LA bahía de Pasajes, en ciertos momentos de la marea, muéstrase al espectador como un raro acierto de tono, de colorido y de emoción histórica. Los barrios de San Pedro y de San Juan se desprenden del borde de la montaña y dejan que el agua bese su abigarrado y pintoresco caserío, componiendo un bello motivo de acuarela. Es una linda marina de corte veneciano, que el cielo cantábrico y la austeridad de la montaña hacen grave y lo salvan del peligro del cromo.
Desde el muelle donde amarran los grandes paquebotes, el barrio de San Juan se muestra especialmente encantador, con sus casas viejas, su larga calle sinuosa y sus portalones blasonados. Son casas abolengas que alguna vez fueron levantadas con el oro de las Indias o con los dineros de los arsenales. Allí los capitanes de la flota del Rey estimaban descansar de sus heroicas navegaciones; allí los navíos artillados se recostaban al muelle, antes de partir en busca de la canela de Tierra Firme o de las especias de las Molucas. Hoy no viven sino humildes pescadores, y la abigarrada formación de casas se desmorona, se arruina.
El hombre sensible busca hoy con afán esos pueblos ilustres y viejos; nos llaman las ruinas con voces melancólicas, y sabemos todos un poco extraer de ellas inefables sensaciones. Es porque la arquitectura contemporánea nuestra nos defrauda y nos irrita. El corte y el tono de las construcciones modernas nos parecen tan groseros y desgraciados, que el espíritu busca una manera de huír; quiere refugiarse en el ensueño de lo antiguo para poder olvidar la realidad injuriosa de lo presente.
En esa misma bahía de Pasajes, junto adonde amarran los buques de altura, se levantan barriadas y almacenes de nueva construcción, hábiles para albergar obreros, oficinas, tabernuchos y mercaderías. Su aspecto ofende a la vista y al alma. No puede inventarse nada más chabacano y cruel, y nunca la razón de utilidad podrá sincerar la existencia de esa arquitectura, en donde la vida tiene obligatoriamente que ser baja, triste y fea.
Pero ante un pueblo ilustre y ruinoso hay el riesgo de que nuestra imaginación equivoque su camino. En efecto, los anticuarios y los pintores especialmente, y por contagio los diletantes, nos han acostumbrado a ver una ruina desde un plano actual, o sea por la ruina misma. Se efectúa así un fenómeno de traslación temporal, y resulta que, por el criterio utilitarista de un pintor o un anticuario, la casa bella y vieja la consideramos como un objeto perfectamente actual. Es decir, que terminamos por imaginar que la casa ha sido siempre vieja, y que su valor estriba en ser como ahora es. El horror a la fealdad moderna influye mucho sin duda en esta arbitraria maquinación imaginativa.
Sin embargo, conviene por momentos abandonar el criterio utilitario del pintor y exigir a nuestra imaginación que se porte delante de una ruina como a nosotros, amplios intelectuales, nos conviene. Entonces, una vez que la fantasía está a nuestro propio servicio, el pueblo viejo e ilustre podemos hacer que se traslade a su máximo período de vitalidad, cuando las casas surgían, todas nuevas y flamantes, del fondo de los conceptos sociales y religiosos, del seno de las disciplinas estéticas, sujetas a un estilo y animadas de un generoso aliento espiritual.
Ese barrio de San Juan que hoy refleja su pobre, sucio y roto caserío en la calma bahía, ¿qué presencia gloriosa y juvenil, noble y opulenta no tendría en el siglo XVI? Los muros de sus palacios presentaban al sol las piedras nuevas; en los sillares había aún la marca del cincel del artesano; entre dos columnas renacentistas, al modo toledano, campaba el blasón del linaje. ¡Qué diferente aquella asunción de la casa patricia, de como ahora surge el chalet compuesto con hormigón armado y mampostería de contrata!
En la simple construcción de un depósito o almacén de mercaderías presidía entonces un sentido de utilidad estética, y no solo exclusivamente de utilidad económica. Hoy parece bien a los hombres que han pasado hasta por las Humanidades, que un depósito y una fábrica sean construídos en vista solamente del interés metálico; con que cubran los objetos y los libren de la intemperie, ya es bastante. Mientras que los hombres de otra edad ponían en la factura de una lonja de comercio, de un depósito de mercaderes, la misma invención y la misma pompa artística que en una catedral.
Con sus casas renacientes, con los restos de la arquitectura ojival todavía en buen uso, con sus palacios de blasón recién levantados, un pueblo como Pasajes de San Juan debía de ser en el quinientos una cosa admirable, rica en belleza y en rango. A veces, cuando se armase una flota, la bahía investiríase de una solemnidad grandilocuente. Los artilleros de los fuertes harían tronar en salvas los cañones, y embocando la salida del canal, una próxima a otra, las naves con sus castillos altos descolgarían las velas, y lentamente deslizaríanse hacia el mar como insignes leviatanes. Vistosas flámulas en los mástiles; dorados adornos en el castillo de popa; enormes y artísticos fanales; estandartes del Rey cayendo como tapices suntuarios hasta la misma agua.....
Es cierto que la tierra vascongada carece de sitios grandemente históricos y de ciudades memorables de importancia universal; no tiene cuadros gigantescos como Toledo, ni tesoros artísticos como el monasterio de Guadalupe, ni catedrales como la de León y Burgos, ni ciudades, como Sevilla, que canten con la voz prestigiosa de tres civilizaciones estéticas. Pero los viejos pueblos vascos, humildes como son por su pequeñez y su escasa universidad, guardan, sin embargo, un tono de graciosa armonía y, sobre todo, un fino sentimiento de expresión nobiliaria, ayudado por la excelencia de un bello y vario paisaje.
