SÓNNICA LA CORTESANA


I

El templo de Afrodita

Cuando la nave de Polyantho, piloto saguntino, llegó frente al puerto de su patria, ya los marineros y pescadores, con la vista aguzada por las distancias del mar, habían reconocido su vela teñida de azafrán y la imagen de la Victoria, con las alas extendidas y una corona en la diestra, llenando todo el filo de la proa, hasta mojar sus pies en las ondas.

—Es la nave de Polyantho: la Victoriata, que vuelve de Gades y Cartago-Nova.

Y para verla mejor, se agolpaban en el pretil de piedra que cerraba los tres lagos del puerto de Sagunto, puestos en comunicación con el mar por un largo canal.

Los terrenos bajos y pantanosos, cubiertos de carrizales y enmarañadas plantas acuáticas, extendíanse hasta el golfo Sucronense, que cerraba el horizonte con su curva faja azul, sobre la cual resbalaban como moscas los barquichuelos de los pescadores. La nave avanzaba lentamente hacia la embocadura del puerto. La vela roja palpitaba con los soplos de la brisa sin lograr hincharse, y la triple fila de remos comenzó á moverse en sus flancos, haciéndola encabritarse sobre las espumas que cerraban la entrada del canal.

Caía la tarde. En una altura inmediata al puerto, el templo de Venus Afrodita reflejaba en la pulida superficie de su frontón el fuego del sol poniente. Una atmósfera de oro envolvía la columnata y los muros de mármol azul, como si el padre del día, al alejarse, saludase con un beso de luz á la diosa de las aguas. La cadena de montes obscuros, cubiertos de pinos y matorrales, extendíase en gigantesco semicírculo frente al mar, cerrando el fértil valle del agro saguntino, sus blancas villas, sus torres campestres y sus aldeas surgiendo entre las masas verdes de los campos. En el otro extremo de la montuosa barrera, esfumada por la distancia y el vapor de la tierra, veíase la ciudad, la antigua Zazintho, con el caserío oprimido en la falda del monte por murallas y torreones: y en lo alto la Acrópolis, los ciclópeos muros, sobre los cuales destacábanse las techumbres de los templos y edificios públicos.

Reinaba en el puerto la agitación del trabajo. Dos naves de Marsella cargaban vino en la laguna grande; una de Liburnia hacía acopio de barros saguntinos y de higos secos para venderlos en Roma; y una galera de Cartago guardaba en sus entrañas grandes barras de plata traídas de las minas de la Celtiberia. Otras naves, con las velas plegadas y las filas de remos caídas en sus costados, permanecían inmóviles junto al malecón, como grandes pájaros dormidos, balanceando dulcemente sus proas de cabeza de cocodrilo ó de caballo, usadas por la marina de Alejandría, ú ostentando en el tajamar un espantable enano rojo, semejante al que adornaba la nave del fenicio Cadmus en sus asombrosas correrías por los mares.

Los esclavos, encorvados bajo el peso de ánforas, fardos y lingotes, sin otra vestidura que un cinturón lumbar y una caperuza blanca, al aire la atormentada y sudorosa musculatura, pasaban en incesante rosario por las tablas tendidas desde el pretil á las naves, trasladando al cóncavo vientre de éstas las mercancías amontonadas en el muelle.

En medio del gran lago central alzábase una torre guardando la entrada del puerto; una robusta fábrica que hundía sus sillares en las aguas más profundas. Amarrada á las anillas que adornaban sus muros, balanceábase una nave de guerra, una libúrnica alta de popa, la proa de cabeza de carnero, plegada la vela de grandes cuadros, un castillo almenado junto al mástil, y en las bordas, formando doble fila, los escudos de los classiari, soldados destinados á los combates marítimos. Era una nave romana que al amanecer el día siguiente había de llevarse á los embajadores enviados por la gran República para mediar en las turbulencias que agitaban Sagunto.

En el segundo lago —una tranquila plaza de agua donde se construían y reparaban las embarcaciones— sonaban los mazos de los calafates sobre la madera. Como monstruos enfermos veíanse las galeras desarboladas, tendidas de costado en la ribera, mostrando por los rasguños de sus flancos el fuerte costillaje ó la embreada negrura de sus entrañas. Y en el tercer lago, el más pequeño y de aguas sucias, anclaban las barcas de los pescadores, revoloteaban en caprichoso tropel las gaviotas, abatiéndose sobre los despojos que flotaban á ras de la superficie; y en la orilla agolpábanse mujeres, viejos y niños, esperando la llegada de las barcas con pescado del golfo Sucronense, que era vendido en el interior á las tribus más avanzadas de la Celtiberia.

La llegada de la nave saguntina había apartado de sus quehaceres á toda la gente del puerto. Los esclavos trabajaban con lentitud, viendo á sus vigilantes distraídos por la entrada de la nave; y hasta los calmosos ciudadanos que sentados en el malecón, caña en mano, intentaban cautivar las gruesas anguilas del lago, olvidaban la pesca para seguir con su mirada el avance de la Victoriata. Ya estaba en el canal. No se veía su casco. El mástil, con la vela inmóvil, pasaba por encima de los altos cañaverales que bordeaban la entrada del puerto.

Reinaba el silencio de la tarde, interrumpido por el monótono canto de las innumerables ranas albergadas en las tierras pantanosas y el parloteo de los pájaros que revoloteaban en los olivares inmediatos al Fano de Afrodita. Los martillazos del arsenal sonaban cada vez más lentos: la gente del puerto callaba, siguiendo la marcha de la nave de Polyantho. Al salvar la Victoriata la aguda revuelta del canal, asomó en el puerto la dorada imagen de la proa y los primeros remos, enormes patas rojas, apoyándose en la tersa superficie con una fuerza que levantaba espumas.

La muchedumbre, entre la que se agitaban las familias de los marineros, prorrumpió en aclamaciones al entrar la nave en el puerto.

—¡Salud, Polyantho! ¡Bienvenido, hijo de Afrodita!... ¡Que Sónnica tu señora te colme de bienes!

Los muchachos desnudos, de piel tostada, se arrojaban de cabeza á la laguna, nadando como un tropel de pequeños tritones en torno de la nave.

La gente del puerto alababa á su compatriota Polyantho, encareciendo su habilidad. Nada faltaba en su nave: bien podía estar satisfecha de su liberto la rica Sónnica. En la punta más avanzada del buque, el proreta, inmóvil como una estatua, escrutando con rápida mirada para avisar la presencia de obstáculos: la marinería, desnuda, encorvando sobre los remos las sudorosas espaldas que relucían al sol; y en lo más alto de la popa, el gubernator, el mismo Polyantho, insensible al cansancio, envuelto en una amplia tela roja, en la diestra el gobernalle del timón y en la otra mano un cetro blanco que agitaba acompasadamente, marcando el movimiento á los remeros. Junto al mástil agrupábanse hombres de extraños trajes, mujeres inmóviles arrebujadas en amplios mantos.

La nave resbaló por el puerto como un insecto enorme, abriendo las aguas silenciosas y muertas con la proa que poco antes atormentaban las olas del golfo.

Al anclar junto al malecón y echar el puente de tablas, los remeros tuvieron que repeler á palos á la multitud, que se empujaba queriendo penetrar en la nave.

El piloto daba órdenes desde la popa: su roja envoltura iba de un lado á otro como una mancha inflamada por el sol poniente.

—¡Eh, Polyantho!... Bienvenido seas, navegante. ¿Qué es lo que traes?

El piloto vió en la orilla á dos jóvenes á caballo. El que le hablaba iba envuelto en un manto blanco: una de sus puntas le cubría la cabeza, dejando al descubierto la barba rizada en bucles y lustrosa de perfumes. El otro oprimía los lomos del corcel con sus piernas desnudas y fuertes; vestía el sagum de los celtíberos, una corta túnica de lana, sobre la cual saltaba su ancha espada suspendida del hombro; y su cabellera desgreñada é hirsuta lo mismo que su barba, encuadraban un rostro varonil y tostado.

—¡Salud, Lacaro; salud, Alorco! —contestó el piloto, con expresión de respeto—. ¿Veréis á Sónnica mi ama?

—Esta misma noche —contestó Lacaro—. Cenamos en su casa de campo... ¿Qué traes?

—Decidla que traigo plomo argentífero de Cartago-Nova y lana de la Bética. Excelente viaje.

Los dos jóvenes tiraron de las riendas á sus caballos.

