LA RIFA.
Aquel mismo sol cuyos matutinos rayos habian alumbrado la solemne y conmovedora partida de Manuel Venegas, continuaba á las tres y media de la tarde su majestuosa marcha por el cielo, llevando en pos de sí las horas póstumas y sobrantes de un dia al parecer ya inútil, cuyo interes y juicio histórico dieron por concluidos tan de mañana todos los habitantes de la Ciudad.
Obedeciendo, empero, la mayoría de éstos á la ley de inmemoriales costumbres, habian acudido, despues de comer, á aquel anfiteatro de amarillos cerros, cuajados de habitadas cuevas, donde, como todos los años en tal fecha, debia celebrarse el Baile de Rifa del Niño de la Bola, y donde ocho años ántes tuvo lugar la fatal subasta en que el hijo de D. Rodrigo fué derrotado por D. Elías Perez.
No sólo este acaudalado sujeto, sino otros muchos ricos y pobres de los que allí vimos, habian muerto desde 1832 á 1840. En cambio, innumerables niñas y niños de entónces eran ya mujeres y hombres hechos y derechos; muchos solteros y solteras se habian casado y tenian hijos, y no pocos padres y madres á quienes conocimos frescos y buenos mozos figuraban ya entre los viejos y los abuelos...—Por consiguiente, el cuadro, aunque hubiese variado en sus individuales pormenores, venía á ser el mismo á primera vista y en con junto.
Allí, en efecto, habia, como antaño, clérigos y cofrades, soldados y bailadoras, señores y plebe: allí se veian, á la puerta de las oscuras cuevas, hileras de sillas ocupadas por lujosas damas y endomingados caballeros: allí resaltaban á la luz del sol los animados colorines de los pañuelos y sayas de las criadas y labriegas, los pintarrajados chalecos y fajas encarnadas de los hombres del pueblo, las medias blancas de trabilla de los que llevaban calzon corto, los refajillos colorados de las niñas pobres y descalzas que no tenian vestido, y las cobrizas carnes de los chicuelos que no tenian ninguna ropa...
Tambien se veia allí, sobre una mesa con mantel de altar, la reluciente figura del Niño Jesus, adornada con todas las alhajas que le regalara pocas horas ántes Manuel Venegas, cuyo puñal indio, de pomo de oro con piedras preciosas, seguia á los piés de la bella Efigie, como pintan al dragon del pecado á los piés de la Vírgen María.
Las gentes contemplaban, llenas de asombro y curiosidad (y muy edificadas y reconocidas al cielo, á creer en sus terminantes declaraciones), aquellas valiosas ofrendas de la mayor ira, trocada de pronto en cristiana mansedumbre...—Indudablemente, la idea de este maravilloso cambio llenaba en su morisca imaginacion, ganosa de emociones extraordinarias, el vacío resultante del pacífico término de un conflicto tan dramático y descomunal como el hecho tablas por la caridad de D. Trinidad Muley.—¡Habíase frustrado la tragedia; pero quedábales mejor y más noble asunto de perdurables comentarios: quedábales un poema religioso!
Sin embargo (y aunque difícilmente hubieran podido explicar la causa), hallábanse desanimados y tristes...—Acaso les acontecia lo contrario que á Manuel Venegas, y, así como éste tenía caridad sin fe, ellos tenian fe sin caridad...—Ó puede que todo consistiera en que los Canónigos (á quienes se aguardaba para empezar la fiesta) no habian llegado todavía; ó en que tambien faltaba de allí nuestro amigo el Veterano Capitan, que solia ser el gran jaleador del baile y de la Rifa; ó en que habia cundido la infausta nueva de que D. Trinidad Muley se hallaba enfermo en cama, con una fuerte calentura, y que habia llamado á un escribano para hacer testamento, como cesionario de la mayor parte de las riquezas de su antiguo pupilo.
La llegada de D. Trajano y de la forastera, seguidos de doña Tecla, de Pepito y de otros tertulios, alegró algo á los demas concurrentes, quienes, como de costumbre, pasaron minuciosa revista al traje, al peinado y á los adornos de la elegantísima prima del Marqués, tratando de aprendérselo todo de memoria, así como sus menores gestos y ademanes.
