!

La conversacion entraba en mal camino, y estimándolo así un viejo, de oficio buñolero, que tenía su tienda en la misma plaza, tocó muy oportunamente otro resorte, y contó que aquella mañana, ántes de la salida del sol, habia estado D. Trinidad Muley llamando más de media hora en casa de su antiguo pupilo, sin conseguir que le contestaran, cual si Manuel, al recogerse pocos momentos ántes, hubiese dado órden á Basilia (la hermana de Polonia) de no abrir ni responder á persona alguna, aunque echasen la puerta abajo...

—¡Me alegro! (murmuró á este propósito un discípulo de Vitriolo, dirigiéndose á media voz á sus camaradas:) ¡Así no habrá podido ese fanático de misa y olla acobardar con sus letanías al hijo de D. Rodrigo, como lo acobardó la famosa tarde de la Rifa! ¡Temiéndome estoy que el Niño Jesus de Santa María de la Cabeza represente demasiado papel en este caso de honra! ¡Los curas no perdonan medio de acreditar á sus santos y de hacer negocio!

El buñolero habia seguido entre tanto refiriendo que D. Trinidad Muley, cansado de llamar en balde, se retiró á su casa muy entristecido, no sin lamentarse con todos los transeuntes de que las grandes funciones que lo amarraban aquel dia á su iglesia le impidiesen prevenir cualquier mal paso de su querido Manuel, y diciendo con sentidas voces que esperaba en Dios y en la Vírgen que las buenas almas de la Ciudad suplirian su ausencia de algunas horas...

—¡Prevenir! (se aventuró á exponer en voz alta otro discípulo de Vitriolo:) ¡Eso es contrario á la libertad! ¡Reconozco el lenguaje apostólico, incompatible con la Constitucion vigente, por más que la prévia censura sea muy del agrado del actual Ministerio!

Todos los circunstantes soltaron la carcajada al oir aquella salida de tono, ménos el Capitan, que refunfuñó despreciativamente una frase ininteligible, y ménos el Familiar del Obispo, que juzgó ya indispensable sembrar allí algunas ideas morales y pacíficas, y lamentó lo mejor que pudo (era vizcaino, como Su Ilustrísima, y hablaba mal el castellano) la gravedad del lance que se le presentaba al Sr. D. Antonio Arregui, «cuando tan bien le iba en su matrimonio; cuando tan contento se hallaba con su fábrica, adonde se le veia ir frecuentemente, acompañado de su mujer, de su hijo y de su suegra; cuando la llamada Dolorosa daba muestras de quererle y respetarle tanto, y cuando algun Regidor importante, agradecido á las grandes ventajas que el rico industrial habia proporcionado al pueblo, acababa de ofrecerle la vara de Alcalde para las próximas elecciones...

En este momento apareció Vitriolo en la puerta de su botica.—La bruja se habia escabullido por la puerta del patio.

Todos los mozalvetes rodearon al maestro, no en ademan de veneracion ó cariño, sino de una cínica confianza que rayaba en burla, diciéndole sucesivamente:

—¡Buenos dias, Palo-dús!

—¡Buenos dias, Espátula!

—¡Buenos dias, Panacea!

—¡Buenos dias, Cerato Simple!

—¡Buenos dias, Papaveris-albis!

Tantos y otros muchos nombres tenía el ayudante de farmacéutico, bien que el público en general hubiese optado por darle el de Vitriolo.

—¡Buenos dias, morralla!—contestó el enemigo de Dios, regalando una repugnante risa de su fea y desaseada boca á los insolentes mozuelos.

Y ni saludó al resto del concurso, ni fué saludado por él.—No podia darse mayor franqueza ni más desprecio recíproco por parte de todos.

