De los talleres de Zaragoza, donde permanecí seis meses, salí sin que ni El Pez ni El Viejo me viesen, de lo que me congratulé, y cuando fuí enganchado al rápido que lleva “primeras” y “terceras” y sale de Madrid para Barcelona los martes, jueves y sábados, a las nueve y veinte minutos de la mañana, todos los vagones me miraban, y su modo de observarme me descubría una estimación unánime. Las “primeras” pensaban:

—¡Qué distinguido es!...

Y los “terceras”:

—¡No parece de los nuestros!...

Seguro de la nobleza de mi origen, entre los unos y los otros yo pasaba ufano. Ahora, como antes, yo era “El Cabal”...

Después de medio año de reposo y de encierro, aquel primer viaje me causó extraordinaria alegría. Como antaño, de mozo, fué el paisaje lo que antes me cautivó. Por la mañana no me cansé de mirar los árboles, las casas, los repechos áridos sobre los cuales el sol proyectaba las sombras de los coches y de la máquina, con su largo penacho de humo. Toda la tarde corrimos por la llanura: siempre igual paisaje mezquino, las mismas aldehuelas de color arcilloso, las mismas carreteras polvorientas, y, como horizonte, una línea de montes fragosos; mientras nosotros, los esclavos de la vía férrea, adelantábamos por el mismo camino recto... recto... inexorable como una orden. Las viejas impresiones, tan amadas, se repetían exactas. Anochecido llegamos a una pequeña estación—¿qué importa el nombre?—, donde permanecimos “un minuto”. La gente nos mira, nos envidia; nos envidia porque nos vamos, y, como en todas partes, un grupo de muchachas endomingadas sonríe a los viajeros. Suenan una campanada y un silbido: partimos... Ahora el campo se ha cubierto de sombras: nada se ve, pero el estrépito de nuestra carrera, los ecos que responden a los ¡alertas! de la locomotora, dicen que el panorama ha cambiado y que rodamos entre montañas. A intervalos, cuando el fogonero abre el horno para echar carbón en él, la entraña ardiente de la máquina arroja, a derecha e izquierda de la vía, un lampo rojizo que parece un presagio. La dirección del viento ha cambiado; hace frío; luego empieza a llover, y el agua y el carbón mezclados nos ensucian deplorablemente. Todo es húmedo, todo es negro... De pronto, la emoción calofriante de un puente tendido sobre un tajo cuyo fondo no se ve; después, la tiniebla de un túnel: grita el vapor, vamos cuesta abajo y los frenos arrancan a nuestras ruedas alaridos horrísonos; asordece el fragor con que nuestros topes se golpean, y la montaña granítica tiembla y parece abrirse. Al fin salimos de su entraña, y, bajo la lluvia, la huída delirante continúa a través de otros montes y sobre otros puentes...; hasta que, al día siguiente, recogidos ya en el reposo de la estación terminal, el sol, con su calor, nos enjuga y nos limpia.

XXVII

Todas estas impresiones, que yo de antiguo conocía, sólo me entretuvieron durante las veintiséis horas de mi viaje primero. Quienes me interesaron y divirtieron grandemente fueron mis nuevos huéspedes, tan distintos de aquel mundo de aristócratas, empleados distinguidos, militares de graduación, artistas, toreros en boga y comerciantes ricos, que me habían frecuentado. Mi público de ahora lo componían “los de abajo”: obreros, trabajadores del campo, soldados, criadas, emigrantes... ¡los que tocaron a más en el reparto del universal dolor!...

Al principio me molestaban: les aborrecía porque iban descalzos, en su mayoría; porque olían a sudor; porque hablaban a gritos y se empujaban unos a otros, así para subir como para bajar, y salpicaban la conversación más trivial de interjecciones y blasfemias; les odiaba por ir siempre cargados de alforjas pestilentes y de gallinas; porque se estiraban los brazos y trataban a las mujeres sin respeto, y ahincaban clavos en mis paredes para colgar sus atadijos, y me emporcaban horriblemente con sus salivazos y los residuos de sus meriendas.

Después, según fuí conociéndoles, comencé a estimarles: de sus toscas apariencias nada quiero explicar; peores no podían ser; su salvaje rudeza constituía entre ellos donaire y testimonio de masculinidad. Yo les oía discurrir: decir de alguien que era “muy bruto”, equivalía a considerarle muy noble, muy sin doblez, muy llano, muy bravo, “muy hombre”, en suma... Pero bajo esta caparazón troglodítica las almas—¡oh, milagros de la raza!—se conservaban limpias y, aunque violentas, las señoreaba una innata hidalguía: eran afectuosas, generosas, sencillas, y en tocándolas en los registros del valor o de la caridad, todas respondían. Así en poco tiempo conseguí perdonarle sus groserías a ese pueblo infeliz que, si peca de ineducado y analfabeto, es porque nadie se cuidó de educarle, y si anda—con escándalo de los extranjeros que nos visitan—sin camisa y descalzo, no es porque huya del trabajo, sino porque la rapacidad del caciquismo, de un lado, y de otro la incomprensión y dejadez de sus gobernantes, le tienen desnudo.

El pueblo, por ventura de los que lo mandan, es inconsciente; quiero decir que no mide bien su infelicidad, ni ha noción precisa del dolor que le rodea, ni de las mil negaciones seculares que pesan sobre él; nunca meditó—¿cómo, si nadie le enseñó a pensar?—que la vida es algo más que un jornal y una mujer... Y, merced a eso, a que no discurre, es bullicioso y comunicativo, y fraterniza pronto.

¡Lástima que los prohombres de la política siempre que salen de Madrid lo hagan en coche-cama! Pues a viajar en “tercera”, siquiera una vez, habrían podido acercarse al infinito dolor nacional y experimentado el sonrojo de sus torpezas y el ansia de remediar tanto daño, convencidos de que ser ministro en un país como el nuestro, o es una vergüenza o es un sacrificio. Hubieran sufrido, como yo, con la incultura y total abandono de esa plebe, y visto correr el río de lágrimas que dejan tras sí los emigrantes que se lleva el hambre y los millares de soldados que pide la guerra. ¡Ah, señores políticos! ¡Si ustedes supiesen cómo se llora en los andenes de los pueblos, cómo la desesperación retuerce los brazos y hace gritar, y cómo las madres, las esposas y las hijas maldicen al tren que se lleva a sus hombres... y corren luego tras él hasta caer, ensangrentadas, sobre los rieles!...

