El.—En los trenes, de noche, no se puede hacer nada.

Ida.—Si la luz no fuese tan débil, yo leería. (Dirige a mis dos lámparas una mirada despectiva, que me ofende.)

El.—¿La gusta a usted leer?

Ida.—Según... (Pausa breve.) Los libros amenos no abundan. Es tan difícil hallar un libro interesante como conocer un hombre entretenido.

El.—(Con acento seguro.) ¿Verdad que son muy raros los hombres interesantes?

Ida.—Dos por mil.

El.—Exagera usted.

Ida.—¿Le parecen pocos?

El.—Muchos me parecen. Los hombres son aburridísimos: los menos, porque saben demasiado y abusan pedantescamente de sus conocimientos; los más, porque lo ignoran todo.

Los dos sonríen.

Ida.—Si las mujeres supiésemos eso a tiempo no nos casaríamos... o nos casaríamos muy tarde... ¡Yo me casé a los diez y siete años!

El.—Hizo usted bien: debemos casarnos temprano, porque así tendremos toda la vida para arrepentirnos de nuestro error.

Ida suspira.

El.—Yo, también soy un gran desengañado. (Corta pausa.) El mundo es monótono, gris... ¿No reparó usted en la afición de los individuos que, como yo, traspusieron la cuarentena, a vestirse de gris?... Porque es el único color que sus ojos experimentados ven en todas partes. (Otro silencio discreto.) De mozo, mi ilusión parecía un gigantesco y maravilloso jarrón de Sévres. ¡Cómo lucía! ¡Qué bien ocupaba y alegraba toda mi alma!... Hasta que un mal día chocó contra la realidad y se hizo añicos. Pensé morir. Después... ¡qué remedio!... me apliqué a buscar entre el drama de los pedazos rotos el pedazo mayor, decidido a contentarme con él.

Ida.—¿Lo halló usted?

El.—Todavía no. (Mirándola expresivamente a los ojos.) O, quizás, sí... ¡No lo sé!...

Ida.—¿Busca usted aún?

El.—Siempre.

Ida.—Entonces es usted feliz. Al menos, más feliz que yo. (Con un temblor, casi imperceptible, en la voz.) Yo... ¡ya no busco!

El.—Reaccione usted: si quiere usted ser dichosa, quiéralo fanáticamente, propóngaselo... y lo será usted. En una enorme mayoría de casos la dicha se reduce a un espejismo de nuestra voluntad.

Ida.—Tal vez... (Mueve la cabeza.) Pero, ¿a qué afanarnos en crear ese miraje, si, al cabo, quedaremos vencidos?... Recuerde usted que detrás de “Don Quijote”, símbolo de la ilusión, caminaba “Sancho”... ¡Como en la vida!

El.—(Fervoroso.) Porque somos cobardes. Luchemos; y, si el mundo nos derrota... ¡volvamos a luchar!

Callan, como otorgándose mutuamente una tregua. Sin que lo advirtieran, entre ambos acaba de brotar una simpatía. Yo lo siento bien, y me alegro. La Sabrosa ha esforzado su andar y en el silencio de los campos, empapados de luna, mis rodajes trajinan con mayor entusiasmo.

Ida.—¿Qué podría yo buscar? Nada. ¿Laureles?... No, porque no soy artista. ¿Dinero?... ¿Para qué?... ¿Amor...?

El.—(Interrumpiéndola vehemente.) ¡Sí, amor!

Ida.—El amor me está vedado: la sociedad me lo prohibe. Además, yo quise a mi esposo. ¿Cree usted que se puede querer más de una vez?

El.—Indudablemente, y apelo al testimonio del libro inmortal cuya autoridad invocó usted antes. ¿Cuántas veces salió “Nuestro Señor Don Quijote” en busca del Ideal? ¿No fueron tres?... (Animándose.) ¡Ah, si la persona de quien estoy enamorado me correspondiese!...

Ida.—¡Qué locura! Amar es esclavizarse.

El.—Cierto: ¿pero hay esclavitud comparable a la esclavitud del aburrimiento?

Ida.—¿Y las responsabilidades, no ya morales, sino económicas, que acarrea un amor?... (Risueña.) Oiga usted a los hombres...

El.—(Exaltándose.) ¡Miserables!... La mujer que no amamos, ciertamente nos pesa y estorba; pero la amada nos reanima y en toda ocasión nos sirve de trampolín y de impulso. La primera, es una carga; la segunda, una fuerza. Media entre ambas la diferencia que hay entre llevar nuestra merienda en la mano, a llevarla en el estómago.

Ida ríe. En aquel instante, cruza por delante del compartimiento el oficial de Marina, vestido de blanco: sobre la albura del uniforme, la botonadura y los galones dorados brillan marciales. El oficial es ventrudo y, al caminar, se esparranca para guardar mejor el equilibrio. Lleva una gran pipa entre los dientes, y la lumbre del tabaco tiñe de rojo el semblante carnoso del fumador. Ida y su acompañante continúan discreteando, pero en voz más confidencial.

El.—(Con un nuevo ardor en el acento.) El mundo objetivo no existe realmente: todo está en nosotros, Ida; todo depende de nosotros... y yo sostengo que usted, o cualquiera, puede ser feliz a condición de ser un poquito cruel. (Un silencio que empleará en recoger ideas.) ¿Conoce usted la admirable película de Pietro Fosco, El fuego?...

Ida hace un gesto negativo, y sus ojos claros, sorprendidos, ingenuos, parecen aniñarse con la curiosidad.

El.—Una mujer joven, bella, elegante, caprichosa y millonaria...; una mujer que lleva consigo completo el trágico ramillete de las tentaciones, saluda una tarde, en el campo, a un pintor. La pobreza, la hermosura adolescente y, más aún, la alta inspiración del artista, la interesan. “—Iré a tu casa—le anuncia—para conocerte mejor.” A la noche siguiente le visita. El, trémulo de emoción, ha exornado el estudio con flores: sobre la mesa y bajo una pantalla verde, arde una vieja lámpara de petróleo. Ella examina uno a uno los lienzos, la pluralidad inconcluídos, que decoran el taller, y por momentos muéstrase más enamorada del pintor. “—Tienes mucho talento—repite—; un extraordinario talento, y mereces vencer.” Informada de las circunstancias que obstaculizan la existencia del joven, añade: “—A tu madre la enviaremos cuanto dinero necesite, pero a condición de separarte de ella. Debes renunciar a todo, y dedicar al Arte tu alma entera. A cambio de ese sacrificio, yo te daré amor, laureles, fortuna... y serás tan dichoso que tu corazón, hoy sediento, no apetecerá nada...” El vacila; ¡es tan niño aún!... “—¿Y mi novia?”—interroga suplicante. “—Sacrifícala también: es indispensable que todo salte en pedazos para que tú triunfes.” Y prosigue: “—¿Cuánto tiempo arde esa lámpara con la luz que ahora tiene?” “—Ocho horas, señora.” “—¿Y te resignas a vivir en una penumbra tan triste?” “—¿Qué haré—replica El—si no puede alumbrar mejor?” “—Te engañas. Hay en tu lámpara una fuerza formidable que tú no conoces, pero yo, sí. ¡¡Mira!!...” Y, apoderándose de la lámpara, la estrella contra el suelo. Una llamarada de incendio inunda el taller, y el pintor, deslumbrado, cegado, por aquel resplandor de Ideal, sigue a la hechicera...

Ida.—(Temblando.) ¡Símbolo admirable!... ¡Oh! De emoción las manos se me han quedado frías.

El.—Delante de cada hombre sólo se extienden dos caminos: el camino de los resignados, y el de los rebeldes. Conviene escoger, y escoger pronto. ¿Qué preferiremos?... ¿Vegetar aburridamente bajo una luz vulgar, o arremeter contra todos los peligros y hacer de nuestra vida una hoguera?...

Ida.—No lo sé.

El.—Yo, sí; yo rompo mi lámpara. Las pasiones me atraen más por su intensidad que por su duración, pues no importa que la llamarada dure un instante si basta a enseñárnoslo todo. (Misterioso y profético.) Y es llegada la ocasión de seguir mi ejemplo. Ida: “rompa usted su lámpara”.

