Empezaban a sentirse los primeros fríos de un mes de octubre; día tras día el añil celeste se debilitaba, y por los campos corrían temblores amarillentos. Algunas hojas secas habían caído ya, y el serojo empezaba a llenar de dolor las zanjas. Era la estación en que los trenes regresan a la Corte cargados de veraneantes, y se marchan vacíos.
Aquella noche, al salir de Madrid, sólo llevaba conmigo cinco pasajeros. Me interesó uno de ellos por su aspecto decaído. Aparentaba cincuenta años, pero acaso tuviese muchos menos: era alto, esquelético, encorvado, trémulo, y al andar se apoyaba en un bastón de muletilla que asía con una mano flaca, húmeda, impaciente, con esa fiebre—deseo de agarrarse a todo—que pone en los dedos la agonía. Aquel hombre, a quien nadie fué a despedir, alquiló cuatro almohadas y se instaló junto al corredor y de espaldas a la máquina. Tuvo un largo y angustioso ataque de tos, y empapó en sangre un pañuelo. Yo creí que se acostaría; pero mantúvose sentado, acaso porque en esta posición respiraba mejor. Poco a poco ordenó a su alrededor las almohadas: una, a la altura de los riñones; otra, detrás de la cabeza; las dos restantes, debajo de los brazos. Hecho esto pareció descansar, y suavemente, como aliviado, entornó los párpados; mas apenas sus ojos—que eran grandes y ardientes—se apagaron, cuando me pareció que su rostro pajizo cubríase de nueva lividez, y que su nariz aguileña se afilaba, y sus pómulos salientes se acentuaban más; y advertí también que entre el bigote lacio y las descuidadas barbas, la boca, de labios blancos, había quedado abierta. Así, enfundado en un viejo gabán, con el perfil vuelto hacia arriba y una boina que, ajustándole las sienes, realzaba la convexidad del frontal, mi huésped parecía un cadáver.
—No tardarás en bajar a la tierra—pensaba yo.
De vez en vez, molestado por mis traqueteos, abría los ojos, tosía, escupía en su pañuelo y tornaba a adormecerse; aunque no era el sueño, sino la flaqueza y total ruina de su organismo, lo que le inmovilizaba. Pronto le olvidé.
En el andén de Alcázar de San Juan vi una mujer de buena estatura, de cabellos castaños y vestida de luto, a quien en seguida reconocí. ¡Era Raquel!... Y la silueta ensangrentada del infeliz don Rodrigo pasó, semejante a un remordimiento, por mi memoria. En los cuatro años transcurridos desde entonces la silueta de mi antigua “cliente”—como hubiera dicho Dos-Caras—había mejorado. La encontré más esbelta y ágil que antaño, y también más triste; indudablemente el luto la espiritualizaba, la embellecía.
“¿Vestirá así por “él”?...”—me dije.
Y seguí meditando, mientras la observaba:
“¡Si supieras que este vagón, que crees no conocer, es el mismo que tantas veces te llevó y te trajo de La Coruña a Valladolid! ¡Si supieses que yo, leyendo en el pensamiento de tu amante, que te adoraba, muchas veces te vi desnuda!... ¡Si el corazón pudiera explicarte que me debes la vida, porque fuí yo quien mató a tu hombre la noche, precisamente, en que él iba a matarte!...”
Raquel se acercó a la “Biblioteca”, a comprar algo que leer, y la oí platicar con la vendedora. La joven había pedido obras de Leonardo Ruiz-Fortún, escritor entonces muy en boga. En los armarios, a la vista, no quedaba ninguna, por lo cual la vendedora púsose a registrar en un arcón: sus manos, conocedoras y diligentes, avezadas a manejar libros, iban de un volumen a otro.
—¡Bien sabía—exclamó, incorporándose—que quedaban varias! Tome usted: Silencio... Es una novela que las señoras piden mucho.
Raquel suspiró: porque aquella obra tenía para ella un recuerdo:
—La he leído...
—Vea, otra: El amigo íntimo.
—También la he leído; conozco casi toda la producción de Ruiz-Fortún; es mi autor predilecto.
—Otra... la última: Años de paz.
—¿Ah?... ¿Es nueva?...
—Acaba de ponerse a la venta; la recibimos ayer.
Con aire desasido Raquel abonó el importe del volumen, que empezó a hojear, y cuando, de pronto, acertó con ese “paisaje interior”, de irisada y taladrante observación, que todos los dilettanti del libro buscan en la obra recién comprada, sus ojos—¡ah, prodigios del arte!—fulgieron de emoción.
Inmediatamente se acercó al “expreso”, que ya se iba, y, sin vacilar, obediente a la sugestión arcana de las cosas, subió a mí y fué a colocarse—dando el rostro al camino—en el departamento donde viajaba el enfermo de que hablé antes. Era el mismo compartimiento en que don Rodrigo hizo su postrer viaje, y la decisión rectilínea—voz de fatalidad—con que penetró en él, pudiendo haber elegido otro, me calofrió. Yo hubiese querido decirla: “Raquel: el coche que ahora te lleva a Andalucía es antiguo conocido tuyo; es el que tú y tu Rodrigo llamabais “nuestro vagón”. Yo sé cómo besas, y doy fe de cuánto él te quiso; yo le he oído dudar de tu cariño y le he visto romper tus cartas. También le vi muerto: donde su cuerpo estuvo tendido, tú, ahora, sin saberlo, acabas de poner los pies; hubo sangre suya ahí, por donde tú has pasado”...
Raquel, después de sentarse cerca de una ventanilla, miró a su alrededor; esto es, “me miró”. Seguidamente y acaso bajo mi influencia, pensó en el amante muerto, y por su frente resbaló una melancolía. En su espíritu leí este nombre: “Rodrigo”; y, a continuación, aparecieron los ojos claros y el bigote rubio del sin ventura. Suspiró y su conciencia se llenó de obscuridad. Yo la miraba con cariño: si la hubiese visto acompañada de otro hombre, la habría odiado; pero iba sola, y aquel afecto que, tras de tanto tiempo, dedicaba al amado, me la hacía simpática. Y volví a pensar: “¿Por quién llevará luto?...” De su mano izquierda, que exornaban antaño una esmeralda y un rubí, la esmeralda faltaba, como si su dueña hubiera querido dar a entender así que la esperanza había emigrado de su corazón.
Raquel observó unos momentos el cielo límpido y estrellado. Después sacó de un “neceser” una plegadera de marfil y oro, y con una parsimonia, que era una caricia, comenzó a cortar las hojas del libro: lo hacía con esmero, con amor... En seguida emprendió la lectura, e interesada, tanto por el estilo apasionado como por el asunto, leyó, de un tirón, lo menos veinte páginas.
Bruscamente el viajero que llamaré “de las cuatro almohadas” comenzó a toser; a cada nuevo esfuerzo se incorporaba, jadeante, lívido, como si fuese a dictar su última voluntad, mientras con una mano desesperada se arañaba el pecho.
—Es un tísico—monologueó Raquel—; un incurable...
Y, aunque piadosa, apartó con disgusto los ojos del desconocido, que proyectaba un perfil macabro sobre mi fondo gris.
Nuevamente reanudó su lectura.
En aquel momento el autor trazaba, con rasgos magistrales, el hechizo perezoso de una siesta andaluza: Eran las tres de la tarde de un día de agosto: “Alicia”, la heroína, esperaba a su amante escondida entre las persianas del balcón; del cielo azul descendía una ola de fuego; en el sosiego provinciano de la calle un pianillo de manubrio desgranaba las notas de un vals sensual; en las ventanas y sobre los arriates de las azoteas, las macetas de claveles y de nardos ardían, como llamas, bajo el sol; y en aquella orientalesca borrachera de calor y de luz, el corazón de Alicia volaba hacia el campo, donde todo es saludable y violento...
Por segunda vez Raquel miró a su compañero de viaje. El infeliz tosía y se ahogaba; gruesas gotas de sudor perlaron su frente; sus ojos se desorbitaron con la angustia. Después, ya calmado, volvió a reclinar la cabeza hacia atrás y sus mejillas, empurpuradas momentáneamente por la asfixia, recobraron su lividez. Raquel pensó, egoísta:
“Este pobre hombre me da asco. Si no se duerme cambiaré de coche”...
Tornó a su lectura, y rápido el superior espíritu de Ruiz-Fortún, su autor favorito, volvió a poseerla: como un brujo la dominaba, la aturdía. Había en el verbo del gran artista, adorado de las mujeres, una emoción quemante y como irisada, dotada de milagroso vigor. Todo era en él pasión, ímpetu, amor romántico y exaltado. Leonardo Ruiz-Fortún era un griego que resucitaba en el cansado occidente el espíritu optimista de la vieja Hélade. De sus libros, el pesimismo, que es cobardía, estaba proscripto, y todos sus personajes eran audaces y hermosos como héroes...
