Muchos días estuve enfermo de tristeza; tanto porque consideraba la levedad de nuestra existencia, cuanto por el olvido y desdén en que los vivos tienen a sus muertos. Hasta que ladinamente los afanes del trabajo cuotidiano y la consideración egoísta de que yo también andaba expuesto a los riesgos más grandes, fueron aliviándome.
Contribuyó eficazmente a devolverme mi buen humor habitual una escena cómica que, durante varias semanas, proporcionó temas de vaya y de risa a todo el convoy.
Faltaban minutos escasos para que saliésemos de Madrid, cuando reparé en dos caballeros que hablaban por señas, a pocos pasos de mí. Sus ojos brillaban inusitadamente, sus labios se movían en silencio y sus manos gesticuladoras ora trenzaban los dedos, ora los encogían o estiraban tan pronto hacia abajo como hacia arriba. Estos complicados arrumacos los acompañaban, a veces, con agachadillos y exagerados movimientos de hombros.
—Son mudos—pensé.
Jamás había presenciado escena igual, y para convencerme de hallarme en lo cierto pedí a Dos-Caras su opinión.
—Sí—respondió—; son mudos. Al más alto le he visto varias veces, y aun creo que ha viajado conmigo.
Ambos tipos me fueron simpáticos, porque su silencio les aproximaba un poco a mí. “Un mudo—reflexionaba yo—es el tránsito entre los que sienten y hablan, y los que sentimos y no podemos hablar.” De los dos, uno iba afeitado y era rubio; el otro era pequeño, grueso y pelinegro, y adornaba su rostro de mejillas nacarinas—como de efebo—con una barbita recortada “en punta”.
Ya nos íbamos cuando el caballero de la barbita puntiaguda subió a mí, saludó desde una ventanilla con efusivos gestos a su amigo, y luego anduvo por el tránsito buscando un lugar donde instalarse. Mis huéspedes, en su deseo de viajar lo más cómodamente posible, fingían no percatarse de la afligida solicitud de sus miradas. Yo leía en sus almas egoístas:
—¡Un mudo!—rezongaban todos—; ¡bah; que se fastidie!...
Hasta que un viajero, más piadoso, le llamó con la mano y le señaló un asiento desocupado junto al suyo. El señor de la barbita recortada “a la francesa” agradeció la indicación, y para demostrarlo usó de expresivas zalemas. Inmediatamente distribuyó su equipaje en las redecillas, y, por señas, emprendió la parla con su amparador, que era mozo embigotado y de buen pergeño.
—¡Otro mudo!—pensé asombrado—: ¡también es casualidad! ¡Nunca había visto mudos y, de repente, conozco tres!...
Por la manera con que eran mirados comprendí que mis pasajeros estaban casi tan sorprendidos como yo. Entretanto los dos sigilosos interlocutores parecían encantados de hallarse reunidos y de hablar en un idioma que nadie entendía, y mutuamente se arrebataban la palabra, si no de los labios, sí de los dedos. No necesito decir que sus guiños y musarañas me eran totalmente intraducibles, mas no lo necesitaba, pues cuanto iban pensando de manera rectilínea y diáfana llegaba a mí, sílaba a sílaba. Su conversación era vulgar: ese diálogo vacío, desjugado, con que todas las personas, para mostrarse sociables y bien educadas, se importunan mutuamente en los viajes.
—¿Dónde va usted?
—A La Coruña.
—Lo celebro mucho: yo, también.
—Hay demasiado público; vamos a descansar mal.
—Sí; desgraciadamente somos muchos. ¿Usted duerme en el tren?
—Muy poco: de madrugada, únicamente.
—Como yo. ¡Es un asunto exclusivamente nervioso! Empiezo a pensar en que el interventor vendrá a despertarme, y ya me es imposible cerrar los párpados...
Una tregua. El señor de la barbita se cree obligado a ofrecer al joven del bigote un cigarrillo, aquél acepta y con motivo de estas recíprocas atenciones ambos se prodigan a porfía zalemas amables: sus labios y sus ojos sonríen, probablemente sus dedos sonríen también...
Ha transcurrido más de una hora, y llegamos a El Escorial, donde recogemos un viajero: un señor delgadito, pálido, de bigote canoso, que sube a mí. Creo conocerle. Al pasar ante el departamento donde van los dos mudos, exclama campechano:
—¡Salud, don Andrés!...
El caballero de la barbita negra y puntiaguda vuelve la cabeza, y responde:
—¡Don Juan, usted por aquí!...
Vivamente corre a estrechar la mano del aparecido. Los circunstantes están asombrados, y el joven del elegante pergeño más que nadie. La sorpresa le ha ensanchado los ojos: parece atento; parece escuchar; tiene la expresión iluminada de la persona que acecha detrás de una puerta...
—¿Va usted bien colocado?—inquiere don Juan.
—No—replica don Andrés—; he tenido la desgracia de ir a caer junto a un pobre sordomudo que no cesa de aburrirme con tonterías...
Todos los presentes sueltan la carcajada. Alguien pregunta:
—¿Pero usted no es mudo?...
Don Andrés también rie:
—¡No!—exclama un tanto despectivamente—; poco a poco: ¡yo, qué he de ser mudo!...
A su vez el joven del bigote, algo turbado por la cólera, exclama:
—¡Es que yo tampoco soy mudo, señor mío!
Nadie responde; entre mis huéspedes ha circulado una corriente de pánico; callan todos. Don Juan no comprende lo que ocurre, y ahora es a don Andrés a quien se le desorbitan los ojos y se le cae el labio. El joven del bigote, por momentos más airado y dueño de sí mismo, prosigue retador:
—En cuanto a eso de decir que yo le cuento a usted tonterías... ¡no se lo tolero!...
El señor de la barbita vacila, quiere retirar aquellas palabras que indudablemente son ofensivas, y su amigo don Juan y los demás viajeros intervienen en su favor calurosamente. Ante tal unanimidad de opiniones conciliadoras, el provocador amaina, la prudencia de unos y otros pone templanza en sus palabras, y al cabo llega el momento de las explicaciones pacifistas.
—Yo—dice don Andrés—sé hablar magistralmente con las manos, y a la estación había venido a despedirme un amigo, mudo de nacimiento.
—Y yo—interrumpió el joven embigotado—, que también conozco perfectamente el alfabeto mímico, al verle a usted hablar por señas, pensé: “Este señor es mudo.” Y así le llamé a usted con un gesto.
—¡Y yo creí que usted era mudo!—exclamó don Andrés.
—¡Estamos iguales!... Por lo demás, si no es de naderías, ¿de qué pueden conversar dos personas que no se conocen?...
Dicho esto, don Andrés y su colocutor diéronse las manos, y los espectadores del pintoresco lance comenzaron a reir y a glosarlo festivamente, con cuyas zumbas hiciéronme pasar un rato amenísimo. Luego, mientras descansábamos en Avila, le referí a Dos-Caras todo lo ocurrido, y tanta gracia le hizo, que a la mañana siguiente reía aún.
En Valladolid recogí a don Rodrigo y a Raquel, y apenas les tuve cerca, cuando me parecieron cambiados y como envejecidos; particularmente a él le hallé decaído, marchito, cual si una gran pena—los dolores pesan más que los años—le oprimiese.
Acomodáronse cerca el uno del otro, y en sus palabras y en las atenciones con que se agasajaban había dulzura; pero una dulzura triste, en la que un pensamiento severo y escondido diluía su amargor. Pronto comprendí que el hombre sufría de mal de celos: lo decían sus ojos, lo declaraban sobre todo sus manos, que, a ratos, apretujaban las de su compañera con arranques más de odio que de amor; un odio que la inquietud de separarse de ella encendía. Suavemente, como con lástima, Raquel preguntó:
—¿Qué tienes?...
El no contestó. Ella se le acercó más aún, lagotera, procurando sentir mejor el contacto de su hombro; pero su ternura envolvía algo de superioridad compasiva, tal vez un poquito—¡oh, muy poco!—de ironía, porque ella era la más fuerte, y únicamente los fuertes ríen bien.
Echándole el aliento de sus palabras al rostro, repitió:
—¿Qué tienes?... Háblame...
A su vez don Rodrigo la miró a los ojos y, nervioso, comenzó a retorcerse el bigote; sus dedos huesudos temblaban ligeramente. Bien se adivinaba que luchaba contra la fiera de su corazón.
