Las murallas de Sagunto
La herida de Hanníbal proporcionó á la ciudad algunos días de calma. Los sitiadores permanecían en su campamento, inactivos, mirando Sagunto desde lejos. Salían los honderos por las mañanas para ejercitar sus brazos disparando contra la muralla; pero aparte de esto y de los flechazos con que les contestaban desde la ciudad, no se cruzaban otras hostilidades entre sitiados y sitiadores.
Los pelotones de caballería recorrían el agro forrajeando, y la turba inmensa de tribus feroces acababa su obra de destrucción, saqueando las villas y casas de campo. Se aclaraban los grupos de árboles: cada día derribaban nuevos troncos para llevar leña al campamento, y en los espacios descubiertos ya no se veían tejados y torres. Sólo ruinas humeantes y ennegrecidas aparecían aquí y allá, sobre los abandonados campos. Un mosaico á flor de tierra era muchas veces el único vestigio de una quinta elegante, arrasada hasta los cimientos por los invasores.
Los sitiados veían engrosar rápidamente el ejército de Hanníbal. Todos los días llegaban nuevas tribus. Parecía que la Iberia entera, subyugada por el prestigio de Hanníbal, iba á acampar en torno de Sagunto, enardecida por la fama de sus riquezas. Llegaban á pie ó á caballo; sucios, feroces, cubiertos de pieles ó vestidos de esparto, con el escudo de media luna y la espada corta de dos filos, ansiosos de pelear y trayendo consigo vistosos presentes para el africano, cuya gloria les deslumbraba.
Los saguntinos que habían comerciado con las tribus del interior, reconocían desde las murallas á los recién llegados. Venían de muy lejos; los había de ellos que habían marchado más de un mes para llegar á Sagunto; y señalaban á los lusitanos, de figura atlética, de los que se relataban horrorosas ferocidades; á los galaicos, que vivían de la pesca ó de fundir el oro de sus ríos; á los astures, que fabricaban el hierro, y á los vascos sombríos, cuya lengua no podían aprender los otros pueblos. Y mezclados con ellos llegaban nuevas tribus de la Bética, que se habían retrasado en acudir al llamamiento del cartaginés; infantes ágiles de piel aceitunada, con la cabellera esparcida sobre la espalda, vestidos con cortos faldellines blancos y ancha franja de púrpura y empuñando grandes escudos redondos que les servían de sostén para pasar los torrentes. El campamento que se extendía á lo largo del río, acabó esparciéndose por el inmenso valle, formando grupos de tiendas y chozas, hasta perderse de vista. Era una verdadera ciudad, más grande que Sagunto, que avanzaba y avanzaba como si fuera á tragarse sus murallas.
Al día siguiente de la victoriosa salida de los saguntinos notaron éstos gran movimiento en el campo sitiador. Eran las honras fúnebres de la reina de las amazonas. Vieron cómo el cadáver de Asbyte era paseado por las guerreras, llevándolo en alto sobre un escudo: después, en el centro del campamento, se elevó la columna de humo de la enorme pira que consumió sus restos.
Los sitiados adivinaban el estado de ánimo de los enemigos. Hanníbal estaba tendido en su lecho, y el ejército parecía anonadado por el dolor del héroe. Los hechiceros del campamento entraban y salían en la tienda examinando la herida, y buscaban después en los montes cercanos hierbas misteriosas para confeccionar milagrosos emplastos.
En Sagunto los más audaces hablaban de hacer una salida, de aprovechar aquel instante de desaliento para caer sobre los enemigos, poniéndolos en fuga. Pero el campo sitiador estaba bien vigilado; el hermano de Hanníbal, con los principales capitanes, velaba para evitar una sorpresa; el ejército estaba tras los baluartes de tierra del campamento como en una ciudad fuerte, y aprovechaba su inacción para realizar nuevas obras, poniéndose á cubierto de un ataque.
Además, la ciudad no estaba menos desalentada por la muerte del sacerdote de Hércules. No podían explicarse los saguntinos cómo el caudillo africano había dado muerte al gigantesco Therón, á los ojos de todo Sagunto, y los más supersticiosos veían en esto una señal celeste, el aviso de que los dioses tutelares de la ciudad comenzaban á abandonarla.
Todos se mostraban con igual firmeza que al principio, resueltos á defenderse; pero había desaparecido la alegría burlona de los primeros días del asedio. Creían husmear la desgracia en torno de ellos y les entristecía el número de enemigos, siempre en aumento. Cada mañana veían crecer el campo sitiador. ¿Cuándo cesarían de llegar los aliados de Hanníbal?
La alegre ciudad griega de los ricos comercios y las pomposas fiestas Panatheas, presentaba el aspecto de las poblaciones sitiadas. La muchedumbre de los campos refugiada en la ciudad, acampaba en calles y plazas, esparciendo un hedor de rebaño enfermo y miserable. En los templos se arrastraban los heridos al pie de las columnas, lanzando gemidos: arriba, en la Acrópolis, humeaba la hoguera día y noche, consumiendo los cadáveres de los que morían en las murallas ó caían en las calles, víctimas de extrañas enfermedades, desarrolladas por el hacinamiento.
Aún abundaban los víveres, pero faltos de frescura; y los ricos, adivinando el porvenir, acaparaban lo que podían, viendo en lontananza los días de escasez. En los barrios pobres mataban los caballos, las bestias de carga, asando sus carnes en las fogatas encendidas en las calles para los fugitivos que carecían de techo.
Lo mismo en las murallas que en la Acrópolis, todos miraban al mar con impaciencia. ¿Cuándo llegarían los auxilios de Roma? ¿Qué hacían los legados enviados por Sagunto á la gran República?...
La impaciencia hacía caer frecuentemente á toda la ciudad en dolorosos engaños. Por las mañanas, los vigías apostados en la Acrópolis sobre la torre de Hércules, daban furiosos golpes en los címbalos de alarma al ver en el horizonte algunas velas. Corría la muchedumbre á la cumbre del monte, siguiendo con mirada ansiosa la marcha de los lienzos blancos ó rojos, sobre la azul superficie del golfo Sucronense. ¡Eran ellos!... ¡los romanos!... ¡las avanzadas de la flota de socorro que navegaban hacia el puerto! Pero tras algunas horas de angustiosa expectativa, llegaba la decepción, al ver que eran naves mercantes de Marsella ó Ampurias que pasaban de largo, ó trirremes enemigas que Hasdrúbal, el hermano de Hanníbal, enviaba desde Cartago-Nova con vituallas para el ejército.
Cada uno de estos desengaños aumentaba la tristeza de los saguntinos. ¡El enemigo siempre creciendo y los aliados sin venir! La ciudad iba á perderse. Únicamente se reanimaba el entusiasmo de los defensores al encontrar en las murallas al viejo Mopso, que por su flechazo certero contra Hanníbal, era el héroe de la ciudad, y al animoso Acteón, que con sus burlas de ateniense, ligero y gracioso ante el peligro, sabía comunicarles nuevos ánimos.
Sónnica también aparecía entre ellos en los sitios de combate. Recorría las murallas cuando silbaban las flechas, y los ciudadanos pobres admirábanse del valor de la opulenta griega, despreciando los golpes del enemigo.
El amor á Acteón y el odio á los sitiadores, la hacían ser audaz. Mostrábase furiosa contra los cartagineses. Desde lo alto de la Acrópolis había visto una tarde cómo salían llamas de la techumbre de su quinta, cómo se derrumbaba la roja torre del palomar, cómo eran abatidos los hermosos bosques que rodeaban su casa, quedando todo convertido en un montón de escombros y troncos carbonizados, y ansiaba vengarse, no de la riqueza perdida, sino de la destrucción del retiro misterioso de sus amores, de la suntuosa vivienda llena de recuerdos. Además, sentíase nerviosa y en insufrible molestia en esta nueva vida, dentro de una ciudad sitiada, teniendo que comer viandas groseras y dormir en una habitación de su almacén, entre las riquezas amontonadas con el desorden de la fuga, confundida casi con sus esclavas y privándose del baño, pues en la ciudad no había más agua que la de las cisternas, y los magistrados la distribuían con gran parsimonia, preveyendo una próxima escasez.
Esta vida de miserias excitábala, haciendo que se distinguiera por su audacia belicosa. Veía de tarde en tarde á su amante, pues Acteón, alma de la defensa, tan pronto estaba en las murallas dirigiendo á los esclavos que las reparaban, como subía á la Acrópolis con Mopso, para examinar en conjunto la situación del enemigo. Quería aprovechar la tregua proporcionada por la herida de Hanníbal para poner á la ciudad en mejores condiciones de defensa; y mientras tanto Sónnica paseaba por la muralla hablando con los jóvenes, prometiendo ricos premios á los que más se distinguiesen, y excitando á todos á hacer una salida sin ejemplo: la ciudad en masa arrojándose fuera de las murallas, aplastando á los enemigos, barriéndolos hasta arrojarlos en el mar.
Iba á todos lados escoltada por Eroción y Ranto. La vida en un estrecho espacio y la comunidad del peligro, la habían hecho aproximarse á los dos muchachos, y éstos seguían á su señora acogiendo con sonrisas de entusiasmo todas sus palabras, aplaudiendo los propósitos belicosos de la rica.
Ranto ya no era pastora. Una tras otra, habían devorado todas sus cabras en la casa de Sónnica, y sin más ocupación que seguir á su señora, cogida siempre de la mano de Eroción, consideraba el sitio como una felicidad, y su deseo era que no terminase nunca. Hasta el ceñudo Mopso, el padre de su amante, los encontraba juntos sin protestar, y muchas veces sonreía al verles tranquilos y felices, paseando por las murallas sin miedo á los sitiadores.
El peligro había hecho más bondadosa á la gente. Los ricos comerciantes se codeaban con los esclavos al disparar el arco detrás de las almenas; veíase á más de una griega opulenta, rasgar su túnica de lino para vendar las heridas á los rudos mercenarios; y Sónnica la rica, que antes despreciaba á las mujeres de la ciudad, hablaba á las esclavas para que formasen una tropa igual á la de aquellas amazonas que seguían á Hanníbal. Ranto, satisfecha de la nueva situación, ciega de felicidad hasta el punto de no ver las angustias y miserias que sufría la población, tiraba de su amante en los momentos de combate, le arrancaba el arco de las manos, y arrastrándolo fuera de las murallas, escondíanse en el hueco de una escalera, al pie del muro, y se acariciaban con nueva voluptuosidad, pareciéndoles más intenso su placer mezclado con el silbido de las flechas y los gritos y exclamaciones de dolor y rabia que sonaban arriba.
La tregua sólo duró veinte días. En el silencio del campamento, resonaban sin cesar los mazos de los carpinteros, y los sitiados veían elevarse poco á poco una gran torre de madera de varios pisos, mucho más alta que las murallas de la ciudad.
Hanníbal se sentía fuerte y ansiaba reanudar el sitio. Con el deseo de que los enemigos le viesen cuanto antes, abandonó su tienda, á pesar de que aún tenía abierta la herida; y montando á caballo salió del campamento para galopar á lo largo de los muros, seguido por sus capitanes.
Los saguntinos sintiéronse deslumbrados al mirarle. Brillaba como una ascua de fuego sobre su negro caballo; el sol le envolvía en un resplandor que cegaba, como si fuese una divinidad. Llevaba la coraza y el casco que las tribus galaicas le habían traído como presente, fabricados con oro puro de sus ríos. El caudillo amaba más las armaduras de bronce, que había paseado al través de las batallas; pero su cabalgada en torno de Sagunto equivalía á una resurrección, y deseaba que los sitiados le contemplasen deslumbrador y majestuoso como un dios.
Con la reaparición de Hanníbal, comenzó de nuevo el asedio, más fuerte que antes. Los saguntinos comprendieron desde el primer momento que los sitiadores habían aprovechado la tregua para aumentar su poder ofensivo. Avanzaron con grandes esfuerzos la enorme torre de madera que acababan de construir. Tenía varios pisos, en los cuales se colocaban los arqueros, disparando por las saeteras abiertas en los troncos. La plataforma superior dominaba de tal modo la muralla, que su catapulta arrojaba sobre las almenas grandes piedras, sembrando la muerte entre los defensores.
Hanníbal multiplicábase, excitado por la tenacidad de los saguntinos, ansiando terminar cuanto antes el sitio.
Era imposible permanecer al descubierto en las murallas. La torre había sido colocada cerca de aquel punto saliente de la ciudad, que Hanníbal consideraba el más flaco. Caían sin cesar dardos y piedras sobre las murallas, y mientras los defensores se refugiaban tras las almenas, no pudiendo sacar el cuerpo, abajo, en la base, trabajaban los arietes al abrigo de la torre, topando contra los muros, deshaciéndolos lentamente; y los africanos, que sobrevivieron á la primera intentona, atacaban ahora con más seguridad los bloques, abriendo poco á poco una brecha.
Los saguntinos, pálidos por el furor y la impotencia, se agitaban en vano para impedir esta destrucción. La torre de asedio, moviéndose en un terreno llano á impulsos de los hombres que se ocultaban tras ella, iba de un sitio á otro sembrando la muerte, y á veces se aproximaba tanto, que los sitiados podían oir las voces de los arqueros que disparaban por sus saeteras. Mientras tanto, continuaba abajo, en la base de los muros, el trabajo lento y obstinado para derribarlos.
Los ciudadanos más entusiastas, bramando de indignación al ver como destruían impunemente sus muros, sacaban el cuerpo para disparar contra los que manejaban el ariete ó los picos; pero apenas quedaban al descubierto, caía sobre ellos un pedrusco ó se desplomaban con el cuerpo atravesado por una flecha. La muralla estaba cubierta de cadáveres. Se arrastraban los heridos, contemplando con mirada turbia el mástil del dardo que les atravesaba el cuerpo.
En vano disparaban los sitiados contra la torre. Las piedras rebotaban sobre sus paredes de troncos con sordo ruido, pero sin causarla quebranto. Aparecía erizada de flechas, moviéndose como un elefante monstruoso, insensible á las heridas, é inútilmente partían contra ella las faláricas rasgando el espacio con su cabellera de humo y chispas, pues no hacían arder las pieles mojadas de que estaba forrada la parte alta de la torre.
Huían los más prudentes de un lugar donde se concentraban los esfuerzos del sitiador y acudían á él los más audaces, sin saber ciertamente cómo repeler al enemigo, pero con la tenaz idea de morir antes de que avanzara un paso.
Mopso, el arquero, era el único que en tan difícil situación causaba daño á los cartagineses. Con el arco tendido avanzaba un instante la cabeza fuera de las almenas y disparaba, consiguiendo introducir sus flechas por las saeteras de la torre, lo que esparcía la muerte entre los soldados que se creían seguros. Eroción estaba á su lado. Al ver á su padre en aquel lugar de peligro, había repelido á Ranto al pie de la escalinata de la muralla, sin hacer caso de sus lágrimas, y empuñando el arco, pretendía imitar á su padre, hostilizando á los de la torre.
Pero menos prudente, con el ardor de la juventud, sacaba casi todo el cuerpo fuera de las almenas, y cuando conseguía introducir una flecha en la torre, reía, completamente al descubierto, insultando á los sitiadores con sus carcajadas de pilluelo audaz.
Una piedra de la catapulta de la torre pasó silbando y chocó con su cabeza, produciendo un chasquido fúnebre. La sangre y las piltrafas salpicaron á los más cercanos, y el muchacho, doblándose como si fuese de trapos, resbaló entre dos almenas, cayendo fuera de las murallas. Las flechas de su carcax se esparcieron en torno del cadáver, con triste vibración de hierro.
—¡Mopso! ¡Mopso! —gritó Acteón, intentando detener al arquero.
Pero el viejo se había lanzado en medio de la muralla, completamente al descubierto, con los ojos vidriosos, trémula la barba gris, imponente de dolor y de furia.
Intentó tender por tres veces su arco para disparar contra la plataforma de la torre donde estaba la catapulta, y por más esfuerzos que hizo, no logró preparar su arma. El dolor, la sorpresa, la desesperación que le producía no poder exterminar de un golpe á todos los enemigos, le arrebataban las fuerzas.
Mientras pugnaba con el duro arco, que parecía rebelarse contra él, silbaban en torno de su cabeza los proyectiles del enemigo. Viéndose impotente, envejecido en un instante por el dolor, contemplando abajo el destrozado cadáver de su hijo y sin poder vengarle, lanzó un gemido, y reuniendo todas las fuerzas de su voluntad, se lanzó fuera de la muralla, cayendo sobre los restos de Eroción. Su cabeza chocó con sordo ruido en las piedras, salió de ella un hilo de sangre, y padre é hijo formaron un grupo inmóvil á corta distancia de los asaltantes, que seguían empujando el ariete y socavando la base de la muralla.
Duró casi todo el día la desigual lucha. Los saguntinos que guardaban esta parte del muro, no lograban evitar los avances del enemigo. Sentían el sordo choque de los picos, la muralla parecía bambolearse bajo sus pies y nada podían hacer para impedir los progresos del sitiador.
Lentamente iban retirándose los defensores. Acteón, triste por la trágica muerte de su compatriota y convencido de que era inútil permanecer allí, les aconsejaba la retirada al interior de la ciudad. Retrocedió con algunos de los suyos, y á los pocos momentos, un torreón carcomido en su base por el ariete, se bamboleó, cayendo al fin al suelo con gran estrépito de escombros, que llenaron de polvo el espacio. Tras él se abatieron dos torreones más y un gran lienzo de muralla, sepultando entre los escombros á los defensores más tenaces, que quisieron permanecer en su puesto hasta el último momento.
Una exclamación formidable, un alarido de salvaje alegría, contestó desde afuera á la caída de los muros. Al través de la abierta brecha vióse desde las calles de la ciudad la campiña desolada y un extremo del campamento. Brillaban las armas en el denso ambiente, enrojecido por el polvo de los escombros; veíase avanzar obscuras masas y resonaba el bramido de los cuernos.
—¡El asalto!... ¡Los cartagineses que entran!...
Y de todos los puntos de la ciudad acudían gentes armadas. Las estrechas calles vecinas á la muralla vomitaban grupos y más grupos que llegaban vociferantes, blandiendo espadas y hachas, con el aspecto resuelto del que ha decidido morir. Escalando los escombros fueron á colocarse de pie en la brecha; y este espacio abierto, ancha herida que rasgaba el cinturón de piedra de la ciudad, quedó cubierto por una muchedumbre abigarrada que blandía sus armas formando una masa sólida é inquebrantable.
Acteón estaba en la primera fila. Cerca de él vió al prudente Alco, que había cambiado su báculo por la espada, y muchos de aquellos tranquilos comerciantes, cuyas caras astutas parecían ennoblecidas por la heroica resolución de morir antes que dejar paso á los enemigos.
Cuando éstos llegaron al asalto tuvieron que chocar con la ciudad entera. De nada les servían la torre de asedio, los arietes y catapultas; la lucha era cuerpo á cuerpo, y los mismos sitiados no empleaban ya la falárica, sino la espada y el hacha.
Hanníbal, á pie, guiaba las falanges, que avanzaban con las picas bajas ó la espada en alto. Peleaba como un soldado, ansioso por acabar aquel sitio que retardaba sus planes; comprendiendo que estaba en el momento decisivo y un esfuerzo supremo podía hacerle dueño de la ciudad. Con palabras entrecortadas hablaba á los soldados en los distintos idiomas de sus tribus, recordando las grandes riquezas de la ciudad, la hermosura de las griegas, el considerable número de esclavos que había dentro de los muros; y los baleares acometían con la cabeza baja, avanzando sus picas de madera con la punta endurecida por el fuego; los celtíberos rugían sus cantos de guerra, golpeándose el pecho como un sonoro tambor y descargando las cortantes espadas de dos filos; y los númidas y mauritanos, descendidos de sus caballos, iban de un lado á otro astutos y recelosos, arrojando sobre los sitiados los dardos de su cinturón, oculto bajo los blancos velos.
Todo en vano. La brecha era una angosta garganta. El ejército cartaginés, á pesar de la superioridad numérica, tenía que estrechar su frente para batirse en tan reducido espacio, y, equilibradas las fuerzas, los saguntinos eran los que llevaban la mejor parte, rechazando á los sitiadores tantas veces como intentaban subir la pendiente de escombros. Hundíanse las espadas en las carnes, produciendo las atroces heridas de las guerras de la antigüedad; rasgábanse los pechos al brutal impulso de las picas; agarrábanse los combatientes, enredando sus brazos como sarmientos, trabándose las piernas, haciendo crujir sus pechos jadeantes como fuelles, y rodaban por el suelo mordiéndose el rostro. Al levantarse algunas veces el vencedor, ostentaba con orgullo entre los dientes, una piltrafa sangrienta.
Subían las tropas de Hanníbal como un huracán la pendiente de la brecha, y á su choque conmovíase la masa de defensores: pero ninguno retrocedía; había que morir, firmes en el puesto, teniendo á las espaldas una compacta multitud que obligaba á ser valiente, no dejando espacio para huir.
Así duró el combate algunas horas. Los cadáveres, amontonándose entre los sitiados y los asaltantes, dificultaban el avance de éstos. Comenzaba á ponerse el sol, y Hanníbal se sentía fatigado por la tenaz resistencia, contra la que se estrellaban todos sus esfuerzos. Confiando aún en su buena suerte, hizo sonar las trompas para un último asalto; pero en el mismo instante ocurrió una cosa inaudita, que desconcertó al caudillo, sembrando la confusión en sus tropas.
Acteón no supo realmente de dónde partió la voz. Tal vez fué una alucinación de la fe; la invención de algún entusiasta cansado de permanecer á la defensiva.
—¡Los romanos! —gritó una voz—. ¡Nuestros aliados que llegan!...
La noticia se esparció con la credulidad que da el peligro. Corría de unos á otros la versión de que los vigías de la torre de Hércules acababan de ver una flota navegando hacia el puerto, y nadie preguntaba quién había traído á la brecha la agradable nueva. Todos la aceptaban, añadiéndola por propia cuenta nuevos detalles; y brillaban los ojos de alegría, se coloreaban los rostros, y hasta los heridos que se arrastraban por entre los escombros levantaban los brazos gritando:
—¡Los romanos! ¡Ya vienen los romanos!
De repente, sin orden alguna, por común instinto, como si los empujase una fuerza invisible, se arrojaron fuera de la brecha, escombros abajo, cayendo como una avalancha sobre los sitiadores que se agrupaban para dar el último asalto.
Lo inesperado del choque, la fuerza de la sorpresa, aquel grito: «¡Los romanos! ¡los romanos!», que lanzaban con tanta convicción los saguntinos, sembraron la dispersión en las tribus bárbaras de Hanníbal. Se defendieron; pero toda la ciudad caía sobre ellos; hasta las mujeres y los muchachos combatían como en la mañana que murió Therón; y los soldados de Hanníbal, esparcidos en pequeños grupos, sin ver ni oir á sus jefes, emprendieron la fuga hacia el campamento.
Hanníbal corría, gritando de furor, enloquecido, al ver que los sitiados repelían por segunda vez sus tropas. Tanta era la ceguedad de su cólera, que se introdujo entre los enemigos, y varias veces se vió próximo á caer bajo sus golpes.
Comenzaba á anochecer. Los combatientes saguntinos llegaban ya á las inmediaciones del campamento, mientras la gente menuda de la ciudad se esparcía por el campo, rematando á los heridos é intentando incendiar las máquinas de asedio. Las hubieran destruído todas á no ser por Marbahal, el lugarteniente de Hanníbal, que salió del campamento con algunas cohortes de jinetes. Los sitiados, no pudiendo resistir á la caballería en campo raso, fueron retirándose lentamente. Al cerrar la noche ocupaban de nuevo la brecha, comentando á gritos aquella victoria, que templaba su desaliento por la ausencia de los romanos.
Acteón, con algunos saguntinos de los que más se distinguían en los combates, se ocupaba de fortificar la ciudad. Hablaba á los viejos del Senado de lo difícil que era defender largamente aquella abertura. Era imposible repetir muchas veces el prodigio de aquella tarde. Y á la luz de las antorchas, pasó la muchedumbre toda la noche trabajando dentro de la brecha, abatiendo tejados y derribando muros.
Los comerciantes y los esclavos, las ricas ciudadanas y las mujeres de los arrabales, todos confundidos, empuñaban picos, rodaban piedras y acarreaban espuertas de barro. Hasta los Ancianos del Senado tomaban parte en este trabajo titánico, que duró toda la noche y gran parte del día siguiente.
Eufobias el filósofo, que permanecía inactivo ante los insultos de los que trabajaban, evocaba irónicamente el recuerdo de los primitivos fundadores de la ciudad, cíclopes que manejaban piedras como montañas y habían hecho arriba la base de la Acrópolis.
En la tarde del día siguiente, cuando cesaban los trabajos, comenzó á moverse el ejército sitiador. Marchó en masa al asalto, silencioso, sombrío, adivinándose en él la resolución de apoderarse al primer empuje de aquella brecha que el día anterior había sido su vergüenza.
Atravesaron las nubes de flechas y piedras que los sitiados les arrojaban, y corriendo las primeras cohortes, subieron por los escombros, luchando con los saguntinos más audaces, que todavía les disputaban la brecha. Tras un breve combate, los sitiadores quedaron dueños de la entrada de la ciudad, y prorrumpieron en exclamaciones de triunfo.
Hanníbal marchaba al frente de sus soldados animosamente; pero al llegar á la cresta de la brecha, retrocedió un paso con expresión de disgusto.
Frente á él, extendíase un vasto espacio de casas arrasadas, y más allá de los montones de escombros, elevábase un segundo muro monstruoso, construído de prisa, como si un enorme escobazo hubiese colocado á la entrada de la ciudad todos los despojos de su interior. Grandes sillares, masas de mampostería, columnas rotas, apilábanse con la misma regularidad que los bloques de una muralla, y los intersticios estaban cubiertos de barro todavía fresco. Este muro, levantado á toda prisa por el supremo esfuerzo de la ciudad entera, era más alto que el anterior, y formando una curva, se unía con las dos cortinas de las antiguas murallas que aún estaban en pie.
Hanníbal palideció de rabia al ver que todos sus esfuerzos sólo servían para hacerle dueño de un pedazo de suelo de la ciudad, cubierto de ruinas, y que por arte prodigioso, los muros que él derribaba volvían á levantarse más allá, en una sola noche. Sagunto destruiría sus casas para fortificarse con nuevos recintos, cortándole el paso. Tendría que conquistar el terreno palmo á palmo, calle por calle, y le costaría meses y años ir estrechándola, primero en torno del Foro, después en lo alto de la Acrópolis, antes de conseguir que se rindiera.
En la cima de la nueva muralla mostrábanse los saguntinos tan resueltos como el día anterior, y sus arcos y hondas detuvieron el empuje de los asaltantes, que acabaron por retroceder, quedando al abrigo de los escombros de la brecha.
Hanníbal, fuera del recinto de la ciudad, reflexionaba contemplando las alturas de la Acrópolis. Adivinaba la posibilidad de perder todo su ejército lentamente si seguía atacando Sagunto por la parte llana y débil, donde los sitiados defendían tenazmente el terreno. Y llamando á Marbahal y á su hermano Magón, les habló de la necesidad de tomar un punto de la altura; de asaltar una parte de la inmensa Acrópolis, para desde allí hostilizar á la ciudad, obligándola á rendirse.
Transcurrieron algunos días sin que se reanudaran las hostilidades por la parte del río. Las máquinas de guerra se habían trasladado al pie del monte, y enviaban sus pesados proyectiles contra los muros más extremos de la Acrópolis. Estos eran viejos y no habían sido reparados, por fiar los saguntinos en lo inexpugnable de la altura.
Además, el número de defensores no bastaba para atender al extenso recinto de Sagunto, mientras el sitiador disponía de una inmensa muchedumbre armada que podía lanzarse sobre varios puntos á la vez.
Una noche, Acteón encontró en el Foro á Sónnica que le buscaba, seguida de Alco el Prudente.
—Los Ancianos necesitan de tí —dijo con tristeza la hermosa griega—. He aquí Alco, que desea hablarte.
