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La última noche

Era más de media tarde cuando Acteón, que estaba entre los defensores de la parte alta de la ciudad, vió aproximarse á Ranto por una callejuela inmediata á la muralla.

No había encontrado á la pastorcilla desde su regreso á Sagunto, y al verla reconoció en ella los estragos causados por las penalidades del sitio y el dolor que quebrantaba su razón.

Caminaba absorta, con la cabeza baja, y en su enmarañada cabellera asomaban algunas florecillas mustias, que soltaban á cada paso los pétalos muertos. La túnica desgarrada y sucia dejaba ver su cuerpo enflaquecido, que aún conservaba la esbeltez y frescura admiradas por el griego. El pecho se había desarrollado un tanto, como si el dolor madurase sus globos que apuntaban antes como capullos; los ojos, dilatados por la demencia, parecían llenar todo su rostro, esparciendo en torno de él una luz misteriosa, una aureola de fiebre.

Avanzaba lentamente: varias veces levantó la cabeza mirando á los hombres que estaban en lo alto de la muralla, y al fin, deteniéndose al pie de la escala de piedra, murmuró con voz suplicante que parecía un vagido:

—¡Eroción! ¡Eroción!...

Á pesar de que tras los manteletes de los sitiadores se notaba algún movimiento, como si éstos intentasen un nuevo ataque contra la ciudad, el griego descendió de la muralla con el deseo de ver de cerca á la joven.

—Ranto... pastorcilla, ¿me conoces?

La hablaba con tono cariñoso, cogiéndola las manos; pero ella se agitó, intentando desasirse, como si despertase sobresaltada. Después de este esfuerzo cayó en una absoluta postración, y fijando sus ojos enormes y asustados en el griego, exclamó:

—¡Tú!... ¡Eres tú!

—¿Me conoces?

—Sí: eres el ateniense; eres mi señor: el amado de Sónnica la rica... Dí, ¿dónde está Eroción?

El griego no supo qué contestar; pero Ranto siguió hablando sin esperar la respuesta.

—Me dijeron que había muerto; hasta yo misma creí verle tendido al pie de las murallas; pero no era verdad; fué un mal sueño. El muerto era su padre, Mopso, el arquero. Desde entonces que huye de mí, como si quisiera llorar á solas la muerte de su padre. De día se oculta. Le veo de lejos, sobre la muralla, entre los combatientes, y cuando subo en su busca, encuentro hombres armados y Eroción desaparece. Sólo me es fiel por la noche: entonces me busca, viene á mí. Apenas me agazapo al pie del muro y apoyo mi cabeza en las rodillas, le veo venir, buscándome en la obscuridad, arrogante y amoroso, con el carcax sobre la cadera y el arco cruzado en las espaldas. Por él huyen los perros feroces que se arrastran en la sombra y me husmean la cara, mirándome con ojos como brasas. Viene á mí... se sienta á mi lado; sonríe, pero siempre está mudo. Le hablo y me contesta su sonrisa; nunca su boca. Busco su hombro, como en otros tiempos, para descansar mi cabeza, y huye, desaparece como si lo tragasen las sombras. ¿Qué es esto, buen griego?... Si le ves, pregúntale por qué se oculta; dile que no huya... Él te quiere tanto, ¡tanto!... ¡Me ha hablado tantas veces con entusiasmo de tí y de tu país!...

Calló un momento, como si estas palabras hubiesen despertado en su memoria todo un pasado de recuerdos. Los agrupaba, los reunía con un esfuerzo penoso que se reflejaba en su rostro, y lentamente surgía en su memoria la imagen de aquellos días felices, anteriores al sitio, cuando ella y Eroción correteaban por el valle y tenían por casa todos los bosquecillos del agro saguntino.

Sonreía á Acteón, mirándolo cariñosamente, y le recordaba sus diversos encuentros: la primera entrevista en el camino de la Sierpe, cuando acababa él de desembarcar, pobre y desconocido. Después, el gesto de paternal protección con que les saludaba al encontrarlos en los campos, subiendo á los cerezos, disputándose entre risas el rojo fruto con los labios, y aquella sorpresa bajo las frondosas higueras, cuando ella, totalmente desnuda, servía de modelo al joven escultor. ¿Se acordaba? ¿No había olvidado el griego aquellos días de paz y felicidad?