Los mismos vascongados han favorecido esa desatención y ese desmerecimiento, con una frívola y casi bárbara mutilación de aquello que es lo más noble, expresivo y delicado del país. La furia industrialista no ha titubeado en situar una fábrica junto a un torreón antiguo, y el afán de la modernidad y de la urbanización geométrica está cometiendo constantemente en villas y aldeas verdaderos crímenes. El vascongado moderno, en forma de concejal progresista, es un sér plebeyo que ha roto toda continuidad con sus antepasados. Tiene un concepto del progreso que se parece mucho al de los americanos: admira todo lo extraño, es humilde con las modas extranjeras, cree en lo cuadrangular de las calles y en la altura de las casas, y siente horror por las piedras viejas. Una casa nueva en forma de chalet; una calle ancha y recta; una alameda gris; un restaurant..... Esto es el ideal de la civilización y el progreso para un vascongado novísimo.
Si los filósofos y los poetas de Atenas y Florencia hubiesen perecido arrastrando sus obras al sepulcro, nosotros no dudaríamos en atribuír a aquellos pueblos la excelencia cultural sólo con que poseyéramos el testimonio de sus edificios, de sus columnas y sus tallas, llenos de gracia eterna.
Podemos añadir aún que ciertos hombres excepcionales no bastan por sí solos para patentizar la alta cultura de un pueblo; los genios son muchas veces frutos aislados que no demuestran nada, que surgen a despecho de su propio país natal. La Beocia ruda y cerril produjo más de un genio. En fin, la civilización de un pueblo necesitamos comprobarla por los diversos fenómenos particulares y colectivos, y ella será admirable cuando se nos presente armónica, intensa, amable, dotada de buen gusto y de un culto delicado por el adorno.
El culto del adorno representa al cabo y positivamente la talla, el nivel, el grado de la vida de un pueblo. En la casa limpia, barnizada y sin pretensiones estéticas de un holandés actual, sabemos que vive un hombre de vida sensata, suave y abundante. No es todo, pero ya es mucho. En un palacio renaciente de Florencia sabemos que vivía un hombre de gustos exaltados, que ponía su orgullo en escoger un traje bello, y que se preocupaba hasta la fiebre en hacer que las ventanas de su palacio fuesen armoniosas, que la estatua del patio de honor fuese una obra consumada, que el anillo de su dedo saliese del troquel de Benvenuto Cellini.
Veamos ahora: ¿qué especie de alta vida nos atreveríamos a imaginar que existe en esas barriadas, en esos ensanches de nuestras poblaciones modernas?..... Cuando nos situamos frente a esos edificios y barrios, la palabra barbarie no podrá parecernos excesiva ni injusta.
Junto al ruido y el humo de las villas industriales, cerca de los alegres y mundanos pueblecillos de la costa, apartados de la vanidad turista y veraniega, los viejos pueblos vascos duermen su sueño de lejanos siglos, al amparo de su grande iglesia y rodeados de solemnes montañas, Oñate, Segura, Vergara, Elorrio, Marquina, Orduña.....
En esos pueblos linajudos hubo alguna vez una vida intensa y elevada que nosotros conocemos tan someramente. Esas casas abolengas, con sus escudos heráldicos y sus torreones, nos hablan de las luchas de oñacinos y gamboínos, ricas en episodios trágicos y expresivas de aquel afán de dominio y violenta superación que formó el fondo del carácter vascongado. La Universidad de Oñate nos habla de una flor renacentista y docta que se abriera en el país, animando a los hidalgos y clérigos en la época de las grandes y bellas aventuras, cuando las empresas de España abrían tan ambiciosos caminos a los capitanes, pilotos, secretarios del Rey y evangelizadores vascongados.
Quien desee salvar el peligro de una inculta obcecación, necesitará siempre obedecer al mandato de una realidad histórica. Y es bien cierto que nada se podrá intentar en asuntos vascos, sin tener en cuenta la influencia castellana, el íntimo y constante contacto castellano, lo mismo en historia, como en arte, como en cultura general.
UNA excursión a la montaña es siempre útil, primeramente porque nos obliga a ser humildes y porque comprendemos la vanidad de nuestras grandes conquistas de la civilización. Ante una cuesta empinada, sin otra ayuda que nuestras piernas y un tosco bastón, sentimos como si la Naturaleza se estuviese riendo de nuestro orgullo urbano, y de nuestro patético jadear. (Con las fauces muy abiertas, con el corazón que late apresurado, con las órbitas dilatadas, vemos las hayas seculares que nos rodean en círculo y nos miran compadecidas y absortas.)
En cuanto a las grandes conquistas de nuestra civilización, en la pequeña estación de Bríncola se han desvanecido. El tren nos ha dejado en plena vía y ha desaparecido en un túnel. El ruido anterior se trueca en un silencio virgiliano. La prisa de antes se convierte en una filosófica lentitud. Una ermita en el barranco, unas casas de labor entre los maizales, una modesta cantera enfrente. Dos o tres obreros acarrean piedras desde la cantera a un carro, con calma, con reconfortada lentitud, asiduamente; mientras tanto, los dos bueyes de la carreta rumian dichosos, abriendo sus hermosas pupilas húmedas como un espejo en que se miran los verdes prados.
—Y bien, ¿cuándo sale la diligencia para Oñate?
