Si quieres que te toque
la lotería,
juega con el lotero
siquiera un día.

—Si le parece á V., podemos pasar á lo de la nieve...

—Con mucho gusto.—He aquí mi tesis, contenida en otro cantar: si la nieve es mala para los pobres,

la culpa tiene el dinero.

Y, á propósito; debo manifestar á Vds. una gran idea económica que se me ocurrió el otro día.—Saben Vds. cuánto hablan hoy en favor de la moneda los mismos poetas y filósofos que antes la llamaban vil metal. Saben Vds. también los conflictos que diariamente surgen en España y en otros paises por falta de metálico y abundancia de papel. Saben Vds., en fín, que todos los economistas convienen en que la supresión del dinero sonante traería consigo la ruina de la sociedad... Pues bien; yo he encontrado un medio de abolir la moneda, dejando á la sociedad en el mismo estado en que se halla.

—Apelará V. al crédito...

—No señor. Eso es el papel.

—Al cambio de objetos, como en los tiempos patriarcales...

—Tampoco.

—Pues, ¿de qué manera?

—Contrayendo deudas y no pagándolas...—No se rían Vds., ni se indignen contra mi proposición; que en ella no hay broma ni cinismo.—Sería una medida general.—Nadie le paga á nadie.—Yo, por ejemplo, no le pagaría al maestro de coches: el maestro de coches tomaría un palco en la Zarzuela y lo dejaría á deber: la empresa de la Zarzuela ajustaría cantantes y no les daría un maravedí: los cantantes comerían en la fonda, y dirían ¡vuelvo!: el fondista haría lo mismo con el carnicero, el pescadero, el cazador y el hortelano: el hortelano tomaría fiado en la tahona: el tahonero debería el trigo al labrador: el labrador no llevaría la renta al propietario: el propietario no pagaría las contribuciones, y el Gobierno le debería á todo el mundo!—Y, á propósito del Gobierno: de esta manera, no habiendo oro, plata, cobre, billetes de banco ni papel del Estado, resultaría que todos los ministros serían sumamente morales, á no ser que se dedicaran á robar cuadros y alhajas, cosa que ni siquiera puede imaginarse, sobre todo en nuestra hidalga nación.—Por lo demás, ya no habría jugadores, ni monederos falsos, ni multas, ni depósito exigido por la ley de imprenta, ni amor vendido por esas calles...

—Está V. disparatando...

—Pues lo peor es que me marcho ahora mismo al Teatro Real. Son las nueve y media...

—¿Qué dan esta noche?

—Esta noche se da una función á beneficio de los pobres, á petición de la Junta de Damas de honor y mérito. Se cantan dos actos de Hernani, un duo del Otello, y no sé qué más, y el teatro estará brillantísimo, pues las susodichas loteras hacen esta noche el papel de revendedoras.—¡Cuando les digo á Vds. que ya no hay más que hombres!

—V. no sabe lo que se dice, ni lo que hay.

—¡Vaya si lo sé!—Conque... muy buenas noches!

 

—¡Eh! ¡Muchacho!... ¡despierta!—¡Al Teatro Real!

CUARTA VISITA.

LA PRIMAVERA DE LAS VIOLETAS.—NECROLOGÍA.

—¡Alabado sea Dios, Marquesa!

—Por siempre sea bendito y alabado, señor folletinista.—¿Cómo va?

—Hoy no soy folletinista. Llámeme usted poeta.

—Pues ¿qué hay?

—Que el día de hoy ha sido para mí tan grato como solemne. Vengo con el alma llena de poesía...

—¡Oh! y con las manos llenas de violetas...—¿Qué le ha sucedido á V.?

—No ha sido á mí solamente: ha sido á España entera.

—¿Cómo? ¿Hemos tomado á Hué? ¿Hemos vencido á Benisidel? ¿Somos dueños de Vera-Cruz? ¿Ha parecido el Lozoya? ¿Se ha hundido Gibraltar?

—¡No se trata de eso! Mi poesía de hoy es puramente bucólica. Si V. madrugara, ó pasease por las tardes, ya me habría comprendido.—Empiece V. por aceptar unas violetas que he cojido esta mañana en Aranjuez.—¡Ah, Marquesa!... ¡Qué hermoso día ha hecho hoy!

—¿Y es eso todo?

—Sí, amiga mía. ¡Voilá tout!—Hoy ha empezado la primavera de las violetas. Esta mañana á las siete apareció el sol en un cielo limpio de nieblas; el aire tembló alborozado al sentir su cariñosa llama; las aves, enronquecidas por el frío, templaron sus instrumentos y preludiaron el primer canto de amor. Yo me desperté súbitamente, inundado de una inefable dicha, y deseé pasear por el campo, como si estuviéramos en Junio. ¡El grito de resurrección de la Tierra había resonado en mi alma!

—Creo que V. delira, ó, por mejor decir, que efectivamente hoy se ha levantado V. poeta. Yo no he notado nada de lo que V. dice; y, por lo demás, creo que hoy nos hallamos tan en pleno invierno como ayer.