Embelesada, Raquel cerró lentamente sus largos ojos negros... y, de súbito, la imagen lejana de don Rodrigo ocupó unos segundos su memoria. Humilló la cabeza; se quedó triste, con esa segura melancolía que emana del fastidio; hacía tiempo que esta disposición depresiva de alma la visitaba.
“Me aburro—pensó—y aburrirse, cuando estamos solos, equivale a no hallarnos satisfechos de nosotros mismos; es “odiarnos” un poco...” Luego, una idea pintoresca turbó agradablemente su espíritu: “¿Cómo sería Ruiz-Fortún?...” ¡Ah! De haberle ella conocido, seguramente le hubiese amado.
Llegábamos a Santa Cruz de Mudela, donde mudábamos de locomotora; eran más de la una de la madrugada. El hombre “de las cuatro almohadas”, a quien mis luces daban una apariencia espectral, sufrió un nuevo acceso de tos, y Raquel hizo sobre sí misma un esfuerzo para no oirle. Momentos después reanudó su soliloquio:
“Sí; el autor de Años de paz tenía razón: no todo en el mundo es podredumbre y felonía. El vulgacho es lodo, pero sobre la gentuza egoísta y sórdida campean voluntades diamantinas y espíritus horros de impureza, que saben hacer de la vida una plegaria excelsa; y Ruiz-Fortún pertenecía a esos elegidos...”
La tos del paciente, que sonaba lúgubre como una voz salida de la tierra, quebrantó transitoriamente el hilo áureo de aquellas meditaciones. La joven tuvo un nuevo gesto de impaciencia y de asco. Luego su fantasía volvió a piruetear y pensó en escribir a Ruiz-Fortún explicándole la desolación de su espíritu y la admiración—veneración, más bien—que hacia él sentía; y como el novelista, a fuer de cumplido caballero, se apresuraría a contestarla, era seguro que llegarían a ser amigos... amantes, quizás... En este punto de su laborioso discurrir la figura del escritor, por primera vez, la preocupó, pues ella jamás habría podido enamorarse de un hombre feo. ¡No!... La naturaleza no gusta de dejar sus obras inconcluídas: los artistas divinos y deformes, como Leopardi, son, afortunadamente, muy raros. Y Raquel se tranquilizó al convencerse de que Leonardo Ruiz-Fortún tendría, como lord Byron, una hermosa cabeza juvenil, grave y triste...
En Venta de Cárdenas subieron a mí y se instalaron en el departamento donde iba Raquel dos viajeros, que debían de ser madrileños por lo que de su acento y conversaciones pude colegir. Transcurrió la noche. A la mañana siguiente, al llegar a Córdoba, el señor “de las cuatro almohadas” se incorporó, saludó con una sonrisa glacial a sus compañeros de viaje, y salió al corredor. Caminaba inclinado, tembloroso, y, al andar, arrastraba un pie. Tras él, en el departamento, quedó flotando un olor a hospital. Cuando descendió al andén y le vi alejarse, de espaldas a mí, pensé: “Ya siempre te veré así, porque tú no vuelves...”
Mi asombro fué enorme al oír que uno de los dos pasajeros que viajaron con él desde Venta de Cárdenas decía a su amigo:
—¿Conoce usted a ese que acaba de salir?
—No.
—Leonardo Ruiz-Fortún.
—¿El novelista?
—El mismo: creo que el pobrecito se quedará en Córdoba...
Raquel, que, como yo, había seguido este diálogo, a durísimas penas reprimió un grito. ¿Era posible que aquel tuberculoso, aquella lamentable piltrafa de la vida, fuese el mismo escritor de inspiración férvida, de propósitos anchos, de estilo recio, con quien ella horas antes, precisamente, había soñado? ¿Cómo en un cuerpo exangüe, casi muerto, podía alojarse un espíritu así?... ¿O era que, tal vez, la misma implacable brasa del alma había roído la carne hasta consumirla?...
“¡La naturaleza es ciega! ¿Para qué fantasear? ¿Para qué esforzarnos en ser dichosos?”—discurría Raquel.
Tras una pausa, fríamente, por la ventanilla, tiró el libro al espacio.
En unas revistas ilustradas olvidadas sobre mis asientos, he leído artículos laudatorios acerca de la última obra del escultor montañés Pedro Juan, el cual, cuando yo trabajaba en la línea de Hendaya, viajó diferentes veces conmigo hasta Miranda de Ebro, y de cuyo rostro aguileño y palidísimo, flaco, como consumido por las brasas de sus ojos extraordinarios, recuerdo muy bien. Los críticos celebraban con un ahinco que acreditaba la sinceridad de sus elogios, la expresión, la emoción palpitante, “la elasticidad de carne viva”—palabras suyas—que el artista genial trasmitía a la piedra...
Sin duda todos aquellos ditirambos eran justos, y yo los aprovecho para fortificar lo que en diversos pasajes de este libro expuse a propósito de las vibraciones de inteligencia, de voluntad, de memoria y de sensibilidad física, que el hombre comunica a cuantos objetos le acompañan habitualmente. Si un escultor, por ejemplo, con sólo el esfuerzo de su inspiración y de sus manos, infunde a un pedazo de mármol el calor de su alma, ¿cómo negar esa constante y certera “transfusión de alma”—llamémosla así—con que a lo largo de los años las personas, soslayadamente, vivifican sus trajes, sus muebles y las habitaciones en que habitan? Sin maliciarlo el hombre divide su tesoro vital en dos partes, de las cuales se reserva la mayor, y la otra, que se le escapa por los ojos, y por la punta de los dedos y con el calor de su propio cuerpo, es la que reparte, la que difunde alrededor suyo y queda adherida a las cosas. He ahí el por qué los trajes recién salidos de las sastrerías son “fríos”, por bien confeccionados que estén; y por qué las novelas autobiográficas, por sencillo que sea su argumento, apasionan más y obtienen mayor número de lectores, que las imaginadas, fruto exclusivo del arte y de la inventiva de su autor. Esta vida adquirida, esta vida pegadiza gracias a la cual siento y hablo, donación subconsciente es de los hombres, y si ellos lo supiesen sus escritores comprenderían que la historia, por ejemplo, de “un billete de Banco”, que pasó por millares de manos y pudo servir así para pagarle las medicinas a un enfermo como para comprar a un asesino, bien merece los honores de ser llevada al papel. Diré más: estos libros de “Memorias” son, por su misma índole y composición, más difíciles de escribir que las novelas; agotan: porque en cada novela sólo hay un argumento y uno o dos protagonistas, mientras en una existencia tan agitada como la mía, en cada nuevo personaje que aparece surge un nuevo protagonista y con él, quizás, un nuevo enredo. Un libro de “Memorias” equivale a una sucesión de novelas.
En mi biografía hay millares de meses tediosos, absolutamente idénticos, que no hubiese querida vivir; pero, afortunadamente, de cuando en cuando la Aventura, la divina bruja de los ojos verdes, me miraba, y su roce era tan eficaz, tan excelso, que aunque sólo durase horas bastaba a consolarme de mi fastidio de varios años. Acordándome de aquellas muchachitas que, cuando yo rodaba sobre la línea de Galicia, salían a verme a los andenes del tránsito, yo pensaba:
“Me parezco a ellas en lo de esperar; ellas aguardaban todos los días la visita de lo Extraordinario, y yo también. Yo soy, dentro de mi esfera, como una pequeña estación en donde, tarde o temprano, el tren de lo Imprevisto se detendrá ‘un minuto’”...
El hada Sorpresa, tacaña por temporadas hasta la sordidez, tiene a ratos prodigalidades excesivas. Su alma es histérica, ilógica, y, por lo mismo quizás, adorable. Ora no da nada, ora da muchísimo; ¿pero si repartiese sus dones más proporcionadamente, no nos parecerían menos sabrosos?...
Los dos hechos que voy a narrar se desarrollaron, uno a continuación del otro, desde la noche de un veinticuatro de diciembre—es la segunda Nochebuena notable que recuerdo—y la mañana del día veintiséis: el primero es un episodio lírico, plácido; un duetto al par sensual y romántico que, si terminó conforme sus mantenedores se obligaron delante de mí a desenlazarlo, reducido quedó a un bellísimo cuento; pero que si tuvo “segunda parte”, sirvió de primer capítulo a una novela cuyo desenlace ignoro. El otro episodio es un enredo trágico, una cabriola siniestra, una visión de pesadilla: aquél era “blanco”; éste negro; aquél tenía el color de los azahares nupciales, y éste el tono obscuro de la sangre coagulada. Aquella vez a la Aventura—artista portentosa—la bastaron treinta y seis horas para hacer un “Rembrandt”.
