XII

Como los trasatlánticos—según dicen—la vida ferroviaria, en sus distintos aspectos, brinda al observador exposiciones magníficas de caracteres y excelentes muestrarios de tipos. Yo miro constantemente fuera y dentro de mí, y conforme mi perspicacia se asotila, veo multiplicarse las figuras y vestirse de importancia cosas y hechos que antaño estimé baladíes. A mi alrededor el mundo me parece, simultáneamente, más sencillo en su esencia, y en su aspecto más polifacético, vario y heterogéneo: donde antes no distinguía nada o muy poco, ahora percibo mucho: una atención bien disciplinada vale un microscopio.

Entre las emociones que primero llegaron a mí, he consignado la que me produjeron los discos blancos, verdes y rojos, en la obscuridad de la noche; en cambio, en los banderines, de iguales colores, de los guardabarreras, no reparé hasta mucho después, quizás porque de día, bajo el imperio analéptico del sol, el peligro asusta menos. Luego reconocí mi injusticia, mi ingratitud, hacia esos empleados obscuros que, con calor, con frío o con lluvia, a la hora bochornosa de la siesta, en Castilla, y entre las nieves de las madrugadas cántabras, aguardan el paso de los trenes y con su banderín—como el espada con su muleta—parecen engañar a la Muerte y apartarla de nuestro camino. ¡Cuántas veces, en las noches de niebla, la locomotora marchaba despacio y pitando, y los vagones, empavorecidos, nos estrechábamos unos a otros, cuando, de súbito, la bandera blanca de un guardabarrera nos devolvió a todos la serenidad!... ¡Y cuántas veces también, en uno de esos momentos en que el sueño o la excesiva confianza parecen vendarle los ojos al maquinista, un banderín rojo nos atajó y detuvo a pocos metros del desastre!...

De ciertos guardabarreras me acuerdo como si les tuviese delante: cerca de Burgos había un mocetón de barbas mal rapadas y pelambrera intonsa, que nos miraba foscamente; parecía aborrecernos y cargarnos de maldiciones, y, sin embargo, sus banderines siempre nos fueron propicios. Había un cojo que parecía conocernos, pues nos sonreía a todos: a los Hermanos Sommier, al Misántropo, a Doña Catástrofe, a mí..., y su sonrisa era tan alegre como lo que su bandera blanca prometía. Hasta que una tarde en que—con razón—su banderín rojo mandó parar el expreso—vimos que también sonreía—, y desde entonces su placidez dejó de inspirarnos confianza. Tampoco he olvidado a una pobre mujer, parva y gorda, que vigilaba el paso a nivel de una carretera, cerca de Dueñas, y que siempre estaba embarazada...

De los tipos que yo llamo “de casa”—me refiero a los empleados que ambulan con nosotros—el principal, el más pintoresco, es el interventor.

A los interventores les debo muchos ratos deliciosos de hilaridad. Un buen interventor es, exactamente, lo contrario de un despertador: porque éste despierta al dormido cuando debe, y aquél cuando menos debiera hacerlo. Cien veces fuí testigo de la siguiente escena:

Empieza la noche y todos los viajeros duermen; ¡todos... menos uno!... Este infeliz está fatigadísimo, se cae de sueño, los huesos doloridos se le derrumban, y, sin embargo, sus ojos se niegan absolutamente a cerrarse. ¿Qué puede desvelarle así? ¿Algún remordimiento, tal vez... alguna ambición? No: mi sensibilidad me coloca muy cerca de él, y reconozco su alma limpia, blanca: no padece de celos, no teme nada, sus negocios marchan bien... Su única preocupación es descansar; ¡y no lo consigue!... Acaso, por obra de esos raros magnetismos a que las personas son tan accesibles, es, precisamente, la beatitud con que los demás pasajeros duermen y roncan, lo que a él le conserva tan despabilado...

A mí, que nací compasivo, su tortura me enternece: el compartimiento está a obscuras y en la sombra el desvelado suspira y roe maldiciones. Por mucho que rebusco, no comprendo su nerviosidad: la temperatura es buena, el asiento blando, nada cruje dentro de mí, freno sin ruido y tengo un rodar suave que no pierdo ni aun en los máximos arrebatos de velocidad. Mi huésped, sin embargo, continúa sin hallar aquella actitud grata que, poco a poco, ha de encalmarle. Su espíritu está lleno de luz; es como si dentro del cráneo se le hubiese quedado olvidado un rayo de sol. Monótonamente transcurre una hora. El insomne, la cabeza en la almohada y el cuerpo medio caído sobre el codo derecho, continúa llamando al sueño: pasan unos minutos, no logra su deseo y muda de actitud. Ahora es el codo izquierdo el que le sustenta: una mano se le ha enfriado y la mete en un bolsillo; el cuello le molesta y lo desabotona; le hormiguean las piernas; se le entumece un brazo; una bota le oprime: con objeto de olvidar estas importunidades, ora se alarga en su asiento, ya se recoge... De pronto siente—¡oh, alegría!—que los párpados empiezan a pesarle; sus esfuerzos van a ser recompensados; al fin, sigiloso, astuto, lentamente el duende divino del sueño se acerca. El viajero abre la boca, sus articulaciones y sus músculos se aflojan, y por instantes el traqueteo de mis ruedas le parece más lejano; todo se esfuma; la conciencia va apagando sus luminarias; ya sólo arde una luz, la más pequeña... y cuando este último fulgor se extinga, el espíritu dulcísimamente, se inmergerá en la sombra...

Y es entonces, en ese momento de indescriptible beatitud, cuando el viajero siente que le tocan en un brazo, y una voz que dice, con cierta impaciencia:

—¡Caballero... chist, caballero!... ¡El billete!...

Es el interventor. Este hecho se repite varias veces todas las noches. El interventor nunca aparecerá cuando el viajero está despierto, ni mucho después de haberse dormido, sino en el mismo divino instante de dormirse; con precisión tal, con exactitud tan estricta, que he llegado a sospecharles movidos por un mecanismo de relojería.

Habitualmente los viajeros reciben al inspector sin protesta; quizás algún viajante de comercio refunfuñe algo, pero sin excederse. Los pasajeros temibles son los pusilánimes—futuros enfermos, quizás, de delirio persecutorio—que, al subir a un tren, siempre lo hacen con el miedo a ser robados. Uno de éstos, en el trayecto de Palencia a Sahagún, no reconoció al interventor que le despertaba, y creyendo habérselas con un ladrón abalanzóse sobre él y de un puñetazo le partió la nariz. Los interventores, que ya conocen estas historias, van prevenidos.

Respecto de los viajeros hay mucho que escribir. Desde luego—y antes de entrometernos en particularidades—deben dividirse en dos grandes grupos; a saber: viajeros que “pagan billete”, y viajeros que “no pagan”. Pertenecen al primero el pasaje de “tercera” y de “segunda” clase; el menos atendido, precisamente; y al segundo, los señores de “primera”, para quienes, no obstante, son todos los respetos y flexibilidades de los empleados del convoy. La costumbre de viajar de balde en los ferrocarriles es tan antigua que constituye una especie de “lugar común” en la biografía de toda persona de cierto prestigio, al extremo de que pagar es casi una demostración de insignificancia. Yo lo observo: cuando llega la revisión de billetes, este viajero presentará un papel amarillo; aquél, un pase de color encarnado; otro, un “carnet” azul, o verde, o gris... cual si en cada uno de los siete colores del espectro hubiese una razón para no pagar. Y tan es así, que si el revisor tropieza—por casualidad rarísima—con un billete “entero”, apenas si podrá abstenerse de mirar a su dueño con una expresión hecha de desdén y de asombro, como diciéndole:

—¿Por qué se deja usted robar por las Compañías? ¿No le da a usted lástima tirar su dinero?...

