HABLA EL CORO.
No tardó en aparecer al opuesto confín del reducido paisaje la tribu de jumentos anunciada por tan claros rumores, sobre la cual iban procesionalmente todos los pasajeros que aquel dia habian tenido precision de encaminarse de la Ciudad á la Capital; dado que entónces era sábia costumbre no hacer este viaje sino formando grandes caravanas, en evitacion de tropiezos con la partida de ladrones del Tuerto B, del Chato X, del Manco H, ó de cualquier otro lisiado por la mano de Dios,—que siempre fueron los cabecillas más célebres y temidos.—Y, áun así, el encuentro solia tener lugar, con derrota segura de los confederados viajeros.
Marchaba esta vez al frente de la comitiva una pareja de aceiteros del Reino de Jaen, escoltada por muchos burros de vacío, sobre cuyas albardas yacían exánimes los desocupados pellejos. Venían luégo otros cuatro asnos de la misma recua, convertidos en cabalgaduras de dos mujeres de fisonomía, edad y clase medianas y de dos hombres por el mismo estilo, uno de ellos con gorra de cuartel, en que brillaba la modesta insignia del Subteniente de ejército, y el otro con medias negras de lana y todo el corte de sacristan ó de meritorio del oficio.—Seguian unos cuantos mozalvetes (estudiantes, sin duda, que regresaban á la Universidad despues de las vacaciones de Semana-Santa), los cuales andaban á pié por su gusto y para enredar más, pues allí tenian de sobra caballerías en que subirse; y cerraba la procesion el jefe de los aceiteros, cuya ámplia faja debia de contener el producto contante y sonante de la venta del aceite, dado que montaba una mulilla muy vivaracha, como para volver grupas y ponerse en salvo al primer barrunto de amigos de lo ajeno.—Las dos señoras (que bien merecian este dictado por su gravedad olímpica) iban en sendas jamugas, con sus correspondientes almohadas de cama y la indispensable colcha de percal (para mayor decoro): el subteniente, que era grueso, habia tenido que sentarse á mujeriegas en el ancho y tosco aparejo de esparto, por miedo de abrirse hasta la cintura yendo á horcajadas; y el sacristan, en virtud de igual temor, aunque era de ménos carnes, habia optado por montar un borrico en pelo, del cual ya se habia caido dos ó tres veces.
Debemos apresurarnos á advertir que ninguno de estos vulgarísimos personajes tiene nada que ver con el presente drama, por más que figuren en él un momento, como parte de la masa de gente anónima que los trágicos griegos llamaron Coro y que todavía manotea y canta en nuestras óperas y zarzuelas.—Fíjese, pues, el lector en lo que esos coristas hablen, sin parar mientes en sus insignificantes personas, y se ahorrará muchos quebraderos de cabeza.
—¡Ya están ahí!—exclamó el sacristan, tirándose al suelo, voluntariamente esta vez, al distinguir la nube de polvo en que venía envuelto nuestro protagonista.
—¿Quién dice usted que viene, hombre de Dios?—preguntó el militar.
—¡Los ladrones!—¿No los está usted viendo? ¿No sabe usted que este es el sitio clásico de los robos?
—¡Ladrones, doña Paz! ¡Oh ventura!... ¿No se lo dije á usted?—gritó alegremente uno de los estudiantes, acercándose á la ménos fea de las dos mujeres y poniéndose á bailar delante de su burro.
—¡Ladrones!—¡Jesus me valga!—¡Ave María Purísima!—¡San Antonio bendito!—¡Qué va á ser de mí!—Pues, y ¿de mí?—Capitan... ¡no nos abandone usted!...—chillaron alternativamente las dos hembras.
—¡No lloreis, oh viudas! ¡oh divinidades de barbecho! ¡oh Didos abandonadas por dos crueles difuntos en lo más florido y hasta granado de vuestra mayor edad! (añadió otro estudiante.)—¡Vosotras, que tanto jugais en esta batalla, pedid á Dios lo que mejor os convenga!—¡En cuanto á mí, soy tan desdichado, que ningun bien ni mal pueden hacerme los ladrones!
—¡Mano á las escopetas!—decia entretanto el subteniente con voz de mando, dirigiéndose á los aceiteros, que eran los únicos que llevaban tales armas.
—¡Oh... no! ¡Más vale rendirse!... (gimió el sacristan.) La resistencia equivale á una muerte segura...—¿No es verdad, señoras?
