Levantóme á las mil, como quien soy.
Me lavo. Que me vengan á afeitar.
Traigan el chocolate; y á peinar.
Un libro... Ya leí... Basta por hoy.
Si me buscan, que digan que no estoy...
Polvos... Venga el vestido verdemar...
¿Si estará ya la misa en el altar?
¿Han puesto la berlina?... Pues me voy.
Hice ya tres visitas; á comer...
Traigan barajas: ya jugué. Perdí.
Pongan el tiro. Al campo; y á correr...
Ya Doña Eulalia esperará por mí...
Dió la una. A cenar y á recoger.
¿Y es esto un racional?...—Dicen que sí.

¡Ah! ¿Qué es la vida?... me preguntaba hace poco, contemplando la eterna luna.—Y en verdad que no he sabido responderme.

Heme con un día menos... ¿En qué lo he pasado?—¡Vive Dios que me avergüenzo cuando lo medito!

¡Y si pienso en que esto es ser feliz; en que ocho mil días como el de hoy constituyen todo mi tesoro; en que la magestad del hombre se reduce á tan mezquinas tareas; en que el porvenir es una multiplicación de vanidades que desprecio, de placeres que ya conozco y de dolores mayores que los que he sufrido!...

Decididamente, yo necesito tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol.

VIII.

LOCOMOCIÓN.

Viernes 6 de Agosto, al amanecer.

Son las cuatro de la mañana.

De hoy no pasa sin que me marche.

Pero, ¿á dónde?

Esto es lo que no sé todavía.

Tengo hecho el equipaje, la carta de vecindad en el bolsillo, la bolsa de viaje pendiente del cuello, el dinero... donde yo me sé, las pistolas en la faltriquera, un guante puesto y el otro quitado, el libro de memorias debajo del brazo izquierdo, el mapa de Europa en la mano derecha, cuartos para los pobres en el bolsillo del pantalón, cartas de recomendación... no las quiero ni las necesito; provisiones de boca en un cesto muy grande, pasaporte para el extranjero en la cartera, espolines en su estuche, y agujeros para ellos en las botas.—Nada me falta: puedo marchar inmediatamente...

Pero ¿á dónde? (vuelvo á preguntarme). Cómo? ¿En qué forma? ¿Hasta cuándo? ¿Para qué?

Pláceme mucho hacer cosas nuevas; de modo que, por mi gusto, este viaje, que emprendo en busca de árboles, de frescura y de agua en qué meter el cuerpo, lo llevaría á cabo, si pudiera, de un modo raro y extraordinario.

Recapitulemos, á ver si doy con algo original.

Yo he viajado ya en barco de vela,
en barco de vapor,
y en barco de remo...

Por consiguiente, no es cosa de embarcarme en el Canal de Manzanares.

Tambien he viajado en ferro-carril,
en diligencia,
en posta,
en coche particular..., ajeno,
á caballo,
en galera,
en calesa,
en carro de bueyes,
en mula,
y en asno.

(De todo lo cual me alegro mucho, yo el editor de el Diario de un Madrileño, porque, escribiendo así, en parrafitos tan cortos, cunden mucho los artículos literarios).

He patinado y andado en trineo.

He sido llevado á cuestas para pasar algunos ríos.

Me han conducido en brazos, primero mis once nodrizas, y en cierta ocasión las masas populares.

He bajado á varias minas colgado de una cuerda.

He trepado por escalas de nudos.

He andado sobre zancos de madera.

Me he arrastrado, como una serpiente, por cañerías morunas, buscando tesoros.

He andado á cuatro piés por los tejados.

He cabalgado cuando niño en carneros merinos, perros de Terranova y cerdos en pelo, es decir, cerdos en cerda.

También he nadado; lo que me gusta más que andar.

Porque se me olvidaba decir que he andado.

He volado en sueños.

Me he mecido á mi sabor en campestres columpios, recibiendo el impulso de manos hermosísimas.

He dado vueltas en el tío Vivo.

He resbalado voluntariamente de espaldas, apoyado en un bastón ferrado, desde heladas cumbres á nevados valles.

He rodado sin querer, como una pelota, por la ladera de cierto abismo.

Me he arrojado desde una Montaña rusa.

He botado con b, pues con v no he podido (tal estaban las listas electorales...)—he botado, digo, siendo presa de una convulsión que suele visitarme.

He caido, de piés, de una respetable altura.

He saltado más de cuatro arroyos.

Y he hecho la belica.

Hasta aquí lo que conozco.

Veamos ahora lo que no conozco.

No he viajado en globo aereostático.

Ni en ataud.

Pero tengo esperanzas de viajar de una y otra manera, porque yo soy de los que saben que han de morirse y de los que creen y esperan que se dará dirección á los globos.

Tampoco he caminado sobre la joroba de un camello, como los árabes.

Ni sobre el lomo de un elefante, como los indios.

Ni en litera, como las damas del siglo XVI.

Tampoco he sido llevado todavía en andas.

Y digo todavía, no porque entre en mis proyectos ir á la China (sobre todo desde que ya va todo el que quiere, gracias á los cañones de Inglaterra y Francia), sino porque puedo llegar á ser Santo y salir en procesión,—que Santos hubo, ó, por mejor decir, hay en el almanaque, que á mi edad eran mucho más malos que yo, como pueden atestiguar San Agustín, San Pablo, San Francisco de Borja y otros.

Tampoco me han paseado en la punta de una pica como á la Princesa de Lamballe; pero todo me lo temo...; y eso que no soy príncipe todavía...

(De este todavía digo lo mismo que del anterior).

¿De cuál de estas maneras emprenderé mi viaje?

De ninguna.

Recurramos, pues, á lo ya conocido.

Me marcho en diligencia.