Salí de Madrid, como todos los años me sucedía durante las festividades navideñas, con escaso pasaje. No llegarían mis ocupantes a ocho. En mi segundo departamento viajaban una mujer y un hombre: yo les había oído hablar en el andén; él se hallaba próximo a mí, alquilando una almohada, cuando ella le abordó para preguntarle:
—Caballero... ¿puede usted decirme si este es el tren de Almería?
Tenía una voz dulce, armoniosa; una voz “húmeda”...—no acierto a calificarla mejor—; una voz idílica, hecha para hablar de amor y decirle al Deseo “que sí”...
Clavó él en la desconocida una mirada buída, hambrienta, de gavilán; un mirar con el que la desnudó y la palpó y la registró, por igual, el cuerpo y el alma.
—Sí, señora; este es el tren...
Y añadió afirmativo:
—Tomaré una almohada para usted.
—Bien, muchísimas gracias...
Buscó apresuradamente su portamonedas para abonar el importe de aquel ofrecimiento, pero él ya había pagado.
—Es igual—dijo con una sonrisa y un ademán elegantes—; ¡es igual!...
Uno tras otro subieron a mí, y él, personalmente, colocó primero las maletas de su compañera de viaje, y luego las suyas, en mis redecillas. Ella parecía agradablemente impresionada, al par que cohibida; la eficaz devoción con que era servida la colocaba, por agradecimiento, en un cierto estado de inferioridad ante aquel caballero lleno de iniciativas oportunas. Claramente yo leía en su alma. Pensaba: “Yo me iría a otro coche porque este señor se inmiscuye demasiado en mis asuntos, pero como le debo el alquiler de la almohada... ¡Y es simpático!... Lástima que me mire así, como si quisiese comerme...; aunque es posible que lo haga sin segunda intención. En fin, si así no fuese, siempre hallaré modo de pararle los pies...”
Fluctuaba la edad de la viajera entre los treinta y los treinta y cinco años: era trigueña, ojinegra, antes abastada que escurrida de formas, vestía esmeradamente, parecía presumir—y a fe que podía hacerlo—de tener la pierna linda y el pie menudo y bien calzado, y era, en suma, lo que por estilo conciso y pintoresco el pueblo español denomina “una real moza”.
El, flexible, alto y correctamente trajeado, aparentaba igual edad, y sus manos pulidas y su semblante aguileño, prematuramente fatigado, hablaban de un pretérito aristocrático. No parecía, sin embargo, enfermo de desgana, por cuanto en seguida prendió y mantuvo el fuego de la conversación con privilegiada elocuencia, orientando el diálogo hacia donde quería, y expresándose con franqueza y acierto desusados.
—¿Me dijo usted que iba a Almería?—preguntó.
—Sí, señor. ¿Usted también?
—No, señora: yo debía ir a Huelva...
Ella hizo un gesto vago: no comprendía cómo un tren que fuese a Almería pasase por Huelva, o viceversa; creyó haber entendido mal. El sonreía en silencio, dando tiempo a que su colocutora se percatara de su hilaridad y se extrañase de ella. Así fué: la joven, curiosa, indagó:
—¿De qué ríe usted?...
—De una pequeña travesura que he cometido y usted inmediatamente me perdonará. Usted sabrá que la línea de Almería y Granada arranca en la estación de Baeza...
Ella movió la cabeza afirmativamente, y con la ansiedad de la explicación que esperaba su rostro parecía más bello.
—El tren en que vamos—prosiguió el viajero—pasa por Baeza a las tres y cuarto de la madrugada, y el de Almería no sale hasta las nueve o las diez...
—¡Qué horror!...
—El tren que debió usted tomar no era éste, el “expreso” de las ocho y veinte, sino el “correo” que sale cuarenta minutos después, a las nueve, y llega a Baeza a las seis y media. Hubiera usted podido dormir cómodamente en él hasta esa hora, y así la espera hasta el momento de tomar el “correo” de Almería habría sido más corta.
Ella, un tanto molesta, replicó:
—¡Naturalmente!... ¿Por qué no tuvo usted la bondad de explicarme todo eso cuando aún era tiempo?
—Por egoísmo.
—No le comprendo.
—Por egoísmo, sí, señora: por no privarme del placer de viajar con usted.
Hallábanse sentados frente a frente, y podían mirarse bien a los ojos.
—¡Caballero—exclamó la joven embridando mal su despecho—en el fondo de esa galantería no hallo más que una impertinencia inexcusable!
Se había puesto roja y, como antes la ansiedad, ahora la hermoseaba el despecho. El contestó con una naturalidad desconcertante, por lo sincera:
—No se enoje usted conmigo, porque sería inútil. Todo cuanto está sucediendo y ha de suceder esta noche, es inevitable. Medite usted en el alcance de ese concepto, según los casos, divino o maldito: “lo inevitable”. Señora: no por la fuerza de mis manos, que antes me cortaría que emplearlas en contra de usted, sino por dictados de la simpatía que ya existe entre ambos, y que es la más irrecusable de las órdenes, ni usted estará mañana en Almería, ni yo llegaré mañana a Huelva.
Ella inquirió, atónita:
—¿Por qué?...
—Porque usted misma, dentro de un rato y en virtud de una maravillosa revolución que ya está verificándose en su alma, sentirá, como yo, la necesidad de abrir en nuestros respectivos viajes un paréntesis de veinticuatro horas. Sobre la realidad monótona de esos rincones provincianos adonde nos dirigimos, acaso más que por nuestra propia alegría para repartir alegría entre los seres que nos aman, está el ensueño, la casualidad novelesca de habernos encontrado.
Ella, a la vez escandalizada y seducida, creyóse obligada a protestar en nombre de su honestidad; pero él, por momentos más apremiante y buen tracista, la redujo a silencio:
—¿No juzgaría usted desfavorablemente—decía—a quien, después de comprar un billete de teatro, no fuese a ver la función? Pues he ahí el caso de quien, teniendo un billete para el teatro de la Vida... ¡no entra en la vida!... Y usted, desde que cruzamos las primeras palabras, tiene un billete para ese teatro; se lo dió la madre Aventura... la mejor de las madres... ¡aprovéchelo usted!... Créame; cuando la Casualidad ríe junto a nosotros, debemos imitarla...
Repelió ella estas teorías con vigor, pero yo, que leía en su conciencia, me maravillaba de la ninguna fe de sus opiniones, y de la rapidez con que su gaitero colocutor la había ganado la voluntad. Tan fué así que, una hora más tarde, el diálogo había cambiado el grave entrecejo de la polémica por la sonrisa pícara del coqueteo, y enfrentábamos Castillejo cuando ella y él, sentados ya el uno al lado del otro, se apretaban las manos con una vehemencia que aceleró el latir de sus pulsos. Verdaderamente el galán, sabiendo mostrarse con oportunidad alegre o melancólico, optimista o desengañado, era un emérito cazador de almas.
—Todo nos acerca—insistía—y, más que la soledad, el misterio, lleno de intimidad familiar, de la Nochebuena. Es la noche en que todos se abrazan, en que nadie, ni aun los más infelices están solos...; la noche que los hijos calaveras aprovechan para volver a su hogar y ser perdonados... Y por eso, por ser esta noche de perdón, usted escuchó mis ruegos misericordiosa. Acompañémonos, defendámonos mutuamente de la soledad... ¡abriguémonos contra el espantoso frío de no ser amados por quien quisiéramos serlo!...
Hizo ademán de escuchar, y unos segundos permaneció así, el cuello erguido, las pupilas fulgentes; y agregó misterioso y festivo:
—¿Oye usted lo que dice el vagón?... En este momento nuestro coche corre con un traqueteo trisílabo, y en esos tres tiempos de su marcha yo percibo distintamente las tres sílabas del imperativo más dulce: “Quié-re-le...” “Quié-re-le”... El vagón aconseja a usted quererme; no se lo aconseja; se lo manda... “Quié-re-le...” No piense usted ni un instante en desobedecerle, porque podría irritarse y descarrilar. ¡Oigale!...
La tercería que el diestro embaucador me achacaba en su amoroso pleito me hizo gracia, y desde luego le deseé la victoria. Divertida y risueña, la joven escuchó también. Luego exclamó:
—¡Es cierto!... Ya le oigo... ¡Ah, es maravilloso!... pero me ordena todo lo contrario de lo que usted supone; usted ha traducido mal... Usted percibe tres sílabas y yo distingo cuatro... El vagón dice: “No le cre-as...” “No le cre-as...” “No le cre-as...”
