Descubrieron además que su hermosura era igual á la de las beldades hijas del país. ¡Ser morena y tener negros los ojos y el pelo!... Para eso no valía la pena venir de los Estados Unidos. ¡Si á lo menos hubiese sido rubia, aunque tuviera la nariz roja, como otras diplomáticas del Norte de Europa!...

Estando en Nueva York durante una licencia, el ministro plenipotenciario Douglas murió repentinamente, á consecuencia de una enfermedad contraída en sus tiempos de ruda propaganda electoral.

La viuda se vió enormemente rica; mucho más rica que había creído ella en vida de su esposo. Esta fortuna estaba representada por los valores más diversos y heterogéneos: acciones de ferrocarriles y de minas, de fundiciones de acero y de pozos de petróleo. Hasta heredó la mayor parte de la propiedad de un gran diario.

Como su padre había muerto poco después de su matrimonio, tuvo ella que correr con la administración y solidificación de su fortuna. Pero «la Embajadora» era de gran agilidad intelectual para adaptarse á las exigencias del medio en que la colocaba su destino. Vendió unos valores, cambió otros, arrendó á una empresa de anuncios su propiedad periodística, confió el cobro de sus rentas á personas seguras...

Este título de «Embajadora» se lo daban antonomásticamente allá en su tierra. La gente une por instinto en todas partes la noción de diplomacia con la de embajada. Todo enviado diplomático es para el vulgo un embajador. Los partidarios políticos del difunto se habían acostumbrado á llamarlo «el embajador Douglas», considerando este título como una gloria del país, y la viuda, por herencia, siguió disfrutando en las conversaciones el título de «Embajadora».

Al verse en absoluta libertad y con la independencia que proporciona la riqueza, sintió un repentino interés por el bienestar de los demás, por la pureza de las costumbres públicas, así como por la defensa de los inocentes y los oprimidos. Figuró en todas las asociaciones dedicadas á la protección de animales ó personas; trabajó con vehemencia por anular los desenfrenos de la carne, disfrazados con el falso nombre de «amor», así como los excesos alcohólicos. Los organizadores de toda obra filantrópica ó moralizadora, al dirigirse á ella, estaban seguros de recibir el apoyo de su carácter batallador y un cheque importante.

En San Francisco corrió peligros novelescos al perseguir, unida á otras personas de igual virtud acometedora, los garitos y fumaderos de opio del barrio chino—antes de que los borrase del subsuelo un terremoto famoso—, así como las tabernas licenciosas y los cafés cantantes para marineros del barrio llamado «la Costa de Berbería».

Falta de hijos y cortando con fría urbanidad las insinuaciones de los que deseaban casarse con ella, dedicó al bien público sus entusiasmos enérgicos y á la defensa de la virtud toda la acometividad de su carácter reciamente varonil y justiciero.

—Es Don Quijote—decía un profesor viejo de Los Angeles—; no puede desmentir su raza... Los abuelos venidos de España resucitan en ella.

Pero era mujer, y mostraba ciertos desfallecimientos de voluntad que le hacían olvidar por algún tiempo sus obras filantrópicas.

De pronto pensaba en ella nada más, limitándose á dar dinero para la defensa y regeneración de sus semejantes, pero no su persona. Sentía reverdecer en su interior los mismos entusiasmos que tantas veces la hicieron soñar despierta en su adolescencia ante un libro caído en su regazo, y esta emoción retrospectiva la impulsaba á emprender largos viajes por Europa.

Conoció los museos más célebres del mundo viejo, los hoteles de mayor lujo, las ruinas más famosas y los modistos más caros, todo á un mismo tiempo. Fué la dama de incesante curiosidad que lee á la vez los últimos libros, los catálogos de las exposiciones y los periódicos de modas, llamando la atención por sus vestidos incesantemente cambiados, por sus alhajas y por la prontitud con que adopta la última idea, considerando un triunfo poder lucirla veinticuatro horas antes que los otros.

En el curso de sus viajes se vió recibida en audiencia por tres Papas, y fué conociendo á todos los hombres de su época que acababan de obtener la celebridad por un día ó por varios años.

Pronto se fatigó de viajar, acompañada solamente de una doncella francesa. Las noches pasadas en el hotel, sin una fiesta ó una representación de teatro, le parecían interminables. Además, en ciertas naciones de Europa, una mujer elegante y hermosa que va sola de un lado á otro tiene que mantenerse en actitud defensiva, á causa de la audacia de muchos hombres, que se desorientan y equivocan.

Al morir Douglas se dió por seguro, en breve plazo, un segundo matrimonio de su viuda. Era joven, y fatalmente debía encontrar un hombre que le hiciese conocer el amor, después de su tranquila amistad con el primer esposo.

Estas suposiciones llegaban á irritar á la viuda cuando hablaba con sus amigos. ¡El amor! ¿Por qué debía ella conocer el amor, sometiéndose á la esclavitud de sus alegrías violentas y sus cóleras celosas?... Renunciaba á él sin pena. Era para una minoría de neuróticos y desequilibrados que necesitan vivir dramáticamente entre conflictos, por exigencias de su sistema nervioso. Ella quería ser como la gran mayoría de los humanos, que prefieren el cariño tranquilo y la amistad, á las tormentas del amor pasional.

Además, había resuelto mantenerse fiel al recuerdo de Douglas. Era su deber. Conocía algo más fuerte y noble que el amor: la gratitud.

Su marido le había dado la riqueza, y ella la tenía en mucho, porque afirma la independencia individual.

El dinero es un instrumento libertador, y la viuda amaba sobre todo su libertad. Le había tocado la suerte de encontrar un hombre bueno, tolerante y discreto, que además había asegurado al desaparecer la independencia y el decoro de su vida futura. Le bastaba con esto; no debía repetir tan arriesgado juego; ya había conocido á los hombres. Tenía marcado para siempre un sitio en la sociedad: sería la viuda rica, independiente y respetada por todos. Era locura cambiar esto por el tal amor, que sólo resulta interesante en las novelas.

Pero como abominaba de viajar sola, pensó en Rina, la amiga pobre y humilde que tienen todas las mujeres triunfantes y es al mismo tiempo su compañera y su admiradora.

La había conocido en Monterrey, por vivir su familia en trato amistoso con los Ceballos. El abuelo de Rina fué un chileno de Valparaíso arrastrado á las costas de California por el gran éxodo de emigrantes que atrajo el descubrimiento del oro.

Todavía era niña Conchita cuando ya Rina Sánchez lanzaba ojeadas lánguidas á los jóvenes de Monterrey, creyéndose adorada y disputada por todos ellos. Una diferencia de más de ocho años existía tal vez entre las dos, pero Rina aún estaba soltera, ostentando, unas veces con orgullo y otras con desaliento, su cualidad de señorita, mientras la señora Douglas era una viuda, doblemente respetada por su estado y por el nombre de su esposo.

Según iba entrando en años, se mostraba Rina más sentimental é ingenua, como si retrogradase hacia la infancia, aplicando á todos los actos de su existencia un criterio pueril y una timidez contradictoria, pues en ciertas ocasiones, por sobra de inocencia, llegaba á aparecer insolente.

«La Embajadora» se acostumbró á la simplicidad de esta acompañante tan pronto alegre como llorona. Necesitaba su presencia, abundante en risas y gemidos, como la de un perrillo melancólico y ladrador.

Si alguna vez se enfadaba con ella, parecía encogerse de espíritu y desaparecer, cual si la Naturaleza la hubiese dotado de una retractilidad extraordinaria, no dejando presente más que su envoltura material.

Los viajes por Europa de hotel en hotel, donde se bailaba tarde y noche y eran frecuentes las presentaciones de hombres elegantes, atraídos por la belleza y la fortuna de la viuda Douglas, excitaban la manía sentimental de su compañera. Rina sólo pensaba en el amor; un amor expresado con palabras rebuscadas y gestos de «alto idealismo», según ella, igual á los muchos amores que había conocido en las novelas imaginadas para señoritas de buena educación.

La vida le parecía sin sentido lejos de los hombres; y los hombres, por una ironía de la suerte, jamás habían querido fijarse en su persona. «La Embajadora», que mostraba una altanería hostil al hablar de ellos, se divertía interiormente haciendo relatar á Rina sus entusiasmos amorosos, así como sus esfuerzos, astucias y sacrificios para encontrar al futuro compañero entre tantos varones fugitivos ó indiferentes.