He llegado a adquirir un conocimiento tan inmediato y justo de las personas, que, a poco de conocerlas, ya sé en qué categoría debo incluirlas. Las figuras rebeldes, las dueñas de una fuerte personalidad, escasean; algunas, muy pocas, viajaron conmigo; pero la mayoría de los tipos—no en cuanto tienen de epidérmico o formal, sino en lo substantivo—se parecen unos a otros asombrosamente, y son de muy fácil clasificación.

Entre las mujeres honestas—vayan solas o acompañadas—sólo admito dos tipos: las desenvueltas, que no parecen preocuparse de nadie, y acaso abusen de las cortesías debidas a su sexo para expugnar un asiento cómodo; y las tímidas, que no hablan con nadie, ni se atreven a cruzar las piernas, si están cansadas, ni son capaces de ir al cuarto-tocador si no es de madrugada y cuando suponen que nadie ha de verlas.

A los hombres su libertad les hace más variados y pintorescos.

Empezaré esta rápida enumeración por el viajero “madrugador”. Es un tipo que sólo existe en las estaciones de donde arranca el tren, en las llamadas “de cabeza de línea”, y es el primero que sube al convoy. La idea de pasar cómodamente la noche le obsesiona. Como los vagones aún están vacíos los recorre todos, buscando el mejor asiento: va, vuelve, tantea la solidez de las redecillas para equipajes, examina si las ventanillas cierran bien, palpa las colchonetas, se fatiga, se ensucia las manos... y, al fin, elige sitio. En seguida y para que los viajeros que lleguen después crean todo aquel compartimiento ocupado, empieza a repartir sus trebejos: aquí dejará un libro y un par de guantes; allí, la almohada y un gabán; acullá, una maleta... Luego se sienta, mira su reloj y reconoce con melancolía que todavía faltan cincuenta minutos para la salida del tren. De todos modos, no se arrepiente de haber corrido tanto; cree que la Suerte favorece a “los madrugadores”, y la idea de viajar solo le encanta: es un ingenuo. Poco a poco el andén se anima, el público afluye. A la vez todas las luces del convoy acaban de encenderse, y “el madrugador” experimenta la inquietud del fugitivo que se cree descubierto. En la puerta del compartimiento surge un viajero a quien aquellos objetos diseminados teatralmente no parecen intimidar.

—Caballero—pregunta—, ¿son de usted este libro y estos guantes?...

“El madrugador” no se atreve a mentir.

—Sí, señor.

Y, solícito, acude a recoger sus guantes y sus libros. El recién llegado saluda, sonríe y se instala.

A los pocos instantes aparece un tercer viajero; desde el pasillo observa y adivina que aquellos asientos van desocupados. Indaga:

—¿A quién de ustedes pertenece esta maleta?

“El madrugador”, que, esquivando aclaraciones, se había asomado a una ventanilla, se ve constreñido a volver la cabeza.

—Es mía, caballero—responde ruborizándose.

Y la retira. Así, una tras otra, todas las plazas se ocupan. “El madrugador” ha perdido su tiempo.

La idiosincrasia del viajero “soñoliento” es otra. A él no le importa que sus compañeros de viaje sean pocos o muchos, ni que haya mujeres. Nunca compra periódicos, y, por lo mismo, le tiene sin cuidado que las luces de su compartimiento alumbren mal. ¡Ni siquiera ha preguntado si el tren lleva coche-comedor! El viajero “soñoliento” no habla con nadie, y cualquier sitio lo estima bueno. Su única preocupación es dormir, quizás para que el viaje le parezca más corto. Aunque le empujen, aunque le pisen, no dirá nada; abrirá los ojos un momento y volverá a cerrarlos. Al principio de la noche, “el viajero soñoliento” ocupará un asiento; luego—si le dejan—ocupará dos; y, a la madrugada, tres. El sueño tiene en él una especie de virtud expansiva...

Tengo observado que, en ferrocarril, los hombres de mundo se apartan de las mujeres; ellos sabrán por qué: parece que, todo lo que tienen de deliciosas en el hogar, lo tienen en los viajes de molestas...

El viajero “galante”, pese a su experiencia, no puede vivir sin ellas, y las busca. Este tipo, marcadamente español, antes de sentarse recorrerá el convoy, y allí donde encuentre una señora bonita y que vaya sola, procurará instalarse. Seguidamente buscará el medio de hablarla: con esta intención la ofrecerá un periódico, o solicitará su permiso para encender un cigarrillo. Tratándose de una aventurera todo marchará bien, pues los caminos que a ellas guían son llanos y cortos; pero si la solicitada no es de las de “la cáscara amarga”, sino de las recatadas al par que inteligentes y acostumbradas a viajar, el seductor lleva el pleito perdido, al menos durante el curso de aquella primera entrevista. Generalmente los propósitos del galán y los de la perseguida, caminan encontrados: él querrá leer, y ella, ladinamente, se manifestará cansada y con deseos de apagar la luz; él intentará fumar, y ella, sin prohibírselo, pero con discretos tosiqueos, le obligará a tirar el cigarrillo. Si la temporada es la de verano, es posible que él tenga calor, pero acaso ella, ya de madrugada, se queje de frío, en cuyo caso el viajero “galante” se apresurará—en tanto se restaña el sudor—a cerrar las ventanillas. Si por el contrario la noche es de invierno, él, generosamente, ofrecerá a la dama su manta para que se abrigue mejor, y aun su almohada; y, con objeto de que repose más cómodamente, se aislará en un rincón, sin otro consuelo que el muy limitado de mirarla los pies. Y así, mordido inútilmente por los cortantes dientecillos de la tentación, sin fumar, sin dormir, sin dónde apoyar la cabeza y a obscuras, irán a saludarle las claridades prístinas del amanecer. Mas no haya miedo de que el viajero “galante” escarmiente; un éxito mediocre bastará a aliviarle de cien descalabros, y siempre, no bien la rosada aventura asome, incorregible volverá a empezar.

Con estos tiquismiquis y perfiles yo me divierto, y, al par, me instruyo mucho. En la intimidad de un viaje largo, aun los espíritus más herméticos llegan a descubrirse un poco. La desocupación de tantas horas les mueve a buscar consuelo en el diálogo; el fastidio les expone a decir palabras indiscretas, y, en un rapto de distracción o de abulia, el cansancio físico suele obligarles a cometer incorrecciones de actitud.

Personas vi que, tras una noche en ferrocarril, se manifestaban tan ecuánimes y amables como cuando subieron al vagón. Pero éstas son minoría. La descuidada mayoría no tarda en sufrir la necesidad, algo grotesca, de disponerse cómodamente: éste se aflojará el cinturón, aquél se quitará el cuello de la camisa, un tercero cometerá la grosería de descalzarse... ¡Lo que más odio!...

“Lo importante es ir a gusto”—discurre cada cual.

En esta prolija galería de siluetas—cómicas casi siempre—que me frecuentan, nunca falta “el señor que ronca”; al cual no debemos confundir con “el soñoliento”, ya presentado.

En un departamento hay seis personas, de las cuales dos, por hallarse en el centro y faltarles un ángulo cómodo sobre qué apoyarse, pasarán la noche moviendo la cabeza de atrás a adelante, o de izquierda a derecha. La expresión de estos movimientos responderá al temperamento de cada sujeto: los optimistas y bondadosos se manifestarán propicios a todo: “Sí... sí... sí...” En cambio, los pesimistas protestarán continuamente: “No... no... no...”

De mis huéspedes, uno es viejo y tiene bigote rubio; aquél es joven y luce una hermosa barba negra: de los dos caballeros sentados junto a las ventanillas, el colocado de espaldas a la máquina es muy delgado, y el otro muy gordo. Cada cual busca un medio de distracción: quién lee una novela, quién desdobla un periódico, quién se abisma en las páginas, repletas de nombres y de números impresos en caracteres microscópicos, de una Guía. A intervalos se observan recíprocamente, y, según transcurre el tiempo, parece envolverles una atmósfera de confianza mutua. Casi a la vez, todos han pensado:

“¡Lástima que seamos tantos! Si, en lugar de seis, fuésemos cuatro, podríamos acostarnos y dormir un poco”...