—¡Ah! esperad —añadió Polyantho—. Decidla también que no olvidé su encargo. Aquí traigo lo que tanto deseáis: las danzarinas de Gades.

—Todos te lo agradecemos —dijo Lacaro riendo—. ¡Salve, Polyantho; que Neptuno te sea propicio!

Y los dos jinetes partieron al galope, perdiéndose entre las chozas agrupadas al pie del templo de Afrodita.

Mientras tanto, uno de los pasajeros de la nave salió de ésta, abriéndose paso entre la multitud agolpada frente al buque. Era un griego: todos conocieron su origen en el pileos que cubría su cabeza; un casquete cónico de cuero, semejante al de Ulises en las pinturas griegas. Vestía una túnica obscura y corta, ajustada sobre los riñones por una correa, de la que pendía una bolsa. La clámide, que no llegaba á sus rodillas, estaba sujeta sobre el hombro derecho por un broche de cobre; unos zapatos de correas usadas y polvorientas cubrían sus desnudos pies, y sus brazos membrudos y cuidadosamente depilados se apoyaban al quedar inmóvil en un gran dardo que casi era una lanza. Los cabellos, cortos y rizados en gruesos bucles, se escapaban por debajo del pileos, formando una hueca corona en torno de su cabeza. Eran negros, pero brillaban en ellos algunas canas, así como en la barba ancha y corta que rodeaba su rostro. Llevaba el labio superior cuidadosamente afeitado, á usanza ateniense.

Era un hombre fuerte y ágil, en plena virilidad sana y robusta. En sus ojos, de mirada irónica, había algo de ese fuego que revela á los hombres nacidos para la lucha y el mando. Caminaba con soltura por aquel puerto desconocido, como viajero habituado á toda clase de contrastes y sorpresas.

El sol comenzaba á ocultarse, y las faenas del puerto habían cesado, retirándose lentamente la muchedumbre que ocupaba los muelles. Pasaban junto al extranjero los rebaños de esclavos limpiándose el sudor y dilatando sus miembros doloridos. Guiados por el palo de sus guardianes, iban á encerrarse hasta la mañana siguiente en las cuevas del monte inmediato ó en los molinos de aceite, más allá de las tabernas de marineros, hospederías y lupanares, que agrupaban sus muros de tierra y sus techos de tablas al pie de la colina de Afrodita como un complemento del puerto.

Los comerciantes retirábanse también en busca de sus caballos y carros para trasladarse á la ciudad. Pasaban en grupos consultando las apuntaciones de sus tablillas y discutiendo las operaciones del día. Sus diversos tipos, trajes y actitudes, delataban la gran mezcla de razas de Zazintho, ciudad comercial, á la que de antiguo afluían las naves del Mediterráneo, y cuyo tráfico luchaba con el de Ampurias y Marsella. Los mercaderes asiáticos y africanos que recibían el marfil, las plumas de avestruz y las especias y perfumes para los ricos de la ciudad, se distinguían por su paso majestuoso, las túnicas con flores y pájaros de oro, los verdes borceguíes, las altas tiaras llenas de bordados y la barba descendiendo sobre el pecho en ondas horizontales de menudos rizos. Los griegos charlaban y reían con incesante movilidad, tomando á broma sus negocios y abrumando con sus palabras á los exportadores iberos, graves, barbudos, huraños, vestidos de lana burda, y que con su silencio, parecían protestar de aquel chaparrón de inútiles palabras.

Los muelles quedaban desiertos por momentos. Toda su vida afluía al camino de la ciudad, donde, entre nubes de polvo, galopaban caballos, rodaban carros y pasaban con menudo trote los borriquillos africanos, llevando en sus lomos algún ciudadano corpulento sentado como una mujer.

El griego seguía lentamente por el muelle tras dos hombres vestidos con túnica corta, borceguíes y un sombrerillo cónico de alas caídas, semejante al de los pastores helenos. Eran dos artesanos de la ciudad. Habían pasado el día pescando y volvían á sus casas, mirando con mal disimulado orgullo sus cestas, en cuyo fondo coleaban unos cuantos barbos, revueltos con delgadas anguilas. Hablaban en ibero, mezclando á cada punto en su conversación palabras griegas y latinas. Era el lenguaje usual de aquella antigua colonia, en continuo contacto por el comercio con los principales pueblos de la tierra. El griego, al seguirles por el muelle, atendía á su conversación con la curiosidad de un extranjero.

—Vendrás en mi carro, amigo —decía uno de ellos—. En la hostería de Abiliana tengo mi asno, que, como sabes, es la envidia de mis vecinos. Aún llegaremos á la ciudad antes que cierren las puertas.

—Mucho te lo agradezco, vecino. No es prudente caminar solo, cuando pululan en nuestros campos los aventureros que tomamos á sueldo para las guerras con los turdetanos, y toda la mala gente huída de la ciudad después de las últimas revueltas. Anteayer, ya sabes que apareció en un camino el cadáver de Acteio, el barbero del Foro. Le asesinaron para robarle cuando volvía al anochecer de su casita del campo.

—Ahora dicen que viviremos más tranquilos, después de la intervención de los romanos. Los legados de Roma han hecho cortar unas cuantas cabezas y afirman que con esto tendremos paz.

Detuviéronse los dos un instante y volvieron la cabeza para mirar la libúrnica romana, que apenas si se veía junto á la torre del puerto, envuelta en las sombras de la noche. Después siguieron caminando con lentitud, como si reflexionasen.

—Ya sabes —continuó uno de ellos— que no soy más que un zapatero que tiene su tienda cerca del Foro y ha podido reunir un saco de victoriatos de plata para darse una vejez tranquila y pasar la tarde en el puerto con la caña en la mano. No sé lo que esos retóricos que se pasean por fuera de la muralla de la ciudad, disputando y gritando como Furias, ni pienso como los filósofos que se agrupan en los pórticos del Foro para reñir, entre las burlas de los comerciantes, por si tiene más razón éste ó aquél de los hombres que allá en Atenas se ocupan de tales cosas. Pero con toda mi ignorancia, yo me pregunto, vecino: ¿por qué estas luchas entre hombres que vivimos en la misma ciudad y debemos tratarnos como buenos hermanos?... ¿Por qué?

Y el camarada del zapatero contestaba con fuertes cabezadas de asentimiento.

—Yo comprendo —continuó el artesano— que de vez en cuando estemos en guerra con nuestros vecinos los turdetanos. Unas veces por cuestión de riegos, otras por los pastos, y las más por los límites del territorio y por impedirles que disfruten de este hermoso puerto, comprendo que se armen los ciudadanos, que busquen la pelea y salgan á arrasarles los campos y quemarles las chozas. Al fin esa gente no es de nuestra raza, y así es como se hace respetar una gran ciudad. Además, la guerra proporciona esclavos que muchas veces escasean; y sin esclavos ¿qué haríamos los hombres... los ciudadanos?

—Yo soy más pobre que tú, vecino —dijo el otro pescador—. El hacer sillas de caballo no me produce tanto como á tí los zapatos; pero mi pobreza me permite tener un esclavo turdetano, que me ayuda mucho, y quiero la guerra porque aumenta considerablemente mi trabajo.

—La guerra con los vecinos; sea en buena hora. La juventud se fortalece y busca distinguirse; la república adquiere importancia, y todos, después de correr por valles y montes, compran zapatos y hacen componer las sillas de sus caballos. Muy bien; así marchan los negocios. ¿Pero por qué estamos hace más de un año convirtiendo el Foro en campo de batalla y cada calle en una fortaleza? Á lo mejor estás en tu tienda encareciendo á una ciudadana la elegancia de unas sandalias de papiro á la moda asiática, ó de unos coturnos griegos de gran majestad, cuando oyes en la inmediata plaza choque de armas, gritos, exclamaciones de muerte, y ¡á cerrar en seguida la puerta para que un dardo perdido no te deje clavado en tu asiento! ¿Y por qué? ¿Qué motivo existe para vivir como perros y gatos en el seno de esta Zazintho, tan tranquila y laboriosa antes?

—La soberbia y la riqueza de los griegos... —comenzó á decir el compañero.

