LA PROCESION.
Era una hermosísima y apacible tarde, en que la Primavera, vestida de andaluza, llenaba el cielo de esplendores y sonrisas, de cálidos besos el sosegado ambiente y de fragantes rosas los huertos y balcones de la Ciudad, el lustroso peinado de las doncellas y las manos de sus felices ó desgraciados amadores.
Todavía faltaba media hora para la salida de la Procesion, y la calle de Santa María de la Cabeza (á cuyo extremo inferior se halla situado el Templo del mismo nombre) estaba ya hecha un patio del Cielo, una antesala de la Gloria, un verdadero Empíreo..., tal y como los nietos de Adan y Eva nos imaginamos y solemos representar semejantes excelsitudes desde nuestro confinamiento terrestre...
Quiero decir con esto, que todas las ventanas tenian grandes colgaduras de coco, de zaraza, de filipichin y hasta de damasco, en las cuales era fácil reconocer las colchas de novios de muchas generaciones, miéntras que el suelo de la prolongada calle y de toda la carrera que habia de llevar la Procesion veíase alfombrado de verde juncia, de amarilla gayomba, de olorosos mastranzos y de otras campesinas hierbas...—Las campanas de Santa María repicaban gozosamente por segunda vez, anunciando que ya se acercaba el momento solemne... Cohetes voladores reventaban á docenas en los aires, como notificando á los demas planetas lo que ocurria en el nuestro..., y el tambor de la Milicia Nacional daba golpes y redobles de atencion y llamada, que hacian subir de punto la general expectativa...
Todas las ventanas y azoteas, y áun los mismos oblicuos tejados, estaban llenos de gente, sobre todo de mozas aderezadas y carilimpias (muchas de ellas nada más que cari), habiéndose reservado los balcones para las señoras y señoritas del centro de la Ciudad, que ya ostentaban en ellos sendas mantillas ó tocas de Almagro, peinados á la francesa y demas distintivos de su elevada alcurnia.
En la calle no se podia echar un alfiler: tan atestada se veia de artesanos vestidos de nuevo, de jornaleros vestidos de limpio y de caballeretes vestidos de moda. Hasta los regadores habian abandonado los campos y encontrábanse allí, apoyados en sus azadas, como dispuestos á volver á la interrumpida tarea en cuanto presenciaran el paseo triunfal del Niño de Dios.—Algunos militares retirados (entre los cuales descollaba nuestro Capitan) lucian su irreemplazado uniforme de la Guerra de la Independencia, y ¡á fe que era grato verlos embutidos en sus casacas de altísimo cuello, provisto de sudadero, que les rozaba la coronilla, con la ancha capona ó la larga charretera empinadas sobre los hombros, con el inflexible corbatin de ballena impidiéndoles toda comunicacion con el género humano, y con su morrion de carrilleras y descomunal campana, que no habria podido soportar el propio Dios Marte!...—Por último: los bulliciosos chicuelos y los circunspectos milicianos (ó sea los nacionales, que era como se llamaban allí entónces) se apiñaban en el atrio y gradas de la Iglesia, para servir, aquéllos de vanguardia y éstos de escolta, á la venerada Efigie del Niño Jesus,—en tanto que el sol, enfilando de lleno la calle al bajar á Poniente, daba á todas aquellas cosas divinas, humanas y pueriles un carácter glorioso, triunfante, santo, que si distaba muchísimo de la beatitud eterna, diferenciábase tambien algo de las cotidianas luchas de esta vida.
La forastera, con traje negro, mantilla blanca y muchas joyas de escaso valor, ocupaba el balcon principal de una de las mejores casas de aquel barrio; balcon enorme, con balaustres de madera color de chocolate, que podia contener quince ó veinte personas.—Hallábanse, pues, tambien allí D. Trajano, su esposa y todos sus tertulios, excepto nuestro amigo Pepito, que se contoneaba en la calle, frente por frente de aquella casa, para que la madrileña lo viese navegar por el mundo como todo un hombre y admirara de léjos su frac de tijera (refundicion del único que habia tenido su buen padre), su pantalon de color de avellana, su corbata celeste, su chaleco de mil flores y su colosal sombrero de copa...—¡El pobre ingenio parecia un mico vestido de máscara!
Á D. Trajano Mirabel le habia dado aquella tarde por hablar de política, y traia mareado á otro señor de su edad, tambien moderado acérrimo, que solia formar parte de su tertulia; pero ni éste ni nadie tenian ya atencion para otra cosa que para mirar á una hechicera mujer, tambien con mantilla blanca, que acababa de presentarse y tomar asiento en un balconcillo del entresuelo de la casa de enfrente.
—¡Es usted afortunada! (dijo doña Tecla á la prima del Marqués.) ¡Toda la tarde vamos á estar viendo á la Dolorosa!—¡Allí la tiene usted..., con una mantilla como la suya!...—¡Jesus María! Y ¡cómo la mira la gente!...—¡Ni que ella fuera la Procesion!
En efecto: Soledad estaba allí; donde ménos se la esperaba; en una casa humilde; en aquel peligroso balcon, tan cercano al piso de la calle... ¡casi confundida con la multitud, cuando habia podido disponer de todas las casas y de todos los balcones del barrio!
