Los vagones franceses, a fuerza de trasponer un día y otro nuestra frontera, acaban por chapurrear el castellano y aun el vascuence. A nosotros con su idioma, y por iguales razones, nos sucede lo propio.
Aquel anochecer, de los primeros de un mes de noviembre, los coches del expreso de París llegados a Irún, nos dieron una noticia inquietante.
—Estad prevenidos—dijeron—porque hoy traemos mala gente.
—¿Quiénes son?—indagamos.
—Cuatro bandidos de los más célebres.
—¿Sabe vuestra policía que venían a España?
—Nos parece que no.
Pedimos detalles.
—Todos visten bien y son jóvenes—respondieron nuestros cofrades traspirenaicos—; el mayor, probablemente, no habrá cumplido treinta años. Uno de ellos, apodado “el bello Raúl”, viene con nosotros desde París, y demuestra ser el jefe de la banda. Al segundo, que es italiano, le recogimos en Juvisy; antes de doctorarse en el crimen fué acróbata, y la más notable de sus hazañas no es la de haberse escapado del presidio de Toulón. Se llama Cardini. Sus otros dos compañeros, Jacobo Dommiot y Mauricio, nos esperaban en Burdeos. Han realizado el viaje en coches distintos, para mejor escapar inadvertidos; mas apenas traspusimos el Bidasoa y el convoy comenzó a disminuir su velocidad, todos, cumpliendo sin duda una consigna, saltaron a la vía.
El narrador concluyó:
—Por cierto que Cardini, el italiano, para distinguirse de sus compañeros, lo hizo dando una vuelta completa en el aire.
Entretanto los viajeros llegados de Francia iban tomando posesión de nuestros departamentos. Pasaban de cuarenta. ¿Irían entre ellos los cuatro facinerosos de que nos hablaban? Quisimos saber sus señas.
—“El bello Raúl”—nos respondieron—es el único que lleva bigote; tiene la color pálida, y sus facciones, a las que su remoquete alude, son de una notable perfección. Usa sombrero de fieltro blando. La anchura de su espalda dice su vigor extraordinario. Cojea un poquito, muy poco, al andar.
—¿Y Cardini?...
—El italiano es aceitunado, menudo, vibrante. Una vieja cicatriz le corta los labios, tan finos y sin color, que a su vez simulan otra cicatriz. Sus cómplices Mauricio, antiguo boxeador, y Dommiot, son de corta estatura también, y recios; verdaderos hércules. Jacobo Dommiot, especialmente, tiene bajo un cráneo casi microcéfalo un cuello de toro. Los tres visten gorras de viaje y trajes y gabanes obscuros, y están afeitados.
El tren francés se despidió deseándonos buena noche; regresaba a su país; y nosotros, a la hora señalada, partimos con rumbo a San Sebastián. Cierta inquietud folletinesca—trepidación de aventura—nos sacudía a todos. Unos a otros nos informábamos:
—¿Llevas contigo alguno de esos tipos, Presumido?
—No, afortunadamente. ¿Y tú, Misántropo?
—Tampoco.
Doña Catástrofe aseguró que llevaba a Cardini, pero en seguida rectificó: había confundido al italiano con un viajante catalán. Al cabo, y tras minuciosos cabildeos, dedujimos que los cuatro facinerosos se habrían quedado en Irún. ¿Con qué intenciones? Quizás para trasladarse a Madrid días después; o acaso en espera de cualquier barco de cabotaje que fuese a Santander o a Coruña. Esto último lo juzgamos más verosímil, porque ellos temían, probablemente, haber dejado huellas delatoras de su paso, y nada para borrar una pista como el mar.
Yo hubiese querido conocer a Jacobo Dommiot, el del cuello atorado; y a Mauricio, el boxeador; y a Cardini, el saltarín; y, más que a todos, al “bello Raúl”, cuya gallardía—si el remoquete que le señalaba era justo—debía de granjearle entre las mujeres tantas simpatías como su mismo oficio de bandido. Yo había visto muchos policías, pero nunca, a sabiendas, estuve cerca de un ladrón; conocía a los perseguidores, mas no a los perseguidos, y acaso por ser aquéllos muchos y éstos pocos, los segundos me atraían mejor. El policía—reflexionaba yo—tiene una importancia secundaria, un mérito adjetivo o derivado. No así el ladrón, pues si no hubiese ladrones no hubiera policías; al igual de las cerraduras, los policías se inventaron después de haberse cometido muchos robos. La celebridad de un policía procede del temible prestigio del facineroso a quien aprehendió, lo que demuestra cómo la notoriedad del uno es reflejo de la luz escandalosa con que el otro brilla. El ladrón representa lo substantivo: y como casi siempre es “un producto” de la injusticia colectiva, el público—aun en contra de sus intereses—en el teatro, lo mismo que en el cinematógrafo o en la novela, aplaude al ladrón...
Doña Catástrofe, que iba siguiendo mi monólogo, me atajó:
—Como tú opinas, Cabal, discurría yo de mozo; pero el ambiente en que nos movemos poco a poco me ha modificado el criterio. Lee los periódicos. En Francia, en Inglaterra, en Alemania, en los Estados Unidos, no hallarás ningún bandolero analfabeto: esos célebres bandidos internacionales que asaltan Bancos y desvalijan trenes, son hombres de imaginación extraordinaria, que escriben perfectamente y visten como gentlemen; que manejan toda clase de armas y conocen los deportes más rudos: la natación, la equitación y el boxeo; que entienden de química y saben preparar una bomba, y guiar un automóvil, y falsificar un cheque. Esos aventureros inverosímiles en quienes rivalizan la inventiva, el talento de organización y la audacia, y llevan en la memoria el horario de todos los “rápidos”, y los días de salida de todos los trasatlánticos, son folletinistas maravillosos que, con sus propios actos, que no con la pluma, escriben sus libros. En el extranjero, donde la ilustración y la buena alimentación han intensificado la vida, la carrera del crimen ha obtenido la categoría de “vocación”. Los que se dedican a él lo hacen conscientemente, razonadamente. Fíjate en lo que nos decían nuestros camaradas del expreso de París, respecto a esos cuatro malhechores que han traído: Cardini fué acróbata; Mauricio ha peleado en los rings; Jacobo Dommiot debe de tener también algún oficio; y del valimiento del “bello Raúl” no debemos dudar, pues ejerce jefatura sobre los otros. ¿Vas comprendiendo, Cabal?...
Yo le escuchaba complacido: parecíame que el viejo coche, que tanto había visto, tenía razón.
Doña Catástrofe continuó:
—Entre nosotros el bandolerismo acabó con “Pernales”: era un bandolerismo casi exclusivamente andaluz, un poco anarquista, un algo también quijotesco, que desposeía a los ricos en beneficio de los pobres, y andaba a caballo y vivía al aire libre. En el arte de robar con maña o por la fuerza, España—como en todo—se quedó rezagada. Nuestros ladrones son pobres diablos hambrientos, mal vestidos, que apenas saben escribir, ni conocen otra arma que el cuchillo rudimentario, y que se dedican a ladrones “por necesidad”. En el extranjero el bandolerismo lo ejercen los fuertes, los rebeldes, los perturbados por la utopía del inmediato “reparto social”; van a él por gusto, y esta vocación da a su ingrato oficio un pique novelesco. Robando creen verificar un derecho, y su convicción les infunde ante el fiscal una actitud de orgullo que luego las multitudes glosan admirativamente. En España no ha germinado todavía la atracción ácida del crimen: nuestro país produce pocos asesinos innatos; aquí únicamente cultivan el robo los vencidos de la vida, los “sin-trabajo”; y lo hacen avergonzados, como irían a pedir limosna; roban sin entusiasmo, pensando en que deben darles pan a sus hijos, y en que Dios, por esto mismo, les perdonará. Nuestros salteadores de caminos van cargados de escapularios, y antes de echar mano a la faca suelen persignarse. En esta tierra de santos, a la vez tan cruel y tan piadosa, entre el ladrón y el robado siempre hay una cruz...