Estos cuadros de sufrimiento me ayudaron a estudiar la psicología del pueblo hispano, que pide al milagro la salud que no halla en la tierra. Yo, en cierta ocasión, llegué a Barcelona cargado de emigrantes que iban a embarcarse, unos para Buenos Aires, otros para Cuba, y al día siguiente regresé a Madrid abarrotado de peregrinos que volvían de Roma. Lo he observado: en las almas el dolor aumenta las calorías de la fe, y cuanto mayor es el abatimiento económico de un país, con mejor éxito sus congregaciones religiosas organizan peregrinaciones y romerías. Lourdes y Roma son los dos grandes Sanatorios adonde los enfermos de la fe acuden a remediarse; aunque tengo entendido que las curas que allí se realizan no son definitivas, pues, transcurrido algún tiempo, los pacientes necesitan volver...

A pesar de la amargura de estas consideraciones, no negaré que mi vida actual es más ruidosa y pintoresca que lo fué nunca. Antes yo ambulaba a través de España lleno de silencio; mis clientes eran discretos, reservados y elegantes, y la elegancia siempre conversó en voz baja: aquellas personas se parecían, sonreían sin ruido, gesticulaban sobriamente y casi siempre se hallaban de acuerdo en toda clase de cuestiones. En mis huéspedes de ahora el buen humor, como la cólera, son estridentes; sus emociones no conocen matices ni perspectivas; todas, las pequeñas como las grandes, son “primeros términos”; diríase que llevan el corazón a flor de piel. A porfía gritan, bracean, se atropellan, fraternizan o riñen: no conocen la brida.

Yo me recreo mucho con ellos. Vamos a detenernos “un minuto” en una estación, que puede ser Torralba, o Ariza, o Puebla de Híjar... y desde que “entramos en agujas” veo cómo cuatro o cinco individuos sobrecargados de alforjas, de mantas, de botijos y cestas, y a quienes quince o veinte personas más van a despedir, corren, sin saber exactamente por qué, a lo largo del andén. Nerviosamente todos gritan, se apretujan y sus brazos se mueven como aspas: las mujeres son pequeñucas y cetrinas; los hombres, enjutos y de color terroso también, llevan chaquetas y calzones cortos de paño pardo, y a falta de sombrero se ciñen con un pañuelo la rapada cabeza. Apenas el convoy se detiene, aquella multitud, que no sabe leer, arremete instintivamente contra las unidades de lujo, por parecerles mejores. El interventor y los rutas les gritan:

—¡Ahí no, brutos!... ¡A “tercera”!... ¡Ustedes a “tercera”!...

Ellos miran a una y otra parte, afligidísimos, desorientados; al fin, comprenden, y en avalancha se precipitan sobre mí. Yo voy “completo”; no queda en mí un solo asiento vacío, y, sin embargo, mis ocupantes, a pesar de comprender que con esto perjudican su comodidad, se aperciben a favorecer a los que llegan. En los vagones de categoría no existe esta hermosa solidaridad: los pasajeros son fríos, individualistas, y, lejos de ayudarse, procuran estorbarse oponiéndose mutuamente una resistencia pasiva. Las gentes “de tercera”, por el contrario, se sacrifican unas a otras, y con recias voces sinceras se llaman:

—¡Aquí, aquí es!...—gritan los de dentro.

Y echando el cuerpo fuera de las ventanillas ayudan a izar las desvencijadas maletas, los cestos llenos de frutas, las botas hinchadas de vino, los colchones repletos de ropas y atados con cuerdas, los incontables bultos de diversos colores y perfiles que constituyen la impedimenta de sus nuevos compañeros de viaje. Estos, entretanto, apresuradamente, se despiden de sus familiares: los ojos, así de los que se van como los de quienes se quedan, se arrasan en lágrimas vehementísimas; los brazos se enlazan y las manos se crispan sobre los cuellos.

—¡Hija de mi alma!...

—¡Madre, otro beso!...

Al principio estos adioses me enternecían, me parecían definitivos; más tardé, cuando supe que muchas veces el viajero que así se despedía debía quedarse en la estación inmediata, la ninguna razón de aquella desbordada pena me inspiraba risa.

El tren rueda otra vez. Voy totalmente lleno de personas y de bultos, y mi ambiente, impregnado antes de olores agradables, apesta ahora a gallinas, a pescado, a melones, a queso... De los viajeros que no hallaron plaza, unos se han acomodado sobre sus trebejos, otros permanecen de pie, y todos, a la vez, fuman y hablan. Nadie quiere ignorar lo que concierne a su vecino, y recíprocamente se descubren y confiesan sus nombres, sus ocupaciones, la familia que tienen, el lugar adonde se dirigen y el porqué de su viaje...

De pronto, uno exclama:

—¡Moño!... ¡No diga usted más!... ¡Ya sé con quién estoy hablando!...

A su interlocutor, con esta adivinación súpita, se le alegra el rostro.

—¿Usted no es don Fulano?...

—Ese es mi nombre.

—¿El casado con la Mengana, la del almacén de comestibles de junto a la iglesia?

—El mismo.

—¡Acabáramos, hombre!... ¡Bien decía yo que nos habíamos visto en alguna parte!...

Entretanto, y si la hora de comer es llegada, las meriendas salen de sus cestas, las botellas y las botas de vino corren de mano en mano, y la virtud expansiva del mosto acelera la labor de simpatía que inició la conversación. El pueblo español es dadivoso, no obstante su pobreza, y cada cual brinda, de corazón, a los circunstantes lo poco que tiene: éste ofrece un racimo de uvas, aquél una hogaza, estotro una tortilla o un plato de patatas al horno; quién reparte cigarrillos... Con el regocijo que acarrea el buen beber, las lenguas no sosiegan, cunde la hilaridad, se habla de unos compartimientos a otros, se oye el rasgueo de una guitarra, y pronto aquella multitud, unida por la vida de pobreza común a todos, parece una familia. Un grupo de mozos ha empezado a batir palmas; suena una copla...

En este momento aparece el revisor, y, a la vez, fulminante, virulenta, surge una disputa. ¿Por qué?... No se sabe. En “primera” las trifulcas son raras; en “tercera” no, porque aquí todo es impulso. Una voz, sin gritar, con esa templanza que usan los hombres para retar a la Muerte, ha dicho:

—Yo, cuando el caso llega, le parto el pecho al Hijo de Dios.

