V.

EL ACREEDOR DEL USURERO.

El pobre niño habia quedado como si fuese de hielo, por resultas de aquellos repentinos y bárbaros golpes de la suerte, contrayendo una palidez mortal que le duró ya toda la vida.—Nadie habia hecho caso del infeliz en el primer momento de angustia, ni reparado en que no gemia, hablaba ni lloraba; y, cuando al cabo acudieron á él, lo hallaron contraido y yerto como una petrificacion del dolor, aunque andaba, oia, veia, y daba contínuos besos á su llagado y moribundo padre.—¡No habia, pues, derramado ni una sola lágrima durante la agonía de aquel sér tan querido, ni al besar su frio rostro, despues que hubo muerto, ni al ver cómo se lo llevaban para siempre, ni al abandonar la casa en que habia nacido, ni al hallarse albergado por caridad en la ajena!—Algunas personas elogiaron su valor: otras criticaron su insensibilidad: las madres de familia lo compadecieron profundamente, adivinando por instinto la cruel tragedia que habia quedado encerrada en el corazon del huérfano, por falta de un sér tierno y piadoso que llorase á su lado.

Tampoco habia vuelto Manuel á hablar palabra desde que vió llegar en la agonía á su buen padre; ni respondió luégo á las cariñosas preguntas que le hizo D. Trinidad cuando se lo llevó á su casa; ni se le oyó más el metal de la voz en el trascurso de los tres primeros años que vivió en su santa compañía; y ya pensaban todos que se habia quedado mudo para siempre, cuando un dia que se hallaba como de costumbre en la iglesia de que era cura su protector, observó el sacristan que, encarándose con una linda efigie del Niño de la Bola que allí se veneraba, le decia melancólicamente:

—Niño Jesus: ¿por qué no hablas tú tampoco?

Manuel se habia salvado... El náufrago acababa de sacar la cabeza de entre las olas de su amargura... ¡Ya no corria peligro su vida!—Á lo ménos así lo creyó todo el personal de la Parroquia.

Desde aquel dia el huérfano habló ya algunas palabras, muy pocas en verdad, con el Cura y con el ama de gobierno, para significarles gratitud, amor y obediencia, pero ninguna referente á sus inolvidables infortunios; todo lo cual consideraron de buen agüero D. Trinidad Muley, los sacristanes y los monaguillos.

En cuanto al estado de su razon, nadie habia tenido recelo alguno durante aquellos tres años de voluntaria ó involuntaria mudez...—El ama era la única que solia decir desde el principio, y siguió diciendo siempre, que á Manuel le habia quedado una vena de loco (nada más que una vena) por resultas de no haber llorado cuando perdió á su padre...—Nosotros ignoramos lo cierto; pues entre los papeles que nos sirven de guia no figura ningun dictámen facultativo sobre el particular, y eso de decidir en nuestro pobre mundo quién se halla en su juicio ó quién está loco, es materia más peliaguda de lo que parece...—Juzgue cada lector lo que se le antoje, en vista de los sucesos que vayamos contando.

Con relacion á las personas extrañas (de quienes, siempre que tropezaban con él, recibia expresivos testimonios de compasion y de cariño), continuó encerrado el huérfano en su glacial reserva, para lo cual adoptó la siguiente evasiva, estereotipada en sus desdeñosos labios:—«¡Déjeme usted ahora!»;—dicho lo cual (en són de amarguísima súplica), seguia su camino, no sin haber excitado supersticiosos sentimientos en las mismas gentes que así esquivaba.

Ménos aún desechó en aquella saludable crísis la honda tristeza y precoz austeridad de su carácter, ni la pertinaz insistencia con que se aferraba á determinadas costumbres.—Estas se habian reducido hasta entónces á acompañar al Cura á la Iglesia; á coger en el campo flores ó hierbas de olor para adornar al Niño de la Bola (delante del cual se pasaba luégo las horas muertas, sumido en una especie de éxtasis), y en subir á buscar aquellas mismas hierbas y flores á lo alto de la próxima Sierra, cuando no las hallaba en la campiña por ser el rigor del invierno ó del estío.

