[40] Más allá del Ecuador, en la parte austral del Océano Atlántico, obsérvase una oposición climatérica semejante al NE. y SO. de las islas de Martín Vaz (lat. 20° 27′ S.) y Trinidad (latitud 20° 21′ S.): este cambio súbito en el estado del cielo y de la atmósfera, ha hecho considerar la isla de Trinidad como una columna oceánica elevada por la naturaleza para marcar el límite de dos zonas diferentes. Duperrey, Hydr. du voyage de la Coquille, 1829, pág. 68.
[41] De igual modo que los marinos ingleses distinguían en sus descripciones entre fresh weed, weed much decayed, sorprendió á Colón encontrar á veces reunidos ramos de yerba muy vieja y otra muy fresca, que traía como fruta. (Cree que los apéndices globulosos y pediculados son fruto del fucus.) Otro día anota que la hierba venía del E. al O., por el contrario de lo que solía (Navarrete, t. I, pág. 16). Describe los crustáceos (esquilas) que anidan en el fucus acumulado: un cangrejo vivo lo guardó el Almirante. Se admira de ver parajes sin hierba en medio de un mar que parecía coagulado (la mar cuajada de yerbas, l.c., páginas 10 y 12), y como naturalista observador distingue las distintas especies de fucus, los del Mar de Sargazo y los que son comunes alrededor de las islas Azores. «Vieron yerba de otra manera que la pasada, de la que hay mucha en las islas de los Azores; después se vido de la pasada.» (Diario, en 7 de Febrero de 1493.) Acerca de la frecuencia del fucus sobre los escollos próximos á las Azores, véase Manoel Pimentel, Arte de navegar, Lisboa, 1712, pág. 310.
[42] Investigation on the Currents of the Atlantic Ocean, 1832, pág. 70.
[43] Las pruebas de las afirmaciones que aquí hago han sido desarrolladas en una Memoria sobre las corrientes en general y sobre el contraste que ofrece en particular una corriente de agua fría del Mar del Sur, con la corriente de agua caliente del Gulf Stream, que presenté á la Academia de Berlín el 27 de Junio de 1833.
[44] Esta distinción, hecha por mí en la Rélation historique, tomo I, pág. 202, la adoptó y siguió Mr. Rennell (Inv., página 184).
[45] De igual modo en los vastos matorrales del Noroeste de Europa están mezclados con la Erica (Calluna) vulgaris, las Erica tetralix, Erica ciliaris y Erica cinerea. Las Ericetas de Europa del Sur presentan la asociación de la Ericeta arborea y la Ericeta scoparia. En otra obra he descrito la gran variedad de gramíneas que se advierte en los Llanos y los Pajonales de las planicies y mesetas de los trópicos que los indígenas americanos llaman poéticamente mares de yerba y que aparentan una monotonía engañosa.
[46] Acerca del mare herbidum, véase Pedro Mártir de Anghiera, Occeánica, Déc. III, lib. IV, pág. 53. Colón expresa su opinión favorable á la adherencia primitiva del fucus á los escollos próximos, desde el primer día que entra en el Mar de Sargazo. He aquí sus palabras, consignadas por Las Casas en el extracto del Diario: «Aquí comenzaron á ver manadas (acaso manchas) de yerba muy verde que poco había, segun le parecía, que se había desapegado de tierra, por lo cual todos juzgaban que estaban cerca de alguna isla.» El Almirante imaginó que en la parte del Océano donde se acumula el fucus es el agua menos salada (Navarrete, t. I, pág. 10); hecho refutado por las experiencias directas que el astrónomo de la expedición, de Krusenstern (Reise um die Welt, t. III, pág. 153), ha hecho del peso específico del agua en el Mar de Sargazo. La salazón aumenta bajo la capa de fucus flotante, porque esta capa, por la analogía con las observaciones que yo he hecho en aguas cubiertas de confervas y de lemna, aumenta la temperatura del agua del Océano en la superficie.
[47] Esta opinión ha sido emitida por Thunberg, pero sin prueba alguna tomada de la fisiología vegetal. Un botánico muy sagaz, Mr. Meyen, insiste en la notable analogía de los fucus con las algas de agua dulce, muchas de las cuales jamás tienen frutos y están desprovistas de raíces, de modo que sólo se desarrollan y multiplican por medio de nuevas ramas.
[48] The Sea of Sargasso may be considered as an eddy (remous, tourbillon), between the regular equinoctial current setting to the westward, and those easterly currents put in motion by the westerly winds a little to the northward of the parallel in which the tradewinds begin to blow (John Purdy, Mem. on the Hydr. of the Atlantic Ocean, 1825, pág. 221). «The Sea of Sargasso may be deemed the recipient of the water of the Gulf-Stream of Florida: it is a deposit of gulf-weed brought by the stream.» Rennell, Inv., páginas 27 y 71. Pero más adelante (pág. 184), el célebre hidrógrafo parece inclinarse á la opinión de que el fucus se renueva con el arrancado en los escollos próximos. El teniente Juan Evan, admirado también ante las grandes masas de fucus en el golfo de Méjico, «siente que no se sondee con más cuidado (with the deep-sea line) en el gran banco de fucus al O. de las Azores (lat. 30°-36°, longitud 43°-57°), donde algunas veces ha visto la mar cubierta, en una extensión de cuatro leguas marinas, de una espesa capa de fucus flotante» (Journal du Vaisseau Belvedere, Noviembre de 1810).