El dónde no lo sé; pero ello dirá. Por lo pronto me dirijo al Norte, cosa muy natural en quien busca fresco.—Mañana á estas horas estaré en Valladolid.

No siento pena por lo que dejo en la corte. Tengo la seguridad de que, yéndome, no me privo absolutamente de nada agradable. De aquí al otoño, que pienso volver, todo seguirá como se encuentra hoy,—dormido, asfixiado, muerto, y enterrado en polvo por añadidura.

¡Dios mío, que me salgan ladrones; que volquemos; que encuentre alguna compañera de viaje muy bonita; que pasemos hambres y tormentas!—¡Emociones, Dios mío, emociones á toda costa!

¡Conque esto es hecho!—¡Adios, Madrid! Te dejo ensayando zarzuelas y discursos parlamentarios; disponiéndote á levantar la Puerta del Sol y á reunir un nuevo Congreso de diputados; esperando la del cielo, esto es, agua llovediza que temple el rigor de tu caliginoso ambiente, y confiando en la venida del Lozoya y de una buena compañía de ópera italiana.—¡Que Dios escuche tus votos!

¡Adios, noches del Prado, tardes de la Fuente Castellana, mañanas del Retiro! ¡Adios, sol de la Mancha, luna de Julio, horchata de chufas, pretendientes que concurrís á los cafés, bailes del Tíboli, baños del ex-Manzanares!—¡Hasta las Ferias, si el tiempo lo permite!

Pero no creo haberme despedido lo bastante de la Puerta del Sol, y retrocedo sobre mis pasos para decirle:

—¡Adios, nueva Palmira; fruto precioso de la revolución de Julio; cascajal perdurable; Proteo geográfico, tan pronto laguna como pantano, hoy montaña si ayer derrumbadero; Maelstrom de los coches; digno atrio del ministerio de la Gobernación de España; moderna Troya, en cuyo centro mueren los Ministros demasiado arrogantes; barricada eterna, en que los menestrales acechan á los ministriles; manzana, no de casas, sino de la discordia, entre académicos, ingenieros y capitalistas; Puerta Otomana, que has dado margen á toda una guerra, que empezó por donde concluyó la de Oriente (por la demolición de algunos edificios), y terminará Dios sabe cómo!—¡Adios!—¡Quieran los cielos que, cuando yo vuelva, te hayas convertido en un lago como Pentápolis!

IX.

EL OTOÑO EN LA CORTE.

(Carta que el «Madrileño» recibió, ó más bien supuso haber recibido, estando en el campo.)

¡No nos escribas más cartas acerca de los valles y montañas de Santander!—¿Qué pueden interesar ya á los suscritores de La Epoca las delicias del campo, ni los baños de Ontaneda, ni los de mar, ni los saltos de los pasiegos, ni las apuestas de los barreneros de esas minas, ni las proezas de los tiradores de barra, ni los triunfos de los jugadores de bolos, si el verano puede darse por concluido, si pasado mañana principia el otoño, si nadie piensa ya en los placeres de la naturaleza, si todos suspiran ya por los placeres del arte, si no hay quien desee salir de Madrid; si, por el contrario, los que salieron están preparándose á volver, y si tú mismo comienzas á aburrirte y á echar de menos la vida de la sociedad?

¡Vente, pues, mi querido amigo! ¡Vente á este mare-magnum, que ya principia á encrespar sus olas! ¡Ven, que ya amanece el año madrileño de 1859!... ¡Ven, y lánzate á este torbellino de ambiciones, de novedades, de espectáculos, de peligros, de grandezas, de miserias y de locuras, fuera del cual no podemos vivir un año entero los que ya lo conocemos á fondo!—Y es que Madrid se parece á esas coquetas encantadoras que despreciamos tanto como las apetecemos, y que abandonamos para siempre todas las noches, sin perjuicio de volver á buscarlas todos los días.

A la hora en que te escribo, ya se empiezan á hacer los preparativos de la feria, y da gusto andar por el paseo de Atocha entre pilas enormes de exquisitas frutas.

Me dirás á esto que tú las tienes ahí más exquisitas, y colgadas de los árboles como su madre las parió, y yo te replicaré que aquí las frutas sirven de fondo á un cuadro animadísimo de muchachas como se preciso..., ya que no muy comm' il faut; pero muchachas, al fín, muy bonitas y elegantes, entre las que figuran A... E... I... O... U... y otras varias y diversas, que ya han regresado de Chamberí, el Molar, Carabanchel y demás residencias veraniegas... de tercera clase.

¡Oh! ¡sí! Las diligencias y los correos vienen atestados hasta los topes, es decir, hasta los cupés...

El Prado se puebla de emigrados que ostentan las últimas modas de París, Lóndres y Viena...

Los teatros ensayan...

Los conciertos preludian...

En las horchaterías se venden esteras de esparto...

Sacúdense y tiéndense algunas alfombras...

¡La resurrección, la rehabilitación, la restauración cortesana es ya un hecho consumado!

El uno llega con los bolsillos llenos del oro que ganó en el garito europeo llamado Baden Baden.

El otro nos trae noticias de los hombres de órden que gimen en un ostracismo espontáneo, allá en las tristes márgenes del Sena...

Quién ha hecho acopio de salud que derrochar;

Quién de dinero, arrancado á su patriarcal familia;

Quién de libros, para emprender otro año universitario;

Quién de novias, en el primer grado del amor, ganadas á punta de lanza en el Cabañal de Valencia ó en las orillas del lago de Enghien; en los Pirineos ó en Andalucía.

D. G... tiene en cartera un drama, que piensa hacer representar.

D. H... trae una máquina para aprender el idioma chino sin necesidad de maestro.

D. J... un discurso contra la Situación, que ya le quita el sueño á los siete ministros.

D. X... hace gárgaras, preparándose á contestar á D. M.

Los cantantes del Teatro Real asoman por Chamberí vestidos de invierno, á fín de no constiparse hasta que les convenga.