Semejante devocion, muy en consonancia con los principios religiosos que le inculcara el difunto caballero, habia ido mucho más allá de lo natural y de lo humano, áun tratándose de personas extraordinariamente místicas. No era tan sólo culto, reverencia, piedad, adoracion fanática... Era un amor de hermano y de súbdito, semejante al que habia profesado á su padre: era una confusa mezcla de confianza, tutela é idolatría, muy análoga á lo que las madres de los hombres de genio sienten por sus gloriosos hijos: era la respetuosa proteccion, llena de ternura, que dispensa el fuerte guerrero al príncipe de menor edad: era identificacion; era orgullo; era ufanía como de un bien propio: diríase que aquella imágen le representaba su trágico destino, su noble orígen, su temprana orfandad, su pobreza, sus cuitas, la injusticia de los hombres, la soledad en que habia quedado sobre la tierra, y acaso tambien algun presentimiento de futuros martirios...

Nada de esto discerniria entónces el desventurado; pero tal debia de ser el tumulto de ideas informes que palpitaba en el fondo de aquella devocion pueril, constante, absoluta, exclusiva.—Para él no habia ni Dios, ni Vírgen, ni Santos, ni Ángeles: no habia más que el Niño de la Bola, sin relacion á ningun alto misterio, sino por sí mismo, en su forma presente, con su figura artística, con su vestido de tisú de oro, con su corona de pedrería falsa, con su rubia cabeza, con su hechicero semblante y con aquel globo pintado de azul que mostraba en la mano, sobre el cual se erguia una crucecita de plata sobredorada en señal de que el mundo estaba redimido.

Y hé aquí la razon y fundamento de que, primero los acólitos de Santa María de la Cabeza, y despues todos los muchachos de la Ciudad, y, finalmente, las personas más graves y formales designaran á Manuel con aquel singularísimo apodo de El Niño de la Bola,—no sabemos si en són de aplauso á tan vehemente idolatría y por fiarlo al patrocinio del propio Niño Jesus, ó como antífrasis sarcástica... (dado que tal advocacion sirve allí á veces como término comparativo de la ventura de los muy afortunados), ó como profecía de lo animoso y formidable que habia de ser con el tiempo el hijo de Venegas, supuesto que la mayor hipérbole que suele emplearse tambien en aquella comarca para encomiar el valor y poderío de alguno, se reduce á decir que «no le teme ni al Niño de la Bola...»

Como quier que ello fuera, así denominaban generalmente al gallardo huérfano cuando recobró el uso de la palabra á la edad de trece años, en cuya fecha (y es lo que ántes íbamos á referir) contrajo un nuevo hábito, tan inalterable y acompasado como todos los suyos, que le apartó un poco de su mística devocion é hizo prever al público sensato graves y funestas consecuencias.

Tal fué la costumbre que tomó de ir á sentarse, todas las tardes á la misma hora, en un poyo que habia á la puerta de no sé qué casa, frente por frente del antiguo palacio de los Venegas, donde seguia habitando el usurero D. Elías.—Allí se estaba solo y quieto, desde las dos, que acababa de comer, hasta que se hacía de noche, con los ojos clavados en los grandes balcones del edificio ó en el escudo de armas que campeaba sobre la puerta, sin que fuesen parte á distraer su atencion los curiosos que pasaban por aquel solitario barrio, con el mero objeto de verle hacer tan significativa centinela, ni osaran parecer por allí los chicos de su edad, ya castigados por sus puños de hierro, ni hubiesen bastado los ruegos y hasta órdenes del prudentísimo D. Trinidad Muley á hacerle desistir de aquella peligrosa manía.