Muy hermosa y gallarda iba á la verdad aquel dia, con su vestido de gro celeste y su mantilla de blonda negra, que más bien servian de realce que de disfraz á las arrogantes líneas de su cuerpo; pero inútil era que las beldades del país tratasen de copiar lo que en aquella mujer de raza, educada desde la cuna por las sílfides de la elegancia y de la moda, constituia ya segunda naturaleza.
Tampoco fuera oportuno que nosotros nos detuviésemos en este acelerado epílogo á relatar todo lo que hablaron allí la madrileña, D. Trajano y Pepito acerca del chasco dado por Manuel á la expectacion pública. Sólo diremos que la deidad proclamó repetidas veces que aquel desenlace habia sido muy frio, y que si como cristiana se felicitaba íntimamente del buen término del asunto, como artista, no podia ménos de declarar que todo aquello era prosaico y vulgarísimo, y nada propio de un héroe de tanto corazon y arranque como ella habia supuesto al famoso Niño de la Bola.
—En fin... (concluyó diciendo:) ¡el drama no ha resultado romántico!
—¡Tiene usted más razon de lo que se figura! (contestó el señor de Mirabel.) ¡Para drama romántico, le falta un par de crímenes!—En compensacion... (usted misma lo ha dicho), su desenlace ha sido eminentemente cristiano.
—Y ¿qué tiene que ver el arte con el cristianismo?—replicó la forastera.
—El arte romántico, ¡nada! (expuso el jovellanista.) Precisamente es hijo de la soberbia y la impiedad, y no admite más culto que el de la mujer y el de la venganza.—Los románticos son idólatras de sí mismos, de sus pasiones, de sus afectos, de sus amarillentas adoradas y de otras pobrezas terrenales ejusdem furfuris.
—Don Trajano debe de tener razon... (observó el hipócrita Pepito); pues por ahí se dice que los más irritados con la solucion amistosa del tal drama son los incrédulos de la Botica.
—¡Terrible gente! (respondió el jurisconsulto, alzando mucho las cejas.)—Á mí no me asustan los milicianos nacionales...—¡Ya vieron ustedes ayer qué entusiasmados y devotos iban en la Procesion!... ¡Estos progresistas son buenos en el fondo!—¡Pero esa gentecilla nueva que no cree en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo representa un gran peligro para el porvenir!
—Oye una palabra, Trajano... Con permiso de los señores...—dijo en esto al discípulo de Moratin aquel otro viejo, tambien moderado jovellanista, que la tarde ántes vimos con él en un balcon.
Y, arrimando la boca á su oido, añadió lo siguiente:
—Esa gentecilla que dices, es nuestra legítima heredera...—Nosotros, con todos nuestros pergaminos y nuestra sangre azul, fuimos, cuando jóvenes, partidarios de la Razon, del Buen Sentido y hasta de aquel Sér Supremo que sustituyó al antiguo Jehová...—¿No te acuerdas?
Y, al hablar de este modo, el viejo se reia cínicamente.
—¡Eso no se dice!—gruñó D. Trajano de muy mal humor.
—Te lo digo á tí...
—¡Ni á mí tampoco!—¡Ni á tí mismo!—Y verás cómo, con el tiempo, te acostumbras á creer que tienes otras ideas...
Peliagudo se habia puesto el negocio, cuando quiso Dios que llegaran á la Rifa Antonio Arregui y la Dolorosa, cortando con su presencia aquella y todas las conversaciones pendientes, muy ménos interesantes que las mismas personas que les servian de asunto.
Antonio iba sumamente descolorido y turbado, pero más obsequioso que nunca con su mujer, como haciendo público alarde de dicha conyugal, al par que buscando en el fondo una verdadera reconciliacion doméstica.
Soledad no parecia la misteriosa esfinge de siempre. Habia cambiado de actitud y hasta pudiera decirse que de carácter. Estaba inquieta: miraba á todos lados, y sus ojos no eran ya mudos abismos llenos de sombra, sino volcanes de amor en actividad...—El preconcebido adulterio acechaba desde ellos á la honradez para herirla por la espalda.
Vestía de blanco como una novia, sin que su elegancia y donaire tuviesen nada que envidiar á la forastera. Una toca negra de encaje hacía resaltar dulcemente la blancura de su muy descubierta garganta, así como los hilos de perlas que le servian de brazaletes pardeaban al querer competir con sus nevados brazos.—Estaba hermosísima: la tentacion no se mostró nunca en más temible forma.
