—¡Ya nos vamos, Cabal!—me gritó El Barítono.

—Sí, viejo—repuse—; ya nos vamos, y antes de cuatro horas estaremos en Francia.

Como le pareciese que mis palabras no encerraban bastante calor, exclamó:

—¿No te alegras?

—Sí, que me alegro; ¡mucho!...

En realidad, yo comprendía el cariño a la patria menos que él, y así mi regocijo no igualaba al suyo. El continuó poniéndole risueñas apostillas a su contento, y hasta me descubrió su esperanza—completamente irrealizable—de rodar algún día sobre los caminos franceses.

—Y si me encuentran viejo—suspiró—que me envíen a un taller de reparaciones y me conviertan en “tercera”.

—¿Serías capaz—interrumpí enojado—de degradarte hasta ese extremo?

—Yo, sí: yo, con tal de ver París, lo acepto todo.

Después se quedó triste.

—Oye, Cabal: esto de regresar a Francia, después de tanto tiempo y cuando ya somos casi viejos, ¿no será un mal síntoma?

—¿Síntoma de qué?...

—Agüero o anuncio de muerte. Tengo bien observado que numerosas personas que vivieron expatriadas sintieron de súbito el anhelo de volver a su país, y apenas lo satisficieron cuando la muerte les sorprendió... ¡exactamente como si aquel deseo hubiera sido la voz con que la tierra, donde fueron a nacer, les llamase!... Nosotros vamos, venimos... devoramos millones de kilómetros... nos creemos libres... somos como los pájaros... hasta que un día la tierra, nuestra madre, nos llama... ¡y hay que obedecerla!... Cuando nosotros, hace mucho tiempo, salimos de Francia, fué por un puente, en medio de la luz y del aire... ¿te acuerdas?... Y ahora regresamos a ella por un túnel, bajo la tierra... Cabal: ¿tú no crees que exista en esto un maleficio?...

No supe qué argüirle, pues parecióme que tenía razón, y una suave melancolía descendió sobre los dos. ¡Morir!... ¿Qué desesperante tiniebla envuelve esa palabra? ¿Morir es descender, irse... o es regresar a la estación de salida?... Un largo momento permanecí silencioso y como traspasado de frío; pero luego el paisaje, con sus perspectivas de hermosa violencia, reanimó mi optimismo. Caminábamos bien: a su hora las estaciones de Gerona, la heroica; de Flassá y de Figueras, cuyo presidio puso un colofón a tantas vidas, quedaron atrás. En seguida el suelo, que ya comenzaba a inquietarse, se enardece, se encrespa furioso, y las primeras estribaciones pirenaicas asoman. La enorme cordillera detrás de la cual España y Francia se atrincheran, azulea más lejos, y sus cimas parecen galopar hacia el Norte.

—¡Los Pirineos!—grita El Barítono.

—Sí—repito emocionado—. ¡Los Pirineos!... ¡No son éstos los que yo conocía; sin embargo, con qué gusto los veo!...

Y, desde el cabo de Creus hasta el de Higuer, mi pensamiento va y vuelve. Corremos entre la montaña y la costa, y el mar está tan cerca que, a veces, sus olas rompen espumeantes al pie de la vía. Un poco más y llegamos a Port-Bou, donde nos detenemos media hora; siete minutos después estamos en Cerbere. ¡Francia!... La bandera ha variado; pero yo, que no pienso como El Barítono, creo que, pues todos los trenes—vayan o vengan—han de salir de un túnel, es allí, bajo la tierra, donde la sociedad futura debía sepultar definitivamente el concepto retrógrado de “patria”. Ese túnel, para mí, es una lección.

Veinte días nada más ambulé sobre la ruta de Port-Bou. Una tarde, al regresar a Barcelona, supe que había ocurrido un descarrilamiento cerca de Calatayud, y que el “expreso” de Madrid se reformaba.

A la mañana siguiente, temprano, unos guardavías se acercaron al Barítono y a mí, y les oímos hablar:

—¿Son éstos los dos coches que llegaron ha poco de Valencia?—preguntó alguien.

—Sí—repuso otra voz—, y hay que desengancharlos.

Cuando el convoy iba hacia la frontera, El Barítono marchaba delante de mí; a la vuelta sucedía lo contrario, y, por esta circunstancia, yo fuí el elegido.

—Nos separan, Cabal—gimió mi compañero.

—Sí, hermano—repuse conmovido—y no imaginas cuánto voy a echarte de menos...

Aquellos hombres desenlazaron las cadenas que nos sujetaban, levantaron el puentecillo metálico que nos unía y se dispusieron a empujarme.

—En este momento—exclamó El Barítono—envejecemos un poco los dos: separarse es morir...

—O disponerse a vivir otra vez—interrumpí animoso—; ¡y más vale creer esto último!... ¡Que seas dichoso, que la ventura te acompañe siempre!

El repuso, magnífico y sacerdotal:

—Que la felicidad marche contigo.

Aquella noche, en el “expreso de lujo” de las ocho menos once minutos, salí para Madrid. Meses después supe que mi camarada había sido alcanzado y muerto por una locomotora, en Cerbere. ¡Tenías razón, pobre hermano! Tu deseo de volver a Francia era una cita que te daba la tierra.

XXIV

Si yo tuviese tiempo y memoria—y paciencia también—para trasladar al papel siquiera la cuarta parte de mis recuerdos, mis confesiones ocuparían varios volúmenes. ¡Desfilaron ante mí tantos horizontes, tantos episodios, tantas figuras!... Y este mismo vivir bordonero, exasperó mi acuidad sensorial, pues la función crea el órgano, y así las impresiones renovadas son a los nervios lo que al músculo el ejercicio físico. A más intenso y perseverante meditar, mayor inteligencia.

El tesoro emotivo de los años tempranos perdura intacto en mí. Todavía recuerdo, sin que las imágenes hayan palidecido, la alborotada impaciencia de los primeros viajes; la avidez retozona con que mis ruedas bisoñas se deslizaban sobre la brillantez de los rieles; el entusiasmo temerario con que acometíamos las cuestas arriba; el vértigo clamoroso de los descensos a través de campos borrachos de flores y de sol; el riesgo elegante de las curvas trazadas por los ingenieros sobre el dorso de los precipicios; la embriaguez de las carreras vertiginosas, cuando ensordecía el viento y La Caliente, o La Recelosa, o La Triste—cualquiera de mis antiguas dueñas—atrafagada y jadeante, nos arrastraba a ochenta y cinco o noventa kilómetros por hora. Y evoco también conmovido la mansedumbre de los crepúsculos gallegos, la melancolía grave de las sobretardes castellanas, la evaporación neblinosa—aroma de humedad—que desdibuja las lejanías norteñas, el profundo silencio rústico de esas estaciones minúsculas donde nuestra locomotora, fatigada, cubierta de tizne y sudor, se detuvo a beber.

Hay nombres de ciudades y de pueblos que resuenan en los tímpanos sutiles de la memoria con la dulzura de un nombre de mujer; y ese poder de evocación que, según oí decir a los hombres, ejerce sobre ellos la música, lo tienen para mí ciertos pregones: algunos resumen capítulos enteros de mi vida.

Dentro de mí oigo gritar:

“—¡Venta de Baños!... ¡Cambio de tren para las líneas de Santander, Asturias y Galicia!...”

Y reveo el paisaje, las máquinas latientes, las andanas de vagones dispuestos a partir, los viajeros que preguntan y corren de un convoy a otro.

O bien:

“—¡Miranda de Ebro!... ¡Cambio de tren para los viajeros de Bilbao, Logroño, Castejón, Pamplona, Zaragoza y Barcelona!...”

Y la maravillosa Sierra de Pancorbo se levanta delante de mí.

La voz evocadora grita:

—“¡Buenos quesos de Burgos!...”

Y pasa la histórica ciudad, con su caserío obscuro sobre el que la catedral levanta el encaje prodigioso de sus dos torres.

—“¡Puñales y navajas de Albacete!...

Es la Mancha, de color ocre, desarbolada y adusta, y también la ilusión verde de la región valenciana, que va acercándose.

—“¡Tortas de Alcázar!...”

Son las noches frías, el aire que corta, la lluvia ingrata.

—“¡Agua!... ¡Agua fresca, agua!... ¿Quién quiere agua?...”

Es Castilla, es la tierra que abrasa, son los vagones cuyas imperiales vahean bajo el fuego del sol, el emparrado mezquino que sombrea el brocal de un pozo casi seco...

Así, pensando en todo esto, creo rejuvenecerme, y el espíritu cumple el milagro de vivir muchas veces lo que la materia torpe sólo conoció y gozó una vez.