—¡Qué temeridad! ¡Qué imprudencia! (decian algunos.) ¡Elegir ese sitio, estando en el pueblo el Niño de la Bola! ¡Sabiendo que viene tan irritado!...
—¡Qué falta de consideracion! ¡Qué descoco! (añadian algunas.) ¡Andar de fiestas, estando ausente su marido! ¡constándole que el otro piensa venir aquí!
—¡Confesemos que es muy valiente! (reponian los más tolerantes.) ¡Ella misma se lanza á la cabeza del toro!—¡Mirad qué cara tan serena y tan hermosa! ¡Mirad qué sonrisa tan altanera! ¡Mirad qué ojos! ¡Ninguna inquietud se lee en ellos!—Y, sin embargo, ¡bueno andará su corazon!
—¡Esa! ¡esa es la Dolorosa! (exclamaba al mismo tiempo D. Trajano, dirigiéndose á la prima del Marqués:) ¡Este golpe la retrata de cuerpo entero! ¿Sabe usted á qué viene aquí? ¡Á desarmar á Manuel con su presencia! ¡á hacerle apetecer una paz vergonzosa para Antonio Arregui! ¡á jugar el todo por el todo!—¡Ya dije á usted anoche que Soledad ama... hasta cierto punto al intrépido Venegas!—Yo soy viejo, y conozco el pecado...
—¡Es usted atroz!—contestó ágriamente la cortesana, cual si el jurisconsulto la hubiera sorprendido recorriendo con la imaginacion, por cuenta de Soledad, aquel sendero pacífico, criminal y deleitoso.
Y luégo añadió, quitándose los lentes:
—¡Pues, señor! declaro que esa mujer vale más de lo que yo me figuraba...—Aunque viste con mediano gusto y tiene una expresion hipócrita que da miedo, es muy bonita, muy graciosa, y hasta muy interesante...
¡Que si lo era!...—Permítasenos describirla por última vez... Permítasenos decir á qué extremo de hermosura habia llegado la que conocimos inocente niña y púdica doncella, cuando la vemos ya convertida en mujer de veinticinco años, esposa y madre.
Soledad no pertenecia á la raza de las estatuas griegas. Su belleza tenía más de gótica que de pagana, más de romántica que de clásica, más de las creaciones de Schiller y Walter Scott que de las de Homero y de Ovidio; más, en fin, de dama que de diosa.—Así y todo, su cuerpo era un primor de forma, cuyas suaves líneas vacilaban dulcemente entre la curva y el ángulo, dando mayor realce y gallardía á los femeniles contornos. Ni se admiraba sólo la forma en aquella exquisita figura: la misma materia (cosa indiferente en la belleza gentílica) tenía en ella singular atractivo y hablaba por sí propia á la imaginacion. Era, en resúmen, una de esas mujeres finas y nerviosas (á quienes erróneamente se suele llamar espirituales ó ideales), cuyos encantos corpóreos no se limitan al dibujo, al modelado exterior, á la belleza plástica, como en las beldades olímpicas, sino que residen y se aprecian en la totalidad del sér físico, en su índole y naturaleza, en la calidad de la masa, en todo lo que de ellas puede ver el escultor y en todo lo que adivina el fisiólogo: mujeres verdaderamente materiales y terrenas, mucho más humanas que esas macizas cariátides sin nervios en que parece que todo es arcilla: ¡elásticas serpientes, de piel dócil y suelta, de carnes precisas y delicadas, de huesos cálidos y endebles, de sangre rápida y fluida, que viven y huelgan en el fuego, como se cuenta de las salamandras!
El rostro de la Dolorosa acrecia el profundo interes y la ardiente curiosidad que ya despertaba en el ánimo el aspecto general de su lánguida y voluptuosa contextura. Aquella palidez inalterable y llena de vida; aquellos ojos amantes y altivos á un propio tiempo; aquellos labios sensuales y desdeñosos; aquel sentimentalismo del conjunto de sus facciones, tan incompatible con la materialidad de la vida que llevaba pacíficamente la casual esposa de un hombre vulgar ó cuando ménos prosaico; todas estas contradicciones de su sér y de su existencia, expresadas vagamente por su semblante, hacian que Soledad cautivase la imaginacion y el deseo, como todo lo misterioso, como todo lo inexplicable, como una esfinge, guardadora de trágicos y peregrinos secretos.
Dicho se está que casi ninguna de estas sublimidades pasaba por las mientes á aquellos semi-africanos que devoraban con la vista á Soledad; mas no por ello se les oscurecia la sustancia de cuanto acabamos de exponer, ni envidiaban ménos, en hipótesis, al feliz mortal que sacase de su forzosa, perdurable apatía á la malograda heroína de amor;—lo cual equivale á decir que envidiaban en futuro contingente á nuestro amigo Manuel Venegas, presunto dueño de aquel corazon encarcelado.—Por lo que respecta á Luisa y al señor de Mirabel, estaban muy al tanto de todo (á fuer de doctores en materias de arte, vicio y sentimiento), y fueron aquella tarde mucho más allá que hoy mi tosca pluma en el análisis físico-poético-moral de la Dolorosa.