[49] Lo mismo opinan también M. Luccock en sus Notes on Brasil, y un marino muy distinguido, el capitán Livingston (Purdy, Memoir on the Hidrog. of the Atlantic, 1825, páginas 221-225).
[50] Cuando los barcos que cuentan con elementos para determinar con precisión las longitudes atraviesan el gran banco de fucus en el sentido de un paralelo, pero fuera de la banda que une los dos brazos, tiene muy pocas probabilidades de estudiar el fenómeno; y cuando, muy al E. del meridiano que consideramos en el estado normal como límite oriental del gran banco encuéntranse muchos días grandes grupos de fucus flotantes, igualmente espaciados y situados en la dirección de las corrientes, puede creerse que, navegando en rumbos poco diferentes del meridiano, no se ha tocado al verdadero banco longitudinal, y que el eje de la principal aglomeración está situado más al O. Á causa del minucioso trabajo que he hecho sobre esta materia, tengo pruebas de la existencia de estrías de fucus flotante en masas considerables en longitudes mucho más orientales de las que admite Rennell, como formando habitualmente el borde oriental del gran banco. Encuentro estas pruebas en las observaciones de Labillardiere, lat. 25°, longitud 31°—lat. 36° ½, long. 35° (Rélation du voyage á la recherche de La Perouse, t. II, pág. 331); de Mr. Lichtenstein, á su vuelta del cabo de Buena Esperanza, lat. 19° ½, long. 35° ¾—latitud 22° ½, long. 36° ¼; de Mr. Bory Saint Vincent, latitud 23° ½, long. 35°; de Mr. Gaudichaud en la expedición de La Herminia, lat. 27° ¾, long. 37° ¾—lat. 29°, long. 35° ½; de Mr. Freycinet, en el viaje de La Uranie, lat. 28° 31′, longitud 35° 55′—lat. 36° 1′, long. 35° 44′; del capitán Duperrey en el viaje de La Coquille, lat. 29° 54′, long. 31° 45′—lat. 31° 35′, longitud 31° 7′; de Mr. de Urbille en su viaje del Astrolabe, latitud 24° 51′, long. 32° 39′—lat. 26° 20′, long. 33° 39′—latitud 29° 5′, long. 30° 53′. He observado por mí mismo, en el trayecto desde la Coruña á Cumaná, pasando al NO. de las islas de Cabo Verde y 80° al E. del punto que las cartas de las corrientes del Atlántico, por el mayor Rennell, fijan como extremidad meridional del gran banco, masas considerables de fucus flotante (Rélation historique, t. I, pág. 271). Terminaré esta nota alegando testimonios de los resultados que oficiales de gran mérito, los Sres. Birch, Alsagar, Hamilton y Livingston, han obtenido desde 1818 á 1820, y que confirman por modo satisfactorio lo que creemos ser la configuración normal de la banda de Corvo; del almirante Krusenstern, según Mr. Horner, lat. 26°, long. 39° ½ (Reise um die Welt., t. III, páginas 151-153); Kotzebue, en su viaje del Rurick, según el diario manuscrito de Mr. Chamisso, lat. 20°, long. 37° ½—lat. 30°, longitud 39° ¾; de Mr. Meyen, en su viaje alrededor del mundo, latitud 24°, long. 39° ½—lat. 36°, long. 43° ½. Al comparar estas longitudes, reducidas siempre en esta obra al meridiano de París, á la posición del eje del banco de fucus flotante, debe tenerse en cuenta la anchura del banco.
[51] Colón creía estar entonces en lat. de 34° ½ y long. de 53°; por tanto, al ENE. de las islas Bermudas. Es notable que, desconociendo esta observación de 1493 el mayor Rennell, sitúe el banco de fucus en los mismos parajes (véase la segunda carta del Atlas de las Corrientes), much Gulf weed.
[52] Como en los últimos tiempos hasta la primera tierra donde arribó la expedición del descubrimiento se ha puesto en duda, no se puede tener demasiada confianza en el empleo habitual del medio de corregir la estima por la comparación de las posiciones de los puntos de partida y de llegada. Descubierta la primera isla el 12 de Octubre de 1492, continuó Colón su viaje hacia el Oeste, y llegó á la costa septentrional de Cuba (á los puertos de Tanamo, Cayo-Moa y Baracoa). Esta dirección hizo suponer á Navarrete que Guanahaní, la primera tierra descubierta, no es ni San Salvador Grande, en cuya isla hay un puerto en la punta SE. que aun lleva el nombre de Columbos port, ni la isla Watelin (Muñoz, § 137), sino un islote del archipiélago de las Turcas, llamado por los marinos franceses Grande Saline y por los ingleses The Grand Kay (Navarrete, t. I, pág. CV), al N. de Haïti, casi en el meridiano de Punta Isabela. Según Mayne, hay 4° 9′ de diferencia de longitud entre San Salvador y la Grande Saline de las islas Turcas, situadas al E. de los Caycos y al O. de Pañuelo cuadrado. Tampoco su llegada á las Azores (á la isla de Santa María), cuando su vuelta á España, puede servir para corregir la estima con certidumbre. Colón sufrió una gran tempestad que le tuvo errante desde el 13 al 17 de Febrero de 1493 en parajes donde la acción de las corrientes tiene una fuerza irresistible.