La línea de Madrid a Barcelona es más dura y ciento noventa y cinco kilómetros más larga que la de Valencia; pero, comparada con la de Galicia o la de Irún, es llana y accesible como un andén. Componen el “expreso” una máquina, natural de Grafenstaden, correspondiente a la “serie cuatro mil”, de más de trece metros de longitud, y a la que sus manejadores apodan La Quisquillosa, por ser—al igual de los caballos blandos de boca—muy sensible a cualquiera indicación, y así se detiene o corre con violencias súbitas, como si estuviese enfadada; y nueve unidades: dos sleeping, dos furgones, un coche-correo y cuatro “primeras”, de las cuales al que me sigue llaman El Viejo, lo que me contristó un poco cuando, charlando con él, averigüé que teníamos la misma edad. El dining-car es, en nuestro convoy, algo pegadizo, pues el que enganchan en Madrid se queda en el pueblecito soriano Arcos de Jalón, y el que sale con nosotros de Barcelona no pasa de Mora la Nueva.

La heterogeneidad moral que presentan, con respecto unas de otras, las diversas regiones españolas, y de la que ya he hablado, vuelve a sorprenderme aquí. El público que ahora viaja conmigo no se parece al valenciano, y menos al andaluz; acaso sean el andaluz y el catalán los dos temperamentos españoles más desemejantes. Este pueblo me gusta: viste bien, es serio, callado, laborioso, enérgico; sus mujeres son gruesas y altas, y se enjoyan con cuidado, y los hombres tienen la expresión voluntaria y hablan de negocios. Al salir de Madrid, sin embargo, la psicología del pasaje no es rotundamente pura; tiene una veta aragonesa que persistirá hasta Zaragoza. Traspuesto el Ebro, la raza de los fenicios hispanos aparecerá limpia, y el idioma castellano habrá muerto, como arrojado a la vía por inútil.

En cuanto al camino, sin ser de los más bellos, es interesante, y se acerca a ciudades, ruinas y perspectivas, acreedoras a recordación.

Por ejemplo: Torrejón de Ardoz, entre cuyas roídas murallas las familias ducales de los Olivares y de los Alba tienen su sepultura; Alcalá de Henares, cuna de Miguel de Cervantes y de Catalina de Aragón; Guadalajara, ganada a los moros por Alvar Fáñez, el amigo del Cid; Sigüenza, fundada por Roma; la alcazaba de Medinaceli, y otras fortalezas diseminadas por aquellos alrededores rocosos y que en otro tiempo defendieron el tránsito del Valle del Ebro a Castilla; la morisca Calatayud; Zaragoza, la ibérica y la heroica, cuyas dos catedrales—El Pilar y La Seo—vemos, al cruzar el puente, reflejarse en el río; Caspe, que una vez decidió del porvenir de España; Reus, Pobla, San Vicente...

A través de un bosque de pinos marítimos la vía férrea se aproxima al Mediterráneo y el paisaje cobra belleza mayor. Pasa Villanueva y Geltrú, rodeada de viñedos lujuriantes, y más allá de Sitges el expreso, que corre bordeando la costa acantilada, enfila, sin interrupción, tantos túneles, que podría decirse que camina soterrado. Estos túneles ofrecen numerosas hendeduras, especie de saeteras abiertas sobre la alegría del mar latino, y su luz, que fulge por ráfagas ante nosotros, son como ideas optimistas que esclareciesen a intervalos la tiniebla de un espíritu triste. Enfrentamos luego las fragosas costas de Garraf, y entre tantas rocas nuestros rodajes restallan y crepitan con ensordecedor trajín. A la izquierda, en aquel lontano confín donde el cielo simula pedirle a la tierra un punto de apoyo, azulean los fastigios de Montserrat; y al fondo, manchando de blanco el horizonte desde la falda del monte Tibidabo al baluarte de Montjuich, la urbe barcelonesa, ceñida de fábricas cuyos millares de chimeneas parecen los tubos de un órgano que entonase, desde el amanecer, la misa del Trabajo; la única cierta...

Pronto se cumplirá el cuarto aniversario de mi llegada a esta línea, y nada digno de ser publicado me ha sucedido aún. ¿Por qué? Jamás mi vida fué tan pacífica. ¿A qué debo atribuir esta calma? ¿Será porque voy haciéndome viejo? ¿Acaso porque la Aventura, cansada de protegerme, huye de mí?... ¡Oh, dolor! El silencio que acompaña a la ancianidad parece una emanación, un contagio, del Eterno Silencio; como si, al igual que los ríos meten su corriente en el mar, la Muerte proyectase su tristeza en la Vida...

En las otras regiones que conozco las gentes viajan por placer, por turismo, para tomar baños en las playas de San Sebastián o de La Coruña, o para asistir, a mediados de abril, a las corridas de toros de Sevilla. En la línea catalana se viaja por necesidad, por negocio; mis huéspedes son gentes laboriosas y ordenadas, para quienes la vida es una actividad lógica y no un pasatiempo. No son bruscos, según el vulgacho de otras provincias cree, sino diligentes en la acción; no son avarientos, sino emprendedores y productores. Como dentro de la idiosincrasia total de nuestra Península, puede aseverarse que Andalucía representa la fantasía y la gracia, Cataluña simboliza la acción, el impulso codicioso y perseverante. Bilbao y Valencia la imitan, la siguen de muy cerca... pero Cataluña es, hasta el momento actual, “la voluntad” de la España futura. En esta tierra fuerte a los hombres se les estima por su energía, por su producción útil; aquí, en los trenes, un torero no llama la atención, y, lógicamente, un ministro interesa menos aún que un espada.

En Reus, donde nos deteníamos ocho minutos, recogí una mañana a un matrimonio. Podía frisar el marido en los cuarenta y cinco años, y la esposa, que nunca debió de ser bonita, manifestaba pocos menos. Los dos eran vulgares por el tipo, por la expresión de sus semblantes pasivos, por su indumentaria... No obstante, me impresionaron; estaba seguro de conocerles, y me eché a discurrir:

“¿Dónde les he visto?... ¿Cuándo?... ¡Debe de hacer mucho tiempo!...

Dediqué atención a lo que hablaban, en voz muy baja, cual avergonzados de tener algo que contarse.

La mujer decía:

—Yo creo que la señora Nicasia cuidará las gallinas...

—Es de suponer.

—Y que regará el jardín conforme la expliqué...

—Sí, sí, lo regará; no te atormentes.

Las respuestas del marido eran pacificadoras, cordiales. Pequeño, el vientre abultado y las piernas y los brazos muy cortos, aquel hombre sencillo y carirredondo, irradiaba buena fe. Dijo corridos unos instantes:

—Ya nuestro Alejandro estará levantándose para ir a la estación.

—Si recibió tu telegrama...

Ella recelaba siempre; él creía.

—¿Por qué no había de recibirlo?...

Después de un silencio, la mujer exclamó:

—¡Pobre hijo mío!...

El esposo suspiró, movió la cabeza...; volvió a suspirar:

—Sí; es muy triste educar un hijo para que luego la patria nos le quite así. En fin, no desesperemos: el comandante me ha prometido colocar al muchacho en una oficina, de mecanógrafo, para que no le saquen al campo...

De lo que hablaron colegí que vivían en algún hotelito de las afueras de Reus, y que aquel Alejandro, hijo suyo, debía marchar a una guerra que España sostenía en Marruecos, y de la cual, de tarde en tarde, los periódicos publicaban telegramas.

—¡Pobre mujer y pobre hombre!—pensé.

Les observaba con una atención en la que había más misericordia que curiosidad.

—Afortunadamente—seguí discurriendo—, los hombres, junto a la idea de “patria” ponen la idea del “honor militar”; al lado de los prejuicios que les atormentan, los pobres colocan otros prejuicios, igualmente falsos, pero consoladores... ¡y así van viviendo!...

De pronto—¡oh, dragados increíbles de la memoria!—reconocí en mis huéspedes a aquellos recién casados que una noche, y en vida todavía de don Rodrigo, trasladé de La Coruña a Madrid; los mismos que, torpes y vergonzosos, después de oprimirse las manos y como si ya “se lo hubiesen dicho todo”, se quedaron dormidos. Ahora les veía claramente, conforme entonces se me aparecieron: ella, pequeña, alaciada, feílla; él, pacato, gordezuelo y congestionado dentro del traje estrenado aquel día y que parecía estarle un poco estrecho. ¡Ah, mudanzas dolorosas del tiempo!... ¡Y cuán cambiados les encontré; qué viejos, qué fofos, qué tristes!...