—¡Oh, no, Marquesa! no me equivoco. Yo bien sé que el invierno volverá; que tendremos todavía nieves y lluvias, vientos y nublados; pero la naturaleza ha resucitado ya. La primavera precursora, la pequeña primavera, la primavera de las violetas, ha llegado á Madrid esta mañana.

—Pero ¿qué primavera es esa?

—Yo se lo diré á V.—Entre los últimos hielos del solsticio de invierno y las primeras lluvias del equinoccio, hay quince días risueños, apacibles, esplendentes, que no tienen otro objeto que hacer brotar de la escarcha las primeras flores del año, ó sea las flores de almendro y las violetas. Pero las flores de almendro se hielan por lo regular á poco de abrir, mientras que las violetas perfuman el templo que ha de habitar Flora pocos días después.—Estas dos semanas de sol y eflorescencia son un paréntesis en el invierno, una isla afortunada en medio de un océano furioso, un oásis enclavado en las arenas. También puede decirse que son un preludio, un aviso, una alborada, un arco-iris que anuncia la felicidad á la naturaleza, ó, lo que es más claro, son el primer antojo, el primer capricho, la primera monada de la creación, que se siente preñada de frutos y de flores, de fragancias y de armonías.—Pero me ocurre otra comparación más propia: la primavera de las violetas se parece á los últimos quince días en que las adolescentes llevan pantalones; á esos quince días en que se las ve pensativas y ruborizadas, con el infinito en los ojos, con el corazón de mujer y con los piés á palo seco...—No he dicho con los piés de niña, porque eso le sucede á V. todavía...

—¡Y ya hace tiempo que estoy vestida de largo! ¡Ay!... ¡Pronto cumpliré el medio siglo!

—Nadie lo diría, Marquesa...

—¡Adulador!—¡Vamos! continúe V.

—Pues bien, señora; esa primavera ha principiado. Los cinco y siete grados bajo cero que nos ha regalado Boreas durante el difunto Januario, pertenecen ya á la historia: el estanque del Retiro, el baño de la Elefanta y las charcas del camino de Vicálvaro se han deshelado completamente; los patines y los chanclos de goma han caido en desuso; el sol hace cacarear á las gallinas y desentumece las yemas de algunos árboles; el aire ha adquirido elasticidad y aromas; los gorriones empiezan á hacer de las suyas en los campanarios, mientras que los fieros infanzones de la gatomaquia firman una paz honrosa á la sombra de las chimeneas. ¡Toda la naturaleza, en fín, principia hoy una nueva jornada de vida y reproducción.—¡Ah! Cualquier idea de muerte ó de aniquilamiento parecería ya una pesadilla ó un cuento de Hoffman. ¡Creese un absurdo eso de morir, cuando todo se conmueve y resucita!—Ni ¿cuál será el arbol seco, cuál el corazón gastado que permanezca aterido cuando llueven del cielo promesas de amor y placidísimas esperanzas?—Por el contrario: ¡es tan grato dejar la capa umbrosa y tétrica, atacarse el pantalón de lana dulce, desabotonarse la levita de primavera, calzarse el guante de medio color y dar cuatro vueltas por el paseo de las Estatuas! ¡Es tan dulce comprar flores, comer fresa, revolcarse en los trigos, leer á la sombra de un árbol, fumar en Chamberí hablando con un amigo, tirar á la pistola en la Fuente Castellana, almorzar en la Alameda de Osuna, escribir versos en la Montaña del Príncipe Pío, tomar leche en la Casa de Campo! ¡Es tan hermoso vivir, andar, correr, dar brincos como un corzo, estirarse como un D. Frutos, bailar si llega la mano, armar camorras si nos dan pié, y disputar si nos buscan la boca!—¡Ah, pesimistas! ¡Levantaos á las ocho de cualquiera de estas mañanas de Febrero, salid al campo, dejad por una hora ese aire que os asfixia á fuerza de suspirarlo siempre; mirad á los cielos y á la tierra..., y la paz y la mansedumbre bajarán á vuestro corazón! ¡Mirad esos árboles que pasan sin hojas todo un invierno, y que no por eso desesperan, sino que aguardan confiados la hora de su resurrección!—¡Insensatos! ¡Aprended filosofía en esos alcornoques!

—Usted se entenderá, amigo mío. Yo desconozco á V. esta noche.

—¡Mi reino no es de este mundo, amiga mía!—Pero, á propósito del otro mundo: tengo una tristísima noticia que dar á Vds. ¿Saben Vds. quién ha muerto en Lima á los diez días de llegar?

—¿Quién?

—El Labi.

—¡El Labi!

—Sí, señores...; el Labi..., aquel torero empírico, aquel gran poeta, aquel político consumado. ¡Y la ingrata prensa no ha escrito su necrología!—El Labi fué uno de los españoles más españoles que ha producido España. El fué quien exclamó en Bayona, enojado de los sarcasmos que le dirigían algunos franceses: «¡Yo desprecio á Vds. y á todos los extranjeros que hay aquí!» El fué quien, en un convite célebre, improvisó aquellos versos:

Un hombre bien comido, bien bebido y bien querido,
Se mete en la cama y se queda dormido.