[53] Empleo esta expresión rara en el sentido que hoy le dan casi todos los pilotos españoles, oponiendo la mar agitada y tempestuosa al N. del paralelo 35° (el golfo de las Yeguas), á la mar tranquila y llana de los trópicos (el golfo de las Damas). En su origen, á fines del siglo XV y principios del XVI, la denominación de golfo de las Yeguas sólo se aplicó á la parte del Océano Atlántico entre las costas de España y las islas Canarias, á causa del gran número de yeguas que morían en la travesía desde los puertos de Andalucía á las Antillas, y que eran arrojadas al mar antes de llegar á Canarias. Al S. de estas islas, los animales sufrían menos los balances del barco y se habituaban á la navegación. Oviedo (Historia general de las Indias, lib. II, cap. 9, fol. 12) dice que morían muchas más vacas que caballos, y que esta parte de mar al N. de Canarias se la debía llamar el golfo de las Vacas. Hoy dicen los pilotos españoles que se va á América por el golfo de las Damas (Acosta, libro III, cap. 4) y que se vuelve por el golfo de las Yeguas, interpretando esta última locución de un modo impropio «por el aspecto de la gran ola espumosa que salta como una yegua».
Merece notarse que á pesar de la imperfección del arte náutico y de la incertidumbre de las rutas, se hicieron algunas veces, en los primeros tiempos de la conquista, muy rápidas travesías. Oviedo dice (l.c., pág. 13) que en 1505, mientras el emperador Carlos V estaba en Toledo, dos carabelas volvieron en veinticinco días de la isla de Santo Domingo al río de Sevilla.
[54] Sin duda á causa de este descubrimiento y de algunas aventuras semejantes, dijo Colón en su Diario (7 de Octubre de 1492), antes del descubrimiento de Guanahaní, que observaba el vuelo de las aves cuando van todas por la tarde en una dirección como para dormir en tierra, porque sabía que las más de las islas que tienen los portugueses, por las aves las descubrieron.
[55] Formaleoni, Nautica dei Veneziani, pág. 48. Es el Vouga del mapa de Castro.
[56] El temor que á los marineros de Colón inspiraba la acumulación de fucus, no lo expresa la parte de Diario que ha llegado hasta nosotros por los extractos de Fray Bartolomé de las Casas. El Diario (22 y 23 de Septiembre de 1492) refiérese sólo á los murmullos por la constancia del viento del E. y del Sur que mantenían la mar mansa y llana. Pero D. Fernando Colón se expresa con viveza en este punto. «Descubrieron cantidad de yerba hacia el N., por todo el espacio que alcanzaba la vista, con la cual se consolaban algunas veces, creyendo venía de tierra cercana, y otras les causaba gran miedo, porque había muchas tan espesas que en cierto modo impedían la navegación, y como siempre propone lo peor el miedo, temían les sucediese lo que se finge de San Amaro en el mar helado, que no deja mover los navíos, por lo cual se apartaban de las manchas siempre que podían» (Vida del Almirante, cap. 18). La comparación del Diario del Almirante y de la Vida del mismo, escrita por su hijo, me confirma en mi opinión de que éste, con objeto de hacer su relato más dramático, insiste demasiado en la desesperación de los marineros que se hallaban «en medio del Océano, lejos de todo socorro» (Barcia, Hist. prim., t. I, pág. 16). La travesía de Palos á Flores, y desde allí á las costas de Irlanda en 1452, que cité antes, podía, en mi opinión, haber acostumbrado á los marineros á no ver más que agua y cielo.