—¿Es posible—exclamé—que él haya dedicado entera su vida a ella, y ella toda la suya a él? ¿Es verosímil que cada alma se resigne así a sólo leer en otra alma en la cual, por cierto, nada hay que leer?...

Empecé a tejer cábalas: ellos se casaron hacía, próximamente, veintiún años; su hijo, de consiguiente, tendría veinte años... o diez y nueve... ¿Qué pudieron hacer los dos en tanto tiempo?... Vi pasar sobre sus cabellos grises las horas monótonas, los días apacibles, idénticos, como uniformados, sin otra alegría que su amor—que no era “el amor”, sino una pobre atracción grave, tibia, casi mecánica—. Perdieron su humilde vida así, esperando... ¿Qué?... ¡Ah, muy poco!... Si era de noche aguardaban a que fuese de día; y por las mañanas, la hora del almuerzo; y después de almorzar, la hora de cenar; y, terminada la cena, la hora de dormir... y siempre igual, pareciéndoles que, con ver crecer a su hijo, hacían bastante. Probablemente, ambos se conllevaron bien, aunque sin ímpetus, y ahora de sus corazones, semejantes a frascos de esencias que hubiesen quedado destapados, el deseo de vivir—aroma de las almas—se había desvanecido. ¡Qué ocaso tan triste!...

Hube de suspirar muy recio, porque El Viejo me preguntó:

—¿De qué te lamentas, Cabal?... Anda y no seas cojigoso, que ya llegamos.

Hícele partícipe de mis observaciones, y de la pena que me producían los estragos del tiempo. Tuvo un gesto de empaque y suficiencia.

—Cosas más graves—repuso—he visto yo. ¡Envejecer! ¡Eso les sucede a todos!... ¡Ah, si yo quisiera hablar!... Te juro que, aquí donde me ves, de mi vida podría sacarse una novela.

Me eché a reir con tan bonísmo arranque que amostacé a mi interlocutor.

—¿A cuento de qué viene esa algazara?—atajó.

—Me río—le repliqué sin cortar el chorro de hilaridad que me removía el cuerpo—de lo vulgar que eres. Acabas de hablar como un hombre. ¿No lo sabías?... Apenas dos de nuestros viajeros charlan media hora y simpatizan, uno de ellos exclama, siempre con una leve melancolía en la voz, como si el recordar fuese un dolor para él: “Mi historia es una novela.” A otros les parece que un volumen no es bastante, y dicen: “En mi historia hay argumento para tres o cuatro novelas...”

Mi camarada, más humillado que avergonzado, repuso:

—¿Y qué?...

—¡Nada!... Que para aliviarte del peso de tu biografía busques a otro, porque yo no la aguanto.

—¿No crees que la vida de cualquier hombre, como la tuya... como la mía... es una novela?...

—Posiblemente.

—¡Luego tengo razón!...

—Mira, Viejo—exclamé—; no te amontones y medita lo que voy a decirte: como la mayoría, por no asegurar la totalidad, de los hombres son vulgares; como no saben vivir, sucede que esa novela que tú atisbas en ellos necesariamente ha de ser mala; y, por lo tanto, que si cada ciudadano... ¿me oyes?... cayese en la tentación de escribir su historia, nadie volvería a comprar un libro.

Amohinado gruñó:

—Si nada te ha sucedido... te felicito.

—¡Al contrario!—interrumpí vivamente—; si no hablo es porque mucho me sucedió. Las almas, Viejo, son como los ríos: cuanto más profundos, más callados...

Así terminó la escaramuza.

XXV

Mi biografía, toda mi biografía, como si el Destino la hubiese dividido a hachazos, ofrece los aspectos más incongruentes y separados: junto al fragmento ligero y azul, el capítulo rojo; al lado del episodio sentimental o picante, la palidez torva del drama.

Durante aquel último cuadrienio yo había empezado a aburrirme un poco: hallaba mi vivir demasiado uniforme, y achacaba esta escasez de emociones a mis años, que iban siendo muchos. “¡La Aventura ya no me quiere!...”—discurría yo en mis soliloquios, constelados de melancolías y de recuerdos. Y daba por definitivamente acabado el libro de mi vida, cuando la terrible y divina musa “de los ojos de esmeralda”, la que con sus sorpresas envejeció mis miembros de hierro y caoba, tornó a mirarme. Y... ¡de qué modo, con qué fuerza trágica!...

Es una página bermeja y ardiente, como un folletín.

Estábamos en Madrid, y las manecillas del reloj luminoso—ojo de la Estación—que preside el vaivén de los trenes, iba a darnos la orden de partir. Eran las diez y ocho y quince. Todos los coches, apretados fraternalmente unos contra otros, esperábamos la señal: teníamos encendidas las luces; la calefacción, alta; los frenos, bien graduados; las ruedas, engrasadas y prontas al movimiento: La Quisquillosa resoplaba prepotente, y el latir de sus ijares estremecía el convoy. Un viento frigidísimo barría los andenes, casi desiertos, pues era día “de Difuntos” y en fecha tan señalada y que entraña, al decir del vulgo, cierto maleficio, nadie quiere viajar. Los huéspedes del expreso no llegarían, en total, a cuarenta. ¡Mejor!... Vayan estos viajes, relativamente descansados, en alivio y desquite de aquellos en que la aglomeración de forasteros y de equipajes nos obligan a transportar, a cada uno, siete y ocho toneladas de peso.

A la hila del tren, una voz lenta pregonaba:

—¡Almohadas de viaje!...

Y era su cadencia tan monótona, tan lánguida, que invitaba a dormir.

De mis compartimientos tres estaban vacíos. En otro había un matrimonio cincuentón y de empaque burgués, al que la presencia de varios parientes, que fueron a despedirle, retenía asomado a una ventanilla.

Especialmente en invierno estos saludos me molestan mucho, porque me enfrían. Además, son de una hipocresía repugnante, pues, en la generalidad de los casos, todos, así los que se quedan como los que se van, desean separarse. Ya se dijeron cuanto necesitaban decirse; ya varias veces se estrecharon las manos... ¡y el tren no sale!... ¿Qué hacer?...

—Pero... ¡márchense ustedes!—suplican los viajeros.

Los otros responden:

—De ningún modo...

—Nos da pena verles ahí; están ustedes molestándose.

—No es molestia, es placer...

—¡Cuánta amabilidad!...

Las “frases hechas”, los “lugares comunes” de la cortesía y de la emoción, van... vienen... El protocolo de las despedidas ordena que—en un momento determinado—las cabezas varoniles se descubran, y los pañuelos salgan del bolsillo para saludar, y los ojos se nublen de tristeza: y para que este cuadro surta el efecto conmovedor apetecido, indispensable será que el convoy arranque. También las siguientes recomendaciones parecen absolutamente necesarias:

—“Tengan ustedes buen viaje...”

—“¡No dejen ustedes de telegrafiar; no se lo perdonaríamos!”

—“Ya saben que pueden disponer de nosotros.”

—“¡Sí, sí!... ¡Muchas gracias!... ¡Hasta la vuelta!...”

¡Ah!... Cuando considero el mezquino valer de los hombres, sus falsedades, sus perjurios, sus tracerías y el eterno carnaval de sus almas, siento tentaciones de descarrilar.

A la hora exacta, el jefe de estación dió “la salida” al expreso; silbó la locomotora, y partimos. ¡Espantosa noche! La lluvia había formado grandes charcos entre los rieles, y apenas dejamos atrás la marquesina que guarece los andenes, un furioso huracán de nieve nos envolvió. Por dicha, nuestro “visitador en ruta” cerró pronto una portezuela del coche-cama inmediato, que había quedado abierta, y por la cual penetraba una avendavalada manga de aire que iba helándonos a todos. El vagón que corría delante de mí, y al que apellidábamos El Pez, por lo ligero, se quejaba de un eje; yo lo oía chirriar.

—Eso es—hícele observar—un poco de frío; apenas llevemos rodando un rato y entres en calor se te pasará.

Habíamos traspuesto las estaciones mínimas de Vallecas y Vicálvaro, y las amenas praderas de San Fernando, y ya veíamos acercarse las luces tristes y diseminadas de Torrejón. Pasado Alcalá, La Quisquillosa aceleró su correr, y la calefacción aumentó. ¡Qué delicia!... Aquellas oleadas de vapor eran para nosotros lo que para el caminante aterido un vaso de alcohol. El eje de mi compañero cesó de dolerse.

—¿Mejoras?—averigüé.

—Sí—repuso—; ya estoy bien.

—Pues, tira, hermano; porque El Viejo es un maula, y de no ayudarme tú no podré con él.