Y otra voz, igualmente mesurada, ha respondido:

—Vamos a verlo, si usted quiere, ahora mismo.

Todos los viajeros se han puesto de pie, y el cantador, por oír, no ha terminado su copla. Las mujeres, acostumbradas a obedecer, dóciles, con una docilidad de muchos siglos, no se mueven de sus asientos y esperan, sin miedo, a que pase el drama. Por fortuna, el revisor interviene a tiempo: grita, amenaza con mandar detener el expreso y llamar a la Guardia Civil—yo volví a acordarme de Dos-Caras—y, al cabo, se impone: los beligerantes se encalman, sus rostros se suavizan y una frase graciosa, lanzada por cualquiera, pone término venturoso a la cuestión. El interventor, sin embargo, insiste; quiere consolidar su obra de pacificación:

—Antes de pegarse—dice con aire autoritario—cada cual debe hallarse convencido de sus derechos, y para eso es necesario conocer el “Reglamento de los ferrocarriles”. ¿Por qué no se toman ustedes el trabajo de leerlo? ¿No lo tienen ustedes ahí?...

Su diestra extendida señala hacia un “Reglamento” colocado debajo de uno de los entrepaños para bagajes. Unánimes los circunstantes siguen con los ojos aquel ademán, y hay un silencio. Alguien, de pronto, exclama regocijado:

—¿Que leamos en ese cuadro?... ¡Vaya una gracia! Por mí, puede llevárselo la Compañía: ¡yo no sé leer!...

Otro añade:

—¡Toma!... ¡Ni yo tampoco!...

La concurrencia rompe a reir, y yo me apresuro a seguir su ejemplo por no llorar ante la alegría de tanta ignorancia.

Otro de los pequeños episodios de que entonces fuí testigo, y que juzgo digno de recordar por la enseñanza que hay en él, es el viaje de un joven matrimonio belga que recogí en Barcelona. Se dirigían a Madrid. Fueron de los primeros en subir a mí, con el deseo evidente de poder instalarse bien, y ambos se acomodaron cerca de una ventanilla y dando el rostro al camino, pues la esposa—luego lo supe—se mareaba. Llevaban una maleta, una cajita de bombones y una botella con agua, y todo lo colocaron sobre el entrepaño de los equipajes y en el lugar correspondiente a sus asientos. Eran dos tipos de traza insignificante, pero sus vestidos obscuros, aunque modestísimos y harto usados, estaban perfectamente limpios. Ella era pequeña, delgadita y medio rubia, y el único atractivo de su cara pecosa estaba en la expresión complaciente de los ojos. La nariz, la boca, no valían nada, y sus manos secas, que habían trabajado mucho—las uñas lo decían—, tenían inclinación a cruzarse. El marido también era parvo, y había algo cómico en su fisonomía, de pómulos rosados y alargada por una barbita negra, cortada en punta, sobre el lazo flotante de una chalina. Sus botas toscas, recién embetunadas, relucían bajo el asiento. El cogió una de las manos tristes de su compañera, y preguntó:

—¿No tendrás hambre?

Ella repuso, sonriendo:

—No; el azúcar alimenta...

Y, al mirarse dulcemente, parecían besarse con los ojos.

Sin interrupción, mis inquilinos habituales, las mujeres y los hombres de las grandes cestas malolientes y de las repletas alforjas, iban invadiéndome con gran alboroto, y apenas entraban cuando asaltaban las ventanillas para recoger los trebejos que sus acompañantes les alargaban desde el andén. Excitados por la ufanía del viaje todos hablaban alto, se interpelaban a gritos, reían y cruzaban entre sí las interjecciones más crudas. Bajo el esfuerzo impaciente de tantos pies, algunos desnudos, mi solado crujía. Las mujeres, en su mayoría despeinadas, eran gordas, o lo parecían con las numerosas faldas que llevaban encima; muchos hombres, aunque la mañana no era calurosa, iban en mangas de camisa y calzaban alpargatas. En una santiamén mis plazas quedaron ocupadas, y mis entrepaños cargados, hasta la altura de mi techumbre, de cajones y de bultos. En mi tránsito, varios atadijos de mantas, una silla, dos jaulas de perdiz y algunos enseres de cocina metidos en una artesa, formaban barricada. Mis viajeros, con la satisfacción de hallarse ya colocados, hicieron tribuna de mis ventanillas. Una voz gritaba:

—¡Vámonos, maquinista, que ya es hora!...

Y otra:

—¡Arrea, hombre!... ¡Que en Caspe está aguardándome mi suegra!...

Estas y otras sandeces eran premiadas con grandes risotadas. Ante aquel vulgacho impetuoso y desbridado, el matrimonio extranjero permanecía cohibido y con los pies recogidos debajo del asiento. Su hermetismo, la pulcritud de sus trajes y cierta distinción que en ellos había, molestaba secretamente el amor propio de los viajeros de aquel compartimiento. Se reconocían inferiores, lo cual les irritaba. A la esposa la encontraban fea, y al marido ridículo. Les parecía, además, que, tanto ella como él, “se daban importancia”. Empezaron a murmurar, pero lo bastante alto para que los aludidos les oyesen, como buscando con ellos pendencia.

—Son muy “finos” para venir aquí—dijo uno.

—Pues, si no les gustamos—replicó destempladamente una mujerona—, que se vayan a “primera”, que nadie les ha llamado...

“La Millanes”, nuestra máquina—había sido bautizada con el apellido de su maquinista—, silbó y partimos. ¡Alegría general!... Alguien sacó una bota, llena hasta la espita de buen vino aragonés.

—¿Quién quiere?—voceó.

Varias manos se adelantaron, como sedientas.

—Creo—dijo un viejo—que nadie ha de rehusar.

La bota pasó de unos a otros, y con tal amor la acogieron todos que cuando volvió a su dueño había perdido la mitad del peso. Aquél, sin embargo, la presentó al matrimonio:

—¿No beben ustedes?...

Lo hizo rudamente. El esposo, muy amable, contestó:

—Muchas gracias.

Y ella repitió:

—Gracias...

La mujer que habló antes, comentó, provocativa:

—Me alegro: la culpa no es de ellos, sino del tonto que quiere obsequiarles.

Alguien dijo:

—Es que en su país no tienen la costumbre de beber así.

