IV

Entre griegos y celtíberos

Á nadie habló Acteón de este encuentro. Es más; á los pocos días, casi lo había olvidado. Veía tranquila la ciudad, ocupada en preparar las grandes fiestas Panatheas, segura con la protección de su aliada Roma, y el recuerdo de la entrevista con el africano, tomaba en su memoria la vaguedad de un ensueño.

Tal vez las palabras de Hanníbal no eran más que arrogancias de la juventud. Odiado por los ricos de su país, y sin más auxilios que los que él mismo pudiera procurarse, no iba á acometer la audaz empresa de atacar á una ciudad aliada de Roma, violando con esto los tratados de Cartago.

Además, el griego estaba en un período de dulce embriaguez; siempre entre los brazos de Sónnica ó tendido en su regazo en la frescura del peristilo; escuchando las liras de las esclavas y las flautas de las aulétridas y contemplando las danzas de las de Gades, mientras su amante le ceñía de flores la cabeza ó derramaba sobre él costosos perfumes.

Algunas veces, su inquieto espíritu de viajero y hombre de guerra, avezado al movimiento y á la lucha, se rebelaba ante la molicie. Entonces huía á la ciudad. Allí conversaba con Mopso el arquero, y escuchaba á los murmuradores del Foro, que, sin sospechar el paso de Hanníbal por Sagunto, hablaban de la posibilidad de que el caudillo africano intentase algo contra ellos, y se reían de su poder, fiando en la fortaleza de sus muros y más aún en la protección de Roma, que repetiría en las costas de Iberia sus triunfos de Sicilia sobre los cartagineses.

Acteón contrajo gran amistad con Alorco el celtíbero. Le complacía la fiera altivez del bárbaro, su nobleza de sentimientos y el respeto casi religioso que mostraba ante la cultura griega. Su padre, viejo y enfermo, era reyezuelo de unas tribus que en las montañas de la Celtiberia apacentaban grandes rebaños de caballos y toros. Él era su único heredero y había de reinar algún día sobre aquella gente tosca, de costumbres feroces, que en perpetua cuatrería, se hacía la guerra por robarse los caballos, y en los años de hambre bajaba de las montañas para despojar á los labradores de las llanuras. Su padre le había llevado de niño á Sagunto, y tal efecto causaron en él las costumbres de los griegos que, una vez mozo, fué su más vehemente deseo volver á la ciudad de la costa, y en ella vivía con algunos servidores de su tribu y magníficos caballos, haciéndose el sordo á los cariñosos llamamientos del viejo jefe próximo á la muerte, y siendo considerado por los saguntinos casi como un conciudadano.

Su deseo era figurar en las fiestas de las Panatheas; que le admirasen los griegos de la ciudad galopando en las carreras para conquistar la corona de olivo. Se mostraba muy agradecido á Acteón, porque éste, valiéndose de la influencia de Sónnica, había conseguido de los magistrados que el celtíbero figurase entre los jinetes de la gran procesión que subiría á la Acrópolis para llevar las primeras espigas al templo de Minerva.

En los días que el ateniense languidecía entre cánticos y perfumes, abrumado por las caricias de la griega, que parecía arder en el fuego de la última pasión de su vida, saltaba del lecho al amanecer, se echaba el arco á la espalda, y seguido por dos hermosos perros corría el agro de Sagunto, dando caza á los gatos monteses que bajaban de las cercanas montañas.

En una de estas correrías tuvo un encuentro. Era mediodía; caía verticalmente la luz del sol, y los perros, jadeantes, se detuvieron ladrando ante un bosque de higueras seculares, cuyas ramas llegaban al suelo, formando sombríos pabellones de follaje. Acteón, haciendo callar á sus bestias, avanzó cautelosamente con el arco preparado, y al separar la cortina de hojas vió en el centro de una plazoleta formada por los árboles á sus dos amigos Ranto y Eroción.

El muchacho estaba sentado en el suelo ante un montón de arcilla roja que iba modelando con lentitud, frunciendo el entrecejo y silbando penosamente. La pastorcilla, completamente desnuda, con el impudor de una belleza sana é inocente, satisfecha de ser admirada, sonreía á Eroción, coloreándose sus mejillas ligeramente cada vez que el artista levantaba sus ojos de la arcilla para fijarlos en la modelo.

Acteón bebía con la mirada las formas de aquel cuerpo primaveral. Sentía el entusiasmo de los griegos ante la belleza, replegada aún en sí por el ardor de la pubertad. Admiraba sus senos tiernos y pequeños como capullos, surgiendo apenas del cuerpo; las caderas de ligera curva; la línea que caía de la nuca á los pies con suavísimas ondulaciones, que servían para dar más encanto á su pureza; aquella gracia de efebo hermoso y fuerte, unida al encanto del sexo. Su gusto de griego refinado admiraba la frescura de las formas, comparándolas mentalmente con las opulencias soberbias, pero un tanto maduras, de Sónnica.

Ranto, al ver asomar entre las hojas la cabeza del griego, dió un grito penetrante y corrió á ocultarse tras una higuera en busca de sus ropas. Entre el follaje sonaron los esquilones de las cabras, asustadas por el grito de la pastorcilla, y las reses asomaron sus hocicos brillantes, con los ojos húmedos y los retorcidos cuernos.

—¿Eres tú, ateniense? —dijo Eroción levantándose con gesto de malhumor—. Has asustado á Ranto con tu inesperada presencia.

Después añadió con malicia.

—Ranto es tu esclava, ya lo sé. Y también sé que eres el dueño de la alfarería donde trabajo. Has subido mucho desde la mañana en que te encontramos en el camino de la Sierpe. Dispones de Sónnica la rica: el amor la ha hecho tu esclava.

—No soy amo de nadie —dijo el griego con sencillez—. Soy vuestro amigo y recuerdo que el primer pan que comí en la ciudad lo recibí de vuestras manos.

Eroción pareció adquirir confianza con estas palabras.