Hizo lo que yo le pedía, y se lo agradecí: era fuerte y bueno, y más joven que yo; con lo que declaro que me aventajaba en punto a lealtad y buena fe. Vivir es malearse...

Los andenes de Meco y Azuqueca huyeron de nuestro lado como sombras; en Guadalajara hicimos, según costumbre, un alto de cinco minutos, y seguidamente salimos para Fontanar.

El dining-car había apagado sus luces temprano, pues el pasaje, malhumorado, cenó de prisa, que nada acorta tanto la duración de las sobremesas como la melancolía. Los escasos inquilinos de los vagones-camas también mostrábanse soñolientos. En los coches de mi clase, los largos tránsitos aparecían desiertos y fantasmales, sacudidos por la marcha crepitante del convoy. Pasaron las estaciones de Junquera, Humanes, Espinosa, Jadraque, Matillas... y en Sigüenza, la vetusta, recogí un viajero. Distinguí su silueta mucho antes de que llegásemos a la estación, pues en el andén solitario no había más persona que la suya. Era un hombre como de treinta años, bien vestido y de gentil presencia, y advertí una nerviosidad, una precipitación de fuga, en su modo de ganar mi estribo y abrir la portezuela. Aquel individuo, evidentemente, huía de alguien: sus pupilas fulgían como las del “bello Raúl”, como las de Dommiot, como las de Cardini, el italiano... Ya en el pasillo, bajó un cristal y sacó la cabeza, observando espaciosamente a un lado y otro, cual receloso de que alguien hubiera subido al convoy; y así, en esta actitud de vigilancia implacable, permaneció hasta que dejamos la estación y comenzó a ser procelosa la velocidad de nuestro correr.

Entonces buscó uno de mis departamentos vacíos, y un gesto que hizo y el suspiro que se le escapó de la garganta me descubrieron su satisfacción de hallarse solo. Reducíase su bagaje a un maletín pequeño, que colocó en la red, y a un portamantas cuyas correas empezó a deshebillar. Sin razón, y acaso por obra sigilosa de un presentimiento—esto lo razoné más tarde—, redujeron mi curiosidad a esclavitud la lozana juventud de mi huésped, la vivacidad de sus grandes ojos novelescos, la abundancia de sus cabellos negros y naturalmente ondulados, la sólida complexión de su espalda y la elegante anatomía de sus manos y de sus pies.

—He aquí un hombre—medité—con quien el Amor no debe ser esquivo...

Apareció el interventor y pude enterarme de que el nuevo viajero iba a Barcelona. Al quedarse solo, el desconocido extinguió las dos luces del compartimiento, cerró la puerta y corrió todas las cortinillas. Hecho esto se acomodó en un ángulo, arrebujóse en su manta y alargó ambas piernas sobre el asiento. Volvió a suspirar, como quien sufre una pena o un temor secretos, y apagó en mi cenicero el cigarrillo que estaba fumando. En la obscuridad su figura desapareció casi por completo: únicamente sus botas de charol, flamantes—bien lo recuerdo—recogían no sé qué vagarosa claridad que llegaba a ellas desde el pasillo, y yo las veía fosforear en la tiniebla como azabaches. ¿Quién era aquel tipo, qué interés podía haber en su vida? Le comparé con don Rodrigo y le juzgué, incontestablemente, más hermoso que el amante de Raquel, pero también menos distinguido, porque era menos “raro”. Minutos después le oí roncar sonoramente y, yo mismo, traspuesta la estación de Arcos, me quedé dormido. Muchas veces los viejos vagones, con nuestra inveterada costumbre de rodar en traílla, y la seguridad de que la locomotora cuida de nosotros y no nos dejará equivocar la ruta, caminamos inconscientemente, y es este automatismo lo que nos permite ratos sabrosos de duermevela.

Una voz que gritaba:

—¡Alhama!... ¡Un minuto!...

Interrumpió a medias mi reposo: pero La Quisquillosa recobró su marcha y mis poros, mal despabilados, volviéronse de nuevo impermeables a la sensación, y mi conciencia tornó a inmergirse en las negruras insondables del no pensar.

Mucho tiempo transcurrió antes de que un pregón y una ruda presión de los frenos, me despertasen. Por añadidura mi vagón zaguero—El Viejo—acababa de darme, al detenerse, un fuerte encontrón; sin duda iba dormido. Reconocí la estación de Calatayud, callada y horriblemente triste bajo un abundantísimo aguacero. Ni un ruido. El jadear de la máquina desgarraba el silencio, y turbaba como el latir de un corazón. Al mismo tiempo, me pareció ver una sombra que trepaba al último “primera”, por el lado de la entrevía, lo cual me demostró que quien fuese cuidaba de no ser visto, y acaso intentaba viajar sin billete.

Media hora más tarde llegaba a mí con pasos aduendados y por el tránsito que me ligaba al Viejo, una mujer alta, de líneas esbeltas, que disimulaba sus facciones bajo un alucinante manto negro. Un extraño soplo trágico la animaba, la precedía...; la vi adelantarse por el corredor y unos segundos pude admirar sus manos blancas, la energía aguileña de su rostro, y el nimbo leonino que ceñían a su frente sus cabellos dorados: unos cabellos encrespados y magníficos, calientes y luminosos como hilos de sol. Brillaban con resplandor propio; vivían; no recuerdo haber visto nunca otros más bellos...

La desconocida detúvose ante mi primer departamento, cuya puerta descorrió suavemente; encendió una luz, miró rápida y, sin ruido, volvió a cerrar. En el departamento contiguo hizo lo mismo: abrió la puerta, asomó la cabeza, esquivóse de nuevo... Era evidente que buscaba algo. De repente asocié aquella pesquisa a la figura del viajero que subió a mí en Sigüenza.

—Le busca a él...—pensé.

Y tuve miedo, pues adiviné que algo siniestro iba a consumarse. Sobresaltado llamé la atención de mi compañero.

—Escucha, Viejo, y ayúdame a salir de dudas: ¿has visto pasar una mujer alta, vestida de negro?

—Sí; subió al tren en Calatayud, por la parte de la entrevía...

—La misma.

—Como si viniese huyendo...

—¡Exacto—exclamé—, todo eso lo pensé yo!...

—En el último vagón permaneció un buen rato; pasó después al otro, y luego a mí, donde el interventor la pidió el billete.

—¿Llevaba billete?

—Hasta Barcelona. En mi pasillo aguardó a que el interventor se fuese, y entonces registró, uno a uno, mis departamentos. Tiene cara de loca. Después se marchó. ¿Sabes dónde está?

—Aquí.

—¿Contigo?

—Sí.

—¿Qué hace?

—Busca.

La dama enlutada, efectivamente, proseguía su investigación, y en el tránsito solitario y bajo el claror pálido y trepidante de las lámparas, su silueta cobraba una virtud fantasmal. En su rostro lívido, sus ojos negros tenían la expresión del drama. El Destino, lo Inevitable, miraban con ellos.

El Viejo, intrigado, me preguntó:

—¿Se fué ya?

—No.

—¿Qué hace ahora?...

—Busca... ¡calla!... déjame ver...

La misteriosa desconocida empujaba en aquel instante la portezuela del departamento donde “el viajero de Sigüenza”—le designaré así—dormía. ¡Oh, si yo hubiese podido despertarle!... Fueron unos segundos espantosos, uno de esos momentos en que nos parece oir a la Muerte caminar de puntillas, y dentro de nosotros toda nuestra alma acongojada adquiere el perfil de una interrogación.

La intrusa, apenas encendió, tornó a apagar, y, favorecida por la claridad del corredor, avanzó. Su brazo derecho extendido, que ahora, bajo el manto, parecía una enorme ala maléfica, esgrimía un puñal cuya hoja limpia pintaba en la penumbra un sutil triángulo de luz. Agachóse para mejor ver, y ahogando el aliento. Adelantó la cara, en cuya lividez eucarística los labios temblaban... Luego, con recio ímpetu, apoyó su mano izquierda en la boca del durmiente, para a la vez que le impedía gritar y le tapaba los ojos, obligarle a echar la cabeza hacia atrás; y cuando le tuvo así, mudo y cegado y con la garganta bien de manifiesto, de un solo golpe cruel le degolló. Hundióse el cuchillo hasta la cruz, y, al salir, por la herida brotó un chorro caudal de sangre, purpúreo y ancho como una lengua.

