II

La ciudad

Estaba muy elevado el sol cuando Acteón marchó hacia la ciudad por el camino llamado de la Sierpe.

Cruzábase en su marcha con las carretas de odres de aceite y ánforas de vino. Las filas de esclavos encorvados bajo el peso de los fardos y con los pies cubiertos de polvo, apartábanse al borde del camino para dejarle paso, con la sumisión y el encogimiento que inspiraba el hombre libre. El griego detúvose un momento ante los molinos de aceite, viendo girar las enormes piedras empujadas por esclavos encadenados, y siguió adelante bordeando los montes, en cuyas cimas alzábanse las spéculas, rojas torrecillas que con sus hogueras anunciaban á la Acrópolis de Sagunto la llegada de las naves ó los movimientos que se notaban en la vertiente opuesta, donde comenzaba el territorio de los hostiles turdetanos.

El inmenso agro, extendía su fertilidad bajo la lluvia de oro del sol de la mañana. De las aldeas, de las casas de campo, de todas las innumerables viviendas esparcidas en el extenso valle, afluía gente al camino de la Sierpe, marchando hacia la ciudad.

La mayoría del pueblo saguntino vivía en el campo, cultivando la tierra. La ciudad era relativamente pequeña. Sólo vivían en ella los comerciantes y los ricos agricultores, la magistratura y los extranjeros. Cuando amagaba algún peligro, cuando los turdetanos intentaban una invasión en tierra saguntina, todo el pueblo afluía á la ciudad, buscando el amparo de los muros; y los rústicos, llevando por delante sus rebaños, iban á confundirse con los artesanos de Sagunto, guareciéndose en aquel recinto que sólo visitaban los días de mercado.

Acteón adivinó por la mucha gente que llenaba el camino, que aquel día debía ser de ventas en el Foro. Marchaban en fila las campesinas con sus cestos en la cabeza cubiertos de hojas, sin más vestido que una túnica obscura que caía á lo largo de su cuerpo, marcando sus duros contornos á cada paso. Los labriegos, tostados, membrudos, llevando por todo traje un faldellín de pieles ó de burdo tejido, arreaban los bueyes de sus carretas, ó los asnos cargados de fardos, y á lo largo del camino sonaba el campanilleo continuo de los rebaños de cabras y el dulce mugido de las vacas entre nubecillas de polvo rojo que levantaban sus trotadoras pezuñas.

Algunas familias regresaban ya del mercado, mostrando con orgullo lo que habían adquirido en las tiendas del Foro á cambio de sus frutos; y los amigos deteníanse para admirar las telas nuevas, las copas de barro rojo, frescas y brillantes, los adornos de mujer de plata sólida, groseramente labrada, y acogían su vista con un ¡salve! de felicitación que hacía enrojecer de infantil orgullo á los poseedores.

Muchachas morenas, de miembros duros y enjutos y frente grande, con la cabellera estirada á la moda celtíbera, marchaban por parejas, sosteniendo en sus hombros largas perchas, de la que pendían ramos de flores para las señoras de la ciudad. Otras llevaban envueltos en hojas, para preservarlos del polvo, enormes tirsos de cerezas rojas, y en algunos momentos saltaban y gritaban entre ruidosas carcajadas, parodiando las voces y los gestos de la rica juventud de Sagunto, que con gran escándalo de la ciudad, se reunía en el jardín de Sónnica, para imitar ante la imagen de Dionisios las hermosas locuras de la Grecia.

Acteón admiraba la belleza del paisaje: los bosques de higueras que daban fama á Sagunto y comenzaban á cubrirse de hojas, formando con sus añosas ramas tiendas de verduras que tocaban el suelo; las viñas, como un oleaje de esmeralda, extendiéndose por toda la campiña y escalando los lejanos montes, hasta llegar á los bosques de pinos y carrascas; y los campos de olivos, plantados simétricamente sobre la tierra roja, formando columnatas de retorcidos fustes con capiteles de hojarasca plateada. La vista de este paisaje esplendoroso le conmovía, despertando en él los recuerdos de la niñez. Era aquel valle tan hermoso como la madre Grecia; allí se quedaría, si los dioses no volvían á empujarlo de nuevo en su desesperada peregrinación por el mundo.

Caminaba cerca de una hora, teniendo siempre frente á él la roja montaña con la ciudad en la falda, y arriba las innumerables construcciones de la Acrópolis. En una revuelta del camino, vió que la gente se detenía ante un altar: una larga ara de piedra, sobre la cual extendía sus escamosos anillos de mármol azul una enorme serpiente. Los campesinos depositaban flores y copas de barro llenas de leche ante la inmóvil bestia, que, con la cabeza erguida y abiertas las venenosas fauces, parecía amenazarles. En aquel mismo lugar había mordido la serpiente al desgraciado Zazintho, cuando regresaba á Grecia con los bueyes robados á Gerón, y en torno de su cadáver, quemado en lo alto de la Acrópolis, se creó la ciudad. La gente sencilla adoraba al reptil como uno de los fundadores de su patria, y con palabras cariñosas le rodeaba de ofrendas que luego desaparecían misteriosamente, lo que hacía creer á muchos que en las tinieblas recobraba su vida, oyéndose sus espantables silbidos desde muy lejos en las noches tempestuosas.

Acteón adivinaba su proximidad á Sagunto, viendo las tumbas que se levantaban á ambos lados del camino, con sus inscripciones llamando la atención del viandante. Detrás de éstas extendíanse jardines cerrados por espesos setos, sobre los cuales asomaban sus ramas los árboles frutales de las quintas de recreo. Algunas esclavas guardaban á los niños que jugaban y luchaban, desnudos y con un marcado tipo griego. En la puerta de un jardín un viejo obeso, envuelto en una clámide de púrpura, contemplaba el paso de la avalancha de gente miserable con la fría altivez de un comerciante enriquecido. En la terraza de una villa creyó ver Acteón un peinado á la ateniense teñido de oro, con cintas rojas entrelazadas, agitándose junto á él un abanico de plumas multicolores de pájaros de Asia. Eran las ricas quintas de los patricios de Sagunto retirados de los negocios.

Al aproximarse al río, el Bætis-Perkes, que separaba la ciudad de la campiña, el griego se fijó en que marchaba al lado de una adolescente, casi una niña, ante la cual trotaba un rebaño de cabras. Delgada, esbelta, de miembros enjutos y la piel de un color moreno y aterciopelado, parecía un muchacho, á no ser porque la corta túnica abierta en el costado izquierdo dejaba entrever el pecho ligeramente hinchado, con una suave redondez de taza, como un capullo que comenzaba á expansionarse con la savia de la juventud. Sus ojos negros, húmedos y grandes, parecían llenar toda su cara, bañándola de misterioso fulgor; y tras los labios, tostados y agrietados por el viento, brillaba una dentadura nítida, fuerte é igual. La cabellera, anudada sobre la nuca, habíala adornado con una guirnalda de amapolas cogidas entre el trigo. Llevaba en la espalda con varonil desembarazo una pesada red llena de quesos blancos, redondos como panes, frescos y rezumando aún el suero, y con la mano que le quedaba libre acariciaba los blancos vellones de una cabra de erguidos cuernos, la favorita, que se apretaba contra sus piernas, sonando la campanilla de cobre que llevaba al cuello.

Acteón se deleitaba examinando aquella figura juvenil, dura para el trabajo y en la cual la fresca juventud triunfaba de la fatiga. Su esbeltez, de líneas rectas y armoniosas, le recordaba la elegancia de las figurillas de Tanagra sobre las mesas de las hetarias de Atenas; la arrogante adolescencia de las canéforas pintadas de negro en torno de los vasos griegos.

La muchacha le miró varias veces y acabó por sonreir, enseñando su dentadura con la confianza de la juventud que se siente admirada.

—Eres griego, ¿verdad?...

Le hablaba como las gentes del puerto, en aquel idioma extraño de ciudad mercantil abierta á todos los pueblos, mezcla de celtíbero, griego y latín.

—Soy de Atenas. ¿Y tú quién eres?

—Me llaman Ranto y mi señora es Sónnica la rica. ¿No has oído hablar de ella? Tiene naves en todos los puertos, esclavos á centenares y bebe en copas de oro. ¿Ves sobre aquellos olivos por la parte del mar una torrecilla de color de rosa? Pues es la quinta donde vive apenas el invierno le permite abandonar la ciudad. Yo estoy adscrita á la quinta y soy de su servidumbre durante el buen tiempo. Mi padre es el encargado de sus rebaños, y muchas veces baja ella á nuestros establos para juguetear con las cabras.

Acteón estaba asombrado de la frecuencia con que oía hablar de Sónnica desde que puso el pie en tierra saguntina. El nombre de aquella mujer opulenta, al que unos llamaban la rica y otros la cortesana, estaba en todas las bocas. La pastorcilla, que parecía sentir cierta atracción hacia el extranjero, continuó hablando.