Acteón los tenía presentes en su memoria. Duraba aún en él la impresión causada por la desnudez de la pastorcilla, y en aquel mismo momento sus ojos sondeaban los rasguños de la vieja túnica, buscando con deleite de artista los contornos del cuerpo algo enflaquecido, pero fresco y juvenil, con los tonos calientes de su piel color de ámbar.

Pero Ranto, después de evocar estos recuerdos, volvía á su desvarío. ¿Dónde estaba Eroción? ¿Le había visto? ¿Estaba arriba entre los defensores? Y el griego tornaba á contenerla, cogiéndola las manos, para evitar que subiese al muro.

Arriba, los defensores gritaban, disparando sus arcos, arrojando dardos y piedras. Había comenzado el ataque de los sitiadores. Pasaban por encima de las almenas, como obscuros pájaros, los proyectiles de fuera, y el muro se conmovía con sordos choques, como si los africanos lo atacasen con sus arietes y picos, para abrir brecha.

Acteón, que desde su regreso á Sagunto era el alma de la defensa, necesitaba subir al muro.

—Márchate, Ranto —decía apresuradamente—. Aquí van á matarte... Vuelve á casa de Sónnica... Yo te llevaré á Eroción... Pero huye, ocúltate. Mira como caen los dardos cerca de nosotros.

Y la empujaba rudamente, acabando por arrojarla lejos de la escalera, con impulso brutal, que la hizo doblar las rodillas.

El griego subió apresuradamente, oyendo sin inmutarse los mortales silbidos que rasgaban el aire cerca de su cabeza. Antes de que llegase á las almenas, sonó á sus espaldas un débil gemido, un grito dulce, que recordó á Acteón el balido de los cervatillos al recibir un saetazo en las cacerías. Al volverse, vió en mitad de la escalera á Ranto, que se doblaba hacia atrás para caer, con el pecho cubierto de sangre y clavada en él, una larga vara con cola de plumas, todavía temblorosa por los estremecimientos de la velocidad.

Había querido seguirle á lo alto de la muralla, y en la escalera la alcanzó una flecha de los sitiadores.

—¡Ranto!... ¡Pobrecita!...

El griego, obedeciendo al impulso de un dolor que él mismo no podía explicarse, pero que resultaba más fuerte que su voluntad, olvidó la defensa del muro, el ataque de los enemigos, todo, para correr hacia la joven, que se desplomaba con el suave desmayo de un ave herida.

Sosteniéndola con sus fuertes brazos, la bajó para tenderla al pie de la escalera. Ranto suspiraba, movía la cabeza como queriendo alejar el dolor que se apoderaba de ella.

El griego la sostenía por los hombros, llamándola con voz cariñosa:

—Ranto... Ranto...

En sus ojos, agrandados por el dolor, parecía condensarse la luz. Su mirada era ahora humana; perdía por momentos la vaguedad de la demencia. Parecía haber recobrado la razón á impulsos del dolor, como si en este supremo momento de lucidez, viera de un golpe todo el pasado.

—No mueras, Ranto —murmuraba el griego, sin darse cuenta de lo que decía—. Aguarda: te arrancaré ese hierro; te llevaré al Foro sobre mis espaldas para que te curen.

Pero la joven movía tristemente la cabeza. No: quería morir; quería reunirse con Eroción, cerca de los dioses, entre las nubes de rosa y oro, por donde paseaba la madre del Amor, seguida de los que en la tierra se amaron mucho. Había vagado como una sombra por entre los horrores de la ciudad sitiada, creyendo que Eroción vivía, buscándolo por todas partes, y Eroción había muerto; lo recordaba bien ahora: ella misma había contemplado su cadáver. Muerto él, ¿para qué quería vivir?

