III

Las danzarinas de Gades

Dos horas después del mediodía despertó Sónnica. Los oblicuos rayos del sol se filtraban entre las varillas doradas de la ventana, cubiertas por el follaje de las parras. Su luz coloreaba los vivos estucos que servían de marco á las escenas de los Juegos Olímpicos pintadas en el muro y las columnillas de mármol rosa que adornaban la puerta.

La hermosa griega arrojó al suelo las cubiertas de blanco lino de Sétabis, y su primera mirada al despertar fué para su desnudez, siguiendo con ojos cariñosos todos los contornos de su cuerpo, desde el seno hinchado por redondeces armoniosas, hasta el extremo de sus sonrosados pies.

La cabellera opulenta, perfumada y de sedosos bucles descendiendo á lo largo de su cuerpo, la envolvía como un regio manto de oro, acariciándola desde la nuca á las rodillas con un suave beso. La antigua cortesana, al despertar, admiraba su cuerpo con la adoración que habían infundido en ella los elogios de los artistas de Atenas.

Aún era joven y hermosa; aún podía hacer temblar de emoción á los hombres al terminar un banquete, mostrándose sobre la mesa desnuda como Friné. Sus manos, ávidas de embriagarse con el tacto de su hermosura, acariciaban la redonda y firme garganta; los globos de nácar terminados por un sutil pétalo de rosa, apreciando su firme elasticidad, y la tortuosa red de venillas azules que se dibujaban débilmente bajo la satinada epidermis; y después bajaban y bajaban rozando las profundas entradas del talle, las fuertes caderas, el vientre de curva suave, semejante á la de una crátera, y las piernas, cuya armoniosa redondez era comparada en otros tiempos con la trompa del elefante por los mercaderes asiáticos que la visitaban en Atenas.

El amor había pasado sobre ella su lengua de fuego sin consumirla; había vivido en medio de sus ardores fría, insensible y blanca como la estatua de mármol bajo el resplandor del sol. Y al verse joven aún, hermosa y con una frescura de virgen, sonreía satisfecha de sí misma, contenta de la vida.

—¡Odacis!... ¡Odacis!

Al eco de su voz entró una esclava celtíbera, alta, enjuta, fuerte, á la que apreciaba mucho la griega por la suavidad con que peinaba sus cabellos.

Apoyándose en sus hombros se incorporó sonriente y saltó del lecho para entrar en el baño.

Su desnudez se envolvía en la cabellera como en un transparente velo de oro. Al posar sus pies desnudos sobre el pavimento que representaba el juicio de Paris, la frialdad del mosaico la hacía reir con agradable cosquilleo y su risa marcaba suaves hoyuelos en las mejillas, y por acción refleja hacía estremecer con suave ondulación las curvas de su dorso.

Descendió tres escalones y se arrojó en la piscina de jaspe, moviendo los brazos, que hacían saltar el agua en diminutas perlas. Su cuerpo, al través del agua verdosa, tomaba una trasparencia ideal, un brillo de aparición fantástica, moviéndose de un lado á otro como una sirena de espaldas de nácar con la cabellera flotante.

—¿Quién ha venido, Odacis? —preguntó tendiéndose en el fondo de la bañera.

—Han venido las mujeres de Gades que bailarán esta noche. Polyantho las ha alojado junto á las cocinas.

—¿Y quién más?...

—Hace un momento llegó el extranjero de Atenas que encontraste esta mañana en el templo de Afrodita. Le he hecho entrar en la biblioteca y no he olvidado ninguno de los deberes de la hospitalidad. Ahora acaba de salir del baño.

Sónnica sonreía pensando en el encuentro de por la mañana. Había dormido mal. Lo atribuía á la noche en vela pasada con sus amigos en la terraza de la quinta; al caprichoso viaje al puerto antes de la salida del sol; pero pensaba con cierta confusión en lo impresa que había quedado en su memoria la figura del ateniense, hasta el punto de que varias veces se le apareció durante su sueño. Sin saber por qué, asociaba la figura de Acteón á la de Zeus cuando en forma mortal bajaba á la tierra en busca del amor humano.

En sus ratos de fastidio, cuando en Atenas acogía con repugnancia las caricias vendidas por montones de oro, la acometía el vago deseo de ser amada por un dios. Pensaba en Leda, en Psiquis, hasta en el afeminado Ganímedes, amados por los huéspedes del Olimpo, y se enfurecía ante la imposibilidad de encontrar un dios que la poseyera en un bosque misterioso ó al borde de uno de esos caminos á cuyo final está lo desconocido. Quería contemplar su imagen en el fondo de unos ojos animados por el resplandor de lo infinito; besar una boca que sirviese de puerta á la suprema sabiduría; sentirse esclava entre unos brazos que tuviesen la inmensa fuerza de la omnipotencia. Había gustado una pequeña parte de este placer amando á su poeta, majestuoso y sublime en algunos instantes como un ser divino; pero la simplicidad de la adolescencia no le dejó paladear este placer, y ahora, en el refinamiento de su madurez, sólo encontraba hombres como los que había conocido en Atenas, rudos y brutales unos, afeminados y burlones otros, sin la belleza severa y soberana que admiraba en las estatuas.

Salió del baño suspirando con infantiles y graciosos estremecimientos, mientras su cabellera esparcía una menuda lluvia á cada paso.

Odacis llamó y entraron tres esclavas, que eran las que la ayudaban en el tocado de su señora, las tractatrices encargadas del masaje de su cuerpo.

Sónnica se dejó manejar por las tres mujeres, que la frotaron con fuerza, estirando sus miembros para darles ligereza y soltura. Después se sentó en una silla de marfil, apoyando sus codos sonrosados en los delfines que formaban los brazos del asiento, y en esta posición, erguida é inmóvil, esperó que las esclavas procediesen á su tocado.

Una que era casi una niña, envuelta en una tela de anchas rayas, se arrodilló en el suelo, sosteniendo un gran espejo de bronce cincelado, en el cual se contemplaba Sónnica hasta más abajo del talle. Otra rebuscó en las mesas de mármol los objetos de tocador, alineándolos, y Odacis comenzó á alisar con peines de marfil la espléndida cabellera de su señora. Mientras tanto la otra esclava se aproximaba con una pátera de bronce llena de pasta gris. Era la harina de habas usada por las elegantes de Atenas para conservar tersa y tirante la piel. Untó con ella las mejillas de la griega y después los salientes pechos, el vientre, los flancos y las rodillas, dejando casi todo su cuerpo envuelto en una capa grasienta y lustrosa. En los sitios donde crece el vello puso algo de dropax, pasta depilatoria compuesta de vinagre y tierra de Chipre.

Sónnica asistía impasible á estos preparativos de su toilette, que la afeaban momentáneamente para hacerla renacer todos los días más hermosa.

Odacis seguía peinándola. Agarraba la espléndida cabellera, perdiéndose sus dos manos en aquella cascada brillante; la retorcía dulcemente, enroscándola á sus brazos como una enorme serpiente de oro; volvía á esparcirla, separándola mechón por mechón para que se secase, y tornaba amorosamente á alisarla con los peines de marfil apilados en una mesa inmediata, verdaderos prodigios de arte con púas finísimas y su parte superior cincelada, representando escenas de los bosques, ninfas arrogantes persiguiendo ciervos, y sátiros hediondos dando caza á las beldades desnudas.

La peinadora, después de secar la cabellera, procedió á teñirla. Con una pequeña ánfora rematada por largo pico, la humedeció con una disolución de azafrán y goma de Arabia, y abriendo una arquilla llena de polvo de oro, fué espolvoreando la sedosa y enorme madeja, que tomó la brillantez de los rayos del sol. Después, enroscando los mechones de las sienes á un molde de hierro puesto en un braserillo, fué formando apretados rizos que cubrieron la frente de la griega hasta cerca de los ojos; recogió la masa de cabellos sobre la nuca, sujetándolos con una cinta roja entrelazada fuertemente, y rizó el vértice del peinado, imitando las ondulantes llamas de una antorcha.

Sónnica se levantó. Dos de las esclavas aproximaron una pesada ánfora de barro llena de leche, y con una esponja lavaron el cuerpo de su señora cerca de la piscina, limpiándola de la pasta de habas. La tersa blancura de su piel volvió á salir á luz más fresca y jugosa.