Gradualmente la lectura les cansa y los periódicos van quedando arrugados sobre las rodillas; algunos, con el trepidar del convoy, resbalan hasta el suelo.

De pronto uno de los dos señores que ocupan el comedio del compartimiento, es decir, el lugar más incómodo, el más ingrato, empieza a roncar. ¿Es posible? Momentos antes le vi apoyar la barbilla sobre el nudo de su corbata, e inmediatamente, sin transición ninguna, su respiración hízose sonora. Al principio, creí haber oído mal:

“Pero... ¿se ha dormido?...”—me pregunto.

Sí, duerme, no cabe duda; y, por instantes, el aire que absorbe y devuelve por boca y nariz, reafirma y complica su polifonía.

El pueblo, con su exacta agudeza y donoso humor proverbiales, señala en el roncar tres tiempos. En el primero—dice—“se sopla”; en el segundo, “se suspira”; en el tercero, “se pide pan”.

El viajero de que hablo marca estos tres tiempos exactamente. Comenzó soplando con el soplar lento, suave, indispensable para apagar una cerilla. A esta espiración apacible sucede luego un suspiro plácido: “¡aj!”... Finalmente, sus labios, juntándose y separándose cadenciosamente, como si saboreasen algo, piden “pan”... Después vuelve a soplar.

El rostro caído hacia adelante, la gorra o el sombrero ladeados, y las manos gordezuelas cruzadas sobre el vientre redondo, “el señor que ronca” repite beatífico:

—“¡Fu... aj... pan!... ¡Fu... aj... pan!...”

Los demás viajeros le miran sorprendidos, y a poco este asombro se convierte en envidia, y luego en antipatía, en odio... Evidentemente les molesta que, hallándose todos despabilados, alguien duerma así: aquel roncar tranquilo implica una superioridad, y es una ofensa a sus ojos insomnes. El despecho les impulsa a pensar en voz alta. Uno comenta, con irritación sorda:

—¡Qué atrocidad! Tiene una garganta que parece un serrucho. ¡Vaya un modo insolente de dormir!...

Otro responde:

—Para ser así es necesario carecer de sensibilidad. Yo, en el tren, no puedo cerrar los ojos.

—Ni yo.

El joven de la barba negra añade:

—Pues, como no despierte, vamos a pasar la noche en el Purgatorio. Es de los que duermen y no dejan dormir a nadie. ¡Qué falta de educación!...

Ajeno a cuanto de él murmuran, el durmiente prosigue feliz:

—“¡Fu... aj... pan!...”

Llegamos a una estación, y mis huéspedes creen que el movimiento brusco con que me he detenido despertará al roncador. ¡Mentirosa esperanza! En el profundo silencio de la parada sus ronquidos se oyen mejor. Ni las trepidaciones, ni el frío, le vencen. El señor delgado tiene un mal pensamiento:

—¿Y si abriésemos la ventanilla? Quizás una corriente de aire acabase con él...

Los circunstantes sonríen aprobadores, pero no se atreven; sería demasiado... El tren reanuda su correr crepitante, y “el señor que ronca”, privado de punto de apoyo, se estremece sobre sí mismo como un pelele: tiembla la prominencia adiposa de su vientre; tiemblan sus brazos, ahora inertes; y su cabeza, que no pierde el equilibrio, afirma... niega... duda... ¡Creeríasela colocada en un alambre!...

A la mañana siguiente, ya bien entrado el día, despierta y sus ojos miran asombrados a su alrededor. Su despertar es afectuoso y comunicativo. Bosteza, sonríe...

—Afortunadamente—exclama—ha pasado la noche. ¿Han descansado ustedes?...

Nadie contesta; pero los semblantes amustiados, las miradas sin brillo, de sus oyentes, dicen lo contrario.

—¿Ah?—prosigue—. ¡Caramba!... Yo tampoco he dormido.

El viajero delgado, y el gordo, y el anciano del bigote rubio, y el joven de la barba negra... le miran iracundos, y cada cual echa de menos su revólver. Hay descaros que deben replicarse a tiros.

Como en contraposición “al señor que ronca”, existe otro tipo que nunca falta tampoco, y es “el señor que no duerme”. Pero su figura—al revés de la otra—dice distinción, aristocracia, soberanía...

Dos minutos antes de arrancar el tren, cuando creía que ya nadie subiría a mí, llega un caballero. Es amable sin pecar de risueño, grave sin adustez.

—Buenas noches—murmura.

Coloca en la red su bagaje: un maletín, una sombrerera y un paraguas, todo muy pulcro y nuevecito, y para acomodarse no elige sitio, sino que acepta el más próximo. En seguida desdobla una buena manta a cuadros escoceses, con la que se envuelve las piernas y el cuerpo hasta la cintura, y se sienta erguido, los pies juntos y cruzadas las manos sobre el abdomen. Representa cincuenta años, talla mediana; el cabello y el bigote enteramente blancos; color pálido, perfil aguileño; la barbilla, limpiamente delineada, descubre voluntad. Tipo militar, en fin, de comandante para arriba. Sombrero hongo bien encajado sobre las negras cejas, de manera que no pueda torcerse a un lado ni a otro; gabán azul, muy cepillado; guantes de ante amarillo; el cuello de la camisa, blanquísimo, brilla a la luz.

Aquel hombre, de una impasibilidad atormentadora, no lee ni fuma: sus pupilas vivaces miran al espacio, examinan a los viajeros y, a intervalos, se detienen en mí. A su curiosidad distraída la mía responde. Más de una hora hace que estamos juntos, y todavía sus pies no se han movido, y los pliegues que, al sentarse, formó la manta con que se calienta, duran aún. Solamente la disposición de sus manos ha cambiado: la izquierda, que se hallaba debajo de la derecha, ahora está encima.

Poco a poco mis inquilinos se animan a charlar, y la conversación se generaliza: hablan mal de España, tópico malsano inevitable entre españoles, y el humo de los cigarrillos azulea el ambiente. Hay risas, interjecciones. Unicamente el caballero del nevado bigote permanece serio, callado y sin fumar, y su hermetismo envuelve un reproche. Súbitamente la parla cesa, y, bajo las primeras insinuaciones del sueño, cada quisque busca una actitud cómoda. Este hunde su cabeza en una almohada mientras ahoga un bostezo; aquél se arrebuja en su gabán; quién se cala mejor la gorra para quitarse de los ojos la luz; la euritmia se pierde...

Unicamente “el señor que no duerme” no se ha estremecido: tan sólo el orden de sus manos ha vuelto a cambiar: la diestra cubre a la otra. Nada parece molestarle: ni la rigidez de su cuello almidonado, ni el pertinaz temblequeo de mi caminar, ni la probable dureza del asiento. Con las alas, casi horizontales, de su sombrero hongo, colocado a plomo, su espíritu vertical parece dibujar una cruz. El celoso atildamiento de su indumentaria dice pulcritud: es limpio, es rígido, como una camisa de frac. Planchado no estaría mejor.

A mí mismo, tan avezado a conocer gentes, este viajero-tipo me inspira una admiración de la que participan los demás pasajeros. El caballero que está a su lado le interroga amablemente.

—Desearía tenderme un rato. ¿Le molesto a usted si coloco los pies sobre el asiento?

—De ninguna manera.

—¿No quiere usted acostarse? Podemos acomodarnos los dos muy bien.

—Muchas gracias.

Le ofrece un periódico:

—Si desea usted leer...

—Tampoco; gracias.

—¿Usted no duerme cuando viaja?

—Nunca.

Otro señor, que acaba de abrocharse las orejeras de su gorra debajo de la barba, le pregunta:

—¿Tiene usted inconveniente en que apaguemos la luz?

—Ninguno.