Ida.—No me atrevo...

Le mira aterrada, cual si sus ojos se inmergiesen en un abismo.

El.—“Rompa usted su lámpara”. (Sombrío.)

Ida.—¿Y después?

El.—No pregunte usted eso: la Felicidad no tiene futuro, no tiene “después”. Cuando el incendio le haya permitido a usted ver “lo infinito”, ¿para qué querría usted seguir viviendo? (Pausa.)

Ida.—(Con curiosidad pueril.) ¿Cómo termina el pintor su aventura?

El.—Malamente: porque acaba sus días idiota, en un manicomio, haciendo pajaritas de papel. (Transición.) Pero, ¿qué importa, si antes de caer en la idiotez fué famoso, rico y amado?...

El esposo de Ida, que vuelve del comedor, aparece inesperadamente:

—Buenas noches.

Ida lanza un pequeño grito.

Don Alfonso.—¿Soy importuno?... ¿De qué hablaban ustedes?...

Ida.—Como no te sentimos llegar... (Recobrándose.) Nuestro amigo me contaba el argumento de una película.

Don Alfonso.—En el coche inmediato he saludado a la marquesa de Guzmán; lleva a una de sus nietecitas enfermas; yo la dije que tú pasarías un momento a visitarla; ¿quieres?...

Ida.—(Levantándose.) Sí, sí; hiciste muy bien.

Don Alfonso.—(A su amigo.) Estaremos de vuelta antes de que usted se marche a cenar.

El señor del clavel encarnado.—Muy bien... (Saluda.)

El matrimonio sale; don Alfonso camina delante. Al franquear la puertecilla del compartimiento, Ida vuelve la cabeza y sonríe; y aquella mirada y aquella sonrisa, “el hombre del clavel encarnado” las recibe a la vez, tal que dos saetas, en el corazón.

XIX

Abril había empezado, y era increíble la cantidad de “turistas” españoles y extranjeros que las festividades de Semana Santa y Feria—célebres en el mundo—llevaban a Sevilla. A diario los trenes de todas las líneas andaluzas rebosaban gente, y a ello contribuía mucho la emisión circunstancial de billetes económicos de “ida y vuelta”, cuya gran baratura aun a los más poltrones estimulaba a peregrinar. Nuestros convoyes estaban rendidos del peso que transportaban a cada viaje; los coches, sea cual fuere su clase, así como las vagonetas y furgones, salían cargados de pasajeros, de equipajes, de mercancías y hasta de muebles. Hubo locomotoras que partieron de Madrid arrastrando más de trescientas cincuenta toneladas. En la estación central unos a otros nos informábamos del tráfico.

—¿Cómo iba esta mañana el “rápido”?...

—Lleno—respondía una voz.

—¿Y el “correo”?...

—Lleno también: salió con retraso, porque a última hora fué necesario añadirle dos “terceras”.

Todos los trenes caminaban así, incluso los “mixtos” flemáticos, a quienes apodábamos “los alcanzados”, porque siempre se quedaban atrás. Este exceso de trabajo nos fatigaba, pero al mismo tiempo nos excitaba, pues en la acción va envuelta siempre una alegría, y el buen humor bullicioso—algo plebeyo—de nuestros huéspedes, se transmitía a nosotros. El carácter, netamente andaluz, de los festejos que se celebraban, estimulaba el andalucismo de los viajeros: los andaluces exageraban su acento y “se comían” más letras que nunca, y hasta los oriundos de otras regiones, arrastrados por el ejemplo, procuraban imitarles. Mi expreso, desde el ténder al furgón de cola—y sobre todo en las curvas, que le dan una ondulación pintoresca—parecía una calle de Sevilla o de Córdoba; yo mismo, no obstante mi origen vasco-francés, empecé a hablar un poquito andaluz...

El “sábado de Gloria”, que disipa, con la algarabía de sus campanas, las sombras de la Semana de Pasión, el número de nuestros viajeros aumentó. Según la locución vulgar, en nuestro andén “no se podía dar un paso”. A ello contribuía el viajar con nosotros un gran torero y un ministro, tipos a quienes acaso por la largueza con que ganan su dinero, España, nación pobre, venera mucho. “Su Excelencia”—decían los periódicos de aquella mañana—se quedaría en Córdoba para asistir, en nombre del rey, a la colocación de una “primera piedra”, y luego estudiar “un problema”... ¡no supe cuál!... Yo le observaba: mi sencillez ha admirado siempre a esos prohombres que dedican su existencia a dirigir discursos a las piedras, como para probar su resistencia; a estudiar problemas y a esconder después, primorosamente, todo lo que saben.

El torero, uno de los más gloriosos de su época, iba más allá que “Su Excelencia”, pues marchaba a Sevilla a curarse la herida que en la plaza de toros de Valencia un espectador le produjo con una botella que arrojó al redondel.

Escoltaban al señor ministro varios periodistas y un numeroso núcleo de figuras parlamentarias. La mayoría de aquellos caballeros pasaban de los cincuenta años, platicaban mesuradamente, y vestían levita y sombrero de copa. Empecé a establecer relaciones entre la forma de esos sombreros, que únicamente usan las personas trascendentales, y la chimenea de nuestras locomotoras. ¿Estimularán la actividad cerebral, determinarán “un tiro” en las ideas?... “Su Excelencia” departía con todos, prodigaba saludos y su vientre y su rostro barbado, denotaban satisfacción. El público, al reconocerle, se detenía a mirarle, y él procuraba, en todo momento, tener una actitud tribunicia. Le rodeaba una atmósfera de éxito, y el personaje procuraba que a su renombre correspondiese su figura. Para el vulgo, la prestancia es talento.

“El teatro—reflexionaba yo—debe de ser algo así...”

El lidiador viajaba en mi departamento-cama, y le acompañaban su apoderado y los hombres de su cuadrilla, la mayoría sevillanos, más otras cincuenta o sesenta personas de condición social diversa, según sus maneras de hablar y de vestir hacían comprender. No llegaría el famosísimo “espada” Manuel González a los veinticuatro años, y tanto hablaban las muchedumbres de su arte, como de los dos millones de pesetas que llevaba ahorrados, y del rumbo de su vida. Apodábanle “El Meñique” por lo limitado de su estatura, y su abolengo gitano lo pregonaban la negrura azabachada de los ojos, el cobre de la piel, y la ágil flexibilidad y armónica disposición del cuerpo. Advertí que sus veneradores eran más numerosos que los de “Su Excelencia”, y que le miraban con mayor cariño y devoción menos interesada. Desde mis ventanillas, varios pasajeros le observaban también, y había en sus rostros una quietud de felicidad: aquel hombre moreno, enjuto y triste, les parecía el símbolo de la Andalucía que iban a visitar. La multitud se detenía a contemplarle, contenta de tenerle tan cerca, mientras recordaba aquellos domingos triunfales en que, vestido de oro y seda, jugó con la muerte. Yo juraría que hubo unos segundos en que el señor ministro, celoso de la popularidad del lidiador, insinuó el ademán de saludarle. El Meñique, entretanto, chupaba un mondadientes y discretamente entornaba los párpados, como si aquella exhibición le cohibiese...

Faltaban dos o tres minutos para la salida del expreso, cuando un viento de fronda cruzó tempestuoso por el andén. Lo levantaba un nutridísimo grupo de viajeros—más de treinta—que no hallaban asiento y buscaban al jefe de Estación para exigirle que añadiese al convoy otra “primera”. Aquellos señores, pálidos de impaciencia y de cólera, componían una manifestación antipatriótica, muy curiosa. Todos, a porfía, denostaban a España.

—¡Qué país!—vociferaban—; ¡esto sólo sucede aquí!...

El más enfurecido iba sin sombrero y repitiendo a gritos:

—¡Yo necesito llegar a Sevilla mañana!... ¡Si no llego, pierdo cuarenta mil duros!...

Uno decía:

—¡Da vergüenza ser español!

