Madrid 1859.


 

 

 

 


BOCANADA DE HUMO.

Á MI AMIGO DON RICARDO ALZUGARAY Y YANGUAS.

A mal dar, tomar tabaco.
(Refrán de nuestra tierra.)

Muy lejos estoy y he estado siempre de creer que nuestros sentidos corporales sean cinco: ver, oir, oler, gustar y tocar.

Yo creo, por el contrario, que son muchos más y muchos menos: es decir, yo creo que sólo tenemos un sentido—el tacto,—del cual son órganos ó agentes, no sólo los cinco que trae el padre Ripalda, sino otros innumerables que no cita en su catecismo.

Ahora bien; estos agentes del tacto—encargados de trasmitir al cerebelo partes telegráficos de cuanto ocurre en el mundo, mediante esos alambres eléctricos que hemos llamado nervios en nuestro afan de poner nombres á todas las cosas, por desconocidas que nos sean;—estas diversas maneras de tocar ó de ser tocados, digo, no se reducen, como pretenden algunos rutinarios fisiólogos, al oido, al paladar, á la vista y al olfato.

Comprendo que tal cosa se dijera cuando sólo se conocían siete planetas y siete metales, cuatro Partes del mundo y cuatro elementos; pero repetirlo hoy, en pleno siglo XIX, sería un absurdo tan grande como echarse á buscar al Preste Juan de las Indias.

Lo repito: nuestros sentidos corporales, ó sea nuestros sentidos secundarios, son hoy muchos, son innumerables...—¡Cada día se descubre uno nuevo!

¡Y esto sin contar con el magnetismo, que prescinde de todos, que los domina, que los avasalla, que los anula completamente!

Reconozco, sin embargo, que los hay interiores y exteriores, y que los exteriores son cinco, como dice el padre Ripalda...

Pero los interiores... ¿por qué olvidarse de los interiores al hacer la cuenta de nuestros sentidos corporales?

No os hablaré de algunos que por sabidos se callan...—¡Líbreme Dios!

Ni del sexto sentido, ó sentido de la belleza, que estéticos y fisiólogos admiten ya—más ó menos desarrollado, eso sí!—en nuestra raza bípeda y sin plumas, y el cual sirve para apreciar las maravillas del Arte y de la Naturaleza...

Ni del sentido de las cosquillas ó de la risa,—muy digno de atención y hasta de estudio...

Ni del sentido barométrico, que hace subir y bajar el mercurio de nuestro spleen, según el estado de la atmósfera...

Ni del gran sentido, que crea las simpatías súbitas y las antipatías inmotivadas...

Ni del proto-sentido, ó sentido del presentimiento, que nos avisa siempre, con veinte y cuatro horas de anticipación, las desgracias que nos esperan.

Mi único objeto, hoy sábado, es probaros la existencia de un sentido cuyo exclusivo encargo, cuyo destino en nuestro cuerpo, cuya función natural y genuina... es fumar.

Ya oigo que se me replica, que el hecho de fumar, ó sea de humear, de expeler humo,—pues tal es el significado de ese verbo,—pertenece al dominio de los cinco sentidos clasificados por Ripalda.

—«Cojo un cigarro (me decís), y me lo pongo en la boca: le aplico lumbre: el aparato respiratorio me sirve de máquina mneumática: chupo: arde el tabaco y se convierte en humo: percibe el paladar el sabor de una y otra grata sustancia: huélelas el olfato: fijo la vista en las caprichosas espirales de humo que suben al cielo ó en la blanca ceniza que vuelve á la madre tierra, y...—¡negocio concluido!—he fumado

¡Ah! ¡Callad! ¡No digáis eso! No habéis fumado... ¡Eso no es fumar! ¡Vos no merecíais tener tan buenos cigarros! ¡Vos sois como los cerezos, que no se dan cuenta de los amoríos de sus propias flores!

Pero no es vuestra la culpa. La culpa es de la Academia de la Lengua.

Voy á convenceros.

El verbo fumar no expresa de ningún modo la idea á que se refiere: no interpreta, no traduce, no explica el hecho que analizamos: ¡es una palabra inadecuada, antigramatical, contradictoria, absurda!

El verbo fumar debiera ser reflejo, reflexivo; de ninguna manera intransitivo ó neutro, y menos que nada activo ó transitivo, como lo hacéis algunas veces.

En vez de fumar,—fumarse.—¡He aquí lo que debiera decirse!

En lugar de: «Yo fumo después de comer,» la frase reveladora sería: «Yo me fumo después de comer.»

Es decir: yo me humeo; yo me fumeo.

—¿Se fuma V. mucho, fulanito?

—Bastante, señora.

—Mal hecho: no debe V. fumarse tanto: va usted á quedarse hecho un alfeñique.

—¿Y el marqués?

—Está fumándose.

Fúmate tú.

Fúmese V...

¡Esto es lo propio, lo racional, lo elocuente, lo que se dirá con el tiempo, Dios mediante!

¡Y ahora me ocurre que, al descubrir el tabaco, ó sea al atinar con su uso, pudieron muy bien nuestros padres explicar este uso sin necesidad de inventar palabra alguna!—¿Acaso no existía el verbo fumigar,—fumigarse?

Pues su aplicación al nuevo acto humano hubiera sido más oportuna que la invención del verbo fumar, ridícula contracción del anticuado fumear!

Porque fumar—hablo ahora del fenómeno, que no de la palabra,—fumar no es, ni lo será nunca, más que para las mujeres y los tísicos, el acto de expeler humo por la boca ó por las narices. (¡Eso sí sería humear!)—Fumar es absorber ese humo; encaminarlo á un determinado sitio; ¡fumigarlo! y, por consiguiente, humearse.

¿Qué sitio es ese? ¿Qué cosa se humea uno?

Cate V. la cuestión. Ya va asomando el sentido de que hablaba hace poco.

Meditemos.

Por algo quiero yo convertir de neutro en reflexivo el verbo fumar; por algo predico que el hombre tiene un sentido exclusivamente fumigable...

¿Sabéis por qué?—Porque trato de demostraros que el placer de fumar pertenece al orden de los placeres naturales; esto es, que Dios había previsto el uso del tabaco al crear al hombre.

¡Culpa es del hombre, si ha tardado tanto en caer en la cuenta!—Homo lapsus, etc.

Fumar no es un placer convencional como el de ser calvo, ó como el que producen el frac negro, la pedrería, la cerveza, los Príncipes-Albertos (carruajes muy incómodos) y las poéticas estrofas del himno de Bilbao:—tampoco es un placer artificial como las verdades políticas, como las mujeres coquetas, como un baile de máscaras, como el matrimonio, como una conspiración bien urdida, como el juego ó como las aclamaciones populares.—Fumar es un placer ingénito de la naturaleza humana, como la música, la guerra, el amor correspondido, el sueño, el baile, la mesa, el baño, el vino, la caridad, el revolcarse en un prado la primavera, el adorno personal, los hijos, la murmuración, la caza y la pesca.

Voy á probarlo.

Si el fumar no fuera un placer de la naturaleza, los hijos no se esconderían de sus padres para hacerlo, ni los padres del antiguo régimen, enemigos en todo de las leyes naturales, se lo hubieran vedado tan rigurosamente á sus hijos.