[57] La etimología de la palabra portuguesa sargaço (sarguaço de Acosta, Aromatum liber. Antw., 1593, pág. 311) ha sido intentada de diversos modos. Mr. Rennell (Inv. on Curr., pág. 72) interpreta esta palabra, apoyándose en la autoridad de una memoria inserta en el Nautical Magazine, 1832, pág. 175, por uva de mar ó uva de los trópicos, llamada así á causa de las vejigas globulosas pedunculadas, que comparaba Colón al fruto del lentisco. Las palabras Sarga y Uva sargacinha, poco conocidas de los mismos portugueses, designan sin duda variedad de uva; pero el gran Diccionario de la lengua portuguesa, publicado en Lisboa en 1818 por tres literatos portugueses, las define: racimo pequeño de bayas de sargaço. La planta marina, como acertadamente observa el Vizconde de Santarem, es la que ha dado el nombre á la uva, y no ésta la que ha hecho llamar al fucus sargaço. Es probable que esta última palabra, por permutación de las letras r y l, permutación tan común, sobre todo en el Algarve, patria de los más hábiles marinos del siglo XV, se refiere á salgar (salar), salgado (salado) y á sagadeira (planta del litoral, un Portulacca ó un Halimus). Por la influencia que ejerció en el arte náutico y en el lenguaje de los marinos de la Europa austral la navegación de los árabes, llamóme hace tiempo la atención la asonancia de Gium Alhacise, golfo de Yerbas, en la Geografía de Edrisi, pág. 22. Alhachich (de hechicheh) significa yerbas y alhas pudiera muy bien haber formado saglas (salgazzo), (Ramusio, t. III, página 67). Pero la etimología puramente portuguesa es, al parecer, preferible. También Juan de Sousa, en sus curiosas investigaciones sobre las palabras árabes introducidas en la lengua portuguesa (Vestigios de lingua arabica em Portugal, 1789), ninguna mención hace de sargaço. No es preciso buscar tan lejos lo que se encuentra más naturalmente en la Europa latina. De igual modo acabo de reconocer en el antiguo nombre de las islas Antillas, Islas Camerçanes, del religioso carmelita Maurilo, la palabra española comarca, siendo preciso leer islas comarcanas, es decir, que son vecinas á la tierra firme, que confinan con ella. La traducción del pasaje de Gregorio Boncio por Philipón, religioso de la Orden de San Benito, lo prueba claramente. «Insulæ Cannibalium quas modo Antillias, sive Camericanas vocant, et de quibus Gregorius Boncius ait: Tiene América muchas islas comarcanas, la de Paria, Cuba y Española..... hoc est, habet América insulas adjacentes quam plurimas, ut Paríanam insulam, Cubam.....» (Honorius Philiponus, Ordinis Sancti Benedicti monachus, Nova typis transacta, Navigatio Novi Orbis Indiæ Occidentalis, 1621, pág. 33). Las «Islas Comarçanas, situadas en la comarca de la Tierra firme», han sido cambiadas poco á poco en Camerçanes y en Camericanes. El mismo Maurilo de San Miguel (Viaje, pág. 391), dice: «Islas Camerçanes, llamadas otras veces Antillas.»
[58] Fidallah, Fedel, entre Sallea y el cabo Blanco, á los 33° y 50′, á distancia de sesenta leguas marinas, en línea recta, de Gades, distancia que el periplo de Scylax valúa en menos de doce días de viaje. La localidad de Fedala es la mejor descrita en Tuckey, Marit. Geogr., t. II, pág. 499.
[59] Pedro Mártir, Oceánica, Déc. I, lib. VI, pág. 16, y Déc. III, lib. IV, pág. 55.
[60] El marino Juan Barbot, observador atento, se expresa del siguiente modo: «Cuarenta ó sesenta leguas al Occidente del cabo Blanco de África, y aun á veinticinco leguas de distancia, vimos el sargazo flotante en el Océano tan profundo que se ignora dónde estuvo arraigado. El sargazo se acumula de tal manera, que es preciso un tiempo fresco para atravesarlo; tanta es su resistencia» (Description of the coast of Guinea, formando el último volumen de la colección Churchill, edición de 1732, pág. 538). Esta descripción se halla conforme con las observaciones de Mandelsloe (Harris, Collection of Voyages, 1764, t. I, pág. 805), que discute seriamente la cuestión de saber si el fucus flotante puede venir de las islas Antillas, á pesar de la constancia de los vientos de NE.
[61] Avieno (Poetæ, lat. min., t. V, P. III, pág. 1187, edición Wernsd) tenía á la vista, como lo dice él mismo (Ora mar., v. 412), periplos púnicos. Hablando del viaje que hizo Himilcón durante cuatro meses hacia el N. y el NO., dice:
Sic nulla late flabra propellunt ratem,
Sic segnis humor æquoris pigri stupet
Adjicit et illud, plurimum inter gurgites,
Exstare fucum, et sæpe virgulti vice
Retinere puppim.
Estos bancos de fucus están situados al N. hacía Ierné:
Hæc inter undas multa cespitem jacit,
Eamque late gens Hibernorum colit.