—Sí; ya conozco esa razón. El odio entre iberos y griegos; la creencia de que éstos, por sus riquezas y sabiduría, dominan y explotan á aquéllos... ¡Como si en la ciudad existiesen realmente iberos y griegos!... Iberos son los que están detrás de esas montañas que nos cierran el horizonte; griego es ese que hemos visto desembarcar y viene tras de nuestros pasos; pero nosotros no somos más que hijos de Zazintho ó de Sagunto, como quieran llamar á nuestra ciudad. Somos el resultado de mil encuentros por tierra y por mar, y Júpiter se vería apurado para decir quiénes fueron nuestros abuelos. Desde que á Zazintho le mordió la serpiente en esos campos y nuestro padre Hércules levantó los grandes muros de la Acrópolis, ¿quién puede marcar las gentes que aquí han venido y aquí se han quedado, á pesar de que otros llegaron después para arrebatarles el dominio de los campos y las minas? Aquí vinieron las gentes de Tiro con sus naves de vela roja en busca de la plata del interior; los marineros de Zante huyendo con sus familias de los tiranos de su país; los rótulos de Ardea, gentes de Italia, que eran poderosas en los tiempos en que aún no existía Roma; cartagineses de la época en que pensaban más en el comercio que en las armas... ¡y qué sé yo cuántas gentes más! Hay que oirlo á los pedagogos cuando explican la historia en el pórtico del templo de Diana. Yo mismo, ¿sé acaso si soy griego ó ibero? Mi abuelo fué un liberto de Sicilia que vino para encargarse de una fábrica de alfarería y se casó con una celtíbera del interior. Mi madre era una lusitana que llegó en una expedición para vender oro en polvo á unos mercaderes de Alejandría. Yo me limito á ser saguntino como los demás. Los que se consideran iberos en Sagunto creen en los dioses de los griegos; los griegos adoptan sin sentirlo muchas costumbres ibéricas; se creen diferentes porque han partido en dos á la ciudad y viven separados; pero sus fiestas son las mismas, y en las próximas Panatheas verás juntas con las hijas de los comerciantes helenos á las de esos ciudadanos que cultivan la tierra, visten de paño burdo y se dejan crecer la barba para semejarse más á las tribus del interior.

—Sí, pero los griegos todo lo invaden, son los dueños de todo, se han apoderado de la vida de la ciudad.

—Son los más sabios, los más audaces; tienen algo de divino en sus personas —dijo sentenciosamente el zapatero—. Fíjate si no en ese que viene detrás de nosotros. Va vestido pobremente; tal vez en su bolsa no tiene dos óbolos para cenar; puede que duerma á cielo raso, y sin embargo, parece Zeus que haya bajado disfrazado del cielo para visitarnos.

Los dos artesanos volvieron la vista instintivamente para mirar al griego; y siguieron adelante. Habían llegado junto á las chozas que formaban una animada población en torno del puerto.

—Hay otra razón —dijo el talabartero— para la guerra que nos divide. No es el odio únicamente entre griegos é iberos; es que unos quieren que seamos amigos de Roma y otros de Cartago.

—Ni con unos ni con otros —dijo sentenciosamente el zapatero—. Tranquilos y comerciando como en otros tiempos, es como mejor prosperaríamos. El habernos llevado á la amistad con Roma, es lo que yo reprocho á los griegos de Sagunto.

—Roma es la vencedora.

—Sí, pero está muy lejos, y los cartagineses están casi á nuestras puertas. Sus tropas de Cartago-Nova pueden venir aquí en unas cuantas jornadas.

—Roma es nuestra aliada y nos protege. Sus legados, que parten mañana, han dado fin á nuestras revueltas, decapitando á los ciudadanos que turbaban la paz de la ciudad.

—Sí; pero esos ciudadanos eran amigos de Cartago y antiguos protegidos de Hamílcar. Hanníbal no olvidará fácilmente á los amigos de su padre.

—¡Bah! Cartago quiere paz y mucho comercio para enriquecerse. Después de su fracaso de Sicilia, teme á Roma.

—Temerán los senadores, pero el hijo de Hamílcar es muy joven, y á mí me dan miedo esos muchachos convertidos en caudillos, que olvidan el vino y el amor para soñar sólo con la gloria.

El griego no pudo oir más. Los dos artesanos habían desaparecido entre las chozas, y el eco de su disputa se perdió á lo lejos.

El extranjero se vió completamente solo en aquel puerto desconocido. Los muelles estaban desiertos; comenzaban á brillar algunos faroles en las popas de las naves, y á lo lejos, sobre las aguas del golfo, se elevaba la luna como un disco enorme de color de miel. Únicamente en el pequeño puerto de los pescadores, había alguna animación. Las mujeres, desnudas de cintura arriba, y oprimiendo entre las piernas el guiñapo que les servía de túnica, se metían en el agua hasta las rodillas para lavar el pescado, y colocándolo después en anchas cestas sobre su cabeza, emprendían la marcha, arrastrando á sus pequeñuelos panzudos y en cueros. De las naves, inmóviles y silenciosas, salían grupos de hombres que se encaminaban á la población miserable extendida al pie del templo. Eran marineros que iban en busca de las tabernas y lupanares.

El griego conocía bien aquellas costumbres. Era un puerto igual á los muchos que había visto. El templo en lo alto para servir de guía al navegante; y abajo el vino á punto, el amor fácil y la riña sangrienta, como terminación de la fiesta. Pensó un momento en emprender la marcha á la ciudad; pero estaba muy lejos, desconocía el camino, y prefirió quedarse allí, durmiendo en cualquier parte hasta que saliera el sol.

Había entrado en los tortuosos callejones que formaban las chozas construídas al azar, como si hubieran caído en tropel del cielo, con sus paredes de tierra y techumbres de paja y cañas, con estrechos tragaluces, y sin otra puerta que unos cuantos harapos recosidos ó un tapiz deshilachado. En algunas, de exterior menos miserable, vivían los modestos traficantes del puerto, los que servían las vituallas á las naves, los corredores de granos y los que, ayudados por algunos esclavos, traían los toneles de agua desde las fuentes del valle á las embarcaciones. Pero la mayoría de las casuchas eran tabernas, hospederías y lupanares.

Algunas casas tenían junto á las puertas inscripciones en griego, en ibero y en latín, pintadas con almazarrón.

El griego oyó que le llamaban. Era un hombrecillo gordo y calvo que le hacía señas desde la puerta de su vivienda.

—Salud, hijo de Atenas —decía para halagarle con el nombre de la ciudad más famosa de la Grecia—. Pasa adelante; estarás entre los tuyos, pues también mis ascendientes vinieron de allá. Mira la muestra de mi taberna, «Á Palas Athenea». Aquí encontrarás el vino de Laurona, tan excelente como los de la Ática: si quieres probar la cerveza celtíbera, también la tengo, y hasta si lo deseas, puedo servirte cierto frasco de vino de Samos, tan auténtico como la diosa de Atenas que adorna mi mostrador.

El griego contestó con una sonrisa y un movimiento negativo, casi al mismo tiempo que el tabernero locuaz se introducía en su tugurio, levantando el tapiz para dejar paso á un grupo de marineros.

Á los pocos pasos volvió á detenerse, atraído por un silbido tenue que parecía llamarle desde el fondo de una cabaña. Una vieja arrebujada en un manto negro, le hacía señas desde la puerta. En el interior, á la luz de una lámpara de barro colgada de una cadenilla, veíanse varias mujeres en cuclillas sobre esteras, en la actitud de bestias resignadas, sin otra vida que la sonrisa inmóvil que hacía brillar sus dientes.

—Voy de prisa, buena madre —dijo el extranjero riendo.

—Detente, hijo de Zeus —contestó la vieja en idioma heleno, desfigurado por la dureza de su acento y el silbido de su respiración entre las encías desdentadas—. Al momento conocí que eres griego. Todos los de tu país sois alegres y hermosos: tú pareces Apolo, buscando á sus celestes hermanas. Entra; aquí las encontrarás...

Y acercándose al extranjero para cogerle la orla de la clámide, enumeraba todos los encantos de sus pupilas iberas, baleares ó africanas; unas majestuosas y grandes como Juno, otras pequeñas y graciosas como las hetarias de Alejandría y Grecia; y al ver que el parroquiano se desasía y continuaba su camino, la vieja levantaba la voz, creyendo no haber acertado su gusto, y hablaba de jóvenes blancos y de luenga cabellera, hermosos como los muchachuelos sirios que se disputaban los elegantes de Atenas.

El griego había salido del tortuoso callejón, y todavía escuchaba la voz de la vieja, que parecía embriagarse impúdicamente con sus infames pregones. Estaba en el campo, al principio del camino de la ciudad. Tenía á su derecha la colina del templo, y al pie de ella, delante de la escalinata, vió una casa más grande que las otras, una hostería con la puerta y las ventanas iluminadas con lámparas de barro rojo.

