La invasión
La hermosa Sónnica creía haber perdido para siempre á Acteón. Su repentina partida la consideraba como un capricho del veleidoso ateniense, eterno viajero impulsado por la fiebre de ver nuevos países. ¡Sólo los dioses podían saber dónde iría aquel pájaro errante, después de su visita á la Celtiberia! Tal vez se quedase con Alorco; tal vez guerreara con aquellos bárbaros, y éstos, subyugados por su cultura y su astucia, acabaran formándole un reino.
Creía Sónnica que el ateniense no volvería más; que su corta primavera de amor había sido semejante á la fugitiva felicidad de las mujeres que tuvieron relaciones con los dioses al bajar éstos al mundo. Ella, tan insensible y burlona para los afectos, pasaba los días llorando en su lecho ó recorría por la noche como una sombra el vasto jardín, deteniéndose en la gruta donde el griego había hecho caer por primera vez el cinturón de su túnica. Los esclavos asombrábanse del humor desigual y cruel de su ama, que tan pronto gemía cual una niña, como enardecida por súbita crueldad, ordenaba castigos para todos. Y de repente, una mañana, se presentaba el griego ante la quinta sobre un caballo polvoriento y sudoroso, despedía á los bárbaros de feroz catadura que venían escoltándole, corría con los brazos abiertos hacia la trémula Sónnica, y todo el inmenso dominio parecía resucitar: la señora sonreía, el jardín se mostraba más hermoso, en la terraza brillaban con mayor esplendor los plumajes de las aves raras, sonaban más alegres las flautas de las aulétridas, y á los esclavos, libres ya de castigos, les parecía más dulce el aire y más puro el cielo.
La quinta de Sónnica recobró su alegre vida, como si la dueña hubiese resucitado. Por la noche hubo banquete en el gran triclinio; llegaron invitados los jóvenes elegantes amigos de Sónnica, y hasta Eufobias el filósofo encontró su sitio en la mesa, sin tener que luchar antes con el palo de los esclavos.
Sónnica sonreía abrazada á Acteón, y escuchaba sus palabras como una música dulce. Los convidados le hacían relatar su viaje á la Celtiberia, admirando las costumbres de las tribus sobre las que reinaba Alorco. El parásito Eufobias no ocultaba su satisfacción por tener un amigo tan poderoso, y hablaba de ir allá por algún tiempo para vivir cómodamente, sin tener que mendigar el pan á los mercaderes de Sagunto. Volvió para el ateniense la primavera de amor. Pasaba los días en la quinta á los pies de Sónnica, viendo cómo hilaba en la rueca lanas de vivos colores, ó cómo se acicalaba el cuerpo, ayudada por sus esclavas. Á la caída de la tarde paseaban por el jardín, y les sorprendía la noche en la gruta, estrechamente abrazados, oyendo como una melodía dulce y monótona el canto del surtidor cayendo en la taza de alabastro.
Algunas mañanas, Acteón iba á la ciudad para pasear por los pórticos del Foro, escuchando á los noticieros con la curiosidad de un griego habituado á las murmuraciones del Ágora. Notábase una agitación extraordinaria en la gran plaza saguntina. Los desocupados hablaban de guerras; los ciudadanos más belicosos recordaban sus hazañas en la última expedición contra los turdetanos exagerándolas, y los tranquilos comerciantes abandonaban sus mesas para inquirir noticias, acogiendo con gestos de desaliento la posibilidad de una lucha próxima. Acteón, al llegar á Sagunto por las mañanas, veía en lo alto de los muros centenares de esclavos que reparaban las almenas desmoronadas por el tiempo y cubrían las grietas que muchos años de paz habían abierto en los fuertes tapiales.
Mopso el arquero le tenía al corriente de las deliberaciones de los Ancianos. Hanníbal les había enviado un emisario con la orden de devolver á los turdetanos los territorios conquistados y el botín de la última expedición. El africano amenazaba con una altivez insufrible, y la república saguntina le había contestado con desprecio, negándose á escuchar sus órdenes. Sagunto sólo podía obedecer á su fuerte aliada Roma, y segura de su protección, miraba con indiferencia las amenazas del cartaginés. Sin embargo, como la guerra parecía inevitable y todos temían la juventud y el carácter audaz de Hanníbal, dos senadores se habían embarcado algunos días antes en el puerto de Sagunto, haciendo vela hacia las costas de Italia para relatar lo ocurrido, solicitando la protección del Senado romano.
En el Foro circulaban confusamente estas noticias, y la muchedumbre se burlaba de Hanníbal como de un joven arrebatado que necesitaba una lección. Podía venir contra Sagunto cuando quisiera. Los cartagineses eran los derrotados de Sicilia, los que tuvieron que abandonar las costas de la Gran Grecia, expulsados por los romanos, poniendo con la derrota su propia ciudad al borde de la ruina. Si habían logrado después victorias en Iberia era contra tribus bárbaras que desconocían el arte de la guerra y eran víctimas de sus astucias. Al atacar á Sagunto encontrarían un enemigo digno de ellos, y Roma, la poderosa aliada, caería á sus espaldas exterminándolos.