El se inclinó sobre las manos que la Deseada tenía cruzadas a la altura del pecho, y, lentamente, devotamente, con unción mística, las besó. Volvió a incorporarse, acercó su rostro al de ella y mirándola intensamente a los ojos:
—El vagón dirá—murmuró—lo que tu corazón quiera hacerle decir; porque todas las interrogaciones y todas las respuestas de la vida están en nuestro propio corazón. Fuera de nosotros no hay nada. Cuando tú crees que el mundo te ha dicho algo, es que tu alma se ha contestado a sí misma.
La joven no respondió, y toda su belleza se cubrió de melancolía, circunstancia que juzgué bonísimo agüero para él, pues nada como la Melancolía mulle las camas que luego deshace el Amor. Hubo una corta tregua. ¿Qué hacía ella?... ¿Soñaba... escuchaba?... Al fin, lánguidamente, con aquella su voz suave de derrota, de entrega, que tanto me había impresionado, y como hablándose a sí misma, murmuró:
—Usted tenía razón: el vagón dice: “Quié-re-le...” “Quié-re-le...”
Y cerró los párpados, que él, férvido, se apresuró a besar. Cerca de un minuto permaneció así, sumido en el éxtasis de aquella felicidad. Después, sin apartar los labios de donde tan a su gusto los tenía apoyados, preguntó:
—¿Oyes bien lo que el vagón te manda?
—Sí—replicó ella reclinando su cabeza enajenada sobre el pecho del hombre—; antes no le oía... pero ahora sí...
—¿Por momentos le comprendes mejor, verdad?...
—Mejor—repitió—, mejor... Creo que ya toda mi vida he de estar oyéndolo...
Y, feliz de sentirse vencida, y como para agradecerle el bien que la hizo limpiando su alma de escrúpulos, le echó al cuello los brazos.
El expreso acababa de detenerse, y ante los coches apagados y herméticos, una voz indolente pregonaba:
—¡Alcázar de San Juan!... ¡Cambio de tren para las líneas de Valencia, Alicante, Cartagena y Murcia!...
Ibamos, como en la jerga ferroviaria se dice, “a la hora”; eran las once y diez.
El enamorado habló, susurrante:
—Todo parece caminar al compás de nuestro deseo. Nos quedaremos en Valdepeñas, adonde llegaremos a las doce menos cinco. Inmediato a la estación hay un hotel. Aún podemos ir a la Misa del Gallo... y completar así nuestra Nochebuena... una Nochebuena que recordaremos toda nuestra vida.
El convoy volvía a moverse, y el estremecimiento que tuve al arrancar restituyó a la Seducida la conciencia de sus deberes.
—¿Qué dice usted?... ¡Yo no puedo quedarme en Valdepeñas!
Parecía despertar de un letargo profundo, y había espanto en sus ojos. El indagó, sereno:
—¿Por qué?... ¿No quieres?...
—Sí; querer, sí quiero... Pero es que en Almería está aguardándome mi...
No concluyó la frase, porque él, rápido, con una mano la cerró la boca.
—¡Calla!—suplicó—; pues no quiero saber quién te aguarda. ¿Son tus padres?... ¿Tu marido?... No necesito saberlo... ni tú debes decírmelo. Pero considera que esas personas, a quienes con un telegrama puedes tranquilizar, te aguardarán siempre... ¡Abarca bien la significación de esa terrible palabra: “siempre”!... Mientras la aventura que yo te ofrezco no espera, porque sólo es un sueño...; un bello sueño que se desvanecerá con esta noche; mi amor es como esos encantamientos de los cuentos de hadas, que se rompen no bien el día despierta...
Ella le miraba asombrada; no le comprendía.
—¿Y después?—interrogó.
—No entiendo: ¿qué significa ese “después”?...
—Más adelante, ¿cómo haríamos para vernos?... Usted me dijo que iba a Huelva: ¿reside usted allí?...
—No pienses en eso: que no te interese saber dónde yo vivo, como a mí no debe interesarme dónde habitas tú: Huelva, Almería, Madrid... ¿qué importa, si nuestra noche de hoy no ha de repetirse nunca y si jamás volveremos a saber el uno del otro?...
Calló unos instantes, sinceramente entristecido, tal vez. Los hermosos ojos negros de la Deseada se habían humedecido.
—¡No volver a vernos!—suspiró.
—Nunca—afirmó él—; porque en eso... ¡sólo en eso!... estriba el secreto de amarnos siempre. ¿No reconoces que, entre todas las personas que llenan tu biografía, te sientes, como yo, un poco sola?... Lo cual significa que ninguna logró acercarse completamente a tu alma. ¿Qué adelantaría yo, de consiguiente, informándome de tus ocupaciones, y de con quién habitas, y de todo ese fárrago de monotonía, de tristeza, “de prosa”, en fin, qué pinta de gris tu vivir cotidiano? Si a mí sólo me cautiva tu espíritu, ¿a qué preocuparme de cuanto permanece fuera de él?... Haz tú lo mismo. Yo no quiero, óyelo bien, “no quiero” saber nada de ti, ni siquiera tu nombre, porque el nombre es una “materialización” del alma; algo que la vulgariza, que la ensucia un poco; y, además, porque llegando a mí y marchándote sin quitarte el antifaz del anónimo, no ofenderemos a las personas que, a su modo, te aman. Date a mí esta noche, que más adelante, en el ingrato filar del tiempo, no llamaremos Nochebuena, sino “Noche-Unica”; y mañana, en trenes distintos, huyamos el uno del otro.
Seguía ella sin interpretar bien lo que el desconocido la proponía; pero su corazón, impulsivo y sentimental, ya le amaba.
—Te quiero—balbuceó—, te quiero, dueño...
Su violenta confesión tuvo más de sollozo que de alegría. El replicó:
—Nos querremos siempre, y voy a explicarte la razón. Di: desde tu primera juventud, ¿no acariciaste la alegría de pertenecer a un hombre que te adoraba y en quien tú adorabas?
La ingenua exclamó:
—¡Es cierto!
—¿Tenía un semblante determinado ese hombre?
—No.
—¿Cómo se llamaba?
Ella repuso, sorprendida de cómo aquel breve diálogo esclarecía su comprensión, todavía remisa:
—No lo sé; nunca le puse nombre.
—¿Ves?... Luego, si jamás tuvo cara ni nombre, ¿por qué no sería yo?... Y eso, puntualmente, me sucede contigo. Si, dóciles a la universal rutina, nos dijésemos nuestros nombres, en el acto tendríamos un punto de semejanza con los millones de mujeres y de hombres tocayos nuestros; mientras que, manteniéndonos innominados, tú siempre serás para mí “Ella”... ¿comprendes?... la “Sin Nombre”... la “Unica”..., y yo, para ti, igual...
Desfallecida, emborrachada por el pique novelesco de aquella aventura, la joven repetía:
—Lo que tú quieras... decide tú...
—Mañana, después de haber sido muy dichosa, ¿tendrás resolución para irte?...
Y, como no obtuviese respuesta, añadió:
—Bien; así me gusta; no te pesará... porque más adelante, cuando tu experiencia madure, reconocerás que el más esforzado amor dura menos que nuestra breve vida, y es con relación a ella—¡oh, dolor!—como un traje “que nos hubiesen cortado pequeño”...
Estábamos en Valdepeñas. Una voz anunciaba:
—¡Valdepeñas!... ¡Un minuto!...
Instantáneamente los dos enamorados se levantaron, acelerándose en recoger sus equipajes.
—¿Oyes?—exclamó él triunfante—: la felicidad pasa, y para llevarnos consigo nos otorga un minuto. ¡Lo justo!...
Bajaron al andén y les vi dirigirse, con andar célere, hacia la puerta de salida de la estación.
A lo lejos, en la obscuridad fría y estrellada de la noche, las campanas volteaban felices anunciando que Jesús había abierto los ojos...
Al Barítono, que rodaba delante de mí, le referí por pasatiempo el original idilio que acababa de presenciar.
—¡Dichoso tú!—interrumpió desabridamente—, pues tuviste la suerte de tropezar con gente limpia. ¡Si supieras cómo voy!...
—¿Qué te sucede?...
—No me lo preguntes; estoy como para que me metan en lejía ocho días seguidos.
Le rogué que no mortificase por más tiempo mi curiosidad, y que desembuchase sus cuitas procurando desfigurar la verdad lo menos posible; y dije esto, porque tenía entre nosotros fama merecidísima de fantaseador y embustero.