—De aquí a una hora.
—¿Una hora?.....
—Ni más ni menos. Tenemos que esperar al tren rápido de las seis y media.
Oigo con espanto lo que dice el mayoral, y mi petulancia de hombre urbano se pone a medir el valor y la trascendencia del tiempo. ¡Una hora! ¿Cómo es posible que pueda pasar una hora aquí, en esta soledad virgiliana? Y la hora de espera adquiere una fantástica dimensión, empapada de tedio y de vergüenza.
De vergüenza, en efecto. Los tres excursionistas, con nuestros maletines montañeses, hacemos casi una figura cómica. Resulta sobre todo risible nuestra nerviosidad, nuestra prisa e infantil mal humor, junto a la madura y filosófica calma de las gentes que nos rodean. Un miquelete, en mangas de camisa, nos contempla con inefable sorna. El jefe de estación se atreve a sonreír. Y el mayoral de la diligencia, gordo y de semblante picaresco, insiste a nuestras insinuaciones:
—No puede ser; tenemos que esperar al rápido..... ¿Por qué no se van ustedes a la venta? Allí hay buen vino.
Entramos, pues, en la venta próxima y pedimos alguna cosa que sirva de merienda. Discutimos un rato lo que podríamos tomar. ¿Hay cerveza? Nos dicen que no ¿Hay sidra embotellada? Tampoco. Pero hay un fuerte y ardoroso vino navarro..... En fin, decidimos pedir nos sirvan chocolate. Cuando nos sirven el chocolate, un cantero, desde la carretera, nos mira piadosamente. La tabernera sonríe, deja las jícaras delante y se va.
Ya se acerca el tren rápido. En la ecuanimidad de aquellas montañas, los hierros y las válvulas mueven un estrépito rechinante; la locomotora rasga el aire con su imperioso silbido. Se detiene el convoy un momento y parte hacia la boca del túnel, desaparece. Y torna, en el silencio virgiliano, a oírse el rumor del agua del arroyo y el sistemático tic tac de los canteros.
La diligencia está pronta. Tintinean campanillas y restalla el látigo. ¡Arre, Belcha!.....
Todo, por tanto, se ha transmutado. Retrocediendo en un curso de quince lustros, el ánimo, humilde ahora y sometido, considera que la prisa de la civilización es una cosa tan arbitraria como inútil. Verdaderamente, llegar en diez minutos o en una hora y media, resulta ser igual y lo mismo. Y así, justificando a fuerza de razonamientos la parquedad del trote de los caballos, vamos subiendo una carretera magnífica, medio oculta en la sombra de los árboles.
Desde lo alto de la cuesta, he ahí el maravilloso campo de Oñate. Teatralmente se rodea de altas montañas; bosques centenarios la circundan; y el viejo y limpio pueblo nobiliario escoge el sitio más bello de la vega, y desde allí levanta al espacio el macizo torreón del templo. Cae la tarde. Un convento medioeval junto a la carretera. Las caserías, grandes como palacios, abren sus portaladas suficientes, y las inmensas parras trepan por los muros del edificio y lo cubren todo. Escudos heráldicos sobre el arco de las puertas. Una campana toca la oración. Por la carretera pasean sacerdotes, seminaristas en vacaciones, señoritas hidalgas que van de tres en tres y que dirigen a la diligencia (a los viajeros) furtivas miradas de curiosidad y sonrisas afables.
El coche espera. Es necesario partir, antes de que la noche avance demasiado. Trotan los caballos, y el coche marcha por la empinada carretera que conduce al seno abrupto de las montañas de Aránzazu.
La carretera sube y sube. Con un poderoso y benévolo automóvil, acaso la cuesta resultase más benigna. Pero otra vez acude al remedio la razón, y gracias a unos sagaces razonamientos concluye el ánimo por pensar que es mucho más gracioso el lento paso de los caballos, y que esto permite a los ojos contemplar con mayor certeza los pormenores del áspero paisaje.
¡Lástima que la noche se haya echado encima! Sin embargo, a la luz difusa del último crepúsculo toman las montañas un carácter imponente, fantástico, hiperbólico. De pronto parece que la carretera va a precipitarse en la negrura pavorosa de un abismo. Otras veces, encima de un talud, un árbol semeja ser algún monstruo antiguo que nos quiere devorar. Y allá abajo, mientras el coche sube, se columbra en la ignota profundidad una luz temblante, que probablemente será la lámpara a cuya claridad cena la familia del labrador, pero que la fantasía quiere que sea la vaga antorcha de las brujas, los contrabandistas, los facinerosos.....
Repentinamente, en un recodo brusco, aparece el monasterio de Aránzazu.
LA alegre campana del monasterio está llamando a misa, cuando yo, despierto por el bronce dominical, abro la ventana y veo las nieblas que ondean y vagan, deteniéndose en los árboles añosos como flotantes vellones de ovejas. Unos pastores vienen ya por los senderos de la montaña, a rezar la primera misa. Traen calzadas sus abarcas, y el vestido, limpio y parco, les huele fuertemente a suero.
Necesario es partir. Abandonamos, pues, la cómoda hospedería de Aránzazu, y siguiendo las pisadas de un muchacho que nos sirve de guía, afrontamos la cuesta. ¡Oh qué terrible cuesta! Es una cuesta infinita, inhumana, sin apelación y sin piedad. Una cuesta larga cuyo fin no conocen los ojos. Es un subir continuo y penoso que no termina nunca. Las más ásperas piedras martirizan los pies. Unas hayas de tronco robusto, de ramas erectas y monótonas, acuden curiosas a contemplar al viajero. Y el viajero, que estaba aún mimado por la comodidad del lecho tibio en la hospedería, y que estaba viciado por el piso suave de las poblaciones, ahora asiste con estupefacción a los más extraños fenómenos físicos.