Odacis, con unas pinzas de plata en la mano, vigilaba el cuerpo de su señora, con la atención y el ceño fruncido del artista que prepara una grande obra. Era la encargada de la depilación; su mano ligera merecía elogios por la suavidad con que arrancaba el vello y perseguía obstinadamente por todos los contornos entrantes y salientes del cuerpo el más ligero musgo para hacerlo desaparecer. Sus pinzas arrancaron algunas briznas finísimas que comenzaban á surgir bajo la dulce curva del vientre, allí donde la naturaleza tendía á cubrirse de obscura y aterciopelada vegetación, destruída implacablemente por la costumbre griega de imitar la tersa limpieza de las estatuas.

Volvió á sentarse Sónnica en la silla de marfil y comenzó el arreglo del rostro. En la inmediata mesilla alineábase un verdadero ejército de frascos de vidrio, vasos de alabastro, botes de bronce y plata, cajitas de marfil y oro, todo cincelado, brillante, cubierto de delicadas figurillas, adornado de piedras preciosas, conteniendo esencias egipcias y hebreas, aromas de Arabia, perfumes y afeites embriagadores traídos por las caravanas del interior del Asia á los puertos fenicios, trasladados de allí á Grecia ó á Cartago, y comprados para Sónnica por los pilotos de sus barcos en las arriesgadas correrías comerciales.

Odacis la pintó el rostro de blanco, y después, mojando un pequeño estilete de madera en esencia de rosas, lo hundió en un bote de bronce adornado con guirnaldas de loto y lleno de un polvo negro. Era el kohol que los mercaderes egipcios vendían á un precio fabuloso. La esclava aplicó la punta del estilete á los párpados de la griega, tiñéndolos de un negro intenso y trazando una fina línea en el vértice de los ojos, que dió á éstos más grandeza y dulzura.

El tocado llegaba á su fin. Las esclavas abrían los innumerables frascos y vasos alineados sobre el mármol, y por el ambiente de la habitación se esparcían confundidos los costosos perfumes; el nardo de Sicilia, el incienso y la mirra de Judea, el áloe de la India, y el comino de Grecia. Odacis cogió una pequeña ánfora de vidrio incrustada de oro con un tapón cónico terminado por fina punta que servía para depositar sobre los ojos el antimonio que aviva la mirada, y después de terminar la operación, ofreció á su señora las tres unturas para dar color á la piel en diferente gradación: el minium, el carmín y el rojo egipcio extraído de los residuos del cocodrilo.

Delicadamente, la esclava fué coloreando con un fino pincel el cuerpo de su señora. Trazó una nubecilla de pálido arrebol en las mejillas y las diminutas orejas; marcó dos manchas como pétalos de rosa en los agudos y titilantes extremos de los pechos; acarició con su pincel el botón de la vida, que se marcaba con depresión ligera en medio de la tersa suavidad del vientre, y poniéndose tras de Sónnica, coloreó sus codos y los hoyuelos que se marcaban más abajo del talle, en las protuberancias de armoniosa redondez. Luego, con rojo egipcio, fué tiñéndole una por una las uñas de los pies y las manos, y otra esclava le calzó unas sandalias blancas con suela de papirus y broches de oro. Caían los perfumes sobre ella, cada uno en distinta parte del cuerpo, para que éste fuese como un mazo de flores, en el que se confundían diferentes aromas. Odacis la presentó el cofrecillo de las joyas, dentro del cual temblaban las piedras preciosas como peces inquietos y deslumbrantes. Los afilados dedos de la griega, revolvieron con indiferencia el montón de collares, sortijas y pendientes que, como todas las joyas griegas, eran más preciosos por el trabajo de los artistas, que por la riqueza de las materias. Las escenas de los grandes poemas aparecían reproducidas casi microscópicamente en camafeos de cornalina, ónix y ágata, y las esmeraldas, topacios y amatistas, estaban adornadas con puros perfiles de diosas y héroes.

Sobre el desnudo pecho de Sónnica se enroscó un collar de piedras de complicadas vueltas; los dedos de sus manos se cubrieron de sortijas hasta las uñas, y la blancura de sus brazos pareció más diáfana, cortada á trechos por el brillo de anchos brazaletes de oro. Para dar más expresión al rostro, Odacis adornó á su señora con algunos ligeros lunares, y después comenzó á anudar en torno de su cuerpo la fascia, el corsé de la época, una ancha faja de lana que sostenía los globos del pecho para que conservasen su saliente rigidez sin deformarse por el peso. Sónnica, contemplándose en el pulido bronce, sonreía á su imagen desnuda y hermosa como una Venus en reposo.

—¿Qué traje, señora? —preguntó Odacis—. ¿Quieres la túnica de flores de oro que te trajeron de Creta, ó los velos de kalasiris, transparentes como el aire, que mandaste comprar en Alejandría?...

Sónnica no llegaba á decidirse: escogería en el vestuario. Y con toda la majestad de su hermosa desnudez, haciendo crujir á cada paso el papirus de las sandalias, salió de su dormitorio seguida de las esclavas.

Mientras tanto Acteón esperaba en la biblioteca. Había visto grandes palacios en sus correrías por el mundo, había contemplado —dos años antes del terremoto que le arruinó— el célebre coloso de Rhodas; conocía el Seraphion y la tumba del gran conquistador en Alejandría; estaba habituado á la riqueza y al fausto y, sin embargo, no podía ocultar la sorpresa que le producía aquella casa griega en un país bárbaro, más lujosa y artística que la de los ciudadanos ricos de Atenas.

Guiado por un esclavo y dejando atrás el jardín con sus follajes rumorosos y sus gritos de pájaros exóticos, había pasado por la columnata que daba entrada á la quinta. Primero el prothyrum con su zócalo de mosaico, en el que se veían pintados feroces perros negros con el ojo de fuego y abierta la rabiosa y babeante boca, erizada de colmillos.

Sobre la puerta estaba clavada una rama de laurel junto á una lámpara en honor de los dioses tutelares de la casa. Después del prothyrum, algo lóbrego, se abría á cielo abierto como un pulmón del edificio, el atrio con sus cuatro filas de columnas sosteniendo la techumbre y formando otros tantos claustros, en los cuales se alineaban las puertas de las habitaciones con sus tres cuadros ribeteados por clavos de gruesa cabeza.

En el centro del atrio abríase el impluvium, balsa rectangular de mármol para recoger las aguas de la techumbre, depositándolas en la cisterna. Entre las columnas erguíanse sobre sus pedestales grandes vasos de barro rojo cubiertos de flores; cuatro mesas de mármol sostenidas por leones alados bordeaban el impluvium; y junto á éste alzábase una estatuilla del Amor que en días de fiesta servía de surtidor de agua.

Acteón admiró la esbelta robustez de las columnas, labradas en mármol azul, lo mismo que los zócalos de las galerías, lo que daba á la luz del atrio una vaguedad difusa, como si el edificio estuviese sumergido en el mar.

Después el introductor le había entregado á Odacis, la esclava favorita, y ésta le había hecho pasar al peristylium, un segundo patio mucho más grande que el atrio y que por su decoración polícroma asombró al griego. Las columnas estaban pintadas de rojo en su parte baja, y después este color se mezclaba con el azul y el oro en las estrías y capiteles, esparciéndose por el artesonado del techo que cubría los pórticos. En la parte descubierta del peristilo abríase en el suelo una piscina profunda de aguas transparentes, por las que pasaban los peces como relámpagos de oro. En torno de ella, bancos de mármol sostenidos por hermes; mesas sustentadas por delfines de retorcida cola; macizos de rosas, entre cuyo follaje asomaban estatuillas blancas ó de barro cocido en voluptuosas posiciones; y cubriendo las paredes del peristilo, entre las puertas de las habitaciones, grandes pinturas de artistas griegos: Orfeo con su pesada lira, desnudo y con el gorro de Frigia, rodeado de leones y panteras que escuchaban sus cantos con la cabeza humillada y ahogando el rugido; Venus surgiendo de las espumas; Adonis dejándose curar por la madre del Amor, y otras escenas loando la fuerza del arte y la belleza.

Acteón vió junto á él dos esclavos jóvenes que le condujeron al baño, y al salir de éste encontró de nuevo á Odacis, que le hizo entrar en la biblioteca, situada en el fondo del peristilo.

Era una gran habitación con pavimento de mosaico, que representaba el triunfo de Baco. El joven dios, hermoso como una mujer, desnudo y coronado de pámpanos y rosas, cabalgaba sobre una pantera, tremolando el tirso. Las pinturas de las paredes eran pasajes famosos de la Iliada. Alineados sobre tablas estaban los libros más voluminosos, y los pequeños formaban haces, metidos en estrechos cestos de mimbres con forro interior de lana.