Para justificar la humilde derrota de su celibato, hacía Rina comparaciones mentales entre ella y su rica amiga. ¡Ay! ¡Si pudiese vestir con la elegancia de la otra, seguramente que los hombres la buscarían lo mismo!... Y más por necesidad de defenderse que por coquetería natural, palmoteaba de gozo cuando Concha Ceballos le regalaba algunos de sus vestidos todavía nuevos ó la hacía partícipe de sus compras de modas recientes.

También era una diversión para la señora Douglas, sana, fuerte, sólidamente bella, enterarse de los procedimientos extraordinarios de Rina para combatir y borrar los estragos que realizaba la edad en su cuerpo. La pobre parecía arrugarse y disminuir de volumen por el tostamiento interior de su sentimentalismo. Gran parte del dinero regalado por su amiga lo empleaba en productos de los llamados Institutos de belleza. Así fué conociendo la viuda muchos inventos extravagantes para el refrescamiento de la hermosura femenil.

Rina era cada vez más pequeña y al mismo tiempo más joven, con una juventud extraña y desconcertante que parecía de otra humanidad habitadora de un planeta remoto. Los que la habían visto un año antes en alguno de los hoteles célebres de Europa, al encontrarla después tardaban en reconocerla, y únicamente lograban restablecer su identidad por ir al lado de su amiga, cuya belleza resultaba invariable. Un año era rubia y al año siguiente de pelo negro ó castaño. Como la edad y la vehemencia pasional habían arrugado prematuramente su faz, fué de las primeras en valerse de la operación quirúrgica que levanta el rostro y estira su epidermis, de la face-lifting empleada por ciertos especialistas de Londres, Nueva York y París para rejuvenecer á las mujeres de teatro y las mujeres de salón.

Entusiasmada por este milagro de la cirugía epidérmica que borraba de su rostro las arrugas, repetíalo con frecuencia como algo ordinario, mostrando un heroísmo sin límites, frío, tranquilo, sonriente, del que sólo son capaces las mujeres cuando desean embellecerse.

Casi todos los años sentía la necesidad de que le cortasen la cara para estirar su piel en uno ú otro sentido. Pasaba horas ante el espejo, estudiándose el rostro con ojos de artista, para aconsejar luego al cirujano en qué sentido debía dar los tajos maestros para su nueva obra.

Después de tantos rajamientos y manipulaciones faciales, parecía de una raza distinta á la de los otros seres. Caso de tener semejanza con alguno de los grupos humanos que pueblan nuestro planeta, se aproximaba á las mujeres amarillas de Asia por la tirantez de su epidermis y el estiramiento de sus párpados prolongados y casi juntos, como los de las japonesas. Llevaba la frente cubierta de rizos y dos masas de bucles sobre las sienes. De este modo quedaban ocultas las cicatrices de los tajos que le habían dado para renovar la tersura de su rostro.

—Toma: para que te pagues otra vez el face-lifting—decía «la Embajadora» al hacerle un nuevo regalo de dinero.

Y Rina, para manifestar su agradecimiento, derramaba lágrimas, compadeciéndose á sí misma.

—Tú sabes, Conchita, que yo podía ser rica si ese mal hombre no se quedase con lo mío. Deseo recobrar lo que me pertenece, para que no te sacrifiques más por mí.

Este deseo de evitar á la viuda su costosa protección sólo ocupaba verdaderamente un segundo término en el pensamiento de Rina. Sus protestas contra el «mal hombre» y su ansia de verse rica eran principalmente porque al entrar en años hacía responsable á la pobreza de su forzoso celibato.

—Cuando yo vivía en Monterrey y era muchacha, todos los hombres andaban locos por mí, estoy segura de ello. Era porque entonces vivía papá y estaba metido en lo de las minas, que iba á hacerle rico... ¡Como ahora todos me creen pobre como una rata, y nadie sabe que ese ingeniero Balboa, ese mal hombre que vive en Madrid, se queda con lo que me toca por herencia y no me envía un céntimo!...

«La Embajadora» escuchó al principio distraídamente las lamentaciones de su acompañante. Pero en fuerza de oir hablar de aquel «mal hombre», acabó por interesarse en sus maldades.

Ella había intervenido, cuando vivía en su país, en la reparación de muchas injusticias, y continuaba desde lejos ayudando con su fortuna á la defensa de los débiles. ¿Por qué no extender su protección á esta solterona, cuyas charlas y manías parecían refrescarla lo mismo que un descanso á la sombra de un bosquecillo después de una jornada ardorosa?

Aceptando sin examen los informes de Rina y creyendo desde el primer momento en la culpabilidad del ausente, empezó á intervenir en dicho asunto, dictando cartas breves y duras para aquel «mal hombre» que vivía en Madrid y usurpaba las riquezas de la otra. Como era de una precisión matemática para el examen de sus propios negocios, pronto se enteró del asunto que le fué relatando su compañera y hasta rectificó algunos de sus errores.

El padre de Rina—un californiano que se llamaba Juan Sánchez por su padre el chileno, y Brown por su madre—se había asociado con Ricardo Balboa, durante el viaje de éste á Monterrey, para la explotación de unas minas en Méjico. Don Gonzalo, el padre de Concha, pretendió entrar en dicha empresa, pero tuvo que desistir finalmente por falta de capital, como ya le había ocurrido en otros negocios propuestos por Balboa.

—Los socios fueron tres—continuaba Rina—; ese mal hombre que lo dirigía todo, un señor que vive allá en Méjico, donde están las minas, y papá. Al morir papá, los dos hombres se entendieron, y como forman mayoría jamás me consultan, y hace años que no me envían un centavo. Como me ven sola en el mundo, ¡pobre huérfana! me roban como quieren.

«La Embajadora» ya no dictó cartas á su amiga, considerando más rápido y contundente escribir ella misma á Balboa. Sentía una predilección especial por este asunto que no era suyo. Se imaginó obrar así por el goce altruísta que proporciona el amparo del débil; pero tal vez fué un deseo inconsciente de agredir á aquel hombre que había atravesado su adolescencia, despertándola á la vida sentimental, para seguir después su camino, ignorante de lo que dejaba á sus espaldas. La antigua simpatía era ahora agresividad, por una transformación obscura é incomprensible que había estado elaborándose durante muchos años.

Las respuestas frías y corteses que el ingeniero envió desde Madrid la irritaron aún más contra él. Creyó leer entre líneas su verdadero pensamiento: «¿Por qué se mezcla usted, señora, en asuntos que ni son suyos ni puede entender?... Estos negocios son para hombres.»

El tal Balboa le pareció un verdadero europeo; mejor dicho, un «latino», de los que no conceden otra superioridad á las mujeres que las de la elegancia y la seducción amorosa, negándoles toda ingerencia en los asuntos de la vida civil.

—Yo arreglaré tu negocio—dijo à Rina con amenazadora energía—. Ese hombre no me conoce. Cree sin duda que aún soy la niña que vió en Monterrey. Iremos á Madrid si es necesario.

Ella quería que fuese necesario. Empezaba á encontrar algo molesta su vida en París. En aquellos días dos hombres la acosaban con sus pretensiones matrimoniales: uno tímido, buenazo y tenaz, que la seguía desde América, colocándose silenciosamente ante su paso; otro excesivamente atrevido, que pretendía acompañarla á todas partes y esperaba una ocasión propicia para comprometerla ó para vencer su voluntad. Necesitaba alejarse por algún tiempo de estos dos pegajosos adversarios de su viudez; despistarlos para que la dejasen gozar tranquila su independencia.

Después de haber escrito al «mal hombre» varias cartas de estilo cada vez más ácido, mostrando una incomprensión hostil para las explicaciones y justificaciones enviadas por Balboa, una mañana, al levantarse, anunció á su compañera que saldrían al día siguiente para España.

—He soñado que estábamos en Madrid. Me gustaría admirar una vez más los Velázquez; ver mujeres con mantilla y peineta, hombres con capa, bailadoras. ¿Por qué no ir?... Vamos á darle una sorpresa á tu «mal hombre». Yo me entenderé con él, y te aseguro que pronto tendrás dinero.