Calló Doña Catástrofe porque íbamos a penetrar en un túnel, y El Tímido, que corría tras él, empezó a distraerle con aspavientos. Cuando salimos de la tierra, reanudó, con gran contentamiento mío, su disertación:
—Todo esto es causa de que en España el robo sea algo miserable, grotesco y sin la menor espiritualidad. La ignorancia y la nutrición insuficiente, acobarda a los hombres. Créeme, Cabal: una mala alimentación hace más por la tranquilidad pública que la Guardia Civil. Te referiré un episodio de que fuí testigo. Hace muchos años, una mañana, a poco de salir de Madrid, el guardafreno descubrió a un individuo que se había alebrado pecho abajo y cuan largo era sobre la techumbre del último furgón, creyendo que en aquella actitud nadie le vería. “Debe de ser un ladrón”—se dijo el guardafreno. Pudo mandar parar el tren, pero no quiso; era ágil y bravo, y pensó que, de aprehenderle por sí mismo, su hazaña podía valerle una recompensa. El bandido, al comprenderse descubierto, gateó hasta pasar al segundo coche. El guardafreno, desde la garita del furgón de cola, le ordenó que se entregase. El interpelado no contestó; le miraba. Entonces el otro, temerariamente, porque en aquellos instantes el expreso adelantaba a mucha velocidad, salió de la garita y, arrastrándose, dirigióse hacia el fugitivo. Este pasó al coche próximo; el guardafreno le seguía acortando la distancia que les separaba, y gritándole furioso: “¡Ríndete!... ¡Ríndete!...” Nosotros oíamos sus voces y atendíamos a las peripecias de la lucha con la emoción que puedes suponer. Llevábamos una marcha de más de ochenta kilómetros, y no comprendo cómo aquellos hombres no cayeron a la vía en el revuelo despedidor de alguna curva. Así, de vagón en vagón, recorrieron todo el convoy y llegaron a mí, que iba detrás del furgón de cabeza. El ladrón se sintió perdido, porque desde la máquina y por encima de la pirámide de carbón del ténder, el maquinista y el fogonero podían verle. Entonces, decidió resistir: tengo observado que, en los temperamentos inferiores, el heroísmo no suele ser cálculo oportuno, sino desesperación tardía, y por eso sucumben. El guardafreno volvió a intimarle, con gran entereza, la rendición. Los dos hombres se hallaban sentados—no les era posible mantenerse de pie—y a breve distancia uno de otro. El ladrón sacó un revólver y, siempre callado, apuntó a su enemigo. Lleno de temerario coraje, el guardafreno siguió adelante; el otro oprimió el gatillo, y el tiro no salió; el guardafreno avanzaba, buscando en el cuerpo a cuerpo su salvación. Por segunda vez el acosado apretó el gatillo inútilmente; el revólver no funcionaba. En aquel momento su enemigo conseguía asirle por las muñecas y, sin lucha, le desarmó. El ladrón se rindió a discreción, y en El Escorial fué entregado a la Guardia Civil. Pues yo sostengo que aquel pobre hombre animoso—si tú quieres—, pero escuálido, hambriento y sin otra arma que un revólver de baratillo, es un tipo representativo del bandolerismo nacional. ¿Tú crees que puede robarse en un expreso, con un arma así y subiéndose al techo de los vagones?... Eso no se le ocurre más que a un analfabeto. Para acometer esa aventura un ladrón extranjero hubiese comenzado por vestirse muy bien, instalarse en un coche-cama, y gastarse doscientas pesetas en una Browning; lances de tal naturaleza hay que realizarlos en “gran señor”; y luego, a media noche, aprovechando el fragor de un túnel, asesinar al vigilante de guardia. ¡Así se empieza!...
Le interrumpí para decirle:
—Oyéndote, cualquiera creería que los ladrones te gustan.
—Me gusta—replicó Doña Catástrofe—que cada cual conozca y descuelle en su oficio: que un ingeniero, por ejemplo, sepa tender un puente; y que un maquinista sepa guiar su locomotora; y que un policía sepa rastrear un delito, y que un bandolero sepa robar... porque el progreso de una nación nace del esfuerzo de todos sus ciudadanos, así de los muy buenos como de los muy malos. ¿No comprendes que los muy malos sirven, precisamente, de excelente estímulo a los muy buenos? Desgraciadamente vivimos en un momento histórico de color gris, en que todos los honrados son un poquito ladrones, y viceversa. Cabal: Castilla fué grande, fué gloriosa; pero hogaño está usada, triste, y su llanura se les ha metido a los hombres en el corazón.
Dicho esto, Doña Catástrofe, taciturno y endolorido por el frío, no habló más.
Todo el convoy, envuelto en niebla y en humo, avanzaba silencioso, maquinalmente y medio dormido; rodaba como si supiese, de una manera subconsciente, que su obligación era seguir adelante; un fenómeno análogo a esos hechos que los psicólogos califican de “memoria sensitiva”, en virtud de la cual a un hombre los pies le llevan adonde él, una vez, pensó ir; aunque luego, durante el trayecto, pensase en otra cosa.
En Burgos subió a mi compartimiento delantero un fraile de la orden franciscana, y aunque iba descalzo y fuese su sayal de grosera estameña, sus cabellos blancos, su rostro aguileño, la lividez marfileña de su cabeza y la pulcritud de sus manos y de sus pies, cantaban bien alto su distinción. El único asiento vacío que quedaba, lo ocupó el religioso, quien hubo de advertir la hostilidad sorda con que sus compañeros de viaje, todos fatigados y soñolientos, le acogían. Flexible y mundano, nada dijo, sin embargo. A poco llegó el interventor. El fraile le preguntó:
—¿Queda alguna cama?...
—Casualmente en este mismo coche tiene usted una. ¿La quiere? Le cobraré el “suplemento”.
—Muy bien: ¿puedo pasar ahora?...
—Cuando usted guste.
El religioso, muy amablemente—acaso con una leve ironía—, saludó a los viajeros y salió al pasillo, y el interventor tras él. Al fondo del departamento, casi a obscuras, una voz displicente lanzó este comentario:
—Los hombres que hacen voto de pobreza y, como en elogio de la miseria, andan descalzos, no debían viajar en “primera clase”... ¡y, mucho menos, en sleeping!...
Hubo risas disimuladas; la reflexión era exacta; aquel individuo, brusco sin duda, que había hablado, tenía razón. Algunos viajeros levantaron la cabeza para mirarle, satisfechos de que alguien hubiese dicho lo que ellos—mejor educados, tal vez—no se atrevieron a decir. Las personas toscas o brutas suelen aventajar a las discretas en sinceridad.
El fraile, entretanto, había comenzado a desnudarse; una vez desembarazado de su hábito y de sus sandalias, se acostó. Realmente, la extremada pobreza de su figura desentonaba en aquel ambiente confortable, mullido, lujoso...
Y a mi memoria volvieron las reflexiones que, momentos antes, Doña Catástrofe me había hecho.
—He aquí un hombre—pensé—que es fraile... ¡y no sabe ser fraile!...