No se habla más, y el compartimiento se anega en tinieblas. La obscuridad, sin embargo, no es completa, y en la penumbra, aunque densa, veo fulgurar obstinados, implacables, los ojos “del señor que no duerme”. Aquellos ojos sin misericordia resisten al sueño, al silencio, al emperezamiento del monorrítmico tremar de mi marcha; y, lo más prodigioso: resisten a la terrible adormidera de la obscuridad. Nada les aflige. Pupilas inquisitivas, pupilas policíacas, ¿cómo podéis vencer a la sombra?... Pasa una hora, pasan dos: son las cinco de la madrugada y los ojos vigilantes, semejantes “al ojo de Dios”, de aquel hombre, permanecen abiertos.

A la mañana siguiente, bajo la luz solar que a raudales ufanos incendia mis cristales, los viajeros sacuden su sueño, se desperezan y comienzan a corregir el desaliño de sus trajes. Este recoge del suelo su cuello y su corbata; otro tiene alborotado el pelo, y la camisa le asoma por entre el chaleco y el pantalón...

Para ejemplo y vergüenza de todos, “el señor que no duerme” está según le conocieron la víspera. Catorce o diez y seis horas de viaje no descompusieron en una tilde el equilibrio severísimo de su individuo. Aquel éxodo penoso ha sido para su cuerpo lapidario, dulce y fácil como un paseo en tranvía.

Hemos llegado a la estación terminal, y mis huéspedes se apresuran a cerrar sus maletas. “El señor que no duerme” es el primero en dejarme: en un santiamén ha doblado su manta y recogido su maletín, su sombrerera y su paraguas.

—Buenos días—dice.

Y sale. Ni una mancha, ni una arruga lleva: el pantalón sin rodilleras, los puños limpios, intacto el lazo de la corbata, el sombrero a plomo...

¡Como si fuera a retratarse!...

XIII

Los individuos que en el anterior capítulo procuré describir, son “fundamentales” y les tropezamos en todos los viajes, como si la naturaleza conservase sus arquetipos o prototipos y hubiese obtenido de ellos millares de reproducciones que después repartió por los incontables caminos del mundo. Según dije, el elemento físico o plástico de estos perfiles, puede variar—y varía—hasta lo infinito: el viajero “galante”, el “madrugador”, “el señor que no duerme”... serán gruesos o delgados, boquirrubios o carinegros, viejos o jóvenes: esto, lo accidental, no tiene importancia: lo inmutable, lo que en ellos resurge inflexible, es su carácter, su personalidad arcana o espiritual, que ni ceja, ni se entibia, ni se curva.

Pero al lado de estas siluetas con rasgos manifiestos “de familia”, aparecen “los raros”, que por serlo escasean; las almas díscolas, las voluntades inadaptables que, al pasar, lo hacen irradiando a su alrededor un poco de inquietud. En ellos su misma vida interior, rotunda y férvida, les impone una cara “suya”, pues ya sabemos que el rostro es la tribuna adonde el alma se sube a hablar, y el púlpito es, casi siempre, espejo del orador. “El raro”, de consiguiente, impresionará, verbigracia, por su manera de mirar—aunque ni el tamaño ni el color de sus ojos sean extraordinarios—; por su modo de peinarse, de vestir, de cortar las páginas del libro que se dispone a leer; ¡por algo, en fin, undivago y filante, que le es privativo! Justamente su simpatía, el interés que despierta, provienen de ahí.

Yo he conocido a uno de esos “sobresaltados”, guerrilleros del amor y de la vida que permanecen al margen de las rutinas sociales y aun en las afueras del Código. Una mujer le perdió, y como muchas veces, en el espacio de tres años, viajó conmigo, y le sentí pensar y llorar, y tuve ocasiones de leer las cartas que ella y él se escribían, puedo decir que asistí a sus últimos momentos.

Fluctuaba su edad entre los veintiocho y los treinta años, y tenía—más tarde lo supe—un nombre españolísimo; un nombre trisílabo, grave y heroico, que sonaba a Romancero: se llamaba Rodrigo. Era de estatura mediocre y cenceño, pero vigoroso, a juzgarle por lo mucho que decían de su fuerza sus manos fibrosas y velludas, y la muy suelta agilidad de sus movimientos. Su semblante, cobrizo y aguileño, parecía el de un árabe, mientras el bigote rubio, de guías levantadas, y los grandes ojos verdes, muy diáfanos, eran holandeses; y de esta antítesis de rasgos provenía la llamativa originalidad de su rostro. La tez obscura acendraba la claridad de la mirada y la blancura de los dientes, que con su luz y en igual medida intensificaban el cobre de su piel. Había, pues, en él, dentro de una perfecta armonía, una magnífica contradicción de razas.

Residía don Rodrigo en la ciudad de Valladolid, y la noche—la madrugada, mejor dicho—en que le conocí, su figura, no bien apareció en el andén, sujetó mi atención. Había pocos viajeros. Le vi acercarse seguido del mozo que llevaba su equipaje, y subir a uno de los compartimientos de “primera clase” de Dos-Caras, que marchaba delante de mí: mas la intimidad del anciano vagón, tantas veces reparado, no debió de complacerle, por cuanto no tardó en apearse y venirse conmigo. Desde entonces don Rodrigo, siempre que esperaba el paso de mi “correo”, bien por ser yo el coche mejor del tren, o por obra de esa atracción que los objetos inanimados ejercemos sobre las personas que nos son gratas—y de la que ya he hablado—me prefería a mí.

En aquel nuestro primer encuentro, antes que la discreta elegancia y porte galán de mi huésped, fué la extremada agitación de su espíritu lo que me cautivó. La casualidad quiso que en el departamento por él elegido no hubiese nadie, y en la soledad su ánimo se descubría mejor. Merced a esta compleja sensibilidad mía que—según en otro capítulo queda explicado—es abreviatura de los cinco sentidos corporales del hombre, yo, simultáneamente, veía a don Rodrigo y le oía, y como la piel percibe el calor, de igual manera sus ideas y deseos, según iban produciéndose, llegaban a mí. Yo—no creo ocioso repetirlo—, a las personas que están quietas y piensan fuertemente, las comprendo mejor que si hablasen, porque su inmovilidad y su silencio, que en cierto modo las transforman en cosas inanimadas—para decirlo con las palabras que emplearía un mortal—las acerca a mi modo de ser.

Don Rodrigo iba en busca de su amante, a La Coruña. Se llamaba Raquel, y en la imaginación del enamorado la silueta de la mujer aparecía o se difuminaba, cual en virtud de una especie de sístole y diástole, de su memoria. La cabeza, especialmente, se precisaba nítidamente: tenía noguerados los cabellos, la boca recogida y los ojos negros y ustorios de las grandes sensuales. También se acusaba claramente una mano, la izquierda, en cuyos dedos soñaba una esmeralda y maldecía un rubí. Alternativamente aquella mano y aquel rostro continuaban ocultándose, o resurgían maravillosamente, como las imágenes en los “baños” de los fotógrafos.

Don Rodrigo pensaba... sin cesar pensaba, pero su pensar era rudimentario, esquemático, y unas cuantas palabras, muy pocas, lo reasumían. Yo las veía cruzar por el espíritu fervoroso del meditabundo: pasaban encendidas, quemantes como llamas, y semejantes a los caballitos de un Tío-Vivo parecían dar vueltas: se iban, volvían, tornaban a marcharse para resucitar en seguida obstinadas, imperiosas, alucinantes... A veces eran inconexas, a ratos hilvanaban frases, sílaba tras sílaba; parecían anuncios luminosos. Decían: “Raquel...” “Voy a verte...” “Raquel, tus labios tienen el dulzor de la vida, y tus ojos el color de la muerte...” “Raquel...” “Tus cabellos...” “Tus manos...” “¿Recibiste mi telegrama?...” “¿Sí?...” “Estarás aguardándome, como siempre, en la estación...” “Raquel...” “Yo, para verte antes, iré bien asomado a la ventanilla...” “Te abrazaré...” “¡Oh, mi carne de seda!...”