Dió unas semanas de asueto á su doncella francesa para que visitase á su familia, y allí estaban las dos, en el salón de Ricardo Balboa, convertido en gabinete de trabajo, sentadas en hondos sillones, frente á la mesa ocupada por el ingeniero.

Éste, después de los saludos y una breve alusión á Monterrey, así como á los lejanos tiempos en que se habían conocido, abordó con fría agresividad el asunto que motivaba aquella visita.

Fué dejándose dominar Balboa por la indignación de los tímidos que tiemblan antes del suceso esperado con inquietud, y cuando llega lo miran de frente, sin miedo alguno, por haber perdido ya para ellos el misterio de lo incierto.

Tenía al fin ante sus ojos aquella señora que le escribía desde lejos, duramente, tratándolo casi como á un ladrón. La iba á decir muchas verdades... Y fué exponiendo, con la tolerancia un tanto desdeñosa del que da explicaciones á gentes testarudas y de limitada mentalidad, la historia de las famosas minas, objeto de la cuestión.

Las tales minas estaban enclavadas cerca de la frontera de los Estados Unidos, en uno de los lugares menos civilizados de Méjico. Los indios llamados yaquis, que viven una existencia independiente, interviniendo en la vida mejicana sólo para batirse en sus revoluciones, habían perturbado muchas veces los trabajos de esta explotación. Pero de todos modos, las minas, aunque con frecuentes paralizaciones, habían sido trabajadas al principio, dando algunas ganancias. Esto había sido mientras estuvo sometida aquella tierra al gobierno dictatorial de Porfirio Díaz.

—No había libertad pero había orden—siguió diciendo el ingeniero—, y se podía trabajar en aquel país. Los extranjeros estaban defendidos por un poder que tal vez era duro, pero representaba una garantía... Después no ha habido libertad ni orden.

Y mirando fijamente á «la Embajadora», que le escuchaba con rostro impasible, estirando el labio superior y pretendiendo turbarle con la fijeza de sus ojos, continuó sus explicaciones.

Había empezado allá una revolución de numerosos y complicados episodios que duraba más de diez años y cuyo término nadie alcanzaba á ver todavía en el presento momento. Desde sus principios había sido una revolución social. Muchos propietarios se veían despojados de sus tierras, sus edificios y sus minas. Simples jornaleros del campo se convertían en generales ó pasaban á ser altos personajes políticos.

—Un capataz de nuestra mina que conoció mucho el padre de esta señorita es hoy general de división y acampa, con su enorme sombrero y su carabina en la rodilla seguido de una horda de jinetes, sobre los terrenos de nuestra propiedad. El socio que tenemos en la capital de Méjico intentó al principio hacer valer nuestros derechos y quiso ir allá. Luego desistió, é hizo bien, pues dicho viaje representa un suicidio. El tal general explota actualmente nuestra mina á su modo; esto es, vende la plata y se queda con el producto. La mina, según parece, ya no es nuestra; es del país. El general la ha «nacionalizado», palabra aprendida por él en la fraseología revolucionaria. La usa repetidas veces en una carta que se dignó enviarnos, con la delectación que sienten los mestizos por toda locución nueva y rara. La tal nacionalización consiste simplemente en haberse quedado con la mina que nosotros trabajamos, invirtiendo en ella nuestros capitales. Además, nos anuncia que exterminará á todo amigo de «la tiranía pasada» que pretenda recuperar lo que es del pueblo. Todo esto se lo he dicho, señora, en mis cartas, pero como usted no parece dispuesta á darme crédito, le puedo enseñar numerosas pruebas.

Balboa calló para tocar un botón eléctrico inmediato á su mesa. Al presentarse una criada, le preguntó si el señorito Florestán había vuelto, por ser ya la hora en que regresaba todos los días de la Escuela de Ingenieros.

A los pocos momentos, como si estuviese rondando por cerca del salón, se mostró Florestán. Era un joven alto, de miembros fuertes y bien armonizados, ojos azules, pelo rubio obscuro y rostro afeitado, que parecía dar con su presencia una impresión contradictoria de fuerza y timidez, de energía y puerilidad.

Las dos mujeres creyeron que esta juventud serena penetraba en el salón con un acompañamiento de nueva luz. La señora Douglas quedó mirándole fijamente, sin poder disimular su sorpresa. Pensaba en San Jorge... un San Jorge de veinte años, sin casco, con la hermosa y rubia cabeza descubierta, brillante el pecho por las escamas plateadas de su loriga, las fuertes y blancas manos sobre la cruz de su mandoble y teniendo á sus pies el destrozado dragón de la fealdad. Rina, más sentimental, creyó ver al caballero Primavera, con armadura de flores, erguido junto al cadáver del negro lobo del invierno. Su admiración por los hombres no le permitió mantenerse silenciosa.

—¡Oh, Conchita!... ¡Qué prodigio!—murmuró con voz susurrante.

Florestán huyó su mirada de aquellos cuatro ojos fijos en él con admirativa curiosidad. Luego enrojeció, con un avergonzamiento impropio de su aspecto vigoroso.

Casi volvió el dorso á las dos mujeres, luego de saludarlas con muda cortesía, mientras se inclinaba hacia su padre para oirle mejor.

—Trae el legajo de las minas de Sonora. Quiero leer á estas señoras todas las cartas que hemos recibido de allá. Busca también el resumen de los ingresos y los gastos desde el principio de su explotación.

Volvió Florestán á saludar á las dos damas con tímida cortesía y salió de la pieza, ligero como un empleado que ha recibido una orden.

Quedaron ambas con la vista fija en la puerta por donde acababa de desaparecer. Hubo un largo silencio. Cuando volvió á entrar el joven, con unos cartones bajo el brazo llenos de papeles, las dos señoras creyeron que de nuevo volvía á iluminarse la estancia, alejándose una nube que había pasado ante el sol.

Ya no estiraba «la Embajadora» su labio superior, ni tenía puestos sus ojos con fijeza agresiva en el ingeniero. Su dentadura esplendorosa empezó á brillar entre los labios, separados por un principio de sonrisa. La luz de un balcón inmediato tembló con reflejos de oro sobre sus pupilas obscuras y aterciopeladas, que buscaban á cada momento al joven, á pesar de su deseo de no mirarle.

Empezaba Ricardo Balboa á extraer de sus cartones aquel fajo de papeles, cuando se vió detenido en su intento de lectura por la voz amable y la sonrisa de Concha Ceballos.

Se acordaba de su padre en aquel momento, y tenía la certidumbre de haberle oído elogiar muchas veces la probidad del ingeniero español. ¡Y ella había ofendido con tanta ligereza á un hombre simpático y digno de respeto!...

Miró de reojo á su acompañante. Esta Rina loca tenía la culpa de todo. La había desorientado con sus cuentos, haciéndola ser injusta.

—Me parece muy largo de leer—dijo con dulzura, señalando el legajo—, y será mejor que nos enteremos de ello más despacio. Su hijo tendrá la bondad de traernos los papeles al hotel.

Y extremando el acento benevolente de su voz y la amabilidad de su sonrisa, continuó:

—Hablemos de cosas más agradables. No somos enemigos ni vamos á devorarnos. Viéndose acaban por entenderse las personas de buena voluntad. Acordémonos un poco de cuando nos conocimos, allá en California. ¡Qué de cosas han pasado desde entonces!...

III

Donde se dice quién fué la reina Calafia y cómo gobernó su ínsula llamada California

A las nueve de la noche se presentaron en casa de Balboa don Antonio, su esposa y su hija, y la conversación en la sala de trabajo giró inmediatamente sobre la visita de mediodía.

Mostraba el ingeniero un orgullo de vencedor al recordar con qué amabilidad se había despedido de él «la Embajadora», después de tantas cartas amenazantes, y de su entrada silenciosa y hostil, como si se preparase para un combate.

—A estas señoras de genio fuerte—dijo con petulancia—hay que hablarlas con energía, para que se convenzan de que no inspiran miedo. Además, bien mirado, es una mujer adorable.

Aprobó el catedrático con gestos y palabras lo dicho por su amigo.

—La creo noble y buena como la reina Calafia. Esta tarde, por curiosidad, he vuelto á leer su historia.