Vitriolo tenía veintiocho años; pero manifestaba cuarenta: tan marchita se hallaba su piel, tan calva su frente, tan arruinada su dentadura, tan encorvado su talle, tan turbio su mirar y tan mermada su vista. Sin rayar en monstruo (lo cual hubiera excitado compasion); sin carecer de hechura humana, ni faltarle ningun remo ni sentido, era de lo más feo que Dios ha criado. Hacía daño á los nervios el extravío de sus ojos; ofendía su sonrisa, hasta cuando procuraba ser cariñosa; causaban náuseas su color de membrillo y su pelo de muerto, áun prescindiendo de su total descuido en cuanto á policía y limpieza. Tenía enormes piés y manos, las piernas un poco torcidas, hundido el tórax, desagradable la voz y apestoso el hálito. Dijérase además que lo vestían sus enemigos, pues su ropa amarillenta y su corbata verde no podian ser ménos adecuadas al color de su rostro, por más que estuviesen salpicadas de manchas de toda clase de pringues y ungüentos.—Tal era el atrevido personaje que pretendió á la Dolorosa despues que Manuel Venegas y ántes que Antonio Arregui: tal era el misionero de la incredulidad en aquella poblacion de moros bautizados: tal era el inteligente mancebo de la mejor botica de la Ciudad, cuyo titular y dueño residia casi siempre en el campo: tal era el traidor de nuestro drama.

No bien lo divisó el Familiar del Sr. Obispo, puso término á su pacífica elegia, y trató de marcharse; pero Vitriolo, que lo advirtiera, exclamó con su acento burlon y desapacible:

—Siga usted, Sr. D. Carmelo... ¿Por qué se calla al verme? ¿Estaba usted profetizando, como anoche, los milagros que haria esta tarde en la Procesion el verdadero Niño de la Bola?—Anoche no le respondí á usted porque tenía dolor de estómago; pero hoy debo decirle que el verdadero Niño es más supuesto que el falso, y, por consiguiente, ménos capaz de hacer prodigios.—¡Figúrense ustedes que está esculpido en madera de roble, y que, una vez que se le rompió la mano en que lleva el mundo, se la remendó por una peseta el carpintero de aquí al lado!...

—¡Esto no se puede sufrir! (gruñó el Capitan, pidiendo una silla y sentándose en medio del corro.) ¡Yo no sé por qué viene uno á donde se dicen tantas insolencias y majaderías!...

—Tiene usted razon... Yo me voy... (dijo el Alcalde.)—¡Estos diablejos lo comprometen á uno!—Vamos, Martin...

Y penetró en la casa de Ayuntamiento.

—¿Ves? (observó á Vitriolo el llamado Martin, discípulo suyo, muy de notar por lo flamante y moderno de su equipo:) ¿Ves? ¡El señor Alcalde ha tenido que irse!—¡Dices cosas demasiado fuertes!

—¡Habló Judas! (gritó el farmacéutico.)—¡Camaradas! Ya os lo dije anoche... ¡Martin nos abandona!—¡Desde que lo han nombrado escribiente del Ayuntamiento se ha vuelto beato!...—¡Hay que expulsarlo de nuestra comunidad! ¡El mejor dia lo vamos á ver dándose golpes de pecho en las iglesias!

—¡Yo no soy beato ni lo seré nunca! (respondió Martin muy amostazado.) Lo que nos pasa á todos tus amigos es que, como somos ménos feos que tú, no aborrecemos tanto á Dios, y se nos olvidan tus lecciones de impiedad. Si tú no hubieras nacido tan deforme, ya habrias tenido novia, tal vez te hubieras casado con ella, y ¡quién sabe si á estas horas serías el padrazo más creyente, más optimista y más religioso de la Ciudad!...—Pero, amigo, eres tan horrible, y te dolerá tanto no haber encontrado todavía una mujer que te escuche, que ¡vamos!... me explico que no estés agradecido al Criador...

—¡Al Criador! ¡Al Criador! (repuso Vitriolo con amarga ironía.) ¡Es la primera vez que te oigo pronunciar esa palabra!...—¡Muchachos! ¡os repito que nos vende desde que le han dado ese plato de lentejas!—Paco Antúnez... llegas oportunísimamente... ¡Tú, que eres mi discípulo mayor, mi brazo derecho, mi brazo fuerte, mi brazo secular, cerrarás la puerta del Templo (digo, de la trasbotica) á ese caballero escribiente que ya fuma tabaco propio!

—¡Nada me importa no volver por aquí! (replicó el maltratado discípulo:) ¡Y ya verás cómo poco á poco se van yendo todos estos incautos á quienes pudres con tus doctrinas!—En cuanto á lo demas, sepan ustedes, señores, que, si Vitriolo aborrece tanto á la Dolorosa, consiste en que estuvo enamorado de ella y recibió calabazas... ¡ó algo peor que calabazas!...