—Vivirás para mí —gritó Acteón, exasperado por el dolor, sin ver lo que le rodeaba, sin oir los gritos de los defensores en el inmediato muro y los pasos que sonaban á su espalda en una callejuela cercana—. Ranto, pastorcilla, escúchame. Ahora comprendo por qué deseaba verte; por qué tu recuerdo me asaltaba á veces allá en Roma, siempre que pensaba en Sagunto. Vive y serás para Acteón la última primavera de su existencia. Te amo, Ranto. Eres mi afecto postrero; la flor que se abre en el invierno de mi vida. Te amo, Ranto: te amo desde el día en que te ví desnuda como una diosa. Vive y seré tu Eroción.

La joven, pálida ya, con el rostro empañado por la sombra de la muerte, sonrió murmurando:

—Acteón... buen griego... gracias, gracias.

Y su cabeza resbaló entre las manos de Acteón, cayendo pesadamente en el suelo. El ateniense estuvo inmóvil mucho rato, contemplando con estúpida fijeza el cuerpo de la joven. El silencio que se hizo de pronto en la muralla, pareció despertarle del doloroso sopor. Los sitiadores habían suspendido su ataque. El griego se incorporó; pero volvió á arrodillarse para besar varias veces la boca todavía caliente de la pastorcilla y sus ojos inmóviles, desmesuradamente abiertos, en los cuales reflejábanse como en una agua muerta los rojos resplandores de la puesta del sol.

Al levantarse vió frente á él á Sónnica inmóvil, rígida, mirándole con ojos fríos é irónicos.

—¡Sónnica!... ¡Tú!

—He venido para decirte que corras al Foro. Un mensajero del campo enemigo se ha presentado en las puertas de la ciudad pidiendo hablar á los Ancianos. El pueblo está convocado en el Foro.

Á pesar de la importancia de la noticia, Acteón no se conmovió. Le preocupaba la fría rigidez de Sónnica.

—¿Desde cuándo estás aquí?

—Llegué á tiempo para ver como te despedías para siempre de mi esclava.

Calló un instante, pero como impulsada por un sentimiento superior á su voluntad, avanzó hacia él con los ojos centelleantes y las manos extendidas.

—La amabas, ¿verdad? —dijo con amargura.

—Sí —contestó el griego con voz tenue, como avergonzado de su confesión—. Conozco ahora que la amaba... pero también te amo á tí.

Permanecieron inmóviles largo rato, con la vista fija en aquel cadáver que les separaba. Era como un muro frío levantándose entre los dos, apartándolos para siempre.

Acteón sentíase avergonzado por el dolor que sus palabras causaban á aquella mujer que tanto le había amado. Sónnica parecía absorta por su inmensa decepción y contemplaba fríamente, con ojos de Némesis implacable, el cadáver de la esclava.

—Aléjate, Acteón —dijo la griega—. Te esperan en el Foro. Los Ancianos reclaman tu presencia para que sirvas de intérprete al mensajero de Hanníbal.

El ateniense dió algunos pasos, pero se detuvo, implorando dulcemente misericordia para el cadáver.

—Va á quedar abandonada... Pronto cerrará la noche, y los perros hambrientos... los desalmados que buscan los cadáveres...

Sentía escalofríos al pensar que aquel cuerpo hermoso que le había hecho estremecer de admiración, llegase á ser devorado por las bestias.

Sónnica le contestó con un gesto. Podía alejarse: ella permanecería allí. Y Acteón, dominado por la fría altivez de su amante, partió corriendo hacia el Foro.

Al llegar á la plaza comenzaba á anochecer. Ardía en el centro la gran fogata, que se encendía todas las noches para combatir el frío mortal de la ciudad en plena primavera.

Los Ancianos sacaban sus sillas de marfil al pie de las gradas del templo para esperar ante la muchedumbre al mensajero de Hanníbal. La noticia había circulado por toda la ciudad, y la gente se agolpaba en el Foro, ansiosa de escuchar las proposiciones del sitiador. Nuevos grupos desembocaban á cada momento por todas las callejuelas afluyentes á la gran plaza, donde se concentraba la agonizante vida de la ciudad.

Acteón fué á colocarse junto á los Ancianos. Extendió su vista y no vió á Alco. Estaba aún en el campo sitiador, y la llegada de aquel emisario debía ser consecuencia de su entrevista con Hanníbal.