Dentro, sentados en los poyos, veíanse marineros de todos los países, pidiendo de comer en lenguas distintas. Soldados romanos con su coselete de escamas de bronce, la corta espada pendiente del hombro, y á sus pies el casco, rematado por una cimera de rojas crines en forma de cepillo; remeros de Marsella casi desnudos, con el cuchillo medio oculto entre los pliegues del trapo anudado á sus riñones; marineros fenicios y cartagineses con ancho pantalón, alto gorro en forma de mitra y pesados pendientes de plata; negros de Alejandría, atléticos y de torpes movimientos, enseñando al sonreir sus agudos dientes, que hacían pensar en espantosas escenas de antropofagia; celtíberos é iberos, de sombrío traje y enmarañada cabellera, mirando recelosos á todos lados y llevando instintivamente la mano á la ancha cuchilla; algunos hombres rojos de las Galias, con luengos mostachos y las encendidas crines anudadas y caídas sobre el cogote; gente, en fin, llevada y traída por los azares de la guerra y del mar, de un punto á otro del mundo conocido; un día guerreros victoriosos y al otro esclavos; tan pronto marineros como piratas; sin ley ni nacionalidad; sin otro respeto que el miedo al jefe de la nave, pronto á ordenar los azotes y la cruz; sin más religión que la de la espada y los músculos; llevando en las heridas que cubrían sus cuerpos, en las largas cicatrices que surcaban sus músculos, en las orejas cortadas cubiertas por las sucias greñas, un pasado misterioso de horrores.

Comían de pie junto al mostrador, tras el cual se alineaban las ánforas con sus tapones de frescas hojas; otros, sentados en los bancos de mampostería á lo largo de las paredes, sostenían sobre sus rodillas el plato de barro. Los más se habían tendido sobre el vientre en el suelo, como fieras que se reparten la presa, y avanzaban sobre los grandes platos sus garras vellosas, crujiéndoles las mandíbulas entre palabra y palabra. Aún no se derramaba el vino ni habían pedido la presencia de mujeres. Comían y bebían con apetito de ogros, atormentados por la escasez de las largas travesías y extenuados moralmente por la brutal disciplina de las naves.

Viéndose amontonados en un estrecho espacio, apestados por el humo de las lámparas y los vapores de los platos, sentían la necesidad de comunicarse; y entre bocado y bocado, cada cual hablaba á su vecino sin reparar en la diferencia de idioma, acabando por entenderse todos en una lengua compuesta de más gestos que palabras. Un cartaginés relataba á un griego su último viaje á las islas del Mar Grande, más allá de las columnas de Hércules, por un mar gris y cubierto de nieblas, hasta llegar á unas abruptas costas, sólo conocidas por los pilotos de su país, donde se encontraba el estaño. Más allá, un negro, con grotesca mímica, contaba á dos celtíberos una excursión á lo largo del mar Rojo, hasta llegar á misteriosas playas, desiertas de día, pero cubiertas de noche por movibles fuegos y habitadas por hombres velludos y ágiles como monos, cuyas pieles, rellenas de paja, se llevaban á los templos de Egipto para ofrecerlas á los dioses. Los soldados romanos más viejos, contaban su gran victoria de las islas Egatas, que arrojó á los cartagineses de Sicilia, terminando la guerra; y no les importaba, en su insolencia de vencedores, la presencia de los humillados cartagineses que los escuchaban. Los pastores iberos, mezclados entre los navegantes, querían aminorar el efecto de las aventuras marítimas y hablaban de los caballos de la tribu y de sus prodigios de rapidez, mientras algún griego pequeño, vivaracho y mordaz, para anonadar á los bárbaros y demostrar la superioridad de su raza, rompía á declamar fragmentos de alguna oda aprendida en el puerto de Pireo ó entonaba una melopea lenta y dulce que se perdía entre el rumor de las conversaciones, el crujido de mandíbulas y el choque de los platos.

Pedían más luz: cada vez se hacía más densa la atmósfera humosa de la hostería, y las llamas de las lámparas se marcaban apenas como gotas de sangre sobre las paredes negras de hollín. De la inmediata cocina llegaba un vaho de salsas picantes y leña humosa, que hacía llorar y toser á muchos parroquianos. Algunos estaban ebrios á poco de comenzar la comida, y pedían coronas de flores á los esclavos para adornarse como en los banquetes de los ricos. Otros aplaudían con rugidos al ver cómo se iluminaba el antro con el resplandor sangriento de las teas que encendía el dueño. Los esclavos agitábanse tras el mostrador de piedra, volcando las grandes ánforas, y corrían á la cocina para salir inmediatamente rojos de asfixia, sosteniendo los grandes platos. Esparcíase el vino por el suelo al volcarse una crátera, y de vez en cuando, al asomar en las ventanas las pintadas caras de algunas rameras —lobas del puerto que esperaban el momento de hacer irrupción en la hostería—, los marineros las saludaban con grandes risotadas, imitando el aullido de la bestia cuyo nombre las servía de apodo, y arrojábanlas parte de su comida, que se disputaban ellas entre arañazos y chillidos.

Los platos eran todos excitantes, propios para acompañar con un sorbo cada bocado. Los griegos comían caracoles nadando en salsa de azafrán; las sardinas frescas del golfo aparecían en rueda sobre los platos, festoneadas de hojas de laurel; las coronas de pájaros se servían cubiertas de salsa verde; los pastores iberos se contentaban con peces secos y queso duro; los romanos y galos devoraban grandes trozos de cordero chorreando sangre; presentábanse las anguilas de los lagos del puerto con adornos de huevos cocidos; y todos estos platos y otros más, iban cargados de sal, de pimienta, de hierbas de olor acre, á las cuales atribuían las más extrañas cualidades. Todos sentían la necesidad de gastar su dinero, de hartarse y rodar ebrios por el suelo, consolándose así de la dura vida de privaciones que les esperaba en los barcos. Los romanos que partían al día siguiente, habían cobrado las pagas atrasadas y querían dejar sus sextercios en el puerto de Sagunto; los cartagineses hablaban con orgullo de su República, la más rica del mundo, y los demás marineros elogiaban á sus patrones, siempre generosos cuando tocaban en aquel puerto, de excelentes negocios. El hostelero iba arrojando sin cesar en el fondo de una ánfora vacía monedas de todas clases, lo mismo de Zazintho, con la proa de nave y la Victoria volando sobre ella, como de Cartago, con el caballo legendario y los espantosos dioses kabiros ó de Alejandría, con el elegante perfil de los Ptolomeos.

Los más burdos remeros sentían caprichos de potentado, la comezón de imitar durante una noche á los ricos para consolarse en los días de hambre con este recuerdo, y pedían ostras de Lucrino, que algunas naves traían en ánforas con agua de mar para los grandes comerciantes de Sagunto, ó el oxigarum, que los patricios de Roma pagaban á considerable precio; tripas de pescado salado preparadas con vinagre y especias que despertaban el apetito. El vino negro de Laurona y el de color de rosa del agro saguntino, parecían despreciables á los que tenían dinero. Despreciaban igualmente el de Marsella, hablando de la pez y el yeso con que lo preparaban, y pedían vinos de la Campania, Falerno, Massica ó Cecubo, que, á pesar de su precio, bebían en cimbas, vasos de barro saguntino en forma de barca, que contenían gran cantidad de líquido. Y junto con los platos calientes y la variedad de bebidas, desde la cerveza celtíbera á los vinos extranjeros, aquellos hombres devoraban grandes cantidades de verduras y frutas, hambrientos, por las largas permanencias en el mar, de los productos de los campos. Se arrojaban sobre los platos cubiertos de hongos, comían á puñados los rábanos aderezados con vinagre, los puerros, las acelgas y los ajos, y los montones de frescas lechugas de las huertas del agro desaparecían, dejando cubierto el suelo de hojas verdes y sucias de tierra.