—¡Mentira! (gritó el boticario, hecho un veneno.) ¡Fué muy al revés! ¡Yo no la quise, cuando D. Elías me la daba enterrada en onzas!...—Pero bien sabe todo el mundo que soy amigo de Don Antonio Arregui, y que su suegra manda aquí por todas las medicinas.—Por consiguiente, eso que has dicho es una infame calumnia...

—¡Aquél me lo ha contado esta mañana!...—respondió Martin, señalando á nuestro Pepito, que asomó en tal momento por un arco de la Plaza.

—¿Aquél?—¿Y quién es aquél?—¡Ah! ¡Pepito! ¡Otro Judas! ¡otro desertor como tú!—¡Tambien venía él ántes á nuestra reunion, y era de los más calientes contra el bando apostólico!—¡Verán ustedes cómo ahora pasa de largo, sin mirar siquiera hácia aquí!... ¡Vendrá de adular al Obispo, á ver si lo hace sacristan!...—Sr. D. Carmelo, dígaselo usted de mi parte á Su Ilustrísima... ¡Dígale que Pepito no cree en Dios!...—¡Oiga! y ¡qué compuesto sale tan de mañana!...—¡Nada! ¡No nos saluda!—¡Habrá trasto como él!—¡Sin duda irá á pedirle un destino á la forastera del Afrancesado, á esa prima vigésima de un Marqués de mentirijillas, cuyo título no está en la Guía de Forasteros!...

—¡Cálmate! (advirtió por lo bajo Paco Antúnez á Vitriolo) ¡Vas á disgustar á todo el mundo!

—¡No me calmo! ¡Estoy harto de padecer! ¡Miren cómo me ha puesto de frescas ese escribientillo, sólo porque dije que el Niño Jesus es de madera!—¡Pues de madera es! ¡Y, si en lugar de una cruz de plata, hubiesen puesto una púa de hierro á la bola que lleva en la mano, tendríamos al mundo convertido en un trompo!

—¡No es mucho más grande que un trompo nuestro mezquino mundo, si se le compara con la inmensidad y con el poder de Dios! (exclamó gravemente el teólogo, creyendo que el sesgo del debate le favorecia para hacerse oir.)—Si el mundo y el hombre no son de madera, son de barro..., y están hechos de la nada, como dice la Sagrada Escritura.—La fuerza y santidad de ese Niño de palo y de la cruz que ostenta ese trompo consisten en la moral que simbolizan y en el Sacrificio que recuerdan; consisten en que ayudan á desarmar la ira, á templar la concupiscencia, á hacer al hombre hombre...

—¡Y el que usted hable así consiste (interrumpió Vitriolo) en que es barbero del Sr. Obispo, desde que Su Ilustrísima desempeñaba un curato en Vizcaya!...

—¡Á mucha honra! (contestó el Familiar, conteniendo con su noble actitud las risotadas de unos y el movimiento de indignacion y retirada de otros:) ¡Es muy verdad que sigo afeitando á mi señor y padre, el cual me sacó de la miseria cuando la Guerra civil me dejó pidiendo limosna; pero eso no quita para que yo... yo... (que sería muy capaz de ahogar á usted entre mis manos, si no me lo impidieran mis ideas religiosas) me complazca en pedir á Dios que tenga misericordia de su alma de usted!

—¡Bien dicho, señor Cura! (exclamó el Capitan.) ¡Deme usted esos cinco!

—¡Palabras de carlista! ¡Estratagemas de apostólico! (replicó el boticario:) ¡Por todas partes se va á Roma!

—Lo mismo diria y haria (repuso el teólogo) si fuera judío, moro ó protestante. Yo no defiendo aquí ahora ninguna religion determinada: defiendo la religiosidad en abstracto, el temor de Dios, el amor al hombre...—En fin, lo perdono á usted, y me marcho...—¡Usted abrirá los ojos con el tiempo!

Vitriolo conoció que quedaba mal, y trató de detener al diácono, diciéndole á toda prisa:

—¡Defiende usted las tinieblas! ¡Defiende usted la Inquisicion y el fanatismo! ¡Defiende usted la mentira, profesada como industria para tiranizar y explotar á los hombres!—¡En cambio, nosotros los filósofos defendemos los fueros de la razon, la causa de la verdad, la despreocupacion del entendimiento, la dignidad de la especie humana!—¡Nosotros no queremos que nadie viva engañado, ni sometido á las desigualdades de la suerte, en la esperanza de otra vida y de un Cielo que no pueden existir, que no existen, que repugnan á la buena lógica, como lo demuestra el célebre dilema de Epicuro!...