Un senador le explicó el suceso. Se había presentado ante los muros un enemigo sin armas y tremolando una rama de olivo. Pedía hablar al Senado en nombre de los sitiadores, y la asamblea de los Ancianos creyó necesario reunir á toda la ciudad para que tomase parte en la suprema deliberación.

Habían dado orden de introducir al mensajero, y al poco rato se vió avanzar, rompiendo la aglomeración de la muchedumbre, un grupo armado, en el centro del cual marchaba un hombre con la cabeza descubierta, sin armas y levantando con la diestra una rama, símbolo de paz.

Al pasar junto á la hoguera dió de lleno en su rostro el resplandor rojizo de las llamas, y en el Foro se levantó un clamoreo de indignación. Le habían reconocido.

—¡Alorco!... ¡Es Alorco!

—¡Traidor!

—¡Ingrato!

Muchas manos buscaron la espada para caer sobre él; por encima de las cabezas de la muchedumbre se agitaron algunos brazos empuñando dardos; pero la presencia de los Ancianos y la triste sonrisa del celtíbero calmaron los ánimos. Además, el pueblo sentía la debilidad de la miseria; no tenía fuerzas para la indignación y ansiaba oir pronto al mensajero; conocer la suerte que le reservaba el enemigo.

Avanzó Alorco hasta colocarse frente á los Ancianos, y la gran plaza quedó en un silencio profundo, sólo interrumpido por el chisporroteo de los leños de la hoguera. Todos los ojos estaban fijos en el celtíbero.

—¿Alco el Prudente no está entre vosotros? —comenzó por preguntar.

Todos miraron en torno con sorpresa. Era verdad; hasta entonces no habían notado la ausencia de aquel hombre, que era el primero en todos los actos públicos.

—No le busquéis —continuó el celtíbero—. Alco está en el campamento de Hanníbal. Dolido del estado de la ciudad, comprendiendo que es imposible continuar la defensa por más tiempo, se ha sacrificado por vosotros, y á riesgo de morir llegó hace algunas horas á la tienda de Hanníbal para suplicarle con lágrimas que tuviese compasión de vosotros.

—¿Y por qué no ha venido contigo? —preguntó uno de los Ancianos.

—Sentía miedo y vergüenza de repetiros las palabras de Hanníbal, las condiciones que impone para que se entregue la ciudad.

Se hizo aún mayor el silencio. La muchedumbre adivinaba en el terror del ausente Alco las espantosas exigencias del vencedor, que hacían latir apresuradamente el corazón de todos, antes de conocerlas.

Iban llegando al Foro nuevos grupos de gente. Hasta los defensores de la ciudad abandonaban las murallas, atraídos por el suceso, y estaban allí, en las desembocaduras de las calles, centelleando al resplandor de la hoguera sus cascos de bronce y sus escudos de varias formas, redondos, estrangulados y de media luna. Acteón vió llegar también á Sónnica, que se abrió paso entre el gentío, yendo á colocarse junto al grupo formado por la juventud elegante que la admiraba.

Alorco siguió hablando.

—Ya sabéis quién soy yo. Hace un momento escuché amenazas, ví gestos de muerte al reconocerme. Comprendo la indignación al encontrarme frente á vosotros. Tal vez seré un ingrato; pero pensad que nací en otras tierras y la muerte de mi padre me puso al frente de un pueblo al que tengo que obedecer y seguir en sus alianzas. Nunca he olvidado que fuí el huésped de Sagunto; guardo el recuerdo de vuestra hospitalidad y me intereso por la suerte de este pueblo como si fuese la de mi misma patria. Pensad bien en vuestra situación, saguntinos. El valor tiene sus límites, y por más que os esforcéis, los dioses han decretado la ruina de la valerosa Sagunto. Lo demuestran con su abandono; y vuestro arrojo se estrellará ante su voluntad inmutable.

Las vagas palabras de Alorco aumentaban la incertidumbre del pueblo. Todos temían las condiciones de Hanníbal, por lo mismo que el celtíbero se retrasaba en exponerlas.

