MARCHA TRIUNFAL.
Hacía una mañana hermosísima, sobre todo para aquellos felices mortales que no tuvieran fijos sus ojos en la negrura del revuelto mar de las pasiones, sino que hubiesen preferido salir al campo á espaciar su vista y su alma por el sublime templo de la Naturaleza, por la pintada Tierra, llena de prodigios, por la rutilante bóveda del Cielo, y por el propio cielo de una conciencia suficientemente limpia para poder reflejar las misteriosas visiones de lo Infinito...
No estaban de este humor aquel funesto lúnes, 6 de Abril de 1840, las muchas personas que acudian á la Plaza Mayor de la Ciudad á enterarse de los adelantos que el dolor y la ira habian hecho durante la noche en el corazon de Manuel Venegas y Antonio Arregui. Ni hay que decir que el grupo en que más excitados estaban los ánimos, por cuenta ajena, era el formado, como de costumbre, á la puerta de la Botica, ¡terrible aduana, por donde tenía que pasar el infortunado Niño de la Bola al marcharse del pueblo!
Vitriolo estaba más acerbo y feroz que nunca, sin poder callarse (aunque no dejaban de aconsejárselo sus discípulos), y, si por acaso interrumpia sus discursos, era para decir á los que iban á comprar medicinas:
—«¡No hay de eso!»...—ó—«¡Vuelva usted más tarde!»—ó—«¡Dígale al enfermo que se muera; que esto que le han mandado no sirve para nada!»
Ello es que no se apartaba del mencionado grupo, donde ya habia tronado largamente contra la imbecilidad de Manuel,—«cuya casa, dijo, habia llenado de Santos y de viejas el Cura de Santa María, á fin de separarlo del camino de la decencia y del honor y hacerle faltar á sus famosos juramentos.»
Luégo añadió:
—Segun mis informes, á las tres de la madrugada lo llevaban ya de vencida, y el cuitado estaba rezando el confiteor á los piés del Niño Jesus, despues de haberle regalado una porcion de joyas, á ruegos de D. Trinidad, que es una hormiguita para su Iglesia...—¡Pobre Manuel! ¡Si su animoso padre levantase la cabeza!
El auditorio se miró, como dudando de la congruencia de aquella invocacion, y Vitriolo, que lo advirtiese, dobló la hoja y pasó á otro asunto.
—En cuanto al marido de Soledad (exclamó con enfático tono), ¡hay que reconocer que es un valiente! ¡Ya vieron ustedes lo que hizo ayer! ¡Ir, sin quitarse las espuelas, á la Ermita de Santa Luparia, en busca del célebre maton, á quien D. Trinidad Muley habia escondido en una especie de escaparate!—¡Yo no dudo de que cuando sepa (como ya lo sabrá á estas horas) que su madre política y su hijo han pasado la noche en casa del amante de su mujer, vendrá á pedir satisfaccion á éste y echará por tierra todas las artimañas del fanatismo y la cobardía!
Muchas personas se apartaron muy disgustadas de aquel energúmeno, y fuéronse en busca de otros corrillos donde se comentasen más piadosamente las maravillosas y ya públicas escenas ocurridas aquella noche en la antigua Casa del Chantre... Pero Vitriolo no se desconcertó por ello, sino que se rió de los que le dejaban, y continuó hablando de esta manera:
—¡Por supuesto, que Antonio Arregui irá de todos modos esta tarde á la Rifa, á recoger el guante de su rival!—Así lo juró ayer, cuando se enteró de que el hijo de D. Rodrigo tuvo anteanoche el atrevimiento de ir á llamar á la puerta de su casa, estando él en la Sierra...—¡Lo sé de muy buena tinta!—¡Por consiguiente, si el Niño de la Bola, el de las amenazas de hace ocho años, se marcha del pueblo, sin acudir á la palestra, tanto peor para su honra y fama!—¡Verdad es que puede que todavía ignore nuestro pobre paisano (y se le haria un gran favor en contárselo) que Antonio Arregui fué ayer tarde á buscarle en són de desafío á la Capilla de Santa Luparia!...—¡Honor es de este pueblo que el asunto no se haga tablas de la manera indecorosa que se propone D. Trinidad Muley! ¿Qué dirian los riojanos, si el héroe de la Ciudad huyese de uno de ellos? ¡Dirian que los andaluces no tenemos sangre en las venas!—Y todo ¿por qué? ¡Porque los curas han sorbido los sesos á una especie de salvaje cargado de millones, á fin de sacarle el dinero!—¡Digo á ustedes que me abochorno de tan groseras supercherías!
—¡Y yo me abochorno de que usted vista el uniforme de persona humana! (exclamó el Capitan, que habia llegado momentos ántes.) ¡Usted es un bicho!
Vitriolo se echó á reir.