La mujer replicó:

—¡Moño!, pues que se vayan a su tierra!...

No obstante, el aspecto modoso y cortés de los extranjeros iba ganando la simpatía de todos. Transcurrió la mañana, durante la cual, por dos veces, la esposa había comido bombones y trasegado algunos sorbos de agua. No llevaban merienda, y esto me indujo a suponer que su situación era precaria, lo que me conmovió. Acaso no llevaban dinero ninguno...

A mediodía el pasaje sintió hambre y cada cual echó mano de sus vituallas, y de las cestas y de las rollizas alforjas emergieron tortillas de patatas, huevos duros, latas de conserva, chorizos extremeños, lonjas de jamón serrano, racimos de uvas y grandes trozos de pan que las navajas cortaban en rebanadas. Volvieron a circular las botas en zarabanda regocijadora, y las botellas cantaron sobre los labios sutibundos.

Un hombrachón, con faja y zahones y en mangas de camisa, que se hallaba sentado enfrente de los belgas, les ofreció pan, sardinas y unos pimientos riojanos que aseguró quemaban como el fuego. El matrimonio, en quien el buen parecer se sobreponía al apetito, rehusó, aunque sin convicción. La voz antipática de la mujerona que parecía haberles declarado la guerra, intervino:

—¡No porfiadles!... ¡Si no quieren!...

“El hombre de los zahones” exclamó airado:

—¡Silleta, pero si no tienen qué comer! ¡Están chupando azúcar toda la mañana!... ¿Vamos a dejarles morir de hambre?...

Y encarándose con el belga, repitió:

—¡Coman ustedes, moño, remoño... que aquí en España lo que se ofrece es de voluntad!...

Entonces, con repentina alegría, los invitados aceptaron, y esto sirvió de señal para que un chaparrón de municiones de boca cayese sobre ellos. Con vehemencia conmovedora cada cual se aceleraba a darles de lo que comía: quién un pedazo de chorizo, quién un trozo de carne prensada entre dos rebanadas de pan, o un muslo de pollo, o unas manzanas asperiegas...

Los belgas parecían contentísimos, y con el poco castellano que chapurreaban y gentiles inclinaciones de cabeza, procuraban corresponder a tan larga hidalguía. La mujer era la más emocionada, acaso porque fué la que mejor comió y bebió: la brillaban los ojos y tenía empurpuradas las mejillas y la risa fácil. “El hombre de los zahones” dijo al marido:

—¡Remoño... y no querían ustedes comer!... ¡Mire usted a su esposa: hasta guapa se ha puesto!...

Los forasteros, con sólo mostrarse amables, se habían granjeado las voluntades, y cada cual se propuso extremar sus cuidados para con aquellas dos personas, que seguramente echarían muy de menos su país. La tarde pasó, y cuando la noche nos alcanzó, allá por Sigüenza, la generosa escena del almuerzo se repitió. Terminada la colación, “el hombre de los zahones” preguntó al belga:

—¿Quieren ustedes almohadas?...

—No, muchas gracias...

El extranjero, comedido siempre, no quería molestar.

—¡Moño, tanta silleta con molestar! ¡Pero si no molestan ustedes!... ¡Si tenemos gusto en servirles!...

Así era, en efecto: un viajero les buscó dos almohadas; otro, una manta...

—¿Quieren ustedes más?—decían.

—No, no... ¡muchas gracias!...

Como las almohadas eran largas, el matrimonio se acomodó sobre una de ellas; la otra les sirvió de respaldo, y con la manta se cubrieron hasta más arriba del pecho. Habían comido bien, y la felicidad de sus estómagos les sugería ideas risueñas; amorosamente se estrechaban las manos. El indagó:

—¿Te sientes bien?

—Sí. ¿Has visto qué buena gente es ésta?

—Muy buena.

—Al principio, esta mañana, les tenía miedo; pero ahora, no: son toscos, pero buenos. ¿Quieres que te diga una cosa? Empiezo a querer a España...

Continuaron hablando, y a cada momento, ella a él, o él a ella, se preguntaban: “¿Estás bien?...” La mujer se había descalzado, y él la palpó los pies para cerciorarse de que no los tenía fríos. Después, dulcemente, quedáronse dormidos con las cabezas juntas.

Los circunstantes, desde sus rincones respectivos, les miraban, diciéndose: “¡Cuánto se quieren!...” Y luego volvían la cara hacia sus mujeres, como asombrados de no haberlas querido así nunca.

Yo pensaba:

“No; ellos no se aman más que vosotros amáis a vuestras esposas: es que se aman con mayor ternura. En España los cariños son grandes, violentos; aquí las pasiones llegan al sacrificio, llegan al crimen... pero no saben acariciar, no saben mimar... y la ternura está en la caricia suave. En España—yo lo he visto—en las relaciones de padres a hijos, de marido a mujer, la ternura no existe, quizás porque siempre hubo en la tierra nuestra demasiado dolor...”

Entretanto, sentía con júbilo que todas aquellas personas, pertenecientes a dos razas distintas, habían sabido mostrarse recíprocamente lo mejor que en ellas había; y así, a la lección de dulzura, de los belgas, los españoles—tan pobres y tan ricos—supieron responder con un ejemplo de generosidad.

Cuatro años hace que sirvo como “tercera”, y estoy cierto de que la humanidad que ahora me frecuenta no es muy divertida. Su variedad, a primera vista tan abigarrada, es epidérmica; en el fondo, mis huéspedes de hoy se parecen extraordinariamente a los inquilinos de los sleeping-car: los mismos apetitos, las mismas figuras... de lo que deduzco que la aristocracia es una plebe bien vestida.

Hay un tipo, sin embargo, privativo de los coches de “tercera”, y que por su relieve y la frecuencia con que se manifiesta, merece recordación. Me refiero al “gracioso”.

“El viajero gracioso”, para “producirse” como hombre de humor ocurrente y cáustico, necesita tener público, porque la presencia de muchas personas acucia su ingenio. Tiene el ademán seguro, la réplica colorista y ágil, la voz entonada, y sabe muchos cuentos, casi todos picantes. Pasa ya de la segunda juventud y la costumbre de andar por el mundo le dió aplomo. Empieza por trabar palique con las personas que halla cerca de él, y si sus dichetes son bien acogidos no tarda en ponerse de pie y charlar con todos.