Estas reflexiones enardecían la ciudad. Llegaban noticias de que Hanníbal había salido de campaña y se aproximaba lentamente; y con tales novedades un aire de guerra parecía pasar sobre Sagunto, inflamando el ánimo de los más prudentes. Los tranquilos mercaderes, con la sorda cólera del hombre pacífico que ve en peligro sus bienes, limpiaban viejas armas en las puertas de sus tiendas ó bajaban á las riberas del río para ejercitarse en su manejo, confundidos con la juventud, que desde la salida del sol hacía caracolear sus caballos y esgrimía la lanza ó disparaba el arco bajo la dirección de Mopso.
Acteón comenzó á pasar los días fuera de la quinta, desoyendo los ruegos de Sónnica, que quería verle siempre junto á ella. El Senado le había dado el mando de los peltastas, la infantería ligera; y al frente de algunos centenares de jóvenes descalzos y sin otra arma defensiva que una coraza de lana y un escudo de junco, corría por las riberas del río, enseñándoles á lanzar los dardos sin detenerse en la carrera, á herir al enemigo pasando por su lado rápidamente, sin darle tiempo á que respondiese con otro golpe.
Cuando terminado el ejercicio los jóvenes sudorosos se lanzaban en el río para fortalecerse con la natación, el griego regresaba lentamente á la quinta, deteniéndose en los lugares más risueños del agro.
Una tarde el ateniense encontró á Eroción el alfarero al pie de un enorme cerezo, mirando las ramas más altas, de las que caía una lluvia de rojos frutos á impulsos de una mano invisible. Desde el día en que le sorprendió Acteón trabajando ante la desnuda pastorcilla no había vuelto á verle.
El adolescente acogió al griego con una sonrisa.
—¿Ya no trabajas? —preguntó Acteón con paternal bondad—. ¿Terminaste tu obra?
El muchacho contestó con un gesto de indiferencia:
—¡Mi obra!... No te burles, griego. Nada tengo que hacer...
—¿Y Ranto?
—Está en lo alto de ese árbol, cogiendo para mí las mejores cerezas. Trepa como una cabra y no quiere que la acompañe. Teme que me haga daño.
Se agitaron las ramas del cerezo, y ágil como una ardilla descendió la pastora con las piernas descubiertas, llevando en su recogida falda de piel un montón de cerezas. Ella y su amante las comían riendo, con los labios teñidos de rojo, y se adornaban el cabello ó las colgaban á pares de sus orejas, formando frescas y vistosas arracadas.
Acteón sonreía contemplando aquella juventud fuerte y hermosa que se buscaba y confundía como si viviese en un desierto, sin preocuparse del estado de la ciudad.
—¿Pero qué hiciste de tu obra? —preguntó.
Eroción y Ranto rieron al recordar el pasado trabajo.
—La aplasté —dijo el muchacho—. Hice añicos el barro y me propongo no tocar otro que el de la alfarería... cuando me decida á volver á ella.
Había cogido el talle de la pastorcilla y descansaba su cabeza en uno de sus hombros, frotándose contra su cuello con suavidad amorosa de felino.
—¿Para qué trabajar? —añadió—. He pasado muchos días arrodillado ante el barro maldito, luchando por que tomase las formas de este cuerpo. Pero es inútil. El barro es barro y no puede ser carne. Cuando se tiene al alcance de la mano la suave piel de mi Ranto, es una necedad desesperarse para que la tierra amasada tome la tersura de su vida. No quiero soñar más, ateniense. Me contento con lo que poseo.
Y con un impudor sublime acariciaba á su amiga en presencia de Acteón.
—Un día —continuó el muchacho— ví claro y comprendí la verdad. Ranto estaba desnuda ante mí. Ofuscado por mi ambición, sólo había visto en ella al modelo, pero aquel día ví la mujer. ¿Á qué buscar la gloria cuando tenía ante mí la felicidad?... Aunque lograse hacer una gran estatua, ¿qué conseguiría con ello? Que la gente dijese después de muerto yo: —Esto lo hizo Eroción el saguntino. Y yo no podría oirlo, luego de pasar mi vida sufriendo y trabajando... No; vivamos y gocemos. Aquel día rompí de una patada la estatua y abracé á Ranto, rodando por el suelo. Amarse es mejor que perder el tiempo con monigotes de barro. ¿Verdad, Ranto?
Y volvían á acariciarse, sin importarles la presencia del griego. Éste adivinaba la gran transformación de aquella pareja en la desenvoltura del adolescente y el fuego que brillaba en los ojos de la pastora. El ardor amoroso parecía haber ensanchado los contornos de su cuerpo, dando á sus miembros una voluptuosa gracia, un abandono dulce, que no tenía antes.
—Olvidé el arte y somos dichosos —continuó el muchacho—. Hubiera sido una locura huir á Grecia, dejando aquí este tesoro que no conocía. Pasamos el tiempo vagando por los campos; tenemos en los bosquecillos rincones misteriosos con cortinas de hojas, escondrijos perfumados y obscuros que nos envidiaría Sónnica la rica; y cuando sentimos hambre ordeñamos las cabras de Ranto, vaciamos una colmena y subimos á los árboles en busca de fruta. Ésta es la gran época: toda la campiña está llena de cerezas.