Con motivo de un descarrilamiento importante ocurrido en la línea de Córdoba a Sevilla, mi familia—al convoy yo lo llamo “mi familia”—había comentado mucho los sinsabores de nuestro oficio. El Tímido y Doña Catástrofe opinaban que las únicas horas de tranquilidad completa que disfrutamos son las pasadas en la ociosidad de las estaciones terminales; cuando la máquina nos deja y sabemos que allí hemos de quedarnos: sólo entonces descansan nuestros rodajes, y se encalma la fiebre de los tubos para la calefacción, y el silencio y la certidumbre de que ningún peligro ha de herirnos extiende por nuestro cuerpo una somnolencia reparadora. Pero, mientras se camina, se sufre: el camino es la amenaza constante, la tragedia que acecha en cada cruce. Sobre el mar los barcos pueden luchar contra la muerte, detenerse, cambiar de rumbo, correr delante de la tempestad si no se creen capaces de resistirla. Nosotros, sujetos a la tiranía ineluctable de dos cintas de hierro, nada de esto sabemos hacer. Los barcos, si se hunden, es despacio; nuestro desastre, por el contrario, es instantáneo; el choque, el descarrilamiento, nos matan de un modo fulminante. Vemos llegar la muerte, y no sólo no nos es permitido esquivarla, sino que corremos hacia ella, y con nuestro propio ímpetu favorecemos su obra. Al Presumido, que en los albores de su vida había ambulado mucho por Andalucía, se le ocurrió la siguiente comparación, por desgracia exacta:
—Somos como los toreros: a un torero le ves sano y riéndose cinco minutos antes de la corrida, y cinco minutos después está de cuerpo presente. Así nosotros: ahora a mí, por ejemplo, nada me falta: mis ruedas trabajan bien, mis asientos son cómodos, todas mis ventanas cierran...; y puede ser que esta misma noche, antes de llegar a Segovia, me veáis convertido en astillas.
La desagradable conversación continuó hasta que La Caliente vino a recogernos, y bajo su recuerdo depresivo—un recuerdo al que se mezclaba algo supersticioso—salimos de Madrid. Yo iba malhumorado, presagiaba desdichas y siempre que la locomotora silbaba ante el enigma de la noche, lóbrega y húmeda, un gran frío—un frío que era miedo—me traspasaba. Delante de mí marchaba El Misántropo, más tiznado y callado que nunca; apenas oscilaba, y su andar monótono infundía sueño.
—Oye, Misántropo—le dije.
Pero no contestó, y yo, sin advertirlo, me quedé dormido. Al despertar no reconocí el sitio donde nos hallábamos: mis huéspedes dormían, y como todas las luces iban apagadas el tren adelantaba sin proyectar a sus lados claridad ninguna. La niebla era espesa; imposible orientarse; todo el camino parecía un túnel. A intervalos, cuando el fogonero abría el horno para proveerlo de carbón, el humo de La Caliente se teñía de rojo, y simulaba, sobre la tiniebla de la noche, una trenza ensangrentada. Unicamente el oído me informaba algo: por los diversos ruidos del expreso sabía cuándo cruzábamos un campo abierto, o cuándo corríamos entre montañas: de súbito me advertí sobre un puente; luego sentí que me hundía en un túnel; y esta espantosa ceguera aumentaba mi temor a morir.
El alto que hicimos en Segovia nos despertó a todos, charlamos y las luces del andén contribuyeron a reanimarme. Además, de allí en adelante, el camino era mejor. Cuando llegamos a Venta de Baños, llamaron mi atención unos treinta o cuarenta vagones que reposaban, como olvidados, en una vía de descarga: a unos les faltaba la techumbre, otros no tenían puertas ni estribos, y todos mostrábanse desconcertados, desvencijados, cual si hubiesen sufrido algún tremebundo magullamiento; muchos, cuya tablazón estaba completamente astillada, parecían esqueletos. Era un convoy trágico.
A mis preguntas, El Misántropo contestó:
—Estos coches están aquí provisionalmente, esperando a que los lleven a Valladolid, donde hay un taller de reparaciones.
Yo los miraba con horror; recordaba cuanto, al emprender el viaje, mis compañeros habían glosado a propósito de los descarrilamientos y de los choques. Aquellos vagones rotos, doloridos, casi inútiles, eran como una procesión de enfermos que aguardasen a la puerta de un hospital.
Finalmente la noche transcurrió sin que nos ocurriese desgracia ninguna, y con las luces primeras del amanecer y el cantar batallador de los gallos, la serenidad me volvió al cuerpo. Sin embargo, cuando a media mañana llegamos a Irún, ya de vuelta de Hendaya, mi cansancio y mi melancolía me inmergieron en un sueño profundo. De un tirón dormí varias horas.
Me despertó un encontronazo; por su rudeza comprendí que era La Recelosa, siempre arisca y vehemente, quien me lo daba. Acababa de hacerse dueña del convoy. Era noche cerrada y en el andén había bastante concurrencia.
—¡Ya era tiempo de que despertases, Cabal!—me gritó un compañero.
—¿Tanto he dormido?—pregunté.
—Toda la tarde.
Doña Catástrofe murmuró a mi lado, misterioso:
—Creo que hiciste muy bien en descansar, porque acaso esta noche no podamos dormir.
En el acto, telepáticamente, adiviné su pensamiento.
—¿Lo dices por los ladrones franceses?
—Sí.
—¿Les has visto?
—Dos de ellos están conmigo, en el mismo departamento, pero no se hablan: demuestran no conocerse.
Una áspera emoción de alegría y de susto me sacudió; una vibración semejante, tal vez, a la que produce en el público de las Plazas la salida del primer toro.
—¿Quiénes son?—dije.
—Por las señas que de ellos nos dió el expreso de Francia, uno debe ser Cardini, el italiano: cobrizo, cenceño, la expresión áspera... Le corta los labios una cicatriz que debieron pintársela a cuchillo.
—¡El mismo!—exclamé—; ¿y el otro?
—Es pequeño, y tiene la cabeza sanguínea y cuadrada, como los hombros. Creo que es Dommiot.
El Presumido reclamó la atención de Doña Catástrofe:
—¡Mira... mira!...
Yo miré también. En la puerta del restaurant de la estación, al que sus ventanas iluminadas daban un aspecto de fiesta, acababa de aparecer la figura simpática, ágil y fuerte, llena de novelesca armonía, del “bello Raúl”. Instantes después Mauricio, el boxeador, que salía de la Cantina, se le acercó; pero si algo hablaron fué rapidísimamente y sin mirarse.
—¿Crees que vendrán con nosotros, Catástrofe?—decía yo.
—Pienso que sí.
—¿Irán a asaltar el tren?...
Doña Catástrofe vacilaba; si tenía opinión, no quería emitirla. Insistí hasta arrancarle una respuesta que mi inquietud estimó poco categórica:
—Recuerda—dijo—lo que acerca de esta gente conversamos días atrás: si fuesen españoles, afirmaría rotundamente que “no”; tratándose de ladrones franceses... ¡la verdad!... no lo sé...
Yo me hallaba situado a la zaga del convoy: detrás de mí iban el coche-correo, con quien no tenía comunicación, y el furgón de cola. Delante llevaba a Doña Catástrofe, y seguidamente y por el orden en que los cito, al Presumido, El Tímido, El Misántropo y los dos Hermanos Sommier. Yo deseaba que Mauricio o el “bello Raúl”, viajasen conmigo, pero, por la dirección en que miraban, supuse que los vagones de vanguardia les interesaban más. En cambio muchos viajeros, recelando tal vez la posibilidad de un choque, me elegían a mí. La mayoría de mis plazas estaban ocupadas, y mis redecillas se curvaban bajo el peso de los equipajes. Entre mis huéspedes había dos turistas inglesas, flacas y de cabellos grises, que estudiaban en sus “Baedeker”; y un novillero andaluz, cuyo nombre no supe nunca, pero a quien conocía por haberle llevado aquel verano a las corridas de San Sebastián. Era un mocetón de gentilísima presencia y muy de arrestos, según demostraré más tarde.
Bajo la marquesina, a cuya cristalería las luces del andén comunicaban un júbilo argentino, resonaba un murmullo ininteligible de multitud: ruido de conversaciones, de pisadas; voces de gentes que se buscan y se despiden; pregones... Un muchacho gritaba los títulos de los diarios que acababan de llegar; a lo largo del expreso, la voz monótona de un individuo vestido con una blusa blanca, repetía:
—¡Almohadas de viaje!...