La sociedad, que ha hecho un crimen de todas las funciones inherentes á nuestra vil condición de muñecos de barro; que considera de mal tono el comer por la calle; que no se da por entendida de ciertas flaquezas comunes á todo animal; que ha levantado mil barreras entre el hombre y la mujer (barreras que no pueden saltarse decorosamente sin pagar ese horrible derecho de puertas que se llama matrimonio); la sociedad, hipócrita siempre, que viste á las señoras de manera que aparezcan enteramente al contrario de como Dios las hizo (estrechas por arriba y anchas por abajo, siendo así que ellas son estrechas por abajo y anchas por arriba), ha proscrito en Inglaterra el uso público del tabaco, como ya proscribió antes en aquel mismo pueblo las palabras pantalón, sábana, camisolín y otras. ¿Qué mayor prueba de que el hombre es naturalmente fumigable?

Pensemos, si no, un momento en los efectos y excelencias del tabaco.

Para un verdadero fumador, el cigarro es el primer amigo, el más sabroso manjar, el más fiel compañero de todos sus pesares y alegrías.

Fuma el hombre que está á dieta; fuma el que ayuna voluntariamente; fúmase antes de comulgar; fúmase dentro del baño... ¡No hay ocio que el fumar no entretenga!—El hombre que fuma, nunca está solo.

Cuando habéis perdido una prenda del alma y os espanta la idea de comer ó de beber; mientras recibís el duelo; mientras acompañáis el cadaver al Campo Santo; en las patéticas crisis de vuestro dolor, el cigarro es lícito, conveniente, bien mirado por la sociedad española y por la madre naturaleza, y el único placer que os permitís...—¡Quizás el único lazo que os retiene en la vida!

Nosotros, los que pasamos largas horas buscando en nuestra imaginación mundos ilusorios que presentar ante los ojos de los lectores, á fín de sustraerlos á la realidad de este mundo mezquino, vivimos en una atmósfera de tabaco... Entre nuestros ojos y el papel, flota siempre una nube de azulado humo que idealiza la materialidad de las cosas, en tanto que allá, en el alma, dulces somnolencias y estrañas reveríes vienen á brotar del roce del aroma precioso con el sentido oculto de que hablo.—Este aroma, que calma y embriaga á la vez, que mitiga las penas y endulza los recuerdos, que renueva la inspiración y fomenta la esperanza, es para nosotros lo que el gas para el globo aerostático: nos levanta de la tierra, nos suspende, nos eleva, nos hace recorrer el espacio, nos aisla completamente de toda relación de tiempo y lugar, y anticipa por momentos la hora mística y solemne de la libertad del espíritu.

¡Desgraciado mil veces el que no fuma!—¿Qué hará este sér incompleto, en la orilla del mar, en aquellas horas de infinito éxtasis que siguen á la puesta del sol? ¿Qué velas llevarán su imaginación hacia lo desconocido? ¿Qué alas lo subirán al cielo durante las espléndidas noches de verano? ¿Qué hará en los entreactos de una ópera? ¿Qué, después de comer? ¿Qué, al despertar por la mañana? ¿Qué, durante una larga navegación? ¿Qué, en la ausencia, cuando cierre los ojos para ver las personas queridas? ¿Qué, para no acatarrarse á la salida de un baile en provincias, donde no suele haber coches, si tiene que ir charlando con la beldad que aceptó su brazo para volver á casa? ¿Qué, cuando viaje á caballo por solitarios montes? ¿Qué, cuando convalezca de una enfermedad? ¿Qué, en fín, en aquella hora que sigue al logro de cualquier deseo; cuando, si no fuera por el tabaco, ya no habría razón ninguna para seguir viviendo en un mundo donde todo es igual y acaba del mismo modo?

¡Ah! lo repito: ¡desgraciado mil veces el que no fuma! ¡Y más desgraciado todavía el que fuma... y no tiene buenos cigarros!

Madrid 1858.


 

 

 


EL CARNAVAL

EN MADRID.

I.

LOS BAILES DE CAPELLANES.

Vox populi, vox Dei.—Cuando la fama lo dice, verdad será.—Pero, aunque no lo sea, nadie negará que los confesores, las madres del antiguo régimen, las damas educadas á la inglesa y los hombres que observan un buen método higiénico-moral, ponen las cruces á los Bailes de Capellanes.

—¡Conque anoche estuvo V. en Capellanes!... ¡Vaya una vida!—exclama maliciosamente nuestra presunta madre política, en tanto que nuestra futura esposa calla y cose, más seria que la siempre escamada Juno.

—¡La Vizcondesa estaba anoche en Capellanes!!!—se dicen al oido sus adoradores, llevándose las manos á la cabeza, sin que lo vea el marido.

—¡No me lo niegues! (grita otra mujer arreglando la corbata á su consorte). ¡Tú vienes de Capellanes!

—Pero ¿qué pasa en Capellanes?—me preguntará el benévolo lector.

Va V. á saberlo, amigo mío.—Hoy habrá baile, pues desde Navidad hasta Ceniza, rara es la noche que se cierra aquel local...—Va usted á acompañarme esta noche... La función principiará á las nueve; pero nosotros no iremos hasta la hora de la salida de los teatros, que es cuando la danza se halla en todo su apogeo.—Desde entonces hasta las dos de la madrugada, que se apagan las luces, tiempo tendremos de conocerlo todo...

Ya hemos llegado.—Comience V. á admirar prodigios...

El primero es de baratura...—Lo digo, porque la entrada cuesta diez reales.—La salida... es á gusto del consumidor.

No hay necesidad de quitarse el abrigo, ni la bufanda; pero, si tiene V. calor, puede dejarlos en el guarda-ropa.

¡Vea V. qué galería tan cómoda para descansar!... Es un diván de cien metros que da la vuelta al salón... Aquí se fuma, se duerme, se pronuncian discursos ó se pasea filosóficamente.

Penetremos en el paraninfo ó para... ninfas.

Aquí tiene V. un salón cuadrado, sostenido el techo por cuatro columnas, y muy semejante á un gran patio de Andalucía.

En el espacio comprendido entre los cuatro cenadores, se baila...—¡Porque eso que mira usted asombrado es bailar!

Al rededor se ama á cuarenta grados Reaumur.

Por lo demás, yo creo que en Madrid no hay un local más bonito ni más á propósito para un baile.

El aspecto de la concurrencia recuerda los buenos tiempos de las máscaras.—Aquí, no sólo se viene disfrazados, sino vestidos. ¡Es un baile de trajes en toda la extensión de la palabra!—Aquí tiene V. todo el guarda-ropa de los teatros: Moros, templarios, griegas, manolas, escoceses, Isabeles de Inglaterra, Franciscos primeros, Motezumas, Reinas-Católicas, puritanos, Federicos, Raqueles y Semíramis, andan amigablemente del brazo, ó polkan que se las pelan, ó se ponen como hoja de peregil si llega la mano.

Estas espléndidas máscaras, varones y hembras, son la parte peligrosa del baile... Porque observe V. que los Federicos, los templarios y los Motezumas son también mujeres disfrazadas de hombre!—Yo sé de un amigo mío que logró fijar la atención de una de esas máscaras ilustres, y consiguió á fuerza de muchas instancias (las instancias fueron de él: y lo advierto... porque también ellas suelen instarle á uno), consiguió, digo, llevarla al ambigú.

—Pide algo...—exclamó mi amigo.

Era la una de la noche.

—Mozo, ¿hay puchero?—preguntó Isabel de Inglaterra.

¡Y no es esto lo peor que puede acontecer en Capellanes!...—Pero hablemos de cosas más apetecibles. El lado novelesco y digno de atención de estos bailes lo constituyen ciertas modestas tapadas vestidas de negro, con largos mantos ó anchurosos capuchones, que andan de acá para allá buscando á un marido más ó menos infiel ó á un amante más ó menos afortunado.