El corazón, primeramente, se ha puesto a latir con fuerza y alarmante celeridad; después el aliento se ha hecho tan difícil, que a pesar de abrirse la boca en toda su magnitud parece que no entrara a los pulmones ni una gota de aire. ¿Señor, qué es esto?..... Las hayas centenarias rodean al viajero, como queriendo consolarle. Y la cuesta sube, sube, sube. Sin embargo, la dignidad suple en el hombre inteligente las otras facultades del hombre primario y robusto. Y ante el seguro andar de nuestro guía, yo persisto en subir y logro, en efecto, que al poco rato el corazón se tranquilice, los pulmones se ensanchen y las piernas adquieran una feliz elasticidad.
Hay un punto en el camino que sirve como de tránsito trascendental. Al detenerme y volver la mirada atrás, distingo, allá abajo, el monasterio de Aránzazu prendido a las rocas, colgando sobre el precipicio. Lejos, en cuanto alcanza la vista, las montañas se acumulan, se aprietan, se levantan una sobre otra, en un tumulto grandioso, como poseídas de un temblor y una vida mitológicas, como piensa la imaginación que estarían en el primer momento del mundo, cuando la tierra era blanda, modelable, turbulenta.
Luego, en seguida, la cuesta ha terminado y el paisaje sufre una alteración radical. Ya no se distinguen más edificios ni campos labrados. El mismo horizonte se ha circunscrito. Estamos en una especie de cazuela, circuída de crestas rocosas que hacen las veces de una muralla, un borde, una frontera. He ahí la campa o meseta de Urbía, país de rebaños, aislado del mundo, sin comunicaciones, sin pueblos, sin ningún vestigio de lo que llamamos civilización. Un país frío y raso, de cuatro o cinco kilómetros superficiales a 1.200 metros de altura sobre el mar.
Al principio se imagina el viajero que lo han transportado las hadas como en los cuentos antiguos. Todo es diferente. La hierba misma es distinta, pequeña, sutil y apretada contra el suelo a modo de alfombra. La monotonía de esa pradera inacabable acaba por causar a la mente algo como una obsesión. Todo se halla rasurado, rapado; todo está supeditado a la igualdad y perseverancia de esa fina alfombra de césped..... Hay un silencio que no se asemeja a ningún otro silencio; es un silencio positivamente pastoril. En el aire flota el grato tintineo de las invisibles esquilas; algún balido llega de lejos a veces......
Y allá, en frente, entre los pliegues de unas rocas grises y pulimentadas por los hielos, el guía nos señala un pueblo.
Un pueblo, claro es, que disiente de toda idea urbana. Son una docena de chozas hechas con pedruscos sueltos y techadas con maderos toscos y lonjas de tierra. Cada choza ha escogido el lugar más apto. Se recuestan al abrigo de las rocas, y quieren como enchufarse en el terreno, para evitar los ventarrones.
Penetro en una de estas viviendas. Agachándome, para no pegar una cabezada, doy un paso y por poco no me ahogo. Al fondo de la choza hay encendido un fuego de leña, y el humo, que no halla rendija por donde evadirse, llena, empapa, tuesta la pobre habitación. Pero es necesario; los quesos redondos y grasos que se posan en unas maderas, a conveniente altura, van zahumándose poco a poco y quedan así bien curados y comestibles. Después, en aquel breve antro, hay diversos utensilios domésticos; una cama rústica fabricada con arbustos secos, una económica despensa, unas ropas colgadas, unas pieles. Recuerda a las cabañas de los lapones.
Así viven, contentos o resignados, los pastores de Urbía. Varios pueblos de la alta Guipúzcoa tienen opción a pastorear en la meseta. Llevan sus rebaños por la primavera, los dejan sueltos, y con las primeras nieves bajan a las tierras tibias de la costa del mar. Hacen su vida patriarcal y honrada. No se molestan ni ofenden unos a otros; se ayudan mutuamente; respetan las costumbres y las leyes del lugar; se reúnen en cónclaves, para concertar el precio de la lana o para dirimir sus asuntos comunes. Todo lo hacen con calma, con claridad, con simple y masculina buena fe. Viven sobriamente, se alimentan de lo preciso y dejan que las horas traigan sus pequeños afanes y sus pequeños placeres. En el otoño se despiden; a la primavera se vuelven a encontrar. Y así un año y otro. Así una generación y otra. Un milenario, cientos de milenarios.....
Consideraba, efectivamente, viendo a un matrimonio de viejos y afables pastores, que en la meseta de Urbía los siglos no han podido nada. ¿Qué clase de invenciones pudieron haber llegado aquí, con qué motivo, para qué fines? Estas gentes mansas y afables, son las mismas que aquellas otras cuyos rebaños pastoreaban en este mismo sitio cuando los faraones alzaban las pirámides y Moisés recibía del cielo el código de su nación; son las mismas que aquellas otras que pulían armas de piedra en las costas de Grecia..... Invariablemente se han transmitido los pastores sus rebaños a través del tiempo, continuamente, y uno tras otro han venido los pastores a la primavera, y se han marchado al otoño.