“El bello Raúl” y su cómplice subieron al tren en el preciso momento en que éste arrancaba: Raúl entró en El Misántropo; Mauricio, en El Tímido. Yo estaba inconsolable.
—¡Qué lástima!—suspiré.
Doña Catástrofe, que adivinó la razón de mi pena, me regañó:
—¡Cállate, Cabal!... Más vale así. ¿Para qué quieres exponerte a que esos desalmados, si por acaso acometiesen a los pasajeros, te dan un tiro?...
No contesté porque me hallaba en un estado de nerviosidad desconocido para mí; y supuse que mi sobresalto no debía de ser completamente irrazonado al cerciorarme de que mis compañeros, cuál menos cuál más, participaban de él. De extremo a extremo del expreso, como por un hilo eléctrico, nuestras impresiones iban y venían aceleradas y sigilosas. Yo le preguntaba a Doña Catástrofe:
—Oye: ¿qué hacen “esos”?...
—Jacobo Dommiot va leyendo un periódico.
—¿Y Cardini?
—No hace nada.
—¿Duerme?
—No: ni lee ni duerme: mira.
—¿A quién?—insistía yo que buscaba, en cada gesto de los malhechores, el prólogo de un drama.
—A nadie—replicaba paciente el anciano Doña Catástrofe—; Cardini no parece reparar en nadie, no mira a nadie: tiene la cabeza apoyada contra el respaldo y sus ojos insomnes miran delante de él, lo cual es mucho peor...
Transcurridos algunos minutos el veterano vagón, que, a fuer de viejo, era curioso, indagaba:
—Presumido, escucha: pregúntale al Tímido lo que hace Mauricio.
El Presumido, complaciente y a su vez ávido de saber, trasmitía la pregunta:
—Atiende, camarada: ¿duermes?... ¿No?... Responde, entonces: ¿qué hace Mauricio?
—Nada de particular: le llevo en el pasillo, fumando.
—¿Viaja contigo mucha gente?
—Voy completo.
—¡Buena ocasión para acabar aplastado bajo un túnel!... ¿Eh?...
—¡Cállate, salvaje!...
El Presumido gustaba de embromar a nuestro compañero, a quien, en memoria o como burla de sus muchos lamentos, solía apodar “Doña Quejido”. Este, para hacernos reir, demostraba enfadarse, pero no era así, y realmente se querían como hermanos.
Luego la curiosidad que nos recomía a todos no tardaba en contagiar al Presumido, quien, a su vez, preguntaba al Misántropo:
—¿Qué hace “el bello Raúl”?...
—Nada sospechoso: lleva la visera de su gorra sobre la nariz y los ojos cerrados.
—¿Duerme, efectivamente?
—No: pero parece procurarlo de buena fe, y ello me tranquiliza.
De este modo las noticias ambulaban por la cadena invisible que—semejantes a eslabones—formaban nuestras preguntas y respuestas. Aquellos cuatro bandidos nos obsesionaban, nos desvelaban: su vivir borrascoso les embellecía y servía de prestigioso basamento a sus figuras: les temíamos, les admirábamos y envidiábamos su estrella rebelde; entre tanta gente estaban solos y más alto que nadie; en sus armas llevaban sus fueros, sus pragmáticas; eran “los protagonistas” del convoy.
A espaciados intervalos, de punta a punta del tren, las mismas interrogaciones, tantas veces repetidas, y que eran como las llamas con que ardía nuestra curiosidad, volvían a correr.
—¿Qué hace Dommiot?
—Leer.
—¿Y el italiano?
—Cardini mira; y supongo que piensa cuando mira tanto.
—¿Y Mauricio?
—Fuma sin cesar; muéstrase receloso; acaba de prender su quinta pipa.
—¿Y Raúl?...
—“El bello Raúl” duerme... o lo finge...
Estábamos ciertos de presenciar aquella noche algo extraordinario, y nuestra inquietud era tan aguda que hicimos partícipes de ella a la mayoría de los trenes—mercancías o correos—que se cruzaban con nosotros. Las emociones, cuando son fuertes, poseen la virtud de democratizar; la emoción emplebeyece, tiende a la igualdad...
—Llevamos gente sospechosa—les gritábamos al pasar.
Ellos, que, por informes recogidos aquí y allá, en la ruta, sabían de quiénes les hablábamos, respondían:
—¿Son los cuatro franceses que ganaron la frontera hace unos días?
—Sí.
—¡Ah!... ¡Ya nos contaréis cuando volvamos a encontrarnos a la vuelta!...
—Sí... sí...
—¡Buena noche!...
—¡Buen viaje!...
Todos—ellos y nosotros—nos interpelábamos a la vez, las locomotoras silbaban, saludándose, como hacen los grandes barcos que se encuentran en alta mar, y de este modo la noticia del posible drama que peregrinaba con nosotros, volaba simultáneamente de norte a sur, y viceversa.
Mis inquilinos empezaban a rendirse al sueño: algunos no habían abierto los párpados desde San Sebastián; el novillero roncaba sonoramente, envuelto en su capa; hasta las inglesas lectoras guardaron sus libros, y en la misma actitud que tenían, con sólo ponerse una almohada sobre el hombro para reclinar la cabeza, dejaron que sus ojos cansados reposasen. En ningún departamento quedaba luz; los pasajeros, para disminuir el aire que siempre entra por las rendijas de las ventanas, habían corrido todas las cortinillas. Unicamente algunos trasnochadores continuaban en el pasillo, a despecho del frío, fumando. Eran los díscolos, los insomnes, para quienes mi corredor simbolizaba la calle, que tanto amaban. Sin embargo, el sueño, poco a poco, les echaba de allí, y les restituía a sus “butacas”. A las diez de la noche todo descansaba dentro de mí, y aquella paz, aquella quietud en que estaban mis ideas—creo haber dicho que cada viajero era una idea para mí—me daba la prestancia de una gran conciencia tranquila. En los otros coches, la mayoría de los pasajeros descansaba también. Yo, presintiendo un viaje de aventuras folletinescas, me había equivocado; “nuestros ladrones” no tenían propósitos belicosos, y eran aburridos como policías.
Al cuarto de hora de salir de Miranda de Ebro, Doña Catástrofe me comunicó esta observación:
—Cardini ha mirado su reloj de pulsera, y luego sus ojos y los de Jacobo Dommiot han cruzado una pregunta. En la obscuridad yo he visto sus pupilas brillar ansiosas y fieras. Es evidente que ambos se interrogaban respecto a la ejecución perentoria de algo que tienen pactado. Estoy intranquilo.
Al mismo tiempo El Presumido nos trasmitía el siguiente aviso que El Tímido y El Misántropo le comunicaban: “El bello Raúl” había salido al pasillo para leer la hora en su reloj. Mauricio también miró su reloj... Este sincronismo de movimientos iguales, demostraba que aquellos cuatro hombres procedían movidos por una consigna.
Casi a la vez, Jacobo Dommiot y el italiano salieron al corredor. Doña Catástrofe, por momentos más empavorecido, iba relatándome, uno a uno, todos estos detalles. Ya no dudaba de que los facinerosos se disponían a acometer a los viajeros.
—Son pocos—interrumpí—, no creo que se atrevan...
—He ahí mi miedo—replicó el viejo vagón—, que no operen solos, sino en combinación con otros salteadores que hayan hecho lo necesario para descarrilarnos. ¡Nada más fácil!...
Las cábalas de mi compañero me llenaron de zozobra; yo no quería morir. Pregunté:
—¿Es muy peligroso descarrilar?
—Según: en unos parajes, sí; en otros, no. Yo he descarrilado nueve veces, y en una de ellas me destrocé la mitad de las ruedas.
—Pero el maquinista y el fogonero—repliqué—no cesan de otear el camino; son como vigías, y si advirtiesen algún peligro maniobrarían para parar.