Y es que á Capellanes va también la dama non sancta del gran mundo, que ama á un gallardo estudiante del sexto de Leyes y no le ve nunca con desahogo, ni tuvo jamás la dicha de bailar con él.—Para estos, la noche es ideal, sublime, romántica á sumo grado. ¿Qué les importa el mundo que les rodea? ¡Allí está ella, la deidad cuyo coche sigue penosamente en el Prado, cuya mano puede apenas coger en los corredores del teatro Real, y con la que no se ve á solas más que alguna vez en detestable coche simón! ¡Y allí está el incauto joven que la aristócrata aburrida distinguió entre la muchedumbre y elevó á un cielo que nunca soñara!—¡Al fín son libres; al fín andan del brazo por en medio de la multitud! ¡Todo el mundo es testigo de su dicha, y sin embargo, nadie los ve!...—¡He aquí un goce que sólo lo proporcionan las máscaras!

A las dos menos cuarto nadie ve más allá de sus narices.—Se ha bebido, se ha perdido la cabeza á fuerza de bailar, se ha dado el alma al diablo, se ha obtenido la cita, se han marchado las tapadas decentes, se han confundido en un vértigo febril la mentira y la verdad, y las caretas son inútiles, y los respetos sociales una farsa, y los desconocidos se tutean, y las feas parecen hermosas, y todos gritan, todos bailan, todos sueñan, todos reducen el pasado y el porvenir á aquel instante pasajero de locura y fascinación.

—¡Huyamos, amigo mío: huyamos de esta jaula de monos!

II.

LOS BAILES DEL TEATRO REAL.

Las tres noches en que estos bailes presentan su caracter propio,—el segundo día de Carnaval, la noche de Piñata y la consagrada á los Establecimientos de Beneficencia,—el regio coliseo ofrece un aspecto moral y material enteramente distinto del de Capellanes.

En él no hay trajes pintorescos ni aparatosos disfraces. Las mujeres van cubiertas de largos dominós ó mantos negros: los hombres vestidos de media sociedad.—Casi nadie baila: los que se dedican á este placer, ó son tránsfugas de Capellanes ó provincianos inespertos.—Al teatro Real se va más que á nada á desenlazar dramas y poemas ó á empezar novelas sumamente interesantes.

Hay, pues, algo de lúgubre y melancólico en estos bailes de máscaras; algo de serio y de imponente. Allí se dan ciertas quejas, y se hacen ciertas recriminaciones. Allí hablan los que se amaron durante mucho tiempo, riñeron después y dejaron de verse al cabo... De allí salen á veces reconciliados los novios, los amantes y hasta los esposos... Allí tropieza uno con los amigos secretos, con las simpatías ignoradas, con las desconocidas entusiastas que no se ponen en balde la careta... Consejos, noticias, censuras, declaraciones, desengaños..., salen como un vendabal de labios de las mujeres, yendo á turbar la mente de los hombres... La infidelidad, los celos, la venganza, la calumnia, los recuerdos de amor andan encarnados, por decirlo así, en aquellas sombras negras cuyos funerales chillidos van sembrando la desolación y la muerte.

Por lo demás, el local es lujosísimo, la orquesta maravillosa, la concurrencia innumerable. A cierta hora los palcos se llenan, ó de parejas que siguen el drama tête á tête, sin que la protagonista se haya quitado el antifaz, ó de familias pacíficas que han arrojado la inútil máscara y contemplan desde allí el animado espectáculo del salón, como los que ven desde un balcón artificial la catarata del Niágara.

De las tres á las cuatro hay una hora de sosiego, en que ni se baila ni suena la música.

Es que cenan los alegres de corazón.

Pero más excitan la envidia de los tristes y de los solitarios algunas parejas que se pasean por los corredores ó por las escaleras.—Muchos toman un coche y se marchan..., y luego vuelven.—No pocos se sientan á filosofar, y acaban por dormirse.

A última hora, á las seis de la mañana, se alumbra el teatro con luces de Bengala, que le dan un aspecto fantástico: báilase la galop infernal, perfectamente llamada así; condénsase en vivísimas expresiones, en tumultuosos pensamientos, en rápidos compases, en frenéticos giros, toda la poesía diabólica de la noche, y entonces, los que se han reunido por casualidad, los que sólo pueden hablarse con el rostro cubierto, los que no esperan verse ya lo menos en un año, sienten un hondo vacío en el corazón, como si les faltase la vida, como si se acabase el mundo...

Entretanto, la aurora se abre paso en el horizonte, alumbrando calles y tejados cubiertos de nieve, de escarcha ó de ceniciento lodo.

III.

>EL CARNAVAL EN EL PRADO.

La decoración ha cambiado completamente.

Las damas llevan la cara descubierta. Los hombres más elegantes van vestidos de mujeres y con la cara tapada. Ellas pasean en coche, ó á pié, ó están sentadas en las sillas del Ayuntamiento. Ellos se hallan á un mismo tiempo en todas partes.

Desde la Fuente Castellana hasta la iglesia de Atocha, esto es, en un espacio de media legua, fluye incesantemente un río de carne y trapo. Los más lujosos trajes de nuestras madrileñas sirven de disfraz á los jóvenes más traviesos y distinguidos.

Ha llegado la hora del desquite. Los embromados del teatro Real se cobran con usura de todo el daño que allí recibieron del bello sexo.

El pueblo, por su parte, acude con danzas, estudiantinas y mojigangas. Entonces aparece también la mascarada política, la filosófica, la epigramática en el orden moral. Trajes fantásticos, ingeniosas caricaturas, burlas sangrientas, tipos cómicos, biografías en acción, nada falta en el gran escándalo de esos días.

Uno pronuncia discursos, otro os dirige á voz en grito apóstrofes que os ponen colorado; quién os nombra, quién os señala con el dedo; cuál os adula, cuál otro os manifiesta todo lo que os conviene saber.

Estas máscaras pregoneras, que son las más terribles, suelen ir hasta en coche, ó asaltar el que primero encuentran: á veces van á caballo: hablan con las gentes que ven en los balcones; penetran en algunas casas; acuden á los cafés; paran á los transeuntes; nada perdonan, en fín, de cuanto puede contribuir á su tremenda incontrastable soberanía.

Tal es el Carnaval en Madrid, donde, á consecuencia de nuestras revoluciones y áun de nuestro caracter nacional, la sociedad se compone de un solo vastísimo círculo que incluye todas las clases cultas y en que todos se conocen y tratan.

No: no es el Carnaval entre nosotros la desaforada orgía de otras capitales de Europa, en que millares de individuos que no se han visto nunca, convierten las plazas y los teatros en otras tantas casas de locos: es una innumerable tertulia de personas que se aman, se temen, se odian ó se necesitan, en la cual se ha apagado la luz y andan las gentes á tientas diciendo verdades como puños y relajando en lo posible los vínculos estrechos de las conveniencias sociales.

1859.


 

 

 


MIS RECUERDOS

DE AGRICULTOR.

Posible es, y hasta casi seguro, pues cosas más raras se ven todos los días en España, que algunos de los pacíficos labradores á quienes especialísimamente va dedicado este artículo[5], tengan así como una vaga idea de que yo existo en el mundo, por haber llegado á la envidiable soledad de sus casas de campo tal ó cual periódico madrileño ó de provincias en que se me citara, probablemente para censurarme, como teólogo, como poeta, como soldado, como periodista, como diputado á Cortes, ó como cualquiera de las demás cosas que he sido consecutiva y áun simultáneamente, por falta de mérito bastante para ser una sola...