—¿Por dónde empezaría la explicación de lo que tengo?—murmuró—. ¿La crees tarea fácil? Necesitaría hablarte de todo nuestro amor, puesto que el minuto presente es la suma, la síntesis, de estos tres años en que la única razón de mi vida fuiste tú. Sólo puedo jurarte lo siguiente: que cuando, al principio de conocernos, te quería poco, era feliz; que luego, al quererte más, mi felicidad aumentó; y que hoy, que te adoro, hoy que este cariño desborda de mi corazón, soy infinitamente desgraciado. ¿Comprendes esto?
Raquel callaba, oía; acaso en su atención hubo, durante una fracción de segundo, un ramalazo de miedo. Don Rodrigo prosiguió, siempre en voz muy tenue, y con aquella conquistadora exaltación lírica que aclaraba el bronce de su cara y le aceraba los ojos:
—En El anillo de los Nibelungos—¿te acuerdas?... lo vimos juntos—Venus dice a Tanhauser: “¡Nunca lograrás el reposo, ni alcanzarás la salvación! ¡Vuelve a mí, si buscas la paz! ¡Si buscas la salvación, vuelve a mí!...” Pero la diosa mentía; ¡dos veces mintió!... El alma no descansa en el amor; nuestra alma no se satisface con lo que tiene, por inmenso que sea; quiere lo que no tiene, busca lo que no ve...; y en eso, que “no ve”, están el demonio del presentimiento y los gusanos de la sospecha; nuestra pobre alma tiene su infierno en “lo que no ve”, porque las llamas de ese infierno abrasan y no alumbran.
Se interrumpió; temía ser indiscreto, descubrirse demasiado...
—¿A qué seguir?—exclamó—; ¿a qué hablarte de esto cuando, si tú llegases a penetrarte de la infinitud de mi amor, sin darte cuenta y como “empachada” de tanto cariño, irías cesando de quererme?...
Continuó hablando, pero a poco calló por figurársele que ella tenía sueño, y su silencio pobló su espíritu de nuevos fulgores. En el alma mansa y adormecida de Raquel yo no leía nada; en ella, pensamientos y deseos eran confusos; parecía un viejo manuscrito medio borrado. En cambio, el espíritu de don Rodrigo vibraba magnéticamente, sus ideas fulgían, una a una, con abrasadoras letras, y era imposible no verlas.
El hombre desconfiaba de su compañera: su inquietud no respondía a ninguna delación, ni se afirmaba sobre determinado indicio: aquella mujer le testimoniaba a diario su cariño, su solicitud vigilante y útil, su adhesión sin tibiezas; y, no obstante, recelaba de ella. Su tortura, como otras veces, al par que me hacía sufrir me admiraba.
—Algo esconde que no sabré nunca—meditaba—; es decir, hay en ella algo que quizás no esté escondido, pero que yo no veo. Si me dijesen: “Esa mujer es capaz de robar.” Diría: “Mentira.” Si me dijesen: “Esa mujer habla mal de ti.” Diría: “Mentira.” Pero si me dijesen: “Esa mujer te engaña...” No sabría qué responder. ¡He ahí mi suplicio! ¡Ah!... ¡Si yo pudiera mirar dentro de su conciencia, como miro su piel blanca!... ¡Pero ese milagro nunca se producirá!... En el abrazo supremo, todas las partes de los cuerpos enlazados coinciden: las frentes, los ojos, las bocas... Los corazones, no; éstos laten cada uno por un lado; la naturaleza no quiso que, ni aun en ese instante divino, las almas estuviesen juntas...
Prosiguió su indagatoria:
—No es posible que ella me quiera ciegamente, “por instinto”, como yo entiendo que quiere el verdadero amor. El amor es una descentración del espíritu, una enfermedad. Muchas veces el enfermo se dice: “Este amor no me conviene; debo desecharlo”... Y, en el mismo instante, siente recrudecerse más su cariño. Yo, desgraciadamente, soy de ésos. Pero Raquel, no; Raquel es demasiado inteligente, demasiado equilibrada, para entregarse así. El amor—ya lo dije antes—es ceguera, y en el cerebro de esa criatura hay excesiva claridad. La he observado bien; lo subconsciente significa en ella muy poco: su voluntad es razonada, su fantasía también lo es; ¡hasta su memoria, en la cual cada recuerdo, como los vocablos en los diccionarios, está en su sitio! Su razón, de consiguiente, ocupa y esclarece toda su alma; y el instinto es fotófobo, porque la luz lo mata... Entonces, ¿por qué esta mujer me quiere tanto?... O, de otro modo: ¿por qué, si verdaderamente no me quiere, con tanto empeño procura mostrárseme transida y cegada de amor?... Arbitrariamente no es, porque los nardos del capricho jamás florecieron en su jardín; luego su pasión ha de ser reflexiva, cimentada...
Al llegar a este punto, el apretado soliloquio parecía deshilacharse; don Rodrigo se extraviaba; comenzó su meditación partiendo del supuesto que el amor no razona, y tras mucho discurrir sacaba en limpio que Raquel le quería “porque razonaba”... Y apenas se sorprendió en flagrante delito de alogia, cuando obligó a su pensamiento a cambiar de rumbo. De pronto le pareció—¡cuántas veces le había parecido lo mismo!—que empezaba a comprender. Raquel se esmeraba en ofrecerle un gran amor, no para engañarle, sino por el solo dilecto deseo de realizar una obra de belleza, ya que un perfecto amor es lo único absolutamente artístico que existe. Ella amaba por estetismo, porque es bonito amar, mas no por hallarse prendada positivamente de la persona que la servía para hacer “obra de amor”, como el escultor puede gastar entera su vida en pulir y hermosear una estatua sin hallarse enamorado de ella. El amor es el Ideal, el dios colocado muy por encima del icono que lo representa. Amar infinitamente es acercarse a los héroes, sobresalir, porque sólo los elegidos, los “excepcionales”, son capaces de ser amados y de amar hasta la perdición. Decir: “Yo amo y sé hacerme amar con frenesí”, es más que decir: “Yo poseo toda la sabiduría o todo el oro de los hombres”. Amar es predicar armonía, repartir alegría; “hacer arte”, en fin...
—Lo que muchos inferiores realizan por instinto—continuaba discurriendo don Rodrigo—lo consigue Raquel con su superior inteligencia. Lo que otros pintan o escriben, ella lo vive. Yo acerté a cortejarla cuando su corazón sentía la necesidad de “producir belleza”, y materializó en mí su aspiración; otro hombre hubiese pasado entonces, y habría sido lo mismo; lo único que no hicieron los demás y yo sí, fué pasar a tiempo. ¿De qué asombrarnos, cuando en la inteligencia residen todas las capacidades del alma?... Un hombre valiente arrostra la muerte tranquilo, sin esfuerzo y sólo por la natural anchura de su corazón; y un cobarde inteligente verifica igual proeza por reflexión, para imponerse a la admiración de las muchedumbres con el ejemplo de una muerte heroica. El hombre no nació para volar, y vuela, sin embargo, porque su inteligencia le dió alas; no nació para nadar bajo el agua, y su inteligencia, no obstante, le permite hacerlo; y así y por razones parecidas, una persona puede no amar, y con su esclarecida inteligencia crear un amor...
No dijo más, y en la penumbra del departamento su rostro aguileño se me antojó demacrado, apagado, por una indefinible expresión de despedida. Luego cruzó las manos, como si orase, apoyó una mejilla sobre la cabeza de Raquel, y se quedó dormido.
Una semana después don Rodrigo regresó a Valladolid, y extrañé que su amada no fuese a despedirle.
—Estará enferma—pensé.
El me pareció más delgado y de peor color. Su nerviosidad se había exasperado: mientras el tren corría, don Rodrigo sufría considerando cómo aumentaba la distancia que le separaba de Raquel; cuando nos deteníamos en alguna estación su tortura se interrumpía; pero apenas emprendíamos la marcha nuevamente, su suplicio se reanudaba.
Durante aquel verano hizo cinco viajes, lo menos, a La Coruña, y cuando reaparecía en el andén de la estación gallega, siempre iba solo. Raquel ya no le acompañaba. Una mañana llegó a La Coruña, y el mismo día regresó a Valladolid. No llevaba equipaje, y entre sus cejas distinguí un pliegue obscuro, de mal agüero. Aquel hombre se parecía exteriormente al don Rodrigo que yo conocía, pero interiormente era otro.
Mientras rodábamos comuniqué a Dos-Caras cuanto había visto y observado en las relaciones de sus antiguos clientes. El veterano vagón tardó en responder.
—No sé—dijo—lo que pueda separarles; pero yo te aseguro que, de los dos, uno acaba mal.