—Sí, que maniobrarían... ¿Y qué?... Llevamos mucha marcha, la noche es obscura y el peligro puede atajarnos en una cuesta abajo... o en una curva... Si estos bandoleros, efectivamente, resolviesen descarrilarnos, ten la certidumbre de que habrán sabido elegir el sitio. Además, La Tirones frena mal.
De nuestros temores participaba todo el convoy, y los minutos empezaron a parecernos muy largos. Nos cruzamos con un mixto.
—¿Hay novedad en la vía?—le gritamos.
—¡No!...—repuso.
Cada vez que pasaba un tren repetíamos nuestra pregunta, y la contestación alentadora era siempre la misma: la vía estaba expedita; podíamos seguir.
No cejaba, sin embargo, mi inquietud; antes acrecía; la idea de desriscarme me mordía, me enfriaba; llegó a dolerme el cuerpo. Doña Catástrofe que, por haberme conocido niño, me quería y hasta me cuidaba con amor paternal, intentó serenarme.
—No tiembles, Cabal: de haber descarrilamiento, serán los vehículos delanteros los que se fastidien. Nosotros, por ir a la cola, vamos seguros; y, aun de los dos, el mejor situado eres tú.
Al filo de la media noche supimos que “el bello Raúl” había salido de su coche para reunirse con Mauricio en el corredor del Tímido. Al pasar junto al antiguo boxeador, murmuró:
—Vamos.
Los dos malhechores pasaron al otro vagón, y El Tímido suspiró liberado. Al verles seguir adelante, El Presumido empezó a susurrarle a Doña Catástrofe:
—¡Ahí van!... ahí les tienes...
Y todo el tren, que espiaba los prolegómenos del lance y se sentía a salvo, comenzó a burlarse de la mala suerte del anciano vagón. De ocurrir un asesinato, un incendio o un robo, había de ser en él, que tenía, como los pararrayos, la virtud de atraer la desgracia.
Cardini y Jacobo Dommiot, al ver llegar a sus compañeros, caminaron delante de ellos y les esperaron en el tránsito metálico que unía a Doña Catástrofe conmigo. Les oí hablar y mientras se acabildaban, aquellas cuatro cabezas de ojos fulgurantes, de rasgos duros, de labios finos, palpitantes y sin color, estaban casi juntas. Raúl, concisamente, repartía órdenes:
—Ya sabéis que yo defiendo la puerta.
Todos afirmaron.
—Tú—prosiguió el jefe dirigiéndose a Cardini—te quedas en el pasillo.
El italiano asintió.
—Y vosotros, procurad maniobrar aprisa.
Hablaba a Dommiot y a Mauricio, los dos hércules de la banda.
—Y si alguno se resiste—concluyó—le dais un buen golpe. Conviene trabajar sin ruido. De las armas sólo debemos hacer uso en un caso muy extremo.
Dicho esto, todos penetraron en mí.
—¿Quién iba a creer, Cabal—musitó Doña Catástrofe—que la fiesta iba a ser en honor tuyo?...
“El bello Raúl”, armado de una Browning, quedóse custodiando el puente que me relacionaba con el vagón delantero. Sus tres camaradas avanzaron y Cardini, fiel a lo dispuesto por su jefe, permaneció en el pasillo y montó su pistola. Dommiot y Mauricio llegaron al fondo del tránsito, penetraron en el último compartimiento, dieron luz y, con bruscas sacudidas, despertaron a los durmientes. Jacobo Dommiot iba delante:
—Venga el dinero—decía—, ¡el dinero!... ¡Pronto!... ¡El dinero!... No intenten ustedes defenderse ni gritar, porque les mataríamos. Somos muchos.
Se expresaba aplomadamente y en un castellano bastante limpio.
—¡Venga todo!... El dinero... los alfileres de corbata... los relojes... las sortijas...
Jacobo Dommiot era el verbo; a su lado Mauricio, los puños cerrados y en actitud de boxear, era la acción; tras ellos, Cardini, lívido y ágil, les apoyaba con la breve y certera elocuencia de su Browning. Los viajeros, paralizados por el terror de la sorpresa, se rindieron a discreción; ni siquiera los que iban armados pensaron en defenderse; el asalto había sido instantáneo y el deseo de vivir se impuso a todos: quién entregaba su cartera y cuanto dinero llevaba en los bolsillos; quién, con la prisa de quitarse pronto las sortijas, se arrancaba a túrdigas la piel...; mientras las manos cortas y velludas de Dommiot iban de un robado a otro infatigables, insaciables... y Mauricio, siempre recogido sobre sí mismo, miraba a todos, con ojos circulantes, dispuesto a golpear. La operación terminó prestamente y en silencio. Sin volver la espalda, Mauricio y Dommiot regresaron al pasillo.
—No intenten ustedes salir al corredor ni pedir auxilio—advirtió Dommiot—porque les asesinaríamos.
Dicho esto apagó la luz—como invitando a los desvalijados a reanudar su sueño—y cerró la puerta. Seguidamente y de la misma traza, siempre callados y ejecutivos, irrumpieron en el compartimiento inmediato, donde la escena anterior se repitió puntualmente. Sin aspavientos ni voces, en medio de un absoluto silencio, los infelices viajeros, agarrotados bajo las cadenas del pánico—no hay ligaduras que sujeten mejor—se dejaban robar. Los más animosos entregaban cuanto tenían; pero en algunos el terror era tan agudo, que no podían mover los brazos, y Jacobo Dommiot, por sus propias manos, tuvo que registrarles. En menos de tres o cuatro minutos, unas ocho carteras, otros tantos relojes y alfileres de corbata, y más de quince sortijas, pasaron al bolsillo del ladrón. ¡Hermosa redada!... Entretanto, Cardini y “el bello Raúl” se comunicaban constantemente con los ojos. Los de Raúl decían:
—¿Sucede algo?
Y los del italiano:
—Nada: todo marcha bien.
Luego, a su vez, los ojos pequeños, pero espejeantes y habladores, de Cardini, interrogaban:
—¿Oyes algo? ¿Viene alguien?...
Y los del “bello Raúl”, que parecía tranquilo, replicaban:
—No...
Comprendí entonces por qué los astutos salteadores me eligieron para escenario de su hazaña, y admiré su pericia. Cualquiera de las unidades centrales del convoy se comunicaba, a la vez, con dos vehículos, y era más difícil de guardar que yo. En cambio yo, que no podía relacionarme con el coche-correo, iba medio aislado, y mis viajeros, para huir a otro vagón sólo podían hacerlo en una dirección y por una puerta; la misma que “el bello Raúl” defendería hasta la última bala.
El interés del drama crecía... crecía... y me embebía de modo que no podía responder palabra a lo que, sin interrupción y angustiosamente, mis compañeros me demandaban.
Al allanar el tercer departamento, y no bien Dommiot avivó las luces, una de las inglesas empezó a gritar; enloquecida procuró huir, pero Mauricio la asestó un puñetazo en la mandíbula que la derribó al suelo, sin conocimiento. Quedó atravesada en la puerta, la mitad del cuerpo en el pasillo; al caer el sombrero se la escapó de la cabeza, su pelo se esparció y Cardini, para sujetarla si por acaso volvía en sí, la puso un pie sobre los cabellos.
La otra inglesa parecía petrificada. Los demás viajeros también se mostraban inertes y dóciles.
—Las carteras, pronto... las sortijas... los alfileres de corbata... ¡no intenten ustedes resistir porque somos muchos!—repetía Dommiot.
Sin hacer caso de amenazas el novillero, que había tenido tiempo de prevenirse, acometió al ladrón. Jacobo Dommiot le dió en medio del pecho un golpe maestro, pero el torerillo era duro y agarrándose a su enemigo le derribó sobre el diván; el cuello de Jacobo Dommiot se cubrió de sangre. Como por la disposición en que se hallaban, ni Cardini ni Mauricio podían favorecer a su compañero, limitáronse a vigilar a los restantes viajeros fijamente, amenazadoramente, como significándoles: “Les aconsejamos no intervenir en la pelea; si permanecen ustedes neutrales, no les haremos daño”. Todos parecieron comprender, pues nadie se movió ni gritó. Las puertas de los dos departamentos saqueados, continuaban cerradas: evidentemente la Browning del italiano tenía una fuerza persuasiva extraordinaria. Transcurrió un minuto. Los que luchaban seguían asidos y revueltos, buscando jadeantes el modo de estrangularse. Dommiot parecía llevar la parte mejor.