Pero de seguro que ningún campesino ni cortesano me ha oido mentar nunca como agricultor, ni tiene el más leve barrunto de que yo haya pasado años enteros de mi vida labrando la dura tierra, sembrando, regando, escardando, segando, podando, etc., etc.; todo ello con anterioridad á los tiempos actuales, en que he venido á ser un poquito jardinero y otro poquito hortelano en la villa de Valdemoro, de donde hace pocos meses me nombró Patriarca, en letras de molde, mi pícaro y buen amigo Alfredo Escobar, con gran asombro de las personas que todavía me tomaban por un muchacho.

¡Pues sí, mis queridos lectores técnicos del Almanaque agrícola! En los primeros años de mi varia y complicada existencia, yo he sido tan labriego como vosotros: yo he manejado millares de veces la azada, el almocafre, la hoz y otros muchos instrumentos de labranza: yo he confiado el grano de oro del trigo ó el grano de topacio del maiz á la generosa madre Tierra, y la he visto devolverme al poco tiempo el ciento por uno: yo he sepultado el hueso, que es como quien dice el esqueleto, del albaricoque ó de la guinda que me había comido, y luego he visto brotar un verde tallo por el grieteado suelo que cubría aquella fosa, y convertirse el tallo en tronco, y vestirse el tronco de hojas y flores, y trocarse las flores en frutos tan bellos y tan opimos como los del primer año de la Creación: yo he plantado el árido sarmiento que, andando los años, había de ser lujosa parra y darme fresca sombra y apretados racimos: yo he comido pimientos y tomates de las matas que planté y cultivé, y cebollas, y ajos, y calabazas y pepinos sembrados por mí, y... (¿por qué no he de decirlo todo, aunque tenga que acusarme de contrabando?) ¡yo he fumado tabaco de mi cosecha! ¡yo he criado la preciosa planta, la he secado, la he prensado, la he arrollado, y, una vez enjuto el resultante cigarro casero, lo he encendido y me lo he fumado con el mayor gusto, bien que á escondidas..., no de la Real Hacienda, sino de mis Padres (Q. E. P. D.)

Porque habéis de saber que apenas tendría yo nueve años cuando hacía todas estas cosas, es decir, cuando estaba dedicado en cuerpo y alma á la agricultura.—Poco después entré en el Seminario, no en busca de simientes, sino á estudiar latín: la lectura de los Clásicos me aficionó á las Bellas Letras, y ¡adios, mi azada! ¡adios, mi almocafre! ¡adios, mi huerta! ¡adios, mis calabazas!... Ya tenía mayores cuidados: ya tenía que pensar en no recoger cosecha de estas cucurbitáceas cuando llegase Junio con sus exámenes!

¡Mi huerta!—Mi huerta mediría seis varas cuadradas de extensión, y constituía la décima parte de un corral que de nada servía (por haber otros mejor acondicionados para gallinas y demás animales comestibles) en el viejo y destartalado caserón que ya no puedo llamar mi hogar paterno...

Pero explicaré eso que he dicho de décima parte.

Eramos diez hermanos..., como quien no dice nada, y no había local, ni juguetes, ni paciencia, ni oidos que bastasen á resistir nuestros juegos, reyertas y espíritu de destrucción.—Desde los gatos que discurrían por los tejados hasta los conejos que tenían sus madrigueras bajo los cimientos de la casa; desde las mismas tejas y chimeneas del edificio y de los demás de la manzana hasta el agua misteriosa de los profundos pozos, todo sufría el incesante azote de aquellos diez guerreros, cuya edad se escalonaba entre dos y quince años, y cuyo único descanso era el pelear. ¡No se nos tenía por tan malos como los cuatro hijos de un nuestro vecino á quienes todo el barrio llamaba los cuatrocientos; pero, áun así, cabía en lo posible que, de no buscarse mejor empleo á nuestra vertiginosa actividad, acabáramos por destruir la casa en que habíamos nacido y por matar á disgustos á los padres que nos habían engendrado!

En tal aprieto, decidieron sus mercedes regalarnos en propiedad y en usufructo el mencionado corral sobrante, para que lo convirtiéramos en teatro exclusivo de nuestras hazañas, é hiciésemos de él lo que se nos antojase, incluso levantar sus tapias hasta las nubes ó cavar su suelo hasta los antípodas, bien que aconsejándonos prudentemente que nos lo repartiésemos por lotes y que lo cultiváramos hasta convertirlo en una especie de jardín-huerta, cuyos frutos y flores perteneciesen de derecho al dueño de cada pedazo.—Á este fín, nuestros padres nos comprarían los necesarios instrumentos de labor y permitirían á los hortelanos y hortelanas mayores de ocho años sacar agua de los pozos con acetres de poco peso y con las debidas precauciones, dando además á un criado orden de regar la tierra de los minúsculos, quienes también podrían arrendarlas á sus hermanos más crecidos.

Con indecible entusiasmo y frenética alegría fué aceptada tan oportuna idea. Inmediatamente se dividió el corral en diez lotes iguales, dejando en medio una calle para vía pública. Hiciéronse escrituras que sirviesen de título á cada cual. Redactáronse leyes y ordenanzas sobre huertos, riegos, servidumbres, etcétera, y ya en adelante no dimos á nuestros padres más trabajo que el de impedir que echásemos raices en nuestra respectiva pertenencia. Todas las horas que nos dejaban libres escuelas y colegios, las pasábamos con el azadón ó el escardillo en la mano, ó sacando agua del pozo, ó haciendo estanques y acequias, ó construyendo pozos en el paseo que corría entre las dos series de huertecillas, ó pintando verjas en las tapias, con almagra y almazarrón, ó labrando encañados para acotar cada propiedad y defenderla de los gatos, ó cambiando entre nosotros tales ó cuales frutos ó semillas; cuando no convidándonos recíprocamente á comer sobre el terreno, y hasta en la mata, las lechugas, las habas ó los pimientos que habíamos criado.—¡Hubo allí agricultor que recogió más de una libra de algunas cosas!

Dicho se está que las primicias de cada cosecha eran llevadas solemnemente á nuestros padres, quienes las celebraban por todo extremo, dispensándoles la honra de disponer, como si fueran frutos de verdad, que se trasportasen á la cocina, y se sirviesen luego á la mesa, en el frito, cocido ó ensalada correspondiente.—Ni dejó de suceder, sino que ocurrió en varias ocasiones, el que los muy amados de nuestra alma fueren á ayudarnos por las tardes ó los días de fiesta en aquellas infantiles tareas agrícolas, ó sea á jugar con nosotros á labradores y hortelanos, prendados al igual de cada huertecillo, por ser obra y llevar el nombre de un hijo de su corazón...

¡Oh! no quiero seguir... Comencé en broma á hablar de mis juegos de la niñez, y ya no caben las lágrimas en mis ojos...

Pasaron ¡ay! aquellos años... Los hermanos más pequeños fueron heredando las abandonadas huertas de los mayores, según que estos iban casándose, ó yéndose del hogar paterno.—Uno murió, y su propiedad fué toda sembrada de siempre-vivas...—Pronto no quedaron hortelanos ni hortelanas que cultivasen, riendo, aquellas liliputienses fincas, y dos ancianos, ya casi solos, tuvieron que cultivarlas llorando, mientras que sus hijos creaban nuevas familias en otras casas, ó recorrían el mundo cargados con el fardo de tan santas memorias...—Apagóse, en fín, aquel hogar: murieron nuestros padres: secóse aquel jardín; ¡desapareció todo!