—¿Qué miras, ateniense? ¿Ese barro? ¡Cómo debes burlarte de mí! Estoy convencido; no sirvo para artista. Hay momentos en que me creo capaz de hacer una obra grande: la concibo, la veo como si la tuviera en pie dentro de mi cabeza; pero cuando pongo las manos en el barro reconozco mi torpeza y siento ganas de llorar. ¡Ah! ¡Si yo hubiese ido á Grecia!

Y decía estas palabras como un lamento, mirando con rabia el montón de barro, en el cual comenzaban á marcarse con cierta rudeza las formas de Ranto.

—¡Si supieras cuánto tuve que hablar para decidirla á que me mostrase la divina desnudez de su cuerpo!... No lo extrañes; es de raza de bárbaros: teme el garrote de su abuelo el pastor, que caería sobre sus carnes si la viese como tú acabas de verla. La hablé de nuestros escultores, ante los cuales se disputan las más hermosas hetarias el honor de desnudarse; y la seguridad de que Sónnica su señora había hecho lo mismo en Atenas, fué lo único que la decidió... ¿Pero cómo copiar su cuerpo divino? ¿Cómo infundir á la tierra amasada la vida que circula bajo su piel?

En su desaliento amenazaba á la figurilla de barro como si quisiera aplastarla con los pies. Después se animó y dijo con resolución:

—Yo soy más fuerte que mi torpeza. Trabajaré años y más años si es preciso, hasta ver reproducido con toda su hermosura el cuerpo divino de mi Ranto. No volveré á la alfarería aunque el viejo arquero me mate á golpes... Había comenzado mi obra queriendo que figurase en la procesión de las Panatheas. Ranto la llevaría sobre su cabeza, y la multitud se aglomeraría para verla. Sólo espero un momento de inspiración, una racha feliz: ¿quién sabe si mañana soplarán las musas sobre mí, y me levantaré con facilidad en las manos para ejecutar lo que sueño?...

Y lanzándose francamente por el despeñadero de la imaginación, el pequeño artista contó al ateniense sus ensueños.

—Si logro terminar esta estatua, el porvenir es mío, y algún día grabarán mi nombre en el Foro para que lo lean con admiración las gentes de la ciudad. Me libraré para siempre de la alfarería; regalaré mi estatua á Sónnica después de haberla admirado todo Sagunto en las Panatheas, y tu amante, que es tan generosa, me embarcará en uno de sus navíos. Veré Atenas, admiraré lo que tú has visto, y entonces... ¡entonces!... Mira, Acteón, por entre esas hojas. ¿Qué ves sobre la montaña de la Acrópolis? Nada; muros de grandes piedras; columnatas; techumbres de templos, pero ni una sola estatua que pregone de lejos la gloria de la ciudad. Dicen que sobre la Acrópolis de Atenas se alza gigantesca la figura de Palas, toda de bronce y oro, con una lanza que parece arder á la luz del sol, y guía como una llama á los marineros desde muchos estadios, mar adentro. ¿Es eso verdad? Pues yo hace noches y noches que sueño con algo parecido, y veo á Eroción, gran artista, de regreso de Atenas, levantando sobre nuestra Acrópolis una obra colosal. Los toros de Gerión, enormes, gigantescos, con cuernos dorados que brillen como antorchas, y tras ellos, Hércules, cubierto con la piel del león de Nemea, como Therón su sacerdote en las grandes fiestas de Sagunto; y tremolando en lo alto su clava, que servirá de señal á todos los navegantes del golfo Sucronense... ¡Ay! ¡Si yo llegase algún día á realizar esta obra!...

Ranto, cubierta con la túnica, había salido de su escondrijo y se aproximaba temerosa á Acteón, mirándolo con respeto y ruborizándose al mismo tiempo por el recuerdo de su sorprendida desnudez. Eroción, entusiasmado por el relato de sus ilusiones, mostraba en sus ojos el deseo de volver á comenzar. Miraba su obra y parecía desnudar con los ojos á la pastorcilla para repetir en seguida el trabajo.

El ateniense comprendió que su presencia estorbaba á los jóvenes.

—Trabaja, Eroción —dijo—. Sé un gran artista si puedes. Tu modelo lo envidiarían los escultores de Atenas. Ahora que sé que os ocultáis aquí, procuraré no molestaros con mi presencia.

Y así lo hizo. No volvió al bosque de higueras, dejando que los dos adolescentes trabajasen en su misterioso retiro; él, espoleado por la ambición; ella, sumisa por el amor.

Llegó el día de las Panatheas. La fama de la solemnidad se había esparcido hasta más allá de los límites de Sagunto, y se presentaban en caravanas los rudos celtíberos para contemplar las diversiones de los griegos.

Las gentes del agro habían abandonado sus trabajos de recolección, y vestidas con sus ropas mejores, llegaban á la ciudad desde el amanecer, para presenciar la fiesta á la diosa de los campos. Llevaban grandes gavillas de trigo matizadas de flores, para ofrecerlas á la diosa y corderillos de blancas lanas adornados con cintas, para sacrificarlos en su altar.

Cuando salió el sol, la ciudad estaba repleta de una muchedumbre multicolor que se agolpaba en el Foro, ó corría á las márgenes del río para presenciar las carreras de caballos.

Habíase formado un gran estadio junto al Bætis-Perkes, en el cual los principales ciudadanos de Sagunto iban á disputarse el triunfo. Los senadores, en largos bancos custodiados por un grupo de mercenarios, presidían la fiesta. En un extremo de la pista, los hijos de los comerciantes y de los ricos agricultores, toda la juventud saguntina, aguardaba la señal, casi desnuda, apoyada en sus ligeras lanzas y teniendo agarrados de la brida sus caballos en pelo, que se husmeaban y mordían presintiendo el próximo combate.