De pronto, advirtióse en los grupos un gran movimiento, que muy luégo se propagó á ventanas y balcones, como si ocurriese alguna extraordinaria novedad...—¿Qué motivaba aquel oleaje de la muchedumbre?—¿Iba á salir la Procesion? ¿Se habia suspendido? ¿Acontecia alguna desgracia?
No: era que Manuel Venegas acababa de aparecer en lo alto de la prolongadísima calle de Santa María: era que avanzaba hácia la parte concurrida de ella, precedido de una escuadra de bullidores muchachos y escoltado á respetuosa distancia por media docena de valientes de segundo órden: era que llegaba el héroe del dia.
Casi toda la gente se apartó de las inmediaciones de la Iglesia y fué extendiéndose calle arriba para gozar más pronto de la presencia del jóven sin ventura,—el cual marchaba entretanto sosegadamente, sin mirar á nadie, con la cabeza un poco inclinada, y divirtiéndose al parecer en agitar con el baston las olorosas hierbas que alfombraban el suelo.
No podia decirse, sin embargo, que le fuera indiferente el público, cuando tanto se habia acicalado y compuesto, en medio de sus penas, para presentarse dignamente á él.—Los moros son siempre vanidosos y artistas, y acuden á las batallas con sus mejores ropas y todo el posible boato, viendo tal vez una fiesta en el peligro...—La mencionada tarde vestía Manuel como un novio, como un triunfador; no como un hombre que acaba de ser desarraigado de la vida y sólo espera ya marchitarse y morir...—Todo su traje era de rica seda negra sin brillo, con alamares del mismo color y muchos botones de plata mate: lucía un magnífico sombrero de jipijapa, de forma chamberga, al uso de ultramar: hermosos brillantes relumbraban en sus dedos y en la bordada pechera de la camisa; y pendia de su cuello una larga y muy gruesa cadena de oro, que iba á perderse debajo del ceñidor chinesco liado á su cintura, sirviendo indudablemente de sosten á un soberbio reloj, digno de tan fastuoso indiano.
Con mayor evidencia hubiera podido asegurarse que nuestro jóven (contra su antigua costumbre) llevaba consigo un arma, y que este arma era un puñal; pues, á muy poco que se observaba, veíase dibujarse su rígido bulto bajo la sarga de la chaqueta...—Por lo demas, si aquellos viajeros que veinticuatro horas ántes lo saludaron en lo alto de la Sierra vecina, lo hubiesen visto en tal momento, habríanse espantado y hasta condolido del profundo cambio que se advertia en su noble rostro...—Una horrorosa contraccion atirantaba todos sus músculos; despedian sus ojos una luz torva y rojiza, como los del leon durante la cuartana, y la más lúgubre tristeza tendia su velo de muerte sobre aquellas varoniles facciones: ¡tristeza desesperada y terrible; no quejumbrosa y vehemente como la sed y el ánsia de consuelo, sino fija, muda, petrificada, irremediable, muy más amenazadora en su serenidad que todos los arrebatos de la ira!
Las gentes de la calle no se atrevieron al principio más que á saludarlo á distancia, diciéndole un «¡adios, Manuel!»... tan natural y corriente como si no hubiesen pasado ocho años desde la última vez que lo vieran;—á lo cual respondia el jóven llevándose la mano al sombrero, sin pararse á ver quién lo saludaba...
Un poco más adelante, ya osaron algunos acercársele y detenerlo, alargándole la mano y preguntándole por la salud...—Eran (decian) antiguos amigos suyos... (y entre ellos reconoció á aquel maton á quien tuvo que romper el brazo derecho.)—Otros se denominaron sus condiscípulos... (¡cuando sabemos que nuestro héroe no habia asistido á más escuela que al despacho de D. Trinidad Muley!)—Y hasta hubo álguien que se le presentó á título de hermano de leche, ignorando sin duda que el jóven fué amamantado por su propia madre.
Manuel contestaba á todos en las ménos palabras posibles, y seguia su interrumpida marcha; pero rara vez dejaba un grupo, para entrar en otro, sin preguntar ántes al oido á la persona que le inspiraba mayor confianza:
—Dígame usted...—¿Cuál es Antonio Arregui?
—No está aquí...—No ha venido...—Dicen que se marchó ayer...—Se le aguarda de un momento á otro...—le habian respondido ya cuatro interrogados, con un aceleramiento y un temblor que denotaban complicidad mental con el pavoroso alcance de la pregunta.
Á todo esto, penetraba ya nuestro protagonista en lo más concurrido de la calle, ó sea en el trozo de ella que habia de recorrer la Procesion (la cual se dirigiria luégo por una calle transversal en busca de cierta antigua mezquita, á la sazon Ayuda de Parroquia, donde tendria término la fiesta)...
Las mujeres más presumidas echaban todo el cuerpo fuera del balcon para verlo pasar...—Pero él no habia levantado la cabeza ni una sola vez...—Indudablemente no sabía, ni podia ocurrírsele, que Soledad hubiese ido á la Procesion...; que estuviese algunos pasos más allá...; ¡que pronto la veria, despues de ocho años de ausencia, no separados ya sus corazones por las olas del Océano, sino por otro abismo más profundo!