Todos acogieron con extrañeza tal nombre. Doña Amparo, que admiraba y menospreciaba al mismo tiempo á su esposo, creyendo en su ciencia y en su falta de habilidad para enriquecer á la familia, fué la que mostró menos interés por el origen de tal apodo. Algún cuento raro de los que buscaba el catedrático en los libros antiguos.

Pero éste, después de enviar á su esposa una sonrisa irónica y protectora, dejó de verla, para concentrar su atención en los otros oyentes, que le merecían mayor interés. Y para relatar la historia de la reina Calafia, empezó hablando de la noble villa de Medina del Campo, que durante siglos había sido el principal centro de contratación de las dos Castillas.

Anualmente se celebraba en ella una feria, á la que acudían los mercaderes de España y Portugal y los traficantes judíos de todas las naciones del Occidente europeo. De este mercado famoso durante la Edad Media sólo quedaba en Medina del Campo el melancólico recuerdo de sus extinguidas riquezas y una vasta plaza que había sido durante siglos una especie de Bolsa internacional. Otra curiosidad de la villa castellana era el castillo de la Mota, ahora ruinoso, donde murió, según la tradición, Isabel la Católica, la reina del descubrimiento de América, y estuvo preso César Borgia, el hijo del pontífice que consagró dicho descubrimiento.

En los años que Cristóbal Colón vagabundeaba por España, solicitando apoyo para emprender sus viajes en busca de las Indias por el lado de Occidente, vivía en Medina del Campo un soldado viejo al que sus convecinos habían elegido regidor.

Este hombre, llamado Garci Ordóñez de Moltalvo, entretenía sus ocios de veterano escribiendo novelas. Sus funciones pacíficas de magistrado municipal no le proporcionaban otras batallas que las verbales sostenidas con mercaderes venidos á la feria desde países lejanos y en conflicto con el gobierno de la villa por el pago de derechos; pero al quedar solo, se consolaba de la monotonía de su pacífico retiro describiendo prodigiosos combates y aventuras nunca vistas.

Él modificó y agrandó el famoso Amadís de Gaula, dando á esta novela caballeresca la forma definitiva con que fué admirada durante más de un siglo por los lectores del mundo cristiano. Luego, queriendo prolongar dicho libro, cuya paternidad sólo le correspondía á medias, produjo otro, todo de su pluma: Las sergas de Esplandián.

Don Antonio, al mirar á sus oyentes, creyó necesario añadir:

—Serga es una palabra antigua que significa hazaña, y Esplandián fué un joven esforzado, célebre por su heroísmo y su hermosura, hijo de Amadís de Gaula. Como todos los caballeros andantes, tenía un sobrenombre. Por algo Don Quijote necesitó añadirse el apodo de «Caballero de la Triste Figura». Moltalvo, al hablar de Esplandián, le llama unas veces el «Caballero de la Gran Serpiente», y otras, para mayor brevedad, el «Caballero Serpentino».

Mascaró creía ver al novelista de Medina del Campo paseándose por el sobrio y duro paisaje castellano, meseta escasa en cursos de agua y extremadamente fría ó ardorosa, según la estación. Con el poder imaginativo de los inventores de historias, creaba Moltalvo en este ambiente árido los panoramas más portentosos y los hechos más inauditos.

Había ocurrido en su juventud un suceso desconsolante para la cristiandad, la toma de Constantinopla por los turcos, y con la delectación del progenitor literario que goza reproduciendo los sucesos no como fueron en la realidad, sino como debieron ser con arreglo á sus gustos, dedicaba la última parte de Las sergas de Esplandián á describir el gran asedio que ponían todos los pueblos de Asia á la antigua Bizancio, y cómo su emperador, ayudado por el Caballero de la Gran Serpiente y su padre el noble Amadís, aplastaba la gran alianza de los enemigos de Dios.

Radiaro, soldán de Liquia, escudo y amparo de la ley pagana, con el apoyo de otros soberanos musulmanes, enemigos crueles de los cristianos, emprendía el asedio de Constantinopla. Todos los monarcas de un Asia misteriosa, imaginada por el regidor de Medina del Campo, acudían al llamamiento del soldán. Pero en vano lanzaban sus hordas innumerables contra los muros de la ciudad. Amadís de Gaula, que por sus heroicas aventuras había llegado á ser rey de la Gran Bretaña, junto con el rey Lisuarte, el rey Perión y otros monarcas no menos fabulosos y de nombres sonoros, se encargaba de su defensa.

El soldán de Liquia y el soldán de Halapa dudaban ya del buen éxito de su asedio, cuando les llegó un aliado con valiosos auxilios capaces de cambiar el curso de la guerra.

Y el novelista describía minuciosamente cómo «á la diestra mano de las Indias, muy llegada á la parte del Paraíso Terrenal», había una isla ó ínsula llamada California, poblada únicamente por mujeres algo negras y que no toleraban la existencia entre ellas de ningún varón, siendo su estilo de vivir semejante al de las antiguas amazonas.

Tenían valientes cuerpos, grandes fuerzas y firmes y ardorosos corazones. La ínsula era la más abundante en riscos y bravas peñas que en el mundo podía hallarse. Las armas de las californianas estaban fabricadas de oro todas ellas, y también las guarniciones de las fieras bestias en que cabalgaban después de haberlas amansado, pues en toda la isla no había metal de otra clase. Moraban en cuevas bien labradas, tenían muchos navíos, sobre los cuales partían á otras tierras á realizar sus cabalgadas, y los hombres que hacían prisioneros los llevaban con ellas á su isla para ciertos fines, matándolos después.

El catedrático, al llegar á este punto de su relato, miró con cierta inquietud á Consuelito y luego á su esposa. No se atrevía á repetir en presencia de su hija las mismas palabras del viejo novelista. Pero aunque la joven parecía escucharle, miraba con insistencia á Florestán, como si implorase de éste menos atención al relato de su padre y que volviese los ojos hacia ella.

Suplió don Antonio con varios parpadeos la obscuridad de sus explicaciones y continuó el relato.

—Cuando á consecuencia de estos raptos de hombres las valientes californianas conocían la maternidad, si tenían hija la guardaban, y si varón, inmediatamente era muerto. De este modo no aumentaba en su país el número de los hombres, y éstos eran tan pocos mientras llegaba el momento de su muerte, que las amazonas no podían temer la preponderancia dominadora del sexo contrario. Por la gran aspereza de la isla, abundaban en ella los grifos más que en ninguna otra parte del mundo.

También al llegar aquí tuvo Mascaró por oportuna una explicación suplementaria. Doña Amparo le miraba con ojos interrogantes.

—¿Qué grifos son esos?...

De este animal inventado por la superstición habían hablado mucho los poetas de la antigüedad y de la Edad Media, sin que nadie llegase á ver uno solo. Tenía cuerpo de león, cabeza y alas de águila, orejas de caballo; pero sobre el cuello, en vez de crines, ostentaba una cresta hecha de aletas iguales á las de los peces. El lomo y las alas eran de plumas duras como el hierro. Originario de la India, sentía un amor singular por el oro y buscaba con predilección, para hacer sus nidos, los lugares abundantes en depósitos auríferos. Por eso la antigüedad le suponía destinado á la defensa de los templos, á causa de los tesoros guardados en sus altares.

Muchos viajeros cristianos que visitaron el Oriente durante la Edad Media, y estaban predispuestos á ver cosas maravillosas, pretendían haber encontrado la llamada «Ave Grifo». Era, según su testimonio, más grande que ocho leones juntos y podía elevar un buey ó un caballo por los aires. Las uñas de sus enormes garras servían para fabricar cosas preciosas, y con sus plumas se hacían arcos y flechas invencibles. La hembra del grifo, en vez de poner huevos, depositaba á veces en sus nidos grandes montones de plata. En el tesoro del emperador Carlos V existía una copa famosa hecha con una uña de grifo; pero después se descubrió que era simplemente un cuerno de rinoceronte.

Cuando los grifos tenían hijos, las californianas, cubiertas de cueros gruesos para defenderse de las garras y picos de las hembras, registraban sus nidos, llevándose las crías á sus cuevas. Luego cebaban á los pequeños grifones con los hombres que habían hecho esclavos en sus correrías, ó con los niños de las mujeres del país, educándolos con tal arte, que acababan por conocerlas y no les hacían daño alguno. Pero cualquier varón que entraba en la ínsula, al momento era muerto y comido por los grifos; pues aunque estuviesen hartos, no por eso dejaban de tomar entre sus garras á los hombres y llevarlos volando hasta las nubes, para dejarlos caer y que se aplastasen en las peñas.