—Pero, ¿no acabas con él?—murmuró Mauricio.
En este momento el novillero conseguía liberarse de los brazos que le oprimían, se irguió y dió un paso atrás. Tenía el mirar abrasador y en los pálidos labios un gesto homicida. Sacó un cuchillo y adelantó otra vez. Simultáneamente Mauricio y Dommiot le acometieron, y el boxeador recibió en un brazo una herida profunda. Los dos bandidos comprendieron que urgía concluir el pleito, y retrocedieron hasta la puerta.
—Tira—ordenó uno de ellos al italiano.
Y Cardini disparó, y el novillero cayó muerto. “El bello Raúl” se había agarrado, con todas sus fuerzas, a uno de mis “aparatos de alarma”, y los frenos funcionaron. El desenlace de la recia tragedia se precipitaba. Raúl, furioso, increpó a Cardini:
—¿Por qué has tirado?... ¿No recomendé que no hicieseis ruido?...
El italiano, que continuaba pisando sobre los esparcidos cabellos de la inglesa, replicó fríamente:
—Si no le mato, no acabamos en toda la noche.
La detonación y el desapacible chirriar de los frenos, despertaron al resto del pasaje. Una tras otra las puertas se abrían; varios viajeros salieron al pasillo. Raúl les gritó amenazándoles con su pistola:
—¡Atrás!... ¡Atrás!...
Y así les contuvo. Los cuatro bandidos se habían reunido en mi plataforma trasera, dispuestos a escapar apenas la marcha, por momentos más lenta, del convoy, lo permitiese. A lo largo del tren resonaban voces confusas, voces de zozobra; todos los vagones aparecían iluminados; el maquinista y el fogonero miraban hacia atrás, y el guardafreno, desde su furgón de cola, hacía con un brazo extraños aspavientos.
Súbitamente las puertas de mis compartimientos volvieron a abrirse, y un grupo de viajeros armados salió al pasillo. La inglesa yacía desvanecida, en el corredor. Muchas voces gritaban:
—¡Ladrones!... ¡Socorro!...
Sonaron tiros, y varias balas me traspasaron; los pasajeros disparaban contra los fugitivos.
—¡Abajo—decía Raúl—, pronto!...
Cardini, el primero, saltó a la vía, dió algunos traspiés y cayó de rodillas; en seguida se levantó y echó a correr. Tras él escapó Dommiot, quien, menos afortunado, rodó por el suelo algunos metros, aunque sin lastimarse. Mientras Mauricio bajaba al estribo, “el bello Raúl” hizo fuego contra sus acosadores, y un viajero cayó herido; los demás retrocedieron, y el malhechor huyó. En la noche inmensa y negra, noche fría y sin estrellas, las sombras de los cuatro fugitivos se borraron casi inmediatamente.
El expreso se había detenido, y una muchedumbre ruidosa y asustada me invadió. Al verme, retrocedía espantada. Había motivos: mi corredor, y más aún el departamento donde yacía el novillero, eran un lago de sangre.
Esta tragedia de la que los periódicos, escandalizados, hablaron mucho tiempo, señala en mi biografía un segundo período. Aquel drama—¿quién hubiera podido sospecharlo?—marcó el término de mi juventud, modificó mi idiosincrasia, hasta allí superficial y novelera, me sugirió ideas nuevas, graves, trascendentes; ¡me envejeció!... Fué para mí, en suma, como ese primer gran aguacero que, de pronto, mata al verano.
Durante dos semanas estuve detenido en Burgos, a cuyos Juzgados correspondió el proceso incoativo del crimen consumado en mí. Me habían llevado a una vía lateral, junto a unas vagonetas cargadas de balasto, y allí me dejaron después de cerrar cuidadosamente todas mis puertas. Yo era algo sagrado. Cada cinco o seis días iban a visitarme varios señores—personas de cuenta, sin duda, a estimarles por la solicitud con que el personal de la estación les acogía—que después de examinar prolijamente, una vez y otra, las horribles manchas bermejas que me afeaban, y las huellas de mis muchos balazos, se marchaban rodeados de un aire de misterio.
Lo que más me afligió fué verme separado—de un modo que luego comprendí era definitivo—de mis compañeros. Cuando éstos, a la mañana siguiente de perpetrado el trágico asalto que dejo referido, llegaron a Madrid, fueron visitados por el Director y otros altos empleados de la Compañía, los cuales reconocieron que la mayoría de las unidades del convoy estaban “fatigadas” y, por tanto, necesitadas de arreglo. El tren, en el acto, quedó deshecho: El Tímido, El Presumido y Doña Catástrofe, pasaron al taller de reparaciones, y únicamente El Misántropo y los Hermanos Sommier, cuyo estado parecía satisfactorio, fueron a integrar el nuevo “equipo” que aquella noche La Caliente, primero, y luego La Tirones y La Recelosa, arrastrarían hasta Hendaya. Cuando aquella madrugada les vi pasar solos, junto a mí, experimenté un pena honda, intraducible; una especie de desgarradura. Ellos me saludaron emocionados. Yo les pregunté por nuestros “hermanos”; aquellos cuya vida de trabajo compartí durante más de nueve años.
—En Madrid quedaron—me dijeron.
—¿Qué tienen?
—Mucho desgaste: El Tímido llevaba la calefacción y los frenos estropeados; al Presumido deben arreglarle los asientos, y también los muelles, para que no se mueva tanto. Doña Catástrofe es quien está peor: a ese infeliz le duele todo, y lo menos tardará dos meses en salir de la enfermería.
Terminadas las diligencias judiciales, tan cachazudas siempre, fuí enganchado a la zaga de un “mercancías”, el cual, parándose en todas las estaciones, tardó más de veinticuatro horas en llevarme a Madrid. ¡Cuánto me aburrí durante aquel éxodo que a mí, acostumbrado a las grandes celeridades, me pareció interminable! ¡Qué vulgares se me antojaron mis compañeros de ruta, y qué insignificantes, qué horriblemente tristes, esos andenes ante los cuales mi aristocracia de “vagón de lujo” no se había detenido nunca!... Y entonces fué cuando empecé a comprender esta gran verdad: que para poder traspasar la epidermis de la vida, es indispensable vivir despacio.
Como mi salud continuaba siendo excelentísima, en el taller permanecí pocos días: los justos para que me cambiasen algunas alfombras y el forro de los asientos, y me cerrasen las heridas de los balazos. Seguidamente me trasladaron a la estación, y sin otras dilaciones metiéronme en la composición del “directo” que cubre en treinta y seis horas los ochocientos y tantos kilómetros del trayecto Madrid-Coruña.
No quiero recordar lo que sufrí. Los primeros viajes los hice sin cruzar la palabra con nadie. ¡Cuánto echaba de menos la rapidez y la limpieza de mi antiguo convoy!... Sin ser orgulloso, precisamente, mi distinción, mi selecta crianza, me vedaban allanarme a compartir la plebeyez de un tren correo. Los vagones rotulados de “primera clase”, habían nacido en España y eran, evidentemente, muy inferiores a mí. Y no hablaré de las unidades de “segunda”, pretenciosas y cursis; y menos de la grosería de las de “tercera”: vehículos pequeños, sucios, maltratados, apestando a humanidad... Me molesta el vulgacho y aborrezco también la mesocracia. Soy, desde la cuna, artista y prócer: adoro la elegancia, la alegría discreta, lo que es bello, lo que es rico... A mi mutismo, ellos, los muy ramplones, correspondían con mezquindades y desdenes propios de su estofa ruin: pasaban a mi lado sin saludarme, y luego, aunque comprendiesen que yo podía oirles, en sus corrillos murmuraban de mí. Mi procedencia exótica les molestaba, y cuando advirtieron que en las estaciones los viajeros distinguidos me preferían, su antipatía mudóse en odio. Por fortuna yo era el más fuerte de todos, y cuando la máquina, en sus maniobras, nos hizo chocar a unos con otros, puse gran esmero en lastimarles.