Dieron la señal de partir, y todos, poniendo su pie izquierdo en el asidero de la lanza, saltaron de golpe sobre sus corceles, saliendo escapados en compacto escuadrón á lo largo de la pista. La inmensa masa popular prorrumpió en aclamaciones ante el bizarro grupo de jinetes, casi tendidos sobre el cuello de sus caballos, como si formasen con estos una sola pieza, moviendo en alto sus lanzas, excitando el galope con alaridos, y envueltos en polvo, al través del cual se veían las estiradas patas de las bestias y sus vientres casi tocando el suelo. La desenfrenada carrera duró mucho tiempo. Iban quedando rezagados los jinetes menos hábiles ó de peor montura: el escuadrón disminuía visiblemente. El último que quedase en la pista habiendo marchado siempre á la cabeza de los demás, conseguiría la corona, y la multitud hacía apuestas por el celtíbero Alorco ó el ateniense Acteón, que figuraban desde el primer instante al frente de los jinetes.

Los ciudadanos, que no querían esperar bajo los ardores del sol el final de la carrera, seguían la ribera del río hasta llegar á las murallas, á cuya sombra los adolescentes luchaban cuerpo á cuerpo ó se ejercitaban en el pugilato para alcanzar el premio de la destreza. Otros más pacíficos se dirigían al Foro, bajo cuyos pórticos los jóvenes elegantes se disputaban la corona de laurel destinada al más hábil en la música y el canto. Sentados en sillas de marfil y teniendo cerca de ellos á los lindos esclavos que les abanicaban con ramas de mirto, Lacaro y sus amigos tañían la flauta ó pulsaban la lira, cantando versos griegos con entonación dulzona y afeminada. En el público reían algunos, remedando la suavidad de sus voces; pero otros imponían silencio con indignación, dominados por el encanto que ejercía sobre su rudeza el arte, aun con este aderezo femenil.

Á más de media mañana un estrépito de muchedumbre entusiasta llenó como un trueno el ancho espacio del Foro. Era el pueblo que volvía de las carreras y aclamaba al vencedor. El arrogante Alorco, arrancado de los lomos de su corcel, era llevado en hombros por los más entusiastas. La corona de olivo ceñía su cabellera revuelta é impregnada de polvo. Acteón marchaba junto á él, celebrando su triunfo fraternalmente, sin revelar envidia.

Los cantores, arrollados por esta ola de entusiasmo, recogieron sus sillas é instrumentos. La corona de laurel se la ciñó Lacaro en medio de la indiferencia general, sin recibir otros plácemes que los de sus esclavos. Todo el entusiasmo de la ciudad era para el vencedor de las carreras: el pueblo enardecíase admirando la fuerza y la destreza.

Había llegado el momento solemne: la procesión iba á comenzar. En el barrio de los comerciantes, los esclavos tendían de tejado á tejado velos rojos y verdes, que daban sombra á las calles. Las ventanas y terrazas cubríanse con tapices multicolores de complicados dibujos, y las esclavas colocaban en las puertas braserillos para quemar perfumes.

Las griegas ricas, seguidas de sus servidoras, que llevaban sillas de tijera, iban en busca de sitio en las escalinatas de los templos ó en las tiendas del Foro; y la gente agrupábase á lo largo de las casas, esperando impaciente la llegada de la comitiva que se formaba fuera de las murallas. Bandas de niños completamente desnudos corrían por las calles, agitando ramas de mirto y lanzando aclamaciones en honor de la diosa.

De pronto se arremolinó la gente, prorrumpiendo en gritos de entusiasmo. La pompa en honor de Minerva entraba por la puerta del camino de la Sierpe y avanzaba lentamente hacia el Foro, al través del barrio de los comerciantes, que eran los organizadores de la fiesta.

Marchaban al frente ancianos venerables de luenga barba vestidos de blanco, con mantos de amplios pliegues, la nevada cabellera coronada de verde y llevando en las manos ramas de olivo. Después los ciudadanos más arrogantes, armados de lanza y escudo, con la visera del casco griego caída sobre los ojos y mostrando con orgullo la recia musculatura de sus brazos y piernas. Seguían los adolescentes más hermosos de la ciudad, coronados de flores, cantando himnos en loor de la diosa; coros de niños desnudos, danzando con infantil gracia, cogidos de las manos, formando una cadena de complicadas combinaciones. Luego desfilaban las doncellas, las hijas de los ricos, cubiertas solamente con una túnica de purísimo lino, que marcaba sus encantos primaverales. Llevaban en las manos como ofrendas, ligeros canastillos de junco cubiertos por velos que ocultaban los instrumentos para el sacrificio á la diosa, y con ellos las tortas de trigo nuevo que habían de depositarse en su altar y los manojos de rubias espigas. Para que se marcase claramente la dignidad de las ricas vírgenes, marchaban detrás de ellas las esclavas sosteniendo la silla de tijera incrustada de marfil y el quitasol de tela rayada con gruesas borlas multicolores al extremo de las varillas.

Un grupo de esclavas escogidas por su hermosura, al frente de las cuales marchaba Ranto, llevaban sobre sus cabezas grandes ánforas con agua y miel para las libaciones en honor de la diosa. Tras ellas desfilaban todos los músicos y cantores de la ciudad coronados de rosas y con amplias vestiduras blancas. Pulsaban la lira, tañían las flautas, y unos griegos de la alfarería de Sónnica que habían sido rapsodas errantes en su país, cantaban fragmentos de la guerra de Troya ante la muchedumbre bárbara que apenas si les entendía, pero admiraba la cadencia armoniosa de los versos de Homero.

La gente se empujó, avanzando sus cabezas para ver mejor á los salios, los devotos danzarines de Marte que avanzaban desnudos, armados de espada y escudo. Dos esclavos llevaban pendientes de un palo atravesado sobre sus hombros una fila de broqueles de bronce, que otro golpeaba con un mazo, y á sus broncos sones, los salios danzaban fingiendo atacarse, golpeaban con su espada el escudo del contrario, lanzando gritos feroces, y ejecutaban pantomimas para recordar los principales pasajes de la vida de la diosa.

Tras este estrépito que ponía en conmoción las calles, haciendo rugir de entusiasmo al populacho enardecido por los golpes, seguía un grupo de niñas sosteniendo un velo finísimo, en el cual habían bordado las principales griegas de la ciudad el combate de Minerva con los Titanes. Era la ofrenda que había de quedar en el nuevo templo de la diosa como eterno recuerdo de las fiestas.