Acteón admiró la riqueza de la biblioteca, al contar más de cien libros. Representaban una verdadera fortuna. Los navegantes recibían de Sónnica el encargo de traerla cuantas obras notables encontraban en sus viajes, y los libreros de Atenas la remitían los libros de entretenimiento más famosos que alcanzaban boga en su ciudad. Eran todos de papirus con las bandas arrolladas en torno del umbilicus, cilindro de madera ó de hueso artísticamente tallado en sus extremos. Sus hojas, escritas sólo por una cara, estaban impregnadas en la otra de aceite de cedro para preservarlas de la polilla, y sobre la envoltura superior, pintada de púrpura, brillaban con letras de minio y oro el título de la obra, el nombre del autor y el índice de las materias. La copia de aquellos libros representaba la vida de muchos hombres; una suma de trabajo adquirida á costa de grandes cantidades; y el griego, con el respeto de su raza ante la sabiduría y el arte, creíase en el silencio de la biblioteca rodeado por las sombras augustas de tantos grandes hombres, y su mirada respetuosa iba del Homero en viejo papirus, deslucido por los años, y las obras de Thales y Pitágoras, á los poetas contemporáneos, Theócrito y Calímaco, cuyos volúmenes estaban desarrollados, delatando una reciente lectura.

Acteón oyó un ligero crujido de sandalias en el peristilo, y el cuadro de oro pálido que formaba en el suelo la luz del patio al través de la puerta, se obscureció con la sombra de una persona. Era Sónnica, vestida con una sutil túnica blanca. La luz que quedaba á sus espaldas marcaba los contornos adorables del cuerpo en la nube diáfana del vestido.

—Bienvenido seas, ateniense —dijo con una entonación estudiada y armoniosa—. Los que llegan de allá son siempre los señores en mi casa. El banquete de esta noche será en tu honor, pues nadie como un hijo de Atenas puede ser rey de la mesa y conducir las conversaciones.

Acteón, algo conmovido por la presencia de una mujer hermosa envuelta en embriagadores perfumes, comenzó á hablar de la casa, del asombro que le había producido su magnificencia en aquel país bárbaro y de la admiración que su dueña gozaba en la ciudad. Todos le habían hablado de Sónnica la rica.

—Sí, me quieren; mas algunas veces me censuran. Pero hablemos de tí, Acteón: cuéntame quién eres; tu vida debe ser interesante como la del viejo Ulises. Dime antes lo que hay de nuevo en Atenas.

Y por largo rato se desarrolló una charla incesante entre los dos griegos; ella queriendo saber qué cortesanas eran las que triunfaban en el Cerámico é imponían las modas; alegre, satisfecha de recordar su pasado, rejuvenecida y olvidada de su majestuosa opulencia de Sagunto, como si aún estuviera en la casa de la calle de los Trípodes y Acteón fuese uno de los artistas pobres que la visitaban por la tarde para hablar con intimidad de camaradas de las cosas de la ciudad. Reía al escuchar las últimas agudezas de los desocupados del Ágora, la cancioncilla en boga un año antes, cuando Acteón salió de Atenas; y con el ceño fruncido y una gravedad de diosa se enteraba minuciosamente de las postreras variaciones en el traje y el peinado de las hetarias más célebres.

Satisfecha su curiosidad de ateniense desterrada, quiso penetrar en la azarosa vida de su huésped, y Acteón hizo el relato con sencillez. Nacido en Atenas, había sido trasladado á Cartago á los doce años. Su padre, al servicio de la república africana, guerreaba con Hamílcar en Sicilia. Un mismo esclavo cuidaba en una aldea del interior al hijo del mercenario griego y á un cachorro de Hamílcar que sólo tenía cuatro años. Era Hanníbal. El ateniense recordaba los golpes que había dado muchas veces á aquella pequeña fiera á cambio de los mordiscos con que el africano le sorprendía en medio de los juegos. Estalló la sublevación de los mercenarios con todos los horrores que la convirtieron en la guerra inexorable, y su padre, que había permanecido fiel á Cartago y no quiso tomar las armas con sus compañeros, fué á pesar de esto crucificado por el populacho cartaginés que, olvidando sus heridas por la República, sólo vió en él, al extranjero, al amigo de Hamílcar, odiado por los partidarios de Hanón. El hijo se salvó milagrosamente de las sangrientas represalias, y el fiel esclavo de Hamílcar lo embarcó para Atenas.

Allí, bajo la protección de unos parientes, recibió la educación de todos los jóvenes griegos. Conquistó premios del Gimnasio, en la lucha atlética, la carrera y el juego del disco; aprendió á montar caballos sin freno, sin más que apoyar el extremo del pie en una muesca de la lanza; para templar la rudeza de esta educación, le enseñaron á tañer la lira y cantar los versos en diversos estilos, y al verse fuerte de cuerpo y sano de inteligencia, fué enviado como todos los jóvenes atenienses á hacer su aprendizaje militar en las guarniciones de la frontera.

Le aburría la pasividad de esta existencia; era pobre y amaba los placeres; la sangre de sus antepasados, todos soldados de aventura, bullía en su cuerpo, y huyó del Ática para encargarse de una pesquería en el Ponto-Euxino. Después fué navegante, comerció por mar y por tierra; sus caravanas se internaron en el Asia, al través de tribus belicosas y pueblos que vivían en la molicie de una civilización remota y decadente. Fué personaje poderoso en la corte de algunos tiranos, que le admiraban al verle beber de golpe una ánfora de vino perfumado y vencer en el pugilato á los gigantes de la guardia con su ágil destreza de ateniense; y cargado de riquezas levantó un palacio en Rhodas junto al mar y dió fiestas que duraron tres días con sus noches. El terremoto que derribó al coloso, acabó con su fortuna; se hundieron sus naves, desaparecieron bajo las olas sus almacenes llenos de mercancías, y comenzó de nuevo la peregrinación por el mundo; en unos sitios maestro de canto, en otros, educador militar de la juventud, hasta que atraído por la guerra de Esparta, se alistó en el ejército de Cleomenes, el último héroe griego, acompañándolo en el momento en que, vencido, se embarcó para Alejandría. Pobre, sin ilusiones, convencido de que la riqueza no volvería á él, triste al ver que todo el mundo lo llenaban los nombres de Cartago y Roma, hundiéndose el de Grecia en el olvido, había venido á refugiarse en Sagunto, la pequeña República casi desconocida, en busca de pan y de paz, hasta que llegase su última hora. Tal vez en aquel retiro, si no lo estorbaba la guerra, escribiría la historia de sus viajes.

Sónnica seguía su relato con interés, fijando en Acteón una mirada de simpatía.

—Y tú que has sido un héroe y un potentado ¿vas á servir á esta ciudad como simple mercenario?

—Mopso el arquero me ha prometido distinguirme entre las tropas.

—No basta eso, Acteón. Tendrías que vivir como los demás soldados; pasar tu vida en las tabernas del Foro, dormir en las gradas del templo de Hércules. No: tú tienes aquí tu casa; te protege Sónnica.

Y en sus ojos brillantes, agrandados por el círculo obscuro, se leía una piedad amorosa que tenía algo de maternal.

El ateniense la contemplaba con admiración, erguida en su asiento como una nube blanca, en la penumbra de la biblioteca que, como todas las habitaciones griegas, no tenía más luz que la que entraba por la puerta.

—Salgamos al jardín, Acteón. La tarde es dulce y podremos creernos por un instante en los bosquecillos de la Academia.

Salieron de la casa y comenzaron á pasear por una tortuosa avenida orlada de altos laureles, sobre los cuales asomaban las ramas de los plátanos, regados con vino para acelerar su crecimiento. En la terraza de la quinta dos pavos lanzaban sus estridentes graznidos y daban vueltas en el filo de la balaustrada, extendiendo las majestuosas colas.

Acteón, al contemplar á la luz del sol á su hermosa protectora, sintió correr por el cuerpo un estremecimiento de deseo. Llevaba por todo vestido un xitón griego, una túnica abierta, sujeta por un broche de metal en los hombros y ceñida al talle por un cinturón dorado. Los brazos surgían desnudos de la blanca envoltura, y el lado izquierdo de la túnica, cerrado desde el sobaco á la rodilla por algunos pequeños broches, se entreabría á cada paso, revelando las nacaradas desnudeces. La tela era tan sutil que al través de su transparencia marcábanse los contornos de aquel cuerpo sonrosado, que parecía nadar en una envoltura de espuma tejida.

—¿Te asombra mi traje Acteón?

—No; es que te admiro. Me pareces Afrodita surgiendo de las ondas. Hace tiempo que no veo á las hermosuras de Atenas mostrando su divina belleza. Estoy corrompido por mis viajes al través de las rudas costumbres de los bárbaros.