Siempre igual, inalterable, consecutivamente, como una cadena en el tiempo. De tal forma, que los pastores parecen ser los mismos siempre, y los rebaños un solo y único rebaño eternal. Son de la misma raza, hablan el idioma que hablaban los contemporáneos de las pirámides. Y sus costumbres, sus chozas, sus leyes locales, sus juntas, su civilización, han sido idénticas siempre. Y este sendero por donde ahora camino era transitado ya por los contemporáneos de los fundadores de Troya..... ¡Oh dulce y raro país de Urbía, patriarcal nación de pastores, has triunfado del tiempo, y te has visto inmune de todos los cambios e invasiones! Pero mucho temo que contra ti se avalanzará un infecto y formidable enemigo, y él, por fin, te dominará, te perturbará, te corromperá. Hablo de ese monstruo, violador de virginidades, ese sér obsceno: el turista.
El aire corre fino y ágil por la alta meseta; el sol acaricia el rostro sin quemarlo; reina un silencio ideal, como silencio de cumbre que está próxima al cielo; y entre los pliegues de la brisa llega tal vez al oído el rumor monótono de las campanillas del ganado.
No hay en Urbía sembrados ni setos; todo es pradera y campo de pastar. Para romper la sencillez de la flora, de cuando en cuando aparece una haya, único árbol que comparte con la hierba y con los musgos el señorío del país.
Yo no soy botánico, probablemente porque no soy un espíritu del siglo XVIII. Ignorante de las minucias botánicas, nunca hubiera imaginado que el musgo, esa planta inocua a la cual no prestamos generalmente mayor aprecio, poseyera tanta virtud de variedad, de expresión, de forma y de encanto.
Yo creí que el musgo era uno, indivisible e inalterable, y hallo que no es un musgo, sino infinitos musgos variantes, multiforme, hasta polícromos los que adornan el campo.
¡Oh providente amor de la Naturaleza, que no dejas ningún trozo del mundo sin una muestra de adorno y de poesía! ¡Oh materna y celosa Naturaleza, a quien he visto cubrir con la flor del cactus espinoso las abrasadas y terriblemente yermas soledades de los Andes! ¡Que pones una flor, una palma cualquiera en el mayor desierto, y que en Urbía haces maravillosas filigranas estéticas con una planta humilde como es el musgo!
Avanzo, pues, recreándome sobre las praderas, y a cada punto descubro una nueva variedad musgosa. Los musgos buscan la sombra de las hayas, y con frecuencia se enlazan a ellas familiarmente, cubren su tronco y lo visten, como jugando, de un traje prodigioso. Otras veces también sorprendo al pie de un grupo de hayas un verdadero prado en que las hierbas están sustituídas por musgos; su blandura me incita a tumbarme, a refocilarme sobre tan blanda alfombra; pero mi asombro y mi admiración me impiden mancillar aquel bello jardín espontáneo. Un jardín todo de musgos verdes, finísimos, aterciopelados, encantadores.
De repente, sin poder sofocar un grito, descubro ni más ni menos que unas flores. Son las flores del musgo..... ¡Siento el estupor del salvaje, del naturalista, del verdadero descubridor (de un verdadero e ignorante hombre de la ciudad), y estoy largo tiempo contemplando aquella maravilla de la diminuta y original flor de los musgos montañeses!
Después, desde una altura, veo aparecer la llanura de Álava, que es como un anticipo de Castilla. He ahí la meseta central; su color pajizo contrasta con el verdor de la flora cantábrica, y la nobleza, la serenidad que emerge de esa llanura forma como el anverso de la violenta naturaleza montaraz en que me hallo. Y siento mi curiosidad avivada al considerar que me encuentro en una línea divisoria trascendental; es la frontera, en efecto, de dos zonas geográficas; es el límite del vascuence y del castellano; la división de la llanura y de la montaña, del color verde y del pajizo, del Cantábrico y del Mediterráneo. Las aguas de una vertiente marchan al Ebro, y de allí al mar latino; las de la otra vertiente van al Océano.....
SOBRE la pequeña meseta de Urbía, sonora por el tintinear de los rebaños, alza sus crestas dentelladas la sierra de Aitzgorri, a 1.500 metros sobre el mar. Un poco más lejos, al término de la altiplanicie, se halla el lugar de la divisoria geográfica.
Es una especie de balcón, una cornisa ideal y sublime que la Naturaleza parece haber puesto allí para regalo de los ojos. Pocas personas cultas, sin embargo, pueden recibir ese obsequio natural; la penosa subida, lo desierto del país y la brusquedad de los caminos serranos, alejan a los cómodos turistas. Sólo algún pastor ocioso, siguiendo el capricho de su rebaño, se detendrá acaso en la soberbia cornisa y contemplará absorto el ancho panorama de la llanura y el azul divino de las cordilleras lejanas.
La fina hierba de los altos cubre el piso como verdadera alfombra; hayas y robles dan propicio toldo al cuerpo fatigado; los brezos y las manzanillas esparcen su amable perfume. Y el sol, en el silencio religioso de aquella altura, tiene algo como potestad divina y hace, en efecto el oficio material y sensible de Dios, padre y luz del mundo.
La persona peor dotada de sentido geográfico ha de verse aquí sorprendida. De una manera rotunda y clara se muestran los accidentes y las variaciones del terreno, como si asistiéramos a una lección práctica de topografía. La Naturaleza se convierte en didáctica y explicativa al modo escolar.
He aquí la línea trascendental de España. Vaciaríamos un raudal de agua, y si nos inclinábamos a un lado, el agua buscaría el curso de los pequeños ríos cantábricos hasta anegarse en gran seno Atlántico; si nos inclináramos un poco al lado opuesto, el agua, por la cuenca del Ebro, descendería al Mediterráneo.