Para triunfar pronto, “el viajero gracioso” sigue el camino más llano: el autobiográfico. Sus primeros epigramas contra sí mismo irán dirigidos, y su vida y figura servirán de blanco a su verbo dicaz. Generalmente el público ríe esta íntima exhibición de defectos, reales o fingidos. Enardecido “el viajero gracioso” poco a poco se convierte en histrión, y con recursos grotescos o a fuerza de desparpajo, suple la pobreza de su vena cómica. Si alguien le dirige un comentario agudo, sabrá contestar en seguida. Casi siempre las mujeres miran con simpatía el preopinante, mitad orador, mitad payaso: al cabo, representa la desenvoltura, la picardía; es algo imprevisto que sobresale, que brilla. Cuando el tren llega a una estación, “el gracioso” monopoliza una ventanilla y dice tonterías a los mirones del andén. Sus burletas tienen gracia unas veces, otras no; pero todas son reídas, porque en la psicología colectiva la hilaridad es una “cuesta abajo”.

Más tarde, cansado de satirizarse a sí propio, “el gracioso” dirige sus dardos contra otro pasajero. Este cambio de escena regocija al público. El “agredido”, ante el ridículo que le amenaza, se defiende con frases incoherentes. La hilaridad general arrecia. “El viajero gracioso” triunfa definitivamente: se le aplaude, se le ofrece vino. Las mujeres le llaman, quieren tenerle cerca, porque a su lado se creen protegidas.

Esta boga envidiable no es duradera. Ha cerrado la noche y, de pronto, “el viajero gracioso” calla: ha dicho cuanto sabía y está cansado, agotado. Inútilmente le buscarán la boca; ya pueden morderle la paciencia, que no hablará.

—Tengo sueño—declara—; basta de broma; ahora voy a dormir.

Y, envuelto en su manta, se tiende cuan largo es; una cesta o unas alforjas le servirán de almohada. Como ha sabido hacerse simpático a la comunidad, nadie le estorba. Luego se le oye roncar. Entonces, desde un compartimiento vecino, una voz ingrata pregunta:

—¿Pero, al fin se durmió?

—Sí.

—¡Demos gracias a Dios!...

Instantes después, todos le han olvidado.

A propósito de este “tipo” referiré una breve escena triste; o, lo que es lo mismo, grotesca; porque de lo grotesco, si lo exprimimos bien, siempre caerá una lágrima.

Rato hacía que estacionábamos delante de un pequeño andén, aguardando un cruce. Mis huéspedes se impacientaban. De súbito un viajero, medio en serio, medio en broma, dijo en voz muy alta algo que fué muy reído, y casi inmediatamente lanzó otro donaire que también arrancó carcajadas unánimes. Haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, aquel individuo consiguió obtener de su ingenio una tercera frase feliz, más dichosa, tal vez, que las anteriores. Asombrados, todos le miraron. ¿Quién podía hablar tan agudamente?... Mujeres y hombres habíanse levantado para conocer al viajero ocurrente, y la general simpatía estalló en una nutridísima ovación de risas y de aplausos.

Presencié entonces algo desolador. Aquel hombre, trastornado de repente por los vapores del éxito, enrojeció y perdió el dominio de sí mismo. Sin saber lo que hacía, se puso en pie; sus ojos brillantes iban de un lado a otro; fué como si se le hubiese extraviado el juicio. Desatóse su lengua y rompió a hablar casi sin ilación. A tente bonete dijo un chiste, que nadie comprendió; luego otro, que asímismo pasó inadvertido; lanzó tres o cuatro más, que también fracasaron... Ante el silencio severo del público, empezó a desconcertarse; las ideas se le barajaban. ¿Por qué antes hizo reir y ahora no?... Y se disponía a insistir, cuando una voz cruel le detuvo:

—¡Bueno, hombre, bastante!... ¡Cállate!... ¿No ves que no diviertes?...

Y “el gracioso”, que ya no tenía gracia, se sentó aturdido, y no habló más. Quedó obscurecido. Sólo yo observé el rubor de sus mejillas, la humildad de sus ojos bajos. Unos minutos el menguado saboreó las mieles del éxito, y, al ir a gozar de ellas, sus laureles se deshojaron. Su pena era la del cantante que, de súbito, pierde la nota que le hizo célebre; el dolor de la mujer que fué muy deseada... y dejó de serlo.

XXVIII

Dos años después, un descarrilamiento acaecido entre las estaciones de Vallecas y Vicálvaro, sirvió de inesperado colofón a mi historia. ¡En verdad que no maliciaba tan cercano el fin!... Me sucedió lo que a esos ancianos, enteros todavía que, al salir de su casa, tropiezan o resbalan y se fracturan el cráneo contra el suelo. Así yo: arranqué de Madrid aquella mañana, contento, como siempre, y, de súbito—acaso porque mis frenos no me moderasen y embridasen lo necesario—mis ruedas se salieron de la vía y me abalancé por un terraplén, arrastrando en mi desgracia a los dos coches que me seguían. El cachapazo, del que resultó un viajero muerto, fué ingente. Al perder mi equilibrio caí sobre el costado derecho, a pesar de lo cual el impulso que me animaba me arrastró ocho o diez metros por el suelo: en seguida giré sobre mi imperial con un trágico revoltijo interior de pasajeros y de bagajes, y volví a tenderme para inmediatamente recobrarme y quedar, al fin, sobre mis ruedas.

Pero... ¡en qué estado!... Con el techo roto por varias partes, los flancos doblados, desencajadas las puertas, las tuberías y el dínamo hechos pedazos, las piezas vitales torcidas... ¡y aún debo felicitarme de que mi arquitectura, en su conjunto, resistiese!...

Varios días permanecí abandonado sobre aquel declive, en cuya tierra blanda mi rodaje iba hundiéndose poco a poco, y al lado de mis compañeros de infortunio, de los cuales uno, menos sólido que yo, quedó totalmente destruído. Al romperse, la agonía le dió un escorzo lúgubre, y, de noche especialmente, bajo el livor astral, su armazón magullada, desprovista de tablas, tenía un perfil de esqueleto. ¡Cuánto padecí!... Habíamos quedado a varios metros debajo de la vía, por la cual los trenes continuaban pasando, llenos de gentes y de luces, y yo veía la curiosidad, no siempre compasiva, con que sus viajeros se asomaban a vernos. Nuestra desgracia era para ellos un entretenimiento, casi un regocijo, y nos señalaban con el ademán. Estábamos a fines de octubre, y el frío, apenas declinaba el sol, era considerable. De los dos camaradas que descarrilaron conmigo, ninguno hablaba, y su silencio acrecentaba el espanto de mi situación. Hallábame con una de mis plataformas empotrada en el suelo, desmantelado, a obscuras, todos los cristales hechos añicos, y por mis ventanillas indefensas el viento y la terrible escarcha de las horas madrugueras me traspasaban.