A intervalos, el amador, absorto, sonreía a ciertas ideas, y según su atención se detenía en una o en otra, la imagen correspondiente florecía como bañada en una luz milagrosa. Yo le acompañaba en aquel seguido y calenturiento imaginar, y contagiado de su impaciencia casi llegué a gozar y a sufrir con él. Dijo: “Estarás aguardándome...” y vi aparecer una mujer, de porte distinguido, envuelta en pieles. Dijo: “Tus labios...” y vi una boca encendida como un corazón. Dijo: “Tus nalgas...” y vi pasar una ola de carne rosada. Dijo: “Tus ojos...” y pensé que me hundía en un túnel...

Impaciente, don Rodrigo se levantó y salió al pasillo. Allí, ante aquel amanecer frío y perezoso de febrero, volvió a meditar en Raquel. Era feliz porque iban a estar juntos; de súbito se entristeció considerando que, más adelante, volverían a separarse. Luego pensó en la separación definitiva, en el viaje sin regreso de la muerte.

Miró al paisaje neblinoso, y sus miradas se detuvieron en un árbol. Instantáneamente se quedó triste. “Un día—suspiró—me bajarán a la tierra dentro de una caja. ¿Habré visto... estaré viendo ahora... el árbol cuya madera sirva para hacer mi ataúd? Porque es indudable que existe ya ese árbol, destinado a pudrirse conmigo. Y, cuando yo expire, de todas las palabras que conozco y de que me sirvo a diario, ¿cuál será la última que pronuncie?... ¡Parece imposible que los hombres sean tan vulgares que nunca reflexionen en esto...!”

Volvió a sentarse y mientras prendía un cigarrillo, sus ojos verdegay me examinaron. Me halló confortable.

—Es buen coche—dijo.

Casi al mismo tiempo, exclamó dándose una palmada sobre la rodilla:

—¡Vamos muy despacio!

Y a continuación recordó a Raquel; y al imaginársela lo hizo empezando por lo que de ella más le arrebataba. “Sus ojos...” “Sus cabellos...” “Sus labios...” “Sus manos...” De los labios pasaba, indefectiblemente, a las manos; y de las manos, a las caderas; en el seno pensaba pocas veces, y advertí que siempre, al recomponer la imagen de la Amada, seguía el mismo orden.

Cuando llegamos a la estación coruñesa, entre el centenar de personas que esperaban al “correo” vi una mujer de razonable estatura y bien sembrada, ojinegra; arrebujada en una capa de pieles. Una franca risa juvenil bañaba su rostro en luz.—“Raquel”—pensé. Antes de que el tren se detuviese, don Rodrigo saltó al andén y corrió a abrazarla, y yo vi cómo bajo la presión convulsiva de sus brazos, el talle doblegadizo de la Deseada ondulaba y cedía. Se besaron. Luego, apoyados el uno contra el otro, sin dejar de mirarse, se alejaron buscando la salida.

De todo esto hablé con Dos-Caras, que les conocía y me proporcionó algunos informes: por razones que mi compañero no supo darme, vivían separados; él en Valladolid, y ella en La Coruña, pero se reunían con mucha frecuencia, tan pronto en una ciudad como en otra.

—Son antiguos “clientes” míos—continuó Dos-Caras—; quiero decir, que ambos han viajado mucho conmigo, pues si ella no va a buscarle es porque él viene.

Me pareció adivinar en sus palabras un dejo despectivo que no me sorprendió, pues el viejo Dos-Caras aceptaba “a ruedas prietas” todas las ordenanzas de la moral corriente. Acaso también hablaban en él los celos y el despecho de ver que “sus clientes”—como él les llamaba—le dejaban por mí.

—Hace más de un año—dijo—que ambos se quieren. ¡Bah, ya se cansarán!... Ninguna de esas uniones libres duran; unas veces por culpa de ellas, otras por culpa de ellos. El matrimonio es lo único capaz de impedir que las mujeres y los hombres se separen. Por eso toda mujer que se marcha a vivir con un hombre, sin estar casada con él, es una tía.

Esta afirmación mezquina y unilateral, me desazonó; expresaba una intransigencia irritante.

—¡Calla, bárbaro!—le grité—: bien se advierte que te fabricaron con maderas de Castilla, y que en ellas esta tierra nuestra, tan dura—tierra de inquisidores—, infiltró su crueldad.

Dos-Caras mantuvo su opinión: solamente en las mujeres casadas puede haber amor; en “las otras”, en las amancebadas, no existe cariño; es interés, es vicio, lo que hay... Consiguió indignarme y me lancé a sustentar mi criterio con brioso ardimiento. En la lotería social, el matrimonio es “un premio” que, por concederlo la suerte y no la lógica, no acredita mérito ninguno en quien lo recibe. Hay aventureras que nacieron para tener un hogar, y señoras casadas con alma de perdidas.

—Mientras los hombres—proseguí—acaparen todos los empleos; mientras dispongan del dinero, llave de la vida; mientras impidan a sus compañeras ilustrarse, trabajar, desenvolverse; mientras “las conviden”...—¡palabra odiosa!—el amor, ejercítese a espaldas de la Ley o bajo su amparo, será para las pobres mujeres “un negocio”, una sucia operación de compraventa. Los hombres, egoístas, terriblemente egoístas, tienen agarradas a sus víctimas por el estómago. “Si sois nuestras—dicen—nosotros os vestiremos y os proporcionaremos alimentos; de lo contrario, moriréis de hambre.” Y “ellas” aceptan. El problema amoroso, de consiguiente, es, en su esencia, un pavoroso problema económico. La mujer que no ama, o que no se presta al amor, no come. ¡Y precisa comer! Las menos exigentes—con cariño o sin él—se entregan libremente; se venden al fiado; las más previsoras o las más afortunadas, piden mucho más: piden el matrimonio que, en caso necesario, las ayudará a exigir indemnizaciones; las que se casan “venden al contado”, porque la firma del marido representa dinero. Pero todas, solteras y casadas, se venden; esclavas del ambiente profundamente inmoral que las oprime y condena a convertir el lecho en oficina o mostrador, todas—¡y bien a pesar suyo!—llevan su porvenir en aquella parte del cuerpo sobre que se sientan...

Con estas exaltadas aseveraciones Dos-Caras se incomodó en términos que, perdiendo su ecuanimidad, me dijo palabras muy desagradables; redargüíle yo con pareja insolencia, y hubiésemos ido muy adelante en nuestro disgusto a no intervenir el “segunda” que rodaba detrás de mí y que, con frases amables y dichetes de feliz humor, acertó a reconciliarnos. Yo fuí quien primero aflojó el ceño.

—De hoy en adelante—exclamé—no volveremos a discutir: ¿para qué, si no habíamos de entendernos?... ¡Allá cada cual en su casa y con su opinión! Yo, aunque noble, soy un poco disolvente: me gustan los amores libres y los ladrones.

—Y a mí—replicó Dos-Caras—que soy tradicionalista, me gusta el matrimonio y la Guardia Civil.

Dos semanas después, una noche, Raquel y don Rodrigo reaparecieron. Iban a Valladolid. Ella hizo ademán de subir a Dos-Caras; él la detuvo; con un gesto me señalaba.

—Aquí iremos mejor—dijo—; es el vagón en que realicé mi último viaje.

Ella consintió en seguida con simpática vivacidad, y yo me estremecí satisfechísimo de tenerles tan cerca. Dos-Caras gruñó algo que no alcancé a entender, pero parecióme que, irónicamente, me felicitaba.

En el compartimiento que los amantes ocuparon, había dos personas. Ellos buscaron un ángulo, cerca del corredor, y, desde aquel mismo instante, la felicidad de hallarse juntos les aisló de todo. Mientras ella hablaba, él la miraba a los ojos, estremecimientos fugitivos agitaban sus labios, y con sus dedos velludos y largos impacientemente se retorcía el bigote. El platicar de Raquel era versátil, alegre, infantil; el de don Rodrigo, grave y vehemente; ella parecía amarle porque amaba a la vida; mientras él, más sombrío, efervorizaba su pasión con el miedo a la muerte. Evidentemente, el cariño del amante clavaba su arado más hondo. Ella reía fácilmente; él reía poco, y sus palabras recelosas eran como gemelos dirigidos hacia la interrogación del mañana; eran profundas, inquietaban; Raquel, escuchándole, me producía la impresión de una niña asomada a un pozo. ¡Oh, qué libro maravilloso podría componerse hilvanando las frases con que, inconscientemente, se emborrachaban los amantes!...