Esta ínsula, donde no había otro metal que el oro y cuyas costas eran interminables criaderos de perlas, estaba gobernada por una reina, llamada Calafia, muy grande de cuerpo, muy hermosa, menos obscura de color que sus amazonas, de floreciente edad, valerosa en sus esfuerzos y ardides y pronta á realizar sus altos pensamientos.

Habiendo oído decir que todos los reinos vecinos marchaban contra los cristianos, y deseosa de ver el mundo y sus diversas generaciones, animó á sus amazonas para marchar á esta guerra. Todas la oyeron con entusiasmo, encontrando monótono y triste pasar sus días metidas en una ínsula, sin fama y sin gloria, como los animales brutos.

Mandó la reina Calafia abastecer su gran flota de viandas y de armas, todas de oro, y arreglar la mayor fusta de las suyas, cubriendo esta nave con una especie de red de gruesos maderos, que servía de jaula á quinientos grifos, criados y cebados desde pequeños con carne de hombre. También hizo meter en las otras naves las bestias en que cabalgaban las valerosas californianas, y que eran diversas animalías, como tigres, leones, panteras, etc., todas amaestradas, lo mismo que si fuesen caballos.

Don Antonio hizo una pausa para descansar; pero como estaba acostumbrado á las explicaciones de cátedra, y además parecía deleitarse en su propia facundia, no tardó á seguir su relato.

—Llegó al campo pagano la flota de la ínsula California cuando el gran soldán de Liquia y el soldán de Halapa estaban más tristes, después de un sangriento choque con los defensores de Constantinopla, que había resultado infructuoso.

La reina Calafia pidió á sus aliados que la dejasen combatir sola con su gente, mientras los turcos permanecerían ocultos en su campamento, y los dos monarcas accedieron á su petición. A la mañana siguiente, la reina bajó de su nave y acto seguido los escuadrones de amazonas se extendieron por la playa.

Todas llevaban armaduras de oro sembradas de piedras preciosas, pues en California eran éstas tan abundantes y comunes como en otros países los guijarros del campo. Mandó la soberana abrir la puerta de la fusta donde venían los grifos, y éstos salieron con mucha prisa, mostrando gran gusto al poder volar libremente después del encierro del viaje.

Estos animales eran la artillería gruesa del ejército californiano. Como no les habían dado de comer durante la travesía, se arrojaron rugiendo de hambre sobre los hombres que ocupaban las murallas de la ciudad. Muchas saetas les tiraron, grandes golpes les dieron con lanzas y espadas, pero sus plumas eran tantas, tan juntas y recias, que no pudieron llegar á tocarles la carne.

Los turcos, inactivos en su campamento por mandato de Calafia, al ver á estas bestias ir y venir por lo alto llevando en las garras ó en el pico á un cristiano, daban tales voces y alaridos de placer que horadaban con ellos el cielo. Los defensores de la ciudad gemían de cólera sobre las murallas al contemplar cómo los grifos se llevaban hasta las nubes, devorándolos, al padre, al hijo ó al amigo. Cuando estos monstruos se cansaban de sus presas, dejándolas caer en la tierra ó en el mar, volvían sin ningún temor á las murallas para apoderarse de otros cristianos, y fué tal el espanto de los defensores, que los más huyeron al interior de la ciudad, quedando únicamente los que habían podido refugiarse en las bóvedas de las torres.

Viendo esto la reina Calafia gritó á los dos soldanes que ya podían avanzar sus gentes para la toma de Constantinopla, y los paganos, aplicando muchas escalas al muro, subieron sobre él. Pero los grifos ya habían soltado los cristianos que llevaban en las garras, y viendo á los turcos, que eran hombres como los otros, cayeron sobre ellos y los arrebataron igualmente hasta las nubes para dejarlos caer, haciendo en ellos gran matanza.

La alegría de los sitiadores se trocó en desorden, y más que en luchar con los sitiados, tuvieron que pensar en defenderse de las bestias traídas por Calafia. Al enterarse de esto los cristianos salieron del refugio de sus bóvedas é hicieron gran matanza en los infieles, echándolos abajo de la muralla. Luego se refugiaron otra vez en sus bóvedas viendo que volvían los grifos.

Triste la reina Calafia por este error de sus bestias, que no sabían distinguir á los aliados de los enemigos, atacando á todos los hombres en general, aconsejó á los soldanes la retirada de sus gentes, mandando luego á las californianas que realizasen ellas solas el asalto, pues los grifos las respetarían. Se apearon entonces las amazonas de sus fieras animalías para avanzar contra los muros. Llegaban sobre sus pechos unas medias calaveras de pescado que las cubrían una parte del cuerpo, y eran tan duras que ningún arma las podía pasar. Las piernas, el tronco y los brazos los tenían forrados de oro.

Con mucha ligereza subieron las amazonas por sus escalas, y en lo alto de la muralla empezaron á pelear reciamente con los de las bóvedas. Pero éstos, aprovechando la estrechez de su refugio, se defendían con braveza, y los que andaban abajo por la ciudad tiraban á las mujeres con saetas y dardos, y como las tomaban por los lados y las armaduras de oro eran flacas, herían á muchas de ellas. Mientras tanto, los grifos revolaban inactivos sobre las californianas, con la atracción de su presencia, pero sin ver cerca hombres á quienes hacer presa.

Calafia creyó oportuno que los turcos acudiesen en apoyo de sus guerreras, y dijo á los dos soldanes: «Haced subir vuestras compañías sin miedo alguno, que mis mujeres serán defensa contra las aves mías, pues no las osan nunca acometer.»

Pero cuando los grifos vieron las huestes de hombres que escalaban la muralla para unirse á las californianas, se trabaron con ellos tan rabiosamente como si en todo el día no hubiesen comido. En vano las belicosas hembras les amenazaban con sus alfanjes de oro. A pesar de sus amenazas y sus gritos sacaban de entre ellas á los hombres, y subiéndolos á enorme altura los dejaban caer para que muriesen.

Fué tan grande el espanto de los paganos, que bajaron de la muralla más apresuradamente que habían subido, refugiándose en sus reales. Calafia, que vió cómo este desastre ya no era de posible remedio, hizo acudir á los que tenían el cargo y la guardia de los grifos, para que los llamasen y encerrasen en su fusta. Subidos los guardianes sobre la jaula de la nave, los llamaron á grandes voces en su lenguaje, y lo mismo que humanas personas fueron acudiendo los grifos para meterse humildemente bajo los barrotes.

El novelista Montalvo, conocedor fidedigno de todos los sucesos de este asedio, por las revelaciones que le hizo la gran sabidora Urganda la Desconocida y también el eminente Maestro Elisabat, seguía describiendo en su libro los combates ocurridos diariamente ante los muros de Constantinopla, después del fracaso de los grifos. El emperador, con sus «diez mil de á caballo», acudía á los lugares donde atacaban más reciamente los sitiadores, y de éstos los más temibles eran Calafia y sus mujeres.

Avanzaba la reina, incansable y de enormes fuerzas, blandiendo una lanza muy dura pero que acababa por romper, tantos eran los enemigos que iba matando. Entonces echaba mano á su alfanje, que era á modo de un cuchillo, con el hierro de más de un palmo de ancho, y degollaba caballeros á centenares ó los dejaba mal heridos, metiéndose tan denodadamente entre las masas de adversarios, que nadie podía creer que fuese una hembra. Todos los paladines enemigos la buscaban, considerando su vencimiento como la mayor gloria que podían obtener.

A veces eran tantos los que la atacaban y tales los golpes recibidos por ella, que se veía en mortales aprietos; pero una hermana suya, llamada Liota, acudía en su auxilio como una leona rabiosa, sacándola de entre los caballeros que la abrumaban con sus cuchilladas.

Cansados los monarcas paganos de este asedio inútil, acudieron á un procedimiento usual en las guerras de la Edad Media y frecuentemente mencionado en las novelas caballerescas. Como el soldán de Liquia y la reina Calafia tuvieran noticias de que estaban en la ciudad Amadís de Gaula y su hijo Esplandián, decidieron enviarles un cartel de desafío para batirse con ambos en singular batalla, quedando los vencidos en sujeción y obediencia á los vencedores.