Pero el teólogo no oia ya al farmacéutico, pues se habia marchado efectivamente, dejándolo con la palabra en la boca.

La mayoría del público, y con especialidad las personas graves, comenzaron á desfilar tambien, renunciando á las decantadas ventajas de convertirse al ateismo; con lo que pronto la tertulia quedó en cuadro...

—Pero ¡hombre! (arguyó entónces el Capitan, encarándose con Vitriolo:) Suponiendo que todas esas infamias que usted dice sean ciertas, ¿qué adelanta con darnos tan malas noticias? ¿Qué pierde usted con que yo me consuele de mis reumas, de mi retiro forzoso, del atraso de mis pagas, y del disgusto de conocer á muchos malvados como usted, esperando, como espero, hacer en otra parte una campaña mejor que la de esta pobre vida?—¿Me equivoco?—¡Pues déjeme usted en mi dulce engaño! ¡No haga usted el oficio de Satanás! ¡Piense usted en sus ungüentos, y déjenos á nosotros con nuestros santos de madera, que tambien nos sirven de medicina!

—¡Valiente modo de discurrir! (contestó el boticario.)—¡Bien se conoce que no ama usted la verdad ni ha visto un libro por el forro!—¡Los militares fueron ustedes siempre oscurantistas, inquisitoriales, serviles!

—¡Vaya usted mucho enhoramala! (repuso el Capitan, levantándose:) ¡Yo no soy servil! ¡Yo soy más liberal que usted! ¡Yo me he batido contra Napoleon y contra Angulema! Yo he derramado mi sangre, defendiendo la Independencia y la libertad de mi patria, hasta que, por viejo y achacoso, me dieron el retiro...—Pero todavía soy capaz...—En fin, no quiero incomodarme...—Repito que hago una tontería en venir por aquí...—¡Todos sois unos impíos, unos luteranos, unos mocosos, que debiais estar en la Cárcel!...—Mas ¿qué le hemos de hacer? ¡El mundo marcha así!—Conque, muchachos, ¡hasta luégo!...—Son las ocho, y voy á ver si me dan de almorzar.

Grandes carcajadas y burlas produjo en los mozalvetes el apóstrofe del veterano; y, como en pos de él se marchase la poca gente de viso que ya quedaba en el corro, penetraron aquéllos en la botica, donde el Maestro, atendida la especialidad de las circunstancias, les dejó meter mano al cajon del palo-dús, y hasta fingió no reparar en que algunos se empinaban las botellas del jarabe simple, del jarabe de corteza de cidra y del jarabe de altea.

*        *        *        *       *

Terminado el refrigerio, todos se fueron á sus casas á continuar almorzando, ménos Paco Antúnez, á quien habia dicho Vitriolo:

—No se marche usted, señor Jefe de Estado Mayor.—Tenemos que hablar...

—¿Qué hay? (preguntó el mimado discípulo con cierto aire de valiente.) ¿Qué dice la Volanta?

Paco Antúnez era, en efecto, segun ya habia indicado su jefe espiritual, el mozo más templado y terne de aquel plantel de descreidos, así como el más callado, el más fino y el de mejor figura: en resúmen, era el más guapo en el triple sentido de la palabra.

Vitriolo le contestó con suma afabilidad:

—La Volanta está en muy buen terreno.—Tú sabes que fué una labradora muy acomodada, y que su aficion al aguardiente la hizo caer en las garras de D. Elías, quien la dejó pidiendo limosna... Hoy le dan de comer Soledad y su madre, más bien por remordimiento que por caridad, de donde se deduce que ella las detesta con todo su corazon. En cambio, como ve que yo soy el abogado consultor de los pobres; que no voy á misa, y que le hago de balde ciertos ungüentos para sus oficios de curandera y de bruja, me quiere con toda su alma, ve en mí una especie de Vicario del Diablo, único Dios en que cree, y me cuenta todo lo que sucede en casa de la Dolorosa.—Ahora bien: por ella he sabido que la señá María Josefa fué quien mandó anteanoche romper por varios puntos la gran acequia de la Fábrica tan luégo como se enteró de que llegaba Manuel Venegas, obligando así á marchar allá á Antonio Arregui y ganando tiempo para entenderse con el burlado amante... La misma Volanta proporcionó el hombre que rompió dicha acequia, y ella tambien debia procurarme á mí hoy, segun me ofreció anoche, esta ú otra persona que fuese á la Fábrica, como por casualidad, y participase á Antonio Arregui el regreso del Niño de la Bola...—¡Seis reales le dí para ello!...