En fín: los templos de la gloria, del amor, del dinero y del poder entreabren ya sus puertas: la cucaña de la dicha se levanta otra vez en medio de la corte, y cien mil combatientes esperan la señal del asalto.—¡Ven á las filas!—La inteligencia, la hermosura, la intriga, el valor, los billetes de Banco y hasta la honradez son las armas del combate...—Acude, corre, vuela; elige tu sitio; esgrime el arma que debas al cielo; cierra los ojos y baja la cabeza; envuelve tu corazón en un frac, como en una mortaja, y ¡adelante!...; que, según dijo un sprit fort de la antigüedad:—Vitæ summa brevis spem nos vetat inchoare longam.

X.

LA APERTURA DEL TEATRO REAL.

El mundo madrileño se constituyó al fín la noche del sábado pasado.

Estamos en pleno 1859, aunque todavía no haya terminado 1858.

Tanto correr por esos caminos, los billetes del correo y de la diligencia tomados con anticipación, la confluencia espantosa de viajeros que vió Madrid á fines de Setiembre, la actividad que se notaba en el comercio y en casa de los sastres y modistas, los encargos hechos por telégrafo, las mil disputas en las aduanas, aquel afán porque todo estuviese concluido y por hallarse todos presentes en la corte para un día fijo, para un día dado, para el 1º de Octubre, no significaba otra cosa (puerilidad parece, pero apelamos á la conciencia de cada uno) sino que en ese día se inauguraba la temporada del Teatro Real.

Y, pues el Teatro Real abrió ya sus puertas, dicho se está que ha principiado un nuevo año madrileño.

Esto que digo no es opinión exclusivamente mía, sino proverbio ya, que corre de boca en boca: «hasta que se abre el Teatro Real, Madrid no es Madrid

En vano es que deje de hacer calor; que truene y que llueva; que se abran otros teatros; que se haga la vendimia; que aparezcan algunos abrigos; que dé la oración á las seis y media; que se cuajen de noticias los periódicos; que empiecen ó acaben las ferias; que vengan los estudiantes y los pretendientes; que se caigan las hojas de los árboles, y que el Prado, el Casino y los salones estén llenos de gente...—Parece que hay un convenio tácito en no dar importancia á estos hechos hasta que se entra oficialmente en Madrid; esto es, hasta que se aparece en el Teatro Real.

Esta es la gran cita, el gran congreso, la hora solemne en que se toma posesión del cargo de madrileño y se abre la legislatura de la sociedad elegante.—Después de esta sesión inaugural, ya puede uno decir en voz alta que ha llegado. Ya recibe: ya visita: ya está en la corte.—Decirlo antes, fuera exponerse á hacer sospechar que no se ha salido, y esto es imperdonable.

Por lo demás, la apertura del regio coliseo ha sido este año tan solemne como de costumbre.

Desde ocho días antes no se encontraba un billete ni por un ojo de la cara, y la Contaduría y la casa del empresario hallábanse sitiadas por filarmónicos de ambos sexos que mendigaban hasta una delantera de palco.

¡Tratábase de la Traviata, ópera popular como pocas, que tiene el privilegio de sacar de sus palacios y de sus casillas (entiéndase buhardillas) á los habitantes de Madrid, sobre todo á las señoras de medio pelo!

A las siete de la noche, ya batían las puertas del suntuoso teatro las oleadas de la muchedumbre, que, habiendo de conquistar su asiento por derecho de prioridad, se disponía á subir de seis en seis los doscientos escalones que conducen al paraiso.

A las ocho, esta marea creciente había ya inundado aquel sotabanco del templo de la música; y rugía, silbaba, reñía, gritaba ¡sentarse!, reía, golpeaba en la madera y palmoteaba á compás, como en la plaza de toros, mientras que la orquesta templaba y concertaba los instrumentos...

Entretanto, en palcos y butacas salían de entre los pliegues de sus capuchones mil elegantísimas damas, como otras tantas flores que abrían su caliz al primer gorjeo de los pájaros (alusión á los violines), para tomar el sol (alusión al gas) revelador de su hermosura.

Y todo fué durante aquel cuarto de hora reconocimientos, sorpresas, saludos, apretones de mano y miradas de azúcar derretido...

El uno venía de Alemania, la otra de Suiza, fulana de París, mengano de los Pirineos...

En esto comenzó el preludio de la Traviata.

 

 

 

1858.


 

 

 


VISITAS Á LA MARQUESA.

INTRODUCCIÓN.

En la pintoresca lista de mis relaciones sociales—que comprende todos los colores políticos, todas las gerarquías, todas las edades, y todos los sexos...

A propósito de sexos: necesito revelaros una cosa que ignoraréis, y que justifica ese «todos» que os habrá chocado.

Los sexos no son dos, como se había creido hasta aquí. Cierto arquitecto, que había construido un hospital, decía al señor Gobernador de la provincia, explicándole dicha obra:

—Como ve V., he dividido la enfermería en tres departamentos aislados... para los tres sexos.

—¡Hombre! ¿De qué tres sexos me habla usted? (exclamó la autoridad). ¡Yo no conozco más que dos!

—¡Ah! ¡ya lo creo! (respondió el constructor). Pero este hospital es general, y vendrán á él los tres sexos... ó, lo que es lo mismo, los hombres, las mujeres y la tropa.

Pues bien: la lista de mis relaciones comprende desde la tropa hasta los artistas, desde los periodistas hasta los académicos, desde los autónomos hasta los autócratas, desde el clero hasta los bohemios más trasnochadores, desde las niñas más inocentes hasta los ancianos semifósiles que ya no pertenecen á este mundo.