Y varios, a la vez:

—¡Sí, señor; da vergüenza!...

Hablando así mirábanse unos a otros, satisfechos de lucir su cosmopolitismo y su elegancia. Los manifestantes, a quienes seguía un centenar de desocupados, hallaron al jefe de Estación y al interventor del expreso cerca de mí, y en altas voces manifestaron su pretensión. Expúsoles el jefe, con bien concertadas palabras, la imposibilidad de complacerles por no haber coches disponibles. Uno replicó estúpidamente:

—¡Pues, los inventa usted!

Frase que, no obstante su ausencia de sentido, enardeció a todos aquellos señores notablemente. Los brazos se levantaban, arreció la gritería y las manos volvíanse amenazadoras. El caballero “de los cuarenta mil duros”, exclamó:

—¡Si yo no salgo para Sevilla esta noche, al director de esta Compañía le doy un tiro!

Un señor pequeñito decía, mirando a una y otra parte con ojos de tigre:

—¡Esto nos sucede porque no tenemos coraje! ¡Aquí no hay sangre!... ¡En Alemania el pueblo ya hubiese quemado la estación!

El jefe replicó mesurado:

—No, señores: ni en Alemania, ni en ningún país bien civilizado el público protesta, porque supone que cuando los empleados que están a su servicio no le complacen, es que no pueden.

Todos rugían:

—¡Es un abuso!... ¡Si no ponen un coche para nosotros, no dejaremos salir el tren!...

—¡La máquina—gritó el jefe para que todos le oyesen—no puede arrastrar más coches de los que lleva! ¡Ya lo saben ustedes!... Los señores que quieran marchar hoy, que vayan de pie!... Les autorizo. ¡No puedo hacer más!...

Los manifestantes replicaron:

—¡Pues, no sale el tren!... ¡No le dejaremos salir!...

El jefe, que durante la discusión había ido perdiendo terreno, reaccionó:

—¡Atrás todo el mundo!—ordenó de súbito—; ¡retírense ustedes... o me veré obligado a llamar a la guardia civil!

Los revoltosos, maquinalmente, retrocedieron algunos pasos; amainaban. El jefe repitió, avanzando:

—Esta parte del andén la necesito libre. ¡Atrás todo el mundo!

La multitud, acobardada, volvió a retroceder, silenciosa, con una humildad de rebaño. Yo pensaba: “—¡Cómo le hubiese gustado al pobre Dos-Caras ver todo esto!...” Al mismo tiempo sonó una campana, La Regadera silbó y el convoy se puso en movimiento. Asomado a una ventanilla, El Meñique saludó a sus amigos quitándose el sombrero, de ala plana, y vi que el celebrado lidiador era calvo.

—¡Viva Manuel!—gritó una voz desde el andén.

Muchas voces acaloradas repitieron:

—¡¡Viva!!...

Mientras “Su Excelencia”, desde su coche, sonreía al público, como si aquellas adhesiones de simpatía fuesen para él.

El Meñique asistió a la “primera mesa”, y la emoción que su presencia produjo en el dining-car debió de ser extraordinaria, porque al regresar a mí le seguían quince o veinte personas que viajaban en otros coches. Esquivando aquella adhesión pegajosa el matador entró en su departamento, donde se sentó; quitóse luego el sombrero, y bajo la luz su calva socrática brilló con una melancolía de marfil antiguo: en aquella posición su nariz aguileña parecía más larga, y su rostro cenceño, prematuramente aviejado por la inquietud, ofrecía, ora sobre los pómulos y el mentón, ya en las depresiones de las secas mejillas, todas las tonalidades del cobre.

Atento a cuanto el ilustre torero decía a sus amigos, pronto fuí conociendo los nombres de los que le custodiaban de más cerca. Sentado a su izquierda tenía a su apoderado, don Ricardo Fernán, persona, al parecer, de su mayor predilección; y a la derecha a un joven prócer, de charlar abundante y reir estentóreo, a quien unos y otros familiarmente llamaban “marquesito”. En el vano mismo de la puerta y ocupándola casi por completo con los hombros, permanecía Juanito Paisa; un notario joven de Sevilla, al que todos respetaban por su manifiesto ascendiente sobre Manuel. A Juanito le vestía el sastre de Manuel, y le calzaba el zapatero de Manuel, y su sombrerero era el de Manuel. Juanito Paisa era, por antonomasia, “el amigo de Manuel”, y se le conocía y consideraba por esto más que por su profesión, cual si el rasgo culminante de su biografía fuera haberse captado el afecto del matador. Por tanto, a Juanito Paisa no le molestaba que “el marquesito” estuviese arrellanado al lado de Manuel: si el aristócrata ocupaba aquel sitio era porque él, generosamente, se lo había cedido; él no quería “acaparar” a Manuel; un hombre como El Meñique se debía a la humanidad, y la felicidad conviene repartirla; pero estaba cierto de que, a la menor insinuación suya, “el marquesito” se habría levantado. Detrás de Juan Paisa, a lo largo de mi corredor, muchos curiosos se estrechaban con el deseo de ver al lidiador: los más pequeños, a pesar de mis temblequeos, se ponían de puntillas. Todas mis plazas iban ocupadas; hacía calor y la fuerte respiración de las ventanillas no bastaba a refrescar la atmósfera.

El tema de las conversaciones era el arte de Manuel González y su miedo a los toros. También se habló del hombre: un viajero le había encontrado más delgado que antes; otro le hallaba lo mismo; un tercero celebraba los brillantes que el espada lucía en la pechera. Se glosó largamente la herida por que cojeaba Manuel; la tenía en el pie derecho, a la altura del tobillo.

—Se la hicieron con una botella en el preciso instante de entrar a matar. Dicen los periódicos que ya le habían dado el “segundo aviso” y que el público se impacientaba.

Estas conversaciones que, por concerner a lugares y asuntos desconocidos para mí, yo traducía mal, me interesaban menos que el entusiasmo ingenuo de los platicadores, quienes por ocuparse de Manuel, hasta de sus propios asuntos se olvidaban. Esta unánime y férvida admiración me sorprendía; era nueva para mí; yo nunca había visto tantas almas vibrar a compás, y pensé que en una novela de costumbres taurinas, antes que al matador el papel capital debía adjudicársele a la muchedumbre, pues lo pintoresco, lo inverosímil dentro de los grados más agudos de la comicidad, lo bufo, en fin, está en la muchedumbre.

A lo largo de mi tránsito yo oía cuchichear:

—¿Qué hace ahora El Meñique?...

Esta curiosidad candorosa, que todos hallaban muy legítima, muy razonable, corría de unos viajeros a otros hasta la puerta donde “el amigo de Manuel”, cuya conocida privanza todos envidiaban, montaba una guardia sin sueño, y la respuesta venía en seguida:

—Está hablando de las corridas de Sevilla...

Y esta información era para todos tranquilizadora y dulce como una ráfaga de buen aire.

Luego circuló la noticia de que El Meñique había pagado siete mil pesetas por un caballo; después, que quería comprar un cortijo a orillas del Guadalquivir...; y durante larguísimo rato mis huéspedes no supieron hablar más que de caballos y de cortijos.

Un caballero, de buena traza y frondosos bigotes, que viajaba con su esposa y dos hijas, ya mujeres, dejó su asiento con propósito de saludar al Meñique.

—¿Volverás pronto?—le preguntó su mujer.

—En seguida.

Salió al corredor y, favoreciéndose con los codos, comenzó a abrirse paso; la tarea era ardua, porque la masa de viajeros allí estacionada apenas ofrecía suturas. Sin embargo, apoyándose en unos, empujando a otros suavemente, recurriendo con urbanas frases a la amabilidad general adelantando siempre de perfil, como si nadase contra corriente, el caballero “del frondoso bigote” consiguió acercarse a Juanito Paisa, cuya atención solicitó tocándole en un hombro. Paisa volvió la cara.

—Buenas noches; dispénseme usted: deseaba saludar a Manuel...

“El amigo de Manuel” fijó en el recién aparecido una mirada escrutadora, una mirada de portero. Indagó:

—¿Usted le conoce?