—Deténgase usted, comandante... (gritaron las dos viudas:) ¡Deténgase usted, y sea lo que Dios quiera!
—Señoras... ¡No hay cuidado!... (pronunció uno de los aceiteros con cierta sorna.) Cuando salgan los ladrones, yo daré la voz de rompan-filas.
—Pues ¿qué gente es aquella?—preguntó el ascendido subteniente.
—Allí no viene más... (replicó el trajinante) que un caballero, mejor montado que nosotros, en compañía de un mozo á pié...—¡Me parece que la partida no es para asustarse tanto!
—Pues ¿saben ustedes lo que digo? (exclamó otro escolar, mirando de soslayo al guerrero de profesion.) ¡Que aquel caballero andante es más valiente que todos nosotros juntos, supuesto que viaja ménos acompañado!
—¡Oiga usted, jóven! (respondió el subteniente, que era catalan.) Si yo no vengo solo, no es porque necesite el auxilio de botarates como usted...
—¡Jesus, qué hombres! (clamó doña Paz, atravesando su burro entre ambos contendientes.) ¡Siempre va una con ellos con el alma en un hilo!
—¡No tiemble usted, doña Pacecita! (dijo el estudiante insultado, abrazándose á las robustas piernas de la jamona.) Que yo, por evitar á usted un disgusto, soy capaz de los mayores sacrificios de amor propio...—Y ¡qué gorda está usted, y qué rica!...
—¡Insolente! (gritó la viuda, arreando su bestia, para librarse del escolar.) ¡Si viviera mi Luis, no me veria en estos lances!...—Espérese usted, doña Antonia...—¡Ay qué niños! ¡qué niños!...
Á todo esto, el hombre á caballo se venía encima, y pronto se halló á distancia de ser examinado minuciosamente por la gente de la recua; con lo cual dió punto la centésima cuestion que llevaban armada aquel dia los imberbes, empecatados estudiantes.
—¡Buen mozo es el viajero!—dijo doña Paz á doña Antonia.
—¡Demasiado!—murmuró ésta, que se habia puesto muy amarilla, y se restregaba los ojos como no dando crédito á lo que veia...
—¡Hermoso caballo!—exclamaba por su parte el militar.
—Lo que trae ese hombre (observó un estudiante) es una vestimenta y un sombrero de todos los demonios. ¡Parece un húngaro de los que van á la Ciudad á remendar calderas!
—¡Silencio, imprudente! (repuso el militar:) ¿No ve usted que lo va á oir?
En efecto: el gallardo jóven pasaba ya por en medio de la comitiva, á la cual saludó gravemente, llevándose la mano al sombrero y sin articular palabra.
—¡Buenas tardes!...—¡Á la paz de Dios!...—¡Vayan ustedes con Dios!...—contestaron expresivamente los de la Ciudad, como muy agradecidos á que aquel encuentro no les hubiese costado caro.
—¡Salud, Caballeros! ¡Vayan ustedes con la Vírgen!—respondió el arriero de Málaga, quien, por lo visto, habia pasado tambien algun miedo.
Entretanto, nuestro buen sacristan habia parado su burro, y estaba con la boca abierta viendo alejarse al hombre misterioso...
Por último, se santiguó, metió los talones á su cabalgadura y se incorporó á la caravana, lleno de espanto.
—Doña Paz... doña Paz... (dijo entónces;) ¿No ha conocido usted á ese?
—Yo no... Pero doña Antonia debe de haberlo conocido, y de resultas se ha puesto medio mala...—¿Quién es?
—¡Es el Niño de la Bola!
—¡Jesus! (exclamó doña Paz:) ¿Qué está usted diciendo?
—Lo que usted oye...
—Sí... sí... tiene usted razon...—Pero ¡qué cambiado está!
—Y ¿quién es el Niño de la Bola? (preguntó el subteniente:) ¿Algun bandido?
—No, señor... Es algo peor que eso... ¡Es el demonio en persona, aunque se haya criado en la Iglesia!...
—Explíquese, buen amigo...
—Midan ustedes sus palabras... (interrumpió doña Paz:) Doña Antonia nos está oyendo, y don Bernardino sabe que es tia segunda de la que...—En fin ¡el señor me entiende!...—Á mí no me gusta meterme en asuntos ajenos...
