IV.

LOS NIÑOS Y LOS VIEJOS.

Poquísimas personas encontraron en las calles D. Trinidad y Manuel al trasladarse de una casa á otra, y todas ellas se arrimaron á las paredes, con no ménos susto que respeto, para dejar pasar á aquellos dos maravillosos personajes de que tanto se estaba hablando en toda la Ciudad.

No sucedió, empero, lo mismo cuando, llegados á la Plaza Mayor, tuvieron que cruzar por delante de la célebre botica...

Hallábase ésta á medio cerrar, y en la media puerta que aún dejaba paso á la luz de adentro veíase á Vitriolo, que despedia á sus últimos tertulios, dándoles tal vez instrucciones para el dia siguiente.

Tan luégo como divisaron y reconocieron á la claridad de la luna el interesante grupo que formaban el Cura y Manuel, comenzaron á reir y murmurar en voz baja, y áun los más jóvenes se atrevieron á seguirlos y á pasar casi rozando con ellos, á ver si les cogian alguna frase.

Quedó, sin embargo, defraudada su curiosidad; pues el párroco y su antiguo huésped no hablaron ni una palabra,—como tampoco la habian hablado en todo el camino;—y de este modo penetraron al fin en la antigua casa del Chantre.

Profusamente alumbrada la tenía tambien esta noche la etiquetera Basilia, así como abierta de par en par y con toda la servidumbre en ejercicio, á fin de recibir al señor con los honores debidos á sus grandes riquezas y á la sangre real mahometana de que procedia.

El arriero malagueño (alojado allí con sus tres mulas, y resuelto á no marcharse de la Ciudad hasta despues de la Rifa que tanto le elogiara el mismo Venegas la tarde anterior) hallábase en el patio, haciendo de portero, y saludó con una profunda reverencia al extraordinario personaje con quien habia andado tres largas jornadas sin imaginar que llevaba consigo al terror y asombro de las gentes.

Al pié de la escalera estaba la pérfida Volanta, que no sólo era amiga de Vitriolo y paniaguada de Soledad y de la señá María Josefa, sino tambien duende familiar de Polonia y Basilia; lo cual quiere decir que discurria libremente y con salvoconducto por todos los campamentos, como los traidores y los espías.—D. Trinidad, hombre de clarísimo instinto, la miró con enojo; pero ella le besó la mano, y corrió á ocultarse en las tinieblas, como una garduña en su escondrijo.

Por último: en la primera meseta estaba la ceremoniosa ama de llaves, quien, despues de hacer al hijo de D. Rodrigo los tres saludos de ordenanza, á estilo del reinado de D. Cárlos III, en que empezó á servir, dijo respetuosamente:

—Permítame el señor darle la enhorabuena...—¡En la sala tiene una gran visita aguardándole!

—¿Qué dice esta mujer? (preguntó ágriamente el jóven á D. Trinidad.) Yo no quiero visitas..., á no ser la de D. Antonio Arregui ó la de sus padrinos.

—¡Sube! ¡sube! (contestó D. Trinidad, sonriéndose.) No negaré que el que está en la sala ha venido como padrino; ¡pero es como padrino tuyo!...—¡Ya verás, hombre; ya verás!

Manuel no pudo ménos de apresurar el paso al oir aquellas misteriosas expresiones, con lo que muy luégo penetró en la sala, seguido á duras penas por D. Trinidad Muley.

Un grito de asombro, de dolor y de cólera salió del pecho del infortunado jóven, al ver quién era la anunciada visita... Y un profundo sollozo de pavor y desesperacion lanzó el alma del digno Sacerdote, al observar la actitud airada, irreverente, impía de su antiguo ahijado en caso tan excepcional y solemne...

¡Porque la visita era el Niño Jesus ó Niño de la Bola de la Iglesia de Santa María, el mismo que el jóven adorara tantos años, el mismo que aquella tarde habia salido en Procesion!