—Ella es buena. De tarde en tarde aparece triste, dice que desfallece de fastidio en medio de sus riquezas, todo le es indiferente, y entonces es capaz de dejar que crucifiquen á todos sus esclavos sin protestar. Pero cuando está alegre es buena como una madre y nos libra del castigo. El malo es su intendente, el encargado de los esclavos; un ibero liberto que nos vigila y á cada instante amenaza con el látigo y la cruz. Á mi padre lo ha fustigado varias veces por una oveja perdida, por una cabra que se rompe las patas, por un poco de leche derramada en la quesería. Yo misma habría recibido sus golpes á no ser por el respeto que me tiene al verme acariciada algunas veces por Sónnica.

Ranto hablaba de la terrible situación de los esclavos con la naturalidad de una criatura acostumbrada desde su nacimiento á presenciar tales rigores.

—En invierno —continuó— voy con mi padre á la montaña, y aguardo con impaciencia la llegada del buen tiempo para que la señora vuelva á la villa, y bajar yo al llano, donde hay flores. Entonces puedo pasar el día entero á la sombra de los árboles rodeada de mis cabras.

—¿Y cómo has aprendido algo de griego?

—Lo habla Sónnica con los ricos de la ciudad que son sus amigos y con las esclavas que la sirven. Además...

Se detuvo unos instantes, y sus pálidas mejillas se colorearon.

—Además —continuó animosamente—, también lo habla mi amigo Eroción, el hijo de Mopso el arquero que vino de Rhodas; un amigo que me ayuda á guardar las cabras cuando no trabaja en la alfarería, que también es de Sónnica.

Y señalaba los grandes talleres inmediatos al río; las famosas alfarerías saguntinas, que elevaban entre muros de arcilla las cúpulas de sus hornos, semejantes á enormes colmenas rojas.

Á un lado del camino, entre los árboles, sonaron unas notas dulces, unas escalas locas y regocijadas de caramillo, y Acteón vió saltar á la calzada un muchacho casi de la misma edad de Ranto, alto, enjuto, descalzo y sin otra vestidura que una piel de cabra que, sujeta del hombro izquierdo y dejando al descubierto el derecho, se anudaba en torno de sus riñones. Los ojos parecían brasas, y el cabello negro, de tonos azulados y formando cortos rizos, se agitaba con los nerviosos movimientos de la cabeza, como un espeso toisón. Los brazos, enjutos y fuertes, con la piel hinchada por la tensión de venas y tendones, estaban teñidos hasta el codo por el rojo de la arcilla.

Acteón, al contemplar su perfil corto y correcto de hermoso adolescente y la vivacidad nerviosa de su cuerpo, recordó á los aprendices de los escultores de Atenas; la juventud artista que en las horas de sol, antes de volver al taller, escandalizaba con sus juegos en el paseo del Cerámico á los tranquilos ciudadanos.

—Éste es Eroción —dijo Ranto, que sonreía dulcemente al ver á su amigo—. Aunque nacido en Sagunto, es griego como tú, extranjero.

El adolescente no miraba á la joven; contemplaba con respeto al desconocido.

—Eres de Atenas, ¿verdad? —dijo con admiración—. No puedes negarlo. Pareces Ulises cuando peregrinaba por el mundo al través de las aventuras que relata el padre Homero. Te he visto tal como eres en vasos y en relieves, igual en figura y traje al esposo de Penélope. Salud, hijo de Palas.

—¿Y tú, eres también esclavo de Sónnica?

—No —se apresuró á decir con altivez el muchacho—. La esclava es Ranto, y tal vez algún día no lo sea: yo soy libre, mi padre es Mopso, griego de Rhodas y primer arquero de Sagunto. Vino de allá sin más fortuna que su arco y sus flechas, y hoy es rico, después de la última expedición contra los turdetanos, y figura el primero en la milicia de la ciudad. Yo trabajo en la alfarería de Sónnica, que me quiere mucho. Ella fué quien me puso el nombre de Eroción, porque de pequeño parecía un amorcillo. No soy de los que amasan el barro, ni de los que giran el torno para dar forma á los vasos. Me llaman el artista, hago orlas de follaje, esculpo animales, sé hacer de memoria la cabeza de Diana, y nadie como yo puede grabar en el barro el gran sello de Sagunto. ¿Sabes cómo es? La nave sin velas, con tres órdenes de remos, y volando sobre ella la Victoria, con largos ropajes, depositando una corona en la proa. Soy capaz, si tú quieres, de esculpir tu figura...

Pero se detuvo como avergonzado por estas últimas palabras, y añadió con tristeza:

—¡Cómo te burlarás de mí, extranjero! Tú vienes de allá, de aquel país portentoso, del que tantas veces me habla mi padre. Habrás visto el Parthenón, la Palas Atenea, que los navegantes distinguen sobre el mar mucho antes de ver Atenas, el asombroso desfile de caballos de la methopas, los prodigios de Fidias... ¡Cómo deseo ver todo eso! Cuando llega al puerto alguna nave de Grecia, huyo de la alfarería, y paso los días en las tabernas de los marineros. Bebo con ellos, les regalo figurillas en posiciones lúbricas que les hacen reir, todo para que me cuenten lo que han visto, los templos, las estatuas, las pinturas: y sus relatos, en vez de calmarme, excitan mi deseo... ¡Ay, si Sónnica quisiera! ¡Si me dejara ir en una de sus naves cuando se hacen á la vela para Grecia!...

Después añadió con energía:

—Ésta que ves aquí, mi dulce Ranto, es la única que me sostiene. Si ella no existiese, hace tiempo que habría buscado al gubernator de una nave, vendiéndome como esclavo, si era preciso, para correr el mundo, para ver la Grecia y ser un artista como esos á los que tributáis allá los mismos honores que á los dioses.

Siguieron caminando un buen rato silenciosos los tres, tras la nubecilla de polvo que levantaban las cabras. El muchacho iba poco á poco recobrando su serenidad al lado de Ranto, que había cogido una de sus manos.

—¿Y tú á qué vienes aquí? —preguntó á Acteón.

—Vengo como vino tu padre. Soy un griego sin fortuna, y quiero ofrecer mis brazos á la república saguntina en sus guerras con los turdetanos.

—Habla con Mopso. Le encontrarás en el Foro ó arriba en la Acrópolis, cerca del templo de Hércules, donde se reúnen los magistrados. Se alegrará de verte; adora á los de su raza y saldrá fiador de tí ante la ciudad.

De nuevo se hizo el silencio. El griego veía las miradas amorosas que se cruzaban entre los dos adolescentes, el apretón cada vez más fuerte de sus manos entrelazadas, la tierna aproximación de sus cuerpos jóvenes y sanos, que se buscaban apoyándose mutuamente. Eroción, como obedeciendo á una súplica muda de su amada, había sacado del seno el caramillo de cañas agujereadas y soplaba en él dulcemente, haciendo una música tierna y pastoril, á la que contestaban las cabras con balidos.

El griego adivinó que su presencia iba pesando á la feliz pareja. Cada vez retardaban más el paso.

—Salud, hijos. Caminad sin prisa; la juventud llega á tiempo á todas partes. Ya nos veremos en la ciudad.

—Que los dioses te protejan, extranjero —contestó Ranto—. Si algo necesitas me encontrarás en el Foro. Allí he de vender estos quesos y otros que salieron al amanecer en la carreta del hortelano.

—Salud, ateniense. Habla con mi padre, pero no digas con quién me has visto.

Acteón atravesó el río por entre las carretas que se hundían en el agua hasta los ejes, y llegó ante los muros de la ciudad, admirando su fortaleza; las bases de piedra sin labrar y sin trabazón alguna, soportando las murallas y las torres de fuerte mampostería.

En la puerta del camino de la Sierpe, que era la principal, tuvo que detenerse ante la confusión que formaban hombres, carros y caballerías en el angosto túnel. Dentro de la ciudad y casi pegado á la muralla estaba el templo de Diana, un fano conocido por su antigüedad en todo el mundo, y que daba no poca fama á los saguntinos. Acteón admiró la techumbre de tablones de enebro, venerable por su remota fabricación, y deseoso de conocer pronto la ciudad, siguió adelante.

Vióse en una calle recta, al extremo de la cual ensanchábanse los edificios, abriendo un enorme espacio rectangular, una gran plaza cuadrada, con hermosas construcciones sostenidas por arcos bajo las cuales rebullía el gentío. Era el Foro. Por encima de los tejados del fondo veíanse casas y más casas, de paredes blancas; la ciudad escalando la falda del monte, y al final las murallas de la Acrópolis, las columnatas de los templos sosteniendo los frisos, formados por enormes piedras labradas.