Este cartel de reto lo llevó á la ciudad una californiana, obscura y hermosa, con ricos atavíos y montada en una bestia fiera. Aceptaron los dos paladines el reto, y al volver la doncella al campamento de las amazonas se hizo lenguas de la belleza del Caballero Serpentino, al que había visto de pie junto al trono de su noble padre Amadís.

—Dígote ¡oh reina!—afirmó la doncella—que nunca los pasados ni los presentes, ni aun creo los por venir, vieron un mancebo tan hermoso y apuesto. Si fuese de nuestra ley, habría motivo para creer que nuestros dioses lo hicieron con sus manos.

Quedó tan impresionada la reina Calafia por estos informes, que decidió ir en persona á la ciudad para conocer de cerca á los dos paladines con los que iban á reñir ella y el soldán Radiaro pocos días después. Pasó toda la noche metida en su nave, pensando si iría con armas ó sin armas á esta visita, y al fin determinó que en hábito de mujer, por ser más honesto.

Y cuando el alba vino se levantó y le dieron unos paños para vestirse, todos de oro, con muchas piedras preciosas. Su cabeza la tocó con un gran volumen de muchas vueltas, á manera de turbante, todo él igualmente de oro, sembrado de piedras de gran valor. Trajéronle luego una animalía en que cabalgase, la más extraña que nunca se conoció.

El catedrático esforzaba su memoria para hacerla ver á sus oyentes con arreglo á la descripción del novelista castellano.

Tenía las orejas tamañas como dos adargas, la frente ancha y un ojo solamente, pero que brillaba como un espejo. Las ventanas de sus narices eran muy grandes y el rostro corto y tan romo que no le quedaba ningún hocico. Salían de su boca dos colmillos hacia arriba, cada uno de más de dos palmos. Su color era amarilla y tenía sembrados por su cuerpo muchos redondeles morados, á la manera de las onzas. Era de mayor tamaño que un dromedario, sus patas estaban hendidas como las de un buey, corría tan fieramente como el viento, andaba con ligereza por los riscos, y se tenía sobre ellos como las cabras montesas. Su comer consistía en dátiles, higos y pasas, siendo muy hermosa de ancas así como de costados y pecho.

Sobre esta animalía se puso la hermosa reina y dos mil mujeres de las suyas le dieron escolta, vestidas de ricos paños y cabalgando en bestias no menos extrañas. En derredor de Calafia marchaban á pie veinte doncellas, asimismo vestidas con riqueza, sosteniéndole las haldas, que arrastraban por el suelo más de cuatro brazas.

Con este atavío llegó adonde la esperaban los monarcas defensores de la ciudad, y al ver á Esplandián junto á los tronos de su padre el rey Amadís y su abuelo el rey Lisuarte, se dijo:

«¡Mis dioses! ¿qué es esto? Ahora digo que he visto lo que nunca se verá semejante.»

Y al mirar el Caballero Serpentino con sus graciosos ojos el hermoso rostro de la reina, ella sintió que estos rayos salidos de la resplandeciente belleza del mancebo la atravesaban el corazón.

Nunca había sido vencida por la fuerza de las armas, pero en presencia del hermoso paladín se sintió tan ablandada y quebrantada como si anduviese entre mazos de hierro. Ella no podía batirse con él. Le faltarían fuerzas para levantar la espada sobre su bello rostro. Se declaraba vencida de antemano. Sería el valiente Radiaro, soldán de Liquia, el que pelease con el Caballero de la Gran Serpiente. La reina de California se reservaba medir sus armas con el noble Amadís.

El famoso encuentro de los cuatro héroes se realizó al día siguiente.

Amadís y Calafia se arrojaron con tal ímpetu el uno contra el otro, que inmediatamente quebraron sus lanzas. Entonces, el héroe, con un pedazo del arma rota, se limitó á defenderse, golpeando la cabeza de la amazona.

—¿En tan poco tienes mi esfuerzo que pretendes vencerme á palos?—protestó Calafia.

—Reina—contestó el paladín—, yo vivo para servir y ayudar á las mujeres, y si pusiera mis armas en ti, que eres mujer, merecería que se olvidasen todas mis hazañas pasadas.

Tal consideración sólo sirvió para irritar más á la amazona, que deseaba ser tratada como un hombre, y empuñando su ancho alfanje con ambas manos menudeó los golpes mortales contra Amadís. Pero éste con su palo la hizo caer al suelo finalmente, obligándola á declararse vencida. Al mismo tiempo Esplandián había rendido al valeroso monarca pagano, haciéndolo su prisionero.

Después de esta doble derrota quedó terminada la guerra y levantado el sitio de la ciudad. Calafia se mostraba contenta de su vencimiento porque esto le permitía vivir cerca del Caballero Serpentino, viéndolo á todas horas. Como decía Montalvo, estaba presa de dos maneras, de cuerpo y de corazón, pues la tenía cautiva la gran hermosura del joven Esplandián.

Siendo ella tan gran señora de tierras y gentes, con una abundancia de oro y piedras preciosas en su ínsula como no podía encontrarse en el resto del mundo, no era extraordinario que pensase en hacer su esposo al hijo de Amadís. Hasta quería convertirse al cristianismo, para mayor facilidad de esta unión. Pero Esplandián vivía enamorado desde muchos años antes de la gentil Leonorina, hija del emperador de Constantinopla; y éste y su esposa, después del triunfo sobre los paganos, renunciaron á su trono, retirándose á un monasterio.

El Caballero de la Gran Serpiente y Leonorina se casaron, pasando á ser emperadores, y la reina Calafia, terror de los hombres en las batallas, lloró de pena como una pobre mujer.

No quiso regresar á sus estados de California, y para vivir cerca del emperador Esplandián prefirió casarse con un primo de éste, obscuro caballero comparado con el hermoso héroe.

—Esta novela—continuó el catedrático—, aunque se publicó por primera vez en 1510, la escribía el regidor de Medina del Campo allá por 1492, cuando los Reyes Católicos tomaron á Granada, y Colón, ayudado por los Pinzones, empezaba á preparar su primer viaje á las Indias. Resulta de esto que la California fué inventada sobre el papel por un novelista de Castilla un poco antes de que las naves españolas descubriesen las primeras islas de la actual América.

Durante siglo y medio, los llamados «libros de caballerías» fueron la lectura favorita de los pueblos cristianos. En España, los hombres de armas y los hombres de letras buscaban por igual dichas novelas. Con sus aventuras inverosímiles entretenían y halagaban el entusiasmo de un pueblo de soldados y navegantes, que veía abrirse á sus heroicas iniciativas un mundo recién descubierto y se mostraba ávido de repetir en la realidad todo lo que parecía irrealizable.

—El libro de Cervantes—continuó el catedrático—, que fué un golpe mortal para la novela caballeresca, no se publicó hasta cien años después de haber aparecido Las sergas de Esplandián. Los conquistadores españoles fueron grandes aficionados á las novelas caballerescas. Tan frecuente era su lectura en las llamadas Indias Occidentales, que el emperador Carlos V prohibió por real cédula la importación de tales libros en sus Estados del otro lado del Océano, declarándolos obras perniciosas.

Los españoles recién instalados en el Nuevo Mundo pretendían repetir en estas tierras de misterio las mismas hazañas de los protagonistas de las novelas caballerescas. Esperaban encontrar todos los días ciudades encantadas, tesoros enormes. El último reyezuelo indio les parecía un gran emperador.

Cuando Hernán Cortés conquistó la meseta central de Méjico y pudo llegar á las riberas del Pacífico, se sintió atraído por el secreto de este mar descubierto años antes por Núñez de Balboa en la costa de Panamá.

Muchas de las riquezas adquiridas en su conquista las fué perdiendo en navegaciones por el Pacífico. Improvisó arsenales en la costa del misterioso océano, llamado entonces «mar del Sur». Hizo venir de España materiales de construcción naval, que, desembarcados en Veracruz, salvaron enormes montañas y planicies hasta llegar á la otra ribera de Méjico. Con ellos y la madera del país hizo las primeras naves importantes que se crearon en América, dedicándolas á la exploración de las costas desconocidas.