El airado Venegas miraba únicamente á la calle, á los hombres, buscando á aquel Antonio Arregui á quien no conocia, pero á quien juzgaba obligado á hacerle frente, á presentarse en aquella palestra, á concurrir al duelo solemne y público para que habia sido emplazado ocho años ántes en términos generales y colectivos, y cuya citacion le fué notificada personalmente por todo el pueblo el dia que se atrevió á casarse con la Dolorosa.—Manuel iba allí como mantenedor de aquel desafío... ¡Caso de honra era para el amenazado consorte acudir á la demanda, no ocultarse, no obligar al provocador á ir á buscarlo en su escondite!
Entiéndase bien que nada de esto lo decimos nosotros: el público y el propio Manuel eran los que discurrian así aquella tarde.—Por lo demas, todos seguian parando y saludando al intrépido jóven, sin atreverse á tocar las heridas de su corazon, pero aventurándose ya á dirigirle preguntas asaz impertinentes...
—¿Conque vienes tan rico?—habíale (por ejemplo) interrogado alguno.
Manuel sonrió desdeñosamente y no se dignó contestar.
Entónces le habló de usted la misma persona, preguntándole:
—¿Y viene usted por mucho tiempo?
—¡No sé!—contestó el desgraciado, volviéndole la espalda.
Algunas personas graves y de posicion incurrieron tambien en la debilidad de acercársele, á curiosear en su dolor, en su desesperacion y hasta en su bolsillo...
—Es menester que nos ayudes á gobernar la poblacion (díjole un concejal), y que para ello compres fincas que te den la cualidad de elegible... El Ayuntamiento necesita hombres como tú...—¿Te atreverias con la cortijada del Morisco?—Cien mil duros piden por ella...
—Muchas gracias... Veremos...—respondió Manuel.
—¡Yo me comprometo á hacerlo Alcalde!—exclamó otro regidor; el mismo, segun noticias, que habia ofrecido aquella vara á Antonio Arregui.
Manuel saludó con finura.
—Pero ántes... (dijo un tercero, apuntándole ya al corazon) será preciso que te establezcas; que tomes estado; que elijas mujer...—Digo... ¡porque supongo que no te has casado por esos mundos!...
Venegas lo miró de piés á cabeza (helándolo de terror), y le dijo melancólicamente:
—No sé quién es usted; pero le compadezco.
Y continuó bajando la calle.
Á los pocos pasos vió el jóven entre la multitud á nuestro amigo el Capitan, y acto contínuo dirigióse hácia él (cosa que no habia hecho con nadie) y le tendió respetuosamente la mano, miéntras que con la otra se quitaba el sombrero.
El viejo agradeció mucho aquella significativa excepcion, y sólo halló fuerzas para decirle con los ojos arrasados en lágrimas:
—¡Tienes buena memoria!
—Y buena voluntad...—le respondió Manuel afectuosísimamente, apretándole de nuevo la mano.
Y prosiguió su interrumpida marcha, muy complacido de aquel encuentro.
Pasó, en fin, por enfrente del balconcillo en que se hallaba Soledad; y, como si algun misterioso instinto ó fuerza superior lo determinara, paróse maquinalmente en aquel punto, eligiéndolo para ver desfilar la Procesion.
El público lanzó un gran resoplido de contento... y de sobresalto.
Y muchas miradas se dirigieron á las bocacalles en demanda de Antonio Arregui, única persona que faltaba ya para que el drama fuese completo...
La forastera, debajo de cuyo balcon se habia detenido el jóven, seguia entretanto el prolijo estudio que de su figura comenzara á hacer desde que lo vió asomar, y decia á su colega D. Trajano, sin quitarse los lentes de los ojos:
—¡Hermoso hombre! ¡Es una estatua vestida de andaluz, bien que no de majo ni de torero!... Los perfiles americanos del traje poetizan mucho su persona...—¡Qué torso! ¡qué cuello! ¡que cara!... ¡Es un modelo de belleza masculina!...—No sé á quién compararlo...—Para Apolo, es demasiado fuerte, y para Hércules, demasiado esbelto...—Lo compararé, pues, con el David de Miguel Ángel...—¿Ha estado usted en Florencia?
—No, señora...—balbuceó D. Trajano, muy confundido, pensando quizá en sus largas piernas y peraltados hombros, que ni en la juventud fueron esculturales.
En el ínterin, la atencion del público habia dejado de fijarse en Venegas para acudir á Soledad...
Esta no se movia ni pestañeaba: parecia mirar al cielo, ó á los tejados de la casa de enfrente; pero ¡demasiado sabría que Manuel se hallaba allí, delante de ella, á pocos pasos de distancia!... Los movimientos de la muchedumbre; las conversaciones de la calle, que subian hasta el balcon; la madre tristísima, la pobre señá María Josefa, sentada á su lado como una mártir; sus propios ojos, en fin, dotados, segun ya sabemos, del don de ver áun aquello que no miraban..., ¡se lo habrian dicho desde el primer momento!—Mostrábase, sin embargo, enteramente tranquila, y hasta se la vió sonreir graciosamente en contestacion á no sé qué cosa que su atribulada madre le dijo en ademan de súplica...—¡Era digna hija de aquel hombre que, sorprendido una tarde por el furibundo Niño de la Bola junto á cierta fuente del campo, no se movió, ni se dió por entendido de su presencia, ni hizo nada para evitar una muerte casi segura!...