No al lado de su adorada hija, sino al lado de Antonio Arregui, habíase sentado la señá María Josefa, muy acabada por aquellos dos dias de mortal zozobra; pero aún vigilante y en la brecha, como si la alarmasen tristes presentimientos.—Honor y dechado del sexo femenino (que tan desventajosa representacion tiene en esta reducida historia), aquella noble mujer, que no se allanó, cuando moza, á las demandas de su millonario señor, sino al debido precio de su mano y de su nombre; la que despues hemos visto esposa fiel, paciente y trabajadora; la madre amantísima; la amiga de los necesitados, no podia ménos de hallar, y halló efectivamente aquella tarde en tan numeroso y vário gentío, miradas de compasion y de respeto por parte de otras muchas mujeres de bien; condigno premio de un largo heroísmo; elogio fúnebre, no muy anticipado por cierto, de la que habia de morir á los pocos dias.
Llegaron, al fin, los Canónigos, justificando su tardanza con la solemnidad de las Vísperas que acababan de rezar, en conmemoracion de no sé qué difunto monarca vencedor de los mahometanos, é inmediatamente comenzó la Rifa, seguida del Baile; este último al són de instrumentos moriscos, ó sea de guitarras, platillos, carrañacas y castañuelas, como ántes de la Conquista.
Las parejas de danzarines no se concertaron en virtud de puja, sino espontáneamente, formándolas, por tanto, mozas y mozos de la clase baja, al tenor de sus particulares inclinaciones, de donde sólo hubo que admirar el rumbo y desenfado de tal ó cual refajona metida en carnes y de coloradas mejillas, que se movia como una peonza, ó las primorosas y contínuas mudanzas con que la obligaba algun pinturero bailador de zapatos blancos.
Respecto de la Rifa, era mucho menor el interes del señorío, pues no se subastaba otra cosa que los hilos de marchitas uvas, las tortas de pan de aceite y las panojas de arrugadas peras y manzanas (todo allí de manifiesto) que habian regalado los devotos al Niño Jesus...
De esta manera llegaron las cinco de la tarde, y ya se disponian á regresar á la Ciudad algunas familias acomodadas, entre ellas la de Antonio Arregui, cuando notóse de pronto en las más distantes y encumbradas cuevas una gran agitacion, acompañada de gritos de mujeres y niños que decian:
—¡Manuel Venegas! ¡Manuel Venegas! ¡Allí viene! ¡Ahora cruza las viñas! ¡Pronto llegará ahí!
Un rayo que hubiese caido en medio de la multitud no habria causado tanto pavor.—Todo el mundo se puso de pié: cesaron la música y el baile: corrieron gentes al encuentro del temido jóven, guiándose por las indicaciones de los que lo veian (pues llegaba por camino desusado); huyeron otras personas en sentido opuesto, como para librarse de la tormenta que se cernia en los aires..., y áun hubo algunas que hablaron de ir á buscar á D. Trinidad Muley...
Antonio Arregui era el único que permanecia sentado, ó, por mejor decir, que habia vuelto á sentarse al oir aquel temeroso anuncio.—Estaba lívido; pero resuelto, callado, y como indiferente á lo que sucedia.
La señá María Josefa le decia llorando:
—¡Vámonos! ¡Vámonos á casa! ¡Piensa que tienes un hijo!
Otras mujeres se ofrecian á esconderlo en tal ó cual segurísima cueva.
Las autoridades procuraban tranquilizarlo, diciéndole que ellas no consentirian ningun atropello...
Antonio no contestaba á nadie.
Soledad, de pié, silenciosa, terrible, parecia aguardar la resolucion de su marido.
—¡Siéntate!—díjole éste con desabrido tono y sin mirarla.
Soledad obedeció con indiferencia.
Y las autoridades y las demas gentes retiráronse de él con frialdad, en vista de que nada les respondia, yendo el Alcalde á consultar el caso con el jefe de su partido, ó sea con D. Trajano Perícles de Mirabel, á quien debia la vara.
El jurisconsulto informó que no podia prenderse á Manuel Venegas miéntras no cometiese delito ó conato de él; pero que habia que vigilarlo mucho, así como á Antonio Arregui.
La forastera, que, aunque algo asustada, estaba en sus glorias, opinó lo mismo.
Entónces rogó el Alcalde á todo el mundo que se sentara, y mandó que prosiguiesen la música y el baile; como, en efecto, así se hizo, bien que sin gana de los actores ni atencion alguna de los circunstantes.