Los navegantes enviados por Cortés hacia el Norte creyeron descubrir una gran isla. Era la península llamada ahora Baja California. El piloto Fortún Jiménez, primer descubridor de la «isla», murió trágicamente, como la mayor parte de su tripulación, asesinados todos por los indios.

Fueron precisos nuevos viajes por el mar cerrado que se llamó luego «golfo de las Perlas», «seno Californio» y «mar de Cortés», para que los navegantes se convenciesen de que éste no era un mar libre, y que la tal «isla», bautizada al principio con el nombre de Santa Cruz, resultaba en realidad una península. El mismo Hernán Cortés se embarcó con cien soldados en la costa occidental de Méjico para explorar la «isla» misteriosa, y él fué quien cambió su nombre.

La novela de Montalvo, publicada á continuación de Amadís de Gaula, había obtenido enorme éxito. El volumen de Las sergas de Esplandián andaba en manos de los descubridores españoles de mar y tierra. Hernán Cortés, antiguo estudiante de la Universidad de Salamanca, era gran aficionado á leer novelas, y si se terciaba la ocasión sabía escribir versos. Vió un mar abundante en perlas, vió costas que eran pródigas en oro, según revelaciones de los indígenas, é igualmente debió descubrir desde su nave algunas indias de alta estatura, con arcos y lanzas, lo mismo que las amazonas. No necesitó más para acordarse de la reina Calafia, dando el nombre del rico país gobernado por la enamorada de Esplandián á la «isla» de Santa Cruz, que había dejado de ser isla.

De este modo se llamó California la península mejicana que es ahora la Baja California, pasando su nombre por extensión á la tierra inmediata, ó Alta California, que pertenece á los Estados Unidos.

—Así fué—continuó el catedrático—como algún tiempo antes de ser descubierta América inventó el nombre de California un novelista de la meseta central de España, que fué soldado en muchas guerras, pero tal vez murió sin haber visto nunca el mar.

IV

En el que se prosigue la historia de California y se cuenta la vida de la Santa de las Castañuelas

Mascaró siguió hablando.

—Los españoles tardaron dos siglos en colonizar la Alta California, después de haberla descubierto geográficamente. Buscaban oro y piedras preciosas, ni más ni menos que todos los exploradores de entonces, fuese cual fuese su nacionalidad. Navegando en barcos pequeños y conociendo mal las costas y los vientos, lo que hacía interminables los viajes, es absurdo exigirles que fuesen en busca de vulgares artículos de comercio. Éstos empezaron á transportarse de un hemisferio á otro con los modernos adelantos de la navegación, cuando los buques fueron enormes. Si los descubridores arriesgaban su vida, era con la esperanza de enriquecerse en poco tiempo, cargando sus pequeñas naves de objetos valiosos y escasos en volumen, como son los metales.

Los navegantes franceses é ingleses de entonces, ya que no podían buscar oro en unas tierras que pertenecían á los españoles por haberlas descubierto, se dedicaron simplemente al saqueo de las nacientes colonias de América que pillaban descuidadas, ó á robar los cargamentos de las naves que volvían á Europa.

—Poseer oro fué el único deseo de las gentes de entonces (si es que no lo es también de las gentes de ahora), y resulta absurdo querer juzgar sus actos con arreglo á los sentimientos y conveniencias de nuestra época. Si los españoles fueron odiados en aquellos tiempos, lo debieron únicamente á ser los poseedores de las tierras auríferas, envidiadas por los otros.

El catedrático habló de las expediciones salidas de Méjico por tierra en busca de las fabulosas Siete Ciudades de Cibola y del reino mítico de Quivira. El conquistador Coronado creía encontrar estas ciudades de oro en donde están hoy los Estados de Nuevo Méjico y Arizona, apartándose de California.

Un piloto valeroso, Juan Rodríguez Cabrillo, por orden del virrey de Méjico, se lanzó á navegar siguiendo la costa del Pacífico hacia el Norte. Él fué quien descubrió el litoral de la Alta California y el primer hombre blanco que pisó su suelo. En esta penosa navegación ancló muy cerca del Golden Gate, la llamada «Puerta de Oro», que da entrada á la bahía de San Francisco. Pero no la descubrió ni tuvo el menor indicio de tan seguro refugio.

Murió Cabrillo en plena exploración y fué enterrado por los suyos en la costa de California. Su segundo, llamado Ferrelo, siguió navegando hacia el Norte, pero la falta de víveres le hizo volver á Méjico en 1543. Se había explorado con esto toda la costa de la actual California, pero sin encontrar la bahía de San Francisco.

—Treinta y seis años después—continuó Mascaró—, el famoso pirata Drake, luego de haber penetrado en el Pacífico por el estrecho de Magallanes para saquear varias de las colonias españolas nacientes, se remontó hacia el Norte y fué el segundo en visitar la costa californiana. Para la carena de su barco se detuvo en un fondeadero á unas cuantas millas de la bahía de San Francisco; pero «tampoco la vió», emprendiendo luego el regreso á su patria, dando la vuelta al mundo. No fué extraordinario que los españoles dejasen olvidada esta costa luego de haberla descubierto. Su imperio colonial era tan extenso, que ahora parece acción maravillosa cómo pudieron gobernarlo, aunque fuese defectuosamente, y poblarlo de gente blanca desde tan lejos, teniendo que luchar con los enormes obstáculos de la distancia y las deficiencias de la navegación en aquellos tiempos.

Al fin el gobierno de España se vió obligado á acordarse de la olvidada California y la buscó de nuevo, no con el fin de encontrar oro, sino para establecer un punto de comunicación con los archipiélagos asiáticos.

Magallanes había descubierto las islas Filipinas, y como el principal motivo de los viajes de Colón fué establecer un comercio con las Indias Orientales, productoras de la especiería, España convirtió al archipiélago filipino en depósito de productos asiáticos, yendo á buscarlos por Occidente en flotas que salían del puerto mejicano de Acapulco con rumbo á Manila y hacían el mismo viaje de regreso.

En este viaje de vuelta, las expediciones navegaban siempre por el hemisferio Norte y los vientos las traían frente á la costa de California, siguiendo después su ruta hacia el Sur. Necesitaba la marina española un puerto en dicha costa para su refugio y para hacer en él las reparaciones inevitables después de la enorme travesía del Pacífico. Pero los exploradores enviados por el virrey de Méjico buscaron este puerto sin hallarlo.

—Fué una ironía del destino—continuó don Antonio—que todas las exploraciones del litoral de California fuesen para encontrar un puerto seguro, y existiendo la bahía de San Francisco, que es uno de los más grandes del mundo, ningún navegante dió con él durante dos siglos, siendo tantos y tantos los que pasaron y volvieron á pasar ante su boca... Y cuando al fin fué encontrada la bahía de San Francisco, este descubrimiento se hizo por tierra y lo realizó un capitán de caballería.

El piloto Vizcaíno, comisionado por el conde de Monterrey, iba en busca del puerto de refugio en California, después de otros viajes de sus colegas Gali y Cermeño. Él dió sus nombres españoles actuales de santos y santas á muchos cabos, islas y ríos del litoral, y al fin creyó encontrar el puerto deseado en un fondeadero abierto que llamó Monterrey, en honor del gobernante que había organizado su expedición.

Navegando luego hacia el Norte, llegó á pocas millas de la bahía de San Francisco, y «tampoco la descubrió»... Unas veces las neblinas, y otras la maligna casualidad, hicieron que los buques no viesen nunca su entrada, por quedar ésta debajo de la línea del horizonte. Cuando Drake carenó su buque á treinta millas de la Puerta de Oro, le hubiera bastado á uno de sus marineros subir á una cumbre cualquiera de la costa para descubrir esta bahía enorme. Pero una influencia misteriosa parecía burlarse de los hombres de mar, reservando el importante descubrimiento á un soldado de tierra, que lo hizo sin desearlo.

Durante ciento sesenta años, España, que tenía tan vastos y ricos territorios que gobernar, no se preocupó de la abandonada y silenciosa California. Las naos que volvían de Filipinas se limitaban á tocar en las inmediaciones del cabo Mendocino, punta avanzada del litoral californiano, continuando desde allí su viaje hacia Acapulco, último término de su navegación.