Por una cara del país vemos las lomas y los valles cantábricos, cubiertos de eterno verdor, húmedos constantemente por las lluvias y nieblas asiduas, sometidos al cultivo rodado, llenos de pequeñas heredades y de numerosas caserías, con arroyos siempre vivos de continuas rompientes, hábiles para la represa y la industria. Mientras que a la otra cara del país vemos tenderse de una vez, ancha y rotunda, emocionante, sublime, la llanura de Álava, que es el principio de la gran meseta centro-española.
Los ojos y la mente no se cansan de admirar ese cuadro. Aunque la llanada alavesa no participe de la extrema sequedad de la llanura castellana, desde lo alto de estos bravíos montes parece ya completamente centro-española, porque se destaca junto a la humedad cantábrica sin transición, bruscamente. Y el ánimo considera que aquí se realiza virtualmente la separación de los dos climas esenciales: el clima alpino, de bosques y praderas, queda a un lado bien visible, y al lado opuesto se extiende el clima de lluvias sobrias y terrones resecos.
Pero además se dividen aquí la meseta y el litoral en una forma terminante, mucho más clara y definida que en otros países peninsulares. Los ríos centro-españoles horadan en otros sitios la barrera del litoral, y por los valles del Guadiana, del Tajo, del Ebro, del Júcar, del Segura, parece que algo de la meseta se corre al litoral, y que algo del litoral se introduce en la meseta. En tanto que aquí, desde Galicia al Pirineo, la divisoria hidrográfica es terminante, continua, total, y la meseta centro-española y la región cantábrica no consienten ninguna mutua intromisión; verdaderamente son territorios geográficos vueltos de espaldas, fundamentalmente divisorios, como Suiza e Italia, como Francia y España. Pero están separados geográficamente tan sólo, porque en política, historia y civilización, la región cantábrica es la que más contacto ha tenido siempre con Castilla.
Desde esta cornisa trascendental, ¡con qué majestuoso vuelo de inmensidad se tiende a los pies la llanura! No es Castilla aún, y ya tiene sus caracteres principales. El mismo pastor que sube de esa llanura, aunque lleve un apellido vasco e indiquen sus rasgos angulosos la cualidad de la raza vasca, no hablará en vascuence, sino en castellano. El campo, allá lejos y en lo hondo, ha perdido el verde excesivo, el color fresco de pradera; sembradíos de mies, grandes manchas pajizas, extensiones iguales, pardas, y elevándose en la inmensidad, los campanarios místicos de los pueblos.
Y después el horizonte que se aleja, que huye, como una fuga al infinito. ¡El religioso horizonte de Castilla! No se ven allí las cortaduras y barreras cantábricas, ni la limitación panorámica, ni la especie de angustia moral como quien yace en un pozo. La Naturaleza ya no es familiar, detallista e inmediata como en el litoral; ya no distrae al espíritu la preocupación terrena y cotidiana, minuciosa, del río, de la colina, de la casa, del seto, todo próximo y exigente. La llanura abre su inmensidad, y todo lo detallista, minucioso, cotidiano y próximo desaparece. La llanura aleja la atención de lo próximo e invita a lo lejano y eterno. Invita a pensar en siempre, más que en hoy. Empuja más allá el horizonte, ensancha el cielo, abre los portales del infinito... El alma, espontáneamente, se pone grave, y embebe un poco de la misma eternidad, y aspira a las creaciones eternas. (El Cid, Don Quijote, El Escorial, Zurbarán, el Nuevo Mundo.)
SE dice que en el actual movimiento regionalista marchan los políticos vascos un poco a remolque de los propagandistas catalanes. Hasta ahora, el destino de los vascos fué siempre el de ocupar el puesto de pilotos. Dotados de altas cualidades, siendo activos como ninguno y aptos para la esforzada realización, ambiciosos y amantes de la gloria, así como del mando, los vascos han ocupado en los distintos trances de la Historia el oficio del piloto. Es la dramática crónica del pueblo que osaba al capitanato y no pudo salir del pilotaje. Pueblo que carece del don arribista, tan frecuentemente concedido a muchos países mediterráneos; pueblo en el cual ha sido imposible que nacieran César Borgia, Napoleón, Prim, Gambetta; y que, en la historia de las expansiones políticas y étnicas, es uno de los pueblos de menos impulsividad imperialista.
Entre las modalidades del carácter vasco debe ponerse en primer término la timidez. La timidez es la característica vascongada, así como su gran enemigo. Porque en la vida no son suficientes las aptitudes nobles y dinámicas; la seriedad, la energía, la ambición, el anhelo de triunfo y el esfuerzo sobreexcitado no proporcionarán nunca el éxito absoluto, si está ausente la cualidad del arribismo. El vasco es de alguna manera incompleto, y la culpa es de su timidez.
¿Tiene el idioma alguna influencia en la timidez vascongada? ¿Influye algo el aislamiento en que vive la población rural?
El vascuence es un idioma bastante difícil, y muy complicado como todo lenguaje primitivo. Su conjugación, materia admirable para el filólogo, tiene una arquitectura sabia; pero esta misma sabiduría se convierte en obstáculo para una rápida y profusa expedición verbal. Frente a una complicada arquitectura, o sea con un sabio y difícil andamiaje estructural, el vascuence dispone de un número exiguo de voces y frases.