—Es verdad. Como dice Herodoto, casi todos los que no son griegos consideran como un oprobio el aparecer desnudos... ¡Si supieras cuánto escandalizaron al principio, á las gentes de esta ciudad, mis costumbres de ateniense!... ¡Como si en el mundo existiera algo más hermoso que la forma humana! ¡Como si el desnudo no fuese la suprema belleza! Adoro á Friné, asombrando con su cuerpo desnudo á los viejos del Areópago; haciendo rugir de admiración á los miles de peregrinos reunidos en la playa de Eleusis, que ven surgir sus blancas formas de entre los velos, como la luna entre las nubes. Creo en la belleza de sus pechos más que en el poder de los dioses.

—¿Dudas de los dioses? —preguntó Acteón con su fina sonrisa de ateniense.

—Lo mismo que tú y todos los de allá. Los dioses ya sólo sirven de modelos á los artistas, y si se toleran en el viejo Homero, es porque supo contar sus rencillas en hermosos versos. No; no creo en ellos; son simples y crédulos como niños, pero los amo porque son sanos y hermosos.

—¿En qué crees, pues, Sónnica?

—No sé... En algo misterioso que nos rodea y anima la vida: creo en la belleza y el amor.

Se detuvo la griega con aspecto pensativo y continuó:

—Aborrezco á los bárbaros, no porque carezcan de los esplendores del arte, sino por su odio al amor, que encadenan con toda clase de leyes y preocupaciones. Son hipócritas y deformes; hacen de la reproducción un crimen y aborrecen el desnudo, ocultando su cuerpo con toda clase de harapos, como si fuese un espectáculo abominable... ¡Cuando el amor sensual, el encuentro de dos cuerpos, es el sublime amor del que nacimos, y sin él se secaría la fuente de la vida extinguiéndose el mundo!...

—Por eso somos grandes —dijo Acteón con gravedad—. Por eso nuestras artes llenan la tierra y todos se inclinan ante la grandeza moral de Grecia. Somos el pueblo que ha sabido honrar la vida rindiendo culto á su origen: satisfacemos sin hipocresía los impulsos del amor, y por esto comprendemos mejor que nadie las necesidades del espíritu. La inteligencia vuela mejor cuando no siente el peso del cuerpo atormentado por la castidad. Amamos y estudiamos: nuestros dioses van desnudos, sin otro adorno que el rayo de luz inmortal sobre la frente. No piden sangre como esas divinidades bárbaras envueltas en ropajes que sólo dejan al descubierto su faz ceñuda de asesinos; son bellos como los humanos, ríen como ellos, y sus carcajadas, rodando por el Olimpo, alegran la tierra.

—El amor es el sentimiento más virtuoso: de él emanan todas las grandezas. Sólo los bárbaros lo calumnian, ocultándolo como deshonestidad.

—Yo conozco un pueblo —dijo Acteón— en el que el amor, la divina fusión de los cuerpos, se mira como una impureza. Es Israel, una amalgama de tribus miserables, acampadas en un país árido, en torno de un templo de bárbara construcción, copiado á todos los pueblos. Son hipócritas, rapaces y crueles: por esto abominan del amor. Si un pueblo así llegase á la grandeza universal de Grecia, si se enseñoreara del mundo, imponiendo sus creencias, se apagaría la eterna luz que brilla en el Parthenón; la humanidad andaría á obscuras, con el corazón seco y el pensamiento muerto; la tierra sería una necrópolis, todos cadáveres movibles, y pasarían siglos y más siglos antes que los hombres encontraran otra vez el camino, marchando de nuevo hacia nuestros risueños dioses, hacia el culto á la belleza que alegra la vida.

Sónnica, escuchando al griego, se aproximaba á los altos rosales y arrancaba las flores, aspirándolas con delicia. Se creía en Atenas, en el jardín de la calle de los Trípodes, oyendo á su poeta, que la iniciaba en los dulces misterios del arte y el amor. Y miraba dulcemente á Acteón, con apasionamiento franco y sincero, con sumisión de esclava, diciendo «quiero» con los ojos, como si sólo esperase una palabra para caer en sus brazos.

El aire removía dulcemente todo el jardín. Al través del follaje se veía el cielo de color de púrpura inflamado por la puesta del sol. Bajo los árboles comenzaba á formarse una misteriosa penumbra. Los ruidos del campo, el rebullir de la gente fuera de la quinta en las casas de los esclavos y hasta los gritos de los pájaros exóticos en la terraza, parecían venir de un mundo lejano.

Entre dos macizos de rosales erguíase una imagen de Príapo tallada en un tronco. El dios rústico sonreía con expresión lúbrica, arqueando el pecho velludo y encorvando hacia afuera los riñones, como para ostentar mejor su virilidad enorme pintada de rojo.

Sónnica sonrió al ver que lo contemplaba el ateniense.

—Ya sabes que es antigua costumbre poner los jardines bajo la guarda de Príapo. Dicen que ahuyenta á los ladrones. Así lo creen mis esclavos; pero si yo conservo al dios es como símbolo de vida en medio de estas rosas que son tan bellas como las de Pæstum. La brutalidad del gesto de Príapo completa la dulzura graciosa del Amor.

Los dos griegos se alejaron silenciosos, con paso tardo, por una avenida de esbeltos cipreses, á cuyo extremo se abría una gruta con los peñascos tapizados de hiedra, dejando filtrar por sus aberturas una luz verde y difusa. Un amorcillo blanco lanzaba con una concha un chorro de agua que parecía llorar dulcemente, chocando con el tazón de alabastro. Allí pasaba la antigua cortesana las horas de calor.

Acteón sintió en un hombro el roce mórbido y firme del pecho de la griega.

—¡Sónnica!...

Y acariciando el cinturón de oro de la griega, lo hizo caer al suelo. Los brazos frescos y satinados de la cortesana se anudaron á su cuello como serpientes de marfil: su cabeza se frotó amorosamente contra los hombros del griego, que mirando hacia abajo veía fijos en él unos ojos de violeta, húmedos con estremecimientos de emoción.

—Eres Atenas que vuelve á mí —murmuró ella con dulce desmayo—. Cuando te encontré esta mañana en las gradas de Afrodita creí que eras Apolo descendido al mundo... Sentí en mis entrañas el fuego de los dioses... Imposible resistir... He despreciado al Amor por mucho tiempo... Pero el diosecillo se venga y yo te amo. Ven... ¡Ven!...

Y tiraba del cuello de Acteón con sus brazos entrelazados. Se soltaron los broches de la túnica, resbaló ésta á lo largo del cuerpo, y en el crepúsculo de la gruta brilló por algunos instantes con pálida luz la desnudez de la griega.

Eran nueve los convidados de Sónnica y llegaron al cerrar la noche, unos en carros, otros á caballo, pasando por entre los esclavos con antorchas encendidas que guardaban la entrada de la quinta.

Cuando Sónnica y Acteón entraron en la sala del festín, los convidados formaban grupos junto á los lechos de púrpura, en torno de la curva mesa, cuyo mármol lavaban algunas esclavas con esponjas de agua perfumada. Cuatro enormes lámparas de bronce ocupaban los ángulos del triclinyum. De sus brazos pendían con cadenillas un sinnúmero de cazoletas de aceite perfumado, en las que crepitaban las mechas, esparciendo una viva claridad. Guirnaldas de rosas y follaje se tendían de una á otra lámpara, formando un marco perfumado á la mesa del festín. Junto á la puerta que comunicaba con el peristilo amontonábanse sobre mesas de labrada madera los platos, los vasos dorados y de plata y los agudos trinchantes de que habían de servirse los esclavos.

El celtíbero Alorco hablaba con Lacaro y otros tres jóvenes griegos de aquellos que por su afeminamiento excitaban el escándalo de los saguntinos en el Foro. El arrogante bárbaro, por una costumbre de su raza, conservaba ceñida la espada hasta el momento del banquete, colgándola después del remate de marfil del lecho para tenerla siempre al alcance de la mano.

En el otro extremo de la mesa conversaban tranquilamente dos ciudadanos de edad madura y Alco, el pacífico saguntino con quien habló Acteón por la mañana en la explanada de la Acrópolis.

Los dos viejos eran antiguos amigos de la casa, comerciantes griegos á los que Sónnica hacía partícipes de sus negocios é invitaba á las fiestas nocturnas, apreciando la mesurada alegría que aportaban á la diversión.

Al entrar la enamorada pareja en la sala del festín, todos los convidados adivinaron su felicidad en los ojos húmedos y brillantes de Sónnica, en el desmayo con que inclinaba hacia Acteón su rubia cabeza coronada de rosas y violetas.

—Ya tenemos amo —murmuró Lacaro con entonación envidiosa.