Acteón, siguiendo la calle que conducía al Foro, recordaba el barrio marítimo del Pireo. Aquel era el distrito de los comerciantes, habitado en su mayor parte por griegos. Al través de las ventanas de los pisos bajos, veíase el movimiento del tráfico; esclavos que apilaban fardos; jóvenes de rizada barba y nariz de ave de presa, trazando en las tablillas de cera las complicadas cuentas de sus negocios; y ante las puertas de las casas, sobre pequeñas mesas, estaban expuestas las muestras de los géneros; montones de trigo ó de lana y pesados pedruscos de las minas. Los comerciantes, de pie y apoyados en el quicio de sus puertas, hablaban con sus clientes, gesticulando y poniendo á los dioses por testigos, con plañidero acento, de que se arruinaban en los negocios.

En algunos almacenes, el dueño, con vestidura de doradas flores, alta mitra y sandalias de púrpura, escuchaba silencioso á los parroquianos, con sus ojos claros de esfinge y acariciándose los anillos de la barba perfumada. Eran los traficantes de África y Asia, cartagineses, egipcios ó fenicios, que guardaban en sus casas materias preciosas; joyeles de oro, colmillos de marfil, plumas de avestruz y pedazos de ámbar. Ante sus puertas, deteníanse las mujeres ricas cubiertas de blancos mantos, seguidas de esclavas, y al hablar, avanzaban su sonrosado hocico al interior de la tienda, embriagándose con el hálito exótico, compuesto de las especies excitantes de Asia y los misteriosos perfumes del Oriente. Por entre los fardos, pasaban majestuosos, con estridentes graznidos, pájaros raros traídos de allá, que arrastraban como un manto real sus plumajes multicolores.

Acteón, después de examinar rápidamente estas tiendas, entró en el Foro. Era día de mercado, y toda la vida de la ciudad afluía á la gran plaza. Los hortelanos extendían cerca de los pórticos sus montones de hortalizas; los pastores del agro, amontonaban los quesos en pirámide delante de las cantarillas llenas de leche; y las mujeres del puerto, tostadas y casi desnudas, pregonaban el pescado fresco, colocado sobre un lecho de hojas en cestas planas de junco. En un extremo, los pastores de la montaña, vestidos de esparto, con aspecto feroz y armados de lanzas, vigilaban las vacas y los caballos puestos á la venta. Eran celtíberos, de los que se decía con horror que algunas veces comían carne humana y parecían sentirse presos dentro de la plaza, contemplando con ojos hostiles todo aquel movimiento de colmena tan distinto de la independiente soledad que gozaban en su vida errante. La riqueza de Sagunto excitaba su apetito de salteadores y cuatreros, y oprimiendo la lanza, miraban con ojos feroces el grupo de mercenarios armados al servicio de la ciudad, que en el fondo del Foro, sobre las gradas de un templo, custodiaban al senador encargado de hacer justicia en los días de mercado.

En el centro de la plaza agitábase la multitud comprando y discutiendo, adornada de mil colores y hablando diversas lenguas. Pasaban las virtuosas ciudadanas vestidas sencillamente de blanco, seguidas de esclavos que encerraban en sacos de red las provisiones para la semana; los griegos, con larga clámide de color de azafrán, lo curioseaban todo, discutiendo largamente antes de hacer una compra insignificante; los ciudadanos saguntinos, iberos que habían perdido su primitiva rudeza á consecuencia de infinitos cruzamientos, imitaban en sus vestiduras y actitudes el aspecto de los romanos, que eran por el momento el pueblo más estimado; y confundidos con estas gentes veíanse los indígenas del interior, barbudos, atezados, de luengas y revueltas melenas, atraídos por el mercado, á pesar de la repugnancia que les inspiraba la ciudad y especialmente los griegos por sus refinamientos y riquezas.

Algunos celtíberos, jefes de las tribus más cercanas á Sagunto, permanecían en medio del Foro á caballo, sin soltar la lanza y el escudo tejido de nervios de toro; cubiertos con el yelmo de triple cresta y la coraza de cuero, como si estuvieran en terreno enemigo y temiesen una asechanza. Sus mujeres, mientras tanto, ágiles, tostadas y varoniles, iban de un puesto á otro del mercado, agitando al andar su vestidura amplia, bordada de flores de colores vivos, y se detenían con admiración infantil ante la mesa de algún griego que vendía granos de cristal y collares y baratijas de bronce, cincelados groseramente.

Los mantos de lino finísimo y de púrpura costosa se rozaban con los miembros desnudos de los esclavos ó el sagum celtíbero de lana negra, prendido de los hombros con hebillas. Los peinados á la griega con las cintas rojas cruzadas, el penacho de rizos sobre el occipucio, semejante al llamear de una antorcha y la frente pequeña como signo de suprema hermosura, confundíanse con los peinados de las mujeres celtíberas, que llevaban la frente afeitada y bruñida para hacerla más grande, y ensortijaban sus cabellos en torno de un pequeño palo colocado sobre su cabeza, formando un cuerno agudo, del que pendía el velo negro. Otras celtíberas llevaban un fuerte collar de acero, del que salían algunas varillas que se unían sobre el peinado, y de esta jaula que encerraba la cabeza colgaban el velo, mostrando con orgullo la frente enorme, brillante y luminosa como un cuarto de luna.

Acteón pasó mucho tiempo admirando el tocado de estas mujeres y su aspecto varonil y belicoso. Su fino instinto de griego adivinaba el peligro al contemplar á los bárbaros, inmóviles sobre sus corceles en medio del Foro, dominando desde su altura con una mirada de odio á aquel pueblo de comerciantes y agricultores. Eran las aves de presa que para comer y subsistir en sus áridas montañas, habían de bajar al llano como ladrones. Rodeada Sagunto de tales pueblos, algún día tendría que entrar en lucha con todos ellos.

El griego, pensando en esto, entró bajo los pórticos donde se reunían los desocupados de la ciudad ante las tiendas de los barberos, los cambistas de moneda y los vendedores de vinos y refrescos. Acteón creyó encontrarse todavía en las galerías del Ágora de Atenas. Aunque empequeñecido, era aquel el mismo mundo de su ciudad natal. Graves ciudadanos que se hacían llevar por un esclavo la silla de tijera para sentarse á la puerta de una tienda á oir noticias; noveleros que circulaban de grupo en grupo, difundiendo las más estupendas mentiras; parásitos que buscaban una invitación para comer, adulando al rico más cercano y hablando mal de todo el que pasaba; pedagogos sin colocación, disputando á gritos sobre un punto de gramática griega, y jóvenes ciudadanos murmurando de los viejos senadores y afirmando que la república necesitaba hombres más fuertes.

Se hablaba mucho de la última expedición contra los turdetanos y de la gran victoria conseguida sobre ellos. Ya no levantarían la cabeza; su rey Artabanes, fugitivo en lo más apartado de sus territorios, debía estar escarmentado por la reciente derrota. Y los jóvenes saguntinos miraban con orgullo los trofeos de lanzas, escudos y cascos, suspendidos de las pilastras de los pórticos. Eran las armas de algunos centenares de turdetanos muertos ó prisioneros en la última expedición. En las tiendas de los barberos, se ofrecían á ínfimos precios muebles y adornos robados en las aldeas enemigas por los guerreros de Sagunto. Nadie los quería. La ciudad estaba llena de tales despojos: las milicias saguntinas habían vuelto, llevando tras sí un verdadero ejército de carretas repletas y un rebaño interminable de hombres y bestias. Todos sonreían al pensar en el triunfo, con la fría ferocidad de la guerra antigua, incapaz de perdón, y en la que la mayor de las misericordias para el vencido era la esclavitud.

Cerca del templo donde se administraba justicia, se situaba el mercado de esclavos. Estaban en el suelo, formando círculo, en cuclillas, cubiertos de harapos, las manos cruzadas sobre los pies y la barba apoyada en las rodillas. Los esclavos de nacimiento aguardaban al nuevo amo con la pasividad de bestias, los miembros descarnados por el hambre y la cabeza rasurada, cubierta por un gorro blanco. Otros, vigilados de más cerca por el traficante, eran barbudos, y sobre sus sucias cabelleras, llevaban una corona de ramas para indicar su calidad de esclavos cogidos en la guerra. Eran los turdetanos que no habían ofrecido rescate: en sus ojos aún se notaba el asombro y la rabia, al verse reducidos á la esclavitud. Muchos de ellos llevaban cadenas, y en su cuerpo estaban frescas la cicatrices de la reciente guerra. Miraban á aquel pueblo enemigo contrayendo la boca como si quisieran morder, y algunos agitaban su brazo derecho terminado por un informe muñón. Les habían cortado la mano guerreando con alguna de las tribus del interior, que acostumbraban á inutilizar de este modo á los prisioneros.

Los saguntinos miraban con indiferencia estos enemigos convertidos en cosas, en bestias, por la dura ley de la conquista, y olvidando á los turdetanos hablaban de las querellas de la ciudad, de la lucha de facciones, que parecía haberse sofocado con la intervención de los legados de Roma. Aún se notaban en las gradas del inmediato templo, las huellas de la sangre de los decapitados por afecto á Cartago, y los amigos de Roma, que eran los más, hablaban fuerte, alabando el enérgico consejo de los enviados de la gran República. La ciudad viviría ahora en paz y segura con la protección de Roma.