Entretanto, ya habia asomado Manuel Venegas, no por el camino de la Ciudad, sino por lo alto de los cerros, cual si desde la vecina Sierra hubiera bajado á campo travieso para caer más pronto en aquellos parajes.
Venía á caballo, y faltábanle muy pocos obstáculos que vencer para entrar en camino expedito y llegar en breves instantes al lugar de la Rifa.
La perplejidad del Coro era inmensa, indefinible.—¡Habia cambiado tantas veces de papel en aquel drama, que ya no sabía qué actitud tomar, ni discernia acaso sus propios sentimientos!
En esto, llegó Manuel cerca de la explanada que servia de centro á la fiesta. Apeóse del caballo, cuya brida entregó al primer oficioso que se puso á sus órdenes, y, sin mirar ni saludar á nadie, acercóse al sitio en que se bailaba.
Antonio giró un poco sobre la silla, hasta dar la espalda al arrogante jóven, como dejando el cuidado de su propia vida á la conciencia del público y á los representantes de la Ley.
Manuel, demudado por cuarenta y ocho horas de constante martirio, febril, delirante, enloquecido por la carta de Soledad, miraba á ésta con la terrible audacia de siempre, y tambien con una especie de amorosa ufanía y declarado triunfo que pregonaban la deshonra de Antonio Arregui, llenando de asombro á la concurrencia.—¡Indudablemente, si el esposo hubiera visto aquella mirada, su dignidad le habria hecho saltar del asiento, y abalanzarse al temerario que así le ofendía!... Pero repetimos que Antonio no hacía caso alguno de Venegas.
Soledad, por su parte, tenía clavados los ojos en el suelo.
La madre era la única que lo veia todo; y, por resultas de ello, temblaba como la hoja en el árbol.
Tambien temblaba el público...; y no fué uno solo de los presentes quien murmuró en voz baja:
—¡Esto es horrible! ¡Se masca la sangre!
Otros decian al mismo tiempo:
—¿Habeis reparado? ¡Manuel trae dentro de la faja un par de pistolas!
Y, en efecto, todos advertían que su rico ceñidor de seda marcaba en la parte anterior de la cintura dos largos bultos que daban lugar á semejante suposicion.
En fin: el caso era de lo más grave y comprometido que pudieron apetecer nunca los aficionados á querellas y desastres.—Si Vitriolo hubiese estado allí, se habria bañado en agua de rosas.
Un buen hombre, el viejo buñolero de la Plaza, tuvo entónces una idea muy feliz, nacida de su deseo de conjurar el inminente conflicto, llamando hácia otro lado la atencion de Manuel y de los espectadores:
—¡Un real (exclamó), por que Manuel baile con la señora Marquesa!
Y señalaba á la huéspeda de D. Trajano.
El pensamiento fué muy aplaudido y despertó en la gente una frenética y deliberada alegría, que más bien era generosidad y misericordia.—La causa del Bien acababa de ganar mucho terreno.
Nadie pujó en contra del piadoso anciano; y, como la más vulgar cortesía vedaba á Manuel oponerse á bailar con tan noble señora, y, por otra parte, convenia á su propósito que la ley tradicional de la Rifa fuese aquel dia respetada ciegamente por todo el mundo, cedió al blando impulso con que lo animaban muchas personas, y adelantóse hácia la forastera.
Esta no se hizo de rogar, y ya estaba de pié cuando Manuel llegó á ella sombrero en mano. Dirigió la beldad una amable sonrisa á nuestro héroe, por vía de saludo; tercióse la mantilla debajo del brazo, como si hubiese nacido en el propio Albaicin; y, tomando puesto entre las demas parejas (que hicieron alto inmediatamente, con gran respeto, para que la gentil madrileña y el famoso Manuel luciesen mejor su gallardía), rompió á bailar un fandango clásico, sobrio de mudanzas, pero voluptuoso como el que más, que arrancó mil aclamaciones á los circunstantes.
Manuel apénas se movia. Hubiera podido decirse que únicamente oscilaba, atraido por las alternadas idas y venidas de la bella aristócrata, cuyo traje de seda crujia á cada garbosa contorsion de sus brazos y talle, como las lucientes escamas de elegante culebra que se irgue y enrosca alternativamente, queriendo fascinar á la ansiada víctima.