Cerrando la procesión, avanzaba el escuadrón sagrado, los ciudadanos más ricos, montando briosos caballos, que con sus movimientos obligaban á la muchedumbre á pegarse á las paredes. Presentaban arrogantes figuras haciendo encabritar sus corceles, sin más guía que el freno, montándolos en pelo, oprimiendo sus hijares con las rodillas. Los jinetes más viejos, cubríanse con grandes sombreros á la moda ateniense: los jóvenes usaban el casco alado de Mercurio ó llevaban la cabeza descubierta, sujetos los cortos rizos con una cinta de color de fuego. Alorco ostentaba su corona de vencedor, y Acteón, que marchaba á su lado en uno de los corceles del celtíbero, sonreía á la muchedumbre, que le contemplaba con cierto respeto, como si fuese el esposo de Sónnica y dispusiera de sus enormes riquezas. Los jinetes miraban con cierto orgullo la espada que, ceñida á sus riñones, golpeaba los flancos del caballo, y abarcaban de una ojeada la alta Acrópolis y la ciudad extendida á sus pies, como expresando la confianza en su fuerza y la tranquilidad en que podía vivir Sagunto, segura de ser guardada.

La muchedumbre, enardecida por el brillante desfile, aclamaba á Sónnica. Ésta, rodeada de esclavas, asomábase á la terraza del gran edificio que poseía en el barrio de los comerciantes para almacenar las mercancías. Ella era la organizadora, la que costeaba el velo á Minerva; la que había trasladado á Sagunto la hermosa fiesta de Atenas. Esparcíase en el ambiente el humo oloroso de los braserillos; caía de las ventanas una lluvia de rosas sobre las doncellas; brillaban las armas, y en los momentos que callaba el gentío, destacábanse á lo lejos los sones de las liras y las flautas, acompañando con suave melodía las voces de los cantores de Homero.

Los rudos celtíberos llegados para presenciar la fiesta, callaban asombrados por el desfile que les deslumbraba con el brillo de las armas y las joyas y la confusión multicolor de los trajes. Los naturales de Sagunto felicitaban á sus conciudadanos los griegos, admirando el esplendor de la fiesta.

Y no terminaba el regocijo con el brillante desfile. Por la tarde sería la diversión del populacho; la fiesta de los pobres. Se realizaría á lo largo de las murallas la carrera del hacha encendida; correrían con la antorcha inflamada en recuerdo de Prometeo, los marineros, los alfareros, los labradores, toda la gente libre y miserable del puerto y el campo. El que consiguiera dar la vuelta á la ciudad con la hacha inflamada, sería el vencedor; los que la dejasen apagar ó caminasen despacio para defender la luz, sufrirían los silbidos y los golpes de la muchedumbre. Hasta los ricos hablaban con entusiasmo de esta fiesta popular, que producía gran regocijo.

Cerca de la Acrópolis, cuando toda la procesión estaba ya dentro de sus murallas, Alorco vió entre el gentío un celtíbero montado en un caballo sudoroso, el cual le hacía señas para que se aproximara.

Alorco, saliendo del escuadrón, trotó hacia él.

—¿Qué quieres? —preguntó en el áspero lenguaje de su país.

—Soy de tu tribu, y tu padre es mi jefe. Acabo de llegar á Sagunto marchando tres días para decirte: —Alorco, tu padre va á morir y te llama. Los ancianos de la tribu me han ordenado que no vuelva sin tí.

Acteón había seguido á su amigo, saliendo de entre los jinetes del escuadrón sagrado, y presenciaba el diálogo sin comprender una palabra, aunque adivinaba algo desagradable en el pálido rostro del celtíbero.

—¿Malas noticias? —preguntó á Alorco.

—Mi padre se muere y me llama.

—¿Y qué piensas hacer?...

—Partir inmediatamente. Los míos reclaman mi presencia.

Emprendieron los dos jinetes el descenso á la ciudad, seguidos por el mensajero celtíbero.

Acteón sentíase atraído por la emoción de su camarada. Al mismo tiempo despertábase en él la curiosidad de viajero, tantas veces excitada por los relatos del celtíbero.

—¿Quieres que te acompañe, Alorco?

El joven agradeció con una mirada la proposición. Después se negó á aceptarla, alegando la prisa que tenía de partir. El griego querría despedirse de Sónnica. Tal vez la causaría un disgusto con la separación, y él deseaba emprender el viaje inmediatamente.

—Suprimamos la despedida —dijo el griego con su alegre ligereza—. Sónnica se resignará cuando la haga saber por un esclavo que me ausento por algunos días. ¿Quieres salir inmediatamente? Sea: partiremos juntos. Te acompaño. Siento curiosidad por ver de cerca ese país con sus costumbres bárbaras y sus habitantes valerosos y duros, de los cuales tantas proezas me han relatado.

Atravesaron la ciudad: las calles estaban desiertas. Toda la población había subido á la Acrópolis. Acteón se detuvo un instante en los almacenes de Sónnica para noticiar el viaje á sus esclavos, y siguió después á su amigo, saliendo ambos de la ciudad.

Alorco estaba alojado en una de las posadas del suburbio, enorme edificio con profundas cuadras y anchos patios, donde sonaban continuamente las diversas lenguas del interior de la península, enronquecidas y encolerizadas por el regateo de mercancías y bestias. Cinco hombres de la tribu acompañaban al joven celtíbero durante su permanencia en Sagunto, cuidando los caballos y sirviéndole como domésticos libres.

Al saber que iban á partir, estos hijos de las montañas gritaron de entusiasmo. Languidecían de inacción en aquel país rico y feraz, cuyas costumbres detestaban, y á toda prisa realizaron los preparativos para la marcha.

Caía el sol cuando emprendieron el viaje. Alorco y Acteón marchaban al frente con el manto en la cabeza, un peto de lienzo almohadillado para defender el pecho, á usanza celtíbera, y la espada ancha y corta, junto con el escudo de cuero colgando de la cintura. Los cinco servidores y el mensajero cerraban la marcha armados de largas lanzas, custodiando dos mulas que llevaban las ropas de Alorco y los víveres para el viaje.