En esto, y cuando algunas personas estaban ya procurando mañosamente que Manuel alzase la vista y reparase en Soledad, comenzó el tercer repique de las campanas de Santa María; nuevos cohetes volaron y crujieron en el aire; sonó un largo redoble de tambor, seguido del acompasado toque de marcha, y viéronse salir de la Iglesia, y formarse, y ponerse en ordenado movimiento, banderas, luces, cofrades, monaguillos...—La Procesion estaba en la calle.
Aquel jubiloso estrépito, aquel animado y solemne espectáculo, los cantos religiosos que principiaron luégo; toda aquella reproduccion de escenas de mejores dias, impresionó bruscamente á Manuel, haciéndole erguir la cabeza y mirar á todos lados como buscando aire de vida y de salud para su corazon que se ahogaba, segun lo demostró el hondo suspiro que lanzó al fin su oprimido pecho...
Y entónces fué cuando el desgraciado vió relucir en el balcon de enfrente la impertérrita figura de Soledad...
¡Era ella!... No cabia duda... ¡Era su cara de ángel!... ¡Eran sus ojos, que no le miraban á él, pero que seguian iluminando y embelleciendo el mundo!...—«¡Soledad!»... estuvo para gritar el infeliz, loco de dicha, en el primer arrebato de su pasion...
Pero ¡ay! no... ¡no era ella! ¡No era Soledad!—¡Era la mujer de otro hombre, la mujer de un desconocido, llamado Antonio Arregui!... ¡Era la impura renegada del amor! ¡Era la sacrílega que habia escupido en mitad del corazon al más fino y consecuente amante! ¡Era la traidora que le habia dado muerte por la espalda, en la ausencia, sobre seguro, cuando más confiado y tranquilo batallaba en remotos climas por obtenerla, por llamarla su esposa, por alcanzar la dicha de ser su esclavo! ¡Era el execrable demonio de su vida! ¡Era la envenenadora de su alma!
Esto decia el rostro de Manuel... Esto decia su corazon, asomándose á los espantados ojos, para ver si efectivamente Soledad se atrevia á estar en aquel balcon, vestida de gala, tomando parte en una fiesta, mostrándose á la luz del sol, despues de lo que habia hecho...
Y lo veia, y no podia explicárselo...—Y el creciente furor de su nunca domada soberbia iba rayando en verdadera locura...
¿Cómo no temblaba la inicua? ¿Ignoraba que habia llegado su juez? ¿No se lo habia dicho su madre? ¿No sabía que él estaba allí, enfrente de ella, esperando al imbécil que se creia su esposo, para coserlo á puñaladas delante de todo el pueblo? ¿No sabía que ella misma, su antigua reina y señora; ella, que no se dignaba mirarle, y parecia desafiarlo con su tranquilidad é indiferencia; ella, que lo seguia insultando con aquella mundana mantilla blanca y con aquella vil hermosura entregada á otro, se hallaba tambien en el caso de temblar por su propia vida?...
Ni ¿á qué tardar?—¡Un salto bastaba para encaramarse al balcon!... ¡El puñal vibraba sediento de sangre á cada latido de su pecho!... Ya lo habia apretado varias veces con el brazo contra su corazon, como á un fiel amigo...—Además, «Antonio» (¡que era como le llamaria la pérfida!) estaba ausente... habia huido...—Todos acababan de asegurárselo...—Por lo tanto, no era ocasion de pensar en matarlo á él...—¡En quien habia que pensar por de pronto era en ella, en la sierpe que seguia azotándole el alma; en aquella insolente y contumaz pecadora, tan solazada y divertida en ver avanzar la Procesion, que no se curaba de los oportunos ruegos de su madre ni de las señas con que el mismo público empezaba ya á decirle que corria peligro, que se retirase de la ventana, que Manuel iba á acometerle de un momento á otro!...—Y tambien habia que pensar en aquel obsequioso público, pendiente de las acciones de él; en aquel amable gentío que no dejaba de mirarlo con anticipado asombro; en aquellas tres mil personas esperanzadas en algo extraordinario, digno del hijo de D. Rodrigo Venegas, propio del antiguo Niño de la Bola, adecuado á sus amenazas de otro tiempo, en consonancia con la general inquietud que hacía veinticuatro horas reinaba en la poblacion...—¡No más vacilaciones! ¡La fatalidad lo habia escrito! ¡Manuel Venegas tenía que matar á la Dolorosa!
Pero la Procesion habia avanzado miéntras tanto, y ya desfilaba entre Soledad y Manuel, incomunicándolos en cierto modo...
Tuvo, pues, el jóven que contenerse, sin que por ello cesara su furia...