—Sucede—explicó—que viaja conmigo el tipo más extravagante y gracioso que puedes soñar. Va solo, y cuando se quitó el gabán advertí que iba vestido de “smoking”. “¿De dónde sale este hombre?”—pensé. Es pequeño y rubio, muy rubio, casi albino; usa monóculo; parece inglés, pero es español, acaso del riñón de Castilla la Vieja, porque, al hablar, ni de milagro se come una letra. Apenas dejamos Madrid, extrajo de un maletín una suculenta merienda, dos botellas de vino de Rioja, otras dos de Champagne y un frasco de Ginebra. Sirvióse a continuación una copa de “Rioja”, y con mucha elegancia y enfática ceremonia se puso en pie: “Señores—exclamó dirigiéndose a unos circunstantes imaginarios—: yo agradezco infinito esta comida que la cortesía de todos organizó en mi honor; y lo agradezco tanto más efusivamente, cuanto que el pasar solo esta Nochebuena hubiera sido muy doloroso para mí. Queridos amigos: yo brindo a vuestra salud, y hago votos por que el año próximo, en esta misma fecha, volvamos a estar juntos.” Llevóse la copa a los labios, bebió parsimoniosamente y en seguida comenzó a batir palmas, tributándose una calurosa ovación. “Está ofreciéndose un banquete a sí mismo”—pensaba yo. Con empaque correcto y frío de gentleman, “el hombre del monóculo” se sentó, desdobló su servilleta y empezó a comer. A intervalos demostraba sostener con los comensales más próximos a él diálogos breves, para lo cual se interrogaba y respondía urbanamente:—“¿Otra rodajita de salchichón, marqués?”—“Muchas gracias.”—“¿Una copita de vino, don Eugenio?”—“Se acepta, sí, señor; ¡y con mucho gusto!...”—“Salud, don Eugenio.”—“¡Salud, señores!...” Cada vez que libaba, esto es, de tres en tres minutos, se ponía de pie. No por esto dejaba de charlar.—“Para obsequiarme—decía—no podían ustedes haber elegido lugar más a propósito. Este hotel es bueno, la cocina excelente, y desde ese mirador, si hubiese luna, veríamos un paisaje magnífico. Cuando llegué aquí, hace unos momentos, estaba triste; pero ya mi melancolía se desvaneció y dentro del corazón oigo sonar un cascabel. ¡Oh, qué bella es la vida para el hombre que, cual yo, consigue verse a todas horas rodeado de amigos decidores y fraternos!...”—“¡Bravo!... ¡Viva don Eugenio!...”—“Mil gracias, compañeros: y, pues las dos botellas de Rioja, rendidas bajo nuestras caricias, yacen exánimes, opino que bebamos Champagne.”—“¡¡Muy bien!!...”
—Con la maestría de un viejo camarero—prosiguió contando El Barítono—don Eugenio, que así debe de llamarse mi huésped, destapó una benemérita botella de Clicquot, sonó una detonación, un chorro de espuma mojó mis asientos y en mi techumbre recibí un taponazo. El hombre “del monóculo y del smoking” tornó a levantarse: su diestra, que ya empezaba a temblar, sostenía una copa llena de sol hasta los bordes.—“¡Señores—exclamó—: con este vino, rubio como las trenzas de María Antonieta; con este vino que lleva en su alegre frivolidad la imagen de lo que nuestra vida debía ser, brindemos por la gloria de Francia!...”—“¡Hurra!... ¡Bravo!...” Don Eugenio se inclinó:—“Gracias, hermanos: que la Borrachera sea con vosotros...” Tales disparates los decía muy serio, sin sonreir ni una vez y dentro de la más impecable corrección de ademanes, cual si estuviese, efectivamente, entre personas de su mayor respeto. Esta farsa la prolongó más de una hora: poco a poco se enrojecían sus mejillas, y sus ojos brillantes empezaron a divagar. La embriaguez le invadía y la lengua se le enredaba, como los pensamientos. Olvidado de las sombras que le acompañaban, habló consigo mismo. Le pesaban los párpados y tenía, para levantarlos, que hacer un gran esfuerzo.—“¿Quieren ustedes más vino?—monologueaba—; ¿no?... ¿Por qué?... ¿Nadie responde?... ¿Eh?... ¿Nadie responde?...” Abrió los ojos.—“¡Ah!... ¿Todos se han ido?... ¡Cobardes; tenían miedo a emborracharse y se han ido!... Bueno; me es igual. Beberé yo solo: afortunadamente, para hacer de mi cabeza lo que quiero, no necesito a nadie... Venga champagne...” Destapó la segunda botella y un chorro de vino le empapó la pechera.—“Gracias—continuó—, este frío hace bien...” De un puntapié arrojó, hasta el tránsito, la maleta que hasta allí retuvo entre las rodillas y le había servido de mesa.—“¡Se acabó el banquete!—exclamó—; ya no estoy en un hotel, sino en mi casa; una casa que se mueve, que está borracha, como yo... ¿Qué hora será?...” Con mucho trabajo halló su reloj.—“Las once y cuarenta minutos. ¡Bravo!... A las doce iré a la Misa del Gallo...” Este propósito echó raíces en su espíritu, y lo repitió cien veces. Permanecía sentado, y mis traqueteos, que yo procuraba fuesen rudos, le zarandeaban sobre sí mismo con mucha gracia: tan pequeñito, tan rubio, con los carrillos encendidos, el monóculo, la corbata ladeada y vestido de smoking, parecía un muñeco. Al intentar servirse otra copa de champagne, se apercibió de que la botella estaba vacía.—“¿También tú has muerto?...”—exclamó. La inspeccionó al trasluz; la agitó en el aire, y su silencio le convenció de que no quedaba champagne. Entonces, con un gesto triste de desengaño, la tiró al suelo.—“Vete—gruñó—, no te necesito; perdiste tu alegría; estás más seca que un corazón. Pero no creas, ingrata, que estoy solo: mira, me acompaña éste...—empuñó el frasco de la Ginebra—; ¿qué te habías figurado?... ¿Que iba a serte fiel?... ¡Nunca!... Hay muchas bebidas, como hay muchos amores. ¡Cambiemos... renovémonos!... Nuestra vida no puede reducirse a adorar en una sola mujer, ni a beber una sola clase de vino; la vida es una suma...—reía—: una suma de amores y de botellas...” Quedó silencioso y como amodorrado, unos minutos; de súbito le vi recobrarse. Miró su reloj. La idea de ir a la Misa del Gallo le obsesionaba. Inmediatamente cogió el frasco de la Ginebra. “—Yo también—barbotó—sé rezar... aunque a mi modo. Jesús mío: por tu divina tontería de querer redimirnos...” Llevóse el frasco a la boca y trasegó un buen buche. “—Por los azotes que recibiste atado a la columna...” Otro buche. “—Por las tres caídas que sufriste en tu calle de Amargura...” Tercer buche. “—Por la corona de espinas que te pusieron...” Nuevo trago. “—Por la herida de tu costado...” Otro, y van cinco. De repente se desplomó sobre el asiento, el frasco cayó al suelo y la poca ginebra que quedaba en él me la bebí yo. El pobre hombre empezó a llevarse las manos a la cabeza; estaba lívido. “—Qué mal me encuentro—balbuceaba—, me duelen las sienes... tengo náuseas... parece que voy a morirme...” Mis zarandeos agravaban su padecer. Comprendí que el calor contribuía a marearle y que intentó incorporarse para abrir una ventanilla; pero el desdichado no podía moverse. Levantó la cabeza y sus ojos agónicos fueron de un lado a otro, buscando quizás el timbre de alarma. En mi vida fuí testigo de una borrachera más ejemplar. Yo no cesaba, ni un instante, de mirarle la boca... ¡ya supondrás por qué!...
El pobre Barítono hizo un gesto de asco, que me removió las entrañas.
—Hasta que las arcadas que sufría produjeron su efecto natural. ¡Maldita sea mi suerte!...
—Motivos tienes para renegar y darte a los diablos, compañero—le repliqué—; pero reconoce que un tipo que tiene el “humor inglés” de endosarse un smoking para ofrecerse a sí mismo un banquete en un vagón de ferrocarril, es extraordinario.
—Conformes; mas si lo que te he contado te sucede a ti, que eres tan limpio, revientas de rabia. ¡Si le vieses ahora!
—¿Qué hace?
—Duerme. Se ha caído del asiento y yace en el suelo, sobre un charco de vino. Parece una vasija rota...