¡Allí estaba, en sus andas de plata y oro, sobre un altar improvisado en el testero principal del aposento, vestido de riquísimo tisú, alumbrado por muchas velas, y guarnecido de hermosos ramos de flores naturales!—Servíale de dosel el estandarte de la Hermandad, colgado del techo, y, por último, en medio de la sala, sobre un velador, veíase en una bandeja un papel arrollado á modo de diploma, atado con cintas de colores.

—¿Qué es esto?—¿Quién ha preparado tan irrisoria escena? (preguntó al fin Manuel, encarándose con D. Trinidad.)—¿Se cree que todavía soy un niño? ¿Se cree que todavía soy un imbécil?

El dignísimo Padre de almas estaba desolado. Halló, sin embargo, fuerza bastante para dominar su congoja, y, despues de cerrar la puerta de la sala, dijo al blasfemo con la austera frialdad de un juez:

—Esto no tiene nada de nuevo ni de extraordinario: esto significa que la Cofradía del Niño Jesus, de que eres individuo, te ha nombrado su Mayordomo para el año que viene, y que, siguiendo la antigua costumbre, que tú conoces mejor que nadie, te envia la Santa Efigie, á fin de que more un dia en tu casa y le regales lo que sea tu voluntad, á título de Hermano Mayor; regalo que lucirá mañana á la tarde en el Baile de Rifa.—Pero, áun suponiendo que nada de esto fuera así, ¿cómo no te engríes de ver en tu casa al Niño Jesus, al Hijo de Dios vivo? ¿Cómo no doblas la rodilla y le das las gracias por la altísima honra que te dispensa? ¿Acaso no eres tú su adorador más fervoroso, su más humilde siervo, su devoto más entusiasta?

—No, señor.—respondió Manuel lúgubremente.

—¡Ah infame!—¡Y me lo dices á mí! (prorumpió D. Trinidad con una furia tan grande como su pena.) ¡Y me lo dices delante de Él!

Manuel se cruzó de brazos y no contestó.

—¡Conque es eso lo que has aprendido en tus viajes! (prosiguió el Sacerdote, poniéndole las manos sobre los hombros.) ¡Conque es eso lo que has adelantado al adquirir tantas riquezas!—¡Y querias dejármelas á mí! ¡Y querias que yo las repartiera entre los pobres!...—¡Ni los pobres ni yo queremos nada de un judío!

—Señor Cura... (balbuceó Manuel.) Baje usted la voz...—Yo no soy judío, moro, ni cristiano.

—Pues ¿qué eres, hombre inicuo?

—Yo no soy nada...—repuso el jóven, cerrando los ojos y encogiendo los hombros como quien declara un delito de que no se cree responsable.

—¡Jesus! ¡Jesus!—gritó el Cura con indecible espanto.

Y, alejándose del que tal ofensa le habia hecho, sentóse de medio lado en una silla, dándole la espalda, y comenzó á llorar desconsoladamente.

Manuel añadió con grave acento.

—No he debido ocultarle á usted la verdad. Por eso acaba de oirme decir lo que hasta ahora no habia dicho á nadie.—Yo no hago ostentacion de esta desgracia mia, que debo á crueles enseñanzas del mundo, á lo que he visto en pueblos de diferentes religiones, á lo que he leido en obras que no debieron escribirse...—Respeto mucho, sin embargo, las creencias de los demas, y usted comprende que hubiera sido escarnecerlas aceptar hipócritamente el cargo de Mayordomo de esta Imágen, cuando mi corazon no le rinde ya más culto que el que solemos tributar á los muertos queridos.