El griego contemplaba este espectáculo desde la puerta, confundido con unos cuantos marineros que no encontraban sitio en la hostería. Á la vista del rudo banquete, el extranjero recordaba que no había comido desde por la mañana, cuando el encargado de los remeros de la nave de Polyantho le dió un pedazo de pan. La novedad del desembarco en una tierra desconocida, había hecho callar su estómago, acostumbrado á las privaciones; pero ahora, á la vista de tantos manjares, sentía el zarpazo del hambre, é instintivamente avanzaba un pie dentro de la hostería, retirándolo inmediatamente. ¿Para qué entrar? La bolsa que colgaba sobre su vientre contenía papirus atestiguando sus hechos pasados; tabletas para anotaciones que ayudasen su memoria: hasta guardaba en ella las pinzas de depilar y un peine, todos los menudos objetos de que no se despojaba un buen griego, amante del cuidado personal; pero por más que buscase en ella, no encontraría un óbolo. En la nave le habían admitido gratuítamente al verle vagabundo en los muelles de Cartago-Nova, porque el piloto respetaba á los griegos de la Ática; se veía solo y hambriento en un país desconocido, y si entraba en la hostería queriendo comer sin presentar dinero, le tratarían como un esclavo, arrojándole á palos.

Atormentado por el vaho de las viandas y las salsas, prefirió huir, arrancándose á aquel suplicio de Tántalo; y al retroceder tropezó con un hombre alto, sin más traje que un sagum obscuro y unas sandalias con las correas cruzadas hasta las rodillas. Parecía un pastor celtíbero; pero el griego, al tropezarse con él y cruzar una rápida mirada, sintió la impresión de que no veía por primera vez aquellos ojos imperiosos, que hacían pensar en los del águila posada á los pies de Zeus.

El griego levantó los hombros con indiferencia. Lo que deseaba era acallar el hambre, dormir si le era posible hasta la salida del sol. Y huyendo de aquella barriada miserable, iluminada y ruidosa, buscó un sitio donde descansar, y se encaminó al Fano de Afrodita. El templo, situado en lo alto de la colina, tenía una ancha escalinata de mármol azul, cuyo primer peldaño arrancaba del muelle.

El griego se sentó en la pulida piedra proponiéndose esperar allí la llegada del día. La luna iluminaba toda la parte alta del templo; los ruidos de las casas del puerto llegaban hasta él amortiguados, confundidos y como arrollados al través de la gran calma de la noche, en la que se fundían el lejano murmullo del mar, el estremecimiento rumoroso de los olivares y el monótono canto de las ranas albergadas en las marismas.

Varias veces oyó el griego un grito estridente y lúgubre, semejante al aullido del lobo. De repente, sonó á sus espaldas; su nuca sintió un soplo caliente, y al volverse vió una mujer que se inclinaba hacia él con las manos en las rodillas, sonriendo con una expresión estúpida que desgarraba su boca, dejando al descubierto las encías, en las que se marcaban algunos claros.

—Salud, hermoso extranjero. Te he visto huir del bullicio; debes fastidiarte en la soledad, y vengo en tu busca para que seas feliz. Qué... ¿no puede ser?

El griego la reconoció al momento. Era una loba del puerto, una de aquellas infelices que había visto pulular en los desembarcaderos de todos los pueblos; cortesanas cosmopolitas y miserables, amantes de una noche de hombres de todos colores y razas, sin más voluntad que la de caer de espaldas, con unos cuantos óbolos en la mano, sobre una piedra ó á la sombra de una barca; antiguas hetarias sumidas en el embrutecimiento, esclavas fugitivas buscando la libertad en la prostitución, la suciedad y la embriaguez; hembras que representaban el amor para los hombres crueles del mar; pobres bestias extenuadas de jóvenes por las excesivas caricias, y destinadas cuando viejas á ser tratadas á golpes.

El extranjero miraba aquella mujer todavía joven, y reconocía en ella algunos restos de belleza; pero enflaquecida, los ojos lacrimosos, la boca desfigurada por los dientes rotos. Iba envuelta en una amplia tela que debió ser de bellísimo tejido, pero sucia ya y deshilachada; sus pies estaban descalzos, y la enmarañada cabellera sosteníase con una peineta de cobre, á la que la infeliz había añadido algunas flores silvestres.

—Pierdes el tiempo viniendo aquí —dijo el griego con bondadosa sonrisa—. No tengo ni un óbolo en mi bolsa.

El acento dulce de aquel hombre, pareció intimidar á la pobre cortesana. Era una criatura acostumbrada á los golpes: para ella el hombre representaba el empellón brutal, el placer manifestado con mordiscos; y ante la dulzura del griego, se mostró desconcertada y recelosa, como si presintiera un peligro.

—¿No tienes dinero? —dijo con humildad después de un largo silencio—. No importa, aquí me tienes. Me gustas; soy tu esclava: entre toda esa gente que alborota en la hostería, mis ojos han ido á tí.

Y se inclinaba sobre el griego, acariciando con las endurecidas manos sus cabellos rizados, mientras él la examinaba con ojos de compasión, viendo su pecho deprimido, su regazo combado, en el que parecían haber impreso todos los pueblos la huella de su paso.

El extranjero, hambriento y solo en una tierra desconocida, se sentía atraído por la bondad de aquella infeliz: era la fraternidad de la miseria.

—Si deseas no estar sola, permanece á mi lado: habla lo que quieras, pero no me acaricies. Tengo hambre: nada comí desde el amanecer, y en este momento cambiaría todas las dulzuras de Citerea por la pitanza de cualquier marinero.

La ramera se incorporó á impulsos de la sorpresa.

—¿Hambre tú?... ¿Tú desfalleces de hambre cuando yo te creía alimentado con la ambrosía de Zeus?

Y sus ojos delataban el mismo asombro que si viera á Afrodita, la diosa de blancas desnudeces, guardada arriba en su templo, descender del pedestal de mármol, ofreciéndose con los brazos abiertos, por un óbolo, á los remeros del puerto.

—Espera, espera —dijo con resolución, después de reflexionar largo rato.

El griego vió como corría hacia las chozas, y cuando ya el cansancio y la debilidad comenzaban á cerrar sus ojos, la sintió otra vez junto á él, tocándole en un hombro.

—Toma, mi señor. Me ha costado mucho encontrar esto. La cruel Lais, una vieja horrible como las Parcas, que nos ayuda á vivir en los días difíciles, ha accedido á darme su cena después de hacerme jurar que á la salida del sol le entregaré dos sextercios. Come, amor; come y bebe.

Y colocaba sobre los peldaños un pan moreno en figura de disco, unos peces secos, medio queso saguntino blanco, tierno y rezumando suero, y una jarra de cerveza celtíbera.

El griego se abalanzó á la comida y comenzó á devorar, seguido por la mirada de la loba, que se dulcificaba por momentos, tomando una expresión casi maternal.

—Quisiera ser tan rica como Sónnica, una que, según cuentan, comenzó como cualquiera de nosotras, y es dueña de muchas de esas naves, y tiene jardines asombrosos como el Olimpo, y tropas de esclavos, y fábricas de alfarería, y medio agro es de su propiedad. Quisiera ser rica aunque sólo fuese por esta noche, para regalarte con cuanto de bueno hay en el puerto y en la ciudad; para darte un banquete como los de Sónnica, que duran hasta el día, y donde tú, coronado de rosas, bebieses el Samos en copa de oro.

El griego, conmovido por la sencillez y la ingenuidad conque hablaba aquella infeliz, la miró con dulzura.

—No me lo agradezcas: yo soy quien debo darte gracias por la felicidad que me proporciona darte de comer... ¿Qué es esto? No lo sé. Nunca se aproximó á mí hombre alguno sin darme algo. Unos monedas de cobre, otros algún pedazo de tela ó una pátera de vino: los más golpes y mordiscos: todos me han dado algo, y yo sufría y los detestaba. Y tú que llegas pobre y hambriento, que no me buscas, que me rehuyes, que nada me das, ha bastado que estés junto á mí para que discurra por mi cuerpo una felicidad desconocida. Al darte de comer me siento ebria como si saliera de un festín. Dí, griego: ¿eres realmente un hombre ó eres el padre de los dioses que ha venido á honrarme descendiendo á la tierra?

Y exaltada por sus propias palabras, púsose en pie en mitad de la escalinata, y extendiendo sus brazos rígidos hacia el templo bañado por la luna, exclamó:

—¡Afrodita! ¡Mi diosa! Si algún día llego á reunir lo que cuestan dos palomas blancas, las presentaré en tu ara adornadas con flores y cintas de color de fuego, para recuerdo de esta noche.

El griego bebía el amargo líquido de la jarra y la tendió á la cortesana, que buscó en el barro el mismo sitio que habían rozado los labios de su compañero, para poner los suyos.

No tocó la parte de la cena que le presentaba el griego: únicamente siguió bebiendo, lo que parecía darla mayor locuacidad.