Se detuvo, creyendo haber dicho demasiado. Tal vez Ranto le reprendió con un ligero movimiento por hablar tanto. Después, añadió con tono suplicante:
—Tú eres bueno, ateniense. Ranto y yo te miramos como un hermano mayor desde que te vimos en el camino de la Sierpe. No digas nada á mi padre ni á Sónnica. Deja que seamos dichosos en esta vida, digna de dioses.
Acteón sentía cierta envidia ante la felicidad de aquellos jóvenes exentos de cuidados, que se amaban en medio del campo, bajo los árboles, como animales sanos y hermosos que sólo creían en el amor.
—Sagunto va á ser sitiada. Tenemos guerra. ¿No lo sabéis?
—Lo ignoramos —dijo Eroción con un gesto de desprecio—. Á mí solo me interesa Ranto.
—¿Y tu ciudad?... ¿No te preocupa su suerte?
—Me preocupan más los besos de mi pastora. Mientras haya amor, sol y frutas, ¿qué me importa lo demás del mundo?
—¿No crees en tu país, desgraciado?
—Por ahora sólo creo en las cerezas y en esta boca roja y fresca como ellas.
Se separaron, y Acteón guardó algún tiempo el recuerdo del encuentro. El alegre descuido de la amorosa pareja le inspiraba envidia.
Pasaron los meses del verano. Las vides del agro maduraban sus racimos, los labriegos se entusiasmaban contemplando la próxima cosecha oculta bajo los pámpanos, y de vez en cuando, como un trompetazo lúgubre, llegaban noticias de Hanníbal, de sus victorias sobre las tribus del interior que se negaban á reconocerle y de las imperiosas exigencias que mostraba sobre Sagunto.
Acteón adivinaba la proximidad de la guerra, y ésta, que había constituído siempre su principal medio de existencia, le causaba ahora tristeza. Había cobrado afecto á aquella tierra hermosa como la de Grecia. Su alma, saturada de la dulce paz de los campos fértiles y de la ciudad rica é industriosa, se entristecía al pensar que esta vida iba á paralizarse. Su existencia había transcurrido entre luchas y aventuras; y ahora que, rico y feliz, deseaba la paz en un rincón, donde creía acabar sus días, la guerra, como amante olvidada que se presenta inoportunamente, volvía á él sin llamamiento alguno, empujándolo nuevamente á la crueldad y la destrucción.
Una tarde, al finalizar el verano, pensaba en esto marchando á caballo hacia la ciudad. En los oblicuos rayos del sol brillaban como botones de oro las industriosas abejas, buscando las flores silvestres. Las vendimiadoras cantaban en las viñas, agachadas junto á sus cestos... Acteón vió venir corriendo por la parte de la ciudad un esclavo de los que tenía Sónnica en sus almacenes de Sagunto.
Se detuvo jadeante ante Acteón. Apenas podía hablar por la fatiga, y sus palabras entrecortadas revelaban el espanto. Hanníbal llegaba por la parte de Sétabis... Comenzaban á entrar despavoridas en la ciudad las gentes del campo con sus rebaños. No habían visto al invasor, pero corrían asustadas por el relato de los fugitivos que llegaban de los confines del territorio saguntino. Los cartagineses habían pasado los límites: eran gentes de rostro feroz y extrañas armas, que robaban las aldeas y las entregaban á las llamas. Él corría á avisar á su señora para que se refugiase en la ciudad.
Y emprendió de nuevo su carrera hacia la quinta de Sónnica. El griego dudó un momento, pensó retroceder en busca de su amada, pero acabó por partir al galope hacia la ciudad, y al llegar á ella pasó á escape por fuera de las murallas. Iba en busca del camino de las montañas que ponían en comunicación á Sagunto con los pueblos del interior y bifurcándose llegaba á Sétabis y Denia. Al llegar á él comenzó á encontrar los fugitivos de que hablaba el esclavo.
Llenaban el camino como una inundación. Mugían los rebaños bajo el látigo, desfilando entre los carros; las mujeres corrían llevando en la cabeza grandes fardos, y arrastraban á sus pequeñuelos, cogidos á los pliegues de la túnica; los muchachos arreaban los caballos cargados de muebles y ropas, todo amontonado al azar en la precipitación de la fuga, y las ovejas saltaban á los lados del camino, librándose de las ruedas que rozaban sus vellones, amenazando aplastarlas.
El griego, marchando en dirección opuesta al torrente de fugitivos, partía con su caballo el revuelto oleaje de carros y rebaños, campesinos y esclavos, en el cual se confundían las gentes de diversos pueblos y se perdían los individuos de una misma familia, llamándose desesperadamente al través de las nubes de polvo.
La muchedumbre fugitiva comenzaba á aclararse. Pasaban junto á Acteón los rezagados: pobres viejas que caminaban con paso vacilante, llevando sobre los hombros el corderillo que constituía toda su fortuna; ancianos abrumados por el peso de marmitas y ropas; enfermos que se arrastraban apoyados en el báculo; animales abandonados que vagaban por entre los olivos inmediatos al camino, y de repente, como si husmeasen al lejano dueño, lanzábanse á todo correr al través de los campos; niños sentados en una piedra que lloraban viéndose abandonados de los suyos.
Pronto quedó el camino completamente desierto. Se había perdido á lo lejos la cola de los fugitivos, y Acteón sólo veía ante sí la estrecha lengua de tierra roja serpenteando por las laderas de los montes, sin un ser que con su silueta cortase la monotonía del camino.