Recuerdo que don Rodrigo decía:

—Como todos los segundos, uno a uno, llevan a la muerte, así todas las mujeres que he conocido me acercaron a ti, porque todas tenían algo tuyo, y yo, que te presentía, sin sospecharlo te amaba en todas ellas. Y, cuando viajaba, no era el deseo de curiosear ciudades nuevas—como yo creía—lo que me desplazaba, sino el ansia de encontrarme contigo. Ahora tú eres para mí España, Francia, Italia, Suiza...; tú eres América... ¡Querría huirte, y me sería imposible! Tu recuerdo me rodea; te veo como un horizonte, y fatalmente todos los caminos me llevan a ti. ¿Quién escaparía a su horizonte? Raquel, mi Raquel... te adoro y te temo, porque siento que eres mi Destino.

Ella reía; el orgullo de comprenderse tan apetecida, la hacía feliz, y era en aquellos instantes como una diosa embriagada con el incienso quemado ante su altar. A mí, que estaba más cerca de su alma que don Rodrigo, aquella superficialidad, aquella risa, me infundían miedo: Raquel era una de esas mujeres, de cabeza pequeña, que no saben cómo muchas veces un gran amor es una cita que da la muerte.

De súbito el diálogo cambió de rumbo, y fué completamente alegre. Hablaron de sus planes y entonces supe que pensaban visitar el nunca bastante celebrado castillo de Simancas—hoy Archivo General del Reino—; fortaleza gloriosa semejante a un viejo guerrero cambiado en erudito.

Tras un breve silencio, ella, sin motivo, preguntó:

—¿Qué hora es?...

Don Rodrigo, informado de que sus compañeros de viaje dormían, contestó:

—Hora de darme un beso.

Rió ella, rió él y, silenciosamente, juntaron sus bocas. Transcurridos unos minutos, Raquel, maquinalmente, volvió a decir:

—Oye... ¿qué hora será?...

Y don Rodrigo:

—Hora de darme otro beso.

Volvieron a reir, pero ella, que empezaba a tener sueño, insistió:

—¡No... en serio!... Deseo saber la hora!...

El no respondió; mejor dicho: no habló con los labios, sino con sus largos ojos diáfanos y verdes, por los que había pasado una luz. Rápidamente salió al pasillo, se arrancó el reloj que llevaba en la muñeca y, por la ventanilla, que iba abierta, lo lanzó al vacío. No estaba incomodado; ¡al contrario!... ¡Nunca había sido más feliz que en aquel momento! Volvió a sentarse y sobre sus rodillas colocó a Raquel:

—Bésame—suspiró—; es la hora; la Eternidad no tiene para nosotros más hora que ésta; la de besarnos...

Sus manos buscaron afanosas entre las ropas de la Deseada, y su corazón latió violentamente: palideció, enrojeció, tornó a palidecer. Raquel parecía de ágata: su carne era dura, suave, fría...

Ocho o diez días después los dos amantes me esperaban en Valladolid. Don Rodrigo iba a despedir a Raquel, que regresaba a La Coruña. Al mes siguiente—y siempre conmigo—don Rodrigo fué a La Coruña, de donde volvió solo. Al otro mes sucedió lo propio: era un ambular ininterrumpido, un bello y angustioso no poder vivir distanciados: en la estación coruñesa era ella la que despedía, y en la vallisoletana era él: pero hubo ocasiones en que, incapaces de separarse, él la dió cortejo hasta La Coruña, y ella le acompañó a Valladolid.

Entretanto yo no sabía en qué se ocupaba don Rodrigo, ni la verdadera situación social de Raquel, ni tampoco acertaba con los móviles que les impedían unirse queriéndose tanto.

Este idilio, que a mí me apasionaba, hacía reir al viejo Dos-Caras.

—Estos dos simples—decía—con tanto ir y venir han hecho de nuestro “correo” un columpio; una especie de columpio a ras de tierra.

XIV

La llamada por los geógrafos Meseta Central de nuestra Península, comprende las dos Castillas, las provincias del antiguo reino de León y las de Extremadura, y traza un plano inclinado limitado al Norte por la cordillera Cantábrica, la de los maravillosos paisajes; al Este y Oeste, por la cordillera Ibérica y los Montes de Galicia, respectivamente; y al Sur, por la cordillera Mariánica, entre cuyas nudosidades fragosas se abren los caminos de Andalucía. Así, circundado de montañas, el macizo ibérico, tanto por su historial rojo como por su forma, parece un anfiteatro.

Frecuentemente he oído asegurar a personas doctas—ingenieros, sin duda—que viajaron conmigo, que en la época terciaria toda esta parte de nuestro país la cubrían lagos enormes que, al secarse, originaron terrenos sedimentarios dispuestos en estratos horizontales, algunos de notable espesor. De ahí, de la agonía de esos lagos que el subsuelo sediento se bebió, nació la llanura; esas planicies uniformes, encalmadas, con algo de agua dormida en su serenidad. Castilla es un mar hecho tierra; y acaso estimulados por la misma vastedad de sus horizontes, sus hombres descollaron entre los más peregrinadores y bravos del planeta, porque algo de marino había escondido en lo más arcano de sus almas. En la catorcena centuria aquellos campos aparecían cubiertos de selvas tupidísimas, en donde los magnates se ejercitaban en la caza del jabalí y del oso, y perseguían al ciervo. Hasta que, poco a poco, las guerras y el odio, genuinamente español, que el hombre rústico profesa al árbol, destruyó las frondas. Cuando éstas empezaron a escasear, las nubes huyeron y con ellas la lluvia, manantial de la vida, y el bosque mudóse en estepa; y mientras España se desangraba, fuera de sus fronteras, en guerras inútiles, sobre el solar patrio abandonado, desolado, cubierto de cardos silvestres y de pedruscos, parecía caer, semejante a una maldición, las cenizas humanas que los vientos recogían en el rescoldo de los autos de fe. Con cenizas no se abona el campo, y nuestros inquisidores no supieron abonarlo de otro modo; y así lo conocí yo, inhóspito y seco como aquellos mismos corazones que tanto batallaron sobre él.

El suelo castellano es cariparejo; quiero decir que, salvo ligeras variantes, su aspecto es idéntico sea cual fuere la estación del año. Abrasada por el sol en verano, aterida en invierno bajo la escarcha, azotada por los vientos, cortantes como cuchillos, que irrumpen por los nevados gollizos de los montes norteños, la llanura conserva inalterable ese color amarillento propio de las tierras que bebieron mucha sangre, y al que parece aludir una de las tres franjas del pabellón nacional. Las montañas, que fácilmente se cubren de verdura o que con la nieve, y en el solo espacio de una noche, se visten de blanco; las montañas cuya sonoridad cambia de continuo y parecen saltar a un lado y a otro de la vía, tienen muchos adeptos; son la mentira. Yo, no; yo prefiero la llanura, con su monotonía de oración: la llanura se imita siempre a sí misma; no sorprende, no entiende de artificios teatrales, ni colabora en la cobardía de las emboscadas; en ella al enemigo se le ve desde lejos: es fiel, es noble.