—No, señor... y quisiera tener ese gusto. Si usted le trata y puede presentarme...

Las mejillas de Juanito Paisa se arrebolaron de orgullo; destosió y sonrió jactancioso.

—¿Que si puedo presentarle?... ¡Ya lo creo! No podía usted haberse dirigido a nadie mejor que a mí. ¡Como que el mejor amigo suyo soy yo!... Pero tendrá usted la bondad de aguardarse un poquito, porque Manuel está hablando y le molesta que le interrumpan.

Muy paciente, el señor “del frondoso bigote” repuso:

—Esperaré...

Aquel aplazamiento le irritó unos segundos; en seguida se serenó: miró hacia atrás, comprendió el difícil camino que acababa de recorrer, y esta consideración le regocijó hondamente. Desde la posición conquistada podía ver al Meñique y hasta oír, de cuando en cuando, alguna palabra de las muchas que iba diciendo, y experimentó la satisfacción del hombre que se reconoce bien situado en la vida. Juanito Paisa le había vuelto la espalda. Transcurrieron doce o quince minutos, y el señor “del bigote frondoso” se creyó olvidado; los omoplatos de Paisa proyectaban sobre él una emoción de soledad; volvió a sentirse abandonado, casi desgraciado...; a punto estuvo de regresar a su compartimiento, pero pensó que su mujer y sus hijas le pedirían detalles de su conversación con El Meñique, y esto hízole variar de propósito. Sacando ánimos de su propia flaqueza, llamó la atención del “amigo de Manuel”.

—¿Podrá ser ahora?—murmuró lo más gentilmente que le fué posible—; porque... como mi familia me aguarda...

Juanito Paisa comprendió la tribulación de aquel hombre; por iguales zozobras había pasado él antes de llegar a ser, a fuerza de constancia y de pequeños sacrificios, el mejor amigo del matador... ¡y fué clemente!

—¡Ahora mismo!—exclamó—. ¡No se apure usted!...

Avanzó lo necesario, lo estrictamente necesario, para que el señor “del frondoso bigote” pudiese franquear la puerta, y agregó, dirigiéndose al torero:

—Manuel, dispensa: aquí hay un caballero empeñado en conocerte...

Manuel González se levantó; sus labios obscuros insinuaron un movimiento que no llegó a cuajar en sonrisa, y extendió su mano al recién llegado; aquella mano que se mojaba en sangre de toro todos los domingos.

—Celebro verle a usted tan bueno, amigo—dijo.

—Muchas gracias, igualmente—repuso, visiblemente turbado, el señor “del frondoso bigote”.

No dijo su nombre. ¿Para qué? Hubiera sido un rasgo de orgullo. Allí ni él ni los demás significaban nada; ante el matador glorioso no podía haber más que admiradores.

El Meñique añadió cortés, brindándole su asiento con un ademán:

—Si quiere usted descansar un rato...

—Muchas gracias... muchísimas gracias: sólo vine por tener el honor de saludarle...

Esta fineza la agradeció El Meñique con otro ademán. Después se creyó obligado a presentar a las dos personas con quienes se hallaba:

—Don Ricardo... “el marquesito”... un señor que quería conocerme...

El visitante, por momentos más cohibido, se inclinó varias veces. Hecho lo cual, y sin más preámbulos, ofreció al espada un riquísimo habano.

—Para que se lo fume usted a mi salud—dijo—; en el estanco de la estación no había nada mejor.

Manuel miró a su apoderado, sonrió y se guardó el obsequio en un bolsillo.

—Se agradece—murmuró.

Muy satisfecho de sí mismo, “el señor del bigote” volvió a estrechar la mano del diestro; despidióse de Juanito Paisa, agradeciéndole mucho el favor que acababa de hacerle, y de nuevo rompió a través de los viajeros que obstaculizaban mi corredor. Tras él, con admiración, la gente cuchicheaba:

—Es un amigo del Meñique...

Y las miradas envidiosas le seguían.

En Alcázar de San Juan una veintena de personas esperaban la llegada del expreso para saludar a Manuel, y “el ídolo” tuvo que asomarse a una ventanilla. Todos le preguntaban lo mismo:

—¿Y el pie?... ¿Cómo está el pie?...

—Va mucho mejor.

—¿Un botellazo, verdad?...

Con mucha flema, El Meñique repetía:

—Sí, un botellazo...

Su longanimidad, su elegante resignación, inflamaban en sus adictos su cariño hacia él.

—Si yo llego a estar allí—decían—, te juro que el bárbaro que te tiró la botella se la come...

El diestro no contestaba; parecía fatigado.

—Iremos a Sevilla, a aplaudirte—ofreció uno.

—Vamos todos y te sacaremos de la Plaza en hombros—exclamó otro.

Tristemente, Manuel González repetía:

—Muchas gracias; si tengo suerte...

Silbó La Regadera y empezamos a rodar. Entonces aquellos hombres corrieron a lo largo del andén; se empujaban, se atropellaban, mientras decían:

—¡La mano, Manuel!... ¡Dame la mano!...

Ninguno quería renunciar a este honor, y Manuel González procuró complacer a todos. Luego, mientras Juanito Paisa se precipitaba a cerrar el cristal de la ventanilla, noté que El Meñique movía y se miraba los dedos, como si le doliesen. Juanito, que no le quitaba ojo, también lo advirtió.

—¿Te han hecho daño, verdad?... ¡Pero si mil veces te recomendé que no le dieses a nadie la mano!...

Burlón y melancólico, Manuel suspiró:

—¿Y qué voy a dar, Juan?

—¡Das una rodilla!...—replicó el notario.

Por el corredor circuló la noticia de que El Meñique acababa de lastimarse, y muchos viajeros, que ya se habían sentado, volvieron al pasillo. Con gran regocijo de su corazón, “el amigo de Manuel” sintióse obligado a repartir explicaciones.

—A mí, si doy la mano—decía—no me sucede nada; pero a Manolo la gente le quiere demasiado y, sin intención, por supuesto, le estropean. El año pasado, en Madrid, al apearnos del tren, un admirador le cogió una mano, y con la alegría de verle empezó a apretársela... más... ¡más!... sin poder contenerse, como en un frenesí epiléptico, hasta que se la magulló de manera que al siguiente día no pudo torear.

Contempló al “ídolo” con humildes y enternecidos ojos.

—Por eso—terminó—apenas viene alguien a saludarle, me pongo a su lado: ¡yo no consiento que a un hombre tan bueno como él se le haga daño!...

Las sombras que el expreso proyectaba a un lado y otro, sobre los repechos, me indicaban que los huéspedes de los demás coches dormían, pues todos los vagones iban a obscuras. Unicamente mis ventanillas persistían iluminadas, y mis viajeros, como desvelados por la vecindad del matador, no pensaban dormir.

En Manzanares, donde El Meñique recibió de un grupo de adictos manzanareños vítores y parabienes conmovedores, subió a mí un individuo treintañal, pequeño y flaco, que, no bien columbró a Juanito Paisa, fuése a él con los brazos abiertos.

—¡Juanito... Juanito!...—repetía aquel señor conforme iba andando—. ¡Juanito!...

“El amigo de Manuel” pareció alegrarse de verle.

—¡Don Felipe!—exclamó.

Hubo, sin embargo, en su gesto cierta tibieza; fué un saludo de amo a criado; Juanito consideraba a don Felipe “inferior”.

—¿Adónde va usted?—agregó.

—A Sevilla, hijo mío; a la Feria. ¡Como todos los años!... ¡A ver a “ese hombre”, a esa maravilla!...

Referíase al Meñique. Paisa replicó orondo, con el orgullo de quien abre una caja de caudales:

—Ahí le tenemos.

—¡Ya lo sé!... Me habían dicho: “El Meñique viene en el segundo coche.” Y por eso me metí aquí. ¿Supongo que me presentará usted a él, verdad?...

—Ahora mismo.

—Usted ya sabe que lo merezco...

—¿Cómo si lo merece usted?—apoyó Juanito—: ¡más que nadie!... ¡Adentro!...

