III.
El San Juan en el presente siglo.

Poco despues de los años en que quedó el relato al terminar el anterior capítulo y cuando aun no habian corrido mas que veinte del presente siglo, la poblacion de la Isla tuvo un aumento repentino y de notable consideracion, producido por las emigraciones, primero de la parte francesa de la América del Norte, y despues de los paises situados á orillas del mar Caribe en la América del Sud. Esas emigraciones trageron á la vez que capitales y conocimientos, que hicieron tomar un desarrollo inesperado al trabajo de la Isla, un grado de cultura superior sin duda al de esta sociedad, que harta tenia en medio del aislamiento en que se encontraba, y que tuvo el talento de apropiarse muy pronto los adelantos que se le entraron por las puertas cuando menos lo imaginaba.

El número de familias que llegó á la Isla, por crecido que fuera y por mucha influencia que ejerciera en la prosperidad social y material del país, no fué sin embargo bastante para reformar las costumbres; y mucho menos los actos oficiales que figuraban como una de las mas importantes partes de las fiestas populares de esta ciudad, porque precisamente esos actos representaban principios por los que los emigrantes acababan de sacrificar su porvenir, su posicion, sus familias y todo cuanto puede constituir el bienestar del hombre sobre la tierra. ¡Rasgo sublime de abnegacion en aras del amor patrio, que me complazco en recordar con admiracion y respeto, por mas que él me obligue hoy á doblar mi humilde frente para buscar en el trabajo el alimento de mis hijos y el mio propio! Así pues las costumbres de este pueblo continuaron siendo lo que eran y las fiestas populares de San Juan se vieron cada vez mas animadas, merced al mayor número de individuos que en ellas tomaban parte; y que la tomaban con tanto mayor gusto cuanto que la diversion de las carreras se amoldaba bastante á los usos de su país.

El mismo aumento de poblacion y por consecuencia la necesidad de mayor número de caballerías para facilitar el mayor movimiento que aquel producia en el interior de la Isla, desprovista de toda clase de caminos que no fueran los de herradura y aun estos mismos en mal estado casi siempre, eran un nuevo estímulo para las carreras de San Juan, que sin propósito determinado y por solo la fuerza de la necesidad llegaron á ser, sin que nadie lo dijera, una especie de féria anual que estimulaba la crianza del ganado mejorando constantemente las razas de caballos.

Así pasaron algunos años, celebrándose en todos ellos las fiestas del Patron, sin que se introdujeran mas variaciones que aquellas que sin duda producia en cada año el mejor ó peor humor de los vecinos y por consiguiente la mas ó menos predisposicion para divertirse. Llegó empero el año de 1812 y con él la nueva forma constitucional que el Gobierno Supremo dió á la nacion, inclusas estas sus apartadas provincias; y variada por completo la organizacion del Ayuntamiento de esta Ciudad, como la de todos los demás del Reino, cesaron los actos públicos oficiales que se celebraban para San Juan y las fiestas tomaron entonces un carácter enteramente popular, al que en nada contribuyó por de pronto el Municipio, como no fuera en sostener las funciones religiosas que se efectuaban en obsequio del Santo tutelar.

Pasada la época constitucional volvió el pendon á pasear las calles de la Capital y los Alféreces Reales volvieron á festejar aquel acto con refrescos y bailes, como se habia acostumbrado hacerlo en los años anteriores; y este pueblo, tan sencillo como fiel y respetuoso, vió de nuevo, con la misma consideracion con que siempre la habia visto, aquella ceremonia que no era mas que un recuerdo de lo que de hecho habia dejado de existir.

Por esta época tuvieron orígen las alboradas como parte de las fiestas de San Juan; y al incluirlas en el número de estas sin duda que fué la intencion de perpetuar la memoria de acontecimientos que habian sido de grande importancia en su tiempo.