Alrededor de la Meseta Central las regiones ribereñas dibujan un anillo verde; y así, vista desde arriba, Castilla monda y triste es como el cráneo calvo de un dios ceñido de pámpanos. En el itinerario que ahora sigo, la zona alegre no comienza resueltamente hasta las inmediaciones de Palencia. Sin cesar, el camino intenta arrepentirse de cuanto hace, y digo esto porque apenas desciende cuando, sin transición, vuelve a subir, y corre de derecha a izquierda, como borracho. Las “montañas-rusas” con que el vulgo se divierte en las ferias, son una mala caricatura de lo que es un viaje a Galicia. ¿Quién contaría los puentes y los túneles, que siembran de sorpresas la ruta? Acabamos de salir de Castilla, y ya nos parece que la dejamos muy atrás: tal es la capacidad subyugadora de la nueva región que cruzamos, y el interés histórico de ciertos lugares.

Dejamos atrás la Tierra de Campos, que bien pudiera llamarse “granero de España”, sobre la cual se levantan, desde el siglo XII, las ruinas de dos que fueron poderosas fortalezas. Pasan Paredes de Nava, donde nació Alfonso de Berruguete; Cisneros, cuna del terrible Cardenal, y Sahagún, la romana, en que reposan los muy removidos huesos de Alfonso VI. El convoy llega a León, que más que con su catedral, modelo de arquitectura gótica, se enorgullece de haber visto nacer al guardador de Tarifa, don Alonso Pérez de Guzmán; luego a Veguellina, que se vistió de fama con el “paso honroso” que en la primera mitad del siglo XV mantuvo el muy bizarro Suero de Quiñones; y poco después, a Astorga, la Asturica Augusta, de los romanos, aquella que Plinio calificó de “ciudad magnífica”, y cuyas torres y murallas la infunden todavía un perfil militar.

Nos hallamos en las entrañas de los Montes de León, y vamos a penetrar en la región galaica por el llamado “Paso de Manzanal”, abierto entre las estaciones de Astorga y Ponferrada. Aturde y maravilla la facundia que los genios del paisaje derrocharon allí. A nuestro alrededor, incesantemente, la tierra, semejante a un mar flagelado por la tempestad, baja, trepa, se deprime y abarranca hasta convertirse en abismo, o se enarca y prodigiosamente gana las nubes; y hay en cada perfil cimero tanta vehemencia, tanto ritmo, que las montañas, especialmente en las noches de luna, parecen moverse. Esta sucesión inagotable de valles, de cañadas, de torrenteras abruptas y de montes, juegan con los vientos y, de hora en hora, mixtifican la temperatura: vamos rodando bajo un manto de estrellas, y súbitamente el cielo se entolda y cae un chaparrón; lo que no impide que, minutos después, lívida, triste, espectral, reaparezca la luna. Cubren las escarpadas vertientes bosques de robles, de castaños y de hayas; los manzanos abundan también, y en los parajes hondos y abrigados florecen el naranjo, el limonero, el granado, la higuera y el laurel. Ora el aire es frío, ora tibio; aquí la tierra estará cubierta de maíz, y de trigo o de vides un poco más allá; y, sin cesar, al paso del tren la serranía tendrá una luz especial, y una capacidad ecoica inesperada.

Por segunda vez hemos cruzado el río Tuerto, y ganamos la estación de Brañuelas, emplazada exactamente a mil metros sobre el nivel del mar. Seguimos para hundirnos en un largo túnel; la ruta—lo apreciamos muy bien—desciende rápidamente y cruzamos un segundo túnel y un tercero, y luego otro y otro... ¡hasta trece!... Según mis compañeros me aseguran, para salvar la distancia de un kilómetro, necesitaremos recorrer siete kilómetros. Nos hallamos en el sitio más peligroso de la vía. La Triste, nuestra máquina, no obstante su poder, jadea anhelante: también nosotros nos resentimos de la rudeza del camino; nuestros herrajes empiezan a recalentarse, y, de tanto usarlos, nos duelen los frenos.

De La Granja, donde nos detuvimos pocos minutos, arrancamos desconfiadamente para hundirnos en el túnel de El Lazo; un túnel siniestro donde muchos maquinistas y fogoneros estuvieron expuestos a morir asfixiados por el humo de la locomotora. Esta sensación de ahogo que los mismos viajeros suelen experimentar, aun cuando las ventanillas de los coches estén cerradas, se produce cuando el viento, por soplar en la misma dirección del tren, impide la salida, hacia atrás, del humo.

Continuamos bajando: hemos traspuesto los pequeños andenes de Torre, Bembibre, San Miguel de Dueñas, Ponferrada y Toral de los Vados, hasta que hartos de correr bajo tierra llegamos a Quereño, primera estación de Galicia.

La imaginación del paisaje, lejos de agotarse, se acalora, y por instantes compone perspectivas más rudas y bellas. Con facundia pasmosa se renueva y sin treguas se supera a sí misma. Los colores, especialmente, se han multiplicado; los verdes triunfan y flota en el aire un amable olor a tomillo y a tierra húmeda. Abundan los caseríos, las angosturas rocosas, los pequeños saltos de agua por los cuales, como por arterias cortadas, parece desangrarse la sierra.

El valle se estrecha y el río Sil y la carretera de La Coruña adelantan paralelamente a nosotros, y como alternativamente surgen y se esconden parecen jugar entre los árboles. Cruzamos los extensos viñedos de Rúa Petín; pasamos por Montefurado, en cuyas proximidades existe aún el túnel que construyeron los romanos para desviar el rumbo del Sil y poder recoger el mucho oro mezclado a las arenas del cauce primitivo; y tras un prolongado camino descendente que va en busca de la cuenca del Lemos, llegamos a Monforte, afamado baluarte de los Condes de Lemos, que de ellos tomó el nombre. La Triste se queda allí, y en adelante será La Enanita, bulliciosa y pinturera, menos fuerte que su hermana, pero mucho más ágil, la que pelee a la vanguardia del convoy.

Descansamos unos minutos y ¡adelante, otra vez! Más túneles; atravesamos uno que mide cerca de dos mil metros, y seguimos bajando, como atraídos por el mar; pasan las estaciones de Oural y Sarria, y la de Puebla de San Julián, donde la línea se rebela contra el imán humillador de la costa, y vuelve a repechar. La Enanita silba, resopla y a veces la desesperación que hay en su esfuerzo, nos hace reir.

—Trabaja, tumbona—comentan los coches—, que no tienes motivos para estar cansada. ¿Qué dirías si llevases, como nosotros, treinta horas de viaje?...

Un esfuerzo más nos planta en Lugo, donde reposamos: salvamos luego los ríos Calde y Ladra, tributarios del Miño, y el Parga; llegamos a la estación de Curtis, lugar muy conocido de los peregrinos que van a Santiago de Compostela; y luego a la célebre Betanzos, en cuyas puertas el espíritu del Islam dejó vestigios de su gracia. Después, y ya siempre caminando cuesta abajo, veremos pasar los andenes de Guísamo, Abegondo, Cambre, El Burgo, El Pasaje. Al fin aparece la estación terminal: La Coruña. ¡Oh! ¡Y con qué alegría, con qué irresistible necesidad de calma, hacemos alto bajo una marquesina, después de un viaje en el que mil veces sentimos resbalar la muerte junto a nuestras ruedas!...

A pesar de lo cual este recorrido me agrada: no solamente por su hermosura, de la que se hacen lenguas muchas personas que anduvieron por Suiza y conocen los rincones más agrestes del Tirol, sino por la clase de público que viaja conmigo. Como los vascongados, los gallegos son comedidos y limpios, y esta última cualidad, especialmente, les granjea mi simpatía; porque, a despecho de haber tenido que sufrir a tantos tipos ineducados, aún no pude acostumbrarme a que nadie me escupa, o deje en mis alfombras el barro de sus botas.

En medio de este ininterrumpido bordonear del centro a la periferia de España, y viceversa, mi vida es un poco monótona, porque las escenas—como las personas—se repiten.