Penetraron en el compartimiento del torero.

—Manuel—dijo Paisa con un reposo que daba a sus palabras solemnidad—: voy a presentarte a un amigo “de los buenos”, a un partidario tuyo “verdad”. ¡Cuando yo te lo digo!...

El Meñique se levantó y estrechó la mano de don Felipe, que, con elegancia y desparpajo, se había descubierto. Aquel hombre era calvo también, y quedéme pasmado de su fraternal semejanza con el matador: tenía sus ojos negros, su tez cobriza, sus mejillas tristes, su perfil de águila...

—Te advierto—prosiguió “el amigo de Manuel”—que no es calvo; don Felipe no es calvo, pero se afeita la cabeza para parecerse más a ti.

El Meñique rió francamente.

—Hombre... ¡muchas gracias!

Y le examinaba; y cuanto más minuciosamente le detallaba más crecía en él la ilusión de hallarse ante un espejo.

—Así es—ratificó don Felipe—; yo me afeito la cabeza dos veces por semana, para asemejarme a usted más. Y cuando alguien me pregunta: “¿Es usted hermano del Meñique?...” siento que me hincho de satisfacción.

Ya sentados continuaron hablando, y don Felipe declaró tener guardados en álbumes y clasificados cronológicamente cerca de cuatro mil retratos de su lidiador favorito.

Era más de media noche.

Yo pensaba:

—¿Será posible que esta gente no tenga sueño?...

Jamás había presenciado vigilia tan larga.

En Valdepeñas, adonde arribamos con retraso, también esperaban al Meñique. Las escenas de Manzanares y de Alcázar de San Juan se reprodujeron fielmente; las preguntas eran siempre: “¿Cómo está la herida?...” “¿Fué un botellazo, verdad?...” A las que seguían varias palabras ofensivas para la madre de quien arrojó la botella. Después, parabienes, estrujones de manos, promesas de ir a Sevilla pronto, vítores... y el tren que se va.

Al salir de Valdepeñas Manuel pidió le preparasen la cama, pues quería dormir, y delegó en su apoderado el trabajo de recibir a cuantas personas o comisiones estuviesen aguardándole a lo largo de la ruta.

—Porque yo—declaró—no puedo tirar de mi cuerpo.

Aseguróle don Ricardo que nadie le molestaría, y con esta halagüeña perspectiva el matador despidióse de “sus íntimos”, y, cojeando, volvióse a su compartimiento. En el instante de cerrar la puerta, Juanito Paisa le llamó, metiendo los labios por la ranura, llena de luz, que aún quedaba entre el batiente y el marco. Juanito tenía celos de todos los amigos de Manuel, y no perdía ocasión de demostrarles que él era más obsequioso que ninguno y “el último” siempre con quien el diestro hablaba al ir a recogerse.

—¿Quieres algo, Manuel?—averiguó el notario.

—No, gracias.

—¿No se te ofrece nada?

—Nada.

Los grandes toreros, por lo mucho que en aquella y en otras ocasiones comprobé, tienen corta la conversación. “El amigo de Manuel” miraba al espada con cariño filial, con sorpresa, con arrobo: aquel hombre era su admiración, su alegría, su orgullo; era casi el “porqué” de su vida... y observándole languidecía como un “dilettante” de la pintura ante un cuadro maestro. Con ternura de mujer, preguntó:

—¿Para salir del tren, qué traje vas a ponerte?

—Este mismo.

Juanito Paisa apuntó un levísimo mohín de tristeza, y El Meñique abrió un poco la puerta; aquel guiño acababa de lastimarle en su presunción de mozo bien sembrado; en tal momento el amor propio le dolía más que el pie.

—¿Por qué dices eso?—exclamó.

—No sé... por nada...

—¡Habla, hombre! ¿No te gusta este traje?

Se examinaba: era un “completo” de color “marrón”, muy ceñido, que chorreaba majeza, obra de uno de los más afamados sastres sevillanos. A su vez Juanito le miraba con éxtasis, casi pesaroso de haber hablado.

—El traje “marrón”—pudo decir al fin—es perfecto, como todos los tuyos...

—¿Entonces?

—Pero es que lo has llevado dos días seguidos. Por eso, para entrar en Sevilla, me gustaría verte con el gris. ¡Tú no sabes cómo te “cae”!...

Manuel movía la cabeza; consideraba que, para complacer a su amigo, habría de molestarse en abrir la maleta. Juanito Paisa agregó:

—Con el traje gris estás... ¡vamos!... ¡Estás como con ninguno! ¿Iba yo a engañarte?

Desasido y paciente, El Meñique repuso:

—Bueno, hombre; duerme tranquilo: me pondré el traje gris...

Y cerró la puerta.

Para que el torero reposase mejor, don Ricardo Fernán, “el marquesito” y “el amigo de Manuel” se retiraron al departamento contiguo, dispuestos a dormir. Mis otros inquilinos también descansaban, y todas mis luces, excepto las del pasillo, donde quedaban algunos fumadores insomnes, fueron apagadas. Así llegamos a Venta de Cárdenas, donde, sin miedo a lo intempestivo de la hora, varios admiradores del lidiador esperaban. Yo les oía preguntar:

—¿Dónde estará Manuel?... ¿Vosotros no sabéis en qué coche vendrá?...

La circunstancia de hallarse los vagones en tinieblas les despistaba y empezaron a correr, desconcertados, delante del convoy. Les enfurecía el temor de no ver al “ídolo”. Algunos empezaron a gritar:

—¡Manuel, Manuel!...

El apoderado del Meñique y sus compañeros se miraban regocijados y llevándose un índice a los labios, dándose mutuamente la consigna de permanecer callados. Los venteños insistían en su demanda y con los nudillos golpeaban en las ventanillas de los coches; pero el expreso volvió a caminar y quedaron chasqueados. Lo propio acaeció en las estaciones de Santa Elena y Vadollano, y en la de Baeza un individuo, cansado de llamar al Meñique, lanzó una gruesa piedra contra mí y me rompió un cristal. El bárbaro fué detenido.

—El peligro está en Córdoba—decía don Ricardo.

Y “el amigo de Manuel” repetía, afligidísimo:

—¡Eso!... ¡En Córdoba, donde tenemos una parada de quince minutos! Allí no hay escape...

Sus tristes previsiones hallaron confirmación plena. Al entrar, ya casi de día, en la estación cordobesa, columbré una multitud de más de cuatrocientas personas, ávidas de ver al torero herido. Aquel humano enjambre avanzó al encuentro de la máquina, e instantáneamente formó en línea de batalla ante el convoy. A un: “¡Viva El Meñique!”, lanzado al aire por un pecho robusto, respondió un “¡¡Viva!!...” colectivo, ensordecedor y prepotente.

Los coches-camas persistían embozados en su obscuridad, pero en las “primeras” las luces lucían porque el trasiego de viajeros era considerable. Desde el furgón de cabeza al de cola, se oía repetir:

—¡Manuel!... ¿Dónde está Manuel?...

Otras voces discutían:

—Deben de venir con él su apoderado y Juanito Paisa.

—¿De qué Juanito Paisa hablas tú? ¿Del notario? ¡Ese está en Sevilla!...

—Te aseguro que viene aquí: Juanito Paisa es “el amigo de Manuel” y le acompaña a todas partes. ¡Me juego lo que quieras!...

Tanto arreció el vocerío de los manifestantes, que don Ricardo decidióse a mostrarse en una ventanilla. Paisa y “el marquesito”, contentísimos de exhibirse también, permanecían tras él, muy cerca.

—Buenos días, señores—dijo el apoderado sencillamente.

Sus palabras, aunque articuladas en voz baja, tuvieron la virtud mágica de llegar a todas partes, porque en el acto, la multitud corrió a congregarse delante de mí.

—Yo les agradezco a ustedes mucho—prosiguió don Ricardo—este rasgo de adhesión. ¿Qué querían ustedes? ¿Ver al Meñique?... No es posible, porque viene acostado.

A la vez, cruelmente, los oyentes replicaron:

—¡Que se levante!...