—¿Por qué?
—Porque las mujeres desconocen la gravedad de los celos: para ellas las infidelidades no tienen importancia, acaso porque—allá en lo más íntimo—creen que su posesión, que los hombres tanto celebran, vale poco. Pero ellos piensan de opuesta manera, y los celos han matado más gente que los ferrocarriles.
Tras unos momentos de silencio, añadió:
—Dime la verdad, Cabal: y conste que no lo pregunto por curiosidad vana, sino para mejor orientarnos en el asunto que nos interesa: ¿tú te has manchado de sangre alguna vez?
—Sí.
—¿Por fuera o por dentro?
—Por dentro y por fuera.
Le referí el suicidio de aquel desconocido que se arrojó al paso de mi “expreso” entre la estación de Viana y el puente sobre el Duero, y la tragedia de los ladrones franceses, cerca de Burgos.
—Lo más grave, lo que decide de tu sino—replicó reposadamente Dos-Caras—, es lo del suicidio. ¿Qué edad tendrías cuando te ensangrentaste las ruedas?
—Probablemente menos de ocho años.
—¡Temprano se acercó la muerte a ti!...
Hablaba con énfasis de arúspice, y como yo le moliese a interrogaciones, agregó, sibilino:
—La sangre atrae la sangre, y yo veo en ti una jettatura de drama. Algún gato negro, cuando te construían, debió de aojarte. ¡Quisiera equivocarme, pero creo que de más de un crimen vas a ser testigo!...
Concluyó:
—Ahora es cuando afirmo que ese don Rodrigo no muere en su cama: le has comunicado tu maleficio.
Callé, no porque las palabras de mi compañero me hubiesen amedrentado, sino por considerarlas vacías de sentido. “Este badulaque—pensé—no concibe que los viajeros me prefieran a él y quiere vengarse de algún modo.” Desgraciadamente, a fines de aquel mismo año, los hechos que pusieron mi vida en desesperado peligro me demostraron que Dos-Caras, fuese por casualidad, o porque verdaderamente lo adornase el don profético, había hablado bien.
Salimos de la Corte en Nochebuena, con pasaje escaso—los ocupantes del convoy no llegarían a sesenta—y con un cielo transparente, magníficamente estrellado. La helada era terrible; ese aire de Madrid que, según un adagio muy cierto, “mata a un hombre y no apaga un candil”, parecía clavarnos en cada poro una aguja de cristal, y antes de una hora nuestras imperiales griseaban metálicamente bajo la luna, como cubiertas de azúcar cande. Ya en las alturas de Robledo de Chavela el tiempo cambió; escondióse la luna y la neblina nos escamoteó la alegría de faro de las estrellas. Desentumecióse el viento, el terrible enemigo, y nos sentimos envueltos en una turbonada de granizo, lluvia y humo, que nos ensució impíamente. Minutos después, la atmósfera volvió a despejarse un poco, y sobre el talud de un monte riscoso, como apoyada en él, reapareció la luna. Inmediatamente el espacio tornó a anubarrarse, y cuando entrábamos en Avila empezó a nevar. Tras los muros de la vieja ciudad resonaban voces de borrachos, alboroto de panderetas y roncar bárbaro de zambombas, que esparcían una vaga tristeza por los ámbitos lóbregos y mudos de la estación. Nacido para la vida errante, jamás he comprendido esas fiestas que oigo denominar “familiares”, y en las que son obligatorios los ruidos desapacibles y la embriaguez. Contribuía a malhumorarme la circunstancia de ser la unidad postrera del “correo”, por lo que la calefacción llegaba a mí muy debilitada. Dos-Caras me precedía, y me seguía un furgón; no podía ir peor situado.
Hostigado por el frío, Dos-Caras refunfuñaba:
—Los jefes de tren no se cuidan de su obligación: si cumpliesen con ella y se ocuparan del bienestar de los viajeros, ¿cómo permitirían que tú y yo, los dos coches mejores, fuésemos a la cola?... ¡Pensar que “los terceras” van más abrigados que nosotros!... ¡Eso es injusto!... ¿Qué asientos se pagan más caros? Los nuestros. ¿Qué vagones rinden más dinero a la Compañía? Los nuestros. De consiguiente, para nosotros deben reservarse los sitios mejores del convoy.
Me eché a reir.
—Respecto a que nosotros ganemos más dinero que “los terceras”—dije—habría mucho que hablar, pues bien sabes que la mayoría de nuestros inquilinos viajan de balde.
—Bien, sí—tartamudeó Dos-Caras—; pero eso no importa.
—Pienso como tú.
—No confundamos la utilidad de los hombres con su aristocracia. No reclamo gollerías: pido únicamente ser tratado con las consideraciones debidas a las unidades de nuestra categoría. Un tren es una imitación de la sociedad: la locomotora simboliza el Poder Público; “las terceras” son el pueblo; “las segundas”, la clase media; nosotros, la nobleza. “Las terceras” y “las segundas” deben trabajar para nosotros y vanagloriarse de nuestro lujo. La aristocracia—especialmente en los tiempos actuales—no aprovecha para nada, o sirve de muy poco, y, sin embargo, en el convoy de la vida es “la primera”; siempre fué así...
Continuamos platicando, y como nada abrevia tanto los caminos como un razonado charlar, de pronto nos percatábamos de que habíamos dejado atrás la estación de El Pinar, y que las luces que teníamos enfrente eran las de Valladolid. En el andén sólo había un viajero, don Rodrigo; el cual, como si hubiera estado aguardándome, no bien me vió, trepó a mí y se acomodó en el primer departamento que halló vacío. Acompañábase de un pequeño maletín de mano, que dejó sobre un asiento. Le examiné sondeándole. Su aspecto no había variado; pero su espíritu ardía de tal modo que, para no perder nada de lo que en él ocurriese, corté mi conversación con Dos-Caras. El alma de don Rodrigo era algo impermeable y rectilíneo: la memoria, la imaginación, la razón, habían desaparecido: de las cuatro grandes facultades que fijan los cuatro puntos cardinales del horizonte mental, sólo quedaba una: la voluntad; mas no como potencia susceptible de discernimiento, sino rígida y mudada en inexorable deseo. El alma, “toda el alma” de don Rodrigo, era una voluntad; o, mejor dicho, un fanatismo, un propósito: el propósito de asesinar a Raquel. Apenas se acercó a mí, leí su intención; y ya no pude leer más, porque en su corazón no había más...
Después que el interventor se hubo marchado, don Rodrigo sacó de sus bolsillos un puñal y una pistola. La punta, triangular y rutilante, de aquél la probó apoyándola en la palma de su mano izquierda; una gotita de sangre brotó en seguida. Satisfecho, guardó el arma, después de frotarla pulcramente con un pañuelo. Esta idea cruel le cruzó la frente: “Tú llegarás al fondo de su corazón: adonde yo no supe llegar”... Seguidamente desarmó la pistola, que era una Browning de las mayores: la desmontó, y examinó y limpió sus piezas una a una. Extrajo las balas del cargador, y volvió a restituirlas a su sitio parsimoniosamente, mientras pensaba: “Esta será la que me dé la paz; y si no es ésta será la otra, o la otra... Alguna ha de ser la que me libre... porque toda bala tiene algo de llave”...
Empezó a meditar con la cabeza echada hacia atrás, contra el respaldo; y tenía los ojos extrañamente abiertos, cual si aquellas reflexiones estuviesen escritas delante de él sobre algún lienzo...
—Lo que ese amigo anónimo me ha dicho, yo lo sospechaba... ¡casi lo sabía!... y, sin embargo, ¡cuánto daño me ha hecho!... ¿Tengo derecho a matar a Raquel?... Sí, porque yo no la quiero matar para vengarme de ella, sino para descansar de su amor: la mato porque la quiero demasiado y su amor me mata. ¡Dios mío!... ¡Qué feliz viviría yo si la quisiese menos!... De modo que yo, al asesinarla, lo haré serenamente, con la tranquilidad de quien, para salir de una habitación, abre una puerta. Después, si no pudiese suicidarme, me prenderían, me encerrarían en un calabozo... ¡Es igual!... Si ya no había de volver a verla, ¿para qué necesitaba la libertad?...
De su cartera sacó un telegrama, que leyó atentamente. Decía:
“Seguridad de verte mañana, devuélveme alegría. Te esperaré estación. Te adoro. Raquel”.