—¡Si supieras lo que me ha costado encontrar todo esto!... Las callejuelas están llenas de ebrios, que, revolcándose en el barro y arrastrándose sobre las manos, te rasgan las ropas y te muerden las piernas. El vino corre por fuera de las puertas de las hosterías. En el muelle reñían hace poco. Unos africanos curaban á un compañero, metiéndolo de cabeza en el agua: un celtíbero se la había abierto de un puñetazo. Á Tuga, una muchacha ibera, se divierten cogiéndola por los pies y metiéndola de cabeza en la crátera más grande de la taberna, hasta que la retiran medio ahogada por el vino. Es la diversión de siempre. Á la pobre Albura, una amiga mía, la he visto sentada en el suelo chorreando sangre, sosteniéndose en la palma de la mano un ojo que le había hecho saltar de un puñetazo un egipcio ebrio. ¡Lo de todas las noches! Y, sin embargo, ahora me da miedo: apenas si te conozco y parece que vivo en un mundo nuevo, que me doy cuenta por primera vez de lo que me rodea.

Y á continuación le relató su historia. La llamaban Bachis y no conocía con certeza su país. Había nacido sin duda en otro puerto, porque recordaba confusamente en los primeros años de su vida un largo viaje en una nave. Su madre debió ser alguna loba de puerto y ella el fruto del encuentro con un marinero. Aquel nombre de Bachis que le habían dado desde pequeña era el de muchas cortesanas famosas de Grecia. Una vieja la compró sin duda al piloto que la trajo á Sagunto, y niña aún, mucho antes de sentirse mujer, conoció el amor, viendo visitada la choza de la vieja por negociantes ancianos del puerto y libertinos de la ciudad que se recomendaban unos á otros aquel cuerpo infantil, débil y pobre, en el que aún no se marcaban los abultamientos del sexo. Al morir su dueña se hizo loba y pasó á poder de los marineros, de los pescadores, de los pastores de la inmediata sierra, de toda la muchedumbre brutal que pululaba en el puerto.

Aún no había cumplido veinte años y estaba envejecida, ajada, exprimida por los excesos y los golpes. La ciudad la veía siempre de lejos. En toda su vida sólo había entrado en ella dos veces. Allí no toleraban á las lobas. Consentían su permanencia junto al Fano de Afrodita como garantía para la seguridad de Sagunto, que así tenía alejadas á las gentes de todos los países que llegaban al puerto; pero en la ciudad, los iberos de puras costumbres se indignaban á la vista de las cortesanas, y los griegos corrompidos eran demasiado refinados en sus gustos para sentir misericordia ante aquellas vendedoras de amor que caían como bestias en celo al borde de un camino por un racimo de uvas ó un puñado de nueces.

Y allí, á la sombra del templo de Venus, transcurriría su vida, esperando siempre nuevas naves y hombres nuevos que caían sobre ella, velludos, obscenos y brutales como sátiros, mordidos por las abstinencias del mar, hasta que un día la asesinasen en una riña de marineros ó apareciese muerta de hambre al lado de una barca abandonada.

—Y tú ¿quién eres? —terminó diciendo Bachis—. ¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Acteón: mi patria es Atenas. He corrido mucho mundo: en unas partes he sido soldado, en otras navegante: he peleado, he comerciado y hasta he compuesto versos y hablado con los filósofos de cosas que tú no entenderías. He sido rico muchas veces y ahora tú me das de comer. Ésa es toda mi historia.

Bachis le miraba con ojos de admiración, adivinando al través de sus concisas palabras todo un pasado de aventuras, de terribles peligros y de prodigiosos vaivenes de la fortuna. Recordaba las hazañas de Aquiles y la aventurera vida de Ulises, tantas veces oídas en los versos que declamaban los marineros griegos al sentirse ebrios.

La cortesana, reclinándose en el pecho de Acteón, acariciaba con una mano su cabellera. El griego, agradecido, sonreía fraternalmente á Bachis con la misma frialdad que si fuese una niña.

Dos marineros salieron de entre las chozas y comenzaron á tambalearse en el muelle. Un aullido penetrante que parecía desgarrar el aire, sonó junto á los oídos de Acteón. Su amiga, impulsada por la costumbre, con el instinto del vendedor que adivina de lejos al parroquiano, se había puesto de pie.

—Volveré, mi dueño. Me olvidaba de la terrible Lais. Tengo que darle su dinero antes que salga el sol. Me pegará como otras veces si no cumplo mi promesa. Espérame aquí.

Y repitiendo su aullido feroz, fué en busca de los marineros, que se habían detenido y saludaban con risotadas y palabras obscenas los gritos de la loba.

Al verse solo el griego, con el hambre aplacada, experimentó cierto disgusto pensando en su reciente aventura. ¡Acteón el ateniense, el que las hetarias más ricas de la hermosa ciudad se disputaban en el Cerámico, protegido y adorado por una ramera del puerto!... Para no volver á reunirse con ella, huyó de la escalinata, internándose en las callejuelas del puerto.

Otra vez vino á detenerse ante aquella hostería, en cuya puerta había sentido el tormento del hambre. Los marineros estaban en plena orgía. El hostelero apenas si podía hacerse respetar detrás del mostrador. Los esclavos, atemorizados por los golpes, se habían refugiado en la cocina. En el suelo, algunas ánforas rotas, dejaban escapar el vino como arroyos de sangre, y entre el glu-glu del líquido al empapar la tierra, revolcábanse los ebrios pidiendo á gritos bebidas de las que habían oído hablar vagamente en sus lejanos viajes, ó platos fantásticos ideados por los tiranuelos de Asia. Un egipcio hercúleo corría á cuatro pies imitando el rugido del chacal y mordiendo á las mujeres que habían entrado en la taberna. Algunos negros danzaban con movimientos femeniles, contemplando como hipnotizados los remolinos de su ombligo agitado por las contorsiones del vientre. En los rincones, sobre los poyos, caían revueltos hombres y mujeres bajo la cruda luz de las antorchas; el vaho de la carne desnuda y sudorosa mezclábase con el olor del vino; y en esta atmósfera de viandas y de hedor de fiera, algunos marineros, olvidando todo pudor, repelían con desprecio á las cortesanas para acariciarse entre sí, con la aberración sexual propia de la época.

En medio de este desorden, unos cuantos hombres permanecían inmóviles cerca del mostrador, disputando con aparente calma. Eran dos soldados romanos, un viejo marinero cartaginés y un celtíbero. La torpe lentitud de sus palabras, que tomaban con la cólera un tono aflautado, sus ojos rojizos inflamados de sangre y sus narices de aves de presa, cada vez más afiladas, revelaban esa terrible embriaguez, testaruda y camorrista, que se resuelve matando.

El romano recordaba su presencia en el combate de las islas Egatas, catorce años antes.

—Os conozco —decía con insolencia al cartaginés—. Sois una república de mercaderes nacidos para el embuste y la mala fe. Si se busca quién sabe vender más caro engañando al comprador, convengo en que sois los primeros; pero si se habla de soldados, de hombres, nosotros somos los mejores, los hijos de Roma, que con una mano empuñamos el arado y con la otra la lanza.

Y erguía con orgullo su redonda cabeza con el pelo rapado y las mejillas rasuradas, en las cuales las carrilleras del casco habían marcado duras callosidades.

Acteón miraba por una ventana al celtíbero, el único del grupo que permanecía silencioso, pero que tenía fijos sus ojos de brasa más arriba del coselete de bronce del legionario romano, en su desnudo cuello, como si le atrajeran las gruesas venas que se marcaban bajo la piel. Indudablemente aquellos ojos los había visto el griego en otro sitio; eran como esos antiguos conocidos cuyo nombre no se puede recordar. Había algo de falso en su persona, que el griego presentía con su fina astucia.

—Juraría por Mercurio que ese hombre no es tal como le veo. Algo más que un pastor parece, y el color bronceado de su cara no es el de los celtíberos por mucho que los tueste el sol. Tal vez es postiza esa larga cabellera que cae sobre su espalda...

No pudo continuar examinando á aquel hombre, porque absorbió toda su atención la disputa entre el legionario y el viejo cartaginés, los cuales se aproximaban cada vez más para oirse mejor, en medio del estrépito que reinaba en la hostería.

—Yo también estuve en la jornada triste de las Egatas —decía el cartaginés—. Allí recibí esta herida que me cruza el rostro. Es verdad que nos vencisteis; ¿pero qué demuestra esto? Muchas veces ví yo huir vuestras naves ante las nuestras, y en más de una ocasión conté en los campos de Sicilia los cadáveres romanos á centenares. ¡Ah, si Hanón no hubiese llegado tarde el día del combate en las islas! ¡Si Hamílcar hubiera tenido refuerzos!