Mudáronse después los horizontes de nuestra vida, y, por lo que á mí toca, ví á mi alrededor nuevos seres amados, otros niños, muy parecidos á los que jugaban conmigo en la casa paterna, y que jugaban á los mismos juegos que nosotros...—¡Eran mis hijos, no mis hermanos!—Eran estos pedazos del alma que han de sobrevivirme, como yo he sobrevivido á los honrados cónyuges que me dieron el ser...

Así es que, al pensar en los años de mi infancia, paréceme que ahora vivo en otro mundo; pues de mi historia de niño y de agricultor, ya no me queda más que la dulce tristeza con que recuerdo alegrías tan inocentes, dichas tan puras, placeres tan benditos...

Digo mal: también me queda este amor al campo y este culto á la Naturaleza de que dan testimonio mis pobres obras literarias; amor que profeso asímismo á cuantos viven en íntimo contacto con la Madre Tierra,—depositaria de las cenizas de mis padres, que en plazo no muy remoto lo será también de las mías.

1880.


 

 

 


UN MAESTRO DE ANTAÑO.

(FRAGMENTO DE LAS «MEMORIAS INÉDITAS DEL BACHILLER PADEAYA,» QUE SE PUBLICARÁN ÍNTEGRAS DESPUÉS DE SU MUERTE).

I.

Ahora me toca retratar (dice el Bachiller, comenzando el segundo cuaderno de su manuscrito) á otro de los personajes de mayor bulto y trascendencia que figuran en la historia de mi niñez; al más caracterizado sin duda alguna, después de los autores de mis días, del cura que me bautizó y de mis once amas; al que sigue, en el orden de estos recuerdos casi fantásticos, á aquellos músicos de la capilla de la catedral, que casi todas las noches iban de concierto y jolgorio á mi casa, convidados por mi buen padre; al que roturó, digámoslo así, la tierra virgen, y luego mártir, de mi inteligencia y de mi memoria, y echó, en los surcos abiertos por la palmeta y las disciplinas, la primera simiente de los llamados conocimientos humanos; á mi único maestro oficial de lectura, escritura, cuentas, religión, geografía y demás cosas que diré en su lugar oportuno; al ilustre Sargento Clavijo, en fín, que santa Gloria haya, y que de seguro estará en ella, no diré de patas ó á pié, pues esto no le satisfaría, pero sí á caballo, como Santiago y San Jorge; que tal fué siempre su postura favorita en este planeta de tres al cuarto, que llamamos mundo.

Paréceme que lo estoy viendo..., no á caballo precisamente, pues yo lo conocí ya apeado, sino paseándose sobre los ladrillos de la escuela, como un rey sin trono, y alguna que otra vez en burra, camino de su viña... Era á la sazón más paisano que militar y más eclesiástico que lego... Había llegado á mi muy amada ciudad natal (Jaen), en los últimos años del Rey Absoluto, desempeñando el cargo, casi siempre honroso, de mayordomo de un señor Chantre; y, por muerte del tal Prebendado, heredó aquella viña, un olivar y algunos maravedises, con los cuales puso la escuela... Antes de mayordomo, cuando el Dignidad era todavía simple Canónigo de Leon, Clavijo había desempeñado otra escuela en Astorga, en la Roma de los maragatos...—Constaban documentalmente su nacimiento, bautismo y confirmación, verificados en no sé qué villa de Asturias, así como que había hecho toda la guerra de la Independencia, y llegado, desde humilde ranchero, á sargento segundo de caballería... Tenía una hermosa cicatriz en la frente y, al pecho, la cruz de yo no sé qué cosa... Los mismos conocimientos culinarios que le proporcionaron la plaza de ranchero de su escuadrón debieron de elevarlo, andando el tiempo, á la mayordomía del capitular, hombre que se cuidaba hasta cierto punto; pero lo que aún no he podido averiguar ni discernir es en virtud de qué conocimientos de otra especie fué maestro de escuela dos largos periodos de su vida... Decíase, por último, que en Leon estuvo casado siete meses con una antigua sobrina del Chantre, la cual murió de parto, anticipado según los amigos de su merced, y muy de tiempo, según los enemigos...

Paréceme que lo estoy viendo (vuelvo á decir)... Había nacido en 1788, como lord Byron, y, por consiguiente, tenía cincuenta años cuando á mí me pusieron en su escuela. Érase alto, y recio, aunque no gordo, y su rostro, atezado y vulgar, resultaba grave, y hasta digno, merced á una larga y porruda nariz, de las llamadas borbónicas, y, sobre todo, á un enorme tupé entrecano que hubieran visto con envidia Larra, Martinez de la Rosa y demás elegantones de aquel tiempo. Su vestimenta en la clase, desde el día de San Antonio hasta el de San Miguel, reducíase á un cumplidísimo pantalón de hilo oscuro que le llegaba hasta cerca de la barba, colgado de los hombros por medio de dos tirantes de vendo, y provisto de un ámplio portalón, del tamaño y forma de aquella compuerta que comunica algunos comedores con la cocina, y que se baja, á guisa de mesa, para servir las viandas con mayor comodidad y más calientes... Y digo que su traje se reducía al tal pantalón, porque en verano andaba siempre en mangas de camisa y sin chaleco, aunque sí con la clásica y descomunal corbata de ballena, que entonces era de rigor y que, á mi juicio, sugirió á los criminalistas la idea de sustituir la horca con el garrote. En invierno vestía otro pantalón por el estilo, de paño de Ohanes; chaleco de seda, rameado, de vivos colores, y levita negra, muy alta de cuello, muy larga de faldones y muy estrecha de mangas, aunque no de puños. La corbata era siempre igual, y como inamovible; tanto, que yo creo que dormía con ella. Usaba en todo tiempo recias botas negras de alto cañón, que lucía mucho, por llevar constantemente doblados los perniles de los pantalones, y no recuerdo haberle visto nunca, en ninguna estación, sitio ni hora, sin un pañuelo de los llamados de hierbas, de vara y media en cuadro, echado sobre el hombro izquierdo á manera de alforjas, tal vez porque no había ni podía haber bolsillo en que cupiese tan hermosa pieza.—No fumaba el antiguo sargento; pero sí tomaba mucho polvo, y, cuando se sonaba las narices, parecía que se hundía el mundo, y todos los muchachos quedábamos inmóviles como soldados que oyen la voz de ¡firmes!: ¡tal estruendo hacía el santo varón! Su voz era también estentórea, aunque descubría, en los raptos de furia, alguna que otra nota de vieja. Tenía afeitada toda la cara, excepto el comienzo de las patillas. Pisaba muy ruidoso, á causa de los grandes clavos que orlaban las suelas de sus botas, y ufanábase de no gastar antiparras ni haber tenido nunca sabañones. En cambio, tenía en los piés todo un almanaque de callos, que le anunciaban las mudanzas atmosféricas con tres días de anticipación, y cierta quebradura ó hernia inguinal (quebrancia le llamaba él) equivalente á un termómetro, un barómetro y un higrómetro, instrumentos que no le eran conocidos, y que, áun en el caso de conocerlos, no le habrían librado de tener la hernia.

Conque vamos á clase; es decir, estudiemos á nuestro hombre en el pleno ejercicio de su magisterio.

II.

Pasábamos de ciento veinte los jóvenes amables que nos dirigiamos por aquel camino al templo de Minerva.—Costaba una peseta al mes á los pudientes y dos reales á los pobres recibir el pan intelectual, en forma de palmetazos, de manos del Sargento Clavijo, á quien las Autoridades y otras personas circunspectas solían denominar Don Carmelo.—Por la mañana se entraba en clase á las ocho, lo mismo en Diciembre que en Junio, y se salía á las doce; y por la tarde se entraba á las tres y se salía á las cinco.—Los jueves sólo había escuela por la mañana.