Segura de haberle matado, la homicida, con repentina presencia de ánimo, enredó al alfiler que brillaba en la corbata del finado un largo cabello negro que preparado traía con este objeto, tiró el arma a un rincón y escapó. Al llegar al término del pasillo penetró en el cuarto-tocador, se lavó las manos y volvió a salir. Nadie la había visto. Sin perder instante abrió mi portezuela correspondiente a la entrevía, bajó al estribo y saltó a tierra fácilmente, pues íbamos llegando a la estación de Casetas y el convoy corría a menos de un cuarto de marcha.

Sentado, el occipucio apoyado contra una de mis cabeceras, la víctima, lívida y bermeja a la vez, no se había movido. A su alrededor y como nimbando su blancura mortal, todo aparecía tinto en sangre: el diván, el respaldo, la alfombra...

La presencia de aquel cadáver cuyo rostro, de minuto en minuto, era más blanco, me causaba indecible terror; añádase a esto la sensación de la sangre que me empapaba y rápidamente iba enfriándose. Sentía miedo, pena... y también un poco de asco. En los primeros instantes sólo compadecí al hombre; luego díme a meditar en la matadora, y a tener piedad de su dolor. ¿Qué desesperada historia se había desenlazado allí?... Y aquel cabello negro, ¿con qué objeto fué enredado en la corbata de la víctima, y a quién perteneció?... Instintivamente mi conciencia hidalga poníase de parte de la mujer y votaba en favor suyo.

“Cuando ella se decidió a segarle la garganta—pensé—es porque antes él, a mansalva, la habría acuchillado el corazón. Entre amantes, una puñalada es muchas veces la liquidación de una deuda.”

Apenas el expreso salió de Casetas, referí al Pez y al Viejo lo ocurrido, y aquél tanto se asustó con la idea de que un muerto le seguía, que comenzó a cabecear y a querer zafarse de mí. Un buen tironazo que le administré, para castigarle, le devolvió el juicio. No se enfadó por ello.

—¿Está muy pálido el cadáver?—balbuceaba.

—Mucho; parece de cera; parece también que el rostro se le ha enflaquecido.

—¿Y frío?... ¿Notas tú que está frío?...

—Sí: el frío de su carne es, por instantes, mayor: rato hace que traspasó sus ropas y empezó a invadirme... Ahora me penetra y llega muy hondo dentro de mí. ¡Es horrible!...

La noticia corrió velozmente de punta a punta del convoy, y los datos aportados por mis compañeros ratificaron cuanto, momentos antes, El Viejo me había dicho. La desconocida emprendió su trágico éxodo agarrándose a uno de los estribos del último vagón, en cuyo cuarto-lavabo estuvo encerrada más de una hora, de lo cual nuestro camarada coligió que aquella mujer, no obstante su bonísima traza, escondía un misterio. Después dejó su escondite, ojeó todos los departamentos y pasó al segundo coche, donde hizo lo mismo.

—Yo, cuando la vi adelantar por mi pasillo—exclamó El Viejo—tan alta, tan delgada y envuelta en aquel largo manto negro entre cuyos pliegues los ojos la relucían como linternas, pensé que la Muerte había entrado en mí.

—¡Y era cierto que entraba—comenté—, porque el amor y la codicia son las dos sonrisas de la Muerte: cuando la Muerte no quiere asustar a los hombres y sí sólo perderles, se hace Dinero o se hace Mujer!...

En Zaragoza, donde debíamos permanecer veintiún minutos mientras cambiábamos de máquina, sólo recogimos tres pasajeros, que subieron a los coches-dormitorios, situados a la cabeza del tren. Eran las dos de la madrugada. La Quisquillosa, que no pasaba de allí, se había desligado de nosotros, y el convoy quedó inerte y como acéfalo. Todos los vagones, inmergidos en tinieblas, parecían dormir, amodorrados por el cansancio y el frío. El Viejo y El Pez también se habían sosegado. Solamente yo velaba, y, a poder, hubiera pedido socorro con resonantes voces. Aquel difunto, cuyo rostro adquiría aún, por momentos, una albura de sudario, me helaba: ni don Rodrigo, ni aquel argentino tan misteriosamente asesinado en la línea de Sevilla, tenían su expresión: yo no quería verle, y, sin embargo, ni un segundo mi curiosidad se apartaba de él. Como acabó sin agonía, la muerte no había desconcertado la paz de sus facciones: los labios quedáronle entreabiertos, y la visera de la gorra le tapaba los ojos; pero los dedos de sus manos yertas y blancas—más que blancas, traslúcidas—sobre el fondo purpúreo de su traje cubierto de sangre tenían una expresión fascinante: estaban torturados, contraídos, retorcidos espantosamente: raíces parecían...

Un golpe inesperado me reveló que La Ronca—padecía este remoquete por lo mal que silbaba—se había unido a nosotros. Ibamos a partir, y me alegré, porque el movimiento debilita la voz de las ideas. En seguida... lo de siempre: una campana, un pito, una voz soñolienta, automática, que ordena: “Señores viajeros... ¡al tren!...”, la locomotora que lanza un alarido corto y bufa, y el convoy que recobra su andar...

El crimen perpetrado entre Calatayud y Casetas se descubrió al hacerse la nueva requisa de billetes, ya pasado El Burgo. Inmediatamente el inspector manejó el timbre de alarma, y el expreso paró. Por segunda vez la noticia, semejante a una mariposa roja, voló de un extremo a otro del tren: despertados insólitamente todos los viajeros, algunos a medio vestir, precipitáronse fuera de sus departamentos y corrieron a mí. En mi corredor los curiosos se apiñaban, se oprimían y alargaban el cuello, con el ansia impaciente de ver. Los que hubieron la fortuna de obtener un puesto frente al teatro del atentado, enmudecían de espanto y no sabían disuadir los ojos del cadáver, cuyas facciones, ya endurecidas, parecían, bajo mis luces, de transparente mármol.

Como nada podía hacerse, el revisor cerró el compartimiento y el convoy persiguió su camino a gran velocidad para recobrarnos del tiempo perdido. En Caspe nos detuvimos, y por teléfono el jefe de estación llamó al Juzgado, que inmediatamente acudió y procedió al “levantamiento del cadáver”. Secundado por el escribano, el juez tomó circunstanciada declaración al inspector, al “ruta” y a varios pasajeros. El interrogatorio fué baldío; nadie sabía nada. Lo único cierto era que el asesinado tomó el tren en Sigüenza con propósito, según su billete de viaje acreditaba, de ir a Barcelona.

En la cartera de la víctima se halló una cédula extendida a nombre de Antonio del Rey, varias cartas, a las que, por abreviar tiempo, no se dió lectura, y cuarenta mil pesetas en billetes del Banco: detalle este último que evidenciaba no ser el robo el móvil del asesinato. El juez advirtió en seguida el largo cabello negro—cabello de mujer joven—prendido al alfiler de corbata del finado, lo que estimó un dato revelador precioso; también examinó cuidadosamente el cuchillo, que era nuevecito y de los mejores y más bellos que producen los famosos armeros toledanos. En el acto, la presunción de un crimen por celos iluminó el espíritu de los circunstantes.

—¡Y es una mujer morena—exclamaron a coro—quien le ha matado!...

Alguien dijo que ninguna mano femenina era capaz de asestar una puñalada así. Pero el voto contrario y unánime del público movióle pronto a cambiar de opinión. Mujer tenía que ser la autora del crimen. ¿Cómo, si no, explicar la presencia de aquel cabello? Precisamente ese cabello era “el hilo” del sangriento ovillo, el rastro que la homicida olvidó tras sí. A este dato añadíase otro no menos significativo, a saber: la primorosa belleza del cuchillo: era un arma genuinamente femenina, elegante y de persona rica. A un hombre, para vengarse, no se le ocurre comprar un objeto tan lindo.

Alrededor de la imagen de una mujer “morena y joven”, por todos aceptada, los comentarios se devanaron inagotables.

“Ella” debió de subir al tren en Sigüenza, sin que “El” lo advirtiese; aunque, de estar noticiosa de su viaje—suposición muy admisible—pudo salirle al encuentro en la estación de Arcos, o en la de Alhama... y, hallándole dormido, le degolló. Después se quedaría en Calatayud...

La razón del crimen volvía obsesionante a los espíritus. Evidentemente, aquella mujer había matado por celos. Antonio del Rey, al recibir la puñalada, no se defendió; acaso la muerte fué tan instantánea en él que se adelantó al dolor; finó sin sufrir: lo proclamaban así sus ojos cerrados y la serenidad y compostura de su actitud.