—El Niño de la Bola (prosiguió diciendo el sacristan) es el hombre más valiente y más atroz que Dios ha criado...—¡Una fiera, señor! ¡Una fiera, en toda la extension de la palabra!
—Pero ¡voto va deu! (insistió el militar:) ¿Qué ferocidades ha hecho ese hombre? Y, sobre todo, ¿cómo se le permite que ande suelto por el mundo?
—Le diré á usted...—Todos creíamos que habia muerto...—Hace ocho años que se marchó á las Indias, y yo no sé de dónde sale ahora...—¡Buen jaleo se va á mover en la Ciudad en cuanto llegue!...—¡Muchísimo me alegro de no encontrarme allí estos dias!
—Pero ¡señor Cura! ó ¡señor... vamos... lo que usted se denomine!... (replicó el subteniente:) ¡acabe de reventar! ¿En qué se le ha conocido hasta ahora á ese hombre que sea una fiera? ¿Ha matado? ¿Ha robado? ¿Ha pegado fuego á alguna ciudad?
—No, señor... No ha hecho nada de eso; pero es porque no ha querido...—¡Tiene las fuerzas de un Samson! ¡Bástele á usted saber que él fué quien mató al oso que tantos estragos hacía en toda esta Sierra en tiempos del Rey Absoluto!...
—Pues si mató al oso, dió muestras de ser un hombre de bien... (repuso el catalan.) ¿Por qué compararlo entónces con el diablo?
—No niego yo que sea hombre de bien...—¡Lo que yo niego es que sea hombre!... ¿Digo bien, doña Paz?—¡Y cuenta que yo lo conozco como nadie, y hasta le he tenido cierto cariño; pues fuí sacristan de la Parroquia que le sirvió de madre en su niñez...—Pero conozco que es un leon, un tigre... una bestia feroz...—Y, si no, que se lo pregunten á la Dolorosa, ó, mejor dicho, á la familia de ésta!—¡Pobre Soledad! ¡Buenos ratos le aguardan ahora! ¡La mujer más bonita del mundo!...
—D. Bernardino, ¡cállese usted por los clavos de Cristo! (interrumpió de nuevo la viuda:) ¡Doña Antonia es tia de Soledad, y nos está oyendo, más muerta que viva!...—Venga usted á ayudarme á distraerla y consolarla, y despues, cuando pasemos del Ventorrillo, donde ya se acaba todo miedo de ladrones, nos adelantaremos un poco y charlaremos cuanto ustedes gusten.—¡Oh, ya verá usted, señor teniente!... ¡D. Bernardino tiene razon! ¡En la Ciudad van á suceder cosas tremendas con motivo de la vuelta de este monstruo!...—¡Siento no estar allí para presenciarlas!—Porque figúrese usted que el Niño de la Bola..., ó sea Manuel Venegas, que tal es su verdadero nombre (pues su padre fué un caballero muy principal, aunque muy raro, descendiente, segun dicen, de príncipes moros, cuya pícara sangre se le conoce bien á este chico en medio de sus buenos sentimientos), se empeñó en casarse..., quiero decir, se enamoró perdidamente...
—Señora, ¡cállese usted por María Santísima! (interrumpió á su vez D. Bernardino:) Doña Antonia no hace más que mirarnos, y la pobre está que da lástima verla...
—Dice usted bien...—Voy á acompañarla... ¡Luégo se lo contaré yo á usted todo, mi subteniente!...—Entretanto, Sr. D. Bernardino, véngase á mi lado, no sea que vaya usted á aprovechar la ocasion para destriparme el cuento...—¡Espérese usted, Antoñita!—¡Arre, Piñon!
No creemos que el lector tenga empeño alguno en oir de labios de doña Paz la historia de los primeros veinte años del Niño de la Bola, relatada en el embrollado estilo de que la impetuosa viuda acaba de darnos elocuente muestra... Preferimos, pues, narrarla por nosotros mismos, con referencia á todos los datos que poseia el público, despues de lo cual correremos en seguimiento de nuestro héroe, á fin de acompañarlo en el remate de su jornada y llegar con él á la famosa ciudad que fué su cuna, donde iba á desenlazarse el perpétuo drama de su vida...
Conque digamos adios al subteniente, al sacristan, á las viudas, á los estudiantes y á los aceiteros, de ninguno de los cuales hemos de volver á tener noticias... hasta que nos los encontremos el Dia del Juicio en el famoso Valle de Josaphat.