Y, de esta manera, vió pasar ante sí, como fantásticas visiones que se mofaban de su amoroso delirio, los históricos estandartes del tiempo de la Conquista, los ciriales de la Parroquia, los muñidores con sus pértigas de metal, las devotas que cumplian promesa yendo descalzas, los labriegos con sus capas de paño de Ohanes, los cofrades con sus escapularios y veneras, los Nacionales con sus morriones colgados á la espalda, los músicos con sus piporros ó bajones, los chantres con sus papeles de música, los acólitos con sus incensarios...—El Niño de la Bola, el Niño Jesus, el Niño del Dulce Nombre debia de hallarse muy cerca...; tan cerca, que ya sonaban las argentinas campanillas de sus andas; ya fulguraban sus cien luces; ya se respiraba el aroma de los pebeteros.
Manuel no habia mirado todavía á la linda Efigie que tanto amara en su niñez y en su adolescencia... En cambio, Soledad no apartaba de ella la vista, pensando sin duda en que, durante muchos años, aquel trono de flores, de frutos y de blancas palomas vivas, en que iba de pié el lujoso Niño, debióse á la diligente devocion del hombre que tanto la habia amado, que tanto la amaba, que tan infeliz era en aquel instante...—Ello es que, con gran asombro de todo el mundo, la hija de D. Elías empezó á desconcertarse, á conmoverse, á aturdirse, y que un ligero temblor agitaba sus ojos y sus entreabiertos labios, cual si estuviese á punto de llorar...—¡Entónces sí que todos la hallaron hermosa! ¡Entónces sí que parecia una Vírgen de los Dolores!
La emocion general era tambien extraordinaria... El público llegaba á uno de sus grandes y fugitivos momentos de inspiracion...—Debiérase á la Providencia ó al acaso, concurria allí tal cúmulo de circunstancias patéticas, que el gran poeta y artista llamado Pueblo habia recobrado su majestad, mostrábase digno de su nombre, comenzaba á sentir noble y piadosamente.
Pasaron al fin las andas entre Soledad y Manuel...; y, como ella las iba siguiendo con la vista, y él no separaba la suya del semblante de la beldad, aconteció que sus miradas se encontraron; que la una quedó como enredada y presa en la otra; que se estableció entre ambas una corriente invencible, y que el presunto matador y la presunta víctima no pudieron ya dejar de contemplarse desatinadamente...
Y entónces vió Manuel á un mismo tiempo, amalgamadas y confundidas, la imágen del Niño Jesus, de su ídolo de tantos años, y la imágen de su otro ídolo caido, de la atribulada Dolorosa, que habia comenzado á llorar desconsoladamente y que lo miraba al traves de un rio de lágrimas...
¡Llorar ella! Era cosa que jamás se habia visto y que nunca se hubiera creido.—«¡Llorar ella!» se decia asombrado el público...—¡Llorar ella! clamaban las entrañas del fanático amante, del noble y sensible Venegas, del hombre tierno y generoso que sólo era fuerte contra el obstáculo, que sólo era duro contra la rebeldía...—¡Llorar su adorada! ¡llorar por él! ¡llorar en presencia de tantas gentes! ¡llorar, aunque sólo fuese de miedo! ¡llorar... acaso de cariño y pena, al verse ligada á otro hombre y aborrecida por el que siempre fué dueño de su alma! ¡Llorar su querida, estando él en el mundo!
Un alarido de infinito amor, de piedad inmensa, brotó del corazon del hijo de D. Rodrigo, y abalanzóse hácia el balcon, sin saber lo que hacía, como para consolarla, como para que lo perdonase, como para defenderla contra sí mismo, como para arrebatársela al usurpador, llamado esposo, que daba orígen á aquellas lágrimas...
Pero este cambio habia sido tan repentino, que la Procesion se interponia aún entre los dos jóvenes...—Ya habian pasado las andas... Mas en aquel momento pasaba el palio...
Debajo del palio penetró, pues, el mísero, al dejarse llevar de aquel amoroso, irresistible impulso...
—¡Que la mata!—habian clamado entretanto mil personas, creyendo que el furor y la muerte iban con Manuel...
Y Manuel, que oyera este horrible grito, ya calumnioso; Manuel, que no quiso dejar ni un instante al público en aquel bárbaro error; Manuel, que vió todavía arrodillada mucha gente ante la santa Efigie, arrodillóse tambien de pronto, en medio de su veloz carrera, fingiendo, con la rapidez y la astucia propia de los dementes, un tardío homenaje al Niño de la Bola.
Quedó, por lo tanto, guarecido bajo el sagrado toldo aquel pobre frenético, que á todos les pareció un pecador arrepentido...—Así lo decia el ufano semblante de los portadores del palio... Así lo decia la emocion religiosa del concurso...—Y, como á todo esto la Procesion se habia parado, contenida y revuelta por tan dramáticos accidentes, hubo tiempo de que la multitud, en renovadas olas, acudiese á contemplar el maravilloso espectáculo de aquel hombre salvaje y feroz, de aquel que poco ántes fué calificado de asesino, de aquel furioso que traia asustada desde la víspera á toda la ciudad, postrado debajo de las andas del Niño Jesus, humillada la frente, oculta la faz entre las manos, en la actitud de la más humilde penitencia...