Theofrasto distingue muy bien el fucus del litoral del fucus de alta mar. Aristóteles, en las Meteorológicas, insiste en la ausencia del viento, idea sistemática muy generalizada y verdaderamente extraña tratándose de un mar tan frecuentemente agitado como lo es el que media entre Gades y las Islas Afortunadas, de una región que no es por cierto el golfo de las Damas de los pilotos castellanos. He aquí lo que el Stagirita añade después de haber disertado acerca de la relación que supone existir entre la dirección de las corrientes y el declive del fondo del mar: τὰ δ’ ἔξω στηλῶν βραχέα μὲν διὰ τὸν πηλόν, ἄπνοα δ’ ἐστὶν ὡς ἔν κοίλῳ θαλάττης οὔσης. El poeta orphico (Argonaut., V, 1.107, edic. Lips., 1818), al cantar los trabajos de los Argonautas que, llegados á las regiones del Norte, viéronse precisados á arrastrar el buque Argos con cuerdas, añade que un aire impetuoso no levanta allí más que su aliento un mar privado de vientos de tempestad; que la ola, último límite del imperio de Thetys, es muda bajo el helado carro de la Osa. «Las razas hiperbóreas llaman (v. 1.085) á estas aguas el Mar Muerto» (Voy., t. I, pág. 196 y siguientes). La astucia de los fenicios, el deseo de un pueblo comercial de apartar á sus rivales de toda navegación más allá de las Columnas, ¿fueron acaso los motivos de propagar estas ilusiones de la falta absoluta de tempestades? ¿O la calma que reina en las regiones boreales durante las grandes nieblas (el pulmón marino de Pytheas, Strabón, II, pág. 104 Cas.), y la idea que los obstáculos que el fucus opone al movimiento de las olas influyeron en las creencias populares? Rutilio (Itinerar., lib. I, v. 537, Poët. lat. min., volumen IV, pág. 151) describe «las algas que ante el puerto de Pisa amortiguaban las olas», y Avieno (Ora marit., v. 406) extiende este fenómeno á todo el Atlántico:
Plerumque porro tenue tenditur salum,
Ut vix arenas subjacentes occulat,
Exuperat autem gurgitem fucus frequens,
Atque impeditur æstur hic uligine.
Marinos que casi siempre andaban costeando debían dar grande importancia á cuanto tiene relación con el fucus. Mister Ideler, hijo, cita en su sabio comentario á las Meteorológicas (t. I, pág. 505) un pasaje de Jornandes (Muratori, Rerum Ital. Script., t. I, pág. 191) casi enteramente inadvertido hasta ahora (Bekmann, in Arist. Mirab. ausc., pág 307) y que revela la filiación de ideas de la antigüedad y de la Edad Media, de que hablo con frecuencia en mis investigaciones. «Oceani vero intransmeabiles ulteriores fines non solum non describere quis aggressus est, verum etiam nec cuiquam licuit transfretare; quia resistente ulva ei ventorum spiramine quiescente, impermeabiles esse sentiantur et nulli cogniti, nisi soli ei qui eos constituit.»
La abundancia de fucus y escollos, y la ausencia de viento, son los tres aspectos que caractarizan en todas las descripciones del Océano Atlántico, el Mar Tenebroso de los árabes.
Si fuera probable que la navegación de los fenicios llegó á la región de los vientos alisios y al gran banco de fucus flotante al Oeste de las Azores, la filiación de estas narraciones de geografía física debería buscarse en apartadas regiones, y la destrucción de la Atlántida, que dejó el mar «cenagoso é impropio para la navegación» (Platón en el Timeo, t. IX, pág. 296) serviría para completar estas temerosas explicaciones.
En algún tiempo cometí el error de dejarme seducir por ellas (Tableaux de la Nature, segunda edición, t. I, pág. 100, y Rélation historique, t. I, pág. 204). La geografía positiva, más temeraria y más tímida, busca el origen de las creencias de la antigüedad en los fenómenos físicos, cuyo aspecto debía habitualmente llamar más la atención á los primeros navegantes. Paréceme probable que, puesto que el flujo y reflujo de la mar sólo es sensible en pocos sitios del Mediterráneo, la admiración causada por el aspecto de las grandes mareas en el ánimo de los marinos griegos originó la serie de ideas que hemos apuntado. El reflujo sorprende más donde las costas son bajas y el mar tiene escollos, porque cuando se retiran las olas queda en seco el fondo del mar, presentando abundante vegetación de algas sujeta á regulares variaciones de sequía y humedad. Las Syrtes, tan temidas de los navegantes (Polibio, I, 39), mostraban aún en las costas de África, en el interior de la cuenca mediterránea, fenómenos de mareas en grande escala. ¡Cuánto más fuerte y general no sería la impresión cuando se empezaron á conocer las mareas del Océano más allá de las Columnas de Hércules en las costas de España, de las Galias y de Albión, mareas que excitaron la sagacidad de Posidonio y Athenodoro! Lo que se observaba en el litoral fué aplicado quiméricamente á toda la extensión del Océano Atlántico y de los mares del Norte. La escasa profundidad del Báltico y las inmensas playas de Jutlandia cubiertas por las mareas, pudieron contribuir también á estas ilusiones de geografía sistemática.
[62] En el primer viaje siguió otra ruta, cosa que sólo se explica por los consejos de Toscanelli, y no entró en la zona tropical sino hasta 120 leguas de distancia de las islas Lucayas.
[63] Véanse las observaciones del capitán Rood en el Rennell on Curr., pág. 127. Al SE. de Trinidad, la corriente equinoccial se dirige al ONO., porque la modifica la corriente litoral del Brasil y de la Guayana del SE. al NO.
[64] Se veia la yerba con las listas del Leste á Ueste. (Vida del Almirante, cap. 36). Diario del primer viaje en los días 13, 17 y 21 de Septiembre de 1492.
