Un paisaje encantador, en el que se ven campos de trigo, aunque no abundantes. Pedazos de terreno sembrados de centeno donde hubiera podido criarse el trigo, pedazos sembrados de habas y de guisantes, pedazos sembrados de vegetales de toda clase, y es que la naturaleza inanimada, armonizando sus gustos con los de la humanidad, manifestaba tendencia decidida hacia una vegetación, más aparente que real.
El carruaje de viaje del señor Marqués, que, dicho sea de paso, hubiera podido ser menos pesado, tirado por cuatro caballos y guiado por dos postillones, escalaba trabajosamente una colina empinada. El subido color de las mejillas del prócer nada argüía en contra de su elevada alcurnia. No tenía su origen dentro, sino que era efecto de una circunstancia externa imposible de evitar: la puesta del sol.
Los rayos tangentes del astro rey penetraban en el coche de viaje del señor Marqués envolviendo a éste en nimbos de luz rojiza.
—Pronto se pondrá—exclamó el señor Marqués, contemplando con disgusto sus manos.
En efecto, tan cerca de su ocaso estaba el sol, que no tardó en ponerse. Dominada la cima de la colina y ajustados a las ruedas los pesados frenos, en cuanto el coche comenzó a rodar por la pendiente abajo, envuelto en nubes de polvo, los fulgores rojizos se extinguieron: el sol y el Marqués descendían.
Ante los ojos del Marqués se extendía un territorio quebrado, una aldea en el fondo de la hondonada, una llanura que terminaba en un altozano, un campanario, un molino de viento, un bosque abundante en caza, y una fortaleza emplazada al borde de un despeñadero. El Marqués contemplaba todos los objetos detallados, cuyas líneas comenzaban a borrar las sombras de la noche, con la expresión del que se acerca a su casa.
Contaba la aldea con una calle pobre, con una cervecería pobre, con una tenería pobre, con una taberna pobre, con un relevo de postas pobre y con una fuente pobre. Siendo pobres todos los servicios, pobres habían de ser, y pobres eran, en efecto, sus habitantes. Todos ellos vivían en la miseria, y muchos se hallaban sentados en las puertas de sus viviendas, preparando cebollas de deshecho y otros artículos semejantes para su cena, mientras otros lavaban en la fuente verduras, hierbas y toda clase de comestibles que la tierra da de sí. No era preciso ser muy lince para descubrir las causas que a la miseria los reducían: con leer las inscripciones solemnes, colocadas en todos los sitios visibles de la aldea, en las cuales se detallaban los impuestos que había que pagar al Estado, a la Iglesia y al señor, juntamente con las contribuciones locales y generales, bastaba y aun sobraba, no ya para comprender que los habitantes fueran pobres, sino para maravillarse de que el hambre y la miseria no hubieran concluído con la vida de todos ellos.
Niños se veían muy pocos, perros ni uno sólo. En cuanto a los hombres y a las mujeres, la alternativa que el mundo les ofrecía no podía ser más clara: o vivir de la manera más miserable en la aldea, bajo el yugo aplastante del señor, o morir en la fortaleza emplazada sobre el precipicio, destinada a calabozo.
Precedido por un correo y acompañado por los restallidos de los látigos de los postillones, que cruzaban los aires semejantes a culebras enroscadas, el señor Marqués mandó detener su carruaje frente a la puerta de la casa de postas. Como distaba muy poco de la fuente, los aldeanos que en ésta se hallaban suspendieron sus faenas para mirarle. El también les miró, y vió cómo doblaban sus frentes ante su persona, de la misma manera que él había doblado la suya ante el señor, cuando acertó a unirse al grupo un caminero.
—Tráeme a ese individuo—dijo el Marqués al correo.
Fué llevado a su presencia el caminero, en derredor del cual se agruparon los aldeanos, ávidos de escuchar y de ver.
—¿Te pasé en el camino, verdad?
—Verdad es, señor, tuve el honor de que el señor me pasase en el camino.
—Al subir la rampa y en la cumbre de la colina, ¿no es cierto?
—Señor, cierto es.
—¿Qué es lo que mirabas con tanta fijeza?
—Miraba al hombre, señor.
Al contestar, su gorro puntiagudo apuntaba debajo del carruaje. Todos los aldeanos concentraron sus miradas en el mismo sitio.
—¿Qué hombre, pedazo de bruto?
—Perdón, señor, quiero decir el hombre que pendía de la cadena de la galga.
—¿Pero quién?
—El hombre, señor.
—¡Cargue el diablo con esta turba de idiotas! ¿Cómo se llama ese hombre? Tú conoces a todos los de estos contornos: ¿quién era ese hombre?
—¡Piedad, señor! No era de esta parte del país: no le había visto en los días de mi vida.
—¿Suspendido de la cadena? ¿Ahorcado?
—Con permiso del señor, diré que su cabeza colgaba de esta manera.
El caminero se aproximó a la galga y se colocó vuelta la cara hacia el cielo y con la cabeza colgando. A continuación, recobró la postura normal e hizo una reverencia.
—¿Qué señas tenía?