En la estación inicial o de salida, todos los coches, barridos, sacudidos y con nuestros cristales recién fregados, nos mostramos alegres y flamantes. La máquina, bien engrasada, bien frotada, con todos sus mecanismos bruñidos y expeditos, también parece nueva. Súbitamente se abren dos o más puertas y los viajeros irrumpen en el andén y nos asaltan; con la descortesía de la impaciencia mujeres y hombres, a empellones, ganan nuestros estribos, y corren luego de un lado a otro, como enloquecidos, buscando un asiento. Entretanto los mozos de andén nos cargan de maletas, de sombrereras, de portamantas, de cestas con merienda, de bultos de todos colores y formas, que van metiendo apresuradamente, y como a destajo, por las ventanillas. Cada una de éstas parece una boca; cada estribo, una escalerilla de abordaje. Ya estamos abarrotados todos de personas y de equipajes, y apenas arranca el tren la multitud viajera se aquieta y empieza a dar muestras de ese aire de aburrimiento que conservará durante el camino. Un raro ambiente de monotonía, de fatiga, peregrina con nosotros. En las estaciones del tránsito nunca ocurre nada insólito: unos pasajeros se apean, otros suben... Las conversaciones de nuestros ocupantes son apacibles, y lánguidas y descuidadas todas sus actitudes: éste lee, aquél mira hacia el paisaje distraídamente, la mayoría dormita: a intervalos, un bostezo, un comentario rápido... Los soñolientos han cambiado de posición cien veces, y otras tantas el lector abrió y cerró su libro. Unicamente el cansancio y el silencio triunfan. De pronto, media hora antes de arribar a la estación terminal, como si hubiese recibido una corriente eléctrica, aquella muchedumbre desarticulada y abúlica, unánimemente reacciona. Con raro sincronismo, todos pensaron: “—Ya llegamos...” y esta idea les sacudió, les removió; los cuerpos se yerguen, los ojos se abren despabilados; quién se arregla el nudo de la corbata y con un pañuelo se desempolva el calzado; quién corre al cuarto-tocador a peinarse; quién se apresura a cerrar sus maletas. Las mujeres se asoman a las ventanillas, y las parece que, desde hace unos instantes, el tren corre más. Apenas hacemos alto, nuestros huéspedes nos dejan con la misma impaciencia y la misma alegría con que horas antes nos conquistaron; su aburrimiento se ha trocado en odio hacia nosotros, y quieren perdernos de vista cuanto antes. Hay quien, para no perder tiempo en bajar por el estribo, salta al andén desde la plataforma del coche. Los mozos de estación, infatigables, nos saquean, y los bagajes salen apretujándose por las ventanillas; los atadijos pequeños escapan en racimo. Cuando el convoy queda vacío los vagones aparecen manchados de mil modos y apestando a tabaco: los periódicos, arrugados, pisoteados, las almohadas sucias, las botellas vacías, las cortinillas caídas, nos dan el aspecto de un lugar donde acabara de librarse una batalla. Momentos después, los empleados de nuestra limpieza—mujeres y hombres—penetran en nosotros: porracean nuestros asientos para mullirlos; examinan sus muelles, recogen las cortinas, nos sacuden, nos barren... y, diez o doce horas más tarde... ¡volvemos a empezar!...

XV

Salí de La Coruña aquella noche de otoño llevando a Raquel, que iba a Valladolid, y a dos recién casados de los cuales—y a su tiempo debido—volveré a hablar. Marchaban estos a Madrid, y como el único “departamento cama” del correo era el mío y estaba retenido por tres señores desde la víspera, el flamante matrimonio hubo de resignarse con un compartimiento “de primera”. Hablaban parcamente, y a estimarles por el desvaimiento y mentecatez de sus ademanes parecían avergonzados de cuanto los amigos que fueron a despedirles al tren demostraban maliciosamente esperar de ellos.

De la novia, ni el cuerpo, ni los ojos, ni siquiera la juventud—no habría cumplido los veinte años—interesaron mi atención; era insignificante. Se llamaba Digna. El también se parecía a centenares de individuos que yo había visto. “¿De qué se habrá enamorado este hombre—meditaba yo—que es mozo y a quien su trabajo hubiera permitido aspirar a una compañera mejor?...” Como respondiendo a mi pregunta presentóse a mi memoria aquel viejo y triste adagio español según el cual “la suerte de la mujer fea la bonita la desea”; y es así, indudablemente, cuando el refrán lo dice. Mas, ¿dónde buscar la lógica del hecho?... Quizás en el recelo que muchos hombres tienen a cortejar a la mujer que, por hermosa, suponen muy recuestada y ufana de sí, y por tanto de difícil acceso; y ese miedo a quedar desairados les contiene, y les lleva a los pies de la fea, de quien esperan orgullosamente ser admirados.

—La humanidad—pensaba yo—va bien cubierta: de mentiras se viste por dentro, y de trapos por fuera, y de ambos disfraces necesita el amor. El desnudo es la verdad, y la ilusión pocas veces vivió de la verdad. Desnudar a una mujer o desnudar un alma es exponerse a hacer una caricatura. Por dicha suya, los hombres ignoran que en toda buena caricatura se esconde avergonzado un retrato maestro...

Mucho rato Digna y su marido estuvieron callados: se miraban a los ojos, se sonreían y se apretaban las manos. Yo leía en sus espíritus y su candor me divertía. El la deseaba, pero algo, más decisivo que su voluntad, le vedaba ningún gesto audaz, y esta lucha íntima le quitaba las ganas de hablar y le encendía los carrillos. Ella, la esposa, tenía miedo. Los dos, sin embargo, estaban contentos de hallarse allí, solos, después de un día de agitación calenturienta.

—¡Qué bien estamos ahora!—exclamó él.

Digna, confirmó:

—¡Muy bien!...

Callaron: nada nuevo tenían que decirse, y les pareció que hacía mucho tiempo que estaban casados. Sus compañeros de viaje se habían dormido, y ellos, a su vez, experimentaban cierto cansancio; a Digna se la caían los párpados.

El preguntó:

—¿Lástima de noche, verdad?

Envolvía su observación una impaciencia sexual que la mujer, delicadamente, fingió no advertir.

—¿Por qué?—dijo—; ¿no estamos juntos?

No atreviéndose a exponer su idea, el marido guardó silencio. Después:

—¿Me quieres?—indagó.

Tengo observado que los hombres siempre son los que aman menos, y los que más se preocupan de ser amados. Ella repuso, sencillamente:

—¿No lo sabes?...

Volvieron a estrecharse las manos, y tras un breve silencio él dijo algo triste, algo cobarde... que no entendí; y ella, de pronto, se echó a llorar y escondió el rostro contra el pecho del hombre. El exclamó desconcertado:

—¿Por qué lloras?... Di... ¿Por qué lloras?...

Digna no contestó; lo ignoraba; después lo atribuyó a sus nervios... En realidad lloraba instintivamente, lloraba de miedo ante el porvenir indescifrable, hecho de jeroglíficos sin solución; como lloran los niños ante las puertas de los cuartos obscuros. Una hora más tarde, casi abrazados, dormían los dos.

Pasó la noche. Al llegar a Madrid me crucé con Doña Catástrofe, mi viejo compañero, que se disponía a marchar.

—¿Te han dicho la hecatombe?—gritó.

—¿Cuál?—repuse inquieto.

—La del “rápido” de Gijón.

—No.

—Me la contaron anoche, en Irún. ¡Terrible! Más allá de Busdongo, momentos antes de salir del túnel de La Perruca, hubo un desprendimiento de tierras. El Presumido y otros se libraron; pero La Tirones y varios coches, entre ellos El Tímido, quedaron aplastados.

La noticia—divulgada al siguiente día por la Prensa—me causó un efecto desgarrador: aquella máquina y aquel coche, precisamente, representaban la mitad de mi juventud, y al desaparecer algo mío se iba con ellos. No supe qué responder; empecé a temblar...

—¿Te acuerdas—prosiguió el viejo vagón—del miedo que el pobre Doña Quejido, como le llamábamos para incomodarlo, le tenía a la tierra?

—Sí, que me acuerdo.

—Pues, ahí ves: nosotros decíamos que era una manía suya, y no había tal: era un presentimiento.