No me atreveré a decir que el vasco campesino o marinero se obligue a una especie de laconismo por la dificultad de idioma; entre los vascos existen muchos tipos locuaces, y seguramente las gentes del pueblo dicen y expresan en su idioma todo cuanto precisan. Pero es cierto también que el vascongado, a través de numerosas referencias literarias, ha sido considerado como un hombre de pocas palabras, de tarda expresión, largo de obras y corto de discurso. El idioma, complicado e insuficiente al mismo tiempo, ha de explicarnos algo esta propensión al laconismo.
El vascongado es un hombre que usa del gesto, de la mímica y de la interjección con asombrosa abundancia. Es asombroso, en efecto, si se considera que el vasco vive muy lejos del mar latino y de los pueblos esencialmente gesticuladores. ¿Por qué el gesto, la mímica y la interjección?... Supongamos, pues, que el vascongado, frente a la premura del lenguaje y a impulso de su natural fogosidad, usa del gesto y del taco por no tener que aguardar la lenta llegada de la palabra.
El vascongado es con frecuencia nervioso, y no pocas veces se muestra impulsivo e impaciente. En estas condiciones de carácter, necesitaría un idioma fácil y elástico como son los romances; por otra parte, cuando el vasco habla en castellano emplea un idioma restringido, corto de vocabulario y pobre de fraseología. Lo mismo si habla en vascuence como en castellano, el vascongado tiene una expresión verbal muy entrecortada. Es un modo de hablar característico, algo como dicción epiléptica. Raramente sabe expresarse de un tirón, sin violencia, en frases continuas, en buen discurso, como el francés y el castellano. Raramente se encuentra un vasco dotado de ese empaque y de esa fluidez de chorro del orador. El tartamudeo, el discurso truncado, el hablar a saltos, el buscar continuamente la palabra o el giro que tardan en llegar: esto es usual entre los vascongados.
Está sembrada su conversación de puntos suspensivos y de omisiones verbales, que se remedian por gestos tácitos. Las frases no van hiladas suavemente, sino que se ensamblan con el continuo y en muchos casos monótono empleo de la partícula y (en vascuence eta).
El recurso conjuntivo no le es siempre bastante al vascongado, y entonces acude al gesto, a la mímica y a las interjecciones. El abuso de la interjección y de la pequeña blasfemia no significa que sea el vasco persona atravesada y maldiciente; esas pequeñas blasfemias, esos tacos pintorescos o crudos en que abundan los idiomas meridionales, el vasco los utiliza como un complemento de expresión, tan necesario en su hablar trunco y tartamudeante.
Si narra, pues, un suceso, el vascongado dirá: «Le vi en la calle a Pedro, y ¡zas!... le toqué en el hombro, ¡pum!... y le dije: ¡c...!» Esta narración irá acompañada de visajes y gestos, de modo que el discurso se convierte en una cosa semiviolenta, onomatopéyica y mímica. Una persona de otro país, usando de un lenguaje flexible y sabio, apenas habría precisado la intercalación de gestos, mímica y exclamaciones interjectivas. Y resulta así que el vascongado, siendo generalmente religioso, honesto y comedido, por culpa de su precaria expresión verbal suele mostrarse gesticulador y amigo de los tacos e interjecciones.
Vive el labrador vascongado en caserías, aisladas unas de otras y con frecuencia inaccesibles. En su casa de labor hace vida de solitario patriarca, y se parece un poco a un Robinsón terrestre que fía su sustento a lo que saca de su heredad, y fía todas sus proyecciones vitales a sus propias iniciativas. Religión, moral, ideas, todo necesita macerarlo en el seno de su familia aislada. Los domingos baja al pueblo a rezar, beber y conversar; el resto de la semana vive de sus propios recursos morales. En tal caso, nada tiene que asombrarnos su semimudez, y sobre todo su condición tímida. En el vascongado se agravan y acumulan los motivos de reserva, desconfianza y timidez inherentes a todo individuo rural. Y luego el clima y el paisaje ayudan todavía más a hacerle grave, escaso de verbo y tímido. Y sería triste el vascongado, si no lo evitasen la salud de la raza, el régimen democrático en que secularmente ha vivido, y esa misma tendencia a la acción, esa falta de ensueño y de imaginación enfermiza, ese no literatismo que le distinguen.
De los franceses ha dicho Taine: «Instintivamente, el francés gusta de hallarse acompañado. No tiene la perjudicial vergüenza que estorba a sus vecinos del Norte, ni las fuertes pasiones que absorben a sus vecinos del Mediodía. No necesita hacer ningún esfuerzo para hablar, no tiene que vencer ninguna timidez natural. Habla, pues, con holgura, y gusta de hablar, ya que lo necesita...»
Aunque el castellano sea bastante menos sociable y locuaz que el francés y que los mismos españoles del Mediterráneo, siempre supera mucho en sociabilidad y desenvoltura al vascongado. El vascongado se asemeja en cierto modo a los hombres septentrionales. Recuérdese cómo el inglés busca siempre en el comedor la mesilla vacía, y en el tren el departamento vacío...
La mujer vascongada se priva de la gracia más apetecida, de la sal más incitante que tienen el amor y la juventud: el galanteo. Nadie más torpe galanteador que el vascongado, cuya timidez causa la desesperación de las muchachas. Don Juan Tenorio no hubiese podido nacer en Tolosa o en Durango.
NATURALMENTE orgulloso, el vasco absorbió desde el principio la idea nobiliaria que da expresión al carácter castellano; el «hidalgo» es un concepto de aristocracia que el español se reservó como privativo suyo; por donde, también en este caso, se comprueba que el vasco no es otra cosa que el alcaloide del castellano.