Tal es Madrid, y ya explicaré alguna vez en qué consiste esto. Básteme por hoy observar que la alta sociedad madrileña es esencialmente democrática; que todas las clases están confundidas en una sola, cuyo nombre podría ser la gente tratable, y que este potpourrí tiene sus grandes ventajas y sus pequeños inconvenientes.

Conque prosigo.

Entre mis relaciones figura, y en lugar muy preferente por cierto, una Marquesa viuda, que ha sido morena, pero que ya no lo es, gracias á los progresos de la química; poseedora de cincuenta miércoles de ceniza; catalana de nacimiento y francesa de educación; mujer que ha sido muy hermosa, y que, como todas las morenas, ha envejecido demasiado pronto; muy aficionada al mundo, pero que ya no va á él, sino que lo recibe, y á la cual visitan todas las noches (desde las seis, que se abre su comedor, hasta las tres de la mañana, que se cierra su tertulia) unas ochenta á cien personas de todos tamaños y matices.—Unas la acompañan á la mesa; otras á tomar café mientras es hora del teatro; otras pasan allí la soirée, cuando no hay funcion en el teatro Real; otras van á pedirle té después de la ópera; otras juegan al tresillo de diez á doce, y otras se presentan allí de media noche para abajo, ganosas de contar ó de saber las noticias políticas de última hora.

Esta marquesa no visita á nadie; no va al teatro ni á paseo; oye misa en su casa; no viaja hace muchos años, y, por último, no lee ningún periódico...—Verdad es que esto no le hace falta, pues que en su reunión se habla más y de mejores cosas que en todos los periódicos juntos.

La popularidad de esta señora y la afluencia de gente á sus salones están muy justificadas...

Primeramente, en ellos no falta nunca media docena de señoritas de primer empuje, bonitas... como casi todas las mujeres, bien educadas, aunque en París; que cantan, tocan el piano, bailan, etc., etc., y que no son las mismas todas las noches, ni tan siquiera dos noches seguidas, dado que van allí cuando no les toca el turno del teatro Real, cuando no hay baile en ninguna de las casas que frecuentan, ó cuando están de luto... aparente.

En segundo lugar: de los sesenta hombres, v. g., que concurren allí, por lo menos quince han amado á la Marquesa en sus años verdes, ó sea en sus verdes años; lo cual aumenta la cordialidad del trato y anima mucho la conversación algunos momentos,—sobre todo cuando no oyen las señoritas.

En tercer lugar, es indudable que la juventud se adiestra en aquella casa para más rigorosas sociedades: los hombres de mérito se dan á conocer; los curiosos saben todo lo que pasa en la villa; los murmuradores siembran sus observaciones de toda la semana; los viejos cuentan la historia secreta de todo el mundo (cosa que no está demás saber en los tiempos que alcanzamos); los diputados dicen lo que piensan decir ó lo que hubieran dicho; otros explican su voto ó su abstención; otros revelan aquello que harán cuando sean ministros... (háse notado que estos últimos nunca llegan á serlo); los Ministros, que también suelen concurrir (y no lo digo precisamente por los actuales), se justifican como Dios les da á entender ante la oposición con faldas, que es la más lógica y temible, y, en fín, con estas y las otras, resulta que en casa de la Marquesa se habla todas las noches de música, de política, de literatura, de modas, de viajes, de amores, de amoríos, de caballos, de casamientos, de defunciones, de bailes, de conciertos, de patinación, de esgrima, de jurisprudencia, de medicina legal é ilegal, de tauromaquia, de llegadas, de partidas, de historias, de teatros, de la temperatura, y de todo lo nacido y demás, como dice un amigo mío.

Ahora bien; obligado yo, como lo estoy desde que se jubiló Pedro Fernández, á escribir semanalmente en el folletín de La Epoca algo que agrade á sus lectoras (que suelen serlo las damas principales y las niñas más bonitas de Madrid), y careciendo de idoneidad para tan espinoso cargo, sobre todo después de las obras maestras que el Fernández ha producido en tal género, he caido en la cuenta de que, yendo una noche por semana á casa de la Marquesa, y apuntando en un papel todo lo que allí oiga referente á los altos intereses femeninos, me encontraré con mi trabajo hecho y no tendré más que remitirlo al periódico.

Después de este prefacio, pasemos á ver á la Marquesa, y refiramos todo lo que se diga en su tertulia.

PRIMERA VISITA.

EL FÍN DEL MUNDO.—DOCE MUJERES DE CORAZÓN.

—A los piés de V., Marquesa.

—Adios, joven: ¿cómo vá?

—A la orden del día y á la orden de V.: tosiendo y adorándola.—¿Y V.? ¿cómo tan sola?

—Acaba de irse al teatro mi primera tertulia. El Vizconde está en mi cuarto escribiendo una exposición á las Cortes contra los toros, y yo, mientras, filosofaba.—Pero ¡vamos! cuénteme V... ¿Dónde tan perdido? Hace ocho días que no lo vemos...

—¡Qué sé yo, Marquesa!... ¡qué sé yo!—Una semana menos y una semana más.—La he pasado entretenido en mil cosas, y hoy no me acuerdo de ninguna...

—Conque... ¿aburrido? ¿eh?

—¡Ni tan siquiera eso! ¡Hasta el fastidio, aquel noble compañero que nunca me abandonaba, empieza á serme infiel!

—Según eso, ¿se divierte V. en el mundo?

—No, señora; me distraigo; que es lo peor que puede sucederme.—La indiferencia es el sublimado del spleen.

—¡Pobre juventud!

—No comprendo esa exclamación, Marquesa.—Esta noche vengo decidido á disputar hasta en el filo de una espada.—Perdone usted, pues, que la contradiga á cada paso...