—Viene dormido; pasó muy mala noche...

—¡Despiértele usted!—gritaban a porfía unos y otros—; nosotros también pasamos mala noche. Por verle, la mayoría de los que estamos aquí no se ha acostado.

—Señores—insistió don Ricardo—; yo no me atrevo a despertar a Manuel; adviertan que se trata de un hombre herido...

—No importa—replicaron unánimes los espectadores—; una herida en un pie no es grave. ¡Dígale que se tire de la cama! ¡Queremos verle... queremos hablar con él!...

Consideraban que ya habían transcurrido ocho o diez minutos, y que el momento de salir el expreso era inminente. Empezaron a irritarse. ¿Se les desdeñaba?... Súbitamente la muchedumbre iba a enojarse, porque en el alma colectiva ni la admiración ni el odio tienen entrañas ni cauces fijos. Por fortuna don Ricardo comprendió a tiempo.

—Pues que se empeñan—gritó—esperen un momento. ¡Voy a rogarle que se levante!

Corrió, seguido de Paisa, a la cama de Manuel, que estaba despierto y de torcidísimo humor.

—¡Arriba, Manolo!—imploró don Ricardo—; ya me oíste pelear con ellos; no pude hacer más...

—Yo, no me levanto—masculló el torero.

—Harás muy mal; no necesitas vestirte; abrígate con la manta de viaje y asómate un momento; lo esencial es que te vean, que no crean que les desprecias... “Media Córdoba” está ahí...

Los admiradores del diestro volvían a gritar:

—¡Manuel!... ¡Sal!... ¡Viva El Meñique!...

Algunos empezaron a golpearme con sus bastones, para hacer ruido. Hubo una nutridísima salva de aplausos; después nuevas voces resonaron:

—¡Manuel!... ¡Queremos que se asome Manuel!

Detrás de don Ricardo, Juanito Paisa rogaba, compungido, al matador:

—Compláceles, Manolo; de no hacerlo considera que vas a captarte muchas enemistades, y que, un día u otro, has de venir a torear a Córdoba...

Con aire resignado, casi místico, El Meñique se incorporó en la litera.

—Os obedeceré con tal de que me dejéis tranquilo.

Levantóse cojeando y, envuelto en un kimono rojo y verde, se asomó a la ventanilla.

—Salud, señores...

Pequeño, flaco, cobrizo y calvo, y metido en aquel disfraz orientalesco, a la luz blanca del amanecer El Meñique debía de simular un icono. Muchos aplausos y vítores calurosos, acogieron su aparición. Inmediatamente prodújose un silencio absoluto. Los circunstantes, extasiados, contemplaban al “ídolo”; y él, a su vez, les miraba. Así transcurrieron ocho, nueve... diez segundos... ¡Curiosos fenómenos de la emoción!... Ya en presencia del maravilloso gladiador, nadie osaba despegar los labios, y los entendimientos estaban como paralizados. Hasta que en medio del hondo y general recogimiento, una voz dijo:

—¿Eso del botellazo qué ha sido?...

No contestó Manuel, y su rostro pálido de fetiche tampoco expresó nada. La escena tenía una suprema fuerza cómica. La misma voz continuó:

—Aquí todos hemos leído los periódicos: ¿de modo que es cierto que en Valencia quedaste muy mal?...

Mansamente, con ironía apacible y amarga, El Meñique repuso:

—¿Para preguntarme eso me habéis hecho levantar?...

Como nadie respondiese a observación tan justa, el torero añadió:

—Señores, se agradece la intención...

Y suavemente, sin cólera, levantó el cristal. En aquel momento partíamos y entonces, tibios, rezagados, sonaron algunos aplausos. El Meñique, dolorido en su carne y en su corazón, acaso con ganas de llorar, tiró el kimono al suelo y se volvió a la cama.

Aunque convencido de que Manuel González no era verdadero responsable de nada, yo le había cobrado mala voluntad: por causa suya, sus adictos de Córdoba me molieron a bastonazos, y en Baeza un salvaje, de una pedrada, me había roto un cristal. Era aquél uno de los viajes peores de mi vida. Este mal humor mío lo compartían mis inquilinos, a quienes las ovaciones tributadas al Meñique impedían dormir.

—Será la última vez—musitaban—que vuelva a viajar en compañía de un torero “de cartel”. ¡Vaya una noche!...

El caballero a quien he adjudicado el remoquete del señor “del bigote frondoso”, tampoco descansó bien; aunque no eran las voces ni el ruido, sino los remordimientos, los que le ahuyentaron el sueño. A este hombre excelente le torturaba el resquemor de que el tabaco con que obsequió al Meñique no hubiese resultado bueno, y a causa de ello el gran lidiador hubiese formado de su persona un concepto desfavorable. Aquel puro nefando, venenoso tal vez, era, ante los justicieros ojos de su conciencia, como un puñal clavado en el aparato respiratorio del matador. De esta inquietud hizo partícipes a su mujer y a sus hijas, quienes asímismo se atribularon. La esposa preguntó:

—¿Cuánto costó el puro?

—Tres pesetas; era de los más caros; pero se trata de una “marca” que yo no conozco...

—Debías haber comprado dos, para fumarte uno; y si el tuyo ardía bien, regalarle el otro.

—¡Tienes razón...—suspiraba el marido mordiéndose los labios—tienes razón!... ¿Cómo no se me ocurriría eso?...

Toda su familia sufría de este dolor, aterrada de la facilidad con que el descrédito puede herir a las personas. En el cerebro del hombre “del bigote abundante”, se había incrustado la siguiente consideración: “Antes El Meñique no tenía por qué despreciarme, y ahora sí...”

—¿Y si volvieses a visitarle—propuso la señora—con pretexto de informarte de su salud, y así... charlando... le preguntases si el puro le gustó?...

—¡Es una excelente idea, papá!—apoyaron las hijas.

Estas palabras, ungidas de discreción, prendieron en los ojos del ingenuo caballero una luz de esperanza.

—¡Tal vez tengáis razón!—exclamó a la vez receloso y contento—; las mujeres sois el Diablo: lo intentaré.

Eran más de las ocho de la mañana y trasponíamos la estación de Los Rosales, cuando “el señor del bigote” dejó su compartimiento resuelto a echar dudas a un lado.

En el pasillo encontró, precisamente, al Meñique, vestido de gris, y a Juanito Paisa, que chupaba un puro. “Para no detenerme mucho con ellos—pensó—fingiré dirigirme al cuarto-tocador...” Avivó el paso y procuró dar a su saludo una elegante ligereza.

—Buenos días, Manuel...

—Buen día—replicó el matador.

—¡Celebro hallarle solo! ¿Me permite usted una pregunta?

—Todas las que usted quiera hacerme.

—¿Cómo era el habano que le dí anoche?... El temor de que fuese malo no me ha dejado dormir.

El Meñique interrogó a Juanito Paisa:

—El habano que estás fumando, ¿no es el que me regaló el señor?

—El mismo—repuso Juanito—; ¡y es muy bueno!... ¡Palabra!...

—Los tabacos que me ofrecen—agregó el torero con su hablar parsimonioso habitual—yo los acepto para obsequiar a mis amigos; pero, yo, no fumo...

El señor “del frondoso bigote” balbuceó algunas frases vulgares de despedida y, por hacer algo, se metió en el cuarto-tocador. Estaba avergonzado.

XX

Los diarios de Sevilla informaron a sus lectores de que la víspera, y por efecto de una maniobra inhábil, el expreso de Madrid había salido con cerca de media hora de retraso; pero en el fárrago de hechos que rellenan la vida cotidiana el suceso escapó inadvertido, lo cual no me extrañó, pues los hombres creen que la vida consciente no se extiende más allá de ellos mismos. ¡Ah! Si supiesen leer ¡sólo un poco!... en el Misterio, hubieran reconocido que lo que creyeron choque fortuito de dos vagones, era un desafío.