Sabido es que nuestra Isla fué considerada hasta principios de este siglo simplemente como un presidio y de consiguiente ni nunca se le permitió comunicacion de ningun género con los paises estrangeros, ni aun la misma Madre patria hacia con nuestra provincia otros negocios que el simple aprovisionamiento de que regularmente estaba encargada alguna de las compañías marítimas que, por un error económico, pretendieron ejercer un monopolio con la América, desde los tiempos de su descubrimiento. En tal estado, no teniendo comercio ni pudiendo nacer en el interior industria alguna, por carecer de estímulo para la produccion, la Isla languidecia constantemente, sin ofrecer recursos de ninguna clase á la poblacion que acrecia sin embargo cada dia, merced á la abundancia de la tierra; y las atenciones públicas se veian relegadas al olvido por la falta de medios con que cubrirlas, pues el país no daba ni podia dar rentas ni aun para las cargas personales mas perentorias.

De nada valió que allá por los años de 1768 y con motivo de los daños ocasionados por los terremotos sufridos en 1766, el Gobierno Supremo concediera franquicias á la importacion de provisiones; ni habia comerciantes que se hallaran en aptitud de hacer competencia á las compañías que tenian la esclusiva mercantil de América, ni el consumo de la Isla ofrecia sumas de suficiente consideracion para estimarse el beneficio. Penetrado de que no lo habia el Gobierno Supremo y no queriendo dejar abandonada á la Isla, dispuso que sus atenciones se cubrieran por las cajas de Méjico, las que hacian al efecto cada tres ó cuatro meses una remesa de numerario en cantidad suficiente para cubrir el presupuesto de esta antilla.

Estas remesas, que el pueblo conocia con el nombre de situados, sufrian casi siempre los retardos propios de las dificultades con que en aquella época luchaba la navegacion; y como que de ellas dependia el bienestar de muchas familias, especialmente en esta ciudad, centro de la administracion general de la provincia, no es extraño que fueran esperadas con toda la ansiedad propia de quien confia mejorar su situacion. Desde que se acercaba el tiempo en que se suponia que debia llegar el buque portador de la moneda, todo el mundo concurria con excesiva, pero justificada frecuencia, á las alturas de la poblacion, y se excudriñaba minuciosamente el horizonte, queriendo las miradas traspasar esa línea imaginaria que nos oculta un mas allá que nada sin embargo encubre. Y no solamente concurrian todos ó la mayor parte de los vecinos á interrogar con el deseo al impasible Océano, sino que á medida que se calculaba mas próximo el dia de la llegada de la nave, se establecian guardias que pasaban los dias y las noches en constante vigilancia, hasta que al fin eran coronados los deseos con el feliz éxito de ver aparecer en el horizonte un punto blanco que á proporcion que crecia ensanchaba los corazones de los espectadores. Cuando el buque era reconocido, la ansiedad se convertia en regocijo y grandes y pequeños, hombres y mugeres, niños y ancianos de todas clases y condiciones, porque para todos era una verdadera alegría, recorrian las calles, acompañados de una música y desahogando su entusiasmo con estrepitosos vivas y bulliciosa algazara. Y como esta escena se producia casi siempre en las primeras horas de la mañana, cuando la luz del alba dejaba distinguir la embarcacion, de aquí el orígen y el nombre de la alborada, que se conservó despues, segun he dicho, como un recuerdo, cuando ya las cajas de la provincia no necesitaron de auxilio extraño, merced al celo y amor patrio de un hijo ilustre de este suelo, el Sr. don Ramon Power, Vice-presidente que fué de las Córtes constituyentes de la Nacion en 1812, y al genio del Intendente D. Alejandro Ramirez que organizó económicamente la Isla, con un acierto digno de que nunca deje de tenerse por ejemplo.

Las alboradas quedaron pues reducidas á una especie de aniversarios festivos; que sin duda debian serlo en mayor grado para aquellas personas que habian tenido ocasion de apreciar lo que valia una de aquellas fiestas; y que lo fueron despues aun para aquellos que solo por tradicion alcanzaron la diversion. Andando el tiempo las alboradas fueron adelantando su hora de salida y ya no fué al romper el dia cuando dieron principio sinó que avanzaban á las horas de la noche, hasta llegar á las primas noches; y como no es posible que una diversion que solo consiste en recorrer las calles al sonido de la música y en medio de vivas y gritos de alegría se haga durar sin cansancio por muchas horas, sucedió y sucede que dando principio en las primeras horas de la noche no pueden prolongarse mas allá de la media noche, convirtiéndose así en una antítesis de su nombre.