—¡Las condiciones!... ¡Dinos las condiciones! —gritaron desde varios puntos del Foro.

—La prueba de que he venido por interés vuestro —continuó Alorco como si no oyera estos gritos— está en que mientras habéis podido resistir con vuestras propias fuerzas ó esperar un socorro de los romanos no me he presentado á aconsejaros la sumisión. Pero vuestras murallas no pueden defenderos más; todos los días perecen de hambre centenares de saguntinos; los romanos no vendrán, están muy lejos y ocupados en otras guerras; en vez de enviaros legiones os envían legados; y por esto yo, viendo que Alco titubeaba en volver, arrostro vuestra indignación para traeros una paz que no es ventajosa, pero resulta necesaria.

—¡Las condiciones! ¡Las condiciones! —gritó la muchedumbre con un formidable aullido que hizo temblar al Foro.

—Pensad —dijo Alorco— que lo que quiera concederos el vencedor es un regalo que os hace, pues hoy es dueño de todo lo vuestro: vidas y haciendas.

Esta verdad terrible, cayendo sobre la muchedumbre, produjo el silencio.

—Sagunto, que está en gran parte destruída y cuyos extremos ocupan ya sus tropas, os la toma como castigo; pero permitirá que construyáis una nueva ciudad en el punto que Hanníbal os designe. Todas las riquezas que guardéis, tanto en el tesoro público como en vuestras casas, serán entregadas al vencedor. Hanníbal respetará vuestras vidas, las de vuestras esposas é hijos, pero tendréis que salir para el lugar que os designe sin armas y con sólo dos trajes. Comprendo que las condiciones son crueles; pero la desgracia os obliga á soportarlas. Peor es morir y que vuestras familias caigan como botín de guerra en manos de la soldadesca triunfante.

Terminó de hablar Alorco, y, sin embargo, continuó el silencio en el Foro; un silencio profundo, amenazante, igual á la plomiza calma que precede á una tempestad.

—No; saguntinos, no —gritó una voz de mujer.

Acteón reconoció á Sónnica en esta voz.

—No, no —contestó la muchedumbre, como un eco atronador.

Se agitaban, corrían de un lado á otro, se empujaban los grupos poseídos de furia, como si quisieran despedazarse, desahogando la rabia que les producían las condiciones del vencedor.

Sónnica había desaparecido; pero Acteón la vió volver al Foro, seguida de un cordón de gente; esclavos, mujeres, soldados, llevando todos sobre sus hombros los ricos muebles de la quinta, amontonados en el almacén; las arquillas de joyas, los suntuosos tapices, los lingotes de plata y las cajas de polvo de oro. La muchedumbre contemplaba este desfile de riquezas, sin adivinar el propósito de Sónnica.

—No, no —repetía la griega, como si hablase con ella misma.

Estaba fuera de sí por las proposiciones del vencedor. Se veía saliendo de la ciudad, sin más fortuna que una túnica puesta y otra sobre el brazo, teniendo que mendigar por los caminos ó trabajar en los campos como una esclava, perseguida por aquella soldadesca feroz, de diversas razas.

—No, no —repetía enérgicamente, abriéndose paso entre la muchedumbre, para llegar á la hoguera en el centro del Foro.

Estaba magnífica, con la rubia cabellera alborotada por la agitación, la túnica rota por los empellones del gentío, los ojos relampagueantes, con la expresión de una Furia, que encontraba amarga voluptuosidad en la destrucción. ¿Para qué las riquezas? ¿Para qué vivir? Y en su desesperada energía, mezclábase por mucho la amargura que una hora antes había paladeado ante el cadáver de su esclava.