En el libro de García Salazar se hace, como en ningún otro libro, la descripción y la apología de los linajes vascongados con un fervor que al más imbuído de prejuicios liberales conmueve. Eso era en el último período medioeval. Pero después, a lo largo del Renacimiento y en el mismo siglo XVIII, la preocupación hidalguesca no sólo no decae, sino que con las granjerías de los empleos nacionales y el comercio de América, al aumentar la riqueza del país, crece también el anhelo de hidalguía.
Tal vez sea en las Encartaciones donde se muestra más fuerte la preocupación linajuda. En el resto de Vizcaya sigue siendo muy viva. En Guipúzcoa, la cuenca del Deva es singularmente hidalguesca. Decae mucho esta particularidad hacia el lado de Tolosa y casi desaparece en el país vasco-francés. Siendo el hidalgo una modalidad aristocrática española, los vascos de Francia dejan de tener en este punto contacto con los vascos de España. El hidalguismo es quizá la cosa que más íntimamente sume al vasco en el troquel español.
Cuando el viajero penetra en una villa vascongada, siéntese asombrado al contemplar el número y la grandeza de las casas nobiliarias, la gravedad señorial de su estilo y la opulencia con que están grabados los blasones sobre la clave de los portales. Este hallazgo produce en el forastero más sorpresa, porque se ha ponderado muchas veces la democracia vascongada y el patriarcalismo foral. Pero las palabras de democracia y de libertad asumieron desde el siglo XVIII francés un sentido tan particularista, que para muchas personas de buena fe no ha existido verdadera libertad pública hasta que la Revolución alboreó sobre el mundo.
Es cierto que la Revolución estableció los célebres derechos del hombre. Pero mucho antes la democracia vascongada, de raíz peninsular, había establecido otra forma de derecho, o sea: que todos los hombres son libres desde que son nobles. La idea vascongada, y por tanto ibérica, atribuye al hombre un destino y una obligación de libertad. Esta condición de libre no es un gusto, ni siquiera una ventaja, ni tampoco una mera vanidad, sino simplemente un deber. Entendíase que el ciudadano no podía ser tal, mientras careciese de la cualidad de libre. Y como en la Edad Media era la hidalguía la pura expresión de la libertad, los vascos insistieron en asignarse, formal y categóricamente, el título de nobles.
Al revisar el libro del Fuero, un lector frívolo podrá extrañarse del ardor con que los diputados reclaman el reconocimiento de la hidalguía original para los naturales. No era vana su obstinación, sin embargo. Decían: El país vasco está poblado por gentes libres, que nunca soportaron el yugo extranjero. Son los descendientes de los primeros pobladores de España, hijos directos de Túbal. No se han contaminado de sangre sarracena o judía. Son cristianos viejos. La hidalguía es así en ellos un derecho natural...
Salvemos lo que hay de legendario y anticientífico en muchas de estas proposiciones. Nos queda evidente un fenómeno de preocupación abolenga, digno de ser considerado como excepcional en la Historia, por cuanto se ve a un pueblo en masa bajo la obsesión casi quijotesca de la hidalguía.
Lo mismo el Fuero de Guipúzcoa como el de Vizcaya abundan en exposiciones que las Juntas elevan al Rey, rogándole la declaración formal de la hidalguía originaria de los vascos. La demanda se repite a lo largo del tiempo con una monotonía impresionante. La idea de la nobleza se convierte en una obsesión.
Y en un capítulo del Fuero de Vizcaya los procuradores explican al Rey: Que en muchas partes del Señorío, cuando la Justicia ha castigado con pena infamante de azotes a algunos súbditos, se ha visto a éstos arruinarse o morir, porque la vida con la vergüenza se les hizo imposible, y porque no han podido ejercer más sus oficios o empleos, ni han hallado mujer que quisiera casarse con ellos...
En la falda de una colina, entre la verdura de los prados y las arboledas, la casa del labrador vascongado blanquea risueñamente. A esta casa le corresponden seis, ocho, diez hectáreas de labrantío y de monte. No está situada allí caprichosamente; la casa tiene un nombre, que se refiere a una particularidad del terreno en donde fué erigida. Ha nacido como brotando de la propia tierra.
Casa y tierra implican así una idea de eternidad, de anterioridad infinita y de continuidad invariable. El terreno estaba sembrado de robles y tomó el nombre de «Arizmendi» (monte de robles). Por consiguiente, la casa se llama Arizmendi, y el hombre que primero labre la tierra en el robledal y habite la casa, se llamará de apellido Arizmendi. Tiene su bosque y su prado, sus vacas y su perro ladrador, su esposa y sus hijos, su arado y su hacha. Es el señor del predio, amo en su casa, jefe de los suyos. Es igual a los otros hombres que habitan las lomas, las vegas y las montañas. Siendo todos iguales, estiman entenderse mutuamente, reglar sus relaciones comunes, pactar una moral pública. Esta razón de libertad, basada en la nobleza, es la que se obstinaba en reclamar el Fuero.
No debe, pues, producir sorpresa el característico orgullo de los vascongados, ni ciertas formas de vanidad señoril que se advierte a veces en una zafia ama de cría. La obsesión hidalguesca y las trabas eliminatorias que de ella se derivan, tenían que originar una suerte de espurgo nobiliario, dando éste como fruto esa hermosa distinción física que es fácil observar en muchos ejemplares de la casta vasca.