Voy á ver si recuerdo todas las vacaciones del año: diez y nueve días de Pascua de Navidad, ó sea desde Santo Tomás Apóstol hasta Reyes; siete de Carnaval, desde el Jueves lardero hasta el Miércoles de Ceniza; doce de Semana Santa, desde el Viernes de Dolores hasta el Martes de Pascua de Resurrección (todos inclusive); tres de Pascua de Pentecostés; once de ferias; tres de Jubileo de la Porciúncula, y sobre ciento de misa, entre domingos, fiestas y Santos que sólo traían mano en el almanaque (y que son los que después ha declarado Roma no de precepto): total, ciento cincuenta y un días de huelga, sin contar la entrada ó proximidad de los facciosos, la recepción del nuevo obispo, las romerías tradicionales, la llegada de un batallón con música, las elecciones, las rogativas, el exorcismo á la langosta, las grandes nevadas, los días y cumpleaños del padre, de la madre, de los abuelos, de los hermanos, de los tíos, de los padrinos y de la ex-ama de leche de cada alumno, por lo que respectaba al alumno mismo, y sus propios días, cumpleaños, sarampión, escarlatina, viruelas, alfombrilla, catarros, indigestiones, aporreaduras, lutos y repentino destrozo del pantalón ó de la chaqueta...—Pongamos, pues, la mitad del año, y es cuenta redonda.

Pero voy extendiéndome á hablar de cosas comunes á la mayoría de las escuelas de aquellos tiempos, cuando debo circunscribirme á las especialidades de la de mi ex-sargento segundo...

El buen D. Carmelo Clavijo tenía hermosa letra, aunque demasiado gorda y anticuada: letra de canciller del siglo XVII. En cuentas no era ningún Pitágoras; pero á enseñarnos á serlo, como algunos lo fuimos, ayudábale su pasante, pupilero y oráculo, el Sr. Frasquito Sarmiento, antiguo escribiente de la Administración de Millones, y capaz de contarle los pelos al demonio. De lo demás que sabía nuestro héroe trataré en capítulo aparte, cuando examine el programa y los textos semi-vivos y semi-muertos de su escuela.

Cinco eran allí los castigos ó sanciones penales de la enseñanza: 1.º, ponerse de rodillas; 2.º, correazos sobre la ropa; 3.º, palmetazos; 4.º, llevar colgado al cuello ¡todo un día! cierto cartón en que estaba pintado un burro; y 5.º, azotes, ó sea disciplinazos que llamaré pajareros, por ir este adjetivo pegado al innominable (por no decir inefable) sustantivo con que se designaba allí, y áun suele designarse en la vida doméstica, la parte del cuerpo... infantil que los recibía. La correa ó correas (pues había dos) eran de lo más recio que se conoce en materia de pieles, y una tenía D. Carmelo y otra el Sr. Frasquito.—La palmeta, primorosamente tallada y torneada en madera de álamo negro, que es de las más fibrosas y menos quebradizas, ostentaba los cinco agujeros de rigor, en recuerdo de las cinco llagas del Salvador del mundo, y su manejo correspondía exclusivamente al Jefe de la clase. El burro había sido dibujado por la señora de Sarmiento. Y, en fín, los azotes se administraban, tomando á cuestas un adulto al recipiente ó receptor (pues no cabe llamarlo recipiendario), bajándole los calzones y dándole otro adulto con las disciplinas... Ambos oficios, el de picota y el de verdugo, eran muy codiciados, y sólo se concedían al mérito notorio. Las disciplinas se diferenciaban muy poco de las que usan los ascetas; pero tenían la desventaja de no ser esgrimidas por mano propia.

No tacharé, sin embargo, de cruel al maestro Clavijo... ¡Mucho más lo era el pasante! El antiguo sargento distinguíase, por el contrario, como hombre sensible y cariñoso, y recuerdo innumerables rasgos suyos de ternura... verdaderamente maternal (que no paternal) con los muchachos, sobre todo con los pequeñuelos. V. gr. Cuando alguno de estos era víctima de también inefables ó innominables descuidos propios de la infancia, él mismo lo metía en la pila, sacaba agua del pozo, lavábalo como una niñera, enjuagábale luego la ropa, tendíala al sol para que se secara, y, en el ínterin, acostábalo entre las dos zaleas que hacían veces de alfombra en la Presidencia y en la Vicepresidencia, si era invierno, y, si era verano, cubríalo con su moquero de seis cuartas...

Las tardes de Canícula presentaba la escuela un cuadro digno de los pintores flamencos de costumbres, ó de que entonces hubiera habido fotógrafos. Debía de ser cosa convenida entre el maestro y el pasante que cada uno de ellos dormiría la siesta una de las dos horas que duraba la clase vespertina; el maestro, de tres á cuatro, y el pasante, de cuatro á cinco. Mas, para ello, requeríase ante todo que callaran los ciento veinte muchachos durante aquellas dos horas..., y he aquí cómo se lograba este milagro. Recostábase D. Carmelo en su sillón de vaqueta, y el Sr. Frasquito comenzaba á dar paseos de tigre enjaulado, rápidos y de puntillas, por el único y vastísimo salón (antiguo alhorí) que servía de aula. ¡A callar! gritaba en cuanto el dómine bajaba los párpados, y ya no permitía á ningún niño ni mojar la pluma, ni volver la hoja del libro en que leía, ni rebullirse, ni mirar á nadie ni á nada... Dormíanse todos, por consiguiente, ó aparentaban dormirse, y si alguno abría los ojos ó la boca, ya estaba encima el Sr. Frasquito, amenazándole con la correa hasta que los cerraba. Libres y aseguradas de impunidad las moscas, su largo y monótono zumbido era entonces la única voz que sonaba en la escuela, aparte de los ronquidos del benemérito asturiano, cuya alma, en aquel momento, recorría los campos de batalla de Talavera, Ciudad-Rodrigo y Vitoria... Daba luego la recíproca el maestro al pasante, y á las cinco en punto acabábanse, simultáneamente, la clase y las siestas.—No podían empero llamarse á engaño los padres de los chicos, puesto que también habían logrado que estos les dejasen dormir, y no para otra cosa obligaban tiránicamente al sargento Clavijo á que tuviese escuela las tardes de Canícula, contra la antigua y buena práctica andaluza.

Los sábados en la tarde dirigía siempre el maestro un ligero sermón á sus regocijados discípulos, momentos antes de darles suelta por treinta y nueve horas. Ya se había cantado la Salve, y cada arrapiezo tenía su gorra en la mano (soñando con todo lo que iba á diablear el domingo, desde que Dios echase sus luces hasta bien entrada la noche), cuando D. Carmelo daba un correazo sobre su mesa, en señal de atención, y decía: «Señores: mañana es domingo, día de misa de precepto: no hay clase. Oigan Vds. misa mayor en su respectiva parroquia, y además todas las que puedan, pues las almas del Purgatorio no reciben otro consuelo que el que nosotros les enviamos. Traten con respeto y obediencia á sus padres, á los mayores en edad, saber y gobierno y á las personas de suposición. Besen la mano á los sacerdotes que encuentren en la calle, y socorran á los pobrecitos con los cuartos que hubiesen de gastar en dulces. Por la tarde, vayan Vds. á la novena... tal, y al oscurecer, al Rosario. Y, en fín, vengan el lunes con muchos ánimos de hacerse pronto hombres útiles á sus familias y á la Patria.—Vayan ustedes con Dios.»