Don Rodrigo suspiró; quedóse callado, sin pensar, como idiota. En seguida reanudó su discurso:
—¡Me adora, dice!... Es cierto. Yo sé que me quiere, y, a pesar de quererme, la maldita quiere a otro. O, acaso sólo a mí quiere, lo que no la impide entregarse a otro amor. ¡Ella no miente! Su corazón es mío; el engañado es mi rival, porque ella no le quiere... Pero, si me quiere tanto, ¿cómo puede seguir a quien no quiere? ¿Cuál es la lógica de este absurdo?...
Violentamente se abalanzó sobre el maletín, del que sacó ocho o diez gruesos paquetes de cartas, atados con balduques.
—¡Las había olvidado!—murmuró—; ¡oh, qué ligereza! Es necesario destruirlas en seguida; no permito que nadie las lea: son suyas, son sagradas... ¡porque son suyas!...
Empezó a romperlas en sentido perpendicular a los renglones, para mejor desfigurar lo escrito; en esta tarea, a la que se aplicó ahincadamente, invirtió cerca de una hora; las cartas eran muchas; yo conté más de seiscientas, de las cuales las más pequeñas ocupaban dos y tres pliegos. También despedazó varios centenares de telefonemas. Y cuando todo estuvo reducido a trizas, abrió una ventanilla, se llenó ambas manos con aquellos pedacitos de papel, calientes como cenizas, en que una mano de mujer, día por día, fué escribiendo la biografía de su corazón, y los arrojó al espacio negro. Después lanzó otro puñado, y luego otro... y otro... En seguida se asomó a la ventana, y vió que la mayoría de aquellos trocitos de papel, atraídos por el vacío que la marcha del tren dejaba en pos de sí, volaban como ágiles mariposas blancas, detrás del convoy; parecían seguirle, acosarle, con la obstinación de los recuerdos; parecían vivir, y su ansiedad humana acongojó al amante: en el primer momento aquellos pedazos de papel eran muchos; rápidamente su número disminuyó porque venían al suelo, como fatigados; algunos, que habían conseguido detenerse en los salientes del furgón, arrebatados por el viento se marcharon también con el dolor de las hojas secas. Todavía revolaba uno, sin embargo; el último, el más tenaz: subía, bajaba, volvía a subir... “—¿Por qué resiste tanto?—don Rodrigo pensaba—; ¿querrá decirme algo?... ¿Qué palabra de salvación habrá escrita en él?...” Y continuó observándolo, hasta que cayó. Volvió a mirar. Ya no quedaba ninguno, y la historia que hubo en ellos se desvaneció, tal que un perfume, en la extensión ingrata del campo; lo que nació en el calor de una alcoba, moría en el viento y en la nieve. Don Rodrigo, con deseos de llorar, volvió la cabeza y subió el cristal. La primera puñalada de aquel drama, había sido para él y la sentía en el corazón.
Como demostrase intenciones de dormir, reanudé mi diálogo con Dos-Caras, a quien referí cuanto acababa de observar.
—¿Y crees tú—repuso—que matará a Raquel en la estación?
—Estoy seguro, porque es un impulsivo terrible y no sabrá contenerse.
—¡Con tal—gruñó—que, al disparar, lo haga de espaldas a nosotros!... Me haría poca gracia que me agujereasen de un tiro...
Había cesado de nevar y, al salir de Astorga, la niebla era tan espesa que los coches apenas nos veíamos unos a otros. Imposible distinguir las señales que nos hacían los discos; lloviznaba. Caminábamos a menos de cuarenta kilómetros por hora, y frecuentemente La Triste nos sobrecogía el ánimo con sus silbidos dolorosos. Minutos antes de cruzar el río Porqueros se detuvo, empezó a pitar y al cabo siguió con extraordinaria lentitud. La noche era absolutamente negra; sabíamos—porque las ruedas nos lo decían—que repechábamos, y nada más.
Dos-Caras me habló.
—¿Cabal, tienes miedo?
Respondí la verdad:
—Sí, viejo: tengo miedo; ¿y tú?...
—También; más que tú, porque tengo mayor experiencia. Es probable que el loco de don Rodrigo nos haya traído la mala sombra.
—¿Tú crees en brujerías?
—Creo—replicó—en que nadie sabe lo que se esconde detrás de la muerte, y en que si hay un espíritu interesado en salvar a Raquel podía suceder que don Rodrigo no llegase a La Coruña...
Sus palabras misteriosas me atemorizaron, y guardé silencio; pero como saliésemos del túnel del Lazo sin novedad, sentí renacer mi buen ánimo. La niebla, sin embargo, no cedía; llevábamos cuarenta minutos de retraso, y La Triste mantenía su andar cauteloso, a pesar de que el camino, en cuesta abajo, invitaba a correr.
—¿Tienes miedo todavía?—pregunté a mi compañero.
—Más miedo que nunca—repuso—; pues cuando la locomotora silba tanto es porque el maquinista no ve y no está seguro del camino.
A poco de salir de Ponferrada, nuestra marcha aumentó, lo que juzgué buena señal.
—Tendrá prisa el maquinista en llegar a Toral de los Vados, en donde debemos cruzarnos con el tren de Villafranca del Bierzo—comentó Dos-Caras.
En tal instante oímos varios silbidos, que parecían responder a los de La Triste, y en aquel silbar lejano había una angustia inolvidable.
—¡Un tren!—grité—¡Viene un tren!...
—El de Villafranca—gimió Dos-Caras.
—¿Vamos a chocar?... ¿Crees que vamos a chocar?...
No oí la contestación de mi compañero; un estremecimiento instantáneo y formidable recorrió el convoy, y los frenos inmovilizaron nuestras ruedas. La detención fué tan rápida, que, según me dijeron más tarde, la pirámide de carbón del ténder se fué hacia adelante, aplastando al maquinista y al fogonero. Pero el sacrificio de aquellos dos valientes no impidió la catástrofe. ¿Cómo describirla, si no la vi?... El choque de las locomotoras fué tan ingente, que quedaron empotradas la una en la otra, y al embestirse lo hicieron tan de frente que no llegaron a descarrilar. De nuestro convoy los tres primeros vagones quedaron reducidos a astillas; otros dos sufrieron gravísimos magullamientos, y Dos-Caras, aterrado por el ruido del encuentro, que sonó entre aquellas montañas con el estrépito de veinte cañones disparados a un tiempo, se desvaneció. Yo sufrí una terrible sacudida y perdí todos mis cristales; también se me desconcertaron las puertas, el depósito del agua y los tubos de la calefacción. Los equipajes rodaron por el suelo, y algunos saltaron de una redecilla a otra. Cuando, pasados los primeros instantes de pánico, comprendí que estaba salvo y pude mirar dentro de mí mismo, vi el cadáver de don Rodrigo tendido en medio del corredor, con la frente rota... Había chocado conmigo, y yo le había matado.
Este hecho señala en mi biografía un nuevo rumbo importante. Al siguiente día de la catástrofe, en la que hubo cinco personas muertas y más de treinta heridas, una máquina que en socorro nuestro enviaron de León, me trasladó, juntamente con Dos-Caras y otros compañeros que conservaban sus rodajes sanos, a los talleres de Valladolid, ante los cuales y a la intemperie estacionamos varias semanas, en tanto llegaba nuestro momento de ser reparados. Yo recordaba haber visto años atrás, en aquel sitio, una ringlera de coches enfermos; yo, que era mozo sólido, los miré con desdén; parecíame imposible descender a semejante postración; y ahora, al hallarme postrado como ellos, comprendí que el plano descendente de mi vida empezaba.
En los quince días que duró mi convalecencia, mis curanderos—carpinteros, fontaneros, cristaleros, ebanistas, electricistas, tapiceros, etc.—infligiéronme crueles padecimientos. Las averías y goteras de mi salud eran harto más serias de lo que yo imaginaba; el choque había sido formidable, y aquel bárbaro esfuerzo con que, a la vez, todas las unidades del convoy quisieron meterse, y como enchufarse, unas en otras, tundió todo mi cuerpo. En un instante quedé magullado, macerado, pero yo no lo sabía: los dolores empezaron después: me molestaban los flancos, el piso, la techumbre; particularmente las heridas de los balazos que recibí en el asalto del expreso de Hendaya, se habían abierto con el furibundo golpazo y me hacían sufrir bastante. A estos dolores localizados, añadíanse otros indecisos, generales y profundos, que por su misma vaguedad la cirugía de taller no podía combatir. Yo escuchaba discurrir a los carpinteros: unos decían que si mi armazón padeció tanto fué porque mi maderamen, cortado antes de sazón, presentaba hendeduras que disminuían su resistencia; el más viejo aseguraba que el lugar menos firme de mi individuo era el comedio del costado correspondiente al pasillo, y que motivaban tal debilidad varias rodaduras de mi tablazón; enfermedad gravísima que nace en el tronco del árbol y proviene de no haberse soldado completamente la capa de madera de un año con la del año anterior. Estas explicaciones me descubrieron que cierto vago desasosiego que de cuando en cuando me afligía y que yo traía observado se agravaba con la humedad, no provenía de un error de construcción, sino de mí mismo, de aquellos viejos árboles que me dieron el ser, y era, de consiguiente, algo así como una mala herencia.