Pero el infortunado jóven, á quien la negra suerte habia reservado aquel último escarnio, no levantaba la vista del suelo.
Soledad aprovechaba en tanto la general distraccion para devorar á su amante con los ojos... Seguia Antonio casi vuelto de espaldas á su mujer y al público... Y, como si todavía fuese posible que sustituyese la comedia á la tragedia, D. Trajano y Pepito sentian unos celos feroces al pensar que no eran ellos idóneos para el personalísimo arte de Terpsícore.
Acabó de bailar la llamada Marquesa, y quedó con los brazos medio tendidos, esperando el inexcusable abrazo de ordenanza.
Manuel se detuvo, cortado..., y ella permaneció tambien inmóvil, dominada por el femenil pudor.
—¡Que la abrace!—gritó el público.
Manuel avanzó tímidamente y abrazó á la hermosa forastera, entre los aplausos del gentío.
Cogióse entónces ella de la mano del jóven, para que la condujese á su sitio, y díjole á los pocos pasos, deteniéndolo:
—¡Conque ya no se marcha usted!—Vaya usted á visitarme y hablaremos de América...—Yo tengo intereses en Lima.
—Señora... (contestó Manuel lúgubremente.) ¡Lo que ha tenido usted es la crueldad de bailar con un cadáver!
La forastera sintió un escalofrío de horror, y, soltando la mano del infeliz, lo saludó ceremoniosamente y corrió á su asiento.
—¡Es un hombre finísimo!... ¡Un hombre delicioso!...—iba diciendo á izquierda y derecha, para ocultar su miedo y su humillacion.
En aquel mismo instante sonó una voz terrible, como la trompeta del Juicio Final: la voz de Manuel Venegas, que decia:
—¡Cien mil reales por que baile conmigo aquella señora!
Y señalaba á Soledad.
Todo el mundo se puso de pié, y Antonio el primero de todos.
Reinó, pues, una agitacion indescriptible.
Manuel Venegas estaba plantado en medio de la explanada, solo, con los brazos cruzados, y fijos los ojos en la Dolorosa.
Esta y su madre contenian á Antonio, miéntras que las Autoridades, los Prebendados, el señor de Mirabel y otras muchas personas de viso le decian que Manuel estaba en su derecho; que la peticion era legal; que sólo podia rechazarse haciendo otra oferta mayor; pero que sería temeridad intentarlo, cuando aquel hombre poseia millones y estaba medio loco.
La gente de pelea y toda la chusma de chiquillos y pordioseros gritaban entre tanto:
—¡Ya está dicho! ¡Cien mil reales!—¡Si el otro no da más, que tenga paciencia!—¡Vamos, señora!... ¡Salga usted á bailar, que se hace tarde! ¡El Niño Jesus es ántes que todo!—¡Señor Arregui, en este sitio no se pelea más que con dinero! ¡Suelte usted la mosca ó la mujer! ¡No hay escapatoria!
Antonio tuvo que desistir de su empeño de ir á concertar con Manuel un desafío á muerte (que era el plan que se deducia de sus medias palabras), y, apremiado por el Mayordomo de la Cofradía, que gritaba con voz oficial: «¡Cien mil reales por que baile la señora de Arregui con D. Manuel Venegas!», exclamó con irritado acento:
—¡Todo mi caudal por que no baile!
—¡Eso no sirve!—¡Esa proposicion es nula!—¡Desde lo que pasó aquí hace ocho años, quedó establecido que sólo se admiten pujas de dinero presente! ¡D. Elías no le pagó á la Hermandad aquellos dos mil duros, y los cofrades tuvimos que pechar con las costas del juicio!
Así dijeron á Antonio en varias formas y maneras los gritos de la muchedumbre y los discursos de las importantes personas que lo rodeaban.
Manuel seguia impasible, esperando en su puesto.
Soledad habia dicho ya varias veces á su marido:
—¡Déjalo! ¡Bailaré! ¿Eso qué importa?—¡Tambien ha bailado la prima del Marqués!
—¡No bailas!—replicó duramente Antonio.
—Dices bien.—¡Que no baile! (exclamó la señá María Josefa).—Vámonos á casa.
—¡Eso es imposible! (repusieron los hombres graves y la Autoridad.) ¡Hay que respetar las costumbres del pueblo! ¡Hay que evitar un motin! El Niño Jesus no puede perder ese dinero...