En poco estuvo, sin embargo, que se desvaneciera la ilusion del público y se conociese que Manuel no era en aquel instante un pecador contrito, ni mucho ménos...—Lo decimos, porque entónces ocurrió que la madre de la Dolorosa y la dueña de la casa trataron de quitar del balcon á la angustiada jóven, próxima á perder el conocimiento, visto lo cual por Manuel (desde el suelo en que mañosamente estaba acechando la ocasion de proseguir su amoroso avance), sintió un nuevo vértigo de furor y de locura; irguióse, no del todo y con mucha cautela, y deslizó un pié en aquella direccion, como el tigre adelanta las manos para dar el salto...
—¡Detenedlo! ¡detenedlo!—exclamaron los que estaban más próximos, haciéndose hácia atras.
Manuel arrojó á los que tal decian una mirada y una sonrisa espantosas, y, sin acabar de erguirse, y volviendo la cara á un lado y otro, como para impedir que lo detuviesen, avanzó resueltamente hácia el balcon...
Pero entónces oyó tronar sobre su cabeza una voz terrible que le decia con indignado acento:
—¿Á dónde vas, desagradecido? ¿Por qué no quieres verme? ¿Qué daño te he hecho yo con amarte?
Y al mismo tiempo vió que una especie de montaña de oro le cerraba el camino, interponiéndose entre él y la casa que iba á asaltar.
Era el corpulento D. Trinidad Muley, el Cura de Santa María, el Preste de la Procesion, revestido con capa pluvial de tisú de oro y plata, hecha como de molde para lucir sobre su ámplia y majestuosa figura.
Manuel, en medio de su delirio, lanzó un sollozo de amor y melancolía al encontrarse cara á cara con el digno sacerdote, con su antiguo protector, con su segundo padre, con el sér á quien más debia en el mundo, y le besó las manos y el rostro entre las exclamaciones de entusiasmo y tiernas lágrimas del gentío.
—¡Déjame! ¡Aparta! (decia entre tanto el experto D. Trinidad.) ¡La Procesion no puede detenerse!—¡Te repito que eres un ingrato! ¡Cerrarme la puerta de tu casa! ¡Desairarme delante de todo el pueblo!
Á todo esto Soledad habia desaparecido.
—¡Perdon, señor Cura!—balbuceó Manuel, avergonzado de haber ofendido á su bienhechor.
—¡Déjame! ¡no quiero verte!—replicó D. Trinidad, fingiéndose cada vez más furioso.
—No me rechace usted, señor Cura... (insistió el jóven.) ¡Piense usted que soy muy desgraciado! ¡No aumente mi desesperacion con sus desprecios!
—Pues entónces... ¡agárrate, y sígueme! (contestó su antiguo padrino.)—Pero cállate ahora... Aquí no se puede hablar...—¡Señores! ¡adelante con la Procesion!
Y, al decir esto, el Párroco alargaba á Manuel un pico de su capa pluvial, de cuya fimbria se cogió maquinalmente aquel pobre enfermo tan necesitado de verdadero cariño.
Y la Procesion se puso en marcha; y, en pos de ella, D. Trinidad Muley, cantando estentóreamente y mirando de reojo á Manuel para que no se soltase; y, en pos de D. Trinidad, el terrible jóven, asido á la sacra vestidura; y, en pos de la rescatada oveja (frase de D. Trajano), un gentío inmenso que gritaba:
—¡Viva el Niño Jesus!
—¿Qué diablos es eso?—preguntaban en tanto muchas personas desde los balcones más distantes.
—¿Qué ha de ser? (respondian desde la calle algunas voces.)—¡Que Manuel Venegas iba á matar á la Dolorosa, cuando de pronto ha caido de rodillas debajo de las andas del Niño Jesus, y luégo ha echado á andar detras de la Procesion!...—¡Mírenlo ustedes! ¡Allí va..., cogido de la capa de oro de don Trinidad Muley!
—¡Mentira! ¡no ha pasado así! (exclamaban los discípulos de Vitriolo y los catecúmenos que ya tenian en aquel barrio.) Lo que ha sucedido es que la Dolorosa se ha echado á llorar al ver á su antiguo adorador; que el Padre Cura ha dicho á éste cuatro frescas, por no haberle querido recibir hoy, y que, de resultas de lo uno y de lo otro, nuestro perdona-vidas se ha ido detras de su antiguo amo, como un doctrino, como un borrego, como el último acólito de la Parroquia...—¡Estos son los valientes! ¡Mucho ruido, y luégo... la nada entre dos platos!
—¡Conque ha llorado la Dolorosa! (decia la parte neutra del Coro:) ¡Mala señal para Antonio Arregui!—Los primeros amores son los que privan.—¡Vereis cómo todo esto concluye por donde debió empezar: por entenderse los dos enamorados y por irse Antonio Arregui á la Rioja!—¡Lástima de Fábrica! ¡Hacía un paño tan bueno y tan barato!
En tal momento, es decir, cuando la Procesion estaba ya en la calle de Santa Luparia, y Soledad y su madre se habian marchado por excusadas callejuelas, y todo parecia terminado por aquella tarde, notóse gran agitacion en lo hondo de la calle de Santa María.