Así charlando acabamos el viaje, y cuando a las ocho y minutos de la mañana La Sabrosa nos dejó en la estación de Sevilla iba ya tan cansado que, apenas los mozos encargados de mi limpieza terminaron de barrerme y fregarme, cuando me quedé sumido en sueño profundísimo. Un empujoncillo del Barítono me despertó nueve o diez horas después; era de noche y me sorprendió ver en uno de mis departamentos “de cabeza” un viajero acostado; me sorprendió porque aún faltaban dos horas, lo menos, para la salida del “expreso”, y advertí que, según costumbre, todas mis puertas estaban cerradas. ¿Cómo entonces aquel individuo pudo meterse allí?...
“Será algún empleado de la Compañía”—pensé. El recuerdo de lo que el Barítono me había referido la víspera, y la circunstancia de hallarnos en la fecha subsiguiente a la de Navidad, me movieron a sospechar que aquel intruso estuviese borracho.
“Bien podía suceder—me dije—que fuese amigo del inspector, y éste le hubiese encerrado a dormir aquí.”
Aquel hombre hallábase tendido en el asiento contrario al lado de la máquina—hago hincapié en este detalle por ser esencial—; era delgado y de corta estatura; llevaba pantalón negro y botas de charol, nuevecitas, y la cabeza perfectamente escondida entre la visera de una gorra de viaje, que debía de estarle muy grande, y el cuello levantado de un gabán de color gris. Lo que antes hirió mi atención fué que tuviese ambas manos sepultadas en los bolsillos del abrigo. Había en aquel hombrecito algo de muñeco. Después de observarle un rato, mi atención, como sucede siempre que creemos haber examinado bastante una idea u objeto, se distrajo y comenzó a mariposear sobre todos los pequeños incidentes que a mi alrededor se producían.
Empezaban a llegar viajeros, y yo estaba cierto de que, como otros años, el pasaje sería reducidísimo. Enfrente de mí había un caballero de aspecto distinguido y atrayente, pero que tenía “cara de muerto”. Quiero decir, que su rostro, grave y amarillo, inducía a pensar en la muerte, al igual que otros semblantes, por una u otra razón, mueven a pensar en la vida. Este hecho es innegable. A cada rato oímos decir:—“Fulano ha muerto.” Y la noticia no nos sorprende; la hallamos natural, porque ya, de siempre, en nuestra imaginación, le habíamos visto difunto. En cambio, nos dicen:—“Mengano falleció anoche...” Y nos negamos a creerlo, porque en Mengano todo era fuerza, risa, expansión... En esto mi espíritu observador pocas veces falla. Yo, por ejemplo, veo pasar a un individuo con el sombrero puesto, y, sin saber por qué, me digo:—“Ese señor debe de ser calvo.” O bien:—“Ese señor debe de ser tartamudo...” Y, ¡casualidad extraña!, nunca me equivoco.
Pues bien: el señor “de la cara de muerto”, que largo rato había permanecido en el andén como esperando a alguien, que al cabo no llegó, un minuto antes de partir el “expreso” trepó a mí, seguido de un mozo que resoplaba bajo dos pesadísimas maletas, y fué a instalarse en el compartimiento donde “el hombre de la gorra” continuaba dormido.
—Buenas noches—dijo al entrar.
El mozo, con mucho esfuerzo, colocó el equipaje sobre una de mis redecillas, que gimió; y se fué. Casi al mismo tiempo, apareció el interventor.
—Si el caballero no está bien aquí—dijo—puede pasar a otro departamento: el coche va casi vacío.
El interpelado repuso:
—Muchas gracias.
—Seguramente en otro lado cualquiera iría usted mejor.
El viajero acaso iba a ceder; lo leí en su rostro; pero miró su impedimenta, consideró su peso, e instantáneamente se reafirmó en su intención de no moverse. Además, hacía frío; mucho frío...
—Gracias—dijo—, aquí no somos más que dos personas y podremos dormir bien.
El interventor parecía indeciso, y renovó su oferta.
—Viajar solo siempre es agradable. Las maletas, si usted me autoriza, puedo transportarlas yo mismo...
Su porfía empezaba a molestarme, tanto más cuanto que aquel hombre, de rostro traicionero y obscuro, siempre me había sido antipático. Mi huésped, irritado también, le replicó muy seco:
—Prefiero quedarme aquí.
El interventor se marchó, para regresar a poco con una tablita, que decía “Alquilado”, y que colocó a la entrada del compartimiento.
—De este modo—explicó—podrán ustedes descansar, seguros de que nadie ha de molestarles...
Para corresponder a tanta fineza, el viajero quiso darle un duro, pero el interventor se negó a aceptarlo; y después de picar el billete del señor “de la cara de muerto”, se marchó, sin pedirle el suyo al “hombre de la gorra”. ¿Por qué? Esto me inquietó, y como no hallase la explicación que buscaba, volví a pensar:
“Serán amigos...”
Transcurridos unos minutos, empecé a sentir que, a pesar mío, “el hombre de la gorra” me preocupaba. ¿Cómo dormía tanto? Mi correr tronitronante le sacudía extrañamente; sus brazos, sus piernas, parecían rotos. Pero lo que más encandilaba mi curiosidad era su rostro invisible, con el mento apoyado y cual ahincado sobre el pecho. Contribuía a aguijar mi sobresalto la frecuencia con que, a cada momento, el interventor, o un “ruta”—que prestaba servicio en otro coche—, o los dos, recorrían mi tránsito. ¿Qué buscaban allí?... Y en sus ojos mi sagacidad descubrió un terror, una angustia. También al viajero “de la cara de muerto” le chocó aquel ir y venir insólito.
—Me espían—pensó.
Las estaciones de Guadajoz, de Lora del Río, de Palma y de Posadas, habían quedado atrás. El interventor, al fin, se marchó a hacer la requisa de billetes; el “ruta” también se fué. Yo empecé a tener miedo: adivinaba la vecindad de algo inexplicable, la secreta presencia de una amenaza. Me dije: “Este hombre, con cara de difunto, es un aojador.”
Hasta que, de súbito, ocurrió lo que yo vagamente esperaba. En una curva, la inercia arrancó al pasajero del gabán gris del asiento y lo tiró al suelo: con el cachapazo, la gorra se le fué hacia atrás, y las manos se le salieron de los bolsillos. Las tenía amoratadas, convulsionadas, tumefactas, y el rostro horriblemente maquillado por la asfixia. Aquel hombre no estaba dormido ni borracho, sino muerto: le habían estrangulado.
Al verle caer así, con ese ruido turbio y esa pesadez que sólo tienen los cadáveres, el viajero “de la cara de muerto” lanzó un grito y se puso de pie; su semblante, convertido bajo el imperio del terror en espantosa máscara, era indescriptible. ¡Ah, cuántos fotógrafos hubiesen querido retratarle!... Yo, que le espiaba, paso a paso seguí las mutaciones rapidísimas, más breves que segundos, que experimentó su espíritu. Su primer movimiento fué precipitarse sobre el timbre de alarma; pero, en el acto, casi sin transición, se arrepintió. Se vió detenido, envuelto en un proceso resonante, acusado, tal vez, de homicidio... Y tuvo miedo. El infeliz miraba al difunto como si él, realmente, le hubiese asesinado: su mandíbula temblaba, los ojos, horripilados, se le salían de las órbitas. ¿Qué hacer?... Una idea folletinesca le iluminó el cerebro. El “expreso” acababa de salir de la estación de Córdoba, y antes de volver a detenerse transcurriría cerca de una hora. Rápido el señor “de la cara de muerto” se asomó al pasillo para cerciorarse de que allí no había nadie; inmediatamente regresó a su departamento, abrió una ventanilla, cogió el cadáver y, a empellones, lo precipitó a la vía. Levantó en seguida el cristal, se sentó y aparentó leer en un libro.
En aquel instante reaparecían el interventor y el “ruta”, y aún me estremece la lividez espectral que les desfiguró al encontrar solo al viajero “de la cara de muerto”. Les vi apoyarse al uno contra el otro, temblando, y sus labios se tiñeron de violeta. Sus piernas se doblaban. Querían hablar, y la voz les faltaba. “Estos son los que han matado ‘al hombre de la gorra’”—pensé.
Por su parte, el viajero de la faz mortuoria, les miraba de hito en hito, casi tan asustado como ellos. Al cabo, el interventor, aunque ahogándose, pudo balbucear:
—Señor... ¿el caballero que iba aquí?...
El interpelado repuso fríamente:
—No sé; salió hace un momento...
Al oir estas palabras, que envolvían algo sobrenatural, los dos miserables, seguros de hallarse en presencia de un milagro, se retiraron sin contestar.