¡El fué quien se hizo querer de una famosa criatura «por lo bruto y lo solificante que era»(fueron sus palabras!) ¡El, quien pisó sombras y se lavó con ponjas! ¡El, quien citó á un bicho de la ganadería de cierto canónigo, diciéndole: ¡Embiste, presbítero! ¡El, quien brindó en Bayona, dirigiéndose al Prefecto, antes de matar un toro: ¡Por VOUS, por la mujer de VOUS, por los amigos de VOUS, y por el VOUS de todos los franceses! ¡El fué, en fín, quien en Julio de 1856 acompañó á Espartero en su paseo póstumo por las calles de Madrid, y le dió en la del Prado famosísimos consejos, que hacen olvidar los de D. Quijote á Sancho!—¡Ah! este hombre (Manuel Diaz (a) Labi) conoció que no cabía en la caduca Europa, y partió á la virgen América en busca de nuevos horizontes.—¡Ha muerto; sí!... Pero de él puede decirse lo que Chateaubriand dijo de Napoleón:—«Ninguna estrella ha faltado á su destino: la mitad del cielo alumbró su cuna, y la otra mitad ilumina su sepulcro.»—¡Dios le tenga en su gloria!

—¿La señora ha llamado?

—El té.

—Aquí tenemos al Barón...

—¿De dónde tan tarde?

—Vengo del Príncipe, de ver el drama nuevo.

—¿Y qué tal?

 

 

 

QUINTA VISITA.

UNA TARDE DE SOL.

—¡Confiese V., querida Marquesa, que soy el primer barómetro de Madrid! Hace ocho días, cuando aún se helaban hasta las conjeturas, y el cielo y la tierra estaban llenos de agua, anuncié á V. repentinamente que acababa de empezar la primavera médica, ó sea la primavera de las violetas, como yo insisto en llamarla. Mi pronóstico se ha cumplido. ¡Qué días tan hermosos están haciendo! ¡Qué tardes tan divinas! ¡Cuánta luz, cuánto oxígeno, cuánta electricidad en el aire! ¡Qué Retiro y qué Fuente Castellana! ¡Qué océano de luz aquel, y qué peces tan bonitos los del tal océano! ¡Y vaya si los peces tienen conchas y escamas!—¡Oh!... ¡Qué dulce es vivir cuando hace sol!... Me acuerdo de que, á los diez y ocho años, exclamaba yo siempre en ocasiones semejantes: «¡Hermoso día para ser amado y tener mucho dinero!»

¡Oh primavera, juventud del año!... ¡Juventud, primavera de la vida!—murmuró el Vizconde.

—Decía bien ese poeta.—En cuanto á mí, puedo asegurarle á V. que esta tarde miraba los árboles de la Castellana, esperando á cada momento verlos cubrirse de flores. ¡Tanta era la vida que irradiaba el sol sobre la tierra!—Y, si he de decirle á V. toda la verdad, llegó á tal punto mi plétora de sávia, de amor y de entusiasmo, que me parecía que yo mismo iba á cubrirme de hojas y á echar ramas como un alcornoque.—Ni era yo solo el que se abandonaba así á las complacencias de su ser, á la dicha de haber nacido, al orgullo de no haber muerto.—Una hermosa extranjera, que en bailes y conciertos representa gloriosamente á su remoto país, le decía la otra noche á un legislador, no sé si senador ó diputado:—«¡Oh, qué sol el de Madrid! ¡No comprendo cómo pasan Vds. la tarde en la triste atmósfera de una cámara, hablando de ruines intereses humanos, de jurisprudencia ó de economía política, en vez de disfrutar estos hermosos días, y ver un cielo tan infinito, y recibir los halagos de un sol tan cariñoso!»—«¡Ah, señora!... (contestó el hombre de Estado:) V. es del Norte y le da valor á eso: nosotros los españoles hemos llegado á cansarnos de tanto sol, y hay días en que no sabemos qué hacer con él!»—De aquí, Marquesa, concluyo yo que, si el sol se exportara, seríamos la primera nación comercial de Europa...—Pero son las ocho... Perdóneme V.: me voy al teatro.

—¿A cuál?

—Al Circo; á oir á Matilde Díez en Amor de Madre y en La Sociedad de los trece.

—Pues no tiene V. que correr. Hasta las nueve y media no empieza Matilde. Antes dan una piececita...

—Según eso, Vizconde, V. ha estado ya en el Circo...

—Sí: fuí el sábado con el Barón.

—¿Y qué tal Matilde Díez?

 

 

SEXTA VISITA.

CUMPLEAÑOS DE LA MARQUESA.—UN PERIÓDICO REDACTADO POR MUJERES.—EXCELENCIAS DEL «GIGOTE».—CONCIERTO EN CASA DE LA CONDESA DEL MONTIJO.—MESA REVUELTA. VERDADERO VALOR DE 30.000.000 DE DUROS.—EL PROFETA EN SU TIERRA.