—Ha sido más afortunado que nosotros —contestó el celtíbero con sencillez—. Al fin es un ateniense, y comprendo que Sónnica la insensible se haya ablandado ante uno de los suyos.

Acteón, dándose á conocer á todos los convidados, iba por la sala con el aplomo de un potentado que goza de sus riquezas; como hombre habituado á grandes esplendores, al que un golpe de fortuna saca de la miseria, devolviéndolo á sus primitivas costumbres.

Á una indicación de Sónnica, los convidados se tendieron en los lechos de púrpura que oblícuamente rodeaban la mesa, y entraron en la sala cuatro jóvenes apenas llegadas á la adolescencia, llevando sobre sus cabezas, con la esbelta gracia de las canéforas, canastillas de mimbre con coronas de rosas. Caminaban con gentil ligereza, como si se deslizaran sobre el mosaico al son de invisibles flautas, y con sus finas manos de niña ceñían de flores la frente de los comensales.

El intendente de la quinta entró en la sala con rostro irritado.

—Señora: Eufobias el parásito se empeña en entrar.

Estallaron gritos y protestas entre los convidados al conocer la proximidad de Eufobias.

—¡Arrójalo, Sónnica! ¡Nos llenará de miseria! —gritaban los jóvenes, recordando con rabia las burlas que se permitía en el Foro sobre sus trajes y costumbres.

—Es una vergüenza para la ciudad tolerar á ese mendigo insolente —decían los ciudadanos graves.

Sónnica sonreía; pero de repente vino á su memoria un epigrama cruel que el parásito la había dedicado días antes, recitándolo en el Foro, y dijo con frialdad á su intendente:

—Arrójalo á palos.

Los convidados se lavaron las manos en el chorro de agua perfumada que una esclava iba vertiendo de lecho en lecho, y Sónnica dió la orden de comenzar el banquete, cuando entró de nuevo el intendente empuñando todavía una estaca nudosa.

—Le he pegado, señora, y no quiere irse. Aguanta los golpes y cada vez se mete más en la casa.

—¿Y qué dice?...

—Dice que no es posible una fiesta de Sónnica sin la presencia de Eufobias, y que los golpes son señal de aprecio.

La hermosa griega pareció compadecerse; rieron los comensales y Sónnica dió orden para que entrase el filósofo. Pero antes que saliera á cumplirla el intendente, ya Eufobias se había introducido en la sala, encogido, humilde, pero mirando á todos con ojos insolentes.

—Los dioses sean con vosotros. La alegría te acompañe siempre, hermosa Sónnica.

Y volviéndose al intendente dijo con altanería:

—Hermano: ya que ves que de todos modos acabo por entrar, procura otra vez tener la mano menos pesada.

Y entre las risas de los convidados, rascábase la frente, en la que comenzaba á marcarse un chichón, y con la punta de su viejo manto se enjugaba algunas gotas de sangre junto á la oreja.

—¡Salud, piojoso! —le gritó el elegante Lacaro.

—¡Lejos de nosotros! —vociferaron los otros jóvenes.

Pero Eufobias no se fijaba en ellos. Sonreía á Acteón, viéndole acostado junto á Sónnica, y sus ojillos brillaban con expresión maliciosa.

—Has llegado donde yo creía, ateniense. Tú sujetarás á estos afeminados, que rodean á Sónnica y me llenan de insultos.

Y sin hacer caso de las burlescas protestas de los jóvenes, añadió con servil sonrisa:

—Creo que no olvidarás á tu viejo amigo Eufobias. Ahora ya puedes pagarle todo el vino que desee en las tabernas del Foro.

El filósofo ocupó un lecho en el extremo más apartado de la mesa y rechazó la corona que le presentaba una esclava.

—No vengo por flores: vengo á comer. Rosas las encuentro en el campo con solo dar un paseo: lo que no se encuentra en Sagunto es un pedazo de pan para un filósofo.

—¿Sientes hambre? —preguntó Sónnica.

—Mayor es la sed. He pasado el día hablando en el Foro: todos me oían y á nadie se le ocurrió que debía refrescarme la garganta.

Había que elegir, según costumbre griega, el rey del banquete; el convidado predilecto encargado de proponer los brindis, de marcar el momento de beber y dirigir las conversaciones.

—Elijamos á Eufobias —dijo Alorco con su grave jocosidad de celtíbero.

—No —protestó Sónnica—. Un día le entregamos por broma la dirección de un banquete y antes de llegar al tercer servicio estábamos todos ebrios. Á cada bocado propone una libación.

—¿Á qué elegir rey? —dijo el filósofo—. Lo tenemos ya al lado de Sónnica. Que sea el ateniense.

—Que lo sea —dijo el elegante Lacaro— y que no te permita hablar en toda la noche, insolente parásito.

En el centro de la mesa elevábase una ancha crátera de bronce, á cuyos bordes asomaba un grupo de ninfas mirándose en el ovalado lago de vino. Cada convidado tenía detrás un esclavo para su servicio y todos ellos llenaron en la crátera los vasos de los comensales, para la primera libación. Eran vasos de los llamados mirrinos, traídos á gran precio de Asia, de misteriosa fabricación, en la que entraba polvo de conchas y mirra endurecida y pintada. Tenían la blanca opacidad del marfil, matizada por grecas de colores, y su pasta misteriosa daba al vino un sabor voluptuoso.

Incorporóse Acteón en su lecho para proponer la primera libación en honor de la divinidad predilecta.

—Bebe por Diana, ateniense —dijo la voz grave de Alco—. Bebe por la diosa saguntina.

Pero el griego sentía en la mano que le quedaba libre otra fina y ensortijada envolviéndola con tibia caricia.

El ateniense dedicó su libación á Afrodita, y los jóvenes prorrumpieron en un grito de entusiasmo. Afrodita debía ser la diosa de aquella noche; y mientras los jóvenes pensaban en las danzarinas de Gades, gran atractivo del banquete, Sónnica y Acteón, con los codos apoyados en cojines y el busto al borde de la mesa, se acariciaban con los ojos, al mismo tiempo que sus cuerpos estaban en cálido contacto.

Robustos esclavos, sudorosos por el fuego de las cocinas, dejaban sobre la mesa los manjares del primer servicio en grandes platos de roja arcilla saguntina. Eran mariscos servidos tal como fueron pescados ó cocidos al rescoldo con gran cantidad de especias. Ostras frescas, almejas, erizos aderezados con perejil y hierbabuena, espárragos, pepinos, lechugas, huevos de pava real, un vientre de cerda sazonado con cominos y vinagre, y pájaros fritos nadando en una salsa de polvo de queso, aceite, vinagre y silfio. Además se servía á los convidados el oxigarium, fabricado en las pesquerías de Cartago-Nova: una pasta de tripas de atún, cargada de sal y vinagre, que excitaba el paladar, obligando á beber vino.

El perfume de todos estos platos esparcíase por la sala del festín.

—Que no me hablen de los nidos del ave fénix —decía Eufobias con la boca llena—. Según afirman los poetas, el fénix embadurna su vivienda con incienso, cinamomo y canela, pero ¡juro por los dioses! que en ese nido no me encontraría tan bien como en el triclinio de Sónnica.

—Lo que no te impide, malvado —dijo la griega sonriendo—, dedicarme versos en los que me insultas.

—Porque te quiero y protesto de tus locuras. De día soy filósofo; pero por la noche el estómago me obliga á buscarte para que me peguen tus servidores y me des tú de comer.

Los esclavos retiraban los platos del primer servicio, y colocaban los del segundo, que era el de las carnes y el pescado. Un pequeño jabalí asado ocupaba el centro de la mesa; grandes faisanes con el plumaje entero sobre las cocidas carnes se ostentaban en platos rodeados de huevos cocidos y olorosas hierbas; los tordos formaban coronas enristrados en juncos; las liebres, al ser partidas, mostraban su relleno de romero y tomillo; y las palomas campestres confundíanse con las codornices y los tordos. Los pescados eran innumerables y hacían recordar á los griegos los platos de su país, hablando entre bocado y bocado del glauco de Megara, la murena de Scione y las doradas y xifias de las costas de Faraleo y del Helesponto.

Cada convidado escogía en los platos lo que más le gustaba, y obsequiaba con ello á sus amigos, cruzándose presentes por medio de los esclavos de un extremo á otro de la mesa. Nuevos vinos en ánforas selladas y polvorientas subidas de las cuevas, derramábanse en las copas del festín. El vino de Chios, lejano y costoso, confundíase con el Cecubo, el Falerno y el Massico de Italia y los de Laurona y del agro saguntino. Al perfume de estos líquidos, uníanse el de las salsas, en las que entraban con las complicadas recetas de la cocina griega, el silfio, el perejil, el sésamo, el hinojo, el comino y el ajo.