Como en los días de mi nacimiento, mis manejadores volvieron a clavarme, a cepillarme, a ajustar mis ensambladuras, a oprimir mis tornillos, a corregir mis abolladuras a golpe de martillo: enderezaron los tubos de la calefacción, forraron de nuevo mis asientos, aseguraron las redecillas para equipajes, revistieron el cuarto-tocador, cuyos azulejos el choque había reducido a añicos; cubrieron mi tránsito de linoleum, y una vez bien bruñido, limpio y con los herrajes relucientes, volví a la circulación. Al salir del taller, mi cristalería y todo mi cuerpo, perfectamente barnizado de un color verdeobscuro, refulgía al sol. Mis camaradas me felicitaban.
—Sea enhorabuena—decían—; estás mejor que antes, más joven...
—¡Buen viaje, Cabal!—me gritó Dos-Caras, a quien sus reparadores aún no habían dado “de alta”.
Yo iba contento, aunque no tanto como en la “primera mañana” de mi historia: ahora ya era un buen galán experto, pintado, retocado, maquillado como un viejo verde; conocía a los hombres, y estaba cierto de que nada nuevo iban a enseñarme; mi regocijo no era la limpia, la inocente “alegría de vivir”, sino la vulgar “costumbre de vivir”. Además, me preocupaba aquel maleficio rojo que, según Dos-Caras, actuaba sobre mí. “La sangre llama a la sangre”—había asegurado el viejo compañero; y la Muerte, que me visitó cuatro veces en menos de veinte años, podía volver...
De Valladolid me rodaron hasta Madrid, donde estuve olvidado varios días, y luego me agregaron al “rápido” de Asturias en substitución de un “primera”, que, sin gloria, hallábase “de maniobras”, descarriló y se partió un eje. Este regreso a mis antiguos días de esplendor me causó gran satisfacción; equivalía a haber resucitado. Durante los siete u ocho años que formé en el correo de Galicia, donde los vagones no se comunicaban, mis fuelles estuvieron inactivos; yo los sentía anquilosarse poco a poco en la ociosidad, y eran para mí como esos muebles de lujo que hablan a sus dueños arruinados de un pretérito mejor. Al usarlos de nuevo, al apreciar cómo su esfuerzo me acercaba y ligaba a mis camaradas, el orgullo de clase tornó a cosquillearme: los “correos”, como los “mixtos”, son convoyes heterogéneos, trenes de acarreo, a quienes la mezcla de categorías sociales desposee de unidad; en ellos los vagones, aunque rueden juntos, no pueden hallarse verdaderamente unidos, porque se desprecian o se odian entre sí, como sus viajeros; mientras los “expresos” y los “rápidos”, cuyos coches tienen dimensiones iguales y peso análogo, trepidan menos, corren y frenan mejor, y representan un núcleo, una casta.
Sobre la línea de Asturias trabajé dos meses; lo suficiente para conocer la imponente hermosura selvática del Puerto de Pajares, que, desde Busdongo, donde empieza el célebre túnel de La Perruca, a la estación de Puente de los Fierros, es, según dictamen de muchos viajeros, uno de los parajes más bravos, ariscos y maravillosamente accidentados del mundo.
Cierta mañana, a poco de regresar a Madrid, supe que los guardavías tenían recibidas órdenes de trasladar todas las “primeras” del “rápido” asturiano a una vía de descarga. ¿Por qué? Ni mis compañeros ni yo sospechábamos el motivo de tal resolución. A la mañana siguiente, a la hora acostumbrada, vimos partir el “rápido”, que había sido “nuestro”, provisto de unidades nuevas, y con la pena de no marchar sufrimos la vergüenza de la preterición. A nosotros, veteranos del camino, se nos posponía a aquellos coches bisoños, probablemente mal construídos. Transcurrieron varios días; unos días de septiembre, lloviznosos y tristes, que agravaban nuestra pesadumbre. Nos sentíamos despedidos; estábamos cesantes. Pasó otra semana. Y, entretanto, el sempiterno ir y venir de los trenes, el traqueteo animador de las locomotoras resoplantes, el parlar misterioso de los discos, toda aquella enfebrecida existencia de estación, en fin, junto a la cual nuestra inmovilidad parecía aún más trágica.
Al cabo, una tarde recibimos la visita de tres señores, muy apersonados y de muy tacaña conversación, que iban a examinarnos; y por lo que hablaron supimos que la Compañía de ferrocarriles del Norte vendía doscientos vagones a la Compañía Madrid-Zaragoza-Alicante, y que en el lote figurábamos nosotros. Al reconocerme—y lo hizo con severa escrupulosidad—uno de aquellos caballeros exclamó:
—¡Este coche no parece malo!
El señor a quien dirigía la observación repuso:
—Lo repararon hace poco: puede decirse que está nuevo.
Reflexiones ambas que me entristecieron y ofendieron con la compasión que demostraban hacia mí. Mis examinadores, al justipreciarme, lo hacían recordando mis años de servicio, como convencidos de que no en mi presente, sino en mi propia historia, estaba mi mayor éxito. Respecto de esto no me era posible dudar, pues cuando de algún individuo u objeto decimos que “no parece malo”, es que tampoco lo juzgamos bueno. Fuimos aceptados, sin embargo, mis compañeros y yo, y otra mañana una máquina-piloto tiró de nosotros y, circunvalando la capital por líneas que jamás habíamos visto, nos dejó cerca de la estación del Mediodía, en un sitio desde el cual divisábamos la parte superior de un hermoso edificio, que más tarde supe era el Ministerio de Fomento.
Este cambio contrarió a todos mis camaradas, menos a mí. Realmente mi juventud más tenía de simulada que de real: el accidente de Toral de los Vados me había modificado: a intervalos experimentaba, aquí y allá, dolores profundos, y en las grandes velocidades mis vargueros gemían. A mí, antes tan sólido, tan callado, ahora todo me hacía suspirar: a veces era un eje lo que se quejaba, otras el marco de una puerta; en aquella parte, especialmente, donde mis últimos carpinteros habían creído sorprender varias rodaduras, mis maderas, no bien se recalentaban con el movimiento, producían un quejido monótono, fino, casi musical; algo parecido a ese “soplo” que los médicos escuchan en los corazones gastados. Era evidente que el reuma, el seguro enemigo de los organismos que empiezan a cansarse, iba infiltrándose en mí; las lluvias, y más aún la escarcha, me dañaban, así como los caminos en cuesta, que, desnivelándome, imponían a mis paredes un esfuerzo mayor; por todo lo cual me holgué de verme destinado al Mediodía, donde la llanura del terreno suaviza el trabajo, y el sol calienta con mejor ahinco, y el aire es más seco.
—Cualquiera de las líneas que llevan a Andalucía o a las regiones levantinas—pensé—será cordial para mí como una estación de invierno.
Grande fué mi alegría al verme añadido al expreso de Sevilla, que salía de Madrid a las ocho y veinte de la noche. Por la mañana—y como para borrar mi pasado—, dos hombres se ocuparon en substituir la mayoría de los anuncios y paisajes que exornaban mi corredor por otros correspondientes a la región Sur. A las bebidas espumosas del Norte, sucedieron los vinos de Jerez y de Málaga, y las fotografías de San Sebastián, Bilbao, La Coruña y Gijón, fueron reemplazadas por otras flamantes de Sevilla, de Granada y de Córdoba. Yo estaba inquieto y alegre, así por la novedad del camino, como por la curiosidad de conocer a mis compañeros de ruta.
A media tarde fuí colocado en el tercer lugar del convoy, empezando a contar por la cabeza. Detrás del primer furgón iba un “primera”, a quien, por hacer justicia a su color, llamaban El Negro; luego, yo; y a mi zaga otro “primera”, muy fachendoso y contento de sí, apodado El Majo, y que disfrutaba fama de matón, porque una vez, yendo de maniobras con la máquina, embistió contra dos “terceras” abandonados en una vía, y los descarriló. Tenía unos topes bruñidos y poderosos, hablaba campanudamente y con señalado ceceo andaluz, y gloriábase de poseer un peso neto de treinta y ocho toneladas. Estas circunstancias le erigieron en jaque del expreso, y todos, hasta los mismos coches-camas, le testimoniaban respeto.