—¡Y yo he criado á este hombre! (gimió D. Trinidad con mayor desconsuelo:) ¡Yo lo he llamado mi hijo! ¡Yo lo queria con toda mi alma!—¡Ahora me explico que esta noche haya despreciado todos mis consejos! ¡Ahora conozco que no hay remedio para él! ¿Quién gobierna un barco sin timon? ¿Quién dirige un caballo sin bridas?—¡Estoy vencido! ¡Su perdicion es segura! ¡Ya vivirá á merced del viento de sus pasiones! ¡Ya será del último que llegue! ¡Satanás ha triunfado!—¡Niño Jesus! Oye la súplica de este tu humilde siervo: ¡yo quiero morirme! ¡yo no quiero vivir más en un mundo tan execrable! ¡mátame por favor! ¡llévame contigo! ¡tu Madre Santísima cuidará de Polonia, como Polonia ha cuidado de mí durante cuarenta y ocho años!—¡Qué diferencia entre unos séres y otros!... Ella me crió de limosna, al ver que mi pobre madre estaba enferma y no podia costearme ama... Ella me dió luégo pan, cuando en mi casa no habia bastante para todos... Ella me colocó de aprendiz en la alfarería... Ella me ha asistido de balde, por caridad, desde que mi madre murió y me quedé solo... Ella, en suma, ¡ha sido para mí lo que yo para este desalmado!...—¡Niño Jesus! ¡Vírgen Purísima! ¡Disponed como querais de dos pobres viejos, que nunca han renegado de vosotros; y, si algo bueno hemos hecho en este mundo, sirva de merecimiento para que toqueis al corazon del infortunado Manuel Venegas!

Á fuer de historiadores veraces, debemos decir que esta humilde y mal perjeñada deprecacion conmovió profundamente al jóven descreido, no porque le dijese nada extraordinario, sino porque las piadosas lágrimas de los buenos tienen más fuerza que todos los raciocinios de la filosofía, máxime si caen en un corazon sensible y generoso.—Si don Trinidad hubiese empleado argumentos teológicos, Manuel habria podido contestarle con argumentos racionalistas, como diariamente vemos en el mundo; pero contra el panegírico de Polonia, vg., no cabia ninguna objecion.

Así fué que Manuel se arrimó á su padrino, y le dijo, quitándole las manos de la cara y limpiándole los ojos con el pañuelo.

—¡Vaya, señor Cura! ¡no llore usted más, que sus lágrimas me están asesinando! ¡Considere usted que llevo muchas horas de defenderme de su cariño, de su irresistible bondad, de la dulce miel de su palabra, y que fuera abusar demasiado del amor y del respeto que le tengo, seguir acometiéndome de este modo!

Don Trinidad se apoderó de la mano con que el jóven le enjugaba las lágrimas, y, contemplándolo, entre lloroso y risueño, como un niño mimado, exclamó zalameramente:

—Pero, ¡hombre! Míralo siquiera... ¡No lo desaires hasta el punto de volverle la espalda!... ¡Piensa que es mi Dios, el Dios de tus padres, el Dios de tu patria, que ha venido á hacerte una visita! ¡Piensa que estará muy afligido de tus desprecios!...

Manuel, en quien, por lo visto, la supersticion habia sobrevivido á la fe (suponiendo que verdadera fe hubiese tenido nunca), intentó volver la cabeza hácia el Niño Jesus, y no se atrevió á ello. Ántes dió un retemblido de pavor y bajó los ojos al suelo...

Pero estaba escrito que aquel dia ocurriesen singularísimas coincidencias...—Decímoslo, porque Manuel y el Cura oyeron en tal instante, dentro de aquella misma habitacion, los tiernos sollozos de un niño...

Manuel miró aterrado á D. Trinidad, creyendo que quien lloraba era el Niño Jesus...

Don Trinidad sonrió tristemente, y señalóle con el dedo la puerta de la sala, que acababa de abrirse, y en la cual estaba parada la señá María Josefa, con un hermoso niño en los brazos, y sin atreverse á pasar adelante...

—No sueñes con milagros, ni verdaderos ni fingidos... (dijo al mismo tiempo el Cura á Manuel.) Aquí no hay más milagro que el que tu buen corazon haga...—¡Tienes en tu presencia al hijo de Soledad, que viene á pedirte perdon para sus padres!

—¡Su hijo! (rugió Manuel, huyendo al fondo de la vasta sala.) ¡Esto más! ¡Ah, verdugos! ¡Os habeis propuesto matarme! ¡Os habeis propuesto volverme loco!

Y, hablando así, golpeaba la pared con los puños cerrados, como si quisiera hundirla y escapar de aquella gran emboscada en que habia caido su corazon.