Sónnica apenas comía: olvidaba los platos, colmados de presentes de sus convidados, para sonreir á Acteón.

—Te amo —decía por lo bajo al griego—. Parece que me haya hechizado una maga de la Thesalia. Todo en mí está lleno de amor. ¿Ves estos peces?... Temo comerlos; creería cometer un sacrilegio: las rosas y los peces están dedicados á Venus, la madre de nuestra felicidad. Sólo deseo beber... beber mucho. Siento en mí un fuego que me acaricia y me consume.

Los convidados devoraban, tributando elogios al cocinero de Sónnica, un asiático comprado en Atenas por uno de sus navegantes. Le había costado casi el valor de una quinta; pero todos daban por bien empleado el gasto, admirando el arte con que sabía meditar en un rincón de la cocina sus asombrosas combinaciones, ejecutadas después por los otros servidores, y su feliz invención del dátil y la miel para las salsas suaves de los asados. Con un esclavo así, se podía gozar toda la vida y retardar la muerte por muchos años.

Había terminado el segundo servicio. Los convidados se tendían ahítos en sus lechos, aflojándose las vestiduras. Para no incorporarse al beber, los esclavos les servían el vino en copas de alabastro en forma de cuerno, que dejaban caer por su punta un hilillo de vino. La púrpura de los lechos manchábase de bebida. Las grandes lámparas de los ángulos, con sus luces de aceite perfumado, parecían debilitarse en aquella atmósfera densa, cargada del vaho de los platos. Las guirnaldas de rosas, tendidas de una lámpara á otra, desfallecían en el pesado ambiente. Al través de la puerta veíanse las columnas del peristilo y un trozo de cielo azul obscuro, en el que parpadeaban las estrellas.

El pacífico Alco, incorporándose en el lecho, sonreía con la dulzura de una embriaguez tranquila, contemplando la belleza del cielo.

—Bebo por la hermosura de nuestra ciudad —dijo levantando el cuerno lleno de vino.

—¡Por la griega Zazintho! —gritó Lacaro.

—Sí; seamos griegos —contestaron sus amigos.

Y la conversación vino á parar en la gran fiesta que por iniciativa de Sónnica celebrarían los griegos de Sagunto en honor de Minerva al recolectarse la mies. Las fiestas Panatheas, terminarían con una procesión semejante á la que se verificaba en Atenas y que Fidias había eternizado sobre mármol en sus famosos frisos. Los jóvenes hablaban con entusiasmo de los caballos que montarían y de los alardes de destreza para los cuales se estaban preparando con continuos ejercicios. Sónnica patrocinaba las fiestas con su inmensa riqueza, y quería que estas fuesen tan famosas como las que celebró Atenas al erigirse el Parthenón.

La juventud saguntina correría por la mañana fuera de las murallas para demostrar que valía tanto como los jinetes celtíberos: los más pacíficos lucharían en el Foro lira en mano para conquistar la corona dedicada al que mejor cantase los poemas de Homero; después la procesión desarrollaría sus magnificencias por las calles de la ciudad subiendo á la Acrópolis, y por la tarde se verificaría la carrera del hacha, para que riese la gente silbando al que dejara apagar su antorcha y golpeando al que caminase con lentitud.

—¿Pero es que realmente crees en Minerva? —preguntó Eufobias á Sónnica.

—Creo en lo que veo —contestó la griega—. Creo en la primavera, en la resurrección de los campos, en la mies que sale del terruño para alimentar con sus cabelleras doradas á los humanos, en las flores que son los pebeteros de la tierra, y sobre todas las diosas amo á Atenea por la sabiduría que diviniza á los hombres y á Minerva por su fecundidad que los mantiene.

Los esclavos cubrían la mesa con el tercer servicio, y los convidados, casi ebrios, incorporábanse en sus lechos al ver las canastillas llenas de frutas; los platos cubiertos de hojas de pasta dulce, enrolladas sobre el fuego al estilo de Capadocia, los buñuelos de harina de sésamo henchidos de miel y dorados por el calor del horno y las tortas con queso rellenas de frutas cocidas.

Destapábanse las ánforas pequeñas conteniendo los vinos más preciosos, traídos de los últimos confines del mundo por las naves de Sónnica. El vino de Biblos en Fenicia, saturaba el ambiente con sus penetrantes perfumes como una anforilla de tocador; el de Lesbos esparcía al derramarse un dulce olor de rosas, y junto con ellos caían en las copas los de Eritrea y Heráclea, fuertes y espirituosos, y los de Rhodas y Chios, mezclados prudentemente con agua del mar que hacía más fácil la digestión.

Algunos esclavos, para excitar de nuevo el apetito de los convidados y hacerles beber más, ofrecían platos con cigarras en salmuera, rábanos con vinagre y mostaza, garbanzos tostados y aceitunas colimbadas de picante adobo, apreciadísimas por su tamaño y sabor.

Acteón no comía; sentíase turbado por el contacto de Sónnica, que saliéndose de su lecho se oprimía contra él, frotando sus mejillas con las del ateniense y confundiendo sus alientos. Así permanecían silenciosos, contemplándose el uno en las pupilas del otro.

—Deja que te bese en los ojos —murmuraba Sónnica—. Son las ventanas del alma y me parece que por ellos penetra mi caricia hasta lo más hondo de tu pecho.

El arrogante Alorco, grave como un celtíbero en medio de su embriaguez, hablaba de las próximas fiestas, contemplando su copa vacía. Tenía en la ciudad cinco caballos, los mejores de su tribu, y si los magistrados le permitían tomar parte en la fiesta, á pesar de ser extranjero, habían de admirar los saguntinos la rapidez y fuerza de sus hermosas bestias. Para él sería la corona si algún suceso inesperado no le hacía abandonar antes la ciudad.

Lacaro y sus elegantes amigos se proponían disputar el premio del canto, y sus manos de mujer, finas y ensortijadas, movíanse nerviosamente sobre la mesa como si ya estuvieran pulsando la lira, y sus bocas pintadas cantaban á media voz los versos homéricos. Eufobias, tendido de espaldas en su lecho, miraba á lo alto con soñolientos ojos, sin voluntad más que para extender la copa y pedir vino; y Alco y los comerciantes griegos se impacientaban por la lentitud del banquete.

—¡Las danzarinas! ¡Que vengan las hijas de Gades! —reclamaban con voces trémulas, brillándoles en los ojos la punta de fuego de la embriaguez.

—Sí, vengan las danzarinas —gritó Eufobias saliendo de su estupor—. Quiero ver como esta honrada gente turba su digestión, que es lo mejor del hombre, con los pasos lúbricos de las hijas de Hércules.

Sónnica hizo un signo á su intendente, y á los pocos instantes sonaron en el peristilo regocijados sones de flautas.

—¡Las aulétridas! —gritaron los convidados.

Y entraron en la sala del festín cuatro esbeltas muchachas, coronadas de violetas, con un xitón abierto desde el talle á los pies, que descubría á cada paso la pierna izquierda, y en la boca la doble flauta, sobre cuyos orificios corrían sus ágiles dedos.

De pie, en el espacio que abarcaba la curva de la mesa, comenzaron á entonar una melopea dulcísima, que hizo sonreir plácidamente á los convidados incorporados en sus lechos. Los más de ellos miraban á las aulétridas como antiguas conocidas, y moviendo la cabeza al compás de la flauta, seguían con ojos ávidos el contorno de aquellos cuerpos, que agitaban sus pies acompañando el ritmo.

Varias veces cambiaron de tono y compás las flautistas; pero al cabo de una hora, los convidados parecían aburridos.

—Esto lo conocemos ya —dijo Lacaro—. Son las flautistas de todos tus banquetes, Sónnica. Desde que pareces enamorada, olvidas á tus amigos. Otra cosa; deseamos las danzarinas.

—Sí, que vengan las danzarinas —gritaron los jóvenes.

—Tened calma —dijo la griega, separándose por un instante del pecho de Acteón—. Vendrán las danzarinas, pero será al final del banquete, cuando me rinda el sueño. Os conozco bien, y sé cómo terminará la fiesta. Antes quiero que admiréis á una pequeña esclava que ha aprendido de los marineros griegos á ser una funámbula como las de Atenas.

Antes de que entrase la esclava, los convidados miraron alarmados á un extremo de la mesa. Un mujido de bestia salía debajo de ella. Era Eufobias, que caído de su lecho y con la cabeza sobre el mosaico, arrojaba la comida entre un arroyo de vino.

