ANTECEDENTES.
LA MOSCA Y LA ARAÑA.
El memorable año de 1808 vivia en la Ciudad cierto cumplido caballero, huérfano, célibe, y de unos cinco lustros de edad, llamado D. Rodrigo Venegas, que se jactaba de proceder de aquel Reduan del mismo apellido, príncipe moro con vetas de cristiano, cuyo nacimiento se debió, segun ya sabreis, al dramático enlace de un vástago de la casa señorial de Luque con la hermosísima Princesa Cetimerien, descendiente del Profeta Mahoma...
Como quiera que fuese, nuestro D. Rodrigo habia heredado de sus padres mucha hacienda y un viejísimo y destartalado caseron, con honores de palacio, en cuya fachada se veian los ambiguos escudos de armas de tan esclarecida familia, pregonando antiguas hazañas que ya no iban teniendo imitadores en tierra española...; y, por resultas de todo ello, el buen hijodalgo, hombre de entero corazon y encumbradas ideas, se consumia en aquel decaido y sedentario pueblo, no sabiendo qué hacerse de sus rentas ni de su sangre, ansiosas de correr en empeños nobles y generosos.
Imaginaos, pues, el efecto que le produciria la súbita explosion de la Guerra de la Independencia. Español al fin, aunque en realidad descendiese de españoles no bautizados, empuñó seguidamente las armas contra el frances; empero, como no era hombre de contentarse con hacer lo que cualquiera otro, llegó en su patriotismo hasta equipar, armar y mantener á sus expensas, durante cuatro años, una Partida de voluntarios de caballería, al frente de los cuales se cubrió de gloria en muchas y muy célebres batallas. Consecuencia de tan relevante conducta fué que, cuando, despues de la victoria de los Arapiles y entrada de nuestros Ejércitos en Madrid, D. Rodrigo regresó á la Ciudad, á curarse su quinta herida, y sin haber querido admitir recompensa alguna del Gobierno de la Nacion, encontróse vacíos sus graneros, muertos sus ganados, sus tierras sin arar desde 1809, y talados ó arrancados de cuajo sus olivares y viñas por los vengativos soldados de Sebastiani.—Ni paraban aquí los menoscabos de su hacienda: hallóse tambien entrampado en la respetable suma de cuatro mil duros con el más rico y feroz usurero de la Ciudad (á quien habia tenido que ir pidiendo dinero desde Bailén, desde Ocaña y desde Talavera, para sostener la benemérita Partida), y en nada ménos que otros diez mil duros que importaban los réditos, y los réditos de los réditos, de aquella cantidad, segun la socorrida cuenta del interes compuesto...
Todo lo llevó con paciencia, y hasta con alegría y orgullo, el magnánimo D. Rodrigo, como habia llevado los dos balazos y las tres cuchilladas que recibiera en defensa del suelo patrio; pero no se conformaron del propio modo algunas personas de su posicion, amigas suyas y conocidas del prestamista, las cuales, por oficiosidad espontánea, pidieron á éste que rebajase algo de tan crecidos réditos «en atencion al noble destino que el bizarro Venegas habia dado al capital.»
Era el prestamista uno de aquellos hombres sin entrañas que yo no sé para qué quieren vivir ni ser ricos: no hubo, pues, manera humana de hacerle bajar un maravedí de tan exorbitante usura, ni de que comprendiese cuán merecedor era D. Rodrigo de especialísimas consideraciones.—El interpelado (que se llamaba D. Elías, y á quien el vulgo llamaba Caifás) contestó que él no entendia de patria, sino de números, y que no reclamaba ni un ochavo más de lo que le debia el gastoso caballero, segun documentos que conservaba como oro en paño; sin que valiera decir que, al firmarlos, no habia graduado su deudor á cuánto ascenderian, caso de morosidad, los intereses de los réditos caidos; pues todo aquello era el a b c de los negocios comerciales...—Resultado: que D. Rodrigo Venegas tuvo que renovar por diez años los pagarés de dichos cuatro mil duros, con aquella acumulacion de diez mil (total, catorce), y con la de otros seis mil que nadie más que D. Elías se atrevió á prestarle para repoblar olivares y viñas (total, veinte), y con la de otros cinco mil, por réditos de los veinte en el primer año (total, veinticinco)...—¡Veinticinco mil duros justos y cabales, cuando, en efectividad, sólo habia percibido diez mil!