—Son tres leguas de ida y tres de vuelta...—¡No estuvo mal!—pronunció flemáticamente Paco Antúnez, encendiendo un buen trozo de lo que entónces se llamaba tabaco negro.

—No estuvo mal... (repitió Vitriolo.)—Pero es el caso que todos los hombres á quienes ha propuesto el trato la Volanta recelan que se entere el Niño de la Bola, y ninguno se atreve á ir á la Sierra...—¡Ya ves qué contrariedad!—Son las ocho de la mañana, y es menester que el marido de la Dolorosa se halle aquí ántes de la hora de la Procesion...

—La Procesion es á las cuatro...—observó Antúnez, chupando aquel veneno que tenía en la boca.

—¿Te atreverias tú á ir?—preguntó Vitriolo afectando gran indiferencia.

—¡Yo no!—respondió inmediatamente el discípulo, con una frialdad impropia de sus veintidos años.

—Puedes fingir una cacería... (insistió Vitriolo.) Coges el caballo y la escopeta, y en dos horas estás allí...—Arregui no podrá maliciarse que vas exprofeso á darle la noticia.

—He dicho que no voy...—replicó Antúnez, mirando el humo de su cigarro.

—¿Temes que se lo cuenten á Manuel Venegas? ¿Te asustas tú tambien del Niño de la Bola?...

—No es eso, amigo Vitriolo.—Te temo á tí; me asusto de tu ferocidad.—Cualesquiera que sean mis ideas religiosas, ó, mejor dicho, aunque no me hayas dejado ninguna, yo no he nacido para matar con mano ajena.—Yo no soy, como tú, indiferente á la moral y á la política: yo amo el bien, aunque no crea en otra vida futura... Yo soy republicano.

—Ya lo sé..., y haces muy mal... (respondió Vitriolo.)—Lo mejor es no ser nada.

Antúnez replicó en el acto:

—Para hablar así hay que principiar por donde tú principias; por aborrecer á la especie humana.—Ahora bien: yo no la aborrezco: yo amo á los hombres, y deseo su dicha, como la desearon Caton, Bruto y Robespierre...

—Pues entónces, ¡fíngete cristiano!... (dijo Vitriolo, riéndose.) De esa manera podrás ofrecer dos bienaventuranzas á tus adorados prójimos; ó sea una de presente, y otra de futuro; una en esta vida, y otra donde cuentan los sacristanes.

—¡Yo no sé decir lo que no siento! (contestó el filántropo); y por eso precisamente me niego á ir á engañar á Antonio Arregui, ocultándole el objeto de mi excursion á su fábrica...

—¡Pero tú olvidas lo que hablamos anoche! (exclamó Vitriolo muy apurado.) ¡Tú olvidas que, si D. Trinidad Muley empastela este asunto, la victoria será de las ideas místicas! ¡Dirá el clero y repetirán las viejas que ha habido milagro, como lo dijeron en 1832, cuando Manuel Venegas dejó de matar á D. Elías Perez la tarde de la famosa Rifa!—Contaba entónces D. Bernardino, el Sacristan de la Parroquia, que, si no ocurrió allí una muerte, se debió á que D. Trinidad se abrazó á la Efigie del Niño del Dulce Nombre pidiéndole auxilio...—Hay más: la señá Polonia, el ama..., ó la querida del Cura... (No frunzas el entrecejo: admito que sólo sea su ama...), tomó de aquí pié para soltar la especiota de que la tal Efigie, decidida protectora del hijo de D. Rodrigo, le devolvió el habla cuando muchacho...—¡Todo esto es muy grave!—¡Antúnez! ¡ó somos ó no somos enemigos de la supersticion! ¡Tu causa es la mia, aunque yo no sea republicano, ni monárquico! ¡Hay que desvanecer esas patrañas! ¡Hay que evitar un nuevo triunfo de D. Trinidad Muley!