Los balcones del famoso caseron estaban constantemente cerrados con maderas y todo, ménos uno, que tenía sobre los cristales cortinillas blancas.—¡Era el de la habitacion que fué despacho de su padre!—Pero las cortinillas no se meneaban nunca, ni se veia nada al traves de ellas...

Tampoco entraba ni salia alma viviente á aquellas horas por el enorme porton, cerrado tambien, como si allí no viviera nadie, ó como si detras de él no hubiese un portal con otra puerta, y en esta puerta su correspondiente aldaba.

Al fin, una tarde vió Manuel salir del palacio, y regresar á él al poco tiempo, á un viejecillo pobremente equipado, que recordó haber visto algunas veces en el despacho de su padre contando grandes montones de dinero...—Sin duda era el criado y cobrador de D. Elías.

El vejete debió de conocer tambien al niño, ó tener noticias de su persona, pues dió un largo rodeo á la ida y otro á la vuelta para no pasar cerca de él; lo miró de reojo con cierta especie de pavor, y volvió muchas veces la cabeza como para cerciorarse de que no le seguia,—ni más ni ménos que hacen los supersticiosos con las que se les figuran almas del otro mundo.

Á la tarde siguiente, observó el huérfano que detras de las mencionadas cortinillas se movia una sombra...; y luégo vió descorrerse un poco la muselina de una de ellas, y pegarse al cristal la severa cara de otro viejo, á quien no conocia, y que fijaba en él dos ojos como dos puñales...

—¡Ese es mi verdugo!—dijo Manuel, dando un salto de fiera, y avanzando hácia aquella parte del edificio.

Pero la cortinilla se corrió de nuevo, y desapareció la vision.

El niño volvió á su asiento, cesando su furia tan bruscamente como habia estallado.—Todo en él tenía este carácter de prontitud y fuerza, propio de los leones: lo mismo la cólera que el reposo; así el dolor como el consuelo; así la arremetida como el perdon,—segun que veremos más adelante.

Mucho debió de perturbar el régimen doméstico, y acaso tambien la conciencia del riojano, la especie de sitio que le habia puesto aquel diminuto acreedor, que parecia ir en demanda de su hacienda, del hogar en que habia nacido, de la vida de su padre y del escudo de armas de sus mayores, y mucho debió de asustar á las mujeres de la casa el verle allí sentado horas y horas, como un pleito mudo, como una acusacion viva, ó como una protesta perenne, anuncio de inevitables venganzas... Ello es que, á las dos ó tres tardes de haberse cruzado la primera mirada de odio eterno entre el usurero y su víctima, salió del vetusto caseron una mujer como de cincuenta años de edad, hermosa todavía, aunque muy estropeada y enjuta; de aspecto poco señoril, pero digno, y vestida más bien como una rica labriega que como una dama.—Era la señá María Josefa; la antigua criada y actual esposa del prestamista.

Manuel lo adivinó, aunque tampoco la habia visto nunca, y, no sabemos si por delicadeza de instinto, ó porque en los últimos tres años hubiera oido hablar de las buenas cualidades de aquella pobre mujer á tanto y tanto oficioso comentador de las desventuras que sobre él pesaban, no sintió aversion ni disgusto al verla...—Pero, cuando observó que la esposa de D. Elías, despues de asegurarse de que no habia testigos en la calle ni en ninguna ventana, se le acercaba resueltamente y se sentaba á su lado, experimentó una angustia indecible y se levantó para marcharse.

La mujer lo detuvo y le dijo:

—No te vayas, Manuel... Yo no te quiero mal... Yo vengo de buenas...—Dime, hijo mio: ¿qué buscas aquí? ¿Necesitas algo?—¿Por qué vistes esa ropa, impropia de tu clase? ¿Quieres que yo te dé dinero?