Respecto del cabello enredado al alfiler de la corbata, alguien dijo—y sus palabras merecieron la aprobación general—que, una vez su venganza satisfecha, “Ella”, como Salomé, sentiría el deseo de besar los labios yertos del adorado—¿no anduvieron el Amor y el Crimen siempre juntos?—y, al inclinarse para hacerlo, sus cabellos se agarraron al alfiler y una hebra, que sería brújula entre las manos de la Justicia, quedó prendida en él. El señor juez se acordaba de Teseo, y estaba encantado...

Asistiendo a estas divagaciones folletinescas, pero muy verosímiles, de la imaginación popular, yo me desesperaba. ¿Cómo decirles?... “La criminal es rubia; su cabeza parece una brasa: ese cabello negro de cuyo hallazgo tanto se ufanan ustedes, lejos de ser un rastro, es una traición, una trampa, un ardid, para despistar...” El único que lo sabía todo era yo, y no podía hablar. ¡Ah! ¿Cuándo los hombres que tantos inventos inútiles hicieron, descubrirán el modo de comunicarse con los objetos que comparten su vida?... ¿Habría robos si las cajas de caudales supieran pedir socorro? ¿Habría adulterios si hablasen las alcobas? ¿Cómo los sabios acosadores tenaces de la Verdad, no pensaron en esto?... Porque entonces... ¡sí que la Mentira se iría del mundo!...

Al dar el Juzgado por terminadas sus diligencias, unos camilleros se llevaron el cadáver del desdichado Antonio del Rey, y yo, con las portezuelas cerradas, fuí desenganchado del convoy y trasladado a una vía lateral, en espera de las futuras investigaciones que el señor juez instructor se proponía practicar en mí.

—¡Te han fastidiado, Cabal!—me dijo El Viejo—; los hombres, para consolarse de no prender al asesino, te prenden a ti... y tardarán en soltarte.

El expreso arrancó de Caspe con dos horas de retraso. ¿Cómo decir el frío de silencio, el dolor de abandono, que me produjo verlo marchar?...

El resto de la mañana estuve durmiendo, bajo la lluvia. Al siguiente día padecí un severo registro, y tres días después otro. El juez, asesorado por el escribano, el alguacil y dos personas más, reconstituyó—y declaro que con bastante exactitud—la escena del crimen: la posición en que se hallaba la víctima al recibir el golpe; la estatura probable de la agresora, a quien todos supusieron alta; y luego examinaron prolijamente los rincones del compartimiento, y mis estribos, con la esperanza de sorprender en ellos algún vestigio esclarecedor del misterio. Una aguja descubierta por el alguacil bastó para que todos aquellos señores se perdiesen en nuevas e inútiles divagaciones, pero no añadió luz ninguna al sumario.

¡Cómo me aburría! ¿Por qué no me sacaban de allí?... Las jóvenes caspolinas que acostumbraban a pasear por el andén, no cesaban de ir a verme. Se detenían a corta distancia de mí, sosteniéndose unas a otras por el talle, y luego, a pasos lentos, daban una vuelta a mi alrededor. Mi imponente tamaño, mi lujo y mis cortinillas caídas, como en señal de duelo, sobre el enigma bermejo que había en mí, impresionaban teatralmente la fantasía popular.

—Aquí ha sido...—se decían mis mirones.

No pasaban de ahí; y, al marcharse, caminaban despacio y volviendo la cabeza, para mirarme. En Burgos, adonde me llevaron después del asalto del expreso de Hendaya, me sucedía lo mismo.

Pero esta notoriedad no me consolaba de mis días de inacción. Cada veinticuatro horas, febril y ruidoso, pasaba mi convoy, y mis compañeros, dichosos con su libertad, me dirigían burlas inocentes.

—¡Bien te diviertes, gandul!—decían.

Una semana más tarde y con la etiqueta de “No admite viajeros”, fuí reincorporado al expreso y trasladado a Barcelona, donde substituyeron los forros ensangrentados de mi asiento y del respaldo por otros nuevos. ¡Cómo lo agradecí! La alfombra no la reemplazaron, sino que la lavaron cuidadosamente. Una pequeña mácula de sangre, no obstante, quedó en ella; pero tan debilitada y poco visible, que los “inspectores del material” consideraron que pronto los mismos viajeros acabarían de limpiarla con la suela de sus zapatos. Estos recuerdos me estremecen aún. ¿No hay algo truculento en el destino de esa sangre, que fué juventud, esperanza, calor... ¡vida, en fin!... y que luego una multitud pisotea, indiferente, y se lleva en los pies?...

Volví a la circulación, y desde mi primer viaje tuve ocasiones de convencerme de que el asesinato de Antonio del Rey seguía encadenando la atención de la Prensa y del público. El crimen guardaba su misterio. Las declaraciones de los familiares de la víctima poco ayudaron a esclarecer el enigma: se supo que Antonio del Rey tenía en Madrid una amante italiana, rubia y alta, artista de café-concierto, llamada Emma Sansori; y también que pensaba casarse con una joven morena, de notable belleza, unigénita de un banquero que residía en Barcelona. Al principio, la pública opinión señaló a la Sansori como autora del crimen; pero ella consiguió demostrar que la noche de autos la pasó en Madrid; además, el oro de su pelo la protegía; su cabellera gritaba su inocencia... Entonces la Justicia enderezó sus investigaciones por otros derroteros, y detuvo a una aventurera a quien Del Rey conoció el verano anterior en el Casino de San Sebastián, y a su hermana. Esta nueva pista tampoco dió resultados provechosos. La Policía avanzaba entre sombras, y se perdía. Desechada la suposición de que el asesino fuese un hombre, el fantasma de una mujer joven y de pelo negro renació triunfal. Aquel cabello detenido, al parecer casualmente, en la corbata de la víctima, se enredaba a los pies de la Justicia como un grillete y no la permitía andar.

Transcurrieron nueve o diez meses, que en esto de filar aprisa el tren de la Vida nos da ejemplo a todos...

Una tarde, minutos antes de dejar Barcelona, oí vocear los periódicos “con el crimen de ayer”. ¿Qué nuevo drama era aquél? Desde el último asesinato de que fuí testigo, la “crónica roja” ejercía una atracción morbosa sobre mí.

—Luego sabré de qué se trata—pensé.

Ya he dicho que, de cuanto sucede en el mundo, yo me informo por lo que oigo conversar a los viajeros, o leyendo en los diarios olvidados sobre mis asientos.

A poco de emprender el viaje, mi curiosidad empezó a ser satisfecha: varios pasajeros glosaban animadamente el sangriento suceso, cuyo relato campaba bajo titulares llamativas en la primera página de los periódicos. La muerta era una señorita, de la mejor sociedad barcelonesa, y que se hallaba en vísperas de contraer matrimonio. Se llamaba Mercedes Eloy. Según los reporteros, el día del crimen, por la mañana, Mercedes recibió una carta, que—al decir de una criada—la joven leyó con ademanes marcadísimos de inquietud, y se presume fuera un anónimo que la invitaba a una cita. Durante el almuerzo, la madre de Mercedes notó que ésta tenía los ojos enrojecidos, como de haber llorado. Al anochecer, la señorita Eloy, vestida sencillamente, salió de su casa diciendo que iba a la iglesia del Carmen y volvería en seguida. Su portera la vió subir a un coche. Horas después, en un rincón solitario y umbrío del Parque, aparecía su cadáver, con dos puñaladas, una de ellas en el corazón.

Comentando el hecho, añadía un periódico:

“Hay personas que atraen la tragedia como los pararrayos atraen la cólera de las nubes. Nuestros lectores no habrán olvidado que la señorita Mercedes Eloy fué novia de aquel don Antonio del Rey, asesinado misteriosamente en el expreso de Madrid.”

Esta apostilla fué para mí una revelación. Vi claro.

—“Entonces—exclamé—es Emma Sansori quien la ha matado.”

No me era posible dudar. La italiana habíase impuesto una tarea exterminadora, que cumplió hasta el final: primero, “El”; luego, “Ella”... ¡Oh, Italia!... País de arte y de pasión, tierra caliente donde la venganza tiene la fuerza de un culto bárbaro, ¡qué fielmente te retratas, a veces, en tus hijos!...

Y llego al desenlace de este folletín, que parece escrito por la misma inexorable mano de la Fatalidad.

Días después salía yo con mi convoy de Barcelona, y en el Apeadero de Gracia subió a mí una mujer de estatura elevada, rubia, vestida de rigurosísimo luto, a quien reconocí en el acto: era Emma Sansori. ¿Y cómo no reconocerla si había visto sus ojos, y los ojos en que una vez leímos el deseo de matar no se olvidan nunca?... Quizás por haber adelgazado parecióme más alta, y advertí que, en virtud de inexplicables mixtificaciones psicofísicas, el dolor en su rostro se había hecho belleza. Luego examiné sus manos lívidas, nerviosas y torturadas, como remordimientos; especialmente aquella mano derecha, dos veces criminal, en la que la Muerte parecía haber dejado una llave...