—¡Manuel, repórtate! (dijo D. Trinidad, acercándosele dulcemente.) Yo no soy tu verdugo... ¡Tú eres el mio y el de esa pobre familia que te pide misericordia!...

—¡Que se lleven á ese vil enjendro de la traicion y la mentira!—gritó el insensato, sin volverse, ni apartarse de la pared.

El niño tornó á llorar.

—¡Grande hazaña! (exclamó D. Trinidad Muley.) ¡Injuriar á un pobre niño!... ¡Asustarlo!... ¡Despedirlo!

—¡No quiero verlo! (bramó el jóven.)—¡Si lo viera, lo mataria!

—Poco te falta para matarlo... ¡Ya le has hecho ponerse enfermo! (dijo tristemente la abuela.) Su madre le ha dado á mamar veneno desde que supo que venías; y esta noche me lo llevo á mi casa, dolorido y hambriento, ¡como si él tuviera la culpa de que tú no fueras dichoso!...

—Pero ¿por qué no viene su padre en lugar de él? (replicó Venegas con desesperacion.) ¿Por qué no viene el cobarde que me hurtó la dicha? ¿Por qué huye? ¿Por qué se esconde?

D. Trinidad hizo una seña á la señá María para que callara, y apresuróse á responder por sí mismo en estos términos:

—Supongamos que ese hombre de bien te teme... ¿No le sobra razon para ello? ¿Ha de ser todo el mundo tan sanguinario como tú? ¿No hay más que matarse con el primer desesperado que nos provoca?—Porque, Manuel... (¡Vamos claros!) ¿qué derecho tienes tú sobre Soledad? ¿Qué palabra te empeñó nunca? ¿Qué puedes esperar hoy de ella? ¿La crees tan indigna que por tí se deshonre y deshonre á su marido?

—¡Soledad es mia! ¡Soledad me ama!—exclamó Venegas fanáticamente, volviéndose hácia sus interlocutores en ademan de desafío.

—Contéstele usted, señora...—dijo D. Trinidad á la señá María Josefa.

—Manuel... (pronunció la madre, ocultando á su nieto miéntras hablaba:) Mi hija te ha querido... Pero es una mujer de bien; y, habiéndose casado con otro hombre, nada puedes ni debes esperar de ella...

—¡Mentira! ¡Soledad no está casada! (gritó Manuel con desesperacion.)—¡Su casamiento es nulo! ¡Soledad no ha dejado nunca de quererme! ¡Yo la conozco desde que era niña! ¡Yo sé lo que me decian esta tarde sus divinas lágrimas!

—Te equivocas, Manuel... (prosiguió la madre:) Soledad es incapaz de faltar á sus deberes de esposa...—Tu presencia en este pueblo sólo puede dar lugar á desventuras para todos, y de manera alguna á felicidades para tí ni para ella...—El único bien que puedes hacer á mi hija (y que le harás, supuesto que tanto la quieres), es ausentarte, dejarla en paz, no ser la perdicion de su casa... ¡Y eso venimos á pedirte este angelico y yo! ¡eso te suplicamos rendidamente!

—¡Que venga á decírmelo ella! (replicó Manuel con indescriptible amargura:)—¡Verán ustedes cómo no se atreve á pedirme que me vaya!—¡Yo la conozco! ¡Su corazon es mio!... ¡nada más que mio! ¡mio desde la edad de ocho años!

—¡Esas son locuras, Manuel! (replicó la señá María.) ¿Cómo ha de venir á verte una mujer casada?—Pero ¡harto claro te decia esta tarde con lágrimas su deseo de que te marches, de que la perdones, de que nos perdones á todos!...—Soledad no lloraba por lo que tú te figuras...—Soledad lloraba de miedo... como llora este pobre niño...