Al llegar el nuevo período constitucional de los años de 1820 y 21 cesó otra vez la ceremonia del pendon, en solo los años que aquel duró; y volvió á reproducirse y conservarse desde 1823 hasta 1836 en que concluyó definitivamente, como se verá mas adelante. En este intérvalo de trece años, las fiestas populares de San Juan presentaron una progresiva animacion, que deja entrever sin duda la prosperidad material que tomaba la Isla; y la aficion creciente por las carreras de caballos, el deseo general de lucir los mejores animales de esta especie y la facilidad estraordinaria con que por consecuencia de las fiestas se hacian negocios de caballos, demuestran que cada vez se hacia sentir mas y mas la necesidad de esos animales para el movimiento interior de la provincia, que aumentaba rápidamente con el crecimiento de la poblacion. Esos trece años y algunos pocos mas, posteriores al de 1836, pueden considerarse como el período culminante de las antiguas fiestas del Patron; la vela, la alborada; los bailes, muchas veces realizados en algunas calles, bajo el ligero techo de lienzo de las enramadas que al intento se levantaban; y las carreras de caballos en las vísperas y dias de San Juan y de San Pedro, estas últimas de máscaras, formaban el conjunto de diversiones que constituian la fiesta del Patron, en la que solo intervenia el Ayuntamiento sosteniendo las funciones religiosas y conservando la ceremonia oficial del pendon que cada año se celebraba con mas pompa y solemnidad. Todavia existe una generacion entera que recuerda con gusto aquellos placeres en los que reinaba la mas franca amistad; y sin duda por el encanto que comunica á todas las cosas el recuerdo de lo pasado, muchos hay que nada encuentran capaz de suplir á aquellas fiestas que el tiempo ha transformado.

Sin embargo de esta opinion y por mas que se reconozca que las carreras de caballos, tales como se efectuaban, tenian su razon de ser en la conveniencia pública, preciso es confesar que esta fiesta ofrecia detalles que se armonizan poco con las condiciones de un pueblo culto. Refiérome á las gritas que, especialmente por las noches, se daban á los que iban á caballo; y en las que se proferian palabras y frases que la decencia no consiente. Y era esto tanto menos dispensable cuanto que no se reducian á un solo lugar ni á un solo momento, sino que se reproducia tan poco decorosa escena en todas las horas que duraban las carreras de la noche y en todos los sitios de la capital; puesto que los que no montaban sentábanse en sillas á las puertas de las casas y muchos se reunian en el atrio de la Catedral que metafóricamente se llamaba el balcon de los arrancados, suponiéndose que los que allí asistian no tenian con qué tomar parte en la fiesta.

La verdad me obliga á consignar con dolor que en esas gritas se hacia muchas veces figurar la reputacion de familias enteras, que la envidia ó la maledicencia pretendia deslustrar valiéndose para ello de los momentos en que ciertamente habia mas expansion, pero expansion de cordial alegría que fué alterada mas de una vez por aquella causa; y ninguna persona sensata podia mirar con indiferencia tan odioso proceder. Por fortuna esos abusos, que nunca pudieron ser usos y costumbres semejantes faltas, pasaron ya del todo; y me complazco, por amor á mi país, en dejar tambien consignado que este pueblo ha variado mucho de entonces acá, merced, mas que á la educacion que se le ha dado hasta ahora, por desgracia muy escasa, á la que él mismo ha adquirido, siquiera no sea mas que por el roce frecuente de los forasteros y estrangeros que todos los dias nos visitan.

Tales eran las antiguas fiestas de San Juan, en su período de mayor auge, segun las recuerdan todavia muchas personas; y aun cuando no me atreva yo á calificarlas de locura, como lo hace el respetable Fr. Iñigo, por mas que en las carreras particularmente hubiera cierto desenfreno poco compatible con las maneras de un pueblo culto; juzgo sí que la transformacion social que desde entonces ha tenido la poblacion hizo imposible que continuaran las fiestas como venian; y por eso se verán entrar en el período de decadencia que paso á describir.