Mucho padecí, sin embargo, al extremo que pensé enfermar de tristeza. Andaba con el espíritu orientado hacia atrás; vivía de recuerdos; y como para estimar bien las cosas nada hay mejor que distanciarse un poco de ellas, en mi evocación los años idos se me ofrecían más placenteros y hermosos que nunca. Rememoraba límpidamente la ufanía loca con que en Irún, y por vez primera, salí al camino; el aspecto de aquellos aledaños bravíos, en los que los tonos graves de la tierra y del cielo se armonizan en un acorde de rara majestad; las casas de frontis obscuros y largos balconajes de madera, que a la hora de la sobretarde con sus ventanas iluminadas me hablaban de quietud; los valles arbolados, la altivez de los Pirineos, y más que otro monte ninguno el muy belicoso de San Marcial, que ha bebido sangre de los pueblos más fuertes de Europa. Recordaba asímismo mis emociones sobre el puente internacional, en cuyo comedio me parecía pertenecer, a la vez, a dos naciones, y tener dos almas; el recelo que me producían los discos y las campanas de las estaciones, y las distintas maneras con que las manos, según fuesen francesas o españolas, despedían al convoy: las manos francesas son más dulces; saludan mostrándonos la palma y bajando los dedos; quieren despedirnos y nos llaman; todavía—cuando ya no hay remedio, cuando ya nos vamos—quieren retenernos: mientras en las manos españolas, que vuelven hacia nosotros su dorso, el “adiós” es definitivo...
Tampoco podía olvidar un lance que, habiéndome causado al principio agudísimo miedo, luego me emocionó y removió hasta enternecerme.
Llevaba yo más de un año de vida ferroviaria, y conocía al dedillo todas las “señales” de la locomotora: sabía que ésta, con dos silbidos cortos y seguidos manda apretar los frenos, y aflojarlos con un pitido breve; que muchos silbidos cortos anuncian peligro inminente, así como que en los empalmes, o lugares donde las líneas se bifurcan, tres silbidos prolongados dicen que el tren tomará la vía de la derecha, y un solo silbido que seguirá la zurda, etc.
Corríamos aquella noche entre Villabona y Tolosa, cuando la máquina empezó a silbar como nunca lo hizo: no lanzaba la serie de silbidos rápidos que pregonan riesgo, sino que pitaba caprichosamente. El terror me sobrecogió. Los gritos ensordecedores del vapor eran tan pronto agudos como graves, y todos largos, desesperados, de una polifonía nueva y acongojadora. Pensé que íbamos a chocar con otro tren, o a despeñarnos en el Oria.
—¿Por qué la máquina grita así?—pregunté a un compañero.
—No te asustes—dijo—; el padre de nuestro maquinista vive cerca de aquí, y su hijo silba para que el viejo sepa que “no ocurre novedad”, y que se acuerda de él...
También citaré un episodio algo infantil, quizás, pero que me dió la primera impresión de la muerte.
Era una tibia mañana azul, de mayo o de junio; los prados se habían vestido de verde y sobre los hilos del telégrafo cantaban centenares de pájaros: en la blancura de las alquerías, en el murmullo de los regatos emigradores, en la jocunda lozanía de los árboles, triunfaba un júbilo de resurrección. Advertí, de pronto, que un pajarito, volando a la altura de mis ventanillas y paralelamente al tren, parecía divertirse en acompañarnos. Yo le oía piar alegremente; jugaba, parecía borracho de sol, era feliz... Luego, probando el vigor de sus alas, adelantó hasta situarse a la cabeza del convoy; después intentó remontarse para cruzar la vía; no pudo: al pasar sobre la máquina, la terrible columna de ardiente vapor que exhalaba la chimenea lo alcanzó, lo elevó, casi perpendicularmente, a considerable altura, y lo arrojó asfixiado, casi quemado, a un lado del camino. Yo lo vi caer exánime, y chocar contra el suelo...
—Lo ha matado—me dijo un compañero que había seguido, como yo, los incidentes del pequeño drama.
—¿Y ya no podrá moverse?—interrogué candoroso.
Mi colega se burló de mí.
—¿Eres tonto?... ¿Cómo quieres que se mueva?... ¿No acabas de oir que la máquina lo ha matado?...
Entonces me puse a reflexionar, y de mis meditaciones deduje que “morir era no moverse más”. Así brotó en mí la idea de la muerte.
¡Oh, aquellas escenas, aquellas conversaciones vibrantes de emotividad moceril, aquellos camaradas de mis primeros años, qué lejos están!... Ahora la vida se me aparece distinta, y en torno mío todo adquiere la tonalidad gris de mis asientos; ya nada es muy bueno ni muy malo; todo “está bien” y se parece a todo; el negro y el blanco se hicieron grises: el gris es el color de las conciencias usadas... y la mía empieza a estarlo.
Mas si es evidente que el tiempo nos arruina y satura de melancolía, también nos transforma, y al hacerlo sigilosamente se lleva aquellos mismos dolores que nos dió: de donde colijo que vivir no es envejecer, sino renovarse, y que la idea luctuosa de la vejez más visos tiene de espejismo que de realidad.
Digo esto a propósito de mi encuentro con El Misántropo y los Hermanos Sommier, en la estación de Madrid. Ellos me informaron de que Doña Catástrofe había vuelto a la vía de Hendaya con otro convoy, y que se cruzaban con él todos los días; y que El Tímido y El Presumido formaban parte del “rápido” de Asturias.
—Esos dos—añadieron mis camaradas—han progresado: ruedan menos que antes y viajan de día.
Luego preguntaron:
—¿Y tú, Cabal?... ¡Pobre!... Tú no tuviste suerte; tú no mereces estar en un “correo”.
Estas palabras, que meses atrás me hubiesen lastimado mucho, no me produjeron impresión. ¿Por qué? ¿Acaso mi sensibilidad se había embotado? ¿Era que la resignación penetraba en mí?...
—Mejor andaba con vosotros—repuse—pero tampoco diré que vivo mal. Es cierto que mis jornadas actuales son de treinta y seis horas, pero en cambio camino más despacio, por lo cual los peligros de la ruta no son tan graves...
¿Era el amor propio, la vanidad de no aparecer dolorido a los ojos de mis compañeros lo que me obligaba a hablar así?... No: era, sencillamente, porque, sin yo mismo advertirlo, había ido acoplándome al nuevo ambiente.
En los comienzos de aquella segunda etapa, lo extrañaba todo: las locomotoras, los coches, el camino, las paradas frecuentes y, a mi juicio, interminables.