—¡Perdón, Marquesa, perdón!

—¡Quítese V. de mi vista!

—¡Marquesa, le juro á V...!

—Va V. á perjurar.—¡Cómo! Prometernos ir á la quinta y no parecer por allí!... Quisiéramos saber qué poderosas razones le han asistido para ello...

—Voy á decirlas.

—¡Que no hable!

—¡No hay palabra!

—¡Que se le juzgue sin formación de causa!...

—Pues bien: espero mi castigo.

—Ya lo lleva V. en el mismo pecado. Hemos pasado un día delicioso: hemos bailado, cantado, jugado al tute... En fín, no nos hemos acordado de V.

—¡Ah! Matilde... Ese es demasiado rigor.

—Pues hay más: Morón ha pronunciado un discurso; Güell y Renté ha improvisado un coro; el Barón ha hecho juegos de manos; Fernando Pérez ha recitado versos, y nosotras lo hemos coronado de violetas...

—¡Ah traidor! ¡Después de lo que ha dicho de la Marquesa en su Revista de El Estado!

—¡Cómo! ¿Qué ha dicho?

—No puedo contarlo.—Vds. me han retirado el uso de la palabra.

—¡Ah! V. quiere indisponernos. ¡Pues sepa V. que Fernando Pérez me ama, á pesar de mis sesenta años!

—¿Cómo, Marquesa? ¿V. tiene sesenta años?

—¡Sesenta años de relój! Hoy los he cumplido...—Hasta aquí me he estado quitando diez.

—¡Y los ha celebrado V. con un día de campo! ¡Qué magnanimidad!

—¡Justo!—Gradúe V. ahora toda la extensión de su desaire.

—¡Oh! estoy desesperado... ¡Castíguenme ustedes, por compasión!

—¡Sí: que se le castigue! Obliguémosle á escribir en La Epoca un artículo en que proclame todo lo que convenga á nuestros intereses.

—¡Ah! señoras!... Respeten Vds. el ente moral periódico...

—¡No hay escape! Apunte V. en su cartera.—Primeramente...

—Primeramente (repitió Matilde), diga usted que todos los hombres son unos necios...

—¡Señorita, respete V. las instituciones! ¡Yo no puedo decir eso!

—Diga V. que no nos gusta que lleven el pantalón tan ancho...

—Que, con crinolina y todo, valemos más que ellos...

—Que es una impertinencia eso de dejar de bailar tan luego como echan bigote.

—Que es una majadería... un insulto... un desacato... una...

—Señoras: ¡Por lo más sagrado! ¿Cómo he de decir yo eso? ¡Perezca la nación...; pero sálvense los principios!

—Diga V. que el gigote de casa de Riquelme es la ambrosía del siglo XIX...

—¡Que no vamos allí por Vds., sino por el gigote!

—Y dígalo de esta manera:

Máscara, para mí dulce y sabrosa
más que el «gigote» del festín ajeno...

—¡Ah! si estuviera aquí Fernando Pérez, pediría la palabra para defender á una ausente!... Ya sabemos quien es esa máscara.

—¡No ha habido ofensa! Sólo ha habido alusión... Y, á propósito: diga V. en La Época que ya es tiempo de que acaben los hombres necesarios en política y las mujeres necesarias en amor...—¡No más ídolos! ¡No más fetichismo! ¡No más señorita B. y señorita H.!

—¡Yo no puedo decir eso en un periódico ministerial!...

—Pues diga V. al Gobierno que ya es hora de desamortizar á las mujeres...

—¡Cuidado con el fiscal, señoras!

—Que no queremos residir en manos muertas...

—Matilde, en nombre del concilio de Trento, le quito á V. la palabra.

—Que estamos cansadas de ser bienes de propios.

—Eso no es exacto. Yo sé de algunas que son males de ajenos.

—Que queremos que se nos devuelvan las garantías constitucionales.

—Señoras, la constitución de Vds. no ofrece garantías...

—¡Ofrece algo más! Nosotras fuimos las primeras en ejercer el derecho de insurrección.—Eva fué vicalvarista...

—¡Vds. van á lograr que denuncien á La Época!

—¡Abajo los hombres! ¡Guerra al sexo barbudo! ¡Muera el pantalón!

—¡Pedimos que las elecciones se hagan con entera independencia!

—El mal está en Vds., que nunca eligen al candidato natural.

—¡La culpa es de nuestros padres, que nos niegan el dote, siempre que tratamos de hacer nuestro gusto!

—¡Pedimos que se rectifiquen las listas electorales, y que se nos dé voto en Cortes!

—¡Que se nos haga á un mismo tiempo electoras y elegibles, como lo son Vds.!

—¡Que nos regalen turrón á las pobres, á fín de que podamos casarnos con quien nos parezca!

—¡Que se den á nuestro sexo tres carteras en cada combinación ministerial!