—Desengáñate, Vitriolo... (contestó friamente el republicano.) Lo que á tí te mueve en esta empresa, no es la Filosofía, á que yo tambien rindo ferviente culto, sino el insensato amor que tuviste á la Dolorosa, convertido en odio mortal, por haber ella obligado á un perro á comerse tu amartelada declaracion...—Yo ignoraba anoche tan divertido lance; pero esta mañana me he enterado de él, como todo el pueblo, por haberlo referido anoche el Afrancesado á sus tertulios...

Vitriolo se retorció convulsivamente, y lanzó una especie de alarido...—Irguióse luégo y dijo con dolorosa mansedumbre:

—No te lo negaré yo á tí, que eres mi ojo derecho... No te negaré, mi querido Paco, que tambien procedo á impulsos de ese rencor inextinguible... No te negaré que la felicidad de la Dolorosa me vuelve loco; que necesito verla llorar tanto como yo he llorado, y que la ocasion es esta.—Pero no por eso dudes de que, al propio tiempo que vengarme, quiero defender la santa Filosofía, ¡única gloria y consuelo de mi pobre existencia!—¡Sí, yo trato de evitar que los Curas hagan creer á los necios en un milagro de las ideas religiosas que nos ponga en ridículo á todos vosotros y á mí! ¡Yo quiero libraros y librarme de una silba de todo el pueblo!—D. Trinidad Muley, con sus limosnas, entremetimientos y gramática parda, es el levítico que más daño hace hoy en esta Ciudad á la causa de la razon.—¡Hay que presentarle una batalla campal! ¡Hay que destrozarlo para siempre!

—En ese punto estás repitiendo palabras mias..., ya que no por lo tocante á la persona de D. Trinidad (que es un buen hombre, sin malicia ni talento), en lo que respecta al verdadero bando apostólico...—Pero, entre combatir el error, y lo que ahora me pides; entre predicar uno sus ideas filosóficas, y traer al matadero á un hombre de bien, hay mucha, muchísima distancia.—Repito que no voy á la Sierra.

—¡Pues no vayas! (exclamó Vitriolo con sumo desprecio.)—Yo me las compondré sin tí.

—¿Irás tú mismo á buscar á Arregui?—preguntó irónicamente Paco Antúnez.

—¡Así pudiera cerrar la botica!—Pero estoy solo, y no puedo moverme de aquí ni de dia ni de noche.—Por lo demas, ten entendido que yo soy el único hombre de este pueblo que no le teme al Niño de la Bola.

—Dos ó tres veces te he oido decir eso...—¿Quieres explicármelo?

—Tiene muy poco que explicar.—No le temo, porque soy cobarde.

Y, al hablar de este modo, Vitriolo se erguia con especial orgullo.

—¡Gran verdad has dicho! (exclamó Antúnez.)—El mundo es de los que no pelean; ó, más bien, de los que no dan la cara...—No hay quien corra ménos peligros que un cobarde...—El desprecio de los valientes les sirve de escudo...—En fin... ¡allá tú!—Yo me retiro, con tu licencia.

El boticario suspiró melancólicamente, y murmuró, como hablando consigo mismo:

—¡Hay pocas naturalezas cabales!...

—Pocas,—repitió Antúnez.

—Con todo, ¡por algo seré yo vuestro jefe!

—Ya lo creo... ¡y áun por algos!

—¿Estás pesaroso? (interrogó vivamente el farmacéutico.) ¿Piensas tú tambien abandonarme?

—Sí: te abandono ahora, porque me voy á almorzar,—contestó el discípulo mayor, sonriéndose indefiniblemente.

Y se marchó muy despacio, dejando sumido á Vitriolo en dolorosas meditaciones.