El niño vestía de chaqueta, porque cuando se le quedaron chicos los trajes que sacó de su casa, y D. Trinidad quiso hacerle otros del mismo estilo, se opuso á ello con gran energía, diciéndole:—«No, señor Cura: yo no puedo costear ropa de caballero... Vístame usted de pobre...»—Abstúvose, sin embargo, de dar aquella explicacion, ni ninguna otra, á la señá María Josefa; y, en lugar de responderle, ó de volver á sentarse, púsose á escribir en el suelo con la punta del pié y á mirar atentamente aquello que escribia.

La mujer continuó, despues de una pausa:

—No es esto decir que la chaqueta te siente mal...—Tú estás bien de todas maneras..., pues eres un muchacho muy guapo, con dos ojos como dos soles, y además el señor Cura (Dios se lo pague) te tiene muy aseado y decente...—Pero yo quisiera hacer algo más por tí, comprarte muchas cosas, costearte una carrera en la Capital...—En fin, aunque yo he hablado ya con D. Trinidad, y él cree que estos negocios debemos arreglarlos primero tú y yo, díselo de mi parte, para que te convenzas de que no te engaño; y, si te decides á ser mi amigo, verás cómo todos lo pasamos mejor...—¿No me respondes, Manuel?—¿En qué piensas?

El niño no contestó tampoco á este discurso, y siguió escribiendo con el pié en el suelo, donde ya podia leerse el nombre de su padre: «Rodrigo.»

—¿Qué escribes ahí? (preguntó, despues de otra pausa, la esposa de D. Elías.) Yo no sé leer; pero me he enterado con mucho gusto de que al fin recobraste el habla...—Respóndeme, pues.—¡Cuando tú vienes aquí todas las tardes, algo quieres!...—Dímelo con franqueza...—Ó, si no, toma, y es mejor...—Tú gastarás esto en lo que necesites...

Y le alargó un bolson de torzal encarnado, entre cuyas estiradas mallas relucia mucho oro.—Lo ménos contendria seis mil reales.

Manuel borró con el pié el nombre del difunto caballero, y se puso á escribir otro, que resultó ser el de la madre á quien no habia conocido: «Manuela».—En cuanto al bolson, ni siquiera se dignó mirarlo; pero, para dar á entender que nada tomaria, se metió las manos en los bolsillos del pantalon.

—¡Eres muy rencoroso, ó tienes mucho orgullo, Manuel! (dijo entónces con amargura la señá María Josefa.)—Por lo visto, crees que todos los de mi casa somos tus enemigos, y lo que es en eso te equivocas...—Figúrate que tengo una hija, á quien adoro, como tu pobre padre te adoraba á tí; la cual, esta mañana le decia á mi marido despues del almuerzo:—«Mira, papá: es menester que perdones á ese niño tan hermoso que se sienta todas las tardes ahí enfrente, y que le digas que sí á lo que venga á pedirte...—¡Á mí me da mucha lástima de él!—¡Dicen que ántes era más rico que nosotros y que la cama en que yo duermo ha sido suya!...»—¡Conque ya ves, hombre; ya ves! ¡Hasta mi Soledad se interesa por tí!

Manuel habia levantado la cabeza y dejado de escribir en el suelo.

—Dígame usted, señora... (pronunció entónces reposadamente:) ¿Cuántos años tiene esa niña?

—Va á cumplir doce...—respondió la madre con incomparable dulzura.

Manuel volvió á su distraccion, y escribió en la tierra: «Soledad.»

—Conque ya te habrás convencido de que puedes tomar esta friolera...—añadió la buena mujer, alargándole el dinero.

Manuel retrocedió un paso, y dijo con frialdad:

—Señora... ¡bastante hemos hablado!

Y, girando sobre los talones, se alejó lentamente, hasta que desapareció detras de una esquina.

La esposa del usurero dejó caer sobre la falda la mano en que tenía aquel oro inútil, y se quedó muy pensativa y triste. Luégo se levantó, dando un gran suspiro, y penetró en la que no sabemos si se atreveria á llamar su casa.

En cuanto al niño, no habian transcurrido cinco minutos cuando ya estaba otra vez sentado en el poyo de la acera de enfrente.