[65] El hijo de Colón nos ha conservado el siguiente notable párrafo que falta en el extracto del Diario del padre: «El 19 de Septiembre, con esperanza de estar cerca de tierra, estando en calma, sondearon en mas de doscientas brazas, y aunque no hallaron fondo, conocieron que iban las corrientes hacia SO.» (Vida del Almirante, cap. 18.)
[66] Probablemente una observación de esta índole fué la que indujo á Colón á decir en su Diario el 13 de Septiembre de 1492: «Las corrientes nos son contrarias.» El Almirante estaba entonces á 300 leguas de distancia de la tierra más próxima en un mar sin algas. En el mar del Sur, no sólo he visto muchas veces, cuando la superficie de las aguas era muy llana, esos hilos de corrientes que caminan á través de movibles aguas, sino que les he oído correr. Los marinos expertos conocen muy bien el sonido especial de estos hilos de corrientes.
[67] Fauces in angulo sinuali magnæ illius telluris, quæ rabidas aguas absorbeant. Oceánica, Déc. III, lib. VI, pág. 55.
[68] Esta dirección NO.-SE. se aplica á la parte Nordeste de las tres islas de Cuba, de Haïti y de Jamaica.
[69] Véase el testimonio de Bernardo de Ibarra, de Alonso de Ojeda y de Francisco Morales; Navarrete, t. III, páginas 539-587, concerniente á la carta de marear ó figura que hizo el Almirante, señalando los rumbos ó vientos por los cuales vino á Paria, que se decía ser parte del Asia.
[70] Alude Colón á las corrientes (hilos) de agua dulce que se abren camino á través del agua salada, y producen por esta lucha (pelea) un mar agitado.
[71] Al final de la carta repite el Almirante: «Torno á mi propósito de la tierra de Gracia y río y lago que allí fallé, é tan grande, que más se le puede llamar mar que lago, porque lago es lugar de agua y en seyendo grande se dice mar, como se dijo de la mar de Galilea y al mar Muerto, y digo que si no procede del Paraíso terrenal, que viene este río y procede de tierra infinita, pues (puesta) al Austro.» Este pasaje es el tantas veces citado en que Colón indica juiciosamente la relación que hay entre la masa de agua de un río y la longitud presumible de su curso. Siendo condicional el aserto (si no procede del Paraíso), no prueba en manera alguna, como se afirma con tanta frecuencia, que el Almirante, hasta su tercera expedición, cuando llegó á las bocas del Orinoco, no había descubierto la tierra firme. En la misma carta que contiene las ilusiones acerca de la situación del Paraíso, dice explícitamente Colón que ya en su segundo viaje, cuando tomó á Cuba por una prolongación de Asia, descubrió «por virtud divinal 333 leguas de tierra firme al fin de Oriente, y (la exageración es algo grande) 700 islas considerables». (Navarrete, t. I, página 243.) Encuentro en una carta de Anghiera, el amigo de Colón, falsamente fechada en la edición de Basilea de 1533 como escrita tertio nonas octobris, 1496, que desde la tercera expedición se creía el continente de Paria contiguo al continente de Cuba. «Pariam Cubæ contiguam et adherentem putant» (Epistolæ n. CLXIX). Á los compañeros de Colón, dice Anghiera, persuadieron en 1498 la extensión de las costas, el estado moral de los habitantes y la semejanza de animales con algunas especies de Europa, que la tierra de Paria era una tierra «Fuit magno nostris argumento terram eam esse continentem.» La importancia que Anghiera da á este resultado parece indicar que él mismo, á pesar de los juramentos que Colón hizo prestar á los tripulantes de sus barcos, no estaba muy persuadido de que fuese Cuba un continente, y de que en el ánimo de aquellos que no hacían descender el Orinoco del sitio elevado del Paraíso, sólo el tercer viaje del Almirante fijó con certidumbre el descubrimiento de la tierra firme.
[72] Ni Colón, ni Ojeda, acompañado de Vespucci, vieron la grande y verdadera desembocadura del Orinoco, la boca de Navíos, entre el cabo Barima y la isla de los Cangrejos. Esta boca no fué descubierta hasta 1500, cuando Vicente Yáñez Pinzón volvió de la desembocadura del Marañón (Rélat. hist., t. II, pág. 706). Engañado Colón por las corrientes de agua dulce que se encuentran en el golfo de Paria, creyóse en la desembocadura de un gran río, cuando su navegación sólo le conducía entre los dos brazos más occidentales del delta del Orinoco, los caños Pedernales y Manamo. El golfo de Paria recibe las aguas del caño Manamo, del río Guarapiche, que el Almirante llama un río grandísimo y que pude atravesar por un vado en las misiones de los capuchinos de Caripe, cerca de la costa de Paria. El nombre de Orinoco, Orinucu, pertenece á la lengua de los Tamanacos y lo oyeron los españoles por primera vez en la parte superior del río, cerca de su unión con el Meta. El Orinoco no aparece todavía en el mapa de América de Juan Ruysch, anejo á la edición romana de la Geografía de Ptolomeo de 1508. En el mapa de Diego Rivero de 1529 encuentro la primera indicación con el nombre de Río Dulce. Entonces tenía el río en su desembocadura los nombres de Yuyapari y Uriapari.