Algunos sábados añadía en tono confidencial: «Señores: se está acabando la tinta; traigan Vds. el lunes un cuarto, los que puedan, y los que no, procúrense caparrosa y agallas. En el jardín del Marqués de Tal hay un hermosísimo ciprés, y el jardinero les permitirá que cojan los gálbulos que haya derribado el aire.»

El penúltimo día de cada mes, aunque no fuera sábado, pronunciaba también algunas frases monitorias. «Señores (decía): recuerden Vds. á sus padres que este mes trae treinta (ó veintiocho ó veintinueve, ó bien que mañana es 31), y que, por lo tanto, hay que venir á la escuela con el dinero del pobre maestro, el cual celebraría mucho ser rico y poder enseñar á Vds. de balde.»

Y, en fín, desde 1.º de Noviembre comenzaba á pregonar este otro bando: «Señores: se acerca el día de la Purísima Concepción, patrona de las escuelas. Hay que traer colgaduras, cera, flores de trapo, candeleras, cornucopias, dulces, castañas, frutas secas, garbanzos tostados y demás, para la gran función religiosa, con refresco y todo, que habrá aquí dicho día, y á la que vendrán únicamente aquellos de Vds. que sean buenos y aplicados. También les exhorto á que vayan reuniéndose los domingos en la noche y ensayando los coros á María Santísima, cuya letra y música conoce todo el mundo. ¡Es menester que nuestra función eclipse la de todas las escuelas de Astorga..., donde se hacen con especial magnificencia!»

¡Astorga! ¿Qué nos importaba á nosotros eclipsar á gentes de un país tan distante del nuestro? Pero á D. Carmelo le importaba mucho. ¡D. Carmelo tenía sus pasiones en el particular! ¡D. Carmelo no olvidaba nunca ningún capítulo de su pasada historia! ¡D. Carmelo era un hombre esencialmente retrospectivo!

III.

Pasemos ahora revista, como anunciamos antes, á las asignaturas y textos de aquella famosísima Academia de primera enseñanza, donde aprendieron á leer y medio escribir muchos que han sido luego jueces, promotores, médicos, boticarios, canónigos, catedráticos y hasta periodistas.

Comenzábase por el Jesús ó Abecedario. (Jesús era entonces la primera palabra que profería el niño al comenzar á civilizarse. Después seguía la primera letra del alfabeto.)

Pasábase luego al Silabario y á aprender de viva voz, y hasta con música, todo el Catecismo del Padre Ripalda. Por cierto que al llegar á la pregunta: «Decid niño: ¿Cómo os llamais?,» costaba á algunos mucho trabajo responder al tenor del libro: «Pedro, Juan, Francisco, etc.,» y respondían: Valentín, Manuel, Bonifacio, ó como quiera que se llamaban.

Entrábase á continuación á leer en el Libro de obligaciones del hombre; en seguida, en El Amigo de los niños, y finalmente, en El Fleury (sic), tres obras notables, que nos enteraban de lo poco ó mucho que contenían, sin que Don Carmelo se metiese nunca á poner ni quitar, ni á explicar ó comentar cosa alguna.—¿Qué tenía él que ver con tantas cosas del Antiguo y del Nuevo Testamento como trae á colación, en su célebre Catecismo histórico, el preceptor de los hijos y nietos de Luis XIV?

En punto á Aritmética, no era el maestro, sino el pasante, quien nos enseñaba hasta cuentas de proporción y de compañía, y recuerdo que, para sacar esta última, había que llenar de rayas y guarismos todo un pliego de papel de barbas...—¿De qué me han valido los laureles que alcancé en este punto?—Pero ¿qué sabía entonces nadie, ni yo mismo, si mi porvenir era ó no de banquero?—¡Hicieron, pues, divinamente en enseñarme á manejar ó contar millones, billones y trillones!

Nuestro muestrario para escribir debíase á la pericia caligráfica del propio D. Carmelo, á cuya letra sigue pareciéndose mucho la mía y la de todos los que frecuentaron su escuela. También nos enseñaba á reglar papel con un plomo sobre las pautas de madera y alambre; mas, por lo que toca á Ortografía y Gramática castellana, nos dejaba en el estado de la inocencia y dueños absolutos de nuestras acciones. ¡El héroe de Bailén y de los Arapiles no había sospechado siquiera que existiesen reglas y trabas para la escritura, después de tanta sangre como les había costado á los españoles su independencia!

En compensación; algunas tardes de invierno (indudablemente en los grandes aniversarios de aquella gigantesca lucha), el antiguo soldado sentía como nostalgia de los campamentos y de las lides, y, después de referirnos varios combates, y sobre todo aquel en que lo hirieron y ganó la cruz, nos decía:

—¡Vaya, caballeros, de todo conviene saber un poco! Voy á dar á Vds. otra leccioncita de equitación.

¡Era de ver entonces la escuela! Todos los muchachos soltábamos plumas, libros y papeles, y nos colocábamos de un lado de las extensísimas y achaflanadas mesas de escribir, muy parecidas á largos caballos, y que de tales servían en semejantes ocasiones.

—¡Pié en el estribo!...—gritaba el maestro.

Todos poníamos la mano derecha sobre la mesa correspondiente, y el pié izquierdo sobre el banco que de ella nos separaba.

—¡Una!—seguía mandando D. Carmelo.

Todos nos alzábamos hasta quedar enhiestos sobre el pié apoyado en el banco-estribo y con la pierna derecha colgando al aire...

—¡Dos!

Todos extendiamos la pierna derecha á lo largo del lomo de aquel prolongado y doble pupitre...

—¡Tres!

Todos pasábamos la pierna derecha al lado opuesto, y quedábamos á caballo sobre la mesa.

—¡Magnífico!—exclamaba fuera de sí el veterano, blandiendo la palmeta sobre invisibles enemigos.—¡A ellos, muchachos, á ellos! ¡A paso de carga! ¡Viva Dios! ¡Viva España! ¡Viva Fernando VII! ¡Viva la independencia española!

Entonces haciamos todos como si cabalgáramos en un corcel á galope; principiábamos á mecernos de atras para adelante, golpeando la mesa con las posaderas, y manoteando como si blandiésemos espadas ó lanzas, y excusado es decir que libros, papeles, plumas, tinteros, todo rodaba ó saltaba que era una bendición de Dios, hasta que el sargento Clavijo, asustado de su propio triunfo, daba la orden de

—¡Alto la carga!

Figúrese cualquiera qué habría sido, entre tanto, de los pantalones claros de color, y el asombro y furia de las madres al ver llegar á sus hijos con toda la horcajadura llena de tinta...—Felizmente, tales escenas ocurrían en invierno, como dejo dicho, y casi todos los escolares llevábamos pantalones de paño oscuro.—¡Y, de un modo ó de otro, los franceses habían sido pulverizados!

Réstame hablar un poco de la asignatura de Geografía.

Dos textos, guardados como oro en paño, tenía D. Carmelo para instruirnos en esta ciencia, y éranse dos listas manuscritas, no sé por quién ni cuándo, que se nos leían todos los viernes para que las aprendiésemos de memoria.

Comenzaba la una diciendo:

«Tiene este Reino de España ciento cuarenta CIUDADES, que son: En el Reino de Castilla la Nueva, tal y cual; en el Reino de Navarra, esta y la otra,» etc., etc., y que concluía (lo recuerdo perfectamente) por este rabillo: «En el Señorío de Vizcaya, Orduña

¡Y nada acerca de ríos, ni de montañas, ni de límites, ni de ninguna otra particularidad física del territorio español! ¡Nada tampoco de la actual división por provincias, ya realizada entonces! ¡Ni tan siquiera se nombraba á Madrid! ¿Para qué, si no era ciudad? En cambio, justo es decirlo, los que allí estudiamos sabemos hoy perfectamente y podemos lucirnos en cualquier tertulia diciendo de golpe qué poblaciones de España son ciudades y cuáles no. ¡Hemos cantado la lista tantas veces!