Acteón, que escuchaba las conversaciones de los grupos, al mirar hacia el templo creyó ver entre el gentío que subía y bajaba las gradas, al pastor celtíbero que en la noche anterior había muerto al legionario romano. Fué una visión rápida; su sagum negro se perdió entre los grupos, y el griego quedó indeciso, no sabiendo si realmente era él.

Avanzaba la mañana. Acteón había pasado mucho tiempo en el mercado y pensó que ya era hora de ocuparse de sus asuntos. Tenía que ver á Mopso el arquero arriba en la Acrópolis, y emprendió la ascensión por calles tortuosas pavimentadas de guijarros, con blancas casas, en cuyas puertas hilaban y tejían la lana las mujeres.

El griego, al llegar junto á la Acrópolis, admiró las murallas ciclópeas de grandes peñascos amontonados con raro arte y sólidamente unidos sin trabazón alguna. Allí estaba la cuna de la ciudad; el recuerdo de los compañeros de Zazintho, al establecerse entre los rudos indígenas.

Pasó bajo una larga bóveda, y se vió en la extensa meseta del monte, rodeada de murallas que podían abrigar una población tan grande como Sagunto. En esta inmensa planicie, esparcidos sin orden, alzábanse los edificios públicos, como un recuerdo de la época en que la ciudad estaba en la cumbre y aún no había descendido, ensanchándose hacia el mar. Desde sus murallas se apreciaba la inmensidad del fértil agro, los territorios de la República, perdiéndose por el Sur á lo largo de la playa, hasta el límite de los que ocupaban los Olcades; las innumerables aldeas y quintas, agrupadas en las riberas del Bætis-Perkes, y la ciudad, como un gran abanico blanco, en la falda del monte, encerrada por las murallas, sobre las cuales parecía saltar el oprimido caserío, esparciéndose por las huertas.

Acteón, volviendo su vista al cerrado recinto de la Acrópolis, contemplaba el templo de Hércules. Cerca de él, la columnata en la cual se reunía el Senado; el taller donde se acuñaba la moneda; el templo en que se custodiaba el tesoro de la República; el arsenal donde se armaban los ciudadanos; la caserna de los mercenarios, y dominando todos estos edificios, la torre de Hércules, construcción enorme y ciclópea, que de noche contestaba con sus llamaradas á las spéculas de la playa y de los montes del puerto, esparciendo la alarma ó la tranquilidad por todo el territorio saguntino. Además, una tropa de esclavos, dirigidos por un artista griego, daba los últimos retoques á un pequeño templo que Sónnica la rica había hecho elevar en la Acrópolis en honor de Minerva.

Los saguntinos que subían á la ciudadela para pasear tranquilamente contemplando su ciudad y los mercenarios que limpiaban las espadas y corazas de bronce á la puerta de su cuartel, miraban con curiosidad al griego.

Un saguntino de aspecto acomodado, envuelto en una toga roja á la romana y apoyado en un largo bastón, se aproximó á hablarle. Era un hombre de mediana edad, fuerte, con la barba y el cabello encanecidos y una expresión bondadosa en los ojos y en la sonrisa.

—Dime, griego —preguntó con dulzura—. ¿Á qué vienes aquí? ¿Eres mercader?... ¿Eres navegante? ¿Buscas para tu país la plata que nos traen los celtíberos?...

—No; soy un pobre que vaga por el mundo, y vengo á ofrecerme á la República como soldado.

El saguntino hizo un gesto de tristeza.

—Debí haberlo adivinado en el arma que te sirve de apoyo... ¡Soldados! ¡siempre soldados!... En otro tiempo no se veía en toda la ciudad una espada ni un dardo. Llegaban los extranjeros en sus naves repletas de mercancías, tomaban lo nuestro, nos daban lo suyo, y vivíamos en la paz que cantan los poetas. Ahora los que llegan, griegos ó romanos, africanos ó asiáticos, se presentan armados, son perros feroces que vienen á ofrecerse para guardar el rebaño que antes triscaba en paz sin miedo á los enemigos. Al ver todo este aparato bélico, al contemplar cómo se regocija la juventud de Sagunto relatando la última expedición contra los turdetanos, tiemblo por la ciudad, por la suerte de los míos. Ahora somos los más fuertes; ¿pero no vendrá alguien que lo sea más que nosotros y nos eche al cuello la cadena de esclavos?...

Y por encima de las murallas miraba la ciudad con amorosa tristeza.

—Extranjero —continuó—, me llaman Alco y mis amigos me apellidan el Prudente. Los ancianos del Senado atienden mis consejos; pero la juventud no los sigue. He comerciado, he corrido el mundo, tengo mujer é hijos que gozan de bienestar, y estoy convencido de que la paz es la felicidad de los pueblos y hay que sostenerla á todo trance.

—Yo soy Acteón, hijo de Atenas. Fuí navegante y naufragaron mis naves; comercié y perdí mi fortuna. Mercurio y Neptuno me trataron siempre como padres huraños y sin entrañas. He gozado mucho, he sufrido aún más, y hoy, mendigando casi, vengo aquí á vender mi sangre y mis músculos.

—Haces mal, ateniense: eres hombre y quieres convertirte en lobo. ¿Sabes lo que más admiro en tu pueblo? Que os burláis de Hércules y sus hazañas, y rendís culto á Palas Atenea. Despreciáis la fuerza para adorar la inteligencia y las artes de la paz.

—El brazo fuerte vale tanto como la cabeza en que Zeus puso su fuego.

—Sí; pero ese brazo empuja la cabeza á la muerte.

Acteón sentíase impacientado por las palabras de Alco.

—¿Conoces á Mopso el arquero?...

—Allí le tienes, junto al templo de Hércules. Le conocerás por su arma que no abandona nunca. Ése es otro de los que atrajo aquí el mal espíritu de la guerra.

—Salud, Alco.

—Que los dioses te protejan, ateniense.

Acteón reconoció al valeroso griego en el arco y la aljaba que colgaban de sus hombros. Era un hombre fornido, de luenga barba, que llevaba arrollado á sus guedejas grises un nervio de toro para suplir el que servía de cuerda al arco. Los brazos musculosos y fuertes delataban con la tirantez de sus tendones la forzada tensión á que se sometían para abrir el duro arco y disparar las flechas.

Acogió á Acteón con la respetuosa simpatía que por su superioridad inspiraban los atenienses á los griegos de las islas.

—Hablaré al Senado —dijo al enterarse de sus pretensiones—. Basta mi palabra para que seas admitido en los mercenarios con toda la distinción que mereces. ¿Has guerreado alguna vez?

—He hecho la guerra de Lacedemonia á las órdenes de Cleomenes.

—Famoso capitán; hasta aquí ha llegado el eco de las hazañas del rey espartano. ¿Qué es de él?

—Le abandoné cuando vencido, pero no domado, se refugió en Alejandría. Allí vivía desterrado bajo el amparo de Ptolomeo; pero según me dijeron ha poco en Cartago-Nova, por una intriga de palacio cayó en desgracia: el monarca egipcio le mandó asesinar, y Cleomenes, con sus doce compañeros, murió matando. Cuando cayó tenía ante él un montón de cadáveres.

—Digno final de un héroe... ¿Dónde aprendiste el arte militar?

—Comencé en Sicilia y Cartago en el campo de los mercenarios y terminé mi educación en el Pritaneo de Atenas. Mi padre fué Lisias, capitán al servicio de Hamílcar, asesinado después por los cartagineses en su guerra con los mercenarios que llamaron implacable.

—Famosas escuelas y excelente padre. También su nombre llegó á mis oídos en la época que yo corría el mundo, antes de tomar el servicio de Sagunto... ¡Bienvenido seas, Acteón! Si quieres entrar en los hoplites, figurarás en la primera fila de la falange, con la armadura pesada y la pica larga... Aunque no; vosotros los atenienses deseáis pelear con ligereza; sois más temibles por la carrera que por los golpes. Serás peltasta con tu venablo y un escudo ligero de los llamados pelta; pelearás suelto, y de seguro que se relatarán de tí grandes hazañas.

Pasaban junto á los dos griegos algunos ancianos, á los que el arquero saludaba con respeto.

—Son los senadores —dijo— que se reúnen hoy por ser día de mercado. Muchos de ellos vienen de sus quintas del agro y suben hasta la Acrópolis en sus literas. Se reúnen bajo aquella columnata.

Acteón vió cómo iban sentándose en sus sillas de madera de curvas garras, rematadas por la cabeza del león de Nemea. En sus rostros y trajes notábase la gran división de razas que existía en la ciudad. Los de origen ibero llegaban de sus granjas, barbudos, atezados, con coraza de lino forrada de gruesa lana, espada corta de dos filos pendiente del hombro y un sombrero de cuero endurecido que equivalía á un casco. Los comerciantes griegos presentábanse con las mejillas rasuradas, envueltos en una clámide blanca, de la que salía desnudo el brazo derecho; una cinta sujetaba sus cabellos como una corona y se apoyaban en un largo báculo rematado por una piña. Parecían los reyes de la Iliada reunidos ante Troya.