Al otro día, los periódicos de la noche dijeron que un millonario argentino, recién desembarcado en Cádiz y que se dirigía a Madrid, fué robado y asesinado en el “expreso” de Sevilla durante el trayecto de Córdoba a Montoro, y que los criminales habían lanzado el cadáver a la vía.
Nunca la pobre Justicia supo más.
Como los soldados en tiempo de guerra, los vagones estamos obligados a socorrernos mutuamente en el peligro y a “cubrir” las bajas que los choques, los descarrilamientos, los incendios o, sencillamente, la vejez y el mucho uso, causan en los convoyes.
El choque, tristemente famoso, de Chinchilla, donde el correo de Valencia y un mixto procedente de Cartagena se encontraron, y en el que finaron su vida de trabajo once coches—la mayoría de pasajeros—, diseminó una inquietud por toda nuestra red ferroviaria. Los talleres de reparaciones restituyeron a la circulación algunos vagones; varios trenes, que llamaré “clásicos” por integrarlos siempre las mismas unidades, fueron descompuestos cumpliendo órdenes de la Dirección General, y sus coches pasaron de unos convoyes a otros. Esta marejada nos alcanzó a nosotros también, y de resultas el Barítono y yo tuvimos que despedirnos de La Empresa, del Primer Actor y demás veteranos camaradas de nuestra supuesta farándula, para entrar al servicio del “correo-expreso” de Valencia, que sale de Madrid a las nueve y treinta y cinco minutos de la noche.
Este cambio de horizontes nos satisfizo mucho, no sólo por el bien fundado deseo de conocer esa huerta valenciana que luce, junto a la seca amarillez del macizo ibérico, como una esmeralda, sino también por la blandura del clima y la suavidad y brevedad del camino: cuatrocientos noventa kilómetros de tierra llana, a nadie asustan.
Como sobre la línea andaluza, El Barítono continuaba rodando delante de mí, y aunque por la menor categoría del tren que ahora servíamos nos habían quitado el puente que nos ligaba antes, el hallarnos entre unidades desconocidas contribuyó a anudar mejor los lazos de nuestro viejo afecto. Lo que antes nos sorprendió fué el dialecto valenciano, que no tardamos en traducir, y pronto reconocimos que los oriundos de la región levantina es gente muy alegre y decidora, pero sin que esa turbulenta alacridad que les dió el sol excluya de ellos la templanza en las palabras, ni la cortesía. Esto y los incidentes del camino nos proporcionaban abundantes motivos de conversación, y así, mirando y glosando lo que observábamos, entretuvimos agradablemente muchas jornadas.
Más allá de Getafe, donde la vulgaridad oficial se opuso a que el genio de Julio Antonio elevase a “Nuestro Señor Don Quijote” un monumento, el camino, hasta Alcázar de San Juan, nos era conocido. Luego la ruta se vistió para nosotros de novedad. Sucesivamente vimos pasar, a la luz de la luna y en filar pintoresco, Campo de Criptana, que parecía decirnos adiós con los brazos de sus molinos; los trigales de Socuéllamos y el magnífico encinar que inspiró al “hidalgo manchego” su discurso a propósito de “la edad de oro”; Villarrobledo, que de los robledales que la circundan tomó nombre; Minaya, que evoca gestas del Mío Cid; y pasado Albacete, célebre por sus fábricas de armas, Chinchilla, a la que su penal, instalado en un castillo cimero, prende un nimbo amargo; y luego Almansa, antiguo baluarte de la planicie castellana, con su castillo mondo, escueto y blancuzco, como una osamenta, cerca del cual Felipe V, con las manos tintas en sangre austríaca, aseguró sobre sus sienes la corona; y diez y ocho kilómetros después, el caserío de La Encina, rodeado de desolación.
Hasta allí prolonga Castilla su adustez, su secura, su amarillez de viejo rostro hidalgo; pero, traspuesto el andén de Fuente la Higuera y los dos túneles que lo siguen, el paisaje varía y pronto la jocunda feracidad levantina empieza a metérsenos alma adentro. Huyen hacia atrás Mogente, la morisca; las ruinas gloriosas de Montesa y Játiba—la Sætabis romana—pueblo romántico y artista, cuna de los Borgia y del Españoleto, en cuyo formidable castillo, que señorea el monte Bernisa, padecieron duro cautiverio los Infantes de la Cerda y el duque de Calabria. De minuto en minuto el paisaje se embellece y los prístinos resplandores del amanecer lo matizan prodigiosamente: bosques feracísimos de naranjos y de granados se acercan al camino y, en las curvas, parecen cerrarnos el paso. A veces, el viajero que extendiese un brazo por una ventanilla, podría tocarlos. Ya el pueblecito de Carcagente, al que sus palmeras infunden una engurria tropical, quedó atrás; cruzamos el Júcar, y a la derecha mano, desgranando su caserío por las sinuosidades de una quiebra, aparece Alcira, con una gracia y una policromía de acuarela.
A cada momento, mi compañero El Barítono me decía:
—¡Mira!...
Y yo, a mi vez, le replicaba:
—¡Mira!...
Y ninguno de los dos nos fatigábamos de admirar.
Embriaga la luz: a veces, los colores se favorecen y exaltan recíprocamente; otras, se estorban: la tierra, según su calidad, se muestra cubierta de hierbas, o es dorada, o roja, y sobre el suelo abermejado la fronda de los naranjos, de los limoneros, de las higueras y de los almendros, parece más obscura. A un lado y otro de la vía se columbran pueblecitos blancos, con la deslumbrante albura de las nieves arribeñas; y también esas casitas rústicas, de paredes celosamente enjalbegadas y techumbre en forma de capucho, que los valencianos llaman “barracas”, y dan al paisaje una dulzura criolla. El sol, pintor formidable, trabaja a brochazos ingentes: junto al ramalazo ocre, la mancha púrpura, o la verde, o la añil...; y alrededor de esta huerta que ofusca y ciega, en el confín grandioso, Valencia, la capital, que traza a ras de tierra una línea blanca; los perfiles azules de Sierra de Cullera y Sierra de las Agujas, y el lago de La Albufera, que parece desvanecerse en el zafiro del mar. El aire es fresco, sano, fuerte, y yo lo aspiro con delicia. Aquel inmenso horizonte es un pulmón.
Corridos los primeros días—siempre expugnables a las emociones—, El Barítono y yo íbamos acoplándonos al medio, y conforme esta insensible adaptación se verificaba declarábamos el parecido de todos los hombres y lugares en cuanto han de más substantivo, y la esencia cierta del alma universal, tan monótona bajo el proteísmo de sus apariencias, volvía a penetrarnos. Sobre la línea valenciana se repetían las figuras y escenas que vi cuando ambulaba, años atrás, por los caminos de Andalucía, de Galicia, de Asturias o de Hendaya: con superficiales variantes, los cuadros, los individuos... ¡hasta las palabras!... eran iguales; lo que nos demostró que, desgraciadamente, mucho antes de que la vida acabe se extingue en nosotros el interés de vivir...
No pretendo negar con esto la acción educativa y asotiladora—este es su mejor calificativo—de la experiencia: ella me enseñó a inclinarme para conceder a lo pequeño su mérito; ella agudizó mi sensibilidad y me puso en condiciones de apreciar ciertos episodios que antaño no supe ver. Para decirlo en una palabra: ella me “elegantizó”, ya que la elegancia, en su esencia, se reduce al don de saber observar. Y al Barítono, que rondaba los treinta años, sucedíale lo propio, pues la Humanidad es un libro tan sabio, tan hondo, que no empezamos a comprenderlo sino después de leerlo varias veces.
Hasta entonces, verbigracia, no reparé en los estudiantes, tipo emigrador que reiteradas veces y siempre a fines de verano, había pasado junto a mí. Como la golondrina anuncia el estío, el estudiante pregona la vecindad del invierno. Vuelven con él a las capitales de provincia—y especialmente a la Corte—la alegría de las calles, el alboroto de los teatros que se abren, de las hospederías y de los cafés; simbolizan los estudiantes el ruido, la esperanza, la risa del Mañana triunfante.