Pero Inglaterra había fundado sus colonias en la costa americana del Atlántico, Francia ocupaba el Misisipí, y por el lado del Pacífico iba descendiendo desde el Norte la exploración rusa. Bering, pasando el estrecho que lleva su nombre, se había establecido en Alaska, haciendo nacer una América rusa. El Imperio de los zares deseaba su parte en el Nuevo Mundo, y descontento de las tierras que poseía en él, dormidas la mayor parte del año bajo las nieves, iba avanzando poco á poco, atraído por los esplendores de la América tropical, proponiéndose no parar hasta la frontera de Méjico.

España comprendió que para tener segura la Alta California, que sólo era española geográficamente, debía ocuparla y colonizarla.

—Fué esto en tiempos de Carlos III—siguió diciendo Mascaró—, cuando un grupo de españoles ilustrados hacía renacer las energías y la cultura del país, modernizando sus leyes y costumbres. Entonces aparecieron los Gálvez, grandes americanistas de peluca blanca. El principal de esta familia, el que fundó su prosperidad y sirvió de apoyo á los otros, fué don José de Gálvez, un abogado de Vélez Málaga, hijo de labradores. Se iniciaba entonces el movimiento civil que acabó produciendo la Revolución francesa. Los enciclopedistas influían desde París en el pensamiento de todo el continente. Eran los letrados los que empezaban á gobernar los pueblos, sustituyendo á los hombres de espada y á la antigua nobleza. Ser abogado conducía fácilmente al Consejo de los reyes. Don José de Gálvez hizo esta misma carrera, y de simple abogado en Madrid, acabó por ser consejero del rey de España en los asuntos de América y ministro de sus colonias.

A su hermano don Matías, hombre sencillo, desinteresado y probo, como pocas veces se había visto en la administración colonial, lo hizo gobernador de Guatemala, y al hijo de éste, llamado don Bernardo de Gálvez, militar de pocos años, que había obtenido por su valor en las guerras de Europa el grado de general de brigada, le procuró el gobierno de la Luisiana, que España había recobrado poco antes por un acuerdo con Francia.

—Este don Bernardo de Gálvez, caudillo que por su juventud y sus victorias recuerda á los generales de la Revolución francesa, es un héroe injustamente olvidado por los Estados Unidos, tal vez porque fué español. No hay niño en las escuelas norteamericanas que ignore el nombre de Lafayette; en cambio puedo hacer sin miedo la apuesta de que entre los ciento veinte millones de seres que pueblan los Estados Unidos no existen tal vez doscientos que se acuerden de quién fué don Bernardo de Gálvez.

Y Mascaró contaba rápidamente las campañas y triunfos de este general de veintitrés años.

España, aliada con Francia, protegía abiertamente á las colonias de América sublevadas contra Inglaterra para obtener su independencia. El puerto de La Habana servía de base y refugio á las escuadras francesa y española que se batían con la marina británica y sorprendían sus convoyes, ayudando de este modo por mar á los nuevos Estados de América. Don Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana, residía en Nueva Orleáns, y siguiendo las órdenes del gobierno de Madrid, entraba en guerra con los ingleses que ocupaban La Florida.

Su padre don Matías de Gálvez, gobernador de Guatemala, los había batido en Honduras con los escasos medios que tenía á su disposición, improvisando un pequeño ejército de negros, indios y blancos aventureros. Tal era su éxito, que á pesar de ser un funcionario civil, el gobierno español acababa por darle el grado de general.

Fué su hijo, el joven gobernador de la Luisiana, quien mostró una extraordinaria capacidad militar. Con otro ejército improvisado, en el que sólo figuraban doscientos veteranos españoles, salió de Nueva Orleáns para ayudar á los americanos, distrayendo y atacando las fuerzas británicas. Tomó por sorpresa varios fuertes de La Florida, y luego de transportar su artillería en lanchas por el Misisipí, sitió á Baton Rouge, obligando á su guarnición á rendirse. En poco tiempo dominó el territorio de los indios Chactas, cuyos caciques acataron al joven vencedor, uniéndose á él para combatir á los ingleses.

Al año siguiente, 1780, llevó la guerra á La Florida occidental, partiendo de La Habana, que le servía de base de operaciones, con un ejército de soldados venidos de España. Después de grandes dificultades en su desembarco, se apoderó de la ciudad de Mobila y tomó luego á Panzacola, que era la capital de La Florida para los ingleses.

En esta victoria Gálvez fué herido en el vientre y en el pecho, pero su juventud y su vigor salvaron su existencia. El gobierno de Madrid lo hizo general de división, dándole además el título de conde por sus victorias, y se escribieron varios poemas en honor del caudillo. Pero hoy no hay quien se acuerde de este general de veintitrés años que expulsó á los ingleses de La Florida durante la guerra de la independencia de los Estados Unidos y ayudó con sus campañas al triunfo de los americanos. En toda la inmensa República de la Unión, donde son tantos los monumentos á la gloria de personajes muchas veces olvidados, no existe una estatua ó un simple busto que recuerde al conde de Gálvez, vencedor de Mobila y Panzacola.

Su padre don Matías llegaba á ser virrey de Méjico, viéndose amado por la sencillez de su vida y la moralidad de su administración. Pero una influencia fatal parecía pesar sobre los Gálvez de América, sostenidos desde Madrid por el abogado, ministro de Indias. Don Matías murió en Méjico antes de cumplirse el primer año de su virreynato, y fué nombrado para sucederle su hijo el general. El pueblo mejicano recibió con entusiasmo á este caudillo que era el más joven de sus virreyes y tenía el prestigio militar de sus victorias. Además vivía sencillamente, como un soldado, mostrándose en público sin acompañamiento, conversando en las fiestas populares con la gente más humilde. Pero también murió al año de ser virrey, lo mismo que su padre, de una rápida y misteriosa enfermedad que le consumió en pocos días. Y como esto resultaba inexplicable en un hombre joven y vigoroso, la gente dió en decir que había muerto envenenado...

—Pero volvamos al abogado Gálvez, el jefe de esta familia de «americanistas». Antes de llegar á ministro de las Colonias, don José de Gálvez había sido enviado á Méjico (la llamada Nueva España) con el título de Visitador, para que examinase de cerca el modo de poblar y civilizar el Norte de los dominios españoles, cortando el avance ruso. El Visitador se estableció en el puerto de San Blas, frente á la Baja California, preparando personalmente la segunda exploración de la Alta California y su colonización definitiva. Para que esta colonización tuviese una base firme se necesitaba un puerto, y otra vez se volvió á hablar de Monterrey, bahía olvidada durante siglo y medio, desde que el viejo capitán Vizcaíno la descubrió. Quedaba en Méjico un recuerdo legendario de Monterrey. Vizcaíno y sus hombres, impresionados por la abundancia y variedad de animales salvajes que podían cazarse en los bosques cercanos, habían intentado regresar á este fondeadero para establecer en él una colonia. Pero el navegante murió antes de que llegase de España la autorización real, retardándose con esto ciento sesenta años la civilización del país.

Había que buscar por tierra el puerto de Monterrey. Dos paquebotes construídos por Gálvez en la costa de Sonora, navegando hacia el Norte, vendrían á juntarse en dicho fondeadero con la expedición terrestre.

Esta expedición iba dirigida por el capitán de caballería don Gaspar de Portolá, gobernador militar de la Baja California. Era un valeroso oficial catalán, que se había batido en las guerras de Italia contra los austriacos, pasando después á Méjico. Como jefe religioso iba el padre Junípero Serra, fraile mallorquín, superior de las Misiones franciscanas en la Baja California. Esta expedición hizo su entrada en San Diego (primer pueblo de la Alta California) á mediados de 1769.

—Cuando los españoles avanzaban por la costa del Pacífico para crear la más famosa de las dos Californias—dijo Mascaró—, empezaba á ser un poco conocido Wáshington en la costa del Atlántico y faltaban pocos años para que empezase la guerra de la Independencia americana.

El padre Serra, que había emprendido esta aventura evangélica á pesar de su ancianidad, quedó enfermo en San Diego de Alcalá, cerca de la actual frontera de Méjico, y el capitán de dragones, jefe militar y civil de la expedición, siguió adelante con su tropa, su caballada, sus repuestos de víveres llevados por recuas de mulas y una tropa de indígenas de la Baja California proveídos de instrumentos de zapa para abrir camino en las tierras vírgenes.