Mucho se afanó el hijodalgo, desde 1813 hasta 1823, por ver si podia ir amortizando esta deuda ó pagar cuando ménos sus réditos anuales, en evitacion de nuevos estragos del interes compuesto; y, la verdad sea dicha, algunos años logró ahorrar de sus rentas diez ó doce mil reales, que entregó religiosamente al usurero (aunque éste nada le reclamaba nunca); pero al año siguiente no le pagaban á él sus labradores ó le pagaban una miseria, por causa de esterilidad, pedrisco, langosta ó cualquiera otra plaga, muchas veces fingida, y, en lugar de dar dinero á su acreedor, tenía D. Rodrigo que pedirle nuevas cantidades «para ir saliendo hasta la nueva cosecha»; todo ello bajo condiciones adecuadas á la gravedad y urgencia de cada apuro; esto es, más onerosas y aflictivas cuanto más apremiante y angustioso era el caso...
Lo único que ni por soñacion intentó Venegas en todo aquel tiempo fué trabajar, comerciar, crear industrias, montar fábricas, ingeniárselas, en fin, de cualquier modo para ganar dinero por sí mismo...; y ¡ay de él, ay de su nombre, ay de su honra, si tal camino hubiese tomado!—Dígolo, porque semejantes oficios ó trapicheos (textual) eran entónces, y han seguido siendo hasta hace pocos años, tareas impropias de caballeros andaluces,—nacidos, á lo que se veia, para recordar paseándose las glorias y trabajos de sus mayores, para gastar alegremente y muy de prisa todo lo que éstos agenciaron, y morirse luégo de hambre en el último rincon de la ya subastada casa solariega, sin más testigos de su agonía que tal ó cual antiquísimo, desvencijado mueble, de esos que hoy buscan á peso de oro los magnates de nuevo cuño, y que en aquella época desdeñaban hasta los defraudados usureros.
Tan cierto es lo que acabamos de apuntar (bien que sin entera aplicacion á nuestro D. Rodrigo, de quien ya sabemos que algo noble y grande habia hecho en este mundo), que todavía ayer de mañana, como suele decirse, eran forasteros, procedentes de Santander, de Galicia, de Cataluña ó de la Rioja, todos los dignos comerciantes é industriales de las poblaciones de Andalucía, inclusas las Capitales y las aldeas.—El mismo viejo usurero á quien llamaban Caifás en la Ciudad referida (como dando á entender que quien entraba media vez en su casa, podia estar seguro de ser crucificado), era natural de la Rioja, y habia ido allí á vender, por cuenta ajena, paños de Ezcaray y de Pradoluengo, componiéndoselas con tal arte, que á los dos años abria, por cuenta propia, un gran almacen de toda clase de géneros; á los cuatro, se le adjudicaban fincas de caballeros malos-pagadores; á los seis, edificaba una hermosa casa, aislada como un castillo, y traspasaba el almacen á otro riojano, para dedicarse él por completo á la usura, y á los veinte era dueño de la mitad de las tierras ganadas á los moros por los llamados «primeros pobladores de la Ciudad» y repartidas á éstos por los Reyes Católicos.
Volviendo á D. Rodrigo (lo cual no es apartarnos mucho de D. Elías, en cuyas garras lo hemos dejado), diremos que, durante los diez años transcurridos desde que volvió de la guerra hasta aquel en que vencian sus ruinosas obligaciones usurarias, habíase casado, por caridad más que por amor, con una huérfana de familia muy distinguida, pero muy pobre; habia tenido en ella un hijo; habia enviudado poco despues, cuando ya era amor la compasion que le movió á casarse; y, en uno y en otro estado, por consejo de su prudente esposa, habia ido desprendiéndose de su antiguo lujo, ora vendiendo caballos, alhajas, ricos muebles, preciadas ropas y mucha plata labrada, ora despidiendo servidores y reduciendo sus gastos á la mayor estrechez compatible con el decoro de su clase,—entre la cual, como en todo el pueblo (dicho sea sin ofender á nadie), era más querido y respetado segun que se iba quedando más pobre...