Al cabo, una máquina-piloto vino a recogerme, y, valiéndose de una fortísima maroma, haló de mí, en tanto desde lo alto de la vía muchos hombres lograban, con auxilio de cuerdas, mantenerme en posición vertical. Vacilando, sintiendo a cada momento que el equilibrio me abandonaba, tropezando con las piedras y enredándome en los hierbajos que obstaculizaban el repecho, conseguí verme izado hasta el camino férreo, y cuando mis ruedas tomaron nuevamente posesión de los rieles experimenté una alegría de resurrección, un júbilo de náufrago, porque la vía era para mí una playa...

Lentamente, pues mis gravísimas heridas me vedaban todo movimiento acelerado, fuí reconducido a Madrid, y en un carril de descarga inmediato a los talleres de reparaciones, y expuesto a la intemperie, me dejaron. A mi alrededor había varios centenares de coches inútiles, unos de pasajeros, otros de carga, que daban a aquella parte de la estación una extraña fisonomía de ciudad. Eran luchadores vencidos, eslabones dispersos de antiguos trenes, comparsas dóciles de viejas locomotoras ya apagadas. En lo desvencijados y maltrechos se me parecían fraternalmente; y como algunos me conocían de vista o por haber trabajado conmigo, y sabían mi pasado aristocrático, pronto cundió entre ellos la noticia de mi aparición. Yo les oía cuchichear.

—Han traído al Cabal...—decían.

—Sí.

—¿Quién es?...

—Ese grande, el pintado de verde; descarriló hace poco y lo han remolcado medio muerto...

Y la leyenda de mis lances sobre las líneas de Hendaya, de Galicia y de Sevilla, iba de unos a otros. Para evitarme el trabajo de hablar, me encerré en una actitud displicente. El relente de las largas noches de invierno y la lluvia que, a través de mis resquebrajaduras, caía libremente dentro de mí, recrudecían mis dolores. No hay carcoma que destruya como la humedad, ni lepra que roa como el abandono. A mí, la quietud me consumía: hora tras hora mis maderas se combaban, mis rodajes se enmohecían. Una noche, dos ratas—animal que yo no conocía—treparon a mí y me mordieron.

El año acabó, y todo en torno mío continuó igual. Mis compañeros de destierro y de hospital—que de ambas tristezas participaba el rincón en que estábamos—no se quejaban; apenas si, muy de rato en rato, cambiaban algunas palabras; parecían muertos. Mi carácter rebelde se desesperaba en aquella paz. “¿Por qué no vienen a buscarnos?—me decía—; ¿no es preferible que, de una vez, nos reduzcan a leña, a dejarnos podrir aquí?...” La intemperie minaba mi salud metódicamente y, al cabo, no hubo parte de mi cuerpo que no me doliese: los días de buen sol me secaban, los lluviosos me empapaban, y con estas alternativas mis graves heridas seguían abriéndose.

Una mañana recibimos la visita del director “del material”, a quien acompañaban dos individuos, y en su manera despectiva de mirarnos leí nuestra sentencia de muerte. No nos repararían porque no valíamos el dinero que costaría arreglarnos. Pertenecíamos a la sección de “incurables”, y éramos como esos enfermos a quienes ya no se medicina, porque es inútil. Caminando poco a poco por entre aquellas fúnebres andanas de coches moribundos, el señor director se acercó a mí y—lo que no hizo con ningún otro—se paró a examinarme. Sentí que sus ojos duchos, ojos de cirujano, me registraban bien.

—Este fué un buen “primera”—dijo.

Uno de sus acompañantes repuso:

—Sí; pero después lo reformaron y lo hicieron “tercera”. Es muy viejo; ha trabajado mucho: mire usted por aquí cómo está...

Empinándose señalaba, por una rotura de mi flanco, mi suelo despedazado.

—¡Bien lo veo!—replicó el director—; ¡lástima de coche! Los que ahora se construyen son muy inferiores...

Y se marcharon. “¡Ahora, sí—suspiré—que mi historia ha acabado!” En medio, no obstante, de este dolor recibí una alegría: la satisfacción de que aquellos hombres, al mismo tiempo que me condenaban a morir, hubiesen proclamado mi mérito. Desfondado, despintado, ratonado, torcido, sucio... todavía era bello, todavía conservaba vestigios de mi antiguo poder, y aún podía decir: “A mí me llamaron El Cabal...”

Pasó todo el invierno, aparecieron con abril las primeras alegrías vernales, y, al despertarme de un sueño que, según cálculos que luego hice, debió de durar varias semanas, vi que unas hierbas, nacidas debajo de mí, se enlazaban a mis ruedas, semejantes a esas ligaduras con que el reuma sujeta las piernas de los paralíticos. No sé qué amor, qué cariñoso deseo de retenerme adiviné en ellas, y su pequeño amor me conmovió: “Ya no te irás de nosotras”—parecían decirme.

Pero a mi Destino aventurero no le plugo que yo finase allí, y después de darme a conocer la lucha, quiso darme la paz.

A principios de junio, una mañana, se acercaron a mí ocho o diez hombres, empleados en la estación. El que parecía capataz preguntó a un viejo que iba a su lado:

—¿Es este coche el que le pidió usted al director, señor Juan?

Me designaba con el gesto. El señor Juan repuso ufano:

—¡Sí; este mismo! Este...

—Buena casa va usted a tener—replicó el capataz, zumbón.

—No será mala; ya verás, en cuanto yo la arregle a mi gusto, qué bien queda.

Entre todos rodaron los coches situados delante de mí, y luego me empujaron, haciéndome pasar de unas vías a otras, hasta llevarme delante del camino de hierro principal. Yo bendecía mi sino, que decretó hacer de mí, hasta el último instante, una cosa útil.