—Iré á mi casa y á casa de mis amigos por todo el oro que pueda reunir... ¡y pujaré hasta las nubes!...—contestóles el digno riojano.
—¡Locura! (arguyeron los otros.) ¡Pronto será de noche!—Además: ¿cómo va usted á dejarse aquí á la señora?—Ni ¿cómo llevársela, sin que baile?—¡Nadie lo consentiria!...
En tal situacion, dejó su asiento la forastera, la dictadora de aquel pueblo, la mujer de todos temida y reverenciada, y, llegándose á Soledad, la cogió de la mano y le dijo políticamente:
—Señora: quisiera tener el honor de llevarla yo del brazo al baile...—Y usted, caballero Arregui, reflexione que yo misma he bailado con la persona de que se trata...—Conque vamos, señora... Se lo suplico...
Soledad se levantó.
Arregui no supo qué contestar, y bajó la cabeza desesperadamente.
El público abrió calle, y la forastera condujo á Soledad á donde la aguardaba su atrevido amante.
Este acababa de sacar de la faja lo que habia parecido un par de pistolas, y que resultó ser un par de paquetes de onzas de oro. Contó trescientas trece sobre la bandeja que le presentaba un cofrade, y dijo naturalísimamente:
—Sobra media onza.—Désela usted á cualquier necesitado.
En seguida se volvió hácia Soledad; saludóla, quitándose caballerescamente el sombrero; y, como en esto principiase la música, comenzó tambien el fatídico baile de aquellos dos séres que no habian cruzado nunca una palabra y que, sin embargo, podia decirse que habian pasado la vida juntos, alentados por una sola alma, subordinados á un mismo destino.
Soledad no bailaba: iba y venía de un lado á otro, con los ojos fijos en tierra, como dominada por un vértigo. Manuel no bailaba tampoco: seguia los pasos de Soledad, mirándola frenéticamente, como el sediento mira el agua que va á llevar á sus labios.
Antonio temblaba con la faz oculta entre las manos, para no ver el ludibrio que se hacía de su amor, tal vez de su honra...
El público guardaba un silencio medroso, que parecia la tácita expresion del remordimiento anticipado.
Detúvose, al fin, Soledad, como dando por concluida tan espantosa danza, y levantó hácia Manuel unos ojos hechiceros, voluptuosos y malignos, en que se leia toda la carta que le habia escrito al amanecer...
Manuel se llegó entónces á su querida con los brazos abiertos, en los cuales se arrojó ella, sin poder dominar el amoroso arrebato de su alma y de su sangre. Recogióla el mísero, y la estrechó á su corazon, como el trofeo de toda su vida..., y el mundo y el cielo desaparecieron á la vista de los dos insensatos...
—¡Socorro! ¡que la ahoga!—prorumpió súbitamente la madre, corriendo hácia ellos.
—¡Asesino!—gritó Arregui, al alzar los ojos y ver lo que pasaba.
—¡La ha matado!—exclamaron otras muchas personas entre alaridos de indescriptible horror.
Y era que todos habian visto á Soledad ponerse azul, echar sangre por la boca y por los oidos, y doblar la cabeza sobre el seno de Manuel Venegas... ¡Era que los más cercanos habian oido crugir endebles huesos entre aquellas dos férreas tenazas con que el atleta loco seguia estrechando contra su corazon á la Dolorosa!
¡Y el desdichado (ignorante sin duda de que le habia dado muerte) miraba entretanto en derredor suyo, como desafiando al universo á que se la quitara!...
Á todo esto, la madre habia llegado, y pugnaba inútilmente por desasir á su hija de los brazos de aquel leon...
Antonio se abalanzaba por su parte al puñal que tenía á los piés el Niño Jesus, y corria hácia Manuel lanzando aullidos de venganza...
Manuel lo vió llegar; vió que le heria; sintió el golpe; pero no hizo nada para defenderse, por no soltar á su adorada...
Sólo cuando el puñal húbole atravesado el corazon, fué cuando abrió los brazos, de donde se desplomó en el suelo el cadáver de la Dolorosa.
Cayeron, pues, juntos los dos amantes, y la sangre de ambos, revuelta y confundida, fué devorada por la sedienta tierra.
La madre, sin sentido, formaba grupo con los muertos.
Antonio volvió á poner el puñal á los piés del Niño Jesus, y se entregó voluntariamente á la Justicia.
FIN.