Mientras llegaba la hora de partir, mis camaradas me dijeron sus nombres y quisieron, a su vez, saber quién yo era y de dónde venía. Sucintamente respondí a sus averiguaciones—pues nunca me gustó caminar de prisa en la amistad—; les manifesté haber servido cerca de nueve años en la línea de Hendaya, que más tarde pasé a la de La Coruña—callé que en un “correo”—y que después del choque de Toral de los Vados trabajé dos meses en la ruta de Asturias, de donde venía. Mi acento, marcadamente castellano, pero con inflexiones, a veces, gallegas y vascas, divertía a mis oyentes. Todos, para mirarme, adoptaban un empaque de superioridad; debí de parecerles desabrido, sencillote y hasta un poco tonto, quizás. Me sentí mal acompañado; aquellos majaderos se proponían amedrentarme para reir a mi costa; yo acababa de llegar y querían hacerme pagar la “novatada”; era algo de lo que—según muchas veces he oído contar—les sucede en las academias militares a los alumnos recién llegados.
—¡Buen chasco vais a llevaros!—meditaba yo.
Bruscamente, con su aire atropellador de perdonavidas, El Majo me interrogó:
—¿De dónde eres tú?
—¿Y tú?—repliqué en el mismo tono insolente.
—De Zaragoza.
—Yo nací en Saint-Denis.
—¿San... qué?...
—Saint-Denis—repetí.
—Franchute, entonces...
—No; franchute, no; francés. Y, desde que llegué a España, me llaman El Cabal, nombre que te explicará mi condición; y es que soy completo; o, lo que es igual: que, como nada me falta, nadie puede tener más que yo.
—Así debe ser—repuso El Majo.
Pero sentí que lo decía a regañadientes y que me guardaba rencor.
Habían dado la entrada en el andén a los viajeros de Andalucía; nuestros asientos comenzaron a ocuparse aceleradamente y las risas y voces del exuberante carácter meridional apresaron mi atención por completo. Nada sorprende tanto a los extranjeros, como este radical polifacetismo del alma española. Un viaje alrededor de España equivale a una excursión por cinco o seis países totalmente diversos. Cada región hispana tiene su carácter, su arquitectura, su música, sus bailes, sus trajes: los romanos no pudieron vencer a los cántabros, y vascos y astures—aunque muy distintos entre sí—conservan la sangre de los iberos primitivos; los gallegos son celtas; los andaluces y valencianos descienden de árabes; los godos, los francos y los fenicios, influyeron en Cataluña...; ¡y divierte observar cómo cada una de estas regiones proyecta en los andenes madrileños, a la hora de salida de sus respectivos trenes, una especie de aliento! Cada convoy es una prolongación de aquella provincia lejana que le impone su nombre, un reflejo de su alma. En el expreso de Hendaya, no obstante su cosmopolitismo, predominan las espaldas anchas y huesudas, las largas narices aguileñas, los pómulos descarnados y los ojos claros, de la raza vasca; los huéspedes de los convoyes galaicos y astures son hombres serios, prudentes y de trato a la vez respetuoso y cordial; se oye platicar en gallego y en bable mesuradamente, y suele haber para las mujeres que ambulan solas un respeto hidalgo. El Mediodía es más turbulento: en los expresos y correos que van a Barcelona—años después lo comprobé por mí mismo—sólo se habla catalán; en los de Valencia, valenciano, y andaluz en los de las líneas andaluzas. Por las noches, durante ese par de horas en que la mayoría de los trenes se va, cada una de las dos grandes estaciones ferroviarias de la Corte reasume el “plano moral” de media Península.
El buen humor español que, la verdad, nunca me pareció muy grande, es patrimonio exclusivo de las regiones frías: las provincias Vascongadas, Aragón, Galicia y Asturias son alegres: lo proclaman sus músicas, sus bailes, su inclinación a los deportes físicos, su potencia estomacal, y algo candoroso que preside los regocijos populares bajo las pomaradas norteñas. En cambio, Castilla, y más aún Andalucía—la vieja Vandalia—son tristes, como la llanura. El regocijo del andaluz es epidérmico; el andaluz se ríe con la piel; ríe por elegancia, por altruísmo, porque sabe que el dolor es desagradable; pero su carne, toda su carne sensual, es trágica. No incurramos en la vulgaridad, harto extendida, de confundir la alegría con la gracia. Un hombre puede ser muy gracioso y estar siempre muy triste, como aquel clown protagonista de un cuento célebre; o, por el contrario, hallarse de felicísimo humor y con muchas ganas de reir, y carecer absolutamente de gracia. Estos dos conceptos, no obstante su diversidad evidente, suelen enredarse en nuestro espíritu por obra de aquella costumbre—reflejo de nuestro egoísmo—que tenemos de creer a los demás en la misma disposición de ánimo que nosotros. Alguien, con sus donaires, pellizca nuestra hilaridad, y en el acto suponemos que también él se ríe; e, inversamente: calificaremos de triste a quien, por placentero que sea, no acierte a divertirnos. Así los andaluces, aunque en secreto lloren o se aburran, se nos antojan felices, pues poseen, como ningún otro pueblo de la tierra, el misterio de la buena risa. El contento es para ellos una especie de traje, y cada cual se esfuerza en comparecer mejor vestido que nadie: si éste triunfa con un dichete, aquél procurará acertar con dos: para el andaluz la gracia es la forma más usual de la filantropía. “A nuestro interlocutor—piensa—debo entretenerle, consolarle, ayudarle a olvidar sus penas, que más de una tendrá.” Al aludido le sucede lo propio, cada cual pone sobre su drama interior una pirueta, y así, del dolor secular—dolor de raza—de todos los andaluces, brota paradójicamente la eterna gracia proverbial de Andalucía.
Yo, en siete años que rodé por aquellas tierras inolvidables de Córdoba y de Sevilla, me divertí mucho con el inagotable picante humor de las charlas, la pimienta de las preguntas, la oportunidad traviesa—a veces corrosiva—de las réplicas, y toda aquella sal prodigada sin medida no bien la conversación se enciende.
La noche a que antes me refería—la de mi primer viaje a Sevilla—era una de las últimas de junio, y el mucho calor parecía desentumecer en todos el deseo de hablar. Peregrinaba con nosotros, rumbo a Cádiz, una compañía de comedias, y la mayoría de los actores se repartieron entre mis compartimientos y los del Negro. Todos, o casi todos, eran andaluces. La primera actriz, Matilde Manzano, a quien yo había llevado a San Sebastián y a La Coruña otros años, iba en el primer coche; el “galán joven”, cuyo nombre no pude saber porque sus camaradas le llamaban “Pedro Domecq” haciendo honor al mucho coñac que bebía, viajaba conmigo. Desde sus respectivas ventanillas, la Manzano y el comediante hablaban a gritos:
—¿Sabe usted a quién le dí un pellizco esta tarde?—decía él.
—A una gorda, sería.
—Se equivoca usted: a una flaca.
—¡Jesús, qué mal gusto!
—A Pilar Gil.
—No me diga usted dónde la pellizcó.
—Donde me pareció que tenía más carne.
—De todos modos llegaría usted al hueso en seguida.
—¿Que si llegué?... ¡Como que perdí la uña!...
El picante discreteo continuó. “Pedro Domecq” quería atraer a la actriz a su departamento; ella resistía y coqueteaba:
—Véngase usted aquí, criatura...
—¿Hay algún asiento desocupado?
—¿Pero usted cree que yo iba a ofrecerla un asiento, como a una vieja?
—¿Entonces, qué?
—Mis rodillas, que parecen hechas de plumas, por lo blandas.
—No me convienen.
—¿Iba usted a tener mucho calor?
—Demasiado frío, porque es usted muy fresco. Mejor voy aquí, y así no podrá usted negar después que ha venido siguiéndome toda la noche...
—No hay inconveniente, con tal de que en Cádiz se deje usted alcanzar.
Atajó el diálogo la aparición en el andén del empresario, que iba a despedir a su compañía. “Pedro Domecq” le interpeló en seguida, y por la confianza irreverente con que se trataban comprendí que eran amigos rancios:
—¿Qué quiere usted que le traiga de Sevilla, don Emilio?...
—Hombre... ¡qué sé yo!...