—He dicho: ¡pobre juventud!...

—Pues bien; yo creo que esa frase no está en su lugar.

—¿Por qué?

—¡Porque ya no hay juventud! (En el mundo moderno, se entiende:—que en nuestras provincias, donde aún queda algo de la antigua sociedad, todavía tropieza uno con esos anacronismos.) Pero en la sociedad moderna; en la que nosotros frecuentamos; en esta, amiga mía, no sólo no hay ya jóvenes; pero ni muchachos, ni viejos, ni mujeres...

—¡Ave María purísima! Pues ¿qué hay?

—Hablo formal, Marquesa: ya no hay más que hombres.

—¿Qué? ¿Las mujeres de ahora?...

—¡Son hombres; como los niños, y como los viejos... y como todos los seres creados ó imaginados!—Ya no hay dioses, ni semidioses, ni héroes, ni ángeles, ni almas del otro mundo, ni brujas, ni hechiceros, ni astrólogos, ni profetas, ni santos, ni Belcebúes: ¡ya no hay más que hombres! Y, como ya no hay más que hombres, se propende lógicamente á que sólo exista un hombre repetido, es decir, á que todos los hombres sean iguales. ¡Pronto desaparecerán, pues, las variedades que quedan en la especie humana, desde los esclavos de Cuba hasta los reyes de Europa!—No diré que los sacerdotes católicos lleguen á usar con el tiempo barbas, mujer y levita, como los protestantes; pero lo que sí aseguro es que se acabarán los moros, los judíos, los chinos y hasta los negros: las razas se cruzarán, unificándose: todos vestiremos un mismo traje, y hablaremos el mismo idioma: habrá moda universal, lengua universal, cámara universal, elegida por el sufragio universal, y dinero, y comida, y costumbres, y hasta mujeres universales. Después de esto, la humanidad la tomará con los irracionales..., y Dios sabe lo que inventaremos para mejorar su suerte, para igualarlos á nosotros, para redimirlos, para emanciparlos!—¡Ah! ¡la igualdad! La igualdad es la barbarie, es el estado salvaje, es el estado animal. En algunos bosques del interior de Africa todos los séres son iguales, incluso el hombre.—Créalo V., Marquesa: la igualdad es la muerte de la actual civilización.—Bien decía Voltaire: ¡Si no hubiera Dios, sería necesario inventarlo!—Ahora bien; yo creo que se acerca otra vez el día de la justicia de ese Dios sobre la soberbia y el olvido del hombre.—Preveo el fín del mundo.

—¡Por piedad, amigo mio! ¡explíquese V.!—Bajo palabra de honor le digo, que si no estuviera acostumbrada á sus extravagancias, creería que se había V. vuelto loco.

—Es muy posible, Marquesa; y ya hablaremos de eso más adelante.—Por lo demás, mi anterior razonamiento es muy sencillo. Desde que nuestra flamante civilización se olvidó del alma; desde que todo nuestro empeño se redujo á procurar comodidades al cuerpo y sublimar nuestras facultades físicas; desde que sólo pensamos en ferro-carriles para andar más deprisa, en telégrafos para hablar más alto, en máquinas para trabajar menos, en inventos para dormir mejor, en preservativos contra el calor y el frio, y en buscar medios de comer á una misma hora langostas del mar del Norte, chirimoyas de América y nidos de golondrinas del Japón; desde que nuestras casas están tan bien amuebladas, nuestros cuerpos tan adobados, perfumados, empolvados y reteñidos, nuestros dientes tan seguros en las encías, nuestros cabellos tan inamovibles en la cabeza, nuestra seguridad individual tan garantida por la Guardia civil, y nuestro derecho al Poder tan protegido por la Constitución, los dioses se han ido... y detrás de ellos las artes... y detrás de las artes el amor... y detrás del amor las mujeres... y detrás de las mujeres los niños... y con los niños los duendes, los viejos y los santos.—¿Me comprende V. ahora?

—Algo más claro lo veo... Quiere V. significar que la civilización presente ha descuidado el corazón y la fantasía; se ha hecho materialista, y mata de hambre á los jóvenes y á los poetas, que sólo viven y pueden vivir de sentimientos y preocupaciones...

—¡Justo! La mujer se ha vuelto materialista y sabia; el niño fuma en el vientre de su madre, blasfema en la cuna y escribe contra las creencias y las supersticiones antes de llegar á la edad en que la ley le permite hacer testamento; el viejo se remoza y remienda para seguir representando algún papel en el único mundo de que tiene noticias.—¡No... no hay más poder que el del hombre, ni más gloria que la suya, ni otro criterio que la razón humana, ni otra verdad que la que nosotros nos hacemos!—De aquí la muerte de la literatura.—¡Pobre literatura! ¿Qué pueden cantar hoy los poetas sin que el público se les ría? ¿Han de cantar al hombre?—¡Cerca le anduvieron, cuando, en la agonía de su inspiración, se dedicaron por completo á la mujer!—Aludo al romanticismo.—Los románticos, que negaban sus himnos á la divinidad, hicieron un dios de cada mujer, y cifraron en ella todo lo eterno, todo lo infinito, todo lo ideal que presiente el alma.—La mujer, por su parte, agradecida á estos hombres, bebió vinagre y mascó yeso, fingió que no comía ni hacía nada prosáico, adelgazó y palideció (todo á fín de sostener en su ilusión á los poetas); pero al cabo se portó como lo que era, como una pobre criatura de barro; como Eva, nuestra primera madre; como Julia se portó con aquel amigo mío...

—¡Adelante!...