Comprendí el mérito de aquella silueta, por primera vez, en Carcagente, donde nos deteníamos seis minutos. Recuerdo que el estudiante aquel se llamaba Pedro: parecía haber cumplido los veinte años, y tenía el talle flexible, reideros los labios, habladores los salientes y negrísimos ojos, y la tez bronceada por los aires mogrebinos de la huerta. Varias personas le rodeaban, entre ellas su padre, que le observaba con enternecimiento tranquilo: era un señor bajito y apacible, que—según le oí decir—sólo estuvo en Madrid una vez, y que creía tener de la vida un concepto exacto. “Todas las cosas, hoy unidas—pensaba—, mañana se separarán.” Y se encogía de hombros: como él dejó a su padre, ahora su hijo le dejaba a él. ¡Nada más natural, puesto que el olvido corre por las venas disuelto en la sangre!... Pero la madre del mozo no conocía esa resignación, y a cada momento sus viejos ojos, que hacía días no cesaban de llorar, volvían a enternecerse. Pedro miraba al espacio azul, desde donde las golondrinas y los vencejos parecían despedirle con sus ásperos gritos de independencia, y sorprendíale que en su corazón, sutibundo de libertad, no hubiese dolor.
La máquina silba; nos vamos... El estudiante abraza y besa a su padre, que reprime su dolor pensando: “Es preciso.” La madre, más impulsiva, le moja el rostro con sus lágrimas y, sin que nadie lo advierta, le desliza en un bolsillo un sobre con dinero. Todos los circunstantes hablan al mozo y le despiden a la vez, y una lluvia de consejos cae sobre su frente loca como agua lustral. Le recomiendan que escriba, que sea juicioso, que estudie mucho...
Pedro se arranca de aquellos brazos con que “el pasado” le sujeta aún, y sube a mí. Asomado a una ventanilla agita un pañuelo despidiéndose, al mismo tiempo que de sus familiares, del paisaje, de la iglesia, con sus campanas de voz inolvidable, y de aquellos árboles a cuya sombra leyó tantos libros que le entristecieron hablándole de escenas bellas y remotas. Pedro se sienta, registra en sus bolsillos, y sus dedos tropiezan con un sobre. Sorprendido rompe la nema y aparecen doscientas... trescientas pesetas... “Es mi madre—comprende—quien me las ha dado.” Pero el destino de aquel dinero no debe de ser grave, pues si lo fuese, ella no se lo hubiese entregado a hurtadillas... y el estudiante comprende que las pobres madres, por inocentes lugareñas que sean, conocen mejor la vida y están más cerca de la juventud que cualquier hombre.
Una explosión febril de júbilo le enajena: al fin va a ver Madrid, la gran cosmópolis, con su Universidad, su Ateneo preclaro, sus coliseos, sus bailes, sus casinos, sus centros todos de sabiduría y de perdición... Y ríe: fuera de aquel tren que le lleva, nada le preocupa. Levanta el rostro, mira hacia el campo, se pasa una mano por los cabellos...; ante su ambición desbridada todo el mundo le parece un camino.
Otra silueta en la que tampoco había reparado bastante es la del mendigo; perfil muy español, por cierto...
Hemos parado en una pequeña estación castellana; uno de esos apeaderos, casi anónimos, apostados a la entrada de un túnel. La tarde se desmaya: por el espacio azul navegan nubecillas manchadas de carmín y de ópalo; el sol dora la cúpula de la iglesia; un aguilucho, suspendido en la inmensidad luminosa, describe, sin batir las alas, círculos homocéntricos, y su blanca pechuga parece de plata.
En el andén hay un ciego, viejo y alto, sarmentoso; la costumbre de humillarse ante el dolor encorvó su espalda; un pañuelo negro—heredero del turbante morisco—ciñe su frente; viste remendado traje de paño pardo, y cubre con zahones sus músculos cenceños; va descalzo, y sus manos, de dedos nudosos, parecen desesperadas.
—Una limosna, por amor de Dios, para quien ya no ve...—repite orientando hacia el convoy sus ojos muertos.
En el silencio su voz humildosa tiene una cadencia conmovedora, y algunas monedas caen a sus pies. Ante su figura mística los turistas suelen acordarse de los brazos queridos que les esperan, y sus almas experimentan vagamente la superstición de que la buena voluntad del pordiosero puede evitarles algún mal tropiezo. Frecuentemente—¡oh, vergüenza!—una limosna no pasa de ser una cobardía. Ya nos marchamos, ya todas las ventanillas se cerraron. Entonces el mendigo, apoyándose en su báculo, retorna al pueblo, y al verle alejarse considero que si la línea del ferrocarril es una corriente de riqueza, aquel camino que él sigue parece un brazo; el brazo con que la aldea miserable pide limosna a los trenes.
Un año y dos meses trabajé sobre la ruta de Valencia, en la que nada desagradable ni extraordinario me aconteció, y una mañana, hallándome en Madrid, supe que aquella noche El Barítono y yo saldríamos para Barcelona en un “mixto” y con la tablilla de “No admite viajeros”. El furgón que me trajo estas noticias—un viejo catalán que yo conocía hacía tiempo—me aseguró que se nos destinaba a la línea de Port-Bou, donde, a la salida del túnel internacional, la furia del viento había descarrilado dos “primeras”.
Díme prisa en comunicarle al Barítono cuanto acababan de decirme, y su regocijo fué espejo del mío: él también era de origen francés, y, como yo, se holgaba de rever el país natal. Asímismo estimulaba nuestro júbilo el deseo que teníamos ambos de conocer Barcelona, y que ya considerábamos irrealizable porque los “expresos” que van a Cataluña son los de “mejor material”—como en la fraseología ferroviaria se dice—y nosotros íbamos siendo viejos.
El día lo pasamos inquietos, temerosos de que alguna contraorden nos volviese a nuestro antiguo derrotero; mas no ocurrió así: a media tarde una máquina-piloto vino a sacarnos del convoy valenciano, que nos vió marchar con envidia, y ya cerrada la noche salimos para la Ciudad Condal.
Este viaje lento, sembrado de paradas interminables y devanado bajo la serenidad tibia de una noche de septiembre, es el más hermoso de mi vida. Lo embellecía mi reposo interior, la satisfacción de no llevar a nadie dentro de mí: mis luces iban apagadas, mis puertas cerradas con llave; todas mis tuberías y mis asientos descansaban también: yo era como una conciencia sin remordimientos, como un corazón sin afanes. De idéntico bienestar disfrutaba El Barítono, y frecuentemente nos sonreíamos y estrechábamos el uno contra el otro, felicitándonos por nuestra ventura.
—Fíjate—decía mi compañero—en que, por primera vez, nuestros dueños nos llevan, nos pasean, sin exigirnos que transportemos a nadie. Somos, pues, verdaderos viajeros.
—¿Te duele algo?—le preguntaba yo.
—Nada: cuando voy muy cargado, sí, suele darme en el segundo compartimiento un dolor que me abate bastante; pero ahora me siento ágil y con ganas de correr, como un muchacho. ¡Si supieras qué elasticidad conservan mis muelles todavía!...
Yo quería al Barítono. Después del Tímido, del Presumido, del Misántropo, de Doña Catástrofe y de los Hermanos Sommier, mis colegas fraternos del “expreso” de Hendaya, ningún compañero había sabido apoderarse tanto como éste de mi amistad; ni siquiera el viejo Dos-Caras, de quien, por quisquilloso y autócrata rancio, anduve siempre un poco distanciado. Por los años en que yo servía sobre la línea de Francia él trabajaba en la de Asturias, y asistió al hundimiento del túnel donde La Tirones y El Tímido hallaron la muerte. Después rodó mucho tiempo por el camino de Galicia con el “expreso”. Aunque nunca habíamos hablado, El Barítono me conocía de cruzarse conmigo a lo largo de la vía gallega, y, según me manifestó, siempre consideró que la Compañía, al incluirme en un “correo”, era injusta con un vagón de mi importancia. Estas palabras—¿a qué negarlo?—me halagaban, y en medida igual me predisponían a reconocer las cualidades eminentes de mi camarada. El Barítono se parecía a mí en el elástico vigor de sus movimientos, en la hermosa conformidad de sus perfiles, en su boato interior, en su elegancia... y si no llegué a considerarle idéntico a mí fué tal vez porque mi presunción y mi orgullo—mis dos grandes defectos—nunca me permitieron ver claro en los demás.
Aquella noche, rodando a la cola de un “mixto” cuya lentitud y torpe manera de frenar nos hacía reir, volvimos a entretenernos mutuamente con el relato de lo que cada cual había visto, y los cuadros y personas que llenaron nuestra existencia ambulante acudieron en muchedumbre. Al cabo reconocimos que, si bien de la misma edad, mi historia era harto más accidentada que la suya, y esto reafirmó el ascendiente que desde siempre ejercí sobre él.
En Barcelona descansamos tres días; allí volvieron a limpiarnos, y después de reconocer todos nuestros mecanismos nos engancharon a la cabeza del “expreso de lujo” que sale, a las ocho y cincuenta minutos de la mañana, para la frontera. ¿Qué diré de la alegría, plena de juventud, que experimentamos al sentirnos llevar?...