El resto de la mañana fué, cual si dijéramos, una ampliacion de la tertulia que hemos presenciado en la puerta de la botica.—Tan luégo como el vecindario acabó de almorzar, llenóse otra vez la plaza de corrillos y de paseantes, cual si allí se celebrara la gran fiesta del dia, y no en el barrio de Santa María de la Cabeza. Contra la inveterada costumbre, muchas personas principales del pueblo, y desde luégo todos los hombres de armas tomar ó aficionados á ruidos y reyertas, dejaron de asistir á la solemne Misa que en aquel instante se cantaba en la Parroquia gobernada por D. Trinidad Muley.—«¿Á qué ir (parecia decirse la gente), cuando sabemos que Manuel Venegas está encerrado en esa casa?»—No apartaban, pues, los ojos de aquellos mudos balcones ó de aquella inexorable puerta los grupos diseminados acá y allá, y hasta los mismos paseantes volvian la cabeza á cada momento, para ver si daba señales de vida el albergue del infeliz recien llegado.—Tenía aquello algo de la expectativa del público en una plaza de toros, cuando los aficionados bullen todavía en el circo, esperando á que se anuncie la salida de la fiera, para quitarse de en medio y dejar á otros el cuidado de hacerle frente...—Ó, más bien, era un caso igual al de los antiguos torneos... ¡Manuel y Antonio veíanse como obligados á optar entre la pelea y la deshonra! «¡Sangre ó rechifla!» parecia ser el estribillo del coro.

Llegó la hora de comer (las dos de la tarde), sin que se hubiese movido ni una mosca en casa de Venegas (no obstante haber estado dos veces llamando al porton el ama de D. Trinidad Muley y otras dos un acólito de la parroquia de Santa María), y el público se retiró de la plaza...

Pero no habian transcurrido veinte minutos cuando ya se hallaban de vuelta algunas personas... (¡Parcas fueron en el comer, ó poco abastecida estuvo su mesa!)—Otras regresaron algo más tarde: acudió, por añadidura, mucha gente que no habia estado allí por la mañana, y, con todo ello, la plaza acabó por parecer un animadísimo campamento... ¡Baste decir que varios mozos, y hasta algunos sujetos muy formales, hablaban ya de su firme propósito de no ir á la Procesion, si veian que Manuel no concurria á ella, y de pasar allí el resto de la tarde!...

De pié á la puerta de su tienda el verdadero General de aquel ocioso ejército...; quiero decir, de pié á la puerta de su botica el intrépido Vitriolo, se restregaba las manos, al ver que todos, por comision ó por omision, estaban secundando su plan de batalla, y daba instrucciones á sus oficiales de Estado Mayor para que sembrasen entre los corrillos las ideas más conducentes al triunfo de la ira sobre la paciencia, ó, como él decia, «al triunfo de la razon sobre las preocupaciones.»

De pronto, cundió por toda la plaza una noticia que revolvió y barajó los grupos, formando otros nuevos y más numerosos, en que ingresaron hasta los paseantes...—Pepa la peinadora acababa de cruzar por allí diciendo que venía de rizar el pelo á la señora de Arregui, en forma de tirabuzones iguales á los de la forastera, y que en aquel momento la dejaba vistiéndose de tiros largos para ir á la Procesion en compañía de su madre...

No habian empezado los comentarios acerca de este grave acontecimiento, cuando ocurrió otra novedad que puso el colmo á la agitacion de la muchedumbre...—¡La puerta de la casa de Manuel Venegas se acababa de abrir, y Basilia, su ama de gobierno, estaba en el portal notificando al público que el hijo de D. Rodrigo Venegas habia comenzado á arreglarse para ir á la Procesion del Niño de la Bola!

La alegría, el miedo y el entusiasmo de la multitud no tuvieron límites... Hubo hasta aplausos de la gente baja, y silbidos y carreras de los pilluelos; advertido lo cual por el Alcalde, y temiendo un motin ó cosa parecida, aconsejó á todos, por honor de aquella Ciudad, antigua Colonia fenicia y romana, y posteriormente Corte de no sé qué rey moro, que se trasladaran á la carrera de la Procesion (donde parecia más natural que estuviesen reunidas aquella tarde las personas decentes), y que allí esperasen con la debida compostura la llegada de su querido paisano Manuel Venegas,—quien no dejaria de alegrarse mucho de poder salir de su casa como un hombre serio y formal, y no entre aquella especie de rebullicio...

Penetráronse de estas razones los agitados grupos, y casi todos se disolvieron, ó, mejor dicho, se encaminaron en masa hácia la Parroquia de Santa María, cuyas alegres campanas anunciaban ya con su primer repique que apénas faltaba una hora para la Procesion...

Sigamos nosotros el turbion de la gente, y trasladémonos tambien á aquel apartado barrio, donde nos aguardan muchas personas conocidas.