Todos los hombres parecen iguales y son distintos, como las hojas del mismo árbol. Así las máquinas: todas las de una “serie”, en teoría, tiran semejantemente, y arrastran igual peso, y calientan y frenan de idéntico modo; y, sin embargo, yo respondo de que cada una arranca y frena y sirve la calefacción, de manera distinta. Al principio todo esto molesta: lo inesperado, lo que sorprende, siempre desazona un poco; luego, en fuerza de repetirse, dijérase que se domestica y convierte en costumbre, y ya lo toleramos y hasta es probable que presto nos guste. Así me acaeció con mis nuevas dueñas. Desde Madrid a Coruña, cambiamos de máquina cuatro veces. Es imposible precisar la cantidad exacta de carbón que se consume en cada kilómetro: esto depende de la naturaleza del terreno, del peso del convoy, de la dirección del aire—hay ocasiones en que el viento opone a la marcha del tren una resistencia inconcebible—; y, finalmente, del fogonero y de la acertada disposición interior de la máquina. Sin embargo, la locomotora que transportaba a mi “correo” desde Madrid a Valladolid asombraba a los peritos por el escaso carbón que gastaba, y de aquí su remoquete de La Económica. Pertenecía a la “serie cuatro mil”; había nacido en los talleres gigantescos de Granfenstaden, podía arrastrar hasta cuatrocientas toneladas, y tenía un caminar silencioso y seguido. De Valladolid a León nos llevaba La Impetuosa—por otro nombre La Casa Real—que frenaba casi instantáneamente, lo que producía en el convoy repercusiones muy desagradables. En León nos recogía La Triste, así apodada por lo callado de su caminar y las lúgubres inflexiones de sus silbidos; yo juro que nunca, ni antes ni después, he conocido otra locomotora que pitase igual. La trajeron de América, y era gigantesca; correspondía a la “serie cuatro mil quinientas”. Con ella arribábamos a Monforte, donde nos esperaba, bulliciosa y resoplante, La Enanita, que en la parvedad de su cuerpo llevaba la razón de su nombre.
Con todas ellas llegué a hermanar, pues basta acercarse a las cosas y atisbar el dolor en que viven, para comprender los móviles de sus acciones y disculparlas; porque comprender es perdonar...
Lo propio me acaeció con mis doce compañeros del convoy. En los comienzos se me manifestaron hostiles, especialmente el que rodaba delante de mí y a quien apellidaban Dos-Caras, por ser la mitad de “primera clase” y de “segunda clase” la otra mitad. Varias semanas convivimos sin hablarnos: él tiraba de mí, yo halaba del “segunda” que me seguía, cada cual cumplía su deber y así todos, mutuamente, nos pagábamos. Hasta que cierta noche, en la felonía de una curva y a causa de la helada, estuvimos abocados a descarrilar los dos. Con el miedo—enemigo de las etiquetas—yo le dije algo que demostraba mi interés hacia él; replicóme en seguida y con calurosa solicitud, y ya fuimos amigos. No me pesó. Dos-Caras, que había viajado harto, era bueno y muy querido en el convoy, por lo que su afecto me valió en seguida el de los otros coches. Mucho me alegré: sin embargo, ninguno de ellos descollaba: eran pobres vagones indisciplinados y vulgares, sin historia ni relieve.
Con las pequeñas estaciones del tránsito me sucedió igual: la vida, así la de los objetos que parecen inanimados como la de los hombres, es una constante adaptación, y yo me adapté. Mientras pertenecí a un “expreso”, apenas si llegué a conocer de vista esos andenes que, por minúsculos, mi lujoso convoy desdeñaba; ni concebía que ningún tren pudiera detenerse en ellos, ni siquiera que fuesen de utilidad. Detestaba los coches de carga, sucios y pesados; adoraba la velocidad y las paradas breves, y me reía de los “mixtos” cachazudos y de los “mercancías”, que aguardan media hora y aún más, en cada estación.
Cuando supe caminar despacio mi alma cambió, y mi carácter tornóse más dulce, y mi observación más minuciosa y sutil. La Naturaleza siempre es la misma, y no obstante, para los niños tiene un aspecto, y otro para los jóvenes, y una tercera expresión, completamente distinta, para los viejos. Y conmigo fué igual. El trayecto de Madrid a Venta de Baños, que recorrí durante cerca de dos lustros, y que creía no reservaba disimulos para mí, ahora me parecía nuevo. Era como un libro que yo hubiera jurado saberme de memoria, y que, en realidad, no hubiese leído. La mayoría de sus detalles me sorprendían con su novedad, y admiraba la grandeza de ciertos aspectos que veces innúmeras pasaron ante mis ojos y en los cuales no reparé: árboles, montañas, cañadas pintorescas, un torreón elevado en la cumbre de un cerro, un cementerio medio escondido en el declive de una loma...
A cada rato, me preguntaba:
—Pero... ¿es posible que esto, que ahora veo, haya estado aquí siempre?...
Y, según meditaba, es decir, según me ejercitaba en la preexcelente gimnasia de la autoinspección, mi “yo” crecía, porque nada reafirma ni ensancha tanto nuestra personalidad como la reflexión.
Esas estaciones pueblerinas que nunca figuran sobre el itinerario de los “expresos” ni de los “rápidos”, me divertían ahora, y llegué a sentirme feliz junto a sus andenes señeros. Me interesaban sus “cantinas”, a las cuales el pasaje sediento acudía a beber; los viejos mendigos, que el arado encorvó y convirtió en harapos humanos; las mozas que, con un vaso en la mano y un botijo sobre la cadera, pregonaban delante del convoy con voz musical:—“¡Agua! ¿Quién quiere agua?...” El empleado que gritaba mientras, sin prisa, iba cerrando nuestras portezuelas:—“¡Señores viajeros... al tren!...”
También me cautivaba el público allí congregado; gentes sencillas, efusivas, cargadas de mantas y de alforjas, que se precipitaban en masa al asalto de los coches de “tercera”, y los llenaban de alegre estrépito; multitud campesina que requebraba a las mujeres y solía llevar guitarras y aun cantar una copla—si el maquinista daba tiempo—y que esparcía a su alrededor un alboroto de feria.
¿Y qué diré de esas señoritas pueblerinas que todos los días, y generalmente a la hora del crepúsculo, acuden a la estación “a ver pasar el tren”?... A ellas no las interesan el “rápido”, ni los “expresos” que, soberbios, cruzan silbando y sin pararse. ¿Qué pueden importarlas esos lujosos convoyes, de alma cosmopolita, que corren envueltos en humo y con todas sus ventanillas cerradas, y a los que ellas, si alguna vez viajasen, no subirían? En cambio el “correo”, que se detiene dos o tres o cinco minutos, sí las atrae, porque acaso “lo inesperado”...—que es el amor que esperan—va en él: porque el “Príncipe Azul” de los cuentos ya no peregrina a caballo, sino en ferrocarril, pero no se ha ido del mundo... y “Ellas” lo saben.
Yo las veo divagar por los andenes, cogidas de la cintura y vestidas sencillamente de negro, de blanco o de rosa... según el tiempo, y el deseo de ideal que las agita me conmueve. Algunas, por su mayor belleza, llegaron a impresionarme excepcionalmente, y al acercarme a la estación donde estaban pensaba más en ellas. Todavía recuerdo a “la muchacha del lunar”, en Cercedilla; y a “la niña rubia”, de Venta de Baños...
Otra silueta que perdura en mi memoria es la de un preso a quien dos guardias civiles conducían esposado. Los curiosos le miraban ávidos: era “uno”, que se iba, que se lo llevaban, como a los muertos; “uno” que nadie volvería a ver... El, humillado, bajaba la frente. Los guardias, graves como sepultureros, y como éstos avezados a sacar de las ciudades lo nocivo, lo podrido, lo inútil, le seguían impasibles. Le vi subir a un coche de “tercera” y supe que le llevaban a la cárcel de Valladolid. Me impresionó la reconcentrada expresión de dolor, de vencimiento, de cólera estéril, de aquel hombre, y durante todo el camino pensé en él; en el bárbaro contraste entre sus muñecas esclavizadas y la emoción de libertad que sugiere la carrera de un tren.
Día por día la llaneza—no deliberada, sino espontánea—de mi carácter, me granjeaba afectos mejores entre mis compañeros. Las paradas largas, en vez de irritarme como antaño, me complacían, y supe hallar interesante la conversación de los “tercera”, y aun de los “mercancías”, porque hablándome de sus trabajos me informaban de particularidades nuevas para mí.
De este modo acabé por volver a sentirme feliz, con ese bienestar sólido que no es inocencia ni ceguera, sino razonamiento y equilibrio, y entonces reconocí que el secreto de la felicidad está en ser alegre y en amarlo todo.