—La de Estado, á fín de oirlo todo...

—¡No! la de Gracia y Justicia, para ver.

—Mejor es la de Guerra, para tocar.

—Yo quiero la de Gobernación, para oler.

—Pues yo prefiero la de Hacienda, para gustar.

—Faltan dos sentidos para la de Marina y la de Fomento.

—Decía bien Fernando Pérez la otra noche: necesitamos más sentidos.

¡Non bastan cinque!

—El de Fomento y el de Marina pueden reducirse á uno solo...

—¡Se suspende esta discusión!

—Pues pasemos á otro asunto. Diga V. en La Epoca que nosotras cuatro somos las muchachas más bonitas de Madrid...

—Las más elegantes...

—Las más graciosas...

—¡Misericordia! Me sacarán los ojos las demás.

—Usted no lo dice por todas las demás: V. lo dice solamente por el Angel de la aureola.

—¡Que se escriban esas palabras!—Yo no conozco á ningún angel.

—El Angel de la aureola es una niña que lleva al rededor de la frente un cerco de cabellos de oro, como la luna en el estío.—Son palabras de V. en cierto folletín.

Lunaque nocturnos alta regebat equos.

—Seamos formales: de lo que debe V. hablar largamente en su artículo es del concierto que hubo el jueves en casa de la condesa del Montijo.

—Eso es entrar en razón. ¡Diré todo lo que ustedes quieran, y todo me parecerá poco!

—Pues bien: describa V. en primer lugar el aspecto fantástico de aquella galería, en el instante supremo en que la señora de Prendergast cantaba el aria de Norma. Dibújela V. tan hermosa y sublime como estaba sobre el estrado que sostenía el piano: elogie V. su dulce y melodiosa voz, su inspirada actitud, su exquisito sentimiento, y sobre todo aquella expresiva fisonomía que tanto hablaba al corazón.—Las paredes cubiertas de enredaderas, las columnas árabes, los agimeces, las lámparas morunas, las flores, la brillante concurrencia, la hermosura y elegancia de las coristas, la afinación y el gusto con que cantaron el coro de la Casta diva y el de la Sonnámbula, y, por último, lo bien que acompañaron y dirigieron los Sres. Inzenga é Iradier, son cosas..., digo personas..., digo...

—¡Bien por Matilde! ¡Eso se llama dirigir un periódico! Me ha dado V. el artículo hecho.

—Además, puede añadir algunas pinceladas que retraten á sus beldades favoritas..., la discreción de la una, la gracia de la otra, el talento de ésta, la impenetrabilidad de aquella...

—¡No!... ¡no!... ¡nada de personalidades!

—¡Pues bien! hable V. entonces del baile que en aquel mismo edén se dió el domingo.

—Eso es otra cosa.

—Amoneste V. á los actores del Teatro Francés para que se vistan mejor. ¡Todos parecen criados!

—Quéjese V. de que hace tres días que no tenemos ópera.

—Truene V. de camino contra la economía de gas que se advierte en el teatro del señor Urríes; economía que no nos permite lucir nuestros encantos...

—Anuncie V. el baile de máscaras que mañana se da en el Teatro Real á beneficio de los pobres, y al cual vamos á asistir todas las damas inofensivas de la corte.

—Advierta V. al Sr. Salas, que en los Conciertos Religiosos de esta Cuaresma no olvide el Miserere de nuestro ilustre compatriota el maestro Palacios, composición célebre en toda Europa y desconocida en Madrid.

—Anuncie V. la llegada de la Guy-Stephan.

—Proteste V. contra ese empréstito de 30 millones de duros que piensan votar los yankees para comprarnos la isla de Cuba. ¡Diga V. que si esa cantidad se repartiera entre todos los actuales poseedores de la perla de los mares, nos corresponderían dos napoleones por cabeza, y que aquí no sabemos de ningún español que venda tan baratos á millón y medio de hermanos suyos!

—Hable V. del Circo Gallístico, que tan animado está los domingos y los jueves...

—Describa V. el magnífico espectáculo que ofrecía la otra tarde El Ariel, donde lo mejor de Madrid presenció la gran partida de pelota entre Visimodu y los hermanos Pello.

—Y diga V. que Madrid entero... que toda España... ha soltado una carcajada homérica al saber que los granadinos han silbado el Cid de Fernández y González, drama aplaudido en todos los teatros de la Península, representado treinta noches en Madrid y elogiado por trescientos periódicos. Haga V. notar que Granada es la patria de Fernández y González, y que, por consiguiente, han sido sus amigos, sus compañeros de la infancia, los que han protestado contra una gloria tan legítima, contra un triunfo tan indisputable. Pregunte usted á aquel público si se cree más literato y mejor crítico que los demás públicos de España, ó si sólo tuvo presente aquella noche la frase de Jesucristo: nadie es profeta en su tierra. Dígales V. que este rasgo de malignidad lugareña, que esta calumnia de vecindad, que esta conjuración de comadres es indigna de un pueblo culto,—así como propia de gentes degradadas y ociosas, sin ambición ni porvenir, impotentes y nulas para todo lo grande y generoso. Dé V. las gracias, en fín, á los periódicos de aquella desventurada ciudad, por la nobleza con que se han alzado contra semejante miseria y mezquino proceder, y añada V., por mi parte, que muchos granadinos nobles é ilustrados me han escrito llenos de vergüenza y de indignación, pidiendo que su voto conste con el de la minoría.