Ella dió la señal, arrojando en la hoguera una imagen de Venus, de jaspe y plata, que llevaba en sus brazos, y que desapareció entre las llamas como si fuera un pedrusco. Los que la seguían, gente toda miserable y hambrienta, la imitaron con intenso goce. La destrucción de tantas riquezas, les hacía rugir de placer y dar saltos de alegría, á ellos, tan pobres, que habían pasado su existencia en las escaseces de la esclavitud. Caían en las llamas los cofrecillos de marfil, de cedro y de ébano, y al chocar con los leños, se abrían, derramando los tesoros de su vientre; collares de perlas, guirnaldas de topacios y esmeraldas, arracadas de diamantes, toda la gama de las piedras preciosas, que centelleaban un instante entre los tizones como maravillosas salamandras. Después caían los tapices, los velos bordados de plata, las túnicas con doradas flores, las sandalias de oro, las sillas con garras de león, los lechos con clavijas de metal, los peines de marfil, los espejos, las lámparas, las liras, los frascos de perfumes, las mesillas de ricos mármoles incrustados; todas las magnificencias de Sónnica la rica. Y la muchedumbre miserable entusiasmada por esta destrucción, aplaudía con rugidos, al ver la hoguera que crecía y crecía con tanto combustible, hasta elevar las llamas á considerable altura, arrojando chispas y cenizas sobre los tejados de las casas.

—¡Hanníbal quiere riquezas! —gritaba Sónnica, con voz ronca que parecía un aullido—. Venid, arrojad aquí todo lo vuestro: que el africano se lo dispute al fuego.

Pero no necesitaba extremar sus voces para que la imitasen. Muchos de los Ancianos, que habían huído en el primer instante de confusión, volvían al Foro llevando un cofrecillo bajo su blanco manto y lo arrojaban en la hoguera. Eran las riquezas que habían tomado en sus casas.

Sobre las cabezas de la multitud rodaban muebles y telas de brazo en brazo, hasta caer en el inmenso brasero, que cada vez elevaba más altas sus llamas, coronadas por un humo blanco y luminoso.

Era un holocausto en honor de los dioses mudos y sordos que estaban en la Acrópolis. Las casas parecían vaciarse para arrojar todos sus adornos y riquezas en la hoguera. Los hombres cumplían silenciosos y sombríos su anhelo de destrucción; pero las mujeres parecían locas, y desgreñadas, rugientes, con los ojos saltando de las órbitas, danzaban en torno de la inmensa hoguera, atraídas por las llamas, rozándolas con sus vestiduras, ebrias por el fuego, arañándose el rostro sin darse cuenta de lo que hacían y rugiendo maldiciones con su boca espumeante de rabia.

Una de ellas, como enloquecida por la ronda infernal, no pudiendo resistir la atracción del fuego, dió un salto, cayendo entre las llamas. Ardieron instantáneamente las ropas y el cabello, y flameó durante algunos instantes como una antorcha, desplomándose sobre los tizones. Otra mujer arrojó en el brasero, como si fuese una pelota, el niño que llevaba agarrado á su flácido pecho, y después saltó ella en medio de la fogata, cual si arrepentida del crimen, quisiera seguir á su hijo.

El fuego se había comunicado á las techumbres de madera de las casas del Foro. Una guirnalda de llamas comenzaba á rodear la plaza. El humo y el calor asfixiaban á la muchedumbre, y en esta atmósfera densa y negruzca, los muebles parecían andar solos camino de la hoguera, arrastrándose por encima de la muchedumbre.

Lacaro y sus elegantes amigos hablaban de morir. Aquellos seres afeminados discutían con una tranquilidad sublime el modo de caer. No querían seguir á Sónnica, que acababa de armarse con una espada y un escudo para salir contra el campamento sitiador y morir matando. Les repugnaba luchar con un soldado rudo y casi salvaje, percibir su hedor de fiera y caer con el pintado rostro partido de un golpe, cubiertos de sangre y revolcándose en el fango, como una res degollada. No les placía tampoco darse de puñaladas: era un medio gastado por los héroes. Morir en el brasero les parecía mejor; les recordaba el sacrificio de las reinas asiáticas, pereciendo en una hoguera de maderas perfumadas. ¡Lástima que aquella fogata oliese tan mal! Pero el momento no era de refinamientos, y echándose el manto sobre los ojos, uno tras otro, los jóvenes elegantes, empujando con el brazo depilado y perfumado á sus pequeños esclavos, entraron en la hoguera con tranquilo paso, como si estuvieran en aquellos días de paz en que paseaban por el Foro, satisfechos del escándalo que producían sus adornos femeniles.