—Dadle hojas de laurel —dijo el prudente Alco—. Nada mejor para disipar la embriaguez.

Los esclavos le hicieron mascar las hojas casi á la fuerza, sin hacer caso de las protestas del filósofo.

—No estoy ebrio —gritaba Eufobias—. Es el hambre que me persigue. Los más de los días no encuentro pan, y cuando tropiezo con una mesa como la de Sónnica, se me escapa lo que como.

—Dí mejor lo que bebes —contestó Sónnica, volviendo á reclinar su cabeza en el pecho del griego.

La funámbula había aparecido ante la mesa y saludó á su señora, llevándose las manos á la cara. Era una muchachuela de catorce años, de piel amarillenta, y sin otra vestidura que una faja roja arrollada por debajo del vientre. Sus miembros nerviosos y ágiles y el pecho enjuto, sin más que una ligerísima hinchazón en los senos, la hacía parecer un muchacho. Los convidados viejos sonreían conmovidos ante aquella frescura casi masculina.

Dió un grito, y doblándose con nerviosa elasticidad, púsose sobre las manos, y con los pies en alto y la cabeza rozando el suelo, comenzó á correr rápidamente por el triclinio. Después, con una poderosa flexión de sus brazos, saltó sobre la mesa, y sus manos trotaron por entre la confusión de platos, ánforas y copas sin derribarlos.

Los convidados aplaudieron con gritos de entusiasmo. Los dos comerciantes griegos la ofrecieron sus copas, pellizcándola las mejillas mientras bebía y bajando sus manos acariciadoras á lo largo de la espalda.

—Lacaro —dijo el filósofo á su elegante enemigo—. ¿Por qué tú y tus camaradas no habéis traído á los lindos esclavos que os sirven de apoyo en el Foro?

—Nos lo ha prohibido Sónnica —contestó el joven satisfecho de la pregunta, sin adivinar la ironía de Eufobias—. Es una mujer superior, pero de las refinadas costumbres de Atenas, esta es la única que se niega á aceptar. Sólo cree en Júpiter y Leda: el bello Ganímedes la hace escupir. Es una ateniense incompleta.

Algunos esclavos, bajo la dirección de su jefe, plantaban en el suelo filas de espadas de hoja ancha y aguda, para que la funámbula realizase la gran suerte. Las aulétridas hicieron sonar una melodía lenta y triste, y la funámbula, otra vez con la cabeza en el suelo, comenzó á marchar entre las espadas sin derribarlas ni rozar sus agudos filos. Los convidados, con la copa en la mano, la seguían ansiosamente por entre el bosque de agudos hierros que podían clavarse en su cuerpo á la más leve vacilación. Deteníase junto á una espada, levantaba una mano, y apoyándose únicamente en la otra, encogía el brazo hasta besar el suelo; después lo ponía rígido, elevándose; y en estos movimientos la cortante hoja la rozaba el vientre y el pecho sin llegar á herir la piel.

Aplaudieron de nuevo los comensales cuando la muchacha concluyó su trabajo. Los dos viejos la obligaron á tenderse entre ellos, haciéndola casi desaparecer bajo sus amplias túnicas, dejando únicamente al descubierto su maliciosa cabeza de muchacho que husmeaba las copas y las confituras.

—¡Pero Sónnica!... —protestó Lacaro—. ¿Cuándo se ha visto á la hermosa griega olvidar de tal modo á sus convidados? Ateniense que la enloqueces con tu amor; intercede por nosotros y haz que se presenten pronto las hijas de Gades.

Sónnica parecía adormecida sobre el pecho de Acteón, embriagada por el calor del cuerpo de su amante.

—Dí que entren... que hagan lo que quieran... que nos dejen tranquilos.

Sonó en el peristilo un rumor de pasos, de risas y cuchicheos, y empujándose como un rebaño revoltoso, entraron en el triclinio las danzarinas de Gades.

Eran muchachas de pequeña estatura y miembros sueltos y ágiles: la piel de una palidez de ámbar, los ojos rasgados y luminosos, la cabellera negra y el cuerpo envuelto en flotantes velos de una transparencia difusa y engañosa, más excitante aún que la desnudez. Llevaban sobre el pecho y en piernas y brazos sartas de monedas y amuletos que chocaban con alegre tintineo á cada movimiento, y miraban á los convidados con fijeza, sin experimentar turbación alguna, como un rebaño acostumbrado á las fiestas y que marchaba de banquete en banquete, viendo sólo á los hombres en la hora de la embriaguez.

El jefe de la banda, un viejo apergaminado de insolente mirada, iba vestido como ellas, con velos femeniles, las mejillas pintadas, los ojos cercados de negro, grandes arracadas en las orejas y una sonrisa cínica en su boca de bermellón, pronta á aceptar las más infames proposiciones.

Eufobias, indiferente ante las gracias de las danzarinas, le contemplaba con admiración, obsesionado por la duda del sexo á que correspondían aquellos brazos esqueléticos pintados de blanco y recargados de joyas que asomaban por entre los velos.

—Hermano, ¿eres hombre ó mujer? —preguntó gravemente el filósofo.

—Soy el padrecito de todas estas flores —contestó el eunuco con voz aguda, mostrando al sonreir sus encías sucias y desdentadas.

Tres de las mujeres, puestas en cuclillas, comenzaban á hacer sonar los crótalos con sonoro repiqueteo, mientras otra golpeaba con la mano un tamboril de vientre cóncavo, que sostenía con el brazo izquierdo en forma de asa.

El eunuco dió un golpe en el suelo con un palo, é inmediatamente cuatro parejas de danzarinas salieron al centro del triclinio y comenzaron á bailar al son de la bárbara y ruidosa música de sus compañeras. Danzaban con solemnidad, erguidas majestuosamente, extendiendo los brazos como si nadasen en el espacio, agitando con lentos contoneos sus cuerpos morenos, que parecían flotar en el oleaje de espuma transparente que los envolvía. Poco á poco los movimientos iban acentuándose; eran gentiles desperezos que hacían subir los firmes pechos, asomando sus puntas por entre los velos; contorsiones en las que giraba el tronco sobre las caderas; un vaivén de las formas encerradas en aquella blanca y flotante envoltura que al volar en mil pliegues con aleteo voluptuoso, parecía animar las luces de las lámparas.

De repente, á una señal del viejo, se cortó la música y cesaron de bailar.

—Más... más —gritaron los convidados incorporados en sus lechos por la excitación de la danza.

Era un descanso para mudar de tono y avivar aún más el entusiasmo con la breve calma. La música adquirió un ritmo vivo y ruidoso, el viejo comenzó á golpear con su bastón el suelo, lanzó un lamento prolongado, triste, de suave dulzura, que no parecía salir de su infecta boca, y á continuación rompió á cantar con lentitud soñolienta unas estrofas de amor con palabras de doble sentido, que causaban el efecto de afrodisíacos, haciendo rugir de entusiasmo á los comensales.

Las danzarinas se lanzaron de un salto al centro del triclinio, bailando apresuradamente, como poseídas de la fiebre. Cada canción era un latigazo que excitaba sus nervios, y sus pies desnudos saltaban como pájaros de nieve sobre el mosaico ó se elevaban con gentil vuelo, levantando las nubes de gasa que dejaban al descubierto una pierna bien modelada, con adornos ruidosos que esparcían argentinos choques. Sus vientres, de suave curva, parecían adquirir vida aparte; y sobre el cuerpo inmóvil con rigidez hiératica, movíanse como animales nerviosos, contrayéndose en circulares estremecimientos, formando un remolino de voluptuosas ondulaciones, del cual era el ombligo el sonrosado centro. Acompañábanse en la danza con el incesante chasqueteo de sus dedos. Recogiéndose las gasas bajo los brazos, ajustándolas á sus caderas, movían con voluptuoso ritmo sus redondeces de ánfora, suspirando con desmayo, la cabeza inclinada, como encantadas por la contemplación de su propia belleza. De repente la música se debilitaba como si se alejase, y las danzarinas, con los pies juntos y las piernas entreabiertas, descendían y descendían en lenta espiral, en suaves ondulaciones, hasta tocar el suelo, y de pronto, así que sus bellezas calipygas rozaban el mosaico, erguíanse como una serpiente que despierta, y los crótalos y el tamboril sonaban más ruidosamente entre los aullidos de las músicas que las animaban con palabras de amor, con exclamaciones de supremo arrebato, como si estuvieran al pie de un revuelto lecho.