—¡Gracias Vizconde; gracias por esos arranques de corazón!—Ahora, con permiso de ustedes, me retiro á mi casa, á fín de poner en orden todos los materiales que me han dado.—Beso las manos á las señoras, y que me besen los piés los caballeros.—He aquí mi saludo y mi programa.

1859.


 

 

 

 


EL COMETA NUEVO.

(ENSAYO ASTRONÓMICO-POLÍTICO.)

Nihil novum sub sole...

Esto es una verdad, al menos para mí, y hoy sobre todo.

¡Nada... Nada hay nuevo bajo el sol!...

Créolo á puño cerrado por dos razones: primera, porque la noticia está en latín (y sabido es que, así en sermones como en discursos académicos, no hay argumento más convincente que un texto de los Santos Padres ó de los filósofos de la antigüedad, máxime si el latín es tan enrevesado que nadie lo comprenda); y segunda, porque hoy quisiera regalar á mis lectores algunas noticias frescas sobre artes, literatura, tauromaquia, prestidigitación ó pirotécnia, y nada nuevo ocurre en tales ramos.

Pero consolémonos de la certeza del dicho que encabeza estos renglones con la certeza de este otro que yo acabo de inventar:

Aliquid novum super solem.¡Sobre el sol, hay algo nuevo![4]

Este algo es un cometa.

¿Qué nos trae el recienvenido? ¿Cuál es su historia? ¿Qué se propone hacer en las elevadas regiones por donde arrastra su luminoso apéndice?

He aquí lo que me propongo investigar de la mejor manera posible.

Empezaré declarando, con permiso del señor fiscal de imprenta, que á nada mejor puede compararse la numerosa serie de cometas conocidos, que á la serie no menos numerosa de Ministerios del reinado de Doña Isabel II.

Reflexionemos.

Los cometas aparecen cuando menos se los espera: su marcha es tal, que nadie sabe á punto fijo á dónde van ni de dónde vienen: hasta hace muy poco tiempo, se ha dudado si describían ó no una órbita parecida á la de los demás astros, y no ha faltado tampoco quien los considere simples meteoros ó meteoros simples de nuestra atmósfera, sin importancia ni influencia alguna. Pero, como todo se sabe al fín en este pícaro mundo, la ciencia ha demostrado ya de una manera palmaria que toda la originalidad de los cometas consiste en que, describiendo curvas de idéntica naturaleza á la de todos los planetas inofensivos, tienden, con una fuerza todavía incalculable, á prolongar todo lo posible la duración de sus revoluciones...

El catálogo de los cometas conocidos comprende ya más de doscientos.—No habrá habido menos Ministros en España desde 1833.—Parécense también á los Ministros en que, cuando antiguamente aparecía ó desaparecía un cometa nuevo, había en el mundo grande agitación y zozobra, ni más ni menos que si se tratara de un Alvaro de Luna, de un Marqués de Villena, de un Duque de Lerma, de un Rodrigo Calderón ó de un Príncipe de la Paz, mientras que ahora nos hemos acostumbrado tanto á verlos entrar y salir, y los conocemos tan perfectamente, gracias á los telescopios que nos trajo la civilización, que ya no reparamos en su presencia, ni sabemos muchas veces su nombre, ni creemos que puedan influir sobre nuestro globo sub-lunar.—Verdad es que en estos últimos tiempos han menudeado de una manera lamentable... ¡Sólo por los años de 46 y 47 hubo hasta ocho en doce meses..., lo cual aconteció también en punto á crisis ministeriales españolas!...

Mucho pudiera extenderme en este paralelo inocentísimo entre cometas y Ministerios; pero me parece más oportuno elevarme á otras consideraciones, no sin hacer notar que los cometas, por inflexible ley de su marcha, son los cuerpos que más se aproximan al sol, y que, cuando están en su perihelio, desaparecen de pronto ante el rey de los astros, no se sabe si derretidos ó absorbidos por él...

Sabido es que hay cometas barbatos, caudatos y crinitos, según que su apéndice afecta la forma de unas barbas, de una cola ó de una melena, y que la cola llega á tener á veces tal extensión, que ocupa la mitad del horizonte sensible. El famoso de 1689 traía el rabo medio enroscado en forma de sable ó de cimitarra turca, geroglífico que asustó á los más valientes; pero al cabo se vió que todo era ilusión óptica, lo cual me recuerda á ciertos tiranos de teatro casero, que hoy beben el agua de extranjeros ríos. El escrupuloso observador Babinet asegura que la materia de que se componen tan tremebundas colas es cien veces más sutil que el aire atmosférico, y que, por tanto, aunque en su desatentada carrera alcanzara la cola de un cometa á nuestro globo, sólo produciría un malestar tan ligero como el ocasionado por el último manifiesto del Duque de la Victoria.