Aquella tarde aún marcharon por caminos. Estaban en el agro saguntino, y pasaban entre campos cultivados y feraces, hermosas quintas y compactos pueblecillos que se apretaban en torno de la torre que les servía de defensa. Al cerrar la noche acamparon junto á una aldea miserable de las montañas. Allí acababa la dominación de Sagunto: más allá estaban las tribus casi siempre en guerra con la gente de la costa.

Á la mañana siguiente, el griego vió el paisaje totalmente cambiado. Se perdieron á su espalda el mar y el verde llano, y sólo vió montes y más montes, unos cubiertos de grandes pinares, otros rojos, con promontorios de piedra azulada y espesos matorrales que al estremecerse con los pasos de la caravana, vomitaban nubes de pájaros asustados, y liebres que, locas de terror, pasaban por entre los pies de los caballos.

Los caminos no eran obra de los hombres. Marchaban las bestias trabajosamente por el rastro que otros viajeros habían dejado; rodeaban muchas veces las moles de piedra caídas de las cumbres y se hundían otras en riachuelos que les cortaban el paso. Faldeaban las montañas; subían á las cumbres entre los graznidos de las águilas que se espeluznaban de cólera al ver invadida la silenciosa región, en la que muy de tarde en tarde entraban los hombres; descendían á los barrancos, profundas grietas en las que reinaba una penumbra sepulcral y donde aleteaban los cuervos, atraídos por el cadáver de alguna res abandonada.

Veían á lo lejos en un pequeño valle ó al lado de un riachuelo un grupo de cabañas de paredes de barro y techo de bálago agujereado para dar luz á la habitación y salida al humo. Las mujeres, huesosas y cubiertas de pieles, rodeadas de niños desnudos, salían de sus cubiles para ver de lejos la caravana, con huraña expresión de alarma, como si el paso de unos desconocidos sólo pudiera traer desgracias. Otras más jóvenes, con las piernas al descubierto y ceñido el delantal de harapos á los riñones, segaban el mísero trigo, que apenas si se levantaba como una película dorada sobre la tierra blanquecina y pobre. Muchachas fuertes y feas, de miembros varoniles, bajaban de los montes con grandes haces de ramas en las espaldas, mientras los hombres, á la sombra de los nogales y los robles, trenzaban nervios de toro para construir escudos, ó se amaestraban en arrojar dardos y manejar la lanza, cayéndoles sobre los rostros tostados y barbudos la alborotada cabellera.

Jinetes en pequeños caballos de largo y sucio pelo aparecían en los sitios más altos del camino algunos guerreros de equívoco aspecto, mezcla de pastores y bandidos, con armadura de cuero y larga lanza. Examinaban un instante la comitiva, y después de apreciar su fuerza, convencidos de que era difícil atacarla, volvían al paso hacia sus ganados, que pastaban en las profundas quebraduras de los montes cubiertos de matorrales. Los infinitos rebaños de corderos y toros, acostumbrados á la soledad salvaje, huían huraños al escuchar el paso de la caravana. Por entre los romeros y tomillos de las laderas subían como pardas hormigas las bandas de codornices buscando su pasto, y al sonido de los cascos de los caballos volaban, pasando como un silbido sobre las cabezas de los viajeros.

Acteón admiraba las rudas costumbres de aquellas gentes. Las cabañas eran de adobes rojos ó de pedruscos unidos con barro: los techos de ramas; y las mujeres, más feas y animosas que los hombres, realizaban los trabajos fatigosos. Sólo los niños trabajaban, imitando con esto á sus madres. Los adolescentes empuñaban la lanza, y bajo la dirección de los ancianos aprendían á combatir, tan pronto á pie como á caballo; domaban los potros, saltando al suelo y volviendo á montar en mitad de la carrera y se amaestraban en permanecer de rodillas sobre sus lomos, inmóviles y con los brazos libres para esgrimir la espada y el escudo.

En algunas aldeas los recibían con la hospitalidad tradicional y aún extremaban más sus agasajos al reconocer á Alorco, el heredero de Endovellico, temido jefe de las tribus de Baraeco, que apacentaban desde hacía siglos sus rebaños en las riberas del Jalón. Les cedían al llegar la noche sus mejores lechos de correas, cubiertos de mullida hierba seca; atravesaban en el asador un becerro, haciéndolo voltear sobre una enorme hoguera en honor de la caravana, y durante la marcha les detenían las mujeres á la entrada de sus chozas, ofreciéndoles en groseras vasijas de barro la amarga cerveza fabricada en los valles y el pan de harina de bellotas.

Alorco explicaba al ateniense las costumbres de su raza. Cosechaban la bellota, su principal alimento y la exponían al sol hasta que estuviera bien seca: la mondaban, la molían y almacenaban la provisión de harina para seis meses. Este pan, la caza y la leche de sus reses, constituían los principales alimentos. En algunas épocas la peste les había dejado sin rebaños; los campos no daban cosechas, el hambre diezmaba las tribus y los más fuertes habían devorado á los débiles para subsistir. Esto, recordaba Alorco haberlo oído á los ancianos de su tribu, como ocurrido en remotos tiempos, cuando Neton, Autubel, Nabí y otras divinidades del país, irritadas contra su pueblo, habían enviado sobre él tan tremendos castigos.

El joven celtíbero continuaba el relato de las costumbres. Algunas mujeres de las que con tanto vigor trabajaban en los campos tal vez habían parido el día anterior. Apenas salida á luz la criatura, la sumergían en el río más cercano, para que con esta prueba, que causaba á muchas la muerte, creciese vigorosa é insensible al frío; y mientras la madre saltaba de la cama y continuaba sus trabajos, el esposo ocupaba su sitio en el lecho, acostándose con el recién nacido. La mujer, todavía convaleciente, cuidaba á los dos, rodeando de atenciones al fuerte marido, como para agradecerle el fruto que la había dado.