Acteón vió entre ellos un gigante de negra barba y cabello corto y ensortijado, que formaba sobre su cabeza como una mitra de lana. Sus miembros enormes, de salientes músculos y tirantes tendones que parecían próximos á estallar, asomaban por las aberturas del rojo manto en que se envolvía.

—Ése es Therón —dijo el arquero—, el gran sacerdote de Hércules; un hombre prodigioso, que conquistaría una corona en los Juegos Olímpicos. Mata un toro con solo descargarle el puño en la cerviz.

El griego creyó ver otra vez entre la gente que se reunía cerca del Senado, al pastor celtíbero, contemplando con interés al gigantesco sacerdote de Hércules. Pero el arquero le hablaba y hubo de volver su vista á él.

—Va á comenzar el consejo y debo estar al pie de las gradas esperando órdenes. Márchate, Acteón, y espérame en el Foro. Allí encontrarás á mi pequeño. ¿No dices que le viste en el camino? De seguro que iría con esa esclava que guarda las cabras de Sónnica. No titubees, Acteón, no mientas. Lo adivino... ¡Ah, ese pequeño! ¡Ese vagabundo que en vez de trabajar corre los campos como un esclavo fugitivo!...

Y á pesar de la gravedad con que se lamentó el arquero, notábase en su acento un temblor de ternura, la predilección que le inspiraba sobre sus demás hijos aquel artista errante y caprichoso que á veces abandonaba la casa paterna para corretear por el puerto y por los montes semanas enteras.

Se despidieron los dos griegos y Acteón volvió al Foro, no sin que antes creyese ver de nuevo, vagando por la Acrópolis, al misterioso pastor celtíbero. Al entrar en los pórticos oyó silbidos y gritos; los grupos se arremolinaban riendo y profiriendo insultos; la gente salía á toda prisa de las tiendas de los barberos y los perfumistas. El griego vió un grupo de jóvenes lujosamente vestidos que pasaban intrépidos y con despreciativa sonrisa al través de la tempestad de silbidos y sarcasmos que levantaba su presencia.

Eran los elegantes de Sagunto; los jóvenes ricos que imitaban las modas de la aristocracia de Atenas, exageradas por la distancia y la falta de gusto. Acteón también rió con su fina sonrisa de ateniense al apreciar la torpeza con que aquellos jóvenes copiaban á sus lejanos modelos.

Al frente de ellos marchaba Lacaro, el elegante que acompañaba á Sónnica en su visita matinal al templo de Venus. Iban vestidos con telas de colores chillones y fino tejido, transparentes, hasta dejar ver el cuerpo, como las túnicas que las hetarias llevaban en los banquetes. Las mejillas, cuidadosamente depiladas, estaban cubiertas de suave bermellón y los ojos agrandados con rayas negras: los cabellos rizados y perfumados con olorosas grasas, aparecían sostenidos por una cinta. Algunos llevaban grandes aros de oro en las orejas, y al andar sonaban los ocultos brazaletes. Otros se apoyaban indolentemente en el hombro de pequeños esclavos, de blancas espaldas y cabellera de gruesos bucles, que parecían niñas por la redondez de sus formas. Como si no oyeran los insultos y sarcasmos de la gente, hablaban con tranquilidad de los versos griegos que uno de ellos había compuesto; discutían su mérito, el modo de acompañarlos mejor con la lira, y únicamente se detenían para acariciar las mejillas de sus pequeños esclavos ó para saludar á los conocidos, muy satisfechos en el fondo del escándalo que su presencia provocaba en el Foro.

—No me digáis que imitan á los griegos —vociferaba ante un corro un viejo de cara maliciosa, con el manto sucio y remendado de un pedagogo sin colocación—. El fuego de los dioses debe caer sobre la ciudad. Nuestro padre Zeus es cierto que en un momento de pasión raptó al gallardo Ganímedes; pero ¿y Leda? ¿y todas las innumerables beldades que recibieron en sus entrañas el fuego del señor del Olimpo?... Bueno se pondría el mundo si los hombres imitásemos á los dioses, y todos hiciéramos como esos necios, vistiéndonos de mujeres. ¿Queréis ver un griego? Pues aquí lo tenéis: éste sí que es un verdadero hijo de la Hélade.

Y señalaba á Acteón, que se vió rodeado por las miradas curiosas del grupo.

—¡Cómo reirás, extranjero, al ver esos infelices que torpemente creen imitar á tu país! —continuó vociferando aquel energúmeno con aspecto de mendigo—. Yo soy filósofo, ¿sabes? El único filósofo de Sagunto, y con esto adivinarás que este pueblo ingrato me deja morir de hambre. De joven estuve en Atenas, asistí á sus escuelas y dejé de ser marinero y correr el mundo para buscar en mí mismo la verdad. No he inventado nada, pero sé cuanto han dicho los hombres sobre el alma y el mundo, y si quieres te recitaré de memoria párrafos enteros de Sócrates y de Platón y todas las contestaciones del gran Diógenes. Conozco tu país y me avergüenzo por mi ciudad al ver á tales necios... ¿Sabes quién es el culpable de estas ridiculeces que nos deshonran? Pues Sónnica, esa Sónnica que llaman la rica, antigua cortesana que acabará por convertir Sagunto en un dicterión, destruyendo las tradiciones de la ciudad, las costumbres rudas y sanas de otros tiempos.

Al oir el nombre de Sónnica se elevó del grupo un murmullo de protesta.

—¿Los ves? —gritó el filósofo cada vez más enfurecido—. Son esclavos aduladores que tiemblan ante la verdad. El nombre de Sónnica les causa el mismo efecto que el de una diosa. ¿Ves ese que huye? Pues á su padre le prestó Sónnica hace pocos días una fuerte cantidad sin interés alguno para que comprase trigos en Sicilia, y por esto cree que debe huir de donde se diga algo contra ella. Mira ese que vuelve la espalda. La cortesana libertó á su padre que era esclavo, y no quiere oir nada que moleste á Sónnica. Y estos otros, que más valientes se quedan y me miran como si fuesen á devorarme, todos han recibido favores de ella, y serían capaces de pegarme como otras veces por mis palabras. Son esclavos que la defienden cual si fuese una divinidad benéfica. Como ellos son muchos en Sagunto, y por esto los magistrados no osan castigar á esa griega, que con sus extravagancias de loca escandaliza la ciudad. Vaya, pegadme, mercaderes: golpead al único que no miente en Sagunto.

Los del grupo se alejaban, dejando al filósofo que bracease lanzando gritos de indignación.

—Lo que debías hacer —dijo con desprecio uno de los últimos al retirarse— es mostrar más agradecimiento. Si comes algún día, es en la mesa de Sónnica.

—¡Y comeré esta noche! —gritó el filósofo con insolencia—. ¿Qué demuestras con eso? ¡Y le diré en su cara lo mismo que digo aquí!... ¡Y ella reirá como siempre, mientras vosotros comeréis bazofia en vuestras casas, pensando en su banquete!...

—¡Ingrato! ¡Parásito! —dijo aquel hombre volviéndole las espaldas con desprecio.

—La gratitud es condición de perro; el hombre demuestra su superioridad hablando mal de quien le favorece... Si no queréis que Eufobias el filósofo sea parásito, mantenedle á cambio de su sabiduría.

Pero Eufobias hablaba en el vacío. Todos se habían retirado, confundiéndose en los grupos inmediatos. Sólo Acteón estaba junto á él, examinándolo con interés, como admirado de encontrar en una ciudad lejana un hombre tan semejante á los que en Atenas pululaban en torno de la Academia, formando la plebe filosófica hambrienta y obscurecida.

El parásito, al verse sin más público que el griego, se agarró de su brazo.

—Tú sólo mereces oirme. Bien se conoce que eres de allá y sabes distinguir el mérito.

—¿Quién es esa Sónnica que tanto te indigna por sus costumbres? ¿Sabes su vida? —preguntó el ateniense con el deseo de conocer el pasado de una mujer que con su nombre parecía llenar toda la ciudad.

—¿Que si la sé? Mil veces me la ha contado en sus ratos de melancolía y fastidio, que son los más; cuando yo no logro hacerla reir con mi saber, y ella siente la necesidad de abandonarse, hablándome de su pasado con tanto descuido como si conversase con su perro. Es historia larga.

Se detuvo el filósofo y guiñó un ojo, señalando una puerta inmediata en la cual un mostrador agujereado sostenía una fila de ánforas.

—En casa de Fulvius estaremos mejor. Es un romano honradísimo que jura haber reñido con el agua. Anteayer recibió un famoso vino de Laurona. Desde aquí percibo su perfume.

—No tengo ni un óbolo en la bolsa.

El filósofo, que contraía la nariz como si aspirase el vaho del mosto, hizo un gesto de desaliento. Después miró con cariño al griego.