—Y los pobres románticos quedáronse tan corridos y avergonzados, que, ó se metieron á neo-católicos, ó se pegaron un tiro.—En cuanto á la Novela, se dedicó á divinizar á las modistas y á las cómicas.—La pintura, la escultura y la arquitectura (las dos últimas especialmente) cesaron en sus funciones.—E hicieron bien... ¿Qué Dios, qué mito, qué héroe, qué fé, qué alteza habían de simbolizar en estos tiempos constitucionales? ¿Era cosa de erigir estatuas y templos á los economistas de frac azul, á los filántropos de bata, á los ingenieros vestidos á la inglesa?—¡Ah! señora... ¡yo disculpo á las pobres mujeres que, para luchar con esos impíos, con esos iconoclastas..., digo mal..., con esos adoradores de sí propios, se han creido en la precisión de imitarlos, de hacerse lógicas y positivistas, de masculinizarse (verbo nuevo), y de aspirar á tener voto en Cortes y sillones en las Academias! ¡Yo disculpo á los niños que, careciendo de juguetes y de temores, se meten á políticos y á filósofos! ¡Yo disculpo á esos viejos...—Pero aquí sale el Vizconde.

—¡Oh! de seguro no opinará como V...

—¿De qué se trata?—Buenas noches, amigo mío.

—Es muy sencillo, señor Vizconde. Decía yo á la Marquesa, ó pensaba venir á parar á probarle, que en la sociedad española (hablo de la sociedad inteligente, que forma las modas y las costumbres, de la sociedad de todas las aristocracias, de la sociedad de los sabios, los nobles, los políticos, los poetas y los banqueros) hacen mucha falta doce mujeres de corazón.

—¡Doce hombres, querrá V. decir!...

—¡Eh! ¡no sea V. polaco! Hablábamos formalmente.—Yo creo que esas doce mujeres son más necesarias, y harían mucho más bien, que esos doce hombres. Ellas resucitarían las ideas de gloria, de amor y de heroismo. Ellas ensancharían el mezquino horizonte de la bolsa y de la política, en que hoy se asfixia toda idea santa y generosa. Ellas protestarían contra el descreimiento general, rehabilitarían el sentimiento, enardecerían la fé, resucitarían el entusiasmo, ennoblecerían la lid, en una palabra; y, de las emboscadas alevosas y torpes escaramuzas de los pasillos del Congreso ó de los teatros, harían magníficos torneos en que la inteligencia fuera la espada, la hermosura el premio del vencedor, y Dios y sus verdades eternas el tema constante de la gloriosa pugna!

—¡Delirios de poeta, joven incauto!—exclamó el Vizconde.

—¡No tan delirios! (respondió la Marquesa). Pero, en fín, dejémoslo. Oigo crugido de faldas en el salón, y no es cosa de que reciba usted esta noche un voto de censura de las mujeres que tenemos..., buenas ó malas.

—¡Oh... magníficas, Marquesa!... ¡son magníficas! ¡En medio de todo, cuanto peores me gustan más! Las mujeres son como el queso: hasta que se echa á perder, no agrada á les connaisseurs...

—¡Ah, libertino!...—Mas ¿qué veo?

—Buenas noches...

—¡Oh! generala, ¿cómo va?

—Bien, Marquesa...

—Matilde, Pepita... ¡Gracias á Dios que parecéis por aquí!...—Ya sé que os divertís mucho...

—¡Oh! tres noches nada más en toda la semana pasada.

—Diga V. que no, Marquesa: que las siete noches han tenido función.

—¿Cómo, mamá?

—¡Justo!—Verá V.—El lunes............

 

SEGUNDA VISITA.

DEL LUJO.—BAILE EN CASA DE LA SEÑORA CONDESA DEL MONTIJO.

—Cuando V. S. guste...

—Vamos... Vamos á comer.

—Buenas noches.

—¡Bonita hora de venir, señor folletinista!

—Ello es que llego á tiempo...

—Sí; por una casualidad... ¡Todos los pícaros tienen Vds. suerte!—En fín... Dé V. el brazo á Manuela.—Vamos, Barón.

—Dígame V., Manolita: ¿qué ha sucedido aquí, que los encuentro á Vds. tan acalorados? Desde el recibimiento creí oir aplausos, y protestas, y hasta pedir la palabra como en el Congreso.

—¡Justamente! Acabamos de celebrar toda una sesión de Cortes. ¡Se han pronunciado magníficos discursos!

—Supongo que serían contra el Gobierno...

—¡Hola! se alarma el principiante de o'donnellista...

—¡Oh! no, Marquesa... Ya sabe V. que soy ecléctico.

—Entonces, va V. á darme la razón.

—A su lado de V. es difícil tenerla.

—¡Adulador!—Siéntese V. aquí, junto á Manolita.—Vizconde, V. á mi lado.—¡Usted, Barón, que me hacía la contra, á la izquierda, en la Montaña!—Pues verá V., señor poeta, la que se ha perdido. Hemos hablado de economía política, de Bellas artes, del lujo, del derecho al trabajo..., y, por último, de la inmortalidad del alma!

—Entre personas lógicas, toda discusión va á parar á eso.—Veamos ahora el tema primitivo...

—Principiamos por el lujo.—El Barón, que, como V. sabe, es progresista, tronaba contra él.

—¡Tronaba contra él, y al mismo tiempo abogaba por el progreso del arte y la industria!—añadió el Vizconde.

—¡Es decir, que aumentaba la mercancía y suprimía los consumidores!—concluyó la Marquesa.

—¡Cómo, señora!—exclamó el Barón.

—¡Nada! Progresando, progresando..., quería V. volvernos al estado natural.

—¡Señores! ¡yo he dicho eso?