—¡Hamílcar! —exclamó desdeñosamente el romano—. ¡Un gran caudillo que tuvo que pedirnos la paz! ¡Un comerciante metido á conquistador!...

Y reía con la insolencia del fuerte, sin miedo á la cólera del viejo cartaginés, que tartamudeaba queriendo contestar.

El celtíbero, hasta entonces silencioso, puso su mano sobre el viejo.

—Cállate, cartaginés. El romano tiene razón. Sois mercachifles incapaces de mediros con ellos en la guerra. Amáis demasiado el dinero para dominar por la espada. Pero los de tu casta, no sois todo Cartago: otros hay nacidos allá que sabrán hacer frente á esos labriegos de Italia.

El romano, al ver intervenir al rústico en su disputa, mostróse aún más altivo é insolente.

—¿Y quién ha de ser ese? —gritó con desprecio—. ¿El hijo de Hamílcar? ¿Ese rapazuelo que según cuentan tuvo por madre una esclava?

—De una prostituta fueron hijos los que fundaron tu ciudad, romano; y no está lejos el día en que el caballo de Cartago vaya á dar de coces á la loba de Rómulo.

El legionario se levantó trémulo de rabia, buscando su espada, pero inmediatamente dió un rugido feroz y cayó, llevándose las manos á la garganta.

Acteón había visto cómo el celtíbero introducía su diestra en la manga del sagum, y sacando un cuchillo, hería al legionario en aquel ancho cuello que contemplaba con fiera atención, mientras se burlaba de Cartago.

La hostería tembló con el estrépito de la lucha. El otro romano, al ver caído á su compañero, se abalanzó al celtíbero con la espada en alto, pero al momento recibió una cuchillada en el rostro y se sintió cegado por la sangre.

Era asombrosa la agilidad de aquel hombre. Sus movimientos tenían la elasticidad de la pantera: los golpes parecían rebotar sobre su cuerpo sin causarle daño. Cayó en torno de él una lluvia de jarros, de pedazos de ánfora, de espadas lanzadas al aire; pero él, con el brazo tendido y el cuchillo de punta, dió un salto hacia la puerta y desapareció.

—¡Á él! ¡á él! —clamaron los romanos persiguiéndole.

Y atraídos por el placer brutal de la caza al hombre, les siguieron todos los que en la hostería podían valerse aún de sus piernas. El tropel de hombres enardecidos por la vista de la sangre, saltó por encima del romano agonizante y de los borrachos inertes que roncaban junto al degollado. El griego les vió salir y fraccionarse en diversos grupos que siguieron distinta dirección para coger al celtíbero. Éste había desaparecido á los pocos pasos de la hostería como disuelto en la sombra.

El puerto se conmovió con el ardor de la persecución. Corrían luces por los muelles y por las callejuelas de la aldea; los lupanares y tabernas eran sometidos á un registro brutal por los romanos ebrios de cólera; originábanse nuevas disputas á la puerta de cada choza, iba á correr otra vez la sangre; y el griego, temiendo verse envuelto en una reyerta, volvió prontamente á la escalinata del templo. Bachis no había regresado, y el griego, subiendo los azules peldaños, fué á tenderse en el atrio del templo, ancha terraza pavimentada de mármol azul, sobre la cual las estriadas columnas que sostenían el frontón, trazaban sus oblicuas barras de sombra.

Al despertar Acteón sintió en su rostro el calor del sol. Los pájaros cantaban en los vecinos olivares, y junto á él sonaban voces. Al incorporarse vió que comenzaba la mañana, cuando él solo creía transcurridos algunos instantes desde que concilió el sueño.

Una mujer, una patricia estaba á corta distancia de él y le sonreía. Iba envuelta en una amplia tela de lino blanco, que descendía hasta sus pies en armoniosos pliegues, como el ropaje de las estatuas. De su rubia cabellera sólo se veían algunos bucles caídos sobre la frente. Mostraba la boca pintada de rojo; y los ojos negros, aterciopelados, con una caricia sedosa en la mirada, aparecían rodeados de una aureola azul por las fatigas de la noche. Al mover los brazos bajo el manto sonaban con argentino choque ocultas joyas, y la punta de la sandalia, asomando por el borde de su ropaje, brillaba como un astro de pedrería.

Detrás de ella dos esbeltas esclavas celtíberas, con el moreno y opulento pecho casi desnudo, y envueltas las piernas en telas multicolores, sostenían, la una, una pareja de palomas blancas, y la otra, sobre su cabeza, una canastilla cubierta de rosas.

Junto á la hermosa patricia, Acteón reconoció á Polyantho, el piloto saguntino, y al joven perfumado y elegante que estaba en el muelle con otro jinete á la llegada de la nave.

El griego púsose en pie, sorprendido por la hermosa aparición que le sonreía.

—Ateniense —díjole en griego con purísimo acento—. Yo soy Sónnica, la dueña de la nave que te ha traído aquí. Polyantho es mi liberto y ha hecho bien recogiéndote, pues conoce el interés que me inspira tu pueblo. ¿Quién eres tú?

—Yo soy Acteón y pido á los dioses que te colmen de favores por tu bondad. Que Venus guarde tu belleza mientras vivas.

—¿Eres navegante?... ¿comercias? ¿corres el mundo dando lecciones de elocuencia y de poesía?

—Soy soldado como lo fueron todos los míos. Mi abuelo murió en Italia cubriendo con su cuerpo al gran Pirro, que le lloró como un hermano: mi padre fué capitán de mercenarios al servicio de Cartago y lo asesinaron injustamente en la guerra llamada inexorable...

Calló unos instantes, como si este recuerdo le impidiera continuar, ahogando su voz, y luego añadió:

—Yo he guerreado hasta hace poco á las órdenes de Cleomenes, el último lacedemonio. Era uno de sus compañeros, y al caer vencido el héroe, lo acompañé á Alejandría, lanzándome después á correr el mundo, por no poder sufrir la inercia del destierro. He sido también comerciante en Rhodas, pescador en el Bósforo, labrador en Egipto y poeta satírico en Atenas.

La hermosa Sónnica sonreía, aproximándose á él. Era un ateniense poseedor de todas las cualidades de aquel pueblo tan amado por ella; uno de aquellos aventureros, acostumbrados á los vaivenes de la fortuna, rondadores del mundo y cronistas muchas veces de los hechos de su vida, cuando llegaban á la vejez.

—¿Y á qué vienes aquí?

—Aquí estoy como podía hallarme en otra parte. Me ofreció tu piloto traerme á Zazintho y vine. Me ahogaba en Cartago-Nova. Podía haberme alistado en las tropas de Hanníbal; bastaba tal vez decir mi origen para ser bien recibido: los griegos se pagan caros en todos los ejércitos. Pero aquí hay guerra también y prefiero mejor ir contra los turdetanos, servir á una ciudad que no conozco, pero que no me ha hecho daño alguno.

—¿Y has dormido aquí esta noche? ¿No has encontrado cama en las hosterías?

—Lo que no encontraba era un óbolo en mi bolsa. Si cené fué por la ternura de una infeliz ramera que partió conmigo su miseria. Soy pobre y desfallecía de hambre. No me compadezcas, Sónnica, no me mires con ojos de misericordia. Yo he dado banquetes desde que anochecía hasta la salida del sol: en Rhodas, á la hora de las canciones, arrojábamos por las ventanas los platos de metal á los esclavos. La vida del hombre debe ser así: como los héroes de Homero, rey en una parte y mendigo en la otra.

Polyantho miraba con interés á aquel aventurero, y el elegante Lacaro, que al principio se oponía á que su amiga Sónnica despertase á un griego tan mal vestido, aproximábase á él, reconociendo la elegancia ateniense bajo su exterior mísero, y proponiéndose hacerle su amigo para tomar provechosas lecciones.

—Ven hoy á mi quinta —dijo Sónnica— cuando el sol empiece á caer. Cenarás con nosotros. Pregunta á cualquiera por mi casa, y todos sabrán guiarte. Una de mis naves te ha traído á esta tierra y quiero que encuentres la hospitalidad bajo mi techo. Ateniense, hasta luego: yo también soy de allá, y viéndote parece que aún fulgura ante mis ojos la lanza de oro de Palas en lo más alto del Parthenón.

Sónnica, despidiéndose con una sonrisa del ateniense, se dirigió al templo, seguida de sus dos esclavas.