La Sansori examinó uno a uno mis departamentos, que por azar rarísimo iban casi vacíos, y fué a instalarse en el mismo, precisamente, donde—pronto haría un año—apuñaleó a su amante. ¿Quién la guió allí? ¿Por qué eligió aquel sitio y no otro? ¿Fué casualidad, o resultado de esas atracciones subconscientes que los objetos, testigos de un crimen, ejercen sobre el criminal?... Y, ante tales coincidencias alucinantes, ¿quién negaría que, desde que nace, cada alma lleva en sí su destino?...

Ya muy tarde, pasada la estación de Reus, Emma Sansori—como si magnéticamente mis pensamientos llegasen a ella—comenzó a darse cuenta de dónde estaba. Larguísimo rato había permanecido inmóvil, el mirar perdido en el espacio. De súbito la estremeció el choque de un recuerdo, y miró en torno suyo. Después se levantó, lanzó una ojeada rápida al desierto corredor, cerró la portezuela y tornó a sentarse. Dos veces cambió de lugar: primero se puso de espaldas a la máquina, luego de frente. Yo, que no cesaba de observarla, comprendía que su nerviosidad iba en “crescendo” alarmante. Los labios silenciosos de su alma repetían, sin cesar, un nombre: “Antonio”... “Antonio”...; y como en el espíritu de don Rodrigo vi tantas veces reflejarse la figura de Raquel, así en el de Emma apareció la cabeza—únicamente la cabeza—del asesinado, con una blancura de hostia en las mejillas, los párpados cerrados, y una tremenda puñalada roja, todavía sangrienta, en el cuello. Cuando esta tétrica imagen se borraba, la conciencia de la Sansori se obscurecía de modo tal que no quedaba en ella ni un mínimo resquicio de luz. De súbito las tres sílabas del nombre adorado y aborrecido, se encendían: “An-to-nio”...; y nuevamente, cual si resurgiese de la tiniebla de la tumba, el rostro exangüe del degollado volvía a dibujarse. Empezó a hablar con él: “¿Por qué no abres los ojos? ¿No quieres verme?...” Pero los ojos continuaron herméticos. Por su cerebro cruzó, semejante a un pájaro negro, esta sospecha: “¿Sería este el vagón donde le maté?...” El instinto la llevó al sitio que Del Rey ocupó, y lo examinó cuidadosamente; miró luego la alfombra, en la que aún subsistía, aunque muy desvanecida, una huella de la sangre, y sus manos dibujaron un ademán de horror: sobre el manto que cubría su cabeza, sus dedos de cera se crisparon agonizantes. Con el ansia de ver mejor, se hincó de rodillas en el suelo. Entonces comprendió; había reconocido el lugar: fué allí mismo... Aquella mancha era de sangre; de la sangre que ella adoró y por la que hubiese dado la suya...

Se levantó, ahogando un grito, y su figura enlutada pareció alargarse y tocar al techo. En sus ojos desorbitados la Locura acababa de encender sus luces amarillas. La Sansori quiso escapar al corredor y tropezó con la puerta, y la rudeza del golpe—que a mí también me hizo daño—la derribó sobre un asiento. Por segunda vez intentó salir, y volvió a chocar contra el recio cristal, y a caer. Pareciéndola que unos brazos invisibles la sujetaban por detrás, perdió valor. Juntó las manos, sus labios lívidos temblaron y se derrumbó de hinojos.

—Antonio... Antonio... Antonio...—musitó tres veces.

De un salto se incorporó; consiguió, al fin, abrir la puerta, y salió al pasillo. Miró a un lado y otro: nadie. Parecía haber recobrado su serenidad, pero su alma estaba en tinieblas.

—Va a suicidarse—pensé.

Y en el acto me convencí de haber acertado. Iba a suicidarse. Hay momentos en que las resoluciones adquieren tal intensidad, que son visibles sobre las frentes como un cartel pegado a un muro.

Emma Sansori ganó mi plataforma delantera, abrió la portezuela contraria al lado de la entrevía, y con un fuerte salto se arrojó al espacio. Cruzábamos un puente. La enorme ráfaga de viento que levantaba la marcha del tren la arrancó el manto de los hombros y esparció su melena dorada. Instantáneamente su cuerpo, vestido de negro, se borró en la infinita opacidad nocturna; no así sus cabellos, que flamearon unos segundos, semejantes a una llama, en la ingente tiniebla, y fueron como un coágulo de sol que bajase al abismo.

Nadie la vió.

En aquellos momentos el expreso, enloquecido, como si huyese de sí mismo, corría a noventa kilómetros por hora.

XXVI

Otros tres años de vida monótona pasaron sobre mí, y ellos quisieron que, definitivamente, en el reloj de mi modesto destino sonase la hora otoñal. No me sorprendió. Desde la catástrofe de Toral de los Vados, yo, aunque reparado escrupulosamente, no volví a sentir aquel extraordinario bienestar—salud de atleta—de mis tiempos prístinos. Mi pendencia con El Majo también me dañó, y de las heridas que los “apaches” franceses me infirieron, me resentía de cuándo en cuándo. Las nieblas vascas, las humedades gallegas, los calores y sequías de Castilla, los esfuerzos que los caminos en cuesta—sea ascendente o descendente—exige de nuestra armazón, el recio vibrar de las marchas aceleradas, el tráfago de pasajeros, la fatiga de nuestros tabiques sobrecargados de equipajes, y el mismo cansancio que llevan consigo las emociones, lentamente habían desconcertado mis órganos capitales. La elasticidad de mis rodajes, la actividad de mis tubos de calefacción, la alegría de mis lámparas—¿a qué negarlo?—no eran las mismas. Las puertas de mis compartimientos no se ceñían, como antes, a sus marcos; los cristales de mis ventanillas no ajustaban; mis asientos eran menos blandos; la palangana y el espejo de mi “water-closet” estaban rotos, y usado y manchado deplorablemente el linoléum de mi tránsito: en las fotografías policromas del corredor, en la obscura pátina de mi techumbre ahumada, en la melancolía de las cortinillas, en “no sé qué” de viejo, de desengañado, de triste, que había en todo mi cuerpo, yo comprendía que mi biografía iba acabándose.

El arreglo que me hicieron en los talleres de Valladolid apaciguó mi mal sin extirparlo, pues para las injurias del tiempo no se inventó remedio: yo, cuando mis curanderos me devolvieron a la vida rodante, parecía un veterano de los campos de batalla, cubierto de cicatrices; o un “viejo verde”, bizmado, recompuesto, que llevase los cabellos pintados y postiza la dentadura... y era natural, de consiguiente, que mi contrahecha y fingida mocedad durase poco. Acabaron con ella el sol, la lluvia, la escarcha, el relente...

Agréguese a esto el archivo de recuerdos—y quien dijo recuerdos, dijo melancolías—que ambulaban conmigo.

Los polos del alma son la imaginación y la memoria: la imaginación es “la facultad callejera” que busca, que sueña, que descubre o inventa caminos; y la memoria, “la dueña de la casa”, que escrupulosamente anota y clasifica lo sucedido: la primera es artista y mudable; la segunda, burguesa y quietista, y mientras aquélla derrocha y se disipa y se adorna con cascabeles, su hermana va cargada de llaves y hace números.

En mí, acaso precisamente porque anduve mucho, mi fantasía peregrinó poco, y mi memoria adquirió preponderancia excepcional. Mi retentiva es formidable, y dentro de mí los recuerdos mantiénense limpios, precisos, con sus mínimos colores y detalles. Nada he olvidado: en los cristales de mi memoria las añejas imágenes reaparecen nítidas, vivaces, rotundas; recordar equivale, para mí, a hojear un álbum de postales iluminadas.

Esa rara capacidad que en todo momento me sitúa frente por frente de mi propia vida, me hace sufrir mucho. Pienso, a cada rato: “Yo he rodado sobre el cuerpo de un hombre; yo—aunque sin voluntad—maté a don Rodrigo; yo sentí cómo el bandido Cardini pisaba sobre los cabellos de una mujer desvanecida en el suelo de mi corredor; y vi tirar un cadáver a la vía, y degollar a Antonio del Rey, y presencié el salto mortal de Emma Sansori...” Y considerando que conmigo ambularon en distintas épocas Méndez-Castillo, Conchita “la Bruja”, aquella Carmen “de la falda azul y de la blusa blanca”, Raquel, “los recién casados de La Coruña”, los amantes “sin nombre”, de Valdepeñas, y otras muchas personas, me digo: “Yo, que tanto viajo, soy, a mi vez, como un camino: todo en el mundo es un camino, pues todo sirve para que todo se vaya...”