—Tú eres digno de oirme. ¡Pobre como yo, en medio de estos mercaderes que abarrotan de plata sus bodegas!... Ya que no hay vino, paseemos: esto aclara las ideas. Te trataré como Aristóteles á sus discípulos predilectos.

Y paseando á lo largo del pórtico, Eufobias comenzó á relatar lo que sabía de la vida de Sónnica.

Creía haber nacido en Chipre, la isla del amor para los navegantes. En aquellas playas, de cuyas espumas hicieron nacer los poetas la triunfante belleza de Venus Afrodita, las mujeres de la isla corren por la noche en busca de los marineros para prostituirse en memoria de la diosa. De uno de estos encuentros con un remero, había nacido Sónnica. Recordaba vagamente los primeros años de su niñez, correteando por la cubierta de una nave; saltando de un banco á otro de los remeros, alimentada y despreciada como los gatos de á bordo, visitando muchos puertos poblados de gentes diversas en trajes, costumbres é idiomas; pero viéndolo todo de lejos y vagamente como las imágenes de un sueño, sin poner nunca el pie en tierra firme.

Antes de ser mujer, fué la amante del amo del buque, un piloto de Samos que, cansado de ella ó por la tentación del negocio, la vendió una noche á un beocio que tenía un dicterión en el Pireo. Aún no había cumplido doce años, y la pequeña Sónnica llamaba la atención entre las dicteriadas que pululaban por la noche en el Pireo, principal centro de la prostitución ateniense.

La población flotante de la ciudad, compuesta de extranjeros, jugadores y jóvenes arrojados de su casa por los severos padres, congregábase en aquel suburbio de Atenas que rodeaba los puertos del Pireo y Faraleo y formaba el arrabal de Estirón. Apenas cerraba la noche, todo este mundo bullicioso y corrompido se reunía en la gran plaza del Pireo, entre la ciudadela y el puerto, y comenzaban á circular las prostitutas, que con la llegada de las sombras, adquirían libertad para salir de los dicteriones en que las tenían recluídas. Bajo los pórticos de la plaza, lanzaban sus dados los jugadores, disputaban los filósofos errantes, dormían los vagabundos, se contaban sus viajes los marineros; y por entre esta confusión de gentes diversas, pasaban las dicteriadas con el rostro pintado, casi desnudas ó con mantos rayados de fuertes colores que revelaban su origen africano y asiático. Allí creció y se educó la joven hija de Chipre, buscando todas las noches un mercader de trigos de Bitinia ó un exportador de cueros de la Gran Grecia, gente ruda y alegre que antes de volver á su país querían gastar algo de sus ganancias con las cortesanas de Atenas. De día, permanecía presa en el dicterión, una casa de aspecto sórdido, sin más adorno en la fachada que un enorme falo que servía de muestra al establecimiento; con la puerta abierta á todas horas, sin el perro encadenado que tenían las demás viviendas, y mostrando apenas se levantaba la gruesa cortina de lana, el patio descubierto, en el cual, junto á las entradas de las habitaciones, estaban en cuclillas ó tendidas sobre las baldosas todas las mercancías de la casa; mujeres gastadas y consumidas por el fuego del amor y niñas apenas llegadas á la pubertad; todas desnudas, contrastando la piel obscura y aterciopelada de las egipcias con la tez pálida de las griegas y la blanca y sedosa de las asiáticas.

Sónnica, que entonces se llamaba Mirrina (el nombre que la habían dado los marineros), se cansó de la vida del dicterión. Eran todas allí unas esclavas, á las que el beocio apaleaba cuando dejaban partir descontento á un parroquiano. La repugnaba tomar los dos óbolos marcados por las leyes de Solón, de aquellas manos callosas que herían al acariciar, y le causaba náuseas la gente soez y brutal, de todos los países del mundo, que llegaba en busca del placer y partía ahita, siendo renovada inmediatamente por otra, y por otra, como un incesante oleaje de deseos excitados por la soledad del mar, repitiendo iguales caprichos é idénticas exigencias.

Una noche visitó por última vez el templo de Venus Pandemos, levantado por Solón en la gran plaza del Pireo y depositó un óbolo como última ofrenda ante las estatuas de Venus y su compañera Pitho, las dos divinidades de las cortesanas, ante las cuales iba muchas veces con sus amantes del momento, antes de entregarse á ellos en la orilla del mar, ó junto al extenso muro construído por Temístocles para unir el puerto con Atenas. Después huyó hacia la ciudad, ansiando libertad y placeres, con el deseo de ser una de aquellas hetarias atenienses cuyo lujo y hermosura había admirado desde lejos.

Vivía como las cortesanas libres y pobres, á las que la juventud ateniense llamaba lobas por sus gritos. Pasaba al principio días enteros sin comer, pero se consideraba más feliz que sus antiguas compañeras del puerto de Faraleo ó del arrabal de Estirón, esclavas de los dueños de los dicteriones. Su mercado era ahora el Cerámico, un vasto arrabal de Atenas, á lo largo de la muralla, entre las puertas del Cerámico y la Dipila, en la cual estaban el jardín de la Academia y las tumbas de los ciudadanos ilustres muertos por la República. De día, iban allí las grandes hetarias ó enviaban sus esclavas para ver si sus nombres estaban escritos con carbón en la muralla del Cerámico. El ateniense que deseaba á una cortesana, escribía el nombre de ella junto con la cantidad ofrecida, y si ésta era del gusto de la hetaria, aguardaba al pie de la inscripción la llegada del que hacía la oferta. Á la luz del sol, ostentábanse allí las grandes cortesanas casi desnudas, con sandalias de púrpura, envueltas en mantos de flores y llevando sobre sus cabelleras espolvoreadas de oro coronas de frescas rosas. Los poetas, los retóricos, los artistas y los grandes ciudadanos, paseaban por los verdes bosquecillos del Cerámico ó bajo los pórticos adornados de estatuas, discutiendo con las cortesanas y teniendo que poner en tortura su ingenio para hacer frente á sus réplicas.

Al llegar la noche, una invasión de mujeres miserables y haraposas llenaba el paseo, esparciéndose por entre las tumbas de los grandes ciudadanos. Era la hez del placer ateniense que vivía en libertad y buscaba la sombra: viejas cortesanas que, confiadas en la noche, salían á conquistar el pan en aquel mismo lugar donde en otros tiempos habían reinado con el poder de la hermosura; dicteriadas fugitivas; esclavas que huían por algunas horas de la casa del amo, y mujeres de la plebe que buscaban en la prostitución un alivio á su miseria. Agazapadas tras las tumbas, entre los bosques de laureles, permanecían inmóviles como esfinges, y apenas los pasos de un hombre turbaban el silencio del Cerámico, salían de todos lados débiles aullidos llamando al recién llegado. Muchas veces huían en loca carrera al reconocer á un encargado de cobrar el Pornicontelos, impuesto establecido por Solón sobre las cortesanas, y que era la mejor renta de Atenas. Á media noche, el transeunte que atravesaba el Cerámico, de vuelta de un banquete, sentía en torno la agitación y los suspiros de un mundo invisible, que parecía removerse sobre el césped y la blanda arena. Los poetas decían riendo que eran los manes de los grandes ciudadanos que gemían en sus profanadas tumbas.

Así vivió Mirrina hasta los quince años, pasando la noche en el Cerámico y el día en la casucha de una vieja de Thesalia que, como todas las de su país, gozaba gran fama de hechicera y lo mismo ayudaba á los partos que vendía filtros amatorios á las cortesanas y retocaba los rostros á las que estaban en decadencia.

¡Qué de cosas aprendió allí la pequeña loba al lado de la vieja, huesuda y fea como una Parca! Le ayudaba á moler el albayalde, que mezclado con cola de pescado rellenaba las arrugas del rostro; preparaba la harina de habas para untarse los pechos y el vientre, dejando la piel con una tersa tirantez; llenaba frasquitos de antimonio para dar brillo á los ojos; liquidaba el carmín para colorear con ligeros toques las grietas cubiertas de pasta y escuchaba con profunda atención los sabios consejos con que la vieja guiaba á sus pupilas, á fin de que mostraran con todo su relieve las perfecciones particulares y disimulasen los defectos. La vieja thesaliana aconsejaba á las pequeñas de cuerpo gruesas suelas de corcho dentro del calzado y á las altas, sandalias ligeras y hundir la cabeza entre los hombros; fabricaba rellenos para las flacas, armazones de ballenas para las obesas; teñía de hollín las canas, y á las que tenían buena dentadura las obligaba á llevar un tallo de mirto entre los labios, aconsejándolas que riesen á la menor palabra.