Los convidados, rojos de emoción, los ojos chispeantes y la boca seca, se habían lanzado al centro del triclinio, interrumpiendo la danza, mezclándose con las parejas, separándolas. Eufobias roncaba al pie de su lecho. Sónnica había desaparecido desde mucho antes, saliendo del triclinio apoyada en una esclava, sin separar su cabeza del hombro de Acteón.

Los velos de las danzarinas caían al pie de la mesa. Devoraban las confituras y las frutas, bebían en las ánforas y sumergían sus cabezas en la crátera de las ninfas para reir al verse con la cara manchada de vino. El eunuco seguía cantando y dando golpes furiosos en el suelo para marcar el ritmo á sus músicas. Era en vano; las que intentaban bailar no podían moverse entre las manos de los convidados, que á cada vuelta las golpeaban en sus redondeces, arrancándolas los velos. Los jóvenes rodaban al pie de las lámparas enloquecidos por aquellas bacantes de sabia perversión, criadas en un puerto al que llevaban los navegantes los refinamientos y corrupciones del mundo entero. El celtíbero Alorco, brutal en su entusiasmo, paseaba por el triclinio con los brazos extendidos, haciendo alarde de sus fuerzas, sosteniendo en las nervudas manos dos danzarinas que chillaban asustadas; y afuera, en la obscuridad del peristilo, notábase el remover de los esclavos y las esclavas de las cocinas que se acercaban arrastrándose para gozar de lejos el espectáculo de la bacanal.

Aún no había amanecido cuando despertó Acteón, extrañando, sin duda, el blando lecho y los perfumes del dormitorio. Sónnica estaba á su lado, y á la luz de la lámpara colocada junto á la puerta, veíase la sonrisa de felicidad que vagaba en sus labios.

De la embriaguez de la noche quedábale al ateniense el vehemente deseo de respirar aire libre. Se ahogaba en la habitación de Sónnica, hundido en el lecho que parecía arder con el fuego de los anteriores arrebatos, cerca de aquel cuerpo que luego de estremecerse sobre él con el abandono de la embriaguez y la pasión estaba inerte y sin otra vida que los suaves suspiros que hinchaban su pecho.

Quedamente y de puntillas salió el griego al peristilo. Aún lucían las lámparas en el triclinio, y un vaho insufrible de viandas, vinos y cuerpos sudorosos salía por su puerta. Vió á los convidados tendidos en el suelo entre mujeres que roncaban, mostrando al cambiar de postura sus más recónditas desnudeces. Eufobias había despertado de su borrachera, y ocupando el lugar de honor, el lecho de Sónnica, se forjaba la ilusión de ser dueño de la quinta. Arrebujado en su manto viejo hacía bailar á dos danzarinas soñolientas, contemplando con fijeza desdeñosa sus carnes desnudas como hombre que se considera por encima de los carnales deseos.

Al aparecer Acteón en el triclinio huyeron algunos esclavos, temerosos de ser castigados por su curiosidad. No queriendo ser visto por el filósofo, salió el griego de la casa buscando el fresco del jardín. En él notó la misma fuga ante sus pasos. Huían por las avenidas las enlazadas parejas; tras los macizos de follaje sonaban gritos de sorpresa al aproximarse él, y en las últimas sombras de la noche el jardín aparecía animado por una vida misteriosa, como si bajo sus bóvedas de hojarasca se buscara todo un pueblo entregándose al amor.

Eran los esclavos que, excitados por la fiesta, continuaban á cielo abierto las escenas del triclinio.

El griego sonrió, pensando que la fiesta iba á aumentar con nuevos esclavos la riqueza de la señora.

—Que gocen en paz. Sería perjudicar á Sónnica.

Y salió del jardín para no turbar la alegría del rebaño miserable que, olvidando sus penas, se buscaba y unía en la penumbra del amanecer.

Atravesó el inmenso dominio de Sónnica, los bosques de higueras, los extensos olivares, hasta que de pronto, se vió en el camino de la Sierpe. Nadie pasaba por él. Se oyó sonar á lo lejos el galope de un caballo y Acteón vió á la luz azulada del amanecer un jinete que sin duda se dirigía al puerto.

Al aproximarse lo reconoció el ateniense, á pesar de que llevaba cubierta la cabeza con la capucha de un manto de guerra. Era el pastor celtíbero. Lanzándose el griego al centro del camino, agarró el caballo por las bridas, mientras el jinete, detenido en su carrera, echaba el cuerpo atrás, tirando del cuchillo que llevaba en el cinto.

—¡Quieto! —dijo Acteón en voz baja—. Si te detengo es para decirte que te he conocido. Eres Hanníbal, el hijo del gran Hamílcar. Tu disfraz podrá servirte para los saguntinos, pero tu amigo de la niñez te reconoce.

El africano avanzó su melenuda cabeza, y sus ojos imperiosos adivinaron al griego en la penumbra.

—¿Eres tú Acteón?... Al encontrarte ayer tantas veces, comprendí que acabarías por conocerme. ¿Qué haces aquí?

—Vivo en casa de Sónnica la rica.

—He oído hablar de ella: una griega famosa por su hermosura y su talento como las cortesanas de Atenas. Deseaba conocerla, y creo que la hubiera amado si la misión de los hombres fuese ir tras las mujeres... ¿Y no haces nada más?

—Soy guerrero á sueldo de la ciudad.

—¡Tú!... ¡El hijo de Lisias, que fué el capitán de confianza de Hamílcar! ¡Un hombre educado en el Pritaneo de Atenas, al servicio de una ciudad de bárbaros y comerciantes!...

Calló algunos momentos, como extrañado por la conducta del griego, y añadió con resolución:

—Monta en las ancas de mi caballo: vente conmigo. En el puerto me espera una nave cartaginesa que carga plata. Voy á Cartago-Nova á ponerme al frente de los míos. Se aproximan días de gloria, una empresa inmensa y sublime, como la de los gigantes, cuando amontonando montañas, escalaron vuestro Olimpo. Ven: tú eres el amigo de mi niñez, te conocí antes que á Hasdrúbal y Magón, los hijos de Hamílcar, que el glorioso capitán me dió por hermanos, llamándonos á los tres «mis leoncillos...» Te conozco; eres astuto y valiente como tu padre: á mi lado conquistarás riquezas. ¡Quién sabe si reinarás en algún hermoso país cuando, imitando á Alejandro, reparta yo mis conquistas entre mis capitanes!...

—No, cartaginés —dijo Acteón gravemente—. No te aborrezco, recuerdo con placer nuestros primeros años, pero nunca iré contigo. Se opone tu raza, el pasado de tu pueblo, la sombra ensangrentada de mi padre.

—La raza no es más que una ficción; el pueblo un pretexto para hacer la guerra. ¿Qué más te da servir á Cartago que á otra república, si eres griego? Si me abandonasen los míos, pelearía por cualquier país. Nosotros somos hombres de guerra, nos batimos por la gloria, el poder y las riquezas: las necesidades de nuestro pueblo, sólo sirven para justificar nuestra victoria y que despojemos al enemigo. Odio á los mercaderes de Cartago, pacíficos y pegados á sus tiendas, tanto como á los orgullosos romanos. Ven, Acteón; ya que nos hemos encontrado, sígueme: la fortuna va conmigo.

—No, Hanníbal: aquí me quedo. Viendo tus soldados africanos recordaría al populacho que crucificó á Lisias.

—Fué un crimen inevitable: una locura de aquella guerra sin entrañas á que nos impulsaron los mercenarios. Mi padre lo lamentó mil veces acordándose de su fiel Lisias. Yo repararé con mi protección aquella injusticia de Cartago.

—No te seguiré, Hanníbal. He dicho adiós á la guerra y al botín. Prefiero envejecer aquí en esta vida tranquila y dulce, al lado de mi Sónnica, amando la paz como cualquiera de los saguntinos que viven en el barrio de los comerciantes.

—¡La paz!... ¡la paz!...

Y una carcajada estridente y brutal, semejante á la que oyó Acteón en las gradas de Afrodita cuando se embarcaban los legados romanos, resonó en el silencio del camino.

—Oye bien, Acteón —dijo el africano recobrando su gravedad—; la prueba de que aún guardo por tí mi afecto de la niñez, es la franqueza con que te abro mi pensamiento. ¡Sólo á tí, entiéndelo bien!... Si durmiendo en mi tienda supiera al despertar que se había escapado en palabras lo que pienso, daría de puñaladas al centinela que guarda mi sueño... ¡Hablas de paz!... Despierta, Acteón. Si piensas envejecer tranquilo en alguna parte, huye con esa griega que amas, lejos, muy lejos. Donde yo esté no habrá paz mientras no sea el soberano del mundo. La guerra marcha ante mis pasos; el que no se someta á mí, tiene que morir ó ser mi esclavo.