—Pida usted sin miedo, que con lo grandecita que tiene usted la boca ya puede hacerlo. ¡Venga! ¿Qué le traigo? ¿La Giralda?
—Como traer... me gustaría que trajeses un poquito más de gracia de la que te llevas.
—¡Eso es muy difícil!... ¿No le sería a usted igual que le trajese, para su uso particular, cien gramos, siquiera, de vergüenza?...
—¿Dónde ibas a comprarla?
—Yo preguntaría dónde la venden buena.
—Como quieras: pero considera, niño, que tú no entiendes de eso y van a engañarte...
En el momento de arrancar el tren, los alegres servidores de la farándula empezaron a aplaudir a don Emilio, que les saludaba con el sombrero.
—¡No gastéis los aplausos—repetía el empresario—; no los gastéis, que luego os harán falta!...
Desde todos los coches, muchos pañuelos blancos y muchas manos de mujer, decían “adiós”.
Apenas caminamos un poco, una ráfaga de aire oreó nuestro abrasado interior; el calor, no obstante, era fuerte, y las caras de mis huéspedes aparecían bruñidas y como barnizadas, por el sudor. Pasamos raudos ante las estaciones de Villaverde, de Getafe y de Pinto, en cuyo castillo corrieron las lágrimas de la Princesa de Eboli, y al detenernos en Valdemoro, “Pedro Domecq” empezó a llamar desde una ventanilla:
—¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!...
La actriz se asomó:
—¿Qué quiere usted?...
—Diga.
—¿No cree usted que hace un calor impropio de esta estación?...
Matilde Manzano se echó a reir, y con ella muchos pasajeros. De ventanilla en ventanilla volaban donaires; un buen humor pueril, una alacridad de feria, estremecía el convoy. Transcurrió otro cuarto de hora, y, al llegar a Aranjuez, nuevamente “Pedro Domecq” volvió a gritar:
—¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!...
Por segunda vez, la gentil comedianta dejó ver su rostro picaresco:
—¿Qué necesita usted, fiebre tifoidea?...
—¿No piensa usted, como yo, que sigue haciendo un calor impropio de esta estación?...
Algunos de mis inquilinos habían pasado al dining-car, pero la mayoría, en la que figuraba “Pedro Domecq”, cenaba dentro de mí, lo cual, como siempre, alarmaba gravemente mi afición a la pulcritud.
Más allá de Castillejo, donde estacionamos dos minutos, empezó a herir mi atención la desolación de la llanura manchega, más triste aún que las planicies de la Nueva Castilla. Todo yacía muerto, horriblemente seco, bajo la luna lívida; lo que no era polvo, era piedra, y entre los repechos amarillentos sobre los cuales los viajeros, asomados a las ventanillas iluminadas, recortaban sus sombras, el estrépito del convoy resonaba como los ruidos en las casas desamuebladas. Aridos, pajizos, teñidos por una melancolía de osamenta, los pueblos de Villasequilla, Tembleque y Villacañas, fueron quedando atrás; mas no bien hacíamos alto, resonaba la voz irónica de “Pedro Domecq”, que indagaba:
—Señorita Manzano: ¿no cree usted que reina un calor impropio de esta estación?...
Desvelados por la temperatura bochornosa, muchos pasajeros celebraban con carcajadas aquella interrogación que, cuanto más repetida, mayor gracia parecía tener.
—¿Qué tal máquina llevamos?—pregunté al Negro.
—Superiorísima—contestó cayendo en seguida, a fuer de andaluz legítimo, del lado pintoresco de la hipérbole—; cuatro años hace que ruedo con ella y no me ha dado un disgusto. Frena bien y en invierno administra el calor como ninguna. Si no echase más agua que humo, sería perfecta; nosotros, por eso, la llamamos La Regadera. En Córdoba nos recogerá La Sabrosa: ¡un dije!... blanda, voluntariosa y suave; una locomotora que cuando dice “¡allá voy!”, parece una paloma...
Estas noticias me tranquilizaron: a pesar de ser bisoño en aquel expreso, me satisfacía hallarme entre vagones distinguidos, y con un “jefe de tren” y un “guardafreno” y “vigilantes” y “rutas”, a mi servicio, como antes, en mis años prósperos. La Regadera tenía un andar rítmico y cómodo, favorable al sueño; mis inquilinos iban sosegándose y su silencio me invitaba a dormir: la mayoría de mis luces estaban apagadas y una laxitud inefable me invadía: poco a poco dejé de oir, dejé de ver; mis sensaciones quedamente, como de puntillas, se alejaban... Una detención súbita me despertó; estábamos en Baeza y empezaba a clarear.
La voz, enronquecida por el coñac y el frío del amanecer, de “Pedro Domecq”, repetía inútilmente:
—¡Señorita Manzano..., señorita Manzano!... ¿Verdad que hace un calor impropio de esta estación?...
Hecho a viajar, en pocas semanas mi bien ejercitada atención conoció detalladamente las particularidades y horizontes de la principal línea andaluza; y cuanto más recapacito en las sorpresas que me dió su estudio, pasmo mayor me causa la pluralidad de máscaras o facetas de la psicología hispana. Aquí, más que en ninguna otra nación, un monte, un río, una falla del terreno, poseen capacidades aisladoras inverosímiles. Conocer Andalucía, conocer Galicia, o Castilla, o Aragón, o Valencia... no faculta al extranjero a decir: “Conozco España”. ¿Y cómo no sería así cuando la variedad de pueblos, rudos y combativos, que por aquí pasaron, no pudiendo fundirse totalmente unos con otros, hicieron de ella, más que “un alma”, un increíble “racimo de almas”? Si aplicásemos a nuestra península las reglas de la metoposcopia, sacaríamos en limpio que España, con sus estepas tristes, desjugadas, amarillentas y rugosas, parece un viejo rostro cansado de llorar. Sus montes pelados, sus planicies estériles, sus ríos sin agua—aquellos mismos que hace siglos prodigaron su riqueza y hoy corren humildes como millonarios arruinados—, nos hablan de un larguísimo historial de guerras y de salvajes fanatismos, y los odios centenarios que separaron a unas ciudades de otras, aunque pulidos por la cultura, duermen todavía en lo inconsciente de la raza y hace de cada español un sujeto poco gobernable.
Como antes el carácter de las provincias Vascongadas, y luego el espíritu de la región gallega, así el alma andaluza, rápidamente, penetró en mí. Mis relaciones con El Majo continuaban siendo de las más ácidas, y estábamos ciertos de que acabaríamos golpeándonos, pues ni él renunciaba a sus pragmáticas de baratero, ni yo se las toleraba; en cambio, las restantes unidades del convoy me querían mucho, especialmente El Negro, que siempre iba a mi lado, y otro coche apodado El Rubio y no por su color, sino por el considerable número de ingleses que había viajado en él; ambos me profesaban conmovedora devoción, y se hacían lenguas cuando se trataba de elogiar mi sutileza en el arte de conocer, y mi memoria.
En los quinientos sesenta y tantos kilómetros que hay entre Madrid y Sevilla, los paisajes que más interesaron mi sensibilidad fueron los alrededores de Tembleque, por cuyas alturas, sembradas de molinos, pasa la línea que divide las cuencas del Guadiana y del Tajo. Vienen después las llanuras quijotescas de la Mancha; las tierras malditas—tierras de sal—de Villacañas; el castillo morisco de Alcázar de San Juan; el pueblo de Manzanares, construído sobre los belicosos cimientos de una fortaleza; y más adelante los de Valdepeñas y Santa Cruz de Mudela, famosos por sus inmensos viñedos. La estación de Almuradiel ocupa la altura máxima de la vía, que muy luego, al penetrar en la cuenca del Guadalquivir, empieza a descender, llega a Venta de Cárdenas y horada la cordillera Mariánica por el célebre desfiladero o garganta de Despeñaperros. Los túneles, las curvas peligrosas, los tajos tableteantes, se suceden, y corremos entre bloques gigantescos cortados perpendicularmente, como a cuchillo; peñascos áridos y obscuros, de una adustez castellana. Llegamos a Santa Elena, primera estación andaluza, y después de Vilches, a la que un viejo castillo señorea, y de Vadollano, descansamos cinco minutos en Baeza, arrancadero de los trenes para Granada y Almería. Pasan luego—y sólo he de citar las villas principales—Menjíbar, que fijó en tiempos pretéritos el límite de las Españas “citerior” y “ulterior”; Espelúy, en donde deben apearse los viajeros que vayan a Jaén; la iglesia, con trazas hoscas de alcazaba, de Villanueva de la Reina; Andújar, a la que sus alcarrazas y botijos dieron renombre; y más allá de Montoro y de Pedro Abad saludaremos las siete torres—diez veces centenarias—del castillo de Bujalance, construído a expensas del tercer Abderramán. Un poco más y ganamos Córdoba, triste, augusta y hermética—según el público decir—como un altar: y después Villarrubia, donde una vez don Pedro el Cruel escondió sus tesoros; Posadas, que acrecienta la blancura de sus edificaciones con el lozano verdor de sus tupidos naranjales; Peñaflor, que parece enorgullecerse de su nombre; Lora del Río, a la que sus trigales ponen un nimbo de oro; Tocina, de donde parte el ramal que guía a Mérida, la romana; y, finalmente, Brenes, en cuyo horizonte la Giralda, maravilla de Andalucía, parece rezar a la vez al Islam y a la Cruz...