El galope de su caballo resonaba como un trueno lejano en el profundo silencio. Parecía que la naturaleza hubiese muerto al sentir la proximidad de la guerra. Hasta los seculares árboles, los retorcidos olivos que tenían siglos de vida, las grandes higueras que se ensanchaban cual cúpulas verdes sobre las pendientes de los montes, permanecían inmóviles, como aterradas por la aproximación de aquel algo que hacía abandonar á los pueblos sus viviendas, corriendo á la ciudad.
Acteón atravesó una aldea. Las cabañas cerradas; las calles silenciosas. Del interior de una casa le pareció que partía un débil lamento. Algún enfermo abandonado por los suyos en la precipitación de la fuga. Pasó después ante una gran quinta cerrada. Detrás de las altas tapias aullaba con desesperación un perro.
Luego otra vez la soledad, el silencio, la ausencia de la vida, la parálisis que parecía extenderse sobre los campos. Comenzaba á anochecer. Á lo lejos, como arrollado y confundido por la distancia, oíase un sordo rumor; algo semejante al mugido de un mar invisible, al zumbido creciente de una inundación.
El griego salió del camino: su caballo comenzó á escalar una altura cultivada, hundiendo los cascos en la roja tierra de las viñas. Desde lo alto abarcó de una mirada una gran parte del paisaje.
Los últimos reflejos del sol teñían de anaranjado las laderas de los montes, entre las cuales serpenteaba el camino, y en él brillaban como reguero de chispas las corazas de un grupo de jinetes que marchaban al trote con cierta precaución, como explorando el terreno. Acteón los reconoció; eran jinetes númidas de blancos y flotantes mantos, y confundidos con ellos galopaban otros guerreros de estatura menos imponente, que agitaban las lanzas haciendo caracolear sus pequeños caballos. El griego sonrió reconociendo á las amazonas de Hanníbal, el famoso escuadrón que había visto en Cartago-Nova, formado por esposas é hijas de soldados y que mandaba la valerosa Asbyte, hija de Hiarbas, el garamanta africano.
Detrás de este grupo, aparecía solitario el camino en un buen trecho. En el fondo, como un monstruo obscuro que se movía con ondulaciones de reptil, se destacaba el ejército, inmensa faja sobre la que brillaban las lanzas como una línea de fuego, interrumpida á trechos por masas cuadradas que avanzaban cual movedizas torres. Eran los elefantes.
De repente, tras el ejército, pareció elevarse un nuevo sol para alumbrar sus pasos. Se inflamó el horizonte, marcándose sobre el fondo rojizo el dentellado contorno de la inmensa masa. Era una aldea que ardía. Las tropas de Hanníbal, compuestas de mercenarios de todos los países y de tribus bárbaras del interior, ansiaban aterrar á la ciudad enemiga, y apenas entradas en territorio saguntino, talaban los campos é incendiaban las viviendas. Acteón temió ser envuelto por los númidas y las amazonas, y bajando de la altura, emprendió un galope desesperado hacia Sagunto.
Llegó á la ciudad cerrada ya la noche, y tuvo que darse á conocer, llamar á su amigo Mopso, para que le abriesen una puerta.
—¿Les has visto? —preguntó el arquero.
—Antes de que canten los gallos estarán ante nuestros muros.
La ciudad presentaba un aspecto extraordinario. Las calles estaban iluminadas con hogueras. Antorchas de resina ardían en puertas y ventanas, y la multitud de fugitivos aglomerábase en las plazas, llenando los pórticos y tendiéndose en los quicios de las puertas. Todo el pueblo saguntino se había agolpado en la ciudad.
El Foro era un campamento. Oprimíanse los rebaños entre las cuatro columnatas, sin espacio para moverse, mugiendo y pataleando; las ovejas saltaban en las escaleras de los templos; las familias de campesinos hacían hervir sus marmitas sobre los mármoles de los áticos, y el resplandor de tantas hogueras, reflejándose en las fachadas de las casas, parecía comunicar á toda la ciudad un temblor de alarma. Los magistrados hacían levantar á los fugitivos, tendidos en las calles y que obstruían la circulación, para alojarlos en las casas de los ricos, juntos con los esclavos, ó guiarlos á la Acrópolis para que acampasen en sus innumerables edificios. Allí subían también los rebaños, á la luz de las antorchas, entre una doble fila de hombres casi desnudos, que apaleaban los bueyes cuando intentaban escapar por las laderas del monte sagrado.
Dominando el murmullo de la multitud, sonaba el mugido de las trompas y de los caracoles marinos, llamando á los ciudadanos para que formasen los grupos encargados de la defensa de la muralla. Salían de las casas, arrancándose de los brazos de sus esposas é hijos, los comerciantes, vestidos con lorigas de bronce, el rostro cubierto por el casco griego rematado por enorme cepillo de crines, y avanzaban majestuosos entre la muchedumbre de rústicos, con el arco en la mano, la pica en el hombro y la espada golpeándoles el desnudo muslo, cubierto hasta la rodilla con el coturno de cobre. Los adolescentes, arrastraban á las murallas enormes piedras para arrojarlas á los sitiadores, y reían al ser ayudados por las mujeres, que deseaban tomar parte en los combates. Viejos de barba venerable, ciudadanos ricos del Senado, se abrían paso, seguidos por esclavos con grandes haces de picas y espadas, y distribuían las armas entre los campesinos más fuertes, preguntándoles antes si eran hombres libres.