“Van a convertirme en vivienda”—pensé—. Y recordé aquellos ancianos vagones, trocados en casucas de guardavías, que una mañana—la primera de mi vida—vi al salir de la estación de Irún.

En pocos días fuí despojado de mis ruedas y de mis topes, y arrastrado al sitio a que me destinaban, y en el cual, y para mi mejor instalación, hallé dispuesto un entarimado, de dos palmos de alto, que había de servirme de apoyo o basamento.

La prisa y cuidado con que los carpinteros emprendieron la tarea de mi transfiguración, me dijo que trabajaban cumpliendo órdenes de la Compañía, la cual, reformándome, halló manera de ahorrarse la construcción de una vivienda. Por tercera vez los martillos, los formones, las barrenas, las sierras amputadoras, me torturaron. Todos mis asientos fueron suprimidos, y de cada dos de mis compartimientos, quitando el tabique o lienzo que los separaba, hicieron uno. El lavabo fué convertido en despensa, y en el cuarto-cama instalaron una cocina de hierro, a cuya chimenea dieron salida por un agujero circular que me abrieron en la techumbre. En mi costado correspondiente al corredor, y que enfrentaba la vía, sólo dejaron tres ventanas, con sus batientes de cristales; las restantes desaparecieron, así como a mis antiguas puertecillas de corredera sucedieron otras mayores y con goznes. Una de mis plataformas quedó mudada en lavadero, y la otra continuó sirviendo para entrar en mí. Después me pintaron el techo de rojo, y las ventanas y la puerta de blanco, lo que dió extraordinaria animación a mis cuatro fachadas revocadas de verdegay. Me parecía a esas casitas, de fabricación alemana, con que juegan los niños.

Una mañana, rayando el día, aparecieron detrás de un carro, cargado de muebles, mis nuevos inquilinos; “los últimos”, sin duda...

Componían la familia: el señor Juan, empleado en la Compañía Madrid-Zaragoza-Alicante desde hacía más de medio siglo; su hijo Roberto, esposo de María Luisa, y dos nietos: Lolita, que ya empezaba a mocear, y Miguelín, de tres años.

Toda aquella copiosa impedimenta, nueva para mí, me interesó muchísimo: sin perder detalle vi armar las camas, y el funcionamiento de los cajones de una cómoda, y cómo adornaban mi interior con fotografías y modestos espejos de marco dorado, y la distribución que daban en la cocina a los trebejos de guisar. El moblaje fué discretamente repartido: en la habitación—llamémosla así—destinada al matrimonio, se colocaron el lecho más ancho y la cómoda; en la otra dispusieron la mesa de comer y la cama de Lolita; y en la tercera, que conservaba sus dimensiones primitivas y era, de consiguiente, la menor, el catre donde habían de dormir el señor Juan y Miguelín. Antes de mediodía el pequeño ajuar estaba ordenado, y yo no me cansaba de observar toda aquella vida íntima, uniforme, recogida, que sólo de lejos conocía. Hasta entonces no empecé a saber cómo el tiempo se desliza lento en los hogares, ni cómo se lavaba la ropa, ni cómo se encendía la lumbre y se preparaba una comida.

El hallarme, no suspendido en el aire, como antes, sino bien pegado a la tierra, me infundía una ignorada y confortadora impresión de quietud, de estabilidad: me sentía más a plomo y dueño de mí mismo, cual si mi personalidad hubiese crecido. ¡Qué diferencia entre mi abrigado bienestar actual y aquellas implacables noches de olvido y de frío que siguieron a mi descarrilamiento! El alma de mis habitantes iba invadiéndome rápidamente: a la semana de tenerles en mí, la humedad me dejó: yo olía a dormitorio y a cocina; olía a hogar... y estaba contento de oler así.

—Voy aburguesándome—pensaba.

Acabó de rendirme a discreción la voluntad, el buen carácter de aquellas gentes. El señor Juan, que era guardabarrera, sólo se ocupaba de coger el banderín con que daba “paso” a los trenes; Roberto, carpintero de oficio, trabajaba todo el día en los talleres de la Estación; María Luisa, que estaba embarazada, era una mujercita dulce, hacendosa y un poco triste, que siempre andaba sacudiéndome; Lolita también me cuidaba mucho, y las inocentes travesuras de Miguelín, unas veces me enternecían y otras me hacían reir.

La tarde de un sábado, Roberto trajo sobre una carretilla buen número de cañas y de listones, con los cuales, y aprovechando el asueto del día siguiente, construyó junto a mí un emparrado. Otro domingo me rodeó de una cerca alta, de cuatro o cinco palmos, entre la cual y yo mediaba un espacio como de tres metros, que las manos hadadas de Lolita poblaron en seguida de flores, y así tuve un jardín minúsculo y gracioso como un juguete. Hizo más la muchacha: exornó mis ventanas con trepadoras que sembraba en vasijas rotas o en latas que fueron de pimientos; y plantó junto a mí una hiedra que creció en poco tiempo e invadió la mayor parte de mi techumbre, dándome un pintoresco aspecto de gruta; y yo pude verme poco después en una postal, obra de un fotógrafo amigo de mis huéspedes, y quedé sorprendido—por no decir enamorado—de mi carácter rústico.

Hallábame enclavado a medio kilómetro de la Estación, y muy cerca de la gran arteria ferroviaria por donde corren los trenes de Barcelona, de Andalucía y de Valencia, que tantos recuerdos tenían para mí: veía pasar las máquinas raudas, ululeantes, tempestuosas, y perdidas en su torbellino negro las siluetas de los fogoneros, teñidos dantescamente de rojo por el incendio del horno; veía huir cuajados de luces los “expresos” veloces, los “correos”, los “mercancías” interminables y obscuros; oía la voz sibilante de las locomotoras, las cornetas de los guardavías, el fragor de los convoyes... y no experimentaba nostalgia ninguna. Un día, en una “cuatro mil” que pasaba, reconocí a La Regadera; también descubrí a Dos-Caras, disfrazado de “tercera”, en el “mixto” de Alicante, y mi regocijo de verles fué absolutamente limpio. Me holgaba de que continuasen viviendo su vida, la que fué mía también; mas no sentía deseos de rodar a su lado. Vi asímismo al Rubio, al Negro, a la Primera Actriz, al Barba... y a otros varios camaradas que iban y venían con el terrible anhelo de siempre, y tuve cierta misericordia de su servidumbre inexorable. Medité: “Ellos se mueven, y yo no: ¿pero acaso la tierra me esclaviza más que a ellos el movimiento?...”