Las apreciaciones, siempre justas, de mi mejor amigo El Negro, me ayudaron a registrar en los arcanos morales de las tierras por donde pasábamos.
—Pertenecemos—decía mi compañero—a un país milagroso; y lo califico así, pues vive a despecho de cuanto sus habitantes hicieron por destruirlo. De esa Castilla que tú has recorrido más que yo, la falta de árboles ahuyentó a los pájaros, que tanto benefician los campos, porque persiguen a los insectos; y como los árboles faltan, las nubes emigran y con ellas la lluvia, que todo lo enverdece. ¿Vas contando bien los eslabones de esta terrible cadena? En Castilla los cambios atmosféricos son atroces; la sequía te resquebraja, el polvo te ciega y, entretanto, la langosta fecundiza la tierra endurecida por la incuria de los hombres. Tú no imaginas el poder asolador de ese insecto: llega en nubes constituídas por millones de millones de individuos que, al caer, cubren los sembrados, borran los caminos, desnudan en pocos momentos a los árboles de su follaje y detienen los trenes. Hace un bienio la langosta nos paró al salir de Tembleque: no se veían los rieles y todo el campo, a nuestro alrededor, aparecía negro; la nube había acertado a caer justamente sobre la vía férrea, y como estos animalitos, al ser aplastados, expelen una baba oleaginosa, pronto la locomotora empezó a patinar. Era grotesco, era increíble, que unos bichitos así pudiesen tanto. La pobre Regadera despedía, como nunca, agua y vapor; jamás la habíamos visto tan furiosa. El maquinista, para ayudarla, echó en los rieles arena; pero ésta, al revolverse con el aceite de las langostas estrujadas, formó una masa que, adhiriéndose a nuestros rodajes, nos obligó a inmovilidad.
Calló los instantes que tardamos en franquear un puente, y continuó:
—En Andalucía, donde la actividad agrícola es algo mayor, la langosta no suele presentarse; pero si por allí no hay langostas, hay caciques, y no sabría explicarte cuál de estas dos calamidades me parece mayor. ¡Casi estoy por decir que al cacique le tiene miedo la langosta!...
—El cacique—interrumpí—descendiente caricaturesco del señor feudal, es un tipo que abunda en Castilla, en Galicia y, probablemente, en otras muchas partes.
—Sí—replicó El Negro—, el caciquismo es dolencia muy española; mas no puede ser grave en las provincias norteñas, donde la tierra está hermosamente dividida entre pequeños terratenientes; mientras la desventurada Andalucía, por obra del abandono o mala fe de nuestros gobernantes, languidece entre unas cuantas manos, generalmente ociosas. Aquí los terrenos mejores se dedican a ganaderías de reses bravas o a cotos de caza, y hay millares de braceros que necesitan emigrar en busca de trabajo. ¡Júralo conmigo, Cabal!... Nuestros hombres se van, no porque América les deslumbre con su oro, sino porque con su miseria España les despide. Cabal, en este país, quien no sea militar o fraile o político, o siquiera empleado de cierta categoría, debe marcharse. Aquí, los ricos no le dan al necesitado empleo, sino limosna; es más cómodo para ellos y, desde luego, más teatral.
Estas meditaciones resucitaron en mi memoria las que, a propósito de un tema bien diferente, me expuso una noche, saliendo de Hendaya, mi viejo amigo Doña Catástrofe. España se halla depauperada y abúlica; en este país nuestro, donde el gobernar no es un deber ingrato, sino un negocio, los pobres no pueden vivir; ¡ni siquiera robar!... Convencida de su desamparo, la legión trabajadora se encorva pasivamente bajo la autoridad del cacique y del cura. “Lo que me regatea el mundo—discurre—me lo dará el cielo.” Porque en los hombres la fe en el “más allá” crece según la fe en sí propios disminuye. Y, de este modo, llegan a la muerte sin haber vivido. La riqueza de una nación se mide por su agricultura, por sus minas, por sus fábricas; cada predio, cada filón, cada chimenea humeante, es una cifra...; y también, pero inversamente, por sus catedrales, sus cuarteles y sus alcázares. Esos mendigos que limosnean a la sombra de las torres de las iglesias, representan el verdadero cimiento de esas torres, porque lo que las levantó y mantiene en pie, es el dolor. ¡Ah!... ¿Cómo es posible que los espíritus progresivos no lean de corrido en todo esto?...
Platicando en este tono, en el que había más melancolía que apasionamiento, salimos de Sevilla aquella noche. Mediaba, si no recuerdo mal, el mes de septiembre. Viajaban conmigo, entre otras muchas personas, un oficial de Marina, que venía de Cádiz; cinco turistas yanquis, y un matrimonio español, al que cierto caballero, amigo de los dos—pero antes devoto de “ella” que de “él”, según demostraré luego—, prestaba escolta.
Lo que inmediatamente referiré, más que una escena es un diálogo; pero... tan expresivo, tan burlesco y, a la vez, ¡tan grave!... Quizás aquella conversación, que procuraré repetir textualmente, fuese el “prólogo” de alguna novela cuyo argumento yo había de ignorar, y—por lo mismo—al recordarlo me abstendré de reir. ¡Quién sabe! La vida, aunque es el único drama que los hombres estrenan sin ensayos, siempre es algo muy serio.
Así, parodiando a los autores de comedias y para mejor esconder mi personalidad de vagón atisbador y chismoso, presentaré a las figuras antes de dejarlas hablar.
Ida: veintiocho años. Lindo talle. Rubia. Tiene labios de ironía y unos bellísimos ojos claros, que si fueron optimistas alguna vez ya sólo conservan “la voluntad” de ser alegres. En todo su cuerpo largo y maestro en la delicada gracia de las actitudes melancólicas, persiste una laxitud alusiva a la idea que envuelve su nombre: Ida; un nombre triste como un adiós.
Don Alfonso: esposo de Ida. Cuarenta años; tipo desdeñoso y cordial a la vez; esto es: distinguido. Buena presencia. Viste de obscuro.
“El otro señor”—nunca oí su nombre—: la misma edad de don Alfonso. “Hombre de mundo”, alto y un poco triste. En las sienes, canas prematuras. Su rostro, afeitado, expresa bondad y cansancio: es una doble expresión muy frecuente, porque la bondad—entre los humanos—suele ser una de las expresiones de la fatiga. Traje y guantes grises. En la solapa un clavel recién cortado, rojo, trágico...
Al salir de Sevilla, don Alfonso ha tomado un billete para “la primera mesa”; “el otro señor” toma el suyo para “la tercera”; tanto porque dice haber almorzado tarde, como por no dejar sola a la señora. Ida nunca cena en los trenes; no puede; se marea. Por mi tránsito pasa un servidor del dining-car, que repite ante la puertecilla de cada departamento:
—Señores: la “primera mesa” va a empezar...
Don Alfonso.—(Levantándose.) Autorícenme ustedes a marcharme. (A ella.) ¿Te envío un té?
Ida.—(Dulcemente.) No, gracias.
Don Alfonso.—(Obsequioso.) Un té, bien azucarado... y con unas pastitas...
Ida.—Me haría daño; ¿no lo sabes? (Mirándole amorosamente.) Come bien tú; come por los dos...
Vase don Alfonso. Ida y “el señor del clavel encarnado”—que también así podemos designarle—quedan solos en su departamento. En torno suyo, sobre los asientos, hay libros, periódicos, almohadas de viaje... Ida, que se adivina espiada, registrada, por su acompañante, vuelve la cabeza y, sin querer, le mira. Yo me preparo a escuchar: siempre me ha divertido ver cómo los corazones buscan, para acercarse, los caminos más retorcidos, y su empeño en justificar su amor: lo único que no necesita ser justificado.