Bueno será advertir que hay cometas periódicos, como hay periódicos que sólo pudieran servir para hacer cometas. Llámanse cometas-periódicos los que reaparecen después de un determinado número de años. Uno de ellos es el de Carlos V, que tanto dió que pensar á aquel célebre emperador, y que hasta se dice lo indujo á dejar el cetro por el rosario. Su vuelta estaba anunciada para estos tiempos, y muchos imaginaron al principio que era el mismo que hoy luce en nuestro horizonte... Pero yo creo que España no ha vuelto todavía á merecer visitas tan importantes.

Como quiera que sea, el viajero que nos ocupa no habrá venido á humo de pajas... ¡Algo nos anuncia ó aconseja! ¡Algo nos promete, ó con algo nos conmina!

¿Vendrá á predecirnos una guerra con el Riff?—¡Quiéralo Dios!—En tal caso, transigiría yo con él, no en odio á los Moros, sino porque creo que no debemos tenerlos tan olvidados...

¿Nos presagiará una guerra con Méjico?—¡Ojalá también!—La lucha entre hermanos es preferible á la indiferencia.—La guerra puede acabar en reconciliación. La indiferencia termina siempre en desprecio y olvido.

¡Ello dirá!...—Tentémonos la ropa por si acaso.

Ut nunquam cœlo spectatam impune cometam.

¡Oh! sí... ¡Mucho ojo!

¡Y, entre tanto, no irritemos al cielo con abominaciones!

¡Traduzcamos del francés lo puramente preciso, y procurando que sea bueno!

¡Legalidad en las elecciones!

¡Nada de zarzuelas!

¡Protección á las artes y á la literatura!...—¡Esto último sobre todo!

Si tal hacéis, el cometa no se meterá con el globo terráqueo, é irá á descargar sus iras contra cualquier otro mundo más inmoral que el nuestro.


 

 

 


Á UNA MÁSCARA.

Hace en este momento veinte y cuatro horas que te acercaste á mí en el baile de máscaras del Teatro Real, y me dijiste, cogiéndome una mano:

—¡Júralo!

—¡Lo juro!—te respondí desesperadamente, por lo mismo que no sabía de qué diablos se trataba.

—Acabas de jurarme (proseguiste diciendo) referirme en un periódico todas tus aventuras de esta noche.

—¡Lo he jurado!—repliqué yo con cierta solemnidad.

—¡Si así lo hicieres, Dios te lo premie, y si no, te lo demande!—añadiste lúgubremente, levantando los ojos al techo y perdiéndote entre la muchedumbre.

Voy, pues, á cumplirte mi juramento.

Pero, antes, oye otra cosa.

Son las tres de la noche. En esta tu casa reina un silencio tan profundo, que se oiría cenar á un gusano metido en una calavera.

¡No te asustes, amiga máscara; que la calavera en que estoy pensando perteneció á una mujer inofensiva!

Mis ojos se hallan fijos en la pantalla de la lámpara que hace las veces del sol sobre mi mesa.

En esa pantalla se ve la figura de una princesa china...—¡Es la única mujer en quien, por la presente, puedo fijar los ojos!

Nadie sabe que estoy despierto... ¡Nadie!

¡Ah! ¿por qué nací soltero?—Yo hubiera querido nacer casado.

¡Pero casarse uno mismo!...

Quizás me equivoco, y no nací soltero, sino viudo.—¡Ay! ¡guardo allá en el alma tales memorias de no sé qué felicidades perdidas!... ¡Llevo en el corazón, desde que me conozco, tal sombra de luto, que ennegrece todas mis esperanzas!...—¿Habré yo vivido otra vez?

De cualquier manera, si yo tuviera esposa, ella sabría que te estoy escribiendo á media noche, á pesar de no conocerte, y la pobre tendría celos, lo cual fuera para mí preferible á esta soledad que me consume...

Pero paso á decirte mis aventuras de anoche.

Anoche se me acercó otra máscara antes que tú, y me preguntó:

—¿Me conoces?

—No te conozco (le respondí); pero, en cambio, tú tampoco te conoces.

—¡Que yo no me conozco! (exclamó la encubierta).—Yo me llamo Juana.

—Eso te figuras tú, porque han dado en llamártelo.

—Te repito que soy Juana.

—Bien; pero Juana es un nombre compuesto de cinco letras: resulta, pues, que tú eres un pedazo de alfabeto.

—¡Y, además, una mujer!—añadió la máscara con cierta valentía muy graciosa.