—¡Antonio Arregui ha llegado! ¡Antonio Arregui viene! ¡Antonio Arregui está ahí...!—Miradlo... ¡Aquél es! Y ¡qué cara trae!—decian en voz más ó ménos baja muchas personas, señalando á un hombre de buena presencia, que avanzaba muy de prisa por en medio de la calle, con la faz descompuesta por la indignacion, seguido de algunos pilluelos, y fijos los ojos en la casa donde Soledad y la señá María Josefa habian pasado la tarde.
Y entónces fué de ver la maestría con que el público se reparte los papeles y funciona en tales casos sin prévio acuerdo.—Miéntras que unos paraban al furioso riojano y le referian exactísimamente todo lo ocurrido, advirtiéndole que su mujer y su madre política se habian marchado ilesas, y rogándole con cierta sorna que fuera prudente y se encerrase en su casa..., otros echaban calle arriba, á fin de alcanzar á Manuel Venegas y ponerle al tanto de la novedad, con ánimo, sin duda, de acabar tambien pidiéndole que se dejase de trapisondas y evitara un desagradable encuentro con el irritadísimo esposo de su adorada prenda...
Dichosamente, no faltó un alma caritativa mejor aconsejada, que corriera más que estos últimos y dijese oportunamente cuatro palabras al oido á don Trinidad Muley.
—¡Corred, muchachos! (gritó entónces el Cura á los portadores de las andas.) ¡Vamos, vamos! que está oscureciendo...—¡Más de prisa aún, perezosos!—¡Basta por hoy de Procesion!—¡Y tú, Manuel mio, no te sueltes!...—¡Este diantre de capa pesa mil arrobas, y tú estás ayudándome á llevarla!
Tomó, pues, la Procesion un paso como de fuga. Los de las andas, arengados incesantemente por D. Trinidad, atropellaban por todo, sin respeto alguno al órden de la comitiva; los del palio corrian detras de las andas, midiendo el suelo con las varas á grandes trancos, y sacerdotes, seises, bajonistas, cofrades, público y escolta formaban un barullo indescriptible.
—Pero ¿qué ocurre?—preguntaban los muñidores, esgrimiendo sus pértigas...
—¡Nada! ¡nada! ¡Adelante!—respondia D. Trinidad Muley, echando los bofes.
Y, no muy seguro aún de que bastase á su propósito aquella gloriosa huida, llamó al septuagenario Capitan, que marchaba detras de él representando al Ejército; le refirió al oido lo que pasaba en la otra calle, y terminó diciéndole á media voz:
—¡En último extremo, tire usted de la espada!... Pero no pegue usted más que de plano.
Por fortuna, Manuel iba tan ensimismado y abatido, que no reparaba en ninguna de aquellas cosas y se dejaba llevar por el Padre de almas como un ciego por el que ve.
—¿Saben ustedes la novedad?—exclamó en esto un discípulo de Vitriolo, que llegaba á escape en aquel momento y habia conseguido acercarse á Manuel Venegas.
—¡Calla, ó te estrangulo!—rugió sordamente el Capitan, echándole mano al pescuezo y arrojándolo de aquel sitio.
Y, pretextando luégo que no podia andar tan de prisa, se cogió del brazo izquierdo de Manuel, sin perder de vista al feroz discípulo de Vitriolo.
Quedó, pues, nuestro héroe incomunicado con el público; y, de este modo, llevado á remolque por el virtuosísimo Cura y remolcando él al honradísimo Capitan, penetró al fin en la Capilla de Santa Luparia, donde, por pronta providencia, lo encerró D. Trinidad Muley con llave y cerrojo en un reducido despacho dependiente de la Sacristía...
Hízolo á tiempo.—Un minuto despues llegaba Antonio Arregui, seguido de muchas personas, al pórtico de la Capilla, en demanda de Manuel Venegas...
Pero se encontró con el revestido sacerdote, que ya aguardaba descuidado, y que le dijo majestuosamente:
—¡Alto, Sr. D. Antonio!—¡Mi hijo está en sagrado!...—Usted acaba de hacer, con venir aquí, todo lo que cumple á un hombre de honor y vergüenza.—Márchese tranquilo á su casa, adonde yo iré á buscarle mañana, si Dios quiere.
Y, volviéndose luégo á la multitud, añadió con destemplado acento:
—Ustedes... ¡á sus negocios! ¡á cuidar de sus hijos, que harto lo necesitan; y dejen en paz á los desgraciados!
Antonio Arregui besó la mano al Cura sin contestar palabra, y se marchó tranquilamente.
Los grupos se retiraron tambien poco á poco, elogiando en voz alta á D. Trinidad Muley y pensando al propio tiempo en el Baile de Rifa de la siguiente tarde, como el jugador que ha perdido piensa en el desquite.
Y pronto no quedó más que el recuerdo de la inolvidable Procesion de aquel dia, como del fulgente sol que habia iluminado las engalanadas y ya entenebrecidas calles sólo quedaba un vago crepúsculo en los remotos celajes de Poniente.