La joven poseía de tal modo su confianza, que la ayudaba en la parte más peligrosa de su ciencia: la confección de filtros amatorios y la fabricación de hechizos, que más de una vez la habían hecho ser perseguida por los oficiales del Areópago. Las hetarias más ricas la consultaban para sus deseos y venganzas, y ella las prestaba sus conocimientos. Para lograr la impotencia de un hombre ó la esterilidad de una mujer no había más que darles una copa de vino en la que se hubiese ahogado un barbo; para atraer á un amante olvidadizo se quemaba en un fuego de ramas de tomillo y de laurel una torta de harina sin levadura; y para convertir en odio el amor no había más que seguir al hombre, pisando sus huellas al revés, colocando el pie derecho donde él había puesto el izquierdo y murmurar al mismo tiempo: «Estoy sobre tí, te pisoteo.» Si había que hacer volver á un amante hastiado, la vieja rodaba una bola de bronce que llevaba en el seno, pidiendo á Venus que del mismo modo hiciese rodar el amante por el umbral de la puerta, y si no surtía efecto el conjuro, se arrojaba en el brasero mágico la imagen en cera del ser querido, pidiendo á los dioses que derritiesen de amor el corazón helado, así como se derretía su figura. Y junto con estos hechizos, rodeados de invocaciones misteriosas, iban los filtros compuestos con hierbas afrodisíacas y excitantes, que muchas veces causaban la muerte.

Una noche de primavera, á la luz de la luna, Mirrina tuvo un encuentro en el Cerámico, que la hizo abandonar el antro de la thesaliana. Sentada tras una tumba, su aullido suave y débil como un lamento, atrajo á un hombre envuelto en un manto blanco. Por el brillo de sus ojos y la inseguridad de sus pies parecía ebrio. En la cabeza llevaba una corona de rosas ajadas.

Mirrina adivinó en él á un ciudadano distinguido que salía de un banquete. Era el poeta Simalión, joven aristócrata, que había ganado una corona en los Juegos Olímpicos, y en el que Atenas veía resucitar la inspiración de Anacreonte. Las hetarias más hermosas cantaban sus versos en los banquetes al son de la lira, y las virtuosas ciudadanas los murmuraban en la soledad del gineceo, enrojeciendo de emoción. Las más famosas beldades de Atenas se disputaban al poeta, y éste, enfermo en plena juventud, como si no pudiera resistir el peso de la adoración mundana, refugiábase en el templo de Esculapio cuando la tos le hacía escupir sangre; iba en peregrinación á las fuentes milagrosas de toda la Grecia y sus islas; y apenas se sentía con fuerzas y una nueva sangre circulaba por su cuerpo, despreciaba á los médicos y corría otra vez á los banquetes con los negociantes y los artistas del Ática, entre hetarias famosas y gentiles aulétridas, rodando de los brazos de una á los de otra, pagando las caricias con versos que repetía luego la ciudad, siempre ardiente y consumiendo su vida como la antorcha que en las nocturnas fiestas de Dionisios se pasaba la cadena de bacantes de mano en mano, hasta perderse en lo infinito.

Á la salida de una de estas orgías, encontró á Mirrina, y al contemplar á la luz de la luna aquella belleza fresca, entera y casi infantil, en un lugar frecuentado por las inmundas lobas, se llevó las manos á los ojos como si temiera ser engañado por la turbación de la embriaguez. Era Psiquis con los pechos firmes y redondos como una taza de armoniosa curva; con sus líneas correctas y suaves que hubieran desesperado á los escultores de la Academia; y el poeta experimentó la misma satisfacción que, cuando tras una tarde de paseo solitario desde Atenas al puerto, á lo largo de la muralla de Temístocles, encontraba el último verso de una oda.

Ella quiso arrastrarle al antro de la thesaliana, pero Simalión, deslumbrado por las carnes de marfil que parecían brillar entre los harapos, la condujo á su hermosa casa de la calle de los Trípodes, y allí quedó Mirrina como señora, con esclavas y lujosos trajes.

Esta hazaña del poeta asombró á toda Atenas. En el Ágora y en el Cerámico, sólo se hablaba de la nueva amante de Simalión: gozaba el éxito de la piedra preciosa olvidada y perdida en la arena, que de repente brilla sobre la frente de un poderoso.

Las grandes hetarias, que nunca habían logrado conquistar por completo al veleidoso poeta, se asombraban al verle unido estrechamente á una jovenzuela salida de un dicterión, que recordaban muchos aventureros del Pireo. La llevaba en su carro, guiando tres caballos de recortadas crines, á todas las grandes fiestas en los templos del Ática; componía por las mañanas versos en su honor y la despertaba recitándolos, entre una nube de flores que dejaba caer sobre su lecho. Daba banquetes á los artistas amigos para gozarse en su envidia y su admiración cuando á los postres la hacía exhibirse desnuda sobre la mesa, con toda la magnificencia de su belleza pura, que causaba en aquellos griegos una emoción religiosa.

Fiel á Simalión por agradecimiento al principio y enamorada después del poeta y sus obras, Mirrina le adoraba como maestro tanto como amante. En poco tiempo aprendió á tañer la lira y á recitar los versos en todos los estilos conocidos, y leyó la biblioteca de su amante, hasta el punto de poder hacer frente á los convidados de aquellas cenas de artistas y ser citada entre las hetarias más ingeniosas de Atenas.

Simalión, cada vez más entusiasmado con su amante, derrochaba la vida y la fortuna. Hacía traer para ella del Asia mantos sutiles bordados de fantásticas flores, que transparentaban el nácar de su cuerpo; polvo de oro para cubrir sus cabellos, haciéndola semejante á las diosas que los poetas y los artistas de Grecia pintaban siempre rubias; encargaba á los navegantes que comprasen rosas de Egipto de asombrosa frescura, y cada vez más macilento, la piel terrosa y la mirada de fuego, tosiendo y encorvándose entre los brazos de su amante, veía disminuir sus fuerzas.

Así pasó dos años, hasta una tarde de otoño en que, tendido sobre el césped de su jardín, con la cabeza apoyada en las rodillas de la hermosa, oyó por última vez sus versos, cantados por la fresca voz de Mirrina, siguiendo el aleteo de los blancos dedos sobre las cuerdas de la lira. El sol poniente hacía brillar en lo más alto de la ciudad como una ascua la lanza de la Minerva del Parthenón; su mano de niño apenas si podía sostener la copa de oro llena de vino con miel. Hizo un esfuerzo para besar á su amante; las rosas que le coronaban se deshojaron, cubriendo con una lluvia de pétalos el pecho de Mirrina, y lanzando un quejido de mujer cerró los ojos, cayendo sobre aquel regazo, en el que había dejado los últimos restos de su vida.

La joven le lloró con desesperación de viuda. Cortó su espléndida cabellera para depositarla como una ofrenda sobre su tumba, y arrinconando los deslumbrantes trajes, vistió de lana obscura, como las atenienses de gran virtud, permaneciendo recluída en su casa silenciosa y cerrada como un gineceo.

La necesidad de vivir, de sostener aquel lujo al que estaba acostumbrada, de tener un carro y esclavas y palafreneros, la hicieron pensar en su hermosura, y las hetarias más célebres se alarmaron ante la nueva rival. Cubierta con una peluca de rojo obscuro para disimular la tonsura del dolor, y envuelta en finos velos, de los que surgían su garganta redonda cubierta de perlas y los brazos frescos y alabastrinos cargados hasta los hombros de brazaletes, se mostraba en una ventana alta de su casa con la grave majestad de una diosa que aguarda el culto. Los más ricos de Atenas deteníanse al anochecer en la calle de los Trípodes, para contemplar á la viuda del poeta, como la llamaban con sorna las del Cerámico. Algunos, más osados ó trémulos de deseo, levantaban el índice como una pregunta muda; pero en vano esperaban que ella contestase afirmativamente con el ademán acostumbrado de las hetarias, cerrando el pulgar y el índice en forma de anillo.

Muy pocos lograban entrar en la casa de la famosa cortesana. Murmurábase que algunas noches, en momentos de fastidio, había abierto su puerta á jovenzuelos de los que modelaban sus primeras estatuas en los jardines de la Academia ó recitaban sus versos desconocidos á los desocupados del Ágora; gente que sólo podía disponer para el amor de algunos óbolos ó cuando más de un dracma. Pero en cambio, los ricos que ofrecían estateras de oro ó varias minas por entrar en la casa, se consideraban demasiado pobres para cumplir sus deseos. Las cortesanas viejas se contaban al oído con cierto respeto que un reyezuelo de Asia, de paso en Atenas, había dado á Mirrina por una noche dos talentos —lo que gastaba al año cualquier república de Grecia— y que la hermosa hetaria, sin conmoverse ante tal fortuna, sólo le había permitido estar junto á ella el tiempo que tardó en vaciarse su clepsydra, pues hastiada de los hombres, medía el amor por el reloj de arena.

Los mercaderes fabulosamente ricos, al llegar al Pireo, buscaban relaciones de amistad para entrar en casa de Mirrina. Abrumaban con presentes á los artistas vagabundos que eran amigos de la cortesana para ser admitidos en sus cenas, y más de uno, llegado días antes al puerto con una flota cargada de ricas mercancías, las vendía antes de descargar las naves para quedarse en la casa del poeta, y regresaba á su país embarcado de limosna, satisfecho de su miseria al ver la envidia y el respeto que inspiraba á sus compañeros.