Sónnica recogíase la túnica en torno del talle, dejando al descubierto la adorable blancura de sus piernas para correr con más desembarazo.

—Vamos á morir, Eufobias —dijo al filósofo, que contemplaba absorto este espectáculo de destrucción.

Por primera vez, el parásito no mostraba su gesto insolente é irónico. Estaba grave y fruncía el ceño, viendo como morían aquellas gentes de las que tanto se había burlado.

—¡Morir! —dijo—. ¿Es preciso morir? ¿Lo crees tú, Sónnica?

—Sí; el que no quiera ser esclavo, debe morir. Coge una espada y ven conmigo.

—No necesito tanto. Si he de morir, quiero evitarme la fatiga de correr; el trabajo de dar golpes. Moriré tranquilo, con la dulce pereza que embelleció mi vida.

Y lentamente, sin apresurarse, dió algunos pasos y se acostó entre las llamas con la cara cubierta por su manto remendado, lo mismo que se tendía bajo los pórticos del Foro en los días de paz.

En las gradas del templo, los Ancianos se herían el pecho con el puñal. Agonizantes, prestaban su arma al compañero más inmediato, y morían haciendo esfuerzos por mantenerse erguidos en sus sillas. Grupos de mujeres arrebataban maderos encendidos de la gran hoguera y se esparcían como bacantes furiosas por toda Sagunto, quemando las puertas, arrojando tizones sobre los techos de tablas.

De repente en la parte alta de la ciudad, allí donde se concentraban los ataques de los sitiadores, sonó un horrible estrépito, como si media montaña se viniera abajo. Los muros estaban abandonados por los defensores reunidos en el Foro, y una torre que los cartagineses minaban desde algunos días antes, acababa de derrumbarse. Una cohorte del ejército de Hanníbal, viendo libre la entrada de la ciudad, se lanzó dentro de ella, dando aviso al caudillo para que acudiese con todas sus fuerzas.

—¡Á mí! ¡á mí! —gritaba Sónnica con su voz ronca—. Ésta es nuestra última noche. Yo no muero en la hoguera; quiero morir matando... ¡Deseo sangre!

Salió del Foro como una furia, seguida de Acteón, que corría á su lado llamándola, haciendo esfuerzos porque le mirase. Pero la hermosa griega permanecía insensible en su furia, como si llevase al lado un desconocido.

Les siguieron en revuelto tropel todos los que estaban en el Foro; ciudadanos armados, mujeres que esgrimían cuchillos y dardos, adolescentes desnudos, sin otra defensa que una pica. Á la luz de los incendios pasaban como un rebaño enloquecido, centelleando los coseletes de bronce, los cascos de rota cimera, las armas manchadas de sangre y mostrando por los girones de las ropas los músculos enflaquecidos, que parecían danzar en su ancha envoltura de piel, apergaminada y seca por el hambre.

Salieron de Sagunto por la parte baja, marchando al resplandor de la ciudad incendiada contra el campamento de los sitiadores.

Una cohorte de celtíberos que corría hacia Sagunto fué arrollada, deshecha, pateada por esta tromba de desesperados, que corrían con la cabeza baja, hiriendo cuanto encontraban por delante. Pero más allá tropezaron con nuevas tropas que avanzaban advertidas de la salida, y se estrellaron contra la hilera de escudos, no pudiendo soportar una lucha cuerpo á cuerpo.

Los saguntinos, debilitados por el largo sitio, perdidas sus fuerzas por las enfermedades y el hambre, no pudieron resistir el choque. Los celtíberos, con sus espadas de dos filos, herían sin misericordia; y bajo sus golpes caía rápidamente aquella aglomeración de hombres enfermos, de mujeres y niños.

Acteón, luchando con el escudo ante el rostro y la espada en alto contra dos vigorosos soldados, vió como Sónnica recibía una cuchillada en el cráneo y soltaba sus armas, doblándose con una suprema contracción antes de caer.

—¡Acteón! ¡Acteón! —gritó en aquel momento olvidando su odio, sintiendo que con la muerte volvía á ella todo el fuego del antiguo amor.