Efectivamente, el tiempo, lejos de suavizar las asperezas de mis relaciones con El Majo, las había hecho más vidriosas y difíciles. Acostumbrado a ejercer hegemonía despótica sobre el convoy, mi enemigo no aceptaba que yo le tratase de igual a igual, y sin otras consideraciones ni reverencias que las mismas, exactamente, que él me tributaba; yo, por mi parte, no le consentía la menor insinuación autoritaria: éramos de la misma fuerza y de temple parecido, y, fatalmente, teníamos que pelear. No perdía ocasión de hostilizarme: en las estaciones del tránsito paraba súbitamente, para que yo me lastimase contra él; en las cuestas arriba se dejaba ayudar por mí, y una noche, cruzando Despeñaperros, intentó lanzarme fuera de la vía en una curva. La cobardía de su traición me encendió la cólera, y arrastróme a decirle los peores insultos.

—Eres—le dije—un majadero y un villano, y hemos de matarnos.

—Iba a proponértelo—repuso muy engallado.

—Pues en la primera ocasión será, y poco he de poder si no te expulso del convoy.

Estábamos, pues, desafiados, y pendientes del lance todos los coches. Hasta las máquinas supieron la noticia, y huelga añadir que unánimemente las simpatías se hallaban de mi parte. Era seguro que El Majo, profesional de la baratería, no me tenía miedo; pero tampoco me lo inspiraba él a mí, y si ya no habíamos liquidado cuentas fué por ausencia de ocasión. Presentóse ésta al cabo en la estación de Sevilla, una tarde, con motivo de un sleeping que, por averías, debía ser retirado del “expreso”.

Sucedía que cuando La Sabrosa andaba de maniobras, bien porque tuviese que beber agua o proveerse de carbón, o ayudar a empujar algún “mercancías”, siempre iba sola; esto era lo frecuente. A veces, sin embargo, llevábase consigo al primer furgón, y también al Negro; y así yo siempre me quedaba quieto y unido a “la cola” del convoy. En la tarde a que me refiero el mozo que acudió a fraccionarnos, bien por equivocación o porque así se lo hubiesen mandado—me inclino a creer lo primero—en vez de separarme del Negro, según solía, me apartó del Majo, y así nos proporcionó la oportunidad de pelear que tanto ansiábamos, pues nada se parece a la sed, ni hace mejores migas con el insomnio, que el deseo de venganza. Mientras nos desunían, mi rival me advirtió:

—Pues te corresponde la ofensiva, tómala con coraje.

—Luego me dirás—contesté orgulloso—si supe complacerte.

Y seguí a la máquina. Nuestro duelo había de ser, forzosamente, rapidísimo: limitábase al choque, más o menos rudo, que tendríamos después, al reunirnos; de consiguiente todo nuestro odio, todo nuestro futuro crédito también, debían concentrarse en un golpe supremo y decisivo. Para impedir que el maquinista—como siempre hacía—regulase el movimiento aproximativo de las dos partes del “expreso”, precisaba interesar a La Sabrosa en el desafío y erigirla en una especie de “juez de campo”. Por medio del Negro, del furgón de cabeza y del ténder, hablé con ella, y no bien cruzamos algunas palabras cuando su voluntad estuvo de mi parte.

—Es indispensable—la dije—que cuando volvamos atrás y yo me halle a cincuenta o sesenta metros del Majo, fuerces tu velocidad, para lo cual arréglatelas de modo que tu “regulador” no funcione, pues de lo contrario el maquinista te obligará a ir despacio.

—Lo haré así—repuso La Sabrosa—; pero, la verdad: ¿tienes muchos deseos de topar con El Majo?

—Quiero—exclamé vehemente—partirle el cuerpo.

—Vamos a dar un escándalo...

—No importa, pues que en ese escándalo va envuelta una lección. Conviene escarmentar a los perdonavidas.

—Pues, prepárate, Cabal, y reúne bien tus ímpetus—replicó La Sabrosa—porque ya volvemos.

Había bebido lo necesario y recogido seis mil kilos de carbón, y engrasada y reluciente retrocedía con su suave y poderoso rodar señorial. Desde otros carriles muchos vagones me observaban, y por la expectante atención que en ellos había les comprendí advertidos del lance. Aquellas miradas, en cada una de las cuales había un mordisco para mi amor propio, redoblaron mis ánimos: sentí que toda mi tablazón se contraía y endurecía, semejante a un músculo; que mis pernos y tornillos se apretaban, y que, a la vez, en sus marcos respectivos, todas mis puertas y ventanas se disponían al golpe.

—Apóyate en mí, Cabal—murmuró a espaldas mías El Negro.

Al término de la vía mi rival me aguardaba, y en cada uno de sus topes, redondos como puños, había una criminal amenaza. Sólo nos separaban cincuenta metros cuando el maquinista quiso dar contramarcha; pero La Sabrosa no amainó su velocidad; inquieto el maquinista afianzó ambas manos al volante, y por segunda vez fué desobedecido. Los frenos también parecían rebelados; el choque iba a ser terrible; varios empleados corrieron hacia la locomotora, gritando:

—¡Atrás... atrás!...

El maquinista, muy pálido, explicaba a voces:

—¡No puedo!... ¡No obedece!...

Al encontrarme con El Majo, le dije:

—¡Aguanta, si puedes!...

Y cerré contra él, sirviendo a mi destructora intención con todo mi peso. Lo hice descarrilar: primero fueron sus cuatro ruedas delanteras las que se salieron de la vía; luego su cuerpo comenzó a inclinarse y segundos después perdía el equilibrio y se desplomaba sobre un costado, al aire todos sus rodajes; como muerto. Su imperial, en casi toda su longitud, quedó abierta. Yo, con asombro y regocijo de mis camaradas, permanecí firme: ni una sola de mis piezas se estremeció; ni siquiera mi dínamo padeció. De aquella refriega, en la que, sin culpa, el fogonero y el maquinista quedaron heridos, yo salí únicamente con los cristales rotos.

Tres días permanecí ocioso, en tanto me arreglaban la cristalería y un carpintero remachaba algunos clavos que, con la percusión, habían sacado la cabeza de la madera como para enterarse de lo acaecido; y luego me añadieron a otro “expreso” recién formado; un convoy lleno de ese proverbial buen humor andaluz tan rico en hipérboles y en símiles dichosos. Mis compañeros se titulaban “cómicos”, y algo de esto recuerdo haber dicho en otro capítulo de estas “Memorias”. La máquina que trabajaba entre Sevilla y Córdoba era La Empresa; el coche-cama, La Primera Actriz; entre las unidades de “primera” había un Galán, un Apuntador, una Característica, un Barba... En cuanto a mí, aunque sabían mi nombre y mi reciente lance me enmarcaba de prestigio, empezaron a llamarme El Representante, por lo urbano y bien dispuesto que todos me hallaron, y con tan buena gracia lo hacían que ni una vez quise protestar.

Con estos excelentes camaradas rodé largo tiempo, y su optimismo y sus agudezas me proporcionaron muchos ratos amables. ¿Qué habrá sido de ellos? Todavía mi salud continúa recia, pero comprendo que el espíritu ha cambiado, y lo advierto en la desgana con que hablo, pues según las cosas—con los años—van perdiendo importancia a mis ojos, día tras día y en proporción igual me cuesta mayor trabajo discurrir con entusiasmo acerca de ellas. “Todo desmaya, todo envejece”...—pienso—; y la tristeza y el cansancio, entrañas de la vida, insensiblemente penetran en mí. He adquirido una capacidad nueva y útil para acercarme a lo que parece pequeño y conocer su profundidad, y merced a este don, el mundo lo imagino más caudal y variado que antes. A ello atribuyo la resurrección de ciertas imágenes que, durante tres o cuatro lustros, mi misma turbulencia juvenil mantuvo desechadas y como cubiertas de polvo en los últimos rincones de la memoria.