—¡Todavía no has dicho nada! (repliqué yo).—Una mujer es muchas cosas distintas, cuya esencia nadie conoce. Llámase mujer á cinco ó seis arrobas de carne y huesos (tú tendrás cinco y media, que es lo clásico); á una partida de bautismo, si se trata de quien, como tú, lleva un nombre cristiano; á una camisa, unas medias, unas botas, un corsé, un miriñaque, unas enaguas y un vestido, suponiendo que no use más cosas postizas; á un mueble en casa de su esposo, si es casada; al retrato de una futura esposa, si es soltera; á un espectáculo para sus amigas, si las tiene, y, en fín, á otras muchas cosas que no quiero citar...—¡Te aconsejo, pues, que averigües quién eres, qué haces en el mundo, y qué es el mundo!

Creo que ya irás formando idea de lo mucho que me divertí anoche en el baile.

—¿Qué buscas aquí?—me preguntó otra máscara.

—¡Lo busco todo!—le contesté.

—¡Pues búscate á tí mismo!—replicó quien quiera que fuese.

Y desapareció como tú y como la otra máscara.

—¡Que me busque á mí mismo!...—balbuceé medio triste y medio alegre.

Y entonces recordé esta verdad, que me dijo mi padre hace muchos años:

—En el mundo no hay más que el yo de cada hombre. Cada hombre es el mundo. El primer meridiano se hallará siempre donde quiera que tú estés. El universo es un espectáculo dispuesto para tí, aunque cada uno de los demás hombres te considere á tí mismo como parte de su espectáculo. ¡Y es que cada cual lleva en su alma el infinito!

¡Búscate á tí mismo, y lo encontrarás todo!—me había venido á decir la última máscara.

Encerréme entonces en mi propio pensamiento, y no pude encontrarme á mí mismo.

—¿Qué buscas aquí?—volvieron á preguntarme gentes que adivinan mi amor á lo absoluto.

—No busco nada,—les respondí ya tranquilamente.

Y aquí terminan mis aventuras de anoche.

Entretanto, había yo dejado de considerar aquella fiesta como una broma.

Por el contrario: pensaba ya en que las máscaras son cosa muy seria, tan seria cuando menos como las demás que hay en el mundo.

Y, en efecto, las máscaras tienen su razón de ser: no son una necedad ni una locura: son un goce natural, aunque terrible; racional, aunque espantoso.—Voy á probártelo.

Tú habrás pensado alguna vez en el profundo horror que causan á la sociedad los anónimos y los pasquines, y habrás reparado en que estas armas, tan alevosas como tremendas, apenas se usan en el combate de los más ruines resentimientos. ¡No parece sino que se ha estipulado de antemano no apelar nunca á estos golpes mortales, como se excluye la estocada en ciertos duelos! Y es, realmente, que un maravilloso instinto de conservación advierte á los más desalmados, que el anónimo, y sobre todo el pasquín, acabarían por disolver la sociedad humana.—¡Figúrate, por ejemplo, lo que pasaría en Madrid si mil ó dos mil personas se dedicasen á escribir anónimos á todos los maridos engañados, á todas las mujeres vendidas, á todos los que tienen amigos falsos, á cuantos son objeto de murmuraciones, á los jefes de quienes se burlan los subalternos, á los robados por personas de quienes no sospechan, y á todos los que viven de ilusiones ó bañándose en las aguas del olvido!—Pues añade el pasquín... ¡Imagínate el cinismo, la desvergüenza, el desenfreno que produciría esta murmuración á gritos, y el escándalo, los divorcios, los desagravios, los castigos, los desquites, los horrores que llevaría al seno de las familias!—¡Espanta el pensar en ello!

Ahora bien: como la privación es causa del apetito, la sociedad ha querido disfrutar el bárbaro placer de verse disuelta tres ó cuatro días cada año, y ha inventado las máscaras.

Merced á esta invención, durante las Carnestolendas, puede violarse ese tratado tácito de los individuos, mucho más sagrado que el derecho de gentes.—Porque no lo olvides: cada máscara que va á los bailes es un anónimo: cada una que vocea en el Prado es un pasquín; y el Carnaval en conjunto es un simulacro de la ruina, de la disolución de la sociedad.—Leyes, respetos, sexos, clases, nombres, fisonomías, todo se ve anulado, negado, derogado, escarnecido, en esa espantosa y general revolución dirigida por Momo.

Las máscaras retrotraen las costumbres al estado salvaje. Las convenciones humanas, las verdades legales, los principios que constituyen la vida común de los pueblos, se convierten en objeto de mofa y de ludibrio. Los hombres más graves gozan en establecer y confirmar con sus hechos estas asoladoras conclusiones: «¡Todo es mentira y vanidad en el mundo; todo farsa y locura! Nosotros, los que hoy nos entregamos al placer de burlarnos de nuestras costumbres, de nuestras categorías, de nuestras diferencias y variedades sociales, de nuestros estatutos, de nuestras vestimentas, de nuestros tratamientos, de todas las reglas de la vida, somos los mismos que mañana, metidos otra vez en el molde social, daremos por resultado códigos y catecismos, patíbulos y guerras, suicidios y apoteosis...»

Siento, querida máscara, que el estado de mi salud no me permita continuar...—Tengo mucho sueño.