La ciudad parecía contenta. ¡Ya llegaba Hanníbal!... Los más entusiastas habían dudado con cierta pena de que el africano osase presentarse ante sus muros. Pero ya estaba allí; y todos reían pensando que Cartago perecería ante Sagunto así que Roma acudiese en auxilio de la ciudad.
Los embajadores saguntinos estaban allá, y no tardarían en llegar las legiones romanas, aplastando en un momento á los sitiadores. Algunos, en su entusiasta optimismo, inclinados á lo maravilloso, creían que por un milagro de los dioses, el gran hecho ocurriría dentro de pocas horas, y que tan pronto como clarease el día, al extenderse el ejército de Hanníbal ante Sagunto, asomarían al mismo tiempo en el límite azul del seno Sucronense un sinnúmero de velas; la flota conduciendo á los invencibles soldados de Roma.
Casi toda la ciudad estaba en las murallas. Apiñábase en ellas la muchedumbre, hasta el punto de que muchos tenían que agarrarse de las almenas, para no ser precipitados.
Fuera de los muros, la obscuridad era absoluta. Habían callado como asustadas las ranas que poblaban las charcas del río; los perros que rodaban vagabundos por la campiña ladraban incesantemente. Adivinábase la presencia de ocultos seres que se agitaban en la sombra, rodeando la ciudad.
Las tinieblas aumentaban la incertidumbre ansiosa del gentío de las murallas. De pronto brilló un punto de luz en la obscuridad de la campiña: después otro y otros en distintos lugares, á alguna distancia de la ciudad. Eran antorchas guiando los pasos de los que llegaban. Sobre su rojiza mancha de luz veíanse pasar las siluetas de hombres y caballos. Á lo lejos, en la cumbre de algunos montes, brillaban hogueras, sirviendo, sin duda, de señal á las tropas rezagadas.
Estas luces pusieron fin á la calma de los más impacientes. Algunos jóvenes no pudieron permanecer con el arco inactivo, y tendiéndolo comenzaron á disparar flechas. Pronto respondieron desde la obscuridad. Sonaban silbidos sobre la cabeza de la muchedumbre, y de las casas inmediatas á la muralla volaron con gran estrépito algunas tejas. Eran balas de honda enviadas por los sitiadores.
Así transcurrió la noche. Cuando cantaron los gallos anunciando el amanecer, una gran parte de la muchedumbre se había dormido, cansada de escudriñar la obscuridad en la que zumbaba el enemigo invisible.
Al apuntar el día los saguntinos vieron todo el ejército de Hanníbal, frente á sus muros, por la parte del río. Acteón, al examinar la colocación de las tropas, no pudo menos de sonreir.
—Conoce bien el terreno —murmuró—. Ha aprovechado su visita á la ciudad. En las sombras ha sabido escoger el único punto por donde Sagunto puede ser atacada.
Todo el lado del monte estaba libre de sitiadores. Su ejército había acampado entre el río y la parte baja de la ciudad, ocupando las huertas, los jardines de las casas de recreo, el hermoso arrabal de que tan orgullosos se mostraban los ricos de Sagunto.
Entraban y salían los soldados en las lujosas villas, preparando su comida de la mañana; hacían astillas los ricos muebles para encender las hogueras; envolvíanse en las telas que habían encontrado, y derribaban los arbolillos para plantar sus tiendas con mayor desahogo. Al otro lado del río, sobre el inmenso agro, esparcíanse los grupos de jinetes, para tomar posesión de las aldeas, de las quintas, de los innumerables edificios que surgían entre el verdor de la inmensa vega, abandonados á la proximidad del enemigo.
Lo que primeramente llamó la atención de los saguntinos, excitando una curiosidad infantil, fueron los elefantes. Estaban en fila al otro lado del río, enormes, cenicientos, como tumefacciones que hubieran surgido de la tierra durante la noche; con las orejas caídas como abanicos, pintadas de verde, y agitando de vez en cuando sus trompas, que parecían gigantescas sanguijuelas, intentando chupar el azul del cielo. Sus conductores, ayudados por los soldados, descargaban de sus lomos las cuadradas torres y arrollaban las gruesas gualdrapas que les cubrían los flancos en los momentos de combate. Los dejaban libres, como si la vega fuese para ellos una inmensa cuadra, seguros los conductores de que el sitio iba á ser empresa larga y que mientras durase no sería preciso el auxilio de las terribles bestias, tan apreciadas en las batallas.
Cerca de los elefantes, por la ribera del río, llegaban las máquinas de guerra, las catapultas, los arietes, las torres movedizas, complicadas fábricas de madera y bronce, de las que tiraban dobles rosarios de bueyes, enormes y con retorcidos cuernos.
El terreno, como si sufriera una erupción en su superficie, cubríase de vejigas de diversos colores, tiendas de tela, de paja ó de pieles, unas cónicas, otras cuadradas, las más redondas como hormigueros, en torno de las cuales se agitaba la multitud armada.