Varias veces encontró la caravana en su marcha al borde de las veredas, lechos de hierbas sobre los cuales mostrábanse algunos hombres rígidos y quejumbrosos. Las moscas zumbaban en torno de sus cabezas como una nube; una ánfora de agua estaba al alcance de su mano. Algún niño en cuclillas junto al lecho espantaba los insectos con una rama. Eran enfermos que los parientes exponían, según antigua costumbre, al borde de los caminos, para implorar la clemencia de las divinidades exhibiendo su miseria, y para que los viandantes al pasar aconsejaran un remedio, transmitiéndose así las recetas de lejanos países.

Los hombres fuertes bañábanse en orines de caballo para endurecer los músculos. Su único lujo eran las armas, y admiraban como joyas inestimables las espadas de bronce traídas del Norte de la península y las de acero fabricadas por los de Bílbilis y templadas en las arenas de su famoso río. Las corazas flexibles, formadas por varias telas de lino superpuestas, ó las de cuero, adornadas con clavos, eran armas defensivas de las que no se despojaba el celtíbero ni aun en el lecho. Dormían con el sagum puesto, las grebas de metal en las piernas y las armas al alcance de la mano, prontos á pelear así que la más leve alarma turbaba su sueño.

Á los tres días de marcha la caravana entró en el territorio de la tribu de Alorco. Separábanse las montañas á ambos lados del Jalón, formando risueños valles cubiertos de altos pastos, por los cuales corrían los rebaños de caballos sin domar, con la melena encrespada y la cola ondeante. Las mujeres salían fuera de sus aldeas á saludar á Alorco, y los hombres, empuñando la lanza, montaban á caballo para unirse á la caravana. En la primera aldea donde se detuvieron, un anciano dijo á Alorco que su padre, el poderoso Endovellico, estaba agonizante, y en otra que encontraron á las pocas horas, supo que el gran jefe había muerto al amanecer.

Todos los guerreros de la tribu, pastores y agricultores, montaban á caballo para seguirle. Cuando llegaron á la aldea donde residía el reyezuelo la escolta era ya un pequeño ejército.

En la puerta de la casa paterna, construcción baja de piedras rojas y techumbre de troncos, vió Alorco á sus hermanas con trajes de flores y la cabeza en un collar de jaula, de cuyos hierros pendían los velos de luto.

Las hermanas de Alorco, lo mismo que las otras mujeres que las acompañaban, esposas de los primeros guerreros de la tribu, ocultaban su dolor por la muerte del jefe y sonreían como si estuvieran en vísperas de una fiesta. La vejez era una desgracia entre los celtíberos, que despreciaban la vida y peleaban por diversión cuando les faltaba la guerra. Morir en el lecho era casi una deshonra, y lo único que turbaba un tanto la satisfacción de la familia de Endovellico, era que un guerrero tan famoso, terror de las vecinas tribus, hubiese muerto con la cabellera blanca, extinguiéndose su vida como una antorcha que se apaga, después de haber hecho galopar su caballo al través de tantos combates, desplomando su espada como un rayo sobre los enemigos.

El traje y el rostro de Acteón atraían las miradas de toda la tribu. Muchos de los celtíberos no habían visto nunca un griego y contemplaban á éste con ojos hostiles, recordando las astucias y hábiles explotaciones que los comerciantes helénicos hacían sufrir á los de su raza cuando descendían hasta Sagunto para vender la plata de las minas.

Alorco tranquilizó á los suyos.

—Es mi hermano —dijo en la lengua del país—. Juntos hemos vivido en Sagunto. Además, no es de esa ciudad. Es de muy lejos, de un país donde los hombres son casi dioses, y ha venido conmigo para conoceros.

Las mujeres miraban á Acteón con asombro al saber el origen casi divino que le atribuía Alorco.

Habían desmontado los de la caravana, entrando en la inmensa cabaña que servía de palacio al jefe. Una vasta habitación ennegrecida por el humo y sin otras luces que unos angostos respiraderos, semejantes á saeteras, servía de punto de reunión y consejo á los guerreros de la tribu. En un extremo, una piedra enorme, sobre la cual ardían los leños, con una gran abertura en el techo que hacía las veces de chimenea. Empotrada en la pared había una lápida, y esculpida en ella groseramente la figura del dios de la tribu estrangulando á dos leones. De los muros colgaban lanzas y escudos, pieles de bestias feroces, retorcidas astaduras y blancos cráneos de animales de caza. Un banco de piedra corría á lo largo de las paredes, y cerca del hogar interrumpíase para dejar espacio á un alto poyo de mampostería cubierto con una piel de oso. Allí se sentaba el jefe.

Los guerreros iban colocándose en el banco conforme entraban.

Un anciano cogió la mano á Alorco, guiándolo hasta el puesto de honor.

—Siéntate ahí, hijo de Endovellico. Tú eres su único sucesor y mereces ser nuestro jefe. Su valor y su prudencia residen en tí.

Los demás guerreros apoyaban con miradas de grave aprobación las palabras del anciano.

—¿Dónde está el cadáver de mi padre? —preguntó Alorco, conmovido por la sencilla ceremonia.

—Desde que descendió el sol está en la pradera donde aprendiste tú á domar los caballos y manejar las armas. Los jóvenes de la tribu le guardan. Mañana cuando salga el sol serán sus exequias, dignas de tan gran jefe. Después tú, como nuevo rey, nos darás consejos sobre los asuntos de la tribu.

Alorco hizo sentar cerca de él al griego. Las mujeres entraron antorchas, pues por los estrechos tragaluces apenas si el crepúsculo lograba filtrar una claridad pálida y difusa. Las hermanas de Alorco, con la vista baja y ondeando las túnicas floreadas en torno de sus cuerpos de vírgenes fuertes, iban por delante de los guerreros ofreciendo en vasos de cuerno hidromiel y cerveza. Aquellos hombres bebían enormemente, sin perder su gravedad. Hablaban de las hazañas de Endovellico como si éste hubiese muerto muchos años antes y de las grandes empresas á que seguramente les guiaría su sucesor, aludiendo varias veces con palabras misteriosas á un asunto que había de tratarse al día siguiente en el consejo.