En equivalencia, la aversion general que siempre habia inspirado D. Elías (como todos los que trafican y medran con el dolor ajeno), convertida en odio y escándalo cuando reclamó á D. Rodrigo los diez mil duros de gabela, rayaba en 1823 en horror y persecucion, por el presentimiento que se tenía de que aquella deuda inextinguible, especie de cáncer que fomentaba cruelmente el prestamista, estaba á punto de tragarse, si ya no se habia tragado, todo el pingüe caudal de los Venegas.—Vivia, pues, encerrado en su casa el rico avariento, sin atreverse á salir ni áun á misa, por miedo á los desaires de toda clase de personas, y especialmente á los insultos de la gente soez y de los chicos, que le decian Caifás en su propia cara; y pasábase allí meses y meses, detestando y gruñendo á la buena mujer, antigua criada suya, con quien estaba casado, y acariciando y cubriendo de perlas y de brillantes á una preciosa hija (ya de ocho años) que habia tenido á la vejez, y á la cual adoraba con sus cinco sentidos y tres potencias, ó sea con lo que en otros hombres se llama alma.
Así las cosas, y cuando de la última liquidacion resultaba que D. Rodrigo era en deber á D. Elías (no exageramos: podeis echar la cuenta) ciento cuarenta y siete mil doscientos nueve duros (tres millones de reales mal contados); cuando el infeliz caballero no hacía más que calcular que todos sus cortijos, viñas y olivares, y el mismo antiguo caseron, vendidos en pública subasta, y bien pagados, no producirian ni con mucho aquella cantidad; cuando, sufrido y animoso como siempre, y atento al porvenir de su hijo, pensaba (¡á la edad de cuarenta y un años!) en pedir una charretera de alférez, por cuenta de sus servicios en la Guerra de la Independencia, y lanzarse á pelear contra aquellos otros franceses que á la sazon profanaban el suelo de la Patria, aconteció que un dia amaneció ardiendo por los cuatro costados la solitaria casa del usurero.
Trabajo le costó á éste escapar de las llamas, llevando en brazos á su medio asfixiada hija y seguido de su horrorizada mujer, sin que le hubiera sido posible poner ántes en salvo ni muebles, ni ropas, ni alhajas, ni el dinero contante, ni tan siquiera los preciosos papeles que representaban sus grandes créditos contra D. Rodrigo y otras varias personas...—Y lo peor del lance era que aquel incendio no podia considerarse casual, ni lo pareció á nadie; que, sin embargo, el pueblo entero lo veia con mucho gusto ó con glacial indiferencia; que los gremios de albañiles y carpinteros (allí no ha habido nunca bomberos ni bombas) hacian muy poco por tratar de apagarlo, á pesar de las excitaciones de la Autoridad, y que el iracundo D. Elías, refugiado en casa del Alcalde, proclamaba á gritos que todo aquello era «obra de sus poderosos deudores, para que se quemaran los recibos y vales de lo que le debian...»
Tan graves sucesos y acusadoras especies despertaron aquella mañana de su tranquilo sueño al noble y valeroso Venegas, el cual, no diremos que sin encomendarse á Dios ni al diablo; pero sí que dejándose llevar más de sus generosos arranques que de miedo á la vil calumnia, corrió á la casa incendiada; arengó á algunos albañiles; metióse entre el humo y el fuego; trepó al piso principal por una escalera de mano; llegó al despacho de D. Elías, que era una de las habitaciones más amenazadas; penetró en ella, contra el consejo de los mismos operarios que le habian ayudado á derribar la puerta; cogió una papelera antigua, donde muchas veces habia visto al usurero meter vales y recibos, y la arrojó por la ventana á la calle...—Poco despues, salia tambien Venegas de aquel volcan, entre los aplausos de la multitud, llenas de horribles quemaduras la cara y las manos y despidiendo humo sus destrozadas ropas...—No se dejó, empero, curar, sino que inmediatamente registró la papelera, que se habia hecho pedazos al caer; apoderóse de todos los documentos suyos que contenia, y encaminóse con ellos á casa del Alcalde, adonde llegó casi ya sin aliento...
—Tome usted, Sr. D. Elías... (dijo á su abominable acreedor,—que se habia espantado al verle llegar de aquel modo, creyendo que iba á matarlo:)—Tome usted... Aquí están todos mis vales y recibos...—Puede usted disponer de mi caudal...
Y, pronunciadas estas palabras, cayó redondo en tierra, con la terrible convulsion llamada tétanos.
Pocas horas despues era cadáver.