—Señor, estaba más blanco que un molinero, el polvo le cubría de pies a cabeza, era más blanco que un espectro y más alto que un espectro.
La descripción produjo en el auditorio sensación inmensa. Todos volvieron sus ojos hacia el Marqués, acaso creyendo que llevase algún espectro sobre su conciencia.
—¡No puede negarse que te has portado como un hombre!—exclamó el Marqués.—Ves un ladrón subido a mi carruaje, y no sabes abrir esa bocaza inmensa que tienes en la cara. ¡Suéltelo, señor Gambelle, suéltelo!
Era el señor Gambelle jefe de postas y de otros servicios, y al desarrollarse la escena que estamos reseñando, en su deseo de contribuir al buen éxito de la declaración, había agarrado por un brazo al declarante.
—Suelte a ese bergante, señor Gambelle, y si llega a la aldea el desconocido, préndale y no le ponga en libertad hasta asegurarse de que es un hombre honrado.
—Será para mí un honor cumplir las órdenes del señor—contestó Gambelle.
—¿Escapó aquel...? ¿Pero dónde se ha metido ese maldito?
El maldito se había metido debajo del carruaje, acompañado por media docena de amigos particulares suyos, a los cuales mostraba la cadena de la galga. Otra media docena de amigos le sacaron arrastrando inmediatamente y le llevaron a presencia del señor.
—¿Escapó aquel hombre cuando nos detuvimos para echar la galga?
—Se precipitó de cabeza desde lo alto de la colina, ni más ni menos que si se hubiera arrojado al mar.
—Cuide de averiguarme eso, Gambelle... ¡En marcha!
Delante de las ruedas, examinando la cadena, estaban la media docena de amigos particulares del caminero, semejantes a un pelotón de borregos. Las ruedas comenzaron a girar tan inopinadamente, que fué un milagro que aquéllos pudieran salvar sus pellejos y sus huesos, único que podían salvar, por fortuna suya.
Los caballos salieron de la aldea al galope, mas no tardaron en moderar la marcha, pues la rampa de la colina era tan empinada, que hubieron de subirla al paso. Bordeaba el camino un pequeño cementerio, donde se veía una cruz con la imagen de Nuestro Salvador. Era una imagen de madera, hecha por manos inexpertas, pero el artista había hecho un estudio del natural y seguramente su libro fué su propio cuerpo o el de alguno de sus convecinos, pues la imagen era horriblemente flaca y descarnada.
Al pie de aquel emblema doloroso de una desgracia inmensa había una mujer arrodillada. Volvió la cabeza al oir el ruido del carruaje, levantóse vivamente, y corrió presurosa en dirección al coche.
—¡Es el señor!—exclamó, presentándose en la portezuela.—¡Señor, una gracia!
El señor lanzó una exclamación de impaciencia.
—¿Qué hay? ¿Qué se ofrece? ¡Siempre con peticiones!
—¡Señor, por el amor de Dios! ¡Mi marido... el guardabosque!...
—¿Qué quiere tu marido el guardabosque? ¡Estas gentes siempre piden lo mismo! Que no puede pagar, ¿eh?
—¡Lo ha pagado todo, señor! ¡Ha muerto!
—¡Mejor! ¡Así descansará! ¿Crees que puedo devolvértelo?
—¡Ay de mí, señor... de sobra sé que no! ¡Pero descansa allá... bajo aquellas míseras hierbas!...
—¿Y bien?
—Que son muchos los trechos de tierra cubiertos de hierba.
—Bueno... ¿y qué?
Aquella mujer era joven, aunque parecía una vieja. Su rostro reflejaba un dolor inmenso. A veces retorcía con energía sus manos callosas, y otras las colocaba sobre la portezuela del carruaje, acariciándola con ternura, cual si creyera que era un pecho humano susceptible de ser ablandado.
—¡Tenga el señor compasión de mí! ¡Escuche mi petición! Mi marido ha muerto de hambre... de la misma enfermedad que han muerto tantos otros... de la misma que nos llevará a todos los de la aldea al sepulcro...
—¿Pero a mí que me cuentas? ¿Acaso puedo yo mataros el hambre a todos?
—Señor... Dios lo sabe, pero no es comida lo que pido. Lo único que deseo, es que sobre la tierra que cubre el cadáver de mi marido se alce un pedazo de madera o de piedra con su nombre, a fin de que todos sepan dónde está enterrado. De no ser así, pronto olvidarán todos el sitio y no podrán enterrarme a su lado cuando yo muera. ¡Señor!... ¡Señor!...
El lacayo había separado del carruaje a la pobre mujer, los caballos habían emprendido un trote largo, y el señor veía disminuir rápidamente la legua o dos de distancia que todavía le separaban de su château.
El camino era bueno, y el tiempo invertido en recorrerlas no fué largo. Dibujáronse las sombras de un edificio inmenso y las de muchos y muy corpulentos árboles. Era el château del señor Marqués, en cuya puerta principal le estaba esperando el mayordomo.
—¿Ha llegado de Inglaterra el señor Carlos, a quien espero?—preguntó.
—Todavía no, señor Marqués—fué la respuesta.