—Lo decía V. en el mero hecho de combatir el lujo (replicó la Marquesa); y yo le he contestado que sin grandes capitales no puede haber armonía social. Nivele V. la riqueza, y Samper y Pizzala están demás en el mundo. Nivele V. la condición de los hombres, y se acabaron las artes, las ciencias y la literatura.—Para que haya Pasmos de Sicilia (por ejemplo), es menester un capitalista, amante del lujo, que pueda pagar á Rafael Sancio el trabajo de muchos meses, y varios obreros, rudos y pobres, que saquen los colores de las entrañas de la tierra, tejan el lienzo y siembren el lino, en tanto que el artista viaja estudiando Museos.—Las artes y el lujo son inseparables.—Aristocracia y sabiduría significan una misma cosa.—Y es justo: ¡Antes de que la sociedad desnivelase las fortunas, Dios había desnivelado las inteligencias!—El tonto será siempre precursor del pobre. Hacer la guerra á los ricos, es hacérsela á los necesitados.—Elija V. entre estas teorías y las del comunismo.—Ahora, si V. me pide el derecho de todos á todo..., eso es otra cosa. ¡Cuente V. conmigo contra los privilegios artificiales!

—¡Bravo, Marquesa!—exclamaron todos los convidados.

—¡Pero es que irritan (dijo el Barón) esos alardes de lujo, esas fiestas esplendorosas, esos trenes, esos palacios...!

—¡Dale! ¡V. quiere volvernos al estado natural!—Amigo barón: los trenes, las fiestas y los palacios son la riqueza de las clases trabajadoras. El magnate no come ocho veces al día. De todas sus riquezas apenas consume lo que su criado de V.—El resto es para la industria, para el comercio, para los artistas, para los menestrales.—Cada baile de esos que exaltan la bilis del liberal irreflexivo, llena de oro el bolsillo de los guanteros, de las modistas, de los sastres, de los tapiceros, de los cazadores, de los pescadores, de los confiteros, de los perfumistas... ¡Qué sé yo!—¡La función es para ellos!—Al cabo de la noche, V., que ha dado el baile, se halla con menos dinero en el bolsillo, fatigado de atender á todo el mundo y muerto de sueño, mientras que el comerciante se despierta muy gordo y colorado, y le cuenta á su costilla el gran negocio que hicieron el día anterior á costa de V.

—Señora: el Sr. Morón está en la sala.

—Que pase aquí.

—Siento haber comido fenomenal Marquesa...

—Lo creo... lo creo, Sr. D. Fermín; pues, según deciamos hace poco, no bastan todas las riquezas del mundo para comprar la dicha de comer dos veces seguidas.

 

Suspendida aquí la discusión, la Marquesa dijo, levantándose:

—Tomemos café, y entremos en la orden del día.—El folletinista de La Época tiene la palabra para describirnos el baile que dió anoche la condesa del Montijo.

—En efecto... (añadió Dolores), esa es la cuestión del día. Hoy no se habla de otra cosa en Madrid...

—¡Oh! Marquesa... ¿En qué berengenal me mete V.? Yo soy incompetente...

—¡Es absolutamente necesario! Fernando Pérez (ó sea Juan Valera), el folletinista de El Estado, nos ha remitido á V.—Conque así...

—¡Oh! ¡Fernando Pérez!... ¡Él me la pagará!—En cuanto á mí, Marquesa, ya se lo dije á V. el otro día; yo soy demasiado salvaje para hablar de ciertas cosas. Es más; yo no podría acercarme al bello sexo para estudiar sus toilettes, sin correr grave riesgo de enamorarme.—Luego, yo abomino la política de nombres propios, ó sea aquello de «La señorita de X llevaba... La baronesa de J. parecía... La señora de H. tenía puesto...»—¡Yo estoy por los principios!—Sin embargo, recordaré algunos pormayores (no pormenores), ya que Vds. lo desean.

El primero y principal, es la exquisita finura con que la Condesa del Montijo... etc., etc., etcétera... (Pongan Vds. aquí todas las generales de la ley.)—Lo segundo que recuerdo es aquella casa, donde el lujo y la moda están maravillosamente armonizados con el arte; donde el buen gusto brilla tanto, que eclipsa los mármoles y el oro, y donde la elegancia corre parejas con las antigüedades históricas. La Galería árabe, que se estrenó aquella noche, me trasportó á mi Granada. Allí, entre aéreas columnas, entre flores y cristales, á la luz de lámparas moriscas, viendo por un lado el cielo salpicado de estrellas, y por otro los espléndidos salones, salpicados de astros de hermosura, soñé con la Alhambra de otros días, con Andalucía y con Oriente, con Zulemas y Zoraidas, con los cuentos de las Mil y una noches y con las visiones de mi adolescencia.

—Al orden, señor folletinista...

—¡Tiene V. razón, Marquesa! ¡Estamos en Madrid!—Pues bien: hasta como madrileño, puedo referir prodigios de aquel inolvidable sarao.—¡V. las conoce! ¡V. las habrá visto reunidas muchas veces!...—Hablo de esas cien beldades, de quince á cuarenta años por cabeza, que se mueven juntas, como los sistemas solares, ó como las golondrinas cuando viajan, y que contemplamos, ora en el Teatro Real, ora en los salones de los condes de Galen, ya en los de Osma, ya en la Embajada de Rusia, ya en la Fuente Castellana...