Así conoció á Bomaro, un joven ibero, mercader de Zazintho, que había llegado á Atenas con tres naves cargadas de cueros. La cortesana se sintió atraída por su dulzura, que contrastaba con la rudeza de los otros negociantes; encanallados por la vida de los grandes puertos. Hablaba poco y ruborizándose, como si el mutismo de las largas permanencias en el mar le hubiesen dado una timidez de virgen: si le obligaban á contar sus aventuras de navegante, lo hacía con sencillez, sin mencionar los peligros arrostrados, y ante la cultura de los griegos mostraba una admiración infantil.

Mirrina, durante la cena en que le vió por primera vez, sorprendió sus ojos fijos en ella, con la misma expresión de ternura y respeto que si mirase á una diosa de imposible posesión. Aquel navegante, educado entre bárbaros, en una colonia remota que apenas si guardaba vestigios de la madre Grecia, comenzó á interesar á la cortesana más que los jóvenes atenienses y los opulentos mercaderes que la rodeaban. Trémulo y balbuciente, pidió la limosna de una noche, y la pasó junto á ella con más admiración que placer, adorando su regia desnudez, enterneciéndose al oir su voz que le adormecía con un cálido arrullo maternal, acompañándose con la lira.

Al despertar quiso entregarla una fortuna, el producto de todo su cargamento; pero Mirrina, sin saber por qué, se negó á aceptarlo, á pesar de sus protestas. Él era rico, no tenía padres; allá lejos, en aquel país de bárbaros, poseía inmensos rebaños, centenares de esclavos, que cultivaban sus campos ó trabajaban en las minas; grandes fábricas de alfarería y muchas naves, como las tres que le aguardaban en el Pireo. Y viendo que la cortesana, con sonrisa bondadosa, le trataba como á un niño generoso, negándose á aceptar su dinero, compró en la calle de los Orfebres un prodigioso collar de perlas que era la desesperación de todas las hetarias, y lo envió á Mirrina antes de partir.

Después volvió muchas veces. No se decidía á regresar á su país. Se hacía á la vela con su flotilla, pero en el primer puerto que encontraba, admitía cargamento para Atenas sin fijarse en el precio, y apenas tocaba en el Pireo, corría á casa de la cortesana, no decidiéndose á partir hasta que sospechaba en Mirrina el hastío de su presencia.

La cortesana acabó por acostumbrarse á aquel amante sumiso, siempre á sus pies, que deseaba morir por ella, mostrando su adoración con un apasionamiento de bárbaro, tan distinto de la escéptica y burlona cortesía de los atenienses. Llamábale hermanito, y esta palabra, que las hetarias usaban con los amantes jóvenes, tomaba poco á poco en sus labios un calor de sincero cariño. Cuando tardaba en regresar de sus viajes á las islas, ansiaba su presencia, y apenas le veía en la puerta, corría á él con los brazos abiertos, en un arranque de alegría jamás visto por los otros amigos.

No le amaba como al poeta; pero la sumisión apasionada de Bomaro, su amor respetuoso y dócil, tan distinto de los apetitos que inspiraba á los demás, despertaban en Mirrina un sentimiento de gratitud.

Una noche, el ibero que parecía preocupado, osó tras muchas vacilaciones exponerla su pensamiento.

No podía vivir sin ella; jamás volvería á Zazintho; había resuelto perder sus riquezas antes que dejar de verla. Prefería ser descargador en el muelle de Faraleo... Y á continuación, como quien toma carrera para salvar más pronto el obstáculo, la propuso apresuradamente hacerla su esposa, entregarla su fortuna, llevarla allá, al risueño Zazintho, de campos floridos y montañas de color de rosa, tan semejantes á las del Ática.

Mirrina reía escuchándole; pero en su interior se sentía conmovida por la abnegación cariñosa del ibero que, para unirse á ella eternamente, saltaba por encima de un pasado vergonzoso en el dicterión y el Cerámico. La cortesana resistió con sonrisa burlona tales proposiciones; pero Bomaro era tenaz. ¿No estaba cansada de aquella vida, de verse agasajada como un objeto de gran precio, pero despreciada muchas veces por las gentes groseras que se creían señores de ella con sólo presentar su oro? ¿No le gustaba ser una soberana en las costas de Iberia, rodeada de un pueblo que admiraría sus talentos de ateniense?...

Bomaro la venció con su tenacidad amorosa, y un día las cortesanas de Atenas vieron con asombro como era vendida la casa de la calle de los Trípodes, y como las esclavas de Mirrina llevaban al puerto las riquezas amontonadas en tres años de loca fortuna, depositándolas en las naves del ibero, que había puesto en los mástiles sus velas de púrpura para un viaje triunfal.

La cortesana, deseando tranquilizar á aquel hombre que tan por completo se entregaba á ella, quiso dejar en Atenas todo su pasado. Se propuso ser una mujer nueva, olvidar su vergonzoso nombre, y después de hacer repetir á Bomaro los nombres más hermosos de las mujeres ibéricas, escogió el de Sónnica, por ser el más grato á su oído.

Al llegar á Zazintho, el navegante y la griega se unieron en el templo de Diana ante todo el Senado, al que pertenecía el joven. La ciudad experimentó los efectos de aquel encanto que parecía emanar de la persona de Sónnica. Era como un soplo de la lejana Atenas que enloquecía á los comerciantes griegos de Sagunto, embrutecidos por su larga permanencia entre bárbaros.

En los banquetes, cuando á la hora de los vinos dulces cantaba ella los himnos de los grandes maestros, toda la juventud saguntina del barrio griego sentíase impulsada á caer á sus pies, adorándola como una diosa. Al año de unión, Bomaro sintió en su fortuna el apoyo de aquella mujer, que al cambiar de vida, se interesaba por las cosas materiales, deseosa de acallar las murmuraciones de las ciudadanas virtuosas que hablaban de su pasado de cortesana dilapidadora.

Vigilaba de lejos los trabajos del campo, los grandes rebaños, las fábricas de alfarería; iba á presenciar la llegada de las naves, y la enorme fortuna de Bomaro se aumentó, resultando excelentes todos los negocios que aconsejaba ella con su voz lenta y armoniosa, tendida bajo un bosquecillo de laureles de su jardín y acariciada por el abanico de plumas de una esclava.

Bomaro, después de satisfechas sus más vehementes ansias de amor, navegaba por las costas de Iberia, tranquilo de la buena marcha de sus asuntos y deseando acrecentar aún más aquella fortuna que tan bien administraba Sónnica. Ésta se había rodeado de una corte de jóvenes, á los que trataba como una maestra: la juventud griega nacida en Sagunto, la seguía para aprender los modales y costumbres de Atenas, que eran su perpetuo ensueño. Los maldicientes de la ciudad la llamaban Sónnica la cortesana, pero la plebe que recibía sus auxilios, y los pequeños comerciantes que jamás acudían á ella sin resultado, la titulaban Sónnica la rica, y eran capaces de pelearse con los que hablaran mal de ella.

Un invierno, á los cuatro años de unión, Bomaro pereció en un naufragio cerca de las columnas de Hércules, y Sónnica se vió dueña absoluta de una inmensa fortuna y señora de toda una ciudad, sobre la que imperaba por su riqueza y su buen corazón. Libertó esclavos en memoria del infortunado navegante, envió ofrendas valiosas á todos los templos de Sagunto, alzó en la Acrópolis un monumento funerario en memoria de Bomaro, haciendo venir para ello marmolistas de Atenas. Con sus liberalidades se hizo perdonar su origen, logrando que la ciudad, huraña y de costumbres austeras, tolerase su vida alegre y desenfadada, que era una resurrección de las costumbres atenienses en medio de la sobriedad ibérica.

Pasado el luto de la viudez, dió cenas en su casa de campo, que duraron hasta el alba; hizo venir del Ática famosas aulétridas que con las flautas enloquecían á la juventud saguntina; sus naves emprendían viajes sin más objeto comercial que traerla raros perfumes del Asia, telas de Egipto y caprichosos adornos de Cartago; y su fama se extendió tanto tierra adentro, que algunos reyecillos de la Celtiberia llegaban á Sagunto con el deseo de conocer aquella mujer asombrosa, sabia como un sacerdote y hermosa como una deidad. Los griegos admirábanla, viendo acrecerse con ella la influencia de su raza sobre los primitivos saguntinos, que la elogiaban por su desinterés. Y así vivía: sin entrar en su casa otras mujeres que las esclavas, flautistas y danzarinas; rodeada de hombres que la deseaban, pero sin entregarse á ninguno de ellos; tratándolos con una franqueza varonil, permitiéndose enloquecedoras intimidades, pero sin llegar nunca á la regia limosna de su cuerpo; y pensando siempre en Atenas, la ciudad luminosa que guardaba su pasado, y cuyas costumbres intentaba resucitar.