[73] De rebus Oceanicis et Orbe Novo. Basilea, 1533, década I, lib. VI, pág. 16. Después de aludir á los argumentos de Colón, contrarios á la esfericidad de la tierra, añade: «Rationes quas ipse (Colonus) adducit mihi plane nec ex ulla parte satisfaciunt. Inquit enim se orbem terrarum non esse sphæricum conjectasse, sed in sua rotunditate tumulum quendam eductum cum crearetur fuisse; ita quod non pilæ aut pomi, ut alii sentiunt, sed piri arbori appensi formam sumpserit Pariamque esse regionem quæ supereminentiam illam cœlo viciniorem possideat. Unde in trium illorum culmine montium (Insulæ Trinitatis) quos e cavea speculatorem nautam (desde lo alto del mástil) á longe vidisse memoravimus, Paradisum terrestrem esse asseverat, rabiemque illam aquarum dulcium de sinu et faucibus prædictis exire obviam maris fluxui venienti conactem, esse aquarum ex ipsis montium culminibus in præceps descendentium. De his satis, cum fabulosa mihi vedeantur.»
[74] No se trata aquí de la antichthonia pitagórica, que era un cuerpo celeste.
[75] Colón repite al fin de la carta de 1498: «Tengo asentado en el alma que allí (en estas tierras de Paria nuevamente descubiertas) es el Paraíso terrenal, el que San Isidoro y Beda y Strabo y San Ambrosio ponen al Oriente.» Cinco años antes, como lo prueba un pasaje completamente inadvertido del Diario del primer viaje (21 de Febrero de 1493), el Almirante expresó la misma idea con igual claridad. Después de sufrir una gran tempestad cerca de las islas Azores (durante la cual se lamenta de dejar dos hijos jóvenes, D. Diego y D. Fernando, que estaban estudiando en Córdoba, huérfanos de padre y madre en tierra extraña), discute Colón la causa del singular contraste de clima que presenta el espacio del Océano entre las Azores y las Canarias con los parajes más occidentales de las Indias, «donde habia siempre buenos vientos y ni una sola hora vido la mar que no se pudiese bien navegar», y añade, como consecuencia, «que bien dijeron los sacros teólogos y sabios filósofos que el Paraíso terrenal está al fin del Oriente, porque es lugar temperadísimo; así que aquellas tierras que agora habia descubierto (las grandes Antillas) es el fin del Oriente».
[76] Hé aquí este hermoso pasaje:
Io mi volsi á man destra e posi mente
All’ altro polo, e vidi quatro stelle
Non viste mai fuor ch’alla prima gente,
Goder parea’l ciel di lor fiammelle
¡Oh settentrional vedovo sito,
Poi che privato se’ di mirar quelle!
Si los comentadores de la Divina Comedia se hubieran acordado de los frecuentes viajes hechos al estrecho de Babelmandeb y de la erudición de los sabios italianos del siglo XIV, para quienes eran tan familiares los planisferios árabes (Reinaud en sus notas á la traducción de Mr. Artaud, t. I, páginas 167-170), admiraría menos sin duda que en el intervalo de 1298 á 1315, durante el cual compuso y perfeccionó el Dante su admirable poema, verdadera enciclopedia de los conocimientos humanos de entonces, se tuviera noticia de los pies del Centauro y de la Cruz del Sur. No hay pues motivo para creer que Dante fuese «brujo ó profeta» ó amigo de Marco Polo (edición de la Divina Comedia de Portirelli, Milán, 1804, t. II, pág. 7). La frase luci sante (Purgatorio, I, 37) indica además el sentido alegórico junto al astronómico que da á las estrellas de la Cruz austral (Purgatorio, XXX, 85).
[77] «La tierra que se extendía por aquella parte que ocupa hoy el cuerpo del traidor, ocúltase espantada bajo las aguas, y huye hacia nuestro hemisferio: acaso, huyendo, dejó el vacío donde nos encontramos, y fué á formar esta montaña para evitar la vecindad del angel temerario.»
[78] (Hist. litter. de Italia, segunda edición, t. II, pág. 107). ¿Cómo es posible que una navegación de cinco meses durante la cual se contempla las stelle del altro polo y se ve bajar hasta el horizonte la constelación de la Osa Mayor, no llegue más lejos que á las Islas Canarias?
[79] Gosselin, Rech., t. I, pág. 94-98. La enfática descripción de la alta cima del Theon Ochema, rodeado de llamas, descripción que contrasta singularmente con la árida sencillez del diario cartaginés, podría ser muy bien un embellecimiento añadido más tarde y bajo la influencia de nociones también confusas acerca de la existencia de un gran cono volcánico de la Isla de Tenerife. Toda la cordillera occidental del Atlas, desde el lago Tritón y la Pequeña Syrte (Dión, III, 53-55) hasta la costa visitada por Hannón, presenta indicios, según las narraciones de los mismos escritores antiguos, de trastornos debidos á la acción del fuego, y hasta me parece advertir en dos pasajes del periplo de Hannón. Cráteres, lagos, en medio de los cuales había un pequeño cono formado por levantamiento del terreno. «El golfo del Cuerno del Poniente, dice Hannón, contiene una grande isla, y esta isla un lago de agua salada, en el que se encuentra otra isla.» Más al Sur, en la bahía de los Monos gorillas, se repite esta configuración extraordinaria del suelo. «Encuéntrase allí otra isla semejante á la primera, que tiene también un lago dentro del cual hay otra isla.» Accidentes del terreno son éstos, que no se presentan generalmente más que en los parajes volcánicos.