—¡No se ria usted! (añadió el veterano, temblando de cólera) ¡Mire que hoy vengo resuelto á aplastarlo, si no deja de corromper el aire con sus viles calumnias!
—¡Amenazas y todo! (replicó el boticario despreciativamente.)—¿Lo han comprado tambien á usted? ¿Le ha tocado alguna joya de las regaladas al Niño de madera?—¡Pues me alegraré de que la disfrute!
Y le volvió la espalda, asustado de lo que acababa de decir.
—¡Lo que me ha tocado va usted á verlo ahora mismo! (rugió el Capitan.) ¡Tome usted! ¡en nombre del Ejército!
Y arrimó al insolente materialista un soberano puntapié en la parte más vil de su materia propia.
El pobre ateo se llevó las manos á la parte contusa, y huyó diciendo:
—¡Ah! ¡lo de siempre! ¡el militarismo! ¡el cesarismo! ¡la fuerza bruta! ¡el brazo secular de la tiranía!
—No ha habido tal brazo, mi buen Papaveris... (díjole Paco Antúnez, negándole el auxilio que fué á pedirle.) ¡La caricia ha sido con el pié, y de las buenas!
Y se alejó de él desdeñosamente.
Este lance, que hizo reir mucho á cuantos lo presenciaron, fué como la señal y comienzo de la gran derrota que habia de sufrir Vitriolo aquella mañana á la vista de todos sus discípulos.
Decímoslo, porque en tal momento comenzaron á salir de casa de Manuel las famosas cargas de equipaje, precedidas del arriero de Málaga,—que estaba contentísimo, creyéndose ya, sin duda, camino de las Indias.
La emocion del público, al ver aquella prueba material de que Manuel se iba, de que D. Trinidad habia triunfado, de que la fiera perdonaba..., fué grandísima, al par que noble y jubilosa, con muy escasas excepciones.
—¡Manuel se va! (decian unos.) ¡D. Trinidad no tiene precio! ¡Eso es lo que se llama un buen cristiano!
—¡Manuel se va! (exclamaban otros.) ¡La verdad es que este desenlace tiene algo de prodigio!
—¡Los Venegas fueron siempre así! (expuso el viejo buñolero de la Plaza.) ¡Parece que poseen el don particular de entusiasmar al pueblo!—La mañana de hoy me recuerda aquella otra en que don Rodrigo salvó los papeles de D. Elías del incendio que nadie queria apagar...—¡Todos aplaudimos entónces sin saber por qué..., y ya está pasando ahora lo mismo!...—¡Miren ustedes!—La gente llora...; los chicos bailan de contento...; las mujeres se asoman á los balcones...—Voy á avisar á la mia...
—¡Lástima de dinero, que sale de la Ciudad! (decian al mismo tiempo los de otro corrillo, aludiendo á las tres voluminosas cargas.) ¡Cuidado que ahí caben onzas!
En el ínterin, Vitriolo, olvidado de su percance, como se olvida el General de sus heridas hasta que concluye la batalla, acercábase desesperado y medio convulso al triunfante arriero, y le preguntaba con indecible angustia:
—¿Á qué hora se marcha su amo de usted? ¿Tardará todavía algo? ¿Habrá tiempo de hablarle?
—¡Qué ha de haber, hombre! (respondió el malagueño, con voz descompasada.) ¡Lo que hay en este pueblo es un Cura que vale más que Dios!
Y, quitándose el calañés, y tremolándolo por alto, exclamó en medio de la Plaza, con un fervor y un gracejo indescriptibles:
—¡Caballeros! ¡Viva D. Trinidad Muley!
—¡Viva!—respondieron más de mil voces.
Y tampoco faltó quien convidara, en el acto, á aguardiente y buñuelos al señor Frasquito Cataduras, en pago de «la justicia que acababa de hacer á un hijo de tan calumniada ciudad.»
Desde aquel instante, la batalla estaba completamente perdida para Vitriolo.—Todo el público era del Cura, aplaudia su obra, respiraba la grata atmósfera del bien, daba su sancion á la pacífica retirada de Manuel Venegas.
Y tal fué el momento en que nuestro héroe apareció á caballo en la puerta de la que tan pocas horas habia sido su casa.
Un murmullo de honda conmiseracion lanzó la apiñada muchedumbre.
Manuel avanzaba rígido, cárdeno, silencioso, mirando al cielo, por no mirar al mundo, y acompañado de D. Trinidad Muley, que marchaba á pié, á su derecha, y le dirigia de vez en cuando alguna palabra consoladora.
Era, exactísimamente, el luctuoso cuadro de un reo marchando al patíbulo.
El gentío empezó por saludarlo grupo á grupo, segun que iba pasando por delante de cada uno de ellos; pero al fin acabaron descubriéndose todos de golpe, como cuando se está en presencia de un rey.