Con esa aterradora lentitud con que opera lo Inevitable, el fracaso ha penetrado en mí: día tras día mis largueros de encina y caoba se pandean, y el revestimiento de “teak” que me sirvió hasta aquí de broquel se agrieta; mis movimientos son ruidosos, ingratos, y a intervalos, en los ángulos de mis maderas crujen cual viejos huesos faltos de sinovia, o chirrían con algarabías ornitológicas. Hay en mí como un ruido de muletas...

De nada de esto hablo con mis colegas, a pesar de hallarles tan malparados como yo. Ya en diversas ocasiones oímos rezongar a los empleados que nos limpian: “Este material está inservible, pero como la Compañía sólo piensa en ganar dinero, no lo remuda.” El público, que antes me prefería entre todos los vagones de mi convoy, también empieza a murmurar. Muchas veces, por ejemplo, un matrimonio ha subido a mí, y después de examinar mis departamentos el marido ha dicho: “Este coche es demasiado viejo; vámonos al otro...” ¡Razón tienen para arrumbarme! Ultimamente agrietóse mi techumbre en la parte correspondiente al “cuarto-cama”, y se formó una gotera que, afortunadamente para el viajero, no caía a plomo, sino resbalaba por un tabique, sobre el que dejó una huella bochornosa; una mancha cuyos contornos amarillentos recordaban la de los continentes en las cartas geográficas. La mayoría de mis inquilinos, refunfuñaba: “¡Qué vergüenza! ¡Este coche está inhabitable!...” Algunos llamaban al vigilante de ruta, para demostrarle mi laceria. Yo pensaba, aterrado:

—Cuando me declaren definitivamente inservible, ¿qué será de mí? ¿Me destinarán a ser quemado?

Pronto supe a qué atenerme. El Viejo, El Pez y yo, que ofrecíamos, aproximadamente, los mismos síntomas de ancianidad y derrota, fuimos desenganchados en Barcelona de nuestro expreso, y trasladados a Zaragoza, desde cuya Estación de Madrid—llamada también del Sepulcro por su proximidad al Campo de este nombre—nos llevaron a unos vastísimos talleres de reparaciones que yo desconocía. Varios días quedamos unidos y ociosos, hasta que un lunes, muy de mañana, nos separaron y yo fuí rodado hasta una especie de cocherón que la actividad de innumerables martillos llenaba de estrépito.

“Este es nuestro “spoliarium”—me dije—; mi historia de gladiador de los caminos, aquí acaba.”

Pero no era destrozarme sino infiltrarme una segunda juventud, lo que manos diestras y buenas—o más que buenas codiciosas de arrancarle a cada coche inválido su máximo de producción—pretendían hacer conmigo.

A la vez una docena de obreros, éstos tapiceros y otros ebanistas, me atacaron, y las sierras, los taladros, las escofinas, las garlopas, los formones, las barrenas, las repasaderas... todos aquellos instrumentos supliciadores que conocí en mi infancia, y cuyos terribles dientes de acero no había olvidado, tornaron a morderme. Según la fiebre que ponían en su labor aquellos hombres parecían trabajar a destajo, y hubiese creído que sólo anhelaban destruirme a no haberles oído decir: “Este coche todavía está bien; quedará como nuevo.”

Consolado y fortificado por estas palabras, me resigné a sufrir. “No son mis asesinos—pensé—sino mis cirujanos; sus golpes no me matan, me curan; lo que ellos supriman de mi cuerpo será lo inútil, lo podrido, lo irreparable, lo que absolutamente debe irse”... Y, con esta convicción, me entregué a la alegría de volver a vivir, y dí por alegres cuantos dolores me amenazaban.

Mis curanderos arrancaron todo mi linoléum, bajo el cual aparecieron algunos trozos usadísimos de alfombra; asímismo se llevaron mis colchonetas, mis respaldos y mis redecillas para equipajes, y desarmaron mis asientos: las cortinillas, las abrazaderas, los espejos, los anuncios, las mesitas de las entreventanas, los ceniceros... ¡todo desapareció!... Del “compartimiento-dormitorio” no quedó nada. Rápidamente iban dejándome hueco, mondo, y mi armazón enjuta adquiría aspectos de esqueleto. Ahora, sobre este vacío, mi imperial parecía más alta; la luz que llenaba mis ventanillas era cruda, desapacible, y advertí que, como en las casas desalquiladas, dentro de mí el menor ruido era campanudo y resonante.

Procedieron después mis operadores a reforzar los ocho ángulos máximos de mi cuerpo: cambiaron clavos, reafirmaron los tornillos, substituyeron las maderas que por su desgaste excesivo ya no ajustaban bien, enderezaron a martillo y a fuego las piezas que pandearon la humedad o el continuado esfuerzo, suprimieron todas las hendeduras de mis costados, taparon todas las quiebras o rajas de mi techumbre. A lo único que no tocaron fué a la tubería de la calefacción, ni a los hilos de la luz. Otro día me desmontaron, instaláronme sobre tres caballetes y se llevaron mis rodajes, lo que celebré, porque estaban desnivelados y sus muelles necesitadísimos de reparación. Yo sentía ganas de cantar, ganas de reir; yo era feliz como el muchacho a quien han prometido un traje y unos zapatos nuevos...

Esta inmensa alegría—júbilo de resurrección, ufanía de renacimiento—da la medida fiel del tremendo dolor, hecho de humillación, de vergüenza y de rabia, que experimenté al cerciorarme de que la Compañía me reformaba no con el propósito elegante de mantenerme en mi categoría de vagón de “primera clase”, sino para convertirme en humilde “tercera”.

Sin respeto a mi historia, querían degradarme, confundirme con el vulgacho, imponerme el desairado papel del noble “venido a menos”. De despecho y de cólera rompí a llorar, y transido de tristeza pasé la noche, hasta que las hadas misericordiosas de la reflexión y de la esperanza vinieron a consolarme. “¿A qué te preocupas de tus pergaminos?—decía aquélla—; lo importante es vivir, ser jocundo, ser sano...” Y, la segunda: “¿Qué sabes tú de los buenos ratos que te esperan aún?...”

Terminada su obra de demolición, mis operarios comenzaron a restaurarme. Para facilitar la circulación del aire, la parte superior de los lienzos que antes aislaban mis departamentos quedó suprimida; el lugar de mis antiguas redecillas, con sus barras de acero tan firmes y tan sutiles a la vez, lo ocuparon sólidos entrepaños de madera; y mis divanes grises, aquellos cuya blandura conoció la hermosura y recogió el calor de tantas mujeres elegantes, fueron reemplazados por sólidos bancos. Todo cuanto en la época feliz de mi nacimiento hube de mollar, de voluptuoso, de femenino, iba a tenerlo ahora de varonil e inhospitalario. No cambió la disposición o fundamental arquitectura de mis departamentos, pero sí su apariencia. Sobre mis ventanillas, en vez de cortinas hubo persianas; a mis cabeceras, antes tan blandas, sucedieron otras de madera; mis abrazaderas, mis mesitas y mis ceniceros, desaparecieron, y en el rectángulo que antaño ocuparon mis espejos colocaron un “Reglamento de los ferrocarriles de España”, impreso en caracteres minúsculos y harto prolijo y difuso para un país donde el ochenta por ciento de sus habitantes no sabe leer. Esto, desde luego, me pareció muy gracioso, y, por lo inoportuno, “muy español”. Mis paredes quedaron revestidas por una tablazón vertical, muy fuerte, de pino, mis suelos entarimados, y todo—solado, techo, tabiques, asientos—pintado de un color amarillo obscuro que, luego de bien barnizado, adquirió notable prestigio. Lucía bien: mostraba una sencillez plebeya, sana y chillona. Luego revocaron de verde todo mi exterior, borraron aquellas A. A. que durante más de treinta y cuatro años proclamaron mi aristocracia, y por dos veces escribieron sobre mis flancos un igualitario y muy cristiano número “tres”.

—¿Cómo ha de ser?—meditaba yo—; ¡paciencia! Están vistiéndome de blusa...

Otro día me trajeron unos rodajes flamantes, que me parecieron excelentísimos, y no bien me instalaron sobre ellos cuando experimenté el bienestar resultado de la simplicidad y del vigor de mi nueva categoría social. Yo era como un prócer arruinado, como un “gran señor” que, ganado por el ambiente democrático de su época, y para seguir viviendo, hubiese aceptado un empleo.