Entraron la cena. Los celtíberos no acostumbraban á comer en mesa como las gentes de la costa. Seguían sentados en el banco de piedra. Las mujeres les colocaban al lado un pan de trigo por ser extraordinario el banquete, sustituyendo éste al de harina de bellotas que era de uso habitual. Otras mujeres hacían circular una gran vasija llena de pedazos de carne asada que aún chorreaba sangre, y cada guerrero cogía un trozo con la punta de su cuchillo. Los cuernos llenos de bebida circulaban de mano en mano, y el griego Acteón aceptaba con gracioso ademán cuanto le ofrecían sus vecinos con palabras hospitalarias que no podía comprender.

Al terminar la cena entraron varios adolescentes de la tribu con trompas y flautas, y comenzaron á hacer sonar un aire bizarro que participaba de la alegría de la caza y del furor con que en los combates se cargaba sobre el enemigo. Los convidados enardeciéronse, y muchos de ellos, los más jóvenes, saltando al centro de la habitación, comenzaron á danzar con una agilidad gimnástica. Era el baile con que terminaban los celtíberos todos sus banquetes; un ejercicio violento que ponía á prueba sus músculos y les hacía recobrar su fuerza aún en los momentos de mayor molicie.

Mucho antes de media noche fueron retirándose los guerreros, dejando solos á Alorco y Acteón en aquella pieza inmensa cargada de humo, en la cual crepitaban las antorchas, tiñendo con reflejos de sangre los bárbaros adornos de las paredes. Durmieron en lechos de hierba sin despojarse de sus ropas y con las armas junto á ellos, como dormía toda la tribu, siempre temerosa de algún ataque de los vecinos, atraídos por la riqueza de sus rebaños.

Al amanecer bajaron á la pradera, donde estaba expuesto el cadáver de Endovellico. Toda la tribu se reunía en la llanura, junto al río: los jóvenes á caballo con sus lanzas y cubiertos de todas armas; los viejos sentados á la sombra de las encinas; las mujeres y los niños, cerca de la pira de troncos, sobre la cual estaba tendido el cadáver del jefe.

Endovellico aparecía con su traje de guerra. Sus lacios cabellos escapaban por los bordes del casco de triple cimera; la barba plateada descansaba sobre una loriga de escamas de bronce; los brazos desnudos y musculosos, caían sobre la espada celtíbera de hoja corta, estrangulada en su mitad para ensancharse en la punta, y las piernas estaban cubiertas por las anchas correas de las abarcas. El escudo, en el que aparecía grabado el dios de la tribu luchando con los leones, servía de cojín á su cabeza.

Al llegar los dos jóvenes, se adelantó el mismo anciano que había hablado á Alorco el día anterior. Era el más sabio de la tribu, y había aconsejado muchas veces á Endovellico antes de emprender sus audaces expediciones. En circunstancias extraordinarias abría con el cuchillo sagrado el vientre de los prisioneros para leer el porvenir en las palpitaciones de sus entrañas. Otras veces cortaba las manos á los vencidos para dedicarlas al dios de la tribu, clavándolas en la puerta del jefe para aplacar á la divinidad. El misterio hablaba por su boca, y toda la tribu le contemplaba con admiración y miedo, como capaz de cambiar el curso del sol y de destruir en una noche las cosechas de los enemigos.

—Avanza, hijo de Endovellico —dijo con solemnidad—. Mira tu pueblo, que te elige como el más valiente y el más digno para suceder á tu padre.

Interrogó con la mirada á la muchedumbre, y los guerreros contestaron golpeando sus escudos, lanzando los mismos alaridos con que se excitaban al entrar en el combate.

—Ya eres nuestro rey —continuó el anciano—. Serás el padre y el guardián de tu pueblo. Para cumplir tu misión, apodérate de la herencia de tu padre... ¡Bajad el escudo!

Dos jóvenes treparon á lo alto de la pira, y levantando la cabeza de Endovellico, bajaron el escudo con la imagen del dios, entregándolo á Alorco.

—Con este escudo —dijo el anciano— cubrirás á tu pueblo de los golpes del enemigo... ¡Venga la espada!

Bajaron los jóvenes la espada, arrancándola de las yertas manos del jefe.

—Cíñetela, Alorco —continuó el hechicero—. Con ella nos defenderás y caerá como un rayo allí donde te marquen los tuyos. ¡Avanza, joven rey!

Guiado por el viejo, llegó Alorco hasta los troncos, sobre los cuales descansaba su padre. El joven volvía el rostro para no ver el cadáver, temiendo un enternecimiento que le hiciese derramar lágrimas ante la tribu.

—¡Jura por Neton, por Autubel, por Nabí, por Caulece, por todos los dioses de nuestra tribu y de todas las tribus que pueblan esta tierra y odian á los extranjeros que un día llegaron por el mar para robarnos nuestras riquezas! ¡Jura ser fiel á tu pueblo y obedecer siempre lo que te aconsejen los guerreros de la tribu!... ¡Júralo por el cuerpo de tu padre que pronto no será más que cenizas!...

Alorco lo juró, y los guerreros golpearon otra vez sus escudos, lanzando exclamaciones de alegría.

El viejo, con un vigor extraordinario, se encaramó sobre los troncos, buscando bajo la coraza del cadáver.

—Toma, Alorco —dijo al descender, entregando al nuevo jefe una cadenilla de cobre de la que pendía un disco del mismo metal—. Ésta es la mejor herencia de tu padre: la salvación que le seguía á todas partes. No hay un guerrero en la Celtiberia que no lleve consigo su veneno para morir, antes que ser esclavo del vencedor. Yo compuse éste para tu padre. Pasé toda una luna extrayéndolo del apio silvestre, y una de sus gotas mata como el rayo. Si algún día caes vencido, bebe y muere antes que los tuyos contemplen á su jefe con la mano cortada y sirviendo de esclavo á los enemigos.

Alorco pasó la cabeza por la cadenilla, ocultando en el pecho la herencia de su padre. Después volvió al lado de Acteón, bajo las encinas donde se agrupaban los ancianos.