Mucho tiempo aquellos viejos compañeros fueron y tornaron sin fijarse en mí; luego, como mi situación de vagón inmóvil les sorprendiese, comenzaron a examinarme, y al cabo me reconocieron. El que antes cayó en la cuenta de quién yo era, fué Dos-Caras. Una mañana, al pasar, me gritó:

—¿Eres tú, Cabal?

—Yo soy, viejo—le repliqué.

Y no tuvo tiempo de decirme más porque su convoy iba de prisa. La noticia de hallarme convertido en habitación cundió rápidamente, llevada por los trenes, y todos mis amigos, unos burlones, otros compasivos, me preguntaban:

—Adiós, Cabal; ¿te aburres mucho?

Yo siempre contestaba:

—No; no me aburro.

—¿Eres feliz?

—Sí, lo soy: nunca lo fuí más...

¡Y era cierto!... Pues hogaño, merced, precisamente, a la soledad que me circundaba, podía descender más hondo en el misterio de la vida. Las personas que traté antes permanecían a mi lado unas horas, cuando más una noche; mientras estas de ahora envejecían conmigo: yo las veía dormir, comer; yo las oía hablar... y su experiencia era mía también, íntegra.

Con esta quietud volvía a parecerme a mis antecesores, los árboles. La tierra me atraía, y, cosido a ella, conforme el tiempo filaba, insensiblemente, hallábame mejor. Empezaba a comprender la poesía de las fiestas domésticas, la razón de la Nochebuena, la enorme fuerza emotiva y pensante del silencio; porque mientras la materia reposa es cuando fulgen mejor las luminarias del espíritu. Considerando la vejez desvalida del señor Juan, y oyendo hablar a su hijo, supe cómo a lo largo de los siglos el capitalista perpetúa en el obrero, su hermano, el fratricidio de Caín, y vislumbré el mecanismo del tinglado social, esa rueda trágica en que el salario se transmuta en pan, y el pan en esfuerzo y dolor que luego serán salario otra vez. Vi a María Luisa dar a luz, y me expliqué el amor; y observando a Miguelín, divertido en alinear soldaditos de plomo, echar barquitos en el agua enjabonada de la artesa y arrastrar por el jardín ferrocarriles de hojalata, me dí cuenta de que en este mundo—de las paradojas y de los viceversas—el niño juega y se ríe con lo mismo que hace llorar al hombre.

Va para tres años que soy hogar, y no echo de menos, ni en un ápice, mis mocedades trashumantes: el tercer vástago de María Luisa y de Roberto, se cría muy bien; Lolita ya tiene novio, y a esto atribuyo que cante tanto por las mañanas; Miguelín aprendió a escribir y se divierte en eternizar su nombre en mis paredes. Todo esto, que ya forma parte de mí mismo, me regocija y me acompaña. Voy pareciéndome al señor Juan. Tengo algo de abuelo, y soy feliz con estos seres que crecen a mi lado, con las flores que me rodean, con la hiedra que me cubre y parece traerme un abrazo de la tierra.

Mis antiguos hermanos del camino, todos los días me dicen algo:

—¿Querrías venirte con nosotros, Cabal?

—¿Para qué—les respondo—, si en ningún punto del mundo en que os halléis vuestro horizonte será mayor que el mío?

Efectivamente: No estoy hastiado, sino satisfecho, y no deseo, porque conocí el movimiento y gusté la quietud; todo lo que hay: y porque llegué a viejo... y ser viejo es hallarse en condiciones de recordar y de perdonar, y nada más dilecto que el recuerdo, ni más elegante que el perdón. La Vida es buena, pues siendo tan breve, proporciona tres grandes goces: en la niñez, el anhelo de vivir; en el “presente de indicativo”, de la juventud, la alegría de vivir; en la vejez, el placer generoso de ver vivir a los demás.

Madrid, octubre 1922.

FIN


EDICIÓN DEFINITIVA

DE LAS OBRAS COMPLETAS
DE EDUARDO ZAMACOIS

Renacimiento ofrece a sus lectores de España y América la primera Colección Completa de las obras de este insigne novelista, uno de los predilectos del público.

Se trata de una reimpresión cuidadísima, seria y definitiva, vigilada por el propio autor, que quiere ofrecerse en ella sin mixtificaciones de ninguna especie. Todo cuanto pudiéramos decir de la chabacanería con que fueron tratadas en distintas épocas las obras del ilustre autor de Europa se va... está resumido en la «Advertencia» que insertamos a continuación, suscrita por el mismo Zamacois y a la que remitimos a libreros y lectores:

PALABRAS DEL AUTOR

Muchos escritores son refractarios a corregir sus libros, una vez impresos.

Yo opino lo contrario: los libros deben ser examinados y pulidos a cada nueva edición, pues si el Tiempo nos altera las líneas del semblante y nos blanquea el cabello y nos encorva, ¿cómo no cambiaría también nuestros gustos? Las horas que transforman el cuerpo, ¿cómo no revolucionarían el espíritu, por antonomasia tan vibrante, tornadizo, andariego y mudable?... La experiencia y la lectura son los dos grandes vientos removedores de nuestro jardín interior. Un hombre inteligente vive en discusión perpetua consigo mismo; y discutir es dudar, rectificar «puntos de vista», sustituir una creencia por otra, modificarse, contradecirse. El progreso constituye una enmienda constante, y así la vida debe ser nada más que un pretexto para arrepentirnos hoy de lo que hicimos ayer.

Nadie extrañe, de consiguiente, las diferencias de pensamiento y de forma que separan los volúmenes que van apareciendo ahora, en el mediodía de mi vida, de aquellos que llamo de «mi primera época».

Escritos de prisa y vendidos a precios irrisorios[A], reconozco, con harto quebranto y luto de mi corazón, haberlos echado al mundo vestidos de andrajos. Realmente no merecían tan mal trato, y así quiero con la edición presente remediar en algo el daño que les hice. Ni la fábula, ni la arquitectura o distribución de los capítulos fueron alteradas; no creí necesario meter el escalpelo hasta tan hondo. Sólo he intentado aliviar su estilo de solecismos, repeticiones y demás vergüenzas gramaticales que lo manchaban. También procuré tranquilizarlo, simplificarlo, aligerarlo de frondosidades retóricas...