Ocurrió entónces un incidente en que repararon muy pocos.—La célebre Volanta trató de acercarse á Manuel Venegas, por el lado opuesto al en que iba D. Trinidad, y áun se vió en sus manos un papel, que pudo suponerse una peticion de limosna.—Pero el Sacerdote, que lo observara, pasóse con rapidez á aquel lado; y miró y habló á la indigna vieja con tal furia, que la hizo huir y esconderse entre la muchedumbre.
Manuel no advirtió nada, sino que prosiguió su marcha triunfal, mudo, inmóvil, indiferente, clavado en el caballo, como el cadáver del Cid, y ganando, como él, aquella batalla póstuma á que no asistia su espíritu.
De este modo pasaba ya por delante de la puerta de la botica, no sin profundo dolor de Vitriolo, que iba á encerrarse en ella con su derrota, cuando notóse gran agitacion al otro lado de la Plaza, y vióse que Antonio Arregui, lívido de furor, corria primero hácia la casa en que Venegas habia vivido, y luégo en seguimiento de él,—indicado que le hubo álguien que aquel jinete era la persona á quien buscaba.
Pero D. Trinidad estaba en todo; y, abandonando á Manuel, voló al encuentro del indignado Arregui, al cual (justo es decirlo) detenian aquella vez muchas personas bien intencionadas, de cuyas manos iba desasiéndose á duras penas.
Pocas palabras le habló D. Trinidad para explicarle satisfactoriamente cómo y por qué su suegra y su hijo habian pasado la noche en casa del indiano, y pocas tambien para convencerle de lo extemporáneo y hasta sacrílego del paso que queria dar, provocando á un hombre arrepentido y valeroso, que huia del combate por creerlo injusto, y se marchaba para siempre de su patria.
Arregui quedó absorto, al hacerse cargo de aquellas inopinadas novedades; y, como tenía mucho y excelente corazon, y D. Trinidad era el grande hombre que ya conocemos, y el mudable público echaba aquel dia todo su peso en el platillo del bien, ocurrió una cosa que de otro modo hubiera sido incomprensible...
Pero digamos qué le habia pasado entre tanto á Manuel Venegas.
Tan luégo como D. Trinidad se apartó de él, corrió á reemplazarle Vitriolo, el cual tuvo la audacia de coger la brida y parar el caballo, miéntras que alargaba la otra mano al Niño de la Bola y le decia á media voz:
—¡Buen viaje, vecino!—¿No queria usted conocer á D. Antonio Arregui?—¡Pues ahí detras lo tiene, luchando con el señor Cura, que no puede ya sujetarlo!
El aborrecido nombre del marido de Soledad despertó á Manuel de su estupor y le hizo oir las demas palabras de Vitriolo.—Volvió, pues, rápidamente el caballo, y preguntó, echando fuego por los ojos:
—¿Cuál? ¿Cuál es?
Y se encontró con D. Trinidad Muley, que tornaba ya en su busca, diciéndole:
—Hijo mio: completa tu obra...—Acuérdate de lo que hemos hablado...—Aquí tienes á D. Antonio Arregui...—Te suplico que le pidas perdon...
Arregui estaba dos ó tres pasos más atras, altivo, digno, dispuesto á todo, bien que no pudiendo ménos de admirar aquella noble, hermosa y dolorida figura, que veia por primera vez, y acaso, acaso compadeciendo tan inmerecido infortunio.
Manuel contempló amargamente al esposo de Soledad, y vaciló algunos instantes entre los dos abismos que volvia á presentarle la desventura.
Reinó, pues, en toda la Plaza un hondo silencio, preñado de horrores.—Los segundos parecian siglos.
—¡Piensa en mí! ¡Piensa en quién eres! ¡Piensa en D. Rodrigo Venegas! ¡Piensa en el Niño Jesus!—murmuró D. Trinidad, levantando hácia el jóven las abiertas manos, en ademan de plegaria.
Manuel tembló de piés á cabeza, como si, al renunciar á su última y suprema arrogancia, renunciase tambien á la vida, y, quitándose respetuosamente el sombrero, saludó al hombre á quien habia jurado matar.
Arregui se descubrió casi al mismo tiempo, respondiendo hidalga y afectuosamente á aquel saludo.
Una salva de aplausos estalló entónces entre el gentío, miéntras que mil y mil voces ensordecian el aire gritando:
—¡Viva Manuel Venegas! ¡Viva Antonio Arregui! ¡Viva D. Trinidad Muley! ¡Viva el Niño Jesus!
Manuel habia metido espuelas entre tanto, y desaparecido como una exhalacion, sin que la Volanta, que corrió detras de él, consiguiera darle alcance, ni detenerlo con sus descompasados gritos.