Acteón oyó lo que hablaban Lacaro y Polyantho fuera del templo. La noche anterior la habían pasado en casa de Sónnica. Al amanecer habían abandonado la mesa. Lacaro aún llevaba en su cabeza la corona del banquete con las rosas mustias y deshojadas. Al saber Sónnica que habían llegado aquellas danzarinas de Gades que aguardaba con impaciencia para ofrecerlas en sus cenas, sintió el capricho de ver á Polyantho y su nave, y quiso de paso hacer un sacrificio á Afrodita, como siempre que iba al puerto. Y en su gran litera, acompañada de Lacaro y las dos esclavas, había hecho la escapatoria, proponiéndose dormir á la vuelta, pues los más de los días permanecía en el lecho hasta bien entrada la tarde.

El piloto se alejó hacia su nave para echar á tierra la tropa de danzarinas, y Acteón se aproximó con Lacaro á la puerta del templo, completamente abierta.

El interior era sencillo y hermoso. Un gran espacio cuadrado quedaba descubierto en la techumbre para dar luz al templo, y el sol, descendiendo por esta claraboya, prestaba la glauca vaguedad del agua del mar á aquellas columnas azules, con sus capiteles que representaban conchas, delfines y amorcillos empuñando el remo. En el fondo, surgiendo de una dulce penumbra cargada de los perfumes de los sacrificios, destacábase la diosa, blanca, arrogante y soberbia en su desnudez, como al emerger por vez primera de las espumas, ante los atónitos ojos de los hombres.

Cerca de la puerta estaba el ara. Junto á ella el sacerdote, con amplio manto de lino sujeto á la cabeza con una corona de flores, tomaba las ofrendas á la diosa de manos de la misma Sónnica.

Cuando ésta salió al peristilo, abarcó con una mirada amorosa el mar, cubierto de espumas, el puerto que brillaba como un triple espejo, el verde é inmenso valle y la lejana ciudad, que tomaba un tinte de oro bajo los primeros rayos del sol.

—¡Qué hermoso!... Contempla, Acteón, nuestra ciudad. La Grecia no es más bella.

Al pie de la escalinata esperaba su litera, una verdadera casa cerrada con cortinas de púrpura y rematada en sus cuatro ángulos por penachos de hermosas plumas de avestruz. Ocho esclavos atléticos, de hinchados músculos, la sostenían.

Sónnica hizo entrar en su vivienda ambulante á las esclavas, empujó á Lacaro, al que trataba como á un ser inferior, cuya familiaridad se tolera por capricho, y volviéndose hacia el griego, de pie en lo alto del templo, le sonrió por última vez, saludándole con un signo de su mano, cubierta de sortijas hasta las uñas, y que trazaba á cada movimiento regueros de luz en el aire.

Se alejó la litera rápidamente por el camino de la ciudad, al mismo tiempo que Acteón se sentía acariciado en el cuello por unas manos.

Era Bachis, más ajada y más harapienta á la luz del sol. Tenía un ojo amoratado y manchas cárdenas en los brazos.

—No pude venir —dijo con humildad de esclava—. Hasta hace poco no me han soltado. ¡Qué gentes! Apenas si me dieron para pagar á Lais... Toda la noche pensando en tí, mi dios, mientras me atormentaban echándome á la cara sus bufidos de sátiros cansados.

Acteón volvía el rostro evitando sus caricias. Percibía el olor de vino de aquella infeliz, ebria y agotada después de su aventura de la noche.

—¿Me huyes?... Lo comprendo. Te he visto hablar con Sónnica la rica, á quien sus amigos llaman la más bella de Zazintho. ¿Vas á ser su amante? Comprendo que te adore: al fin no es más que una mujer como yo... Dí, Acteón: ¿por qué no me llevas contigo? ¿por qué no me haces tu esclava?... Sólo te pido una noche como precio.

El griego repelió sus flacos brazos que intentaban envolverle, para mirar al camino, donde resonaban trompetas y se veían brillar cascos y lanzas en el centro de una gran nube de polvo.

—Son los legados de Roma que se marchan —dijo la cortesana.

Y atraída por el encanto que los hombres de guerra ejercían sobre su admiración infantil, bajó la escalinata del templo para ver de más cerca la comitiva.

Marchaban al frente los trompeteros de la nave romana, soplando en sus largos tubos de metal, con las mejillas ceñidas por anchas bandas de lana. Una escolta de ciudadanos de Sagunto rodeaba á los embajadores, haciendo caracolear sus velludos caballos celtíberos, tremolando sus lanzas y cubierta la cabeza con los cascos de triple cimera, que aún guardaban las huellas de los golpes recibidos en las últimas escaramuzas con los turdetanos. Algunos ancianos del Senado saguntino, marchaban inmóviles sobre sus grandes caballos, la blanca barba esparcida en el pecho, y descendiendo hasta los estribos, en grandes pliegues, el obscuro manto, retenido sobre la cabeza por una tiara bordada. La enseña de Roma, rematada por la loba, era sostenida por un fuerte classiari, y tras ella marchaban los legados con la rapada y redonda cabeza al descubierto; el uno obeso y con triple barba de grasa; el otro enjuto, nervudo y con nariz afilada de ave de presa; los dos con coraza de bronce cincelada, las piernas cubiertas con coturnos de metal, y sobre los arqueados muslos, la faldilla de color de heces de vino, adornada con sueltas tiras de oro, que se agitaban al menor salto de los caballos.

Al llegar al muelle la comitiva, por entre los grupos de marineros, pescadores y esclavos, cruzóse con una tropa de mujeres arrebujadas en sus mantos, que caminaban guiadas por un viejo de ojos insolentes y boca sumida, con ese aspecto repulsivo que toman los eunucos al vivir en perpetuo contacto con la mujer esclavizada. Eran las danzarinas de Gades, que al abandonar la nave de Polyantho, pasaban desapercibidas por entre el estrépito de la despedida.

Unas mujeres, saliendo del muelle de los pescadores, entregaron á los legados coronas tejidas con florecillas de los cercanos montes y lirios de las lagunas. Las aclamaciones se extendían á lo largo del muelle, ante los grupos indiferentes de los marineros de todos los países.

—¡Salud á Roma! ¡Que Neptuno os proteja! ¡Los dioses os acompañen!

Acteón oyó tras él una carcajada burlona, y al volverse vió al pastor celtíbero que en la noche anterior había muerto al legionario.

—¿Tú aquí? —le dijo el griego con asombro—. ¿Estás solo y no te alejas de los romanos que te buscan?

Los ojos imperiosos del pastor, aquellos ojos extraños que despertaban en el griego confusos é inexplicables recuerdos, le miraron con altivez.

—¡Los romanos!... Les desprecio y les odio. Iría sin miedo hasta la cubierta de su nave... Preocúpate de tus asuntos, Acteón, y no te fijes en los míos.

—¿Cómo sabes mi nombre? —exclamó el griego con creciente sorpresa, admirado además de la perfección con que el rudo pastor hablaba el griego.

—Conozco tu nombre y tu vida. Tú eres el hijo de Lisias, capitán al servicio de Cartago, y como todos los de tu raza, ruedas por el mundo sin encontrarte bien en parte alguna.

El griego, tan fuerte y seguro de sí mismo en todas ocasiones, se sentía intimidado ante aquel hombre enigmático.

Absorbido en la contemplación del cortejo que despedía á los legados, había vuelto las espaldas á Acteón. Sus ojos expresaban odio y desprecio, viendo fulgurar á la luz del sol la loba de bronce de la enseña romana, saludada con entusiasmo por los saguntinos.

—Se creen fuertes, se creen seguros porque Roma les protege. Se imaginan muerta á Cartago, porque aquel Senado de mercaderes tiene miedo á faltar á los tratados con Roma. Han degollado á los saguntinos amigos del cartaginés, á los que de antiguo fueron amigos de los Barcas, y salían á saludar á Hamílcar cuando pasaba cerca de la ciudad en sus expediciones. No saben que hay quien no duerme mientras la paz subsista... El mundo es estrecho para los dos pueblos. ¡Ó el uno ó el otro!

Y como si le causasen el efecto de un latigazo las aclamaciones de la multitud, saludando el esquife en que los legados se alejaban hacia la libúrnica, y el estruendo de trompetería que estalló en la popa de la nave, el pastor, con los dientes apretados y los ojos rojizos por la ira, extendió sus brazos nervudos hacia el buque y murmuró como una confusa amenaza:

—¡Roma!... ¡Roma!