La descripción del Atlas de Máximo de Tyro (VIII, 7, ed. Markland), á la cual no han prestado atención los geólogos, es todavía más curiosa, y por ello reproduzco dicha pintoresca descripción, que ofrece algunas dificultades, conforme á la traducción literal y exacta de Mr. Letronne: «Los de la Libia occidental habitan en un estrecho desfiladero que por ambos lados baña el mar; porque el mar exterior llega contra este desfiladero, y allí se separa envolviéndole con sus agitadas olas, que vienen de lejos. El Atlas es para las gentes del país un templo y á la vez una imagen de la Divinidad. El Atlas es una montaña hueca que se eleva suavemente, ensanchándose por el lado de la mar, como los teatros del lado del espacio. El país en medio de la montaña es un valle corto, fértil y lleno de bosques. Veréis frutas en los árboles y, mirando desde arriba, parecen los árboles como en el fondo de un pozo. No es posible bajar allí, porque las orillas son muy escarpadas y además está prohibido. Lo más notable de aquel sitio es que cuando la marea del Océano se precipita hacia la orilla, donde la ribera es una playa, la ola se extiende sobre ella, pero donde es la montaña del Atlas la ola se empina, y veis el agua levantada sobre sí misma como una muralla, sin entrar en los huecos, ni ser sostenida por la tierra; pero entre la montaña y el agua sopla un aire violento, un bosque hueco. Este sitio es para los de la Libia templo, Dios, lugar de juramento, imagen de la divinidad.» La frase bosque hueco (κοιλὸν ἄλσος), es evidentemente una errata.
[80] Ora maritima, V. 165-171. Ya relacioné antes, al tratar del mito de la Atlántida, como reflejo de la Lyctonia mediterránea, el pasaje de Avieno y un fragmento de las Etiópicas de Marcelo, conservado en un escolio de Proclo, relativo á las siete islas del Mar exterior. Avieno dice:
... post pelagia est insula,
Herbarum abundans atque Saturno sacra.
Sed vis in illa tanta naturalis est,
Ut si quis hanc innavigando accesserit,
Mox excitetur propter insulam mare,
Quatiatur ipsa, et omne subsiliat solum
Alte intremiscens, cætero ad stagni vicem
Pelago silente.
Casi sorprende que una isla cuyo suelo oscila sin cesar no esté dedicada á Neptuno, como también su tamaño de mil estadios que menciona Proclo; pero repito que en el pasaje de Avieno la localidad es muy vaga, y paréceme que lo dicho por él conduce por las islas Oestrymnienas ó Cassitérides y por Ophiusa, cerca de las costas septentrionales de Iberia (Uckert, Geogr. der Griechen, t. II, 2, pág. 477), hacia el Noroeste, al Mar Cronieco y hacia el gran continente Saturniano de Plutarco.
En cuanto al conocimiento que los antiguos tenían de las islas Afortunadas, haré notar aquí que los amnes Siluris piscibus abundantes de Plinio, Solino y Dicuil, se explican quizá por un hecho cuya primera noticia debo á un naturalista que ha habitado largo tiempo en la isla de Tenerife. Mr. Berthelot asegura que «desde tiempo inmemorial hay en Tenerife anguilas iguales á las de Europa; que le aseguraban las había también en las islas de Palma y de la Gran Canaria, y que se puede presumir su existencia en todo el archipiélago. En Tenerife abundan principalmente las anguilas en el barranco de Goyonxé, situado en la costa septentrional, y en el distrito de Tacoronte». Mr. Berthelot ha pescado gran número en este sitio, en unión de los monjes de Santo Domingo, y ha visto también muchas en los barrancos inmediatos al puerto de Santa Cruz de Tenerife. En el invierno, cuando las lluvias aumentan las aguas de los torrentes y éstos se abren impetuosamente cauces por el suelo, las anguilas disminuyen, y es probable que se refugien en quebraduras más profundas del terreno; pero durante el verano, cuando el lecho del torrente queda en seco, se las encuentra muy gruesas en los charcos de agua cenagosa que quedan en el fondo de los barrancos. Acaso estas anguilas han sido confundidas con los siluros. La existencia de peces en una isla completamente volcánica y muy árida es un fenómeno curiosísimo. Sabido es, además, que las anguilas pueden vivir largo tiempo en el fango y en la hierba húmeda, y que, según mis experimentos, inspiran y descomponen, fuera del agua, mucho aire atmosférico en estado elástico.