Cayó de bruces en el suelo. El griego quiso correr hacia ella; pero en el mismo instante le zumbaron los oídos, como si sobre su cráneo se desplomase una inmensa mole; sintió en los costados el frío del hierro perforando sus carnes, y cayó viéndolo todo negro, como si se despeñara por una sima lóbrega y sin fondo á cuyo fin no había de llegar nunca.

El griego despertó. Sobre su pecho pesaba una mole abrumadora como una montaña. No tenía la certeza de si realmente existía. Su cuerpo se negaba á obedecerle. Únicamente con un doloroso esfuerzo, pudo abrir los ojos y recordar confusamente por qué estaba allí.

Lentamente vió que lo que oprimía su pecho era el cadáver de un soldado enorme. Acteón creyó recordar que había hundido su espada en el cuerpo de aquel guerrero en el mismo instante que se sentía caer en la noche densa y misteriosa.

Miró en torno de él. Un resplandor rojizo, como el de una aurora sin fin, hacía centellear en el suelo las armas abandonadas, y marcaba la silueta de los cadáveres amontonados y dispersos, en extrañas posturas, contraídos por las últimas convulsiones.

En el fondo ardía una ciudad. Los edificios negruzcos y deformes, se destacaban sobre la cortina de llamas, que con su resplandor inquieto hacían temblar los muros de la Acrópolis.

Acteón lo recordó todo. Aquella ciudad era Sagunto: se oían los aullidos de los vencedores que corrían las calles, cubiertos de sangre, acabando de incendiar las casas que aún permanecían intactas, rabiosos contra una población que únicamente se entregaba después de consumir sus riquezas; matando en su furia á cuantos seres encontraba al paso, y rematando á los heridos.

Al darse cuenta de todo esto, reconocía que no había muerto; pero iba á morir. Lo presentía en la debilidad inmensa que se apoderaba de él, en el frío mortal que subía á lo largo de su cuerpo; en el pensamiento que se extinguía y no era ya más que una lucecilla débil...

¿Y Sónnica? ¿Dónde encontrar á Sónnica?... Su último deseo era llegar hasta su cadáver, que debía estar próximo. Quería besarla como á su esclava; rendirla este tributo antes de morir. Pero al intentar un supremo esfuerzo, separando su cabeza del suelo, una oleada de líquido caliente y pegajoso le cubrió el rostro. Era la última sangre.

Le pareció ver entonces con la vaguedad de un ensueño que se extingue, una especie de centauro negro, que galopaba sobre los cadáveres, y mirando la iluminada ciudad, reía con infernal gozo.

Pasó junto á él. Los cascos de su caballo se hundieron en el cuerpo del celtíbero tendido sobre su pecho. El griego, agonizante, creyó reconocer el jinete á la luz del incendio.

Era Hanníbal, con la cabeza descubierta, poseído de la furia del triunfo, galopando en un caballo negro como la noche, que parecía contagiado del furor del jinete, y relinchaba, coceando los cadáveres, agitando su cola sobre los restos del combate. Al griego le pareció una furia infernal que venía por su alma.

Vió débilmente, como una imagen borrosa, la cara de Hanníbal animada por una sonrisa de soberbia, de cruel satisfacción; el gesto majestuoso y feroz á la vez de uno de aquellos dioses de Cartago que sólo se mostraban clementes cuando humeaban en su altar los seres humanos sacrificados.

Reía viendo que era suya por fin la ciudad que le había detenido ocho meses ante sus muros. Ya podía desarrollar sus ensueños audaces.

El griego no vió más. Volvió á caer en la eterna noche.

Hanníbal galopó en torno de la ciudad, y al ver que por la parte de la mar se extendía el resplandor cárdeno del amanecer, detuvo su caballo, miró á Oriente, y extendiendo el brazo cual si quisiera prolongarlo por encima de la extensión azul que cerraba el horizonte, gritó amenazante, como si retase á un enemigo invisible antes de caer sobre él:

—¡Roma!... ¡Roma!...

Playa de la Malvarrosa (Valencia).

Julio-Septiembre 1901.