Los saguntinos, desde lo alto de sus muros, examinaban el ejército sitiador, que parecía llenar toda la vega, y al cual se unían incesantemente nuevas muchedumbres á pie y á caballo que llegaban por todos los caminos y parecían rodar de las cumbres de las inmediatas montañas. Era una aglomeración de razas diversas, de pueblos distintos; una bizarra amalgama de trajes, colores y tipos; y los saguntinos, que por sus viajes conocían todas aquellas gentes, las iban señalando á sus absortos conciudadanos.
Unos jinetes que parecían volar casi tendidos sobre sus pequeños caballos, eran númidas; africanos de aspecto afeminado, cubiertos de velos blancos, con pendientes de mujer y babuchas, perfumados, con los ojos pintados de negro, pero que resultaban impetuosos en el combate y luchaban á la carrera, manejando la lanza con gran destreza. En torno de las hogueras de los jardines paseaban los negros de Libia, atléticos, con los cabellos crespos y la dentadura deslumbrante, sonriendo con estúpida satisfacción al ver sus miembros desnudos envueltos en los girones de rica tela que acababan de robar; temblando de frío apenas se apartaban del fuego, como si les martirizase la frescura del amanecer. Estos hombres, de piel obscura y brillante, pocas veces vistos en Sagunto, excitaban la curiosidad de los ciudadanos casi tanto como las amazonas que audazmente pasaban al galope por cerca de las murallas para ver de más cerca la ciudad.
Eran jóvenes, esbeltas, de piel tostada por la intemperie. Su cabello ondeaba tras el casco como un adorno bárbaro, y no llevaban otra vestidura que una amplia túnica hendida por el lado izquierdo, que dejaba al descubierto sus piernas nerviosas oprimiendo los hijares del caballo. Sobre el pecho llevaban algunas un justillo de escamas de bronce, pero abierto por el costado izquierdo para pelear con más desahogo y mostrando la redondez de su seno recogido y duro por los fatigosos ejercicios. Montaban en pelo sus caballos nerviosos y salvajes, guiándolos con un ligero freno, y al marchar en grupo las feroces bestias se mordían y coceaban, animándose así en la desesperada carrera. Avanzaban las amazonas hasta cerca de los muros riendo y profiriendo palabras que no entendían los saguntinos; agitaban sus lanzas y escudos, y al enviarles una nube de flechas y piedras, huían á escape, volviendo la cabeza para repetir sus gestos de burla.
Los sitiados distinguían entre la muchedumbre obscura de los soldados las corazas de algunos jinetes, que brillaban como láminas de oro. Eran los capitanes cartagineses, los ricos de Cartago, que seguían á Hanníbal; hijos de opulentos comerciantes que marchaban con el ejército más como pastores que como caudillos, cubiertos de metal de cabeza á pies para librarse de los golpes y más atentos, con el genio de su raza, á administrar las conquistas y repartirse el botín que á buscar gloria en los combates.
Aparte de estas gentes, los conocedores señalaban desde las murallas las demás tropas del ejército sitiador. Unos hombres con la piel de color de leche, lacios bigotes y las crines rojas anudadas en el vértice del cráneo, que se despojaban de sus sayos y sus altas botas de pieles sin curtir para bañarse en el río, eran galos; los otros, bronceados y tan enjutos que su esqueleto se marcaba como si fuese á desgarrar la piel, eran africanos de los oasis del gran desierto, gentes misteriosas que con el redoble de sus tamborcillos hacían descender la luna, y tañendo la flauta obligaban á bailar á las serpientes venenosas. Y revueltos con ellos, aparecían los lusitanos enormes, de piernas fuertes como columnas y anchos pechos de roca; los de la Bética, unidos á sus caballos de día y de noche por un amor que duraba toda la vida; los celtíberos hostiles, melenudos y sucios, ostentando con altivez sus harapos; las tribus del Norte, que adoraban como dioses los pedruscos solitarios y buscaban á la luz de la luna hierbas misteriosas para hechicerías y filtros; todos de costumbres feroces, en perpetua batalla con el hambre, gentes bárbaras de las que se decían cosas horripilantes, suponiéndolas inclinadas á devorar los cadáveres de los vencidos después del combate.
Los honderos baleares provocaban la risa, á pesar de su aspecto feroz. Comentábanse en las murallas las costumbres extravagantes que regían en sus islas; y la multitud prorrumpía en carcajadas contemplando aquellos mocetones casi desnudos, empuñando un palo con la punta tostada que les servía de lanza, y llevando tres hondas, una arrollada á la frente, otra en la cintura y la tercera en la mano. Estas hondas eran de crín, de esparto y de nervio de toro, usándolas alternativamente según la distancia á que debían tirar.