Pero vamos al segundo texto geográfico de D. Carmelo.

Decía así literalmente, y creo que no era poco decir:

«Lista de las CÓRTES de los más principales reinos y soberanos europeos:

»Madrid, de España.—París, de Francia.—Lisboa, de Portugal.—Lóndres, de Inglaterra.—Viena, de Alemania.—Roma, de Italia.—Nápoles, de Nápoles.—Varsovia, de Polonia.—Berlín, de Prusia.—Constantinopla, de Turquía.—Copenhague, de Dinamarca.—Estokolmo, de Suecia.—San Petersburgo, de Rusia.—Praga, de Bohemia.—Haya, de Holanda.—Buda, de Hungría

Tal era la división política de Europa que se enseñaba en aquella escuela el año de gracia de 1838, y que, según mis noticias, siguió enseñándose otra docena de años.

Salí yo, pues, de manos del sargento Clavijo con una Europa casi fantástica dentro de la cabeza, y sin conocer las reglas de mi lengua patria; y, cual si ya no necesitara estudiar más acerca de lo presente, pasé á una clase de latín á estudiar lo pasado, á aprender una lengua muerta, á enterarme de las guerras púnicas ó de las maldades de Catilina, y á divertirme traduciendo liviandades de la poesía romana.

¡Figuráos, por consiguiente, mi asombro, y también mi admiración al tupé moral del buen D. Carmelo, cada vez que oyese decir y sostener, y probar hasta la evidencia á tal ó cual lectorcillo de El Eco del Comercio, las siguientes verdades: 1.ª que desde 1805 Viena no era la capital de Alemania; 2.ª, que existía en Europa un imperio de Austria, de que yo no tenía noticia; 3.ª, que ni en Roma vivía el Soberano de Italia, ni había tal Italia en el mundo político, como lo demostraba aquello mismo de «Nápoles, de Nápoles;» 4.ª, que Polonia fué despedazada en 1792 y 1793, y dejó de existir en 1795, sin que le hiciese resucitar, como Estado, su heróica lucha en 1830; 5.ª, que Bohemia, desde 1556, no pasaba de ser una de tantas provincias austriacas, y que, por consecuencia, todo lo relativo á tal reino, á su corte y á su soberano, caía por su base; 6.ª, que no otra cosa pasaba con la pobre Hungría, sierva también entonces del emperador austriaco, á pesar de todos los magyares antiguos y modernos..., y 7.ª, que, en cambio, existían en Europa, aunque no en la lista del sargento Clavijo, un reino de Piamonte, otro de Grecia y otro de Bélgica, dignos ciertamente de ser mencionados en las clases de Geografía de las escuelas públicas!

Pues ¡aún hay más!—A modo de posdata de aquella galería de nacionalidades muertas y ensangrentadas, leíase este singularísimo apunte, que mucho me dió que pensar por entonces:

«Nota.—Se ha descubierto una nueva Parte del mundo, á la que se ha puesto el nombre de Oceanía

¡Qué enormidad de apéndice! ¡Qué majestad en la incongruencia! ¡Qué lisura, qué desenfado, y qué embuste tan delicioso!

Porque lo cierto es, como sabrán todos los que hayan estudiado en escuelas menos peregrinas, que ni en 1838 acababa de descubrirse ninguna Parte del mundo, ni tampoco fué entonces cuando se puso el nombre colectivo de Oceanía á las islas del gran Océano que no cabía asignar al Asia ó á la América. Inventaron tal nombre los geógrafos á principios del siglo actual, y entre las tales islas figuraban muchísimas descubiertas por Magallanes, Van-Diemen y otros navegantes de los siglos XVI, XVII y XVIII.

Pero, áun así y todo, ¡qué naturalidad, qué frescura salvaje, qué gracia bucólica había en aquella errónea y trasnochada posdata, referente á toda una Parte del mundo! ¡Ah! yo me enorgullezco de haber aprendido algo en semejantes condiciones, de haber tenido tantas ideas falsas, de haber estado en tantos errores! Figúraseme, cuando pienso en ellos, como que he vivido en dos planetas ó en dos siglos muy apartados el uno del otro; que he estado en dos mundos, que he existido dos veces, como acontecerá al que cambia de religión ó al que se casa en segundas nupcias! Por lo demás, permítaseme decir desde ultra-tumba, que me parece mucho más poético aquel modo de ser, en que no sabían las gentes por dónde andaban, ni lo que ocurría más allá del anillo de su horizonte, que este otro en que cualquier mocosuelo es capaz de decirle á uno cuántos lunares tiene en la rabadilla el Primer Ministro del celeste Imperio.

IV.

Ni una palabra más acerca del sargento Clavijo, considerado como profesor de primeras letras, y ¡bien sabe Dios que no ha sido mi ánimo zaherirlo en estos renglones, sino hacer su elogio hasta cierto punto!—¿Tenía él la culpa de no ser un sabio? Y ¿podía enseñarse más y mejor, sabiendo menos? ¿Llegaría nadie á ser maestro de escuela con tan cortas luces y pocas humanidades?—¿Qué digo pocas? ¡Él no tenía más que una, la que manda Cristo, la humanidad que también se llama amor al prójimo!—Y ¿cabe negar mérito á la hercúlea tarea de meterse á enseñar sin saber nada? ¿No revela esto, cuando menos, grandísima fuerza de voluntad, conocimiento del corazón humano, ó profundo y filosófico desdén á la sabiduría? ¿Desconocerá alguien que Sócrates, el ilustre, el insigne, el incomparable maestro de Platón y Antisthenes, acabó por donde empezó el sargento Clavijo, esto es, reconociendo que no sabía nada, ó, por mejor decir, que en el mundo no había nada que saber ni que enseñar?

¡Descanse, pues, tranquilamente mi respetable y querido maestro, el aliado de mi inocencia, el cómplice de mi ignorancia!—A la edad de setenta años, y cuando yo tenía ya veinticinco y rodaba por el mundo, dejó la instrucción pública y se retiró á la vida privada. Un verano, que fuí á mi siempre grata ciudad natal (Jaen), á desaturdirme de las vanidades de la córte y á visitar los pobres majuelos que heredé de mis padres, topé con él en un solitario camino. Iba caballero en la más alegre y lustrosa borrica que haya podido nunca reemplazar sin desventaja á un trotón de guerra. Llevábala enjaezada con estribos, bocado y todo, como si fuese el más brioso corcel, y la ilusión habría sido completa, sin el cesto de uvas y de higos, cubiertos de pámpanos, que sujetaba sobre el arzón con el brazo derecho...

¡Muy viejo estaba!... pero risueño y tranquilo. Lo reconocí en el acto, y él lloró de júbilo al enterarse de quién era yo. Dióme á probar sus higos y uvas, y nos separamos para siempre.

Murió tan digna y feliz persona pocos meses después, y de seguro que inmediatamente subió al cielo, donde, como ya he dicho, no podrían menos de colocarle entre los grandes héroes de á caballo, sin tener para nada en cuenta la parte literaria y pedagógica de su vida.—Mientras tanto, había yo vuelto á la córte, ó sea á mis cuarteles de invierno, y hasta dos ó tres años más tarde, que regresé á mi pueblo á vender unas viñas, no supe que el antiguo maestro de primeras letras sólo vivía ya en la memoria de sus discípulos.