Por ejemplo: siendo muy mozo, llegué un anochecer autumnal a un pueblo vasco. ¿Era Andoaín? ¿Era Urnieta?... ¿Hernani, quizás?... Poco importa: sólo sé que llovía bien, que hacía frío y que el aguacero tamborileaba sobre las techumbres y los cristales del convoy. Lejos, en el paisaje neblinoso, fulgían algunas luces. Olía a jaras. Detrás de la pequeña estación, de pronto, resonó un rasgueo de guitarras, y una voz varonil, entonada y caliente, empezó a cantar un zorcico. Aquel crepúsculo húmedo, aquel porfiado llover, aquella tonadilla triste... ¡qué bien rimaban!... La copla parecía diluirse en el paisaje lloroso, y el paisaje, a su vez, sollozaba en la canción. ¿Por qué ahora, después de tantos años, este delicado recuerdo vuelve a mí?...

Por movedizo y vagabundo quizás, me interesaban los ríos, cuyas aguas sólo nos dicen adiós una vez; y más que los ríos, que realizan la paradoja de los que estando siempre en marcha nunca acaban de irse, los caminos.

¡Oh! ¡Esos caminos que, de noche, bajo el livor astral, simulan cauces secos!... ¿Quién no sufrió su poesía arcana?... Ellos significan mucho más que un lazo de unión entre dos pueblos: parodia dichosa son del Tiempo, porque como él están a nuestro lado, y delante... y detrás; y como él no cambian, y, sin embargo, jamás hubo sobre ellos dos puntos exactamente iguales; y, como él, en fin, no se mueven y parece, no obstante, que se van. Asímismo constituyen, al igual del Tiempo, el vehículo de lo más malo y de lo más dulce: por ellos ambulan la Gloria y la Suerte; por ellos vienen las novias de los hombres, vestidas de blanco; por ellos, tras la diosa Aventura, se fueron los hijos, y los padres pasaron en un coche negro... Son también la experiencia, y por eso, sin hablar, guían; y mientras el campo uniforme calla, ellos, al peregrino que equivocó su rumbo, le dicen: “¡Sígueme!”...

Si la tierra, con todas aquellas divisiones que la geografía política determina, representa “el rostro de la humanidad”, los caminos marcan los pliegues o surcos de ese rostro. Las emociones, siguiendo una vez y otra trayectorias idénticas, llegan a pintar arrugas en la cara del hombre, como las gentes rústicas, ambulando sin otro guía que su instinto, bocetaron los primeros caminos; y su intuición fué certera, pues generalmente el lápiz del ingeniero ratificó más tarde, sobre el papel, el rumbo que en el campo verde dejaron los pies descalzos del patán. En las fisonomías inteligentes y movibles abundan las arrugas, como en las naciones muy trabajadas por el progreso hay muchos senderos. Para las impresiones, los surcos de la piel son los caminos del semblante; para los vagabundos, los caminos son las arrugas de la tierra.

Caminos de hierro, por los que, con una velocidad de ochenta y de noventa kilómetros por hora, corre la vida; caminos carreteros, limpios, señoriales, que devanáis vuestra cinta gris bajo el amparo de la Ley; caminos de herradura que, atravesando bosques, guardáis en vuestra línea ondulante un gesto incierto y trovador; caminos cubiertos, suspendidos atrevidamente entre el llano y el acantilado del monte; veredas serranas que, trepando unas veces, descendiendo otras, bordeáis el espanto de los abismos y conserváis—semejante a un perfume silvestre—la indecisión del primer viajero; rutas, en fin, sea cual fuere vuestra categoría y preeminencia, con que el horizonte responder parece a la insatisfecha impaciencia de los hombres: ¿quién no ha sentido vuestro imán; quién nació tan sordo de corazón que no oyese vibrar, en lo más recogido de su alma, vuestra voz sirena?... ¿Y cuál es vuestra poesía que lo magnificáis todo de manera que, hasta el mismo mar, cuando la luna tiende sobre él su calzada de plata, se ofrece más bello?...

¡Ah!... Si yo pudiese hablarles a los humanos les exhortaría a no languidecer, ni un instante, en el estéril reposo de las vidas quietas, sino a marchar constantemente, así por los caminos del mundo, como tras las ideas y las pasiones, caminos del espíritu. Yo les diría: “Hombres, viejos o jóvenes: desead, moveos, renovaos sin sueño, adorad los caminos: tened siempre un rumbo para vuestros pies, llevad siempre encendida en el alma, a modo de brújula, una ambición. Por mucho que hayáis luchado, acordaos de que la Muerte, cuando llegue a vosotros, os debe hallar en pie”...

Esto que digo de los caminos, explica mi cariño a los árboles, que reparten el bien y mueren en silencio, y tienen la dulzura de la filosofía panteísta.

No hablaré de aquellos que cubren los parajes solitarios y, amparándose unos a otros, forman bosques espesos: los castaños, los robles, los nogales, los alcornoques, los pinos siempre verdes, las encinas—mis abuelas—torcidas como raíces, los olivos descendientes de los que florecían en el huerto donde Jesús se dejó atar las manos. Todos ellos viven apartados del tráfago humano y parecen felices: lozanean a su alrededor altos herbazales que, defendiendo la frescura del suelo, los benefician; por las mañanas, sus frondas sin polvo y mojadas de rocío tienen la fuerte alegría verde del mar. En verano, a la hora sin brisas de la siesta, el canturreo lascivo de las cigarras los adormece, y de noche, bajo la melancolía lunar, sus sombras, alargadas sobre la tierra, parecen almas. Así viven siglos: nadie los molesta; de tarde en tarde, un cazador furtivo, un grupo de contrabandistas, un tren que huye a lo lejos...

Tampoco hablaré de aquellos árboles que embellecen los jardines públicos. Alineados, podados, monótonos, no tienen la altivez ni la melancolía arisca de los otros, sus hermanos del bosque: antes muéstranse débiles y tristes, cual conscientes de su esclavitud. Son, no obstante, verdaderos mimados de la fortuna, y servidores uniformados vigilan su reposo, y limpian sus troncos de vegetaciones parasitarias y de insectos nocivos; se los abona, se los riega, se los rodea de césped, y cuanto les circunda es alegre, porque la muchedumbre que acude a los paseos sólo va a solazarse. Quizás estribe en esto mi desdén hacia ellos; me parecen empleados del ayuntamiento; no me interesan...

Entero mi amor lo consagro a los árboles olvidados de la suerte, a los árboles-parias, a los árboles trágicos, que el hombre o la casualidad sembraron al borde de los caminos. Nadie los defiende, nadie los cuida; y ellos, sin embargo, no vegetan egoístamente como los otros, sino que, bondadosos, extienden su ramaje sobre la aridez de la carretera por donde el dolor de la vida pobre, de la vida triste, pasa lentamente, y amparan al peregrino y defienden del sol a las bestias cargadas. Nunca pude ver sin emoción esas hileras de árboles que en la sequedad de la planicie castellana derivan hacia el horizonte marcando las ondulaciones de un camino. Parecen marchar tras de un entierro, y en su ramaje ralo que sombrea a intervalos la ruta polvorienta, hay un ascetismo. ¡Qué tristeza la suya, tan honda! Solos, abandonados, nadie acudirá a levantarlos si el huracán los derriba, ni los desembarazará de la cizaña, ni lavará el polvo calizo que mata su fronda, ni les dará un poco de agua cuando sus raíces, bajo el sol de agosto, mueran de sed. Nada los defiende. El carretero cortará de ellos la vara que necesita para apalear su ganado, y al pie de su tronco los pastores, en las noches de invierno, encenderán la hoguera con que han de calentarse. Eucaliptos, higueras, álamos erectos, chopos llenos de gracia, acacias plateadas... no merece perdón el ingrato que arranque a vuestro ropaje una sola hoja. Si sois bellos y buenos, si dais hermosura al paisaje y salud al hombre, ¿quién exigirá más de vosotros?...

Esta asotilada inclinación mía hacia los desvalidos y los humildes, me ha ayudado a bucear más hondo en el alma humana, y colocado en disposición de discernir matices sentimentales que antaño no hubiese visto; mi sensibilidad actual alcanza un campo de acción mayor que nunca. En una palabra: me he refinado, me he pulido. Gracias a ello comprendí la dolorosa agudeza emocional del episodio que narraré a continuación y que sin titubeos coloco entre los más bellos de mi vida.