¡Todas, todas estaban allí! Luceros, estrellas, planetas, satélites, constelaciones (ó sea familias de ángeles), nebulosas (ó sea mujeres incomprensibles), la Estrella Polar (ó sea la dama de las bellas perlas, oriunda del Norte...), la noble é indomable Vesta; el Lucero del Alba; Héspero, ó sea la enlutada y melancólica estrella de la tarde; la irresistible Venus, y otros muchos astros que fuera prolijo nombrar. Porque allí estaban (como ha dicho muy profundamente Fernando Pérez), las señoras de A. E. I. O. U. y las señoritas de B. C. D. F. G. H. J. K. L. LL. M. N. Ñ. P. Q. R. S. T. V. X. Y. Z., entre las cuales las había bellas, hermosas, bonitas, interesantes, esbeltas, lánguidas, distinguidas, elegantísimas, rubias, morenas, graciosas, discretas, dulces y saladas (por lo que aconsejo á cada una que se apodere del adjetivo que le corresponda). Allí estaban, por último (pasando á terreno más ingrato), todas las condecoraciones de Europa, la mitad de los títulos de Castilla, la tercera parte de los ministros y ex-ministros de la Corona, algo de las Letras y de las Artes, toda la Diplomacia, mucho del Ejército de mar y tierra, no pocos diputados, el suficiente número de pollos, y una respetable cámara alta de mamás.—Ahí tienen Vds. aquella fiesta inolvidable, aquella noche semi-oriental, semi-parisién, aquellas horas dulcísimas, cuya desaparición lloraríamos con lágrimas de sangre, si de la amabilidad de la Condesa no nos prometiésemos otras muy parecidas.—¡Allá voy, Barón!—Perdone V., Marquesa; me llaman para jugar al tresillo.

TERCERA VISITA.

FEBRERO LOCO.—LA RIFA DE LA INCLUSA. LA ABOLICIÓN DEL DINERO.

—Se lo anuncié á V., Marquesa: ¡estamos perdidos! Febrero no lloró al subir al poder después de la muerte de su padre el viejo Enero, y ha concluido por volverse loco.—Dice el proverbio valenciano: Si la Candelaria plora, el inverno fora; y si non plora, ni dins ni fora... Ahora bien: el día de la Candelaria no llovió, y, desde entonces, el termómetro y el barómetro han perdido el juicio. Cada veinticuatro horas nieva, llueve, está raso, hace calor, hiela, silba el viento y pica tanto el sol que busca la sombra el perro.—Demos un adios, por consiguiente, á la Fuente Castellana, al Retiro, al Prado, á la montaña del Príncipe Pío y á la cuesta de la Vega...

—Pero ¿qué tiempo hace esta noche?

—Ahora nieva, si hay que nevar. ¡No parece sino que allá en el cielo nuestros patronos los Bienaventurados van á emigrar por causas políticas, según la prisa que se dan á romper cartas y memoriales! El aire y la tierra están cuajados de pedacitos de papel...

—¡Qué fastidio!

—¡Oh!... Vizconde... ¡todo lo ve V. de la misma manera! ¿Hay nada más delicioso que un día de nieve?

—¡Cómo, Marquesa! (exclamó el Barón, que entraba en aquel momento). Una dama tan filantrópica como V., que defiende á capa y espada la Rifa de la Inclusa, y está medio ofendida porque no le han dado á regentar en ella una tienda de juguetes, ¿verá con gusto estos horribles días en que el pobre no trabaja ni encuentra pan, en que el viajero pierde el camino y se hiela, y en que los niños que no tienen zapatos pisan una alfombra... que les ulcera los sabañones?...

—¡Calló el polaco y empezó el progresista!—¡Ah, señores: son Vds. insoportables con su cosa-pública! La nieve, la Rifa, la temperatura, todo lo convierten en artículos de fondo...—Venga V. en mi ayuda, señor folletinista, y sáqueme V. de este atolladero.

—Seré breve, Marquesa; pues sabe V. que me aguardan.—Todos tienen Vds. razón. La Rifa de la Inclusa, los perjuicios que la nieve causa á las clases pobres, y la imposibilidad de pasear en estos días, ofrecen sus contras y sus ventajas...

—Esa es una salida de unión-liberal; quiero decir, pastelera... Pero, en fín... hable V., principiando por la Rifa.

—La Rifa, Marquesa, es la diablura más santa que se ha podido inventar;—y perdóneme V. la frase.

—¡Oh! no se la perdono... Al contrario: pido que se escriban esas palabras.

—Las explicaré. Es ya una santa diablura el que las damas más elegantes y más hermosas de Madrid se sitúen la Semana Santa en las puertas de los templos, armadas de sus mantillas españolas, de sus dientes de azúcar de pilón y de sus ojos de miel negra, nos cierren el paso á los buenos católicos que vamos andando las Estaciones sin acordarnos de ustedes (por no quebrantar la vigilia ni áun con el pensamiento), y nos digan con voz de ángeles caidos:—Señorito, una limosna por el AMOR... de... Dios...—Pero es todavía más santo y más diabólico el que esas mismas irresistibles misioneras se pongan sus más caseros y peligrosos trajes, se vayan al ex-convento de la Trinidad, tomen á su cargo una tienda, se coloquen detrás del mostrador y empleen en contra de sus mejores amigos aquella fatal literatura de: No puedo darlo más barato... No lo encontrará V. por el mismo precio... ¿Qué quisiera yo sino vender?... Me cuesta más... Uno igual se ha llevado el Embajador de Andorra, etc., etc.—¡Reconózcalo V., Marquesa! Esto es santo por el fín; pero diabólico por los medios.—¡Yo lo confieso! Por regatear con la Duquesa de... (iba á decir de tres estrellas, y me parece poco)... con la Duquesa de todas las estrellas, me dejaría en su tienda, no sólo el dinero, sino el bastón y hasta la ropa. Pues por jugar á la lotería con la Marquesa de X... ó con la Condesa de Z... ¡no digo nada los sacrificios que pueden hacerse!—Perdone mi amigo Hazañas; pero en las loterías de la Trinidad hay premios más gordos que en las que él dirige.—¡Y cuenta que en la Trinidad sólo se juega á la primitiva!—Por eso sin duda inventaron nuestros padres aquel cantar: