IX

La ciudad hambrienta

Más de quince días llevaba de viaje la trirreme de los representantes de Roma.

Había remontado las costas del mar Tirreno, cruzando después el mar de Liguria, de costas abruptas, y pasado ante Marsella, la próspera colonia griega, aliada también de Roma. Después, atravesando audazmente el gran golfo, había puesto su proa hacia Emporión y seguido á lo largo las costas de Iberia.

Los legados de Roma eran el patricio Valerio Flaco, uno de los que con palabras de prudencia quería mantener la paz, y Bebio Tamfilo, que gozaba del amor de la plebe romana, á causa del interés con que miraba sus miserias.

Acteón mostrábase impaciente por llegar á Sagunto. Quería hablar á sus amigos, evitar el sacrificio inútil de la ciudad, describirles el estado de ánimo de Roma, para que no persistieran en una defensa inútil. Siete meses llevaba Sagunto de empeñada resistencia. Aún no había comenzado el otoño cuando el ejército de Hanníbal se presentó ante la ciudad; y ahora finalizaba el invierno.

El griego pensaba con tristeza en las gratas ilusiones que había acariciado cuando se dirigía á Roma al través de peligros y aventuras. Creía que su presencia en la gran ciudad, el relato de las penalidades del pueblo aliado y fiel, indignaría á los romanos, levantando en masa las legiones; y volvía sin soldados, en una nave donde todos, fingiendo gran interés por Sagunto, no se conmovían gran cosa por sus desgracias; sin otro auxilio, que las sonoras é imponentes palabras de los legados y la loba de bronce en lo alto de un palo, como emblema de la majestad de la embajada.

¿Qué diría la muchedumbre entusiasta y crédula que peleaba en las murallas, cubriendo la brecha con sus pechos, y que para cobrar nuevos ánimos le bastaba suponer la llegada de los romanos? Cambiando el pensamiento hacia sus afectos, se preguntaba qué habría sido de Sónnica, tan animosa, dejándole partir para que salvase á la ciudad; cómo viviría ella, acostumbrada á la suntuosidad de una existencia muelle y dulce, en medio de las miserias y los horrores de aquel asedio que por su duración debía haber consumido los víveres de la ciudad y la energía de sus defensores.

La nave dejó atrás la embocadura del Ebro, y luchando con vientos contrarios, avistó una mañana la Acrópolis de Sagunto. De la alta torre de Hércules se elevó una gran humareda. Habían reconocido la embarcación, por el velamen á cuadros que usaban los barcos de guerra de Roma.

Estaba el sol en el cenit cuando la nave, con la vela amainada y á impulsos de la triple fila de remos, fué á entrar en el canal que conducía al puerto de Sagunto. Tierra adentro, por encima de los cañaverales que cubrían las marismas, veíanse los mástiles de algunas naves cartaginesas, ancladas en el triple puerto.

Los tripulantes de la nave romana vieron llegar á escape, por la playa, grandes grupos de jinetes. Eran escuadrones de númidas y mauritanos, agitando sus lanzas y dando alaridos como cuando cargaban en las batallas.

Un jinete, con armadura de bronce y la cabeza descubierta, les había gritado para que se detuvieran. Avanzando solo, metió su caballo en el canal, aproximándose á la nave, hasta que las aguas llegaron al vientre de la bestia.

Acteón le reconoció:

—Ése es Hanníbal —dijo á los dos legados que estaban junto á él en la popa de la nave, contemplando con asombro el aparato belicoso con que les recibían antes de echar el ancla en el puerto de Sagunto.

Iban presentándose nuevos escuadrones, como si la noticia de la llegada de la nave hubiese puesto en alarma al campamento, agolpando todas las tropas en el puerto. Tras los grupos de jinetes llegaban á todo correr los fieros celtíberos, los honderos baleares, todos los peones de diversas razas que figuraban en el ejército sitiador.

Hanníbal, aun á riesgo de ahogarse, metía su caballo en las aguas del canal para que le oyesen mejor desde la nave y extendió su mano con tal imperio, ordenando que se detuviera, que á los pocos instantes los remos cayeron inmóviles á lo largo del casco.

—¿Quién sois? ¿Qué queréis? —preguntó en griego.

Acteón servía de intérprete entre los romanos y el caudillo cartaginés.

—Son los legados de Roma que vienen á verte en nombre de la República.

—¿Quién eres tú, que me hablas, y cuya voz creo conocer?

Miró largo rato, poniéndose una mano sobre los ojos, y al fin reconoció al griego.

—¿Eres tú, Acteón?... ¡Siempre tú, ateniense inquieto! Te creía dentro de la ciudad, y has logrado salir para traerme sin duda á esos hombres. Pues bien: diles que es tarde; ¿para qué hablar? Un caudillo que sitia á una ciudad, sólo admite embajadores cuando está dentro de ella.

El griego repetía á los romanos las palabras de Hanníbal, traduciendo sus respuestas.

—Escucha, africano —dijo Acteón á Hanníbal—. Los enviados de Roma te recuerdan la amistad que tienen contraída con Sagunto. En nombre del Senado y del pueblo romano, te intiman á que levantes el sitio y respetes á la ciudad.

—Diles que Sagunto me ha ofendido y que ella fué la primera en declarar la guerra sacrificando á mis amigos y negándose á respetar á mis aliados los turdetanos.

—No es verdad, Hanníbal.

—Griego: repite á los romanos lo que te digo.

—Los legados quieren bajar á tierra. Han de hablarte en nombre de Roma.

—Es inútil: no me harán desistir de mi empeño. Además, el sitio dura mucho, las tropas están excitadas y no es lugar seguro para los embajadores de Roma un campamento como el mío, compuesto de gentes feroces de diversos países, que sólo obedecen cuando están en mi presencia. Hace pocas horas hemos sostenido un combate, y aún dura en ellos la excitación.

Volvió al decir esto su cabeza hacia las tropas, y éstas, como si tomasen el movimiento cual una orden ó adivinasen tal vez en los ojos del caudillo sus ocultos designios, comenzaron á agitarse, avanzando hacia el canal como si fueran á marchar á nado contra la nave. Los jinetes tremolaban sus lanzas, tintas aún en la sangre del reciente combate; elevaban sus escudos, en los cuales los africanos más salvajes habían colocado como trofeos las cabelleras de algunos saguntinos muertos en la última salida. Los baleares enseñaban sus dientes con estúpida sonrisa, y sacando del zurrón las balas de arcilla, comenzaron á disparar con la honda contra la nave romana.

—¿Lo veis? —gritaba con satisfacción Hanníbal—. Es imposible que reciba en mi campo á los legados. Es tarde para hablar: sólo resta que Sagunto se entregue como castigo á sus faltas.

Los legados, despreciando los proyectiles de las hondas, se apoyaban en la borda de la nave, y avanzaban el busto cubierto por la toga, con una arrogancia que parecía desafiar á los salvajes guerreros.

La indignación que les causaba verse acogidos con tanto desprecio, hacía palidecer sus mejillas.

—Africano —gritó uno de los legados en latín, sin darse cuenta de que Hanníbal no podía comprenderle—. Ya que no quieres recibir á los enviados de Roma, vamos á Cartago á pedir que nos entreguen tu persona por faltar á los tratados de Hasdrúbal. Roma te castigará cuando seas nuestro prisionero.

—¿Qué dice? ¿Qué dice? —rugió Hanníbal, furioso por aquellas palabras incomprensibles en las que adivinaba una amenaza.

Al explicárselas Acteón, el caudillo lanzó una carcajada de desprecio.

—¡Id, romanos! —gritó— ¡id allá! Los ricos me odian y su deseo sería aceptar vuestra petición entregándome á los enemigos: pero el pueblo me ama y no hay en Cartago quien se atreva á venir al seno de mi ejército para hacerme prisionero.

Llovían las flechas en torno de la nave; algunas balas de arcilla rebotaban en sus costados, y el piloto romano dió la orden de retroceder. Moviéronse los remos, y la nave comenzó á virar lentamente para alejarse del canal.

—¿Pero vamos á Cartago? —preguntó el griego.

—Sí; en Cartago nos oirán mejor —contestó uno de los legados—. Después de lo ocurrido, ó el Senado de allá nos entrega á Hanníbal ó Roma declara la guerra á Cartago.

—Id vosotros, romanos. Mi deber está aquí.

Y antes de que pudieran evitarlo los dos senadores y los legados de Sagunto que habían contemplado con asombro la anterior escena, el ateniense pasó una pierna sobre la borda y se arrojó de cabeza en la entrada del canal. Buceó un buen rato en las aguas profundas y salió á flote cerca de la orilla, á la que corrieron infantes y jinetes para hacerle prisionero.

Antes de pisar tierra firme, Acteón se vió rodeado por unos cuantos honderos que se metieron en el agua hasta la cintura para apoderarse de sus ropas sin partirlas con los camaradas. En un instante le arrebataron su espada celtíbera, la bolsa que pendía del cinto y una cadena de oro que guardaba en el pecho como recuerdo de Sónnica. Iban también á quitarle su túnica de viaje, dejándolo desnudo, y comenzaba á recibir golpes de aquella gente bárbara y cruel, cuando llegó Hanníbal, reconociéndolo.

—¡Has preferido quedarte! Lo celebro. Después de haberme causado tanto daño desde los muros de Sagunto, te arrepientes y vienes conmigo. Debía abandonarte en manos de estos bárbaros que te harían pedazos; debía crucificarte fuera de mi campamento para que te viese desde las murallas esa griega que amas: pero recuerdo la promesa que te hice un día y la cumplo acogiéndote como amigo.

Ordenó á uno de sus oficiales que cubriese las mojadas vestiduras del griego con un endromis, manto militar con capucha de largo pelo que usaban los soldados en invierno sobre su armadura. Después le hizo montar en el caballo de un númida.

Emprendieron la marcha hacia el campamento. Las tropas que habían corrido á la entrada del puerto se replegaban lentamente, mientras la nave se alejaba mar adentro, extendiendo de nuevo su velamen. En lo alto de la Acrópolis se había extinguido la humareda: sólo flotaban algunas nubecillas tenues. Adivinábase de lejos el desaliento producido en la ciudad por la inesperada fuga de la nave romana. Con ella parecía alejarse la última esperanza de los sitiados.

Las tropas de Hanníbal, al retirarse, comentaban la escena en la entrada del puerto entre su caudillo y los enviados de Roma. No comprendían las palabras que se habían cruzado; pero el acento enérgico del romano al hablar á Hanníbal, les parecía á todos ellos una amenaza. Algunos, queriendo hacer creer que habían comprendido al embajador, repetían un discurso imaginario, en el cual se amenazaba en nombre de Roma con pasar á cuchillo á todo el ejército y hacer morir á Hanníbal en una cruz. Repetían estas amenazas, aumentándolas cada cual con invenciones propias; y cuando las tropas se encontraban con otros destacamentos en el camino de la Sierpe ó en distintos puntos del valle, todos afirmaban haber visto las cadenas que enseñaban desde el buque los legados romanos para llevarse prisionero á Hanníbal, y un rugido de furor partía del ejército.

Hanníbal admiraba satisfecho la marea de indignación que rugía en torno de él. Los soldados, saliendo á su paso, le aclamaban con mayor entusiasmo; oía en todas las lenguas voces de muerte contra Roma, llamamientos al caudillo para que diese el último asalto á la ciudad, apoderándose de ella antes que los embajadores llegasen á Cartago, fraguando la ruina del joven héroe.

—Guárdate, Hanníbal —dijo un viejo celtíbero plantándose ante su corcel—. Tus enemigos de Cartago, los de Hanón, se unirán á Roma para perderte.

—El pueblo me ama —dijo el caudillo con arrogancia—. Antes que el Senado cartaginés escuche á los romanos, Sagunto será nuestra y los cartagineses aclamarán nuestro triunfo.

Acteón contemplaba con tristeza el aspecto desolado del paisaje, antes tan risueño y fértil. En el puerto no había otras embarcaciones que algunas naves de guerra de Cartago-Nova. La marinería dormía en el Fano de Afrodita después de apoderarse de lo mejor del templo. Los almacenes del puerto habían sido robados y destruídos; los muelles estaban cubiertos de inmundicias. En el campo no se encontraban ni los rastros de las antiguas quintas. La ferocidad de las tribus bárbaras llegadas del interior, su odio á los griegos de la costa, les habían impulsado hasta á arrancar los pavimentos multicolores, esparciendo sus piezas. Todo el valle era una inmensa y desolada llanura. No quedaba un árbol en pie. Para combatir el frío del invierno, habían arrancado los bosques de higueras, las dilatadas plantaciones de olivos, las cepas de los viñedos, destruyendo hasta las casas para calentarse con las maderas de las techumbres. Sólo quedaban en pie muros en ruinas y matorrales bajos. Una vegetación parásita que crecía rápidamente, fecundada por cadáveres de hombres y bestias, extendíase por todo el valle, borrando los antiguos caminos, escalando las ruinas y cubriendo los riachuelos que, con los cauces rotos, esparcían sus aguas, hasta convertir en charcas los campos hondos.

Era la obra de devastación de un ejército continuamente engrosado, compuesto de ciento ochenta mil hombres y muchos millares de caballos. Habían devorado en poco tiempo el agro saguntino. Los soldados, después de destrozar todo lo que no era de uso inmediato, extendían su rapacidad á las zonas cercanas, esparciendo cada vez más el radio de la destrucción conforme se prolongaba el sitio.

Los víveres venían ya de muchas jornadas de distancia; los enviaban las remotas tribus á cambio de la esperanza de botín que sabía infundirles Hanníbal, hablando de las riquezas de Sagunto. Los elefantes habían sido enviados algunos meses antes á Cartago-Nova por no ser de utilidad en el asedio y resultar difícil su mantenimiento en la asolada campiña.

Sobre el agro aleteaban los cuervos en ondulantes fajas negras. De entre los matorrales surgía el hedor de los caballos y mulos pudriéndose abandonados. Al borde de los caminos, con los miembros sujetos al suelo por pedruscos, veíanse los cuerpos de los bárbaros muertos á consecuencia de las heridas y que sus compatriotas, con arreglo á las costumbres de raza, dejaban abandonados á las aves de rapiña. La inmensa aglomeración había infestado el ambiente del valle. Vivían al aire libre, y, sin embargo, la suciedad del hacinamiento y el hálito de la muerte, parecían esparcir entre las montañas y el mar una atmósfera de mazmorra repleta de carne enferma.

Acteón, que viniendo de lejos percibía esta hediondez del campamento, pensaba con tristeza en los sitiados. Mirando hacia la ciudad, creía adivinar los horrores que ocultaban aquellas murallas rojizas, después de una resistencia de siete meses.

Aproximábanse al campamento. El griego vió que esta aglomeración militar había tomado el aspecto de una ciudad permanente. Quedaban muy pocas tiendas de lienzo y de pieles. El invierno, que ya tocaba á su fin, había obligado á los sitiadores á construir chozas de piedras con techos de ramaje; casas de madera que parecían torres y servían de apoyo á los baluartes que circunvalaban el campamento.

Hanníbal, como si adivinase los pensamientos del griego, sonreía fieramente contemplando la obra de destrucción realizada por su ejército en torno de la ciudad.

—Encuentras muy cambiado todo esto, ¿verdad, Acteón?

—Veo que tus tropas no han descansado mientras te alejaste para castigar á los rebeldes de la Celtiberia.

—Marbahal, el jefe de mi caballería, es un excelente auxiliar. Cuando volví me enseñó dos muros de Sagunto destruídos y una parte de la ciudad en nuestro poder. ¿Ves aquella altura cerca de la Acrópolis, dentro del recinto amurallado?... Pues es nuestra. Las catapultas que desde aquí se distinguen, disparan sobre Sagunto, que ha quedado reducida á una mitad de sus antiguos límites. ¡Y aún sueñan en defenderse! ¡Aún esperan auxilios de Roma!... Testarudos. Han construído por tercera vez una línea de murallas, y así se van estrechando y defendiendo hasta que sólo les quede el Foro, donde acuchillaré á los que sobrevivan... ¡Oh, ciudad orgullosa é indomable! Yo te haré mi esclava.

El africano cambió de conversación, fijándose en su antiguo compañero.

—Al fin has visto claro y vienes conmigo. ¿Vas á seguirme con entusiasmo? ¿Vendrás tras de mí en esa serie de empresas de las que te hablé un día, al amanecer, en este mismo campo?... Tal vez seas rey por haber seguido á Hanníbal como Ptolomeo lo fué por Alejandro. ¿Estás resuelto?...

Acteón se detuvo un momento antes de contestar, y en sus ojos leyó Hanníbal la indecisión, el deseo de engañarle.

—No mientas, griego: la mentira es para el enemigo ó para conservar la existencia. Yo soy tu amigo y he prometido respetar tu vida. ¿Es que no quieres seguirme?

—Pues bien; no —dijo con resolución el griego—. Mi deseo es volver á la ciudad, y si realmente guardas algún afecto al compañero de tu infancia, déjame partir.

—¡Pero vas á perecer ahí dentro!... No esperes misericordia si entramos á viva fuerza por la brecha.

—Moriré —dijo con sencillez el ateniense—. Pero ahí dentro hay hombres que me acogieron como compatriota cuando yo erraba hambriento por el mundo; hay una mujer que me amparó viéndome miserable, y me dió su amor y sus riquezas. Ellos me enviaron á Roma para que les trajese una palabra de esperanza, y yo debo volver aunque sea para infundirles la tristeza y el dolor. ¿Qué te importa dejarme libre?... Mañana tal vez podrás matarme. Dentro de Sagunto seré una boca más, y en ella debe reinar el hambre. Tal vez al decir yo la verdad, al verme que vuelvo sin auxilio alguno, decaigan sus ánimos y te entreguen la plaza. Déjame pasar, Hanníbal: con esto, tal vez sin querer, ayudo tus planes.

Hanníbal le miraba con asombro.

—¡Loco! Nunca creí que un ateniense fuese capaz de tal sacrificio. ¡Vosotros tan ligeros, tan dados á la mentira, tan falsos para satisfacer vuestro egoísmo!... Eres el primer griego que veo fiel á la ciudad que le prohijó. Cartago tuvo peor suerte con los mercenarios de tu país... Es imposible hacer nada de tí; eres un hombre incompleto: te domina el amor: no te satisfaces como yo con la hembra que ronda en torno del campamento, ó que se toma al asaltar una ciudad para regalarla después á la soldadesca. Te ligas á la mujer, eres su esclavo y buscas morir sin gloria, en un rincón obscuro del mundo, como soldado al servicio de unos cuantos mercaderes, sólo por volver á verla. Aléjate, loco: vete, te dejo en libertad... Nada quiero saber de tí. He deseado hacerte héroe, y me respondes como un esclavo. Marcha á Sagunto, pero sabe que la protección de Hanníbal te abandona desde este momento. Si caes en mis manos dentro de la ciudad, serás mi prisionero; jamás mi amigo.

Hanníbal, golpeando con los talones los hijares de su corcel, se metió en el campamento, volviendo altaneramente la espalda al griego. Éste vió llegar al poco rato un joven cartaginés, que, sin decir una palabra ni mirarlo siquiera, cogió las riendas de su caballo y comenzó á caminar hacia Sagunto.

Al llegar á los puntos avanzados del ejército sitiador, decía el cartaginés una palabra y Acteón pasaba adelante entre las miradas hostiles de los soldados, que conocían la escena del puerto y bramaban de coraje al pensar en las cadenas que los legados de Roma habían tenido la insolencia de enseñar á su caudillo. Aquel griego que iba á entrar en la ciudad sitiada, debía ser un acompañante de los legados; y muchos pusieron una flecha en el arco para disparar contra él, deteniéndose únicamente ante la fría y altanera mirada del joven cartaginés que hablaba en nombre de Hanníbal.

Llegaron á las ruinas del primer recinto amurallado. Al abrigo de ellas estaban las avanzadas del ejército sitiador. Allí echó pie á tierra el griego, y arrancando de un matorral una rama espinosa, avanzó, llevándola en alto como señal de paz.

Encontró enfrente aquella muralla que bajo su dirección había sido elevada en una noche para contener al invasor. Sobre ella sólo se veían los cascos de unos cuantos defensores. El sitiador dirigía todos sus ataques por la parte alta. El lado de la ciudad donde se habían desarrollado los primeros combates, estaba casi abandonado.

Los guardianes de la muralla reconocieron á Acteón, con grandes exclamaciones de sorpresa y alegría, y le arrojaron una cuerda de esparto para ayudarle á subir por las asperezas del muro, hasta que pudo introducirse por una brecha de la cresta. Todos rodearon con ansiedad al griego. Este creyó ver en torno de él un grupo de espectros. Sus cuerpos parecían próximos á escaparse de las amplias armaduras; los rostros amarillentos, tristes, apergaminados, se ocultaban bajo la visera de los cascos; y las manos descarnadas y con la piel rugosa, apenas si podían sostener las armas. Un fulgor extraño y amarillento brillaba en sus ojos.

Acteón se defendía con bondad de las incesantes preguntas. Ya hablaría oportunamente: debía antes dar cuenta de su misión á los ancianos del Senado. Un poco de calma: antes de cerrar la noche lo sabrían todo. Y lleno de conmiseración ante la miseria de aquellos héroes, mentía misericordiosamente, asegurando que Roma no olvidaba á Sagunto y que él era la avanzada de las legiones que enviaban los aliados.

De las casas inmediatas, de las callejuelas vecinas al muro, salían hombres y mujeres, atraídos por la noticia de la llegada del griego. Le rodeaban, le preguntaban; todos querían ser los primeros en recibir noticias, para esparcirlas por la ciudad; y Acteón, defendiéndose de ellos, contemplaba con terror sus caras amarillentas y enjutas, con la piel terrosa, marcando las aristas salientes del cráneo; los ojos hundidos en las órbitas negras, brillando con extraño fulgor, como estrellas moribundas reflejadas en el fondo de un pozo, y los brazos descarnados, que crujían como cañas al moverse con la nerviosidad de la emoción.

Púsose en marcha, escoltado por la multitud; precedido de muchachos horribles, completamente desnudos, cuya piel parecía romperse con la presión de las costillas que se marcaban una á una, y la cabeza enormemente gruesa sobre el cuello descarnado. Andaban trabajosamente sobre sus piernas, que parecían hilos, balanceándose como si éstas no pudieran soportar el tronco: algunos, para sufrir menos, se arrastraban por el suelo, faltos de fuerza para sostenerse.

Acteón vió en una esquina un cadáver abandonado, con el rostro cubierto de extrañas moscas que brillaban al sol con reflejos metálicos. Más allá, en una encrucijada, varias mujeres pugnaban por incorporar á un joven desnudo que tenía un arco abandonado á sus pies. El griego vió con horror su vientre hundido, encorvado, como un remolino de pieles entre los dos huesos de las caderas, que parecían salirse del cuerpo. Era una momia que aún conservaba una chispa de vida en los ojos y abría los labios negros y resquebrajados como si quisiera mascar el aire.

Atravesaba calles enteras sin que nuevas gentes se uniesen á su comitiva. Muchas casas permanecían con las puertas cerradas, á pesar del rumor del gentío; y Acteón comparaba esta soledad con la gran aglomeración de seres en los primeros días del sitio. Perros muertos, tendidos en el arroyo y tan descarnados como las personas, infectaban el ambiente. En las encrucijadas veíanse esqueletos de caballos y mulos, limpios y blancos, sin la más leve piltrafa á que pudieran agarrarse los repugnantes insectos que zumbaban en aquella atmósfera de ciudad moribunda.

El griego, con su rápido instinto de observación, se fijaba en las armas de los guerreros. Sólo veía corazas de metal: las de cuero habían desaparecido. Los escudos mostraban al descubierto sus tejidos de juncos ó de nervios de toro despojados de la envoltura de piel. En una esquina vió á dos viejos que se peleaban por una piltrafa negruzca y correosa. Era un pedazo de cuero reblandecido en agua caliente. Muchas casas de varios pisos habían sido demolidas para llevar sus piedras á las nuevas murallas, que cortaban los avances del enemigo dentro de la ciudad.

El hambre cruel y asoladora lo había barrido todo. Se aprovechaban las materias más fétidas y repugnantes. Parecía que los sitiadores hubieran entrado ya en la ciudad arrebatándolo todo; no dejando más que los edificios en pie para dar testimonio de su rapiña. El hambre y la muerte estaban entre los sitiados.

Cerca del Foro, vió el griego que una mujer se abría paso entre la multitud y le echaba los brazos al cuello, oprimiéndole amorosamente. Era Sónnica. También las privaciones del sitio habían dejado en ella profundos rastros. No presentaba el aspecto de extrema miseria de la multitud; pero estaba más delgada, más pálida, su nariz se había afilado, sus mejillas parecían transparentar una luz interior, y los brazos con que le oprimía habían enflaquecido y tenían el ardor de la fiebre. Una aureola amoratada rodeaba sus ojos, y su túnica, de gran riqueza, caía con abandono, en innumerables pliegues, á lo largo de su cuerpo, que al enflaquecer parecía mucho más alto.

—¡Acteón... amor mío! ¡Creí no verte más! Gracias, gracias, por haber vuelto.

Y abarcando su cuello con uno de sus brazos siguió marchando al lado de él. La multitud miraba á Sónnica con veneración: era la única en la ciudad que se sacrificaba por los miserables, repartiéndoles todos los días los últimos víveres de sus almacenes.

Acteón creyó ver confundido entre la muchedumbre al filósofo Eufobias, con las vestiduras más rotas que nunca, casi desnudo, pero con un aspecto de relativo vigor que contrastaba con la famélica miseria de la muchedumbre. En el Foro le saludaron de lejos con desmayada expresión, Lacaro y todos los elegantes amigos de Sónnica. Tenían aspecto de hambrientos; pero ocultaban su palidez bajo el colorete y toda clase de afeites, y ostentaban sus más ricas vestiduras, como si quisieran consolarse de las privaciones con la pompa de un lujo inútil. Los pequeños esclavos que les acompañaban, movían sus miembros descarnados dentro de las vestiduras bordadas de oro, y mirando sus pendientes de perlas, bostezaban dolorosamente.

La multitud se detuvo en el Foro. Los Ancianos se habían reunido en el templo inmediato á la plaza. Arriba en la Acrópolis era continuo el combate con los cartagineses que ocupaban una parte de la altura, y caían con frecuencia gruesas piedras de las catapultas. Algunas de éstas llegaban hasta el Foro, y muchas casas tenían desfondado el techo y desmoronadas las paredes por el choque de los enormes proyectiles.

Acteón entró completamente solo en el templo. El número de los Ancianos era menor. Unos habían perecido víctimas del hambre y la peste; otros, con ardor juvenil, habían corrido á las murallas para recibir la muerte. El prudente Alco parecía gozar gran ascendiente y figuraba á la cabeza de la asamblea. Los acontecimientos habían justificado aquella prudencia que le hacía declamar en otros tiempos contra las empresas belicosas de la ciudad y su afición á las alianzas.

—Habla, Acteón —dijo Alco—. Dinos la verdad, toda la verdad. Después de las desgracias que los dioses nos han enviado, estamos dispuestos á resistirlas aún mayores.

El griego miró á aquellos ciudadanos que, envueltos en sus mantos y con altos bastones de reyes, esperaban sus palabras con una ansiedad que pretendían ocultar tras su majestuosa calma.

Relató la entrevista con el Senado de Roma, la prudencia de éste, que le había impulsado á buscar términos conciliadores, la llegada de los legados ante Sagunto, la extraña manera de recibirlos usada por Hanníbal, y la marcha de los enviados hacia Cartago para pedir el castigo del caudillo y la libertad de Sagunto.

Este relato triste, fué haciendo desaparecer gradualmente la calma de los Ancianos. Algunos más violentos se ponían en pie y desgarraban sus mantos, dando alaridos de pena; otros, en su exaltación, se golpeaban la frente con los puños, rugiendo de ira al saber que Roma no enviaba sus legiones; y los más viejos, sin perder la actitud majestuosa, lloraban, dejando que sus lágrimas rodasen por las descarnadas mejillas, perdiéndose en sus barbas de nieve.

—¡Nos abandonan!

—¡Será ya tarde cuando llegue el auxilio!

—¡Perecerá Sagunto antes que los romanos lleguen á Cartago!

Duró mucho tiempo la desesperación de la asamblea. Algunos, inmóviles en sus asientos por la debilidad, pedían á los dioses morir, antes que presenciar la caída de su pueblo.

Parecía que Hanníbal estuviese ya en las puertas del templo.

—Calma, Ancianos —gritó Alco—. Pensad que el pueblo saguntino está fuera de esos muros. Si conoce vuestro dolor, cundirá el desaliento y esta misma noche seremos esclavos de Hanníbal.

Recobraron su calma lentamente los Ancianos, y se hizo el silencio. Todos esperaban los consejos de Alco el Prudente. Éste habló.

—No había que pensar en la entrega inmediata de la ciudad. ¿No era así?

Un rugido de indignación de toda la asamblea le contestó:

—¡Nunca, nunca!

Pues para mantener excitados los ánimos, para prolongar la defensa algunos días más, había que mentir, inspirar una esperanza engañosa á los saguntinos. No había víveres; los que estaban en las murallas con las armas en la mano, comían la carne de los últimos caballos que quedaban en la ciudad; la plebe perecía de miseria. Todas las noches se recogían centenares de cadáveres y se quemaban en seguida en la Acrópolis, por miedo á que los devorasen los perros vagabundos que, aguijoneados por el hambre, se habían convertido en verdaderas fieras, atacando á los vivos. Se murmuraba que, algunos extranjeros refugiados en la ciudad, en unión de esclavos y de mercenarios, se reunían por la noche cerca de las murallas para alimentarse con los cadáveres que podían arrebatar. Las cisternas de la ciudad estaban próximas á secarse; sólo se extraía de ellas el agua del fondo, revuelta con el barro que había precipitado la destilación; pero á pesar de esto, en Sagunto nadie hablaba de rendirse y había que continuar la defensa. Todos sabían lo que les esperaba al caer en manos de Hanníbal.

—He hablado con él —dijo Acteón— y se muestra inexorable. Si entra en Sagunto todos seremos sus esclavos.

Volvió á agitarse la asamblea con un movimiento de indignación.

—¡Moriremos antes! —gritaron los Ancianos.

Y rápidamente se acordó lo que debían decir al pueblo. Juraron todos por los dioses ocultar la verdad. Prolongarían el sacrificio con la esperanza de que aún llegase á tiempo el auxilio de Roma. Y componiendo el gesto para que nadie adivinase la desesperación de los Ancianos, salieron éstos del templo.

Pronto circuló entre la muchedumbre la noticia. Los legados se habían dirigido á Cartago para no perder tiempo en el campamento, y allá pedirían el castigo de Hanníbal. De un momento á otro iban á llegar las legiones que enviaba Roma para apoyar á los saguntinos.

La muchedumbre acogió estas halagüeñas noticias con un entusiasmo frío. Las penalidades del sitio amortiguaban su vehemencia. Además, se había enardecido tantas veces con la esperanza de los romanos, que dudaba de su auxilio, no creyendo en él hasta que viese llegar la flota.

Acteón se confundió con la muchedumbre hambrienta, buscando á Sónnica. La vió rodeada de Lacaro y los jóvenes elegantes. Cerca de ellos Eufobias sonreía á Sónnica, sin atreverse á aproximarse.

—Los dioses te han guardado en tu viaje, Acteón —dijo el parásito—. Tienes mejor aspecto que los que hemos permanecido en la ciudad. Bien se ve que has comido.

—Pues tú, filósofo —dijo el griego— no estás tan macilento y descarnado como los demás. ¿Quién te mantiene?

—Mi pobreza. Estaba tan acostumbrado al hambre en los tiempos de abundancia, que ahora apenas si noto la carestía. ¡Ventajas de ser filósofo y mendigo!

—No creas á ese monstruo —dijo Lacaro con repugnancia—. Es tan bárbaro como un celtíbero. Todos los días come; pero debían crucificarle en medio del Foro para que sirviera de escarmiento. Le han visto rondar por la noche cerca de las murallas con una turba de esclavos en busca de los cuerpos agonizantes.

El griego se separó con repugnancia del parásito.

—No lo creas, Acteón —dijo Eufobias—. Envidian mi parquedad de mendigo, así como en otro tiempo la insultaban. El hambre es mi antigua compañera y me respeta.

Se alejaron todos del parásito, y Acteón siguió á Sónnica á su casa. La hermosa griega vivía casi sola. Muchos de sus servidores habían muerto en las murallas; otros habían perecido en las calles, víctimas de la peste. Algunos esclavos, no pudiendo resistir el tormento del hambre, se fugaban al campo sitiador. Dos esclavas viejas gemían en un rincón, entre el amontonamiento de ricos cofres y lujosos muebles. Los grandes almacenes del piso bajo estaban vacíos. Una banda de chicuelos se había establecido allí y pasaban las horas inmóviles y al acecho, esperando que de los rincones saliese alguna rata, para caer sobre ella, como una bestia de inestimable valor.

—¿Y Ranto? —preguntó el griego á su amada.

—Pobrecilla; la veo de tarde en tarde. No quiere vivir aquí: se escapa cuando la hago traer para tenerla segura. Ha perdido la razón desde que vió el cadáver de su amante. Vaga día y noche por las murallas. Se presenta en los sitios de mayor combate, pasando insensible por entre los dardos, como si no los viera. Por la noche se oyen de lejos las canciones que entona llamando á Eroción, y muchas veces se presenta coronada con una guirnalda de flores de las que crecen en las murallas y pregunta por el hijo de Mopso, como si éste se ocultase entre los defensores. El populacho cree que está en comunicación con los dioses y la mira con respeto, preguntándola cual va á ser la suerte de Sagunto.

Pasaron la noche los dos amantes entre el amontonamiento de riquezas del almacén, tendidos sobre unos tapices, estrechándose amorosamente, insensibles á todo cuanto les rodeaba, como si estuvieran aún en la rica quinta del agro, al final de uno de aquellos banquetes que escandalizaban á los viejos saguntinos.

Transcurrieron algunos días. La ciudad había vuelto á caer en el marasmo, y tenaz en su resolución, seguía defendiéndose con el estómago desfallecido por el hambre. Los sitiadores no extremaban sus ataques. Hanníbal adivinaba sin duda el estado de la ciudad, y deseoso de evitar á sus tropas el derramamiento de sangre, dejaba que transcurriese el tiempo y mantenía el apretado cerco, esperando que el hambre y la peste completasen su triunfo.

Aumentaba la mortalidad en las calles. Ya no había quien recogiese los muertos; la hoguera que los consumía en lo alto de la Acrópolis se había apagado. Los cadáveres abandonados á las puertas de las casas, se cubrían de asquerosos insectos, hasta que las aves de rapiña bajaban audazmente por la noche al centro de la ciudad, disputando tenazmente su presa á los perros vagabundos de retorcida lengua y ojos de ascuas, convertidos en bestias feroces por el hambre.

Gentes hediondas, de aspecto salvaje, poseídas de la demencia de la extenuación, se arrastraban cautelosamente por las callejuelas, armadas con palos, piedras y dardos. Iban de caza así que cerraba la noche. Eufobias los guiaba, dándoles consejos con majestuoso énfasis, como si fuese un gran capitán dirigiendo á su ejército. Cuando conseguían matar un cuervo ó un perro salvaje, lo llevaban al Foro, chamuscándolo en una hoguera, y se disputaban á golpes los hediondos pedazos, mientras los ciudadanos ricos se alejaban desfallecidos, pero sintiendo náuseas ante tales horrores.

Comenzaba la primavera. Era una primavera triste que se manifestaba á los sitiados en las florecillas que surgían de las cabelleras de hierba de los torreones y los tejados de las casas. Había acabado el invierno y, sin embargo, hacía frío en Sagunto; un frío de tumba que sentían los sitiados hasta en los huesos. Brillaba el sol, y la ciudad parecía obscurecida por una bruma fétida que daba á las casas y á los seres un tinte plomizo.

Acteón, al dirigirse una mañana á la parte más alta del monte, donde continuaba el combate, encontró en el Foro al prudente Alco. El buen ciudadano revelaba en su aspecto tristeza y desaliento.

—Ateniense —le dijo con expresión misteriosa—. Estoy resuelto á que esto acabe. La ciudad no puede resistir más. Bastante ha esperado el auxilio de los romanos. Que caiga Sagunto y se avergüence Roma de su infidelidad con los aliados. Hoy mismo iré al campamento de Hanníbal á pedirle la paz.

—¿Lo has pensado bien? —exclamó el griego—; ¿no temes la indignación de tu pueblo al verte en tratos con el enemigo?

—Amo mucho á mi ciudad y no puedo presenciar impasible su sacrificio, su agonía interminable. Pocos lo saben; pero á tí te lo digo, Acteón, porque eres discreto. Estamos mucho peor que el pueblo se imagina. Ya no queda un pedazo de carne para los que defienden las murallas; esta mañana, de las cisternas apenas si se ha podido sacar barro. No tenemos agua. Unos cuantos días más de resistencia, y tendremos que comernos los cadáveres como esas turbas de desalmados que se alimentan por la noche. Tendremos que matar á los pequeñuelos para apagar nuestra sed con su sangre.

Calló Alco un momento, y se pasó la mano por la frente con un gesto de pena, como si quisiera arrojar lejos de él terribles recuerdos.

—Nadie mejor que los Ancianos —continuó— conocemos lo que ocurre en la ciudad. Los dioses deben temblar de horror contemplando lo que hace Sagunto al verse abandonada por ellos. Oye y olvida, Acteón, —dijo en voz muy baja y con acento de espanto—. Ayer, dos mujeres enloquecidas por el hambre, echaron suertes para escoger cuál de sus pequeños habían de devorar. Los Ancianos hemos cerrado ojos y oídos; no hemos querido ver ni escuchar, comprendiendo que el castigo sólo serviría para difundir más tales horrores. Los ciudadanos que pelean en las murallas, tragan el cuero de sus armas para engañar el hambre. La carne se despega de sus huesos, enflaquecen y caen como heridos por el rayo invisible de los dioses. Llevamos cerca de ocho meses de resistencia; dos terceras partes de la ciudad ya no existen. Hemos hecho bastante ante el cielo y ante los hombres para demostrar cómo cumple Sagunto sus juramentos.

El griego bajaba la cabeza, convencido de las razones de Alco.

—Además —continuó éste— el ánimo de la ciudad decae: se extingue la fe. Los presagios son todos en contra nuestra. Hay gentes que durante la noche han visto globos de fuego elevarse de la Acrópolis y huir hacia el mar, hundiéndose en las aguas como esas estrellas veloces que cortan con una raya de luz el azul del cielo. La muchedumbre cree que son los Penates de la ciudad que, adivinando la próxima ruina de Sagunto, la abandonan para ir á establecerse al otro lado del mar de donde vinieron. Anoche, los que velan arriba, en el templo de Hércules, vieron salir por debajo de la tumba de Zazintho una serpiente que silbaba como si estuviese herida. Era azul con estrellas de oro: la serpiente que mordió á Zazintho y fué causa de la fundación de la ciudad en torno de la tumba del héroe. Pasó entre las piernas de los asombrados guardianes, huyó monte abajo y se alejó por la llanura con dirección al mar. También ese nos abandona; el reptil sagrado que era como el dios tutelar de Sagunto.

—Tal vez no sea verdad —dijo el griego—. Alucinaciones de la gente atormentada por el hambre.

—Puede que así sea; pero acércate á las mujeres y las verás llorar, á pesar de su miseria, lamentando la fuga de la serpiente de Zazintho. Creen á la ciudad sin defensa, y muchos hombres se sentirán hoy más débiles en las murallas al conocer la extraña desaparición. La fe es lo que sostiene á los pueblos.

Permanecieron silenciosos los dos hombres un buen rato.

—Ve —dijo al fin el griego—. Habla con Hanníbal y que los dioses le inspiren la clemencia.

—¿Por qué no vienes conmigo? Tú que tanto has viajado y posees la elocuencia de la convicción podrías ayudarme.

—Hanníbal me conoce. He despreciado su amistad y me odia. Ve y salva á la ciudad... Mi suerte está echada. Ese africano no retrocede en su cólera. Perdonará á todos menos á mí. Yo moriré antes que verme esclavo ó agonizante en una cruz.