—Escucha, ateniense —dijo con gravedad el saguntino—. Los días pasan y no llega de Roma el necesario socorro. ¿Es que nuestros legados no pudieron llegar al territorio de la nación aliada, y el Senado de la gran República ignora nuestra situación? ¿Es que en Roma se imaginan que Hanníbal, arrepentido de su audacia, ha levantado el sitio?... Necesitamos saber qué es lo que nuestra aliada piensa de nosotros; queremos que el Senado de Roma conozca detalladamente lo que hace Sagunto; y los Ancianos, por indicación mía, han pensado en tí.
—¿En mí?... ¿Y qué quieren? —preguntó Acteón con extrañeza, mirando á la triste Sónnica.
—Quieren que esta misma noche partas para Roma. Aquí tienes oro: toma estas tablillas que servirán para que el Senado te reconozca como mensajero de Sagunto. No te enviamos á una fiesta. La salida es difícil, y más difícil aún encontrar en estas costas infestadas de enemigos, quien te lleve hasta Roma. Debes partir esta noche; ahora mismo si es posible, descolgándote de las murallas de la Acrópolis por la parte opuesta del monte, donde apenas hay enemigos. Mañana, tal vez sea tarde. Huye y vuelve pronto con el auxilio ansiado.
Acteón tomó el oro y las tablillas que le ofrecía Alco, pero no sin excusarse, comprendiendo la gravedad de la misión.
—Nadie mejor que tú puede hacer esto —dijo el saguntino—. Por eso he pensado en tí. Has pasado tu vida corriendo el mundo; hablas muchas lenguas y no te faltan astucia y valor... ¿Conoces Roma?
—No: el padre de mi padre hizo la guerra contra ella, á las órdenes de Pirro.
—Ve, pues, ahora á ella como amigo, como aliado, y quieran los dioses que algún día bendigamos el momento en que llegaste á Sagunto.
Acteón no parecía resuelto á partir. Le pesaba como una vergüenza abandonar la ciudad en aquel trance supremo, dejar á Sónnica dentro de una población sitiada.
—Yo soy un extranjero, Alco —dijo con sencillez—. Ningún vínculo de sangre me une á vuestra suerte. ¿No temes que huya para siempre dejándoos abandonados?
—No, ateniense: te conozco y por esto he respondido de tu fidelidad ante los Ancianos. Sónnica también ha jurado que volverás si no se apoderan de tí los enemigos.
El griego miró á su amada como preguntándola si debía partir, y ella bajó la cabeza, resignada ante el sacrificio. Acteón, después de esto se mostró resuelto.
—Salud, Alco. Dí á los Ancianos que el ateniense Acteón será crucificado en el campo de Hanníbal ó comparecerá ante el Senado de Roma repitiendo vuestras quejas.
Besó á Sónnica en los ojos varias veces, y la hermosa griega, conteniendo sus lágrimas, quiso seguirle con Alco hasta lo alto de la Acrópolis, para verle algunos momentos más.
Marcharon los tres en la obscuridad, por las explanadas de la ciudad antigua, á lo largo de los muros de la Acrópolis. Habían apagado su antorcha para no llamar la atención de los sitiadores y caminaban guiados por la difusa luz de las estrellas, que parecían brillar con más intensidad, como aguzadas por el frío de aquella noche, que era de las primeras de invierno.
Alco buscaba un lugar de la muralla que le habían indicado los Ancianos más conocedores de la Acrópolis. Cuando llegaron á él, el saguntino encontró á tientas el extremo de una gruesa soga atada á una almena y lo arrojó en el espacio.
La partida se verificaba en el más absoluto secreto. Los mismos Ancianos que habían acordado el viaje del mensajero y preparado su fuga, se ocultaban para no presenciarla. Sónnica se abrazó sollozando al cuello de Acteón.
—Parte pronto, ateniense —dijo el saguntino con impaciencia—. Esta primera hora de la noche es la mejor; aún circulan por el campo grupos de soldados antes de entregarse al sueño. Ahora pasarás sin que te reconozcan: más tarde, en el silencio de la noche, te sorprenderían los centinelas.
Acteón se libró de los brazos de Sónnica, y echando el cuerpo fuera de los muros, agarró la cuerda en la obscuridad.
—Ten confianza en nuestros dioses —dijo Alco como última recomendación—. Aunque parezca que nos abandonan, siempre velan por Sagunto. Hace poco, un esclavo fugitivo del campamento, ha revelado ante los Ancianos que los Vaceos y los Calpenses, hartos de sufrir las rapiñas de los destacamentos que Hanníbal envía para adquirir víveres, se han sublevado contra él, degollando á sus emisarios. Parece que Hanníbal, con una parte de su ejército, habrá de abandonar el sitio para ir á castigarles. Tendremos enfrente menos enemigos; y si tú vuelves con las legiones de Roma, Sagunto será para los cartagineses lo que las islas Egatas fueron para ellos en Sicilia... ¡Ay! ¡Cuánto mejor es la paz!