Los adolescentes de la tribu que estaban haciendo su aprendizaje guerrero en la pradera, corrieron con antorchas encendidas en torno de la pira. Las teas lamieron los troncos resinosos, y pronto el humo y las llamas comenzaron á envolver el cadáver.

Los guerreros de la tribu más famosos por su valor y sus fuerzas, avanzaron haciendo caracolear sus caballos en torno de la hoguera.

Agitando las lanzas, proclamaban con roncos gritos las hazañas del difunto jefe, uniéndose la masa de la tribu á sus aclamaciones. Relataban los innumerables combates de los que había salido vencedor; las audaces expediciones en las que sorprendía al enemigo descuidado durante la noche, quemando sus viviendas y formando interminables cuerdas de cautivos; los rebaños apresados, que casi no cabían en los territorios de la tribu; sus fuerzas colosales; la prontitud con que dominaba el potro más salvaje, y la prudencia que demostraba en todos sus consejos.

—¡Cubrió de manos de enemigos las puertas de nuestras casas! —gritaba un guerrero, pasando al galope como un fantasma entre el humo de la hoguera.

Y la multitud gritaba con una entonación de lamento:

—¡Endovellico!... ¡Endovellico!...

—¡Le temían todas las tribus, y su nombre era respetado como el de un dios!...

La multitud volvía á repetir varias veces el nombre del jefe como si llorase.

—¡Con su puño de roca abatía un toro en mitad de su carrera, y hacía volar la cabeza del enemigo con un golpe de su espada!

—¡Endovellico!... ¡Endovellico!...

Y así continuaban las exequias del jefe. La hoguera elevaba rectas las llamas, ensuciando con su denso humo el azul del cielo, y los heraldos, incansables en pregonar las hazañas de su jefe, pasaban y repasaban como negros demonios coronados de chispas, haciendo saltar sus corceles sobre los leños inflamados. Vínose abajo la pira, envolviendo los restos de Endovellico entre cenizas y tizones, y sobre el rescoldo de la hoguera comenzó el combate en honor del difunto.

Avanzaban los guerreros á caballo con las riendas sueltas, el escudo ante el pecho, la espada en alto, y combatían como si fuesen irreconciliables enemigos. Los mejores camaradas, los hermanos de armas, se asestaban tremendos golpes, con el entusiasmo de un pueblo que convertía la lucha en la principal diversión. Había que hacer correr la sangre para glorificar con más pompa la memoria del difunto; caían los caballos al choque del encuentro, y los jinetes continuaban la lucha á pie, trabándose cuerpo á cuerpo, haciendo retemblar los escudos con el choque de los golpes. Cuando se hubieron retirado algunos guerreros cubiertos de sangre, y el combate tomó un carácter de batalla general, en la que intervenían las mujeres y los niños enardecidos por el espectáculo, Alorco hizo sonar las trompas dando la señal de retirada, y se arrojó entre los combatientes para separar á los más tenaces.

Terminaban las exequias. Los esclavos de la tribu arrojaron los restos de la hoguera en una zanja, y la muchedumbre, viendo acabada la fiesta, levantó por última vez el cuerno lleno de cerveza para beber en honor del nuevo rey, retirándose luego á sus aldeas.

Los principales guerreros se dirigieron á la mansión del jefe para celebrar consejo.

El ateniense caminaba al lado de Alorco, manifestándole el asombro que le habían causado las costumbres bárbaras y belicosas de los celtíberos. Como no podía entender su lenguaje, los guerreros le vieron sin alarma sentarse en la sala del consejo cerca del nuevo jefe.

El hechicero hablaba á Alorco largamente, entre el respetuoso silencio de los guerreros. Acteón comprendió que daba cuenta de cosas extraordinarias ocurridas en la tribu pocos días antes de la llegada del nuevo rey. Tal vez algún llamamiento de las tribus amigas, alguna expedición fructuosa proyectada por los más audaces.

Vió obscurecerse ligeramente el rostro de Alorco, como si le hablasen de algo penoso que pugnaba con sus afectos. Los guerreros le miraban fijamente, mostrando en sus ojos la conformidad y el entusiasmo con las palabras del viejo. Alorco se repuso, siguió escuchando con serenidad al hechicero, y cuando éste terminó, tras una larga pausa, dijo algunas palabras é hizo con la cabeza una señal de asentimiento.

Aquella gente ruda acogió con gritos de entusiasmo la conformidad de su jefe y salió en tropel de la casa, como si la faltase tiempo para llevar la noticia al exterior.

Cuando quedaron solos el griego y el celtíbero, éste dijo con tristeza:

—Acteón, mañana parto con los míos. Comienzo á ser jefe de la tribu. Tengo que llevarla al combate.

—¿Puedo acompañarte?

—No. Ignoro dónde vamos. Mi padre tenía un poderoso aliado que no puedo nombrarte, y ese aliado me llama sin decir para qué. Toda la tribu muestra un gran entusiasmo por esta expedición.

Alorco añadió tras una larga pausa:

—Puedes permanecer aquí todo el tiempo que quieras. Mis hermanas te obedecerán como si fueses el mismo Alorco.

—No: partiendo tú nada me resta que hacer aquí. En un día he visto bastante para conocer á los celtíberos. Regresaré á Sagunto.

—¡Feliz tú que puedes volver á la vida griega, á los banquetes de Sónnica, á la dulce paz de aquellos mercaderes!... Que no se turbe nunca y que yo pueda regresar allá como amigo.

Callaron los dos un buen rato, como si gravitasen sobre su pensamiento negras ideas.

—Volverás de esa expedición cargado de riquezas —dijo el griego— y vendrás á disiparlas alegremente en Sagunto.

—¡Que sea así! —murmuró Alorco—. Pero presiento que nunca volveremos á vernos, Acteón. Si nos vemos será para maldecir á los dioses, prefiriendo no habernos visto. Parto sin saber dónde voy y tal vez marcho contra mí mismo.

No dijeron más: temían explicarse sus pensamientos.

El griego y el celtíbero se abrazaron estrechamente. Después, como suprema despedida, se besaron en los ojos, signo de fraternal amistad.