Vivían en las cuevas de sus islas ó en la cavidad formada por varios peñascos amontonados, y desde niños se amaestraban en el uso de la honda. Sus padres les ponían el pan á alguna distancia, y no podían comerlo si no lo derribaban antes de una pedrada. Su pasión era la embriaguez, y su más vehemente apetito la mujer. En los combates despreciaban los prisioneros de buen rescate por apoderarse de las mujeres, y muchas veces cambiaban seis esclavos fuertes por una esclava. En sus islas no se conocía el oro y la plata: los ancianos, adivinando los males del dinero, habían prohibido que se importaran monedas, y los honderos baleares al servicio de Cartago, no pudiendo llevar las ganancias á su país, gastaban las soldadas en bebidas ó las arrojaban generosamente en manos de las rameras hediondas y miserables que seguían al ejército. Sus costumbres tradicionales regocijaban á los saguntinos. En sus bodas, según decían los que habían visitado las islas, era uso que todos los invitados gozasen á la desposada antes que el marido, y en los entierros se apaleaba al cadáver hasta magullarle los huesos y convertirlo en una masa informe que se apelotonaba á viva fuerza en una estrecha urna, enterrándola bajo un montón de pedruscos. Sus hondas eran terribles. Arrojaban á grandes distancias balas de arcilla cocida al sol, cónicas por sus extremos y con grotescas inscripciones dedicadas al que recibía el golpe; y en los combates disparaban piedras de á libra con tal fuerza, que no podía resistirlas la armadura mejor templada.
Detrás de esta muchedumbre belicosa, se esparcían por la campiña mujeres desharrapadas de todos colores; niños desnudos y enflaquecidos que no conocían á su padre; los parásitos de la guerra, que marchaban á la cola del ejército para aprovecharse de los despojos de la victoria: hembras que por las noches se tendían en un extremo del campamento amaneciendo en el opuesto, y envejecidas en plena juventud por las fatigas y los golpes, morían abandonadas al borde un camino; pequeñuelos que miraban como padres á todos los soldados de su raza llevando á la espalda en las marchas la leña ó la marmita de los guerreros, y en los momentos de lucha difícil, cuando se reñía cuerpo á cuerpo, deslizábanse entre las piernas de los contrarios para morderles como rabiosos gozquecillos.
Acteón encontró á Sónnica en la muralla, mirando el campamento enemigo á los primeros rayos del sol. La hermosa griega se había refugiado en Sagunto la noche anterior, seguida de esclavos y rebaños, trasladando á su casa comercial una parte de las riquezas de la quinta. Quedaban allá las habitaciones con sus pinturas y mosaicos; los muebles ricos, las suntuosas vajillas que caerían en poder del vencedor. Y ella y el griego, por entre el follaje del agro, veían la terraza de la quinta con sus estatuas; la torre de las palomas y los tejados de las casas de los esclavos, sobre los cuales corrían algunos hombres como insectos casi imperceptibles. Los invasores estaban allí. Tal vez se divertían matando á flechazos los pájaros asiáticos de deslumbrante plumaje y golpeaban á los esclavos enfermos y viejos abandonados en la fuga. Por entre los plátanos del jardín se elevaba el humo de una hoguera. La griega y su amante presentían la destrucción y la rapiña. Sónnica entristecíase, no por la pérdida de una parte de sus riquezas, sino por creer que mataban su amor destruyendo un lugar que había sido testigo de sus primeros arrebatos de pasión con el ateniense.
Bien entrada la mañana, la gente saguntina prorrumpió en gritos de indignación. Por el camino de la Sierpe venían algunos grupos de mujeres ebrias y vociferantes, abrazando á los soldados. Eran las lobas del puerto, las cortesanas miserables que pululaban de noche en torno del templo de Afrodita y á las que se prohibía la entrada en la ciudad. Al presentarse en el puerto los primeros jinetes cartagineses, los habían seguido con entusiasmo. Habituadas á las caricias brutales de los hombres de todas las naciones, no las causaba extrañeza la presencia de aquellos soldados de tan distintos trajes y razas. Lo mismo eran los lobos de la tierra que los del mar. Adoraban á los hombres fuertes, aves de presa que las destrozaban entre sus garras; y á la zaga de los cartagineses marcharon al campamento, satisfechas en el fondo de aproximarse á la ciudad sin miedo al castigo; de poder burlarse de los sitiados habitantes, con el concentrado odio de muchos años de humillación.
Cantaban como locas, agitándose entre las manos ávidas y temblorosas de deseo, que se las disputaban como si quisieran desgarrarlas; embriagábanse en las ánforas de ricos vinos, sacadas de las quintas; caían sobre sus hombros telas con hilos de oro robadas un momento antes; los númidas, las admiraban con sus húmedos ojos de gacela, coronándolas con guirnaldas de hierbas, y ellas, prorrumpiendo en carcajadas de bacante, acariciaban la cabeza de crespa lana de los etíopes, que reían como niños, mostrando sus agudos dientes de antropófagos.
Se entregaban al amor bajo los árboles, junto á las largas filas de caballos amarrados al borde de las tiendas, mostrando al rodar sus desnudeces, como un insulto impúdico á la sitiada ciudad; y los saguntinos, que habían presenciado impávidos el largo desfile del enemigo, temblaban de ira tras sus almenas á la vista de la ofensa de sus cortesanas.
¡Las miserables!... ¡Las perras!...
Insultábanlas las ciudadanas, pálidas de furor, echando el busto fuera de los muros, como queriendo saltar al campo para caer sobre las prostitutas; y éstas, cual si las excitase la cólera de la ciudad, redoblaban sus carcajadas, tendidas de espaldas en la hierba, abiertos sus miembros, como invitando al ejército entero á que pasase sobre sus cuerpos.