Con esta melancólica exclamación se despidió Alco del griego, mientras éste descendía por la cuerda silenciosamente. Al poco rato sus pies tropezaron con una de las peñas en las que descansaba el muro. Soltó la cuerda y comenzó á deslizarse á tientas, agarrándose en su descenso, que parecía una caída, á los míseros olivos que se retorcían en aquellas alturas como si se quejasen de la opresión de los peñascos.
Á los pies del griego, en la negra soledad de la llanura, brillaban algunas hogueras. Eran tal vez guardias avanzadas del campamento que vigilaban aquella parte de la montaña; merodeadores de los que seguían al ejército, establecidos allí, lejos de las miradas de Hanníbal.
Acteón llegó al llano y comenzó á caminar sigilosamente, agachado, á lo largo de un ribazo de piedras, deteniéndose muchas veces para escuchar, conteniendo la respiración. Creía que le seguían; que alguien caminaba tras él cautelosamente. Veía cerca una gran hoguera, y destacándose sobre su humo rojo, algunas siluetas de hombres y mujeres.
Cuando se erguía explorando los obscuros campos para dar un rodeo que le alejase de la hoguera, sintió que le cogían por los hombros, y una voz ronca murmuró en su oído entre estúpidas risotadas:
—Ya te tengo... En vano te ocultas.
Acteón se desasió de aquellas manos, y tirando del ancho cuchillo que llevaba en el cinto, dió un salto, quedando frente al desconocido en actitud de defensa. Era una mujer. El griego veía á la difusa luz de las estrellas su actitud de indecisión y sorpresa.
—¿No eres Gerión el hondero? —murmuró, tendiendo sus manos al ateniense.
Se miraron casi tocándose en la obscuridad, y el griego reconoció en aquella mujer á la infeliz loba que le había alimentado la primera noche de su llegada á Sagunto. Ella parecía aún más sorprendida que el ateniense por el encuentro.
—¿Eres tú, Acteón?... Parece que los dioses me ponen en tu camino, á pesar de que me desprecias... Huyes de la ciudad, ¿verdad? Te habrás cansado de Sónnica la rica; no quieres perecer como todos esos mercaderes que Hanníbal el invencible pasará á cuchillo. Haces bien. Huye; aléjate.
Y miraba con zozobra la cercana fogata, como si temiese la aproximación de los soldados que se calentaban en torno de ella, riendo y bebiendo con un grupo de lobas del puerto.
La mísera cortesana, ahogando su voz, relataba al griego por qué se hallaba allí. Era la amante de Gerión, un hondero balear. Éste había abandonado á sus compañeros un momento antes, huyendo de ella para no entregarla el dinero de la última soldada, y buscándolo, había tropezado con Acteón. Podía volver; podían aproximarse los compañeros, atraídos por las voces: allí estaban mal... ¿Qué pensaba hacer?
—Quiero llegar á la costa, seguir por ella hasta que encuentre una barca de pescadores que me lleve á Emporión ó á Denia. Tengo dinero para pagarla. Después buscaré una nave que quiera conducirme lejos, muy lejos.
—No volverás, ¿verdad?... Deseo que no vuelvas. ¡Si supieras que algunas veces, mientras los hombres se mataban en las murallas, pensaba en tí!... No te veré más; pero prefiero no verte, antes que perezcas dentro de la ciudad ó seas esclavo de mi amante el hondero... Hanníbal acabará con todos... ¡Ah, ciudad cruel! ¡Y cómo deseo ver caer bajo las tropas de Hanníbal á todas esas ricas, que nos hacían dar de latigazos cuando nos aproximábamos á ellas en el puerto!...
La pobre cortesana, dando la mano al griego, comenzó á guiarle al través de los campos.
—Ven —murmuró—. Yo te conduciré hasta la playa y allí seguirás tu camino, sin más amparo que el de los dioses. Viéndote conmigo, creerán que eres un soldado celtíbero que busca con su amante un lugar para pasar la noche. Ven: te alimenté en la primera noche que llegaste y te salvaré en la última.
Se aproximaban al mar. Pasaron cerca de varias hogueras, siendo saludados por las pullas soeces de los soldados y de las mujerzuelas, que les creían una pareja amorosa en busca de refugio. Algunos grupos armados les dejaron pasar sin el menor recelo.
Oíase cada vez más próximo el rumor de las olas sobre la arena de la playa. Caminaban entre juncos, hundiéndose en el tibio y pegajoso fango de las marismas.
La pobre loba se detuvo.
—Te dejo, Acteón. Si quisieras, te seguiría como una esclava. Pero no querrás: me conozco... nada puedo ser para tí. Te alejas para siempre, pero estoy contenta porque huyes de Sónnica. Antes de partir... ¡bésame, mi dios!... En los ojos, no... En la boca... así.
Y el ateniense, con tierna conmiseración, conmovido por la bondad de aquella mísera criatura, besó sus labios secos y flácidos, que dejaban escapar el insufrible hedor del vino de los honderos baleares.