—¡De miedo! (repuso el jóven en són de burla:) Esa es otra mentira...—Soledad no me teme..., ¡y hace bien! ¡Soledad me conoce!—El miedo lo tiene su cobarde tirano... El miedo lo tiene usted, que no estorbó su casamiento... El miedo lo tiene ese que no debe llamarse hijo de Soledad, supuesto que no es hijo mio...—¡Y los tres haceis muy bien en temblar!—¡Ah! ¡Mi primera idea es la segura!... La muerte de Antonio Arregui lo resuelve todo.—¡Usted se quedará con ese expósito, hijo del crímen, y yo me marcharé con mi adorada!...—¡Mataré, pues, á Antonio! ¡Lo mataré, aunque sea en medio de la Iglesia! ¡Lo mataré, aunque se oponga el mundo entero!

—¡Cómo se entiende! (prorumpió al fin D. Trinidad, lleno de indignacion y de ira:) ¡Eso es ya insultarme en mi propia cara! ¡No te abofeteo ahora mismo, porque está delante el Niño Jesus! Pero me marcho... Te desprecio... ¡te abandono!—¡Buen recibimiento me has hecho en tu casa, la primera vez que he venido á ella!

—Manuel... ¡te lo pido de rodillas! (decia al mismo tiempo la anciana, postrándose á los piés del hijo de D. Rodrigo.) ¡Te lo pide una madre, por la memoria de la que te llevó en sus entrañas! ¡Márchate del pueblo! ¡Ten compasion de este inocente!—Y, si es que has de dejarlo huérfano, ¡mátalo ahora mismo!... ¡Yo te lo entrego!... ¡Aquí lo tienes!

Y, así hablando, ponia el niño á las plantas del jóven, con aquella inspirada temeridad que sólo cabe en almas femeniles y en corazones maternales.

—¡Vámonos, señora! ¡Dejemos á este monstruo! (añadia por su parte D. Trinidad.) Acudiremos á la Justicia... ¡Yo mismo haré que lo aprisionen!...—¡Adios, hijo indigno de D. Rodrigo Venegas! ¡Me voy, porque tus faltas de respeto me arrojan de tu casa! ¡Me voy, porque te creo capaz de ponerme la mano encima, si yo te castigara como mereces!—¡Adios! nuestras relaciones han terminado... ¡Me arrepiento de haberte conocido!

—Manuel... ¡no lo oigas!... ¡óyeme á mí! (proseguia diciendo la madre de Soledad, arrastrándose á los piés del jóven, el cual estaba como petrificado, con los cabellos de punta, y con los cerrados puños sobre la frente.)—¡No lo creas, Manuel! ¡Don Trinidad te quiere más que á su vida! ¡Es tu segundo padre!—Y yo te quiero tambien...; y tambien te quiere este niño...—¡Mira!... ¡Mira cómo te sonrie!

—¡Basta! (gritó al fin Manuel con desgarrador acento, abriendo los brazos y tirando la cabeza atras.) ¡Basta, crueles sayones, encargados de martirizarme! ¡Dejadme ya!... ¡Idos!... ¡Salid!—¡Os lo mando... os lo aconsejo... os lo suplico!—¡Dejadme solo, si no quereis que con vuestra sangre y la mia se forme un lago en este aposento!—¡Quitadme de delante al hijo del cobarde ladron que me ha robado la felicidad!...—Márchese usted, señora... Márchese usted, señor Cura...—¡Conozco que ya no soy dueño de mí mismo!... ¡Conozco que puedo horrorizar al mundo!...

Era tal la voz de Manuel al decir esto, que la señá María Josefa se levantó espantada, con su nieto debajo del brazo, y se deslizó en silencio hasta la puerta, andando hácia atras y sin quitar la vista de aquel pavoroso semblante, más propio de un tigre que de un hombre.

Hasta D. Trinidad tuvo miedo, no por sí, sino por el niño, por la anciana, y por el mismo jóven, que estaba á punto de morir ó de volverse loco, á juzgar por la violenta agitacion de su pecho, por la hinchazon de su frente, por el trastorno de su mirada...; y, conociendo, al propio tiempo, que ya no habia más palabras que decirle, ni fuerzas en el desgraciado para soportarlas, retiróse tambien lentamente, mirándolo con profunda piedad y sin recuerdo siquiera del pasado enojo.

Así salió de la habitacion, cuya puerta dejó entornada...

Manuel quedó solo con el Niño Jesus.