Un nuevo motivo de indignación vino á inflamar otra vez el ánimo de los saguntinos. Algunos, creyeron reconocer á un guerrero celtíbero que marchaba al frente de un grupo de jinetes. Su gallardía sobre el caballo, la arrogancia con que galopaba pegado á la silla, recordaron á muchos el vistoso desfile de la fiesta de las Panatheas. Cuando echó pie á tierra y se despojó del casco, limpiándose el sudor, todos le reconocieron, lanzando un grito de indignación. Era Alorco. ¡También aquél!... Otro ingrato para la ciudad que le había colmado de atenciones y honores. Sus deberes de reyezuelo le hacían olvidar la fraternal acogida de Sagunto.
Y ciegos de ira dispararon sus arcos contra él, pero las flechas no podían llegar al sitio donde acampaban los celtíberos.
La muchedumbre, enfurecida, experimentó un ligero consuelo. Abríanse los grupos á lo largo de la muralla, y con la majestad de un dios avanzaba Therón, el sacerdote de Hércules, fijos los ojos en el enemigo, insensible á la adoración popular que le rodeaba.
Los saguntinos creyeron ver al propio Hércules que había abandonado su templo de la Acrópolis para bajar á las murallas. Iba desnudo: una piel enorme de león cubría sus espaldas. Las garras de la fiera cruzábanse sobre su pecho, y el cráneo lo cubría con la cabeza de la bestia, de erizados bigotes, agudos dientes y ojos amarillos de vidrio que brillaban entre la revuelta melena de oro. Su diestra empuñaba sin ningún esfuerzo un tronco entero de roble que le servía de cachiporra, como la maza del dios. Sus hombros sobresalían por encima de todas las cabezas. La muchedumbre admiraba sus pectorales redondos y fuertes como escudos, los brazos, en los que se marcaban las venas y tendones como sarmientos arrollados á los músculos, y las piernas, semejantes á columnas, entre las cuales pendía la virilidad con el soberano impudor de la fuerza. Era tan enorme, que su cráneo parecía pequeño en medio de los inmensos hombros, abultados por la almohadilla de los músculos; su pecho mujía al respirar como una fragua, y todos, instintivamente, se hacían un paso atrás, temiendo el roce de aquella máquina de carne creada para la fuerza.
Los jóvenes elegantes amigos de Sónnica, que ni aun en aquella ocasión suprema habían olvidado pintarse el rostro, le seguían y admiraban, ordenando á la muchedumbre que abriese paso.
—¡Salve, Therón! —gritaba Lacaro—. Veremos qué hace Hanníbal cuando te encuentre en el combate.
—¡Salud al Hércules saguntino! —contestaban los otros jóvenes, apoyándose con desmayo en las espaldas de sus muchachuelos.
El gigante miraba el campamento, en el cual comenzaban á sonar las trompas y corrían los soldados para formarse en grupos. Avanzaban los honderos cautelosamente, amparándose de los edificios y las desigualdades del terreno. Iba á comenzar el combate. En las murallas tendían sus arcos los flecheros, y los adolescentes amontonaban piedras para arrojarlas con sus hondas. Los viejos obligaban á las mujeres á retirarse. Cerca de una escalera de la muralla, peroraba el filósofo Eufobias en medio de un grupo, sin hacer caso de la indignación de los oyentes.
—Va á correr la sangre —gritaba—. Pereceréis todos: ¿y para qué?... Yo os pregunto qué ganáis no obedeciendo á Hanníbal. Siempre tendréis un amo: y lo mismo da ser amigos de Cartago que de Roma. Se prolongará el sitio y moriréis de hambre. Yo seré el último en sobreviviros, pues conozco de antiguo la miseria como una fiel amiga... Pero otra vez os pregunto: ¿qué más os da ser romanos que cartagineses? Vivid y gozad. Quede para los carniceros el derramar sangre, y antes que pensar en dar muerte á otro hombre, estudiaos á vosotros. Si hicierais caso de mi sabiduría, si en vez de despreciarme me alimentaseis á cambio de mis consejos, no os veríais encerrados en vuestra ciudad como zorras en el cepo.
Un coro de imprecaciones y una fila de puños amenazantes contestaron al filósofo.
—¡Parásito! ¡Esclavo de la miseria! —gritaban—. Eres peor que esas lobas que se prostituyen á los bárbaros.
Eufobias, cuya insolencia crecía al compás de la indignación, quiso contestar; pero se detuvo viendo que una masa obscura le tapaba la luz del sol. El gigantesco Therón estaba ante él, mirándole con el mismo desprecio que uno de aquellos elefantes que los sitiadores tenían junto al río. Levantó su mano izquierda, débilmente, como si fuese á alejar un insecto de un papirotazo; apenas si rozó la cara insolente del filósofo, y éste cayó por la escalera de la muralla con la cabeza ensangrentada, silencioso, sin una queja, rebotando de peldaño en peldaño, como hombre convencido de que el dolor no es más que una apariencia, y acostumbrado á tales caricias.
En el mismo momento una nube de puntos negros silbó sobre las murallas como una bandada de pájaros. Volaron tejas, saltaron yesones de las almenas, y cayeron con la cabeza rota algunos de los que estaban en el muro. De entre las almenas salieron como contestación impetuosa, las piedras y las flechas.
Comenzaba la defensa de la ciudad.